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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 767 - ver ahora
Transcripción completa

Yo creo que doña Cristina no es una mala mujer.

Pero doña Úrsula también la maneja.

Es capaz de sacar lo peor de cada persona.

-¿Por qué necesita a Cristina Novoa?

-Quiere desquiciar a doña Blanca y meterla en esa clínica.

-"Su enfermedad"

se conoce desde hace siglos. Su nombre se conoce como

cataratas.

-Pero puede operarse.

En Francia e Inglaterra han desarrollado...

-Se lleva intentando desde el siglo XVIII. Con muy poco éxito.

-"Si Samuel y mi madre creen que lo mejor"

es que permanezca en esa clínica, así lo haré.

-Esperemos que sea lo mejor. Doña Úrsula y don Samuel

están decidiendo pensando en su bien, Blanca,

y no en sus propios intereses.

-"Lo de ayer no fue"

correcto.

-¿Es que no te gustó?

-Por Dios, doña Flora, podría ser su padre, incluso su abuelo.

Ni se me pasaría por la mente tener algo con usted.

-"¿Por qué Úrsula visita el convento"

de Nuestra Señora del Monte?

-Es la primera noticia que tengo.

-Pues pasa allí varias horas.

-Según Carmen, supongo.

-Quiero saber qué ocurre en ese convento.

¿Te parece odiosa nuestra historia de amor?

-Odiosa, cursi, repelente...

Pero no os preocupéis, que vais a conseguir lo que queréis:

vender La Deliciosa y marcharos de aquí.

Por mi parte, bien, cuanto antes nos den el dinero, antes me largo.

-Conozco a doña Úrsula. Es una gran benefactora de nuestra orden.

-Sabemos que viene a diario. ¿Visita a algún niño en concreto?

Ella solo viene de vez en cuando para darnos su óbolo.

Gracias a ella

pueden salir adelante las criaturas que están bajo nuestro amparo.

Yo seré sus ojos. -Eso es imposible.

-Como el otro día en la partida de billar.

Le serviré de lazarillo.

-Menuda estupidez, Agustina. -Solo hasta que se cure.

-Es el número de una habitación o de una celda.

Hay que seguir buscando.

¿Dónde demonios vas?

¿Qué hacen ustedes aquí?

-Esa no es la pregunta.

¿Dónde está el niño que dormía en esta cuna?

-Con una buena familia cristiana.

-¿Quién era este crío?

-Escasa importancia puede tener eso. Un pobre abandonado.

Conseguimos encontrar una familia que se hiciera cargo del niño.

-¿Es el niño que visitaba Úrsula?

-Doña Úrsula no visita a ningún huérfano en particular.

Pasa de vez en cuando a repartir su caridad.

-Déjese de monsergas. ¿Lo trajo ella?

¿Le mimaba? ¿Sentía afecto por él?

-No sé a qué viene tanta inquisición.

Parece que duda usted del amor que les profesamos a estas criaturas.

Váyanse.

-No seas irreverente, Diego, te lo pido por favor.

-Miente, Samuel. Está mintiendo.

-Eso no lo puedes saber.

-Solo hay que mirarle a los ojos.

-¿Crees que ese niño sigue vivo?

-No lo sé.

No sé, a veces siento que sí,

que esa es la verdad.

Supongo que es lo mismo que le pasaba a Blanca.

-Por favor, salgan, no deberían haber entrado.

-¿Qué es eso?

-¿Qué es qué?

-Ese sonido de sonajero provocado por la corriente.

Les daremos todo lo que tenemos de valor,

pero no le hagan daño a mi esposa.

¡Ay!

Yo mismo labré esta joya.

Blanca no deliraba.

Moisés está vivo.

-Hagan el favor de salir.

-Por favor, deme un dato de esta criatura.

¿Cuándo se lo llevaron? ¿Quién? ¿Dónde?

-Por el amor de Dios, haga salir a este caballero,

se está comportando como un orate.

Era un niño más, un huérfano.

Tuvo suerte, eso sí,

consiguió una familia. Váyanse, por favor.

¿Qué familia? Tendrán su apellido.

-No somos muy estrictas con eso,

comprenderá usted que no lo podemos ser.

Las criaturas abandonadas abundan.

-No me creo que le den un niño al primero que pase.

-Somos muy cuidadosas con el futuro de nuestros acogidos,

no le quepa duda.

Aunque quisiera darle las señas

de esa familia, no podría.

Una inundación se llevó la mayor parte de nuestros archivos.

Lo siento.

Salgan.

-No me voy a conformar, hermana.

Ni lo sueñe.

No se va a deshacer de mí.

Este niño podría ser mi hijo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Me alegro de que les haya gustado ese recorrido por las ciencias,

de los minerales a los diplodocus.

-Un museo digno de elogio.

En pocas ciudades del mundo se podrá conocer a la madre naturaleza

de la A a la zeta como en esta.

-Ha sido entretenido, pero... -Entretenido e instructivo.

...eso de que cobren la entrada...

Mi jardín podría competir con la parte botánica del museo.

Podríamos sacarnos unos buenos duros

organizando visitas a nuestro jardín.

-Nuestro jardín es una joya, eso lo puede ver cualquiera,

pero sería complicado abrirlo al público.

-¿Te parece?

-Eh...

-Déjame pensarlo,

no puede ser tan engorroso.

Qué bien parecen entenderse ustedes.

Hacen buena pareja. Altos,

distinguidos, apuestos, de una edad similar...

-Como ustedes, ¿no? -Claro.

Quien no los conozca, los puede confundir con un matrimonio.

-Rosina, por favor, la señorita Reyes está comprometida.

-Sí, claro. Era un comentario candoroso.

No quería decir que usted no haga buena pareja con don Arturo.

No tengo nada contra él. Es un inquilino perfecto.

Me refería a que Esteban es

tan apuesto y considerado, que es un buen partido para cualquier soltera.

-Gracias, señora. -No me las dé,

es evidente que Silvia es mayor que usted,

pero más juvenil que su prometido.

-Don Arturo es un hombre maduro, pero apuesto.

La señorita Reyes está, no solo comprometida,

sino enamorada de don Arturo. -Gracias, Esteban.

Yo no lo hubiera explicado mejor.

Ya ha oído, doña Rosina. Es el amor,

y no la edad o el brillo social lo que me lleva a mi prometido.

-Claro. Solo era un comentario inocente

al verles tan bien avenidos.

-Tenemos que irnos, querida. Ha sido una tarde muy agradable

e instructiva. Gracias.

Buenas tardes. -Con Dios.

-Con Dios.

Esa mujer no piensa lo que dice un segundo, qué héroe es su marido.

-Gracias, Esteban.

Ha definido muy bien mis sentimientos hacia Arturo.

-No hay que ser muy perspicaz para notarlos.

-Me tiene preocupada.

-Ya me ha parecido en alguna ocasión verla a usted algo cabizbaja

en su presencia.

-Es como si se hubiera distanciado, como si me evitara.

Está raro, confundido, no sé qué le puede pasar.

-No sufra usted.

Continúa amándola, de eso no hay duda.

Quizá algo le turbe, pero terminará abriéndose a usted.

-Eso espero.

Ahora ya puedo marcharme, ¿verdad? Mi misión está cumplida.

-¿A qué tanta prisa?

Aquí es admirada, escuchada,

venerada, diría yo.

Disfrute de su éxito.

-El barrio está más triste que cuando llegué.

-La gente está purgando sus pecados. -Estará usted contenta,

¿verdad?

Ha conseguido engatusar a muchos creyentes,

ha conseguido hacer su vida más miserable. Digna labor.

Santa labor.

¿Obtiene algún beneficio con la desdicha ajena?

-Es suficiente, Leonor. -No, no lo es.

Esta mujer ya debería haber desaparecido del barrio.

¿O es que piensa humillar y abatir a más vecinos?

-Déjela en paz. Déjenos en paz.

Si es usted una descreída y una hereje,

no intente arrastrar a los demás a su infierno

particular. Está hablando con una santa.

-¿De veras, con una santa? La santa Novoa.

Me parece que las santas deberían irradiar paz y amor

y, usted no da el tipo. -En eso estoy de acuerdo.

No sé si vio a la Virgen.

Su mensaje no es de alegría y fraternidad.

No le hace ningún bien a los vecinos. Debería irse.

Solo ha traído remordimiento, amargura, dolor.

Usted no es una santa,

usted es mala.

-(RESOPLA)

Ay...

¿No te enfadarías si me voy sin ti?

-"Pa na".

Sé que me quieres más que a "na" en el mundo.

Como yo a ti.

Por eso quiero que vayas. -Pero es un mes

separados.

-¿Qué es un mes, cuando nos queda toda la vida "pa" estar juntos?

-Buenos días, Lolita.

Traigo un hambre...

¿Sabes lo que me desayunaba hoy?

Una tortilla francesa de esas que les gusta a los señores.

Una tortilla de dos huevos me comía.

-Buenos días nos dé Dios.

-Buenos días, Fabiana. -Buenos días.

-Lolita, hija mía,

qué cara te luces. Si parece que en lugar

de estar desayunando, estás en la última cena.

-Una, que se acuerda del Antoñito y de lo último que le dijo al pobre.

-Que no la ha "diñao", que tu novio está vivito y coleando.

-Pero lejos. Le echo mucho en falta.

Aunque

cada día que pasa, es un día menos "separaos".

-Así se habla, Lolita. No hay mal que 100 años dure.

-Otra noche sin dormir.

Como Jacinto no me dé esas hierbas, pronto me quedaré dormido de pie.

-Temple, Servando, el forraje ya está creciendo.

Le digo una cosa,

ni se le ocurra

pasarse por casa de doña Rosina. -Descuida,

que no sucederá. Me costó arreglar un grifo gratis.

-Arrea. Encima, encima

que le salvé a usted el pescuezo.

-Fabiana, ¿no hay algo para desayunar

y pueda compensar mi triste destino?

-Algo habrá.

-Voy a darme un agua, que ya voy tarde.

-¿No se sienta a llenar el buche?

-Don Arturo anda algo alicaído y debo andar vigilante.

-Unas sopas, que se las toma usted como respira.

Qué tripa se le habrá roto a los señores y a las señoras,

que están tan alicaídos.

Deberían visitar a la santa esa, a ver si se alzan una miaja.

Algunas ya han ido.

Dicen que con solo verla, ya les da paz.

-Doña Celia la vio a solas

y, creo que doña Susana también.

-Y doña Rosina,

pero a esa no hay quien le quite la tontería, ni una santa.

-No hables así de tu señora,

que le debes el techo y lo caliente que te caiga en el estómago.

-(BOSTEZA)

Las siete y media y sereno.

Las siete y media y sereno.

Las siete y media

y sereno.

Ay, ay, ay.

-Parece que el sereno ha perdido su serenidad.

-Gajes del oficio. Como decía mi padre:

"Las armas las carga el diablo".

Parece que ha ido usted

temprano a la plaza.

-No tendré tiempo a lo largo del día, ni una criada que me ladre.

-Otra cosa no, pero la verdad es que es usted una mujer fuerte.

-Y usted un buen hombre.

¿Quiere una manzana para quitarse el amargor de la noche?

-Venga, sea,

que han sido muchas horas

de vigilia y privanza.

-(RÍEN)

Tenga, tenga, para usted, que parecemos chiquillos gozosos.

Ya tengo sus cigarrillos balsámicos,

¿vendrá esta noche a recogerlos?

-Todavía me quedan del mazo anterior.

-Pues a tomarse un café,

que La Deliciosa le invita como representante

de las fuerzas del orden.

-No sé si volveré a pisar su establecimiento.

-¿Y eso?

-Las cosas de la vida.

No sé si será bueno que nos veamos con frecuencia, ¿no cree?

-Pues no.

No le digo que me cayera bien que no apreciara mi beso,

pero podríamos ser amigos.

-A mí también me gustaría, pero lo he pensado y...

Usted es una chiquilla

y yo, aunque no guste, ya voy de retirada.

-Sí, con un pie en el cementerio.

A usted lo que se le ha retirado es la razón.

¿Quiere decir que porque le besé

no volveremos a hablar?

-Cuando las aguas vuelvan a su cauce.

-Descuide, que eso no tardará mucho.

Muy pronto me perderá de vista y no volverá a oír hablar de mí.

Buenos días tenga usted.

-¡Las siete y media y sereno!

¿Más leche, señora? -Sí.

¿Sabes que al volver del museo,

tu madre hizo una de las suyas con Silvia y Esteban?

-Solo dije lo que me salió del alma, que ambos son apuestos

y que, de no cruzarse el coronel, quizá se habrían entendido.

-Pues Silvia se ofendió.

Y a ti te hubiera sacado de tus casillas si opinan así de nosotros.

¿No es cierto, Leonor? -Hija,

¿te das cuenta de que estás dejando pasar una oportunidad de zaherirme?

-¿Qué? -¿Cómo que qué? ¿Dónde estabas

para estar desayunando

como si estuvieras más sola que el conde de Montecristo?

-Nada, pensaba.

-Enséñale a tu madre cómo se hace.

-No seas bobo.

¿Y qué pensamientos te rondan?

-Le canté las cuarenta a la santurrona esa.

Le dije que desapareciera de nuestra vista,

que nos estaba amargando la vida.

-¿Se enteró la gente, te vio alguien?

-Doña Úrsula.

Y don Felipe, pero este estaba a mi favor.

-A saber lo que estarán diciendo de ti.

¿Cómo te atreves a meterte con una santa?

-Una santa

que nos está sumiendo en la tristeza y el pesar.

-Los pecados hay que expiarlos.

-¿Y quién dice lo que es pecado?

En todo caso,

no soy la única que lo piensa.

He convocado una reunión en casa de Celia

para reunir a todas las víctimas.

-Qué exageración. -Me parece muy razonable.

Para tristeza ya está la semana santa.

-Podrías ayudarme a invitar a los vecinos a la junta.

-Cuenta con ello.

-Yo también voy, aunque sea a frenaros,

que vosotros sois capaces de decir barbaridades,

con tal de que acudan.

-No veía la hora de que levantaran el vuelo.

(Música)

Pero primo....

-Esto... Me hago cargo. -¿Qué haces?

¿Es que estás majareta? ¿Sabes con quién estás lidiando?

La señora, a la más mínima te echa, y tú haciendo méritos.

Ya bastante te has pasado trayendo a Servando.

-Yo no he traído aquí a nadie.

Servando se personó el solo desesperado buscando sus hierbas.

Y "pa" eso la música, que es

para que las plantas crezcan antes.

Como si no hubiera pasado "na".

(Música)

¿No me digas que esta música no anima a echarte una pieza?

Venga, dale.

Ahí va.

-Primo.

Soy tan feliz.

Llegué a pensar que este día jamás llegaría.

-Nos lo prometimos hace tiempo.

Este llamador de ángeles nos lo recuerda.

¿Has llegado a alguna conclusión u obtenido algún dato más?

-No.

Solo tenemos este llamador de ángeles,

pero, piénsalo,

es prueba suficiente de que Moisés está vivo.

No todo está perdido.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?

-Blanca lo llevaba puesto el día que nos asaltaron.

-Uno de los bandoleros se lo arrancó.

-Quizá lo vendieron, quién sabe.

-Pero de algún modo llegó a ese convento.

Tal vez los bandoleros recogieron al niño tras el parto, no sé.

Pero hay alguna relación y, la averiguaré.

-No será sencillo dar con los salteadores

y, menos que quieran hablar contigo.

-Puedo apretar a la monja. Miente.

Moisés estuvo en esa celda. También hay otro camino,

encontrar a la familia que se lo ha llevado,

si existe, de lo que no estoy tan seguro.

-¿Te das cuenta de que hablas como ella, como Blanca?

-Y ahora me arrepiento de no haberla creído a pies juntillas.

Blanca sabía,

como solo una madre puede saber, que esa niña muerta no era su hija,

que ella había parido a un varón, a Moisés.

-Deja de torturarte.

Cualquiera medianamente razonable no habría dado crédito

a sus sospechas.

-Samuel, ahora podemos enmendar el error.

Le contaré todo a Blanca,

le devolveré de nuevo la vida.

Y juntos, Samuel, juntos, encontraremos a Moisés.

-Ha cambiado, Diego.

Quizá sea mejor que, antes de presentarte allí,

yo vaya preparando el terreno.

-Iré ahora mismo.

-Piensa, hermano, reflexiona.

Yo te diré cuando será el mejor momento para visitarla.

Debemos procurar que Úrsula permanezca ajena

a nuestro descubrimiento. No podemos permitirnos errores.

-"Como se lo cuento,"

doña Celia, doña Rosina y doña Susana han hablado a solas

con la santa Novoa, un privilegio.

-Les habrá servido de ayuda espiritual, me alegro.

-Lo que quiero decir, señor, es que también usted podría solicitar

una audiencia privada con la santa,

es muy probable que le dé sosiego.

-Respeto a esa mujer, pero no necesito de sus plegarias.

Mis problemas son temporales, se solucionarán por sí mismos.

-Como guste el señor.

Yo solo le digo que las señoras consiguieron las audiencias

por intermedio de doña Úrsula.

Si la ve, hable usted con ella,

sin compromiso.

-Siento cierta desazón por el paseo.

Es lo que más odio, mi propia inseguridad.

-No tema usted, señor, que yo seré su lazarillo, como acordamos.

-Sobre todo, que nadie se percate de mi deficiencia.

-No dejaré que se entrevea ni el más mínimo traspiés.

Mira que... marcharse al extranjero

y dejar en la alacena estos manjares...

Si es que...

Como un marajá.

Bueno, me voy a sentar un ratito,

que llevo un día...

que se las trae.

Oh, oh...

Servando, ¿qué hace usted

en esta casa? -Eh, eh, eh.

-Ha "venío" a cebarse.

Ha "venío" a cebarse a casa de los Palacios.

-Mujer de poca fe.

He venido a ver si la fuga tiene pérdidas.

-Ya lo veo.

Y de la fuga ha "pasao" usted a la fresquera, a comprobar

el fiambre.

-Le hago un favor a la familia y al resto de los propietarios.

Esa comida en la alacena

es muy golosa y podemos tener una plaga de ratas como se pudra.

-La única rata de armario que hay es usted.

-Eh, eh, eh, bueno está lo bueno.

¿Qué haces tú en esta mansión alejada de tus labores?

¿Acaso me estás vigilando? -Más quisiera usted.

He "venío" a recoger un chal de la "señá" Fabiana,

que se lo había "dejao". Sepa una cosa,

le voy a contar a todos que está aquí llenándose la barriga

y durmiendo el almuerzo. -¿Y tú no tienes gusa?

-De lo ajeno, no.

-Es que, en la alacena hay unos botes de caviar, de las huevas esas

que te pirraban en la boda de Víctor y María Luisa.

-No pienso ser cómplice de usted.

Espere. ¿Está usted hablando de esas bolitas negras

que se ponen encima de una rebanada de pan blanco?

-Y cuando te las metes en la boca y las explotas entre los dientes

te dejan un sabor... Gloria bendita.

-¿Y dice que hay tarros?

-Como cántaras de leche de grandes.

-Ah.

Tenga, señor, un bastón,

que le dará prestancia y nobleza,

al tiempo que le ayudará por si hay apuro.

-Buena idea, Agustina.

-Qué guapo y elegante estás.

Y pareces más animado que últimamente.

-El señor me ha invitado a acompañarle en su paseo.

-¿Por qué no te vienes?

Prometo no estar arisco

y hacerme perdonar los desplantes de estos días.

Venía a hacer unas llamadas a los familiares

del segundo pelotón de presos, pero acepto encantada.

Trabajaré a la vuelta.

-Vamos pues. -¿No podríamos ir tú y yo solos?

-Nada me gustaría más, pero, compréndeme,

se lo he ofrecido y quiero que me haga un par de recados.

-Vamos.

Casilda, ¿te estás zampando la comida de los señores?

Es que, ha sido el Servando, "señá" Fabiana.

¡Servando, despiértese, que le ha "trincao" la "señá" Fabiana!

-Déjame.

¿Ya te has "embuchao" el caviar? -¡A diana, Servando, que es de día!

-Si yo solo llevaba cinco minutos.

-Vaya par de pájaros.

De Servando se lo espera una "to, pero ¿de ti, Casilda?

¿Descuidando la comida en casa ajena?

-Me ha "engatusao" Servando. -¿Cómo te has "dejao"?

Mira que te lo advertí. Solo tenías que vigilarle.

-Además de espía, mentirosa.

-Hale,

fuera los dos.

Eso no quita que se lo cuente a los señores.

¿Sabes cuánto valen estas bolitas "renegrías"?

-No lo sé.

Pero por favor, no se chive, que ha sido solo un repente.

-¿Repente? Sí, como sin daros cuenta, ¿no?

Y aquí Servando,

se tumbó en el sofá sin querer.

-Usted no sabe lo cómodo que es esto.

Esto es como sentarse a la derecha del Padre.

Pruébelo usted.

-Mire, no me vendría mal, que ya se me quejan los huesos.

-Pruébelo, mujer, que es gratis.

-No soy una "aprovechá".

Somos criados y, doblamos el lomo.

-A la fuerza ahorcan, ¿no te jeringa?

Vamos a ver, el escaqueo no es un "pecao",

es un derecho.

-Los derechos nos los ganamos "tos" juntos

y, no robando alacenas por parejas.

-Le digo una cosa,

ese sillón va que ni "pintao" "pa" su rabadilla.

-Además, "señá" Fabiana,

estas bolicas negras, no pueden ser malas "pal" cuerpo,

si no, ¿por qué valen un riñón, eh? -Ve.

-Bueno,

le haré caso, "pesao".

Pero solo un ratito, que llevo un día de aúpa.

Pues sí que se está aquí bien. Sí, sí, sí.

-Ya la decía yo.

-Además, no hacemos "na" malo.

¿Qué tiene de malo aprovechar lo que otros no aprovechan?

-Que nos pondrían en la calle si se enteran.

-¿Y quién se lo va a cantar?

-Además, dejaremos "to" esto como si no hubiéramos "estao".

-Y además, estamos haciendo un favor a la familia.

La mejor manera de cuidar...

una casa es habitándola.

-Está bien, "pa" usted la perra gorda.

Nos contentaremos en esta casa mientras los señores falten.

Pero, eso sí,

aquí "na" de secretos de familia.

Si disfrutamos nosotros,

disfrutarán "to" los criaos. -Ay.

No se lo tenga en cuenta a Leonor.

No es mala persona, aunque Dios no ha tenido a bien dotarla de fe.

-Me acusó de traer la desgracia a las buenas gentes.

-Ella estaría protegiendo a su familia.

Pero se equivocaba, claro está.

Trate de entenderla.

-La entiendo, claro que la entiendo.

Cómo me gustaría tener su corazón,

su capacidad de perdón

y su manera de estar por encima de los descreídos.

No es fácil, se lo aseguro.

-Lo imagino. Ha de estar tocada por la gracia divina

para no tener en cuenta esa ofensa.

¿Le dio a usted la paz hablar conmigo?

-Claro que sí, señora, cómo no. -Sea sincera, por favor,

soy yo la que se lo estoy pidiendo.

-Pues, la verdad, es que me hizo mucho daño y...

Y me sentí muy mal.

No por su culpa, claro,

por mis pecados.

Pero lo que creo que he conseguido ha sido...

despreciarme más a mí misma.

-Lo siento mucho, Carmen.

Ya lo ha oído usted.

No siempre doy la paz.

-Cristina, no... No diga eso.

Yo dependo de su fuerza

y de su entereza. -No, Blanca, no.

depende de su fuerza y su entereza.

Tal vez no debería culparse por la muerte de su hija.

Los accidentes y las desgracias forman parte de este mundo.

-Porque... Porque Dios las manda.

-O porque a veces a Dios se le olvida mirar hacia abajo.

Señores, se acabó la regencia.

A sus 16 añitos, Alfonso pasará a convertirse en Alfonso XIII.

-Bueno, rey ya era. Lo ha sido desde su nacimiento

en el 86 y durante toda la regencia, eso sí,

confiemos que con su reinado nos haga olvidar el desastre del 98.

-Don Arturo,

dichosos los ojos.

Que se hace usted caro de ver. -Las ocupaciones, don Felipe.

La comisión de prisioneros de guerra da mucho trabajo.

-Un placer saludarla, doña Silvia. Usted siempre tan bella.

-Gracias.

-¿No se sientan con nosotros?

-Íbamos... -Nada nos agradaría más.

-Siéntense usted, señor.

-Gracias, Agustina.

-Agustina, puede marcharse a casa. -No, que se quede.

Ya te comenté lo de los recados.

-Hablábamos de la coronación de nuestro futuro monarca.

-Que gobierne con acierto y salud. -La monarquía,

al ser hereditaria,

es el sistema que menos ofrece garantías sobre sus gobernantes.

-Buenas tardes, señores, ¿algo para refrescar el gaznate?

-¿Les apetece un café?

-Sí, por favor.

-Que sean dos cafés, Flora.

Pues pueden decir lo que quieran,

pero la monarquía es nuestra tradición

y lo que mejor representa España.

-Quizá, don Liberto,

pero mire usted a los franceses o a los americanos. Sin reyes

y progresando, no como aquí... -Ya está bien.

Nadie, y menos una persona cultivada, debería poner en entredicho

nuestros símbolos e instituciones.

-Arturo, no te enfades,

las opiniones son como los gustos. Si todos pensáramos igual,

para ¿qué vendríamos a las tertulias? -Sí,

supongo que sí.

En fin, como les he dicho, tengo cosas que hacer.

Vámonos, Agustina.

-Disculpen.

Arturo.

Quedémonos un rato más.

Van a pensar que te alteras por una simple opinión.

-No estoy enfadado, Silvia, quiero hablar con doña Úrsula

para conseguir una entrevista con Novoa.

-No veo la necesidad, pero te acompaño.

-No, no hace falta.

La charla de los caballeros será más animada si te quedas.

Nos vemos es casa. Agustina.

Lo definitorio

no es la forma de Estado,

sino que sepa servir al pueblo y ayude a los más desfavorecidos.

¿No piensan igual, caballeros?

-Así es.

(CARRASPEA)

¿Gusta usted? -¿Qué es?

-Al principio he pensado regalarle

un ramo de flores para animarla,

pero luego he pensado que con el genio que gasta,

me las haría tragar una a una.

-No habría sido muy apropiado, no. -He hecho galletas con forma de flor,

así se las come y nadie sale perjudicado.

-Gracias, de veras, pero es que no tengo hambre.

-¿Me va a hacer el feo de no probar ni un pétalo?

¿Qué?

Ricas, ¿eh?

-Me quiere.

No me quiere.

Me quiere.

No me quiere.

Me quiere.

No me quiere.

-Vaya, hombre...

No sabe uno cómo acertar.

¿Y si le preparo una galleta con cinco pétalos?

Para que no quede empatada. Se la preparo en un periquete.

-(TARAREA)

Han montado una tertulia fuera

que parece que decidieran el futuro de España.

¡Anda!

Pero ¿y estas galletas tan bonitas? A ver si están ricas.

-¿Has dado con el comprador?

-No he conseguido localizarle. Habrá cambiado de domicilio.

-¿Por qué la gente es tan informal?

¿Por qué te hacen creer una cosa y después hacen la contraria?

-Anda, anda, no exageres.

Facundo Manrique aparecerá.

Más raro es lo tuyo,

que has pasado a querer vender a escape.

-Es que... no estoy cómoda con el Peña rondando.

En cualquier momento, podría volver su memoria.

He comprendido que tienes razón. Más vale

que empecemos en otro lugar. Cualquiera, pero lejos.

No estoy segura de que sea apropiado

tal cantidad de dulces y viandas para una reunión religiosa.

-Señora, no me sea agonías,

las penas con pan son menos. -Lolita, un poco de respeto.

Ya lo he pensado yo, Susana, pero no es una reunión religiosa,

es una reunión para hablar sobre una religiosa.

-Una santa.

-Eso es lo que vamos a tratar de determinar.

Y, doña Celia, no se preocupe,

ni los obispos se privan de sus comilonas.

-Bueno, ¿y de los dulces?

A los de hábito les pirra el azúcar. El cura de Cabrahígo tiene fama

de comerse de una "sentá" dos docenas de yemas de la santa.

-Es suficiente.

Te aviso cuando te necesitemos.

-Bueno...

-Ya están aquí.

Ya era hora. -Llevamos un rato esperando.

-Disculpen, señoras,

Nos hemos enfrascado en una conversación

sobre la coronación de don Alfonso

y se nos ha ido el santo al cielo. -Apropiada metáfora aquí.

-Ea, dejémonos de metáforas y ánforas y a lo nuestro.

-He convocado la reunión para tratar de analizar

las consecuencias de la presencia de Cristina Novoa

sobre los vecinos.

En mi opinión, nocivas.

-¿Nocivas?

Qué barbaridad.

Ni que fueras protestante, Leonor. -Estoy de acuerdo con Leonor.

Esa mujer ha ido manipulando a los que se han acercado a ella.

Convenciéndoles de la necesidad de autocastigarse,

de ser infeliz. -Sumiendo a los vecinos, a muchos,

en un abatimiento y una melancolía

que ha hecho de sus vidas un infierno.

-Pero qué majadería.

¿Por qué haría una cosa así?

¿Qué beneficio obtendría una santa de eso?

-Pues no lo sé, lo reconozco,

pero de majadería, nada.

A las pruebas me remito.

¿Son más felices que antes de que apareciera ella?

-Hombre, más felices, no,

pero quizá más puros y más limpios. -Celia, por favor,

has vivido en agonía con tanto pecado, expiación

y tanto golpe de pecho. -Yo, la verdad,

y aunque la considero una santa,

recuerdo con nostalgia los días en que mis pecados

no me atormentaban tanto.

-Gracias por ser sincera, madre. -Pero ella no tiene la culpa,

los pecados ya estaban ahí. -Mi esposa lo ha explicado muy bien,

aun sin pretenderlo. A ver...

Todos hemos cometido pecados,

pero lo que hay que hacer

es aprender de ellos y no comprometer

la felicidad presente.

-Sí, pero los pecados están ahí, no te los quitas de encima.

Es así. -Es lo justo.

Además, lo ordena el cielo.

Debemos sufrir por nuestras faltas y culpas.

La santa Novoa

nos ha dado el valor para mirar cara a cara

a nuestras almas desnudas.

La oración y el sacrificio

es el único camino.

Un placer recibirle, don Arturo.

¿No le acompaña su prometida?

-Doña Silvia está ocupada.

Agustina me ha acompañado a hacer unos recados,

espero que no la moleste.

-Mientras se atenga a su rango, no, claro que no.

Siéntese, coronel. -Gracias.

-Ya le dije a doña Silvia

que volvería a contribuir a la comisión de presos,

pero no creí que corriera tanta prisa.

-No he venido a solicitar donativos,

el motivo de mi visita es otro, lamento el equívoco.

Querría que usted me consiguiera una entrevista privada

con Cristina Novoa.

-Vaya, vaya, vaya...

¿Y eso?

Aunque me consta que es usted

un hombre religioso,

no sospechaba que gustaba de aires de santidad.

-Nunca está de más un poco de ayuda espiritual.

-Vamos, coronel,...

los dos somos muy parecidos.

Algo le oprime el alma y busca soluciones.

Los dos somos

unos incomprendidos por nuestros vecinos.

Con unas normas morales muy elevadas.

-No me creo especial, señora.

Ya no. -Ah, ¿no?

¿Ya no recuerda lo que tuvo que luchar para hacerse respetar?

Incluso contrató a un teatrillo de marionetas

para desvelar los secretos de la sastra,

cosa que, como no se le oculta, aplaudí.

-Eso fue hace mucho tiempo.

Soy un hombre nuevo.

-Es difícil cambiar, coronel.

Crecemos y nos transformamos como las plantas.

Pasamos de hierba a flor,...

pero la semilla permanece.

Somos lo que fuimos.

-He hecho un gran esfuerzo

por dejar atrás mi orgullo desmedido y mi despotismo.

Y no me arrepiento.

¿Me va a conseguir la entrevista que le solicito?

-¿Para qué la necesita?

Creí que precisamente ahora

que había conseguido la compañía de Silvia

vivía usted en el paraíso.

-Silvia es lo mejor que ha pasado por mi vida, señora.

-Lástima que nada sea eterno, ¿verdad?

O que otros quieran también ese paraíso.

-No sé de qué me habla.

-Verá usted a la santa,

delo por hecho.

Siempre me gusta ayudar al prójimo.

-Muchas gracias.

Que tenga una buena noche.

-Con Dios.

Hasta mañana, señores. Aquí estaremos.

Espero que lo hayan pasado de rechupete.

(Puerta)

-¡Espere, abra, solo será un momento!

-Buenas noches, doña Susana. Estaba cerrando.

-Lo sé.

Solo quiero un par

de pasteles de nata, un capricho de viuda solitaria.

-Y nada me gustaría más que complacerla,

pero se nos han acabado. Nos los quitan de las manos.

-Vaya, qué contratiempo.

-¿Quería algo más, señora?

Son las tantas y llevo desde que amaneció.

-Sí, lo sé,

la he visto esta mañana cuando aún no se había retirado el sereno.

-Además de la chocolatería, tengo que llevar una casa.

-¿Y por eso madruga usted tanto?

No lo creo.

-¿Quiere usted decirme algo?

-Pues sí, mire usted por dónde.

No me parece bien los intríngulis que se trae con el sereno.

No he tenido más remedio que presenciar

cómo tonteaba con él esta mañana.

-¿El sereno y yo?

Qué sandez.

-Venga, muchacha, que llueve sobre mojado.

Es usted una fresca,

que ya cortejó a mi sobrino,

un hombre casado, aunque, claro, usted también contrajo el sacramento.

-Mire, por muy clienta que sea,

no tengo por qué escuchar tanta impertinencia.

-¿Impertinencia?

Le pierden a usted los pantalones.

Y ese hombre podría ser su padre. Dios la castigará por adulterio.

De obra o pensamiento, que es lo mismo.

-Usted misma lo ha dicho,

lo que yo haga es cuestión de Dios, no suya.

-¡Descarada!

Descuide, que esto no va a quedar así,

tomaré cartas en el asunto.

El barrio no puede permitirse comerciantes

que rebajen su buen nombre,

y mucho menos, La Deliciosa, tras tanto prestigio.

-Buenas noches, doña Susana.

-Y tampoco lo siento por usted, que también tiene lo suyo.

Hacen una pareja... ejemplar, desde luego.

-¿Qué mosca le ha picado a la sastra?

-Ea, ya está,

besé a Paquito.

Fue un arranque y ha debido de enterarse.

-¿A Paquito?

-Pero ¿a Paquito?

¿Paquito, el sereno?

Ay, Dios mío, válgame Dios, Flora.

Ay, ay, ay, ay...

(Puerta abriéndose)

Chist...

No hagas ruido, Blanca ya duerme. -Mejor.

Tenemos que hablar.

Llevo tratando de advertirla desde ayer, pero no ha habido manera.

-¿Tan grave es?

-Catastrófico. Hemos cometido un error que nos compromete a ambos.

Sacamos al niño a toda prisa,

pero nos olvidamos del llamador de ángeles.

Diego lo ha visto

y ahora intuye que Moisés está vivo.

-Tendría que haberme ocupado yo personalmente.

¡Es imperdonable!

-De nada valen ahora los reproches o lamentos.

Debemos pensar en una estrategia alternativa.

-Vamos paso a paso.

¿Cómo ha podido sospechar Diego de ese convento?

-Carmen.

-No.

-El propio Diego me lo ha dicho.

Lo visitó y lo puso al corriente.

¿Cuándo podría operarme?

-Hay que tener paciencia.

No podemos realizarla hasta que pierda la visión por completo.

-Ya.

¿No sabéis que esto es un antro de perdición?

-No sabemos de qué hablas.

¿A qué vienen esas enormidades?

-Tendríais que haberos enterado.

Han pillado a Flora y a Paquito en una situación muy poco decorosa.

-"Quizá lo más sensato"

sea apartarse de la tentación.

Poner tierra de por medio y recuperar mente y espíritu.

-Sí, lo mejor será que me marche.

-"Lo que debemos hacer"

es traer de vuelta a esos soldados antes de que se enfríe la relación.

-Está usted en lo cierto, coronel.

A todos nos preocupa el tema económico, y a usted, el primero.

-Parece que está usted muy bien informado.

¡No quiero actos sociales y punto!

-¿Es necesario que nos hables en este tono?

Les contaremos nuestro viaje al convento.

-Allí...

encontramos esto.

-¿Significa que Blanca nunca estuvo equivocada?

-Todo indica que estaba en lo cierto.

-"Los señores"

están la mar de contentos conmigo.

-Ya, eso era antes,

antes de que se enteraran que anda besándose con las señoras.

¿O me va a decir que no se besó con Flora,

la de la chocolatería?

-¿Qué le sucede a mi prometido? Está irritable

y no quiere salir de casa. Se pasa el día sentado.

Creo que algo me oculta.

-Yo no sé qué le puede pasar.

Una solo se ocupa de las labores que le corresponden.

-Ya sé que eres muy discreta, pero recuerda que prometiste contarme

si el coronel tenía alguna recaída.

-"Ya tiene bastante".

Libéreme de una vez, se lo ruego.

-Deje de comportarse como una niña.

No le voy a permitir que pierda la compostura.

-Tenga piedad de mí.

No puedo seguir haciendo este mal.

Le suplico que me deje ir.

-No.

No puede marcharse todavía, aún falta algo.

-¿Qué más quiere que haga?

-"Gracias por venir". Sé que está pendiente de su marcha.

-Estoy obligada a atender a todos los que me necesitan.

-Siéntese, por favor.

-"No te vas a marchar". -"¿Por qué?".

-Confía en mí.

Temo que Úrsula no quiera llevarte a un buen lugar.

¿Recuerdas aquel horrible sanatorio?

-¿Podría devolverme a aquel lugar?

-No lo sé. Pero ¿y si no está siendo sincera?

¿Confías en tu madre después de lo que te ha hecho sufrir?

  • Capítulo 767

Acacias 38 - Capítulo 767

22 may 2018

Diego encuentra el llamador de ángeles de Blanca en el convento. ¿Estará vivo su hijo? La complicidad entre Esteban y Silvia, unida a los desplantes de Arturo a su prometida, son la comidilla del barrio. Agustina intenta conseguir una entrevista entre su señor y Novoa, y mientras el coronel intenta sobreponerse a su ceguera inminente. Leonor habla en privado con Cristina. Sabe que ella hundió a Blanca; sus palabras dejan tocada a la "santa". Cristina le cuenta a Blanca que la engañó, pero Blanca no la escucha.

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