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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 763 - ver ahora
Transcripción completa

¿Buena ronda, sereno?

-Aburrida y algo fresca.

El señor no ve bien.

Se está quedando ciego. -"El Peña la diña".

-¿Cómo la va a diñar, si está más sano que una morcilla?

-Que la palma.

-He condimentado la tarta con matarratas

y, el muy zampón se la ha manducado entera.

¿Dio con la campesina? -Ni rastro de ella.

-Tal vez haya vuelto a su aldea. -No.

No me queda otra que acercarme hoy mismo hasta su pueblo

y preguntar por ella.

-Ingresaré en un convento. En un convento lejano.

-¿Tanto es su miedo a no resistir la tentación?

-Tanto.

-"Redacta tú" el telegrama para Aguinaldo

y lo enviaremos a Correos lo antes posible.

-Mejor hacedlo vosotros. -Por el amor de Dios, Arturo,

tú eres militar, dominas su jerga.

-No puedo, tengo una cita con Iturrieta y ya voy tarde.

-"Antes de dejar Acacias," quisiera que diera audiencia privada

a algunas vecinas.

-No es lo que habíamos hablado.

-Aun así, ha dejado usted huella en ellas.

Solo será un pequeño retraso. "Debemos deshacernos"

de Blanca.

-¿No es suficiente con meterla en un convento?

-No. Blanca debe acabar sus días en un manicomio.

Incapacitarla...

es la garantía de que jamás nos quitará

a Moisés. -"Deme un beso".

-¿Tú te has vuelto loco? -¿Qué le cuesta a usted?

Y yo, a lo mejor, me curo.

Por favor.

-Flora,

¿tiene ya mis cigarrillos?

-No es lo que parece. -¿Has averiguado algo,

que te veo tan alterado?

-Hermano, no te vas a creer lo que he logrado saber en ese pueblo.

Cuéntame, qué es lo que ha sucedido en el pueblo.

-En un principio, no conseguía razón de esa mujer,

hasta que me dieron explicaciones de dónde se encontraba su casa.

-Entonces, ¿conseguiste encontrarla? -Sí.

Se trata de una viuda que vive a las afueras del pueblo.

-¿Qué fue lo que te contó?

-Nada.

-No te entiendo.

-No estaba en casa,

ni había rastro de ella en los alrededores.

Unos paisanos

me contaron que había marchado a la ciudad a escuchar a Cristina Novoa.

-No hay nada extraño en eso. Ya lo sabía.

¿Qué fue lo que le inquietó?

-Un vecino suyo que estaba muy preocupado.

-¿Qué te dijo?

-El hombre es arriero y, había quedado con ella en volver juntos,

mas la mujer no se presentó.

-¿Y qué es lo que le turba?

Simplemente, cambió de opinión... -Imposible.

El hombre dice que se conocen hace más de 25 años

y, en todo ese tiempo, jamás ha faltado a una cita.

-¿Qué le puede haber pasado a esa pobre mujer?

-Me temo que, de momento, es un misterio.

-Y mucha coincidencia.

Hay alguien interesado en mantener a esa mujer callada.

(Sintonía de "Acacias 38")

"No puedo creer lo que he visto,"

no la tenía a usted por esa clase de persona.

-Le aseguro que se está equivocando.

-No me líe. Lo he visto todo con estos ojos.

-No lo niego,

pero todo tiene una explicación. -Ahórresela,

nada puede justificar un comportamiento

de esta índole. -¿No va a escucharme?

-Usted es una mujer casada,

debería comportarse con la decencia que se le supone.

Esto va a ser un escándalo para el barrio.

-Si me permite decir una cosa. -Cállese.

Poco me interesa lo que me pueda contar un delincuente,

un aprovechado. -Yo no voy a contarle nada,

solo quiero pedirle que sea discreto y no cuente nada,

que la honra de doña Flora está en juego.

-Cállate,

no he visto persona menos oportuna.

Esto no es lo que parece,

este ni me interesa ni me va a hacer tilín nunca.

-¿Y qué es lo que ha ocurrido? ¿Ha intentado aprovecharse?

-No, ni por asomo.

Es todo más fácil. El Peña está enfermo y yo trataba de consolarle.

-Pues que le consuele su santa madre.

Usted peca de inocente, seguro que es una treta

de este malnacido.

Dedíquese a su esposo y deje de hacer buenas obras

con quien no lo merece.

-Si me marcharan las cosas mejor con él, nada de esto sucedería.

¿No se dio cuenta al preparar el encuentro sorpresa,

que no funciona nada entre nosotros?

-Al menos, un beso se dieron. -Porque usted insistió mucho.

Ese beso era más falso que un Judas.

-Puede que no se lleven como cuando se casaron,

pero lo que Dios unió, el hombre no lo puede separar y,

menos un...

chisgarabís, como el Peña.

-Tiene usted razón.

He pecado de confiada. No me queda más que arrepentirme y no reincidir.

-Está bien, callaré lo que he visto.

Pero no vuelva a tropezar en esa piedra.

¿No sé que ha podido ver en ese despojo

que está ahí sentado?

-Menos mal que se ha librado del sereno.

Menudo atorrante, se cree que además de las llaves

de las puertas del barrio, tiene las de nuestras conciencias.

¿Seguimos donde estábamos?

-No vamos a seguir ni ahora ni nunca.

Antes se enfría el infierno que yo vuelva a tocarte.

Liante, desvergonzado.

¿Cómo has podido camelarme para hacer algo tan desatinado?

Mameluco, gaznápiro. -No, no, no, no me hable así.

-Y mucho peor, que no te mereces nada,

embaucador. -Pare, pare,

que me está dando un torozón.

Todo me da vueltas, me siento morir. -¿Qué te ocurre?

-Me entran fríos. Y luego calores.

Las piernas, no las puedo mover.

Es el rigor de la muerte que me está alcanzando.

Ya veo acercarse a la parca, es mi fin.

Pero ¿qué hace?

Casi me descoyunta la quijada. -¿Te sientes mejor ahora?

Pues arreando a tu casa, que ya es tarde.

Seguro que después de dormir un rato te sientes divinamente.

A la buena de Dios, Fabiana.

-Bien que ha "madrugao" usted, Agustina.

Hace "na" que apagaron las farolas y ya está de vuelta.

-Qué remedio, al coronel no hay quien le gane madrugando.

-Menudo patrón más pejiguero que tiene.

-El que me ha tocado.

A la postre, todos tienen sus inconvenientes.

-Pues sí.

El que no cojea de un "lao", cojea de otro.

Su señor no la deja ni a sol ni a sombra.

-Pero me da en la nariz que en su caso no es por capricho.

-¡Arrea! ¿Qué tiene el coronel?

-Ya le contaré en otra ocasión.

Ahora me va a perdonar, que no quiero llegar tarde.

(SERVANDO SE DESPEREZA)

Qué triste es la vida del pobre,

que siempre tiene que doblar el lomo para poder comer.

-No se queje, que cada día trabaja menos,

no como Agustina. -¿Qué le pasa a esa?

-Pues que iba muy "amostazá" pensando en su señor.

Me barrunto que algo gordo le pasa al coronel.

-El coronel está como una rosa, no ve que ha luchado en mil batallas.

-Ya serán menos.

-Hace demasiado buen tiempo para discutir.

-Vaya, le veo de muy buen humor.

-Como que estoy pletórico y con ganas de saludar al día.

Estoy tan contento,

que hasta me apetece dar un grito de pastor.

¡Yepa ya!

-¿Qué pasa? Que este es un barrio decente.

-¿Dónde vas tan "lanzao"?

Simplemente estaba expresando mi alegría.

-Pues conténgase,

no vaya a ser que le quite sus ganas de algarada denunciándolo escándalo.

-Ni tiene autoridad ni redaños para hacerlo.

-No me provoque, no se vaya a llevar un disgusto.

-Uy.

De muy malas pulgas le veo esta mañana.

Tómese un chocolate en La Deliciosa,

así se endulza y se le bajan los humos.

Y por dinero no se preocupe,

que convido yo.

-No me sale de las pestañas tomarme nada ahí.

Bueno, ni en ningún otro sitio.

-(RÍE)

¿Ha visto los capotazos que le he dado?

Ese se va fino "pa" casa.

-Si que le ha "dao" entre las orejas.

-Estoy tan contento,

que hasta me apetece barrer.

No sin antes tomar un pequeño almuerzo

y dar una cabezadita.

¿Siguen rezando Cristina y Blanca?

-No señora, ya han terminado.

-Entonces, este puede ser un buen momento

para que hables en privado con Cristina.

Ah, querida,

¿le importaría dedicarle

unos minutos a la criada?

-Yo no quisiera importunarla.

-No lo haces.

Eres una mujer devota y necesitas consejo.

-Pero doña Cristina tendrá asuntos de más enjundia de los que ocuparse.

-Todo eso puede esperar, ¿verdad?

-¿Quieres sentarte conmigo?

No debes tenerme miedo,

no soy un policía ni un cura,

solo una persona que ha sufrido mucho,

pero que ha tenido el privilegio de escuchar la voz

de nuestra Santa Madre.

-Es usted una santa. -No,

soy una mujer como tú.

Quiero que me trates como a una amiga

a la que puedas contarle lo que te aflige.

Todo el mundo necesita a alguien

que le escuche y le libere de sus cuitas.

-La verdad es que sí hay algo que me atormenta.

Agustina,

retire el desayuno, tenemos que trabajar.

¿Aún no me has dicho qué te parece el texto

del telegrama?

-No es necesario, con lo que me habéis contado es suficiente.

-Pienso que satisfacemos sus peticiones y nos mostramos firmes.

-Me quedaría más tranquila si lo lees.

-Está bien.

Está perfecto.

Ahora solo falta esperar la contestación de Aguinaldo.

-Temo su respuesta:

que cambie de parecer y el rescate le parezca insuficiente,

o que se quede con el dinero y no nos devuelva a un solo hombre.

-Podemos seguir organizando actos benéficos

para recaudar más dinero

y estar así preparados.

-Tenemos que esperar, ya hemos acudido a todas las familias

con posibles de la ciudad. -Es cierto.

Si volvemos a pedirles su colaboración, se pueden negar

o que den cantidades insignificantes.

-Es una carta que debemos reservarnos.

El pelotón de su amigo es una parte de los soldados retenidos

en nuestra colonia.

-Tienen razón los dos, pero... ¿qué podemos hacer?

-Aquí tenemos el listado

que nos facilitó Feliciano Ochoa.

Tenemos que repasarlo para traer a más soldados.

-¿Por dónde empezamos?

-No lo sé, lo dejo a vuestro criterio.

-Ya, pero... -Tengo cosas que hacer.

Tengo que hablar con ese armador,

el que nos va a dejar el barco para la repatriación,

a ver si le saco un buen precio.

-Ahí podemos ahorrarnos una buena cantidad de dinero.

-Me temo que, de momento, es el único sitio de donde podemos rascar.

Agustina,

cójase una capa y traiga mi sombrero, va a acompañarme.

-¿Qué criterio debemos usar para buscar?

-Son tantos y va a ser tan difícil traerlos a todos,

que yo lo echaría a suertes.

Descartaría a todos los que tengan apellidos acabados en zeta.

-Qué idea tan peregrina,

mejor los que tengan apellidos con nombres de ciudades o de cosas.

-Sin duda,

eso es mucho más justo.

-Vámonos, Agustina. -Adiós, amor.

-Con Dios. -Con Dios.

-Pues vamos a ello.

Entonces es eso, ¿echas de menos a tu familia?

-Así es. Sé que no debería.

Mi esposo me llevó a la ruina

y mi hijo me dejó en la estacada en el peor de los momentos.

-Sé que debería olvidarles,

pero... no puedo.

-Hay un lazo de sangre muy fuerte que te une a ellos.

Tal vez te equivoques al tratar de olvidar, cuando en realidad,

lo que deberías hacer es justo lo contrario.

-¿Qué quiere decir?

-¿No deberías haber tenido el coraje de seguir al lado de tu esposo,

cuidar de él

y de tu hijo?

-Mi esposo me llevó derecha a la perdición, nada le importaba.

-Pero... ¿y si hubieras luchado?

¿Y si hubieras tratado de conducirle al buen camino, a la gracia de Dios?

Sin embargo, no hiciste nada por cuidar de tu familia,

preferiste huir.

-No, no fue así, no tenía otra opción.

-No te engañes, siempre hay otra opción.

Si hubieras tenido fe

en nuestro Señor, Él te habría ayudado.

Pero tú elegiste el camino fácil,

solo pensaste en ti.

Has sufrido mucho, pero en esta casa

tienes tus necesidades cubiertas, la compañía de otros criados

y la estima Blanca.

Tu vida no es tan mala, pero piensa en tu hijo.

¿Cómo se habrá enfrentado a los errores de su padre?

-(LLORA)

He sido egoísta, muy egoísta.

Y una mala madre.

¿Todavía sigue Cristina Novoa en el barrio?

-Sí. Ha decidido quedarse unos días más.

-Pensaba que ya estaría de viaje hacia la siguiente ciudad

en busca de la siguiente víctima. -Ya ve que no.

Mañana piensan dar una misa en su honor.

-¿Qué?

Estoy deseando que desaparezca de aquí.

Sin ella, llegar hasta Blanca me resultará más fácil.

¿Con qué recursos

se va a presentar ante ella?

-Higinio era la única pista para llegar hasta los asaltadores

y, ha fallecido.

-Y por si fuera poco, la campesina ha desaparecido.

-La situación es desesperada.

-Felipe,

¿no le parece extraño que haya desaparecido de esa forma

después de hablar conmigo?

Todo comienza a ser muy sospechoso.

-No sé qué decirle.

Hasta hace bien poco, creía como usted en el delirio de Blanca,

ahora no sé qué pensar. -Necesito hablar con ella.

Decirle que tal vez tenía razón,

que durante el parto ocurrió algo más, que hay cosas que averiguar.

-No es por desanimarle,

pero mientras esté bajo el mismo techo que Úrsula,

sus visitas estarán vedadas.

Paquito,

¿todo bien?

-Sin novedad y sereno.

-¿Han visto a doña Flora? -Ni a Flora

ni a Íñigo.

Llevamos aquí un rato y no han tomado nota.

No sé si estaba fingiendo o se había puesto enfermo.

-Tal vez quería aprovecharse de ti.

-Eso pensé yo, pero me escama que no haya acudido a trabajar.

No hay moros en la costa.

Parece que está despejado. Venga.

Llama para que salgamos de dudas.

-No se escucha ningún movimiento.

-Llama más fuerte, lo mismo es de dormir pesado.

-¿Peña, estás despierto?

Este no dice ni chus ni mus. ¿Qué hacemos?

-Entrar a ver si está de cuerpo presente.

Ay, que se ha muerto. ¡Que soy una asesina!

-Lo mismo no está difunto.

No tiene muy mala cara.

-¿Qué haces, no ves que no respira? Vámonos de aquí a escape.

Tenemos que buscarnos una coartada.

-Voy a tomarle el pulso. -Si está más tieso que una sardina.

¿Quieres que termine presa o sentada en el garrote?

-Lo mismo deberíamos llamar a un médico para que no sospechen.

-Déjate de líos

y cojamos las de Villadiego.

Y que Dios perdone mi crimen.

-(PEÑA RONCA)

-Para estar muerto, ronca como un jabalí.

-Gracias a Dios, no soy una asesina.

Aunque la verdad es, que habría sido mejor si estuviera muerto.

Ya me había hecho a la idea.

(RÍE)

-De seguir así, te quedas con la casa, no hago más que perder dinero.

-Ya se lo dije: a las cartas y a la taba, murió el que me ganaba.

-Encima, chancéate de mí. -Liberto,

eres más tierno que un niño de pecho.

¿Cómo te dejas ganar por este? -Lo menos que saca es un trío.

-Suerte que tiene uno.

-¿Suerte o cara?

¿No te pagamos suficiente

y tienes que sacarte un sobresueldo a nuestra costa?

-De ingenuo nada.

Jacinto es todo un tahúr.

-Para tahúra, yo.

Levanta, ya verás como a mí no me gana tan fácilmente.

Voy a recuperar todo lo que has perdido

y, puede que le saque algo más.

-Le aviso a la señora que servidor se ha "ganao" más de una becerra

con los naipes.

-Déjate de cháchara y da cartas.

Está de enhorabuena, Celia,

he conseguido que Cristina saque algo de tiempo

para tener una charla privada con usted.

-No sabe cómo se lo agradezco.

Por favor, siéntense.

-No, mejor marcho a casa

y las dejo para que puedan hablar de lo que crean conveniente.

-Con Dios.

-Con Dios.

-Su casa es muy agradable.

Se ve que tiene un gusto exquisito.

-Solo trataba de hacer un hogar cómodo.

-Además de un negocio propio, no es muy común entre la señoras.

-Está muy bien informada. -Me gusta conocer

a las personas con las que voy a tratar.

-Entré en el mundo de los tintes de una forma un tanto casual.

-No tiene de qué disculparse,

¿o no está convencida de las decisiones que ha tomado en su vida?

-No lo hago. Hace tiempo que superé el miedo

a las opiniones de mis vecinos. -Y de cara a Dios,

¿Él también le es indiferente?

-No, soy una firme devota.

Por eso me preocupan algunas de las decisiones que he tomado en mi vida.

-Para eso estoy yo aquí,

para que me cuente cuáles fueron esas decisiones.

No se haga malasangre. En cuanto me dé el traje, le dejo los pantalones

limpios como la patena.

No va a quedar rastro de la mancha.

-El pantalón me da igual, lo que me da coraje es la gente que anda

con las bicicletas como si la calle fuera suya.

-Ha estado a punto de llevárselo por delante.

-De no ser por usted, el caso no se habría resuelto

con una mancha de barro.

-Es que iba rápido como un demonio. -Botarate.

Por menos de eso he fusilado a algún soldado.

-Se ve que iba usted enfrascado en sus asuntos,

porque no le notó venir... y, eso que llegó desde lejos.

-Iba abstraído pensando en la reunión con el armador,

las cosas no salieron como pensaba.

-Por eso

no merece la pena darle más vueltas al suceso.

Vaya a cambiarse,

como se seque el barro, no va a ver quien lo saque.

¿Eso de ahí es un sobre?

-Sí. Una nota de la señorita Silvia.

¿Quiere que se la lea? -No, no es necesario.

Vaya a ocuparse

de sus tareas.

Fue un camino tortuoso: la ruptura,

la nulidad

y la nueva boda.

Yo siempre traté de actuar de buena fe,

pero no siempre nos hemos comportado mi marido y yo

cómo manda la iglesia.

-No debe apurarse, por lo que me ha contado,

usted siempre trató de llevar a su marido por el sendero de la fe.

-¿Cree que Dios perdonaría mis faltas?

-Claro que sí.

Dios conoce todos nuestros actos y, tendrá muy en cuenta

todo lo que ha hecho por corregir a su marido.

-Reconozco que mi marido era un hombre al que la ambición le podía.

Y anteponía sus deseos a la moral y a la decencia.

-¿Está segura de que ha abandonado esa terrible actitud?

-Sí, supongo que sí.

-Confiemos

que así sea.

Aunque es indispensable que se haya hecho acto de contrición

y propósito de enmienda,

porque según me cuenta, Felipe...

perjudicó seriamente a muchas personas.

-Pero ese daño fue hace mucho tiempo.

-¿Qué son unos años comparados con la eternidad?

Los pecados se quedan con nosotros pase el tiempo que pase.

¿Traicionó

la confianza de alguien?

¿Se aprovechó de su posición de poder?

Cuénteme qué fue lo que hizo.

-No puedo recordar nada concreto.

-¿No puede

o no quiere?

Me barrunto que en su pasado queda alguna herida abierta.

Algo por lo que deberían pagar los dos.

¿No se da cuenta de que si no asume sus actos,

es tan culpable como su esposo?

Usted cree que llevó a Felipe por el buen camino,

pero ¿no será al revés?

-No la entiendo. -Tal vez sea su esposo

el que la ha transformado a usted,

que le ha hecho ver como normales,

cosas que ofenden a Dios.

Es muy posible que la haya alejado de sus creencias.

-Es cierto que yo no soy como era antes.

He tenido que endurecerme para soportar algunas cargas.

-¿Qué cargas son esas?

Celia.

A ver si Herminia nos lo aclara. Está aquí.

¡Herminia! -¡Virgen santa!

¡¿Adónde vas?! -A don Germán.

¿Ha sucedido algo? Sea lo que sea, puede esperar.

Vete a la alcoba, hay corriente. -Se trata de Herminia.

-Fabiana, no creo que... -Ha muerto, señora.

Se suicidó ayer noche en la chocolatería.

-Adiós, infeliz. Ahora disfrutaré de su mujer a placer.

-¡No!

-Confiese lo que le atormenta, yo puedo ayudarla.

Puede confiar

cualquier cosa que la esté desasosegando.

Menos mal que no nos vio nadie.

Flora se empeñó en ir al altillo y, hasta allí que fuimos.

-Hubiera sido muy extraño que os encontraran allí.

-Ya, pero estaba obsesionada

con que el Peña había entregado la pelleja.

-No es un asunto de risa, pero me hace cierta gracia.

Madre mía cada vez que me imagino la escena.

-Ahora viene lo mejor, entramos en la habitación

y nos encontramos al Peña tieso como una vela.

Pensamos que ya estaba fiambre,

hasta que soltó un ronquido,

que hizo temblar los cimientos de la casa.

(RONCA)

-(RÍE)

-No me parece bien que os buféis de una situación tan terrible.

-No te amostaces, el caso tiene su gracia.

-Sí, para partirse de la risa. Peña sigue sin aparecer.

¿Y si el sueño es el primer signo

de que está a punto de cogerle la parca?

-Yo pienso que tenía sueño atrasado

y lo está pagando todo de golpe.

-Más que en brazos de la muerte, está en brazos de Morfeo.

No estaríais de broma,

si os pudieran acusar de homicidio. O lo que es peor,

¿y si de la impresión se ha acordado de todo?

-Deja de darle vueltas al torno, que vas a perder el oremus.

Tenemos que olvidar este asunto y vender la chocolatería.

-Nones. Si el Peña espicha a nuestra marcha, sería de lo más sospechoso.

-Pamplinas, si eso pasa, cuanto más lejos, mejor.

-¿Y si nos atrapan? Yo no quiero ir a presidio.

En cuanto nos interrogaran, seguro que me venía abajo

y cantaba todo lo que sé, tanto mío como tuyo.

-¿Me estás chantajeando? -Para nada,

pero si me veo sola y abandonada,

quién sabe lo que podría llegar a decir.

Levo muy mal lo de estar encerrada.

-Parece mentira que seas tan egoísta.

¿Puedes dejar de pensar en ti por un momento?

-No.

-¡Flora!

¿Vas o no vas?

-Retírate, no haces más que perder.

-Porque no he cogido nada.

Pero ahora es distinto,

va a tener que rascarse el bolsillo si quiere verme las cartas.

-Pues muy bien,

apuesto...

lo que ha apostado

y todo lo que llevo ganado hasta ahora.

Hazme caso, vamos a tomar un chocolate a La Deliciosa,

que nos sale más barato.

-No, me da

que es un farol. Dame dinero.

Dame dinero.

Acepto tu apuesta.

Tres reyes.

Me ha "pillao" con los calzones bajaos.

Dos sietes.

¿Ves?, era un farol.

Si es que, para esto de los naipes,

hay que conocer muy bien a las gentes

y, a este lo tengo yo ya calado.

-Sí que me ha dado "pal" pelo. -Va a resultar que eres un pelanas.

Y más ahora, que te dejo sin cuartos.

Esta semana, el jardín nos sale de balde.

-He tentado demasiado a la suerte.

-No seas duro contigo,

lo que pasa es que has dado con la horma de tu zapato.

-Con su permiso,

voy a arreglar el jardín. -Espera un momento.

¿Y esto?

¿Cómo es que te has dejado ganar?

-Porque más vale tener los bolsillos vacíos

y a la señora contenta, que aguantarla "revirá".

(RÍEN)

Ay...

Estoy encantada, no esperaba que Aguinaldo respondiera tan pronto.

-Es un alivio que acepte la forma de pago, ya solo falta la confirmación

de que tiene en su poder a los hombres del pelotón de Luis.

-Disculpe, estaba reposando

y hemos entrado como un elefante en una cacharrería.

-No tienen por qué disculparse,

tienen motivos para estar contentos.

-Me van a perdonar, tengo asuntos que atender urgentemente.

Buenas tardes. -Con Dios.

¿Se encuentra bien?

La noto mustia.

-No, me encuentro perfectamente.

Es más, me anima verles tan satisfechos.

Para ese chico tiene que ser muy importante todo esto.

-Sí, traer de vuelta a Luis es todo un logro para él.

-¿Seguro que es eso todo lo que le motiva?

-Sé por dónde va, puede estar tranquila,

le he dejado muy claros los límites a Esteban.

-Esperemos que él lo haya comprendido.

-He sido muy clara.

Para mí no existe otro hombre en mi vida que no sea Arturo,

como para usted Felipe.

-Sí, supongo que sí.

-Me parece que no ha sido sincera

cuando me ha dicho que no le sucedía nada.

¿Le ha ocurrido algo con Felipe?

Dicen que las mujeres somos

difíciles de comprender, pero los hombres no lo son menos.

Se cierran en sí mismos como cajas fuertes.

-Yo sé perfectamente lo que hay dentro de mi marido.

-Por cómo lo dice, cualquiera diría que lo que encuentra en él

no es siempre de su agrado.

Sí, "señá" Carmen, doña Rosina está encantada de cómo le tiene el jardín

mi primo, lo tiene que parece un vergel.

-Es que, siendo de campo, tiene que tener buena mano.

-Sí. Le ha "sembrao" unas acelgas y, doña Rosina contentísima, dice:

"Qué flores tan bonitas".

Las ha "confundío" con gladiolos.

¿Qué tiene usted que está con esa cara vinagre?

-¿Qué he de tener? Nada.

Unos días que son mejores que otros.

-A ver si hace un poder y se anima, que yo ando sensible

y, si la veo "apagá", me va a dar por llorar.

-Pierde cuidado por mí, que todo me va bien.

Nada más que con mucha tarea por delante.

Abur.

-Con Dios, "señá", Carmen.

No me gusta que ande por el barrio, solo falta que le viera doña Úrsula.

-Eso tiene fácil solución, vámonos de aquí.

-Imposible, estoy la mar de ocupada.

-No se haga de rogar.

En la vida no todo ha de ser trabajo,

podemos divertirnos un rato juntos.

-No es buen momento. Puedo esperar hasta más tarde.

La convido a cenar y hasta al teatro si le viene en gana.

-Déjese de frivolidades,

no tengo cuerpo para nada de eso.

-Si ese plan no le agrada, podemos pasear por los jardines.

-Tampoco me agrada.

Una está en este mundo para trabajar y, poco más.

No me haga perder más tiempo.

-No se marche de esa guisa.

Dígame lo que le sucede. -Nada que a usted le incumba.

Deje que me marche, se lo pido por favor.

Liberto es igual que un niño.

he tenido que intervenir para poner al jardinero en su sitio.

-Mi sobrino es tan bueno, que a veces peca de ingenuo.

Es extraño que Celia no nos haya acompañado.

Yo también pensaba que hablaríamos de la misa de mañana.

Se ve que tiene algo mejor que hacer.

-¿Algo mejor que charlar con nosotras? Me extraña.

-No te creas.

Ella ya ha tenido su encuentro privado con Cristina.

Tal vez esté meditando todavía sus palabras.

-No es para menos,

todo lo que sale de esa boca es la palabra de Dios.

-Qué afortunadas hemos sido al conocerla.

Se hablará de ella durante siglos, como de Santa Teresa

o de Santa Margarita.

-Estoy deseando hablar con ella a solas.

Tiene que ser toda una experiencia

mística.

-¿Qué desean? -Dos chocolates.

Y sea generosa con los churros, que cada vez ponen menos.

-¿Cómo le ha ido con las ratas de su negocio?

-No hable de eso tan alto.

¿Quiere que se entere todo el barrio de mis penurias?

-Discúlpeme, pero ¿se las ha cargado o no?

-Diría que sí.

Al fin ha aparecido el cadáver de un roedor.

Era más grande que un conejo.

-Qué asco. Por eso ha tardado tanto en estirar la pata.

-Tres días. Cuando son grandes, el veneno tarda más, pero no falla.

-Así que, ¿el veneno es de efecto lento?

-Sí. Primero atonta a sus víctimas, después

las deja sin fuerzas y, a los tres días... ¡zas!,

las liquida.

-Voy a por su pedido.

A los tres días

la rata muere si es de las grandes.

¿Cuándo eché yo el veneno?

-Hace tres días.

Gracias, Agustina. -¿Leíste la nota que te dejé?

-No, no me dio tiempo.

-Parece que Aguinaldo ha aceptado las propuestas.

-Eso es una gran noticia.

¿Y si te podemos contamos los detalles jugando al billar?

-Qué buena idea, me gusta ese pasatiempo.

Prometo no romper nada esta vez.

-Jugad vosotros, yo estoy cansado.

-Pero si no requiere de esfuerzo.

Y jugar con Esteban es demasiado sencillo.

-Llevo todo el día recorriendo la ciudad.

-¿Qué es eso para ti?

Te he visto horas seguidas practicando con la espada.

Dame ese capricho. -Está bien,

pero cuéntame todos los detalles del telegrama.

Mañana quiero que te pases por la sastrería para ver

cómo va el traje que encargué para la coronación.

-Va a ir usted más hermoso, que chiquillo al que van a coronar.

-Pero con unos años más.

Dicen que va a estar lleno de marqueses y reyes.

Como se pinche alguno, lo pringa todo de azul.

-Nadie tiene la sangre azul, es una forma de hablar.

-"Pos" menuda "tontá".

-Cariño, ¿qué te vas a poner? No puedes ir con cualquier cosa.

-No sé, tengo ropa de sobra.

-Yo, de poder ir,

me pondría un sombrero con más plumas que una cigüeña.

-Con tu altura no dejarías ver a los que se pusieran detrás.

-Pues haber "llegao" antes.

-¿Qué te ocurre?

Estás como ausente.

¿Es por Blanca o ha ocurrido algo con los tintes?

-No.

-Es por la coronación, no quieres asistir al evento.

-No me apetece nada. -Es una ocasión perfecta

para alternar con lo más granado de la sociedad.

Eres una privilegiada.

-Tal vez, para mí, codearme con esa gente no sea lo más importante.

-¿Qué es lo más importante para ti?

-Mi conciencia. Llevar una vida digna y sin remordimientos.

-¿Y desde cuándo no es compatible con alternar en sociedad?

-Felipe, mientras se celebra la coronación de un niño,

hay gente que está sufriendo y lo pasa mal.

-En primer lugar, ese niño es tu futuro rey.

Y lo de que hay gente que lo pasa mal,

¿lo acabas de descubrir ahora?

-Estaba ciega. He abierto los ojos.

-Celia, ¿estás bien? Me estás asustando.

-No te faltan razones. -¿A qué te refieres?

-Deja de centrarte en el exterior, y preocúpate de tu interior.

Solo ahí encontrarás en consuelo y el perdón.

-Celia, ¿a qué vienen estas tonterías?

No te entiendo. -Nunca te ha importado mi opinión.

Estoy segura de que vamos por el buen camino.

Aguinaldo liberará a los presos cuando reciba el dinero.

Te toca.

-Deja que tire Esteban, es nuestro invitado.

-Como quiera, coronel.

Pero tendré que hacer unos cuantos cálculos para hacer esta carambola.

-Más cálculos vamos a tener que hacer

para conseguir todo el dinero. -Tranquilo, todo se andará.

No quiero que ningún soldado se quede

en tierra por falta de fondos.

-Eso no va a ocurrir.

Venga, te toca.

-No, te cedo el turno.

-Ya sé lo que estás haciendo.

Me quieres dar ventaja,

porque esa carambola se las ponían a Fernando VII.

No seas tan generoso y tira de una vez, que es fácil.

Blanca no tardará en venir.

Sosiégate, Úrsula ha salido

y llegará tarde. -Mejor así,

prefiero no encontrarme con ella.

-Aquí me tienes.

No pensaba salir, pero...

he supuesto que te quedarías aquí hasta que hablaras conmigo.

-Y no te falta razón.

Blanca, he descubierto cosas.

Evidencias que, tal vez, nos confirmen

lo que sentiste

tras el parto.

¿Recuerdas que me contaste que ocurrió algo más

después de dar a luz?

(GRITA DE DOLOR)

(Llanto de bebé)

Moisés...

Dime, ¿qué has descubierto?

Que quizás tuvieras razón,

que ocurrió algo más cuando perdiste el sentido.

¿Qué hace usted aquí? No pueden subir extraños al altillo.

-Yo ya no soy un extraño, ¿no cree?

Al menos para usted.

Le he traído un regalo.

-"Venía a comentarles algo" sobre mi esposa.

Estoy preocupado por ella.

-¿Qué ocurre? -Celia, últimamente está...

triste y alicaída. ¿Saben algo? -Yo no, desde luego.

-Yo tampoco.

-¿Le ha preguntado a ella?

-Dice que no la ocurre nada, pero la conozco,

sé que algo ha pasado,

algo que me oculta.

Debo irme.

No sé lo que le ha dicho Cristina Novoa,

pero se equivoca. Ya le dije que indagué en su vida

y que sabía quién era su familia.

No quise contarle entonces, pero puedo asegurarle

que hizo usted muy bien en marcharse.

-¿Qué es lo que sabe usted?

-"¿Qué tal tu amiga?".

-No he podido verla.

La tienen poco menos que secuestrada.

-Me encanta

el amor que desprendes hacia los demás.

Eres tan de verdad, Leonor... Y yo soy tan afortunado

porque quieras estar a mi lado...

-Cállate, zalamero.

-"¿Qué haces así?".

-¿Así cómo? -A medio vestir.

Vamos a llegar tarde a la oración.

-No te lo había dicho, pero no me apetece ir.

-Estabas muy ilusionado con asistir a ese evento.

-Pues ya no lo estoy.

-¿Y ese cambio de opinión?

-Agustina, déjenos solos.

-¿Qué ocurre, Arturo? -"He anhelado tanto"

este momento...

Me siento muy feliz de estar aquí.

Es usted muy amable y gentil, pero...

no soy más que una cristina devota, como usted.

-No. Es usted mucho más,

doña Cristina.

-Les dejo. Espero que la conversación

dé paz a tu alma, querida Susana.

-Gracias, Úrsula. -"Estoy enfadado con usted".

-No sea tan duro conmigo, Paquito. -No soy duro.

Pero usted es una mujer casada, y yo sé lo que vi.

-Lo que creyó ver.

¿Por qué no se pasa por la chocolatería y se lo explico?

Cuando le cuente todo, hasta se ríe del asunto.

-No quiero que me cuente nada que no es de mi incumbencia.

No quiero meterme donde no me llaman.

-Sí le llama. Yo le estoy llamando.

Por favor. -"Espero que llegue a oídos"

del Vaticano y den autenticidad a su visión mariana.

-Dios así lo quiera.

Está claro que Cristina

está tocada por el Santísimo.

Y sus consejos ayudan a los demás.

-Yo no estoy tan seguro de ello.

-¿Qué quieres decir?

-Creo que esa mujer no ejerce una buena influencia sobre ti, Blanca.

-"Doña Cristina" solo quería ayudar.

-Eso no lo tengo yo tan claro.

Quizá buscaba todo lo contrario.

Y creo que la mano de Úrsula

podría estar detrás de todo ello.

-¿Qué quiere decir? -He calado a esa mujer.

Úrsula... disfruta haciendo el mal

y haciendo a la gente sufrir.

¿Qué es lo que usted descubrió de Úrsula?

¿Para qué lo contrató?

-¿Ya estás vagueando?

-¿Yo? No, no, no.

¿Qué dibujas? -Nada que le ataña a usted.

-Como jefa, te exijo que me enseñes ese cuaderno.

-Quizá no le gusta lo que ve.

-"Deberíamos hablar, señor".

He visto cómo marchaba de la misa de manera apurada

y antes de que terminara.

Y sé porqué lo ha hecho. -Solo estaba cansado.

-Los dos sabemos que eso no es verdad.

A mí no puede engañarme,

señor. -"Todo está saliendo"

a pedir de boca.

Tenemos a Blanca justo donde queríamos.

Solo falta un último empujón.

  • Capítulo 763

Acacias 38 - Capítulo 763

16 may 2018

Diego se convence de que hay algún misterio en el parto de Blanca y se propone contárselo a ella. Paquito cree que hay algo entre Flora y El Peña. Flora se inquieta porque el Peña ha desaparecido. Las hierbas de Jacinto le han funcionado a Servando. Úrsula deja que Cristina se cite con las señoras, incluso con Carmen, para que se confiesen y se sientan responsables de sus problemas. Más tarde, tanto Carmen con Riera como Celia con Felipe se muestran distantes.

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