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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 748 - ver ahora
Transcripción completa

-Querida, se me ocurre un plan mucho mejor que pasear.

-Debe enseñarnos a jugar.

-Tenemos que impresionar

a cierta persona. -"Listo, ahí se lo dejo".

Ah, deme un momento.

-Íñigo, que es él.

-"Te necesito a mi lado"

para ser el hombre que quiero ser.

Entonces ¿me perdonas?

-Ven aquí.

(ÍÑIGO) "Me temo"

que tenemos que anular el viaje.

-Sí, lo comprendo. -"Tengo muy buenas noticias".

-La treta del billar es brillante. Ochoa terminará colaborando.

-Eso espero yo también.

-Me gustaría ir a esa reunión.

-"¿Dónde está Blanca?".

-Fuimos al cementerio a enterrar a su pequeño.

-¿Y me lo dices ahora?

¿Quiénes? Ya puedo imaginarme que, detrás

de todo esto, está la mano de tu maldito hermano.

-"Vengo a ponerte al día"

de todos los chismorreos de Acacias.

Aunque, si lo prefieres, leemos unos poemas.

A ver

qué tiene Diego en la estantería.

(DIEGO) "Blanca me siente culpable".

Nadie puede hacerla cambiar de parecer.

Y eso no es lo peor.

-¿Qué puede haber peor que perderla para siempre?

-Que nunca se recupere. -"¿Le importaría ir a buscarme"

una frazada azul?

-Por supuesto que sí, querida.

-Quizá debería acompañarla.

(ÍÑIGO) "Te juro que,"

el día en que por fin se acabe esto, daremos la vuelta al mundo.

Nunca más tendremos que ocultar nuestro amor.

(FELIPE) "No hemos encontrado"

la dichosa frazada por ningún lado. -¿Y Blanca?

(LEONOR) "Te apoyaré siempre".

En lo bueno y en lo malo.

Y eso implica descubrir cuáles son los propósitos

del verdadero Íñigo Cervera. -"La puerta está abierta".

Blanca se ha marchado.

¿Has encontrado algo?

-He recorrido los alrededores y nada.

-¿Y qué podemos hacer?

-No lo sé, puede haber ido a cualquier sitio.

Quizá regrese en un instante.

-Deberíamos avisar a la policía. -Es muy pronto para dar parte.

Démosle un poco más de tiempo.

(Puerta abriéndose)

-Tal vez sea ella.

-Dios lo quiera.

-¿A qué se deben esas caras? ¿Qué ocurre?

(Llaman a la puerta)

Señora, ¿qué hace usted aquí? -Aparta, Carmen.

-No, don Samuel y Úrsula no están. -Ya lo sé.

He visto a mi madre irse. -Señora, me está metiendo en un lío.

-¿Dónde está mi hijo?

Carmen, ¿dónde lo tienen metido?

-Señora, ¿de qué habla? -Déjate de mentiras.

Sé que sabes dónde lo esconden. -Sosiéguese, no sé de qué me habla.

-Sí lo sabes. Mi hijo ha estado en esta casa.

En esta casa. -Señora, escúcheme.

Aquí no ha habido ningún niño. ¿Me entiende?

-Estás mintiendo.

-Sabemos lo que ha pasado. ¿O no lo recuerda?

-¡Estás mintiendo!

¡Moisés!

Señora, por favor. -¡Moisés!

(Sintonía de "Acacias 38")

(FELIPE) Nos pidió una manta. Cuando regresamos, ya no estaba.

-Siento lo ocurrido. Por nuestra culpa, anda perdida.

-Nos supimos ver que todo era un engaño.

-Nos dejó a su cargo y hemos fallado.

-No debe torturarse, Celia.

Era de esperar.

-Yo pensé que se habría resignado. -No.

Todos esos silencios, esa supuesta derrota, no eran más que fachada.

-Nos ha engañado como a infantes. -He sido un estúpido

por separarme. Tendría que haber sabido que esto podría suceder.

-No se sienta responsable.

Lo importante es localizarla.

-En su estado, es capaz de cometer una barbaridad.

-¿Sabe usted dónde podemos encontrarla?

(BLANCA) "Sé que mi hijo está aquí".

-Señora, ya lo ha visto.

Aquí no hay ni rastro de ninguna criatura.

Cese ya en su empeño. Se lo ruego.

-Mi madre es demasiado cuidadosa para estos menesteres.

Seguro que lo ha llevado a otro lugar.

-Señora.

Señora, escúchame. Yo creo que está usted confusa.

Ha pasado por un infierno.

Pero de nada le servirá negarse la realidad.

Haga un poder y trate de volver... -¡Cállate!

¿O es que tú también formas parte de este contubernio?

-No diga enormidades.

-Confiésalo.

Te has aliado con mi madre. No eres más

que una vulgar esclava suya.

¿Y esto qué es?

-No lo sé. -¿Vas a volver a negarme que mi hijo

ha estado aquí? ¿Quién ha vestido esto?

-Es la primera vez que lo veo.

-¿Cómo puedes...?

¿Es que quieres que me vuelva loca?

¿Cómo podéis ser tan crueles?

Separarme así de mi pequeño...

-Señora.

Señora, cálmese.

Voy a prepararle una tisana, a ver si se sosiega un poco.

-Ve.

Pero no hay nada en el mundo que pueda aliviarme.

Coronel, sujete el taco con delicadeza.

Como si fuera un pajarillo.

No demasiado fuerte, que se ahoga, ni demasiado flojo, que se escapa.

-Esa explicación me dieron en la academia sobre cómo sujetar

mi espada.

-Ay, coronel, me temo esto duele un poco más.

Aquí se hiere el orgullo y la bolsa del contrincante.

Ojo al dato.

Carambola a tres bandas.

-¡Increíble!

Pensé que no iba a tocar ni bola.

¿Cómo es tan experta en estas lides?

-Ya les comenté que, cuando llegué a la ciudad, buscando ocupación,

encontré un salón de billar.

-No suelen ser sitios recomendables. -Y no lo son.

Ahí se hacían muchas apuestas de grandes cantidades.

Pero como la necesidad es la mejor maestra,

una se colaba por las noches para practicar.

Y se me daba de guinda.

Cuando empecé a controlar el juego,

también empecé a apostar.

Y hubo algunos gachós que perdieron cuartos.

Me vieron mujer joven y se confiaron.

-¿Y por qué abandonó tal profesión?

-Coronel, la cosa se puso peligrosa. Cambié el taco

por la lima.

-¿Qué? ¿Conseguirá enseñar

a los señores a manejar el palo con soltura?

-¿Qué señores dices?

Aquí estoy yo solo.

-He invitado a Esteban a la cita.

Es el que más interés tiene

en sacarle información.

-Esteban, un joven muy agradable.

A la par que atractivo.

No tengo problemas en enseñarle a manejar el taco.

-No se le escapa a usted un ripio, pero es usted una mujer casada.

-Sí, y felizmente.

Lo que no quita que una pueda recrearse la vista.

-Pues claro, está en su derecho. -Bueno, ya está bien. Sigamos.

Veamos.

Voy a dar a esa y a esa banda. Después, a la bola roja

y, por último, a la blanca.

-¡Huy!

¡Coronel!

-¿Estás bien? -Sí,

me he pasado con la fuerza.

-Creo que...

habrá que practicar un poco más.

-Yo también lo creo.

-Y templanza.

Va a necesitar mucha templanza.

(TARAREA)

(TARAREA)

¡Eh,

Fabiana! ¿Adónde vas tan sola?

-He quedado con Sol, que aún está ahí, esperándome para cerrar.

-Ay, el Jacinto se ha mudado ya con la Casilda.

-Pues estando al servicio de doña Rosina, no le arriendo la ganancia.

-¿Piensa que le va a ir regular?

-No sé, acostumbrado a tratar con borregas,

doña Rosina no le va a resultar ni tan dócil.

-Es más tozuda que un carnero viejo. Acabarán topándose.

-Al menos le hará compañía a su prima.

-Ay, pobre Casilda.

Se ha quedado más sola que un perrillo cojo.

-Esperemos que lo de su primo sea para bien.

-Con el Jacinto estará entretenida.

Bueno, Fabiana, que me subo al altillo. Hoy ando desriñonada.

-Suerte la tuya, muchacha.

Que yo todavía tengo que ir al kiosco y apañarlo para mañana.

-¿Quiere ayuda? -No, no, si yo me apaño.

Gracias. -Bueno, pues buenas noches.

-Buenas noches. Descansa, hija.

-(TARAREA)

-¡Fabiana! Venga usted momento,

hágame el favor.

-Carmen, ¿qué le pasa, que ha perdido la color?

-Y no es para menos.

Tengo una comezón por todo el cuerpo que me tiemblan hasta las canillas.

-¿Qué ha pasado?

-A mí nada, a doña Blanca.

-¿Está aquí? -Ha regresado a casa.

Y no está nada bien. -No es de extrañar.

La pobre, con todo el peso que lleva sobre sus espaldas...

-Mire,

anda muy revuelta y no quisiera dejarla sola.

Fabiana,...

necesito que me haga usted un favor.

-¿Qué quiere que haga?

-Necesito que vaya a escape a buscar a don Samuel o a don Diego.

No quiero que mi señora se la encuentre de esa guisa.

-Está bien, iré a por los señores.

-Fabiana...

Gracias.

De corazón.

-No hay de qué.

¡Ay, nunca pensé que una epidemia me alegraría tanto!

Gracias, Dios, por esa enfermedad.

-¿Cómo puedes decir semejante barbaridad, Rosina?

¿Sabes la cantidad de gente que hay sufriendo?

-Pero no conocemos a ninguno.

-Eso no justifica que te alegres

de las desgracias. -Alegrarme, no, pobres.

Rezaré para que se curen, pero sin prisa.

-Eres incorregible.

-Si se ponen buenos de golpe, mi niña toma las de Villadiego.

-Por eso no se apure, que va para largo.

-Entonces ¿no vas a terminar la biografía?

-Sí, pero la voy a terminar desde aquí.

-No será lo mismo si no conoces los lugares que anduvo ese hombre.

-Pero tienes imaginación de sobra.

Lo que no sepas te lo inventas y te quedas en casa.

-Eso no me parece un buen consejo.

-Los cementerios están llenos de aventureros.

Es mejor escribir que seguir sus pasos hasta un barranco.

-Lo más seguro es quedarse en casa, pero también lo más tedioso.

-Qué tiquismiquis estás.

Como en casa, en ninguna parte.

Y si no, que se lo pregunten a Íñigo. Tampoco se va.

¿Verdad? -Sí, algo he escuchado.

Al parecer, su viaje a Italia se ha pospuesto.

-Vaya. La fiesta de despedida no ha servido de gran cosa.

Ni uno ni otro habéis pasado el umbral de la puerta.

-Qué casualidad.

(JACINTO) # ¡Te quiero,

# morena!

# ¡Te quiero, morena! #

-¿Qué es ese ruido infernal?

-A mí me parece que es Jacinto cantando.

-Pues no son horas

para ir dando

esas voces.

# -A las mozas de este pueblo

# les gusta mucho el rinrán.

# Ellas ponen el tomate y el pepino se lo dan. #

Y menos para cantar esas ordinarieces, qué horror.

-Cariño, tiene cierta gracia. -Dile

que se calle, que esta es una casa decente.

No podemos permitirlo.

-Está bien, le diré que pare la serenata.

-¡Hombre!

# -A las mozas de este pueblo... #

-Meter ese hombre en casa ha sido

pésima idea. Siempre me puede este buen corazón que tengo.

-¡Ay!...

(CARMEN) Gracias a Dios

que llegan ustedes. Ya no sabía qué hacer con doña Blanca.

-Blanca...

Blanca, mi amor.

Felipe y Celia se han quedado muy preocupados cuando te has marchado.

Yo también me he alarmado.

Si pensabas salir,

habérmelo dicho.

-¿Dónde está mi hijo?

-Blanca, permite que te cuidemos.

-Déjate de pamplinas. Úrsula me ha robado a mi hijo,

lo ha traído a esta casa y lo ha vestido con esto.

Aún conserva su olor.

Tú mismo

puedes comprobarlo.

¿Es que no lo notas?

-Mi amor, siento decírtelo, pero no noto ningún olor en particular.

-Pero ¿cómo puedes decir eso?

¡Diego, es su olor!

Es como si estuviera en esta misma habitación.

¿Por qué iba ella a tener esto si no?

-Quizás Úrsula lo compró

para cuando naciera la criatura.

Debes aceptar la verdad.

Nuestra hija está muerta. -No.

¡Sé que ha estado aquí! -Así no conseguirás nada.

-Ojalá fuera cierto lo que dices. -Mi amor.

-Pero no es así.

En esta casa, no ha entrado ninguna niña.

-¡Es que no es una niña!

¡No es una niña, yo tuve un varón!

-Mi amor...

-Malditos.

¡Estáis todos contra mí!

Todos.

Me habéis robado a mi hijo.

¡Me lo habéis robado!

Gracias. ¿No vienes a desayunar?

-No, voy a seguir practicando.

Creo que ya lo voy pillando.

¡Maldita sea la corte celestial!

-Sí, ya veo

cómo lo pillas. -Agustina, disculpe.

No quería molestarla.

Pero este maldito juego

me saca de mis casillas.

Se nota que lo inventaron en Francia.

-Amor, anímate.

Has mejorado mucho.

Ya no corremos peligro.

Y has conseguido que las bolas

permanezcan en el tapete

sin que ninguna salga volando.

-No sé si estaré dispuesto

a hacer el ridículo con más invitados además de con Ochoa.

-¿Lo dices por Esteban?

-¿Por quién si no?

-Le das importancia a algo que no la tiene.

-No pensamos lo mismo.

Bastante estamos haciendo por él

para que ahora salga con imposiciones.

-Amor, tranquilízate, por favor.

No fue una exigencia.

Nos encontramos y me pareció de lo más natural que asistiera.

-Os encontrasteis. Pues no me habías dicho nada.

-Arturo, ¿por qué no me dices por qué no quieres que Esteban venga?

-No me parece lo más adecuado para lograr la misión.

-¿Por qué?

-No sabemos nada de él. Quizá no esté preparado

para alternar con gente de alcurnia.

¿Eso es todo?

-Es todo. ¿A qué viene este interrogatorio?

-A que espero que no escondas unos celos que son bastante infantiles.

-¡Por supuesto

que no estoy celoso del petimetre!

¿Qué puede tener él?

-Nada, amor.

Esteban es culto, instruido y avispado.

Sabrá desenvolverse sin problemas. Aunque le vendría bien

que le permitieses asistir a las clases con Trini.

-Está bien, será como gustes.

-Eres un sol cuando te lo propones.

Voy a avisarle.

-Será que, para jugar bien a esto, hay que estar furioso.

Me duele verte tan triste.

-Es que no puedo estar de otra forma al saber que Blanca ha venido.

Me preocupa profundamente.

-No deberías sufrir tanto por ella.

Ha pasado una experiencia terrible y necesita tiempo.

-Ya lo sé.

¿Y si no logra conseguirlo?

¿Y si pierde la razón?

-No tiene por qué suceder.

Está en buenas manos,

las de Diego.

-¡Es él, es él! ¡Viene directo hacia acá!

(ÍÑIGO) ¿Estás segura?

-Pues no,

no es él. Aunque se parece mucho.

-Mejor será que te serenes

si no quieres que nos dé un torozón a todos.

-No puedo quedarme quieta esperando

que ese desgraciado nos denuncie. Nos jugamos la cárcel.

-Empieza por ser más discreta.

Conseguirás que se enteren de todo.

En este barrio, hasta las tazas tiene orejas.

-No lo llames desgraciado, que es el dueño de este local.

-Será si lo reclama.

-Lo que terminará haciendo.

-Lo mejor que pueden hacer es hablar con él.

Y averiguar por qué no les denuncia. -No creo que sea

muy razonable hablar con el tipo al que le has robado la vida.

¿Qué quiere? Ya debería haber mandado

a los guardias.

-Pero no lo ha hecho.

Y deberíamos saber por qué.

El problema es averiguar dónde para y cómo localizarlo.

-Vino a traer harina.

¿No es así?

-¡Claro! Solo debemos hacer que nos traiga otra entrega.

-No es mala idea esa. Voy a hacer el encargo ahora mismo.

(JACINTO) # A las mozas

# de este pueblo

# les gusta mucho el rinrán.

# Ellas ponen el tomate

# y el pepino se lo dan. # -¡Ay!

No puedo más con tantos berridos. No hay quien viva en esta casa.

Como esto siga así,

la batalla de Lepanto va a parecer un paseíto en barca.

-Sosiégate, volveré a hablar con él

y le diré que deje los cánticos. -No.

Quiero hablar con Jacinto. Le quiero leer la cartilla.

-De eso nada. Ya hablo yo con él, tú estás destemplada.

-¿Cómo quieres que esté con tales berridos?

Quiero hablar con Jacinto inmediatamente.

-Como quieras.

# -Y a las mozas de este pueblo... #

Don Esteban, tiene que darle a la bola blanca

y, con ella, por el lado izquierdo de la roja,

y con la roja a la blanca.

Adelante.

¿A qué espera?

¿Una dispensa papal? -Si le doy a esa banda

con efecto a la izquierda, daría un rebote de 130 grados

para formar un ángulo de 15 grados. Dando primero a la blanca,

lograríamos juntarlas

para la siguiente carambola.

-¿Ves? No me equivocaba. Es un hombre muy ilustrado.

-Ahora,... tengo que tener en cuenta la fuerza que aplico.

Si malo es quedarse corto,

mucho peor es pasarse.

-Pues como todo en esta vida, caballero.

Agarre con fuerza el taco y dele a la bola,

que es lo que tiene que hacer.

-¡Ay!

-Anda que...

Tanto hablar y ahora le hace un siete al tapete.

-Lo siento. A la postre, he exagerado el efecto.

Pero ¿qué efecto? Si no le ha dado ni a la bola.

-Por supuesto, el gasto de este estropicio corre por mi cuenta.

-Cuidado, que casi me saca un ojo.

-Disculpe, nada más lejos de mi intención.

(Estropicio)

-Suelte ese taco, por nuestro bien. -Sí.

Se me da mejor la teoría que la práctica.

Mi coordinación no es la mejor.

(VALVERDE) No lo jure.

Tiene más peligro que otros con mosquete.

¿Te has creído que esto es una taberna?

Solo te falta sacar la pandereta y cantar jotas picantonas.

-Como mis ovejas nunca se han quejado,

me he acostumbrado a cantar para animar la tarea.

-Ya no estás en un descampado donde solo molestas a las lagartijas.

Ahora estás en plena ciudad.

-Yo, lo de cantar lo hago para que las plantas

le crezcan grandes y fuertes.

La música amansa a las fieras y anima a los vegetales.

-No desvaríes, los geranios no tienen orejas.

-No, pero escuchan igual.

-Me parece una teoría curiosa. -Es de lo más fetén.

La música hace que las plantas crezcan

más hermosas y frondosas.

Que el jardín de los señores parece un...

camposanto abandonado.

-¿Me estás tachando de descuidada?

-No, no es su intención.

Pero la mitad de nuestras plantas están secas.

Y la otra mitad son cardos.

-Nuestro jardín no tiene nada que envidiar a los de Sabatini.

-No te engañes, querida.

Las vecinas dicen que hay desiertos más frondosos que nuestro patio.

-¿De verdad está tan mal?

-Si usted me deja seguir trabajando,

le prometo que le voy a dejar un vergel.

La envidia de toda España.

-Bueno, está bien, pero, cuando haya visitas, nada de cánticos.

Y por la noche, a cantar para dentro.

-Lo que diga la señora.

Aunque eso de para dentro no sé si me va a salir.

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

¡Ah!

(Mugidos)

¡Lola, Lolita!

¿Lola?

¡Lola!

¿Lola?

Ay... ¿Dónde se habrá metido?

-Casilda, ¿a qué viene esa escandalera?

¿Has perdido la chaveta?

-¿Se puede saber dónde estabas,

que te he estado buscando?

-Arrea, le voy a tener que dar cuentas a la última mona.

-Ni te imaginas lo que he encontrado.

-No me digas un minino, que los señores no quieren.

-Que no, que esto es peor.

-¿Peor que un gato meón?

Me estás asustando.

-Mira.

-¡Oh!... ¡Jesús, María y José!

¿De dónde has sacado esto? -Del chiscón del Servando.

-Pues vale que el Servando sea más flojo que el burro del pesebre,

pero ¿andar enredando con esas cosas?

-En mi vida había visto mujeres tan desparramadas.

¡Y como Dios las trajo al mundo!

-Ya, ni tú ni nadie decente. ¿Qué hacías en el chiscón?

-Ah, doña Leonor me mandó para un correo urgente.

Pero Servando no estaba.

-Y tú te colaste.

-Encima que la cojo pensando en ti,

para que la veas.

-De verdad que soy tonta.

Mira, me la voy a llevar. -Espera.

¿La has mirado por dentro?

-Y hay

peores. -Qué desvergüenza.

(FABIANA) ¡La culpa es suya

por no estar en su sitio! -¡Fabiana!

-Mire, Fabiana, tenemos fiesta en el altillo.

-¿Qué hacéis aquí en horas de faena?

-Yo he subido a ponerme unas horquillas,

que se me han caído limpiando.

-Yo me marcho a escape. No quiero que me echen en falta.

-¡Ay!

¡Ay!

Señora, ¿quiere que le prepare ya la comida?

-No tengo apetito. Ya te avisaré cuando me entre el hambre.

-Tampoco ha desayunado. Va a enfermar.

-No insistas más, la señora ya te ha dicho que no quiere comer.

-Como manden los señores.

(ÚRSULA) Espera un momento.

¿Dónde dices que encontró el faldón?

-Ahí, señora, en ese cajón.

-¡Ah, es cierto!

No recordaba haberlo puesto ahí. Qué mala suerte

que lo encontrara. -Quise detenerla,

pero no pude impedir que registrara la casa.

-No te apures, no eres responsable de nada.

Había comprado ese faldón

para cuando naciera la criatura y lo olvide.

-Pues ha sido un gran contratiempo.

Doña Blanca perdió los estribos al encontrarlo.

-Cómo lo lamento.

Con mi torpeza he encendido aún más su locura.

-No siga culpándose.

Lo que le está pasando a Blanca nada tiene que ver con usted.

-Ya, pero me duele mucho

que piense que yo soy responsable de sus desgracias.

-Nada más lejos de la realidad.

Blanca está desesperada. Busca un culpable que alivie su pena.

-Lo sé, pero me gustaría estar a su lado.

-Diego cuidará de ella.

-Poco consuelo es eso para mí.

¿Qué va a ser de mi pobre hija?

(SAMUEL) No lo podemos saber.

Blanca está fuera de sí,

como si no entendiera la realidad.

Carmen se lo puede asegurar.

-Así es, señora.

Ha perdido completamente el oremus.

-Esperemos que sea algo pasajero,

que no caiga en el pozo de la locura.

Que no hemos mirado nada. -Nada de nada.

Solo las que están fuera.

Y bien hermosas que están.

-¿Y usted qué tiene que decir?

-¿Yo? Que podía dar parte a las autoridades

por hurto de la propiedad privada.

-Y encima vamos a salir escaldadas.

No te amuela con el Servando. -Tampoco saque las cosas de madre.

(CASILDA) Debería darle vergüenza.

Mirar esas guarradas cuando está la señora Paciencia a saber cómo.

-Cuidadito, a mi Paciencia ni se la mienta.

Es una santa. Y menos con estas cosas.

-Y usted se le está pegando

a la chita callando. -De eso nada,

nunca le he faltado al respeto. Si miento, que me parta un rayo ahora.

-No tiente usted a la suerte.

-Bueno, ya está, me lo quedo yo. Y todos para fuera. Menos Servando.

-Y descuide usted, Servando,

que cada uno

recoge lo que siembra.

-En Cabrahigo,

a los que hacen eso... -Que fuera.

Hombre.

-Desde luego, Fabiana, una y no más.

Me ha dejado usted más vendido que un besugo.

A ver cómo me quito este sambenito. -No haberse movido del chiscón.

-Si ahora voy a tener yo la culpa.

Cuando quiera guardar revistas raras, las guarda

donde le quepan.

-Así lo haré.

Ya he comprobado que no me puedo fiar de usted.

-Fabiana, ¿y está usted segura

que el profesor ese que las compra no es un pervertido?

-¡Aire! -Bueno.

Hola, ¿dónde dejo el pedido de harina?

Me habré confundido de chocolatería. ¿Es La Deliciosa?

-Sí, sí, el pedido es para nosotros.

Mi esposa no estaba al tanto.

¿Le apetece un chocolate?

Convida la casa. -Me queda reparto.

-No se preocupe, tómese uno para coger fuerzas.

Margarita, un chocolate. Siéntese.

¿Y qué?

¿No tiene nada que contarnos?

-Sí.

Lo mejor será poner toda la verdad sobre la mesa.

-Tiene razón. Es mejor desembuchar y que salga el sol por Antequera.

La primera vez que aparecí no fue por casualidad.

Llevaba un tiempo rondando.

-Lo suponíamos. -Había entrado

alguna vez, pero a escondidas.

-¿Y con qué intención entraba usted de esa guisa?

-Hombre, comprenderá que, en estos asuntos,

cuanto más discreto sea uno, mejor.

Y nada habría pasado de no ser por su esposa,

que me descubrió.

-¿Qué no habría pasado?

-No se hagan los ingenuos conmigo.

Saben perfectamente a qué me refiero.

Su mujer, que me pilló in fraganti.

¡Robando!

¿Van a denunciarme a los guardias?

-No, hombre, no. Está muy mal apropiarse de lo ajeno.

Pero con la promesa de que no va a reincidir, nos basta.

-Pero ¿por qué me van a perdonar que les robe?

Ni que fuéramos parientes.

-Porque somos muy creyentes y pensamos

que hay que poner la otra mejilla.

Y dar una segunda oportunidad.

-No tiene nada que temer.

-Aquí hay gato encerrado.

Yo la he visto alternar mucho con el sereno.

Todo esto es una trampa para trincarme.

-No, aquí no hay nada de eso. -Y un cuerno.

-Si robo, es por necesidad.

El reparto solo me da para la pensión.

-Puede venir a comer siempre que quiera.

-Lo que yo decía, una trampa como un castillo.

-¿Por qué le persigue?

¿Se va sin pagar?

-No, es que se le ha olvidado coger la propina.

¿Quiere un chocolate? Ya lo tiene puesto.

Sabía que estaba al caer.

-Entonces no puedo decir que no.

-Es usted es un manitas. La ha dejado mejor que nueva.

-Se hace

lo que se puede.

(TRINI) Vaya, coronel, veo que aprende rápido.

Ni a mí se me ocurriría jugarme los cuartos con usted.

-Reconozco que empieza a gustarme esto.

Es como disparar, se busca un blanco y se tira.

-Pero aquí no hay ni heridos ni muertos.

-Sería usted buena tiradora.

Abatiría a muchos enemigos en el campo de batalla.

-No, quite, yo, cuanto más alejada esté de las armas, mejor.

Le han hecho un buen apaño, Silvia.

Y rápido. -Tengo amigos hasta en el infierno.

Ni siquiera se nota dónde estaba el siete.

-Qué sofoco llevaba.

-No me extraña.

En mi vida he visto a nadie

más torpe. Te caen tres en el regimiento y lo mejor es rendirse.

-Con lo espabilado que parecía hablando de ángulos y de fuerzas...

Las apariencias engañan.

-En este caso, más que un tratante de ganado.

-Pues me voy a ir a casa. La tengo desatendida.

A más ver. -A más ver.

Y gracias.

-Coronel, usted siga practicando.

-Lo haré.

Cada uno

debe dedicarse a lo que sabe. Ese muchacho será un lumbreras,

pero yo tengo otras habilidades.

Yo soy bueno para el billar y para tratar con Ochoa.

-No lo dudo.

Pero mantén la invitación a Esteban.

-¿Es necesario? -De no ser así, no te lo pediría.

-Ese muchacho es un peligro.

Si le saca un ojo a Ochoa, no vamos a avanzar mucho.

-Nos sería de mucha ayuda.

-Está bien, pero que no se acerque a la mesa de billar.

-¿Cuándo nos reuniremos con Ochoa? -Por mí, estoy listo.

Tenía pensado enviarle una nota con Agustina.

-Perfecto, invitémosle mañana.

-Me parece bien. Cuanto antes demos carpetazo a este asunto, mejor.

Así podremos centrarnos en nuestra boda.

Muy a mi pesar he preferido no visitar a Diego o a Blanca.

-Es de entender que necesitan tranquilidad.

-Me cuesta no acudir a su casa.

Deseo abrazar a mi amiga.

-Para eso tendrá que esperar.

-Ya lo sé, pero se está deslizando

por una pendiente muy peligrosa.

-Espero que Dios le ayude a salir

de este trance.

-Que sea Dios o cualquier humano.

En cualquier caso, si tiene alguna novedad,

le ruego

que me la notifique cuanto antes.

-Cuente con ello.

-Con Dios. -Con Dios.

Deben tener mucha paciencia con Blanca.

-Tendré toda la del mundo con ella.

-Hay veces que el dolor es tan insoportable

que uno pierde la razón con tal de dejar de sufrir.

-Eso me temo. Que Blanca se quiebre sin remedio.

Está a un paso de perderse en sus fantasías.

No acepta la realidad.

-Yo no quisiera alarmarle más,

pero es muy posible que sus miedos se hagan realidad.

Se lo digo por experiencia.

Yo perdí una hija y todo aquello fue tan brutal

que perdí el sentido de las cosas y no pude soportar el dolor.

-Es el peor trance

que puede sufrir una madre.

-Pero salí adelante.

-¿Cómo lo consiguió?

-Teniendo cerca a quienes amaba, a Felipe.

-Ella tendrá todos los apoyos.

-No me cabe ninguna duda.

Pero es posible que tengan que enfrentarse a desvaríos

y eso no siempre es fácil. -Estaremos preparados para todo.

-Haga lo que haga, sigan a su lado

sin desfallecer. -Le juro que lo haremos todo

para traerla de vuelta a la realidad.

Blanca,...

¿quieres que vayamos a dar un paseo?

Estar aquí encerrada no puede ser saludable.

Podríamos ir a La Deliciosa.

Me apetece tomar un chocolate.

¿No te apetece tomarte unos bartolillos?

¡Moisés!

¡Moisés!

(Llanto de bebé)

¡Moisés!

¡Hijo mío!

Moisés.

¿Dónde estás?

¿Dónde está mi hijo?

(Llanto de bebé)

¿Y esto qué es?

-No lo sé. -¿Vas a volver a negarme que mi hijo

ha estado aquí?

¿Quién ha vestido esto? -Es la primera vez que lo veo.

¿Alguna novedad sobre Blanca? -No.

Ninguna.

-Seguro que se restablecerá.

No se desasosiegue por ella.

-Ojalá sea así, pero no estoy yo tan segura.

-Te he preparado un chocolate para ver si te animas.

-¿Se sabe algo del otro Íñigo? -Ha venido esta misma tarde.

-Y se ha ido rápido.

-¿Hubo gresca? -No.

Para nada. -Apenas le hemos dicho nada.

Se pensaba que era una trampa

para entregarle a las autoridades.

-¿No sería al revés?

No es él el que ha cometido un delito.

-A la primera de cambio, confesó que era el responsable

de los pequeños robos.

-Cuando entró Paquito,

se fue a escape.

-No lo comprendo. Si él es el verdadero Íñigo Cervera,

no tendría necesidad de ocultarse ni de robar.

¿Cuál es su juego?

-Tampoco sabemos lo que busca.

-Quizá se está burlando de nosotros antes de entregarnos a la justicia.

-Me cuesta creer que haya una mente

tan retorcida. -Y peores.

Se lo puedo garantizar.

-Le tenemos localizado. Tendremos que pedir más harina.

-Lo que sea para resolver este entuerto.

También es mala suerte que sobreviviera.

¡Ya podía haberse quedado tieso!

A ver, que ya sé que eso está mal,

pero si eso hubiera sido así, no tendríamos estos problemas.

-¡Ay!...

Tú también lo sabes.

Tú también estás al tanto de todo.

-¿Has dicho algo?

-Tú sabes dónde esconden a mi hijo. Eres su cómplice.

-¿Qué dices, Blanca?

-Os estáis riendo todos de mí. Queréis que me vuelva loca.

Tú, Samuel, mi madre, Carmen, sois todos iguales.

Solo queréis robar a mi hijo.

-Deja de decir barbaridades, no es cierto.

-¿Dónde tienes a mi hijo? -Blanca, sosiégate.

Nuestra niña murió. Tienes que aceptarlo.

-Mientes.

O me dices dónde tienes a mi hijo o te corto

la garganta.

El señor Ochoa, señor.

-Señorita Reyes. -Buenas tardes.

-Bienvenido a mi casa. Gracias por aceptar la invitación.

-El placer es mío.

Le presento a mi amigo Esteban.

Esteban, don Feliciano Ochoa. -Encantado.

-Igualmente.

Qué preciosidad.

-Una auténtica mesa de billar francés.

Hecha a mano en París. Espero que le guste.

(JACINTO) "¿En qué puedo servirla,"

mi muy señora mía?

-¿Qué es esto?

-Eryngium planum.

-¡Flores! ¿Qué hacían en la basura?

-Son malas hierbas, señora. Flores, sí, pero parásitas.

-¿Cómo te atreves? Parásito tú.

Fueron un regalo de mi tía abuela Soledad.

-Con todos mi respetos, fueron un regalo envenenado.

-¿Qué dices? -Esas plantas se comen las demás.

Se extienden como una gripe y exterminará a todo su jardín.

¿No sabes qué hora es? -Las 9. ¿Y?

-La hora a la que viene el repartidor.

Si te ve con el sereno, se irá.

Y lo podremos dar por perdido. -Pues creo

que es demasiado tarde. Lo podemos dar por perdido.

Me da que ese no vuelve a poner un pie en Acacias.

-¿Acaso no es lo mejor que nos podría pasar?

(LEONOR) "¿Y si hiciéramos algo para ayudarla?".

-¿Como qué?

-Algo que consiga sacarla de ese estado de enajenación mental.

-Ay, sí. La verdad es que es

muy preocupante ver a esa chica tan ida.

-Deberíamos hacer algo para demostrarle

que merece la pena vivir.

Para que recupere la alegría.

-El párroco podría dedicarle unas palabras.

(TRINI) Bueno, sí.

Dicen que a veces la fe ayuda. (ANTONIO) "Padre, ¿malas noticias?".

¿Qué dicen los Cervera?

-Ha habido más robos.

En la cestería y en una bodega.

-¿Nadie puede atrapar al ladrón?

-Es como jabón en las manos.

Pero esto tiene que acabarse, voy a hablar con el sereno.

Tiene que ponerse firme.

-Seguro que es cuestión de tiempo.

Disfruta de puesto político, pero apenas pasa por su despacho.

¿Cómo puede dormir tranquilo

sabiendo que muchos españoles le necesitan?

-Hago todo lo que puedo. -Hace lo que quiere. O sea, nada.

Y si no, demuéstrelo.

Localice a Luis Checa y tráigalo a España, con su familia.

Podría si quisiera. -No es nadie para darme órdenes.

Creía que esto era una reunión de amigos,

pero se trata de una encerrona.

Una trampa para que este hombre me insulte.

Está usted de buen humor.

Parece feliz. -Supongo que lo estoy.

-Y no es para menos.

Que su esposo haya cancelado su viaje debe ser motivo de alegría.

-Supongo que será eso.

-Mi esposa también está feliz: Leonor tampoco marcha.

Qué casualidad

lo de los dos viajes.

¿No cree? -¿Los dos viajes?

-Sí, que su esposo y Leonor planearan hacer un viaje a la vez.

-Iban a lugares distintos. -Pero no deja de ser curioso.

-Casualidad, supongo.

(ÚRSULA) "Insisto".

¿Por qué no he sido invitada al ágape que se celebra por mi hija?

Si el motivo es salvarla,

lo más lógico es que asista su madre.

-Supongo.

-Es muy molesto...

Es muy molesto tener que enterarse

por las criadas. ¿No le pasaría a usted lo mismo?

-Me reconocerá que no hay

una buena relación entre usted y su hija.

-¿Que no hay una buena relación?

-No me negará que hay ciertas tiranteces.

El ágape es para conseguir que se sienta mejor.

(SAMUEL) "No estás solo, hermano".

Tienes a Leonor, a doña Celia, a don Felipe.

Incluso doña Trini está muy preocupada por Blanca.

Nadie la abandonará. Nadie te abandonará.

A eso venía.

Leonor me ha dicho que te dé su invitación.

Organiza un ágape en honor a Blanca.

-Samuel, yo no sé si será buena idea.

-Necesita estar rodeada de la gente que la quiere.

Sentirse arropada.

Solo así podrá superar su pesar.

-Ojalá quisiera ir, pero no se va a sentir con fuerzas.

-Puede que tengas razón.

Pero acabas de decir que te has quedado sin ideas.

Propónselo al menos.

¿Qué podemos perder?

(ÚRSULA) "Me tratan como si fueran mejores que yo".

Pero llegará un día... en que recibirán su merecido.

Pagarán por todos los desprecios que han arrojado sobre mí.

Llegará un día...

en que todos suplicarán mi perdón.

Y yo no voy a perdonar.

Nunca voy a perdonar.

  • Capítulo 748

Acacias 38 - Capítulo 748

24 abr 2018

Blanca se presenta en la casa de Úrsula y pierde los nervios buscando a su hijo. Diego y Samuel llegan para frenarla. Samuel teme que Blanca pierda la razón. Leonor anuncia a su familia que finalmente no se marchará. El verdadero Íñigo Cervera se presenta en la chocolatería confesando ser el autor de los robos, pero cuando ve al sereno huye. Arturo acepta que Esteban esté presente en la reunión con Ochoa. Diego cuida de Blanca, pero ella parece enloquecer.

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