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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 747 - ver ahora
Transcripción completa

Vas a pensar que estoy delirando,

también creí que eran imaginaciones mías

la primera vez,

pero he vuelto a escuchar su llanto en más ocasiones.

-¿Qué más?

-Olores.

Olor a leche.

A jabón suave.

Y nanas susurradas.

Arrullos. -Mi amor,

¿de dónde vienen estos olores, estos sonidos?

-De detrás de los tabiques. -Tenemos que ayudarla.

Debemos buscar una manera de que lo acepte.

-Cuenta conmigo, Diego.

-"Pobre muchacho".

-¿Quién?

¿Luis Checa en las Filipinas

o el apuesto Esteban Márquez?

-Ay, no seas bobo, de verdad.

Pero ¿qué le vamos a decir a Esteban?

-Pues lo que ha pasado, que lo hemos intentado

y que no lo hemos conseguido. -"Estaba pensando"

que como Jacinto

es de campo, podría ayudarnos con los jardines.

-Pero ¿te has vuelto loco?

¿Meter a un pastor en mi casa?

-Ay, señor... Muchísimas gracias. Dios se lo pague.

-"Vamos a caminar".

Te vendrá bien salir un poco del barrio.

Airearte. -Eso no es lo que necesito, Diego.

Necesito recobrar a mi hijo.

¿Adónde vamos?

-A un sitio en el que te recuperarás.

¿Qué hacen ustedes aquí?

-"Te gusta,"

te lo noto en cómo le miras y le hablas.

En tu insistencia por librar una batalla, no por su amigo,

sino por aliviarle a él.

-¿Sabes lo que significa eso? -Es un hecho.

-No, no es un hecho.

Sigues siendo la misma persona posesiva

que cuando vivías con tu hija.

-Eso no es cierto. -Sí, sí que es cierto.

-Perdiste a tu hija, murió en ese maldito parto.

Tratemos de rehacer nuestra vida.

-Parí un niño.

Parí un varón.

Y le vi con vida antes de...

Estás conmigo

y nunca nada ni nadie

podrá separarnos.

Ven.

(CHISTA)

A más ver, don Genaro.

-Ayer le pusimos de cebo un platillo con propina,

pero no picó.

Hoy sí que ha picado como un chorlito.

-¿Le ha llevado el sereno a comisaría?

-Ya, no era para tanto. -¿Cómo que no?

Si te había robado de la caja.

Y a doña Trini le faltaba el monedero.

-Al que Paquito ha detenido, en un alarde de valor,

no era el ladrón.

-¿Y quién ha echado mano a la propina?

-El zampabollos de Servando.

Quería media docena de churros para convidar al altillo

y que le saliera gratis. -Estamos como al principio.

Espero que se te haya pasado la tontería esa

de decir que el ladrón era el auténtico Íñigo Cervera.

-Está por demostrar, y Paquito y yo lo haremos.

-Flora, déjate de gaitas.

Lo has inventado para que no me fuera.

Que mañana parto y no hay más.

-A ver, algo de eso hay, pero no como tú lo piensas.

A Íñigo lo vi de verdad,

y si movilicé a Paquito para que lo detuviera y te lo enseñara,

es porque el ladrón es él. Estoy segura.

-Ay, ay, ay, Flora, te comportas como una niña.

-No me riñas.

-¿Qué hago si no?

¿Dejar que te sigas comportando como una niña?

-No estuvieron mal esos tiempos.

Lo pasábamos de maravilla tú y yo.

-Siempre con cuentas con la justicia.

Sí, de maravilla.

-No te vayas...

-Flora, tengo derecho a vivir como mejor me parezca.

Y con Leonor es como mejor me parece.

-Seguid queriéndoos aquí.

-Sabes que eso no es posible.

Me halaga saber que me necesitas,

pero es hora de que vueles sola.

No te quedas en la estacada,

te quedas con un negocio, si no boyantes, sí productivo.

Y con buenos amigos.

-¿Te marchas entonces?

-Si no aparece el supuesto Íñigo Cervera, sí.

Mañana.

Ya no hay vuelta atrás.

-¡Buenas! ¿Dónde dejo esto?

-¿Qué es eso, gañán?

-El pedido de harina que hizo.

-Pues déjelo en la cocina.

-Muy bien.

Listo, señor, ahí se lo he dejado. Ah, deme un momento, por favor.

-Íñigo, que es él.

-Señor, necesito que me firme el albarán.

(Sintonía de "Acacias 38")

Blanca.

¿Te apetece tomar una tisana?

Te vendría bien para asentar el cuerpo.

Quizás prefieres ir a la alcoba a descansar un poco.

Mi amor,...

esta tarde hemos tenido que superar una prueba muy dura.

Nunca imaginé que tendríamos que dar sepultura a nuestra hija.

Pero ¿sabes qué?

Que juntos...

superaremos este golpe terrible.

Te juro que nunca te abandonaré, Blanca.

Nuestro amor es muy fuerte.

Debemos aferrarnos a él.

Nos permitirá seguir construyendo un futuro

para los dos.

-¿Un futuro?

-Sí, Blanca, un futuro.

Por muy imposible que te parezca ahora,

juntos superaremos este dolor.

Y podremos seguir soñando en...

formar una familia.

Blanca.

Blanca, escúchame.

-Tienes razón.

Voy a ir a reposar un poco.

Estoy agotada.

Poco a poco, parece que recuperas la color.

Parece que has visto un aparecido.

-Y así ha sido en cierta forma.

Ni todos los espantos del infierno me hubiesen provocado tal pavor.

-Con Botero merecías estar por dudar de mí.

Me tomates por chantajista.

O lo que es peor, por loca de atar.

-Ya sé que no eres nada de eso. -Así es.

El verdadero Íñigo Cervera está vivito y coleando.

-¿Y por qué trabaja de mozo?

¿Y por qué, justamente,

tiene que surtir nuestra chocolatería?

-Nuestra no, suya.

-No comprendo qué pretende.

-Tampoco sé la respuestas,

pero te aseguro que no podemos aguardar nada bueno.

-Dios míos...

Como todo salga a la luz, estamos perdidos.

-Si no queremos que sea así,

más nos vale disimular, así que chitón.

Paquito, ¿qué se le ofrece? ¿Desea un chocolate?

-De momento no, quizá más tarde.

Ahora vengo de misión oficial.

Debo decirles que, a pesar de mis esfuerzos,

no consigo atrapar a ese ladrón que se me escabulle entre las manos.

-Pierda cuidado, no puede hacer más. -Se equivoca.

He ideado un plan de vigilancia para atrapar a ese truhan.

Le aseguro que sus fechorías tienen los días contados.

No la fallaré.

-No, no, no. No es menester

que se tome tantas molestias. -Es cierto.

Ya nos hemos acostumbrado.

-Además, yo estoy convencido

de que el motivo de que no logre detenerle

es porque el ladrón habrá abandonado nuestras calles.

-Eso.

Usted olvídese de tan molesto asunto, Paquito.

-Cambia usted de parecer más que una veleta.

Primero que no lo busque,

después, que lo atrape a toda costa, y ahora, que lo olvide.

-Es que... no deseo hacerle perder el tiempo.

Seguro que hay peores malhechores por ahí

y tan solo le tenemos a usted.

Si de verdad

quiere hacer algo, arregle la caja registradora.

Mi marido es torpe,

y con ella estropeada, no puedo hacer las cuentas.

-Pues le echaré un vistazo.

Y si es necesario,

me la llevaré y se la devolveré nueva.

(Campanadas)

Sí. -Muchas gracias por preguntar.

-Ha sido una suerte llegar a Acacias a tiempo

para el oficio de la tarde. -Sí.

Escuchar la homilía ha reconfortado un poco

nuestras desoladas almas.

-El entierro de esa niña ha sido un duro trago.

-He orado por su alma durante la misa.

Y también por Blanca.

-Quiera Dios ayudarla a encontrar la resignación.

-No le resultará fácil.

Ver a una mujer como ella, con tanta fuerza,

hundida de tal forma,

me rompe el corazón.

-En el cementerio estaba fuera de sí. -Por desgracia,

sé por lo que pasa.

Es el mayor tormento que se puede sufrir.

-Me aflige pensar cómo se debe sentir ahora.

-Tengamos fe.

Estoy convencido de que Blanca se recuperará.

Como bien han dicho, es una mujer muy fuerte.

Tiene algo muy poderoso a su favor.

-¿El qué?

-El amor de mi hermano.

-Y el cariño de todos sus vecinos.

-Así es.

Iremos a visitarla con asiduidad.

No se sentirá sola.

-Se lo agradezco.

Ahora más que nunca, precisa de todo nuestro apoyo.

Con Dios.

-Con Dios.

Discúlpame, soy la última, se me ha ido el santo al cielo.

Toma. Quédate con la vuelta.

Gracias.

-Aquí estás.

-No por mucho tiempo, están cerrando.

-Tendrán que esperar a que me disculpe.

Me he comportado de una forma inaceptable.

Diría que como un auténtico necio.

-No seré yo quien te contradiga en eso.

-¿Podrás perdonarme? -No sé,

me lo pensaré.

-Tal vez lo que te voy a contar te ablande el corazón.

He encontrado la forma de conseguir el favor de Feliciano.

He llamado tu atención. -Continúa,

no vaya a ser que la pierdas.

-Frecuenta tabernas y salones de billar.

-¿Acaso vas a recorrer los antros? -No.

He adquirido una mesa de billar. La instalaremos en casa,

y después de practicar, le invitaremos a unas partidas.

Seguro que entre juego y juego,

conseguiremos obtener de él lo que necesita.

-Ya no temes

que sucumba a sus encantos. -Te equivocas, sigo temiéndolo.

No me acabo de creer que me hayas escogido.

-A mí también me sorprenden mis malas elecciones.

-Confío en ti, Silvia.

Me gustas tal y como eres,

distinta a cualquier mujer que haya conocido.

-No voy a cambiar, Arturo.

-Y rezo porque sea así.

Si vuelvo a cometer mis errores del pasado, házmelo saber.

Te necesito a mi lado

para ser quien quiero ser.

Entonces, ¿me perdonas?

-Esto te va a servir de respuesta.

Ven aquí.

-Cómo están cambiando las severas maneras del coronel.

Venga, apresúrate, muchacha, no llegues tarde a faenar. Hala.

Agustina, deje que yo la ayude.

-Arrea, Casilda, ¿qué haces aquí tan tempranera?

-Pues "na",

que os he traído unas viandas.

-No tenías que haberte molestado.

-No, si no ha "sío" molestia, señora Agustina.

La verdad es que no me acostumbro a desayunar sola.

Os he preparado unas torrijas que están "pa" chuparse los dedos.

-Si vas a traernos semejantes manjares,

puedes venir a desayunar, a comer y a lo que haga falta.

-Vaya, Casilda,

pero si esto huele que alimenta.

¿A qué hora te has "levantao" para prepararlas?

-La verdad es que no me he "dormío".

No podía dormir pensando en mi Martín.

Yo...

Yo trato de recordarle con cariño y alegría, pero no es fácil.

-Sentémonos a dar buena cuenta de las torrijas.

A ver si te endulzan el día.

-¡Quitas, que yo también quiero!

-Tendrías que haber "preparao" más,

el Servando es capaz de meterse "to" el plato al buche.

-Pierde cuidado, que no vais a pasar hambre.

Yo he traído un queso. Lo he traído "pa" desayunar,

aunque no estará tan bueno como los míos.

-Ahora daremos buena cuenta de él. -Bueno, bueno, bueno,

nos vamos a pegar un desayuno digno de reyes, ¿no?

-A ver si aprende, Servando,

y la próxima vez usted también se sube algo.

-¿Algo más que mi compañía?

-Ya, pero es que a usted no podemos hincarle el diente.

-Primo, qué bueno que hayas "subío",

es que te iba a ir luego a buscar.

-¿Ha "sucedío" algo?

-Sí, y es una cosa "mu" buena.

-Ah, ya veo que están todos al tanto.

-Te vas a poner a dar brincos de la alegría.

Mis señores quieren

que entres a su servicio como jardinero.

-Bueno, pues, brincar brincar, lo que se dice brincar,

no lo está haciendo.

-¿Qué te pasa? ¿Es que no te alegra la noticia?

-Pero, Casilda,...

¿y mis ovejas?

Las está cuidando Laureano,

el de la Virtudes, pero seguro que me echan de menos.

-No te jeringa...

Y yo también te iba a echar de menos si te marchas.

-No es lo mismo. -"Pa" chasco que sí,

la Casilda no da quesos.

-Bueno, pues... Pues, nada,

yo pensaba que era una buena oportunidad

para que te quedaras

una temporada. Además, me lo prometiste.

-A ver, Jacinto, tus ovejas

pueden aguardarte un poco más, hombre.

Ahora tu prima te necesita más que nunca.

¿Desea más chocolate, señor?

-¿Y Blanca?

¿Dónde está mi hija? No la he encontrado en su alcoba?

Te exijo una respuesta.

-Y yo, que no me hable en ese tono.

-Es el que mereces.

¿Dónde está mi hija Blanca?

-Ayer fuimos al cementerio a enterrar a su pequeña.

-¿Y me lo dices ahora?

¿Cómo es posible que no hayas contado conmigo?

-Consideramos que era mejor para ella que no estuviera.

-¿Consideramos? ¿Quiénes?

No hace falta que respondas.

Ya puedo imaginarme que detrás de todo esto

está la mano de tu maldito hermano.

-No culpe solo a Diego, yo también creí que era lo mejor.

Sabe lo nerviosa que se pone Blanca con usted.

No quería provocarla más.

Todos estamos muy afectados,

pero ahora lo que importa es que Blanca se recupere.

-¿Dónde está Blanca? Dímelo ya.

-Se ha marchado con Diego a la mansión familiar.

-¿Y no has hecho nada para impedirlo?

-Al lado de Diego podrá recuperarse. Podrá salir adelante.

-¿La has entregado a sus brazos? ¡¿Qué clase de hombre eres?!

-Los dos sabemos muy bien la respuesta a esa pregunta.

-Tendría que poder cuidarla en momentos tan duros.

Tú...

la has entregado al único culpable de todo lo que ha sucedido.

-¡Ya está bien!

Es mi decisión y no tengo que darle explicaciones.

No quiero volver a hablar del tema.

No puede ser.

¿Estás seguro?

-Ojalá hubiese sido un mal sueño, pero no es así.

Lo he visto con mis propios ojos.

-Es decir,

que el...

El verdadero Íñigo Cervera

se está paseando por la calle Acacias como si tal cosa.

-Sé que no tiene ningún sentido, pero es así.

Está vivo

y robando a nuestro alrededor. -¿A qué espera

para desenmascararos?

-No lo sé.

De lo único de lo que estoy seguro

es que supone un grave peligro para mi hermana y para mí.

-Pobre Flora.

Ha tenido el miedo en el cuerpo durante días

y nosotros sin tomarla en serio.

-Me siento tan culpable por haber dudado de ella...

Y...

me temo que...

Que no tenemos más remedio que anular el viaje.

-Sí, sí, lo comprendo.

-Lo lamento mucho, Leonor, pero en estas circunstancias,

no puedo dejar que mi hermana se enfrente sola

al peligro.

-Y yo no podría aprobar otro procedente.

No debes darle la espalda.

-Tus palabras dicen eso, pero...

tu rostro parece indicar lo contrario.

-Es que no puedo evitar que me invada la tristeza al ver que otra vez

voy a tener que ocultar lo que siento.

¿Por qué siempre soy

tan desafortunada en el amor? -Leonor.

Te prometo que nunca más será así.

Todo cambiará

y muy pronto nos podremos ir de viaje.

En cuanto logre resolver todo esto.

-¿Qué vas a hacer para resolverlo?

Agustina,

no hace falta que le saque brillo, no vamos a comer en ella.

-Ya la he dejado como los chorros del oro.

-Estoy deseando estrenarla.

-Agustina, vaya a buscar un tentempié.

Es posible que se nos pase la hora de comer practicando.

-Pareces deseoso de comenzar.

¿Se te da bien el billar?

-Pues no, nunca he sentido inclinación por él.

Esperaba que pudieras enseñarme.

-Pues siento defraudarte, pero tendrás que buscar otra maestra.

-¿No tuviste que aprender en tu carrera de espía?

-En una misión en Toulouse, sí.

Me di cuenta de que no era lo mío.

Afortunadamente, la misión fue abortada.

-Ya.

Bueno, no creo que sea muy complicado.

Supongo que con un par de horas, le cogeremos el truco.

Imagino que hay que darle a una.

-Supongo.

Arturo, querido,

me temo que se trata de darle a la bola.

-Era de prueba. -Ya.

-Volveré a intentarlo.

Casi. -¿Has conseguido hacer carambola?

-Casi he conseguido hacer un siete en el tapete.

-Me temo que vamos a necesitar más que un par de horas

para ser expertos.

-Aquí tienen el aperitivo.

-Gracias.

-Gracias.

-Me alegra ver que están disfrutando del juego.

¿Quién va ganando?

-De momento, las bolas de billar.

No hemos conseguido ni siquiera rozarlas.

-Agustina, no sabrá jugar al billar...

-Arrea, señor,

¿cómo voy a saber yo jugar a esto?

-Me lo temía.

-Arturo, no perdamos tiempo. Tenemos que esmerarnos.

En estas condiciones, vamos a ganarnos las risas de Ochoa.

-Tienes razón.

Pensé que habíais arreglado vuestras diferencias.

-Y así ha sido, pero es harina de otro costal.

-Bueno, Susana,

por lo que has contado, solo fue un beso sin importancia.

-¿Cómo sin importancia?

De eso nada.

En plena calle y delante de todos. Un escándalo.

-Mujer, no es para tanto.

No deja de resultar extraño en don Arturo.

-Sí, ahí tienes razón, Celia.

Él le ha exigido tanto a Elvira, ¿y ahora qué?

¿Da muestras de pasión en plena calle?

-Estaréis conmigo en que no se puede consentir tal proceder.

Ni siquiera están casados.

-Bueno, no tardarán mucho en pasar por la vicaría.

-No tiene por qué,

fueron a hablar con el párroco para acordar la fecha.

-Pues lo que yo estoy diciendo, ¿no?

-Pero ninguna de las fechas les pareció bien.

-Eso es porque la pareja no tiene ninguna prisa.

-¿Para qué va a tenerla si ya viven juntos?

-Mujer, no seas malpensada.

Viven bajo el mismo techo, nada más.

-Sí, eso es.

Juntos, pero no revueltos.

-No tiene que pasar nada indecoroso.

-Queridas, a veces pienso que os acabáis de caer de un guindo.

-Yo lo que pienso

es que no se puede juzgar tan a la ligera.

Lo que deberíamos hacer es ocupar el tiempo

en algo de mayor enjundia.

-¿Como qué?

-Ver cómo podemos aliviar la pena de Blanca.

-Ahí sí que tengo que darte toda la razón.

¿Cómo está?

-Deshecha.

No es capaz de reaccionar ante tanto dolor.

-Qué lástima.

Esa muchacha...

Qué pena tan honda debe tener.

-Lo que le queda en estas circunstancias

es refugiarse en la fe,

buscar consuelo en Dios para intentar salir adelante.

-Ya, Susana, pero por lo que sé, Blanca no es muy creyente.

-Bueno, pues a tiempo está

de cambiar de parecer. El Señor no le dará la espalda.

Nunca se sabe cuándo surgirá la revelación.

Si no, mirad Cristina Novoa.

-Lo lamento, pero no tengo el gusto. -Ah, ¿no?

Es una muchacha que ha sido bendecida con la aparición de la Virgen.

Ahora está luchando por el reconocimiento del Vaticano.

A la vez que predica el mensaje que Nuestra Señora le dio.

Le ha cambiado la vida por completo.

Y lo mismo le puede pasar a Blanca.

Por eso ahora es un buen momento para pensar en Dios.

-Seguro, Susana, si yo no digo que no,

quizás lo que la muchacha necesite sea el calor de los suyos.

Saber que tiene a su gente y que no pasará esta pena sola.

-Eso mismo pienso también,

por eso voy a ir con Felipe. -Ah, qué bien.

Dale recuerdos.

-Y algo más.

Dale esta estampita

del sagrado Niño Jesús.

Que busque consuelo en él también.

Mi amor.

Hace un día magnífico.

¿No te apetece dar una vuelta?

También podemos mandar que nos preparen

una suculenta comida.

¿Tienes apetito?

Podríamos llamar a alguno de nuestros amigos para que vengan.

Blanca.

Blanca, te lo ruego, haz un esfuerzo por seguir adelante.

Por nosotros dos.

Nos merecemos otra oportunidad.

Dejarse vencer por la pena y el dolor no solucionará nada.

Yo también me siento desolado. -No te compares conmigo.

-¿Acaso no crees que siento lo sucedido?

-No.

Está claro que no sentimos lo mismo.

-Mi amor.

Yo comprendo tu dolor,...

pero tienes que poner de tu parte.

Solo tu voluntad te permitirá superar esta tragedia.

-¿Puedo pasar? -Leonor.

-Su criada me ha abierto la puerta.

¿Llego en buen momento? -No podía ser

más conveniente.

No se imagina cuánto me alegra su visita.

-¿Cómo se encuentra hoy?

-Mal.

Ya no sé qué hacer para animarla.

A ver si con usted reacciona al fin.

-Querida...

Qué alegría me da verte.

Vengo dispuesta a ponerte al día de todos los chismorreos.

Si lo prefieres, leemos unos poemas, ¿eh?

A ver qué tiene Diego en la estantería.

Blanca...

Mira, Liberto, aún estamos a tiempo de echarnos atrás.

-Le prometiste a Casilda que contrataríamos a su primo.

¿Quieres faltar a tu palabra? -Mi palabra no, la tuya.

Yo no dije ni mu. Fue al señorito al que se le ocurrió.

-Piensa en Casilda. Tener a su primo le reconfortará.

-Pero ¿no le puede tener en otro sitio, tiene que ser en mi casa?

-Tan solo será por unos días... -Ya.

Eso si Jacinto no le coge gusto.

Imagina que se queda aquí para siempre.

-Que no, que eso no va a ocurrir.

Seguramente ha aceptado el trabajo para complacer a su prima.

Ese hombre tiene un rebaño que atender y una vida propia.

-¡Que se me había olvidado eso!

¿Y si trae a sus ovejas? -Qué no.

Que no, cariño, no sufras.

Ni te vas a enterar.

-¡Eh!

¡Arrea!

¡Menuda choza se gastan! -¿Estás seguro de eso?

-Señores, aquí está mi primo Jacinto.

"Tie" ganas de empezar. -Lo hemos oído,

sí. -¿Te ha contado ya Casilda

cuáles son las condiciones? -Sí.

Y no se preocupe. El "prao" dará gloria verlo.

-¿Cómo que "prao"? ¡Es un jardín!

-Estarás en la casa de los guardeses.

Ahora te la enseñará Casilda.

-Como quiera.

¿A los señores les importa si monto un gallinero al fondo del "prao"?

Del jardín, del jardín, ¿eh?

A uno le gusta desayunar los huevos recién puestos.

-Claro. -Mi jardín inglés

está diseñado por un prestigioso paisajista

y es mejor que Vista Alegre.

¡No pensará montar un gallinero en medio del jardín!

-Claro, ¿y en una esquinita?

Oh...

Lo de traerme un par de ovejas

ni lo pregunto, ¿no?

Bueno, esto va viento en popa.

-Muy optimista te veo. Ni siquiera hemos tocado una bola.

-Al menos, no se nos cae el palo al suelo.

-Y solo hemos necesitado media tarde.

-Roma no se construyó en un día. -Más vamos a necesitar nosotros.

A este paso, no conseguiremos impresionar a Ochoa.

-Con su permiso, señores.

Doña Trini desea verles.

-Trini. -Gracias, Agustina.

-Qué alegría verla.

-Me preguntaba si quería dar un paseo por los Jardines del Príncipe.

Qué maravillosa mesa de billar.

-¿Es usted aficionada al juego?

-Bueno, hace tiempo que no practico, pero... sí.

Cuando llegué a la ciudad,

aprendí a jugar. Pasaba las horas en una sala de billar

mientras encontraba ocupación.

¿Puedo?

Parece que no he olvidado cómo se hacía.

-Creo que se me ocurre un plan mucho mejor que pasear por los jardines.

-Es importante que nos enseñe.

-Tenemos que impresionar a cierta persona.

-¿Acaso están ustedes inmersos en alguna trama de espionaje?

-Se trata de algo mucho más cotidiano.

-Solo intentamos que un político nos ayude

con un conocido nuestro.

-Vaya...

A mí que me hacía ilusión colaborar en una apasionante misión secreta...

Pero, bueno, creo que sí,

que podré enseñarles a jugar como buenamente pueda.

Gracias.

¿Qué haces? -Pesar la harina.

Quería ver si ese sinvergüenza también nos ha sisado con el peso.

-Ese es el menor de nuestros problemas.

-¿Has hablado ya con Leonor?

-Sí, la he puesto ya al día de todo.

-¿Y cómo se ha tomado que suspendáis el viaje?

-Leonor es muy buena y me ha apoyado en todo,

pero se le ha roto el corazón.

-Si es que no te la mereces.

Muéstrale tu agradecimiento.

-¿Cómo? -Ay,

hombres... Hay que dároslo todo hecho.

Anda, deja que yo me encargue.

-Voy a atender las mesas.

-Flora, ¿tiene un momento?

-¿Qué se le ofrece?

-Eh... Bueno, pues...

Yo ya sé que usted salió bien de su encuentro con el sereno,

pero quería pedirle disculpas por haberla dejado en la estacada.

-Sí, ya me mostró que se puede contar con usted en caso de apuro.

-He tenido una buena maestra.

¿Acaso tengo que recordarle que acabé en una húmeda celda

porque trató de salvar su pellejo cobardemente?

-En eso tiene razón.

Está bien, estamos en paz.

Queda perdonada.

-¿Qué tal si celebramos nuestra reconciliación

invitándome a un chocolate?

Ah, bueno, y un suizo o unos churrito.

No sé si ha sido una buena idea salir a pasear dejando a Blanca sola.

-Los Álvarez Hermoso cuidarán de ella.

Tú necesitas despejarte, que te dé el aire.

-Lo sé, Samuel, lo sé.

Pero temo venirme abajo si me preguntan por Blanca.

-Arrojo, Diego.

Blanca precisa ahora de todas tus fuerzas.

-No sé si encontrará en mí su alivio.

-Entonces, no lo hallará en nadie.

-Temo que la estoy perdiendo, Samuel.

Veo cómo ha cambiado su manera de mirarme.

De hablarme... Bueno...

De callarse.

Apenas me dirige la palabra.

-Es normal. En momentos tan difíciles,

podemos pagar nuestra frustración con los que más queremos.

-Me parece que no soporta ya mi presencia.

-Aun así, debes estar más cerca de ella que nunca.

-Lo intento, Samuel, pero es muy difícil.

He aprovechado

la visita de Felipe y Celia para dejarle su espacio.

No seguir incomodándola.

-Ella te ama, Diego.

Pronto te requerirá a su lado, ya verás.

-No es amor lo que veo en sus ojos,...

sino rencor.

En su mirada adivino

cómo me considera responsable de todo lo que ha sucedido.

-No.

Eso son imaginaciones tuyas. No tienes culpa.

No tiene sentido. -No, Samuel, no.

Cuando el dolor es el que manda sobre nosotros mismos,...

no hay que buscar sentido.

Blanca me siente culpable.

Me temo que nadie puede hacerle cambiar de parecer.

Todo esto terminará con el amor que me profesaba

y eso no es lo peor.

-¿Qué puede haber peor que perderla para siempre?

-Que nunca se recupere.

Que no se reponga del duro trance.

-No digas eso. Todo lo sucedido

aún es muy reciente,

pero Blanca es fuerte,

logrará salir adelante.

-Ojalá. Me gustaría estar tan seguro, pero...

-No dejes que la desesperación te venza.

Juntos lo lograréis.

-Te lo agradezco, Samuel.

Por tus palabras,...

veo que a pesar de todo lo que ha pasado,

puedo seguir contando contigo.

-Somos familia.

No pienso abandonarte.

-Y no lo has hecho.

Nunca lo olvidaré.

Ojalá estuviese padre aquí

para darme consuelo.

Él sabría cómo ayudarme para superar este trance.

-Temo que tendrás que conformarte con mi apoyo.

Padre necesita centrarse en su salud.

No podemos darle más problemas. -Tienes razón.

Bastante carga tiene ya sobre sus hombros.

No debo ser egoísta.

Íñigo, por favor...

Huy...

¿Por qué está el local tan vacío?

¿Qué dice el cartel que pones?

-Nuestra mesa nos espera, Leonor.

-No... No lo comprendo, Íñigo.

¿Qué está sucediendo?

-Hoy,

La Deliciosa será solo para nosotros dos.

Siéntate, te lo ruego.

-¿Y tu hermana ha accedido a cerrar el negocio

solo para nosotros?

-No solo he accedido, sino que seré su camarera.

Espero que le gusten las fresas con crema inglesa.

-Y regadas con el mejor champán.

-No sabe cómo le agradezco todo lo que está haciendo, Flora.

-No es a mí a quien debe agradecérselo.

Ha sido todo idea suya. Insistía en que debía compensarla

por haber aplazado el viaje.

La ama con locura.

Bueno, yo mejor les dejo solos.

"Cerrado por mantenimiento".

Justo ahora que quería un chocolate.

De verdad, qué desconsiderados.

¿Cómo se les ocurre cerrar a la hora de la merienda?

-Estarán fumigando y han puesto el cartel.

Para no alarmar a la clientela. -No me diga usted eso.

Me da como cosillas pensar que hay bichos en la cocina.

-Pues algo de enjundia tiene que ser

para cerrar a estas horas y de improviso.

-Nada, que me va a tocar merendar en mi casa.

El billar me abre mucho el apetito.

-No hemos hecho nada más que empezar con el brillar.

-No desistiré hasta convertirlos en expertos jugadores.

Mientras tanto,

¿quiere venir a merendar? -Lo siento,

tengo que hacer unos recados. -Como desee.

A más ver.

-Con Dios.

-Señorita Reyes. -Esteban Márquez.

Qué alegría verle. -Tengo buenas noticias para usted.

-Ya era una noticia inmejorable el poder verla de nuevo.

Tenía que haber escuchado a Susana, estaba fuera de sí por el beso.

-Seguro que no fue más que una muestra de afecto.

Doña Susana necesita muy poco para escandalizarse.

-El coronel haría bien en contener sus afectos

si no quiere recibir una reprimenda.

-Imposible.

Ni un petardo le haría reaccionar.

-Prometimos a Diego animarla. -Nos pide poco menos que un milagro.

-Tengo frío.

-Qué extraño, la casa está templada. No tendrá fiebre...

-Estoy destemplada.

¿Le importaría ir a buscarme una frazada azul?

-Por supuesto que sí, querida.

-Quizá debería acompañarla.

La frazada que quiero está en lo alto de un armario

y no podrá alcanzarla.

Me alegra que el coronel retome las conversaciones con Ochoa.

-Sabía que Arturo no se iba a dejar vencer tan fácilmente.

-Gracias, seguro que usted tuvo que ver con tal decisión.

-No crea que tanto.

Mi futuro marido es sensible y comprometido.

Sabía que no cejaría en su empeño de rescatar a su amigo Luis Checa.

-Gracias a ustedes, eso cada vez lo veo más posible.

-No lo celebremos todavía,

no hemos conseguido nada.

No hemos aprendido a coger el taco. -Ya lo lograrán.

La treta del billar es brillante.

Gracias a ella, Ochoa terminará colaborando.

-Eso espero yo también.

-Me gustaría tanto acudir a esa reunión...

¿Al coronel le importaría

que yo estuviera presente?

(Música)

No sé cómo lo haces, pero siempre me haces reír.

-Es mi obligación.

Un rostro tan bello debe estar adornado con una sonrisa.

(SUSPIRA)

Leonor.

-¿Ajá? -Me haces...

el hombre más feliz de la tierra.

Por nada del mundo me alejaría de ti.

-Yo voy a estar siempre a tu lado.

Sea como sea.

Aunque para eso tengamos que mantener esta mascarada.

-Te juro que el día en que por fin se acabe todo esto,

daremos la vuelta al mundo.

Nunca más tendremos que ocultar nuestro amor.

-Así será.

-Yo... voy a estar apoyándote siempre.

En lo bueno y en lo malo.

Y eso...

Eso implica descubrir cuáles son los propósitos

del verdadero Íñigo Cervera.

Eh, pero no pensemos en esto ahora.

Sigamos disfrutando de nuestro baile.

No hemos encontrado la dichosa frazada por ningún lado.

-¿Y Blanca?

-La puerta de la calle está abierta. Blanca se ha marchado.

Coronel, habrá de sujetar el taco con mucha delicadeza.

Como si fuera un pajarillo.

No demasiado fuerte, que se ahoga,

ni demasiado flojo, que se escapa.

-La misma explicación que me dieron en la academia

sobre cómo sujetar mi espada.

-Ay, coronel, me temo que esto duele un poquito más.

Aquí lo que se hiere es el orgullo y la bolsa del contrincante.

Ojo al dato.

Carambola a tres bandas.

-Increíble.

Pensé que no iba a tocar ni bola.

# Con el avichuche te quiero, morena.

# Sin el avichuche # no te quiero apenas.

-Pero ¿qué es ese ruido infernal?

-A mí me parece que es Jacinto cantando.

-No son horas para dar esas voces.

-# A las mozas de este pueblo

# les gusta mucho el rin ran.

# Ellas ponen el tomate # y el pepino se lo dan. #

-¡Y menos para cantar esas ordinarieces!

¿Qué van a pensar los vecinos? -"Arturo".

Dime de una vez por qué no quieres que Esteban venga.

-No me parece adecuado para llevar a cabo la misión con éxito.

-¿Por qué?

-Porque no sabemos nada de él. Quizá no esté preparado

para alternar con gente como Ochoa. -¿Eso es todo?

-Eso es todo. ¿A qué viene este interrogatorio?

-Espero que bajo tanta pega

no se escondan unos celos bastante infantiles.

-Por supuesto que no estoy celoso de ese petimetre.

¿Qué tiene él que no tenga yo?

-Nada, amor.

Esteban es un hombre culto, instruido y avispado.

Sabrá desenvolverse en la reunión. Aunque le vendría bien

que viniese a las clases con Trini.

No voy a esperar a que ese desgraciado nos denuncie.

Nos jugamos la cárcel, Íñigo.

-Empieza por ser más discreta.

Vas a conseguir que se entere hasta el Tato.

Aquí hasta las tazas tienen orejas.

-No le llames desgraciado, es el dueño de este local.

-Bueno, eso será si lo reclama.

-Lo que antes o después, hará.

-Lo mejor que pueden hacer es hablar con ese hombre

y averiguar por qué no les denuncia.

-No es razonable hablar con el tipo al que le robamos la vida.

¿Qué pretenderá? Ya debería haber mandado

a los guardias para detenernos.

-Ya, pero de momento no lo ha hecho y deberíamos saber por qué.

El problema es averiguar dónde para y cómo localizarle.

# ... el rin ran.

# Ellas ponen el tomate

# y el pepino se lo dan. # -¡Ay!

Me voy de aquí, no puedo más con tanto berrido.

¡No hay quién viva aquí!

Mira, como esto siga así,

la batalla de Lepanto va a parecer un paseíto

¡comparado con la que voy a montar! -Sosiégate.

Le diré que deje los cánticos para el despoblado.

-Quiero hablar con Jacinto. ¡Le quiero leer la cartilla ahora!

-No, déjame que hable yo. estás muy destemplada.

-¡¿Cómo voy a estar con semejantes berridos?!

¡Quiero hablar con Jacinto inmediatamente!

-Tengo que tener en cuenta la fuerza que aplico,

porque si malo es quedarse corto,

mucho peor es pasarse.

-Pues como todo en esta vida, caballero.

¿Por qué no hacemos una cosa?

Agarre con fuerza el taco y dele a la bola.

Hola, ¿dónde dejo el pedido de harina?

Lo mismo me he confundido. ¿Esto es La Deliciosa?

-Sí, sí.

El pedido es para nosotros, ella no estaba al tanto.

¿Le apetece un chocolate para reponer fuerzas?

-Invita la casa. -Me queda mucho reparto.

-No se preocupe, tómese uno para coger fuerzas.

Un chocolate para el caballero. Siéntese.

Siéntese.

-"Blanca está desesperada tras la muerte de su hija".

Buscando un culpable, alivia un poco su pena.

-Lo sé, pero me gustaría estar a su lado.

-Diego cuidará de ella.

-Poco consuelo es eso para mí.

¿Qué será de mi pobre hija?

-No lo podemos saber.

Blanca... está fuera de sí,

como si no entendiera la realidad.

He preferido no visitarlos.

-Necesitan toda la tranquilidad del mundo.

-Me cuesta no acudir a su casa.

Estoy deseando abrazarla.

-Lamento decirle que tendrá que esperar.

-Ya lo sé,

pero me gustaría que se diera cuenta

de que se está deslizando por una pendiente

que la evade de la realidad. -Espero que Dios la ayude.

-Dios o cualquier humano. -"¿Qué hace aquí?".

-Aparta, Carmen. -No.

Ni don Samuel ni doña Úrsula están en casa.

-He visto a mi madre marcharse. -Venga en otro momento,

me está metiendo en un lío. -¿Dónde está mi hijo?

¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde le tienen metido?!

-¿De qué habla? -¿Dónde está?

Déjate de mentiras.

Carmen, sé que sabes dónde lo esconde.

-Sosiéguese, no sé de qué me habla.

-Sí lo sabes.

¡Lo sabes, mi hijo ha estado en esta casa!

Ha estado en esta casa. -Señora, escúcheme.

Aquí no ha habido ningún niño. No han traído a ningún niño.

¿Me entiende?

Usted y yo sabemos qué ha pasado con su hija.

¿No lo recuerda? -¡Estás mintiendo!

¡Moisés! -"Carmen.

¿Qué pasa? Ha "perdío" la color.

-Y no es para menos con lo que me acaba de pasar.

Tengo una comezón que me tiemblan hasta las canillas.

-¿Qué ha "pasao"?

-A mí nada, a doña Blanca.

-¿Está aquí?

-Ha regresado a casa y...

Y no está nada bien.

-No es de extrañar. La pobre...

Con "to" el peso que lleva sobre sus espaldas.

-Mire.

Anda muy revuelta y no quisiera dejarla sola.

Fabiana,

necesito que me haga un favor. -"Blanca".

Blanca, mi amor.

Yo también me he alarmado.

Si pensabas salir,

deberías habérmelo dicho.

-¿Dónde está mi hijo?

-Blanca, sosiégate.

Permite que te cuidemos.

-Déjate de pamplinas, Diego. Úrsula me ha robado a mi hijo.

Lo ha traído a esta casa y lo ha vestido con estas ropas.

Aún conservan su olor.

Tú mismo puedes comprobarlo.

  • Capítulo 747

Acacias 38 - Capítulo 747

23 abr 2018

Blanca y Diego regresan del entierro. Parece que algo se ha roto entre ambos. Úrsula se entera de que Blanca está con Diego y discute con Samuel ante la atenta mirada de Carmen. Los chocolateros, temiendo las consecuencias, piden a Paquito que deje de buscar al ladrón.

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