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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 742 - ver ahora
Transcripción completa

Voy a ver qué ocurre.

-Por favor,

ayuda. -"Parece que Blanca"

ha conseguido lo que quería. -Blanca y Diego.

Él también está loco por ella. No sé si él incluso más que ella.

Samuel, después de haberse opuesto tanto,

ha sabido dar un paso al lado.

A este chico

no le pasa nada.

Pero ¿qué es esto? -Vamos.

Quiero todo lo que lleven: dinero, joyas, todo.

(Galope de caballos)

-Tranquilos.

Les daremos todo,

pero no hagan daño a mi esposa.

-"Queridos amigos, me voy".

Pero volveré.

Y... cada día que pase fuera me...

Me voy a acordar de toda la buena gente de Acacias.

(Disparo)

Diego, nos van a matar.

Salga, le vi entrar.

-"Ahora no".

Ahora no.

Olvidé devolvértelas.

-"Dios mío".

Dios mío dame fuerza.

(BLANCA SE FATIGA)

¡Auxilio!

¡Por todos los santos, que alguien me ayude!

Dios, si estás ahí,

si puedes oírme, dame fuerza para traer a mi hijo sano y salvo.

(RESPIRA CON DIFICULTAD)

¡Ah!

(SE QUEJA)

-"Blanca...".

Ten fuerza, mi amor.

Yo estoy contigo.

Todo va a salir bien.

-Diego, dame la mano.

¿Dónde estás?

(GRITA)

-No permitiré

que te pase nada malo,

ni a ti ni al niño. No te duermas.

Permanece despierta.

-"Abre los ojos".

Empuja.

Da luz a mi nieto.

-No. No, no, no.

Ahora no.

Lo siento, Moisés.

Lo siento, mi niño.

(GRITA)

(GRITA)

(GRITA)

(Llanto de bebé)

Moisés.

-(LLORA MOISÉS)

-(BLANCA SONRÍE)

Eres un niño precioso.

-(LLORA MOISÉS)

-(LLORA MOISÉS)

(Sintonía de "Acacias 38")

Anda, que estar trabajando en una casa que no es la mía,

en lugar de estar en la fiesta de Leonor...

-Casilda, ¿y si lo dejamos y nos vamos a la fiesta?

-Ve tú, yo me quedo.

He encontrado esto. -¿Qué es?

-Cosas de Martín que tenía "guardás".

-¿No te acuerdas de "na"?

-Nones. Ni una mijita.

Ya sé que todos piensan que soy una monstrua, pero...

He hecho un hatillo con sus ropas "pa" llevarlo a la iglesia,

así podrá usarlo alguien.

-Pero... ¿no te vas a quedar ningún recuerdo, mujer?

-¿De alguien que no recuerdo, "pa" qué?

Voy a llevarle esto a Servando, lo mismo él quiere quedarse algo.

-¿Y tú, te quieres quedar algo?

-La gorra de Martín.

No sería capaz de mirarla sin echarme a llorar.

-(HUELE LA GORRA)

(EMPIEZA A RECORDAR)

-Nada me va a pasar.

-Más te vale, o te juro por lo más "sagrao" que te enteras.

Ay, Martín, ¿cómo quieres que no me alarme,

viendo como mi "marío", dentro de poco, mi "remarío",

se empeña en quedarse en el edificio con la que se está montando?

-Si uno volvió entero de Filipinas,

¿qué miedo le va a tener a unos obreros?

-Donde ves a esta gente, puede ser más bruta que los filipinos.

-No te preocupes, ya verás como al final no llega la sangre al río.

Me quedo más tranquilo cumpliendo con mi obligación.

Vete tranquila.

-Ay, mi Martín.

(LLORANDO) Ay, Martín.

¡Martín, Martín!

¡Martín! ¡¿Cómo te he olvidado, Martín?!

¡Ay, Martín!

¡Martín!

(LLORA)

Ay, Martín.

-(FLORA TOSE)

Quita eso. ¿A qué diantres huele?

-A sales de amoniaco. Te ha hecho volver en sí.

¿Qué te ha pasado?

Estabas en el suelo.

-Algo que haya comido y le ha sentado mal.

-O un plato en mal estado, ¿no?

¿Han visto salir a un hombre?

-¿Qué hombre?

-Flora, ¿ha visto a algún sospechoso, le han atacado?

-No, no, no se alarmen.

Ha sido un mareo.

Debí ver a un invitado

entre las brumas de mi desmayo.

Lo siento por haberles estropeado el ágape.

-No se preocupe.

Lo importante es que todo haya quedado en un susto.

-Si no les importa, daremos por concluida la reunión.

Mi esposa debe descansar. -Claro. Les dejamos.

-Seguro que no han servido ninguna vianda en mal estado, ¿no?

-Íñigo,

solo por quedarse tranquilo,

debería avisar a un médico.

Estaba muy preocupado por ti.

Fui en busca de Carvajal,

pero no le encontré y supuse que tu también pusiste tierra de por medio.

-Ya ves que no ha sido así.

-Supongo que Carvajal tuvo que desaparecer

al ver la noticia publicada. -Sí.

La popularidad no es muy adecuada a nuestro trabajo.

-Ya. Ese retrato te va a traer más de un perjuicio.

Te será complicado continuar con tu labor.

-Prácticamente imposible.

Me pregunto cómo habrá llegado mi retrato a manos de esos periodistas.

-No lo sé. Yo no he tenido nada que ver en su publicación.

Nunca hubiera actuado de una forma tan egoísta.

Me prometí a mí mismo no intentar imponer mi voluntad

a la mujer a la que amo.

Arruiné mi relación con mi hija y mi esposa por intentar dominarlas

y, no quiero volver a cometer ese error y, menos contigo.

-Arturo, escúchame. -No, escúchame tú.

Te dejé marchar con todo el dolor de mi corazón

para que pudieras cumplir con tu deber.

No cometería semejante jugarreta para retenerte.

-¿Por qué no me dejas hablar?

Sé que no fuiste tú por una sencilla razón.

-¿Cuál?

-Que fui yo quien hizo llegar ese retrato de forma anónima.

-¿Te has vuelto loca? -No.

Nunca he estado más cuerda.

Era la única forma que tenía de permanecer a tu lado.

Al hacerse público mi rostro,

no podrían infiltrarme en ninguna misión más.

Mi carrera como espía ha terminado.

-¿Has renunciado

a tu vida por mí?

-He elegido la única vida que puedo desear,

una vida contigo.

Menudo susto nos ha dado con su sobresalto.

-Por fortuna no ha tenido importancia.

-La suficiente como para aguarnos la fiesta.

-Rosina, ya está bien. -¿Acaso me negarás

que la despedida de mi niña ha quedado deslucida por su culpa?

-¿Deslucida?

En absoluto.

El discurso de Leonor ha sido de los más emotivo.

Leonor, deseo de todo corazón que disfrutes mucho en ese viaje.

-Se lo agradezco, doña Trini. -Claro.

-Igual esa ha sido la causa del vahído.

-¿El qué, que mi niña quiera irse de viaje a esos mundos perdidos?

-No, querida, más que Leonor, lo que le preocupa a Flora

es su marido.

Debe estar afectada por la partida de Íñigo.

-Sí. Sí, bueno, sí, es posible que los nervios por su partida

le hayan pasado factura.

-Lolita, ¿qué pasa?

Casilda, ¿qué te ocurre?

-Doña Trini, que la pobrecilla ha recordado a su difunto "marío".

Y ahora no deja de llorar.

-Si es que no era natural semejante olvido.

Tarde o temprano tenía que acordarse de él.

Tenía que regresar a faenar, pero me daba cosa dejarla sola.

-Has hecho bien.

No se puede dejar sola a Casilda en un momento semejante.

-Casilda... Casilda, lo lamento mucho.

-No, no sé...

qué tipo de mal bicho soy yo para haberme olvidado de Martín.

-No digas eso, Casilda, no te culpes.

Ha sido el impacto de lo sucedido, que te ha jugado una mala pasada.

Y el culatazo del guardia.

-Martín sabía cuánto le querías, ¿eh?

-¿Cómo se lo he "demostrao"? Ay, Dios mío de mi vida,

¿cómo voy a seguir sin él?

-Le agradezco que se haya encargado de ella.

-¿Qué otra cosa podía hacer? Casilda es como una hermana "pa" mí.

-Lo sabemos. -Trátenla con mucho cariño,

que a la pobre la ha venido "to" de golpe.

La gorra que sujeta es la mecha que encendió los recuerdos.

-Casilda, hija.

¿Puede oírme, señorita?

Aguarde, no tenga tamaña urgencia.

Tiene que verla un médico.

-Moisés.

Moisés.

¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está Moisés?

-No haga movimientos bruscos, ha "perdío" mucha sangre.

Gracias a Dios que la he encontrado. -¿Dónde está mi hijo?

Contésteme, se lo ruego. ¿Dónde está?

-¿Por qué no llora?

¿Por qué no se mueve?

-Lo lamento en el alma, señorita, la niña nació muerta.

-No puede ser.

No puede ser. -Es voluntad de Dios.

-No puede ser.

Yo le escuché llorar. Lo escuché llorar.

Estaba vivo.

Era un niño.

Sé que era un niño. Y estaba vivo.

-Lo que creyó ver y oír pudo ser fruto del delirio.

Pero cuando pare, una no tiene bien la mollera ni las tripas.

-(LLORANDO) ¡No!

No.

Don Marrón... Mar... Ra...

Ramón... Don Ramón Palacios. Por aquí.

Don Felipe...

Solamente hay un Felipe. Don Felipe Álvarez Hermoso.

Doña Úr... Por Dios, doña Úrsula.

A ver... Esta, esto es una devolución.

-(PAQUITO CARRASPEA)

-Arrea, éramos pocos y parió la abuela.

Señoras. ¿Qué hace usted por aquí?

Dígamelo usted, Servando. ¿Para qué quería verme?

-¿Yo? ¿A usted? ¿Ha perdido la poca sesera que le quedaba?

Yo no le quiero ver ni en pintura.

-Menos chanzas, que soy un hombre ocupado.

-Y yo.

Ya se puede largar y no hacernos perder el tiempo.

No te amuela...

-Me dieron aviso de que quería verme en la portería.

-Toma.

Verde y con asas, que le han tomado el pelo.

¿Y quién ha sido? -Servidora.

-¿Y por qué ha dicho usted eso?

-Claro como el agua. Porque me tiene usted hasta el moño de sus "tontás".

-¿Por qué la toma conmigo? -Me sobran los motivos.

Me dio su palabra de que iba a dejar en paz a Paquito.

Y cuando le doy la espalda, organiza la de Dios con los cables de la luz.

No tenga el descaro de negarlo,

que lo conozco como si lo hubiera "parío".

Ya es hora de que hablen

largo y tendido. Aquí paz y después gloria.

-No tengo "na" que hablar con este pollo.

-Mire que es usted terco.

Pues aquí el pollo, le ha "estao" tapando de sus tejemanejes.

¿O no se ha "dao" cuenta?

-Sí, algo me había "percatao". -Ya.

-Ya.

Alguna malicia que se me escapa. -De malicia nada.

Pero a pesar de todo, yo no le tengo gato.

Y yo creo que no le he hecho nada para que me lo tenga usted a mí.

-¿Le parece poco quitarme todas las cosas que pretendía?

-Una cosa es tener una disputa, y otra enemistarse.

A veces se gana y a veces se pierde.

-El problema es que siempre pierde el mismo, un servidor.

-Se vuelve a equivocar Servando.

¿No salió usted vencedor

de la disputa más grande que hemos tenido?

Conquistó el corazón que amaba.

-A Paciencia.

-Pues claro que sí, alma de cántaro.

¿Quién si no?

-Sí. Le puedo haber despojado de algunos puestos de trabajo.

Pero usted ganó lo más valioso,

el corazón de la mujer que no podré olvidar.

-Ahí tiene más razón que un santo,

que la gallina me la llevé yo.

Que... Y...

¿Y lo pasó usted muy mal? -Mucho.

Me quedé hecho unos zorros.

-Pues mire, ya me siento yo mejor.

-¿Por mi sufrimiento? -No.

-Dese por satisfecho,

que nada mejor vamos a sacar de Servando.

Bien, ¿va a estrechar su mano y olvidar de una vez por todas

tantas absurdas disputas?

-Bueno,...

que no se diga que uno no es magnánimo con los perdedores.

Mi madre se ha quedado con Casilda.

-¿Habéis logrado que descanse?

-No ha habido manera.

Está desconsolada.

No puede dejar de llorar.

-No es para menos, recordarlo todo de repente...

-Bueno, tarde o temprano tenía que pasar.

-Sí. Su mente tenía que enfrentarse a la más cruda realidad,

a la pérdida de la persona que más quería en este mundo.

-Yo sé por experiencia que tal dolor

puede romper el alma.

-Tú eres la prueba de que la vida sigue.

Si es fuerte, podrá salir.

-Así es, Leonor. Mírate tú,

a punto de emprender un viaje para recorrer la India.

-Con el tiempo, Casilda encontrará motivos para volver a sonreír.

-Ojalá sea así, don Felipe.

-Si no lo veo no lo creo.

-Querida, creíamos que no volveríamos a verla por Acacias.

-Se equivocaba. Tendrán que acostumbrarse a verme a diario.

Hay ciertos asuntos que me van a retener por mucho tiempo.

-Me parece maravilloso.

Así podrá contarnos la hazaña que llevó a cabo con don Arturo.

-Aunque habrán de tener cuidado con los comentarios.

No creo que a todo el mundo le siente igual su relación.

-Es natural.

Pero como personas de bien que somos,

haremos lo que el protocolo y las buenas costumbres indican.

-¿Y qué es lo que marcan el protocolo y las buenas costumbres?

-Lo sabrás a su debido tiempo.

¿Por qué no das un paseo con tus amigas y vecinas?

Seguro que están deseosas de ponerte al día de las novedades

de nuestras calles.

-Vamos.

-¿Vamos a los Jardines del Príncipe?

Ahora que se han ido los vecinos,

podemos tomarnos un merecido descanso

y así hablamos más tranquilos.

¿Qué diantres te ha sucedido antes?

Sé que mentías al asegurar

que se trataba de un vahído.

-Me conoces.

-¿Quién era ese hombre por el que preguntabas al despertarte?

-A causa de mi desmayo,

pero no podía decirlo delante de los vecinos.

-¿Por qué?

-Porque...

era Íñigo Cervera en persona, el hombre que dejamos muerto.

Te has quedado sin habla.

-Eso no puede ser cierto, Flora.

El golpe te ha afectado. Voy a por un médico.

-Espera.

¿Dudas de mi vista?

-Flora, dudo de tu entendimiento.

Sabes que no has podido verle. -Le he visto.

Entré en el local siguiendo a un individuo sospechoso.

Querías saber si era él quien nos estaba sisando.

Pero a quien encontré, era el mismísimo Cervera.

El verdadero.

Y de la impresión, perdí el sentido.

-Y no lo has recuperado, Flora.

Los muertos no tienen por costumbre visitar

chocolaterías. -Estaba bien vivo, te lo aseguro.

-¿Tengo que recordarte que le desvalijamos?

Le dieron muerte.

-No lo he olvidado.

Pero al parecer, no entregó la pelleja.

Debió de recuperar la conciencia después.

-Y aparece ahora. Nada de lo que dices tiene sentido.

-Era él. Lo he visto como ahora te veo a ti.

-Ay...

A ver, aguarda un segundo, Flora.

Ya entiendo qué está sucediendo.

Todo es una argucia tuya para que no me marche

y retenerme a tu lado, ¿no?

-¿Me crees capaz de eso?

¿Por salirte con la tuya? De eso y de mucho más.

-No. Ojalá sea una treta,

pero no lo es.

No quiero que te vayas y me dejes sola, pero no miento.

¿Qué puedo hacer para que me creas?

¿No te das cuenta del peligro que corremos?

Íñigo, espera.

(LEE) "Pensión El Portón".

¿Se van a quedar o se vuelven a las Indias?

-Nos quedamos para siempre.

Hemos decidido cambiar de vida.

Se acabaron los embrujos, los piratas

y los ataques. Hemos comprado una chocolatería

en la ciudad, La Deliciosa, en una calle de alcurnia, Acacias.

Nos vamos a dar un paseo,

así pueden dar de comer a los caballos.

-No se alejen mucho y vayan con cuidado.

(Disparo)

(Disparo)

-¿Qué ha sido eso? -Disparos.

-Están muertos, no podemos hacer nada.

-Tenemos que llevarlos a que les den cristiana sepultura.

-Si hacemos eso, nos dan garrote.

Con las ganas que nos tienen... -No te falta razón.

Les enterraremos nosotros.

-Abriremos el equipaje, habrá objetos de valor.

-No podemos quedarnos nada.

-¿Prefieres que se lo queden los guardias?

¿Cuántas veces nos han confiscado lo que traemos de Francia?

¿No ves que el destino...? -¡He dicho que no!

Adelante, don Arturo.

-Gracias.

Servando, no hace falta que nos acompañe.

-Disculpe, don Felipe,

pero así puedo mostrar mi admiración al coronel.

-Gracias.

Pero no ha dejado de hacerlo desde que se publicó la noticia.

-¿Y qué esperaba, mi coronel?

-¿Un poco de intimidad, tal vez?

-En el barrio no se hace más que hablar

de cómo salvó a nuestra majestad.

-Un héroe. -Soy un vecino que quiere conversar

con un amigo, a solas.

-Deberían poner una plaza a su nombre.

O mejor esta calle.

Calle del coronel don Arturo Valverde,

número 38. Suena bien, ¿eh?

-Prefiero que se siga llamando Acacias.

-Y encima modesto. -Deberías marchar,

no vaya a ser que te necesiten. -Sí, tiene razón. Tomaré ejemplo

de mi coronel y cumpliré siempre con mi deber.

Don Felipe. A sus pies de usía, mi coronel.

-Pensé que nunca se marcharía.

-Le admira con pasión.

-Más bien desmedida.

Servando siempre ha sentido debilidad por los galones miliares.

-No se quite mérito.

No solo Servando se ha impresionado.

Todos los vecinos le miran con otros ojos.

¿No ve que incluso don Ramón

le trata con más afecto desde que la noticia saltó?

-Soy el mismo que era antes de que se publicara todo.

-Puede, pero ha demostrado unas virtudes que desconocían.

No siempre aparece uno en los diarios

como el salvador de nuestro monarca.

-Supongo que tiene razón.

Pero hay una persona a la que mis supuestas hazañas

le hayan hecho cambiar de opinión.

-Doña Susana.

-Ni salvando a 1000 reyes me perdonaría.

-Quería felicitarle por algo que le va a resultar

mucho más importante que todos los honores que pueda recibir,

el regreso de Silvia cuando ya la daba por perdida.

-En eso tiene razón.

Nada podía haberme hecho más feliz.

Jamás había sentido lo que siento por ella.

Sí, conspiré para que mi retrato se hiciera público

y, así permanecer a su lado, le amo.

-Ha hecho bien en escuchar a su corazón.

Tomó la decisión correcta.

-Aunque a veces me siento extraña.

Nunca antes había dejado que mis sentimientos hieran mi vida.

Siempre había vivido de espaldas a ellos.

-No ha sido una mujer convencional. -Ni creo que lo seré nunca.

-O puede que esté más cerca de convertirse en una de lo que piensa.

-¿A qué se refiere?

-Creo que va a pedirle matrimonio.

¿Qué si no significaría lo de "lo que manda el protocolo"?

-No sé. Además, no tengo prisa en pasar por el altar.

-Nada tendría que ver en esta ocasión.

Supongo que su boda con el general fue solo una estrategia

para detener la conspiración.

-No se equivoca.

Mi trabajo me obligó a casarme con un hombre al que no amaba.

-Mientras su corazón pertenecía ya a don Arturo.

-Bienvenida. He sabido que ha vuelto a Acacias.

-Las noticias vuelan.

-Me han comentado que antes estuvo

paseándose del brazo del coronel.

-Se lo ruego, si lo que pretende es hablarme mal de él, desista.

Ojalá abra los ojos como ha hecho el resto de Acacias

y se diera cuenta de que Arturo es un hombre distinto.

-Estoy al tanto de su intervención a favor de don Alfonso.

-Salvó la vida de nuestro futuro rey.

-Y no la suya, tambié la mía.

Si no es por Arturo, ahora estarían celebrando mis exequias.

-Por fortuna no es así.

-¿Ni siquiera eso le va a hacer cambiar su opinión sobre él?

¿Verdad que no?

Se lo ruego, señorita, entre en razones.

Marchemos en busca de un médico.

-(BLANCA SE FATIGA)

¡No! ¡No, no lo hagáis, por favor!

No.

¿Y ahora qué ocurre?

¿Qué pretende?

-Aguarde, ese pobrecito de ahí

no está muerto.

Se mueve.

¿Lo ve?

Fue tocar y oler la gorra, y le vino "to" a la memoria.

-La gorra ha sido más efectiva que el golpe en la cabeza.

-Empezó a repetir el nombre de Martín

sin parar de llorar.

Cada vez que lo pienso, se me encoge el corazón.

-Bebe de esta tisana,

a ver si te asienta. -Pobre Casilda,

mejor hubiera "sio" que no se hubiera "acordao" nunca.

-Eso mismo piensa una servidora.

Con lo "pesás" que hemos sido "pa" que se acordara de "to",

y mírela ahora.

-Ha pasado de estar contenta, a ir llorando por ahí como una magdalena.

-No es "pa" menos.

Que a la pena de haber "perdio" a su Martín,

se une la culpa por no haberse "dao" cuenta.

-Pobrecilla. ¿Podemos hacer algo por ella?

-"Na" que no sea ayudarla en "to" lo posible.

Le queda un largo camino por delante y ha de recorrerlo sola.

-Y yo metiéndome con ella...

Maldita sea mi estampa. -No se culpe.

Solo quería hacerla recordar.

-Si yo estoy dolido por lo del Martín,

¿cómo ha de sentirse ella, que era lo que más quería?

No me puedo imaginar su dolor.

-(GRITA JACINTO) -Jacinto.

-El mismo que viste y calza.

-Dichosos los ojos. Caro resulta verte.

-Lo sé. Siento no haber venido antes.

Estaba pastoreando por los campos y, hasta que llegué al pueblo,

no me enteré de "na". -¿Te has "enterao" de lo de Martín?

-Sí. Aunque aún me cuesta creerlo.

Asco de vida. Asco de mundo que se ha de ir siempre lo mejor.

-"Tie" más razón

que un santo. -¿Y mi prima, la Casildilla?

¿Cómo está, sobrellevando el duelo?

-Más bien, acaba de empezarlo.

-Acaba de empezar a llorar a su Martín.

-De hecho, ahora mismo estábamos comentando eso.

-Cuanto más hablan, menos les entiendo.

¿Cómo empieza ahora el duelo, si el Martín hace tiempo que murió?

-Siéntate, Jacinto, que esto es largo de contar.

Pobre Casilda. Me he enterado que ha recordado a su Martín de golpe.

Estará deshecha. -Sí.

Yo lamento tener que marcharme mañana.

Ojalá pudiera quedarme a su lado consolándola.

-Me temo que no va a haber desahogo para tanta pena.

Pero estaremos encima de ella y cuidándola lo que podamos.

-Te lo agradezco muchísimo.

Lo que necesita Casilda es la estima de los que la quieren.

-En fin, a más ver. -A más ver, Antoñito.

-Leonor.

Ven a verme más tarde, cuando cierre la chocolatería.

-¿Sucede algo?

¿Flora está bien? -Sí.

Pero tenemos que hablar de ella.

Luego te pongo al día. -De acuerdo.

¿Puedo sentarme?

Quería agradecerle lo que ha hecho por Blanca.

-Descuide, tan solo he actuado como debía,

al fin.

-Ahora está lejos de las garras de Úrsula,

sin que sospeche nada de nada.

-Creo que no va a tardar en enterarse.

-Buenas noches. -Buenas noches.

-No la he visto en toda la tarde.

-Estuve con los marqueses de Estrada.

-Parece que ha sido una velada agradable.

-Desde luego que lo fue.

He estado en su casa y luego fuimos juntos a la ópera,

donde tienen un palco privado.

Estaba deseando volver para saber cómo se encuentra mi hija.

-Seguro que está bien. Dele recuerdos de mi parte.

-Así lo haré. Con Dios. -Con Dios.

Tenía que haber oído las maravillas que se dicen en el altillo de usted

y de la señorita Silvia.

-Servando les tiene en un altar. -Lo he comprobado.

Me persigue cada vez que me ve aparecer.

-El señor es un héroe. -No, Agustina.

Solo he hecho lo correcto.

-No me sea modesto y disfrute de las maravillas que le muestran todos.

-Cuando recoja la mesa, prepare el cuarto de doña Silvia,

que lo tenga todo listo para cuando salga del baño.

-En un santiamén.

(Llaman a la puerta)

¿Quién será?

-Si es Servando, dígale que he salido,

descansaré de tantas alabanzas.

-Señor, tiene visita.

-Doña Susana, ¿puedo hacer algo por usted?

-¿Tiene un momento?

-Por supuesto. Agustina, déjenos solos.

Siéntese.

¿Puedo ofrecerle algo de beber? -No.

No me quedaré mucho.

Permítame que le hable sin rodeos.

-Así lo ha hecho siempre.

-Sus actos heroicos están en boca de todo el mundo.

-Nunca busqué tal reconocimiento.

Entiendo que usted esté disgustada por ello.

-Se equivoca.

Considero que no hay nada de malo

en que se conozcan las buenas acciones.

Lo que he venido a decirle...

no me resulta nada sencillo,...

pero como buena cristiana que trato de ser,...

soy consciente...

de que debo perdonar...

a mis semejantes.

Que todo el mundo merece una segunda oportunidad.

-Incluso yo.

-Sí.

Incluso usted.

Sus faltas son muy graves,...

pero es obvio que el hombre que tengo ahora enfrente

no es el mismo hombre que las cometió.

-No sabe cómo agradezco su perdón.

Yo soy incapaz de concedérmelo.

Ojalá hubiera cambiado antes de que Adela, esa inocente,

pagara por mis desmanes.

Antes de que hubiera perdido a mi hija.

-Siempre...

es mucho decir, coronel.

Quizá el tiempo...

cure las heridas...

y su hija decida darle otra oportunidad.

-No creo que eso suceda.

Me gané a pulso su desprecio.

Pero, dígame,...

¿está bien?

¿Es feliz junto a su hijo?

-Sí, coronel.

Por lo que sé de ellos,...

no pueden estar más felices.

Por fin.

Ya era hora. ¿Por qué has tardado tanto en abrir?

¿Y mi hija?

¿Ha cenado ya?

-Pues, no.

¿Ha tenido alguna molestia?

¿Se ha acostado ya?

-Lo cierto es que no...

-¿Dónde está mi hija?

-Señora...

Señora, yo estuve todo el día haciendo unos recados y...

Y cuando regresé, pues...

-Sigue.

Cuando regresaste...

-Pues que doña Blanca no estaba en casa.

-No puede ser.

-No he vuelto a verla en todo el día, señora.

No ha regresado.

Señora, ¿se encuentra bien?

-Márchate.

Fuera.

¡He dicho que te marches

y no regreses a esta casa hasta que yo te lo diga!

¡Fuera!

Mi hija...

Mi niña...

Señorita.

¿Por qué no dice "na"?

Haga un poder.

Hable.

¿O es que ni siquiera puede oírme?

¿Estás segura de que no te importa? -En absoluto.

Pospondremos nuestra partida el tiempo que sea oportuno.

-Que no, que no, espero que sea suficiente con salir a media tarde.

Como teníamos planeado.

Antes de marcharnos,

debo aclarar las cosas con mi hermana.

-¿Por qué se inventaría algo así?

¿Por qué diría que vio al auténtico Íñigo Cervera?

-Yo tampoco lo comprendo.

Lo único que es seguro es que es imposible.

Ese hombre se murió cuando los asaltaron.

No me cabe duda.

-Quizá tengas razón y sea una treta de Flora

para retrasarnos y no quedarse sola.

Ahora no pareces convencido de que sea así.

-Es la explicación que le encuentro,

pero... hay algo que no me termina de encajar.

-¿El qué?

-Leonor, yo conozco muy bien a mi hermana

y he llegado a distinguir perfectamente cuándo miente.

-Y ahora no te ha parecido que lo hiciera.

-Pues no, eso es lo extraño.

Por absurdo que parezca,

cuando me contó lo que había sucedido, parecía sincera.

-Íñigo, pues razón de más para posponer nuestro viaje.

No podemos marcharnos de aquí sin averiguar qué sucede.

-Muchas gracias, Leonor.

¡Ah! -Aguante.

Sé que le duele como un demonio, pero debo hacer este entablillado.

-¡Ah!

-Debería sentirse afortunado,

algunas heridas, una fisura en el hueso

y una luxación en el hombro es todo lo que tiene,

cuando debería haber muerto.

Bastará con unos días de entablillado.

Gracias.

-¿Y Blanca?

¿Dónde está? ¿Está en el hospital?

-Sí.

En otra habitación, reposando.

Cuando se recupere, podrá verla.

-¿Cómo está?

-Bien, bien, dadas las circunstancias.

Servidora sabe el calvario que ha "pasao".

Pero tiene que contestarme.

Debe tomar una decisión.

Su niña está esperando donde ponen a los muertos.

Y ese no es lugar para ella.

Tiene que darle cristiana sepultura.

¿Le parece bien que prepare el cuerpo "p'al" velatorio?

¿Quiere que me encargue de amortajarla?

Sí.

Será mejor que sea yo la que haga esa tarea.

Ya la preparo yo "p'al" velatorio.

Pobrecica mi prima. Ni la he podido ver.

Primero voy a casa de su señora y me dicen que no ha llegado.

Luego, a casa de los guardeses, y ha salido.

Estás muy escurridiza.

-No exageres, primo,

que aquí me tienes. -Casilda,

¿cómo estás, muchacha?

-¿Te preparo unas sopas de ajo?

Las de Cabrahígo resucitan a un muerto.

-De verdad, qué poquito tino tienes a veces, moza.

Tómate una achicoria, verás cómo te entona.

Y si le echas ajenjo, mejor.

-Siéntate y descansa, que vendrás molida de caminar.

-Yo, de verdad, que les agradezco tantas atenciones,

pero una no está enferma,...

está viuda.

¿Qué le trae por aquí, Paquito? ¿Quiere un chocolate?

-Buenos días, señor Paquito. -Se lo agradezco.

Venía a ver si había habido más robos...

y a ver cómo se encontraba usted de su desmayo.

-Gracias por el interés.

Ya me encuentro restablecida.

-Tenga cuidado. La salud es el bien más preciado.

Y no es bueno jugar con él.

-No se apure, solo fue un mareo.

-Usted no se desasosiegue por el caco.

No pararé hasta dar con él. -No hace falta

que se tome tantas molestias, solo fueron unas monedas.

Algo sin importancia. -"Pero, bueno,"

¡¿hasta cuándo va a durar el duelo?!

¡Parece una cuadra!

¡¿Dónde se habrá metido?! -Madre, paciencia.

Las dos sabemos lo que es perder a un marido.

-Ni que fuera una tirana sin sentimientos.

Sé muy bien por lo que pasa,

pero como siga desatendiendo su trabajo,

nos haremos una bufanda de pelusas. -Está pasando las de Caín.

No pasa nada porque vivamos unos días con un poco de polvo.

-Pero si no lo digo por nosotras, es por ella.

Claro.

Mientras más trabaje, menos le da a la mollera.

-No me parece muy buena solución.

Debería reposar.

-"¿Les habrá ido bien?".

-Eso espero,

pero he de decir

que Úrsula quería a ese nieto por encima de todo.

-Te cuesta creer que vaya a quedarse de brazos cruzados.

-Tramará algo,

pero cuando reaccione, estarán lejos.

-¿Dónde estarán?

-Supongo que escondidos.

Diego sigue siendo un prófugo.

-"Flora, será mejor que te espabiles".

Tenemos que abrir.

-¡Era él!

¡Era Íñigo Cervera! -Baja la voz. Puede entrar alguien.

-Sé que se trata de la misma persona.

-Para con esa cantinela. -No puedo. Me tiemblan las canillas.

-¿Seguro que no estás buscando algo más

con estos miedos que te han dado? -¿Crees que es una estrategia?

-No lo sé, pero no pienso cancelar mi viaje con Leonor.

-"Doña Susana, si se lo propone,"

puede ser un dolor de cabeza.

-La verdad es que me sorprendió su actitud.

Pensé que iba a incordiarme siempre. -Conseguir su perdón

es una heroicidad, mayor que salvar al Borbón.

Pero no se relaje,

en cuanto la euforia pase,

tendrá que enfrentarse al comité censor.

-Peor que el tribunal de la Inquisición.

-No lo dude.

No dejarán que Silvia viva aquí si no lo bendice la Iglesia.

-Eso no va a ser un problema.

Ahora que no tiene que elegir

entre su profesión y su vida, le pediré matrimonio.

-"¿Sabe cómo está Blanca?".

El doctor dice que está bien, pero temo por su embarazo.

¿Qué ocurre?

Hábleme sin tapujos.

-Cuando yo llegué hasta ella,

Blanca ya había parido.

Ella estaba "desmayá"

y la criatura...

"tirá" por el suelo.

-¿Qué le pasaba a mi hijo?

-Era una niña.

Pero "pa" cuando yo llegué, ya...

-Continúe.

-Ya estaba muerta.

-"Temo perderte como perdí a mi hija".

-¿Por qué dices eso?

Porque me preocupa que aflore el antiguo Arturo...

y acabe sacándote de mi vida.

-Eso no va a pasar.

-Rezo porque sea verdad. -Arturo,

tienes que dejar de fustigarte con el pasado.

Disfruta de este momento, te lo has ganado.

Estoy segura de que con el tiempo,

la distancia entre tu hija y tú desaparecerá.

Vendrán tiempos mejores, confía.

-Ven aquí.

Yo quería a mi nieto

y ahora nunca le conoceré.

¡Maldito seas!

-¡Tendrá que hacerse a ello!

-Es a tu hijo a quien se han llevado.

¡¿No te corre sangre por las venas?!

-No me extraña que Blanca se haya marchado.

A veces me planteo abandonar esta casa para siempre.

-Lo dudo.

Eres un pusilánime incapaz de tomar cualquier decisión.

-Puede que se sorprenda. ¿Qué sentido tiene aguantarla

cuando ni mi padre ni Blanca siguen aquí?

-Esa buena mujer me lo ha contado todo.

Juntos pasaremos este mal trago.

No me separaré de ti mientras viva.

Ya verás, mi amor, todo se arreglará.

Hemos perdido a nuestra hija,...

pero seremos fuertes por ella.

Por la memoria de nuestra niña.

-Esa pobre desgraciada no era hija mía.

Yo di a luz a un varón.

Moisés.

-"¿Sabe algo de ellos?".

-"No, aún no he recibido ninguna noticia".

Precisamente por eso, supongo que habrá salido bien.

-Tiene razón. Las malas noticias son las primeras en llegar.

¿Y Úrsula? ¿Cómo ha reaccionado a la huida?

-Figúrese.

Está fuera de sí,

pero por mucho que quiera, no los recuperará.

No debemos preocuparnos por ella.

-Felicitémonos por lo bien que ha salido.

-Por supuesto.

Aunque ahora le rogaría

que haga lo posible por conseguir el indulto de mi hermano.

-Me encargaré de agilizar los trámites.

-Espero que sea lo antes posible.

¿Me buscabas?

-Dios me asista...

Es... -Íñigo Cervera.

Tu hermano y tú robasteis mi vida.

-Pero le creímos muerto. No le hicimos ningún mal.

-¡Me dejasteis tirado!

¡No, no, no! ¡No corras! Vengo a recuperar lo que es mío.

-¡No me haga daño, por favor!

-Vas a pagar por lo que hiciste.

Prepárate a morir.

-No, no, no me mate, se lo suplico.

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  • Capítulo 742

Acacias 38 - Capítulo 742

16 abr 2018

Blanca cae inconsciente al dar a luz. Cuando vuelve en sí, descubre que su hija ha muerto al nacer.
Flora se recupera de su desmayo y confiesa que vio al auténtico Íñigo Cervera. Iñigo cuenta a Leonor lo que le pasó a Flora.
Silvia confiesa que fue ella quien publicó la noticia en la prensa para poder quedarse junto a Arturo. El coronel lo anuncia ante los vecinos. Susana hace las paces con Arturo.
Los vecinos se enteran de que Casilda ha recordado a Martín. Jacinto llega para apoyar a su prima.
Servando firma una especie de tregua con Paquito gracias a Fabiana.
Úrsula regresa al barrio y descubre que Blanca se ha marchado.

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Añadir comentario ↓

  1. maria del carmen

    Llevo viendo la serie mucho tiempo, pero la verdad es que ya me cansa, los guionistas cada vez van a peor y ya no saben que inventar y cada vez cosas y situaciones más inverosímiles. Esta es mi opinión. Gracias.

    24 may 2018
  2. ChariMB

    Donde Blanca da a luz se llama Burujón (Toledo) búsquelo

    18 abr 2018
  3. Adolfo

    Hola buenas, alguien me sabría decir la localización del paisaje donde blanca da a luz en el episodio 742 emitido ayer lunes 16-3-18??? Es un terreno erosionado de tierra rojiza en la ribera de un río, y eran exteriores, no era un decorado ( creo ). Si alguien me lo supiera decir se lo agradecería enormemente.

    17 abr 2018
  4. Giada

    Porque no sale mi comentario?! Como no es "cruelty free" no está bien? Que salgan todos los que están pendientes, por favor

    17 abr 2018
  5. Veronica

    Finalmente una puntata più interessante, era noioso vedere come Blanca e Diego fuggivano senza pagare perciò che hanno fatto a Samuele. Non li trovo giusto la fine felice di Blanca e Diego, sarebbe più interessante che lei finisse in manicomio per mani di Diego.

    17 abr 2018