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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 724 - ver ahora
Transcripción completa

Don Diego, ¿está usted bien?

-Martín, eres tú.

¡Martín!

-"Le han dado a Martín. -¡¿Qué?!".

-¿A Martín? ¿Es verdad, don Ramón?

-¿Qué hacía Martín en la calle?

-Cuida de mi corazón, Casilda.

Te quiero, mi vida.

-Yo también te quiero mucho, Martín.

(LLORA CASILDA) ¡No, no, no, no!

-Maldito asesino. Maldito seas.

¡Malnacido!

-¡Justicia!

(Gritos y alboroto)

(Golpean a Casilda)

-No encuentro a Blanca. -¿Cómo?

-¿Cómo? -Señora, yo tampoco la encuentro.

No está en casa.

-¿Cómo va a vivir sin su Martín?

-Ya encontrará la manera

y sacará fuerzas "pa" poder vivir.

-Poco conocería yo a la Casilda si no sé que no podrá vivir sin él.

-¡Tú!

¡Tú has disparado! ¡Hijo de mala madre!

-¿Dónde te crees que vas, Blanca?

-Suéltame. -Ni hablar, sube a casa.

-¡No! -Lo que pasó antes...

-Fue una situación complicada. Ya está.

-Tenga cuidado.

-"Las heridas no curan nunca". -Usted las curó.

-Si yo las curé fue...

porque apareció usted.

(SE ASUSTA)

-"¡Déjeme pasar!". Tengo que salir.

-"¡¿Nadie va a hacer nada por Diego?!".

¡¿A nadie le importa lo que le pase?!

-Blanca.

Rápido, hay que recostarla cuanto antes.

-Mi hijo, no puedo perderlo.

-Sosiégate, no va a ocurrirle nada.

-No tendrías que haber salido. ¡Ha sido una temeridad

exponerte así!

¡Eso te pasa por estar siempre pensando en Diego!

¡Haberte preocupado por tu hijo!

¡De nada sirven ahora las lágrimas!

-¡Basta de reproches, así no arreglas nada!

-¡Guárdese los consejos! ¡Estoy a punto de perder a mi hijo!

-¡Razón de más para que te portes como un hombre!

-¡Basta ya!

Debemos tranquilizarnos o esto acabe en tragedia.

-Sí. ¿Qué podemos hacer?

-Samuel, ve a buscar al mejor médico que encuentres.

-Será complicado. Me barrunto que no es posible salir del barrio.

-No podemos perder a la criatura.

¡Carmen! -Haré lo que pueda.

-Haz lo que tengas que hacer, pero trae un médico.

¿O es que tu mujer va a tener más arrestos que tú?

Carmen, prepara una tisana bien cargada,

es necesario que se tranquilice Blanca.

No va a pasar nada, todo va a salir bien.

-Madre, no puedo perderlo, este niño es toda mi vida.

-Te juro que no pienso permitirlo.

(Sintonía de "Acacias 38")

Por favor, deténgase,

es peligroso andar por la calle.

-Me da igual. Necesito ver a Casilda y saber cómo están los demás.

-Entiendo, pero es mejor esperar a que se tranquilicen los ánimos.

-Cuanta desgracia.

¿Por qué el destino se ceba siempre con los más inocentes?

-Mejor será que vayamos a un sitio seguro.

-Déjeme, no quiero estar a su lado.

-No pienso dejarla marchar, por mucho que trate de evitarme.

-¿No se da cuenta de que todo esto es una locura?

Nuestro mundo se desmorona

y nosotros nos entregamos a una pasión sin sentido.

-¿Y qué podemos hacer?

Los dos nos queremos, ¿por qué seguir negándolo?

¿Le parece poco que esté casado?

-Tiene que entenderme.

He perdido el oremus por usted.

-Como Liberto cuente lo que ha visto,

estamos perdidos.

¿No tiene culpa por lo que ha pasado?

-Hay cosas que no sabe sobre mi matrimonio.

-No hay nada que me pueda contar que me haga cambiar de opinión.

Es una felonía lo que le estamos haciendo a Flora.

Se me abren las carnes de vergüenza cada vez que la veo.

-Nuestra relación es una farsa.

-¡No vaya por esos caminos tan trillados!

¿Me toma por lela?

-Jamás haría tal cosa. -Entonces no me cuente eso de que

se llevan mal o que ella no le entiende,

que ya no siente nada cuando está a su lado.

Si tiene problemas con su esposa, soluciónelos.

-¿No me va a permitir explicarme? -No.

Deje de tratar de seducirme y, menos con esos argumentos

de la época de María Castaña. No quiero saber nada de usted.

¿Está claro?

-Déjeme que le cuente la verdad. Un minuto.

-No sea cargante, le he dicho que no.

Ahora, lo único que me interesa es saber cómo está mi criada.

(Llaman a la puerta)

Ayúdeme, apenas puedo cargar con él.

-¡Dios mío! ¡Le han abierto la cabeza!

Agustina, solo es una brecha.

Heridas peores ha tenido que sufrir en sus guerras.

Siéntese.

¿Qué le ha ocurrido?

-No lo recuerdo bien.

Creo que unos guardias me golpearon al intentar pasar el control.

-Serán mastuerzos, ¿no saben distinguir a un señor

de uno de eso revoltosos?

-No es fácil.

Las cosas han estado muy agitadas en la calle.

-Le dije al señor que era mejor que se quedara en la casa.

-Vaya a la cocina a ver si encuentra algo que me alivie el golpe.

-Voy a la carrera.

Traeré agua fresca y paños para mitigar el dolor.

-Gracias por su ayuda. -No hay de qué.

Es lo mínimo, no iba a dejarle tirado en el suelo.

-Esos gaznápiros me pillaron por sorpresa.

De haber estado más listo, les hubiera dado su merecido.

-¿Cómo se le ocurre salir a la calle?

-Créame, era por algo importante.

Pero no me dejaron avanzar mucho.

-Sosiéguese, coronel. Siéntese.

Lo único que va a conseguir es volver a perder el sentido.

-Tengo asuntos pendientes.

-Lo único que urge es que le vea un médico.

Iré a por él. -No voy a permitir

que se arriesgue a recibir un porrazo.

A usted tampoco le dejarán pasar los guardias.

-Claro que sí. Tengo un permiso de gobernación

firmado por el marqués de Viana. Eso me servirá de salvoconducto.

-Voy a tener que pedirle un favor.

-Lo que quiera, pero primero le tiene que ver el médico.

-No es necesario, mis heridas no son graves.

-Está bien. ¿Qué pretende que haga?

-No puedo darle muchas explicaciones,

pero es un asunto de importancia capital,

de ello depende la vida de una persona muy importante,

incluso el futuro de España.

-Ahora entiendo por qué quería salir a toda costa.

-Tiene que entregar una misiva que voy a escribir.

Alcánceme mi estilográfica y papel.

-Por supuesto.

-Esto le va a quitar el dolor en un tris.

Vuelva a la cocina, ahora estoy ocupado.

Leonor, ¿qué haces aún por aquí?

Deberías haber regresado ya a casa. -Trataba de prestar algo de ayuda.

-¿Sabes cómo está mi negocio? Me obligaron a irme

y no sé lo que esos salvajes han podido hacer con la sastrería.

-Pierda cuidado. Estuve allí refugiada y, la cosa se ha saldado

con un cristal roto.

-¿Un cristal?

Ay.

-Tranquilícese, que el daño no será mayor.

-Sí. Menos mal que no hay que lamentar nada grave.

Me barrunto que todos los vecinos están bien,

¿verdad?

¿Ha ocurrido algo grave?

-Martín

ha muerto por un disparo.

-¿Cómo ha podido pasar algo así?

-Los guardias le dispararon.

-Madre mía.

-Que Dios lo tenga en su gloria. ¿Y Casilda?

-En el altillo.

Le han dado un preparado para que esté tranquila

y no enloquezca del dolor.

La última vez que la vi, apenas abría los ojos.

-Sus compañeras la cuidarán con todo el mimo del mundo.

Márchate a casa, será lo mejor.

-No. Por aquí hay mucha gente a la que ayudar.

-Pues ve con cuidado. Yo voy a ver el destrozo.

Menos mal que está bien,

estaba muy preocupada por usted y por Íñigo.

-No pase pena, los dos estamos bien.

Nos dio tiempo a refugiarnos en la sastrería.

-¿Ha visto usted a Liberto?

-No. Es de suponer que estará en casa,

haciéndole compañía a su esposa.

-Sí, claro, eso es lo más normal.

-Hemos sido muy afortunadas, hemos salido ilesas de esto.

-Pero ya nada va a ser igual.

-"No sé si habrá sido un error llevar a Blanca"

hasta su dormitorio, cualquier movimiento la puede hacer empeorar.

-No podíamos dejarla aquí, no podía reposar de mala manera en el sofá.

-La hemos llevado entre todos, apenas se ha movido.

-Quiero saber qué opina el doctor.

-Ha sido providencial que estuviera en el barrio.

-Espero que pueda hacer algo para detener la hemorragia.

-Confiar en él es lo único que podemos hacer.

-Y en nuestro Señor, la vida de ese nonato

está en sus manos. Blanca no puede perder

a esa criatura.

-Si no fuera por Diego, nada de esto habría ocurrido.

Ha traído la muerte; primero ese criado y, ahora, mi hijo.

-No hables así de tu hermano.

-¿Acaso miento?

Él ha dirigido a los obreros, él dirigía toda esa turba.

Su comportamiento ha sido despreciable.

-No juzgues si no quieres ser juzgado.

-¿Qué quiere decir con eso?

-Nada, que Diego ha intentado encontrar una solución.

Es injusto culparle de lo que ha sucedido en la calle.

-Yo no opino de la misma forma.

-Tienes que admitir que ha mediado con los guardias,

¿acaso es culpable

de que se haya desbordado la situación?

-Debería de haberse quedado en la mina, haber resuelto la disputa,

pero él tenía sus razones para regresar.

-Estoy seguro de que trató de buscar la solución más pacífica.

Por eso voy a ir a verle al calabozo,

necesito saber que está bien.

-Haga lo que haga mi hermano, usted siempre le justificará.

Estoy cansado de su favoritismo.

-Esas voces no van a sosegar a Blanca.

Tendrías que controlar tu genio

y guardar silencio.

Jaime, será mejor que te quedes en casa,

las calles aún están muy revueltas y, temo que ocurra otra desgracia.

-No te falta razón,...

pero necesito ver a mi hijo

y, lo voy a ver.

-¿Por qué ha de salirnos todo mal?

-Será mejor que no bebas más

y que esperes sobrio el diagnóstico del doctor.

Rosina, cariño, ¿adónde vas de esa guisa?

¿No sabes lo que ha ocurrido en el barrio?

-Por esa razón y, no otra, es por lo que quiero salir.

Me estaban dando todos los calambres aquí sola.

-Sé que estás agobiada aquí sola sin saber qué pasa fuera.

-Entonces, ¿porque no has regresado antes?

Yo sola, sin más compañía que esta gota y, mi hija y tú en ese fregado.

-Lo he intentado, pero me ha sido imposible.

No te haces una idea de cómo están las calles,

las calles están colapsadas, hay un batalla campal...

Yo no he visto nada igual.

-¡¿Y mi niña?! ¿Sabes algo de ella?

-Descuida, he visto como se refugiaba en la sastrería con Íñigo.

-¿Y tú? ¿Aguantaste los disturbios en la calle?

-No. Eso es un infierno. Conseguí meterme en La Deliciosa.

Allí esperé a que se calmaran las cosas.

-¿Flora está bien?

-Sí, perfectamente.

-Bueno, si todos están bien, ¿a qué viene esa cara de entierro?

-A que no todos hemos corrido la misma suerte.

-¡Casilda, yo la mandé al barrio!

¡Ay, ha sido mi culpa! ¡¿Le ha pasado algo?!

-Siéntate, Rosina, siéntate.

Casilda está bien.

Se trata de Martín.

Ha fallecido.

-No puede ser.

Martín... Pero si él no ha hecho nada.

Si él es más tierno que el pan blanco.

¿Cómo ha podido pasar tal desgracia?

-Uno de los guardias disparó y,

la bala fue a dar al que menos culpa tenía en todo esto.

A veces la vida puede ser muy injusta.

-Ay...

¿Y Casilda?

¿Lo sabe? ¿Dónde está? ¿Le ha pasado algo a ella también?

-Ha recibido un golpe,

pero los criados se la llevaron al altillo a atenderla.

(Se cierra una puerta)

-Ay, hija, menos mal que estás bien. Liberto ya me ha contado.

¡Qué día más negro!

-Diga que sí madre.

La parca se ha vuelto a cebar con nosotros.

Por más que le doy a la sesera,

no me puedo creer que el Martín nos haya "dejao" de esta guisa.

-Si es que, hace nada...

que le estaba hablando...

Hasta parecía que me oía.

¿Por qué?

¿Por qué?

(LLORANDO) ¿Por qué tuviste que cruzar la calle?

Te dije mil veces que te mantuvieras a resguardo.

¿Qué viste para hacer esa locura?

¿Por qué te hiciste el héroe, Martín?

-No hay derecho a llevarse a un hombretón como él

en la flor de la vida.

-Le voy a echar de menos "pa" los restos,

porque era más que un compañero de trabajo,

era... como mi hermano pequeño.

-¡Qué perra

suerte esta!

-¿Y la Casilda? ¿Qué va a ser de ella cuando despierte?

-No sé. Esta no levanta cabeza.

-Servando, pues tendrá que hacerlo,

como lo hemos hecho "toas".

-¿Cómo está? Voy a verla. -No, hija.

Lo la importunes, que sigue grogui.

Eso que le dio el médico "pal" dolor la ha "dejao" "planchá".

-Mejor así.

No sé cómo le vamos a decir que el Martín

ha "pasao" a mejor vida. -Además,

con lo poca cosa que es, se nos muere de pena.

¿Por qué no le decimos que... a Martín le ha salido un trabajo

muy bueno en Francia y que ha tenido que irse?

-O que le han "venío" a buscar del ejército

porque le han "nombrao" brigadier.

-Dejaos de disparates, hombre.

¿Cómo vamos a inventarnos una sarta de mentiras así?

Casilda terminaría enterándose de la verdad y,

eso iba a ser peor "pa" ella.

Cuanto antes se entere, mejor.

-Eso sí, va pasar las de Caín,

pero tendrá que aguantarse y hacer de tripas corazón.

-Pero si le doramos la píldora, mejor será "pa" tragarla.

-Pamplinas, mujer.

Nosotros, lo que tenemos que hacer es estar a su "lao",

apoyarla en lo que sea menester y no dejar que se hunda en la tristeza.

¿Está claro?

¿Puedes parar un momento?

-No, no puedo.

No me quito de la cabeza que Martín murió por mí.

-No digas enormidades.

Los que le dispararon fueron los guardias.

-¿Por qué tuvo que suceder así? -Por más vueltas que le des

no vas a solucionar nada. -Tengo que comprender

qué ha sucedido.

Yo había convencido a los guardias, habíamos llegado a un acuerdo.

¿Qué fue lo que sucedió?

-No lo sé.

Todo estaba tranquilizándose cuando le dispararon.

-Eso fue lo que aprovecho ese guardia

para apuntarme.

¡Todos quietos! ¡Retroceded!

-Suelta ese adoquín, "desgraciao".

-Marchemos antes de que tengamos que lamentar una desgracia.

Quería darme muerte.

Sin ninguna duda, alguien se lo había encargado.

-Y lo hubiera conseguido, si ese hombre

no se pone por medio.

-¡Diego, Diego, al suelo! -Martín, ¿qué sucede?

-¡Tírese al suelo! -¡Martín, ¿qué sucede?!

(Disparo)

Es injusto que Martín haya muerto en mi lugar.

Era un buen hombre.

Desde que le conozco, nunca se había metido en un lío.

-No hay justicia en lo que sucede. -Lo sé,

pero esa bala era para mí. -No puedes saberlo,

puede que fuera una casualidad.

-Si fue cosa del destino, todavía es más absurdo que Martín muriera

para prolongarme la vida unos días. ¿Qué broma es esa?

-No podemos elegir nuestro futuro. -Ya, pero a mí me queda poco tiempo

y Martín tenía una esposa que le amaba,

una vida que disfrutar junto a ella.

-Deja de torturarte.

Si alguien tiene la culpa de lo que ha pasado,

es el guardia que apretó el gatillo.

Tú hiciste todo lo posible por evitar la violencia.

Siéntete afortunado de seguir respirando,

sea por mucho o poco tiempo.

-Espero que lo suficiente para encontrarme cara a cara

con ese guardia.

Digo yo que tendremos que ir pensando

en dar sepultura a Martín.

-No sé cómo vamos a hacerlo, el cuerpo se lo llevó la policía.

-Iremos a por él.

No vamos a dejar que le den sepultura en cualquier "lao.

-Mañana

reclamaremos su cadáver y, puede que lo podamos enterrar de seguido.

-¿Y qué vamos a hacer con Casilda?

No está en condiciones "pa" pasar por semejante brete.

-Mejor será que se quede aquí descansando,

pero a Martín hay que darle un adiós como Dios manda.

-Le vamos a enterrar con todos los honores,

con un coche tirado por cuatro caballos, con su cura,

su monaguillo, con pajes de librea...

-Ay, Servando, pero eso es mucho monís.

-Si es menester, lo pongo yo, pero el Martín

va a tener hasta una esquela en el periódico, como los señores.

-Hay que ver, se tiene uno que morir

"pa" que se rasque usted el bolsillo.

-Esa generosidad

le honra.

-Es lo menos que podemos hacer por él.

-Venga. Vale ya de penas.

Estoy segura de que a Martín no le gustaría vernos así.

Voy a por una botella de mistela que tenía "guardá"

y, vamos a brindar por su memoria,

¿eh? -Eso es verdad,

querría que le recordáramos con alegría.

-Era generoso... hasta "pa" morirse.

-Hale, ahora vengo.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

-Buenos días. Soy amigo del coronel Valverde.

Me ha pedido que le entregue esta misiva.

-¿Cómo es que no la ha traído él?

-El coronel resultó herido en los disturbios,

por eso me pidió que le entregue este escrito.

Lo consideraba de suma importancia.

Puede contar con mi discreción.

-Estoy al tanto de los disturbios.

-No tendría que haberse llegado a esa batalla campal,

pero es difícil llegar a un acuerdo

entre clases e intereses tan dispares.

-¿Cómo ha podido sortear todos los controles?

Ahora mismo, toda la ciudad está cerrada.

-Dispongo de un salvoconducto.

-Tiene que ser una persona muy influyente.

-No, no lo soy. Digamos

que trabajo a las órdenes de cierto marqués.

Le pido que no tenga ninguna duda,

soy un amigo de don Arturo, que ha querido hacerle un favor.

-Le agradezco las molestias.

-Espero haberle servido de ayuda.

Con Dios. -Con Dios.

(LEE) "Le escribo porque temo que Silvia se encuentra en peligro".

"Zavala nos descubrió en su despacho, y tuvimos que besarnos

para que no sospechara de nuestras intenciones".

"Estábamos a punto de hacernos con ciertos documentos".

"Debería enviar a alguien para que la saque de allí,

antes de que tengamos que lamentar una desgracia".

"Temo que la reacción del general sea devastadora".

-Que venga Ramírez inmediatamente.

Tengo algo importante que encargarle.

Te ruego a ti, San Nicolás, patrón de los niños

y a todos los santos, que no permitas que mi nieto muera,

no dejes que termine en el limbo.

-Pare ya con esa monserga. -Es lo único

que podemos hacer por ellos en este momento.

-¿De verdad piensa que sus rezos van a salvar al niño?

-Por supuesto que sí. Tengo fe en el Todopoderoso.

-Pues no se puede decir que nos haya ayudado mucho.

¡Todo ha salido mal, justo al revés de lo que queríamos!

-Es cierto que las cosas se han torcido,

pero no podemos rendirnos.

Encontraremos una solución a este entuerto.

-No sé cómo.

Era Diego y no mi hijo el que debería estar muerto.

Puede que esto no sea más que un castigo.

Dios nos va a arrebatar al niño, como penitencia

por todas las maldades cometidas.

-¿De qué me estás hablando?

Yo me he desvivido por mi hija, por mi nieto.

Ninguna culpa tengo de lo que le sucede.

-¿A qué se debe tan mala suerte? -No a mí.

¿Qué culpa tengo yo de que ese guardia no apuntara bien,

o de que ese panoli de Martín se pusiera donde no debía?

-Si no le hubiera hecho caso, nada de esto habría sucedido.

Samuel, no puedes derrumbarte,

luchabas por lo que era tuyo.

-No. No está bien lo que hemos hecho,

engañar a mi hermano con su enfermedad,

separar a Blanca de sus amistades,

tomarla por la fuerza,

todo esto ha acabado en un fatal desenlace.

¡Tenemos lo que nos merecemos!

-¡Basta ya! No digas enormidades,

no voy a perder a mi nieto.

-Ni toda la furia del mundo va a salvarnos de recibir el castigo.

-¡Mi nieto saldrá adelante, no va a morir, ¿te enteras?!

¡Ese niño es inocente!

-¡Sí, que pagará por nuestros pecados!

-¡No quiero escucharte más! ¡Cállate!

¿Cómo está Blanca? ¿Qué ha dicho el doctor?

-Decir, dice poco, me ha pedido una palangana con agua caliente.

No consigue parar la hemorragia.

-Voy a ver a mi hija.

No puede ser.

Martín no, Martín no...

-Lo siento Leonor. Lo siento de veras.

-No es justo.

La vida no es justa, Íñigo.

¿Qué es esto, un chiste macabro

o una broma del destino?

(LLORA)

"Si yo he reencontrado las ganas de vivir,"

ha sido gracias a usted.

-Disculpa, Leonor, pensaba que no había nadie.

-No te vi. -Puedes quedarte, no me molestas.

-¿Estás más sosegada?

-Sí, aunque no estaré del todo tranquila

hasta que no sepa que todos están bien.

Creo que iré a visitar a Blanca.

-Creo que no deberías salir,

no sabemos si se van a producir más protestas.

-Lo sé, pero no soporto estar aquí encerrada.

Estas paredes se me vienen encima.

-Tuvimos mucha suerte de encontrar refugio durante las protestas,

¿verdad?

Dentro de los locales no corríamos ningún peligro,

al menos a manos de los insurrectos, claro.

-Estoy en un ay.

No aguanto más sin saber cómo se encuentra Casilda.

Esa muchacha va a necesitar todo el ánimo que podamos darle.

-¿No estarás pensando en ir a verla? -Sí.

Eso haré. Necesita que la atienda.

-No estás en condiciones de andar y, mucho menos como están las calles.

-Casilda está bien, lo único que necesita es reposo.

Las otras criadas la están cuidando.

-Pero ¿y si necesita algo, y si no la asisten bien?

Ella nos ha cuidado con todo su celo desde que llegó a esta casa

y, nosotros tenemos que hacer lo propio.

No se apure, madre.

Le aseguro que está en buenas manos.

Usted no puede salir, que va a empeorar de la gota.

-Tengo que pasarme por casa de los Palacios,

¿te quedas más tranquila si pregunto por ella?

-Qué remedio, a la fuerza ahorcan.

¿Sabéis qué?

Llevo días sintiéndome la mujer más desgraciada del mundo

por padecer gota, seré estúpida.

A veces tienen que suceder desgracias como la de Martín...

para que nos demos cuenta de lo afortunados que somos teniéndonos

los unos a los otros, ¿a que sí?

Os quiero con locura.

Dígale a Carvajal que no hay ninguna novedad.

No voy a marcharme solo por sentirme un poco desmejorada.

Y dígale a su jefe que quiero la alfombra limpia como la patena,

de no ser así, olvídese de cobrar.

Fermina.

Acompañe al mozo, por favor.

Era el tapicero. Se lleva la alfombra para recomponerla.

-Estás en todo, yo ni me había fijado en esa mancha.

-Eso no es asunto tuyo. A partir de ahora,

yo me voy a ocupar de esos detalles. Para eso soy el ama de la casa.

-¿Qué te ocurre?

-Nada,

es un vahído.

-¿Estás bien? Estás pálida

como la nieve. -Sí, sí.

Lo cierto es que no me encuentro muy bien.

He tratado de disimularlo con las visitas,

pero me siento sin fuerzas.

-No esperaba menos de ti.

Odio a las mujeres que están todo el rato quejándose de sus achaques

y contando sus pesares.

-Espero recuperarme pronto, porque a cada minuto me siento...

más desazonada.

Es normal que estés fatigada,

han sido días muy intensos.

Y... el suceso con el coronel no ha ayudado a conseguir tu sosiego.

-No entiendo qué me está ocurriendo.

-Lamento entonces lo mal que lo habrás pasado.

Bebe un poco de vino,

te ayudará a asentar el cuerpo.

¿No bebes?

Te prometo que acudiremos al médico en cuanto pasen los disturbios.

-Sí. Necesitaría atención sanitaria.

Espero que sea algo baladí. -Probablemente.

En algunas ocasiones, la mala conciencia

se presenta de esta guisa.

Créeme, por un momento pensé que había ocurrido otra desgracia.

-No es para menos. Encontrarse al coronel tirado en la calle

e inconsciente, amilana a cualquiera.

-Por suerte, pude llevarlo a casa. Allí se recuperó rápidamente.

Lástima no poder decir lo mismo de todos.

-Pobre Martín, qué desgracia tan grande.

¿Qué será ahora de Casilda?

-Ojalá llegue a restablecerse.

Si a ti te sucediera algo así, yo no lo superaría nunca,

me dejaría morir.

(Llaman a la puerta)

No abras, los rebeldes pueden haber entrado en el edificio.

-No temas, la puerta de la calle está cerrada a cal y canto.

Voy a abrir.

Pase. ¿Cómo se le ocurre salir de casa?

-Hoy es mejor no pisar la calle, el ambiente sigue revuelto.

-Disculpen que me haya presentado sin avisar,

pero no podía quedarme de brazos cruzados. Necesito su ayuda.

-Tome asiento.

¿En qué puedo ayudarle?

-Verá, Diego ha sido detenido.

He intentado visitarlo en los calabozos,

pero la policía ha puesto controles por las calles

y no me han permitido llegar.

-Tratan de restablecer el orden lo antes posible.

Es de suponer que mañana podremos caminar libremente.

-Quizá sí, pero yo no puedo esperar.

Necesito saber que está bien.

-No se aflija por eso, estará bien, detenido, pero a salvo.

Tómese el café con nosotros y déjelo para mañana.

-Muchas gracias, pero...

no puedo, de verdad.

Hasta que le vea con mis propios ojos, no puedo estar tranquilo.

-Entre en razón, don Jaime.

Aunque salga del barrio, no creo que le permitan verle.

A fin de cuentas,

es uno de los insurrectos. -Lo sé.

Usted ha trabajado para la policía y mantiene buenos contactos.

¿No podría intentar conseguirme un pase,

algo que me permitiera visitar a mi hijo?

No soy más que un padre que está penando por él.

Le estaría muy agradecido.

-¿Puedes pedir el favor en comisaría?

-Está bien, haré todo lo que esté en mi mano.

-Gracias. Sabía que podía confiar en usted.

-Pero me tiene que prometer que va a volver a su casa,

no quiero lamentar más desgracias. -Por supuesto.

Aunque a mi edad, la verdad es que

ya no hay mucho que perder.

Siento en el alma el disgusto que te he dado, pero no pude hacer nada,

se abalanzó sobre mí.

Te juro que no siento nada por él.

Tienes razón cuando dices que la causa de mi malestar

puede ser por esa causa.

Por eso creo que lo mejor es que cerremos capítulo

y, nos olvidemos de todo. -No te atormentes por esto.

Mis palabras han sido demasiado duras.

-Has dicho lo que sentías. -No.

Me llevé por la rabia.

-Entonces, ¿me crees?

-Por supuesto que sí. Arturo fue el culpable y, no tú.

Fue un desliz, algo que no debía haber ocurrido,

pero no voy a renunciar a una mujer como tú,

por la indiscreción de un cretino.

-Eres un hombre maravilloso.

Cualquier otro no me habría creído.

-A cualquier otra la habría repudiado,

pero tú eres una mujer especial.

Del que ya no me puedo fiar es de Arturo.

-Traiciona tu amistad con ese beso.

-No es esa la única causa de mi desconfianza.

-¿Y qué otra cosa más hay?

-Creo que se ha acercado a mí con algún interés oculto.

¿No crees que puede ser así?

-No sé a qué puedes referirte.

-A algún tipo de complot sobre mi persona

o sobre nuestra organización.

-Perdona, pero me estás aturdiendo. -Nada de perdón.

Lo siento, qué insensible soy, he olvidado que estaba indispuesta.

(TOCA LA CAMPANA)

Es una lástima,

me gustaría mucho saber tu opinión.

Fermina, prepárale una de sus infusiones a la señora,

está indispuesta.

No entiendo cómo hemos podido llegar a esta situación.

-Todo fue muy extraño.

Diego había llegado a un acuerdo con el jefe de los guardias,

cuando unos pocos empezaron la trifulca.

-Y ambas partes se descontrolaron.

-Pienso que había agitadores pagados en los dos bandos.

¿Quién pudo hacer eso?

-Le aseguro que no hemos sido nosotros.

-Tengo entendido que han detenido a varios mineros

y, otros tantos han sido sacados de los barrios.

-Pueden darse ustedes por satisfechos,

se puede decir que han ganado la batalla.

-Una victoria muy amarga, teniendo en cuenta la muerte de Martín.

-Yo he convivido con los criados de esta finca

y, no quiero ni pensar lo que esto supone para Casilda.

-Hubiera dado todos los beneficios de la mina,

a cambio de que Martín siguiera entre nosotros.

-Nadie quería algo así.

-Teníamos que haber cerrado las negociaciones

antes de este desastre. -Aún estamos a tiempo.

-Ya es tarde para el pobre Martín.

Acabemos de una vez con esto.

No podemos permitir que vuelva a suceder un hecho similar.

-Ya conoce nuestras peticiones.

-Comunique a sus compañeros que las aceptamos todas.

La subida del salario será de un dos por ciento

y la jornada se reducirá a nueve horas.

-¿Está usted seguro de lo que dice?

Hay gente que no entenderá esa decisión.

-No se puede contentar siempre a todo el mundo.

Prepare cuanto antes el acuerdo para firmarlo.

-Ha tomado la decisión más acertada. A la larga, hasta ganará dinero.

Han de ver como sus trabajadores, al estar contentos,

aumentan la producción.

-Eso es lo de menos, lo que me importa es acabar con esta locura.

El dinero no lo es todo en la vida, ni mucho menos.

Si me disculpan...

¿Aún estás trabajando, amor? Ya es casi la hora de cenar.

-No deberías estar levantada.

Es mejor que guardes reposo. -La cama me aturde aún más.

Necesito salir y despejarme.

-Imposible, la calle sigue siendo insegura.

-¿No me vas a dar ese capricho?

-Lo siento, pero no lo veo sensato.

¿Te tomaste la infusión?

-Sí, sabe a rayos.

-Cuanto más amargo, más efecto hace.

-Me gustaría ver a un doctor. -Como gustes.

Haré que un doctor venga a casa.

Pero has de saber que estando conmigo, nada malo te puede pasar.

-Y confío en ti plenamente.

Fermina.

Prepárele un caldo de gallina a la señora,

le vendrá bien para terminar de templarse.

-No hace falta que me mimes tanto. -¿Cómo que no?

Eres mi mayor tesoro, tengo que cuidarte.

Vete a la cama. Cuando termine de trabajar, iré a hacerte compañía.

-Como quieras, amor.

Antes de llevarle el caldo a la señora, tráigalo, lo quiero probar,

para ver si está a su gusto.

Ay.

Liberto, no sabía que... Pensaba que estabas con mi madre.

-No.

He aprovechado para leer El Vespertino.

Dan cumplida cuenta de los incidentes ocurridos en Acacias.

-Sigue, yo solo venía a por un libro.

-No tienes que irte.

-Si... Liberto, he venido a coger un libro porque...

me duele la cabeza y quiero ver si me alivia.

-Mientes mal.

Mientes tremendamente mal, Leonor.

Me he dado cuenta de que me esquivas.

-¿Yo?

No sé de qué me estás hablando. -Yo sí.

Y muy bien. Y sé que tú también.

Eres consciente de que os vi.

Si yo he reencontrado las ganas de vivir,

ha sido gracias a usted.

Liberto, no significa nada.

No significó nada.

Nos impulsó la amargura de la situación,

el miedo un poco, también,

no voy a decir que no.

-A mí no tienes que darme ninguna explicación.

Aunque sea mi obligación como padrastro.

Eres una mujer adulta y madura, Leonor.

No dejes que nadie se inmiscuya en tu vida.

-No se lo has dicho a mi madre, ¿verdad?

-Lejos de mí esa intención.

Por lo que a mí concierne, nadie lo va a saber.

-Gracias. Y ya sé que no te debo

ninguna explicación, pero quiero que sepas que...

-¿Por qué calláis, de qué hablabais?

-De las noticias, Rosina, que parece que por fin entramos todos en razón

y se dan las condiciones necesarias para llegar a un acuerdo

que termine con las trifulcas. -Lo que nos va a costar.

-Yo solo espero que ambas partes hayamos aprendido a comportarnos.

-Dios lo quiera. Y por la parte que me toca,

os juro que jamás me mostraré tan inflexible en estas conductas.

-Madre, pues recuérdelo, que a usted le tocan el bolsillo, y...

-Hombre, es que tenemos que confiar en las negociaciones, sí, pero

nuestro deber es cuidar de nuestro capital

hasta el último céntimo. -Madre.

-No discutas.

A partir de ahora,

voy a delegar estos asuntos en mi marido.

Intervendré, si como dices tú, quieren hacernos un roto

en la limosnera. -¿Sabéis?

Es una pena que no sea aconsejable salir a la calle todavía,

porque lo mejor que nos podría venir ahora es un paseo por los jardines.

-Ay, pero así, "enmuletada" no me apetece.

Ay, ni siquiera necesito que los mineros se apropien del barrio,

esta maldita gota se sobra para tenerme enclaustrada.

-¿Otra vez quejándote, Rosina?

¿No te acuerdas que hace unas horas

me has prometido que no te ibas a lamentar por sinfustadas?

-Bueno, bueno, con tanto estar encerrados,

nos saca de quicio a todos un poco, Liberto.

¿Por qué no avisas a Flora?

Que nos traiga bollos y, pasamos la tarde

hablando tranquilamente.

-Si las calles no son aconsejables para nosotros,

tampoco lo serán para Flora, digo yo.

-¿Sabes qué le pasa? Está muy raro

desde ayer. -¿Sí, de veras?

No. Conmigo ha estado muy normal.

Muy amable, vamos. Como siempre.

-Ya es raro estar como siempre con todo lo que nos ha caído.

No se me va de la sesera Casilda.

Tiene que volver a esta casa y dejar que la mime.

-Creo que el doctor la sigue teniendo adormecida.

-Pues mejor para ella. Mientras más tarde

sepa de la fatalidad, eso que se ahorra la pobre.

Saber que a lo peor no puede asistir al entierro de Martín.

-Criatura.

Tienes que hacer caso al doctor.

Todo irá bien.

Haz un poder y serénate.

-Madre, no deje que muera mi hijo.

-Por supuesto que no lo voy a consentir.

Respira profundamente.

Quítate de la cabeza esos funestos pensamientos.

El doctor está aquí.

Ha venido a ayudarnos. Estoy segura

de que pronto parará la hemorragia.

-Doña Úrsula, ¿puede acercarse?

Lo lamento, pero no puedo detener la hemorragia.

-No puede rendirse, tiene que hacer algo.

-La medicina tiene sus limitaciones, no me quedan más recursos.

-Algo podremos hacer.

-Lo único que puedo recomendarles es que guarde reposo

y, dejemos que la naturaleza haga el resto.

-No se marche.

No puedo perder a mi hijo.

-No permita que se altere.

Eso podría provocarle una mayor pérdida de sangre

y, me temo que, si la hemorragia no se detiene,

inevitablemente, su hija perderá al niño.

Después de ver el resultado de todo esto, me arrepiento y mucho,

de no haber tenido más coraje para enfrentarme a ese fanático de Ribau.

Nos habríamos ahorrado

muchos sinsabores y, nadie tendría que ir hoy de entierro.

-Usted no tiene nada que reprocharse.

"¿No ha abierto los ojos, Fabiana?".

-No. Tan solo ha "farfullao" un par de tandas,

pero más me parece una pesadilla que un despertar.

-Calla, Fabiana. ¿Lo oyen ustedes?

No puede dejarse abatir así. La esperanza, ya sabe.

Si le puedo ayudar, dígamelo.

-Gracias, Felipe.

-¿Está su padre en casa?

Quería visitarle. Le he conseguido

la autorización para visitar a Diego.

-Sí.

No es necesario que suba, yo se lo diré.

Silvia se encuentra perfectamente. -Gracias a Dios.

-¡Gracias a mí!

He tenido que enviar a un agente para confirmar lo que ya sabíamos.

Zavala está prendado de ella, no le hará ningún mal.

-Usted no vio el odio en sus ojos. -Nadie tenía que haberlo visto,

porque nadie tenía que haberlo provocado.

-"¿Por qué no ha venido" don Jaime?

-Porque doña Úrsula le dijo que su pudor

no le permitía visitas masculinas.

-Necesito hablarle.

-"Pobre Casilda".

¿Os queréis creer que todavía no sabe que es viuda?

-Madre del amor hermoso. ¿Y eso?

-El médico le está tratando el golpe que se dio en la cabeza,

y las medicinas la tienen en el limbo de los justos.

-Pues en algún momento habrá que decirle la verdad.

-Espero que sean sus amigas de Acacias. Yo no me veo capaz.

-"¿El beso que yo le di?". Pero si fue usted la...

-Levaba tiempo deseando que me besara.

No sentía algo así desde hace mucho y, quería decirle...

-También he pensado en ese beso. Es imposible no darle vueltas,

pero fue un error,

Flora, con sus eximentes, pero un error.

Fue fruto de la tensión, del miedo.

-No me besó por miedo. Nadie besa por canguelo.

Le vi en los ojos que ardía usted.

-Eso no es cierto. -"¿Cómo te atreves a volver?".

¡Sal!

¡Desaparece!

Esta canallada la resolveré a mi manera.

Lástima que no pueda decir entre hombres.

-Amor, no pierdas la compostura, no merece la pena.

He dicho que te marches.

-No pienso hacerlo.

Esto es más fuerte que nosotros.

Es inútil negarlo. -¿Eso es todo lo que le preocupa?

Es usted un egoísta. Martín ha muerto,

Casilda requiere atención médica,

han encarcelado a Diego por defender a los mineros

y, a usted solo le preocupa... -Lo siento.

-¡No lo siente!

Así como no siente que mi amiga Blanca esté a punto de perder...

-"Ni siquiera tú..."

eres tan cruel como mi destino.

-¿También eres singular en eso?

¿También vas a sufrir más que nosotros?

Ese destino del que presumes se va a llevar la vida de mi hijo.

Blanca está sangrando, lo va a perder.

No te perdonaré.

Te juro que no te perdonaré.

Si consigo refrenar mis ansias de matarte, no te perdonaré.

-"No se angustie,"

que ahora es usted el único que puede proteger a doña Blanca.

Ella le necesita.

-Ni siquiera me la dejan ver.

Al parecer, es un acto indecoroso que yo la vea.

-Pero ella quiere verle, señor.

-¿Cómo dices?

  • Capítulo 724

Acacias 38 - Capítulo 724

20 mar 2018

Serie diaria en la que se narran la vida de los personajes que habitan una comunidad de vecinos, y todas aquellas historias que se sucederán alrededor de sus personajes, situada a principios del siglo XX en Madrid.

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