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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 720 - ver ahora
Transcripción completa

Sé bien qué supone ese matrimonio.

-Pues entonces no lo hagas.

Podemos ser felices juntos.

Por Dios, Silvia, dime que sí.

Huyamos lejos de aquí. -No seas irresponsable.

¿Te das cuenta de lo que pides?

Tenemos una misión. -¿Y dónde queda nuestra vida?

-Si no tienes claras

tus prioridades, habla con Carvajal y deja de servir a la Corona.

(Úrsula) "¿Acaso temes que llegue Diego"

y se vean nuevamente cara a cara?

-Me arden las entrañas de pensarlo.

-Pues entonces debes hacerla tuya

antes de que llegue Diego.

Debes dejar bien claro quién manda antes de que pueda reaccionar.

¡Eres un hombre!

¡Demuéstralo!

(CARMEN) "El mal sueño ha pasado. No ocurrirá nada".

-Ojalá fuera cierto.

Pero temo que venga Samuel y me haga daño.

-Sosiéguese.

Yo estaré con usted

hasta que se quede tranquila.

(ÚRSULA, OFF) "Nos hemos organizado como nunca".

"Todos juntos marcharemos a la ciudad".

Esta vez van a escucharnos.

Somos cientos

y estamos dispuestos a todo.

-Es increíble que Diego no nos avise.

-Ni él ni Blanca.

(LEONOR) "Te pregunté por Diego y me dijiste"

que no tenías contacto con él.

-Porque así es, no he sabido nada de él.

-Blanca, para de mentirme.

Tu obsesión por ese hombre te hace olvidar a los demás.

¿Por qué me acusas así?

-Sé que me mientes y punto redondo.

No quiero escucharte. Sal de mi casa.

(CARVAJAL) "No haré nada".

No vamos a arruinar el trabajo y comprometer

la seguridad de todo el país. Usted irá a esa boda

y será el mejor padrino que se haya visto.

(ÚRSULA) "¿Vas a quedarte de brazos cruzados"

sabiendo que tu hermano vuelve para arrebatarte a tu esposa?

-No, por supuesto que no.

Voy a seguir su consejo.

¿Y si Diego sufriera un accidente mortal

durante las revueltas callejeras?

¡Samuel!

-¿Qué haces?

-Señor, yo solo...

-¡Fuera de aquí!

-Aguarda, Carmen.

¿Me harías un favor?

-Diga la señora.

-¿Me acompañas a la alcoba?

Quiero que me des un masaje.

Es que tengo las piernas

un poco cansadas y me vendrían bien tus friegas.

¿Serías tan amable?

-Por supuesto, señora.

Le daré las friegas

con un aceite de lavanda muy bueno.

(Sintonía de "Acacias 38")

No me gusta nada, don Ramón.

-A mí tampoco, Felipe.

No me gusta un pelo. -Está la calle regada de pólvora

y, en cualquier momento, alguien lanzará una cerilla.

-Y todo estallará. -Ojalá nos equivoquemos.

Pero es cuestión de tiempo que eso ocurra.

Se ven grupos así por toda la ciudad, cada vez son más.

-Muchos están llegando a la ciudad

desde todas las partes del país para unirse a su causa.

-Debería subir, corre peligro.

-Se dice que otros obreros de otras industrias

están llegando para solidarizarse. -No me extraña.

Su causa es la de todos. -En el fondo,

solo buscan mejorar

sus condiciones. -El problema es cómo lo hacen.

-Solo ha habido incidentes leves.

-Pero preocupantes.

Encerraron a muchos tenderos.

-Apenas unas horas.

El problema es qué pasará

cuando lleguen todos los obreros que están de camino.

-Se va a armar la de San Quintín.

-Señores, les presento a la clase obrera.

Pero ¿quién viste a esta gente, por favor?

Y, además, qué peste, qué olor.

-¡Maldita sea!

¡Ahí está ese arrogante!

-¡Ah, qué tristeza! -¿Está viendo?

¡Es un inconsciente!

-Como si los ánimos no estuvieran caldeados.

-¿No se da cuenta de lo que hace? -Si se da cuenta, le da igual.

-Voy a hablar con él. -Por favor,

no cometa ningún error.

El otro día casi llegan a las manos.

-Hoy no va a ser así, Felipe. Solo voy a hablar con él.

Señor Ribau.

-Buenas noches, don Ramón.

Espero que no venga

con ánimos de pelea. Este traje es nuevo.

-Lamento haber perdido los nervios el otro día.

-¿Es eso una disculpa?

-No me comporté como un caballero y perdí los nervios.

Por mucho que usted lo mereciera, no debí hacerlo.

-Comentaba yo aquí con mis amigos

si esto es todo lo que van a hacer los obreros.

Juntarse en las esquinas para maldecir y beber.

¿Qué opinan ustedes?

-Ojalá fuera así.

Pero mucho me temo

que no se van a quedar ahí.

-Mi sobrino de tres años

inspira más miedo.

¡Son cuatro gatos, don Ramón!

-De momento.

¿Podemos hablar un segundo en privado?

En estos momentos,

muchos obreros están llegando a la ciudad

desde todas las partes del país.

-Grupos cada vez más numerosos. -Cada vez

más enfadados.

-Ya. Vendrán, gritarán,

patalearán y no les quedará otra

que volver a su trabajo, a hacer lo que han hecho siempre,

trabajar, cerrar el pico

y seguir con sus miserables vidas.

(RAMÓN) Se equivoca.

Las cosas no van a volver a ser como han sido.

No solo buscan mejorar sus condiciones laborales,

también vienen cargados de venganza

por lo que sucedió.

Señor Ribau, si me preguntan,

tendré que confesarles

que lo que ocurrió allí, en la mina,

la violencia de los guardias, la muerte de un compañero,

todo fue culpa suya.

Supongo que lo entenderá.

-Quizás quiera ponerse a resguardo.

-No será capaz.

-Buenas noches.

Tome, don Arturo.

-¿Qué es esto? -Los anillos de boda.

De toda la vida de Dios, el padrino debe custodiarlos

hasta el enlace.

¿Quiere quedarse a cenar?

-Gracias, pero no puedo.

Tengo un compromiso al que debo acudir.

-Como usted quiera, pero no se marche aún.

Silvia va a querer despedirse. -Tengo prisa.

-Será un momento. Se está probando el vestido y le diré que salga.

-¡Arturo!

-¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? -Que todo esto es una locura.

No me quiero casar con ese hombre.

-La boda es mañana.

Dijiste que era tu deber. -Lo he pensado mejor.

Si sientes algo por mí, sácame de aquí.

-¿Cómo que si siento algo?

Estoy enamorado de ti, Silvia Reyes.

Y lo voy a estar hasta el día de mi muerte.

(ZAVALA) ¡Silvia!

¡Silvia!

(Gritos de los obreros)

¡Dios mío, la ventana!

(Gritos de los obreros)

Debe de haber sido alguno de los obreros

que rondan la calle.

Por la noche, se alteran y empiezan a hacer barrabasadas.

¿Está usted bien, señor?

Señor, ¿se encuentra bien?

¿Le ocurre algo malo

a su uniforme, señor?

Usted me pidió que lo tuviera preparado

para la boda de mañana de la señorita Silvia.

-Suba al altillo, Agustina. No es buen día para andar sola

por la calle.

-No me importa quedarme si usted lo necesita.

-No va a ser necesario.

¡Ay! ¡Huy, cuidado!

¡Ay, qué harta estoy!

¡Ay, ay!

Entonces ¿qué? ¿Una pedrada, dices?

-Pues sí, a la casa de don Arturo.

Le han dejado el ventanuco todo reventado.

-Y, conociendo a don Arturo, seguro que se lió a tiros con los obreros.

-Pues nones. El hombre no ha hecho nada.

-¿Cómo que no ha hecho nada?

-Nada, ni siquiera pegarles voces.

-Qué cosa más rara.

Seguro que le pasa algo al hombre, algo muy grave.

-Pues yo no lo sé,

pero mejor así, que no está el asunto para echarle más candela.

Salen obreros por todos los rincones.

-Como ratas.

Suerte que no puedo poner el pie en la calle por consejo médico.

Si no, se iban a enterar esas ratas.

-No se moleste usted, señora,

pero no les llame ratas. -¿Por qué? Es lo que son.

-Son trabajadores.

Viven en condiciones infrahumanas. -Eso, como ratas.

(CASILDA) ¿Y dónde vas con esta cajita?

-A repartir las invitaciones de nuestra boda.

-Martín,

por favor te lo pido, en las calles, ten cuidado.

No vayamos a tener un disgusto.

-Aquí tiene, señora.

Estas son para usted

y para don Liberto.

(ROSINA) ¿Las han hecho niños de tres años?

(MARTÍN) Pues no, señora,

las hice yo usando técnicas de papiroflexia

que aprendí en Filipinas.

-Preciosas. -Di que sí.

Han quedado bonitas.

-Ah, otra cosa, canija.

Doña Trini me ha dicho que le digamos qué queremos

que nos regale. -¡Huy! Os vais a hacer de oro

con tanto regalo. -Bueno, tanto como de oro...

-¡Hombre! Susana te pone el vestido, mi niña el convite...

Si no os conociera, diría que hacéis negocio con la boda.

-Pues suerte que nos conoce perfectamente

y sabe que nosotros,

negocio, ninguno.

Es más, si fuera menester,

nos meteríamos en una deuda de por vida

para celebrar la boda de nuestros sueños.

-Si tú lo dices, pero oye.

Como te hagas rica,

ni se te ocurra dejarme.

Tú aquí, sirviendo como siempre. ¡Y tú!

-Pero si yo soy como la Lolita.

Aunque tuviera yo un suegro con un yacimiento de oro,

yo seguiría aquí, una tonta.

-¡De tonta, nada! Un yacimiento no es la panacea.

-Pero mejor que ser criado será. -Pues no, todo son problemas.

Es un infierno.

Un sinvivir.

A veces pienso

que me gustaría ser como vosotros.

-¿Como nosotros? -Sí.

Pobres,

que no tenéis donde caeros muertos ni obligaciones.

-Mire, doña Rosina... -No, mi Martín, venga.

Vamos, vamos a...

¿Quién va a entrar en la sastrería a comprar

estando la calle como está?

-No sé lo tome usted así. -¿Y cómo quiere que me lo tome?

Esos desalmados vagan por las calles

a saber con qué intenciones.

No sabe usted lo mal que lo pasé

cuando nos dejaron encerrados a mi Liberto y a mí.

-¡Ay, pobre don Liberto!

-Y pobre yo, ¿no?

Soy mayor y podía haber pasado una desgracia.

Por suerte, mi Liberto, que Dios le bendiga,

consiguió abrir y pudimos salir.

(SUSURRA) Mírenlos... Mírenlos, qué caras de malvados.

-Pues nosotros no tuvimos ningún problema en La Deliciosa.

-¿Ah, no? -Ni el más mínimo.

-Pues encerraron a todos los propietarios

de todo el barrio. -¿De verdad?

-Forzaron las cerraduras

y cargan con los gastos de las nuevas.

-Pero eso, ¿todos?

-Todos.

-Pues a mí no me dan miedo, yo sé cómo tratar a esa gente.

-¿Usted?

¿Y eso por qué? -¿Qué vas a saber tú?

No te envalentones, que no tienes ni la más remota idea.

-Ya, y a lo que íbamos.

¿Por qué La Deliciosa no sufrió ningún altercado?

-Será que tenemos buena suerte.

-Lo dudo. ¿No será que tendría usted algo que ver con eso?

-¿Yo? -¿De dónde sacaron

los materiales los obreros para atrancar las puertas?

-¿Cómo voy a saberlo? -Alguna idea tendrá.

-De cualquier sitio, doña Susana.

-Eso, que nosotros solo vendemos churros y bollería fina.

-Eso espero.

-Flora, se nos está haciendo tarde.

-Huy, tardísimo.

-Con Dios. -Con Dios.

-¿Si es que por qué haces trato con esos obreros?

¿Para qué les vendes nada?

-Doña Susana no nos ha pillado, ¿qué quieres?

-Pues que no sospeche.

-¿Y no quieres tener abierto para que entre dinero?

-Sí, eso también.

-Pues puedes hacerlo porque hice esos tratos.

Así que chitón.

-¡Ay!...

(DIEGO) "Hay cosas que no se pueden tener encerradas".

"Hay que liberarlas, dejarlas escapar".

Tranquilo.

"No voy a hacerte daño".

(BLANCA) "¿Y si hacemos daño?".

"Eso no se puede evitar".

"Tarde o temprano ocurrirá".

(Llaman a la puerta)

(ÚRSULA) Hija, soy yo.

¿Por qué no has venido a desayunar con nosotros?

-No tenía mucho apetito.

-Algo te preocupa.

¿Qué es?

-Ayer volví a discutir con Leonor.

-¡Oh!

-No sé por qué,

pero me acusa de estar en contacto con Diego.

¡Y no es verdad, madre, no lo es!

Es que no sé qué está pasando.

Porque no es solo eso,

es que todo está mal.

Cada día me siento más sola.

Y le tengo más miedo a Samuel.

Es como si se estuviera transformando

en otra persona.

-¿Sabes qué haremos?

Hablaré con Leonor y veré de dónde ha sacado

esa mentira. Y por Samuel no te preocupes.

Creo que tus miedos son infundados,

pero no es culpa tuya.

El embarazo, los cambios de tu cuerpo...

Estás pasando un proceso muy duro.

Pero no quiero que te sientas sola.

Yo estoy aquí, contigo.

Lo sabes.

-Madre.

No me deje a solas con Samuel.

-No te apures.

-¿Me lo promete?

-Te lo prometo.

Le diré a Carmen que te traiga la comida aquí, así podrás descansar.

-Gracias.

-Y, en tu estado, es mejor que no salgas a la calle.

Con la situación de los mineros, está todo muy tenso.

Es imposible salir a trabajar, la calle está llena de obreros.

Y resulta incómodo notar sus miradas,

el ambiente enrarecido.

-Blanca dice que prefiere comer en su habitación.

-¿Se encuentra bien?

-La noto algo desanimada. (SAMUEL) Sí.

Eso me pareció a mí ayer.

-He insistido en que viniera a comer con nosotros.

Al menos saldría un poco.

Pero no ha querido. Mi hija es terca como una mula.

Carmen,

llévale la comida en un rato.

-Me da reparo tener que salir justo hoy

a la joyería Buesa.

He de llevarles un muestrario sin falta.

Pero no quiero dejar a Blanca sola.

-Siento oír eso.

Yo también tengo un compromiso

y he de ausentarme. -¿No podría postergarlo usted?

-Me temo que no.

Prometí al párroco interceder

en unas gestiones con el obispado.

-Puedo llevar el muestrario

a la joyería de los Buesa.

-¿Usted?

-Sí, hace mucho que no les veo,

me haría ilusión saludarles. -¿Está seguro?

Ya sabe dónde está la joyería.

-Sí, ¿y?

-Pues que tendría que hacer noche fuera de la ciudad.

Y no sé si aún está débil. -Me encuentro bien.

Y con este bastón, me manejo a las mil maravillas, hijo.

De verdad,

prefiero que te quedes cuidando a Blanca.

Sobre todo con las calles así. Nada, lo llevo, no se hable más.

-Se lo agradezco, padre.

(FABIANA) Ahí. ¿Veis cómo están ahí todos agazapados?

(SERVANDO) Y no son pocos. (CASILDA) Y cada vez

parecen más revueltos.

Aquí se va a liar una gorda, pero gorda, gorda, gorda.

-A ver si se va a colar alguno en el edificio

y esta noche hacen un desaguisado.

-Fabiana, ¿qué van a hacer?

-Mejor no comprobarlo.

Así que usted vigile bien a ver quién entra y quién sale.

Eso es lo que ha de hacer.

-Bueno, lo que voy a hacer es cerrar a cal y canto.

Y rezar para que pasen de largo.

(MARTÍN) A ver si se cree usted

que no saben que aquí vive Ramón Palacios,

el dueño del yacimiento.

¿Les has dado las invitaciones?

-Sí, canija, de ahí vengo. Pobre hombre, con lo bueno que es

y todos estos obreros pensando que es el demonio

y el único culpable de todo.

-No es justo. No hay en el mundo hombre más bueno que don Ramón.

-Servando... -¿Qué?

-Esta noche, me quedo haciendo guardia.

(CASILDA) Pero ¿por qué tú?

(FABIANA) Eso es verdad, Martín.

Esa obligación pertenece aquí al portero.

(MARTÍN) Ya lo sé, Fabiana.

Pero toda ayuda es poca.

(SERVANDO) De momento, me voy a reservar

para meditar y pensar en decisiones estratégicas.

Y evitar siempre el cara a cara.

-Sí, la cara dura es

lo que tiene usted.

-Está bien, Martín,

como tú quieras.

Y tú, Casilda, a casa con doña Rosina.

Y os guardáis hasta que llegue don Liberto.

Y no le abráis la puerta nadie.

No sabemos si esos han descubierto que allí vive la otra propietaria.

-Pues tiene usted razón, "señá" Fabiana.

¡Ay, Martín!, pero yo preferiría que te vinieras conmigo.

No quiero que estés solo. -No te preocupes,

canija mía. Nada me va a pasar.

Mi trabajo está aquí.

-Lolita, dile al resto

de las criadas que, cuando caiga la tarde, todas para dentro.

No quiero que ninguna ande zascandileando

y enredando con los obreros. ¿Estamos?

-Sí.

-Dejen paso, por favor. -Pero ¿va usted a salir?

No está el ambiente para andar por ahí tan campante.

-No tengo miedo a unos pocos obreros.

¡Que no son pocos! -Los que sean.

Nada va a impedir que asista hoy a la boda de Silvia Reyes.

(FELIPE) Me gustaría quedarme.

Pero he de asistir a la boda

de Silvia Reyes y el general Zavala.

-Vaya tranquilo, Felipe.

Además, este asunto tengo que resolverlo yo solo.

-Conmigo, don Ramón.

Yo actúo en representación de mi esposa.

Así que no está usted solo.

-Gracias, Liberto.

Confiemos en que este asunto no llegue a mayores.

-Deberían estar preparados para lo peor.

El ambiente está

muy enrarecido.

¿Saben lo que ha pasado en casa del coronel?

-Pues no. ¿Qué ha ocurrido?

-Alguien lanzó una piedra

y rompió una ventana.

-Hay gente que solo tiene sed de venganza.

-Hay muchos obreros dispuestos a tensar la cuerda,

pero hay otros muchos

dispuestos a calmar los ánimos y a negociar.

-Nos preocupan los primeros. ¿O acaso ha olvidado

cómo fue la huelga en Barcelona? -No me lo recuerde.

Váyase, Felipe,

o va a llegar tarde a esa boda.

-Con Dios. -Con Dios.

¿Esa es la invitación de boda

de Martín y Casilda?

-Martín vino a traérmela hace un momento.

Esperemos que todo esto pase pronto

y se puedan casar.

Son dos muchachos maravillosos.

(Llaman a la puerta)

-¿Sí? (CARMEN) ¿Permite la señora?

-Adelante, Carmen.

-Venía a buscar la bandeja que dejé antes...

Señora, no ha probado usted bocado.

-No tenía apetito.

-¿Se encuentra bien?

-Sí.

Solo falta de hambre.

-Sé por qué lleva todo el día

en su habitación.

Su esposo no está bien.

-Bueno, es que... todos estamos un poco nerviosos

por la presencia de los obreros.

-Sí, pero hay algo más.

-¿Algo más?

-Don Samuel no parece el mismo, señora, está distinto.

-Carmen...

¿Has visto algo que quieras contarme?

-Gracias, Carmen.

Tu jornada por hoy ya ha terminado.

Puedes irte. -Aún es pronto, señora.

-Será mejor que te recojas

en el altillo. La situación en la calle es muy tensa.

-Sí, pero todavía no he terminado mis tareas.

-Ya lo harás mañana.

-Como diga la señora.

Hasta mañana, doña Blanca.

-Hasta mañana.

-¿Cómo te encuentras, hija?

-Bien, madre.

(Música clásica)

(TAMAYO) La novia estaba bellísima, ¿no le parece?

Sin embargo, ¿no le parece extraño

que haya tan pocos invitados por parte de la novia?

(FELIPE) Una ceremonia preciosa. ¿No creen?

(VALVERDE) Justo lo estábamos comentando.

-Sí, y lo de la poca gente que ha venido

por parte de la novia. ¿Será por las protestas?

-Yo estoy segura.

Lo cierto es que estoy deseando regresar a casa.

-Mi esposa no quiere volver de noche.

(Música clásica)

(Aplausos)

(TAMAYO) Por los novios.

Por que sean muy felices.

Y, ahora, ruego al padrino

que nos deleite con unas palabras

para celebrar el enlace.

-Me enorgullece ser el padrino hoy,

en el enlace de estos dos buenos amigos.

El general Zavala es un hombre de honor

y principios firmes.

Un militar de los que ya no quedan,

que siempre ha actuado

con sentido del deber

y una valentía intachable, digna

de mis más absoluta admiración.

No era fácil encontrar una mujer

que estuviera a su altura.

Pero lo ha conseguido.

Silvia es una mujer distinta

a cualquiera

que yo haya conocido.

Y la conocí aquí,

en la sala de armas.

Manejando el florete con más pericia que cualquier hombre.

Tanto es así

que terminó venciéndome.

-Le venció una mujer y no lo ha superado.

(RÍEN TODOS)

-Brindo por la feliz pareja.

Para que sean muy felices

el resto de su vida.

-¡Enhorabuena!

-Enhorabuena.

(Gritos de los obreros)

(HOMBRE) ¡Sinvergüenzas!

(TODOS) ¡Ladrones, ladrones, son estafadores!

¡Ladrones, ladrones, son estafadores!

¡Ladrones, ladrones, son estafadores!

(ÚRSULA) Marcho ya.

¿Qué te pasa?

-No estoy convencido de que sea lo correcto.

-Lo es.

-Yo no estoy tan convencido de ello.

-La casa está vacía.

Hay ruido en la calle. Es la coyuntura perfecta.

Deja de preguntarte si es correcto o no lo que vas hacer.

Samuel, es lo que debes hacer.

(Pasos)

(Puerta cerrada)

¿Cómo ha ido, señor?

¿Ha encontrado problemas en la calle? ¿Les han increpado?

-Está todo tranquilo.

-Han venido a arreglar la ventana.

¿Ha quedado a su gusto?

-Sí.

-Le he dejado su té favorito

en la camarera.

-Gracias, Agustina, puede retirarse.

(Llaman a la puerta)

-Voy a abrir.

-¿Le importa dejarnos a solas, Agustina?

-¿En qué puedo ayudarle? ¿Quiere tomar un té?

-No, gracias.

¿Cómo está?

-¿Yo?

-He visto cómo se marchaba de la ceremonia afectado.

-Me encuentro perfectamente.

-¿Qué opina de lo que pasa en la calle?

No sé a qué esperan los guardias para intervenir

y controlarlo todo. -No me cambie de tema.

Usted y yo sabemos que el gesto de preocupación y tristeza

no es por los obreros.

-¿Y por qué es, si se puede saber?

-Por Silvia Reyes.

Le vi en la iglesia

y, luego, en la sala de armas.

La boda de Silvia Reyes y Zavala

le ha roto por dentro.

De nada sirve engañarse a sí mismo

ni tampoco engañarme. ¿Por qué no lo reconoce?

¿Por qué no reconoce que sigue amando a esa mujer?

-Porque no puedo.

No puedo hablar del tema sin tambalearme.

No estoy preparado.

-Quizá hablarlo

le pueda ayudar.

-Aún no.

-Cuando lo esté, sabe que puede contar conmigo, ¿verdad?

-Gracias, Felipe.

¿No te tomas una copa conmigo?

¿Pasa algo?

-No me gustó lo de la sala de armas.

-¿Lo de la sala de armas?

-Sabes perfectamente a qué me refiero.

-No, no lo sé. ¿Hubo algún problema con el servicio?

-Hablo de Arturo Valverde.

-¿Qué pasa con él?

-Que sigue enamorado de ti.

-Eso no es cierto.

-He visto cómo te mira.

Cómo callaba mientras daba el discurso.

Si no podía hablar de lo afectado que estaba.

-Estaba emocionado por nosotros.

-Y he visto tu mirada cuando se ha marchado.

-No sé de qué me hablas.

Sea lo que sea lo que hubiera entre vosotros,

¿estás segura de que se terminó?

-Pero, mi amor, ¿no te das cuenta de que solo tengo ojos para ti?

Si sintiera algo por Arturo,

seguiría con él, ¿no crees?

Aunque he de reconocer

que me encanta verte celoso.

(Llaman a la puerta)

-¿Esperas a alguien?

-No, no sé quién será a estas horas.

Sea quien sea, me desharé de él. Enseguida seré tuyo.

Es nuestra primera noche como marido y mujer

y quiero que todo salga perfecto.

¿No es un poco tarde para andar de visita?

-Si no fuera importante, no vendría.

-¿Tan importante como para interrumpir la noche de bodas

de un hombre?

-Teniente Tamayo, buenas noches.

-Doña Silvia.

-¿Ocurre algo, querido? -Será solo un momento.

Pero hemos de hablar en privado.

-Será solo un minuto.

(Gritos de los obreros)

Gracias por traérmelo con tanta premura, teniente.

-No me las dé, señor,

ambos estamos juntos en esto.

-Por supuesto.

-Mi general...

-¿Hay algo más que quiera decirme?

¿Qué ocurre?

-Señor, me gustaría hacerle una advertencia.

-¿Una advertencia sobre quién?

-Sobre Silvia Reyes.

-¿Qué pasa con mi esposa?

-Es una mujer muy...

Muy curiosa.

-Y preciosa. Y muy especial.

Tenga cuidado, teniente.

-Señor, solo temo que pudiera notar algo extraño

el día que vino Velilla.

¿Y si nos relaciona con su desaparición?

-Primero, Silvia es mi esposa y me merece mi más absoluta confianza.

Cosa que debería ser extensible a usted.

Y dos, es una mujer y en su naturaleza no está interesarse

por intrigas palaciegas.

Así que deje de ponerla en duda,

porque es absurdo.

¿De acuerdo?

-¿Les apetece tomar una copa?

-No, muchas gracias, doña Silvia.

No quiero importunarles más.

He de irme. -Espere.

Le acompañó hasta la puerta.

-Con Dios.

(Pasos)

¡Samuel!

Te hacía dormido ya. -Ya ves que no.

-¿Qué ocurre?

-¿Ha de ocurrir algo para ver

a mi esposa?

Apaga la luz, Blanca.

-¿Por qué?

-No quiero que me mires a la cara.

-¿Por qué, Samuel?

¿Qué va a ocurrir?

-Lo que tendría que haber ocurrido hace mucho tiempo.

Hoy no vas a decir que no.

-Samuel, no lo hagas.

¡No lo hagas, por favor!

¡Samuel, te lo suplico, no lo hagas!

¡No!

¡No, Samuel!

No lo hagas, por favor.

Por favor...

Buenos días, Fabiana. -Buenos días.

Pensé que no abriría el kiosco hoy. -Y así es.

Solo he venido a recoger los diarios que dejaron.

-¿Puedo coger uno?

-Sírvase usted mismo.

-Solo se habla de protestas obreras y de su llegada a la ciudad.

-¿No te amuela? ¿Y eso acaso le sorprende?

Esto es el acabose,

don Liberto. Esto no ha hecho más que empezar.

Hágame caso. -"No es momento de fiestas".

La situación en la calle es difícil.

Nadie querrá moverse por la ciudad. -Fernando,

¿acaso un grupo de descontentos nos va a acobardar?

¿Va a hacer que cambiemos nuestros planes?

Tampoco será una gran fiesta.

Solo es ofrecer un refrigerio a nuestros amigos más íntimos.

Es algo sencillo.

No te llevará mucho tiempo, te lo prometo.

Amor, anda...

Déjame que presuma de marido ante nuestros amigos.

(FELIPE) "Huertas nos ha dicho que sus compañeros"

no están dispuestos a negociar.

-¿Y a qué han venido?

-A hacer una demostración de fuerza.

Y que alguien pague por aquella muerte.

-¡Ay, Dios! -Y mucho me temo

que ese sea yo mismo. (LIBERTO) Es injusto, don Ramón.

Usted no tiene nada que ver.

Diego y yo hemos tratado de hacérselo ver al resto.

-Pero no lo han conseguido. -Todo cayó en saco roto.

Por eso he venido a avisarlos.

Don Ramón debe abandonar la ciudad. -No.

No voy a huir como un cobarde. -Recapacite.

Su vida corre peligro.

(JAIME) "¿Sucede algo?".

(Gritos de los obreros)

-¿Acaso no te imaginas lo que le sucede?

Es la cercanía de Diego lo que tortura su alma.

(VALVERDE) "Has dicho que el cajón está cerrado".

-Con esta llave.

¿Qué haces? -Dame la llave.

Seré yo quien lo registre. -De ninguna manera, olvídalo.

-Silvia,

llamará menos la atención si desaparece un invitado.

(SILVIA) Ten cuidado.

¡Largo de aquí, vejestorio!

Vamos, camaradas.

-¿Qué diantres pretenden? -Señora, entre para dentro.

-Nadie me va decir eso. -¡Que entre!

-¡Esta es mi casa!

¡No mandáis aquí! -¡Dentro!

(ÍÑIGO) ¡Deténganse!

Que nadie toque a doña Susana o se las verá conmigo.

Estamos entre dos fuegos.

¿Y ahora qué hacemos?

¿Dónde se habrá metido?

(Cristales rotos)

(OBREROS) ¡Ladrones usureros!

¡Ladrones usureros!

¡Ladrones usureros! ¡Ladrones usureros!

-Esos desarrapados tienen la calle tomada.

¿Qué esperan los guardias para usar las armas?

-¡Somos mineros, no esclavos!

-Deberían descargar sus fusiles.

A ver si esos harapientos

realmente están dispuestos a dar la vida

por sus absurdas reivindicaciones.

Diego, menos mal que has llegado.

Van a disparar.

Tienes que tratar de imponer cordura

entre nuestros compañeros.

-Al menos lo intentaré.

(BLANCA) "¿Qué está pasando?".

(DIEGO) Compañeros,

os lo pido una vez más. ¡Conteneos!

¡La violencia no es el camino!

Debemos negociar con las manos limpias de sangre.

-¡Diego!...

(OBREROS) ¡Abajo el patrón!

¡Abajo el patrón! ¡Abajo el patrón!

¡Abajo el patrón!

¡Abajo el patrón! ¡Abajo el patrón!

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Acacias 38 - Capítulo 720

14 mar 2018

Blanca evita a Samuel gracias a Carmen y confía en la promesa de su madre de protegerla de su marido. Pero Úrsula planea a sus espaldas dejarla a solas con Samuel.

Ramón le pide a Ribau ayuda para deshacer la huelga de los obreros. Pero el gran empresario se ríe y el Palacios le amenaza con contar que él está detrás del chivatazo a la policía. Mientras, la situación en la calle se tensa cada vez más.

Susana sospecha de La Deliciosa; es el único negocio respetado por los obreros en las revueltas.

A Zavala no se le escapa que Arturo todavía siente algo por Silvia, pero la llegada de Tamayo al brindis por su boda evita que pueda preguntarle. Es Felipe quien habla con su amigo y le anima a encarar la verdad: está todavía enamorado de ella.

Samuel aprovecha la oportunidad que le ha dejado Úrsula y se mete en la alcoba de Blanca.

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  1. Casual_Al

    Hola. Estoy intentando ver capítulos anteriores y no me deja. Alguien me puede ayudar? Gracias

    19 mar 2018
  2. Giada

    a cada vez que aparesca la pareja malvada "ursulamuel" me siento muy incómoda. ¿Con la lista que Leonor debería ser, por qué no se da cuenta que no se puede confiar en nada de lo que viene de Ursula? y por otro lado, tan ricamente desconfia de Blanca, con la mirada limpia e intensa que tiene? Ursula le arrebatò su cuñada, su suegra y su marido y ella nunca ha sospechado nada? ¿Y este sería un personaje inteligente? Además: ¡la trama sería mucho mejor si los "buenos" pudieran defenderse de vez en cuando con las mismas armas! ¡ Y las maldades podrian ser descubiertas después de un tiempo! Pero aquí todo queda olvidado. Enfin: muy de acuerdo con Minera, basta ya con este asqueroso machismo!

    15 mar 2018
  3. Marilu

    Horrible el vestido de novia de Silvia, ella se viste mucho mejor " de civil " y el resto, peinado y maquillaje no la acompañaron, lástima..- Ya, como decimos en mi país, lo de Ursula PASA DE CASTAÑO OBSCURO, es tal la omnipotencia que le otorgan al personaje que mas allá de causar máximo desagrado en el , creo, 99 % de la audiencia, es como que los guionistas no supieran crear para él situaciones que no sean nefastas para quienes la rodean.- Dado el tiempo transcurrido pienso que es hora de dar por terminada, de alguna manera, la presencia de ese ser diabólico ( en una hoguera no sería mala idea..!!! )

    15 mar 2018
  4. soffia

    el poder que tiene ursula que mando hacer la revuelta para que maten a DIEGO

    14 mar 2018