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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 700 - ver ahora
Transcripción completa

He tomado una decisión.

Para engañar a mi hermana, debemos hacerlo

por medio de mi padre, aunque eso pueda ponerle en peligro.

-Samuel, haces lo correcto.

Aunque te duela.

-"Es un recado"

del hospital.

Quieren que vayas a hacerte unos análisis.

-No te preocupes.

Debe ser un control rutinario.

-"Lo mejor"

es que le pida cita en el hospital.

-Si no tengo fuerzas ni para salir de casa.

¿No hay manera de que ese médico venga a verme aquí?

Lo veo muy improbable. En el hospital

tienen todos los medios necesarios para hacerle las pruebas.

-"Me encuentro totalmente recuperado".

Y Blanca también.

Lo que hizo el doctor Quiles con nosotros

ha sido un milagro.

-Así es. Esas transfusiones son un tratamiento revolucionario.

Si confirman su eficacia, pasarán a la historia.

-No entiendo por qué me toma el pelo.

-Yo comprendo... -Puede hundir mi reputación

como escritora. Estaría perdida si llego a publicar sus disparates.

Ah, y olvídese de ver un céntimo hasta que no me cuente

la verdadera historia.

-"Jaime Alday quiere verla".

Esta misma tarde.

¿El señor Alday...

quiere verme? -Así es.

-"Mejor volver a lo que sabemos hacer".

-No digas eso.

¿Ya has olvidado que pasamos las de Caín?

-Lo recuerdo perfectamente,

pero necesitamos dinero. ¿Sabes otra forma de conseguirlo?

-No, la verdad.

Pero prométeme que, en cuanto saldemos las deudas,

lo dejaremos.

-"Te agradezco el esfuerzo"

que estás haciendo.

No sabes lo importante que es para mí

saber cómo fue, lo que tuvo que pasar,

en buena medida, por mi culpa.

(LLORA) No puedo seguir.

No puedo.

Te suplico, Jaime...

Te suplico que no me vuelvas a pedir que...

-"Les presento a Huertas López",

representante del Sindicato de Mineros.

-Me parece que sobran las presentaciones.

Supongo que no sabían ustedes quién era el dirigente sindical.

-De hecho, esperábamos a un hombre.

-Yo sí sabía quiénes eran los dueños del yacimiento.

-Perdonen, ¿qué ocurre?

-Ocurre que ellos y yo somos viejos conocidos.

-¿De verdad?

¿Se conocen?

-Sí, ligeramente.

-Mejor que sigamos con el cóctel,

¿no creen? -Sí, creo que será lo mejor.

-Lo siento, pero he perdido el apetito.

-Nosotros también nos marchamos.

-Les acompaño a la puerta.

¿Alguien me puede explicar qué sucede?

-Si me disculpan...

Ya se lo explicaré en otro momento;

es un asunto largo de contar

y algo delicado.

Espero que sepa manejar

a esta mujer. Es un hueso

duro de roer.

-A más ver.

-¿Qué le ha hecho a esta buena gente?

(Sintonía de "Acacias 38")

No, no, hijo. No quiero desayunar en esta silla.

-Pero, padre... -Quiero desayunar en una silla normal

como las personas normales.

Ayúdame.

-Ha recuperado usted sus fuerzas.

-La verdad, me encuentro bastante mejor.

-¿A qué se debe ese cambio?

-No sé, hablar con Fabiana me ha sentado bien.

-¿De qué hablaron?

-De Ana, de Cayetana...

Me ha hecho reflexionar mucho.

-¿Sobre qué?

-Sobre la vida, hijo, sobre la vida.

Es muy corta

y hay que aprovecharla.

Nos pasamos la mayor parte del tiempo preocupados por lo que vendrá

o por lo que puedo haber sido; eso no es vivir.

-¿Qué quiere decir, padre? -Quiero decir

que me doy cuenta de lo afortunado que soy.

Salir del estado en el que me encontraba

ha sido casi un milagro. -Es muy afortunado por ello.

-Por ello

y por muchas cosas más, Samuel. Sí, sobre todo,...

por tener junto a mí a las dos personas

que más quiero en el mundo: tu hermano y tú.

Tienes que escucharme, Samuel.

Diego es tu hermano.

Lo será siempre, es sangre de tu sangre.

Jamás dejará de serlo.

Y parece que jamás dejará de sentir también

lo que siente por Blanca.

-Yo tampoco voy a cambiar lo que siento por ella.

-Pero Blanca le ha elegido a él.

Tienes que asimilarlo, o te hundirás.

Has de hacer borrón y cuenta nueva. -No, yo no quiero hacer eso.

-¿Qué es lo que no quieres,

ser feliz? Sé que te costará entenderlo ahora,

pero el mundo está lleno de mujeres maravillosas,

llenas de luz, que iluminarán tu vida.

Date una oportunidad. -Buenos días.

¿Habéis pasado buena noche?

Ah...

Yo he dormido como un angelito y tengo un hambre atroz.

¿Otro café? -No, gracias.

-Gracias.

-Ah, querido, recuerda que hoy vamos al hospital.

Los médicos quieren hacerte un examen exhaustivo.

-No lo necesito,

yo me encuentro bien.

-Aun así, debes hacerlo,

para descartar cualquier posible anomalía.

De paso, te inyectarán vitaminas y reconstituyentes

que no te harán ningún mal.

-Ni tampoco ningún bien.

Mi cuerpo se ha de recuperar solo

y a su ritmo.

-Padre, ¿por qué no acepta los tratamientos sin más?

Úrsula solo se preocupa por su salud.

¿Es que no lo ve?

-De acuerdo.

Pero tú me acompañarás.

-Por supuesto.

¡Mecachis en la mar!

No sé para qué monto la terraza,

aquí no entran ni las moscas.

¡Eh!

¡Hola!

-¿Es a mí a quien llamaba? -Claro.

¿A quién si no?

-A juzgar por sus alaridos, ¿no llamaba a una vaca?

-Qué graciosa. Siéntese, la invito a desayunar.

-Se lo agradezco, pero no tengo apetito,

he desayunado en exceso.

Con Dios.

-¿Le puedo hacer una pregunta con total sinceridad?

-Por favor.

-¿Está usted evitándome?

-¿Yo? ¿Por qué tendría que hacer eso?

-Por el problema que tuvo

con mi marido. -¿Se refiere a esa sarta de embustes

que soltó ese caradura?

-Básicamente, sí, a eso me refería.

-No, no la estoy evitando por ello.

Usted no tiene la culpa de lo que haga él.

-¡Cómo me alegro! Porque es usted la única amiga que tengo por aquí.

Con usted puedo desahogarme, contarle mis cuitas.

El resto me hace sentir

como una apestada. -¿Y qué esperaba?

Les intoxicó a todos con la chocolatada.

-Por un perro que maté, mataperros que me llamaron.

-Sí, y la rabia les duró una semana; vómitos, retortijones, malestar...,

y otras cosas que prefiero no mencionar.

-Mejor no lo haga.

Me acabo de comer un bollo

y aún lo tengo en la boca del estómago.

-¿Puedo serle sincera yo ahora?

-Por favor.

-Como chocolateros, no les auguro un buen futuro.

-No le quito razón.

Pero es que... ¿Qué va a ser de nosotros?

¿Cómo vamos a sobrevivir?

Ya nadie quiere saber nada ni de nosotros ni de La Deliciosa.

Y aquí no entra ni el aire que respiramos.

Al final vamos a tener que cerrar.

-Quizá pueda hacer algo yo para evitar eso.

-¿Usted?

¿El qué?

-(PIENSA) Podría organizar encuentros con literatos y periodistas.

-¿Literatos y periodistas? ¿A santo de qué?

-A veces nos reunimos para conversar

sobre temas políticos, sociales, culturales.

La Deliciosa acogió tertulias que tenían cierto renombre.

-Yo, ni pajolera idea de política, y de literatura, mucho menos.

Pero eso de pegar la hebra sí que se me da bien.

Si esas reuniones me llenan el local, como si hablan del tiempo.

-Si usted quiere, empiezo a organizarlas.

¿Me da su permiso?

-Permiso concedido.

-Que conste que lo hago por usted, no por el sinvergüenza de su esposo.

-Muchas gracias, Leonor, de verdad.

-No hay de qué.

(Chillido)

(Grito)

¿Qué son estos gritos? -Llevan un rato,

pero no parece que estén pidiendo auxilio.

-Es Servando practicando para el concurso de gritos.

-Concurso de gritos.

-¿No se han enterado? Será en el altillo.

Casilda cree que va a ganar; ha apostado dos pesetas.

Pero ya saben lo competitivo que es Servando.

-O sea, que no lo celebran en la calle, sino en el altillo.

Menudo negocio.

(Grito)

-¿Y esa voz?

¿La han oído? -Nosotros y todo el barrio.

-Pero... esa viene de abajo, ¿no?

Esa no viene del altillo. -Eso me ha parecido a mí también.

Me voy a enterar, a ver quién es la jilguerilla.

A veces tengo la sensación de que vivimos en el hoyo.

Y esto es un barrio decente, o al menos debería serlo.

-Me parece que, en lugar de tus quejas,

estoy escuchando las de doña Susana. No es para tanto, querido.

Y hablando de ella,

¿crees que le habrá hecho llegar a Elvira

la carta que el coronel le dio para ella?

-Por supuesto que no.

Esa misiva debe estar ahora en la basura.

Me juego mi brazo derecho.

-Quizá no, quién sabe.

-Hará todo lo posible para evitar que don Arturo

se ponga en contacto con Elvira y con Simón.

-Hoy es la misa... por Adela.

No tengo ninguna duda de cuál va a ser la situación.

-Don Arturo, solo, en una bancada

y todos los demás vecinos, juntos, en la otra.

Y todos evitando la mirada del coronel.

-Yo no.

Yo no pienso dejarle solo.

Me sentaré a su lado.

-¿Vas a hacer eso?

Reconozco que al principio mi relación con el coronel

era por simple interés,

pero ahora se ha convertido en otra cosa.

-¿En qué otra cosa? -En una mistad de verdad.

He conseguido ver en él algo que nadie más ve.

-¿El qué? -Su lado más humano.

(RÍE INCRÉDULA)

¿Es que tiene?

-Por supuesto que sí.

No creo que merezca el odio de todo el mundo.

-Lo que yo creo es que, si te sientas con él,

es porque te conviene, no por el buen corazón que tiene.

Que a mí no me engañas, Felipe.

En cualquier caso,... la misa de hoy no va a ser agradable.

-Más bien, incómoda.

Tan incómoda como...

la cena de ayer con la llegada de Huertas.

-¿Habrá averiguado Lolita de dónde venía la voz?

Disculpa.

Tengo asuntos que atender.

(GRITA)

(GRITA)

-¿Se está quemando la casa, o acaso has perdido la sesera?

-Ramón, hijo, ni una cosa ni la otra.

-¿Qué ocurre? ¿Quién está en peligro?

-Pues Trini.

Que, como siga chillando,

la voy a ahogar con mis propias manos.

-¿Tanto se me oye? -¿Estás de broma?

Creía que te estaban matando. -Pues no.

Me he encerrado aquí para practicar.

-¿Para practicar el qué?

-Para el concurso de gritos que organizan los criados.

-¿Concurso de gritos? -Sí.

-Suena divertido.

-¿Divertido? Por Dios, esto es una chaladura.

¿Hemos perdido todos el oremus?

-Trini, con la cantidad de problemas que tenemos,

¿crees es momento para estas tonterías?

-Me vas a perdonar, pero esto no es ninguna tontería.

Es un concurso serio.

-¿De gritos? -¡Sí, de gritos!

¡A calzón "quitao"! Y libera de lo lindo.

¿Crees que no me preocupan tus problemas?

Por eso hago esto, para desquitarme. Me relaja.

-Para relajarse, se mete uno en un baño de agua caliente,

no se lía uno a pegar berridos.

-¿Y eso quién lo dice? Cada uno se relaja como quiere.

Esto me ayuda a verlo todo más diáfano,

hasta que se recoloquen los problemas.

-Los problemas se recolocan buscando las soluciones.

-Y estas no se encuentran si uno no tiene la cabeza despejada.

¿Sabes qué? Te vendría muy bien ponerte a berrear.

Otro gallo cantaría.

Apúntate al concurso. -Lo que faltaba.

-No le veo en tales derroteros. -Ni yo, pero le vendría de perlas.

-Me voy... antes de que vaya a decir ninguna barbaridad.

-Ramón, por favor, amor mío, no te enfades así.

-Déjelo, déjelo, si se le pasará.

-¿A ti te parece mal que me presente? -¿A mí?

No, en absoluto, si yo también voy a asistir.

-¿Vas a ser mi contrincante?

-(NIEGA)

El juez.

Me lo pidió Lolita.

-El juez, ¿eh? Vamos, que el concurso es pan comido.

-No, no, no, no.

Nada de favoritismos.

Voy a ser imparcial e implacable,

así que ya puede ir practicando, he oído un par de gallos.

Sí. -Oye...

Una par de gallos, dice.

(CARRASPEA)

(CARRASPEA)

Es precioso.

¿Verdad, Diego?

-Tan precioso...

como será el niño.

(Puerta)

-¿Esperas a alguien?

-No.

-Vaya, no la esperaba tan pronto.

-Cuanto antes lo solucionemos, mejor, ¿no?

-Siéntese.

Lo primero es saber

de qué conoce a los vecinos de Acacias.

No entiendo su resistencia a contarlo anoche.

-No, resistencia ninguna.

Estaba cansada, no me apetecía excederme en tanta explicación.

-Soy todo oídos.

-Lo único que ha de saber es que yo viví en ese barrio.

-¿De verdad?

-Fui criada de los Palacios.

-Qué casualidad,

sus oponentes en la negociación sindical.

-Casualidades de la vida.

Otro día le contaré. ¿Podemos ir al grano?

-Directa. -¿A qué andar con rodeos?

-Muy bien.

Dispare. -Queremos la aprobación

de la jornada de nueve horas. -Diez.

-Los franceses lo han conseguido. ¿Por qué íbamos a ser menos?

-¿Qué más?

-Un aumento considerable del salario.

-O una cosa o la otra. -¿Por qué? Ambas son justas.

-Porque el aumento está implícito en la reducción. Nueve horas...

y los salarios como están. -Como están, están muy mal.

¿Por qué íbamos a aceptar?

-Porque les interesa.

-A quienes les interesa es a los propietarios.

¿Quiere más ceses en la actividad?

¿Que siga cerrada? -¿Quiere que empiecen los despidos?

¿Que muchos se vayan a la calle?

Yo también sé jugar a las amenazas.

-Veo que esto va para largo.

-Esto acaba de empezar.

Pero tengo toda la paciencia del mundo.

-Y yo también.

Qué gran noticia: una tertulia en La Deliciosa.

Seguro que esto no se nos llena. -De gente muy, muy lista.

Así que cuidado con lo que sueltas por tu boca.

-¿Cómo que lista?

-Pues que sabe leer, así que sabe de todo un poco.

-¿De todo qué es?

-Ciencia, política, arte, cosas sociales.

Gente erudita, como Leonor.

-Ay, Dios mío, como se pongan todos a preguntarme sobre César Cervera.

-Ya se te ocurrirá algo para salir airoso.

-Algo, ¿como qué? -¡Y yo qué sé!

Échale imaginación, que tienes mucha dentro de esa cabezota tuya.

-Eh... (CARRASPEA)

¡Ah, lo tengo!

¿Sabes qué haremos?

-Sorpréndeme.

-Si alguien nos pregunta algo cuya respuesta no sabemos,

diremos que tenemos que ir a servir para atender como es debido.

-Bien pensado, por algo somos camareros y no intelectuales.

-Recibiremos a los más ilustres contertulianos de la ciudad.

Las cosas empiezan a salir bien.

Voy a colocar la terraza.

Me han informado del evento que van a celebrar aquí hoy.

A ver si no la hacen quedar mal.

Sus amigos son gente muy importante.

-¿A santo de qué la íbamos a hacer quedar mal?

-¡A santo de la fama que tienen! Que se la han ganado.

-¿Se puede saber qué fama es esa? -Fama de envenenadores.

-Eso fue algo puntual, muy señora mía.

-¡Si usted lo dice! -Lo digo yo y lo va a comprobar.

Vamos a atender a esos amigos y se van a quedar boquiabiertos

con nuestro servicio. -Eso querría verlo yo.

Un consejo:

no sirvan ese chocolate espantoso que hacen ustedes.

-Uy, perdón...

No me había dado cuenta.

-Seguro. Será que tiene la misma maña para barrer que para cocinar.

-¿Qué quería esa señora? -Incordiar.

Oye, ¿quiénes vamos a servir a toda esta gente?

No podemos darle chocolate a la competencia,

no nos va a salir a cuenta.

¿Dónde está el libro de recetas que nos prestó Leonor?

-¿Para qué quieres el libro de recetas?

-¿Para ver cómo se hace un chocolate?

-¿Quieres darle chocolate a esos intelectuales?

-¿Y qué si no?

-Regaremos esa tertulia con otro tipo de bebidas más espirituosas

y más rentables.

-Ahí te quiero ver.

-Tenemos una gran oportunidad, no la podemos desperdiciar.

Te digo que no, Trini.

Lo del concurso de gritos debe acabar.

Es un incordio para los vecinos del edificio.

-A ver, ¿quién se ha quejado?

-Pues todo el mundo en general y doña Úrsula en particular.

Antes,

en el portal.

Os lo advertí.

No le iba a gustar. -Bueno, muy bien.

¿Y qué te ha dicho esa bruja?

-Es una bruja, pero ahora tiene más razón que un santo.

-Bueno... -Que los gritos de Servando

le llegan lejanamente, pero tú eres su vecina del principal.

Está que echa humo.

-(RÍE)

-Trini, por favor, no te lo tomes a chanza.

-(RÍE)

Está bien, no más gritos.

Solo los del concurso, que es después de la misa por Adela.

-Vas lista si crees que Úrsula lo va a permitir.

Subirá al altillo y os sacará a mamporrazos,

si hace falta.

-Tendrá que gritar mucho más que nosotros si quiere entrar.

-No la subestimes. -(RÍE) No lo hago.

No dudo que se quede con la primera posición.

Bueno, y hablando de todo un poco...

¿Tú cómo estás?

-¿Cómo estoy de qué?

-De lo de Huertas.

Que supongo que te supo a cuerno quemado

verla aparecer en el cóctel.

-Pues... estoy intentando no pensarlo, pero...

-Pero ¿qué?

-(SUSPIRA) ¿Tú la viste?

-Sí.

¿Y qué?

-Que estaba guapa,

vital, como con luz.

-Celia, por favor, tú tienes muchísima luz.

-No sé, Trini.

Sé que Felipe ha cambiado, pero...

Me sentí pequeña a su lado. -¡Acabáramos! Por favor...

Pero ¿qué chaladura es esa?

No puedes hacerte de menos ante ella.

Y tú lo has dicho: Felipe ha cambiado.

(CARRASPEA)

-Veo que he interrumpido algo.

-Uy, no, no, en absoluto. Estamos aquí hablando... de nada.

Una conversación vacua, sin importancia.

Pegando a la hebra. Me marcho,

me debo preparar para la misa.

A más ver. -Con Dios.

-Yo... también tengo que prepararme.

-Celia, espera.

Quiero hablarte de algo y no quiero que evites el tema.

Sé que mis palabras no servirán de mucho

y que tendré que demostrarlo con hechos,

pero te lo juro por lo más sagrado que nada sentí al ver a Huertas.

Y mi corazón solo lo puede ocupar una sola mujer.

-Y supongo que te refieres a mí.

¿No?

-No soportaría volver a hacerte daño.

Te amo, Celia.

Te amo mucho.

-Todo está bien, cariño.

Todo está bien.

Tenga, póngaselo.

-Ya llevo uno. Póngase otro.

-No está de más llevar dos en misa de difuntos.

-No soy hombre de lágrimas.

No se confunda.

Estoy muy arrepentido de lo que pasó con Elvira y con Adela,

pero me han educado para evitar los sentimentalismos.

-No es para usted el pañuelo, señor.

Alguna señora podría necesitar de su gentileza.

Y está bien que esté pendiente de ofrecerlo,

si la ocasión lo requiere. -Tiene razón. Gracias.

Aunque no creo que ninguna de esas señoras

aceptara mi gentileza. Me tratan como a escoria.

-Lo sé, señor.

No sabe lo muy injusto que me parece.

Usted no merece ese trato.

-No sabría yo qué decirle.

Hágame un favor. -Lo que desee.

-Saque este baúl de aquí mientras estoy fuera.

Cuando vuelva, no quiero verlo.

-¿Se ha rendido en la búsqueda de la señora?

-Es como si se la hubiera tragado la tierra.

No estaba en la dirección que usted me facilitó.

Aunque viniendo de la sastra, puede que fuera falsa.

He hecho algunas indagaciones.

Y he encontrado unos señores Reyes

censados en París. -¿Y?

-Les he escrito un telegrama. Son familiares de Silvia,

pero hace mucho que no saben de ella.

-La señora aparecerá cuando menos se lo espere.

No pierda usted la esperanza.

-Ojalá tuviera razón.

Pero no quiero autoengañarme.

He de hacerme a la idea de que no la veré nunca más.

¿Cómo pueden ponerse estas señoronas vestidos tan incómodos?

No les pica la piel con tanta media y tanto leotardo.

-Solo son medias, mujer, que pareces una niña salvaje.

-¿Que son solo medias? Ya me gustaría verte con esto puesto.

Además de los pololos, las enaguas, los botines...

Por no hablar del maldito corsé.

¿Por qué hay que ponerse tantas cosas?

-Porque lo dicta el protocolo

y es lo que hacen las mujeres de bien.

Adecéntate, van a llegar los invitados.

-Buenas tardes tengan ustedes. -Leonor.

Pase, por favor.

Está usted en su casa.

Pida por su boquita, atenderemos gustosos sus deseos.

-Gracias, Flora,

pero no es necesario. -Eso digo yo, ¿a qué viene

tanto melindre? Ella es una más.

¿Desea tomar algo?

¿Puedo servirle algo antes de que lleguen los invitados?

-Igual nos esperamos un rato.

Venimos de refrescarnos el gaznate en otro lugar.

Estábamos trabajando en la novela sobre la vida de su padre.

-¿Qué novela? Ya no hay novela.

-Pero qué cosas tiene, don Íñigo. La... la novela.

Es solo que se ha retrasado un poco. No sea catastrofista.

-¿Me estoy perdiendo algo, Leonor?

-(CARRASPEA) ¡Miren, por ahí llegan los invitados!

Ledesma, pero qué alegría verle. Pase.

Pasen. ¿Cómo lleva su novela

inspirada en la vida y obra de Galdós?

-A mí también me gustaría saberlo, sea lo que sea un "Galdós".

A propósito, ¿qué es?

-(RÍE) Es un escritor.

Escribe personajes parecidos a usted.

-A mujeres bonitas se referirá. -Sí, y con desparpajo.

Para muestra, Fortunata. -¿Y quién es esa?

¿Es vecina del barrio?

(TODOS RÍEN)

-Pero ¿qué he dicho? -Anda, calla.

Señores, bienvenidos a "La Deliciosa".

Cuando quieran, empezamos con la tertulia.

(AFÓNICO)

-¿Afónico?

¿Y por qué si no hace frío?

-(SUSURRA)

-Lleva tanto tiempo ensayando el grito

que se ha quedado sin voz.

-Ah, lo cual significa que no puede concursar, ¿no?

-¡"Endeluego," que hay que jeringarse!

Yo sabía que iba a ganar, y ahora no tengo oponente.

-Tenerlo lo tienes, Casilda.

Lo que "pa" es que tu oponente se ha "acobardao".

Sí, Servando.

No me mire así,

que aquí todos sabemos que tiene miedo a enfrentarse

a la Casildilla.

-(SUSURRA)

-Que eso no es verdad, que... -¡Pamplinas!

Cobarde.

Cagueta.

¡Gallina! -(GRITA) ¿Qué me estás llamando?

-(RÍE) ¡Lo sabía! ¡Es usted un mentiroso!

-Pero, Servando, inventarse una afonía...

-No quería perder esos dineros.

-Ah, pues no habérselo jugado.

-Me lo jugué en un acto de bravuconería,

pero después me arrepentí.

Que esos dineros son para comprarle un regalo a mi Paciencia.

-¿Qué hago? No le puedo decir nada a doña Rosina.

Bastante tiene ella con lo del yacimiento.

-Y mi primo, que ha estado entrenándome...

-Pues mucho me temo... que el concurso se da por cancelado.

-¿Cómo? ¿Cancelado? ¿Y eso por qué?

-De eso nada.

-Doña Trini viene a participar. -¿Usted?

-Sí, yo misma.

Me enfrentaré a ella y pondré el dinero.

¿Algún problema? -Pues que le va a dar una paliza.

-Primito mío, primito mío...

Discúlpenos un momento, vamos a hablar una cosa.

Mira, yo no estoy tan segura de eso que tú dices.

-¿Cómo que no? Si es una señora. -Sí, pero de Cabrahigo.

Es más de pueblo que los ratones coloraos.

-¿De verdad? -Que sí.

Además, no anda mal de gritos.

Y lleva un raro practicando. Le ha "escuchao" el edificio entero.

-¿Te vas a acobardar ahora?

¡Si te merendabas a todos los mozos y no tenías ni cinco años!

¿A qué el miedo?

-Tienes razón.

Está bien.

Acepto.

Pero con una condición.

Desembucha, Casildita.

Que me deje usted un par de horillas para... ensayar.

Es que antes mi contrincante era el Servando, pero ahora...

Ahora es distinto.

-Está bien, unas horillas.

(ESCUPE) ¿Trato hecho?

-(ESCUPE) ¡Trato hecho!

(RÍEN)

¿Habéis visto a don Felipe en la misa?

No sé lo que le ha podido dar a ese hombre con el coronel.

¿Es que no tiene dignidad?

¿Y a ti qué te pasa, cariño?

-Nada, ¿por?

-Has tenido la ocasión de criticarle

y la has desaprovechado; eso me preocupa.

No te habrás puesto enferma... -No, claro que no.

Pero estoy preocupada.

Desde ayer no me entra aire en el pecho.

-A mí tampoco he de reconocerle.

-¿Y eso es por Huertas?

-Es lista y peligrosa, no la conoces.

-Diego también lo es. -Desde ayer estoy barruntando algo.

-¿El qué?

-¿Y si la revuelta de los obreros es una venganza de esa arpía?

-¿Una venganza? ¿Contra quién?

-Contra usted. Si mal no recuerdo, no salió bien parada de su casa.

Trini la despidió. ¿Me equivoco? -No se equivoca.

Apoyamos a Felipe y a Celia en aquel desaguisado.

-Ahí lo tiene. Viene a por su venganza.

Y me la voy a tener que comer.

No quiero ni pensar de lo que es capaz.

-Creo que está sacando las cosas de quicio.

-Ni un poquito de nada.

¿Cómo puede ser tan ingenuo? ¿Acaso no lo ve?

-No creo que una sola mujer

utilice el poder que le ha dado esa gente para dirimir

venganzas personales. El futuro de esos obreros

depende de su buen talante

en las negociaciones. -Eso a ella le da igual.

¡Es mala como la tiña! (SUSPIRA)

-Hemos de confiar en que venga en son de paz.

-No confío ni en mi sombra. Y menos en esa malcarada.

Y menos en los sindicatos, de por sí son calaña.

-Estoy de acuerdo con don Ramón, estás dramatizando

en exceso. -¡Me da igual lo que digáis!

Yo sé lo que me digo.

Esa nos trae la ruina.

Es el fin del yacimiento; si no, al tiempo.

Se llama Georges Méliès, la película: "Le Voyage dans la lune".

¿No la han visto?

Es una cara animada de la Luna,

que se ha golpeado en el ojo con un cohete.

Alucinante, deben verla.

-Se nos ha echado la noche encima.

Ya es hora de ir guardando el té y los bollos...

y de sacar alguna otra bebida

con sustancia, ¿no creen? -Aplaudimos la iniciativa.

-Tiene buen "bouquet".

-Pues mejor sabrá.

-(SABOREA) Es fuerte, pero está exquisito.

¿Qué es?

-Todo a su debido tiempo.

Por ahora, disfrútenla. ¡Invita la casa!

-¿Cómo que invita la casa? ¿Esto no iba de ganar reales?

-A la presa hay que cebarla antes de cazarla.

Y todavía queda mucha noche por delante.

Confía en mí.

Doña Trini, ¿de verdad?

(RÍE) Uy, uy, uy.

-Tal y como os lo cuento.

Doña Trini retó a la Casilda, y delante de mí

cerraron el trato.

-Yo no me jugaría los cuartos con doña Trini.

-Gracias, Fabiana. -Eso "mismico" le dije a la Casilda.

Pero "pa" chasco que no me hizo ni caso.

Ahora, doña Trini berrea como un jabalí, ya lo verá.

-Carmen, ¿qué ha hecho? ¿Está ciega?

-¡No, muy cuerda que estás! ¡Lo ha hecho a propósito!

-Se me ha caído. ¿O no lo ha visto?

-Hay paz. Señoras, no perdamos las compostura.

-Veo que las cosas no han cambiado mucho por aquí.

-¡Madre del amor hermoso! ¡Huertas! ¿Qué haces aquí?

(RÍE)

Qué alegría.

-No nos engañemos, don Felipe.

Los vecinos nunca volverán a aceptarme.

-Todo el barrio ha acudido a la misa. Eso es una buena señal.

-Sí, pero lo han hecho por ella, no por mí.

Nadie cree en mi arrepentimiento ni en mi buena voluntad.

-Es de entender

que necesiten su tiempo. Lo que hizo no es fácil de olvidar.

Y no lo digo solo por Adela.

¿Debo recordarle lo que le hizo a doña Susana?

Destapó su secreto de una forma innecesariamente cruel.

-Quería que esa mujer y su hijo se marcharan del barrio.

Simón y Adela le estaban haciendo mucho daño a mi hija.

Yo no lo soportaba. -¿Y más tarde?

¿Cuando su hija y Simón ya estaban juntos?

-¿Cómo iba a consentir que se marchara

con el hombre que le había hecho más daño?

-Ellos se querían, por mucho daño que se hubieran hecho mutuamente.

-Elvira quería a Simón incondicionalmente,

pero él a ella no. No al menos como ella se merecía.

-Me temo que ningún hombre hubiera sido perfecto para su hija.

-Una hija siempre es perfecta para un padre.

-No hay hombre sobre la faz de la tierra

que esté a la altura de tal perfección.

-Puede que tenga razón.

-Gracias por la copa. Será mejor que me marche.

-No, gracias a usted por la conversación.

Siempre es bueno compartir cuitas con un amigo.

-Coronel, por mucho que los vecinos le den la espalda,

en mi casa siempre tendrá usted su casa.

-Gracias, don Felipe.

-Con Dios. -Con Dios.

Hijo, ya ha pasado un buen rato

desde que me han puesto la última inyección

de ese reconstituyente.

No sé a qué esperan para dejarme ir a casa.

-Será que el médico está esperando al resultado de las pruebas.

-¿Por qué tanta prueba? Cada día me siento mejor.

Voy a ir a hablar con el médico. -Padre, ¿qué hace?

No haga movimientos innecesarios. Yo hablaré con él.

-Hombre, ya está aquí usted, doctor. Pensaba que se había olvidado de mí.

-Lo lamento, don Jaime. Esperaba al resultado de las pruebas.

Puede irse, todo está bien.

-Si lo sabía yo antes de venir. Cada día me encuentro mejor.

Y ahora podemos constatarlo gracias a este examen.

-Iré a avisar un carruaje para que nos lleve a casa.

Don Jaime, hay algo más que he de decirle.

-¿Algo más? Si acaba de decirme

que todos los resultados de mis pruebas son buenos.

-Los suyos sí, pero quería hablarle de los de su hijo, de Diego.

Tres, dos, uno...

-Camarero, otra ronda. -¡Marchando!

Esta va de su cuenta. ¿Estamos?

-Por supuesto.

-Tengo otros licores igual de exquisitos,

pero que no se pueden encontrar en cualquier sitio.

Y tengo hasta... puros de importación,

si gustan de fumar habanos.

-¿Qué? -Gustamos, sáquelos.

Y, Flora, sírvanos usted, que tiene más gracia.

(RECITA) "¡Quién me diera un sorbo de vino,

largo tiempo refrescado en la tierra profunda,

sabiendo a "Flora" y a los campos verdes,

a danza y canción provenzal y a soleada alegría!".

Señores, por la poesía y las bellas damas.

-¿Está sirviendo a mis amigos productos de contrabando?

-Culpable. -Ah...

Y lo dice así, sin más.

Leonor,... en la vida hay ciertos manjares

que están restringidos,...

pero manjares son.

¿Por qué no se relaja, aunque sea por un día?

-Tenías razón en todo, solo había que esperar.

-Por fin estamos haciendo lo que sabemos hacer.

Ve a cerrar, no queremos testigos.

-¿Qué está pasando ahí dentro?

¡Abridme!

¿Qué está pasando ahí dentro?

Sé que estáis ahí.

Esto es indignante.

-Tía...

¿Se puede saber qué le ocurre? No trae muy buena cara.

-Vengo de La Deliciosa. No me han querido abrir.

-Tal vez han cerrado ya. -Me da igual.

Quiero saber lo que está ocurriendo.

-Ese negocio ya no está en manos de nuestra familia.

Víctor lo vendió. Ahora pueden hacer lo que quieran.

-Naranjas de la China.

Averiguaré lo que se traen entre manos,

como que me llamo Susana, viuda de Séler.

¡Hombre!

Pero ¿qué pruebas son esas? ¿Cuándo se las ha hecho Diego?

-¿No sabe nada de su enfermedad? -¿Qué enfermedad?

-Quizá yo no deba decirle nada.

Quizá sea mejor que sus hijos se lo expliquen.

-No, doctor.

Usted me va a contar con pelos y señales

lo que le pasa a mi hijo, y lo va a hacer ahora.

-De acuerdo.

Pero ruego que se prepare.

Lo que voy a decirle no es fácil de asimilar.

Arrea, ¿eso qué es?

Pues es una máscara, para el baile de disfraces.

No sé, ¿quién sabe?

Lo mismo allí encuentras al amor de tu vida.

O sea, que voy a tener que taparme el rostro

para que una mujer se atreva a acercarse a un servidor.

-Oh, nones, primo, no es eso.

"Agradecío" por los esfuerzos,

pero uno ya ha renunciado a encontrar a su media naranja.

No, no, no, no insista. No, deje de insistir.

Me quedaré hasta el baile para pasar un buen rato, y nada más,

aprovechando que embozado nadie me va a reconocer.

¡Epa ya!

(AMBOS RÍEN)

-Pero bueno, primo,

¿cómo no te van a reconocer con semejante berrido?

Mírales, tan serios que parecían, y beben como esponjas.

-Tan solo hacía falta animarles un poco.

-Nos hemos pasado, no va a haber quien les acueste.

Se van acabar bebiendo hasta el agua de fregar.

-A mí no me importa, siempre que se la cobremos.

Que no decaiga la fiesta.

-Descuida, pensaré algo para entretenerles.

¿Esperas a alguien?

Huertas, no te he visto bajar. -Natural.

Yo bajo por la escalera de servicio.

Cada uno por la que le corresponde.

-Celia, ven.

"¿Cuándo va a empezar? Tengo un montón de labor".

-No me diga que está deseando empezar a faenar.

-¿Quién te ha dicho que voy a faenar? Para eso está Martín.

Yo dirijo, que es lo complicado. -A ver,

como juez del primer concurso de gritos de Acacias 38

os pido atención.

-Qué piquito de oro tiene.

-Por favor, las participantes, ocupad las posiciones.

Espero que se rijan según las leyes del honor

y nos hagan disfrutar de un inolvidable lance.

Ganará quien grite con más fuerza.

¿Están preparadas para gritar como auténticas bellacas?

-Sí.

"Sospecho que esta misma tarde"

volveré a ver a la señorita Reyes.

-¿Ha conseguido dar con ella?

-Lea esta noticia.

-¿La del torneo de florete en el ateneo?

-Será esta tarde.

Uno de los contrincantes firma como S. Reyes.

-¿Cree que puede ser ella? -Es algo más que una sospecha.

-Pero ¿cómo es posible? ¿Una mujer en la sala de armas?

¿No tenían restringido el acceso? -No hay prohibición que la detenga.

¿Por qué habéis intentado ocultarme la verdad?

¿Por qué nadie me ha dicho

que Diego estaba intoxicado de mercurio?

-¿Cómo se ha enterado usted?

-Ayer me quedé tan impactado

que me fue imposible articular palabra.

-Tratamos de ahorrarle sufrimiento,

como todo ya había quedado superado...

No me importó arriesgar mi vida

con tal de salvar la suya. Y ya ve...

cómo él me pagó el sacrificio.

Ya le he contestado, padre,

ahora le toca a usted.

¿Quién le habló de dicho asunto?

-"Huertas, no la habíamos oído entrar".

-Ya me he dado cuenta de eso.

Lamento interrumpir, ya volveré en otro momento.

-No, por favor, quédese.

-Es usted bienvenida.

¿Puedo ofrecerle algo de beber? -Le agradezco tamaña amabilidad.

Nadie diría que vengo a encarar una ardua negociación.

-Lo cortés no quita lo valiente. -Así es.

Y tampoco tiene por qué resultar tan ardua como teme.

Somos dos personas sensatas.

Seguro que hablando terminaremos por entendernos.

-Me agrada escucharlo.

Esa no suele ser la actitud de los patrones.

-He de confesarle que hoy me encuentra

de un humor excelente.

Si es hábil, sabrá sacar provecho en la negociación.

Temple, coronel.

Parece más nervioso que los contendientes.

-Cuidado, no deje que me arrepienta de permitir que me acompañe.

-Solo trataba de relajar el ambiente. -Perdón.

-Ha generado mucha expectación el combate.

Hay mucho curioso.

-No es para menos, es la final del torneo.

Y ya va a empezar. -Ahí viene el otro tirador.

-Ahí está.

-No me equivocaba, es Silvia Reyes.

-"No tenga tanta urgencia".

Llevamos el mismo camino.

Voy a ver a su señora.

-¿Por qué motivo?

¿Qué se trae entre manos? -Eso son cuitas entre su señora y yo.

No debería ser tan curiosa.

Ya sabe lo que le pasó al gato.

-La señora no está. Si quiere, me dice a mí y yo le doy el recado.

-Buen intento.

Solo le dirá que pasaré a verla esta tarde.

Estará muy interesada en escucharme.

El torneo va a resultar apasionante.

Los dos son dignos finalistas. -Sí.

-Pero Silvia destaca sobre su rival.

-Eso si finalmente es ella. -Lo es.

Mire cómo maneja el florete.

  • Capítulo 700

Acacias 38 - Capítulo 700

14 feb 2018

La cena que organizaron Diego y Blanca termina con la llegada de Huertas, que no es bien recibida entre los vecinos. Felipe se da cuenta de la incomodidad de Celia. Leonor se apiada de los chocolateros y les ofrece organizar una tertulia literaria en La Deliciosa. Íñigo y Flora aprovechan la situación para sacar licores y tabaco de contrabando. La tertulia pronto se anima y acaba siendo una fiesta. Leonor se da cuenta de que Íñigo le gusta. Las negociaciones sobre el yacimiento van viento en popa entre Diego y Huertas. Servando finge afonía para librarse del concurso de gritos y Trini le sustituye. La situación en el altillo se tensa cada vez más entre Fabiana y Carmen. Arturo, que ya se había rendido en su búsqueda de Silvia, descubre que la mujer va a participar en otro torneo de florete en el Ateneo. El doctor Briz tiene una mala noticia para Jaime: él se encuentra perfecto de salud, pero Diego ha recaído en el mercurialismo y le quedan semanas de vida.

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  1. Peg

    Una novela con mas de 1000 capitulos donde se ha visto...

    15 feb 2018
  2. Nuca

    Me encanta la serie. Me tienen enganchada día tras día. Yo creo que lo están haciendo todos fenomenal, desde los guionistas hasta los actores. Estoy deseando que Carmen salte ya y destape a Úrsula y sus maldades. Alguien le tendrá que poner en su sitio no? Porque se sale siempre de risitas y me pone enferma jajajaja me intriga saber quiénes son en realidad Iñigo y Flora...íñigo hace muy buena pareja con leonor, la pena es que siempre estén tirando de infidelidades para los amores más bonitos.....formentar que el fin justifica los medios...desvirtúa el amor y lo hace caprichoso y vanal...

    15 feb 2018
  3. Sara Shamli

    Ahora con la aparición de Huertas menos le vamos a ver el fin a esta novela que va perdiendo su "calidad". No puedo creer que Lolita continue trabajando de sirvienta con el bv de los Palacios y Blanca e Iñigo (que me gusta más que como actúa Samuel) sean aceptados y recibidos con grandes sonrisas y besos entre los vecinos como si en realidad estuvieran casados. En fin haber si ya le van poniendo fin a esta tragicomedia por que con la llegada de Huertas y las miraditas entre el chocolatero y Leonor parece que va para largo. Y ni hablar de los planes de Ursula.....

    15 feb 2018
  4. Lulu

    Que pasa con el padre de Iñigo?

    14 feb 2018
  5. Saro

    Lo primero, ¡Felicidades por esos 700 capítulos! y esperamos que sean muchos más. Hoy me ha parecido un muy buen capítulo, con escenas que me han gustado y donde, los actores que han intervenido en ellas, han podido demostrar su valía. Cómo trata D. Jaime de hacer entender a Samuel que no debe seguir odiando a su hermano y cómo llega Ursula a reforzar su plan con el pequeño de los Alday. Cómo reciben los vecinos a Huertas y el primer contacto que ésta tiene con Diego, mostrándole sus exigencias, el enfrentamiento de esos dos caracteres va ser interesante de ver. La preocupación de Celia por la llegada de la sindicalista es totalmente comprensible, yo también tendría mis dudas con los antecedentes de Felipe. Creo que los nuevos chocolateros se han metido en un lío, sobre todo, teniendo a Dª Susana siguiéndoles los pasos. Las conversaciones entre Felipe y el coronel me gustan y cómo éste, hombre tan hermético hasta ahora, expone sus sentimientos no solo a Felipe sino también a Agustina, aceptando incluso el ofrecimiento que le hace de un pañuelo y el por qué, todo ésto hubiera sido impensable en este hombre. Mis felicitaciones a todos y, especialmente, a Carlos Olalla (genial como siempre), Montse Alcoverro y Juan Gareda (a los que no "soporto" por malísimos), Amparo Fernández, Marc Parejo y Manu Regueiro (grandes). Gracias a TODOS los que habéis intervenido por un trabajo tan impecable.

    14 feb 2018