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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 690 - ver ahora
Transcripción completa

¡Arre!

"¿Ya se marcha?".

Pensé que íbamos a hablar sobre mi papel en la asociación.

-Ahora estoy muy fatigado.

Ya trataremos ese tema en otro momento.

-"Muchas gracias por su visita". Esperamos verla pronto.

-Es una pena que no abran la chocolatería todavía.

-Pues sí, ya ve.

-"Había pensado en proponerme como abogado

de la asociación de patriotas". Creo que podría ser de mucha ayuda

en la administración de los donativos que reciben.

-Sí, su experiencia sería valiosa.

Pero la asociación está formada solo por militares.

Usted, como civil, no puede participar.

-"No puedo tirar la toalla".

Valverde es la vía para llegar hasta Zabala

y conseguir mis aspiraciones políticas.

-"Podrías haberte marchado"

para no volver. -No, no podía marcharme.

Y dejar que te convirtieras

en la persona que no eres.

Y que le hicieras daño a ella. -Fuisteis vosotros

quien me empujasteis a eso. -Samuel,...

cruzaste una línea y tú lo sabes.

Te he hecho este faldón.

No quiero que te falte de nada cuando nazca el niño.

"Pronto empezarán las habladurías en el barrio".

La gente comentará lo sucedido...

y tú... deberás asumir que quedarás como el esposo

traicionado.

-Supongo que eso es exactamente lo que soy.

-Y así es como has de presentarte.

Haber encerrado a Blanca...

te ha puesto a todos los vecinos en tu contra.

Y nos interesa más tenerlos

de nuestro lado.

-"Tú eres quien me ha atado a esta vida".

Y ahora mi vida eres tú.

-Yo también me habría apagado de no ser por ti.

Ahora mi corazón vuelve a latir con toda su fuerza.

Diego, quiero que esta noche no termine nunca.

-Esta noche va a ser la primera de muchas, Blanca.

Este es el comienzo de una nueva vida.

Juntos para siempre.

Se está aficionando mucho a este barrio.

-He encargado un traje a una sastrería cercana.

Una mujer muy amable, doña Susana, y muy profesional.

¿Cómo terminó la cena?

¿Consiguió contentar al general? -Supongo que sí,

se marchó con una cartera repleta de duros.

¿Va usted a cruzar sola por la noche este parque?

-No veo por qué no.

-Es usted una mujer muy decidida. Me agrada.

-¿Le agrada o le sorprende?

-Más bien me intriga. Una mujer bien instruida,

inteligente, de excelente esgrima

y con gran sentido patriótico no se encuentra a menudo.

-¿Le parece que son atributos poco femeninos?

-Compréndame que es la primera vez que me derrota una mujer.

-Y le aseguro que no va a ser la última.

-Eso ya lo veremos.

Me barrunto que ha tenido usted una vida de lo más intensa.

-Pues sí.

Pasé mi juventud en la Micronesia española.

Mi padre, el general Reyes, era gobernador en Palaos.

-Ah, sí, lo recuerdo. Un noble militar, sin duda.

-Que pasó su vida

luchando por el abandono al que el gobierno del país

tenía sus posesiones en Oceanía.

-Sí, me consta que no mandaban ni tropas ni dinero.

-Mi padre gastó su vida tratando de mantener el control en aquella isla

y cuidando de los nativos.

Quizá por eso yo decidí no casarme...

y ayudarle en su labor.

-Ardua tarea. -No lo dude.

Por esa razón mi padre me educó como si fuera un chico.

Formándome en ciencias, en arte, enseñándome esgrima.

-Pues hizo una gran labor. Poco femenina,...

pero encomiable.

-Todo aquello terminó cuando perdimos las colonias.

Mi padre fue herido en la guerra de Cavite.

Al tiempo murió.

-Supongo que a causa de las heridas.

-Creo que fue la impotencia de no poder

defender aquellas tierras.

Nos refugiamos un tiempo en Palaos,

pero a la postre, la isla fue vendida a Alemania...

y eso acabó con la vida de mi padre.

-Pues debe estar muy orgullosa de él.

Otro héroe olvidado.

Qué injusta es la historia de este país.

-Allí quedó enterrado. En esa tierra a la que tanto amó.

Después regresé a Europa y estuve

un tiempo viviendo con unos familiares en París.

Y luego decidí volver a España.

-Le comprendo perfectamente. Yo también

tuve que abandonar las colonias...

y regresar a escape con mi hija. -¿Tiene una hija, coronel?

Usted guarda sorpresas también.

Pues ahora le corresponde contarme a mí usted su historia.

"Quid pro quo".

-Disculpe, pero ahora debo marcharme.

Se me ha hecho tarde y tengo asuntos que resolver esta misma noche.

Hablamos en otra ocasión.

¿Le busco un chófer para que no vuelva sola a casa?

-No. Sé cuidar de mí misma.

-Bien. -Permiso.

¿Qué haces aquí que no estás a mi lado?

(SUSPIRA)

-Me desperté hace un rato. No quería desvelarte.

Necesitabas descansar.

¿Sabes que estás preciosa cuando duermes?

-Calla, bobo.

(Trino de pájaros)

¿Eso es un mirlo?

-Sí.

Será que se ha enterado que estás aquí y canta de alegría

y contentura. -Eres un zalamero.

-Lo que soy es el hombre más feliz del mundo

porque por fin estás conmigo.

-¿Qué vamos a hacer?

-¿Recuerdas cuando liberamos aquel pájaro

y hablamos de que no todos los animales están hechos

para vivir enjaulados? -Nunca lo olvidé.

Incluso llegué a plasmarlo en aquel colgante que diseñé.

-¿Por qué no hacemos lo mismo? -¿Nosotros?

-En esta ciudad me siento encarcelado, como aquel pájaro.

-No podemos marchar. -¿Por qué no?

Esto me parece una cárcel, Blanca.

-¿Esta casa?

-Acacias.

Nunca podremos pisar la calle sin miedo a que nos vea mi hermano,

que su mirada nos martirice.

O que Úrsula nos alcance para hacer sus maldades.

-¿Y dónde podríamos ir?

-A Sídney.

-¿Sídney? ¿Australia? -Sí, muy lejos de aquí.

Lejos de la mirada de mi hermano, de la mano larga de Úrsula

y de la gente. -Ya, pero ¿dónde?

-Nueva Gales del Sur, Australia. -¿Australia, de verdad?

-Una zona que fue presa de la fiebre del oro.

Un lugar maravilloso y absolutamente increíble.

-¿Qué tiene ese lugar de increíble?

-Está lleno de naturaleza.

Animales extraños.

Y rodeado de un océano enorme.

Y poco a poco se está convirtiendo en una ciudad moderna,

llena de diversión.

-Parece un cuento de hadas. -Pues es todo verdad.

-¿Y mi embarazo?

-¿Qué pasa con él?

-¿No es una temeridad marcharnos a la otra parte del mundo?

-Hay médicos, hospitales y gente buena que nos ayudará, como aquí.

-Tu padre.

-Él no va a mejorar, Blanca. Nos quedemos aquí o no.

Además, ni siquiera sé si Úrsula sería capaz de utilizarle a él

para hacerme daño a mí.

Cuanto más lejos estemos, mejor para todos.

Solo el tiempo y la distancia nos permitirán regresar aquí

sin que nadie nos haga nada.

-Haremos lo que tú quieras.

A tu lado todo me parece posible.

-Pues hagámoslo.

Y cuanto antes, mejor.

(Estruendo)

¿Se puede saber qué haces?

-Intentaba ver cómo funcionaba el horno.

-¿Y? -Que me he quemado tres veces.

Y buscando el agua para apaciguar el olor, he tirado los cacharros.

-A ver esa quemadura.

-(SE QUEJA)

-(ESCUPE)

-¡Menuda cochinada! -Listo.

Eso cura las quemaduras mejor que ningún ungüento.

-Y estos trucos, ¿dónde los aprendiste?

¿En la cárcel? -Calla, loco.

¿Te das cuenta del problemón que tenemos?

-¿Hablas de la cafetera? -Sí.

De la cafetera, del horno y de todos los aparatejos que hay aquí,

y que no sabemos cómo funcionan. -Dímelo a mí,

que llevo dos horas tratando de ponerlos en marcha y no hay manera.

-¿Y qué vamos a hacer?

-No tengo ni remota idea.

-Ya sé. Diremos que se nos ha estropeado la cafetera.

-¿Y los fogones? ¿Y el horno? ¿Se nos ha estropeado todo?

-Sí.

-Brillante.

Y mañana, y pasado mañana, y al otro, ¿qué diremos al otro?

-Ya se nos ocurrirá algo.

-Pues que sea pronto, porque no podemos abrir la chocolatería

y servir solo agua.

(Llaman a la puerta)

-Ay, qué cansinos.

Entretenle mientras yo me cambio de ropa.

-Buenos días tenga usted, señorita. -Buenos días.

¿Ya han abierto la chocolatería?

-Estamos haciendo algunas remodelaciones

para ponerlo todo a nuestro gusto.

-Estupendo.

He de llevarme una empanada. -Empanada no tenemos.

-¿Unos suizos? -Tampoco.

-¿Cómo no puede tener suizos?

-El repartidor se ha puesto enfermo y no hay género

para hacer los postres.

-Vaya. Un café, pues.

-Se nos ha estropeado la cafetera.

-Pues un chocolate.

-Se nos ha acabado. -¿El chocolate?

¿En una chocolatería?

Bueno, da igual.

En realidad, no he venido a llevarme nada.

-¿A qué ha venido?

-A hablar con usted.

-¿Conmigo?

¿De qué? -De su padre.

Y de todas sus hazañas. -Mi padre.

-César Cervera,...

el famoso explorador y antropólogo. Es que quiero saberlo

todo sobre él, todo.

¿Cómo logró ser socio fundador de la Sociedad Antropológica de Londres?

¿Y es cierto que hablaba

29 lenguas?

Además, también quiero saber cómo logró entrar en la ciudad

de Harar estando prohibida a los occidentales.

-¿Sabe qué? -¿Qué?

-Que no quiero hablar de mi padre, no me apetece.

Y ahora, largo.

-¿Me está echando? -Sí.

No estamos abiertos, ya la avisaremos.

-(RESOPLA)

-¿Y esa chica? ¿Quién era?

-Nadie. Tenía prisa.

Y es por eso, querido primo, que te pido que vengas a la ciudad

como una saeta.

Estos menesteres...

debes resolverlos... dando la cara.

Tu prima que te quiere, Casilda.

-Casilda.

Menudo pieza el Jacinto,

¿quién nos lo iba a decir? -Eso no lo sabemos seguro, Martín.

-¿Y cuántas muchachas más necesitas que lo cuenten?

-A mí eso me da igual.

Lo que no quiero es que mi primo cargue con esa mala fama.

-¿Mala?

Pero si es buena fama. ¿Qué digo buena?,

requetebuena.

-¿Qué hacéis?

-Pues nada, que mi Martín me estaba ayudando a escribir una misiva

para unos familiares. Pero vamos, que ya hemos terminado.

La vamos a mandar ahora.

-¡Uy! Qué desgracia.

-¿Qué? -Uh.

Que se te ha "soltao" un botón. ¿Quieres que te lo remiende?

-No, Lola, deja que ya se lo arreglaré yo.

-Si a mí no me cuesta "na". -Lola, que no.

Que es el chaleco de mi marido.

Y se lo arreglo yo.

Venga, vamos.

(Suena la campana)

-¿Qué haces ya levantada? Tú no has de faenar.

-La costumbre,...

debe ser. ¿Y usted,

ha terminado la tarea que le puse? -Sí.

Aquí está el nombre de Arturo,

tal y como tú me enseñaste.

Y las dos cuentas, aquí. En esta esquinita de aquí.

-¿Sabe lo que le digo?

Que está requetebién, Agustina. Que es usted una alumna "aplicá".

-Mi trabajo me ha costado.

-Le he de decir que, si sigue así,

don Arturo no se va a dar cuenta que es usted analfabeta "perdía".

-A ver cuándo se decide a hacerme la prueba para aceptarme

de forma permanente y para siempre.

-Es que ese hombre es muy raro, Agustina.

-Tengo por norma no hablar mal de mis señores.

Que es la mano que me da de comer.

Pero le aseguro que no comprendo por qué he de aprender las letras.

Soy criada, no maestra. -Tenga.

Los tiempos están cambiando, Agustina.

Ya no es como cuando nosotras

éramos mozalbetes.

Ahora la cosa es bien distinta.

Ahora ya nadie le da importancia a la confianza,

a la lealtad,

a la fidelidad. -Ni a saber llevar una casa.

-Sabias palabras las suyas.

En eso lleva usted razón.

Hay quien hasta se avergüenza de ser criada.

Pero ese no es mi caso,

"pa" chasco que no. -Ni el mío.

Bien orgullosa

me siento yo de llevar mi casa y a mis señores.

Sin nosotras, no son nada.

-Si yo le contara.

Ay, si yo le contara. -Y yo.

Que saqué a mis señores,... que en paz descansen,...

de mil y un apuros.

-¿Sabe usted lo que me ocurrió a mí cuando dejé de ser criada?

Que lo echaba mucho de menos,

se lo juro. Me moría de la pena, y...

de la tristeza.

-Me lo va a decir a mí.

Que es que no sé qué hacer con todo el tiempo libre que tengo.

Es que estoy deseando que suene la campana para ir a aviar un puchero,

o "pa" planchar una colada.

-Ay.

No sabes cómo te entiendo, Lolita.

Yo hace tiempo ya que dejé de ser criada y lo echo mucho en falta.

El quiosco no está mal,

pero no me tiene tan "ocupá" como cuando faenaba en la casa.

-Fabiana,...

¿por qué no le dice a doña Trini

que la admita como, "criá" ahora que a mí no me deja coger ni un mantel?

-¿Tú crees?

-Yo conozco a doña Trini

y, no va a entrar nadie más en esa casa que no sea usted.

-Desde luego, no es mala idea.

Lleva usted el oficio en la sangre.

Pregúntele usted a la señora

de Palacios. -Pues, ya que me están animando,...

tal vez lo haga, sí.

-No lo dude ni una miaja.

Ojalá yo pudiera, Fabiana. Ojalá.

Los periódicos van llenos de noticias sobre las huelgas

que están surgiendo en todo el país. -Sí. Yo también lo he leído.

Es una pena que el gobierno envíe a nuestros soldados a aplacarlas.

-A nuestro ejército siempre le toca la peor parte.

Cuando los del gobierno no son capaces de solucionar las cosas,

envían a nuestros chicos. -Y no es justo.

-No lo es.

Menos mal que está la Asociación de Patriotas,

que sí piensa en esos compañeros que los políticos han olvidado.

-Por cierto, ¿ya saben a qué destinarán exactamente

los fondos obtenidos en la cena que organizamos en mi casa?

-Es lo que decidiremos hoy en la reunión que hay en mi casa.

Ahora tengo que irme. Espero verle a usted entonces.

-Allí estaré.

No sabía que fuese devota

de la Virgen de los Milagros. -No lo soy.

Pero me hablaron bien del oficio de este sacerdote.

Me agrada ir a misa.

Siempre enciendo una vela por mi padre antes de regresar a casa.

-Es un bonito gesto.

-Quizá sea una tontería, pero...

me hace estar cerca de él. -No, no me parece una tontería.

-¿Y usted?

¿Es asiduo a la iglesia de Acacias?

-Soy hombre arreligioso,

pero me temo que no tan devoto como alguno de mis vecinos.

-¿No siente la necesidad de pedir a Dios por nadie?

Por su hija, quizá.

-Disculpe, pero creo que no estoy preparado para hablar de ello.

Por eso a veces me tenso un poco. -No, disculpe

si he preguntado por demás. -No, no me molesta.

Mi esposa falleció hace algunos años

y, desde entonces las cosas no han sido fáciles.

-Entiendo.

Y no tiene por qué contarme más, respeto su privacidad.

-Gracias, Silvia.

No es habitual encontrar a personas discretas por estos lares.

-Pues ha encontrado usted

una similar.

Porque odio los chismes y los chismosos.

Mi padre me enseñó que en esta vida hay que ir de frente.

Dando la cara.

-Como un buen militar.

En fin, si va usted a seguir frecuentando esta iglesia,

volveré a verla por aquí. -Pues mucho me temo que sí.

Lo que faltaba.

La huelga de los yacimientos ya ha saltado a los periódicos.

A ver cuánto tiempo tardan los clientes en venirnos

a hacer preguntas al respecto. Bastante si no los perdemos.

-Descuide, padre, que el oro

siempre encuentra salida.

No es como vender tomates, que se ponen pochos.

-Querido, pásame la tetera, por favor.

-Ay, yo lo haré.

-(GRITA)

¡Mi madre!

Perdone, doña Trini. Perdone.

-No pasa nada, tranquila, hija, tranquila.

No, no,... Tranquila, tranquila. -Lolita, no tienes

que estar en todo, ya no eres criada.

-No me lo recuerde.

-¿Cuándo te vas a relajar?

-Perdone, doña Trini, no quería estropearle el vestido.

Ahora le pego un "fregao" y le preparo uno limpio.

-Vaya, Lolita, tranquilízate, por favor.

Siéntate. Siéntate.

Que no pasa nada. Que ya lo haré yo.

Ahora, una cosa te voy a decir:

tienes suerte de que no esté Luisi. Otro gallo habría cantado.

-Desde luego,...

si le hubieras tirado el té a ella, no me hubiera gustado

estar en tu piel. -Desde el altillo

se hubieran escuchado los gritos.

La verdad es que echo de menos

sus gritos. -Y su mal humor

por las mañanas. -Parece

que estamos destinados a estar separados.

Ahora que vengo yo a Acacias, ella se marcha.

-A mí no me hubiera "importao" prepararle un vestido nuevo.

Que era la muchacha más elegante de toda la calle Acacias.

-Bueno, que no podemos estar así.

(Llaman a la puerta)

Apenas hace un día que se ha marchado.

-¿Cómo le estará yendo el viaje?

-Mi amor, no tienes por qué preocuparte.

¿Dónde va a estar mejor Luisi que al lado de su Víctor?

-Supongo que esas caras son por María Luisa, ¿no?

Mi tía está igual.

Echa mucho de menos a Víctor. ¿Saben que La Deliciosa sigue cerrada?

-¿Cómo puede ser eso?

-Leonor me ha dicho que tienen la cafetera estropeada.

-Yo iré a hacerles una visita, como representante de las cafeteras.

-Liberto,... ¿en qué puedo ayudarte?

¿Qué te trae por aquí de visita?

-Supongo que usted también ha leído

las noticias sobre la huelga.

Rosina está muy nerviosa.

¿Nueva Gales del Sur?

¿Sídney? -Australia.

Diego estuvo un tiempo trabajando allí en unas minas de oro

y dice que es fascinante e increíble.

Y que es una de las ciudades que más se está modernizando

en todo el mundo. -Qué envidia me das, amiga.

-Pero si tú has viajado por un montón de sitios.

-Y, sin embargo, escucharte hablar de esos lugares fascinantes,

y ahora, con la llegada al barrio del hijo de César Cervera,

se me despierta el gusanillo de viajar de nuevo.

-¿César Cervera?

-Es un antropólogo y explorador

que ha viajado por todas las Indias orientales.

Ha llegado donde ningún otro europeo ha conseguido llegar.

Y ahora, su hijo es el propietario de la chocolatería.

-¿De verdad?

-He intentado que me cuente todas las aventuras de su padre,

pero...

bueno, andan muy atareados tratando de poner en marcha la chocolatería.

Ese hombre es... raro, no sé.

Me parece que no le gusta mucho la fama de su padre.

Y yo, que me muero de ganas que me lo cuente todo...

En fin,...

que me alegro muchísimo por ti, Blanca.

-Bueno, quizá cuando Diego y yo estemos instalados en Sídney,

puedas venir a hacernos una visita.

Tal vez cuando lleguen las lluvias.

-Pero ¿tan pronto pensáis iros?

-Ha ido Diego a comprar los billetes.

-¿A qué viene tanta prisa?

-A que... tengo un mal presentimiento, Leonor.

-¿Tú... un mal presentimiento?

Pero si ahora parece que todo te va mejor que nunca.

-Pues quizá sea por eso.

Sé que Samuel parece haber cambiado, pero...

no creo que sea oro todo lo que reluce.

-No te entiendo.

-Que esto no puede ser tan fácil como comprar unos pasajes de barco.

-Quizá sí.

Yo, Blanca, lo que te aseguro, es que...

aunque te vaya a echar muchísimo de menos,

haces bien en alejarte de Acacias.

La gente no ha recibido bien que abandonaras a Samuel.

Y mucho menos llevando un hijo suyo.

-Ellos no saben lo que yo tuve que vivir entre esas cuatro paredes.

-Ya, no. No lo saben.

Y de puertas para fuera, Samuel parece un buen hombre.

-Es que lo es.

Es el sufrimiento el que le hace actuar de forma incorrecta.

Pero yo, ahora...

no tengo fuerzas para enfrentarme a las habladurías.

Si quieren considerarme culpable, que así sea.

De todas formas,...

muy pronto estaré lejos de aquí.

-Y con el hombre que amas.

Después de todo lo que hemos hecho por ellos,

¿nos lo pagan poniéndose en huelga?

-Los tiempos están cambiando, Rosina.

Los obreros exigen derechos.

Y hay que escucharlos, negociar con ellos.

-Naranjas de la China, lo que quieren es arruinarnos.

Y lo están consiguiendo. Cada día que pasa perdemos dinero.

(Llaman a la puerta)

-Disculpe.

-Derechos, dice. Derechos.

Malditos derechos.

-He leído en el periódico lo de la huelga.

-Sí, estamos muy preocupados.

Las huelgas están dejando el yacimiento en una situación

muy complicada.

-Quería comentarles que recientemente he fabricado un anillo

muy particular para una clienta con una serie de problemas en los dedos.

Y creo que podría ser una buena idea comercial.

¿Me permiten? -Por favor.

-Me gustaría producir más anillos como ese

para mandarlos a las joyerías.

Y me gustaría comprarles grandes cantidades de oro.

-Uy, qué bien suena eso. ¿Cuánto de grandes?

-No se adelante, Rosina.

Precisamente, le estaba diciendo a Samuel, que quizá

no sea el momento adecuado por las huelgas en el yacimiento.

-Pamplinas. Esa huelga es

un bache sin importancia. -¿Un bache sin importancia?

Ya me gustaría a mí que se solucionara con el diálogo.

Hasta estoy planteándome ir a negociar con el líder sindical.

-Si ustedes resuelven el conflicto, háganmelo saber.

Me gustaría trabajar con ustedes. A parte de vecinos, somos amigos.

-No podemos perder una oportunidad tan buena.

Mañana mismo va usted al yacimiento, arregla la situación

y vuelve de inmediato.

Así podremos sellar el acuerdo con la familia Alday cuanto antes.

No se preocupe, los mineros no saben con quién se están metiendo.

Bueno, le acompaño a la puerta. En esta casa están sin criada.

¿No le parece a usted que en una familia de bien

no pueden estar sin servicio? -Supongo que no.

-Samuel, quería decirle que...

me tiene para lo que precise. No solo oro.

Verá, es que no es mi caso, pero en este barrio a la gente

le gusta mucho darle a la húmeda.

Y me he enterado de lo de su esposa. -Están siendo días muy duros.

-Como para no serlo. Su esposa le ha abandonado

por su propio hermano, llevándose a su hijo.

Es que es una canallada.

-Duele sobremanera.

Hace que a uno se le quiten las ganas de vivir.

-Ha perdido el oremus.

No tiene perdón de Dios.

-Se lo agradezco, doña Rosina. Sus palabras ayudan.

Muy buenas. ¿Llego tarde? ¿Llevan aquí mucho tiempo?

-Un rato largo. Pero no se apure,

lo importante es que llega usted a tiempo para jugar al mus.

El general Zabala ha de irse y nos falta un jugador.

-¿Cómo al mus?

Pensé que la reunión era para decidir dónde íbamos a invertir

los fondos recaudados en la cena benéfica.

-Llevamos rato discutiendo de eso. Adelantamos la reunión,

¿no se lo hemos dicho? -Pues no. No me han avisado.

-No queríamos importunarle con tales asuntos.

Pensamos que tendría cosas que hacer. Señores,...

he de irme. Ruego disfruten de mi casa

y del personal de servicio. Pidan en lo que gusten.

-Bueno, ¿y a qué ha dedicado usted el día, coronel?

-Pues a nada importante.

He ido a dar un paseo con el general Zabala a primera hora de la mañana

y después he estado en casa haciendo tiempo hasta que llegara la reunión.

Podría haber venido antes.

-¿Quién reparte? -Sí.

-¿Y cómo ha ido la cosa?

¿Ya han pensado

dónde van a invertir los fondos recaudados?

-A una buena causa.

-Pero ¿dónde exactamente?

Quiero saber cuáles serán los militares que recibirán la ayuda.

-Llevamos todo el día hablando de esos temas.

También tenemos derecho a relajarnos un poco, ¿no le parece?

Olvídese de todo eso

y céntrese en las cartas.

Es mi pareja y no quiero perder contra Moulier y Donoso.

Pero ¿estás segura, Fabiana? ¿Y el quiosco?

-El quiosco tampoco da "pa" mucho, señora.

Por la mañana lo abro a primera hora para recibir los periódicos,

repartirlos y ya. A lo largo de la mañana, viene alguien,

me compra unas flores, pero poca cosa.

-Anda, que... estamos perdiendo el romanticismo.

Ya nadie compra flores.

-Y cada día menos, señora.

Podría pagarle unos reales a un propio "pa" que me echara una mano.

-Justo. Entonces, ¿qué, doña Trini?

¿Qué dirá don Ramón?

-Pues yo creo...

que don Ramón dirá que le dejes de llamar don Ramón y a mí doña Trini,

que te lo he dicho 400 veces, Lolita.

Que somos tus suegros. -Está bien, doña...

Trini.

¿Cree que le parecerá buena idea?

-A ver,... lo cierto es que Fabiana conoce la casa perfectamente.

Ay, pero, Fabiana, ¿tú estás segura?

¿Estás segura de que quieres volver a faenar como criada?

-Sí, señora. Tan segura, como que usted y yo

estamos sentadas aquí ahora mismo.

Yo echo de menos llevar una casa,... faenar "pa" arriba y "pa" abajo...

con la tarea.

Además,... esos monís extra

me pueden venir muy bien, dicho sea de paso,

que hay que hacer hucha "pa" la vejez.

-Pues si es lo que quieres...

empieza por la cocina. Mira a ver qué falta.

Y en la cesta hay cosas para planchar.

-¿Eso es un "sí", señora?

-Eso es un "hablaré con Ramón". Pero no pondrá ninguna objeción.

-Muchísimas gracias, doña Trini.

No sabe usted lo feliz que me hace aceptándome de nuevo.

Bueno, ¿puedo empezar ya?

-Está bien, Fabiana, como gustes.

Pero te tengo que pedir una cosa. Por favor, no dejes el quiosco.

Trata de compaginar las dos cosas. -Bien.

-Ay, aguarde, Fabiana.

Que le ayudo con las camisas del Antoñito, que sé cómo le gustan.

-Un momento, un momento.

Si sabes cómo le gustan,...

tú me lo dices a mí y yo trataré de hacerlo.

Pero ahora...

tu lugar es el salón.

Que ahora eres una señorita.

-Fabiana, me aburro siendo señorita y mirando por el balcón.

-¿Por qué no intentas aprender una labor propia de las de tu clase?

-Una labor, ¿como cual?

-Pues... no sé, aprender a bordar.

-Ah.

Muy buena idea, Fabiana, sí señor. Yo te voy a enseñar, Lolita.

-Sí.

Quía, me voy a la cocina.

Carmen.

-Señor.

-¿Qué comentan las muchachas del altillo sobre lo sucedido?

-¿Sobre lo sucedido entre usted y su esposa?

(ASIENTE)

Todo el mundo lamenta la situación en la que ha quedado usted, señor.

Y tampoco entienden cómo su esposa ha podido tratarle tan mal

y llevarse al niño.

-¿Y no hacen burla sobre mí? -¿Burla, señor?

-Sobre si soy un cornudo.

Un desgraciado que se deja engañar, un poco hombre.

-No, señor, se lo aseguro.

-No te creo.

-Carmen,... déjanos solos.

-¿Qué ocurre?

-Será mejor que te sientes.

Se trata de tu padre.

Lamento por todo lo que está usted pasando.

Encerrado en este hospital que seguramente odia.

El médico me ha dicho que ha sufrido usted convulsiones.

¿Le duele algo?

¿Está usted sufriendo? Es que ni siquiera sé si me oye.

Si me oye,...

le ruego que me perdone por lo que estoy a punto de hacer.

Sé que no estaría de acuerdo.

Pero espero que entienda mis razones.

Me voy a marchar con Blanca lejos de aquí, a Australia.

Sí, estamos juntos.

Le ruego que no me juzgue, padre. Yo la amo.

Y ella me ama a mí.

Luego está Samuel.

Yo quiero a Samuel, pero él ya no es el que era.

Se ha vuelto imprevisible.

Y temo que pueda hacer alguna locura contra Blanca.

Por eso tengo que alejarla de Acacias.

Alejarla de Samuel. Ya no me fío de él.

Y me siento responsable de proteger a Blanca de Samuel.

Y de proteger al hijo que lleva en su vientre.

Me gustaría...

que algún día pudiera conocer a ese nieto.

En fin.

Nos marcharemos un tiempo hasta que las cosas se calmen.

Hasta que el tiempo...

enfríe la ira de Samuel.

Iré al banco, sacaré...

Mi parte de los ahorros y nos marcharemos.

Espero que si algún día vuelve en sí,

sea capaz de... comprender las razones de mi decisión.

Ojalá.

Siga luchando, padre.

Luche por vivir

con la fuerza y el coraje que me enseñó.

Le quiero, padre.

Ya te he dicho que no tienes por qué darte tanta prisa.

Además, los médicos me han comentado que Diego está con tu padre.

-Si mi padre ha empeorado, me da igual que Diego esté,

quiero verle. -No arreglarás nada viéndole.

-Tranquilizar mi inquietud. ¿Y si ha fallecido?

¿Y si llego tarde? -Sería ley de vida.

La gente muere, Samuel.

Nosotros también moriremos.

Lo más importante no son los que se van, sino los que vienen.

Has de pensar en tu hijo. -¡¿Acaso cree que he dejado

de pensar en él?! -Cálmate, por favor.

-No me diga cosas que me saquen de mis casillas.

-Lo digo por ayudarte. Los dos queremos lo mismo.

Además,...

me han informado en el banco de algo que concierne

a Diego y a Blanca. -¿El qué?

Hable.

-Planean marcharse de la ciudad.

-¿Qué? ¿Piensan alejarme de mi hijo?

No lo voy a consentir.

-Tranquilízate.

He quitado la firma de Diego en el banco, no tiene acceso

a la cuenta de la familia. No podrán ir muy lejos sin dinero.

-Usted no conoce a mi hermano. Eso solo es una piedra en el zapato.

Encontrará la forma de conseguir más dinero.

Estoy harto de seguir sus consejos.

Me paseo por el barrio lamentándome para despertar la compasión

de los vecinos. ¿Y para qué?

A Diego y a Blanca les da igual lo que piensen los vecinos.

Piensan marcharse y yo lo voy a consentir. Se acabó.

Creo que ha llegado el momento de hacer uso del arma

que usted me regaló.

General. ¿Ha venido a visitarme?

La partida de mus se retrasó...

-No, no he venido a verle a usted. Buenas noches, coronel.

-¿A qué viene ese cambio de actitud hacia mi persona?

-¿Perdón?

-¿Cree que no me doy cuenta de que me están esquilmando información

moviendo la reunión de hora?

Exijo saber a qué se debe. -¿Que usted exige?

Se lo contaré.

Tal vez no estemos seguros de que se pueda confiar en usted.

-¿Por qué esa repentina desconfianza?

-Le vi departir con Silvia Reyes.

¿O me lo va a negar?

-Nos encontramos a la salida de la iglesia.

-Lo reconoce.

-Silvia Reyes es la hija de un importante militar.

Si esa es la razón... -No se trata solo de eso.

-Pues ¿qué más hay en mi historial que me haga una persona poco fiable?

-La fuga de su hija con un hombre casado.

Y nada más y nada menos que un vulgar mayordomo.

¿Es así como piensa usted dar ejemplo de rectitud, de moralidad?

No es capaz de educar una hija como se debe,

por el amor de Dios. -¿Quién se lo ha contado?

-¿Eso le preocupa?

¿Quién me lo dijo? Todo se acaba sabiendo,

coronel.

Debería haberse preocupado más de educar a su hija,

en vez de estar preocupado de los rumores de la calle.

Buenas noches.

-¿A qué vecino ha visitado Zabala?

# Como una diosa que vino a lidiar...

# con su porte pinturero,... #

(SE QUEJA)

-¿Qué haces?

-¡"Pa" chasco que no lo sé! Qué aburrimiento de tarea.

Yo no sé a quién le puede gustar

esto de bordar.

-A mi hermana le entretenía muchísimo. Se tiraba horas.

-Bien lo sé yo, no hace falta que me lo cuentes.

Bueno, ¿y tú qué, de dónde vienes?

-De atender en dos negocios que tienen cafeteras.

Y luego he intentado ir a La Deliciosa,

pero no había nadie . -Qué envidia me das.

"Tol" día ahí, atareado, "pa" arriba

y "pa" abajo.

-¿Desea un tentempié el señor? -¿Fabiana?

Pero ¿qué haces tú aquí?

-Ahora trabajo aquí, señor.

Se me antojó volver a faenar como criada, que es lo que realmente

me da a mí contentura, y tanto a su padre de usted como a doña Trini

les encantó la idea. -¡Pues claro!

Anda, traiga, que yo le sirvo. -Que no, Lolita,

por favor. Siéntate

y relájate. ¿Qué quieres?

¿Un vinito, un coñac?

-¿Qué voy a querer yo un coñac, Fabiana? ¿Has perdido el seso?

Deje, que yo le ayudo. -Que no has de ayudarme, Lolita.

¿Quieres dejar que haga mi trabajo?

O si no me van a echar el primer día.

-Que nadie le va a echar. -Sí.

Si no dejas que te sirva, que ahora eres señorita,

y no criada.

-Señorita o criada, Fabiana,

es usted como mi madre, le debo un respeto, así que haga el favor,

déjeme, que yo me ocupo. -Bueno. Bueno, bueno, bueno.

Fabiana, ¿te importa dejarnos a solas un momento?

-Como guste el señor.

-A ver, Lolita,...

¿no vamos a conseguir que asumas que ahora eres la prometida

de un señorito

y que son otros los que te tienen que servir a ti?

-Pero ¿por qué tienen que cambiar las cosas por ser tu prometía?

Soy la misma chica que era antes de conocerte.

¿Por qué la Lolita de siempre no vale "pa" ser tu esposa?

-No, Lolita,

no es eso. -Tú me conociste como "criá".

Y de una criada te enamoraste.

¿Para qué tengo yo que liarme a bordar tapetes?

Que no es lo que yo quiero. Que yo disfruto con mi trabajo.

¿Acaso eso es malo? -No, no es malo.

Pero no es a mí a quien tienes que convencer, sino a mi padre.

Y... él jamás va a aprobar que sigas sirviendo en esta casa.

-¿Y si no fuera en esta casa?

-¿Cómo?

-¿Tú me ayudarías a convencer a tu padre si no fuera en esta casa

en la que tengo que faenar?

-Lolita, si eso te hace feliz,...

yo te ayudo hasta llegar al mismísimo infierno.

(Llaman a la puerta)

¿Quién arma tal escándalo?

-Es usted un traidor, Felipe Álvarez Hermoso.

-¿Qué pasa? -¿Cómo que qué pasa?

Este señor ha tenido la osadía

de contarle a Zabala asuntos íntimos de mi persona.

¿O acaso va a negármelo? -No.

No voy a hacerlo.

-No, no, no. Coronel, coronel.

-Debería estarme agradecido por no contarle

lo que pasó con Adela.

¿Por qué no nos tomamos una copa y hablamos como hombres civilizados?

¿Quién es usted para quitarme la firma en el banco?

-La esposa de tu padre.

Y haz el favor... de bajar la voz, Diego.

No son horas.

-Si así pretende tenernos a Blanca y a mí cerca

está muy equivocada.

-Úrsula solo pretende proteger el patrimonio familiar.

-¿Estás de acuerdo con ella? Samuel,...

sabes perfectamente que ese dinero me corresponde.

Que he trabajado muy duro para ganarlo.

-Eso no lo dudo. -Entonces, ¿a qué viene

esta estratagema?

-Viene a que ya no me fío de ti como antes.

-¿Que no te fías de mí?

Pensaba que tú y yo estábamos de acuerdo

en lo que había sucedido. ¿No habías repudiado a Blanca?

¿A qué vienen estas trabas?

No hay moros en la costa.

Tengo la espalda molida de dormir en el suelo raso.

Mi mano derecha por una cama mullidita.

-Pues aligera el paso, que recuerdo haber visto una pensión

a dos calles de aquí.

Apresúrate, antes que te vea alguien.

-Recórcholis. -¿Qué?

-Que se me ha olvidado la limosnera.

-Ve a por ella a escape. Date prisa.

-Don Íñigo Cervera.

Vengo de pasar la tarde con una amiga, iba de vuelta a casa.

Buenas noches, pues.

Lamento haber sido un poco insistente antes.

Sé que andan muy atareados con la apertura de la nueva Deliciosa, y...

yo solo estaba incordiando.

Verá, es que soy escritora.

Y creo que las hazañas de su padre bien merecen un buen libro.

¿Cree que cuando anden un poquito menos atareados

podrá dedicarme un minuto a hablar de él?

¿Le haría ilusión que la historia de su padre apareciera publicada?

-No. La verdad es que no me hace ninguna ilusión.

Entiendo su interés por mi padre y lo respeto.

Pero no quiero hablar de él, y espero que usted también lo respete.

Seguro que encuentra algún otro tema

para sus libros. Buenas noches, señorita.

-Será estúpido.

No, Samuel, no.

No pienso irme hasta que me deis lo que es mío. ¡Quiero mi dinero!

-Por mí puedes quedarte a dormir. No pienso cambiar de opinión.

No voy a permitir que dilapides el patrimonio familiar a tu antojo.

-¡Es mi dinero! -No,

es el dinero de tu padre.

Y yo procuraré que no esté a expensas de tus arrebatos.

-Es usted muy cínica, Úrsula. -El único cínico aquí eres tú,

Diego. -¿Yo?

-Entras aquí acusándonos de robarte tu dinero

cuando lo único que te importa es marcharte lejos con Blanca.

¿Y padre? ¿Qué le has dicho cuando has ido a verle al hospital?

¿Le has contado que piensas dejarle morir solo

como si no tuviera familia? ¿Y todo por qué?

Porque quieres retozar con mi esposa.

Jamás pensé que pudieras llegar a traicionar

a padre de esa manera. -No.

Yo no he traicionado a padre. -Solo te importa el dinero.

Eres un miserable. Y márchate ya mismo de mi casa.

Largo.

¡Fuera o te juro que no sé de lo que soy capaz!

-Me alegro de haber apartado a Blanca de ti.

Eres despreciable.

Otra noche que tenemos que dormir en este...

duro suelo. -No hay otro remedio.

Ya has visto que no quedaban habitaciones libres.

-Sí, pero supongo que no será la única pensión de la ciudad.

-No serán tantas las que podamos pagar.

Y es demasiado tarde para ir callejeando a altas horas

buscándolas.

Mañana debemos levantarnos con el alba.

Tenemos mucha faena por delante.

A ver si conseguimos hacernos con los secretos de este negocio

-Yo tampoco tendría tanta urgencia.

¿De qué nos sirve

aprender a hacer chocolates y dulces?

Cuando estemos listos para abrir,

tú ya te habrás enfrentado a todos nuestros posibles clientes.

Tengo que hacer cálculos, no podemos subirles los salarios tanto.

-si lo hiciéramos, el yacimiento no sería rentable.

-Pero sí podemos mejorar sus condiciones.

Todo se puede hablar.

-El problema es si querrán hablar con usted.

-Pues no van a tener otro interlocutor.

¿O acaso desea usted ocupar ese lugar?

-No. No, lo que...

pasa es que dudo

que estando tan enojados como están, acepten negociar con el dueño.

Un hombre rico al que responsabilizan de todos sus males.

-A Liberto no le falta razón.

Será difícil que confíen en usted.

-Pero ¿con quién si no aceptarían negociar?

Alguien que pudiera manifestar nuestras posiciones,

ganándose así su confianza y al que no consideraran un rival.

-"Tengo cuitas de mayor enjundia"

en este momento que ocupan mi mente por completo.

-¿Se refiere a la huelga? -Pues claro que sí.

Si se prolonga en demasía puede ser nuestra ruina, hija.

Esos mineros son unos desconsiderados.

-Bueno,... ellos están luchando por sus derechos.

-¿Sus derechos, y qué hay de los míos?

¿No tengo derecho a vivir tan ricamente de mis rentas?

Ellos no van a salir de pobres, pero yo sí puedo dejar de ser rica.

-"Es un secreto a voces" que compartimos techo y lecho.

Nos llaman esposos. Incluso doña Susana.

-A ti nunca te ha importado el qué dirán.

-Así es. Pero lamento no poder mostrarle al mundo cuánto te amo.

No podía pensar en otra cosa durante la boda de Víctor y María Luisa.

Me imaginaba que nosotros éramos los novios.

Y que todo el mundo me escuchaba decir que...

te amaría. y te cuidaría el resto de mis días.

-La verdad es que yo también he tenido semejantes anhelos.

-¿Qué nos impide hacerlo?

Casémonos.

Hazme el hombre más feliz del mundo. -"Samuel".

No se vaya a casa solo.

¿No le apetece dar un paseo?

Yo, si quiere, puedo acompañarlo, aunque sé que no está pasando

por buenos momentos.

-Se lo agradezco, pero...

no hay nada que pueda aliviarlos. Y menos pasear por estas calles.

Cada vez me resulta más difícil salir de casa

y notar la mirada

de todo el mundo a mi paso.

Había pensado en fabricar más anillos como el de su conocida.

Pero, desgraciadamente, ahora me resulta imposible.

-¿Por qué, qué se lo impide?

-Debería saberlo. La delicada situación en el yacimiento.

Apenas nos queda materia prima.

-Pues espero que ese tema se solucione pronto.

Don Ramón ha enviado un mediador para negociar.

-"Espero no llegar en mal momento".

-No sabes hasta qué punto, muchacha.

-No le hagas caso, Lolita.

Cuéntame, ¿qué querías?

-Don Felipe, doña Celia,...

quiero proponerles algo de la mayor enjundia.

-"¿Puedo pedirle otro favor?".

-Ya sabe que me tiene a su entera disposición para ayudarle.

-Sí. A un alto precio.

Ya conoce mi mala relación con doña Susana.

-Si me está pidiendo que le ayude a reconciliarse con ella,

no me está pidiendo un favor... sino un milagro.

-No, es algo más sencillo.

Creo que tiene información sobre cierta persona.

Podría usted sonsacarle.

-No parece muy complicado. ¿Quién es esa misteriosa persona?

-Una clienta suya. Silvia Reyes.

Se está haciendo un vestido en ese establecimiento.

Me gustaría saber cuándo volverá a por él.

-¿Y bien?

¿Ha hablado ya con el doctor? -Así es.

Me temo que no traigo buenas noticias.

Su pronóstico no es nada halagüeño.

A pesar de que tu padre

ya no sufre las convulsiones que motivaron su ingreso,...

no logran estabilizar sus constantes.

-¿Qué se puede hacer por él?

-Nada.

Ya solo esperar su fin.

-"Cuando fui a sacar dinero para comprar los pasajes"

para embarcarnos, me encontré con una desagradable sorpresa.

Me denegaban el acceso a mis cuentas.

-No lo comprendo.

-Mi madre y Samuel se las han bloqueado.

No tenemos dinero para emprender nuestro viaje.

-Yo dispongo de ciertos ahorros. Estaría encantada de ayudaros.

-Lo sé, Leonor,

eres una gran amiga y te lo agradezco.

Pero no queremos implicar a nadie más en nuestros problemas.

-Nuestro destino ya no será el que planeamos.

Pero conseguiré lo suficiente para alejarnos.

(Llaman a la puerta)

No quiero recibir visitas. Sea quien sea,

dígale que no estoy en casa.

-Lo lamento, señorita, pero el señor no se encuentra en casa.

-Por el bien del coronel,

espero que sepa usted cocinar mejor de lo que miente.

Dígale que quiero verle.

-Agustina, déjela pasar.

No la esperaba. ¿A qué debo su visita?

-Me gustaría tener una conversación con usted.

En privado.

Madre, ¿qué hace aquí?

-El servicio me ha abierto la puerta.

Quería verte.

Hija, tenemos que hablar. -Debería haberse ahorrado el paseo.

Usted y yo no tenemos nada de qué hablar.

¿O espera que pase por alto la jugarreta de prohibirle a Diego

el acceso a sus cuentas?

Me ha fallado, madre. Creí que estaba de mi parte.

  • Capítulo 690

Acacias 38 - Capítulo 690

31 ene 2018

Diego y Blanca planean marcharse lejos de Acacias. Pero Úrsula y Samuel bloquean las cuentas bancarias para impedir que accedan al dinero. La huelga en el yacimiento impide que Ramón venda a Samuel oro para sus joyas. La estrategia de Úrsula para Samuel comienza a dar resultados entre los vecinos, que le ven como una víctima ante la marcha de Blanca con Diego.

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