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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 681 - ver ahora
Transcripción completa

Ten cuidado con Samuel.

Él no está bien.

-Pero él nunca me haría daño.

-Él ya no es el mismo.

-Por nuestra culpa.

Porque ha sufrido demasiado.

-Tú ten cuidado.

¿Lo harás?

-"¿De verdad me estás diciendo"

que tenemos que preparar nuestra boda,

el momento más importante mi vida,

con el que llevo soñando desde los tres años, en una semana?

-Quizá algún día menos.

-¿Cómo?

Vas a cuidarte y a guardar reposo.

Y por supuesto no saldrás de casa sin mi consentimiento expreso.

-¿Cómo? -Lo que has oído.

Que me haya equivocado en el pasado no te autoriza a tratarme así.

-¿Equivocado?

Yo llamaría de otra forma a lo que has hecho en el pasado.

-¿Qué ocurre aquí?

Deberían alejarse por un tiempo.

Al menos hasta que las cosas se calmen.

-No, Felipe, no. Me cuesta la vida alejarme de ella.

Lo hemos intentado, pero ninguno de los dos podemos separarnos.

Sentimos demasiado el uno por el otro.

-Tienen que hacer un esfuerzo o la cosa terminará mal.

Blanca está intoxicada con mercurio. Eso es todo.

-Por eso renegaste de Diego tras la transfusión.

¿Cómo que no vale eso?

-Luisa, hija, tú no le hagas ni caso. Lolita, cállate.

-¿Y qué pasa si no se cumplen las normas?

-Que el mal fario cae sobre su matrimonio.

-¿Cómo? -Comiendo.

Lolita, cállate y tráeme un anisete, anda.

Vi a Diego y a Blanca en actitud cercana.

-¿Qué quiere decir en actitud cercana?

-Pues cariñosos el uno con el otro.

Tuve la sensación de que estaban a punto de...

-¿Besarse?

(Golpes)

¿Hay alguien ahí?

Samuel, ¿qué haces aquí? Pero ¿qué haces? ¿Has perdido el oremus?

Deja de empujarme. No voy a pelear contigo.

-Aléjate de mi familia de una maldita vez.

Me arrebataste a mi madre y no pienso consentir

que hagas lo mismo con mi esposa y mi hijo.

Me has arruinado la vida.

Maldita sea la hora en que salvé la tuya.

Debí haberte dejado morir.

¡Mis problemas se habrían solucionado!

-Samuel, Samuel, te juro que nunca quise hacerte daño.

-¡No me toques! ¡Mientes!

Sé que te has vuelto a ver con Blanca.

-¿Quién te lo ha dicho? -¿Acaso importa?

¿No me has causado ya suficiente sufrimiento?

¿Te parecía poco con infectar de mercurio a mi hija y a mi mujer?

-Hazlo, venga. Golpéame.

Descarga toda tu rabia en mí.

Samuel, no te vayas así.

Hermano, tenemos que hablar. -¡Nada!

Nada tengo que hablar contigo y no quiero volver a verte.

¡No quiero que te acerques a mi mujer nunca!

(Sintonía de "Acacias 38")

Ha sido un buen combate. Le felicito, coronel.

-Y yo a usted, mi general.

Los dos nos hemos clasificado para la semifinal.

Allí nos veremos las caras.

-Temo que tengo poco que hacer frente a usted.

Es usted un espadachín excepcional. -Aún tengo mucho que mejorar.

Pero es una afición que me ayuda a despejar la mente.

-Buenas noches.

-Buenas noches.

-¿Dando un paseo? -Sí, sí.

Le presento al general Zavala, un viejo amigo.

Y uno de los patriotas más valientes que ha dado este país.

Alguien que dio la vida por España.

-Encantado de conocerle. Es un honor saludarle.

Y le doy las gracias por defender nuestro país.

-Me temo que el coronel Valverde exagera mis proezas.

-Al contrario. Me quedo corto, bien lo sabe.

-Yo lo único que sé es que, si hubiera tenido bajo mi mando

hombres de la mitad de su valía,

Cuba seguiría todavía bajo nuestros dominios.

-¿Qué hará Felipe con ese mal nacido?

¡Ay, mi niño, qué alegría acabas de concederle a esta pobre anciana!

-Lo sé, abuela. Estaba deseando decírselo.

Eso ya me lo creo menos.

Pretendes casarte la semana que viene

y un poco más y me lo dices la misma mañana de la boda.

-Bueno, pero todo ha sido tan rápido por las circunstancias.

Yo no le pedí la mano de María Luisa a don Ramón hasta ayer mismo.

-Está bien.

Si no lo sabe nadie más, quedas perdonado.

-Bueno, eso tampoco se lo puedo asegurar,

que ya sabe cómo vuelan las noticias en estas calles.

Al menos esta vez podrán chismorrear de nosotros...

por algo dichoso, no por problemas.

Pronto le darás a esta familia nueva vida.

Niños que alegren nuestros días.

La descendencia que pensé que Simón y la pobre Adela nos concederían...

¡Ay! Perdona a esta pobre anciana.

No es momento de tristezas. Ya hemos llorado bastante.

Lo único es que siento es que no voy a ser testigo de tu felicidad.

También te irás.

-Usted descuide, que no la voy a olvidar, abuela.

Le voy a escribir una carta al mes.

Voy a venir a verla en cuanto pueda. -Más te vale.

Como no quieras que vaya yo a París a cogerte de la oreja.

Te voy a echar de menos.

-Y yo a usted.

Pero no tengo elección.

Mis padres me necesitan para dirigir la fábrica de bombones.

No puedo negarme.

-Y no seré yo quien te pida que no cumplas con tu obligación.

Además, más fuerte que la pena de perderte

es la ilusión de saber que vas a estar con tus padres.

Y nada menos que en París.

-¿Y quién sabe?

Lo mismo es usted la que un día se une a nosotros.

-¿Yo a París de la Francia? No creo.

Lo veo difícil.

Ya has visto que de estas cuatro paredes no me saca nadie.

Mi vida está unida a estas calles y a sus gentes.

Aunque así me ahorraría tener que ver a alguno de mis vecinos.

-Lo dice por el coronel.

-Él es el responsable de todo lo malo que nos ha pasado.

Aunque, bueno, ya sabe todo el mundo qué clase de hombre es.

Aquí solo va a recibir desprecio.

-No de todos.

Porque, ahora que lo dice, ayer me sorprendió ver departiendo

a don Felipe amistosamente con él. -¿Es verdad eso que me dices?

-Mis ojos no me engañaron, abuela.

Me decepcionó enormemente.

-Pues me va a oír.

Te lo aseguro.

¡Que no hay derecho! ¡Esto no se va a quedar así!

¡No se va a quedar así!

-¿Qué le ocurre, doña Rosina?

-Una desgracia, es que no se me ocurre nada peor.

-Ande, pues dígame, que me tiene el corazón en un puño.

-No he sido invitada a la fiesta del duque de Ledesma.

-¡Arrea!

O sea, ¿que eso es lo que la tiene a usted así?

Vamos, yo ni siquiera sabía que usted tenía estima al tal duque.

-A mí el duque me da igual.

Por mí, él y la cursi de su hija se pueden ir a freír espárragos.

-Bueno, y, entonces, ¿a qué viene ese sofocón?

-¡Ay, Casilda! Te lo tengo que explicar todo.

Esa fiesta era mi oportunidad para conocer al marqués de Bolaños

y así poder subir en su coche corredor.

¿Te parece poco?

-Entre poco y nada. -¿Qué has dicho?

-Pues que es una pena.

Una pena, una injusticia y a mí me tiene indignada.

-Señora, aquí le traigo el encargo de la "boutique".

-Muy bien, a ver si aquí hay algo que evite que me dé un síncope.

-¿Qué le sucede?

-Bueno, que ha perdido la oportunidad de subirse

en ese artilugio endemoniado.

-Comprendo su disgusto.

Pero descuide, muy pronto yo lo lograré

y le podré decir lo que se siente.

-¿Es que acaso has sido invitado? -Todo se andará.

Carmen, la criada de doña Úrsula,

me está aleccionando para comportarme con buenas maneras.

-¡Ah, oh, qué cosa!

Pues no creo que eso sea suficiente para que seas invitado

a la fiesta del duque de Ledesma, vamos.

-Que no es eso, señora.

Lo que pretendo es entrar al servicio del marqués de Bolaños.

Es de suponer que, una vez en su casa, podré acceder más fácilmente

a subirme a su coche a motor.

-Desde luego que vaya perra que le ha entrado a todo el mundo

con subirse a ese cachivache endemoniado.

Pero vamos a ver, ¿no han pensado

que, si va a la velocidad que dicen, el cuerpo se te puedan cuartear?

-No digas tontadas, canija.

Debe ser emocionante, vertiginoso

y muy pronto lo voy a sentir en mis propias carnes.

-Lo que vas a sentir es que se van a reír de ti.

¿Cómo van a contratar a alguien tan bruto en casa tan fina?

-Hombre, doña Rosina,

también mi Martín puede conseguir todo lo que se proponga.

-Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible.

En esa casa, necesitan contratar a alguien con porte,

saber estar, idiomas. ¿Y qué idiomas tienes tú?

A no ser que hayas aprendido los gritos borregueros del primo de esta.

-¡Arrea!

Deberías haberte casado con tiempo para prepararlo.

Y no tendría que tomarte medidas con tanta premura.

-Mira mi novia.

Justo a tiempo para librarme de los alfileres de mi abuela.

-Enhorabuena, María Luisa. Víctor me ha puesto al día.

No sabes la alegría que me dais.

No pareces una novia muy contenta. -¿Qué te pasa?

¿No te estarás echando atrás?

-No, yo no, pero creo que el destino no opina lo mismo.

Ay, Víctor, que cada vez tengo más claro que nuestra boda

va a ser un completo desastre.

-¿Qué te hace pensar eso, criatura?

-Que no dejo de recibir malos presagios.

-María Luisa, ¿cómo puedes creer en supersticiones?

Que no hay nada de qué preocuparse. -De algo sí debe preocuparse.

Te tengo que tomar medidas enseguida.

Si no, llegará el día y no tendrás el vestido.

-Quizá tenga usted razón y me he alarmado en exceso.

Pero por el vestido no se preocupe, que lo tengo todo muy claro.

Quiero que sea romántico y clásico a la vez.

Que sea discreto, pero atrevido.

Y que tenga una larga cola. O, bueno, no.

-Menos mal que lo tenía clarito.

-Veo que lo único claro es que vas a ser

la novia más preciosa que ha pisado Acacias

y, además, de verdad.

Voy a por el metro. ¿Para qué más tardar?

¡Ah!

-Abuela, ¿está bien? -Sí, mejor que el espejo.

Qué torpe.

Pero qué estropicio he montado en un santiamén.

-Que Dios nos ampare.

-Bueno, no te preocupes. Se compra otro y ya está.

Voy a por la escoba.

-No, pero que es otra señal de mal augurio.

Quizá la peor. Romper un espejo son siete años de mala suerte.

-No digas tonterías y ayúdame. -¡No, no, no los toques!

-Bueno, pero no vamos a dejarlos en el suelo.

-No, lo mejor será que los entierre para deshacer el hechizo.

Es lo que se debe hacer en estos casos.

-Como quieras, María Luisa.

Si así te vas a quedar más tranquila...

-Algo me dice que los días que quedan hasta la boda

van a ser muy largos.

Aquí tiene el compuesto que el doctor le recetó.

-Carmen, déjanos solas.

Mi hija y yo tenemos ciertas cuentas que atender.

-Madre, sea lo que sea lo que tiene que decirme,

no me encuentro con ánimos para discutir.

-Descuida. Tampoco es esa mi intención.

Pero estoy al tanto de lo que está sucediendo entre tu esposo y tú.

-Lo que sucede en mi matrimonio no es de su incumbencia.

-¿Tampoco lo es la salud de mi hija y la de mi nieto?

Sé el mal que te aqueja.

Quiera Dios que no afecte al niño que esperas.

No te avergüences, hija.

No te culpo de lo sucedido.

Es otro el responsable.

Ese malnacido de Diego... -No diga eso, madre.

-¿Acaso no es cierto?

Él y no otro es el culpable de todas las desgracias

que han sucedido en esta casa. Si no, piensa en tu pobre hermana.

-Al menos, gracias a Diego, Olga supo por un momento

lo que era sentirse amada. -No, no seas ingenua.

No fue amada. Fue utilizada.

Diego no tuvo reparos en usarla para darte celos.

Y después, cuando no le sirvió más, la echó a un lado.

Si vieras cómo la encontré en la calle, tirada,...

llorando como un animalillo herido, desconsolada.

Traté de convencerla de que su familia jamás la abandonaría.

Pero no pude darle consuelo.

Se sentía burlada por ese mal hombre.

-No fue solo Diego quien hizo daño a Olga.

-No, Blanca.

Fue el desprecio de esa persona, de ese hombre al que tanto amaba

el que hizo aflorar los fantasmas de su pasado.

Le dio esperanzas de amor.

¡Un futuro juntos!

Y luego, la echó a un lado como un trapo sucio.

Si Olga se volvió loca, si hizo lo que hizo

y ha acabado muerta, es por culpa de las mentiras de Diego.

-Madre, solo hay dos cosas ciertas respecto Olga.

La primera es que entre todos hemos acabado con ella.

-¿Y la segunda?

-Que he perdido a mi hermana para siempre.

Señor, permítame enterrar estos cristales

y que me abandone la mala suerte.

-(TARAREA)

-¡No!

-¿Qué le ocurre, señorita?

¿Se ha tropezado con la escalera? -No, peor.

He pasado por debajo. -Ah.

Pero por eso no pasa nada.

-¿Cómo que no pasa nada?

¿A quién se le ocurre poner una escalera ahí en medio?

¿Tú qué quieres, arruinar mi matrimonio, mi vida entera?

¿Y ahora qué hago yo?

(ESCUPE) -Pero ¿qué está haciendo, señorita?

¿Una señorita de su clase escupiendo como un vulgar carretero?

-Se supone que de esta manera se anula la mala suerte.

-Eso son tontunas.

-Pues tienes razón.

Lo mejor será que vea un perro, eso es más efectivo.

Voy a ver si el cojo de la esquina sigue teniendo al perrillo de lanas

y luego voy a enterrar estos cristales.

¡Si es que no doy abasto!

-¿Qué le ocurre a mi hermana? ¿Adónde va tan rápido?

-Muy buenas, don Antoñito. Pues a fe mía que no tengo ni idea.

Pero, vamos, que parece ser que se ha puesto a escupir a la escalera

y va a buscar un perro y a plantar unos cristales

como si fueran vulgares tomates.

Señor, aquí le traigo alcohol, vendas y hielo.

Eso aliviará sus heridas.

Ahora mismo se las curo. -Te lo agradezco, Carmen.

Pero no será preciso.

Yo mismo podré hacerlo. Ve a continuar con tus quehaceres.

¿Acaso no me has escuchado? Déjame solo.

-¿Qué es todo esto?

¡Por todos los santos! ¿Qué te has hecho, Samuel?

¿Ni siquiera te vas a dignar a contestarme?

¿No me vas a decir cómo te has hecho eso?

-Es fruto de mi propia estupidez.

Me enteré de que volviste a verte con Diego.

Y fui a verle fuera de mí. -¿Os peleasteis?

-No, Blanca.

Al final me vi incapaz de golpearle. Fue una pared quien recibió mi ira.

Así soy de penoso.

-No eres penoso, Samuel.

Eres un buen hombre.

Incapaz de utilizar la violencia.

-Yo también creía eso hasta estos últimos días.

Siempre me vanaglorié de ello.

Pero el odio y la rabia están en mi cuerpo

como el mercurio que corre por tus venas.

Ya no sé quién soy.

Ni en qué me he convertido.

Empiezo a tener miedo de mí mismo.

-Todo se arreglará. Volverás a ser el que eras.

-Me gustaría creerlo.

-Samuel,... hagamos una cosa.

Cenemos esta noche los dos juntos.

A solas.

Tratemos de solucionar las cosas.

Tenemos que acabar con tanta mentira y con tanto dolor.

Gracias.

Ahora, déjame que te cure esa mano.

-"La boda entre María Luisa y Víctor"

devolverá la alegría a nuestras calles.

-Y menos mal.

Pensaba que la desgracia se había instalado entre nosotros.

-Las muertes de Olga y Adela han supuesto un duro golpe para todos.

Y que tan pronto podamos festejar el amor entre dos personas tan cercanas

nos ayudará a seguir adelante.

-Quizás deberíamos seguir su ejemplo.

Y dar buenas noticias a los vecinos.

¿Te imaginas viéndonos cruzar de nuevo el camino hacia el altar?

-¿Quién sabe lo que nos depara el futuro?

-Yo sí lo sé.

La felicidad.

Siempre que me permitas estar a tu lado.

Y quizás... una prometedora carrera política.

-¿Cómo?

¿Estás pensando en retomar tu sueño de medrar en política?

-Ya sabes que las terribles circunstancias que ocurrieron

me obligaron a dejarlo todo.

-Felipe, no sé si ahora es el mejor momento.

Precisamente cuando estamos más tranquilos.

-Cariño, he aprendido la lección.

No volveré a meterme en problemas.

-Está bien.

Si es así, cuenta con mi apoyo.

-Te lo agradezco.

-Algo me dice que no has esperado a tener mi bendición.

Te conozco.

Ya has dado algún paso, ¿verdad?

-Digamos que me estoy acercando a personas

que me pueden ser de mucha utilidad.

Pero, tranquila, mi prioridad ante todo es el bienestar de los dos.

(Llaman a la puerta)

No te muevas. Voy a ver quién es.

Doña Susana, ahora mismo aviso a Celia de que ha venido a verla.

-No, Felipe, no es con Celia precisamente

con quien quiero hablar, sino con usted.

-Y, por su expresión, parece que la conversación

no va a ser muy agradable. ¿Acaso he hecho algo que la ha molestado?

-Bien sabe que sí.

Me ha llegado que estaba alternando con el coronel.

-Vaya, veo que las noticias vuelan. -Sobre todo si son malas.

¿Así responde a nuestra amistad?

Pero ¿cómo puede... tratar con ese sinvergüenza?

-Tranquila, que no la he traicionado.

Tan solo quería congraciarme con él

para saber qué había ocurrido con Simón,

Elvira y Adela.

Rosina, me estás volviendo loco hoy con tus paseítos.

-Todo el día así, como un león enjaulado.

-Y como tal puedo morder.

Maldito duque de Ledesma, mira que no invitarme a la fiesta.

¡Me va a oír, me va a oír! -Para eso debe tenerlo delante.

Y el duque no se lo está poniendo nada fácil.

-Ten cuidado, que seremos nosotros los destinatarios de sus zarpazos.

Además, que no deberías disgustarte tanto.

¿A qué viene tanto interés en montar en el coche del marqués de Bolaños?

-Que no es capricho, es cuestión de dignidad.

Ese ignorante de Martín no lo logará antes que yo.

-Ah.

-¿Sabéis cuál ha sido la ocurrencia de ese mameluco?

Pretende postularse como parte del servicio del marqués

para así lograr subirse al auto. ¿Qué os parece?

-Pues sí que me parece absurdo, la verdad.

-Pues sí que lo es.

Por supuesto que sí.

Porque yo me voy a adelantar y le voy a quitar el puesto.

-Rosina, dime que es una broma.

-Madre, pero ¿cómo puede tener tal ocurrencia?

¿Usted en el servicio?

Vamos, ni dos días. -¿Crees que no conseguiré el puesto?

-Me temo que no se trata de eso.

-Bien sé cómo se las gastan esas casas de la nobleza.

No admiten a cualquiera. Qué va. Son muy especialitos.

Quieren a alguien que tenga clase, saber estar,

estudios, tal y como yo. -Definitivamente ha perdido la razón.

-Madre, pero usted es incapaz de servirse un vaso de agua por sí sola.

-Bueno, porque no tengo necesidad, sino a Casilda.

Además, será por poco tiempo.

En cuanto consiga subirme al auto, me despido y a otra cosa, mariposa.

-Pues venga, cariño, empieza a practicar y nos preparas la cena hoy.

-Muy graciosos.

Tengo otras cosas más importantes que hacer.

Por ejemplo, tengo que conseguir uniforme.

¡Ay, tengo que escribir una carta de recomendación para mí misma!

¡Ay, ay, ay! Apunta, apunta, que te voy a dictar.

Sí.

-Lo siento mucho, pero tengo que dejarte sola ante el peligro.

Sí, es que me ha citado Diego Alday en su casa

con urgencia y tengo que salir a escape.

-Vale, mi amor, apunta.

Ilustrísima.

(CARRASPEA)

No, no, no os andéis con disimulos.

Y sobre todo con esos, Antoñito, que son bastante malos.

Que ya os he pillado con las manos en la masa.

-Perdón, doña Trini.

-Perdón no, si no es menester.

Si esto es amor verdadero.

Al que le pique, pues que se rasque.

-Pues sí. Eso mismito piensa una.

-Yo creo que tienen envidia cochina por tanta dicha.

-¡Ah, envidia cochina por tanta dicha!

Bueno, y hablando de dicha y de amor y de parejas afortunadas,

¿has visto a tu hermana por ahí?

Yo estoy preocupada,

que anda como loca de los nervios por la proximidad de su boda.

-Antes me ha dicho Servando que se ha puesto como loca

solo por pasar por debajo de una escalera.

-¡Uh! -¿Pasar por debajo de una escalera?

Pobre desdichada, eso sí que trae mal fario.

-Lo que trae mal fario es que le llenes la cabeza de pájaros

con tanta superstición. Eso. -Jolín.

-Pero, hija, ¿se puede saber de dónde vienes con semejante guisa?

-Pero si parece que te has rebozado por la tierra.

-No solo lo parece, vengo de los Jardines del Príncipe,

de enterrar los trozos de un espejo roto.

-Arrea, ¿también has roto un espejo? -Y no es lo peor.

Después de pasar por debajo de la escalera de Servando,

me fui a ver al perrillo del cojo de la esquina.

-Bien pensado. -No, calla.

Me salió el tiro por la culata.

El perro se le ha ido con mejor dueño

y él no ha tenido mejor opción que sustituirlo por un gato.

-Se lo ruego, señorita, dígame que el animalejo no era negro.

-Como el carbón, Lolita. -¡Uf!

Si es que parece que la haya mirado un tuerto.

(RÍEN)

-¿Ustedes de qué se ríen? -No, de nada.

-Yo creo que, debido a las circunstancias,

lo mejor será que aplace la boda. -Sí.

-Anda ya, anda ya, Lolita.

María Luisa, no digas sandeces. Haz el favor.

Hombre. -A ver, tranquilidad.

Hagan caso a la Lolita, que sé cómo solucionarlo todo.

Voy a hacer un ritual para saber si es verdad que tiene usted mal de ojo.

-Pues ya puede funcionar, ya, ese ritual.

-Que sí.

Ahora mismito ponemos un vaso de agua.

A ver.

Un chorrito de aceite y el pelo de la susodicha gafada.

-¡Ay! Lolita, no seas bruta.

-No se me queje, que es por su bien, señorita.

-Qué asco.

-Si el aceite se va hasta el fondo,

es que está usted gafada

Y si se queda en la superficie, es que nones.

-Se ha hundido.

-No, que yo creo que lo ha hecho mal.

Mira, sube, está subiendo, está subiendo.

-No, no sube.

Lolita, hija, ¿me puedes decir qué le has echado al agua?

¿Qué es, plomo fundido? -(LLORA)

Es que... Es que...

-Lolita, hacemos una cosa, ¿vale? ¿Me oyes?

La próxima vez que se te ocurra ayudar alguien, no lo hagas.

No. No, no, no.

-¿No?

Lamento escuchar tal cosa.

Esperaba que las disputas con su hermano no llegaran a tal extremo.

-Yo también quería creer que sería así.

Pero estaba equivocado.

Samuel se presentó dispuesto a darme una paliza.

-Entiendo.

Samuel se ha enterado de que se vio con Blanca.

-Disculpen.

Cierta cuitas me han entretenido en casa.

-Descuida, no tiene importancia.

¿Puedo ofrecerle una copa?

-Prefiero saber el motivo por el que nos ha citado.

Me tiene intrigado.

-Siéntese, por favor.

En tal caso, no voy a hacerles perder más el tiempo.

Quería verles porque sé que ambos tienen en alta estima a mi hermano.

-Me enorgullece considerarle mi amigo.

-Saben que no me he portado con él como debiera.

Vamos,... que le he faltado al respeto.

-Precisamente por eso decidí contarle que lo había visto junto a su esposa.

No podía consentir que se culpara por el mal momento de su matrimonio.

Así que decidí abrirle los ojos. -Yo no puedo recriminar lo que hizo.

Ni mucho menos le he citado aquí para pedirle explicaciones.

De hecho, me alegra

ver que Samuel cuenta con tan buenos amigos.

Si les he citado es porque estoy preocupado por Samuel.

Está hundido, ha cambiado, está fuera de sí.

-¿Y qué esperaba?

¿Cómo quería que se sintiera después de enterarse

que ha intoxicado a su mujer y a su hijo

y que sigue viéndose con ella a escondidas?

-Liberto, Samuel no es tonto.

Si no ha querido ver lo que estaba ocurriendo,

es porque él se ha puesto una venda.

-Usted sabe perfectamente... -Por favor, les ruego no discutan.

Liberto tiene razón.

Por eso he tomado una resolución.

Me apartaré de Blanca para siempre.

Así ya no haré más daño a mi familia.

Por eso quería verles.

En mi ausencia, les ruego que cuiden de Blanca y de Samuel.

Aquí ya no hay lugar para mí.

Volvemos a enfrentarnos, como en los viejos tiempos.

-Como siempre, será un placer hacerlo.

-Tengo curiosidad por saber si ha perfeccionado su estilo.

-Ahora mismo tendrá ocasión de comprar de comprobarlo.

-Tocado.

Vencedor.

-Gracias. Enhorabuena.

El alumno por fin ha superado al maestro.

Tan solo ha sido fruto de la buena suerte.

-Los dos sabemos que no ha sido así.

Al vencerme, será usted el que pase a la final.

Le deseo toda la suerte del mundo.

-¿Quién es ese misterioso tirador que levanta tanta expectación?

-Posiblemente su rival en la final. El señor Reyes.

Es la sensación del Ateneo.

-He oído decir que es muy rápido. Espero serlo yo más.

-Amigo, necesitará algo más que rapidez para vencerle.

Nunca dejarán de sorprenderme las ocurrencias de mi madre.

¿Tú te puedes creer que ahora está decida a hacerse pasar por criada

para subirse al dichoso coche del marqués de Bolaños?

Querida, ¿has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho?

-Perdona, Leonor. Estaba distraída.

-Ya, eso ya lo he visto.

Pero sí he escuchado lo que me decías.

Y te agradezco tu intento de entretenerme.

Por lo menos en tu casa todo es más divertido que en la mía,

donde todos son lamentos, reproches y llantos.

-¿Acaso ha sucedido algo más?

-Ayer Samuel y Diego casi llegan las manos.

Mi esposo está fuera de sí.

-Lamento escucharlo.

No le consideraba para nada un hombre violento.

-Y no lo es.

Soy yo, con mis actos, quien le ha transformado.

He pagado con desdén sus incontables sacrificios,

todo lo que ha hecho siempre por mí.

Fue él quien me sacó de aquel horrible sanatorio.

Y quien, a pesar de saber que le había traicionado,

fue hasta el Bosque de las Damas para salvarme.

Le debo mucho.

No merece todo lo que le estoy haciendo.

-¿Y qué piensas hacer al respecto?

-Tengo que hablar con él, Leonor.

No puedo permitir que siga sufriendo así.

-Por eso has organizado la cena de hoy, ¿no?

-Así es.

Ha llegado la hora de aclararlo todo.

Voy a salir, Samuel. Volveremos tarde.

Así tendréis más intimidad en la cena que te ha preparado Blanca.

Espérame en el portal. Ahora bajo.

-Sí, señora.

-Basta ya, Samuel. Abandona esa actitud.

-¿Y qué talante se supone que debería tener?

Me siento golpeado de un lado a otro.

Como si fuera un títere sin ningún control sobre mi vida.

-¿Y quién crees que es el mayor responsable de eso?

Tú.

Sí.

Tu carácter débil y apocado es el que ha permitido que sucediera

lo que nunca debería haber pasado.

Eres tú quien ha echado a perder las riendas de tu vida.

Pero ya es hora de echarle más arrestos.

¿Tú amas a Blanca?

-Ya sabe que con todo mi ser.

-Pues demuéstralo, lucha por ella, tienes armas para hacerlo.

Deja ya ese estúpido sentido de la moralidad.

Tu hermano ha demostrado no tener reparos

al momento de arrebatártela.

Pero no está todo perdido.

En tus manos está cambiarlo todo.

-Yo no soy así.

No puedo basar mi matrimonio en una imposición.

Debería cimentarse en la confianza mutua y el respeto.

-Ya ves de qué te ha servido el respeto y la confianza.

¡Reacciona, Samuel, por Dios!

No te estoy pidiendo que la retengas con el látigo.

Ni tampoco a base de gritos como hiciste la otra noche.

Eso solo la alejaría de nosotros.

Y no nos lo podemos permitir.

Ante todo, por el niño que espera.

-Entonces ¿qué puedo hacer? -Eres inteligente.

Seguro que se te ocurrirá algo para retener a Blanca

y así salvar tu matrimonio.

Tenía usted razón.

Ese tal Reyes es un tirador experto.

Se ha librado de su rival sin esfuerzo.

-¿Acaso le teme? -Por supuesto.

Solo los necios menosprecian a sus enemigos.

Tendré que emplearme a fondo para vencerle.

-Hágalo, he apostado por usted.

-Además, quiero darle una lección.

Admiro su técnica, pero no sus modales.

En todos los lances, no se ha descubierto ni una sola vez.

-Nunca lo hace. Nadie le ha visto aún el rostro.

-Debe tenerlo muy desfigurado para esconderlo de tal forma.

-O simplemente es más feo que un espanto.

-Al final tendremos que darle las gracias por evitarnos tal visión.

-Responda a su delicadeza venciéndole.

Va a comenzar la final. Le deseo toda la suerte del mundo.

De momento, a su contrincante no ha habido torneo que se le resista.

-Hasta hoy.

-Maldita sea, está jugando con él, cansándole.

Aquí tiene su chocolate, doña Rosina.

-Espera, Víctor, no te vayas tan rápido.

¡Antes déjame que te felicite por tu próxima boda con María Luisa!

-Ah, mire, se lo agradezco mucho. Estamos muy ilusionados, la verdad.

Aunque haya que organizarlo todo a toda prisa.

-Seguro que sale todo a pedir de boca.

Pronto comenzaréis una nueva vida. Y en París, nada menos.

Lo que lamento es que La Deliciosa vaya a cambiar de dueños.

Por cierto, ¿se sabe ya quiénes son?

-Pues sé que son un matrimonio.

Don Felipe me dijo los nombres el otro día, pero es que no sé más.

La negociación la está llevando mi madre desde París.

Y él le está ayudando aquí un poco con el papeleo.

-Ah, vaya.

Al parecer no sois los únicos que vais a abandonar Acacias.

-Desde luego no tiene ningún sentido que quiten las estufas

cuando acaban las fiestas. Todavía sigue el frío.

Yo ya me había acostumbrado a tener todo esto lleno de mendigos.

-¿Qué dices, Víctor? La Policía hace bien.

Ya era hora de que estas calles fueran las de siempre.

-Por favor, doña Rosina... -Víctor, tengo que hablar contigo.

-Ah, de las fechas de la boda, ¿verdad?

Seguro que estarás muy ilusionada. Yo me...

-A solas.

-Vaya cómo se las gasta la niña.

-¿Qué pasa? Yo también quería hablar contigo.

He estado hablando con el párroco. -Olvídate de la boda, Víctor.

No me caso.

-¿Cómo que no te casas? ¿Por qué?

-Porque la mala suerte me persigue.

El salero que se me cayó, el espejo de tu abuela,

la escalera de Servando, el gato negro.

-Espera, ¿qué escalera, qué dices?

-¿No ves que son señales? Estaríamos locos si las ignorásemos.

-Mi vida, estaríamos locos

si hiciéramos caso de las supersticiones.

¿O todo esto es una excusa porque lo que quieres es anular la boda?

-No, no, no. Para nada.

Y por si eso fuera poco, Lolita me ha hecho un ritual

y ha quedado demostrado que me han echado mal de ojo.

-¡Le voy a decir cuatro cosas a Lolita!

-¿Es que no lo entiendes? Si nos casamos ahora,

nuestro matrimonio estaría marcado por el infortunio.

-¿Y qué es lo que propones que hagamos?

-Pues...

no nos queda más remedio que aplazar la boda

y que te vayas tú solo a París.

Enhorabuena.

Me ha vencido con gran habilidad.

¡Aguarde!

Tengo derecho a ver el rostro de quien me ha vencido

y que me dé la mano.

Así lo exige la cortesía.

De lo contrario, me lo tomaré como un insulto.

(MURMURAN)

-¡Es una mujer! -Es indignante, no puede ser.

-Silvia Reyes. Un placer.

¿Cómo, coronel, acaso no me da la mano que antes me exigía?

¿La cena es de tu agrado?

Aunque he contado con la ayuda de Carmen,

la he preparado yo.

-Está todo muy bueno. Te lo agradezco.

-Samuel, ¿recuerdas cuando nos conocimos?

Apenas podíamos estar unos segundos en silencio.

Prácticamente nos quitábamos la palabra el uno al otro.

Nos pasábamos horas hablando, contándonoslo todo sobre nosotros.

-Eran otros tiempos. Protegernos de Úrsula nos unió.

Y, aunque apenas te conocía,

desde el primer momento, sentí que podía confiar en ti.

-Yo también pensé lo mismo.

-Cómo ha cambiado todo.

-Han pasado muchas cosas desde entonces.

Pero no todas han sido malas.

Lo sé, Blanca, pero...

Pero cada vez me cuesta más recordarlas.

-Samuel, sé que me he comportado de manera injusta contigo.

Que no te he correspondido en tu dedicación y tu amor.

Y que, a pesar de todo lo que te he hecho,

tú nunca has dejado de amarme.

Soy consciente de lo mucho que te he hecho sufrir

y no puedo soportarlo.

Lo que más desearía es volver a ver esa bella sonrisa en tu rostro,

que volvieras a disfrutar, a ser el que eras.

-Blanca, tu deseo aún puede cumplirse.

Si los dos ponemos un poco nuestra parte,

ese futuro está a la vuelta de la esquina.

Sí, Samuel, está ahí.

Pero yo no voy a estar a tu lado.

Juntos, ni tú ni yo podríamos ser felices.

-¿Por qué?

-Porque viviríamos una mentira.

-Blanca, no entiendo lo que estás tratando de decirme.

-Samuel, que no podemos seguir fingiendo y haciéndonos daño.

Ha llegado la hora de afrontar la verdad

con todas sus consecuencias.

Amo a Diego.

Y voy a marcharme con él.

-Camarera, sírvanos lo mismo que está tomando el coronel Valverde.

¿Podemos sentarnos, coronel? -Por supuesto, háganme el favor.

-Le presento al teniente Tamayo.

-Encantado. -Encantado.

-El almirante Donoso. -¿Cómo está? Mucho gusto.

-Y el coronel Mouliaá. -Un placer.

-Coronel. -Buenos amigos,

curtidos en cien batallas.

Celebro volver a verle, almirante. -¿Ya se conocían?

-Sí. Los dos servimos en Cuba.

Tiempos revueltos.

Pero, en algunos aspectos, mejores que los actuales.

-Coincido con usted. Siéntense.

-"Mejor dejarlo ahora,"

que aún estamos a tiempo. -Mal de ojo. ¿Qué es un mal de ojo?

-No me lo pongas más difícil, por favor.

-No es más que una estúpida superchería, María Luisa.

-Cancelar la boda me duele más a mí que a ti. Créeme, pero debo hacerlo.

-Mi vida, tú y yo nos queremos desde hace muchísimos años.

Casi desde que tengo uso de razón. -¿Y crees que se me ha olvidado?

-¡Es lo que parece!

Si vas a tirarlo todo por la borda porque una criada

que se cree pitonisa te dice que nos han echado mal de ojo.

-No es una criada cualquiera. Es la novia de mi hermano.

-Y yo siempre la había tenido por más lista

de lo que ha resultado ser. -Bueno, ya está, no insistas.

No me caso y punto final.

-"¿Es que no me contratarías de criada?".

-Y de cortesana.

-¿Ah, sí?

¿Y cómo serías conmigo?

¿Te portarías bien o serías un patrono cruel?

-Sería muy cruel. Es más, te azotaría todas las noches.

-¿Aunque cumpliera tus órdenes?

-Eres una mujer demasiado malvada. No las cumplirías todas.

-Puede ser. -Por supuesto que puede ser.

Y te lo voy a demostrar ahora mismo. -¿Ah, sí? ¿Cómo?

Pero ¡bueno! ¡Ah!

-¡Ay!

-Buen asalto. -Gracias.

-Lástima que ayer no mostrará tanto ardor en el combate con esa mujer.

¿Cómo se llamaba? -Silvia Reyes.

-Le recuerdo que no fui el único vencido por esa tiradora.

Para llegar a la final, tuvo que derrotar a muchos contrincantes.

-Ninguno de su nivel. ¿O quizá sí?

-¿Quiere tirar usted conmigo a ver cuál es mi nivel?

-¿Tiraría conmigo? Puedo tirar como una dama.

(RÍE)

-Las supersticiones no son ciertas, pero basta con que las crean.

¿Acaso crees que da mala suerte cruzarte con un gato negro?

-Pues no. -Pues eso.

Basta con que prepares cosas que supuestamente den buena suerte.

Y hacerle ver a María Luisa que son cosas del destino para que se case.

-Yo no dejaría caer esta idea en saco roto, Víctor.

-Pues nada, ahora solo me falta esperar a que mi novia

se cruce con mujeres vestidas de blanco, vea mariposas

y las golondrinas se posen en su ventana, ¿no?

-Víctor, el destino no se espera. Se construye.

-"Una mariposa blanca".

-Sí, símbolo de boda, eso lo sé. -Pero cuéntale lo que has pensado.

-Voy a colocarla en el balcón

y a ver si con el viento parece que está viva.

Usted lo que tiene que hacer es traer a María Luisa al salón.

-Vamos a ver, estoy casi segura de que esto no va a dar resultado.

Es más, si da resultado, quiere decir que María Luisa

es más boba de lo que yo me imaginaba.

Así que, Víctor, mejor será que no te cases con ella.

-Doña Trini, situaciones desesperadas,

soluciones desesperadas.

(Llaman a la puerta)

-¡María Luisa, María Luisa! Víctor, escóndete.

Tú también, venga, a la cocina. A la cocina los dos.

-(SUSURRA) Vamos, vamos. -¡Voy!

-Quizá os vendrá bien a los dos ir al teatro.

Olvidar por un momento vuestros problemas

y meteros en la cabeza de los personajes de la obra.

Yo debería ir más. Con lo que a mí me gusta el teatro...

-Y a mí.

A mí también me gusta mucho el teatro.

Me apetece mucho ver "Electra".

Lo que no me apetece es que nadie organice mi vida.

-Ni a mí la mía. Hoy he decidido que iría al teatro con esposa y eso haré.

Nada se interpondrá entre nosotros.

-Madre, ¿le importaría dejarme a solas con mi esposo

para que pueda hablar con él?

-Si así lo deseas...

-Gracias.

(Cerrojo)

¡Ah!

Ese niño debe nacer sano.

Y yo debo ocuparme de su educación.

-La educación del niño es fundamental para no perderlo.

-Yo educaré a mi nieto le pese a quien le pese.

-Ya, tengo paciencia, señora.

Don Samuel y doña Blanca están atravesando un mal momento,

pero eso es algo normal en un matrimonio.

Tal vez debería apoyar más a su hija.

-¿Te atreves a darme consejos?

No creo que seas la persona más adecuada

para decirme cómo debo tratar a mi hija.

-"Quería hablarle".

Es que he corrido la voz por el barrio y por el mercado.

Y es que es complicado buscar servicio

con las características que usted desea.

-¿Es complicado o es que no sabe buscar?

-No, es complicado, porque alguien que sepa de administración,

de protocolo, servir cócteles, acondicionar la ropa de un caballero,

vamos, es que eso no es un criado, eso es un mirlo blanco.

Y de hecho, solamente conozco a dos personas

que realmente están preparadas para ello.

Yo mismo y Simón Gayarre.

-¡La última vez que se pronuncia ese nombre en mi casa!

-Como usted mande, la última, mi coronel, sí, señor.

-Blanca, mañana pensaba ir a la librería.

De hecho, quería buscar unos libros de Galdós.

¿Te importaría acompañarme? -Estaría encantada.

Si a ti te parece bien, claro.

-Cómo me va a parecer mal, amor mío.

Pero vayamos a casa. Tienes que descansar.

Ha sido una tarde muy ajetreada.

Con permiso.

-Parece que las cosas les van mejor.

-Eso parece, sí.

-"Es mejor la caricia que la espuela".

-Bien se nota que usted nunca ha montado corceles briosos.

Me pidió que tomara la riendas de mi matrimonio y eso hago.

Ni Blanca ni el niño que espera abandonarán esta casa.

-¿Y cómo piensas impedirlo? -Con la ley y con la fuerza.

Si se aviene a razones, el matrimonio será bueno para ambos.

-¿Y si no lo hace?

-Se avendrá

por la cuenta que le trae.

  • Capítulo 681

Acacias 38 - Capítulo 681

18 ene 2018

Samuel se pelea con Diego por haberse visto con Blanca. Los hermanos llegan a las manos. Susana recobra el ánimo gracias a la boda de Víctor y María Luisa. Mientras, la Palacios se empieza a obsesionar con supersticiones y Lolita, para ayudar, le hace una prueba para saber si tiene mal de ojo...

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  1. Pepe

    Pero cuando leches se quiere acabar este culebrón, este tostón lleno atimbote de episodios y comidilla de comadres Dios mío, pero cuando nos liberamos ya de esta ridiculez de bodas llenas de asquerosas y ridículas supersticiones y supercherías de toda clase, venga ya.

    22 ene 2018
  2. Santiago

    Siempre lo mismo con las parejas, ahora si, ahora no, después si, después no, mas tarde si, más tarde no, ahora me caso con otr@ pero luego vuelvo contigo,, con quien se casarán Victor o M. Luisa para después volver juntos? ahora el coronel se liara con la del esgrima y tbien será una historia de ahora sí ahora no

    19 ene 2018
  3. Fernanda

    1.097.000 espectadores de los cuales 1.090.000 aproximadamente,seguimos viendo la serie con la esperanza ( que nunca se pierde) que los guionistas salgan de la mediocridad y la reiteración de argumentos al infinito y dejen de tomarnos por opas.

    19 ene 2018
  4. Victoria

    1.097.000 espectadores y un 9,9% de share.

    19 ene 2018
  5. Elenita

    Rosina ya raya en lo ridículo. Y ese papel de Samuel es más falso que él mismo. Muy malo. Ese Coronel ya debería estar fuera de todo. Qué aburrimiento

    19 ene 2018