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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 671 - ver ahora
Transcripción completa

¿Ha estado su mujer en contacto

con mercurio? -Es Diego

el que viaja en busca de gemas y material para el negocio familiar.

-Lo que le diré no es fácil de encajar, Samuel.

Y quizá solo...

-¡Por Dios, hable de una vez!

"Ingresaré en un convento de clausura".

¿De qué demonios estás hablando? El tiempo que estuvo

en el hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte,

me puse al servicio de Dios

e hice una promesa. Si le salvaba, no heriría a los que quiero,

y eso le incluye a usted. -"Se transmite"

cuando se está en contacto con el metal,

como es el caso de su hermano, o cuando se ha estado en contacto

con quien ha estado en contacto con el metal.

-Explíquese. ¿Qué tipo de contacto?

-El más común es por contacto íntimo.

Transmisión mediante relaciones sexuales.

¿Diego?

Diego, mi amor. ¡Corre, llama a un médico!

Diego.

Las escrituras de la sastrería. Y están a mi nombre.

¿No? Míralo tú, Víctor.

-"Basta ya de disimular, Liberto".

Es que una no sabe el corazón tan grande que tiene su marido

hasta que ve actos como este. Y no sabes

lo que le ha costado negociar con la bruja de Úrsula.

Y todo lo ha hecho él solito,

pagando centimillo a centimillo de su renta,

sin pedirme ni una sola peseta.

Se la hubiera prestado gustosísima. -¿Tú?

Te tengo tanto cariño...

-Pero no me amas.

Diego,

me lo he jugado todo por ti.

¡Pero no sabes

hasta qué punto!

¿Y cómo me lo pagas? ¡Considerándome una burda imagen

de mi hermana! -No digas eso, Olga.

Cállate.

No.

¡Me has destrozado, Diego!

-"Quisiera decirte lo contrario,"

pero no sé dónde está Belarmino.

-Tiene que tener un punto débil, un talón de Aquiles.

-Ahora que lo dices,

sí que tiene un punto débil. -¿Cuál?

-Las mujeres. -"Hemos terminado".

No quiero volver a verte en mi vida, nunca más.

Hasta nunca.

-Aguarda, tengo que contarte algo.

Algo que concierte a nuestro padre y a Úrsula.

No te estoy mintiendo,

por amor de Dios.

Escúchame, te lo ruego.

¿Tanto me odias que ni siquiera vas a escucharme?

Es de vital importancia, se trata de padre y de Úrsula.

-Espero que no se trate de otra de tus tretas para retenerme.

-Te aseguro que no l oes.

Samuel,

supongo que recuerdas que padre apuntó unos números en su cuaderno,

en el diseño del colgante Ana. -Pero carecían de sentido,

sería algún tipo de error. La dimensiones no coincidían.

-Fuimos idiotas.

Nunca se trató de unas medidas.

-¿Entonces qué marcaban?

-La combinación de su caja fuerte.

-¿Estás seguro?

-Nuestro padre guardó documentos importantes.

Unos documentos que pueden causar daño a Úrsula.

-Eso explicaría su empeño en hacerse con el cuaderno.

Teme que pueda destruirla.

-Hermano,

ódiame si quieres,

pero ve a buscar lo que sea que guardó en esa caja fuerte.

Acaba con Úrsula.

Hazlo por nuestro padre.

Cariño, por fin.

Te esperaba para ir juntos a casa.

Disculpa el retraso, tenía asuntos en casa de doña Celia.

Descuida, he estado la mar de entretenida con mi labor.

Veo que sigues sin apreciar nada distinto en mí.

Hace días que llevo puesto el pasador que me regalaste.

¿O acaso habías olvidado tal presente?

-No.

No, no, no. Nunca lo olvidaré.

-Ni yo tampoco.

Me recuerda la ilusión y la dicha de nuestros primeros días.

Una ilusión que cada día siento más viva

en mi corazón.

Mira.

Mira lo que he bordado en este algodón.

Es un ángel que velará el sueño de nuestro primer hijo.

Pensaba que con esta tela podría hacer las sábanas del niño.

-Pero...

¿Cómo? ¿Estás encinta? No...

Perdóname, Adela, pero hace mucho que...

-No, no, no.

No estoy en estado de buena esperanza, aún no.

Pero estoy segura de que Dios pronto nos bendecirá

con tan ansiado regalo.

Este ángel es igual al que he bordado para nuestro niño.

Lo he hecho para ti.

Quiero que lo lleves siempre contigo, que custodie y guie tus pasos.

Para proteger el porvenir de la familia.

-Te lo agradezco.

Te lo agradezco de verdad.

-Podrías agradecérmelo con un beso.

Detente, que podrían vernos.

-No entra nadie en la sastrería a estas horas.

-He dicho que pares, por favor.

¡Para!

Discúlpame.

Discúlpame, Adela. No pretendía... -Descuida, descuida.

Perdona, ha sido culpa mía.

Tienes toda la razón. Es mejor

que nos marchemos ya. Déjame terminar de recoger todo esto.

Leonor, ¿vienes o qué?

Aquí me tiene, madre. ¿Por qué tamaña urgencia?

-¿Qué te parecen estos vestidos?

¿Cuál crees que me va a sentar mejor? -¿Usted piensa

que esto son cuitas de enjundia?

-No hay ninguna más importante.

Ya se acerca Nochevieja y aún no me decido.

-Cualquiera de los dos es bonito.

-Gracias por la ayuda.

Ha sido mala idea pedírtela, si no entiendes nada de moda.

-Rosina, salgo un rato.

-Espero que tu paseo no te lleve

con tus nuevos amiguitos. Vaya panda

de zarrapastrosos.

Es verdad.

Ay, ¿por qué no te quedas?

Y me ayudas a preparar las fiestas navideñas.

-Cariño, ¿qué podría hacer yo aquí?

-Para empezar, me puedes ayudar a elegir vestido. Que pedirle consejo

a mi hija es como tener tos y dormir con la abuela.

¿Cuál crees que me debo poner? ¡Eh! -¿Eh?

-Que cuál te gusta más.

-Ah, el verde está bien.

-No hay ninguno verde.

-¿Ah, no?

Pues debería. -¡Idos de paseo los dos! Decido yo.

Sí que me han ayudado a resolver mis dudas, sí.

Bueno...

Esta Casilda...

Pero bueno, ¿qué hacen aquí estos restos de fruta?

(GRITA)

¡Ratas, que han vuelto las ratas!

¡Ay, ay!

-¡Ah!

-Madre, madre, ¿qué suce...? ¡Uh!

-¿Quién es esta niña?

-Pues eso me pregunto yo, que me ha dado un susto de la muerte.

Casi me muero. Qué pelos. -¡Ay!

Tranquila, pequeña.

-Bueno, creo que Casilda nos sacará de dudas.

Señora... -Llegas tarde.

Te estaba esperando.

-Disculpe, señora, pero el camino desde el hospital es largo.

-No tanto como tus excusas.

Es una lástima haberme desprendido de la sastrería.

-Si tanto lo lamenta, ¿por qué se la vendió a doña Rosina?

-Por una sencilla razón: dinero.

El dinero es poder.

Nunca lo olvides, como parece que ha hecho Rosina.

La sastrería no vale ni la mitad del dinero que me pagó por ella.

Pero dejemos esos asuntos

y centrémonos en cuitas de mayor enjundia.

¿Has hablado ya con Olga? -No, señora, no la encontré allí.

-¿No estaba velando a Diego como un perro fiel?

-No. El señorito ha pasado la noche solo.

Por lo que he averiguado, Olga no estuvo con él,

ni durmió por los pasillos.

-A casa no ha venido a dormir.

¿Dónde se habrá metido esa ingrata?

¿Y Diego cómo está? ¿Qué dicen los médicos?

-Lo lamento, señora, pero se negaron a darme información,

dado que no era de su familia.

-Así que te envío para que me traigas nuevas de mi hija y ese patán

y vuelves sin una cosa ni otra.

Tu incompetencia no deja de sorprenderme.

Esa parece mi hija.

-No se equivoca, es la señorita.

-¿Pero qué diantres?

¿Qué hace tirada en el suelo como una pordiosera?

Hija, ¿qué te ha sucedido?

-Madre...

¡Madre!

Ayúdeme.

-Estoy a tu lado.

Tranquila.

Carmen, ayúdame.

La levantamos.

Vamos a llevarla a casa.

Ay, mi hija...

Va dirigido a Diego y a mí.

Lamento haberla asustado, doña Rosina.

-Sí, tienes que lamentarlo.

Reza para no verte de patitas en la calle.

-Casilda, ¿de dónde has sacado esta niña?

-Pues de la calle, don Liberto.

Estaba esperando a unos padres que nunca llegaban,

arreciada de frío.

-Pobre criatura. -Pues sí.

Eso mismico pensó servidora,

por eso la cogí y la traje,

para que no pasara las noches ahí, al raso.

A ver si le entraba una pulmonía.

-¿Qué hacía debajo de la mesa?

-Pues eso es que le entró hambre, señora.

Le entró hambre a la niña,

cogió algo y claro, al oírla, se asustaría y se metería

debajo de la mesa. -Ay, pobrecita. Sí, sí.

Se habrá llevado un susto tan grande como el mío.

Lo siento mucho.

Pero tú no te sonrías, eh,

que después hablo contigo.

-Pequeña, ¿por qué no vas a la cocina,

te sirves un vaso de leche

y coges el trozo de tarta más grande?

-Discúlpenme, señores,

yo no quiero crearles ninguna inconveniencia.

Pero no puedo dejarla sola en la calle,

y mucho menos en estas fechas tan señaladas.

¿Lo comprenden?

-Descuida, Casilda.

Has demostrado que tienes un corazón que no te cabe en el pecho.

-Así es. Ahora tenemos que ver qué hacemos con esta niña.

-Solo podemos hacer una cosa: entregarla a las autoridades.

Quizá sea verdad que sus padres la buscan.

Luisi, hija, tu padre me tiene con el alama en vilo.

-El espectáculo que montó ayer

se ha convertido en la comidilla de todo el barrio.

-Y volvió de visitar a Antoñito en la cárcel

con el alama por el suelo.

(SUSPIRA) -Lamento decirlo, las horas de sueño

tampoco le han venido bien. No ha salido ni para desayunar.

-La proximidad de la vista contra Antoñito acaba con sus fuerzas.

-Tiene motivos de sobra para estar derrotado.

Antes pasé por casa de Celia y...

Y bueno, pude hablar largo y tendido con Felipe.

Y él también da el caso por perdido.

-Si es que lo único que puede salvarle

es que detengan a Belarmino.

-Poco menos que un milagro sería eso, Lolita.

Sabe cubrirse las espaldas.

Dudo mucho que den con su escondite.

Quisiera decirte lo contrario,

pero no sé dónde encontrar a Belarmino.

Es muy escurridizo y muy listo,

es un tipo muy difícil de atrapar.

-Pero no imposible. Nadie puede desaparecer de la faz de la tierra.

Tiene que tener un punto débil, un talón de Aquiles.

-Ahora que lo dices,

sí que tiene un punto débil.

-¿Cuál?

-Las mujeres.

Son su perdición.

Por más de una ha perdido la cabeza.

Se le suele ver en compañía de...

Hembras, ya sabes.

-¿Qué?

-Mujeres de vida alegre.

-¡Lolita!

¿Qué ocurre? Te quedas pasmada.

-Preciso que me hagan un favor.

¿Me prestan maquillaje y un mantón bonico y colorido?

-¿Cómo?

-Tú has pedido el oremus.

En semejante situación tú piensas solo en acicalarte.

-He pensado que si me pongo bien guapa y resultona,

podría visitar a Antoñito en la cárcel

y darle una alegría entre tanta desgracia.

-Sí que vas a solucionar mucho así.

No sé qué más hacer para ayudar a Antoñito.

Su condena es segura.

-Lo lamento mucho por los Palacios.

-Me siento tan impotente...

Si pudiera recorrer las calles en busca de pruebas,

tratar de encontrar a Belarmino una vez más.

-Ni lo sueñes, estás convaleciente.

-Pero ya me siento mucho mejor.

-Gracias al reposo y a mis cuidados. Así que, no insistas.

No sales hasta que no lo autorice un médico.

-Has resultado ser una carcelera tan implacable como bella.

-No voy a dejarme ablandar por tus requiebros.

Deberías estar en cama,

descansando.

(Puerta)

¿Y quién será? No espero visita.

-Ve a abrir.

Quizá yo pueda escapar por la ventana.

Felipe, Adela ha tenido la amabilidad

de venir a interesarse por ti.

-Tenía intención de hacerlo desde que abandonó el hospital,

pero mis quehaceres lo impidieron. -Se lo agradezco.

Ya ve que mucho mejor. Encerrado a cal y canto, eso sí.

Ya que habla de la sastrería, dígame,

¿es cierto que doña Susana ha recuperado el negocio?

-Sí, así es.

Parece ser que Liberto negoció con Úrsula

y bueno, todo se resolvió de forma favorable.

-Me alegra mucho escucharlo. -Y a mí.

Acacias sin doña Susana al frente de la sastrería, no sería lo mismo.

Ahora, si me disculpa, voy a mi cuarto a descansar.

O mi guardiana podría castigarme.

Con Dios. -Con Dios.

Como ve, Felipe no ha perdido el humor.

Adela, muchas gracias por su visita.

-Señora, no solo he venido a preguntar por don Felipe.

Preciso de su consejo.

-Y por lo que veo también consuelo.

Vamos. ¿Qué la tiene tan mohína?

-Mi marido, Simón.

-Pero yo pensaba

que estaba solucionado y que era un camino de rosas.

-Sería más apropiado llamarlo de espinas.

Simón vuelve a rechazarme,

a rehuir mi cercanía.

¿Cómo formar una familia con un hombre

que ni es capaz de tocarme?

-Bueno, no se venga usted abajo.

Quién sabe lo que nos deparará el destino, eh.

Mírenos a Felipe y a mí.

Nos separamos y ahora estamos más felices que nunca.

-No.

No, no, yo nunca me separaré de Simón.

Nunca.

Siempre estaremos unidos, amándonos.

Tendremos... Tendremos muchos hijos.

Y nunca nadie se interpondrá entre nosotros.

Nunca.

¿Lo ves, bonita? No están tus padres.

A ver, Virginia.

Venga, dime la verdad.

¿No van a volver?

-Cariño, ya no están

entre nosotros. ¿Es eso?

-No, están vivos.

Y volverán a por mí.

-Pequeña,

perdona que seamos tan duras,

pero ya tendrían que haber venido.

No te hubieran dejado tanto tiempo sola.

Por eso tenemos que llevarte a las autoridades.

Ellos tratarán de saber qué ha sido de ellos.

Y si sus pesquisas no llegan a buen puerto,

te buscarán un hogar.

-Claro. Tenemos que llevarte

a la Policía para que te ayuden. -No.

A la Policía no, se lo ruego.

Son malos, son los que se llevan a mis padres.

-¿Los guripas?

Pero entonces, ¿tú crees que tus padres están detenidos?

-Contestas ya, criatura, que nosotras solo queremos ayudarte.

-No dije "na" por vergüenza,

pero mis padres roban "pa" poder darme un mendrugo de pan

que llevarme a la boca. La Policía, a veces,

los pilla y se los lleva presos.

Pero luego, los suelta y ellos siempre vuelven a por mí.

-Al mismo lugar donde te dejaron la última vez, ¿no?

-Por eso no se separaba de la estufa. -Esta vez

están tardando una eternidad. ¿Y si les ha pasado algo?

¿Y si la Policía los ha "matao"?

-No, cariño, no. Los guardias no pueden hacer eso.

Vamos a buscar a tus padres y les vamos a encontrar.

Ya verás como el año nuevo te los trae de vuelta.

-"Pa" chasco que sí.

Y mientras tanto, yo voy a cuidar de ti, ¿vale, Virginia?

Vamos.

Veo que, por fortuna, ya tienes otro aspecto. No pareces

una indigente. -Carmen me ayudó a darme un baño.

Y gracias al preparado que me dio, pude descansar

un poco.

-¿Puede saberse qué demonios ha sucedido?

Estabas fuera de sí,

totalmente trastornada.

-Se me va la vida en contarlo.

Solo de tratar de decirlo, mis ojos se inundan de lágrimas.

-¡Pues te las secas y hablas!

Si debo ayudarte,

bien habré de saber cuál es el mal que te aflige.

-Tiene nombres y apellidos.

Diego Alday.

Me ha abandonado.

Sigue amando a otra, a mi hermana.

Madre, ¿no va a decir nada?

¿No va a tratar de consolarme,

de decirme que él se equivoca,

que no encontrará más amor en Blanca que en mí?

Me entregué a él

en cuerpo y alma.

¡Luché por su amor y por su vida!

No me guardé ningún secreto.

Ni dudé en revelarle lo que su padre escondió

en ese maldito cuaderno.

-¿Qué has dicho que has hecho, desgraciada?

-Madre, compréndame, tenía que hacer algo

para que confiara en mí. ¡Madre!

Madre, tenía que vivir.

Le tenía que dar algún motivo.

¡Ingrata!

¿Acaso eres una indigente

para ir mendigando amor?

Eres ridícula.

Poco más que una burda copia de tu hermana.

-No me diga eso,

se lo ruego.

Sus palabras me hacen más daño que la bofetada.

-Son las que te mereces.

¡Me asquea pensar que pude traer al mundo

un ser tan despreciable como tú!

¡Debí haberte dejado morir, debí haberte matado

con mis propias manos cuando eras niña!

¡Ni siquiera mereces la oportunidad de estar abandonada en un...!

Desde que naciste

no has dejado de defraudarme,

como has hecho con todos.

Nadie te querrá nunca.

¡Jamás!

Todos preferiríamos verte muerta.

-Así que es eso lo que desea para mí.

¿La muerte?

-Por tu culpa

el niño que ansío,

lo que más anhelo en el mundo,

puede escaparse de mis manos.

Por tu indiscreción.

Ahora Diego reaccionará,

cogerá fuerzas

y luchará para recuperar a Blanca.

-Madre, no debería hablarme con semejante desprecio.

Podría arrepentirse.

-De lo único que me arrepiento

es de haberte dejado volver a entrar en mi vida.

No quiero volverte a ver. -¿Qué?

-¡No quiero volverte a ver!

¡Vete de esta casa! ¡Vete de esta casa!

-¡No! -¡Maldita, vete de esta casa!

-Se va arrepentir. No sabe lo que está haciendo.

¡Se va a arrepentir!

-¡Ah!

¿Ocurre algo, madre?

-No, nada. -Estaba reposando

y me pareció escuchar voces.

-No, no te preocupes.

¿Has visto a Samuel?

-¿No ha llegado aún?

-Si así fuera, no te preguntaría.

-Pues no sé dónde puede haberse metido.

Desde ayer, está bastante distante.

Y esta mañana, salió temprano, sin decirme adónde iba.

-Vaya.

-¿Por qué quiere saberlo?

-Ah.

Nada importante. Quería consultarle unas cuitas de la joyería.

¿Me acompañas con un té?

-De acuerdo.

-Carmen.

Es la mejor ocasión para dar a conocer su ingente talento.

-Es cierto. Podríamos presentar

el diseño del colgante Ana, de su cuaderno.

Siempre estuvo muy orgulloso de él.

(RECUERDA) "La señora Ruano es una mujer muy acaudalada del sur".

Ha hecho una oferta muy generosa por una réplica del colgante Ana.

Se ha quedado prendada de él.

-No creo que sea posible, no tengo las medidas exactas.

-¿No están en el cuaderno?

(VOZ DE JAIME) "Queridos hijos míos,

os escribo estas letras con la intención de que algún día

entendáis mi comportamiento y mis actuaciones".

"Sé que durante mucho tiempo no llegaréis a comprender

el por qué de mi matrimonio con Úrsula,

por qué me dejo chantajear por esa mujer,

por qué sucumbo a sus deseos y manipulaciones".

"Hace muchos años,

cometí un error imperdonable".

"Tuve una relación

con una criada de una adinerada familia".

"De esa relación nació una niña".

"En aquel momento, me desentendí".

"Nada quise saber de ese bebé".

"Pero ni la memoria ni el corazón

me han permitido el olvido. En algún lugar

hay una niña, una mujer ya,

que lleva mi sangre

y la vuestra".

"Vuestra hermana

es tan hija mía como lo sois vosotros".

"Necesito conocerla,

saber que está bien, abrazarla

y pedirle perdón por haberle arrebatado a su padre,

a sus hermanos,

a una familia entera".

"Úrsula Dicenta es la única que sabe su nombre,

la única que puede ponerme en contacto con ella,

por eso ha utilizado esa información en su propio beneficio".

"Manipulándome,

obteniendo dinero, joyas, favores,

posición social

e incluso el amparo de un matrimonio".

"Es comprensible tu perplejidad, Samuel,

ante mi decisión de casarme".

"Y soy consciente de que estoy asumiendo un riesgo muy elevado

al aceptar su chantaje, pero...

¿qué puedo hacer?"

"Temo que algo salga mal".

"Si así fuera, espero que leáis esta carta

y encontréis el camino para entender mis razones".

"Deseo que algún día podáis perdonarme".

"Vuestro padre, que os quiere".

¿Cómo es que estás tan mohína, Adela? No deberías

poder parar de sonreír. Hemos recuperado

la sastrería.

¿O es que te sucede algo?

No, no es nada, no se preocupe por mí.

Aún no me has enseñado el bordado que haces para rorro.

¿A qué esperas?

(SUSPIRA)

Es un trabajo exquisito, digno de tu talento.

A Simón le habrá encantado.

-Sí.

Sí, sí.

A él le he regalado un ángel

exactamente igual.

Lo he recortado en forma de estampita,

para que lo lleve siempre consigo.

-¿Crees que precisa de guía?

-Doña Susana, ¿cree que algún día llegaré a ver la cara de un hijo mío?

-Por supuesto que sí.

Y por vuestro bien,

no me hagáis esperar mucho. Estoy ansiosa de tener un nieto.

Tienes que encomendarte

a la Virgen, para que pronto te dé descendencia.

-Así lo haré.

Creo que luego iré a la iglesia

y pondré una vela. -¿Para qué esperar?

Ve ahora. Que yo me quedo recogiendo.

Le agradezco enormemente su visita, Blanca.

Tenía entendido que estaba usted guardando reposo.

-Por ese motivo Leonor ha sido tan amable de acompañarme.

No quería dejarme sola.

Pero yo quería interesarme por el estado de don Felipe.

-Pues, como ya les he comentado, las noticias no pueden ser mejores.

Está descansando,

pero ya está mucho mejor. -No sabe cuánto me satisface oírlo.

-Se lo agradezco. Pero bueno, ¿cómo está usted?

¿Hay novedades sobre su estado?

-Todo sigue bien. He sentido debilidad,

pero nada de lo que preocuparse. -Blanca,

no deberías quitarle importancia a tus temblores.

Estás entre amigas, no tienes por qué fingir ante nosotras.

-No le haga caso. La estima que me profesa

la hace preocuparse en demasía. -Ojalá así fuera.

¿El doctor Quiles te ha dado el resultado de las pruebas?

-No.

Sé que habló con Samuel

y me mandó unos preparados de la botica.

Pero aún ignoro el diagnóstico. -¿Y Samuel no le ha contado más

sobre su encuentro con el doctor? -No.

La verdad es que no he tenido oportunidad de preguntarle más.

No atisbo a adivinar qué le ocurre, pero está muy tenso.

-Ahora que lo dice, me encontré con él

y también le noté extraño y distante. -¿Se cruzó

con Samuel? ¿Dónde?

-En el hospital, cuando fui a ver a Diego.

Mejor dicho, los dos estaban tensos.

-¿Cómo los dos?

¿Acaso Diego ha despertado?

-¿Acaso no lo sabía?

-Tengo que ir al hospital de inmediato.

-No sé si será muy buena idea.

Llevaba todo el día queriendo escaparme para venir.

Ya veo que tú también

te alegras de verme. Que te falta bailar jotas.

-Pues claro que me alegro, mujer.

-Se te ha puesto una cara de velatorio que asusta.

-Lo único que me mantiene en pie día tras día

es la esperanza de poder verte.

Pero hay que ser realista

y el juicio se acerca.

-Y entonces, al fin, quedarás libre. -No, no.

Será mi condena la que se confirme.

Felipe no podrá aportar ninguna prueba mi favor.

Y no puede conseguir otra.

-Algo sucederá.

Se hará justicia.

-No.

Me temo que el juez dictará sentencia en mi contra.

-No digas eso, no llames a la mala suerte.

-Demasiado tarde para eso, Lolita. Hace tiempo que se instaló a mi lado.

-Antoñito,

¿yo te he hablado de mi pueblo?

-Tan solo unas 100 veces.

-Pues va a ser la 101.

Hace ya sus buenos años,

era un erial donde no vivían ni las alimañas.

La tierra era yerma

y el único río que había estaba a leguas.

El sol, en verano, calentaba como en el infierno.

Y en noches de invierno había heladas.

-Pues me dan ganas de ir a visitarlo. -Calla y escucha, mastuerzo.

Ahora, es el mejor lugar de la tierra.

Con sus buenas aguas para regar los terrenos,

con sombra para guarecerse

y plantaciones que aguantan las heladas.

Mis paisanos, con sudores, lograron lo imposible:

convertirlo en un paraíso.

-Yo me alegro enormemente.

Pero no entiendo qué tiene que ver tu pueblo

con que yo me pase varios años a la sombra.

-Pues que yo,

al igual que los míos,

no me voy a rendir.

Para los de Cabrahigo no hay imposibles.

Y te sacaré de esta cárcel, aunque sea lo último que haga,

aunque me cueste la vida.

-Lolita, eso, más que animarme, me asusta.

¿Se puede saber qué estás tramando?

Simón, no te esperaba.

-He aprovechado que tenía que hacer unas gestiones para venir a verla.

¿Cómo está, madre?

¿Cómo se siente al recuperar la que es su vida?

-Muy dichosa, Simón.

La pena es que no exista la felicidad completa.

-¿Acaso hay algo que le preocupe?

-Sí. Tú.

Y sobre todo, tu esposa.

¿Te haces una idea de cómo lo ha pasado estos días,

mientras tú estabas en el hospital, entregado a Elvira?

-Tan solo trataba de ayudarla, de acompañarla en esos...

momentos tan duros.

-Tu lugar estaba junto a tu esposa,

no con ella.

Simón,

Adela está sufriendo. Ella quiere convencerse a sí misma

de que será feliz contigo.

Pero en la carita se le nota el miedo que tiene

a que la abandones. -No es mi intención hacerla sufrir.

-Bueno, lo sea o no, es lo que estás consiguiendo.

Tienes una esposa que cualquier hombre querría,

no debes tratarla con ese desdén.

-Lo siento, madre, pero no le rendiré cuentas.

No son cuitas que me agrade

tratar con usted. Lo siento.

-Tampoco es plato de buen gusto para mí.

Pero tu actitud es la que me hace intervenir.

-¿Sabe cómo se siente su hijo?

Porque aún no me lo ha preguntado.

Viviendo un infierno desde que regresó Elvira.

Madre, yo pensaba que estaba muerta.

Nunca me hubiera casado de no ser así.

Siempre...

Siempre he amado a Elvira.

-Ay, Simón...

¡Ay, Dios mío! No digas barbaridades.

¿Te recuerdo que estás casado con otra

y que es a ella a la que debes amar y proteger

y respetar?

-Lo intento, pero no puedo.

No puedo callar mi corazón. Lo siento.

-Escucha a tu cabeza entonces.

Elvira perdió la sensatez desde que regresó.

Puso en peligro a Víctor, se metió en tu matrimonio,

ha hecho muchísimo daño. Es hora de que la separes.

-No será menester que lo haga.

Elvira se marcha, madre.

Se irá a un convento, y con ella se irán toda mis ilusiones.

Porque sin ella, mi vida no tiene sentido.

No creo que...

pueda ser feliz.

-Simón...

Madre santa,

te lo ruego, escucha la plegaria de tu devota hija.

Madre, te voy a quitar lo que más quieres.

Y ahí habrás de amarme.

Te odio.

Te odio tanto como a Diego.

Lleve esta sangre a analizar.

Los análisis confirmarán

si ha bajado la intoxicación.

Si es así, con unos preparados

y manteniéndose alejado de fuentes de intoxicación, es más que probable

que pueda superarlo.

-Le estoy muy agradecido, doctor.

Sé que si no fuese

por sus cuidados, yo ya estaría muerto.

-Hay una persona a quien debería agradecérselo más.

Si su hermano no le hubiese donado su sangre,

yo nada podría haber hecho.

-Lo sé. -Para ser una persona

que acaba de volver a nacer, no parece usted

muy satisfecho.

-Es precisamente por él por quien no puedo estarlo.

Después de salvarme la vida,

me ha mostrado un resentimiento enorme y no comprendo

sus motivos.

Doctor...

¿Acaso sabe usted algo?

-Lo lamento, preo no suelo inmiscuirme en la vida privada

de mis pacientes. -Su respuesta esquiva

me demuestra que no me equivoco.

Mire, doctor,

para mí la familia es lo primero.

Si puede ayudarme a aclarar esta situación, debería decírmelo.

-Lo que debe hacer usted es guardar reposo.

Pero, si me permite un consejo,

por el momento debería guardar las distancias

tanto con su hermano como con su cuñada Blanca.

Padre, no debería haber venido a despedirme en su estado.

Solo voy a pasar la noche en el convento con la madre superiora.

Mañana estaré de vuelta.

Sí, pero para preparar tu marcha definitiva.

Así será, si todo va bien.

Sé que no hay que regodearse en el dolor,

pero aunque no lo creas,

sufro al pensar que te marcharás de esta casa,

que pasarás tus días en ese convento.

Se equivoca, padre.

Sí que le creo.

Pero es mi determinación y sé que será lo mejor.

Entonces, no hagas esperar más al chófer.

¡Elvira! ¡Elvira, aguarda!

Simón, ¿qué haces aquí?

Denos un minuto, por favor.

No te marches.

Simón... No, no, no. Escúchame.

No debes abandonarte en ese convento.

No debes dejarme solo, Elvira.

Por favor, no lo hagas.

Ay, Lolita, si te viera tu madre, se iba a quedar "espantá".

No aflojes, "desgraciá".

Todo sea por Antoñito.

¡Madre del amor hermoso, menudo escote!

Pero bueno, Lola, si pareces

una mona de feria. Se te ven las vergüenzas.

-Se agradece el cumplido. -¿Y a qué vas de esa guisa?

¿Han adelantado la Nochevieja o los carnavales

para disfrazarte? -Ni una ni otra.

Voy a salir. -¿Adónde, si puede saberse?

-"Ande" no te importa, Casilda.

-Menudos aires te gastas.

-He pensado en ir a ver a Antoñito. Y quería ponerme bien guapa para él.

-Pues te has pasado de largo.

No te reconocerá, pareces una pilingui.

Y, por cierto, ¿desde cuándo te dejan verle dos veces al día?

-Muy preguntona estás tú hoy. -Estoy escavada.

No me cuentas ni una verdad a medias. Está pasando algo.

-¡No te amuela! Bueno, pues ni tiempo ni ganas

tengo de discutir contigo, Casilda. Si no me crees, es tu problema.

-¡Lola, espérate!

Ven aquí. No dejaré que te vayas a ninguna parte

hasta que me digas qué tramas.

-¡Déjame en paz!

Simón, por favor, no insistas.

No nos hagamos más daño.

Será mejor para todos que me dejes marchar.

No. No, Elvira, no.

No puedo renunciar a ti.

No sabes lo que dices.

Ya renunciaste.

Me has rechazado miles de veces.

Y hacías bien. No, no.

Me empeñé en un imposible.

Pero ahora veo la verdad.

Nunca he estado más seguro de nada. No puedo renunciar a ti.

Si lo hiciera, perdería la cordura.

No puedo dejar de amarte, Elvira.

Y que venga Dios y me castigue, pero yo quiero estar contigo.

¿Y Adela?

Si te pierdo por su culpa,

terminaré odiándola.

Siempre la culparé, nunca será feliz a mi lado.

Mira, sé que no tengo derecho a hacer lo que hago

y que soy un ruin y un egoísta,

pero no puedo seguir negando mis sentimientos.

Necesito mirarte, sentirte,

rozar tu piel cada instante de mi vida.

No.

No, Simón, por favor.

No hagas más difícil mi sacrificio.

La decisión está tomada.

Está bien.

Márchate.

Pero antes, haz algo por mí.

Mírame a los ojos y dime que no me quieres.

Dime que estás dispuesta a renunciar al amor, a la pasión, a mí.

Dímelo.

Nunca podré decir tal cosa.

Arranque.

Blanca, Blanca, te lo ruego.

En tu estado, no deberías acudir al hospital.

No sé qué opinará Samuel al respecto. -Descuida, será solo una vez.

Necesito comprobar

que Diego ha despertado.

-¿Dudas de la palabra de Celia? -No.

Pero necesito abrazarle, sentirle vivo.

Después, me apartaré de él para siempre.

-Nada te hará cambiar de opinión, ¿verdad?

-Me conoces bien. -Deja al menos que te pida

una cosa. Vayamos al hospital, pero más tarde.

Mi madre me ha pedido que la acompañe a comprar

y me debe de estar esperando. -Descuida, Leonor,

puedo ir sola. -Me quedaría mejor si te acompaño.

-Te agradezco tus desvelos, de corazón, pero no me acompañes.

El paseo me hará bien.

Y preferiría ver a Diego sola,

sin testigos.

Espero que lo entiendas.

Anda, marcha. Marcha con tu madre.

-De acuerdo, pero, Blanca, ten cuidado.

No te esfuerces en demasía.

-Vale.

-Blanca.

¿Olga?

¿Eres tú?

Eso es.

¡Chist!

Duerme.

Duerme.

No lo pienses más.

Lo único que deseo es tenerte entre mis brazos

y no pensar en mañana.

No podemos abandonarnos a esta pasión.

¿Por qué?

¿Por qué resistirnos ahora?

Mi vida,

necesito entrar contigo. -"Hágame un favor".

Necesito que...

Que diga que ha mandado a Simón a resolver unas gestiones

para la empresa de tintes.

Y que va a estar unos días fuera de la ciudad.

-¿Me está pidiendo

que encubra sus infidelidades?

-"¿Sabe si Olga está bien?".

-Sí, supongo. Pero yo buscaba a doña Blanca.

En casa están muy inquietos porque no está cumpliendo el reposo

que le recomendaron. -Por aquí no ha pasado.

¿Cuánto tiempo llevan

sin saber ella?

-Nada, una hora o así.

-"¿Buscas compañía, resalado?".

-¿Y qué hace una morena como tú

tan solita? -Tomar el fresco.

-Pues ten cuidado, no te constipes,

porque sería una pena ver marchito ese cuerpazo

que te gastas, hija.

-Ya buscaré yo quien me caliente.

-¿Te valgo yo, prenda?

-"Te esperaba".

¿Dónde estabas? -Créame, he venido a escape.

-¿Has sabido algo sobre Blanca?

-Por el hospital

no ha pasado. Nadie la ha visto.

-Dios bendito. Ha tenido que ocurrirle algo.

-¿Y Olga?

Tal vez sepa dónde está su hermana.

¿Has hablado con ella?

-Olga no soportó ser despreciada de nuevo,

estar por detrás de Blanca

otra vez. -No puedo evitar sentir pena

por ella.

-No la compadezcas.

No hay duda de que Olga

se ha llevado a la fuerza a Blanca,

porque a través de ella y de ese niño

puede consumar su venganza.

"Adela es una mujer bondadosa".

Seguro que acabará entendiéndolo.

Es posible.

Pero también sabemos que tiene

una mente muy frágil.

Cualquiera sabe cómo se va a tomar todo esto.

¿Dudas sobre lo que haremos?

-"Siempre me inquietó"

la obsesión que tenía usted

con el cuaderno de diseños de mi padre.

-No sé de qué me hablas.

-Yo creo que sí.

Usted sabía que mi padre dejó algo para nosotros

en la caja fuerte y que en ese cuaderno estaban las claves.

Con su permiso, preciso hablarle.

-No es el momento más oportuno. -Créame,

lo que le contaré nos interesa a los dos.

-No sé en qué podemos coincidir nosotros.

-En el interés por Simón y Elvira.

-"Hazlo por Blanca".

¡Por el hijo que esperáis!

-Le juro que haré todo lo que pueda para que no se acerque a él.

Recoja sus cosas inmediatamente.

Daré aviso a Blanca cuando regrese.

Está usted acabada.

  • Capítulo 671

Acacias 38 - Capítulo 671

04 ene 2018

Diego le desvela a Samuel el significado de los números que están en el diseño del colgante Ana. Samuel abre la caja fuerte y encuentra la confesión de su padre. Simón es incapaz de corresponder el afecto de Adela y seguir sus ilusiones de futuro.

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