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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 670 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué es lo que quieren que haga ahora?

Me están volviendo loca.

-Es muy sencillo. Nada.

Haga la transfusión y quédese con el dinero.

Nadie sabrá nada de lo que ha pasado aquí.

-Pero no me habían pedido eso.

-Hemos cambiado de opinión.

-Mira dentro de este sobre.

Es un premio a tu fidelidad.

-Leonor, ¿has conseguido hablar con el doctor Quiles?

Todo va sobre ruedas.

La sangre de los dos hermanos no está sufriendo ninguna reacción.

Ya están terminando.

-El malnacido ese es muy falso.

-Te equivocas.

Belarmino se enteró de que la policía conocía sus planes.

Tiene a gente a sueldo en la comisaría.

-¡Mi amor!

¡Estaba tan preocupada!

-Han puesto fecha para el juicio.

-Se va a celebrar en unos días. -¿Y qué vamos a hacer?

No contamos con ningún testigo que declare a nuestro favor.

-Tenemos las amenazas y el accidente como pruebas.

A ese le conozco yo.

¿Dónde vas? ¡Muchacha! ¿Dónde vas?

-No sé si han sido sus rezos.

Pero todo ha salido de perlas.

-¿Samuel y Diego están vivos?

-Tanto como nosotras.

Esta va a ser la última vez que nos veamos.

Voy a ingresar en un convento.

¿Es otro despropósito de tu padre? Lo voy a impedir.

No es decisión suya.

No voy a permitir que te marches, Elvira.

Está decidido.

-"Es por los análisis".

-¿Tiene ya los resultados?

-Hemos repetido las pruebas para confirmar el diagnóstico.

-¿Qué tiene Blanca? ¿Es grave?

-Podría serlo.

Su esposa tiene unos niveles de mercurio en la sangre

más altos de lo normal.

-¡No puede ser!

Es un error.

-No lo es.

Repetí las pruebas para confirmar el diagnóstico.

Blanca está intoxicada

con mercurio.

He de reconocerle que no me sorprendió.

Advertí algunos síntomas.

Los temblores, el color de las encías.

Pero lo hemos cogido a tiempo.

El nivel de intoxicación es muy elevado.

-¿Cómo ha podido suceder?

-¿Ha estado su mujer en contacto con mercurio?

-No.

-¿Y usted trabaja con el metal en la joyería?

-No, no, no. Y mucho menos cerca de mi esposa.

-¿Y Blanca no ha ido a ninguna mina?

-Ni ella ni yo.

Es Diego el que viaja en busca de gemas para el negocio familiar.

-Lo cierto es que lo primero que pensé

es que usted podía haber contagiado a su esposa.

Por eso, perdóneme el atrevimiento,

me adelanté y le tome una muestra de su sangre cuando la transfusión.

Para analizarla.

-¿Y?

-Su sangre no tiene mercurio, Samuel.

-No sé adónde quiere ir a parar.

¿Qué trata de decirme?

-¿Puedo serle sincero? -Claro.

Esto no es fácil de encajar. Quizá sea solo una hipótesis.

-¡Por el amor de Dios, hable una vez!

(Música)

¿Cuándo ha sido?

-Felipe ha recibido una misiva del juzgado

hace un rato.

Al darle el alta, el juez considera que no hay excusa

para demorar el juicio. -¿Y cuándo se celebrará?

-Dentro de unos días.

¿Sabes lo que significa? -Sí, claro.

Tendremos que acudir al juicio y demostrar la inocencia de Antoñito.

-Me temo que será sin pruebas.

Cada vez que estamos a punto de conseguir algo, se nos escapa.

Es difícil no dejarse vencer por el desánimo, Trini.

Lo sé, amor mío, lo sé.

Lolita, ¿y tú qué tienes? ¿Qué traes?

-Lolita, ¿qué sucede?

No estarás ocultando información otra vez, ¿verdad?

-Que no, don Ramón, que no es eso.

Estoy muertecita de miedo y no me salen los palabros.

¿A qué no saben a quién acabo de ver

camuflado entre los pordioseros que van a calentarse a la lumbre?

-¿A quién?

-¡Al confidente de la guardia!

Al infiltrado que trabajaba para Belarmino.

Al mal encarado... -Ya nos ha quedado claro a quién.

-¿Cree que está espiándonos?

¿Cree que está camuflado

para aprovechar el momento y hacernos una avería?

-¿Acaso lo dudas?

¿Dónde está mi hija? -Tranquilo, está en su cuarto.

¿Y ahora qué hacemos?

-Ir a comisaría a poner a Méndez al tanto de todo esto.

-Voy contigo. -No, de ninguna manera.

Esto es muy peligroso.

Vosotras quedaos aquí, en casa.

-¿Qué significa que suele ser así?

-La intoxicación por mercurio funciona de esta manera.

Se transmite directamente cuando se ha estado

en contacto con el metal, como es el caso de su hermano,

o cuando se ha estado en contacto

con la persona que ha estado en contacto.

-Explíquese. ¿Qué tipo de contacto?

-De dos maneras.

El más común es por contacto íntimo.

La transmisión mediante relaciones sexuales.

Pero hay otro supuesto.

Transmisión por sudor o por mucosa pulmonar.

Si hay besos en los labios

o intercambio salival de algún tipo.

-¿Me dice que, si Blanca no ha entrado en contacto con el mercurio,

la única explicación es el contacto físico?

-Con alguien que está intoxicado. Así es.

Lamento ser el portador de tan malas noticias.

Pero, como esposo de doña Blanca, creí que debía saberlo.

Por supuesto puede contar con mi compromiso de confidencialidad.

Tómese su tiempo.

Ya sabe dónde encontrarme.

-¡Doctor!

¿Mi hijo... también está infectado?

-Es pronto para decirlo.

Le daré unos preparados para que los tome su esposa.

-Una última cosa.

Su compromiso de confidencialidad debe incluir también a mi esposa.

Ella no debe enterarse.

Y mucho menos de su hipótesis acerca del contagio.

-Es la paciente, debe saberlo.

-Yo soy su esposo y decido en tal menester.

Haremos lo que he dicho. ¿De acuerdo?

Cuando todo esto termine y te recuperes, haremos un viaje.

Nos iremos lejos, donde nadie nos conozca.

Y nos amaremos y disfrutaremos el uno del otro solos.

Nadie se interpondrá en nuestro camino.

Pronto pasará esta pesadilla, mi amor.

¡Samuel!

¡Mira!

Mira qué buen aspecto tiene.

Y todo gracias a ti.

Gracias. De verdad.

No sé cómo voy a agradecerte todo lo que has hecho por nosotros.

Samuel, ¿estás bien?

-Sí. Solo un poco cansado.

La transfusión me ha dejado molido.

-Claro.

Deberías ir a casa descansar.

Yo me quedo cuidando de Diego.

Lo único, ¿te importaría quedarte un momento con él?

Quiero ir a por algo de cenar.

Gracias.

-Te odio.

¿Se puede saber de dónde vienes?

¿Dónde has estado toda la tarde?

¿No te ha quedado claro que esto va a cambiar?

He estado toda la tarde en los Jardines del Príncipe,

sentada en un banco.

Sola.

Y pensando.

¿Pensando en qué?

En la decisión que he tomado.

¿De qué hablas, Elvira?

Hablo de que abandono esta casa.

Que le dejo a usted aquí solo y que espero que lo entienda.

He decidido ingresar en un convento de clausura.

¿De qué demonios estás hablando?

El tiempo que estuvo usted en el hospital

debatiéndose entre la vida y la muerte

me puse al servicio de Dios y le hice una promesa.

Si le salvaba, no volvería a herir

a aquellos a los que quiero.

Y eso le incluye a usted.

He hecho mucho daño a todos los que me rodean y no puedo seguir.

Me cuesta imaginar la vida sin ti.

Me duele tu decisión.

Pero estoy orgulloso de ti, hija.

Me siento honrado al ver tu sacrificio.

Si eso es lo que quieres, que así sea.

Sea pues.

Iniciaré los trámites para marchar lo antes posible.

¿Cómo te encuentras? -Bien.

-¿Quieres que le diga a Carmen que te haga algo caliente?

-No, gracias.

-¿Cómo está Diego? ¿Has podido hablar con él?

-No.

-Estoy tan contenta por lo que has hecho.

¡Eres un hombre tan bueno!

¡Tan generoso!

Iré a pedirle a Carmen que te prepare algo de cenar.

-No tengo apetito.

-¿Qué te pasa?

¿Te has dado cuenta de que has cometido el peor error de tu vida?

Creí que entrarías en razón cuando te di la carta

que escribió a Diego, pero no.

Tienes más aguante de lo que me pensaba.

¿Cuál ha sido la gota que ha colmado el vaso?

-¡Déjame en paz!

Usted, Servando. -¿Qué?

-¿Se puede saber qué hace usted? ¿Quiere ir ya a la faena, hombre?

¿No sabe usted, después de tanto tiempo, lo pejigueros

que se ponen los señores en esta época?

Que reciben visitas y quieren el portal como los chorros del oro.

-Pero si la faena ya está hecha. -Sí.

Y no gracias a usted, sino al pobre Martín.

Y otra cosa.

He tenido que echar a los pobretones

porque los señores se han quejado.

-No, pues no lo sabía.

Hombre, claro, si no pisa la portería.

-¿Qué sabe usted de la niñita?

-Pues no sé dónde se habrá refugiado.

Dios quiera que esté bien con este frío tan endemoniado.

¿Y a la Lolita se le ha pasado ya el pasmo?

¿Qué pasmo? No, yo ni la he visto ni la he hablado.

-Ayer dijo

que el acosador ese que la espiaba estaba aquí,

entre el tumulto de los pobres al calor.

-¿No me diga? -Se lo digo. Como que es verdad.

-Ay, pobre muchacha.

Menudas Navidades que está pasando ella y todos los Palacios.

-Si es que estas fechas son muy malas para pasar penas.

Cada vez me acuerdo más de mi Paciencia

y se me reblandece el corazón.

Vamos, que me pongo melifluo.

No, verbigracia, llorón, ya me entiendo usted.

¿Te quieres apartar de ahí, cantamañanas?

A ver.

¿Quién quiere un chocolatito calentito para calentarse?

-Mirad lo que dicen de las estufas.

Escuchad.

"Los braseros aglutinan a golfos y gente de mal vivir".

No, esperen.

"La mayoría no son pobres, sino señoritos de renombrón

que se camuflan hasta que se les pasa el cogorzón".

"Hasta el alcalde frecuenta la estufa y el fuego nocturno,

mientras la mujer saca pecho pensando que trabaja duro".

-Por supuesto que sí, madre.

Claro que puede invitar a los primos de Salamanca.

A mí la tía Enriqueta me cae estupendísimamente.

-¡Ay, Liberto!

Otra vez confraternizando con estos.

¡Se va a enterar! -¡Madre! ¡No!

-¡Liberto!

Vámonos a casa inmediatamente.

-¿Sabes lo que te digo, Rosina?

Que no me da la real gana.

-¿Qué?

Pues lo que oyes.

Estoy aquí, a gusto y feliz con esta buena gente.

Y no voy a ningún lado.

-¿Y tú qué miras, Servando?

¡A la portería a trabajar!

-Ya sabía que me iba tocar a mí.

¿Qué haces aquí? ¿Te ha mandado mi madre?

-No, ella no sabe que he venido.

-¿Qué quieres?

-Reconozco que al principio, cuando llegó a la casa,

le tenía a usted miedo.

Pero ahora me doy cuenta de que solo es usted una niña

desvalida y frágil, víctima de la maldad de su madre.

-Carmen, ¿a qué viene todo esto?

-He venido a advertirle de que su madre

está muy enfadada por el éxito de la transfusión.

No le gusta que se la desobedezca.

-Lo sé.

-Ha de tener usted mucho cuidado porque bien sabe

que ella no se va a quedar de brazos cruzados.

Que habrá represalias.

-Te agradezco que hayas venido a contármelo.

Pero no me arrepiento de lo que he hecho.

Pero ¿usted sabe a quién se está enfrentando?

-Sí.

A la mujer que me dio la vida para luego arruinármela.

Al mismísimo diablo.

Créeme que yo lo sé mejor que nadie.

Pero me da igual porque no voy a volver a casa.

Ahora tengo claro lo que quiero.

Amo a Diego.

Y quiero vivir con él, cuidar de él.

Hacerle feliz y nunca jamás separarme de su lado.

Eso es lo que quiero y sé que por fin

voy a ser feliz.

-Ojalá que pueda serlo. De verdad.

Ojalá que ella se lo permita.

-Le amo, Carmen.

Le amo por encima de todas las cosas que hay en este mundo.

¿Diego?

¡Digo, mi amor! ¡Corre, llama a un médico!

Diego.

Doña Susana, ¿dónde pongo esta estampita de la Virgen?

-¿Dónde la has encontrado? -En un cajón del taller.

-Doña Matilde me las regalaba todos los años.

Para que las colgara en la sastrería al comienzo de las fiestas.

Luego, murió la pobre y ya dejé de colgarlas.

Qué buena clienta era doña Matilde.

A todas sus hijas las vistió en esta santa casa.

La guardaré en casa con los demás recuerdos.

-Abuela, ¿quieres que sigamos con esto mañana?

-No, tengo que entregar la sastrería hoy a Úrsula.

Así lo prometí y así será.

-Pues con esto ya estaría terminado el inventario.

Y espero que ella también cumpla con su promesa

y haga que la sastrería siga su cometido,

siendo una de las mejores de la ciudad.

Aunque supongo que igual, igual,

no será.

-Nada podría ser lo mismo sin usted, doña Susana.

-Vamos, madre. Anímese.

-Perdonadme, que estoy un poco nostálgica.

-Lo inútil que es la nostalgia y lo difícil que es evitarla.

-Ay, qué boba, qué estúpida y qué sensiblera.

Tanto que os he dicho que quería estar tranquila

y ahora vengo con las lagrimitas. -No es usted nada de eso, abuela.

Además, no tiene que disimular delante de nosotros.

Sabemos que no quiere dejar su negocio.

Todos sabíamos que sus deseos de dejarlo eran falsos.

-¿Y qué voy hacer ahora yo con mi tiempo libre?,

diré mañana cuando me levante.

¿Cómo le voy a decir a Leandro

que la sastrería ya no va a llevar el nombre de nuestra familia?

-Gracias.

-¿Es para mí? No espero ningún sobre.

¡Son las escrituras de la sastrería!

Y están a mi nombre, ¿no? Míralo tú, Víctor.

-¿Y eso cómo puede ser?

A las buenas, querido. ¿Qué haces aquí, bebiendo a estas horas?

¡Ramón, aún no es ni mediodía!

-Estoy harto, ya no puedo más.

-Pero beber no es la solución.

-Beber es lo único que me queda.

-Dame un trago.

Bueno, ¿y qué?

¿Sabemos algo del hombre ese que nos vigilaba?

¿Qué dice la policía?

-La policía no dice nada, ese es el problema.

Son unos incompetentes.

Ayer denuncié la presencia del acosador aquí, en nuestro barrio,

¿y de qué ha servido?

Mi hijo está en la cárcel.

A la espera de un juicio en el que será condenado

por un delito que no cometió.

Vivimos con miedo.

Encerrados y amenazados.

Mientras ese miserable de Belarmino

campa a sus anchas siguiendo con su vida.

No es justo, Trini.

-No, Ramón, no lo es.

-Ese maldito se oculta entre los menesterosos.

-Ramón, por favor, no te vayas a meter en líos.

Ramón, ¿qué haces?

-Tú, ¿dónde vas? ¿Dónde vas?

¡Déjenme pasar! ¡Déjenme pasar!

-¡Ramón, por favor, para! Estate quieto, Ramón.

¡Ramón, para!

Dice el doctor que pasarán unos días hasta que puedan hacerte pruebas,

pero los niveles de intoxicación en sangre han disminuido por completo.

Parece ser que estás fuera

de peligro.

-¿Y mi hermano?

-Ahora lo importante es que descanses.

¿Cómo te encuentras? ¿Tienes hambre?

¿Quieres beber algo? -¿Y Samuel?

-Marchó a casa.

-Tengo que hablar con él.

-Diego, el doctor mandó que le informaran de tu despertar.

Así que llegará de un momento a otro.

Me parece un milagro verte así.

Tan despierto, tan sano.

Es increíble lo que ese tratamiento ha hecho en ti.

Hasta los hematomas de la piel están desapareciendo.

No te enfades por lo que he hecho, por favor.

Sé que te prometí que velaría por tus deseos

y que estos eran no recibir ningún tratamiento.

Pero te amo, Diego.

Y no podía dejarte morir.

Por eso te traje al hospital.

Pronto te darán el alta y seremos felices.

Nos casaremos y viviremos juntos. -Olga...

-Nadie se nos volverá a interponer.

-Olga, por favor. -Nunca he sido

tan feliz en toda mi vida, Diego. -Olga,...

basta.

Te aprecio mucho, te lo seguro.

No te deseo ningún mal.

-¿Pero?

-Pero no estoy enamorado de ti.

No te amo con esa pasión que tú describes.

No tengo tus mismos sentimientos.

-No es el momento de hablar de eso.

He sido una tonta sacando el tema tan pronto.

-No es eso.

Siempre he sido sincero contigo.

-Diego, solo tienes que recomponerte.

Estás confuso por la operación.

-Estoy cansado y estoy débil.

Pero tengo mis sentimientos más claros que nunca.

Amo a Blanca.

Lo supiste desde el principio.

Estoy perdidamente enamorado de ella y eso no va a cambiar.

No va a cambiar nunca.

Diego,

Blanca.

-¿Qué haces?

-Iba a trabajar un rato.

-Samuel, deberías descansar.

-Estoy bien. -No eso es lo que dicen tus ojos.

¿Qué te ocurre?

Estás raro desde ayer.

¿Has sabido algo de Diego y no me lo quieres decir?

-No sé nada de mi queridísimo y amado hermano.

-Samuel, habla conmigo. ¿A qué ese resquemor?

-Ya te he dicho que estoy bien, no insistas más.

(Llaman)

-De acuerdo.

¿Te ha dicho algo el médico sobre mi dolencia?

¿Sabe ya a qué se debe mi debilidad?

-Supongo que está tan perdido como nosotros.

-Ha venido carta para usted.

La ha traído un mozo de parte del doctor Quiles.

-¿Y?

¿Son noticias de Diego?

-Solo quiere que vaya al hospital a recoger un preparado para ti.

Para que recuperes la energía.

-¿Para que recupere la energía?

Entonces ya sabe lo que me ocurre.

-No, no lo creo. -Pues iré contigo y así le pregunto.

-No, no vendrás.

Debes quedarte reposando.

-Pero quiero ir, Samuel.

No quiero dejarte solo. No estás del todo bien.

-¡Basta!

He dicho que te quedarás, última palabra.

Obedece a tu esposo de una vez.

Carmen, prepara mi abrigo,

voy a salir.

Siento tener que ser tan franco contigo.

-Lo que estás siendo es cruel. -No es mi intención.

No quiero hacerte daño.

Me has salvado la vida.

Nunca podré agradecerte lo que has hecho por mí.

Has hecho más que nadie, incluso más que yo mismo.

Por eso mereces que sea sincero contigo.

Olga, mientras he estado inconsciente, he soñado con Blanca.

Yo ya sabía que la quería.

Pero estar tan cerca de la muerte

me ha hecho ver la realidad de una manera más diáfana.

-¿Por qué jugaste conmigo? -No.

-¿Por qué me besaste y me hiciste creer que me querías?

-Olga, siempre supiste la verdad.

-Tus palabras decían una cosa y tus actos otra.

Diego, me amaste como si fuese la única mujer en el mundo.

-Tu olor,

tu manera de hablar, tu forma de vestir,

hasta algo en tu mirada me recuerda a Blanca.

Olga, estar cerca de ti me reconforta

porque es como si estuviese cerca de ella.

Sé que no puedo estar cerca de Blanca.

Ni siquiera quiero intentarlo por no hacer daño a Samuel.

Pero tampoco quiero sacrificarte.

No quiero que sufras, no lo mereces.

En cuanto me recupere, me alejaré de aquí.

Me voy a ir lejos de este lugar y de esta familia.

-No, lejos de mí.

-He de hacerlo.

Pero siempre te llevaré en el corazón.

Te tengo tanto cariño, Olga...

-Pero no me amas.

Diego, me lo he jugado todo por ti.

Pero no sabes hasta qué punto.

¿Y cómo me lo pagas? ¡Considerándome una burda imagen de mi hermana!

-No digas eso, Olga.

-Cállate.

¡No!

¡Me has destrozado, Diego!

Ojalá hubieses muerto en esa cama de hospital.

¿Y tú tienes amigas, Virginia?

¿Cómo que no?

¿Y entonces a quién le cuentas tus cosas?

¿Con quién juegas tú?

-Con madre. -Ah.

Bueno, pues, si quieres, yo puedo jugar contigo.

¿Tú sabes jugar a las palmas?

¿A don Federico?

Qué bien. A ver.

Así, esto ya está.

Venga, pues hala, vamos a jugar.

Yo siempre digo dos veces "don Federico".

A ver.

(AMBAS) Don Federico. Don Federico.

# Don Federico perdió su cartera

# para casarse con una costurera.

# La costurera perdió su dedal

# para casarse con un general.

# El general perdió su espada

# para casarse con una bella dama.

# La bella dama perdió su abanico... #

-¿Se puede saber qué estáis haciendo?

¡Que te puedes meter en un lío!

-Martín,

cariño mío, te ruego por favor que no le digas nada a nadie.

-Esto no se hace, Casilda.

-Bueno, pero tú escondiste un gorrino en la casa de guardeses.

-Ya, pero no es lo mismo.

-¿Y por qué no iba a ser lo mismo?

-Porque no es lo mismo y punto.

-Martín, yo no puedo dejar a esta niña en la calle.

¿Me oyes? Ni hablar de los hablases.

Así me regañen los señores o la misma reina. Que no.

Ahí, la pobre, en la calle, muerta de frío y de hambre.

-Traigo comida, creo que no me ha visto nadie.

-Le he visto yo, Servando. ¿Acaso usted también está en este ajo?

¿No sabe que no se puede esconder a una niña aquí?

-Yo no quiero ser un problema.

Además, yo quiero ir a la estufa por si aparecen madre y padre.

-Bueno, mi niña, tú no te preocupes.

Come una miaja y luego bajamos a la estufa.

¿De acuerdo? Venga, siéntate.

-Ni siquiera sé si la estufa es un buen sitio para la niña.

-¿Y eso por qué?

-¿No os habéis enterado de lo que le ha pasado a don Ramón?

¿Quién ha sido?

¿Quién le ha golpeado? Padre, dígamelo.

-Yo soy el culpable. El único responsable.

-No, el responsable soy yo.

Deben estar maldiciendo el día que desembarqué de Estados Unidos.

Ojalá nunca hubiera regresado.

-No digas eso, hijo. No digas eso ni en chanza.

Tú eres mi hijo y tu sitio está con tu familia.

-Solo he traído calamidades a mi familia.

-Eso es incierto.

-Padre, usted es un hombre de paz como ninguno que yo haya visto.

Y mírese, magullado por mi culpa.

-Ya te he dicho que la culpa ha sido mía.

Perdí los nervios en público,

delante de un grupo de mendigos

que se estaba calentando alrededor de una estufa popular.

-¿Eso se lo han hecho unos mendigos?

-Ni siquiera fueron ellos.

Trastabillé y me di contra una pared.

Bastante tienen esos pobres desgraciados

para sobrevivir al gélido invierno

como para tener que aguantar a un viejo loco

que se lía a gritos y mamporros.

¿En qué me estoy convirtiendo?

¿Quién soy?

-Usted es un buen hombre.

Y ha perdido la paciencia.

-Si supieras el barullo que se organizó.

Menos mal que llegó un policía a tiempo para poner orden

y Trini me sacó de allí como una saeta.

Estoy tan abochornado...

La impotencia me está matando.

Y más ahora.

-¿Qué pasa ahora?

-Ya han puesto fecha al juicio.

Se celebrará en unos días.

Y me temo que no vamos a tener nada que ofrecer al juez.

No se puede negar lo evidente, hijo.

La cosa no pinta bien.

Y has de hacerte a la idea.

No te hagas el tonto. Has sido tú. -¿Yo?

-¿Quién si no?

Has convencido a Úrsula para que me devuelva la sastrería

previo pago de la deuda.

-Tieta, no sé de qué me habla.

-Si quieres jugar eso, de acuerdo.

Yo haré como que no sé quién ha sido.

Y tú también haces lo mismo.

Pero, entre nosotros, Liberto,

muchas gracias.

No sabes lo feliz que me hizo volver a ver las escrituras a mi nombre.

Lo que no sé es cómo te las has apañado

para pagar una deuda tan alta.

-Pero ya le estoy diciendo... -¡No, no dices nada!

Basta ya de disimular.

Es que una no sabe el corazón tan grande que tiene su marido

hasta que ve actos como este.

Y no sabes lo que le ha costado negociar con la bruja de Úrsula.

Y todo lo hecho él solito.

Pagando centimillo a centimillo de su renta

sin pedirme ni una sola peseta.

Aunque yo se lo hubiera prestado. -¿Tú?

-¿Acaso lo dudas?

-No, claro que no.

Todos sabemos que eres la reina de la generosidad.

-Bueno, da igual.

Lo más importante es que usted sigue al frente del negocio.

Y que yo no puedo ser más feliz.

-Y yo, hijo, y yo.

Bueno.

No sabía lo feliz que me hacía la sastrería hasta que la perdí.

Gracias por impedir que echara mi vida a perder.

-Pero ¿por qué no le has dicho que fuiste tú quien la compró?

-Porque no lo hubiera aceptado, se hubiera sentido humillada.

Liberto, esto tiene que quedar en un secreto entre los dos.

¿Me lo prometes?

-Lo único que voy a prometerte

es que te amaré hasta el último día de mi vida.

Sabía que estaba casado con la mujer más bonita del barrio.

Pero no con la más generosa.

-No exageres.

Eso parece. El juicio es inminente.

-¿Y han fijado ya la fecha?

Ayer don Felipe recibió una misiva.

Con él recuperado, no hay excusa para dilatar el proceso.

-Por eso tu padre ha perdido hoy los papeles.

-¿Tú también te has enterado?

-Yo y medio barrio.

Ya han venido cuatro clientes pegando la hebra sobre el asunto.

-Cómo le gusta a la gente darle a la húmeda.

Yo me enteré por Trini, que no sabía ni qué hacer.

Perdió los nervios porque le pareció ver al acosador

que nos acecha entre los mendigos que están calentándose en la estufa.

-Pobre hombre. -Está pasando un infierno.

-¿Y si condenan a mi hermano

de por vida? -Eso no va a pasar. ¿Me oyes?

Estoy convencido de que don Felipe sacará un as de la manga.

Es el mejor abogado. -Pero no hace milagros.

Me voy a la casa, a ver si ha llegado mi padre de la cárcel.

Quiero saber si trae noticias sobre el estado de ánimo de mi hermano.

-Sabes que te quiero mucho.

¿Verdad? Estoy aquí para todo lo que sea menester.

-Te quiero.

-Con Dios. -Con Dios.

-Da gusto veros de nuevo juntos, Víctor.

Me alegro que hayas recuperado a María Luisa.

-El amor de mi vida, Simón. Ni más ni menos. Se dice pronto.

Todo lo que necesito yo para vivir. Cuando estoy con ella,

siento que puedo con todo. No tengo ni barreras ni límites.

Sin ella, estoy perdido. No sabes lo feliz que estoy

de que volvamos a estar juntos.

Perdóname si te estoy incomodando.

No quiero que te pongas triste por mi culpa.

Te he visto esta mañana, estabas un poco... Elvira, ¿verdad?

-¿Alguna vez ha sido otra? Elvira, siempre es Elvira.

¿Se puede saber qué haces, muchacha? Has de parar con esto.

No puede seguir acosándome, dejando notas, ¡basta ya! ¿Me oyes?

-Yo no le acoso. Solo quiero hablar con usted.

Tiene que ayudarme.

-No puedo ayudarte, muchacha. Nadie puede.

Lo siento por tu novio, pero ya hice más de lo que debía.

No me molestes más. -¡Ni hablar!

Usted no se va sin darme una pista. -¿Qué pista quieres que te dé?

Ya te lo dicho todo.

-Y de nada me sirvió. Dígame algo para dar con Belarmino.

-Tú has perdido el oremus.

¿Tú no te enteras de quién es ese hombre?

-Pues sí, me entero. Y me da igual que me da lo mismo.

¿Cree que me importan sus amenazas?

¿De qué me sirve estar viva si mi novio está arrestado?

-Lo siento, pero tengo familia y no quiero que les pase nada.

-Y nada les va a pasar si me ayuda.

Es más, se sentirá aliviado si meten a ese malaje entre rejas.

Pero tiene que darme una pista a la que agarrarme.

-Me gustaría poder decirte lo contrario,

pero no sé dónde encontrarlo.

Es muy escurridizo y listo. Es muy difícil de atrapar.

-Pero no imposible. Nadie puede desaparecer de la faz de la tierra.

Tiene que tener un punto débil. Un talón de Aquiles.

-Ahora que lo dices, sí que tiene un punto débil.

-¿Cuál? -Las mujeres son su perdición.

Por más de una ha perdido la cabeza.

Se le suele ver en compañía de...

hembras. Ya sabes. -¿Qué?

-Mujeres de vida alegre.

¿Satisfecha?

-Gracias. -No me las des.

Solo déjame en paz. ¿De acuerdo? ¡No me busques más!

¿Cuándo te dicho que se va?

-Cuando termine los últimos detalles. Eso será mañana como mucho.

Dice que no quiere hacerle más daño

a nadie y que se va a internar en un convento.

-¿Y la crees?

-Sí. Esta vez sí, Víctor.

Lo que le ocurrió le ha servido para ver

que no puede seguir comportándose como una chiquilla.

-¿Y qué piensas tú de todo esto?

-Pues que no quiero que se vaya.

No verla todos los días es como vivir en el infierno. Pero también...

-Está Adela.

-Sí.

Adela siempre es tan buena, tan entregada.

No para de hablar de tener hijos y de dedicar su vida a ellos y a mí.

Hasta mi madre habla de eso entusiasmada.

-¿Y a ti cómo te hace sentir todo eso?

-Ahogado.

-Pues la respuesta está clara.

-Pero no puedo hacerle esto a Adela, prometí serle fiel.

Cosa que ya no he cumplido.

Y también protegerla hasta el día de nuestra muerte.

No puedo abandonarla.

-Te casaste porque creías muerta a Elvira.

Las cosas cambiaron cuando descubriste que no era así.

-Pero ya estaba atrapado en un matrimonio con una buena mujer.

Quizá la más buena de todas.

-Yo creo que no te puedes quedar con alguien solo por compasión.

Además, ¿tú estás dispuesto a dejar marchar a Elvira?

¿A no volver a verla?

-No estoy seguro de nada. No sé qué hacer.

¿Debo quedarme con Adela, formar una familia y tratar de olvidar a Elvira?

¿O debo quedarme junto a la mujer a la que amo,

a la que siempre he amado?

-Eso es lo que tienes que descubrir. Y cuanto antes, mejor.

Yo creo que ha llegado la hora de contarle la verdad a Adela.

O de callarte para siempre.

Y dejar que Elvira se entregue a su clausura.

-Eso ya lo sé, Víctor.

Debo tomar una decisión, pero, cualquiera que sea, será muy dura.

Diego, ¿qué hace aquí solo? Pensé que estaría con Olga.

-Tengo que ver a mi hermano. Tengo que hablar con él.

-No, eso puede esperar.

Ahora lo que debe hacer es descansar.

De haber sabido que estaba solo, habría venido antes.

Pero estaba atendiendo a Felipe.

-¿Cómo está mi amigo?

-Se muestra más obediente que usted. Sin duda.

Me ha pedido que le diera recuerdos.

¿Qué ha dicho el doctor?

-Aunque no están seguros,

creen que el tratamiento ha dado el resultado esperado.

-Eso es muy buena noticia.

Felipe se alegrará cuando se lo cuente.

-¡Samuel!

-Bueno, yo mejor me marcho.

No puedo dejar mucho tiempo solo a Felipe.

Me alegro de que esté mejor.

Samuel.

-Samuel,...

gracias por lo que has hecho.

Nunca podré agradecértelo lo suficiente.

Has puesto en riesgo tu vida.

Samuel, ¿qué te ocurre?

-No seas cínico.

Sabes perfectamente lo que ocurre.

Ahórrate las palabras.

Solo he venido a decirte que hemos terminado.

No quiero volver a verte en mi vida nunca más.

-¿De qué demonios estás hablando?

-Me arrepiento de haberte dado mi sangre.

Ojalá no lo hubiera hecho.

-Samuel...

-Busca en tu conciencia y encontrarás las respuestas.

Adiós, Diego. Hasta nunca.

-Tengo que contarte algo.

Algo que concierne a nuestro padre y a esa malnacida.

No te miento, por el amor de Dios. Escúchame, te lo ruego.

(GRITA)

Madre, qué susto.

-Pero ¿quién es esta niña?

-Pues eso me pregunto yo, que me ha dado un susto de muerte.

-Tranquila, pequeña.

-Creo que Casilda nos va a sacar de dudas.

-Me alegro enormemente, Lolita.

Pero no sé qué tiene que ver tu pueblo

con que yo me pase años a la sombra.

-Pues que yo, al igual que los míos, no me voy a rendir.

Para los de Cabrahigo no hay imposibles.

Y te voy a sacar de esta cárcel aunque sea lo último que haga.

Aunque me cuesta la vida.

-Mira qué he bordado.

Es un ángel custodio que velará el sueño de nuestro hijo.

He pensado que con esta tela podría confeccionar sus sábanas.

-Pero... Pero no estás en cinta, ¿no?

Perdóname, Adela, pero hace mucho que no tenemos...

-No, no, no estoy en estado de buena esperanza. Aún no.

-Preciso que me hagan un favor.

¿Me pueden prestar maquillaje y un mantón bonico?

-¿Cómo?

-Tú has perdido el oremus.

En semejante situación, ¿tú piensas solo en acicalarte?

-Siempre he amado a Elvira.

-Dios mío, no digas barbaridades.

Estás casado con otra mujer ante Dios.

Es a ella la que debes amar, proteger y respetar.

-Lo intento, pero no puedo.

No puedo callar mi corazón, lo siento.

-Escucha a tu cabeza entonces.

Elvira perdió la sensatez desde que regresó.

Ha puesto en peligro a Víctor, se ha metido en tu matrimonio,

ha hecho daño. Es hora de que la separes de ti.

-No será menester que lo haga.

Se marcha, madre.

-¿Se cruzó con Samuel?

¿Dónde? -En el hospital,

cuando fui a visitar a Diego.

Mejor dicho, los dos estaban tensos.

-¿Cómo los dos?

¿Acaso Diego ha despertado?

-¿Acaso no lo sabía?

-¡Tengo que ir al hospital de inmediato!

-Querida, no sé si será muy buena idea.

-"¡Qué diantres!".

¿Qué hace tirada en el suelo como una pordiosera?

Hija, ¿qué te ha sucedido?

-Madre, madre, ayúdame.

-Estoy a tu lado, tranquila.

Anda, ayúdame.

La levantamos. Vamos a llevarla a casa.

Si debo ayudarte,

bien habré de saber cuál es tu mal.

-Tiene nombres y apellidos: Diego Alday

me ha abandonado.

Sigue amando a otra, ¡a mi hermana!

Me entregué a él en cuerpo y alma.

¡Luché por su amor y por su vida!

No me guardé ningún secreto.

Ni dudé en revelarle lo que su padre escondió

en ese maldito cuaderno.

-¿Qué has dicho que has hecho, desgraciada?

-Va dirigido a Diego y a mí.

  • Capítulo 670

Acacias 38 - Capítulo 670

03 ene 2018

Del Val piensa que Diego ha sido quien ha transmitido a Blanca la intoxicación mediante relaciones sexuales. Olga cuida a Diego con devoción, esperando que despierte. Samuel le dice "te odio" a su hermano. Lolita cuenta a los Palacios que vio al acosador y Ramón decide avisar a la policía.

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