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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 652 - ver ahora
Transcripción completa

Usted no va a delatarme.

-¿Por qué? -Ya se lo dije.

Si me delata,

lo que va a sucederle ahora mismo también le pasará a todos aquellos

a los que ama.

-"Soy una mujer adulta".

Yo me quedo con mi familia. Tú haz lo que te plazca.

-Te doy mi palabra

de que nunca más voy a volver a fallarte.

Nunca más...

vas a volver a sentirte abandonado por los tuyos.

Voy a hacer lo imposible por sacarte de esta cárcel.

-"Blanca debe dormir un poco".

Ahora vendrá Carmen a limpiar el cuarto.

"Los dos nos parecemos mucho".

"Ambos hemos sido rechazados por aquellos a los que amamos".

Somos... dos almas solitarias y apenadas.

Necesitadas de comprensión...

y de cariño.

"¿Queréis saber cómo la sastra"

y su hijo bastardo volvieron loca a la bella

e inocente doncella?

-¡Basta! ¡Es una calumnia! ¡Canalla!

¡Mentiroso!

He encontrado esto en la papelera de la alcoba de su hija.

-Lo que te queda por hacer es transcribir lo que pone.

-¿Por qué no me has dicho que tenías las señas de Diego?

-Perdona, con todo lo de Lucía se me fue el santo al cielo.

-No te preocupes. Ya me ha dado su dirección.

Me pondré en contacto para que nos envíe las gemas.

Que no veo el momento de poder terminar la joya

y enseñársela a todo el mundo. -No dudes nunca de mí,

diga lo que te diga tu hermana.

El amor que nos une es real.

Es más fuerte que nada.

Juntas,...

juntas formaremos esa familia que tanto hemos ansiado

y que se nos ha ido escapando de los dedos como arena.

Pero para lograrlo,...

Blanca puede ser un obstáculo.

¿Entiendes lo que quiero decir?

-Lo comprendo perfectamente, madre.

¿Y cómo acababa la obra? -No se pudo saber.

Dicen que en cuanto el narrador dijo que el mayordomo

era hijo de la sastra,

doña Susana perdió los estribos e interrumpió la obra.

-Qué pena habérmelo perdido.

Y eso que Susana es de las personas del barrio

de las que mejor concepto tenía. -Pero entonces, ¿son madre e hijo?

-De no ser cierto,

no le habría dado ese ataque de indignación, ¿no cree?

Se limitaría a decir que es falso y a demostrarlo.

-Claro que es cierto.

Muy puritana, pero tuvo su desliz de juventud.

Nada juvenil.

Porque ya era una mujer hecha y derecha y con un hijo.

Simón es más joven que Leandro, el hijo legítimo que está en París.

-Yo no he tratado mucho con ella.

Siempre la veo entrando y saliendo de la iglesia y no me lo esperaba.

-A saber qué más tiene que hacerse perdonar.

Anoche y esta mañana ha sido la comidilla del altillo.

-Buenos días.

Supongo que hablaban de doña Susana.

-¿De qué otra cosa se puede hablar...

después de lo de ayer? -He pasado por la terraza

de La Deliciosa y estaba a rebosar de gente comentando.

Parece ser que fue un escándalo de los que marcan época.

-Qué pena no haber estado para verlo.

-Yo siento compasión por ella.

Pobre mujer.

Un error del pasado y le repercute décadas después.

-Los errores siempre vuelven.

Es una ley que deberían enseñar a los niños ya en la cuna.

(Pasos)

-Buenos días. -¿Qué haces levantada?

Carmen te podría haber servido el desayuno en la cama.

-Me encuentro con fuerzas.

Prefiero unirme a todos en el desayuno y la charla.

Me aburro en mi cuarto.

-Debes pensar en tu hijo.

-Has estado enferma.

-Vaya. Parece que por fin os ponéis de acuerdo en algo.

Os agradezco vuestra preocupación.

Pero yo decido lo que me conviene.

Y ahora me conviene

comer, moverme y hacer vida normal.

-Estoy de acuerdo.

¿Acaso creen que Blanca haría algo que perjudicara a su hijo?

-Tal vez involuntariamente.

-Carmen, hoy no tomaré café.

Mejor té.

A partir de hoy tomaré té con leche en el desayuno.

Y algo de fruta.

Todos deberíamos comer más fruta y menos pasteles.

-Yo también.

-Sí, señorita.

-Samuel, ¿te ha dado tiempo de ir a correos?

-Sí, le he mandado un telegrama a Diego.

Espero que nos responda hoy mismo y nos diga cuándo podrá enviarnos

las gemas que necesitamos para terminar tu diseño.

-Gracias. Bueno, y...

¿de qué estabais hablando con tanto interés cuando yo he llegado?

Me ha parecido escuchar

la palabra escándalo. -De doña Susana.

¿Sabías que es la madre de Simón Gayarre?

El mayordomo de doña Celia.

La muy taimada

era la más pecadora de todos.

Pese a que se jactaba de no haber pecado en su vida.

El pecado que ocultaba...

llegó un día en forma de joven mayordomo.

Un hombre que buscaba a alguien que la abandonó.

A una mujer cruel.

Venía buscando...

a su madre.

-Doña Susana.

-¿Has visto a todas ahí fuera?

¿Sabes lo que hacen? Arrastrar mi nombre por el suelo, sin piedad.

-No debe prestarles atención.

-Tantos años de ejemplaridad, de cumplir al dedillo con las normas

de la Santa Madre Iglesia, de ser la más decente, la más devota,

y en un día todo por tierra.

-Mucho más que unos titiriteros deslenguados son necesarios

para manchar una vida de servicios a los demás.

-Es más fácil destruir que construir.

Lo que lleva años levantar,...

solo precisa de unos instantes para desmoronarse.

-¿Ha visto a los vecinos?

Reunidos como si nunca hubieran dado un mal paso.

Criticando sin reparar en el daño que hacen.

No eches más leña al fuego, que tu madre está desolada.

-¿Has encontrado a los titiriteros?

-No. Ni los feriantes les conocían.

Venían de otra ciudad. Está claro que fueron contratados

para lo de anoche.

-Ha sido el coronel. Nos la tiene jurada mucho tiempo.

Y ahora se ha vengado.

-Pues claro que ha sido él.

Y que quien se lo ha contado ha sido Elvira.

Sus promesas no son más que papel mojado.

-Simón, no le des más vueltas. Al final,...

todo el mundo se olvida, como ocurre siempre.

-No, Adela. Elvira tiene que pagar por su deslealtad.

(DON RAMÓN) Lo que yo les digo

es que no hay que creer todo a pies juntillas.

Puede que sea verdad y puede que no.

-Pues yo me lo creo.

-Rosina, mi tía es una mujer de grandes principios morales.

-No digo que no.

Pero demasiado elaborado fue todo lo que dijeron los títeres,

como para que sea mentira, Liberto.

-Y si decís que se puso a pegar gritos como una loca, vamos,

eso es como entonar el mea culpa.

-Quizá fuese una invención para humillarla.

-Eso solo lo sabe quien escribiera el texto.

Y quien encargara que se representara en la feria.

-En realidad, sabéis que yo no soy de condenar a nadie, pero...

desde luego es que la historia tiene sentido.

Así cuadran muchas cosas. -Claro, es verdad.

Susana siempre pendiente de Simón.

Si la que más, la que menos, sospechamos que sus intereses

eran otros, por Dios.

-Por Dios, Rosina, pero ¿quién iba a pensar eso?

-Algunas, Celia, algunas.

-Yo no. -Yo tampoco.

-Eso le honra a usted.

-Ay, mira, al final no eran amantes,

sino madre e hijo.

Que no sé qué es más o menos escandaloso.

-Perdónenme el retraso. Está todo a rebosar.

¿Quieren tomar algo más?

-No, tranquilo, Víctor, si la camarera ya nos ha traído todo.

-Víctor.

¿Tú sabías lo de mi tía y Simón?

Yo no estaría tan segura

de que lo que dijeron los títeres fuese la verdad.

-Lo es.

-¿Siempre sabe las cosas antes que los demás?

-Casi siempre.

-Si vamos a estar el día entero desayunando y hablando de esa mujer,

yo mejor voy a arreglarme. -Y yo.

-Yo voy al despacho. Tengo unos asuntos que resolver.

-Señora, he querido esperar a que estuviera usted sola.

Es la transcripción de la carta de doña Blanca.

-Trae.

No he querido sustraer los pedazos para no llamar la atención,

pero podrá usted leerla. -¿Es fiel a la carta?

-Palabra por palabra.

No sé si hago bien en entregársela.

Es algo muy íntimo de doña Blanca.

-Al esposo de mi hija no va a gustarle nada

lo que está puesto aquí.

Pobre Samuel.

Me gustará ver su cara cuando la lea.

Pues no lo parece por tu mala cara.

Pero bueno, estás mejor que hace unos días.

-Pues aquí sigo. Encerrado.

-Has hecho las paces con tu padre.

Y tienes un abogado de los de postín.

-Ya, Lolita, pero eso no es suficiente para salir de la cárcel.

Hace falta mucho más. -Ten fe.

Es lo único que nos queda.

Será a ti, porque a mí ya se me ha acabado.

-Anda, ven.

Ay.

¿Te duele?

-No, no, no. No es nada.

-Tu padre me dijo que fue un accidente.

-Y eso es lo que fue, Lolita, no le des más vueltas.

-Yo a ti te creo siempre. Digas lo que digas.

Ven.

¿Has pensado alguna manera de dar con Belarmino?

-Solo una, pero... no creo que dé resultado.

-Si hay que perder, que sea después de haber luchado.

-Hubo un hombre.

Un hombre que quedó con Belarmino, el escultor que ideó el monumento.

Él tuvo que conocerlo, así que podría testificar

que sí que existe.

El... problema es que no me acuerdo cómo se llama.

Era Sigüenza o algo así,

pero no lo recuerdo bien. -Tienes que exprimirte la mente

como un limón.

-Hubo un periódico. Un periódico

que reprodujo los planos el monumento,

a lo mejor aparece su firma. -Se acabó el tiempo.

-¿No nos da un minuto más?

-Ni medio.

-Encontraré ese periódico. -Venga, fuera.

-Ten cuidado.

-Haces bien en decirle que tenga cuidado.

Yo sabía que mi abuela era la madre de Simón.

Me lo contaron mis padres

cuando vinieron de París. -Víctor, yo soy de la familia.

¿Por qué nadie me dijo nada?

-Porque para ella es muy difícil contarlo, Liberto.

Para ella es doloroso y humillante.

Quería que lo supiera el menor número de gente posible.

-Entonces, todo era cierto.

No era una maledicencia que alguien hizo llegar a los titiriteros.

-Ya me gustaría poder desmentírselo.

Pero ya le estoy diciendo que es cierto, sí.

Creo que todos tenemos que entender a mi abuela.

Pasó momentos muy difíciles cuando eso sucedió.

Y muy mala ha tenido que ser la intención de quien haya hecho

que se conociera su secreto de una forma tan humillante.

-¿Y quién sería el padre? Porque...

por la edad de Simón, el padre de tu padre no pudo ser.

Porque ya había fallecido. -Rosina, no seas morbosa.

-Pero si no es por ser morbosa, es por entender todo esto.

¿Y dónde se criaría, con quién? No sé.

-Buenos días.

Qué bien encontrarles aquí reunidos.

Gracias, don Ramón.

Supongo que estarán hablando de lo de los titiriteros de ayer.

-Pues sí, pero deberíamos estar hablando

de la recaudación de la feria. Que servirá para ayudar

a los desfavorecidos.

-Un propósito muy loable, querida Celia, pero harto imposible.

Supongo que tú sabías el secreto, ¿no, Víctor?

¿Y usted, Liberto?

¿También estaba al cabo de la calle?

-No.

-¿Y tú, María Luisa? Eres casi de la familia.

¿Lo sabías?

-Contesta, María Luisa.

¿Lo sabías?

-Sí. Sí lo sabía.

-Lo sabía tanta gente,

que cualquiera puede haberse ido de la lengua.

Es lo que tienen los secretos.

Que son imposibles de guardar.

-Está claro que ha tenido que ser asunto del coronel.

¿Quién si no le tiene inquina a Susana?

-Es posible que Elvira también lo supiera.

Vaya, parece que todo el mundo lo sabía menos usted, Liberto.

Es el único para el que realmente

ha sido una revelación.

Siendo de la familia, digo yo que ha de escocer.

-Dejemos que cada uno maneje su vida

según su criterio.

Cada uno en su casa y Dios en la de todos, como reza el refrán.

-Cuánta razón tiene,

don Ramón.

Cada uno tiene sus cuitas.

Hablando de todo un poco.

¿Su hijo Antoñito sigue preso?

-Mi hijo es completamente inocente.

Muy pronto saldrá en libertad. Esta misma semana.

-No sabe cuán feliz

me hace escuchar eso.

Lo último que leí en el periódico no era muy halagüeño para él.

¿Será verdad que ese tal Belarmino

solo existe en su imaginación y en las componendas que ha hecho

para poder cobrar todo el dinero de los monumentos?

Espero que no.

-¿Por qué debe tener cuidado mi novia?

-Siempre es bueno andar con cuidado. -No le consiento que la amenace.

-¿Cómo ha dicho? No me consiente.

¿No se ha dado cuenta de que yo soy el carcelero

y usted

un simple prisionero? -Tengo derechos.

-A permanecer callado tiene derecho. Ya sabe, boca cerrada

y nada de intentar escapar.

O tal vez no encuentre a su adorable novia cuando salga, ¿estamos?

-Estamos. -Así.

Buen chico. Vamos para la celda.

¿Deseas algo, Carmen? -Solo le traía un vaso de limonada.

-Gracias.

-El diseño del colgante es muy bonito.

-Sí que lo es.

Blanca tiene un talento especial.

A mí solo me queda trabajar la parte técnica

para que el resultado sea igual de bello que ella lo imaginó.

¿Se te ofrece algo más?

-No, señor, perdone.

-Carmen,

lleva estos pasteles a la cocina.

Los tomaremos esta tarde con el té. -Sí, señora.

-Hoy, La Deliciosa estaba más amena que nunca.

-Y supongo que el tema de conversación

sigue siendo doña Susana.

-Así es.

Ella, Antoñito Palacios, hay de todo para escoger.

Pero aquí en casa

tenemos asuntos más importantes.

No deberías ser tan permisivo con Blanca.

Está embarazada, necesita reposar.

-Blanca está bien. Ella decidirá lo que es más conveniente.

-No seáis insensatos.

Lo único que quiero es vuestro bien, y el del niño que esperáis.

Conozco a mi hija mucho mejor que tú.

Hasta sus pensamientos más íntimos conozco.

-¿Es para mí?

-Desde luego. Te interesa.

-¿Y bien?

-Ábrela.

Es una invitación para que la obra de Jaime Alday

forme parte de la exposición de bellas artes y de arte decorativo.

-Esta exposición es el evento más importante de la ciudad.

Y es todo un honor que se pida la obra de mi padre.

La joyería nunca suele hacerse huecos en dichas exposiciones.

-Es una oportunidad que no podemos desperdiciar.

No solo deberemos ceder a las obras ya realizadas y sus diseños,

sino también a las ideas que tu padre tenía en la cabeza

y que no salieron del papel.

-Su cuaderno.

-Es la mejor ocasión para dar a conocer su ingente talento.

-Es cierto. Tal vez

podríamos presentar el diseño del colgante Ana

que tiene mi padre en su cuaderno. Siempre estuvo muy orgulloso de él.

Servando. -¿Qué?

-¿Se puede saber qué hace?

-Qué preguntas son esas. Con una escoba en la mano,

¿qué voy a hacer?, pues barrer.

-Ah, ya. ¿Y para barrer la acera

no sería mejor que saliera usted a la calle?

-A mí no me paga el ayuntamiento, a mí me pagan los vecinos

de Acacias 38, y mis obligaciones

llegan hasta donde llega el palo de mi escoba.

-Lleva toda la vida barriendo toda la acera y, ¿ahora me sale con eso?

-Porque llevo toda la vida haciendo una labor que no me corresponde.

Si me hubieran pagado por horas las horas que me he tirado

barriendo la acera, a estas alturas ya tendría un vehículo

para pasear los domingos.

-¿Y no será que le da a usted miedo pisar la calle?

-¿A mí miedo?

Yo no conozco el miedo, hombre.

De mí decían en Naveros del Río que era capaz de matar 10 toros...

Claro, que también exageraban un poco, ¿eh?

-¿A quién le debe usted dinero ahora?

-O sea, que primero me llamas cobarde y después moroso.

Es que ya no sé lo que va a ser lo próximo, la verdad.

-¿Todo bien?

-Jacinto, ¿usted sabe qué le pasa al Servando?

Que a mí mi Casilda me ha dicho que anda algo raro,

pero es que está para ingresarlo en un cotolengo.

-¿No sabe lo del Pozoblanco? -¿El delincuente?

-Ese mismo. El Servando y él tuvieron una pelea memorable.

-¿Memorable quiere decir... que escapó a toda mecha?

-A puntito de matarse estuvieron el uno al otro.

Fue una lucha a cara perro, bueno, según me han contado.

-Y eso se lo ha contado Servando, ¿verdad?

-Con sus propias palabras, pero era como si yo mismito estuviera allí.

De los detalles que me dio. -Ay, Jacinto.

Que el Servando miente hasta cuando calla.

Ni caso.

Ya le sonsacaré yo por qué le tiene tanto miedo al Pozoblanco ese.

Si me dices qué está buscando, lo mismo te puedo ayudar.

-El nombre de un escultor. -Ay, pero ¿eso lo pone en un diario?

-Antoñito dice que sí.

-Antoñito dice muchas cosas.

A saber cuántas son verdad y cuánto es embuste.

-Ya, pero si yo no le creo, ¿quién va a hacerlo?

-Pues "na". -A las buenas tardes.

-A las buenas, Casilda. Y tú, busca,

pero no me lo desordenes "to".

-¿Qué, ha visto usted a doña Susana?

-Ni las orejas ha asomado por aquí. -"Endeluego"

que tiene candela. Ocultar que tiene un hijo.

En qué cabeza cabe.

-Sus motivos tendría.

-Pues no sé qué motivo puede tener una madre

para separarse de su retoño. -Muchos.

-No me convence.

-Basta ya, Casilda.

Yo misma me tuve que separar de mi propia hija.

-Perdón, "señá" Fabiana, sí. Si yo no lo decía por nosotras.

Nosotras somos pobres, ¿qué motivo mayor que ese?

Pero es que las señoras, esas sí que llevan

una vida "regalá". -Si al final todas somos personas.

Señoras y criadas. Tampoco hay tanta diferencia.

-Aquí está.

-¿Aquí está el qué?

-Sepúlveda, el escultor se llama Sepúlveda.

-Pues muy bien. -Pero ¿no os dais cuenta?

Si hablan con él, Antoñito va a salir de la cárcel.

-Tú no lo fíes "to" a eso. -Ay, me da a mí

que hasta que no devuelva el dinero del monumento,

le enchironan por muchos años. -El dinero lo robó Belarmino, no él.

-Pero si nosotras te creemos, muchacha.

Pero mucha más gente tiene que hacerlo.

-Y voy a conseguirlo.

-"Me gustaría decirle"

que me sorprende, pero no es así.

Esto es propio de mi hermano Diego. -Yo no lo entiendo, la verdad.

-Su experiencia con Diego es inferior a la mía.

De él cabe esperarlo todo.

-Buenas tardes.

¿Me puedo sentar aquí? -Por favor.

-Un chocolate, por favor.

Me sentía encerrada en casa.

Hay que ver lo importante que es ver la luz del sol.

Le noto serio, don Felipe.

-Blanca,... no podemos contar con el envío de gemas de Diego.

-¿Por qué?

-Nos han contestado del puesto de correos

al que enviamos el telegrama.

No está allí.

-¿Y no ha dejado otra dirección?

-No está allí ni nunca ha estado.

No llegó a aquella parte del país. -No es posible.

Esa fue la dirección que nos dio

para que contactásemos con él.

Creo recordar que era en la ciudad de Diamantina.

La zona del país donde se pueden encontrar los materiales

que él buscaba. -Conoces a mi hermano.

Cambiaría de opinión y no le pareció adecuado avisarlo.

-No sé cómo podemos encontrarlo.

-Si él no nos envía las gemas,

tendremos que conseguirlas de otra forma.

Y más ahora que tenemos la exposición de bellas artes.

En fin, voy a hacer unas gestiones.

-Seguro que encuentras la forma de recibirlas.

-Eso espero.

Después iré a avisar a mi padre de la invitación de la exposición.

Pese a su estado, tal vez lo escuche

y sienta orgullo. -¿Quieres que te acompañe?

-No, no es necesario.

Con permiso.

-Es lamentable que don Jaime no vaya a ser capaz de disfrutar

de un momento tan importante de su carrera.

-Lamentable.

Sí.

¿Qué cree que puede haberle ocurrido a Diego?

¿No se le ocurre ninguna forma de comprobar que esté bien?

-Lo pensaré. Pero no va a ser fácil.

Nadie encuentra a quien no quiere ser encontrado.

No sé si Simón y doña Susana van a creerme.

Pero yo no le conté a mi padre que eran madre e hijo.

Pues todo el mundo sospecha de ti. Y difícilmente creerán lo contrario.

Pero es así.

Por eso tienes que confiar en lo que te digo.

¿Lo pasó muy mal doña Susana?

Fue bochornoso.

Yo no apruebo que doña Susana haya tenido un hijo fuera del matrimonio,

pero el sufrimiento fue excesivo.

-Buenas tardes.

-Es hora de misa,

y como quiero ponerle una vela a mi hermano,

te espero dentro.

Veo que las cosas no mejoran.

Empeoran. ¿No le habrás contado lo que pasó ayer?

¿Lo del beso?

No se me ocurriría, fue un impulso. Un error.

Estoy comprometido con María Luisa.

Claro. Todos cometemos errores por amor.

Nuestro beso no significó nada, Elvira.

Tampoco para mí.

Yo amo a Simón.

¿Y por qué te acercaste a mí?

Por causarle celos.

¿Me estabas usando?

Sí.

Lo siento.

Pero después me di cuenta que nunca debí haberlo hecho.

No deberías usar a la gente.

Y menos a mí, que soy el sobrino de Simón.

Bueno, Víctor, tú también me estabas utilizando a mí.

Los dos nos comportamos mal.

Por eso lo mejor será que lo olvidemos.

Lo mejor. Y que dejemos de jugar.

Vamos a hacer como si esto no hubiera pasado nunca.

¿Estamos? Hecho.

Voy a la iglesia.

Hable con el servicio y manténganos informados.

¿Ha encontrado algo?

-Me temo que aquí no vamos a encontrar nada.

-Siempre se dejan pistas atrás.

Si Diego no viajó a Brasil, quizá lo hizo a otro lugar.

Quizá quede el resguardo de un billete de barco.

La carta de alguna naviera o...

el visado de alguna embajada. No sé, algo.

Vengo de registrar la biblioteca. Los cajones de la mesa están vacíos.

¿Qué está mirando usted?

-Solo miraba el cuaderno de mi padre.

Hay unas medidas anotadas por él a mano junto al diseño

de la mayor de las joyas. Nunca he entendido qué significan.

-Quizá no sean medidas.

-Quizá. Pero entonces no sé qué son.

Un misterio que nos dejó mi padre antes de que su mente se borrara.

Cuando vinimos a la casa, antes de la marcha de Diego,

todo estaba por el suelo.

No sé si fue el mismo Diego quien lo hizo.

-Y se limpió todo. -Me temo que sí.

Cualquier pista sobre el paradero de mi hermano está ahora en la basura.

-Tendremos que encontrar otra manera de buscarlo.

-Pero... sin llamar la atención, por favor.

Me gustaría llevar este asunto con la mayor cautela.

No quiero que Blanca sufra innecesariamente.

-No sabrá nada por mi parte.

-Sabe que mi esposa siente un gran afecto por mi hermano.

No me gustaría que las malas noticias perjudicaran su embarazo.

Ha sufrido malestar estos días

y esto podría ponerla aún más nerviosa.

-No le diremos nada.

Pero eso no significa que no se preocupe

ante la desaparición de Diego.

Entonces, ¿no está en Brasil?

-Por lo menos no en la zona de las minas,

donde creíamos que estaba. En el estado de Minas Gerais.

-Tal vez está en otra zona de Brasil.

-Tal vez.

Pero Brasil es tan grande,

que es igual de difícil buscarle allí, que en cualquier

otra parte del mundo.

Pero no paro de darle vueltas a todas las cosas extrañas

que ocurrieron cuando se fue y a las que no quise atender.

-¿Como el desorden de su casa?

-Así es.

¿Y si fue atacado?

-No lo creo, ha pasado mucho tiempo. Te habrías enterado, ¿no?

-No lo sé.

Olga fue la última que estuvo con él.

Quizá me haya ocultado algo de lo que pasó.

-¿Y no estás haciendo una montaña de un grano de arena?

-Si Diego estuviera donde dijo que iba a estar...

-Diego se ha movido durante toda la vida por todo el mundo,

sabrá cuidarse.

-Espero que lo que dices sea verdad.

-Pero ¿cuántas historias te ha contado sobre las minas de diamantes

en Sudáfrica?

¿O de las esmeraldas en Sudamérica?

O hasta de las perlas en las islas de la Polinesia.

-Era un caudal de anécdotas sin fin.

-Tú piensa eso,

que cualquier día de estos aparece

y te cuenta que ha estado viendo cómo se extraen de la tierra

las piedras más preciosas del mundo. -Ojalá.

-Ay, Blanca, no te pongas en lo peor.

Puede haber mil motivos para que no esté en Brasil.

Que su viaje se haya retrasado, que él haya cambiado de opinión.

O simplemente que no quiera ser encontrado.

-Eso también me da miedo.

Aunque sería mejor que su desaparición fuese voluntaria

a que no pueda volver o pedir auxilio.

No sé, tengo malas sensaciones.

-Tus sensaciones no son premoniciones.

Se llama amor.

Y tú quieres convencerte de que no amas a Diego,

pero es que cada vez que le ves, Blanca, tu mirada se ilumina.

-Debo tener cuidado para no ser tan evidente.

Pero... solo espero poder volver a verle.

-Siempre estamos a vueltas con el amor.

Estará orgulloso.

No puedo decir que no me hiciera feliz el teatrillo de títeres.

Doña Susana no ha abierto el negocio.

Está encerrada, llorando.

Ya iba siendo hora de que alguien pusiera en su lugar

a esa vieja beata.

Toda la vida criticando la paja en el ojo ajeno

y tenía la viga en el propio.

Ya lo dice la Biblia:

"El que esté libre de pecado que tire la primera piedra".

Y ella no lo está, ni mucho menos.

¿Cómo pudo saber usted que doña Susana era la madre de Simón?

Lo supe y punto. Todo el mundo

piensa que se lo conté yo. Mejor.

Así tendrán menos ganas de hablar contigo.

Pronto nos libraremos del bastardo de Simón y de toda su familia.

Que resulta ser más grande de lo que parecía.

Al final va a ser pariente de medio barrio.

Padre, no puede manipular a todo el mundo.

No puede tomar decisiones por mí.

Decidir quién hablará conmigo y quién no.

Puedo y lo hago.

Además, esto no tiene nada que ver contigo,

es algo que tenía con Simón. Míralo de otra forma.

Querías venganza y te la he servido.

Empieza una vida nueva.

Sin una sastra que nos mire por encima del hombro

y sin que su bastardo piense que es mejor que nosotros.

¿Damos un paseo? ¿Vamos a los Jardines del Príncipe?

Como quiera.

Buenas tardes.

-Buenas tardes.

-Alegra ver que hay alguien en el barrio que no pasea con mala cara.

-¿Por qué no iba a ser así? Hace un día estupendo.

Y el tiempo pone a cada uno en su lugar.

-No hay nada más cierto.

Y hoy, querida, luces especialmente hermosa.

-Elvira es una hija maravillosa. -Lo mismo opino.

Una mujer de la que cualquier joven podría enamorarse.

Incluso los que parecen destinados a otras jóvenes.

-¿Qué quiere decir con eso?

-Ah, nada. Nada de enjundia.

Solo quería decir, que para su hija

nada ni nadie es imposible.

Podría conseguir la luna si se la propusiera.

Les dejo continuar con su paseo.

Si no aparece algo que pruebe la existencia de Belarmino

y su implicación en la estafa de los monumentos, tenemos muy difícil

la defensa de Antoñito. -¿Y qué puede ser?

-Mañana iré. Y le interrogaré minuciosamente.

A ver si encontramos un hilo del que tirar.

(Pasos)

-Don Ramón, don Felipe,

perdonen que les interrumpa.

Miren.

-Una noticia sobre el monumento a los caídos

de las guerras de ultramar.

Hubo muchas como esta, para nuestra desgracia.

¿Qué tiene esta de peculiar?

-Nombra al escultor del monumento. Se llama Sepúlveda.

-¿Y? -Que Antoñito nunca habló con él.

Solo Belarmino. Él puede demostrar

que ese canalla existe. -Es una posibilidad.

El hilo que buscábamos.

Tenemos que encontrar a Sepúlveda.

-Si es un escultor renombrado,...

en el Ateneo me darán cuenta de él. Voy a escribir una nota.

-Leonor Hidalgo conoce

a todo el mundo en el periódico.

Tal vez nos pueda poner en contacto quien redactó la noticia.

Él nos dirá dónde encontrar a este escultor.

-Esa es otra opción. Me pongo en marcha.

-Muy bien, Lolita.

Muy bien.

-Don Felipe.

Hoy he estado visitando a Antoñito. Y no está bien.

-La cárcel es muy dura.

-Pues se ha debido dar con toda la cárcel entera.

Porque está magullado. Dolorido.

-Don Ramón me dijo que había sufrido un accidente.

-Aún es más grave que eso.

"Pa" mí que a Antoñito le están maltratando.

Él no dice nada para no crear más problemas.

Pero tiene que ayudarle. O me lo matan.

-Está bien.

Mañana iré y veré si las sospechas son ciertas.

-Don Felipe,

mañana quizá sea tarde. Vaya esta misma noche,

se lo ruego, por favor. No lo deje.

Antoñito es...

un señorito al que le han dado toda la vida

todo mascado. Y no se sabe defender.

Así que todo lo que le contó a Jacinto era falso.

-Sí, quizá es verdad que exageré un poco, pero fue una lucha de titanes.

-Por favor, Servando, que nos conocemos.

-¿Me estás diciendo

que no me enfrenté a ese bandido con todas mis fuerzas?

-No, no, no, le está diciendo que le echa mucho cuento al evento.

-Sí, claro. El Pozoblanco ese amenazando con rebanarme el cuello.

Que no estamos "pa" muchas discusiones.

-No, si yo le entiendo, hombre. -Luego estaba...

Jacinto, que me tiene en un altar, y tampoco era cuestión de decirle

que me tuve que cambiar de calzas.

-Servando, por favor, que no hace falta que dé esos detalles, hombre.

Vamos a ver, ¿le robó entonces?

-Todo. Todo. No me dejó ni un real.

Todo lo que tenía

"pa" pagar la deuda. -Bueno, pues...

hay mucha gente esperando. Nosotros los primeros, vaya.

Que el parné no lo regalan.

-¿Que me estáis presionando?

-Las deudas son las deudas.

-¿Vosotros, que sois...

casi como unos hijos para mí?

-Sí, bueno, cuando a usted le conviene.

En asuntos de reales no hay familia que valga, Servando.

Así que déjese de lamentos

y ya está buscando la manera de encontrar el parné.

-Qué ingrata es.

-Servando, lo que le está diciendo Casilda

se lo va a decir todo el mundo. Muchos de ellos le demandarán.

Lo que tiene que hacer es buscar al comisario Méndez y denunciar

el robo del facineroso ese.

-Claro, "pa" que me encuentre y me corte el gaznate, el Pozoblanco ese.

-Bueno, pues necesita dinero para saldar las deudas.

-Que sí, que sí, que lo estoy pensando.

Pero es que no se me ocurre nada.

-¿Ha leído usted el periódico? -No lo he leído.

No quiero leer el periódico.

¿Serás mameluco? Que no sé de letras.

-Lo digo por los anuncios, borrico, que ahí hay posibilidad de negocio.

Casilda,... -¿Qué tripa se te ha roto?

-¿Hay algún periódico aquí?

-Sí, claro, "pa" leer cómo va el mundo, ¿no te jeringa?

-Vale cualquiera,

aunque sea el que utilices para limpiar las ventanas.

-Ah, pues entonces sí. En ese cesto.

-A ver.

"Venta de sombreros".

"Venta de paraguas. Venta de pastillas

para eliminar el olor de pies". -Yo no sé lo que es eso.

Mi pies huelen a flores.

-A ver. Ah, este parece interesante.

"Pastillas de caldo".

"Concentrados industriales para hacer sopas

y caldos". ¿Qué me dice, Servando?

-Pero, ¿cómo es eso? ¿Sin tener que cocinar?

-No sé, habrá que averiguarlo.

Pero parece un buen negocio. -Pastillas para caldo.

¿Ve?, eso no tiene futuro, pudiendo hacer un caldo en un puchero,

como siempre. No, no.

Se me tiene que ocurrir algo, se me tiene que ocurrir algo.

-Martín,

léeme eso enterito.

-"Pastillas de caldo".

"Pastillas para cocinar

exquisitos caldos, sopas, guisos y demás".

(VOZ DE BLANCA) "No puedo engañarte".

"Aun teniéndolo todo para ser feliz:

mi hermana,...

el hijo que espero, un buen marido;

me siento... condenada".

"Esta casa es mi propia jaula".

"El lugar en el que debo vivir una vida que me conviene".

"Pero no la que deseo".

"No logro olvidarte. Me gustaría...

volar a tu lado".

-¿Qué lee usted, madre? -Una carta.

Las palabras muchas veces son más fuertes que los puñales.

Si alguien sabe usarlas...

se vuelven contra quien las ha pronunciado

o contra otras personas. -¿Es el caso?

-Lo es.

Alguien va a arrepentirse de haber escrito estas líneas.

-¿Samuel? ¿Blanca?

-En su momento lo sabrás.

-¿No confía en mí?

-Sí, claro que confío en ti.

Somos aliadas.

Pero es mejor que no sepas de esto todavía.

Oh. No es desconfianza. Es conveniencia.

-¿Y de la exposición? ¿A qué viene tanto entusiasmo?

-(RÍE) -Eres perspicaz.

La única que se ha dado cuenta que mi alegría por el homenaje

de Jaime Alday no es casual. Tampoco orgullo de santa esposa.

-Algo esconde.

-Hay algo de Jaime Alday que no me pertenece.

Su cuaderno de proyectos.

Samuel y Diego siempre lo han ocultado.

Ahora, con motivo de la exposición, Samuel tendrá que mostrarlo.

Será mi oportunidad para conseguirlo.

-¿Qué tiene ese cuaderno que tenga tanto interés?

-Un diseño muy especial.

El colgante Ana.

-¿Tan bello es?

-Supongo que sí. Pero a mí no me interesa su belleza.

Sino lo que se esconde en su dibujo.

-¿Y qué es?

-Algo... que podría destruirnos.

-Es bellísimo.

-Y de una harmonía extraña

e incomparable. -Y, sin embargo,

es lo que menos me obsesiona.

Son los números anotados a mano en los márgenes.

-¿No son datos técnicos? -No.

Yo también lo creía.

Pero lo he comprobado una y otra vez.

No pueden ser medidas referentes a la pieza.

Tiene que ser otra cosa. -¿Cómo qué?

-No lo sé. Tal vez mi padre

nos estuviera enviando un mensaje.

-Será mi deformación como autora,

pero me apasionan estos enigmas.

-Samuel, ¿encontraste algo más en tu visita a la mansión?

-¿A qué te refieres?

-A algún indicio sobre el paradero de Diego.

-No. Ya sabes cómo es Diego.

Buscaba oro y crisoberilo.

Eso lo puede encontrar en Diamantina o en cualquier otra ciudad

de Minas Gerais.

Podría estar en Ouro Preto, por ejemplo.

No me extrañaría nada que estuviera en Ouro Preto.

O tal vez en Belo Horizonte, disfrutando

de los placeres de la vida. -¿Sin avisar?

-¿Desde cuándo ha avisado de algo?

¿Cuándo se ha preocupado por alguien?

-Diamantina, Ouro Preto, Belo Horizonte, Minas Gerais,

oro, crisoberilo,...

todas estas palabras me suenan como música celestial.

Sobre todo si van acompañadas del diseño de una joya

que va acompañada de unos números enigmáticos y un aventurero

que busca piedras preciosas en mitad de la selva.

(RÍEN)

-Amiga, lo cuentas como si fuera una novela.

-Es que tiene todos los mimbres para convertirse en una.

-Solo te pido que le des un final feliz.

Sepúlveda, sí, ese era el nombre del escultor.

A mí me venía a la cabeza Sigüenza.

-Bueno, al fin y al cabo son localidades cercanas.

-Bueno, pero ¿le han encontrado?

-Todavía no. No hace ni media hora que Lolita nos dio el dato.

Tiene que agradecérselo a ella.

-Lo haré. Tengo tanto que agradecerle.

-Mañana nos pondremos a buscarlo. Estoy seguro que daremos con él

antes del juicio.

-Pero ¿y yo puedo hacer algo para ayudar?

-Cuidarse.

Llegar al juicio en perfecto estado físico.

Antoñito, tenga mucha precaución.

No queremos que nadie le calle la boca antes del juicio.

No ha sido un accidente, ¿verdad?

-Felipe, usted es abogado. Sabe perfectamente

cómo funciona esto, así que, por favor, no me haga hablar.

-¿Han sido otros internos?

¿O un carcelero?

-No me obligue.

-Se acabó el tiempo.

El preso debe regresar a su celda. Tienen un minuto.

-Ha sido él.

¿No es cierto?

Usted no haga nada. Yo me ocupo de esto.

Blanca, se hace tarde, deberíamos volver a casa.

-Se está tan bien aquí.

-Te recuerdo tu estado interesante.

-Los hombres creen que el embarazo es una enfermedad.

Como si las mujeres no hubieran parido hijos

desde el principio de los tiempos. -Tu esposo se preocupa por ti.

-Ya. -Sabes que solo me interesa tu bien.

-Si no nos ponemos de acuerdo con los cuidados durante el embarazo,

imagínate cuando discutamos sobre la educación de nuestro hijo.

-Será militar, ¿no?

-Ni hablar. -Pues cura.

-Mucho menos. -Yo me lo imagino...

cardenal u obispo;

o militar o algo de eso. -Espero que estés de chanza.

-Oro y crisoberilo. Como me encargaste.

Espero no llegar demasiado tarde.

Ya está.

He cortado y pulido las piedras que ha traído mi hermano.

Ha sido laborioso, pero creo que ha merecido la pena.

¿Te gusta?

-Es una hermosura.

-Gírate.

Estás preciosa.

A quien sí tendría que dar una explicación es a Liberto.

No debía haber sido el último en enterarse.

-A Liberto ya le he dicho yo que su silencio está más que justificado.

No solo se exponía usted a las maledicencias,

también tenía un negocio que proteger.

-Pensará que no he tenido confianza en él.

Se habrá sentido ajeno a la familia. Vamos, el último mono.

-Pero hablar con él no estaría de más.

-Debería usted hacerlo, claro que sí.

Verá como se mostrará

más comprensivo. -No estoy yo muy segura.

El desplante ha sido... muy serio.

-Yo le acompañaré mañana a visitar a Liberto, y todo se andará.

"¿Ha dado con Sepúlveda?".

-"Qué va, como si se lo hubiera tragado la tierra".

-¿Y si te ayudamos a dar con él?

Yo me puedo pasar por todos los bares

y cafés. Y Servando,...

siempre que su trabajo se lo permita,

se puede acercar a la escuela de artes y oficios.

-Hecho.

Así a lo mejor conozco a un dibujante más experimentado

y me enseña unos trucos para aprender a dibujar más deprisa.

-Bueno, nosotros podemos preguntar por el barrio.

-Caray, en el "mercao".

Lo mismo damos con el Sepúlveda antes del juicio.

-Claro.

¿Qué he hecho yo para no merecer su confianza?

-Lo sabía Leandro y Juliana.

Tienes razón. La familia entera lo sabía.

No tengo disculpa para habértelo ocultado.

-¿Sabe lo mucho que me ha dolido esto, tía?

Yo siempre me he volcado con usted.

Casi hasta la veneraba, ¿y así me lo paga?

-No sabes lo que me avergüenza habértelo ocultado.

Solo puedo decir...

que espero que algún día me perdones.

-"El día de la feria"

vi a su hija...

besándose con un hombre.

-Eso es falso. Estuvo conmigo

durante toda la velada. -No hay error posible.

Era Elvira. -No.

Vigilé a Gayarre como si del enemigo se tratara.

-Pero a ella no.

Y yo no he dicho que fuera con el mayordomo.

No sería la primera vez que su hija

se besa en público con alguien. -No me encienda, señora.

Dígame el nombre del atrevido. Lo despellejaré.

Lo colgaré del mástil del patio de armas.

-"No se vengan abajo".

Hemos de seguir intentándolo. Créanme,...

muchos juicios se ganan con un testigo sorpresa

en el último momento. -No creo este sea caso.

Sospecho... que ese tal Sepúlveda

no era más que otra de las alas que utilizó Belarmino

para seguir volando libre. -Y eso condenaría a Antoñito.

-¿Desean tomar algo los señores?

-No, gracias, Lolita.

Sospecho, por tu actitud, que tampoco tú has encontrado

a Sepúlveda.

-Pues hemos ido a buscarle los otros criados y yo.

Y no le hemos encontrado en ningún "lao".

Nadie le conoce ni sabe su nombre, ni en los bares

ni en las escuelas de artistas. Ese hombre es un espíritu.

Y Antoñito, mientras, en el penal.

¿Qué piensas hacer? -Nunca le envié esa carta.

La rompí.

Así mis sentimientos quedarán ocultos para siempre.

Y eso es lo que pienso hacer.

Callar,... fingir y, si puedo, olvidar.

Mi familia es Samuel y...

lo que venga.

-Blanca, no te va a ser nada fácil olvidar.

Los sentimientos no pueden quedarse escondidos por mucho tiempo.

Aflorarán.

Además, ni siquiera sabes si ese hijo es suyo.

-Samuel es el padre. Mi hijo va a necesitar equilibrio,

solidez.

Y solo Samuel le puede dar esa firmeza.

¿Qué tipo de padre sería un aventurero como Diego?

Tú viste el estado en que llegó.

-"¿Y la herida de la mano?".

-En las minas, los trabajadores trabajaban

en régimen de esclavitud, o casi.

Se lo hice notar al capataz. No se lo tomó bien.

-Pelearon.

-A cuchillo, Felipe.

Se formó una reyerta masiva.

El capataz de marras no salió bien parado.

Por eso me tuve que ir de Brasil con algo más que prisa.

-¿Tiene cuentas pendientes con la ley?

-Puede.

Tenía que regresar el dichoso Diego.

No nos traerá más que problemas.

-Pero con lo bien atado que lo tiene usted todo,

¿cree que Diego será una traba?

-Es astuto. Y valiente.

Quizá... ha intuido

que queremos formar una hermosa familia.

Y eso sería nefasto.

-¿Y qué piensa hacer usted?

-Tomar cartas en el asunto,

naturalmente.

  • Capítulo 652

Acacias 38 - Capítulo 652

01 dic 2017

El escándalo al enterarse los vecinos del barrio que Simón es el hijo de Susana es inmenso. Elvira echa en cara a su padre su acción, pero el coronel se muestra orgulloso. Samuel manda un telegrama a Diego para que regrese con la piedra preciosa, pero Diego nunca llegó a las minas brasileñas.

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  1. Aristides

    ¡¡ Que mala costumbre y falta de educación escuchar conversaciones ajenas y para colmo escondidos detrás de las puertas. Y pensar que en la realidad también sucede ( ¿? ) En cuanto a ursula, si bien sabemos de sus maldades y comportamiento avieso, con que tupé critica y hace leña del árbol ca{ido con Susana, cuando ella (ursula) tiene también su historia de madre ¿ soltera?,CARADURA.- Los guionistas DISFRUTAN y deben sentir buenos orgasmos ante cada maldad que le inventan a este personaje y los teleespectadores lo sufrimos.

    08 dic 2017
  2. Melchora

    A RTVE NO LE GUSTA QUE SE LO CRITIQUE, sean mas profesionales y no los van a criticar y sinó BANQUENSELA

    06 dic 2017
  3. Elena

    A ver cuanto tardan en matar a Sepulveda jijiji

    04 dic 2017
  4. Diego

    Porque me sale que ha salido en escena Sepúlveda en este capítulo si no ha salido, raro es. Blanca muy antipatica hay que ver qué paciencia tiene Samuel y a Elvira no la aguanto y Diego ha vuelto, haber si es verdad que blanca no quiere traicionar a Samuel y no da rienda suelta a su pasión con Diego otra vez

    02 dic 2017
  5. Peg

    Por que Blaca miro asi a Diego es que no se alegraba de verlo? Mas que alegria y asombro parecia asombro y desagrado ciertamente...

    02 dic 2017
  6. Calpurnia

    Todos comentan sobre Susana pero de Úrsula no dicen nada, y ella es otra beatorra. ¡Qué antipática es Blanca! Es raro verla sonreír. Samuel se merece una mujer más agradable. Elvira es tan mala como su padre.

    02 dic 2017