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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 646 - ver ahora
Transcripción completa

Voy a preparar un pastel como los que sirven en La Deliciosa.

Le pedí la receta a Víctor.

Ya verás como os gusta.

¿Me acompañas?

No sé dónde están los utensilios de cocina.

-¿Has visto cómo se comporta?

-Te está imitando, en la ropa, en los gestos, en el peinado.

-Está rasgado como la Biblia de la cabaña.

Te estoy ofreciendo un plan de futuro.

-Me estás ofreciendo tu plan de futuro.

Lo que a ti te conviene, lo que te viene bien para tu vida,

para tus cosas y tus intereses.

-¿Entonces?

¿La respuesta es no?

-Hoy vamos a celebrar muchas cosas.

Que mi hermana

me ha abierto su corazón y me permite entrar en su vida.

Y que tus diseños serán todo un éxito.

Gracias al orfebre que habéis conseguido.

-He contactado con el Padre Octavio.

Hemos tenido suerte de localizarlo a tiempo.

-¿Nos recibirá? -Sí.

Hemos quedado mañana

en los alrededores del monasterio donde vive.

-Estoy haciendo grandes esfuerzos por integrarme en este mundo.

Y por agradar a esta familia.

-Estás haciendo un papel.

Y pronto descubriremos tus intenciones.

-Mis intenciones son recuperar la familia que usted me arrebató.

¿Tan difícil es de entender?

-Me estás echando.

¿De verdad?

-¿Cómo estás, pequeño? Soy tu tía Olga.

Tenemos todos muchas ganas de verte la carita.

No confías en mí, ¿verdad?

¿Blanca?

Blanca. Blanca.

¿Estás bien? ¡Hermana!

¡Despierta!

¡Hermana! -¡Blanca!

¡Blanca! ¿Qué te pasa?

¡Blanca, respóndeme!

¡Olga, ¿qué ha pasado?!

-No lo sé. Se ha desmayado de repente.

-¡Blanca!

Blanca. Blanca, cariño, Blanca.

Blanca, por todos los santos, respóndeme.

Blanca. Blanca.

¡¿Qué ha pasado, Olga?! Cuéntamelo.

-Se desvaneció. Yo no le he hecho nada, te lo juro.

-¡Trae un poco de agua!

-Blanca. Blanca, mi amor.

Blanca.

-¿Qué son esas voces? Dios mío.

Blanca. ¿Qué ha sucedido?

Despierta, hija, despierta.

¡No te acerques a ella! ¿Qué le has hecho?

¿Cómo has sido capaz de atacarla? Eres un demonio.

-Yo no le he hecho nada. Perdió el conocimiento de golpe.

-No le des nada que haya tocado este dengue.

¡Carmen!

¡Carmen, trae un vaso de agua! ¡Inmediatamente!

No me mires así. Bien sé de qué pasta estás hecha.

(Pasos)

-Dios mío, ¿qué ha sucedido?

-Trae. No hay momento de explicaciones.

Dale agua. Blanca, hija.

Blanca, por favor.

Blanca.

Blanca.

-¿Dónde estoy?

¿Qué me ha pasado? -Cariño, te has desmayado.

-Por fortuna solo ha sido un susto. -Por esta vez.

¿Quién sabe lo que conseguirás con una segunda intentona?

-Madre, le digo que yo no he tenido nada que ver.

-Y yo te digo que no te creo.

-No es momento para discusiones.

Blanca necesita descansar.

Yo me quedaré velándola.

Ten cuidado.

¿Estás bien?

A los buenos días, Víctor.

Anda, haz el favor, ponme un café, a ver si empiezo el día

con un poco de ánimo. -Ahora mismo, doña Trini.

-Muchas gracias.

Y mientras me lo vas poniendo, me voy sentando.

A los buenos días, Manuela, me alegro de verla.

-Aquí tiene, doña Trini.

Calentito, calentito. -Muchas gracias, Víctor.

Bueno, ¿qué?

¿Me vas a contar si conseguiste aclarar tus cuitas con María Luisa?

Aunque...

presiento que la respuesta va a ser muy negativa.

-¿Acaso ahora es usted adivina?

-No. No me hace falta una bola de vidente para saber.

Tu cara de funeral me lo dice todo.

-Pues preferiría que hablara de estas cuitas con ella.

-Vas tú dado. ¿Hablar yo con Luisi,

con el carácter que se gasta? No, déjalo, déjalo.

Para hablar con ella tendría que verla, y no sale de su cuarto.

-Pues la cosa está delicada.

Así que yo prefiero mantenerme discreto, si no le importa.

-Claro, Víctor, hijo, perdóname. Perdóname. Como quieras.

Solo necesito que sepas que... puedes contar conmigo

para lo que te haga falta.

-Ya sabe que se lo agradezco mucho. Marcho adentro.

-Víctor. ¿Cómo te encuentras?

¿Has conseguido hablar con María Luisa?

-Vaya,...

parece que hoy todo el mundo me va a preguntar lo mismo, ¿no?

-Si lo sé mantengo la boca cerrada. Ya veo que no estás de humor.

-Difícil estarlo, Liberto.

Estuve hablando con ella.

Sigue igual.

Creo que incluso empeoré las cosas. -Mira que eso era difícil.

-Con María Luisa siempre es posible ir... un poquito a peor.

Solo te digo que mi prometida, si todavía puedo llamarla así,...

me echó de su casa.

-Uf. Amigo,...

ambos estamos enamorados de mujeres muy temperamentales.

-No nos vamos a aburrir.

-A mí Rosina también me puso de patitas en la calle hace no mucho.

Pero con paciencia y cariño supe volver a ganármela.

Siempre que llueve, escampa.

-Eso debieron de pensar cuando empezó el diluvio universal.

-Templa. Templa y no te rindas tan fácilmente.

Tan solo necesitas un poco de mano izquierda, nada más.

Estoy seguro de que sabrás volver a ganártela.

-Ojalá estuviera tan seguro de eso.

Yo ya no sé cómo hacerle cambiar de opinión, Liberto.

-Bueno, ánimo.

Y si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde estoy.

-Gracias. -Voy a saludar a doña Trini.

¿Ya te has levantado?

¿Adónde vas?

-Vuelvo a mi cuarto.

-¿Por qué no te sientas aquí conmigo?

El desayuno que ha preparado Carmen es demasiado copioso.

Podríamos compartirlo.

-Se lo agradezco, pero no tengo apetito.

-Qué extraño.

¿Acaso temes que te pueda envenenar como hiciste tú ayer con tu hermana?

-Eso es mentira.

-No soy yo la que miento.

Por eso tu insistencia en que comiera de tu tarta.

¿Qué es lo que le echaste? -Nada.

Parece aterrorizada con lo que le pueda hacer a Blanca y a ese crío.

-Olga, solo te digo una cosa.

Si le ocurre algo a mi hija,... o a mi nieto,...

haré que te arrepientas el resto de tu vida.

-Que disfrute de su desayuno,...

madre.

Por favor.

Como organizador y alma mater de este torneo, les doy la bienvenida.

Veo, doña Rosina, que se ha animado finalmente a ser su pareja.

-Sí, así es, pero ya me estoy arrepintiendo de ello.

-Lo pasaremos muy bien.

-No, de eso estoy completamente seguro.

Ya verán ustedes. Bienvenidos y gracias por apuntarse.

Son los únicos señores que lo han hecho.

-Liberto, esto se ha acabado antes de empezar.

Vámonos con viento fresco. No quiero ni imaginarme

lo que dirán los vecinos si se enteran que estamos aquí

jugando al dominó con los criados.

-Ahora no podemos dejar a nuestros rivales plantados.

-Sí que podemos. -Mi amor, te lo ruego.

Por favor. Ya sabes que tengo capricho de jugar esta partida.

-Ay, no me mires así con esos ojitos de cordero degollado,

que entonces no me puedo resistir y decirte que no.

-Venga, comencemos antes de que se arrepienta.

-Fabiana,... si esto no sale de aquí, mejor que mejor.

-Pierda cuidado, señora. Será como usted quiera.

-Señores, les ruego que hagan sus apuestas.

-Servando, a mí nadie me dijo que había que apoquinar monís.

-Pues mujer, por darle un poquito de emoción aquí al juego.

No lo sé. Además, todo lo que vayan poniendo

se lo llevará el vencedor. ¿Qué les parece cinco duros, eh?

Señores,... puede comenzar.

Que gane el mejor. Comienza el seis doble.

(FABIANA RÍE)

-Eso es un compañero y lo demás son "tontás".

-Seis-cuatro.

-Y yo, seis-cinco.

-Pues yo... tres-dos.

-Rosina, querida, tiene que ser un cuatro o un cinco.

-Ya, querido, pues eso: dos más tres son cinco, ¿no?

-No, si al final está claro que te vas a salir con la tuya.

No va a durar la partida ni un suspiro.

¿Aún sigues a mi lado? -¿Cómo te encuentras?

-Algo mejor.

El descanso me ha venido bien.

Pero aún estoy débil. Me cuesta moverme.

-Debes quedarte descansando.

-A ti tampoco te vendría mal descansar.

No tienes buena cara.

-Tan solo es falta de sueño.

He pasado la noche en vela vigilando que estuvieras bien.

-No tenías que haberte tomado tantas molestias. -Descuida.

Aunque lo hubiera intentado, no me habría dormido.

Estaba muy preocupado. Me asustó verte sin sentido.

-Eres tan bueno conmigo, Samuel.

-Blanca,...

¿qué ocurrió anoche, antes de que perdieras la consciencia?

-Nada reseñable.

Estaba hablando con Olga, cuando de pronto, se me nubló la vista.

¿Crees que ella tuvo algo que ver?

-Me resulta chocante que insistiera tanto en que probaras la tarta

que había preparado. -Pero no fui la única que la comió.

Quizá sea solo una coincidencia.

(Llaman a la puerta)

-¿Puedo pasar?

Te traigo el desayuno, Blanca.

Es vital que vayas cogiendo fuerzas.

Tómatelo sin temor.

Carmen lo ha preparado bajo mi vigilancia.

Pase lo que pase, no debes comer nada

que haya podido ser manipulado por Olga.

-Hoy te quedarás en cama.

Daré aviso para cancelar el encuentro con el Padre Octavio.

-No, de ninguna manera.

Debemos verle.

Recuerda que se iba a las misiones.

-Blanca tiene razón. Es cierto.

Es nuestra última oportunidad de saber toda la verdad

sobre Olga.

-Blanca no está en condiciones de ir a ninguna parte.

-¿Y r qué no vais los dos juntos?

Así yo podré reposar. -Buena idea.

Ordenaré a Carmen que no te quite ojo de encima.

-¿Seguro que no te importa quedarte sola?

-Pierde cuidado, Samuel. No me pasará nada.

Pues al final le estoy cogiendo el gusto a esto del dominó.

-Me alegra que alguien lo esté pasando bien.

-¿A qué viene esa cara tan lúgubre?

¿Acaso estamos perdiendo tanto? -No nos salvaría ni un milagro.

-Espabile, Chucho, que es usted más lento que el tren de mi pueblo.

Servando, se ha buscado usted una copia suya.

Ya podían haber jugado juntos. -No sé de qué se queja,

si va usted ganando.

-Porque a mis rivales les ganaría un mono, y no muy espabilado.

Perdonen ustedes, señores.

-Descuide, Fabiana, la verdad no ofende.

-Lento pero seguro. Dominó. -Se acabó.

-¿Quiere usted que contemos las fichas?

-Vamos a ahorrar esfuerzos. Hemos perdido y punto pelota.

-Bueno, pero podríamos echar una revancha de esas.

-Eso mismamente sería como robarle un caramelo a un niño.

-Y las reglas del torneo

indican que se juega hasta que uno está eliminado, así que,

si no les importa apoquinar...

-Pues yo creo que no deberíamos pagarles tan alegremente.

Seguro que está amañado.

Nos han ganado muy fácil. Aquí hay gato encerrado.

-Querida, teniendo en cuenta que has tardado varias manos

en descubrir que no puedes mostrar tus fichas a los rivales,

la respuesta es no.

-Quite las manos de ese parné, Fabiana.

-¿No te ondula? ¿Acaso no hemos ganado con todas las de la ley?

-No, no, el botín es para el vencedor del torneo.

¿Eh? Y eso todavía está por ver.

-Está bien.

Guárdese el dinero, sí.

Poco le va a durar en sus manos, que aquí el Chucho y una servidora

les vamos a dar pal pelo.

-Bueno, eso también está por ver, Fabiana.

-Rosina, deberíamos marcharnos.

El campeonato debe continuar y aquí ya no hacemos nada.

-Bueno, está bien. Pero con una condición:

que de camino a casa compremos una caja de dominó

y embarquemos a Leonor y a quien le apetezca

en una partidita.

(RÍE) -He creado un monstruo.

(Campanadas)

A los buenos días, doña Celia. Cuánto me alegro de verla.

Lo mismo digo. Parece que hoy está muy animada.

Así es.

Poco a poco voy recuperando la calma.

Haciéndome a mi nueva vida.

Me alegra escucharlo.

Sepa que estaba preocupada por usted.

Lo sé.

Soy consciente que mi comportamiento

no ha sido el más adecuado últimamente.

Pero eso va a cambiar.

Aunque aún tenga momentos difíciles,

voy pasando página.

Tenga ánimo.

Las cuitas del corazón son...

difíciles de controlar.

Pero es mejor mantener la cabeza fría.

Tiene usted toda la razón. Y, dígame, ¿iba ya a casa?

Así es. ¿Por, quería algo?

No. Nada, es que, conversar con usted me da ánimos.

Pensaba que podríamos seguir con nuestra charla de camino

a los Jardines del Príncipe.

Tendremos que dejarlo para otro día.

Tengo que preparar unos presupuestos.

Tengo una reunión a última hora de la tarde, fuera de Acacias,

con uno de mis proveedores.

No pasa nada. Otra vez será.

Espabila, Antonio.

En esa mesa hay gente esperando a que les atiendas media hora.

-Sí, voy a cogerles la comanda. -Tarde, ya se la he tomado yo.

¿A ti qué te pasa?

¿Desde que tienes otro negocio ya no te preocupas por este trabajo?

-Que no, que no es eso.

-Desde luego, no sé cómo me las apaño con los Palacios

que me traéis por la calle de la amargura.

Un día de estos acabáis conmigo.

¿Antonio?

-Víctor, lo siento pero tengo que salir un momento.

-Pues sí que me tomas en serio, vamos, como el pito del sereno.

-Te aseguro que es la última vez que te fallo.

Cuidado, hijo, que nos llevas por delante.

-Veníamos a tomar un chocolate con tu hermana.

-Te diría que te sentaras, pero alguien tendrá que atendernos.

-Lo siento, pero ahora mismo no puedo entretenerme.

-Pero ¿adónde vas tan apresurado?

¿Acaso sucede algo?

-Hay algo que tengo que contarles, pero ni siquiera sé

por dónde empezar. -Antonio Palacios, no se mueva.

-¿Qué ocurre, comisario?

-Créame que lo siento, don Ramón.

Sabe que siempre le he tenido respeto.

Pero debo detener a su hijo.

-¿Cómo?

-Padre, le aseguro que esta vez soy inocente.

-Eso tendrá que decidirlo el juez.

-Ahora marchaba a comisaría a denunciar los hechos.

-Permanezca en silencio o todo lo que diga será utilizado en su contra.

-Hazle caso, Antoñito. Es lo mejor.

-Comisario, creo que merezco una explicación.

¿De qué se le acusa? -De estafa al ayuntamiento.

-Antonio. -No.

No, se equivoca. Aquí el estafado soy yo.

-Eso mejor me lo cuenta en comisaría.

Acompáñeme.

-Este chico no aprende.

-Ramón, por favor te pido que no saques conclusiones precipitadas.

-Seguro que Trini tiene razón. Seguro que se trata

de un lamentable error.

Atiza, Servando.

¿Le ha dado a usted, un síncope?

-Pero ¿qué tontunas está diciendo, Jacinto?

-Tenía usted la cara desfigurada, más feo de lo habitual en usted.

-No, si al final se llevará un mandoble.

Simplemente estaba ensayando unas señas.

-¿Ya estamos con el mismo cuento?

¿Todavía no se ha enterado usted que en el dominó

están prohibidas las señas entre personas?

-Sí, ya, ya, pero sería na más que una pequeña ayuda.

Nadie se daría cuenta. Lo hago muy disimuladamente.

-Tendrían que estar ciegos para no darse cuenta de eso.

Esas señas se verían a 30 leguas a la redonda.

-Mire, Jacinto, tenemos que ganar como sea esta partida

para pasar a la final, y ahí no nos quedaríamos.

Después iríamos al torneo de la ciudad,

y de ahí saldríamos campeones.

-Sí que tiene usted ganas de coger el trofeo ese.

-El trofeo ese se lo puede quedar de recuerdo.

Yo lo que tengo ganas es de coger el parné del premio

para ver si me puedo quitar la deuda que tengo.

-Pero si se tiene que ganar, se gana honradamente.

-Ya. Aunque sea una seña chiquitita,

algo pequeñito que nadie se... -Que le he dicho

que nones. Trampas ni una.

-Aquí estamos.

¿Están preparados para enterarse de lo que vale un peine?

-Yo pensaba que íbamos a jugar al dominó.

-Luego se lo explico, Jacinto.

Sabéis que tenéis que poner cinco euros, ¿no?

-Sí.

Pero mucho me parece. -No tengas miedo, Martín.

Si les vamos a ganar hasta la camisa.

-No sé qué le ha pasado con el dominó.

Yo creo que hasta ha agredido. -Martín, me hace mucha ilusión.

Por fin puedo ganar al dominó

a mi primo.

-¿Qué hace aquí, Fabiana? Si todavía no le toca jugar.

-Ya lo sé.

Pero una servidora quiere saber quién va a ser su rival en la final.

Bueno.

Si es que no les molesta tener mirones.

-No, quédese ahí quietecita y calladita que está más guapa.

-Seis doble.

-No, si encima tiene suerte, la canija.

-¿Qué le pasa en la cara, Servando? ¿No estará haciendo trampas, no?

-Qué dice usted.

Estaba estirando los músculos faciales, por la tensión, ya sabe.

-Pues sí que está reñido esto.

A este paso van a tener que decir quién es el ganador

tirando una moneda al aire.

-Nones, "seña" Fabiana, que Servando ve una moneda,

se la guarda y no la devuelve.

-No hará falta. El que gane esta mano

se lleva el juego.

-Martín, que ya podríamos haber ganado si estuvieras más espabilado.

-Canija, ya te dije que el dominó no era lo mío.

-Pues espabílate, ¿eh?, si no te quieres ganar la del pulpo.

-No seas dura con él, Casilda.

Que excepto honrosas excepciones como un servidor,

nadie sabe de todo. -Menos aires, Servando,

que nos resfriamos.

Si usted ni siquiera sabe poner las fichas.

Si no llega a ser por su compañero, no hubiera ganado na de na.

-Es verdad. A mi primo le hubiera ido mejor

jugando con compañía de alguna de sus ovejas.

-Como que son la mar de listas y muy resabiadas.

(GRITA)

-Ya le ha recordado las ovejas, le ha entrado nostalgia

y ha soltado el berrido.

-Que no es eso, Servando. Que hemos ganado.

Dominó. -¿Hemos ganado?

¡Hemos ganado! ¡Somos campeones!

¡Que somos campeones!

-Con el palique, nos han cogido desprevenidos.

-Tú sabes que esto ha sido culpa tuya, ¿verdad, Martín?

Vamos a ver, ¿a ti quién te manda poner esa ficha?

-Pero Casilda, que no pasa nada, solo es un juego.

-Un juego que hemos perdido por tu culpa.

Así que, que sepas que esta noche duermes a la intemperie.

-Pero no digas eso, canija mía.

Que ya sabes que no tengo la espalda para dormir al raso.

-Martín, ¿dónde vas? No, no, ráscate primero

el bolsillo. Venga.

-Si lo sé, me quedo en casa.

Primero pierdo el parné... y luego duermo solo.

-Eh, eh, cuidadito con el monís, Servando.

Recuerde que es para el ganador del torneo.

Y todavía tiene que enfrentarse a Chucho y a una servidora.

Ramón, será mejor que volvamos a casa.

-¿Por qué, Trini? El espectáculo ya ha sido dado.

Mi hijo es incorregible.

Ya ha vuelto a las andadas.

-Guarde la calma.

Me encargaré del caso.

Le ayudaré en todo lo que sea preciso.

-Si yo puedo hacer algo.

-Pues mira sí, sí que puedes.

Dejarme tranquila. No quiero hablar con nadie.

-Luisi,... ¡Luisi, aguarda, por favor!

-Déjela que se marche, Trini.

-Pobre María Luisa.

Si es que ella no debería avergonzarse.

No es culpable de los errores de su hermano.

-Querida Leonor, estos son tantos, que acaba salpicando

a toda la familia. -Bueno, Susana,

todavía no sabemos con seguridad que Antoñito sea culpable.

-Cuando el río suena, agua lleva.

Pero ¿cómo ha podido jugar con la memoria de los soldados muertos

para otra estafa suya?

-¿Es cierto lo que se dice? ¿Han arrestado a Antoñito?

-Sí, Lolita, me temo que sí.

-Pero es un error. Antoñito es inocente.

-Iré a la comisaría, a ver de qué puedo enterarme.

Veamos si también han detenido a su socio, ese tal Belarmino.

-Le acompaño, don Ramón. -Arrea, yo también voy.

-Tú quédate aquí. Déjalos que vayan solos, que ellos sabrán manejarse.

-Está visto que Antoñito es como el escorpión: siempre vuelve a picar,

irremediablemente. Es un sinvergüenza por naturaleza.

-Doña Susana,...

tan cristiana que se dice que es, y ¿no ha oído eso

de no tirar la primera piedra? -Lolita, por favor, ¿eh?

Vámonos a casa, que ya están las cosas demasiado revueltas.

Carmen. Carmen, aguarda un momento.

¿Cómo se encuentra Blanca? He sabido

que sufrió un desfallecimiento. Luego, si puedo, iré a visitarla.

-Agradecerá su visita. Se encuentra algo mejor,

pero aún floja.

Me ha pedido que le compre unos dulces de La Deliciosa.

Se ve que le ha entrado antojo. -Ya.

El azúcar le irá bien. Le ayudará a recuperar las fuerzas.

-Así lo espero.

Temo mucho por ella. -Descuida.

En su estado es normal que sufra mareos.

-No.

No es el mareo en sí lo que más me inquieta.

-¿A qué te refieres?

-No sé si me estaré tomando demasiadas libertades, pero...

ha de saber que la señorita Olga me da mala espina.

Desde que ha llegado a la casa, no dejan de suceder cosas raras.

-¿Y tú crees que Olga puede tener algo que ver en el mareo de Blanca?

-Yo no me atrevería a decirlo con seguridad.

Lo único que sé es que...

este justo le sobrevino después de comer una tarta

que la señorita Olga le había preparado.

Quizá debería esperar las noticias en la cocina.

No está bien que esté aquí con usted.

-Lolita, no digas tontadas, ¿eh?

Que la espera entre dos es menos espera.

Y Luisi se ha quedado encerrada en la habitación

y no hay Dios que la saque.

-¿Y no está tardando mucho don Ramón?

¿Qué cree que habrá ocurrido en la comisaría?

-Pues no lo sé, hija.

Lo mismo le tienen ahí esperando para hablar con Antoñito

o... ha tenido que salir al banco para sacar el dinero

para la fianza.

-Entonces, quizá le traiga de vuelta a casa consigo.

(Se abre una puerta)

-Mira, ahora mismo lo comprobaremos.

¿No viene Antoñito contigo?

-¿Está bien?

¿Le ha dado ánimos?

-Ni siquiera me han dejado verle.

El comisario me ha confesado...

que ha sido el propio ayuntamiento quien le ha demandado.

-Pero bueno, ¿y eso por qué motivo?

-Al parecer,

y después de recibir el dinero para comenzar las obras,

Antoñito y su socio no llegaron a presentar

los requerimientos oficiales

y han sobrepasado el plazo establecido.

-Bueno, ¿y eso es tan grave? -Sí.

Si se han quedado con el dinero, sí.

Además, tirando del hilo

han descubierto que el diseño no era original

y están investigando un posible fraude en una compra

no realizada de materiales.

-Pues sí que la ha liado parda, sí.

-Yo ya no sé qué pensar, Trini.

Le había dado un voto de confianza.

Pensaba que esta vez no me engañaba, que se había reformado.

-Y así ha sido, don Ramón.

-Entonces, ¿cómo explicas este embrollo,

Lolita?

-Vamos a ver.

Digo yo. El tal Belarmino este.

Seguramente él tenga la llave para deshacer el entuerto.

-Para nuestra desdicha, no sabemos nada de él,

se lo ha tragado la tierra.

Y yo que había enmarcado la noticia lleno de orgullo.

Lolita, haz el favor, apártalo de mi vista, tíralo a la basura.

-¿Y Felipe?

¿Has hablado con él, qué opina de todo el asunto?

-Por la estima que nos tiene, no me lo ha dicho a las claras, pero...

es obvio que le considera culpable.

No creo que vaya a defenderle.

-¿Ni siquiera en nombre de nuestra amistad?

-Trini,... no le juzgues, yo le comprendo.

¿Cómo es posible deshonrar la memoria de nuestros soldados

caídos en la guerra?

Es mi hijo. Ni siquiera yo...

le encuentro una excusa. -Bueno, Ramón, por favor, ¿eh?

No nos precipitemos.

No podemos pensar que es culpable hasta que se demuestren los hechos.

-Don Ramón,... haga caso a la Lolita.

Yo sé que Antoñito es inocente.

Él no sería capaz de algo así. Ya no.

Créame.

Disculpa que te interrumpa, Simón, pero no podía aguardar más

para ponerte al día. -Aún me cuesta creerlo.

Parece ser que el hijo de don Ramón

no escarmienta. -Nunca lo hará.

El escándalo que se ha montado en el barrio ha sido de órdago.

Los Palacios no sabían ni dónde meterse.

-Y no me extraña. Bueno, esperemos que todo sea...

un malentendido y resulte ser inocente.

-Yo no contaría con eso. Y menos mal que por lo menos,

no ha sido a Víctor al que ha estafado.

Lo que le faltaba, como si no tuviera bastante.

-¿Hay alguna novedad sobre la petición de matrimonio?

-Las que hay no son nada buenas.

María Luisa insiste en rechazarle.

Al parecer, incluso le echó de su casa.

-Lo debe estar pasando mal. -Bueno, no te entretengo.

Voy a ver cómo va Adela con el manto papal.

Con tanto trasiego la he dejado sola en la sastrería.

Esperemos que el cura no nos dé plantón.

-Puedes estar seguro que vendrá.

Mira.

Ahí se acerca.

Padre.

Gracias por haber acudido a la cita.

Es menester que nos cuente todo lo que sepa

sobre Olga.

-¿Qué les empuja a remover ese turbio pasado?

¿Qué relación les une con ella?

-Hace años conocimos a Tomás y a esa niña.

Ahora sospechamos que Olga no murió.

Que puede estar merodeando cerca de nosotros.

-¿Ella sigue viva?

Comprendo su inquietud. Qué terrible

noticia.

-Se lo rogamos. Cuente lo que sepa.

-Tomás era un hombre muy piadoso, casi un santo.

Llevado por su misticismo, decidió retirarse al bosque

como un anacoreta.

Pasó varios años en soledad, orando y viviendo

en la pobreza.

Hasta que Dios puso a esa niña en su camino.

-¿La acogió en su casa?

-Así es.

Tomás se entregó en cuerpo y alma a su crianza.

Pero no tardó en tener problemas con ella.

Era muy rebelde y descargaba toda su rabia contra él.

Parecía que estaba tocada por el mismísimo Lucifer.

-¿A qué se refiere exactamente?

-No debería hablar de esto. -Se lo ruego.

Piense que podríamos estar en peligro.

Necesitamos saber la verdad.

-Olga era una niña cruel.

Gozaba con el mal ajeno.

Bien fuera un animalillo o uno de sus semejantes.

Era mentirosa y retorcida.

Capaz de todo por hacer su voluntad.

-Tomás no consiguió enderezarla.

-Todo lo contrario.

Fue la diana a la que iba dirigido todo su odio.

Cualquier perrería que se le pasara por la mente

le tenía a él como víctima.

Hasta trató de quemar

la casa cuando él dormía. Trató de quemarle vivo

mientras miraba.

En numerosas ocasiones le pedí que la pusiera

en manos de la justicia o de la ciencia médica.

Pero no me hizo caso. La quería como a una hija.

Hasta que una noche me avisaron que habían encontrado el cadáver...

de Tomás en el río.

No había rastro de Olga y se pensó que la barca

con la que estaban pescando había volcado, y que la corriente

se llevó el cuerpo de la niña. Se dijo que fue

un accidente.

Pero yo... pude ver

el cadáver de Tomás...

con una terrible brecha en la cabeza.

Cuando cayó al agua estaba mortalmente

herido.

Si es cierto que Olga está viva,...

ruego a Dios para que nadie se tenga que enfrentar a su maldad.

(Llaman a la puerta)

Madre, se ha olvidado...

¿Qué haces aquí?

He venido a verte.

Estaba esperando en la escalera a que doña Susana se fuera

y te quedaras solo.

¿Por qué motivo?

Hay algo de lo que debo hablarte.

Creía habértelo dejado lo suficientemente claro el otro día.

Ya no tenemos nada que decirnos.

Te ruego que me escuches.

No tardaré mucho y será la última vez que te moleste.

Simón, de verdad, ¿no vas a dejarme pasar dentro?

¿Vas a obligarme a que te hable desde el rellano,

a la vista del primer vecino que pase?

Pasa.

Date prisa, doña Celia no tardará en volver.

Te equivocas.

Tenía una reunión de negocios en el otro extremo de la ciudad.

Me encontré antes con ella y me lo dijo.

Simón, me he dado cuenta que no puedo seguir viviendo sin tu amor.

Tendrás que buscarlo en otra parte, porque yo no puedo dártelo.

Te ruego que no me dejes de lado.

Te amo demasiado.

Elvira, no sigas. Lo he intentado, pero no puedo.

Por más que trate de negármelo, jamás podré superarlo.

Detén tu empeño de una vez.

¿Acaso no te das cuenta que lo único que consigues con todo esto

es hacerte daño a ti misma? Y también me lo estás haciendo a mí.

¿Qué haces? ¿Qué estás haciendo, Elvira?

Pero ¿tú has perdido el oremus? Vístete, por favor.

No, Simón.

No hasta que me mires.

Esta soy yo.

La mujer a la que tanto deseabas.

Aquella a la que estrechabas entre tus brazos

hasta dejarme sin aliento. Elvira, te lo ruego.

¿Ya no te gusto?

Mírame bien.

Dime que ya no provoco nada en ti.

Basta ya, basta. Basta, vístete de una vez.

No me has contestado. Sí, sí lo he hecho.

Ya no siento nada por ti.

Tus palabras dicen eso, pero tu corazón no puede negármelo.

Bombea acelerado como el mío.

Soy tuya, Simón.

Puedes tomarme.

Antes me resistía a la idea de no ser más que tu amante, pero ya no.

Me da igual.

Haré lo que sea con tal de estar entre tus brazos.

Vístete, vamos, vístete.

Deja de humillarte de una vez.

Ponte tu ropa y márchate.

No tienes nada que hacer aquí. No pierdas la dignidad que te queda.

Olga. No sabía que estabas en casa.

Estás llorando, ¿qué...?

¿Qué te ocurre, por qué sufres?

-Me siento despreciada, Blanca.

Da igual lo que haga.

Nuestra madre siempre se las apañará para echarme las culpas.

Me odia por el mero hecho de estar viva.

-No, Olga, no digas eso. -¿Acaso no es cierto?

Sé que deseaba que muriera en aquel bosque donde me abandonó de niña.

Pero no es eso lo que más me duele. -¿Entonces qué?

-Que ha conseguido llevarte a su terreno.

Tú también has empezado a desconfiar de mí.

-Olga,... eso no es verdad.

-No trates de negarlo.

Sé que tú también piensas,

como todos en esta casa, que no soy trigo limpio.

¿De verdad crees que traté de envenenarte con esa tarta?

¡¿Cómo iba a hacerle algo así a mi propia hermana?!

¿A mi propio sobrino? -Olga, yo no he dicho eso.

-Pero lo has pensado.

Lo veo en tu mirada, Blanca.

En tus ojos.

Hay miedo y preocupación en ellos.

No sé qué hacer...

para que te des cuenta que no te miento.

-Olga, perdóname. Lo siento.

Discúlpame si alguna vez he desconfiado de ti.

-¿Alguna vez?

¡Deja de mentirme, no sabes el daño que me haces!

-No te estoy mintiendo, Olga.

-No has parado de hacerlo, Blanca.

Sé que no fuiste a ver a ningún orfebre.

Sé que estuvisteis en el bosque de Las Damas.

No tenías que haber actuado a mis espaldas.

Si querías respuestas, yo te las hubiese dado.

Te hubiese contado con todo detalle

el infierno que padecí.

Sabrías todo sobre mi vida.

-Hazlo, Olga.

Cuéntamelo todo.

-¿Estás segura de que quieres saberlo?

Elvira.

Hoy he terminado un poco antes mis prácticas.

¿Elvira?

¿Qué te ha pasado?

¿Por qué estás así? ¿Alguien te ha mancillado?

No, padre. Nadie me ha tocado.

Solo yo me he mancillado.

Humillado. No puedo caer más bajo.

No hace falta que me digas quién está detrás de tu dolor.

No me contestes.

Maldita sea.

Se acabó.

Vayamos a contarle a Blanca lo que nos ha dicho el Padre Octavio.

-Ve tú con ella a su cuarto.

Mientras, yo voy a tener unas palabras con Olga.

(Pasos)

-Gracias a Dios. Menos mal que aparecen.

-¿Qué ha sucedido? ¿Y Blanca?

-No está en la casa. Lleva un par de horas fuera.

-¿Cómo dices?

Te ordené que estuvieras a su lado, que no la dejaras salir.

-Lo siento.

Ella me pidió que fuera a La Deliciosa a comprarle unos dulces

y, yo pensé que le harían bien. Solo estuve fuera un rato.

Tiempo suficiente. -¿A tu vuelta ya no estaba en casa?

-¿Y Olga?

¿Dónde está Olga?

-También ha desaparecido, señora.

Imagino que se han ido juntas, pero no han dejado nota ni aviso.

-¡¿Cómo se te ocurre dejar sola a Blanca con esa loca?!

-Lo siento mucho, señora.

-Y más que lo vas a sentir.

Reza...

porque no le haya ocurrido nada a Blanca.

-No hay tiempo para eso ahora. Blanca podría estar en peligro.

Hay que salir en su busca.

Aquí estamos "pa" ganar el trofeo. ¿Dónde está?

-Aquí.

Aquí está el trofeo

para el mejor. -¿Esa copa?

Pues menuda quincalla.

-Lo que nos jugamos es el honor. -No, no, y los cuartos, ¿eh?

Así es que, venga, echando aquí esos duros.

-Poco me parece.

-Pues si quiere, doblamos la apuesta.

-Chucho, suelte el parné. Venga.

A jugar. -Eso.

Para el ganador, los cuartos...

y el triunfo.

Y, para el perdedor, el deshonor.

-Vamos "pa" allá, vamos "pa" allá.

Venga. Sale el seis doble.

-Como este. Su turno, Servando.

-"¿Has dormido bien?".

Pues no. No he pegado ojo en toda la noche.

Hija, tienes que superar el dolor.

Nadie debería sufrir así por otra persona.

Y menos por un vulgar mayordomo.

Yo me voy a encargar de él, te lo aseguro.

Padre, por favor, ¿qué le va a hacer?

Solo voy a defender a mi familia. Y no te metas, es asunto mío.

¿O acaso quieres defenderlo? -"¿Estaban hablando del Antoñito?".

-Y a ver, hija, ¿de qué habríamos de hablar?

-Y le creen culpable.

Como si lo viera. -Anda, Lolita,

blanco y en botella, leche. -U horchata.

Que mi Antoñito no tiene nada que ver con la estafa.

-Pues si es así, difícil le va a resultar demostrarlo.

Que desde que pasó lo del seguro de los muertos,

le tienen ganas más de uno... y más de dos.

-Pero es que esta vez es verdad que no ha sido él.

Que le ha engañado el socio ese. Mala la hora en la que le conoció.

Soy inocente. Sé que es muy difícil

confiar en mi palabra, pero esta vez el estafado soy yo.

-Ya sabe lo que dicen.

Quien roba a un ladrón...

-Mire, le voy a contar lo que ese canalla hizo punto por punto.

Yo no sé cómo he podido ser tan inocente. Yo.

Que me he reído de tantos considerándolos unos primos.

Y al final, he resultado ser el más cándido de todos.

-Siempre hay un roto para un descosido.

¿Ha leído esto, padre?

-"Detenido Antoñito Palacios

por la estafa del monumento a los héroes".

"El hijo del conocido empresario Ramón Palacios está en prisión

por intentar apropiarse del dinero para el recuerdo

de los caídos españoles en la Guerra de Cuba.

Qué barbaridad.

-Ramón, en los periódicos, lo único que es verdad

es la fecha y el precio.

-"El concejal del ayuntamiento, don Isidoro Gutiérrez,

declarará contra él".

"Hay que sacar de circulación a los tunantes,

ha manifestado el político".

-Ay, mi Antoñito, hasta un concejal en su contra.

-"Traslada al preso a su celda".

Espero que pase una buena noche.

Y, por cierto, procure no roncar.

A los demás presos les molesta.

Y no queremos que tenga problemas la primera noche.

-¿Problemas?

¿Qué, qué me puede pasar?

-Dicen que con la garganta cortada no se vuelve a roncar.

Vaya aprendiendo las costumbres de la cárcel.

Falta le hará. "Voy a hablar yo con Víctor".

¿Tú?

Le hablaré con el corazón.

Le haré ver lo duro que es perder a la persona

que quieres. No vas a conseguir nada, Elvira.

Víctor... está convencido de ir a París.

Solo le ha faltado comprar los billetes a mis espaldas.

Me usa para conseguir todo lo que quiere.

Esta vez será diferente. Cambiará de opinión, confía en mí.

Leonor, ¿ha visto a Blanca? -No,

esta tarde no he estado con ella. ¿Ocurre algo?

-Ha desaparecido. No sabemos dónde está.

Ni siquiera si está viva o muerta. -No exagere, Úrsula.

Hemos llegado a casa y no estaba. Ni ella ni Olga.

-Bueno, ya sé que no se fían mucho de Olga, pero si Blanca

ha salido de casa será sabiendo muy bien dónde va.

-¿Y si la han engañado? -Blanca no es una incauta.

-¿Han mirado en la mansión Alday?

Quizá esté allí por algo relacionado con el diseño de sus joyas.

Yo sé que tiene algunos materiales y herramientas que necesitas.

-Es verdad. Seguro que está en casa.

Estamos haciendo una montaña de un grano de arena.

Voy a buscarla. -Te acompaño.

Nada, aquí no hay nadie. -Quizá en las habitaciones.

-La cerradura estaba echada por fuera, esta casa está vacía.

-¿Todavía piensas

que no debemos avisar a la policía?

-Debemos proceder con mesura y agotar todas las posibilidades.

-¿Y si Olga le hace algo?

-Deje de tratar a Blanca como si fuera un corderito.

Blanca es una mujer fuerte y capaz.

Sabe cuidarse. -No. Blanca es la oveja

y Olga es el lobo. Deberías haberte dado cuenta.

¿Es que no escuchaste al Padre Octavio?

-Lo escuché.

Pero Blanca sabe defenderse. -No.

Blanca tiene nublada la razón por la culpa,

la culpa de haber sido la elegida, de haber vivido una vida mejor

que la de su hermana. Las dos nacieron a la vez.

Y una fue rechazada. -"Mentira".

Olga.

Esta es tu letra.

¿Por qué escribiste "mentira" en la Biblia?

-Dicen que Dios cuida de sus hijos.

Pero no es verdad.

A mí nunca nadie me cuidó.

Ni mi verdadera madre ni Dios ni nadie.

Dios me abandonó.

También dicen que Dios todo lo ve. Pero es falso.

Dios no ve lo que pasa en esta casa, no lo permitiría.

-Olga.

-Aquí...

nadie nos ve. Estamos tú y yo solas.

  • Capítulo 646

Acacias 38 - Capítulo 646

23 nov 2017

Blanca se recupera. Todos sospechan de Olga, pero ella niega. Blanca le pide a Samuel que vaya con Úrsula a ver al Padre Octavio. Se inicia el torneo de dominó. Servando y Jacinto van ganando partidas. Elvira sonsaca a Celia cuándo Simón se quedará solo en su casa y acude, implorando su amor. Antoñito se decide a ir a denunciar a Belarmino a la policía cuando es detenido por estafa. Conmoción en el barrio. Ramón vuelve de la comisaría: Antoñito ha sido detenido sin fianza. Lolita cree en su inocencia. Carmen confiesa a Leonor sus sospechas sobre Olga.

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