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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 638 - ver ahora
Transcripción completa

Propongo hacer un monumento

que tenga un gran valor artístico y patriótico.

Mire, mire.

¿No es maravilloso?

La pena, que no tengo acceso al concejal.

-¿Le parecería una osadía que yo intercediera

por usted? -¿Conoce al concejal?

-Conozco a todo el mundo.

-Rosina, mi amor, no quiero que olvides nunca

que si estoy contigo es porque eres lo mejor que me ha pasado nunca.

-"Me voy".

-Suerte.

-Gracias.

-"El intento de hacernos daño contándole a Adela

que Susana es mi madre,"

ha sido patético. Simón...

¡Eres un ser miserable!

Pero te lo advierto, cada afrenta,

cada intento de causar dolor, te lo voy a devolver con creces.

No te inquietes. Tú, para mí,

ya no existes. -"La curia"

no quiere que alguien que no esté a la altura moral

confeccione algo que va a vestir el Santo Padre.

Así que debo presentarme a una entrevista.

-Así debe ser, pero no creo que queden descontentos contigo.

-Ya, pero toda ayuda es buena. Si pudiera contar con una carta

de recomendación tuya... -Puedes contar con mi ayuda.

-Olga es mi hermana melliza.

-Entonces, Olga también es hija

de doña Úrsula. -Así es.

-Caray. Qué cosas que pasan en estas calles.

-"Quiero abrirle las puertas a la vida".

Y voy a empezar por abrirle las puertas de esta casa.

-"¿Qué es lo que quieres? ¿Matarme?".

¿Terminar lo que no pudiste hacer?

-Todas fracasamos. Usted intentó matarme de niña.

¿Y ahora?

-Alguna, algún día, lo logrará.

-No me da usted miedo, madre.

-¿Soy yo quien debería tenerlo?

-No de mí.

-Si hubiese querido rematar la faena,

ya lo hubiese hecho.

Que usted viva o muera, me resulta indiferente.

-¿Por qué maquinaste entonces quedarte en esta casa?

-Yo no he buscado quedarme. Ha sido mi hermana.

¿Recuerda que tengo una?

Si he aceptado vivir aquí,

ha sido para saber qué se siente cuando la quieren a una.

-Habló santa Catalina de Siena.

De nada te valdrá fingirte un angelito.

Puedes engañar a Blanca, pero a mí no.

¿Qué pretendes? ¿Enfrentarnos?

¿Que mi hija odie a su madre?

-Yo también soy su hija, aunque le pese.

Y yo no he engañado a Blanca, usted sí.

Le mintió sobre mi abandono.

-Y Olga, la justiciera y santa, la que nunca ha roto un plato,

ahora quiere que la verdad resplandezca.

¿Quién te has creído que eres?

Apenas un animalillo.

Dame un solo motivo...

y te aplastaré como a un insecto.

-Los bichos también pican.

(Puerta)

-Olga, he comprado en la botica

el ungüento que...

¿Qué está pasando aquí?

-A madre no parece gustarle que viva en su casa.

Y puede que tenga razón.

-He visto a Samuel

hablando con un mozo en la calle.

Sabía que en cuanto se quedase a solas con Olga intentaría algo.

Si no la quiere,

al menos respétela y no la atosigue. ¿No le parece que ha sufrido

ya bastante por su culpa? -Una vez más,

eliges mal tus aliados, Blanca.

Allá vosotras...

si decidís ser el enemigo.

Tenías que haber visto a tu padre.

Aún no había recuperado mi posición de guardia,

cuando el tirador

ha intentado un movimiento de falsa marcha;

una maniobra hartera,

pero eficaz. Aunque no me ha engañado, por supuesto.

¿Aún no estás preparada, hija?

Quedamos para ir a remar.

Estás llorando.

Me suele la cabeza, padre, no me siento muy bien.

No parece que tengas calentura.

No me estarás engañando...

No parece grave.

Tal vez te venga bien lo que habíamos pensado.

Un paseo por los jardines te despejará.

El lago, las vacas... No me apetece, padre.

No quiero salir de casa.

Bien, pues nos quedamos. Podemos jugar una partida de cartas

antes de cenar. No.

Siento estar tan abúlica,

pero...

Otra vez él, ¿no es eso?

(LLORA) ¿Qué más da, padre?

Tienes razón, hija, ¿qué más da?

Eso es cosa del pasado, ahora me tienes a mí.

Nos tenemos el uno al otro.

Es la grandeza de la familia:

el amor filial, que siempre acude en nuestra ayuda

en los momentos difíciles.

Y ese amor me dice que tienes que luchar, que resistir,

que sobreponerte.

¿Dónde está mi preciosa hija?

Esa que, si se lo propone,

es capaz de prendar al mundo entero.

Arréglate, ponte bella.

Me dijiste que esto había pasado, Elvira.

¿Qué ocurre ahora?

¿Qué sé yo?

No puedo, padre.

Creí que podría olvidar, pero no puedo.

Ahora que las llagas están limpias, te aplicaré el ungüento.

Según mi boticario, es mano de santo.

¿Te alivia?

-Sí. -Por lo visto,

además de higienizar,

tiene un efecto analgésico muy rápido.

-Lo siento, te he manchado.

-No pasa nada.

Es como si fuera mía.

Tu sangre es mi sangre.

No deberíamos haberla dejado sola con mi madre.

Ha aprovechado para mortificarla. -Mi culpa.

Debería de haberme dado cuenta

de que era una maniobra de Úrsula

para sacarme de casa. -No es tan importante.

-Sí, lo es.

Samuel y yo tenemos la obligación de conseguir que nuestros invitados

estén cómodos y libres y en casa. -Es su casa.

-Es la de mi padre.

-Y ahora, también la tuya.

No volverá a pasar. -Bueno,

he soportado cosas peores.

Lo único que me pregunto es por qué me odia tanto,

por qué siempre me ha odiado. -Ya verás como entra en razón.

Tú no debes amedrentarte. Y, sobre todo,

no se te ocurra pensar en marcharte.

-Y como blanca te ha dicho: estás en tu casa.

-Yo estoy muy feliz de haberte recuperado.

Con esto, poco más podemos hacer por el momento.

-Bien, si no necesitáis nada más, tengo que atender unos asuntos.

Y creedme, mucho menos interesantes que hablar con dos preciosidades.

-Tu marido es muy galante.

Se nota que te adora.

-Ya verás como pronto encontrarás un marido que te ame.

-¿Por qué no eres feliz?

No me contestes si no quieres.

Olga, a veces...

hay que tomar decisiones que duelen.

Y no lo digo por ti.

Venga, intenta caminar.

Eres muy fuerte.

Si yo tuviera esas llagas,

estaría todo el día en la cama o quejándome.

-Bueno, yo ni siquiera podría subirme

sobre esos zancos. -(AMBAS RÍEN)

¿Hubieras sido capaz de llamar a los guardias?

-Naturalmente.

Así te hubieran encadenado, ¡a mi merced!

-(AMBOS RÍEN)

-Bueno, por fin, vuelven las risas a esta casa.

-¿Sabes lo que ha hecho tu padrastro? Me ha arrastrado por toda la calle,

a la vista de todos. Y me ha llevado donde el señorito

ha querido. -A los Jardines del Príncipe.

-¿Y las intenciones?

El muy seductor ha recurrido a las armas más harteras

para convencerme.

-Tan solo le recordé lo mucho que nos queremos.

-Ya, pero no te has ahorrado los detalles más eucalipticos.

Mira que recordarme aquella vez que nos bañamos

en el río desnudos... -¡Madre! Madre, déjelo.

Un santo varón es Liberto por aguantar sus salidas.

-(RÍE) Sí. -¡Eh!

-¡Oh! -¡Que tampoco es para tanto!

Aunque he de reconocer

que quizá he llevado demasiado lejos mi tristeza.

Ya me conocéis, soy mucho de llevar las cosas

hasta... -¿La extravagancia?

-¡Ea! -¡Oh!

-¡Otro más! Perdón.

Si es que tenéis razón los dos.

La mayoría de los hombres no hubiera tenido tanta paciencia.

-¿La mayoría de los hombres, dices?

-Es que no sé cómo se me ha pasado por la mente si quiera

separarte de mi vida.

-Pues lo hiciste.

Pero no te va a salir de balde, compensarás todos mis desvelos.

-Lo que quieras.

-Siempre y cuando sea admitido y permitido

por la Santa Madre Iglesia.

-¿Sabéis lo que era ver la cara de compasión de todos

al verme deambular como alma en pena?

-Madre mía, lo que habrá llegado a decir la gente.

Esa maldita fiesta, ¡en mala hora!

Qué vergüenza, qué bochorno. -Usted está muy por encima

de todo eso. Que digan o piensen lo que les salga de las pestañas.

Ustedes se han reconciliado, ¿no? Pues que le den una higa a la gente.

-Ese lenguaje. -¿Qué?

-¿Qué os parece si, para celebrarlo, vamos a dar una vuelta?

Los tres, ¿eh? -Me parece muy bien.

Pero tú invitas. -Bueno, tengo una mina.

-Ahora voy.

(SUSPIRA)

Y fueron felices y comieron perdices. Esto me aburre soberanamente.

(Puerta)

-Sorpresa.

-¿Qué haces aquí a estas horas? -Verte, ¿te parece poco?

-Me parece...,

no sé, raro, por no decir inoportuno.

Seguro que hay algún vecino apuntado en su lista de chismorreos:

"Víctor visitando a la Palacios de madrugada".

-Son las 23.00.

¿No me vas a dejar pasar? -Pasa.

-Lo único que quería era darte las buenas noches.

Y, de paso, traerte estos pastelitos. Han quedado de rechupete.

-Gracias.

-¿Y mi recompensa?

Vaya birria de beso.

Prefiero una negativa y en el forcejeo robarte uno

en condiciones.

-(SUSPIRA)

-¿Qué pasa?

¿Te estás cansando de mí? -El que pareces agotado eres tú.

Llevamos la intemerata de novios,

y parece que seguiremos una intemerata más.

Eres más lento

que el tren correo. -¿A qué viene esto?

¿No estamos la mar de bien?

-¿No te fijas en tus amigos? Mira a Samuel y Blanca.

O incluso mi hermano.

-Ah... Ah, es eso.

Yo ahora tengo muchas preocupaciones, María Luisa, un montón:

el negocio...

Todo son problemas.

Pero ¿qué pasa? ¿Tan mal estamos así?

-Quietas las manos.

Hasta que no haya fecha de boda, nada de lujuria.

-¿Lujuria? Si nos tocamos menos que una pareja de la Guardia Civil.

(Puerta)

-Vaya, qué inoportuno.

-Buenas noches. ¿Puedo pasar un momento?

-Por supuesto que sí.

-Buenas noches.

-Enseguida aviso a mi padre.

-No es a tu padre a quien quiero ver, sino a ti.

A solas.

-Pues nada, me marcho ya.

Buenas noches, María Luisa.

Coronel.

-Usted dirá.

-Excusa las horas, pero son mis ansias de padre.

Elvira lleva toda la tarde encerrada en su habitación,

llorando como una magdalena.

Se está consumiendo. No sé qué hacer.

-¿Le ha ofrecido entretenimiento? -No quiere salir de casa.

Es impropio de su edad y de su carácter.

Siento que se está muriendo en vida.

-No adopte ese tono derrotista.

-Es que me ha derrotado, María Luisa.

Por eso he osado venir a verte.

Hazme un favor, ve a verla.

Habla con ella de las cosas que habláis las muchachas casaderas.

No sé, intenta que salga contigo.

Que sonría, que se airee. -Me he cansado de darle consejo,

de advertirle sobre sus... afectos.

A mí no me hace el menor de los casos.

-Quizá tú tampoco consigas que olvide,

pero tal vez se desahogue en tu presencia,

y bien sabe Dios que necesita ese desahogo.

Piénsatelo, por lo que más quieras.

-Está bien, don Arturo, lo pensaré.

-Gracias, de corazón.

¿Cómo ha dormido mi maritornes? -¡Anda, quita!

¡Uy! ¿Dónde vas tan relamido? A La Deliciosa, no, por descontado.

-¿No te gusta? ¿No voy galano? -Sí, vas hecho un pincel.

Bien guapo. Hasta de camareros te echan miradas.

-Será la percha. Pero tú sí que estás hecha una venus.

Dame mi desayuno, que me lo merezco. -Oh.

Mira que eres zalamero. Siéntate, que vas a desayunar,

pero tus churros, como es decente. -¿Y no tienes miel?

Para endulzarlas un poco.

-Hala, ya estás bien dulcificado.

-Eso sí me ha sabido a gloria.

Los churros, para mi padre. Desayunaré en La Deliciosa.

-¿De seguro vas a ir a trabajar de esa guisa y tan temprano?

-Voy a limpiar la cafetera, que esas máquinas son muy delicadas.

La limpio a fondo antes de que empiece a llegar toda la parroquia.

-Pues... ¿sabes qué?

Que te mereces otro beso, por trabajador.

Hasta pareces otro. -No sigo siendo el mismo, créeme.

-(TARAREA)

Vaya, vuelves a dibujar.

No, sigue. Sigue, por favor, parecías inspirada.

-Apenas unos garabatos.

-Déjame ver.

Con el marco de marfil y el motivo central de rubí o esmeralda,

sería una joya muy lograda.

-No digas eso. Es lo primero que se me ha venido a la cabeza,

sin pensar.

-Entonces, lo único que puedes hacer es mejorar.

Tengo confianza en ti y en tu saber hacer.

Si te lo propones, mejorarás.

Todo mejorará si tú quieres.

Yo te ayudaré, claro está.

Y no usaremos marfil y esmeralda, eso se ha hecho muchas veces,

nosotros vamos a innovar. La base... La base será de oro.

Y el motivo central...

Cristal de crisoberilo.

-Criso... ¿qué? -(RÍE)

Es un mineral, como piedra preciosa se le conoce.

Crisolita oriental,

si tiene un tono más verdoso; si predomina un tono más amarillento,

se le conoce como topacio oriental.

Hará una suave transición con el oro.

-¿Podría ver una muestra? -No.

Es muy difícil de conseguir, y más aquí.

Tendría que ser Diego quien fuese a buscar una pieza.

-Diego se marcha.

-Te dejo que sigas dibujando.

Haremos un camafeo precioso.

Luego hablamos.

¿Trabajo intelectual, tía?

-Calla, calla, que estoy que no vivo.

¿Tú sabes si nuestro obispo es también cardenal?

-No tengo ni idea. ¿Escribe una carta?

-Peor.

Tengo que presentarme y demostrar

que soy católica practicante a marcha martillo.

Y ni siquiera sé cómo dirigirme a su eminencia.

-Pues "su excelencia reverendísima", creo que era.

-Dudo, eso es para los cardenales.

Aunque a lo mejor es también para los obispos.

Creo que le voy a llamar monseñor.

Que Dios me pille confesada. Aunque, claro,

laya iré mermada el resto de la entrevista.

-Le saldrá bien. En dos minutos le tiene metido en el bolsillo.

Y tampoco va a renunciar a su buen hacer.

Quiero decir, a su talento y al de Adela,

por un simple error de protocolo. -No sabes cómo son, bien estirados.

Perdóname, Dios mío,

no quería hablar así. -Lo más importante

es la confianza en sí misma que demuestra usted.

-Sí, eso influye, no te digo que no.

Pero no sabes lo indulgentes que son con las mujeres.

¿Te puedes creer que, además de un informe del párroco,

me piden un certificado de viudedad?

-¿Para qué? -Supongo que no quieren

que se les cuelen modistillas,

en lugar de sastras de reconocida piedad.

-Esas modistillas no dan muy buena fama al gremio.

-La verdad es que he hablado con Úrsula.

Para que ella y sus relaciones de prosapia

me recomienden al obispado.

-No debería ponerse en manos de Úrsula de ese modo.

Terminará cobrándose el favor.

-Lo sé, lo sé, hijo, pero...

¿Y qué hago yo aquí embrollando con mis cuitas

de sastra católica? No te he preguntado por ti.

¿Cómo te fue con tu mujer? Vi cómo te la llevabas

por la calle. ¿Le hiciste entrar en razón?

-Sí. Después de una sesión de tira y afloja,

conseguí volver con ella a casa.

-Ay, esta Rosina. Perro ladrador, poco mordedor.

Pero bueno... Por el aire que te gastas,

me parece que la reconciliación habrá sido dulce.

-Como la melaza. Eso sí, el problema es que ahora

anda un poco avergonzada por su comportamiento.

Teme encontrarse

con las señoras. -Ah.

Y quieres que yo te allane el camino.

-¿Qué iba a hacer yo sin su intuición?

A eso venía. -Ten fe, zalamero,

que lo haré. ¿Que no haría yo para que estuvieras contento?

La acompañaré en su primer encuentro con las señoras.

Descuida.

¡Chist!

Tú te verás de lo más elegante así vestido,

pero resulta que el uniforme es norma de la casa.

Mandil incluido, por cierto.

-No seas tan tiquismiquis,

que Lolita, con todo lo diligente que es, no pudo limpiarlo.

Pero no se va a volver a repetir.

Descuida. -¿Seguro que es solo por eso?

Últimamente, te has equivocado con los pedidos,

como cuando empezaste.

-Consiénteme un poco, para algo somos amigos, ¿no?

Anoche no descansé mucho.

¡Don Belarmino! Por favor,

siéntese. Esta es la mejor mesa del local.

Verá, he estado pensando cuál es la mejor manera

de engatusar al concejal. -Por favor, no diga "engatusar".

Nuestra propuesta es seria, beneficiosa para la ciudad.

-Por supuesto, era por abreviar.

El caso, lo que deberíamos hacer...

-Agradezco su ímpetu, el modo directo con el que afronta su trabajo,

pero ¿podría tomarme un café

antes de hablar de negocios? -Por supuesto.

Víctor, tráele un café al caballero.

-Pero bueno...

-Le decía que creo que los concejales

de nuestro ilustrísimo... -Tenga, tenga. Tenga.

Son los bocetos de nuestros monumentos

a los soldados caídos por Dios y por la patria.

El concejal se llama Isidoro Gutiérrez.

Muéstreselos.

Si es que consigue ser recibido, claro.

-¿Mostrárselos yo? Pensé que me iba a acompañar.

-Usted mismo se ofreció a la gestión.

Disculpe si pensé que estaba interesado

en honrar a los caídos por la patria.

-No, discúlpeme. Pensé que era de obligado cumplimiento

que fuéramos los dos.

Será un honor ir solo. Para algo somos socios.

-Lo somos. A veces es preferible

que el comprador no vea siempre las mismas caras.

Agradece un rostro nuevo de vez en cuando,

máxime si es inteligente y honesto, como el suyo.

Yo iré otro día a acompañarle.

Para que también me pongan cara. -Por supuesto,

no le defraudaré. -Diligencia, señor Palacio.

No perdamos más el tiempo.

Y no le deseo suerte porque no la va a necesitar.

Nuestra oferta es generosa y patriótica,

sumamente inmejorable.

-Eh, Don Belarmino, el... ¡El café!

-Ah, ¿y ahora se va?

-Créeme, que necesito tener la mente

alerta y despejada.

Muchas gracias. -No, de "gracias", nada.

Me lo pagas o te lo descuento.

Déjate de tantas confianzas en el trabajo.

-Por cierto, hablando de confianzas.

Ahora que somos prácticamente cuñados,

quería pedirte un favorcito.

Sí, hoy necesito que seas especialmente bondadoso conmigo.

¿Qué haces?

-No le importa.

Que sepa que andaré vigilante.

Olga no se volverá a quedar a solas con usted.

No toleraré que la vuelva a mortificar.

-No hay manera de tenerte contenta, ¿verdad?

-Nada le he hecho a Olga.

Tan solo hablar.

Tiene bemoles el asunto.

Estoy tragando con todo,

incluso he aceptado vivir con esa fierecilla sin domar.

Y tú... sigues zahiriéndome.

-Puedo ceder en muchas cosas, Blanca,

pero lo que no puedes pedirme, ni siquiera Dios puede hacerlo,

es que le tenga afecto o que no tome medidas

para protegerme de ella. -No le he pedido

que le dé amor.

Sé que no guarda ni un poquito en su limosnera.

Solo le pido que la deje en paz.

-Bien dejada está.

¿Debo dártelo por escrito?

-Ni siquiera de un escrito suyo me fiaría.

Mejor harías en guardar tu desconfianza para Olga.

-Olga lo único que guarda es el dolor

que ha sufrido en esta vida. No hay más que verla.

-¿Crees que las infames, las endiabladas

llevan un cartel en la frente

anunciando su maldad? Guárdate de ella.

¿No te acuerdas lo que te conté?

Intentó matarte

cuando eras una cría.

Luego no podrás decir que no te percibí.

-Demasiado quizá.

Y, de haber sido así,

creo que ya ha pagado con creces su intento.

Olga no es la hermana que te gustaría tener.

No te equivoques.

-Quizá.

O quizá no.

No la conozco lo suficiente como para juzgarla.

Quisiera tener algo más de tiempo para conocerla.

-¿Sabes que eres una egoísta?

No te estás poniendo en riesgo solo tú.

Y tu prioridad... es proteger a esa vida que llevas dentro.

Lo demás... es egoísmo.

Mejor cállese.

¿Va a venir usted a darme lecciones

de cómo proteger a los hijos?

Y deje sus mentiras, que conmigo ya no causan efecto.

-Como quieras.

Advertida quedas.

Pero luego no me vengas con una llantina

cuando tu hermana...

pique como el escorpión que es.

(Suena una puerta)

No hay nadie.

-Espero que Olga no estuviera escuchando.

Luego dicen que el hábito no hace al monje,

pero Antoñito parece otro

vestido con un traje. -Y que nunca debería haberse quitado.

Verle vestido con el uniforme de camarero,

me pone de los nervios. -Qué exagerada, amiga.

-Con traje o sin traje,

además de ser tu hermano tiene muy buena planta.

-Bueno, ahora que ya estamos nosotras aquí, queda completa la reunión.

-Uy, albricias.

Rosina, nos alegramos mucho de que al fin te dejes ver el pelo.

Te hemos echado de menos. -Me alegro de verte.

-Es verdad,

hemos hablado mucho de usted.

-Eso también me lo creo. -Bueno,

¿y cómo está, más serena?

-Sí, claro, más serena. ¿Qué remedio queda, sino serenarse?

La verdad es que...

he pasado unos días muy malos.

Es que me hacía mucha ilusión lo del crío

y lo de estar... -Lo pasado...

pasado está. -Además, los niños dan mucha faena.

Hasta el mío desde la pérfida Albión

me da quebraderos de cabeza.

-Ahora podrá disfrutar de la vida junto a su marido.

O...

o sola. -Tranquila.

Liberto y yo nos hemos reconciliado.

-Ah... -Claro que sí, mujer.

¿Quién no ha tenido un bache con su esposo?

Si excepto María Luisa, que es soltera...

Por cierto, Susana, ¿hay alguna novedad

en el asunto del obispado? -Me tiene a maltraer.

No he conseguido darle forma a la presentación.

Sé que soy una buena cristiana

y que mi sastrería está perfectamente cualificada

para cumplir ese encargo,

pero contarlo... -Querida Susana,

no te agobies. Ya verás como todo resulta mucho más fácil

de lo que te piensas. -Ah.

¿Sabes algo de algunas buenas fuentes?

-De las mejores, porque...

yo misma hice las gestiones.

Hablé con mis relaciones en la curia y el obispado,

y tomarán en cuenta tu propuesta. -¡Ave María Purísima!

No sé cómo agradecértelo.

-No, no pares, mientes en ello.

No hay de qué.

Y te diré una cosa que no debería. Espero que no salga de aquí,

pero...

tu sastrería...

confeccionará el manto para el pontífice.

-¡Uy, Susana! ¡Enhorabuena!

Vas a ser la sastra del Papa.

-Pero ¿es seguro?

-Oficialmente, no. Pero, claro,

habrá que cumplir con los trámites y requisitos.

Pero es más que probable.

-Ay, qué sofoco.

Ay, Dios santo.

-Eso sí,

no puedes dormirte en los laureles. Debes entregar los bocetos

antes de tres días.

Las formalidades, ante todo. El Vaticano es el Vaticano.

-Tendrán los bocetos. Serán un primor.

-Estoy segura de que el trabajo de Adela no tiene rival

en esta ciudad. -Muchas gracias, Úrsula,

de todo corazón.

-Dale las gracias a Dios, fue por él que nos conocimos.

-(RÍE) -Ahora, si me disculpan...

Ah,

me olvidaba.

Eh... Quedan todas emplazadas a una reunión

que haré en mi casa esta tarde. -¿Con qué motivo?

-Darles una explicación...

que ya estoy demorando demasiado.

Las espero.

Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Con Dios. -Ay...

Tente, cariño. No va a ser tan grave, ya lo verás.

-Eso no lo puedes saber. Elvira no se detiene ante nada.

-Le dejé muy claro lo unidos que estamos

y que no vamos a consentir ningún ardid.

No va a utilizar el secreto de tu madre.

No tengas miedo, por favor,

que me atemorizas a mí. -Es que si Elvira

utiliza que doña Susana es mi madre, no sé lo que haría. No lo sé.

Sea como sea, no muestres nerviosismo delante de tu madre, ¿de acuerdo?

Bastante nerviosa está con el encargo del Vaticano.

-Alegrad esas caras, chicos.

El encargo del Papa será nuestro.

-Bueno, falta la presentación, ¿no? -Bueno, es que...

Úrsula ha movilizado sus relaciones con la curia y es cosa hecha:

tejeremos y bordaremos el manto papal.

-¿Y se fía usted de doña Úrsula? -Quizá solo quiera ganarse

el favor de las vecinas, pero a caballo regalado,

no le mires el diente.

-No creo que sea acorde con los mandamientos

aceptar este encargo

con esos procedimientos.

Me gustaría que nos lo dieran por nuestros méritos.

-Por desgracia, nada en este mundo es solo cuestión de méritos.

Allá donde fueres, haz lo que vieres.

-Mi madre y toda la familia Séler

ha luchado mucho a lo largo de generaciones.

Es mera justicia que os encomienden la tarea.

-Y que no te quepa duda,

nuestra propuesta será la más vistosa.

Ponte a bordar, debo entregar una muestra

antes de tres días.

Voy a buscar las ideas que tenía anotadas.

-Si Elvira se decide a ventilar ese secreto,

todo el gozo y el orgullo que siente mi madre

por tejer para el Vaticano se irá al traste.

Hemos de procurar no alterar a Elvira por el más mínimo motivo,

que no lo cuente.

-¿Qué es lo que Elvira no puede contar?

Servando. -¿Eh?

-Mire,

le traigo estas manitas de cerdo. A ver si apenca usted mejor

con esa morriña que tiene con su esposa.

-Casquería, con lo que me priva. Pero tengo el estómago encogido

de tanto pensar en mi Paciencia.

Le agradezco a usted y a los demás que me hayan hablado de ella.

-Bien merecido lo tiene por casquivanear con la Juana,

pero las penas con pan son menos.

¿Seguro que no quiere de darle un tiento a la mano del gorrino?

-Que no. ¿Cree que me vendo

por un plato de lentejas? Ni por unas manos

ni por sus piernas, también llamadas jamones,

soy capaz de olvidar a mi costilla.

-Vaya, me alegro de que también esté aquí Fabiana,

así estamos representados los dos estamentos.

Servando, este sobre es para ti.

de parte de los señores y del servicio.

-¿Esto a qué viene? Vamos, guisos, sobres... ¿Es una broma

o es que la voy a palmar y soy el último en enterarse?

-Mire, bien merecido tendría usted que tanto el señor como yo

nos fuéramos con la música a otra parte.

-Ábrelo, alma de Dios. Que no se trata

de una cuchufleta, que va bien en serio.

-¿Y esto qué es lo que es?

-Un pasaje para La Habana, para que puedas ver a tu esposa.

Todos hemos contribuido. Debo reconocer

que la idea ha salido de las chicas del altillo.

-¿En barco? -No,

nadando. ¡No te amuela, Servando!

-¿Acaso no te gusta?

-No, claro que me gusta,

y que extraño a mi Paciencia hasta para darle los buenos días,

pero a mí la Mar Océana

me da mucho miedo; verbigracia, canguelo.

-¿Canguelo? ¿Canguelo?

¿Ni siquiera por Paciencia es capaz de echarse al mar?

Poco amor me parece a mí ese. -Además, no puedo dejar desentendida

la portería.

-Todo está solucionado.

Martín te sustituirá durante tu periplo.

Así que no hay más que hablar.

Buena travesía, Servando. -Con Dios, don Ramón.

-Mire, soy yo don Ramón

y ni la caridad le libra de una buena bronca.

No se puede ser más desagradecido.

Dejándonos los cuartos y usted hablando de canguelo. ¡Me voy!

Tengo faena. -Antes de irse, déjeme las manitas.

-Ay...

¿No tenía el buche encogido? -Y lo tengo.

Pero no quiero que me llame luego desagradecido.

Oh...

Y eso es todo, madre.

Conocemos a Elvira y tememos que, para vengarse,

cuente todo lo que sabe sobre usted.

-Claro que la conocemos y sabemos de lo que es capaz.

Es capaz de cualquier cosa.

Hasta de regar la calle de vidrios

para que Adela se hiriera. -Lo hizo porque me odia,

pero contra usted no tiene nada.

-Adela y yo hemos tenido unas palabras con ella,

esperemos que se comporte. -No, hijo. No.

Te tiene en el punto de mira.

No se contendrá.

Sabe que haciéndome daño a mí te lo hace a ti.

Actuará.

(SUSPIRA)

Te ibas sin despedirte.

-¿Serviría de algo

que intercambiáramos dos frases de cumplido?

-¿Adónde te vas?

-No lo tengo muy claro.

Aunque es probable que termine en Brasil.

-Supongo que te habrás despedido de padre.

-Sí, he ido. No sé muy bien para qué,

si no puede escucharme, pero, sí, he ido.

-Imagino que no te importará seguir trabajando para la familia.

En Brasil, en Estado de Minas Gerais, hay yacimientos de crisoberilo.

-Sí, sí, lo sé, también de oro.

¿Necesitamos crisoberilo? -En especial, del amarillento.

Quiero hacer unas piezas con las ideas de Blanca.

-Ah, muy bien.

Me alegro de que Blanca haya decidido seguir mi consejo

y seguir dibujando para la familia. -Quiero que las joyas con su firma

tengan un toque de identidad: el crisoberilo amarillo.

Si vas a traerlo,

esmérate en la elección de las piedras, que destaquen.

-Es mi trabajo.

Tendrás las mejores piezas que haya en Minas Gerais.

En cuanto dé con ellas, te las envío. ¿O te las doy en mano?

-Haz lo que mejor te venga en gana, siempre lo has hecho.

-Entonces, ya lo decidiré.

¿Quieres ahora mis cumplidos?

¿O me los ahorro y me marcho ya?

-Adiós.

Adelante, señoras.

Siéntense, por favor.

-A las buenas, Olga.

-A las buenas.

-Se preguntarán el porqué

de esta convocatoria. Aunque estoy segura de que al ver

la presencia de mi hija Olga

habrán hecho ustedes sus cábalas. -Ya está reconocida la muchacha.

-Buenas tardes, señoras.

-Buenas tardes. -Blanca, querida,

quédate con nosotras.

Iba a contarles a nuestras amigas... la penosa

historia de Olga.

-Enseguida, madre.

Antes, debo tratar un asunto con mi hermana.

-Ah, claro, por supuesto.

Como saben ustedes,

Olga es la hermana melliza de Blanca.

Su triste biografía me ha pesado

desde que, desgraciadamente, tuvimos que separarnos.

-¿A qué edad fue eso?

Perdón. -No, no,

no hay nada que perdonar.

Olga tendría unos... cinco años.

Mi situación,

y la mayoría de ustedes saben las mudanzas que ha dado mi vida,

mi situación, digo, no era, ni mucho menos,

tan próspera como es ahora.

De ninguna manera, y créanme que las contemplé todas,

era posible que pudiéramos vivir, no ya dignamente,

ni siquiera sobrevivir.

-Madre mía, se me está poniendo la piel de gallina.

Ha tenido que luchar usted mucho para llegar a su posición actual.

-Gracias, María Luisa, pero eso ahora es lo de menos.

El caso es que, con todo el dolor de mi corazón,

y no es una metáfora,

realmente enfermé... -Doña Úrsula,

cuéntenos qué sucedió, que nos tiene en ascuas.

Y tampoco es una metáfora.

-Tuve que elegir.

Salvarnos dos o perecer las tres.

-Madre del amor hermoso.

-Dejé a Olga al cuidado de una buena mujer,

o lo que yo creía que era una buena mujer.

-¿Y no lo era?

-Cuando hube rehecho mi economía, volví a buscarla.

Y aquella mujer... me dijo que había muerto.

Así se entiende que no siguiera buscándola

y que ahora haya aparecido de esa guisa,

como una pordiosera.

Mi pobre hija.

Por suerte, Olga tuvo fuerza y valentía y no se dejó vencer.

Y ahora Dios ha permitido

nuestro reencuentro.

Les ruego, señoras,

que recemos juntas un credo.

Gracias, Señor.

-A ver.

Gracias, Señor.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Señora, no sé cómo, pero alguien ha rasgado uno de sus juegos

de sábanas. -Ya lo hablaremos, Carmen.

Mi madre les ha explicado la historia de Olga

a las vecinas. A su manera.

-Si todo se normaliza, podrás dedicarte a nuestro hijo,

podrás seguir diseñando

tus preciosas joyas. -Samuel, he estado pensando,

y no es necesario que adornes mis bocetos con gemas raras.

Prefiero no llamar la atención. -No puedes pedirme eso.

Tus ideas merecen destacar, mereces ser reconocida.

Además, Diego está camino de Brasil para conseguir el crisoberilo.

Bueno, yo me voy.

-Amén. -Amén.

El concejal visita el Teatro Real, donde la filarmónica de Berlín

ha iniciado un ciclo de conciertos. -Hasta se ha fotografiado

con el director de orquesta.

Un tal Arthur...

Nikisch.

-Cualquiera lo encuentra,

siempre de jarana. -Sí. Devuélvame la carpeta.

-Por favor, deme un poco de margen.

Mi cuñado me acaba de dar una idea.

-Seré bocazas. ¿Y por qué no me quedo callado a veces?

-Verá como consigo ser tan amigo del concejal que va a parecer

que hemos ido al mismo colegio. -Eso espero, o prescindiré de usted.

-Sé que esto no es fácil para ti: vivir en este lugar,

rodeada de señoronas y con tantas normas sociales,

pero te acostumbrarás. Todo va a ir de perlas, ya lo verás.

-Me resulta suficiente estar contigo.

-Juntas vamos a tener una vida como la que nunca has tenido.

-Y tú...

volverás a soñar con que vuelas.

-Me encantaría, pero... no sé si va a pasar eso.

-Confía en tu hermana,

¿quién sabe lo que puede pasar?

-A las buenas, Víctor.

¿Dónde está mi hombretón, que le he traído algo para comer?

-No lo sé, estará fuera. -No, no le he visto.

-Aquí tiene su chocolate.

Pues estará dentro del almacén, organizando el género.

-Vaya chufla de jefe, que no sabe dónde están sus empleados.

¿No se habrá metido en un entuerto?

¿Dónde está?

-Ha ido a buscar a un concejal.

-¿Y qué tiene que hacer él con un preboste del Ayuntamiento?

¡Uh!

-"Veo que es usted un hombre"

de gran sensibilidad.

-Sí, siempre me ha interesado el arte.

-Estoy al frente de un proyecto artístico y humano

que quizá podría interesarle. Si quiere, podemos entrar

en esa chocolatería y le pongo al tanto de todo.

-No, mejor no.

-Me veo muy rara con estas ropas.

Es como si fuese otra persona. -Estás preciosa, Olga.

Un poco de rubor

y un bonito peinado te sentarán de guinda.

¿Quería algo, madre?

-No.

Solo venía a interesarme por tu salud.

¿Estás mejor

de tu embarazo? -Mucho mejor ahora.

¿Ha visto lo hermosa que está Olga? -Pulcra,

al menos.

-"No es la confección"

lo que me preocupa.

No paro de pensar... si Elvira se va de la lengua.

-Eso no pasará.

Si eso pasara,

sería el fin del proyecto

y de todo lo demás. -No le dé más vueltas,

doña Susana. Guardará silencio, ya lo verá.

No sabéis

hasta dónde me reconforta que sigáis siendo mis amigos,

a pesar de haberme convertido

en una persona detestable. No seas tan cruel contigo misma.

Solo has pasado una mala racha,

pero ya pasó, y punto redondo. -Ahora debes reponerte.

Sí, todo va a cambiar

a partir de ahora.

¿Por qué no vais hacia la iglesia y encendéis una velita?

Pedid por estos buenos deseos.

-Ellos han de seguir con su vida y tú con la tuya.

Tienes que aceptarlo.

-"Pero qué cinismo llegas a tener".

-¿A qué viene esa salida de tono? -No disimules, lo sé todo.

-No entiendo lo que quieres decirme. -Además de casquivana,

va a resultar que también eres mentirosa.

Eres toda una abominación. -No voy a consentir que me insultes.

-Puedes marcharte y esconderte si quieres,

pero la vergüenza de que Simón es tu hijo

te perseguirá allá donde vayas.

Tú, defensora de la moral, la decencia y las buenas maneras,

has resultado ser una buscona.

  • Capítulo 638

Acacias 38 - Capítulo 638

13 nov 2017

Arturo no sabe cómo consolar a Elvira y pide ayuda a María Luisa. Olga se muestra débil delante de Blanca y Samuel, como la niña que nunca pudo ser. Todo el barrio intenta enterarse de la verdad que esconde la hija perdida de Úrsula, y la señora da explicaciones a su manera. Leonor acoge con alegría la reconciliación de su madre y Liberto. Belarmino pide a Antoñito que vaya él en su lugar al ayuntamiento con los diseños de los monumentos. El Palacios, de momento decide no contar nada de sus negocios a Lolita.

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