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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 636 - ver ahora
Transcripción completa

Sé que no estás pasando por un buen momento.

Simplemente quería decirte que sigo aquí.

Y que voy a seguir siempre.

-Agradezco...

esto que me dices, Liberto, pero...

necesito, no sé, unos días.

Quizá lo vea todo más claro. -Está bien.

El tiempo que necesites. -"¿Va a salir de viaje?".

-Me gustaría acompañar a mi esposa y a doña Susana a Salamanca.

-Si me permite el consejo,

sepárese de su esposa unos días.

Y demuéstrele que puede confiar en usted.

Que nada ni nadie puede romper su matrimonio por muy lejos que estén.

Esa es una prueba de confianza.

"Yo no me quedaré en casa sufriendo sin más"

y esperando a que Simón entre por la puerta.

Si he de pasarlo mal, no seré la única.

"Si Servando y Fabiana me dieran su aprobación,"

me gustaría que fueras mi esposa.

Me harías el hombre más feliz del mundo.

-Pues claro que te doy mi aprobación. Remotamente.

-¿Qué, qué respondes?

-Pues que sí.

Que sí, que sí.

Que sí y que 1000 millones de veces que sí.

-"Te agradezco que me hayas acompañado a ver al doctor".

Me ha servido para ver las cosas con cierta distancia.

-Imagino que no te preocupa tanto el diagnóstico del médico, como...

como la decisión que has de tomar.

-Me gustaría hacer como cuando era pequeña.

Lanzar una moneda al aire y dejar que el azar decidiera por mí.

A cara o cruz. -Sí, pero ya no somos niñas.

-Ya. -"Ella y Leonor"

se llegaron hasta el hospital. -¿El hospital?

-Por miedo a que me descubrieran,

me quedé algo alejada.

Pero cuando marcharon le pregunté a una enfermera por el médico

al que habían ido a visitar. -¿Te dio el nombre?

-Doctor Martínez.

Úrsula quiere citarme esta noche.

Quiere hablar de algo referente al robo de la tiara

y el homenaje a mi padre. -¿Y qué tiene eso de extraño?

-Que ya es agua pasada. El tema del robo está resuelto

y el homenaje ya ha pasado.

¿A qué vendrá esto ahora? -"Mi madre dice la verdad".

-Entonces, ¿estás...?

-Sí,

estoy esperando un hijo.

-Es el día más dichoso de toda mi vida.

¿Desde cuándo lo sabes? ¿Te ha visto algún médico?

¿Estás bien? ¿No deberías estar en reposo?

-Querido yerno,...

no la atosigues con tantas preguntas.

-Es cierto.

Perdona, estoy muy emocionado.

-Ahora lo importante es brindar.

Trae mala suerte

no beber cuando se ha ofrecido un brindis.

Y el motivo de este no puede ser más dichoso.

-En eso no podría estar más de acuerdo.

-Por Samuel... y Blanca.

Por el fruto de un matrimonio feliz.

-Diego,... ¿no vas a brindar por mi hijo?

Me estás insultando.

-En absoluto. Simplemente que no tengo sed.

Mi enhorabuena.

-Carmen,... debemos escribir

unas cartas.

Hay que anunciar a todo el mundo la buena nueva.

-Sí, señora. -No, no lo haga, madre.

Es demasiado pronto para lanzar las campanas al vuelo.

-Pues es el momento indicado. Antes de que se te pueda notar.

-Ya, pero el diagnóstico no es del todo fiable.

-Ah. No te preocupes.

El doctor Martínez está convencido de que no se equivoca.

-¿Así que, así es como se ha enterado?

Espero que sus conocimientos médicos sean más fiables que su discreción.

-No culpes al buen doctor, sino al destino.

Es un viejo conocido y fui a visitarle por casualidad.

Me dio la enhorabuena creyendo que yo estaba

al tanto.

También me explicó

que el signo de Hegar

es muy fiable.

Es un método científico. No como esos cuentos de viejas

que circulan

por todo el país. -Disculpadme, debo marcharme ya.

Os vuelvo a dar mi enhorabuena.

-Yo también debo dejaros. He de prepararlo todo.

Quizá lo más indicado sea invitar a nuestros allegados

a un ágape. Podrán brindar por nosotros

y por vuestra dicha.

-Déjala que haga lo que crea correcto.

No tenemos que preocuparnos más por tu madre

ni por los problemas que hemos tenido.

Ahora mismo solo tenemos que mirar hacia el futuro.

Nos ha sido concedido el mejor de los regalos.

Vamos, Servando, ¿a qué espera? Vaya a hablar con la Juana.

-Igual este no es el mejor momento.

A ver si se va a atragantar con el agua del botijo y se ahoga.

-Estas cosas es mejor hacerlas en caliente.

-Mira, lo acabas de decir tú: en caliente, ¿eh?

¿Por qué no esperamos al mediodía?

Ahora, con la fresca, no hay nada caliente.

O mejor, ¿por qué no se lo digo por escrito?

Martín, escríbeme una carta a mi nombre.

-Pero si la Juana no sabe leer.

-Precisamente por eso. -Ah, mira, aquí viene.

¡Juana!

-Calla. -Aquí, Servando,

que quiere decirle algo, ¿eh?

Valor y al toro. -No me dejes solo.

Juana,... sé que le voy a romper el corazón,...

porque ninguna mujer soportaría

que un hombre de mi talla y valía

le dejara con dos palmos de narices, pero lo nuestro es imposible

y, además, no hay remedio. -No le he oído ni papa.

¿Qué quiere decir?

Ah, por cierto: le he preparado unas migas de chuparse los dedos.

-¿Unas migas, con su choricito y su tocino?

-En fin,...

¿qué quería decirme?

-Póngase la trompetilla, sí.

Pues que, con todo el dolor de mi corazón,

y sobre todo, el dolor de mi estómago,

tengo que dejarla, sí. No...

Soy un hombre casado.

Pertenezco a mi Paciencia.

Y entre nosotros solamente

hay cierta amistad. Sí, lo sé, lo sé.

Sea fuerte.

Ya sé... que atraigo a las féminas

como el queso a las moscas. Pero...

este tocinito de cielo...

es de mi santa. -Arrea,

el muy desgraciado. ¿Pues no dice que me deja?

Si nada tenemos usted y yo. Más quisiera.

-Entonces, ¿no le importa?

-Lo que me importa es que me crea tan pazguata

como para beber los vientos por su persona.

¿No te amuela?

¡Anda y que te embolen!

-Entonces, ¿de las migas ni hablamos,

no? -Ni lo sueñes.

"Atontao".

Esta mañana ha llegado una invitación de la Úrsula

para doña Rosina.

Que va a invitar a merendar a todos los vecinos a La Deliciosa.

No sé, Lola, ¿qué crees tú que se trae entre manos esa mala pécora?

Yo, la verdad que te digo una cosa.

Conociéndola, me barrunto que "na" bueno.

Ahora, que también, no creo yo que doña Rosina esté "pa" festejos, ¿eh?

"Pobrecica" mía, sigue trasquilada con lo suyo.

Oye, Lola, ¿no te jeringa?, no me estás haciendo ni caso, mujer.

¿Qué pasa, que desde que te has prometido con un señorito

ya no te arrejuntas con tus amigas? -No te me pongas farruca, Casilda,

que no es eso.

Que tan solo estoy maldiciendo el momento en que acepté

ayudar al Simón en la casa, mientras que estaba de viaje.

-Pues para un favor que te piden, mujer.

-Ya, pero es un favor que me está causando muchos sobresaltos.

Que anoche...

se formó aquí la de Dios es Cristo.

Apareció la señorita Elvira de improvisto

buscando a Simón. -Uy.

Bueno, en realidad es natural, porque si anda

por esos mundos de Dios... -Ya, pero ella

creía que no se había ido, que estaba en tierra.

-¿Y qué es lo que quería de él? -Verde y con asas, Casilda.

Pillar a Simón de improvisto

y sin su legítima esposa cerca. -Arrea.

La señorita no tiene vergüenza ninguna, ¿eh?

A ver, es de entender que ha sufrido

errores por Simón, pero vamos a ver,

Simón es un hombre casado, ya no tiene nada que ver con ella.

-Ya.

-¿Qué vas a hacer, se lo vas a contar cuando vuelva?

-No sé.

-Perdón, doña Celia.

Es que he venido aquí a ayudar a la Lolita, pero vamos,

que me marcho enseguida.

-No os andéis con disimulos que os he escuchado hablar.

Casilda,...

espero que sepas guardar discreción.

Como comprenderás, no conviene que se sepa.

-Sí, sí, doña Celia. Descuide, que yo voy a ser una tumba.

-Y tampoco le contéis nada a Simón.

Yo me encargaré en persona de contárselo.

-Señora,... yo creo que no conviene que se entere.

Como ya le dije, la sangre no llegó al río.

-No en esta ocasión.

Pero puede que la próxima no tengamos tanta suerte.

Me temo que las arremetidas de Elvira no terminaron anoche.

+Simón debe estar prevenido.

(Pasos)

Pareces mohína, querida.

¿Te sucede algo?

¿Quieres que hable con tu madre para cancelar la reunión de esta tarde?

No tienes ninguna obligación de hacer público tu estado,

si ese no es tu deseo.

-Te lo agradezco.

Pero, por primera vez, creo que mi madre tiene razón.

Debemos anunciarlo antes de que se me aprecie.

(Llaman a la puerta)

-Si eso no es lo que te preocupa, ¿entonces qué?

¿Acaso no te hace ilusión que vayamos a ser padres?

-No. No, claro que soy muy dichosa.

Es solo que no esperaba que llegase tan pronto.

-Disculpen. Carmen me ha dicho que podía pasar.

Pero si molesto puedo volver más tarde.

-No, no, yo ya me iba. Os dejo solas.

-Ya veo que has tomado una decisión sobre la cuita que te torturaba.

Hemos recibido una invitación de Úrsula para merendar

y anunciarnos una estupenda noticia. Supongo que es la que imagino.

-No te equivocas.

Mi madre se ha enterado y...

quiere proclamarlo a los cuatro vientos.

-Pero ¿cómo ha podido saberlo?

-El mismo doctor Martínez se lo ha contado.

No sé cómo averiguó que fui al hospital y...

le sonsacó la verdad. -Esta mujer siempre parece estar

dos pasos por delante de todos.

-Le faltó tiempo para llamar a Samuel y Diego y contárselo.

Pero, por fortuna, Samuel no ha tenido ningún atisbo de duda.

No quiero ni imaginarme

lo que hubiera sucedido si el miedo se hubiera apoderado de él.

Si hubiera temido que Diego...

-Ya, ya te entiendo.

¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a acudir al ágape?

-¿Acaso tengo otra opción?

-Sabes que sí.

-No, Leonor.

Samuel me ha dado todo su amor.

Sin reservas.

Es mi esposo y será un padre perfecto.

Además, ahora ya no puedo pensar solo en mí.

Debo pensar en el niño que espero.

-Está bien.

Si es tu decisión, yo estaré a tu lado.

¿Usted también ha recibido la invitación de doña Úrsula?

¿Qué querrá contarnos en la reunión? -No lo sé.

Pero según la misiva, parecía una buena noticia.

-Viniendo de doña Úrsula, lo mejor sería que anunciase

que se muda a la Conchinchina.

-Quizá quiera hablarnos sobre esa mujer misteriosa,

esa tal Olga. -No. Lo dudo.

Que yo no sé quién será esa mujer, ¿eh?, pero por la cara

que puso Úrsula cuando Diego la nombró,

no creo que la relacione con buenas noticias.

-Sí, yo tampoco creo que sea sobre ella.

-Luisi,

he pensado que, aprovechando que esta tarde vamos a estar

todos los vecinos, ¿no es un buen momento para anunciar

el compromiso de Lolita y Antoñito?

-Bueno, usted ha debido perder el oremus.

Ni que fuera orgullo para la familia.

Ya bastante bochorno va a ser que sea mi hermano quien nos sirva.

-Luisi, no hay nada de qué avergonzarse.

Tu hermano y Lolita están muy enamorados, así que es normal

que se quieran casar. -Últimamente oigo hablar

con demasiada ligereza sobre el amor.

Como si decir

esa palabra fuera un salvoconducto

para comportarse de forma inadecuada.

-Luisi... -Además,...

¿no decían que según las tradiciones de Cabrahigo

tendrían que esperar un año para casarse?

Pues no levantemos revuelo, que en un año pueden pasar muchas cosas.

¿No cree usted, doña Celia?

-Ay, lo siento, María Luisa, estaba distraída.

¿Vosotras sabéis si Susana, Adela

y Simón han vuelto de Salamanca? -No lo sé,

supongo que sí. Esta mañana cuando pasé,

la sastrería estaba abierta y parece que ahora también.

-Pues en ese caso, perdonadme, pero tengo que hablar con ellas.

-Ay, Luisi, hija,

¿cuándo aprenderás?

No deberías hablar mal de tu hermano delante de nuestros amigos.

-Descuide, si parece que a mí nadie me escucha.

Antonio.

Ese ánimo, hombre, que me espantas a la clientela.

Con esa cara no sé si pedirte un chocolate o cantarte una saeta.

-Perdona, que no me encuentro hoy muy católico.

-Ya se ve, ya.

Mira, a ver si quien entra

por la puerta te arranca una sonrisa.

Dale un achuchón a tu prometido, a ver si me lo espabilas.

-Enhorabuena por el compromiso.

-Pues sí que estás mohíno.

A ver, ¿qué tripa se le ha roto a mi Antoñito?

-Nada, solo estoy dándole vueltas

a la mollera.

-Ya decían en Cabrahigo que pensar demasiado

tampoco es bueno.

¿A qué le estás dando vueltas en el magín?

-A nuestro futuro.

-¿Por qué hay que cavilar sobre eso?

En un año...

estaremos felizmente casados

y zampando perdices.

-Ya. Lo que no sé es cómo vamos a pagar las perdices.

Entre la miseria que yo cobro aquí de camarero

y que tú tampoco creo que tengas muchos cuartos...

-Nada necesitamos.

Contigo... me sobra.

-Ya, Lolita, pero no es todo tan sencillo.

¿Qué vas a hacer, seguir sirviendo en mi casa?

Vas a ser a la vez mi criada y mi esposa.

-Para el carro.

Que todo se irá viendo. Además,

queda una intemerata "pa" nuestro casamiento.

-No queda tanto para saber qué va a ser de nosotros.

-Bueno, pues si tanto empeño tienes, yo te lo digo.

Que seremos la mar de dichosos amándonos

al fin. Y punto redondo.

En Cabrahigo, con una cabra... y con un poquito de calor marital,

las familias salen adelante.

Ese es mi prometido.

No te angusties,

que todo llegará.

Y ahora,... a seguir con la faena.

-¿Qué? ¿Estás más tranquilo?

-No, no del todo.

Lolita es más buena que el pan, pero no es consciente

de la gravedad del problema.

No tengo nada que ofrecerle a mi futura esposa; solo mi mandil.

Que encima es tuyo. -Tu padre no os va a dejar

con una mano delante y otra detrás. Ya verás como os ayuda.

-Pero es que soy yo el que tiene que sacar adelante a su familia.

Mira, a lo mejor sigo tus pasos y monto un negocio como este.

-¿No estarás pensando en abrirme aquí una chocolatería

para hacerme la competencia?

-No, no es mi intención. Pero algo tengo que hacer.

-Pues yo te deseo toda la suerte del mundo.

Pero hasta entonces,

ponte a servir mesas.

Anda, que al final acabo yo haciendo todo tu trabajo.

Venga.

Simón.

Estaba por marcharme.

Me habían dicho que habían regresado, pero al no abrirme...

-Doña Susana se pasó esta mañana...

nada más llegar del viaje a dejar unas cosas en la sastrería,

pero luego se marchó a casa. Luego podrá verla si quiere.

Si no era a ella a quien buscaba, sino a usted.

Me extraña que hayan regresado tan pronto.

¿Ha ocurrido algo en el viaje?

-No, no ha ocurrido nada, ni siquiera lo que esperábamos.

-No entiendo.

-Nadie nos esperaba en Salamanca.

No se imagina el bochorno que sintió doña Susana

cuando le aseguraron que el obispo no le había mandado llamar.

-Pero ¿y cómo es posible? ¿Y la carta que la citaba allí?

-Era falsa, supongo.

Un ardid para sacarnos de aquí y vaya a saber usted con qué fin,

porque lo acabo de comprobar y no han robado nada.

-Quizá solo fue para burlarse de nosotros.

-Ahora entiendo el enfado de Elvira al no encontrarla en casa.

-Doña Celia, ahora es usted

la que se muestra misteriosa.

-Ayer...

Elvira se presentó en mi casa, convencida de que estaría allí.

-Fue ella quien mandó la misiva.

¿Hasta cuándo va a seguir en su empeño?

-Simón,... por favor, tranquilízate.

Tan solo... quiere llamar la atención.

Tarde o temprano...

aceptará nuestra relación.

-Me temo que no será pronto.

Por lo que me ha contado Lolita, Elvira se puso como una furia

al saber que había decidido acompañarlas.

¿Pasa algo, hija?

Estoy bien. No se preocupe por mí.

Es difícil no hacerlo.

Hace días parecías dispuesta a comerte el mundo.

Y ahora ni siquiera eres capaz de arreglarte con decoro.

Le digo que estoy bien.

Y yo te digo que no te creo.

¿En qué te estás convirtiendo, hija?

¿Dónde está esa Elvira hermosa que disfrutaba paseando

y acudiendo a fiestas?

Esa mujer murió en Estambul.

Deja de atormentarte por el pasado

y vuelve a convertirte en esa mujer.

Sal de este encierro y vuelve a disfrutar de la vida,

Elvira.

Demuéstrales a todos

que nada puede derrotarte.

Tiene razón.

No tengo por qué seguir ocultándome.

Le prometo que esta tarde

saldré de casa. Tan radiante y hermosa como acostumbraba.

Qué bellas flores, Liberto. -Las he comprado donde Fabiana.

Sé que son las favoritas de tu madre.

-Te lo agradezco, Liberto.

Por favor, Leonor, ponlas en un jarrón con agua.

-Supongo que te ha llegado la invitación de Úrsula

para esta tarde.

¿Vas a acudir? -Aún no lo he decidido.

-Si no te encuentras con ánimo,...

puedo quedarme a hacerte compañía. -Por favor, Liberto.

Deja de actuar como si nada hubiera sucedido, como si todo fuera normal.

-Rosina, no te entiendo. Trato de darte gusto en todo.

Me pediste tiempo para pensar y te lo he dado.

Estoy durmiendo fuera, trato de no atosigarte,

pero no puedes pedirme que no venga a verte.

-Es que no te lo pido.

Te lo exijo, Liberto.

Pero no hoy,... ni mañana,

sino siempre.

Verás Liberto,...

es mejor que cada uno siga su camino.

-Pero ¿cómo puedes pedirme esto con lo que yo te amo?

-Precisamente por eso lo he decidido.

Y nada me va a hacer cambiar de opinión.

-Tus palabras me dicen que me vaya,...

pero tus ojos gritan que te abrace.

-Entonces tendré que cerrarlos.

Liberto, es...

debes

ser libre para poder encontrar la mujer que te mereces.

Sí. Por eso debemos separarnos.

Mira,...

al principio resultará duro, pero...

yo sé que lo superarás porque... eres muy joven.

Es mejor... padecer ahora, que...

quedarte atrapado en una vida que no mereces.

-Deja de hablar en mi nombre. -Es que alguien

tiene que tomar la decisión correcta.

Si tú no te alejas, lo haré yo.

Pero nuestro matrimonio debe acabar aquí.

-Liberto, ¿qué ha sucedido?

¿Desea que le sirva algo, señor? -No, gracias, Carmen,

puedes retirarte.

-Antes permítame que le dé

la enhorabuena por su futura paternidad.

-Gracias. Ahora todos debemos volcarnos en que Blanca

pase estos meses de espera

lo mejor posible.

-Descuida,...

por supuesto que será objeto de todas

nuestras atenciones.

Sigue con tu trabajo, Carmen. Déjanos solos.

Estás haciendo un trabajo magnífico con esa joya.

Como de costumbre. -¿Solo ha venido a eso?

¿A hablar de mi labor?

-No, también quería decirte que...

ansío que el futuro niño sirva para terminar de unir esta familia.

-Dura carga para hombros tan pequeños.

-Es hora de que dejemos atrás nuestras diferencias.

Sé que no lo hemos tenido fácil.

La enfermedad de tu padre, el carácter de tu hermano,...

-La aparición de Olga.

-Sí. No me olvido de Olga.

Pero siento que mi familia sois vosotros.

Blanca, tú,

el niño.

Tenemos que permanecer juntos para que nadie pueda hacernos daño.

-¿De verdad espera que me fíe de usted?

No me venga con piel de cordero.

Sé perfectamente cuál es su naturaleza.

Mi hijo no cambiará nada

entre nosotros.

-Es la juventud la que te hace hablar así.

No podrías estar más equivocado.

Ese niño...

lo cambiará todo.

Absolutamente todo.

Discúlpame.

-¿Sabe mi hermano que has venido? ¿O cree que estás...

visitando a mi padre?

-Algo así.

De hecho, he pasado a verle antes de venir a tu casa.

Me parte el alma saberle solo e impedido.

Pero no he venido a hablar de don Jaime,...

sino de mi estado.

-En eso estamos de acuerdo.

De hecho, es algo que deberíamos haber hablado antes.

-Diego, no quería que te enterases así.

No sabía que mi madre estaba al corriente.

No sabes cuánto lo siento. -No.

No, Blanca, no, no.

No quiero tus disculpas,

simplemente, que me respondas a algo.

-¿A qué?

-Lo sabes perfectamente.

A la única pregunta que ahora mismo

tiene importancia.

Te ruego que seas honesta.

Sé que la situación es muy difícil...

pero,...

si la respuesta es la que creo,... juntos lo afrontaremos.

-No, Diego.

-Iremos con la verdad por delante a Samuel.

Ninguno de los dos lo habíamos planeado así, pero...

ha salido. Juntos podemos afrontarlo.

-No sigas, estás equivocado.

El hijo que espero no es tuyo.

-No, no,... no te creo, Blanca, estás mintiendo.

Repítemelo otra vez.

-Samuel es el padre.

Las fechas encajan, Diego.

Me he convencido después de ver al médico.

Mi estado no es fruto de nuestro encuentro.

Diego,...

Diego, te suplico que nunca

le digas a Samuel lo que sucedió entre nosotros.

Solo serviría para crear dolor.

Por favor.

Hazlo por Samuel. Por mí.

Pero, sobre todo,...

por el hijo que estoy esperando.

Quiero darle una familia como la que yo nunca tuve.

-Entiendo.

Tu secreto está a salvo conmigo.

Te juro que no seré un obstáculo para esta familia

que estás creando junto a mi hermano.

Ay, pobre Juana.

Por poco se viene abajo cuando supo que tenía que renunciar a mi amor.

-Pues yo la veía muy entera, ¿eh?

-No te creas, por dentro estaba rota.

La llegas a ver

esos ojos de besugo que tenía...

No, si por poco se cae de bruces. -Quía.

Servando, otra vez con sus fantasías, ¿no?

¿De nada le sirvió la conversación que tuvo con Casilda?

Miente más que habla. -Y dale, ¿y qué quiere,

que hable con el corazón en la mano y luego me venga abajo?

Y luego, ¿quién me va a sacar

de ese pozo de amargura? ¿Eh?

Si es que... ¿Qué quiere que le diga, que cada día la quiero más

y que cada día echo más de menos a mi Paciencia?

Y... por eso

me dejé querer por la Juana.

-Bueno, por eso y por sus comidas. -Sí, es verdad,

que cocinaba como un ángel. Pero más que nada porque...

la Juana ocupara el lugar de mi Paciencia.

Hace tanto tiempo que ya no tengo sus carantoñas y...

A veces hasta se me olvida su cara

y...

con la mala cabeza que tiene ella, igual,...

tampoco se acuerda del amor que nos teníamos.

(LLORA)

Ya me han hecho llorar y...

no tengo a mi Paciencia para que me consuele.

-Vaya. Yo que pensaba

que el único sentimiento que podía tener Servando era hambre.

-Hay que hacer algo, Martín. Que el pobre

está sufriendo una barbaridad. Tiene que verse con su Paciencia.

-Pues no dice usted nada. A ver cómo lo hacemos.

-Pues hay que hacer algo.

¿Agua embotellada? -Exacto, eso he dicho.

-No sé si te estoy comprendiendo bien.

Te refieres a aguas medicinales.

-No, no, me refiero a agua corriente.

Agua que viene de los manantiales de la sierra

y yo me encargaría de embotellar y vender.

-¿Y por qué va a pagar nadie por agua normal

cuando tiene toda la que quiera abriendo un grifo o en la fuente?

-Bueno, al principio a la gente le costaría un poco, pero al final

se acabarían acostumbrando.

-Nadie se va a acostumbrar a pagar lo que es gratis.

-Bueno, era solo una primera idea. Ya pensaré en otra cosa.

-Más te valdría. Vender agua, qué tontuna.

-Bueno, lo que tengo claro es que no me voy a pasar toda la vida

trabajando de camarero, y que le sigo debiendo dinero.

Así que, si pudiera triunfar en un negocio propio,

mataría dos pájaros de un tiro.

-Hijo, si el propósito no es malo.

-Lo único que...

necesitaría un soporte económico.

Así que, si usted

me pudiera dar un pequeño préstamo,

yo se lo iría devolviendo. Cuando haya beneficios, claro.

-Yo no puedo comprometerme hasta que no me presentes una idea de negocio

que tenga sentido y a la cual yo pueda ver su rentabilidad.

Soy cuidadoso en mis inversiones. -¿Aunque esté yo al frente?

-Precisamente por eso tengo que tener más cuidado.

-Padre, no sé cómo voy a pensar a lo grande,

si ni usted mismo confía en mí. No sé qué voy a hacer.

-Yo en tu lugar lo que haría sería atender

a ese caballero que está en esa mesa y que lleva un rato esperando.

No vaya a ser que también pierdas el trabajo que tienes.

Vamos, Trini, dese prisa, que a este paso vamos a llegar tarde.

-Niña, ¿tú no sabes lo que decía Napoleón?

"Vísteme despacio que tengo prisa".

-Está claro que a Napoleón no le invitaban a ágapes en La Deliciosa.

Sería el más criticado.

-¿Qué, estáis listas?

-Ni Napoleón ni Trini parecen tener mucha prisa.

-Uy. ¿Tú no ibas a venir con Felipe?

-Eso pensaba, pero...

como acaba de reincorporarse al trabajo, tiene mucho lío.

Bueno, más bien creo que no tiene ganas

de aceptar la invitación de Úrsula.

-(RÍEN)

-No creo que sea el único que falte.

Estoy segura de que doña Rosina pondrá alguna excusa.

Nadie la ha visto después del bochorno

del otro día. -Ya.

Pobre Rosina.

Con lo contenta que estaba con lo del embarazo.

Ha tenido que tener una desilusión. -Pues sí, querida.

Yo sé lo frustrante que es...

desear un hijo y no poder tenerlo.

-Ya, pobre.

Creía estar en estado de buena esperanza y lo que tenía

era los cambios propios de la edad.

-A todas nos va a pasar. La juventud no es eterna.

-Ni eterna ni deseable. Dime tú,

¿quién quiere estar toda la vida con las incomodidades del período?

-Por mí como si se me retira mañana. No puedo concebir.

-¿Es necesario que sigan hablando de estos detalles tan íntimos?

-Esperemos que Liberto...

sepa consolar a Rosina...

y darle fuerzas.

-No creo que eso suceda.

¿No están al tanto

de las últimas?

Me han comentado que Liberto está pasando las noches

en casa de su tía.

O en un hotel. -¿Cómo?

Pero ¿por voluntad propia o porque Rosina

lo ha puesto de patitas en la calle?

-No creo que Liberto sea tan poco comprensivo

como para alejarse de su esposa en momentos tan delicados.

Si bebe los vientos por ella.

-Conociendo a Rosina, habrá sido ella quien haya decidido apartarle.

Pocas mujeres llevan peor el paso del tiempo

que nuestra vecina. -Ya. Todavía recuerdo el entuerto

con aquel cirujano falso.

-Bueno, lo que es seguro es que no debemos inmiscuirnos.

Nadie, salvo los implicados, saben mejor lo que ocurre

dentro de un matrimonio.

Dejemos que ellos arreglen sus cosas.

-Tienes más razón que un santo.

Y eso es tan cierto como que este vestido no me favorece nada.

Voy a cambiarme, no tardo nada. Un minutito.

-No me lo puedo creer.

A este paso no llegamos ni a la merienda ni a la cena.

-María Luisa, lo que he dicho antes

de no interponerse en matrimonios ajenos,

podría aplicarse también a una amiga tuya.

-Me imagino que lo dice por Elvira.

-Su último comportamiento no puede ser más inapropiado.

¿Tú no podrías hablar con ella para que deje de interponerse

entre Simón y Adela?

-Por desgracia, hace tiempo que ya no me escucha.

Ni siquiera sé si me sigue considerando una amiga.

Ya casi es la hora del convite de Úrsula.

¿Seguro que no te importa quedarte a cargo del negocio?

-En absoluto. Así aprovecharé para sacar los bordados

que llevamos a Salamanca.

-Paseo en balde que se dieron los bordados y nosotras.

Me dan ganas de no acudir a La Deliciosa.

Seguro que todo el mundo me va a preguntar por ese ridículo viaje.

Bueno.

Hasta luego. -Doña Susana.

Está usted guapísima.

(Se abre la puerta)

Perdone, doña Susana, aquí me tiene mirando como una tonta

el pasador que me regaló Simón en lugar de estar faenando.

¿Piensa tomarme nota alguna vez, o es que aquí los chocolates

solo están de adorno?

-Sí, disculpe, que estaba un poco distraído.

-Sí, ya me he dado cuenta que está pensando en las musarañas.

-Seguro que me perdona usted cuando pruebe nuestros exquisitos dulces.

No ha probado nada mejor en su vida.

De hecho, hasta en el paraíso están tentados de encargarnos pasteles.

-Desde luego que parece saber vender sus productos.

-No, no, no, se equivoca. Estos productos se venden solos.

Sobre todo... el café de nuestra cafetera expreso.

Es único. -No, ya lo he probado.

Pero no resulta de mi agrado.

-No, seguro que no ha probado el nuestro.

Los granos de este café vienen desde Brasil hasta Acacias.

Y nosotros lo molemos con esmero.

-Oyéndole hablar, dan ganas de probarlo.

Posee usted un piquito de oro

que sería capaz de venderle unos anteojos a un ciego.

No parece un camarero normal.

-Me llamo Antonio Palacios y, efectivamente, no,

no soy un camarero normal.

Este trabajo es solo el primer escalón en mi carrera profesional.

-Encantado de conocerle.

Me llamo Belarmino Conde.

Pero, dígame,...

¿hacia dónde se dirige esa carrera que dice haber iniciado?

-¿Por qué no le cambio el chocolate por una copita

y lo hablamos tranquilamente? -Hecho.

Se lo ruego, Elvira, márchese.

¿Acaso así tratan a sus clientes? He venido a comprar un pañuelo.

Doña Susana le atenderá mejor. Vuelva en otro momento

en el que se encuentre ella.

¿Tanto le incomoda mi presencia, que no es capaz

ni de venderme un simple pañuelo?

Le enseñaré el muestrario.

Dígame,...

¿qué tal han sido recibidas en Salamanca?

Al parecer, los méritos de la sastrería Seller

son cada vez más conocidos.

Sabe perfectamente que nadie nos esperaba allí.

Guárdese sus preguntas.

Antes no quería atenderme.

Y ahora me acusa de algo que no comprendo.

Parece haberla tomado conmigo, Adela.

Elvira, no siga. No quiero enfrentarme con usted.

Yo tampoco lo deseo.

Tan solo me intereso cortésmente por su reciente viaje.

Hizo bien en obligar a Simón a que la acompañara.

¿Quién sabe qué hubiera podido ocurrir de dejarle solo en Acacias?

Yo no le obligué, él quiso venir con nosotras.

Y mire, no tengo nada que temer.

Confío ciegamente en mi marido.

O mientes o eres una ingenua. Ni una cosa ni la otra.

Pero,...

ya que muestra tanto interés en nuestro viaje, ha de saber que,

aunque todo resultó ser un equívoco,

sí que resultó ser de lo más placentero para Simón y para mí.

Fue como la luna de miel que nunca tuvimos.

Me alegro

de que lo hayan pasado tan bien.

Nunca olvidaré esos momentos tan gratos y románticos con él.

Y siempre llevaré conmigo el pasador que me regaló

como muestra de su amor. ¿A quién trata de engañar?

Simón jamás la amará como a mí. Tiene razón,

porque a mí me ama como a su legítima esposa.

Y por usted ya no siente nada. Al fin se ha descubierto, Adela.

Tras esa máscara de bondad se esconde un monstruo

capaz de cualquier vileza.

Incluso de separar a dos enamorados.

Haga el favor de salir de aquí, no es bien recibida en este negocio.

Écheme si se atreve.

Está bien, como desee.

Elvira, por favor.

Perdón.

Ni siquiera le conoces tanto como yo.

No sabes la cantidad de secretos que ha compartido conmigo.

¿Estabas al tanto de que Susana era su verdadera madre?

¿Ha confiado tanto en usted como para revelárselo?

Sí. Sí, claro que lo ha hecho. Mi marido no me guarda secretos.

Lo que me resulta más vergonzoso

es hasta qué punto es usted capaz de llegar con tal de hacernos daño.

Hágase un favor.

No haga más el ridículo y márchese.

Y les agradezco mucho que hayan asistido.

-Siempre es un placer escuchar buenas nuevas.

No suelen abundar por estas calles.

-Hoy es un día muy especial para mi familia.

-Al final te equivocabas, María Luisa.

Rosina sí que viene.

-Y parece que viene acompañada de su esposo.

-Pero si ni se miran. Más que a una fiesta,

parece que han venido a un funeral.

-Me alegro de que al fin te hayas decidido a salir, querida.

-Ya me estoy arrepintiendo. Parece que todos me miran.

-Pues entonces responde con una gran sonrisa.

-Rosina.

-Rosina, ¿qué tal, cómo estás? -Estimado amigo,...

aunque intuyo la respuesta

en su lúgubre rostro, debo preguntarle.

No ha conseguido arreglar los problemas con su esposa, ¿verdad?

-Todo lo contrario. Estos parecen agigantarse

día tras día.

-Lamento escucharlo. Espero que los puedan resolver

pronto.

-Empiezo a pensar que eso no ocurrirá.

Dejemos de hablar de mí.

Estoy deseando escucharles.

-La verdad, que empiezo a arrepentirme de que hayan venido.

Tal vez lo que tenemos que anunciar le haga daño.

-¿Acaso no es una buena noticia?

-Lo es, sin duda, para mi esposa y para mí, pero...

-No tema.

Yo jamás voy a sufrir porque la fortuna sonría

a los que estimo.

Ahí viene su esposa.

Ya parecen haber venido todos.

-Vamos.

Lo quieras o no, tú serás la protagonista.

-Ya está aquí

mi querida hija. Podemos comenzar.

No sabía si le encontraría en casa.

Pensé que quizás acudiría al ágape que ha organizado Úrsula.

-No. No, Felipe.

Ya sé la información que van a dar y...

no me veo con la energía para fingir una alegría que no...

que no tengo. Que no siento.

Whisky, ¿verdad?

-Por favor.

¿Y estas maletas?

¿Acaso piensa marchar a algún sitio?

-Es lo único que puedo hacer ya.

Alejarme de esta ciudad.

-Sin embargo, parece asegurarlo con dudas.

Como si algo aún le retuviera.

¿Blanca, quizás?

-Es absurdo... permanecer a su lado.

Verla junto a Samuel...

me quita la vida día tras día.

-Ya.

Pero... aún guarda esperanzas

de recuperarla.

-No se puede recuperar lo que nunca se tuvo.

Blanca no será mía, y ahora menos que nunca.

Lo único que me mantiene aquí es...

(RÍE)

...mi deseo de protegerla.

Temo que esté en peligro.

-Teme que Úrsula pueda hacerle algún mal.

-No solamente Úrsula.

Como ya le dije, me preocupa su hermana.

Olga ha regresado.

Estuvo aquí. "¿Qué quieres, Olga?".

-¿Por qué no confías en mí?

-Porque te dimos todas las facilidades.

Te lo pusimos todo a tu gusto.

Blanca se abrió a ti. ¿Y cómo nos lo has pagado?

Fugándote, escondiéndote. Y otras cosas peores.

-¿Como qué? ¿Robando la maldita joya esa?

-¿Lo hiciste? ¿Mi hermano te está protegiendo?

¿Te dejó escapar?

-Yo no robé esa joya. Y que pienses así,...

solo me confirma lo que ya sabía.

Has levantado un muro de desconfianza ante mí.

Pero no lo entiendo, yo no te he hecho nada.

No es por ti.

Es por Blanca.

Crees que si me acerco demasiado

pueda salir herida, ¿no?

-Creo que nada en tu actitud ni en cómo te estás comportando

nos da a entender que se pueda confiar en ti.

-Has de entender que yo también sienta cierta desconfianza

hacia vosotros.

Son muchos años buscándome la vida sola.

Sacándome las castañas del fuego sin ayuda de nadie.

Sin embargo, nada has de temer con respecto a Blanca.

Creo que si puedo confiar en alguien es en ella.

-¿Eso lo dices de verdad?

-Tener tan cerca a mi hermana me ha hecho darme cuenta

que no quiero perderla otra vez.

Quizá mi madre no quiera que estemos juntas, pero a mí me da igual

lo que esa endriago quiera o deje de querer.

Si pudiera, la mataría.

¿No me crees?

Si no lo he hecho ya es por Blanca.

Porque quiero tener una buena relación con ella.

-Olga, ¿qué quieres de mí?

¿Qué has venido a buscar aquí?

-Necesito tu ayuda. -¿Para qué?

¿Qué puedo hacer yo por ti?

-Interceder para que Blanca me acepte.

Después de cómo me marché,...

después de cómo he permanecido escondida sin dar señales de vida,

tengo miedo de que no quiera... volver a verme.

-Tú no tienes miedo.

Tú no tienes miedo de nada.

-¿Qué estás diciendo? -Que no te creo, Olga.

No me creo nada de lo que dices.

Y creo que no vas a traer nada bueno a Blanca.

Será mejor que te marches.

-¿Por qué se negó a ayudarla?

Tal y como me cuenta, parece natural que Olga

pretenda recuperar a su hermana.

-Es una sensación, Felipe.

Algo me dice que Olga no es tan diferente de Úrsula,

como pretende hacernos creer.

¿Y si Olga solo se quiere acercar a Blanca para hacerle daño?

Les agradezco que hayan acudido a pesar de haberles convocado

con tan poco tiempo.

-Bueno, doña Úrsula, pues hágalo contándonos qué sucede.

-Es cierto, nos tiene con el corazón en un puño.

-Discúlpenme. Pero tienen razón.

Las buenas noticias

no deben hacerse esperar.

Les he convocado para anunciarles que mi hija, Blanca,

y su esposo, Samuel,...

esperan un hijo.

-Por Dios,

eso sí que es una buena noticia.

-Mi más sincera enhorabuena.

-Gracias.

-Enhorabuena.

-Dios ha bendecido vuestro matrimonio.

-Pronto tendremos a un niño

correteando por las calles.

-Ya ve por qué temía que la noticia

le pudiera afectar. -Pues se equivocaba.

Me alegro por ustedes.

-Gracias, Liberto.

No puede ser.

-Blanca, qué alegría.

Tenía que felicitarte en persona.

Te he traído un presente.

La he tallado con mis propias manos.

-Te lo agradezco, Olga.

¿Está caliente la achicoria?

-Templadita. ¿Quieres que te sirva?

-Ea.

He ido a la naviera a preguntar por los billetes de Cuba.

-¿Y? -Ni que lo llevaran en brazos

por altamar. No juntamos ese dinero ni en cuatro días.

-¿Tú has mirado en tercera?

-Pues claro, Fabiana, pero conociendo a Servando,

seguro que le gustaría ir en camarote de lujo.

-Hombre, como que tonto no es.

Ahora, os digo una cosa: como están de precio los pasajes a Cuba,

ese no llega ni enrolado de grumete.

-Para nosotros ese dinero es un potosí, pero "pa" los señores

son cuatro cuartos mal contados.

Si juntamos los criados un dinero junto con el de los señores,...

Servando hace ese viaje. -"Don Berlarmino".

Parece que estabais cerrando un trato.

-Es cierto que estábamos hablando de un posible negocio.

-¿De qué va el negocio ese que os traéis entre manos?

-No, prefiero no desvelar nada que no quiero gafarlo.

Pero te aseguro que va a ser un negocio legal.

Y puede que hasta beneficioso para la sociedad.

-¿Y para el bolsillo?

-Pues eso espero.

Eso espero.

-Ay, Antonio.

-"La curia..."

no quiere que alguien que no esté a la altura moral confeccione algo

que va a vestir el Santo Padre.

Con lo cual, tengo que presentarme a una entrevista.

-Así debe ser, pero...

no creo que queden descontentos contigo.

-Ya, pero toda ayuda es buena. Si pudiera contar

con una carta de recomendación tuya. -Una carta de recomendación.

¿Recuerdas los Paulinos? -Eso fue una barrabasada

de los criados, con la que los señores

no estuvimos nada de acuerdo. -De todo hubo.

Criados...

y señores.

¿Y usted, ha tomado alguna decisión?

¿Va a seguir en la ciudad?

-No.

No, ya nada me ata a esta ciudad.

Aquí tienen una dirección donde podrán contactar conmigo.

-¿Tan lejos?

-"Para mí, tú eres la persona más importante de esta reunión".

Yo me encargaré de que tengas todo lo que siempre te ha faltado.

De que vivas en una casa con todos los lujos.

Y de que no tengas que volver a la calle.

"Si vienes a hablarme mal de Olga, te lo puedes ahorrar".

-Sé que sería inútil.

No me gusta hacer cosas que no sirvan para nada.

Mi opinión ya no importa, Blanca.

Espero que te vaya muy bien.

-¿Qué significa eso?

Parece una despedida.

-Me voy.

Me da miedo despertarme y que todo sea un sueño.

Estar en la calle, entre mendigos,...

-No temas, Olga.

Esta es ahora tu casa. -Y nosotros tu familia.

-No te vas a ir de aquí si yo puedo impedirlo.

¿Quieres que viva con una asesina?

-Si Olga se va, me iré con ella.

Y le advierto una cosa,...

si malmete contra Olga, nos marcharemos las dos

y se quedará sola.

-No osarás.

-Si no lo he hecho antes es por Samuel.

Porque teme lo que le pueda pasar a su padre.

¿Acepta entonces?

  • Capítulo 636

Acacias 38 - Capítulo 636

09 nov 2017

Samuel reacciona con felicidad ante la noticia del embarazo. Blanca aplaca los celos de Diego al negar que él sea el padre. Servando termina con Juana y se lleva un chasco cuando ella le dice que jamás tuvo interés romántico en él.

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