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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 635 - ver ahora
Transcripción completa

Esta tiara que has robado es una joya real.

Es imposible que la vendas sin que te atrapen.

Pero esto sí.

Si eres lista, seguro que podrás sacar unos duros por ellos.

-"El obispo mandará un coche"

para recogernos. Quiere invitarnos a su residencia

para encargarnos un importante trabajo.

-Es una noticia magnífica.

-¿Qué te ha pasado? Algo gordo será para beber sin pestañear.

-Lo peor que me ha ocurrido en mucho tiempo.

Rosina me ha echado de casa.

La Policía ha contactado con la Casa Real para devolverles la tiara.

-Tremendo el alivio que me producen sus palabras.

-Todos vamos a dormir más a gusto después de que este asunto

se haya resuelto tan satisfactoriamente.

-"Era una huérfana".

Sabes que te ha engañado para que sintieses lástima por ella, ¿verdad?

-Sí, lo sé perfectamente. -¿Y no te importa?

-Imagina la vida que ha tenido que llevar

para a tan corta edad

tener que mentir y robar.

No sé cómo decirlo.

No quiero ir a Salamanca.

-¿Qué me estás diciendo? Es natural

que la criatura esté preocupada

y que no se fíe ni de ti ni de las intenciones de Elvira.

¿O tú no estarías con la mosca tras la oreja?

-Sí. No le falta razón.

-Pues tienes que hacer que se sienta más cómoda.

-"Lolita no tiene"

quién la represente en estos asuntos,

y tú eres lo más parecido a una madre.

Quisiera que nos dieras la bendición.

-¿Pero se puede ser más bonito?

-Rosina es añosa y su cuerpo ya no está para estos menesteres.

-Si está en la flor de la vida, lozana como una veinteañera.

-Así es como la ves tú,

pero no es verdad. Los años y la naturaleza no perdonan.

Nunca podréis tener hijos. Es Vd. unas mujer muy afortunada.

Ya veremos cuánto le dura.

La vida es imprevisible y cambia

en un suspiro. "Estás muy equivocado"

al proteger a Blanca.

No tiene sentido que ocultes a Olga. Fue ella la ladrona.

-Eso no es cierto. La tiara la robó otra persona, no insistas más en eso.

-Los hermanos son distintos, como el día y la noche.

-Por eso no tengo ninguna duda, Leonor.

Samuel es mi esposo y será el padre perfecto para mi hijo.

No tengo nada más que pensar.

No, Blanca, no me voy tranquila.

Tus palabras están diciendo una cosa,

pero tus ojos dicen otra.

¿Estás segura de eso?

-Sí, lo estoy.

-¿Pero tú te crees que puedes decidir quién será el padre y ya está?

¿Te crees que puedes vivir sin saber la verdad?

Blanca, siento ser la abogada del diablo,

pero negar tus sentimientos no te va a servir para nada.

Te reconozco que no puedo sacármelo de la cabeza.

-Y el problema es que no te lo puedes sacar del corazón.

Parece haberse instalado para no irse nunca.

-Sin embargo, suscribo mi decisión, Leonor.

Esta criatura no se merece mis dudas en el amor.

-¿Pero de qué hablas? -Siempre odié a mi madre

por comportarse de forma egoísta,

por anteponer sus deseos a los míos, y ahora he sabido

que también a los de mi hermana. Yo no quiero ser una madre así.

Este hijo se merece... lo mejor.

-¿Y que ese crío te vea feliz acaso no es lo mejor?

-No. Lo mejor es un buen padre,

alguien que le dé cariño, sentido de la responsabilidad,

alguien de buen corazón y que le haga sentirse seguro,

alguien como Samuel.

-¿Y por qué crees que Diego no podría darle todo esto?

-Porque Diego es impulsivo,

imprevisible, irracional.

Estar a su lado es lanzarse a una vida azarosa,

llena de problemas y altibajos. -Y emociones.

-Pero nunca sería un buen padre para mi hijo.

-Está bien, veo que lo tienes muy claro.

Pero yo solo te voy a dar un consejo:

antes de hacerlo público, asegúrate de que estás encinta.

-Lo sé, conozco mi cuerpo.

-Podrían ser desarreglos por los nervios.

Has pasado una situación muy complicada:

la aparición de Olga, el robo...

-Sé cómo me siento, Leonor.

-De acuerdo.

Entonces no cometas el mismo error que mi madre.

Asegúrate de que llevas un hijo dentro

y después piensa bien qué quieres hacer.

Va a causar una polvareda a tu alrededor.

-¿Y cómo lo hago? ¿Cómo me aseguro?

-No sé. A raíz de lo sucedido con mi madre, fui al hospital a preguntar,

a ver si existía algún médico

especializado en la materia

que pudiera corroborarlo. -¿Y...?

-Me hablaron de un doctor, el doctor Martínez,

formado cono discípulo de Alfred Hegar.

-¿Quién es Alfred Hegar?

-Alfred Hegar es un médico que está haciendo algo

sobre unas exploraciones sobre algo llamado el signo Hegar.

Es un método para corroborar un embarazo.

-No sabía nada de todo esto.

Sería fabuloso saber si estoy embarazada o no.

-¿Te parece si vamos juntas a visitarle?

-Lo que me parece es que tengo mucha suerte de tenerte como amiga.

-Bueno.

-Gracias.

Dios todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.

(Puerta cerrándose)

Buenas, madre. ¿Queda algo de cenar?

-Estas no son horas de llegar, hijo. ¿Dónde has estado?

-Salí del barrio a entregar contratos. No pensé que fuera tarde.

-Pues lo es.

-¿Qué le ocurre?

Está enfadada porque no llego a tiempo

para hablar con Adela sobre ese viaje, ¿verdad?

Hablaré ahora. -Ni se te ocurra entrar y molestarla.

Está durmiendo. -¿Cómo? ¿Tan pronto?

-Le tuve que dar una hierbas para que calmara los nervios.

-¿Para los nervios? ¿Qué ha ocurrido?

-Ha sido Elvira, otra vez.

-¿Y qué le dijo?

-Vino a hacerse un vestido. Las dejé solas un instante.

Sus malvadas palabras provocaron

tanto desasosiego en Adela, que corrió en pleno ataque

de nervios.

No irá a Salamanca por motivos obvios.

El resultado de todo esto es que esa chica cree que puede perderte

en cualquier momento.

Todo esto es mi culpa, madre.

Es culpa mía, pero es que ya no sé qué hacer

para que Elvira deje de ser

de esa forma. -Esto no es por tu culpa, hijo.

Es culpa de esa muchacha malcriada

y de un destino que teje pateta con su dañina voluntad.

Lo más triste de todo esto es que la que más sufre es Adela.

Piensa que si se da la vuelta, te irás corriendo con Elvira.

De ahí que esté siempre con los nervios

a flor de piel. Y de ahí que no quiera marchar de viaje.

-Se hará ese viaje.

Es un reconocimiento a su trabajo. No puede perdérselo.

Y no se lo va a perder. -¿Y cómo estás tan seguro de ello?

¿Y a ti qué tripa se te ha roto? -Nada.

-Ni "na" ni no. ¿A qué viene esa cara de uva pocha?

¿No será por Jacinto? ¿O es por tu señora?

-¿Sabéis con quién me he cruzado?

Con don Olmo Moreno,

portero del 31, y con la bien peinada,

la criada del 14. ¿Sabéis qué me han preguntado?

Que qué se traen el Servando y la Juana,

que han paseado del brazo.

-¡Anda ya! ¿Y la trompetilla?

-Lola, la trompetilla en la mano, se conoce.

Me preguntaron que si la señora Paciencia la había diñado

y el Servando se había quedado viudo. -Calla, calla,

que a mí también me lo han preguntado.

La culpa es del indecente del Servando.

En cuanto lo vea, le canto las 40.

-Me acuerdo yo cuando entré a faenar a casa de don Maximiliano.

Apenas era una zagala y nunca había estado

en una casa de tanto postín. Me parecía enorme.

Ne sentía tan chiquitica...

Y entonces los conocí,

a Servando y a Paciencia, el matrimonio.

Y supe que aquí iba a estar yo muy a gusto.

Eran muy buena gente.

No solo que se quisieran como chiquillos,

sino que es que se llevaban tan bien...

El día juntos, haciendo de las suyas,

parecían dos piezas de un mismo rompecabezas.

Se querían tanto que cuanto tú estabas cerca de ellos,

ese amor suyo te llegaba.

La verdad que yo no sé cómo Servando

se ha podido olvidar de todo eso. ¿Cómo se ha olvidado de su Paciencia?

-Paciencia tendría muy poca cabeza y muy mala memoria,

pero Servando no tiene vergüenza ninguna.

-Ay, ¿habrá pasado algo entre el Servando y la Juana?

Algo de.... Pues eso.

-Chiquilla, eso ni lo menciones.

-Yo no quiero ni imaginarlo, eh.

La señora Paciencia le sacaba los ojos si se entera.

-Que no te extrañe, los cotilleos es lo que más rápido viaja.

-Ea, pues ya tengo yo el día torcido hoy por culpa del Servando.

A ese acabo yo dándole dos sopapos hoy, eh,

ya verás. -Ay, no, no,

señora Fabiana, deje que hable yo con él, eh.

No sea que terminemos

como el rosario de la Aurora. -Qué mal cuerpo me deja.

A ver si hoy se me cambia el día y me pasa algo bonico.

-Fíjate que me da a mí que sí. -Pues Dios la oiga, Fabiana,

Dios la oiga. Antoñito me ha dicho que tengo tres bocas más para comer.

Tendré que agarrarme los machos

y preparar un buen manduque.

Esa no sabe lo que la espera.

-¿Y usted sí?

¿Invitados a comer? ¿Conocidos de tu padre?

-De mi hermano, pero no sé.

-Esperemos que no sean amigos del trabajo de La Deliciosa.

¿Te imaginas que te lleva a casa al repartidor de la harina?

-Por Dios, Susana, no me diga eso.

¿Y usted? ¿Ya tiene todo preparado

para el viaje? ¿Va Adela?

-Al final, parece que sí.

-¿Y a qué esa mirada? ¿Qué se trae entre manos?

-¿Habéis leído la prensa?

-Lo de la recuperación de la tiara.

Te felicito, Úrsula.

La verdad es que es un alivio saber que una pieza tan valiosa

está donde tiene que estar.

-Samuel se ha encargado personalmente de recuperarla y devolverla

al lugar al que pertenecía. -No es para menos.

Desapareció bajo su custodia.

La pena es que no atraparan a quien lo hizo.

-Fuera quien fuera quien lo hizo, vino de la calle, ¿no?

El servicio de La Deliciosa

no tuvo nada que ver. -Lo sabemos, estate tranquila.

¿Pero quién lo hizo?

¿Todo esto no tendrá que ver algo

con esa mujer que nombró Diego en la fiesta? ¿Cómo era? Olga.

-No sé lo que dijo, no lo recuerdo.

¿Y por qué dijo que la conocía?

-Oh, no tengo ni la más remota idea, querida.

Cosas de un hombre fantasioso e inventivo.

-No creo que lo sea tanto.

-A lo mejor lo que tiene son celos absurdos

e infantiles, a lo mejor lo que le pasa

es que no ha podido aceptar que su padre

haya rehecho su vida conmigo.

-No le culpo, a ciertas edades,

las segundas oportunidades son difíciles.

-¿Lo dices por Rosina y tu sobrino?

No parece que les vaya tan mal.

-Lo digo en general.

-Y hablando de ellos,

ya que no pude estar en el ágape que organizó,

dime, ¿es verdad que terminó de forma dramática?

Dicen que Rosina se vino abajo.

-No sé de qué me estás hablando. -Hablo de la locura

de que Rosina creyera que estaba embarazada

y después descubriera que no lo era.

¿Cómo se puede ser tan ilusa?

-Bueno, lamento dejaros,

pero tengo que ir a hacer las maletas

para el viaje de Salamanca. Hasta más ver.

-Con Dios. -Con Dios.

Y tú, María Luisa,

¿cómo llevas que tu hermano sea camarero

y se besuquee por la calle con una criada?

No muy bien, ¿verdad?

Estoy que castañeo los dientes de los nervios.

Lolita no se imagina para quién es el ágape.

Se va a quedar de piedra.

-Qué ilusión. Me alegro mucho por ella.

Se merece lo mejor.

Nos ayudó mucho a Felipe y a mí en nuestra reconciliación.

¿Y tú cómo te has enterado?

-Antoñito, que no pudo guardar el secreto.

-Qué buenas migas has hecho con tu hijastro.

Espero que la vida les sonría a los dos.

-La que no sé si va a sonreír cuando se entere es Luisi.

A ver qué cara pone.

-Ya. ¿Y cómo crees que se lo tomará tu esposo?

-Pues no sé, Celia, hija. No tengo ni la menor idea.

-Disculpe, doña Celia, ¿puedo hablar un momento con usted?

-Sí, sí, claro, yo me iba.

Voy a ver cómo van los preparativos.

Quiero que esté perfecto. -Suerte.

Luego me cuentas. -Gracias.

-La acompaño.

-Gracias, Simón.

Dígame, Simón, ¿qué ocurre? -Verá, doña Celia,

he adelantado el trabajo que tenía que acabar mañana.

He hecho la mayor parte de los envíos,

he dejado los contratos listos.

Si no hay más imprevistos,

me gustaría pedirle permiso para ausentarme

unos días del trabajo. -¿Sale de viaje?

-Quisiera acompañar a mi esposa y a doña Susana a Salamanca.

-Ah. Entiendo.

-Si le parece bien, le pediría a Lolita

que se pasase por si necesitara cualquier cosa.

-Ya.

No, si por mi parte no hay ningún inconveniente.

Haga lo que crea que tiene que hacer.

Yo encantada de pasar unos días con Lolita.

Es muy agradable disfrutar de su alegría y su desparpajo.

-Perfecto. Muchísimas gracias, doña Celia.

-Simón, aguarde.

Hay algo que me gustaría decirle, si me permite.

-Claro. Sabe que cuenta con esa libertad.

-Sé por qué hará ese viaje junto a su esposa.

A veces, Adela me recuerda a mí.

-¿A usted?

-Yo he pasado noches en vela pensando dónde estaría Felipe,

en qué estaría haciendo

y sobre todo, con quién.

He dudado muchas veces

del que era mi esposo.

Y créame que ese miedo no se cura estando juntos día y noche.

Si me permite el consejo,

sepárese de su esposa unos días

y demuéstrele que puede confiar en usted,

que nada ni nadie puede romper su matrimonio

por muy lejos que estén.

Es una prueba de confianza.

Hágalo y Adela podrá dormir tranquila.

Doña Rosina,

ande, coma un poquito, hágame el favor, eh.

-No tengo apetito, Casilda.

-¿Quiere que le prepare otra cosa? A lo mejor

un revuelto de morcilla. -Ay, no, qué asco.

Además, no me entra nada.

Es que no entiendo mi cuerpo.

La semana pasada un hambre... Y esta como un pajarito.

¿No hace calor aquí dentro?

-Nones. Hasta yo diría que hace un poco de viruji.

Pero si usted quiere, yo abro las ventanas

y hasta la puerta de la calle. -Sí, por favor.

Soy una anciana, tengo más años que Matusalén.

¡Que soy una vieja!

-No, no, no, doña Rosina, no.

Ya sabe que la juventud la lleva una en el alma,

no en las carnes. -Claro. Me lo dirás cuando llegues.

-A quien le diría algunas cosas es al Servando cuando me lo cruce.

¿Se puede creer usted?

Es que si lo viera la pobre señora Paciencia del brazo con la Juana...

Es que les daba una somanta palos así, con la mano...

¿Y ahora qué he dicho? -Nada.

Es que... Que me he acordado de cuando Paciencia vivía aquí,

de mi Maximiliano.

Esos tiempos.

-Uy, qué sensible que está usted,

doña Rosina. -Yo era una mujer joven,

con las carnes prietas.

Y ahora, soy una vieja.

(Puerta)

Voy a ir a abrir.

A ver si usted consigue animarla, está hecha carbón.

Vamos a ver, Rosina, ¿se puede saber qué estás haciendo?

-¿Perdón?

-¿Cómo apartas a Liberto de tu lado?

¿Has perdido el oremus? -No.

Es que he recuperado la cordura.

Tú tenías razón. Nunca debí casarme con un hombre joven. Ahora mira,

no puedo darle hijos, con la ilusión que tenía.

-Pamplinas. -¿Cómo?

-Naranjas de la China. Donde dije digo, digo Diego.

-A ver, Susana... -Rosina, escúchame.

Estáis casados ante Dios y ante la iglesia.

Joven o viejo, Liberto es tu esposo y te quiere,

y tú también le quieres a él.

Si no le puedes dar hijos, le das cariño o alegrías,

pero no le apartes, que te vas a arrepentir.

No todo el mundo tiene eso que tenéis vosotros.

Deja de hacer el tonto y deja que tu esposo vuelva.

Ahora le vas a necesitar

más que nunca, amiga.

¿Cómo te encuentras?

-Te agradezco que me hayas acompañado a ver al doctor Martínez.

Me ha servido para ver las cosas con cierta distancia.

-Imagino que no te preocupa tanto el diagnóstico del médico

como la decisión que has de tomar.

-Me gustaría hacer como cuando era pequeña,

lanzar una moneda al aire y que el azar decidiera por mí.

A cara o cruz. -Sí. Pero ya no somos niñas.

-Ya.

Somos mayores y hemos de meditar las decisiones antes de tomarlas.

-Blanca...

Lo que dijiste antes de Samuel,

la determinación con la que hablaste,

me da la sensación de que no es más que una huida

hacia delante.

Bueno, tengo que ir a comprar unos pestiños.

A mi madre es lo único que le apetece. ¿Me acompañas?

-Ve tranquila.

Te espero aquí fuera.

-Bien.

(Puerta abriéndose)

¿Has hecho lo que te pedí? -Sí, señora.

Me alegro de que al fin se haya recuperado esa piedra tan valiosa.

-No se ha recuperado, la ha recuperado Samuel.

-No ha llegado a esclarecer la identidad del ladrón o ladrona.

-Será porque no lo sabe.

Ya nos ha contado cómo sucedió todo.

-¿Y tú le crees?

-¿De verdad quieres iniciar una discusión?

-Reconozco que últimamente no hacemos otra cosa.

Quizá sea todo culpa mía.

Blanca, no sé... No sé cómo encajar todo lo que últimamente ha pasado.

Mi padre en el hospital,

la aparición de Olga,

tu boda con Samuel.

Sé comprensiva conmigo, Blanca.

Sé consciente a todo lo que estoy renunciando.

-No eres el único que renuncia y hace sacrificios, Diego.

-Supongo que es tarde para cambiar las cosas, ¿verdad?

-Diego... -Perdona.

No quería preguntarte eso.

Es solo que...

Que no puedo evitar imaginar otra realidad

más bonita, mejor,

perfecta.

Tú y yo podríamos haber estado juntos.

Pero créeme, que lo entiendo.

Así son las cosas.

No quiero seguir culpando a los demás, lamentándome.

¿Quién me mandaría fijarme en la prometida de mi hermano?

Creo que lo mejor será

que me aparte.

-¿Apartarte? -Sí.

Los dos sabemos que poner tierra de por medio es lo mejor,

ya lo hemos hablado.

Basta ya de cancelar mi viaje.

-Entonces, ¿vas a retomar tu viaje a Huelva?

-Esta vez estoy pensando en irme más lejos.

-¿Más lejos?

¿Adónde?

-Ya tengo los pestiños.

Buenos días, don Diego. -Leonor...

No las molesto más.

Se va de la ciudad.

-Blanca, tienes que tomar una decisión, y cuanto antes.

La decisión que tomes ahora marcará el resto de tus días.

Seguí a su hija, tal y como usted me pidió.

No me separé ni un segundo.

-¿Adónde fue?

-Ella y la Leonor se llegaron hasta el hospital.

-¿El hospital? -Por miedo a que me descubrieran,

me quedé algo alejada,

pero, cuando marcharon,

le pregunté a una enfermera por el médico.

-¿Te dijo el nombre?

-Doctor Martínez.

-Prepara mi abrigo.

Quiero ir a hablar con ese doctor cuanto antes.

¿Y eso qué significa?

-La cara significa que tú te sientas ahí.

-Yo creo que has hecho trampas, pero bueno,

ese sitio me vale.

Bueno, ¿y cuándo llegan los misteriosos invitados?

-Luisi, no hagas más preguntas, que enseguida saldremos de dudas.

Los invitados deben estar al caer. -Pues eso espero,

porque las perdices cuando están buenas es ahora.

Espero que les guste. He cocinado a ciegas.

Que no se entere el Servando

que sube a comer en un santiamén.

Cómo le gustan. -¿A ti te gustan?

-Pues casi nunca las como, porque no es plato de criadas.

Pero me echaría la tarde mojando pan en esa salsa. Lo saben

hasta los monos. -Pues perfecto entonces.

-Lo que me faltaba ya por oír.

¿El menú al gusto de la criada? -Luisi...

(Puerta)

-No.

-No sé qué hacéis aquí

los dos así de bien vestidos,

pero decidlo pronto y marchaos, que tenemos invitados a comer.

-Padre, los invitados son ellos.

Por favor, pasen al fondo.

Servando y Fabiana son lo más parecido

a una familia que tiene Lolita,

exceptuando a la tata Concha, claro,

pero está lejos y no muy bien de salud.

-No entiendo de la misa a la media, ¿pero que...?

¿Qué está pasando aquí?

-Lo que está pasando, Lolita, es que necesitaba la presencia

de los tuyos para que fueran testigos de lo que estoy a punto de decirte.

-No.

-Sí.

-Lolita Casado de Cabrahigo.

-¡Uh!

-¿Quieres casarte conmigo?

-Basta de pantomimas.

-María Luisa, no levantes la voz.

Antoñito, hijo, ¿puedes explicarnos esto?

-Yo prefiero no escucharlo.

-Luisi, Luisi, por favor. Luisi, espérate.

Bueno, ya está bien, ¿no? Habrá que dejar a Antoñito

decirle lo que le deba decir

y luego, que nos lo explique.

-Lolita, desde el primer día que te vi supe

que eras diferente a las mujeres que conocía.

Tu sinceridad, tu forma de ser,

lo auténtica que eres, eres todo lo contrario a mí.

Y eso hace que te admire

y te quiera con toda mi alma.

Haces que quiera ser como tú,

que quiera ser mejor persona. Y ni en un millón de años te llegaré

a la suela del zapato, pero si Servando y Fabiana

me dieran su aprobación, me gustaría que fueras mi esposa.

Me harías feliz.

-Claro que te doy mi aprobación, remotamente.

-Bueno, que digo yo que también hay que hablarlo.

Hay que ver lo de la dote.

¿Cuánto vas a poner para llevarte

a esta mujer, que es de calibre?

Ya, de paso, hablamos de la herencia,

que digo yo que a algún familiar

le tocará algo, ¿no? -A la familia no lo sé,

pero usted se va a llevar un sopapo bien dado

si no cierra el pico.

-Todo eso que dices

es de verdad.

-¿Qué? ¿Qué respondes?

-Pues que sí.

¡Que sí, que sí y que mil millones de veces que sí!

¡Uy!

Perdone, don Ramón, que... Que no quería faltarle al respeto.

-¿Cómo me vas a faltar al respeto por unos besos?

Pronto seréis marido y mujer, ¿no? -¡Ay!

Es que...

-Lolita, ay, enhorabuena. -Gracias.

Eso sí, antes de la boda

esperamos un año por lo menos, que yo soy muy tradicional.

-Pues mejor, así tenemos tiempo para organizarlo todo.

-Y así la señorita María Luisa se hace a la idea.

-Un bodorrio por todo lo alto.

-Uy, de agárrate y no te menees.

Venga, vamos.

Que digo yo que si aquí no se come,

porque esto que me da en la nariz son perdices, ¿verdad?

-Tome asiento, Servando.

Tome asiento.

¡Uy!

(Puerta abriéndose)

¿Qué haces aquí, Olga?

-¿Crees que después de todo lo vivido va a detenerme una puerta?

He sobrevivido muchos años en la calle.

-¿A qué has venido?

-He venido a pedirte perdón por el golpe que te di.

Lamento mucho escuchar eso.

Es terrible.

Entonces, ¿nunca hubo un niño?

-No. Y me temo que nunca lo habrá.

Mi esposa ha entrado en esa etapa en que no puede concebir.

-Entiendo.

¿Y a usted eso es lo que le preocupa?

-No.

Lo que más me preocupa es no poder estar a su lado,

no poder ayudarla a superar este trance.

No sé, al fin y al cabo, es algo normal,

es propio de la naturaleza y deberíamos pasarlo juntos.

-¿Y por qué no la visita? -Porque no quiere verme.

Me rechaza.

-Quizá... Quizá tenga vergüenza

o piense que sus sentimientos han cambiado, o quizá piense

que le importa que haya llegado a esa fase.

-La quiero más que nunca.

-Pues déjeselo ver.

-Tal vez tenga razón.

Gracias.

¿Malas noticias? -Extrañas.

Úrsula quiere citarme esta noche en casa.

Quiere hablar algo referente al robo y el homenaje

a mi padre.

-¿Y qué tiene de extraño?

-Que ya es agua pasada.

El tema del robo está resuelto y el homenaje pasó.

¿A qué vendrá esto ahora?

-Pues no lo sé,

pero creo que lo mejor es que acuda a la cita y lo descubra.

-Nada que venga de esa mujer me da buena espina.

-Eso es miedo, amigo. Y el miedo es lo que nos haces débiles.

-Y lo que nos hace vivir.

-También.

-He de irme, Liberto.

Gracias por su sabios consejos. -No. Gracias por los suyos.

No, no, no pague. Hoy le convido yo.

-Está bien.

Pero a la próxima invito yo.

He hablado con tu esposa.

Ha llegado el momento de que vayas a verla.

-Agradezco mucho todo lo que hace por mí, tieta.

-Siento mucho no poder ir, pero debo terminar las maletas.

Adela, al final, me acompaña.

Y mi padre parece haber perdido el seso al no pararlo.

Esto es una locura.

Es amor, María Luisa.

Y no hay barreras para el amor.

Más vale

que te vayas haciendo a la idea. Antoñito y Lolita se quieren.

El amor no es excusa para todo.

Hay normas, hay clases, demontres.

Supongo que sabes que yo no estoy de acuerdo.

Voy a salir a dar un paseo, ¿por qué no me acompañas?

Luego podrías venir conmigo a cenar a un restaurante.

He quedado allí con un amigo.

Me gustaría ir, pero me temo que no voy a poder.

Justo hoy le había prometido a María Luisa que la enseñaría a bordar.

Lo siento por dejarle solo. No te apures, hija.

Una promesa es una promesa. Y no puedo dejarte en mejor compañía.

¿En qué lío te vas a meter ahora? ¿Qué es lo que estás preparando?

Mejor para ti no saber nada.

Elvira,

te estás aprovechando de nuestra amistad.

Me utilizas de coartada y no es justo.

Lo sé.

Pero ya te he dicho que el amor no tiene barreras.

Madre del amor hermoso, señora Fabiana, qué alegría,

nuestra Lolita se casa.

-Ay, fue una pedida de mano tan hermosa, Casilda...

Y por suerte, Servando, que estuvo a punto por tanto pedir la dote,

no lo estropeó. -A ese ni me lo miente.

Aún no le he cazado.

-En la portería lo he visto, escondido,

para que no lo viera la Juana.

Bueno, muchacha, luego te veo, hija. -Con Dios, señora Fabiana.

-Adiós.

¡Servando!

¡Servando!

-¡Chist!

Casilda, chist. Pero...

¿Pero qué voces son esas? -Las mías. ¿Algún problema?

-No, ninguno. Ya que estás, acercarte al chiscón y trae el botijo,

que llevo en ese agujero...

No quiero que me vea la Juana. -¿Se puede saber

a qué está jugando escondiéndose?

¿Y cómo le da coba a la Juana?

Todo por unas torrijas y por un codillo.

-Bueno, y dos botellas.

-Bueno, ¿y ahora por qué no la deja?

-Pues porque está loca por mí,

porque no la quiero romper el corazón

y porque guisa como nadie,

las cosas como son.

-Servando, tal vez todo esto empezó como un juego,

pero ahora es un cosa seria.

¿Es que se ha olvidado de la señora Paciencia?

-No, claro.

¿Cómo me voy a olvidar de ella? -¡Pues no lo parece, rediez!

En ese chiscón de ahí, donde ahora se ve con la Juana,

formó una familia con la señora Paciencia.

Muchos tapetes tejió para hacer de ese agujero un hogar.

Yo en ese chiscón conocí

a un matrimonio bien avenido.

Usted y su santa siempre han sido todo un ejemplo para mí.

¿Ya no se acuerda de lo mucho que se querían,

de los abrazos que se daban, de todas las veces que se han apoyado

en los malos momentos?

¿Ya se ha olvidado de todo eso, Servando?

-No. A ver,

sí, está bien que... Reconozco que...

Que he buscado un poco de cariño en la Juana,

¿para qué nos vamos a engañar?

Pero es que me siento muy solo.

Mira, y también te reconozco

que ni la Juana ni nadie en este mundo

ocupará el sitio de mi Paciencia.

Es que...

La echo mucho de menos, Casilda. Si es que

me encuentro tan solo...

-Si yo le entiendo, Servando,

pero tiene que terminar con la Juana, esto no es justo para nadie.

Ande, vamos al chiscón, a darle unos buchitos al botijo.

Venga.

Ramón, querido,

¿qué ocurre? ¿Es por Luisi y por lo de antes?

-No.

Conozco a mi hija,

y aunque le costará un tiempo, sé que lo va a aceptar.

-¿Entonces?

¿A qué viene esa cara?

-Es Antoñito el que me preocupa.

Mi hijo ya no es un niño.

Pronto tendrá una esposa y quien sabe si una familia.

-¿Y...? ¿Qué es lo que te amostaza?

-La responsabilidad de crear una familia

caerá sobre sus hombres.

Y me temo que no esté preparado. Tengo la sensación

de que, aunque empiece por lo más bajo,

sabe que le puedo sacar las castañas del fuego en todo momento.

-Que no, Ramón, que no.

Que Antoñito está madurando.

Le está costando, pero lo está haciendo.

-¿Ah, sí? -Sí.

-Le pide en matrimonio a Lolita sin saber si será capaz de pagar

la boda, sin saber cómo va a quitarla de servir.

¿Cómo mantendrá una casa y una familia?

-Ramón,

yo entiendo tus temores,

pero Lolita y Antoñito saldrán adelante solos,

estoy segura. Solo son dos jóvenes que se quieren con locura

y quieren estar cuanto antes juntos.

¿No crees que te pones la venda antes de la herida?

-Conociendo a mi hijo, es lo mejor que puedo hacer.

Todo va a salir bien.

-Ya lo sé.

¿Y sabes por qué?

Porque pase lo que pase, es mi hijo

y nunca le voy a abandonar a su suerte.

Será lo que será,

pero es mi hijo y le quiero.

-Pues claro, Ramón.

Ahí la tienes.

No se ha movido de ese sillón en todo el día.

A ver si tú tienes más suerte.

Es... Estoy un poco cansada. Creo que me voy a dormir.

-No, no, no, no, no.

Rosina, cariño, no puedes seguir evitándome.

Debemos hablar. -¿De qué serviría?

-Te ayudará a superarlo. -No hay nada que superar.

Es una realidad, Liberto. Te casaste

con una mujer que nunca podrá darte hijos.

Una mujer a la que tendrás que cuidar cuando empiece a envejecer

y no pueda cuidarse

por sí misma. -¿Y qué?

-¿Cómo que "y qué"?

Te mereces algo mejor.

Debiste casarte con una mujer más joven.

-No. Me casé con la mujer que amaba,

con la única mujer que he amado y que sigo amando.

Rosina, ¿de veras te preocupas por mí?

Entonces, déjame que vuelva a tu lado.

Porque a mí no me importa tener o no tener hijos,

pero sí que me importa no tenerte conmigo.

-No, no, no puedo, Liberto.

Es que yo siento que te estoy encadenando a mí.

-Rosina...

Rosina...

Es que no se me ocurre una vida mejor.

-¿Una vida mejor?

La vida con una anciana dirás.

Pero mírate, tú eres joven. ¿No lo ves, Liberto?

Tienes que salir, divertirte. -¿Pero qué anciana?

Rosina, por el amor Dios, ¿qué anciana?

Simplemente has pasado a otra etapa.

Eres la misma de hace unos días.

Eras una mujer hermosa,

divertida, cariñosa, diferente.

¿Por qué no dejas que yo elija

la vida que quiero vivir?

Está bien, no voy a molestarte más.

Sé que no estás pasando por un buen momento.

Simplemente quería decirte que sigo aquí

y que voy a seguir siempre.

-Agradezco esto que me dices, Liberto, pero...

Necesito, no sé, unos días.

Quizá lo vea todo más claro.

-Está bien.

El tiempo que necesites.

Mi vida entera es tuya.

¿Está todo a su gusto?

-Está correcto, sin más.

-¿Por qué nos ha convocado a cenar

con tanta ceremonia y enviándonos una nota, madre?

-Quería asegurarme

que os quedaba claro que vuestra asistencia era importante.

El asunto que hemos de tratar lo es

y quiero que esté toda la familia.

-¿De qué se trata?

-Todo a su debido tiempo, Samuel.

Pero te aseguro que hoy

va a ser un día grande para esta familia.

(Puerta)

-¿Quién es?

-Ya te he dicho que quiero que estemos todos

para haceros un anuncio muy importante.

¿Qué ha de anunciarnos, madre?

¿Quién se ha muerto? Ya va.

Ay, señorita Elvira,

¿qué hace usted aquí? No son horas.

¿Y Simón? Vengo a verle.

Simón no está.

Está de viaje, con doña Susana

y su esposa. No te creo.

Déjame pasar. ¡Señorita!

Doña Celia está en camisón y de camino a la cama. Si entra,

antes deberé de anunciarla. Vengo a ver Simón

y sé que está aquí. Mientes.

Señorita Elvira,

el Simón

está de viaje en Salamanca, se lo prometo.

Todo es culpa de esa mosquita muerta.

Maldita monja del demonio que convence a todos,

cuando es más falsa que judas. Mesura, señorita Elvira,

que los vecinos la escuchan.

Me da igual. ¡Adela es una falsa! Que se entere todo el mundo.

Me recuerda usted a la Salvadora, una de mi pueblo,

que todos los días preparaba dos platos de comida.

Le planchaba la ropa, le compraba la entrada para los toros,

pero el Onofre llevaba un año viviendo en Cuba.

Se había fugado con una y se había enamorado de ella.

Y la Salvadora se negaba a asumirlo.

Yo no soy esa mujer y nada tengo que ver con ella.

Yo no me quedaré en casa sufriendo

y esperando a que Simón entre.

Si he de pasarlo mal, no seré la única.

¿Qué ocurre?

He oído voces.

¿Seguro que no quiere tomar nada, don Diego?

-Seguro.

¿Por qué me ha citado a mí? -Enseguida lo sabrás.

-¿Esto tiene que ver con Olga?

-Aunque la nombres, igual que el día de la fiesta,

Olga no va a ensombrecer un día tan bonito y especial como el de hoy.

-¿Especial por qué?

Díganos lo que tenga que decirnos, no demore.

-Que sea Blanca quien lo haga.

-¿Yo?

-Reconozco que me he enterado por casualidad,

pero la noticia ha inundado mi corazón.

Vamos a brindar por el futuro.

Enhorabuena, hija mía,

por la vida que vas a traer a este mundo.

-¿Se puede saber qué dice?

-Explícaselo tú, hija mía. No alargues más su desconcierto.

Diles que no he perdido el oremus,

que efectivamente te encuentras en estado interesante.

-Abandone ya sus juegos. No sé de dónde saca...

-No, Samuel, detente.

No sé cómo lo ha averiguado,

pero mi madre dice la vedad.

-Entonces, ¿estás...?

-Sí.

Estoy esperando un hijo.

-¡Es el día más dichoso de toda mi vida!

Pareces mohína, querida.

¿Te sucede algo?

¿Hablo con tu madre para cancelar la reunión de esta tarde?

No tienes que hacer público tu estado si ese no es

tu deseo.

-Te lo agradezco,

pero, por primera vez, creo que mi madre tiene razón.

Debemos anunciarlo antes de que se me aprecie.

-Si eso no es lo que te preocupa, ¿entonces qué?

¿Acaso no te hace ilusión

que seamos padres?

-¿No es bueno anunciar el compromiso?

-Bueno, ha debido perder el oremus.

Ni que fuera orgullo para la familia. Ya bastante bochorno es

que mi hermano nos sirva. -No hay nada de qué avergonzarse.

Tu hermano y Lolita están muy enamorados.

-Oigo hablar con demasiada ligereza sobre el amor,

como si decir esa palabra fuera un salvoconducto

para comportarse de forma inadecuada. -Luisi...

-Además, ¿no decían que tendrían que esperar un año para casarse?

Pues mejor que no levantemos revuelvo,

en un año pasan cosas. -A ver si quien entra

te arranca una sonrisa.

Lolita, dale un achuchón, a ver si me lo espabilas.

Por cierto, enhorabuena por el compromiso.

-Pues sí que estás mohíno. ¿Qué tripa se le ha roto a mi Antoñito?

-Nada, solo estoy dándole vueltas

a la mollera.

-Pensar demasiado tampoco es bueno.

A ver, ¿a qué le estás dando vueltas?

-A nuestro futuro.

-¿Pues porqué hay que cavilar sobre eso?

En un año, estaremos felizmente casados

y zampando perdices. -Ya.

Lo que no sé es cómo vamos a pagar las perdices.

Entre la miseria que yo cobro aquí

y que tú no tendrás muchos cuartos... -¿Cómo ha podido saberlo?

-El mismo doctor Martínez se lo ha contado.

No sé cómo averiguó que fui al hospital

y le sonsacó la verdad.

-Siempre parece estar dos pasos por delante de todos.

-Le faltó tiempo para llamar a Samuel y a Diego.

Pero, por fortuna, Samuel no ha tenido ningún atisbo de duda.

No quiero ni imaginarme

lo que hubiera sucedido si el miedo se hubiera apoderado de él,

si hubiera temido que Diego...

-Ya, ya te entiendo.

-Doña Susana se pasó nada más llegar del viaje,

pero se marchó a descansar.

Luego podrá verla. -No era a quien buscaba, sino a Vd.

Me extraña que regresaran tan pronto.

¿Ha ocurrido algo en el viaje?

-No, no ha ocurrido nada, ni siquiera lo que esperábamos.

-No entiendo. -Nadie nos esperaba en Salamanca.

No imagina el bochorno de doña Susana

cuando le aseguraron que el obispo no la llamó.

-¿Y cómo es posible? ¿Y la carta que la citaba allí?

-Era falsa, supongo.

Un ardid para sacarnos de aquí, no sé con qué fin,

porque no han robado nada. -Quizás solo fue

para burlarse de nosotros.

-Ahora entiendo el enfado de Elvira.

-"¿En qué te conviertes?".

¿Dónde está esa Elvira hermosa que disfrutaba acudiendo a fiestas?

Esa mujer murió en Estambul.

Deja de atormentarte por el pasado

y vuelve a convertirte en esa mujer.

Sal de este encierro y disfruta de la vida.

Demuéstrales a todos que nada puede derrotarte.

Tiene razón.

No tengo por qué seguir ocultándome. Le prometo que esta tarde

saldré de casa, tan radiante y hermosa como acostumbraba.

-Supongo que te llegó la invitación de Úrsula para esta tarde.

¿Vas a acudir? -Aún no lo he decidido.

-Si no te encuentras con ánimo, puedo quedarme a hacerte compañía.

-Por favor, Liberto,

deja de actuar como si nada hubiera sucedido, como si fuera normal.

-Rosina, no te entiendo.

Trato de darte gusto en todo.

Me pediste tiempo y te lo he dado.

Duermo fuera, trato de no atosigarte.

Pero no puedes pedirme

que no venga. -Es que no te lo pido,

te lo exijo, Liberto.

Pero no hoy ni mañana,

sino siempre.

-Ansío que el futuro niño sirva para terminar de unir esta familia.

-Dura carga para hombros tan pequeños.

-Es hora de que dejemos atrás nuestras diferencias.

No lo hemos tenido fácil:

la enfermedad de tu padre, tu hermano...

-La aparición de Olga.

-Sí. No me olvide de Olga.

Pero siento que mi familia sois vosotros.

Blanca, tú,

el niño.

Tenemos que permanecer juntos

para que nadie nos haga daño. -"¿Sabe mi hermano que vienes?".

¿O cree que estás visitando a mi padre?

-Algo así.

He pasado a verle antes de venir a tu casa.

Me parte el alma saberle solo e impedido.

Pero no he venido a hablar don Jaime, sino de mi estado.

-En esto estamos de acuerdo.

Es algo que deberíamos haber hablado antes.

-Diego, no quería que te enterases así.

No sabía que mi madre estaba al corriente.

No sabes cuánto lo siento. -No.

No, Blanca, no...

No quiero tus disculpas.

Simplemente que me respondas a algo.

-"Lo que tengo claro"

es que no me voy a pasar la vida siendo camarero

y que le debo dinero. Si pudiera triunfar

en un negocio propio, mataría dos pájaros de un tiro.

-Hijo, si el propósito no es malo.

-Lo único que necesitaría un soporte económico.

Así que, si usted me pudiera dar un pequeño préstamo,

yo se lo iría devolviendo, cuando haya beneficios, claro.

-Yo no puedo comprometerme hasta que no me presentes una idea

a la cual pueda ver su rentabilidad. Soy muy cuidadoso.

-¿Aunque esté al frente?

-Precisamente por eso tengo que tener más cuidado.

Perdone, doña Susana, aquí me tiene, mirando como una tonta

el pasador que me regaló Simón en lugar de faenar.

-"Deseo escuchar eso que debe comunicarnos".

-Empiezo a arrepentirme de que hayan venido.

Tal vez lo que tengamos que anunciar le haga daño.

-¿No es una buena noticia?

-Lo es para mi esposa y para mí, pero...

-Entonces no tema,

yo jamás sufriré porque la fortuna sonría

a los que estimo.

Ahí viene su esposa.

-Ya parecen haber venido todos.

-Vamos.

Lo quieras o no, hoy tú serás la protagonista.

-Ya está aquí mi hija.

Podemos comenzar.

  • Capítulo 635

Acacias 38 - Capítulo 635

08 nov 2017

Simón decide acompañar a su madre y a su mujer a Salamanca y frustra los planes de Elvira. Casilda habla con Servando sobre Paciencia. El portero reconoce que el cariño de Juana es porque echa mucho de menos a su mujer. Úrsula niega conocer a Olga para acallar las maledicencias de las señoras.

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