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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 634 - ver ahora
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Dejadme sola.

No quiero verte. Vete de mi casa,

de mi vida. Vete, Liberto.

-Madre, por favor. -¡Por favor, vosotros!

¡Escuchad lo que digo!

Por favor, largaos.

-"Se confirma"

que la procesión de la Virgen con nuestro manto

pasará por Acacias.

-Felicidades. -Esperen, hay más. Quieren saber

si podemos cortar y bordar una capa que será enviada...

Ay, que no se lo van a creer, será un regalo

para el Pontífice León XIII. -"Le dije a tu hermano"

que tenía mi bendición, aunque no esté de acuerdo

en algunas cosas. -Ya lo has escuchado.

Anota que Lolita es mi novia. Te debes referir a ella

como tal. Si no,

tendremos más que palabras.

-"Solo se levanta el que cae". -"Y yo he caído,"

pero ahora me levanto con más fuerza que nunca.

Me merezco un futuro halagüeño.

Si ese mayordomo ha decidido casarse con otra,

yo también encontraré al hombre que me haga la mujer

más feliz del mundo. Esa es mi hija.

-Jamás había visto

algo tan bello como ese bordado. Mis felicitaciones y mi respeto.

-"Tú robaste la tiara real de la exposición".

-No sé de qué me hablas. -¡Dime la verdad!

¡Se te nota en los ojos!

Fuiste tú. Tú robaste

la tiara. -"Anoche me llegó una carta"

de un perista conocido de mi padre; Don Ricardo Antequera Parilli.

Alguien intentó colocarle la tiara, y me informó.

-Pero ¿es de fiar? ¿Lo sabe la policía?

-He estado con don Ricardo y con el comisario

planificando su recuperación.

Don Ricardo no acudirá a la cita.

Lo haré yo. -"Tiene que ser este sitio".

"Debajo del puente", tal y como decía la nota.

-Este lugar está lo suficientemente apartado

como para encubrir una agresión

y facilitar la huida. -No se agobie.

Estará vigilado y protegido en todo momento.

El comisario Méndez ha pedido que no le dejemos correr peligro.

Ya sabe, finja.

Finja serenidad, como si estuviera habituado a estas lides.

No le quitaremos la vista de encima.

Cuando entregue la joya, intervendremos.

-¿Y si no trae la tiara

y solo quiere mi dinero? -Despreocúpese.

En cualquiera de los casos, llegaremos a tiempo.

Concéntrese en parecer sereno.

Mire, los delincuentes, como los animales,

notan la duda.

-(SUSPIRA)

-Señor Alday,

todavía está a tiempo. No tiene por qué arriesgarse.

-(SUSPIRA)

No, lo haré, por mi padre y por ayudar a la justicia.

-Vamos.

¿Es usted Ricardo Antequera Parilli?

-¿Qué quieres de mí?

-Le he traído esto.

-Quieres que la compre. -Para eso he venido, ¿no?

Deme algo por ella, lo que sea.

Lo necesito para comer.

No tengo nada que llevarme a la boca.

Por unas pocas pesetas,

es suya. Haga el favor, caballero.

-No puedo hacerlo.

Pobre infeliz. Yo no soy un perista.

Solo soy el encargado de que esa joya vuelva a su dueño.

Has caído en una trampa. ¡No, no trates de huir!

La policía te está vigilando. Si doy aviso, te detendrán.

Esta tiara es una joya real. Es imposible que la vendas

sin que te atrapen.

-No me entregue a la policía, por favor, señor.

No tengo padres y mi abuela

acaba de entregar la pelleja por el hambre.

-¿Cómo robaste algo tan valioso?

-Andaba por la calle, vi a gente entrando y saliendo con bandejas

y pensé que igual podía agenciarme algo de comida.

Esto no es un panecillo. -Me colé por la escalera

de servicio. Había tanto jaleo... que robé lo primero que vi.

Si lo hice,

fue nada más que por hambre.

-Alma de cántaro...

Esa tiara... no vas a poder venderla nunca.

Pero esto sí.

Si eres lista, seguro que podrás sacar unos duros por ellos.

No saques menos de 20, ¿me oyes? No los vendas por menos.

Desde donde está la policía, les es difícil vernos.

Coge los gemelos y vete a escape,

pero, antes, deja la tiara al otro lado del puente.

¡Venga, corre!

¿Estás cansada, hija?

No. Cansada, no.

¿Y dónde has dejado el ánimo que te embargaba

camino de la procesión?

Bueno, sí, solo un poco.

Ha sido una procesión muy bonita.

Sí, muy vistosa.

En fin, voy a cambiarme.

El muy cretino..., ahí,

al lado de esa mosquita muerta.

Admirando el manto que solo las manos de una beata pueden tejer.

¡Hipócritas, él y ella! Hipócritas del demonio.

Pero esto no va a quedar así.

No van a disfrutar mucho más tiempo de su hipocresía.

"Doña Susana,...

viuda... de Séler".

"Muy señora mía..."

Es la primera vez que la veo

tomarse un coñac en La Deliciosa, madre.

-No era para menos, teníamos que celebrar.

-Siempre da alegría

ver procesionar a la Virgen. -Y más si lleva nuestro manto.

-Ha podido verlo toda la ciudad.

La sastrería estará en boca de todos.

-Y gracias a la buena mano de Adela. Has hecho el trabajo de tu vida.

-Solo he hecho mi obligación. -Y de largo.

No hay más que ver la cara de asombro

de todas las vecinas. -Tiene una joya en el taller,

el orgullo de la calla Acacias. -¡Calla!

Me vas a sacar los colores. -No he dicho nada que no sea cierto.

Lo siento, me voy. Me queda trabajo pendiente

en casa de doña Celia. A más ver.

Han dejado un sobre bajo la puerta. Es para usted. De...

el ilustrísimo don Tomás Cámara y Castro.

-El padre Cámara, el obispo de Salamanca.

(LEE) "Doña Susana, viuda de Séler. Muy señora mía,

ha llegado hasta nuestros oídos

el buen trabajo que ha realizado su establecimiento

con el manto de la Virgen de la Catedral".

"Parece que cuenta en su plantilla con una bordadora

fuera de lo común". -¿Lo ves? Hasta los obispos

conocen tu trabajo. -Espera, esto es lo mejor.

El obispo va a mandar un coche para recogernos,

quiere invitarnos a su residencia.

Para encargarnos un importante trabajo.

-Esa es una noticia magnífica.

Debe aceptar

esa invitación a escape. -Empecemos con los preparativos.

Llevaremos dos baúles, con ropa. -¿Es para tanto?

Salamanca no está al otro lado de los mares.

-No vamos a ir con un solo vestido a ver a un obispo.

Debemos demostrar lo que esta casa sabe hacer.

Adela, tenemos que preparar las cosas.

-¿Es necesario que la acompañe?

-Claro, tú eres la principal artífice.

No vas a faltar a esa cita.

-¿Qué te ocurre? ¿No te agrada este viaje?

-Es que yo no estoy hecha a andar por los caminos.

Es más de mi gusto

quedarme en casa.

-Pero es un gran reconocimiento para ti

y para este negocio.

Además, no puedes contradecir a un obispo.

-Sería absurdo presentarme yo sola ante su ilustrísima.

Si tú eres la artista, mujer.

-Está bien, si insiste tanto,

haré un poder y la acompañaré en el viaje.

Voy a ver si necesitamos llevarnos algo de aquí.

-Ay, Dios mío.

Qué barbaridad, vaya faena que hemos tenido

después de la procesión.

-Sí, no he parado ni un instante.

-Parece que la fe da hambre a las beatas.

-Y antojo

de chocolate con churros.

Buenas noches. -Buenas noches.

Ponme una copa de cazalla, Víctor, haz el favor.

-¿Ahora, Liberto?

Vamos a cerrar. Hemos tenido un día

de órdago a la grande. -Me hago cargo,

pero necesito algo de compañía.

-Vale, pero solo mientras acabamos de recoger.

Ahí lo llevas.

¿Qué te ha pasado? Algo gordo ha tenido que ser

para que te bebas la copa sin pestañear.

-Lo peor que me ha ocurrido en mucho tiempo:

Rosina me ha echado de casa.

No sé cómo no habéis escuchado los gritos en el barrio.

-De mucha enjundia debe de ser lo que le has hecho

para que trate de esa guisa.

-Eso es lo peor de todo, aún no conozco el motivo.

Algo debió sentarle mal en el ágape. Se encerró en su cuarto

y, finalmente, me puso de patitas en la calle.

-¿Y no te ha dicho por qué? -No. Solo me dijo que me marchara.

¿Qué diablos habré hecho mal? ¿Por qué me rehúye de esta manera?

La policía ya se ha puesto en contacto con la Casa Real

para devolverles la tiara. -Qué alivio me producen sus palabras.

-Vamos a dormir más a gusto después de que este asunto

se haya resuelto tan satisfactoriamente.

-¿Cómo consiguieron las joyas sin ninguna detención?

-El ladrón no se presentó. Cuando estábamos de vuelta,

descubrimos la tiara cerca del lugar acordado.

-¿No había ningún rastro?

-No. El ladrón, al ver a la policía, tal vez creyéndose atrapado,

tiró el botín en cualquier parte.

-Es extraño. Lo más lógico es que el ladrón escapara con la joya

y la intentara colocar en algún otro lugar.

-Sí, eso es cierto. A la postre,

lo único que demuestra es que el delincuente

no era muy listo. -Lo importante es que esta pesadilla

se ha terminado. Se ha hecho tarde...

y aún tengo asuntos que atender. -Le acompaño.

-Con Dios.

-La historia es un tanto bizarra, Samuel.

-Fue Olga, la estás encubriendo. ¿No es cierto?

-No sé quién era el ladrón, pero no era Olga.

Vi a un hombre fornido acercarse a la zona

y salir corriendo.

-¿No te das cuenta de que lo que estás contando es una...?

-Propongo un brindis por la pronta solución

de este entuerto. -Ahórrese el gasto.

No pienso hacer mi copa con usted.

La grosería de tu hermano

no tiene límites.

Brindemos.

Por Samuel y la recuperación de la tiara.

-Me van a disculpar.

Me voy a la habitación.

-¿No vas a cenar?

-No tengo apetito. Me voy a dormir,

es lo único que deseo hacer ahora.

-¿Qué le ocurre?

Lleva unos días más extraña

que de costumbre.

-(SAMUEL SUSPIRA)

Te voy a poner otra copa. -No, gracias.

Tampoco quiero ser un estorbo.

-Además, ya estabais cerrando. -Razón de más

para que nos tomemos algo entre nosotros.

Ahora empieza la hora de los amigos.

Niña, vete marchando,

que lo que queda lo recogemos nosotros.

-Espero que a ti te vaya mejor, Antoñito.

-No te creas, empiezo a estar harto

de que todo el mundo hable

de mi relación con Lolita. -Ya sabes cómo son en este barrio.

-Sí, pero cuando dicen que todo lo hago para darle disgustos

a mi padre o que lo mío con Lolita no va a durar,

no puedo evitar que me duela.

-La gente no tiene ninguna consideración.

-¿Quiénes son para hablar con esa ligereza?

-La mayoría, clientas nuestras.

Así que mide tu reacción cuando oigas algún comentario.

-No sé si voy a poder.

Me hierve la sangre cuando escucho algo

que me atañe. -Pero a lo mejor esto...

te sirve de aliciente para aguantar a nuestras clientas.

Los jornales que te debo. -Pues algo ayudará, claro.

-Ah, espera, dame.

Dame, dame.

Mira, estos son las tazas que rompiste

y esto, los clientes que he perdido por tus tonterías.

-Para, a ver si al final te voy a pagar yo a ti.

Más que una sanción, deberías darme un premio.

-Y no le falta razón.

Ha resultado ser un patrón de lo más despiadado.

-Que estoy de broma, hombre. -Pues el dinero no es asunto de broma

ni pitorreo.

-Te lo has ganado. Has demostrado ser un buen camarero.

-Solo queda saber qué uso le voy a dar a este capitalito.

(TODOS RÍEN)

Oye, no me mires así, tampoco es para tanto.

Además, te acabo de sacar del cajón.

Que no, que no he hecho nada con la Juana

de lo que me tenga que avergonzar. Te he sacado para verte

y para que te vea ella, para que sepa que existes.

No, no, si no hace falta que me des las gracias.

Si con que me quites esa cara de mala uva

ya me vale.

-Lo que le faltaba, Servando,

hablando solo, ¿eh? Está a un paso de cazar moscas por la calle.

-No digas tontunas, que no estoy para chanzas.

-¿Qué ocurre, se encuentra mal? -Estoy peor

que el que se tragó los trébedes. -¿Otra vez

se ha atiborrado de castañas? -Ojalá, se quitaría con bicarbonato.

No, esto es peor, es... que no sé cómo librarme de la Juana.

-Ah, amigo, se lo advertimos. Pero como el que oye llover.

Pues le está bien empleado.

Por presumido y por glotón.

-No me digas cosas que ya sé, y cavila un poco

para ver la manera de sacarme de este brete.

-Lo tiene bien fácil.

Hable con ella, y santas pascuas. -Menudo chasco

se iba a llevar. ¿Y si le doy esquinazo durante unos días,

a ver si se le olvida?

-Mal asunto es ese, Servando.

Yo lo intenté con Enriqueta. ¿Se acuerda de ella?

-Oh, no me voy a acordar, menuda mujer.

A esa sí que le iba a dar yo portazo.

-Por no poner en su momento los puntos sobre las íes,

casi me cargo mi matrimonio.

No le dé más vueltas.

Plántele cara, hable con la Juana y soluciónelo.

Además, parece que se está entusiasmando.

-Tienes razón. Hay que coger el toro por los cuernos...

¿Quién dijo miedo?

-Mire, ahí la tiene. Báilela.

Pero será gallina. -¿Está el Servando?

Había quedado con él

para trajinarnos una tortilla. -Juana, Servando...

ha tenido que salir a hacer unos recados.

Me temo que volverá muy tarde.

-¿Cómo dice?

-Que Servando no está, que ha tenido que salir.

Volverá muy tarde.

Pero...

Si quiere, puede dejarme la tortilla a mí.

Yo me encargo de que no se estropee.

-¡Chist! De ninguna de las maneras.

Esta tortilla solo la cata Servando.

-Vaya por Dios.

(SUSPIRA)

La procesión fue muy emocionante.

-Sobre todo, por ver a la Virgen bajar con ese manto,

parecía que había caído del cielo.

-Nunca había visto un manto más fino.

-Sí, todo el mundo dice que es un buen trabajo.

-No seas tan modesta.

No creo que el obispo de Salamanca invite a cualquiera a su casa.

-No es baladí conocer al padre Cámara.

Dicen que es un santo varón.

-Va a construir un hospital para atender a los enfermos de peste.

-¿Y sabéis si os va a hacer algún encargo?

Porque viajar para nada es tontería. -Es de entender que será algo

de mucha enjundia.

Me estoy viendo entrando en su palacio y besándole el anillo.

(RÍEN)

-Al final termináis en Roma bordándole las casullas

al Papa. -Aún no me lo puedo creer.

Claro, tanto trabajo

da su fruto. -Usted se merece esto y más.

-Ay...

Tantos años confiando en el talento de mi hijo Leandro...,

y ha tenido que ser Adela

la que nos lleve a la cumbre. -No ha sido para tanto.

-Para eso y para más. Cuando lleguemos a Salamanca,

te voy a invitar a un plato de jamón. -Con tu permiso, me levo la revista.

Lo mismo me animo

a hacerme un vestido. -Muy bien.

Tendrás que hacer el encargo pronto,

vamos a tener tanto trabajo que igual no puedo ni atenderte.

-Di que sí, que dure mucho esta buena racha.

-He escuchado risas desde la calle y me he acercado a ver qué ocurría.

-¡Qué exagerado! -Les convido a todas ustedes

a un chocolate para que me contagien su buen humor.

-¡Olé, olé, olé! ¡Claro que sí, nos apetece un montón!

-Y picatostes, que mi prometido tiene que hacer negocio.

-Eso está hecho. ¿Se animan? -Por supuesto que sí.

Siento no tener otro brazo para ofrecerle.

Esperemos a que venga pronto Felipe para que me ayude

a atender a tanta bella dama. -¡Uy!

¡Anda, tira! (RÍE) -Señoras...

-Ay... Hay días en que sabes que todo va a salir de perlas.

¿Qué tienes, chiquilla? Parece que te vas a echar a llorar.

-No... no sé cómo decírselo.

No quiero ir a Salamanca.

-¿Qué me estás diciendo?

(Puerta)

¿Estás bien?

Ya ha pasado la hora del ángelus.

-No tengo ganas de nada.

Voy a quedarme aquí un poco más.

-¿Estás segura de que no quieres que llame a algún doctor?

-No es necesario, Samuel.

Solo estoy un poco decaída.

-Me preocupa que sea algo más.

¿No tienes hambre? Estás siempre floja

y siempre tienes sueño.

Tal vez necesitas algún reconstituyente.

-No sufras por esto.

Con un poco de descanso estaré mejor.

Samuel.

Hay...

algo que quiero preguntarte desde anoche.

No me gustaría quedarme con la duda. -Dime, no tengo secretos para ti.

-Lo que nos contaste de cómo apareció la tiara, no es cierto, ¿verdad?

-No lo es.

-¿Estás encubriendo a Olga? -No.

A una infeliz mucho más desvalida. La que apareció fue una pobre niña.

No tendría más de 10 años.

En un descuido, se coló en la fiesta y se llevó la tiara.

-¿Por qué no permitiste que la detuvieran?

-No pude. La vi tan desamparada que no tuve estómago para entregarla.

Era una pobre huérfana. -Sabes que te ha engañado

para que sintieses lástima por ella, ¿verdad?

-Sí, lo sé perfectamente. -¿Y no te importa?

-Imagínate la pobre vida que ha tenido que llevar

para, a tan corta edad, tener que mentir y robar.

-Me doy por satisfecho con que lo que le he dado

le dé para no pasar hambre.

-Ah, ¿le has dado algo? -(RÍE) Sí, mis gemelos.

-Eres un trozo de pan tierno.

-No, simplemente he ayudado a una pobre chiquilla.

-Y esa pobre chiquilla, esté donde esté,

sabrá que hay gente bondadosa.

Gente que hace de este mundo, un lugar mejor.

Veo que el negocio de los títeres va viento en popa.

-¡Virgen santa!

-Descuida, que soy yo. ¿Esperabas un aparecido?

-Te hacía en comisaría.

¿No tenías una reunión con Méndez? -Ya lo he hecho.

Quiere que me incorpore cuanto antes. He estado haciendo

el papeleo. Mañana mismo podré reanudar mi trabajo.

-¿Y no será un poco pronto?

-Las heridas han cicatrizado.

Me dijeron que podía volver a mi vida normal

si no cometía excesos.

-Si es así... -Por cierto, ha aparecido la tiara.

El mismo comisario Méndez

ha entregado la joya a la Casa Real. -¿Y cómo es posible?

¿Han encontrado al culpable?

Olga, como nos aseguró Diego Alday.

-No se sabe a ciencia cierta.

El comisario cree que el ladrón, fuera quien fuera,

se asustó y abandonó el botín.

-¿Y tú qué crees? -No lo tengo claro,

pero lo que nos contó Diego tiene sentido.

Podría ser esa mujer.

Por eso quiero que estés prevenida.

Si lo que nos contó el joven Alday es cierto,

Olga no está en sus cabales. Quiero que estés alerta.

-Si tú lo dices... -Tranquila, te iré informando

de todo lo que me cuente Diego.

-¿De todo lo que te cuente? Sí que habéis hecho buenas migas.

-Cuando te fuiste, estuvimos hablando.

Es un hombre formidable. Se nota que tiene mucha vida

a sus espaldas. -Y una profunda amargura

en su interior. -Oh...

La pasión que siente por Blanca le provoca una gran zozobra.

(AMBOS SUSPIRAN)

Qué suerte tenemos de tenernos el uno al otro.

-No sabes cuánto he echado de menos tenerte así de cerca.

Cuando estuve en aquel hospital,

en Francia, antes de que me trasladasen,

lo único que pensaba era en estar a tu lado.

Le dije a los médicos que no te dijeran

lo grave que había sido el accidente, para que no te asustaras.

Pero, la verdad, no esperaba sobrevivir a aquel viaje.

-No quiero ni pensar en que podría haberte perdido.

No lo soportaría.

-Ahora ya todo pasó.

Estamos juntos de nuevo.

Espero que esto le haga a usted el apaño.

-Un poco pequeña, pero algo podré meter.

Si es que a la postre nos vamos. -¿Cómo que si nos vamos?

¿Se está pensando el viaje? -Yo no, pero Adela

se niega a ir. -¿Por qué?

Si es una recompensa a su buena labor.

-Ya me barrunto por qué debe ser.

Me tendré que esmerar para convencerla.

-Esmérese. No está la cosa para perder buenas oportunidades.

-Ya lo creo. Pocas cosas voy a poder meter.

-Si se va solo una noche, por Dios.

-Ya, pero no sabes lo que una mujer tiene que llevar consigo, y más

si es una señora como yo. -Ya me barrunto

la cantidad de boberías que se va a llevar

para una noche. -Más respeto.

Además de una mujer de edad, soy tu abuela.

Espero que el próximo viaje que haga esta maleta sea contigo,

y a París.

Ya va siendo hora de que vayas a ver a tus padres.

-Ya me gustaría, abuela,

pero La Deliciosa no me deja un día libre.

-A los buenos días. -Liberto...

-Víctor,

¿te importaría dejarnos a solas?

-Por supuesto que no. Además, que yo ya me iba.

Si no le hace el apaño, intento buscarle otra.

-Descuida, que me apaño.

¿Aún no te ha dado explicaciones Rosina?

-Ni una pizca.

-Pues en ese caso,

yo no puedo decirte nada.

-Tía, que me ha echado de casa. Acabo de pasar la noche en un hotel.

Creo que merezco un porqué.

-Ya veo que estás pasando las de Caín,

pero... es Rosina la que debería contarte

lo que ha sucedido.

-Tan solo dime si ha perdido al niño.

Es eso, ¿verdad?

No voy a ser padre.

¡Tía, por Dios!

Que estoy en un sinvivir. -No puedo verte sufrir así.

Rosina no ha perdido el niño, es que nunca ha estado embarazada.

-Bueno, pero ahora,

que nos hemos hecho ilusiones con ese embarazo,

podemos buscarlo.

Será mucho más bonito,

ahora iremos tras él. -Eso no va a poder ser.

-¿Por qué? Estamos sanos.

Y tampoco escatimamos en el uso del matrimonio.

-Esto es muy delicado, debería contártelo Rosina,

pero no te voy a dejar con la duda.

Rosina es demasiado madura para tener hijos.

-Mejor.

Si eso es lo que más me gusta de ella, que no es una niña alocada.

Y tiene mucha experiencia en esto de ser madre.

-¡Qué obtusos sois los hombres! Rosina es demasiado añosa,

su cuerpo ya no está para estos menesteres.

-No puede ser, si Rosina está en la flor de la vida.

Está lozana, como una veinteañera.

-Así es como la ves tú, pero no es verdad.

Los años y la naturaleza no perdonan.

Nunca podréis tener hijos.

-Pobre esposa mía.

Tiene que estar desolada.

-Figúratelo.

Tienes que apoyarla en todo lo que puedas...

y no presionarla,

dejarla que llore su pena.

Y ya te estás trayendo todas esas cosas

que te has llevado al hotel.

Te vas a quedar aquí hasta que amaine el temporal.

No puede estar escondiéndose todo el día.

-¡Chist! Me vas a descubrir.

-Yo no puedo hacer el trabajo de los dos.

Menuda excusa se ha buscado

para no dar palo al agua. -Baja esos humos.

Sigues siendo el subalterno.

Harás lo que se te toque. -Lo que usted diga.

Don Ramón ha preguntado por usted. A ver si a ese le mangonea.

-Ah, pues sí que se está poniendo turbio el asunto.

-Como siga así, va a perder su trabajo

y su matrimonio en la misma baza.

¡Debe echarle arrestos, y plantarle cara

a la Juana! -Que no, no le digo nada,

aunque me aspen.

-¿Qué es lo que no me tiene que decir?

-Con lo sorda que está, ha tenido que escuchar esto.

Hay quien nace estrellado. -¡Che!

-Tenemos un paseo pendiente por la ribera del río.

A ver, ¿cuál es ese secreto,

picarón? -Pues...

no va a ser posible ese paseo

porque estoy más ocupado que el ministro de la gobernación.

-No se preocupe por eso.

Ya me encargo yo de hacer la faena.

Usted vaya a darse un garbeo con la Juana.

y a hablar de lo que se tercie, que me da a mí

que es mucho.

-Esta me la pagas.

Es que mi sentido de la responsabilidad

no me lo permite.

Los porteros somos como los médicos,

tenemos que estar siempre dispuestos cuando nos llaman.

-Para eso está el Martín. Pocas urgencias habrá

a las que deban ir los dos. -¡Uh!

No crea, más de una. -Servando, despreocúpese.

Ya me encargo yo. -¿Cómo dice?

-Que ya pueden ir ustedes a pasear.

-Pues arreando, que "pa" luego es tarde.

-(ENTRE DIENTES) Estas me las pagas.

-Sí, lo que usted diga, pero haga lo que tenga que hacer,

que así se las ponían a Fernando VII.

(LOLITA) "Menos mal que ya nadie"

se acuerda del escándalo de la señorita Elvira

en el barrio. -Ha sido un alivio.

Ya solo quiero concentrarme en lo que sea mejor para mi esposa.

-La que está en la picota es una servidora.

No puedo salir sin que la gente cuchichee a mi paso.

Eso me pone de mala uva. -Paciencia.

Es cuestión de días, hasta que encuentren otro cotilleo.

-Ya. Hasta los del altillo cuchichean a mis espaldas.

-Bueno, pero no te lo tomes a mal. Lo hacen sin mala intención.

-Ya, si ahí arriba me quieren bien,

pero me gustaría más que hablaran del tiempo. (RÍE)

(AMBOS RÍEN)

-Pero ¿qué te pasa?

¿Tanto te afecta, que has perdido el oremus?

-No, me estaba despiporrando

porque me estaba acordando de la cara que pusieron todos

cuando le di el beso a mi Antoñito.

-La verdad es que diste la campanada,

pero el amor es así de maravilloso, ¿no?

-Bueno... -O casi siempre.

(Puerta)

Simón, doña Susana quiere verte.

(RÍE) Me voy a la cocina, que allí tengo tarea.

Y así pueden hablar a sus anchas.

-¿Qué sucede para que venga a buscarme aquí?

-No puedo callármelo por más tiempo. Adela se niega a ir a Salamanca.

-¿Y sabe usted por qué?

-Hijo, es blanco y va a en cántaros.

Sabe que Elvira anda al acecho

y no quiere arriesgarse a dejarte solo.

-Pues ni que fuera un niño al que hay que vigilar.

¿Qué se ha creído mi esposa? -Baja esos humos.

Has estado en boca

de todos por tu adulterio.

No es menester que te pongas tan digno.

Es natural que esté preocupada

y que no se fie de ti ni de las intenciones de Elvira.

¿O tú no estarías con la mosca

detrás de la oreja? -Sí, no le falta razón, madre.

Tienes que hacer que se sienta más cómoda

y que se avenga a acompañarme a Salamanca.

Nos jugamos el prestigio. -Y la cordura de mi esposa.

No debe ser fácil vivir con esa duda encima.

-Pues a ver qué haces para que se sienta más segura.

-Descuide, madre.

Ese va a ser mi mayor interés.

Carmen...

¿Qué hace esto aquí?

-Es la merienda

de doña Blanca. Pensé que podía apetecerle

algo de dulce, pero no ha comido apenas nada.

-Eso no es excusa

para dejar las cosas de por medio. -Tenía la esperanza de que más tarde

se animase, pero solo le apetece estar acostada.

-Yo también la noto extraña,

muy cansada y con poco apetito. -Se me abren las carnes

cada día que pasa sin que apenas pruebe algo de comer.

-¿Cuáles son sus hábitos últimamente? -Lo que le digo,

no prueba bocado. Deja los platos

que le sirvo llenos y pasa las horas muertas en la cama.

Solo sale para dar algún paseo con Leonor.

-Es más alarmante de lo que me figuraba.

¿Qué será lo que le ocurre? -No lo sé, señora.

Pero cada día que pasa está más extraña.

-Espero que Olga no le esté haciendo daño

de algún modo. -No.

No creo que pueda perjudicarla.

Los paseos que da son largos, pero siempre va acompañada.

Y ella no puede entrar en esta casa.

-Puede que se hayan aliado a mis espaldas.

-Señora, me parece que está usted fantaseando en exceso.

Para mí,

que lo que le pasa a Blanca es que está enferma.

-No creo haber pedido tu opinión.

Tengo que enterarme de lo que le sucede.

Quiero que la vigiles.

-Cuente con ello.

-Entérate de todo lo que hace a cada minuto, sin perder

ni uno solo.

He de saber lo que le ocurre.

Conviértete en su sombra.

¿Has entendido?

Mucho me parece para una criada, si hasta tiene un brillante.

-Ojalá. Es vidrio tallado.

Que el sueldo de camarero no da para más.

-Pues brilla como una estrella. -Como mi Lolita.

Aunque no sea muy caro,

me he esforzado en encontrar el más bonito para ella.

-Eso es lo fetén, el cariño que se ha puesto

en la compra. -Quiero demostrarle

que voy en serio.

Después de hacerlo público y hacerlo de una forma...

-Tan desacertada.

-Fue muy bonito que se expusiera delante de todos los vecinos

por defender nuestro amor, así que ahora me toca a mí

hacer lo propio. -No se puede decir

que le falte valor, no. -Cuando le pida matrimonio,

se acabarán todas las habladurías.

-O se dispararán, pero eso ya se verá.

Yo... me alegro de corazón por ella.

Lo que no logro entender es que pinto yo en "to" esto.

-Lolita no tiene quien le represente en estos asuntos. Y tú

eres lo más parecido que tiene a una madre.

Me gustaría que nos dieras la bendición cuando le pida la mano.

-Pero ¿se puede ser más bonito? -¿Eso es un sí?

-Ay, mira, sí.

Al principio, no daba una perra chica por estos amoríos,

pero veo que ahora la cosa va en serio.

Muy bien, cuenta conmigo.

Y lo que necesitamos es alguien que haga las veces de padre.

Que hace falta la figura de un hombre en estos casos tan formales.

-Sí, pero no encuentro a nadie para que ocupe ese papel.

-Bueno, si le parece bien, se lo puedo decir a Servando,

que le tiene mucho aprecio a la chiquilla.

-Servando... ¿Y no hay nadie mejor?

-Pierda cuidado, que sabrá estar a la altura.

-Bueno, vale, decidido.

Yo les diré cuándo tienen que venir a mi casa.

Pero silencio, va a ser una sorpresa.

-Se lo juro por estas. A ver dónde está Servando,

no le he visto en la portería en todo el día.

-Se ha marchado con Juana. -Yo me encargo de encontrarle...

cuando termine de trabajar. -Muy bien,

que está esto hasta la bandera. Venga.

-Víctor...

¿Estás seguro de que se ha ido con la Juana?

-Tan seguro como que si no me doy prisa,

se me enfrían estos chocolates.

(Puerta)

-Madre. -Por el amor de Dios, déjenos pasar.

-¡No! No quiero ver a nadie. -Me da igual.

Madre,

no voy a permitir que siga torturándose de esa forma.

Ay, por el amor de Dios, mírese.

Si parece que le ha atropellado un carro.

-Ojalá. ¿Por qué no me llevará el Señor a su seno?

-Deje de decir enormidades y cuénteme lo que le pasa.

-No, déjame sola, por favor. Ni puedo ni quiero contarte nada.

-Doña Rosina, déjese usted de melindres,

por amor de Dios.

Se está comportando como una niña mimada.

No sabe lo que está sufriendo su hija.

Ahí, esperando a la puerta todo el día.

-Madre...

Madre, me tiene muy desasosegada.

Cuénteme qué es lo que le pasa.

-Dirás qué es lo que no me pasa.

(RESOPLA)

No estoy en estado de buena esperanza.

-Ya, ya, ya me imaginaba que... iba por ahí.

Pero no ha de preocuparse.

No es a la primera mujer a la que le ocurre.

-Nones, fíjese usted, la Encarna, una de mi pueblo,

nada más casarse, perdió un chiquillo en el embarazo.

Dos meses después, ¡embarazada de gemelos!

-Que no, que no es eso.

¿Qué sabréis vosotras dos de la misa a la media?

No estoy embarazada ahora ni voy a estarlo nunca.

Ya no, nunca más, porque...

soy yerma.

-No... -Sí, sí, como un campo de sal,

yerma.

-Cariño, déjame entrar, por lo que más quieras.

-¡No quiero verte! Casilda, no le dejes.

(Puerta)

-En algún momento va a tener que dar la cara.

¿Qué cara? ¿No ves cómo estoy? Necesito más días, más días.

No quiero verle.

-Ay...

Anota. Y 62...

de cintura. Quiero que el vestido

quede muy ceñido,

que marque bien mi figura. -Aquí tenemos un estilo

que no queremos cambiar.

Pero les gustará complacer a sus clientas.

Quiero el vestido con un generoso escote.

Así lo haré. No soy yo

la que lo tiene que llevar. ¿Qué te parece esta tela?

Buena... para hacer sacos o hábitos de monja.

No parece cosa suya este género.

Ni cosa tuya tampoco.

Esta no es forma de comportarse para una señorita.

No la entiendo. ¿Le escuece que no comparta su estilo?

Parece mentira, Elvira.

Lo que las dos hemos pasado... Lleva muy mal

las críticas.

Estará conmigo en que esta tela es áspera,

como la lija, un saldo. Tienes que saber

que en este establecimiento solo trabajamos con buenos paños.

No en vano, recibimos encargos hasta del Vaticano.

Hasta tenemos una invitación para ir a Salamanca,

a conocer al obispo.

Bonita ciudad.

¿Cuándo inician el viaje?

Mañana mismo partimos. El padre Cámara

tiene muchas ganas de conocernos. Voy a buscar

otra tela, a ver si a esa le pones tantos peros.

Tengo que felicitarla por su éxito en la vida.

Quién se lo iba a decir cuando estaba en el convento.

Parece que todo marcha viento en popa;

su matrimonio,

su trabajo... Es usted una mujer muy afortunada.

Ya veremos cuánto le dura.

La vida es imprevisible y todo puede cambiar

en un suspiro.

No lo olvide.

¿Qué le has dicho?

¿Yo?

Nada.

Esa mujer siempre ha padecido de los nervios.

Una pena.

Aquí me tienes. ¿No podrías haber pasado por casa?

-Sabes que odio ese cuervo que revolotea por ahí.

-¿Qué es eso tan principal de lo que quieres que hablemos?

-Sé que me has mentido.

Exijo que me cuentes toda la verdad.

¿Tampoco estaba la cena a su gusto?

-No te apures, Carmen, seguro que estaba exquisita.

Soy yo la que no puede probar bocado.

En cuanto me llevo algo a la boca, me dan náuseas.

-No puede seguir así. Debería consultar con un médico

esa falta de apetito. -No es nada.

Seguro que unos días estaré mejor. Es solo un poco de apatía.

-Lo que usted diga, pero para mí que es algo de más enjundia.

(Puerta)

-¿Cómo te sientes esta noche? -Algo mejor.

Carmen, por favor, cierra la puerta al salir.

-Por fin he conseguido que mi madre me cuente lo que le pasa.

No está embarazada.

Ha llegado a esa edad

en la que las mujeres no podemos tener descendencia.

-Lo lamento mucho, Leonor. Lo lamento por los tres.

Me consta lo mucho que deseabais tener un niño

correteando por la casa.

-Agradezco tu comprensión.

Si te lo cuento, es porque quiero que veas

que muchas mujeres que se creen que están embarazadas,

a la postre, no lo están.

-No es mi caso.

No me queda ninguna duda.

Ni de mi preñez ni de quién quiero que sea el padre de mi hijo.

-¿Y qué has decidido?

No tengo nada que contarte.

-Samuel, estás muy equivocado en tu forma de proteger a Blanca.

No tiene ningún sentido que ocultes a Olga.

Fue ella la ladrona.

-Eso no es cierto.

La tiara la robó otra persona, no insistas más.

En cuanto a Blanca, cómo la protejo es un asunto que no te incumbe.

No eres quién para opinar sobre nuestro matrimonio.

-Solo trataba de ayudarte.

-Guárdate tus buenas intenciones.

Blanca es mi esposa, y tú no cuentas nada en nuestras vidas.

-Ya veo lo mucho que te importa que seamos hermanos.

-¿Te estás acercando a mí

con verdadera preocupación de hermano

o por lo que sientes por Blanca?

Una vez perdiste la batalla de hermano mayor,

asúmelo de una vez.

Blanca es mi esposa.

No solo dejó escapar a la ladrona,

sino que, además, le regaló sus gemelos

para que pudiese comer

una buena temporada. -Samuel es oro molido.

-Tiene un corazón enorme, es tranquilo, generoso, cumplido.

Todo lo contrario que Diego, siempre violento y arrebatado.

-Hay que reconocer que los hermanos son distintos como el día y la noche.

-Por eso no tengo ninguna duda, Leonor.

Samuel es mi esposo, y será el padre perfecto para mi hijo.

No tengo nada más que pensar.

Todo esto es mi culpa, madre.

Pero no sé cómo hacer para que Elvira asuma la realidad

y deje de comportarse

de esa forma. -Esto no es por tu culpa, hijo.

Es culpa de esa muchacha malcriada

y de un destino que teje pateta con su dañina voluntad.

Lo más triste de todo es que la que más sufre es Adela.

Piensa que si te da la vuelta te vas a ir corriendo

a los brazos de Elvira.

De ahí que siempre esté con los nervios a flor de piel

y de ahí que no quiera marchar

de viaje.

-Se hará ese viaje.

Es un reconocimiento a su trabajo, no puede perdérselo.

Y no se lo va a perder. -¿Y cómo estás tan seguro de ello?

(LOLITA) "¿Qué está pasando aquí?".

-Lo que pasa es que necesitaba la presencia de los tuyos

para que fueran testigos de lo que estoy a punto de decir.

-No.

-Sí.

-Lolita Casado de Cabrahigo...

-Uh...

-¿Quieres casarte conmigo? -"¿Apartas a Liberto de tu lado?".

¿Has perdido el oremus? -No.

He recuperado la cordura.

Tenías razón, nunca debí casarme con un hombre tan joven.

No puedo darle hijos, con la ilusión que le hacía.

-Pamplinas. -¿Cómo?

Rosina, escúchame.

Estáis casados, ante Dios y ante la Iglesia.

Joven o viejo, Liberto es tu esposo y te quiere,

y tú también le quieres a él.

Si no le puedes dar hijos, le das cariño o alegrías,

pero no le apartes de tu lado, te vas a arrepentir.

No todo el mundo tiene eso que tenéis vosotros.

-Lo mejor será...

que me aparte.

-¿Apartarte? -Sí.

Poner tierra de por medio es lo mejor, ya lo hemos hablado.

Basta ya de cancelar mi viaje con excusas.

-¿Vas a retomar tu viaje a Huelva?

-Esta vez estoy pensando en irme más lejos.

-¿Más lejos?

¿Adónde? -"Verá, doña Celia,"

he adelantado el trabajo. He hecho los envíos,

he dejado los contratos listos... Así que, si no hay más imprevistos,

me gustaría pedirle su permiso para ausentarme unos días.

-¿Va a salir de viaje?

-Me gustaría acompañar a mi esposa a Salamanca.

-Haga lo que crea que debe hacer. -"Voy a salir"

a dar un paseo. ¿Por qué no me acompañas?

Me gustaría, pero no voy a poder.

Justo hoy le había prometido a María Luisa

que la enseñaría a bordar.

Lo siento por dejarle solo. No te apures, hija.

Una promesa es una promesa. Y no puedo dejarte en mejor compañía.

-(SUSPIRA)

¿En qué lío te vas a meter ahora?

¿Qué es lo que estás preparando? A ver.

Mejor para ti no saber nada.

Elvira,

te estás aprovechando de nuestra amistad.

Me utilizas de cuartada, no es justo.

Lo sé.

Pero ya te he dicho que el amor

no tiene barreras. -"Me hablaron de un doctor".

El doctor Martínez, formado como el discípulo de Alfred Hegar,

-¿Y quién es Alfred Hegar?

-Un médico, está haciendo unas exploraciones

sobre algo que se llama el signo Hegar:

un método que corrobora un embarazo en sus primeras semanas.

-No sabía nada de todo esto.

Sería fabuloso saber si estoy embarazada o no.

-¿Te parece si vamos juntas a visitarle?

-"Seguí a su hija, como me pidió".

-¿Adónde fue?

-Ella y Leonor se llegaron hasta el hospital.

-¿El hospital?

Por miedo a que me descubrieran, me quedé algo alejada,

pero le pregunté a una enfermera

por el médico al que habían ido a visitar.

-¿Te dio el nombre?

-Doctor Martínez.

-Prepara mi abrigo.

Quiero ir a hablar con ese doctor cuanto antes.

  • Capítulo 634

Acacias 38 - Capítulo 634

07 nov 2017

Samuel se encuentra con el ladrón de la tiara: una niña pequeña que la robó para sobrevivir. Samuel recupera la joya, pero le regala sus gemelos para que pueda venderlos.

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