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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 624 - ver ahora
Transcripción completa

La marquesa de Urrutia quiere homenajear a mi padre

y exhibir sus mejores creaciones.

-"¿Quién supervisará el acontecimiento?".

-Diego. Me ha pedido

que le ayude. ¿Te parece mal?

-No. Hazlo.

Mi padre está por encima de todo.

-Me quedé para ayudarte con este diseño.

Terminemos lo que empezamos. Hagamos esa joya.

-Doña Susana desprecia a los camareros.

-¿Has intentado echarla de mi chocolatería?

-Solo intentaba que disfrutara de un desayuno más equilibrado.

-Tu trabajo es servir y callar. A mi abuela y al resto.

-Víctor, hablas como si fuera mía toda la culpa.

-Toda o con decimales, me da igual, Antonio. Vete de aquí.

Estás despedido.

Te adoro, Simón.

Te quiero con toda mi alma.

He hecho de todo por volver junto a ti.

De todo.

Yo tampoco soportaría una nueva separación.

Te quiero.

Estoy dispuesta a morir por ello.

-"He visto a Simón con la señorita Elvira"

en los jardines.

-¿Solos? -El uno con el otro.

-Pero por el trajín que se llevaban con las manos...

-¿Estaban haciendo manitas?

-No lo sé bien. Hasta a mí me ha dado vergüenza

y me he tenido que ir.

-"No pretendo saber más de la cuenta".

Pero doña Úrsula está convencida de la peligrosidad de esa mujer,

espectro o lo que sea.

-Y no es mi madre mujer de pocas agallas.

-Tan insegura está que hasta me mandó a buscarle un escolta.

Le conseguí a un tal Merino, que luego se marchó, de repente.

-Abandoné una hija cuando esta era muy pequeña.

Y ahora ha vuelto.

Ha vuelto para pedir cuentas y vengarse.

(MUJER) Demasiado tarde incluso para que el Señor perdone.

Pagará usted por lo que hizo. Pagará con creces.

-¡Olga! ¡Olga! ¿Eres tú? ¡Olga!

¡Olga!

Olga...

Ay, Celia.

-A veces siento envidia de vosotras, aquí, trabajando con tanta paz.

En fin, te he traído esta camisa.

A ver si me puedes apretar las costuras.

-Déjame ver.

-Quizá dentro de poco seamos tías.

-(SUSURRA) Calla. Bien que nos gustaría.

Pero no creo que sea el caso.

Me temo que las cosas no han mejorado en la intimidad

del matrimonio. -Pero si ayer llegó tarde a trabajar.

Y ella reconoció que había consumado.

-Mintió.

Mírala, no levanta la vista del manto.

Y esta mañana me ha dicho

que está ayunando.

-¿Para qué?

-Pues para rogar a Dios,

para pedir ánimo..., no lo sé. El caso es...

que tiene los dedos destrozados por la aguja.

Pero no quiere descansar. Utiliza el bordado como un cilicio.

-¿Y no has hablado con ella? -Se niega.

Se aísla con la excusa del trabajo.

Aunque quizá contigo podría mostrarse más abierta.

¿Lo intentarías?

Adela,

ven a saludar a doña Celia.

Que está preguntando por ti.

-Discúlpeme, no la había visto. -Qué preciosidad de manto, Adela.

El obispo estará muy orgulloso.

Y qué rapidez. Ya lo tiene muy avanzado, ¿no?

-Sí, no vamos mal, pero aún nos llevará un tiempo.

-Claro, las cosas llevan su tiempo.

Pero tampoco es cuestión de dejarse la vida

para acabar de un tirón.

-No me gustaría impacientar

al señor obispo. -Y no lo hará. Al contrario,

le sorprendería su prontitud.

Descuida, Adela, que tiene tiempo para descansar.

-Quizá sí, pero no lo necesito.

Además, ¿en qué habría de invertir ese tiempo?

-Pues no sé, en ir a casa...

a merendar, por ejemplo.

Así recuperaría fuerzas para el trabajo.

-Este no es un mero trabajo.

No, no requiere de pausas,

sino de sacrificio.

Este es un acto de amor y de devoción.

Mi alma está en cada puntada.

Mi fervor por el Señor en cada gota de sangre

que la aguja me ha hecho brotar.

-Bueno, Adela, pues como prefiera.

Si cambia de opinión, estaré en la chocolatería.

Pasaríamos un buen rato.

-De acuerdo. Ahora, con su permiso...

-¿Qué opinas?

Pues que ninguna feliz recién casada

pasaría tantas horas doblando el espinazo por mi devota que sea.

Y ese hablar de Dios junto con la sangre...

-Si hubieran consumado

después de tanta zozobra, estaría eufórica, ¿no te parece?

Y ahora con lo del ayuno...

todo irá a peor.

Pero ¿por qué querrá castigarse

con tanta saña? -Ya.

No sé.

No sé qué culpas tendrá que purgar esa muchacha tan joven.

(Pasos)

Te estaba esperando.

Será un gran homenaje.

La marquesa ha quedado convencida de tu participación.

¿Te pasa algo?

-Nada.

Que no creo que sea capaz de terminar el dibujo de vuestro padre.

-Vamos... ¿Otra vez con esas?

Lo harás de maravilla.

¿Seguro que no hay algo más?

No quiero pasarme de listo,

pero tienes la misma cara que tenía tu madre durante la reunión: ausente,

como deliberando contigo misma.

-Mi madre estaba muy cómoda con Samuel y tu padre en las camas.

Ahora ya no podrá hacer y deshacer a su antojo.

Porque ahora Samuel volverá a dirigir el negocio.

Él y tú, claro.

-Para mí tampoco será fácil.

-Ambos deberéis ceder en algunas cosas.

Pero os iréis arreglando, ya lo verás.

-¿Intentamos terminar este dibujo de la joya?

-No debió haberlo tirado.

-No importa.

Venga, ya casi lo tienes.

-No tenía que haberme comprometido, Diego.

Soy incapaz. -Claro que puedes.

Es la responsabilidad lo que te abruma.

No pienses que tratas de sustituir a mi padre.

Imagínate que le ayudas.

Y sin prisa.

Yo no tengo ninguna.

-"No me lo hagas más difícil de lo que ya es, Elvira".

Márchate, necesito estar solo.

No tienes por qué estar solo.

Puedo estar contigo a cada minuto del día y de la noche.

Lejos de estas calles que nos han negado la felicidad.

¡Ay!

(Puerta)

Perdone, no me había dado cuenta de que estaba ahí.

Es que estoy tan absorta

con el manto de la Virgen que ni siento ni padezco, perdone.

-Menudo trabajo de chinos que está haciendo.

Para mí que tiene un don,

eso no lo hace cualquiera. -No, no tiene nada de particular.

Es la Virgen María la que guía mi mano

y me da ánimo para seguir adelante sin desfallecer.

-No se quite mérito.

A la única que veo con más pinchazos en los dedos

que un acerico es a usted.

-¿En qué puedo ayudarle?

Doña Susana ha salido a merendar.

-He traído unas telas que había encargado.

Si quiere, la espero. -No, ya me encargo yo

y se las doy cuando llegue.

-¿Ve cómo tiene los dedos

hechos cisco?

-No, no, déjelo, que se lo voy a manchar.

-No se preocupe, tengo más. Don Liberto me los da

cuando le quedan viejos. -Gracias.

¿Qué ocurre? ¿Por qué me mira con esa cara tan larga?

-Verá, es que...

-Buenas, Martín.

¿Cómo te sientes?

¿Ha mejorado tu ánimo?

-Aquí le dejo las telas.

"Agur".

-Me tienes muy preocupado, Adela. Mi madre me ha dicho

que sigues sin probar bocado. -Así es.

-Eso no puede seguir, o terminarás enfermando.

Por eso te he traído unas perrunillas,

de esas que tanto te gustan.

Coincidirás conmigo con que tienen una pinta estupenda.

-Agradezco tu interés, pero tengo que seguir ayunando.

No tienes que preocuparte por mi persona.

-Ya sabes que lo hago.

Por eso voy a dejar estas perrunillas aquí,

para que las cates

si cambias de opinión.

-Que tengas buena tarde.

Te aseguro que yo no voy a caer en la tentación

tan fácilmente como tú.

Tengo que seguir ayunando.

Lo hago por ti, mi amor.

Mira que he insistido.

Pero no ha habido forma de separar a Adela de su labor.

Se va a reventar con tanto trabajo. -No creo.

Lo único que hace es bordar, ¿no? -¿Y te parece poco?

-No, pero se pasa el día sentadita, cosiendo cómodamente en el taller.

No es como un peón caminero,

que está de sol a sol picando la piedra.

¿No? -Estás muy equivocada.

El trabajo que realiza Adela

es mucho más ingrato.

No solo te dejas los ojos en los dedos en el empeño,

sino que además debes estar alerta para no errar en las puntadas.

-Lo importante no es eso, lo que debería inquietarnos

es la obsesión que está cogiendo con su tarea.

-Mejor le iría a este país

si todos los obreros estuvieran tan obsesionados

con sus obligaciones como Adela.

-Una cosa es que cada uno cumpla con sus deberes,

otra muy distinta, enfermar por tomarse el trabajo muy a pecho.

-Estoy completamente de acuerdo. Y deja de comer bollos, Rosina,

que te van a sentar mal. -Ay, lo siento,

es que necesito alimentarme bien.

-¿Para qué? Para terminar horonda

como un tonel. -Descuida, que sé lo que me hago.

La buena disposición de Adela me parece de perlas.

No como el gandumbas de Antoñito, que no hace una

a derechas. -A ese ni me lo mientes.

Menudo maleducado ha resultado ser.

Menos mal que Víctor ha tenido a bien despedirle.

-Uh, no sabía nada.

No me he pasado por "La Deliciosa" últimamente.

-¿Qué te he tenido tan entretenida? -Nada.

Mis cosas. ¿Y qué es lo que le ha decidido a echarle?

-Me faltó al respeto,

todo lo que quiso y más. Primero me llamó gorda y vieja,

después me echó de la chocolatería. -¡Ay! (RÍE)

-No es para chancearse.

Susana se llevó un sofoco de los gordos. Y el muchacho

se ha quedado sin empleo. -Ya me imagino.

Disculpad, es que no sé qué me pasa.

Tengo unos cambios de humor de lo más repentinos.

-El caso es que don Ramón se ha lucido

con la educación del muchacho.

-Es que dos azotes bien dados a tiempo siempre vienen bien,

pero como a ese nadie le llamó al orden,

pues de aquellos polvos, estos lodos.

-Trini. ¿Quieres un bollo

o un café? -No, gracias.

Estoy un poco desganada.

Veo que os habéis callado cuando he entrado.

Podéis seguir con vuestra charla.

-Naturalmente que vamos a seguir con lo que estábamos hablando.

No tenemos por qué ocultarnos de nadie.

Comentábamos lo mal que se comportó Antoñito conmigo.

-Al parecer se excedió de lo lindo.

Yo estoy esperando una disculpa por su parte.

-Susana, creo que estás exagerando mucho.

-Y yo no me puedo creer que le estés defendiendo.

-Susana,

el muchacho está intentando trabajar de una manera honrada,

y lo único que está recibiendo

son desprecios y humillaciones. -Pamplinas.

Tu hijastro está asilvestrado.

No es capaz de relacionarse con gente de bien.

Mejor estaría triscando en una era que sirviendo a personas.

-Trini...

Merienda con nosotras y pelillos a la mar.

¿Quieres un dulce?

Están deliciosos.

-Me temo que hemos llegado tarde, no queda ni uno.

-Ay, perdón, pensé que no os apetecían.

Si es que no hay derecho y, además, es injusto.

-Sosiéguese, Servando, que le va a dar un torozón.

-Seguramente me lo dé.

Si me lo da, va a ser por su culpa.

Oportunista. -Mire,

no me tire de la lengua, que lo mismo sale usted trasquilado.

-Encima que me quita mi trabajo con el Jacinto, me amenaza.

-Se acabó el arroz.

Que hay que ser muy aprovechado para cobrarle al pobre Jacinto

por contarle o por enseñarle dos piropos más antiguos que la tos.

-¡"Quiá"! Ni el mismo Tenorio sabría dirigirse mejor a una moza.

-Buenas noches. Vengo del prado, de apacentar un poco a las ovejas.

-Sí, hace usted muy bien. Que le conviene

tener la cabeza despejada. -No sé para qué.

Solo la usa para llevar la visera.

-Es lo mejor que hay para abrigarse el relente.

¿Se puede catar el guiso? -Sí.

Pero solo un plato, tiene que haber para los demás.

-Tendría que haber visto

lo contentas que se han puesto las ovejas al verme.

Menudas cabriolas que daban. Para mí que me echan tanto de menos

como yo a ellas. -Natural, igual de animales son unos

como el otro.

Nada, Jacinto, aquí le dejo con su "maestra".

Espero que le aprovechen

las clases y el guiso. Que no sé cuál de las dos cosas

van a tener menos enjundia.

-¿Qué le pasa a Servando?

Tiene más malos humos que un carnero recién capado.

-Ni caso, está muy renegado. No se puede ser maestro

de lo que no se conoce.

-Si usted lo dice... -Pues sí, señor.

Lo digo y lo redigo.

Si usted quiere aprender a conquistar a una moza,

olvide lo que le ha enseñado ese ganapán y escuche.

Lo primero que tiene que hacer

es estar pendiente de las necesidades de la muchacha.

De lo que echa en falta,

incluso antes de que ella misma se dé cuenta.

-Como las ovejas,

que hay que buscarles pasto y agua. -Bueno, no es lo mismo.

A las mujeres nos gusta... que nos escuchen,

-Toma, como a las borregas.

Cuando balan, es que algo quieren decirte.

-Sí, puede ser, puede ser. Pero verá...

A las muchachas les gusta que las traten con cariño

y que le demuestren

que son algo muy especial. -Ah.

Eso está "tirao", lo mismo que el rebaño.

Menuda la Pepita si se le hace menos caso que a las demás.

Menuda es.

¿Todavía en casa,

gitana mía?

¿No va siendo hora de que te subas al altillo a descansar?

-A una le faltan horas para terminar.

Me doy con un canto en los dientes si termino un poco antes

de empezar al día siguiente. -Me inquieta verte con tanta faena.

¿No puedes dejar algo para otro día?

-¿Para qué? Si a la postre siempre voy a tener que hacerlo.

Este es el pan nuestro de cada día. -Si lo tienes tan claro,

¿a qué viene esa cara tan larga?

-A que me tiene desasosegada

que te hayas quedado sin trabajo. -Mañana como tarde encuentro otro.

Y puede que hasta mejor que este.

-No te va a ser tan fácil. Cuando se sepa

que tu amigo te ha despedido, no te contrata ni Dios.

-Es tan fácil como encargarme de que no se entere nadie.

-Difícil tarea va a ser esa. Lo que te pasó con doña Susana

ya lo saben hasta en la china.

Anda que no es chismosa la sastra. -No lo veas todo tan mal.

Ya verás como salimos de esta.

-Vamos a salir con una mano delante

y con la otra detrás.

-Yo, teniéndote a mi lado, Lolita,

el resto me importa un comino. -Y a mí.

Pero me barrunto que nos vamos a hinchar a comer pan y cebolla.

No vamos a poder comer otra cosa. -No, confía en mí,

verás que mañana todo se soluciona.

A descansar. Yo me voy a dormir, estoy roto.

-Mucho marimocho, cariño, pero de echarme una mano

para que me vaya a dormir, nada de nada.

Todos los hombres son iguales.

-Estoy con la cabeza que me a explotar.

-Uy, ¿también tienes más cuitas que un maestro de escuela?

Que me han puesto muy mala sangre

las señoras del barrio. No sé para qué voy a hablar con ellas.

-Hay cotorras

más discretas que alguna de ellas.

-Loca me ha puesto la cabeza doña Susana.

-Si le parece, le preparo una tila. Con su permiso, me hago otra para mí.

-¿Qué ocurre, Lolita, hija?

¿Estás preocupada por Antoñito? -Para no estarlo, doña Trini.

Que de no ser por un milagro, le toca irse a la mina.

Y marcando el paso. -No, mujer, no te pongas en lo peor.

Algo se podrá hacer.

-No se me ocurre el qué.

Con Susana malmetiendo, estamos bien apañados.

-Lolita, tú déjame a mí, que algo se me ocurrirá.

Cualquier cosa con tal de que esa cotilla

no se salga con la suya. -Ya se lo puede pensar bien.

No me gustaría tener que separarme de mi Antoñito

para los restos. -Que no, hija, que eso no va a pasar.

¿Tú crees que esa va a poder con dos mozas de Cabrahigo?

-Eso nunca.

¡Menudas somos nosotras! -¡Hombre!

(AMBAS RÍEN) -Voy a preparar la tila.

-Déjalo, que ya estoy más tranquila.

Tú termina rapidito con todo esto y vete a descansar,

que ya has hecho bastante por hoy.

Buenas noches. -Buenas noches.

-"Vamos, que las mujeres son como los quesos".

Que uno debe estar pendiente,

pero no debe estar todo el día mirándolos.

-Pero ¿por qué tiene que estar comparándolo todo

con las ovejas y los quesos? -Perdone,

así me es más fácil entenderlo.

Que uno tiene la mollera más dura que la piedra berroqueña.

-En eso estamos de acuerdo, hombre.

La mejor forma de que aprenda

es practicando. -Uh, a ver si soy capaz

de decir algo con sentido. En presencia de cualquier hembra,

me trastabillo como corderillo recién nacido.

-¡Pamplinas! ¿No ha estado hablando conmigo?

(RÍE) Pero usted no me da cosa en las tripas, ya me entiende.

Que no me da impresión. Por la edad

debe ser. -O porque es usted idiota,

vaya a saber. -Que usted maqueada no digo yo

que no, pero todo el día con esos ropajes negros...

-¡Mire, déjelo!

Déjelo, que va a ser peor.

Lo que quiero es que pruebe con una a la que no le importe

para ver cómo le sale. -Así, si meto la pata, no pasa nada.

Eso es. -Pero qué listos son en la ciudad.

-(BOSTEZA)

Menudo día que me he pegado hoy.

No veo el momento

de llegar al catre.

-Siéntese, Lolita.

Siéntese a descansar antes de irse a planchar la oreja.

-La verdad es que me venían dando todos los calambres mientras subía.

-¿Quiere que le ponga un poco de guiso para reponer fuerzas?

-No, gracias, prefiero no tomar nada. -Usted pida lo que quiera,

que uno está aquí para servirla.

-Uh, pues sí que se está haciendo pronto

a la ciudad. Este en dos días está civilizado.

Si ya no pega esos gritos. -Ver tanta belleza

en una moza me obnubila. Quién pudiera estar a su vera

día y noche. -Pero bueno... (RÍE)

Si parece un poeta. Lástima que conmigo pinche en hueso.

-¡Epa ya! -¡Ay!

-¡Pare, desgraciado! Que va a despertar a todo el vecindario.

-Es que no puedo de lo contento que estoy.

-Si le he dado calabazas. -Con usted no quería nada.

Solo ver si podía hablar de "corrío"

con una moza. -Pues que le aproveche,

que yo hoy no estoy para chanzas ni para adivinaciones.

Buenas noches. -Buenas noches. (RÍE)

¿Ha visto, señora Fabiana?

¿A que estoy hecho un don José? Digo, un donjuán.

-Sí, sí, ha mejorado usted mucho, la verdad.

-Pero quedarle le queda todavía un buen trecho, ¿eh?

No se preocupe, hombre, eso ya se andará mañana.

-Mejor, así me voy con el rebaño,

que las ovejas no se duermen hasta que no llega uno.

-Vaya, vaya. -Para el camino.

Hala. ¡Eh!

Ya tenía ganas de salir del hospital.

Hasta su olor me ponía enfermo. -Todos estábamos deseando

que volvieras a casa.

-Sí, ya veo.

-Madre,...

ya estoy de vuelta.

A Samuel le han dado el alta esta misma mañana.

-Qué alegría más grande tenerle de vuelta

y tan recuperado, señor. -Gracias, Carmen.

-Me congratula ver de nuevo a toda la familia unida.

Es una suerte que salieras de la terrible prueba

que te ha impuesto nuestro Señor.

-Si estoy de vuelta,

no ha sido gracias a usted.

-No te entiendo. -No es necesario que finja conmigo.

Sé que hizo cuanto pudo para evitar que me operaran.

-No voy a negar

que eso era lo que pretendía.

-¿Admite entonces que iba a dejar que me muriera?

-Por supuesto que no.

No confiaba en esos médicos,

que lo único que buscaban era experimentar

con tu persona. Te juro que en todo momento

he obrado de buena fe.

Lo siento, pero no puedo creerla.

-¿Qué interés podría tener yo

en tu muerte? -Quizá esa era la única oportunidad

para hacerse con todo el control de la empresa

de la familia.

-¿Para qué quiero dirigir un negocio

del que no tengo la menor idea?

-En cualquier caso, estoy de vuelta y casado con Blanca.

Espero que sepa cuál es su lugar en esta casa

a partir de ahora. -Te aseguro que lo tengo clarísimo.

-Espero que no se inmiscuya en mis asuntos.

-Jamás lo haré. Lo importante es que la operación ha salido bien

y que estás de nuevo aquí.

Ahora eres el hombre de la casa.

Con tu permiso,

me retiro a mi cuarto.

No he dormido bien y tengo una terrible jaqueca.

-Tu madre nunca va a dejar de sorprenderme.

-Ni a mí.

-Si les apetece, puedo preparar un buen desayuno.

Que don Samuel tiene que coger fuerzas.

-Me viene de guinda.

Estoy harto de las gachas que servían en el hospital

un día sí y otro también.

¿Va a estar siempre detrás de nosotros?

Ese es precisamente su trabajo.

Lo entiendo, pero veo innecesario que vigile mientras desayunamos.

Es en estos momentos, cuando uno está relajado,

cuando el enemigo tiende a aparecer.

Padre, no estamos en el campo de batalla

y no me siento cómoda de esta guisa.

Tendrás que acostumbrarte.

El enemigo puede aparecer en cualquier momento.

Mira esta noticia.

"El presidente McKinley ha sufrido un atentado

y se teme por su vida". Eso ha sucedido muy lejos.

Además, le está bien empleado por quitarnos Cuba

y las Filipinas. No te diré que no se lo mereciera.

Pero esa no es razón

para pasar por alto la noticia. Eso me interesa

bien poco. ¿Se ha dado cuenta de la hora?

Va a llegar tarde

a esgrima. Pues haces mal, hija.

Deberías mostrar más interés.

Debes convertirte en una mujer cultivada y de provecho

si algún día quieres tener un marido de altura.

Ya hay bastantes desgracias en el barrio

como para tener que preocuparme también de las que ocurren

allende los mares.

Padre, si sigue con la lectura,

se perderá la sesión de hoy. No iré.

Tengo la muñeca lesionada, temo que empeore.

Qué contrariedad;

tener que quedarse en casa

con lo que disfruta usted perfeccionando su estilo.

Habrá mejor ocasión para practicar.

Si quiere, puedo vendarle fuerte la muñeca,

así no pierde el día.

¿Por qué tienes tanto interés en que acuda

a la sala de armas? El suyo,

nada más. ¿Y por qué tanta insistencia?

Se lo digo porque a la vuelta de practicar esgrima

se le ve de lo más sosegado.

Qué novedad. No estoy acostumbrado

a que te preocupes tanto por mi persona.

(SUSURRA) Perdone.

Sé que usted está al servicio de mi padre,

pero ¿por cuánto me haría un favor? Nadie tiene por qué enterarse.

Esto sería suficiente.

¿Qué tal? ¿Cómo se encuentra? -Celia.

Ocupado con la organización del homenaje a mi padre.

-Le veo más ilusionado

que hace unos días.

-La iniciativa de la marquesa me llena de energía y de ilusión.

-¿Y no será mucho trabajo para usted? -No. También cuento con la ayuda

de Blanca.

-Es una gran idea rendir este tributo a un artista como su padre.

-Me alegra que le parezca una buena idea.

Por supuesto, está más que invitada.

-¡Hombre, Diego!

Enhorabuena por el alta de su hermano.

-¿Está en casa? -Eso parece.

Ya no estaba en el hospital.

-Sí... Sí, es una suerte que se haya recuperado tan pronto

para dejar ese lugar. Nunca me han gustado los hospitales.

-Pasaré a verle en cuanto pueda. Si me disculpan,

tengo unos asuntos domésticos pendientes.

-Otra vez le toca ir de compras.

-Con Dios.

No quiero ser imprudente,

pero me ha parecido que le extrañaba la noticia sobre su hermano.

-Celia, no... No me cuentan lo que sucede en casa.

-De cualquier forma,

el alta de Samuel es una buena noticia.

Por supuesto, no piense que no me alegro de su mejoría.

Nada me reconforta más que saber que está bien.

-Ni por asomo pongo en duda sus buenos sentimientos.

-Si me ve turbado,...

es por las consecuencias que tendrá su regreso a casa.

Ya no será lo mismo.

(RÍE)

Esto huele mejor que todas las flores juntas.

Buenos días tenga usted y toda su familia.

Perdone, si la tengo así,

como si fuera un preso, pero que...

ayer... que me lié más que un saco de hilo,

y lo que menos pretende uno

es que usted se sienta incómoda, pues.

-¿Qué es lo que trata de decirme? -Que me perdone si la importuné.

-Que a mí esto de hablar me se da mal. Yo soy más

de dar voces a las ovejas. -Pues para dársele mal,

no calla usted ni debajo del agua.

Si me perdona, tengo cosas que hacer.

-¿Cómo lleva usted el día, tiene mucha tarea?

Es usted de lo más pinturera y especial.

Si necesita ayuda, no tenga problema en pedirme lo que usted quiera...

-Pero ¿se puede saber quién se ha creído que es

para meterse en mis asuntos?

-Nada más que pretendía serle "cumplío",

que otra cosa no merece moza tan especial.

-No sé qué pretende de mí,

pero lo mejor que puede hacer es dejarme en paz.

Si lo que intenta es seducirme, sepa que antes me saco los ojos

que ceder a sus requiebros. -¿Eso es que no?

-Rotundamente.

Vamos, ni aunque las ranas criaran pelo.

-Primo Jacinto, ¿qué es lo que tienes,

que pareces más mustio que una acelga pisoteada?

-"Na".

Que me barrunto que voy a pasar toda mi vida

sin más compañía que mis ovejas.

-Oh, pero no, no lo veas todo del color de las hormigas.

Siempre hay un roto para un "descosío".

-Que no, que yo no valgo ni para cebo de barbos.

-Pamplinas.

Tienes un corazón de esos grandes que no le entran a uno en el pecho.

-¿Y eso quién lo sabe? Las mujeres me dan más miedo que un morlaco.

Cuanto más intento acercarme a ellas, peor me salen las cosas.

Primo, ya lo verás.

Cuando menos te lo esperes, saltará la liebre

Y vas a encontrar una muchacha

que sea fetén para ti.

-Menos mal que te tengo a ti, prima. Serás muy canija, muy poca cosa,

pero eres espabilada, como el Rufo, ¿eh?

Que no se le escapa una oveja por muy oscuro que esté. (RÍE)

-Supongo que eso será un cumplido, ¿no?

"Debido a un cambio de planes de mi padre,

no podremos vernos todavía".

"La espera se me hará eterna, pero sé que merece la pena".

"Siempre tuya,

Elvira".

Gracias por traerme la carta. No tiene que llevar respuesta.

-¿Qué hacía aquí ese tipo que protege a Arturo?

Es raro que el coronel lo haya mandado de visita.

-El señor Valverde le ha mandado para preguntarme

dónde estaban guardados unos documentos.

Organizar sus papeles era una de mis tareas

cuando era su mayordomo.

-Pues ha tenido que costarle un potosí

pedirle un favor al que considera un enemigo.

-El coronel no es santo de mi devoción,

pero lo cortés no quita lo valiente.

Es normal que le facilite una información

de cuando trabajaba para él.

-Ya. ¿Y qué documentos son esos?

-No puedo decírselo, señora.

Como tampoco le contaría a nadie

cualquier detalle de su negocio con los tintes.

-He pensando que puede tomarse la tarde libre.

Para hacer esos asuntos que tenía pendientes.

-No es necesario, señora. Ya no debo acudir a ningún sitio.

-De igual forma puede salir.

Podrá disfrutar de la compañía de su esposa.

-No creo que eso suceda, la verdad.

No parará de bordar ese manto

hasta que esté terminado. -Esa muchacha va a terminar enferma.

Tanto trabajo y tanto ayuno no pueden ser buenos.

-Opino igual, pero no atiende a razones.

-No sé lo que le estará pasando para comportarse así.

-No lo sé.

Su devoción es de tal magnitud

que no llego a comprenderla.

-Quizá debería dedicar un poco más de tiempo a cavilar sobre ello.

A fin de cuentas, es su esposa.

Estoy muy satisfecha de la compra que hemos hecho.

-Sí, está muy logrado el juguete. -Parece que se vaya a echar a correr.

-Intenté hacer uno, y no conseguí ni que se pareciera a un asno.

Creo que le voy a poner el nombre del niño

en la silla. -No, mejor será que no lo estropees.

-¿Qué hacen estos dos con un juguete?

-Como al final Rosina tenga razón y sea una Anastasia

en vez de un Leopoldo, el caballito

no va a tener ninguna gracia. -No seas antiguo.

Los tiempos están cambiando. Lo mismo vale un caballito

para un niño que para una niña. -Sí, pero será mejor para ella

una casa de muñecas. -¡Pamplinas!

Has de ver que, con el tiempo,

las mujeres harán las mismas tareas que los hombres.

-Muy raro me parece eso.

Lo que te aseguro es que voy a querer por igual a mi vástago,

sea un niño o sea una niña. -Ay, Liberto,

que siempre he querido tener un hermano,

enseñarle tantas cosas y jugar con él.

Aunque tarde no deja ser un sueño.

-¿Tanta sonrisa y tanto parabién

con un juguete? ¿No estará Leonor preñada?

Ven.

Esto me hace mucho bien.

-Después de tanto tiempo en el hospital,

se te han entumecido todos los músculos.

-Tampoco es necesario que me estés cuidando

las 24 horas del día. Tienes que estar agotada.

-Prometí ante el cura ser una buena esposa.

No quiero que nadie me saque los colores por no cumplirlo.

-No hace falta que hagas méritos.

Me enamoré de ti tal como eres.

Por eso sé que algo te sucede.

-No sé a qué te refieres.

-Te noto extraña.

Por no hablar de la docilidad que tu madre muestra conmigo.

¿Qué está pasando?

-Es mejor que estés sosegado, no quiero que te alteres.

-Si algo te inquieta, me preocupa.

Quiero saber qué te ocurre para así poder ayudarte.

-Me imagino que te habrás preguntado muchas veces

por qué sigo al lado de mi madre,

después de todas las perrerías que me ha hecho.

-Sí que me ha resultado chocante,

y más sabiendo que te encerró en esa casa de locos.

-Mi madre me ha estado chantajeando con un secreto que tenía oculto.

No lo sacó a la luz hasta que yo estaba decidida a irme.

Tengo una hermana melliza:

Olga.

También me quedé con esa cara cuando me lo contó.

Por eso me quedé a su lado,

con la esperanza de que algún día me dijese dónde estaba.

Pero eso nunca pasó.

-Tu madre es traicionera como una víbora.

-Con el tiempo, me confesó

que mi hermana había muerto. -Cuánto has tenido que sufrir

por esto, cariño.

-Me explicó que, siendo las dos muy niñas,

la dejó al cuidado de una mujer en el bosque de Las Damas.

No podía encargarse de las dos, y... me escogió a mí.

Con los años, volvió a buscarla,

pero le dijeron que había muerto.

Pero desde hace unos días todo ha cambiado.

A mi madre le están sucediendo cosas extrañas.

Sucesos que me hacen creer que Olga está viva

y más cerca de lo que creemos.

-¿Qué tipo de cosas?

-Señales raras.

Está recibiendo monedas, hojas,

una casa con patas de gallina...

Señales sacadas de un cuento que nos contaba de pequeñas:

la historia de Baba Yagá.

-Tu madre es rara hasta para elegir un cuento.

Entonces ¿crees que tu hermana es la responsable

de que esté recibiendo esos objetos? -¿Y quién iba a ser si no?

Creo que lo hace para amedrentarla. Para vengarse por haberla abandonado.

-Después de lo que me has contado, no creo que le tenga mucho cariño.

-Carmen me ha contado que Úrsula

contrató a un guardián para que la protegiese.

-¿Y dónde está ese tipo?

-Parece ser que le salió rana.

Después de encontrarse con Olga, la dejó en la estacada.

No sé por qué. -¿No sabes más sobre ese pollo?

-Solo sé su nombre: Merino.

-Ya es algo. Prometo ayudarte

con este galimatías. -Te lo agradezco.

Y ahora voy a dejarte descansar. No quiero que recaigas por tu culpa.

(SUSPIRA)

(SUSPIRA)

-Si estás engordando, no te preocupes,

que puedo sacarte las faldas en un tris.

-Casi se me hiela la sangre de las venas. Por favor...

-Será que no tienes la conciencia tranquila.

¿No nos estarás ocultando algo?

-¿Yo? Dios me libre. ¿Qué te trae por aquí?

-Te traía un regalo para Leonor.

Me sobró un buen retal de raso

y me decidí a hacer un camisón,

que a tu hija le va a venir que ni pintado.

-Susana, no es por hacerte un feo, pero esto a mi niña no le vale.

Es que ni dándole dos vueltas.

-Ahora le vendrá grande, pero quién sabe

si en unos meses le viene de perlas.

-Difícil, no es de comer mucho. No creo que engorde.

-Pero es una mujer joven y en edad de criar.

Puede que lo necesite en poco tiempo. Mejor que esté en su armario

que cogiendo polvo en la sastrería.

-Lo veo difícil, siendo viuda como es.

Le iría bien a Adela, que está recién casada, por ejemplo.

-De momento,

me parece que los niños no van a llegar a ese hogar.

Sin embargo, tu hija nos puede dar una sorpresa.

-¡Por favor, no digas enormidades! ¡Mi hija no es ninguna fresca!

-Ay, pero si estás en la inopia.

Rosina, que me da que está preñada. Y eso puede ser un escándalo

de tomo y lomo. A lo grande. -¡Ay, por favor!

¿De dónde te sacas tal disparate?

-Pues he visto a Liberto y a Leonor con un caballito de madera,

muy contentos, y he atado cabos.

Como tu hija siempre ha sido tan moderna, no me ha extrañado

que estuviera esperando una criatura -Mi hija... es moderna

pero no tanto.

Que no son pocas las noches que se pasa llorando por Pablo.

-Uy, entonces, si no está preñada, ¿para quién es ese juguete?

-Para el niño que estoy esperando.

Hala, ya lo he dicho. -¡¿Tú?!

¿A tu edad? Pero ¡qué locura!

-¿Y por qué? Me siento tan lozana como una mozuela de 20 años.

-Pero no los tienes.

Pensé que ya no iba a aparecer.

¿Ha traído el dinero?

¿Qué es lo que quiere? No tengo mucho tiempo.

-Quiero que me cuente lo que sucedió

en mi casa. ¿Qué vio para que saliera

tan despavorido?

-Vi a esa mujer.

-¿A Olga?

-Sí, esa que dices ser su hija.

-¿Qué le dijo para que abandonara el trabajo

sin dar ninguna explicación?

Me metió el miedo en el cuerpo

como nunca nadie lo había hecho antes.

-Pensé que los de su oficio tenían más redaños.

-Esa mujer es un diablo. Le ciega la sed de venganza.

Sus amenazas eran tan terribles que preferí dejar el trabajo.

No me puedo creer que se deje amedrentar

tan fácilmente, y menos por una mujer.

-No.

No es una mujer cualquiera, sus ojos brillaban de odio.

Se entendía que era capaz de cualquier cosa.

-¡Pamplinas!

Es usted un miserable, ¡cobarde!

Me amenazó con matar a mi hijo.

¿Cómo podía saber que tengo un niño pequeño?

-Tiene que ayudarme. Necesito hablar con ella.

-No creo que quiera escucharla. -¡No me deje así!

Sabe que estoy en peligro.

Deme la oportunidad de razonar con ella.

Ayúdeme a encontrarla.

-No tiene nada que hacer.

Mire, no sé lo que pasó entre ustedes,

pero le aseguro que cuando se canse de jugar,

volverá para matarla.

Y no podrá hacer nada para evitarlo.

-Le pagaré lo que me pida.

(LLORA) Por Dios,...

no me deje a su merced.

-No hay dinero en el mundo para pagar este trabajo.

Ya le he dicho todo lo que sé.

No vuelva a buscarme.

-(RESPIRA CON DIFICULTAD)

(BOSTEZANDO) No he pegado ojo en toda la noche,

acostumbrando a acurrucarme con mis bestias.

-¿Qué hace usted en el altillo?

No sabía que se quedaba a dormir. -¡Ah!

¡Ay, ay! -No pegues esos berridos,

que no es para tanto.

-No, solo para que me dé un tabardillo. ¡Tápese, mujer!

-¿Por qué? ¿Qué pasa? ¿Tan fea estoy?

¿Tan mal me queda? -Fea no es la palabra,

está "mu bonica". Pero uno no está acostumbrado.

-Si no le gusta, se da la vuelta y "arreglao". Hala.

-¡Ay, ay, ay!

-Pero ¿qué hace un hombre en el altillo?

-Hablemos de Antoñito.

-No voy a volver a contratarle, ni que estuviera yo loco.

-Pero perdónele, señorito Víctor. Si perdonar es de buen cristiano.

-Y de listo no tropezar dos veces con la misma piedra.

Además, aunque le perdone, no soluciono el problema principal.

-Que es... -Que no sabe servir,

que no ha nacido para recibir órdenes.

Encima me espanta los clientes.

Señor,

ten clemencia con Simón.

Haz que siga el camino correcto.

Virgencita de los Milagros,

haz que disfrute de la felicidad del matrimonio

y no caiga en el adulterio.

Santa María Madre de Dios, ruega por nuestros pecadores,

ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

-Curioso comportamiento

para una recién casada.

¿Por qué estará tan fuera se sí la esposa de Gayarre?

¿Vienes a pedirme consejo de cómo proceder con tu esposa?

Lo suyo sería no hacerle mucho caso,

hasta que recupere el oremus. -No se trata de eso.

De hecho lo que le dijo Rosina es cierto.

-¿A qué te refieres?

-Que vamos a ser padres.

-¿Estás de chanza?

Pero ¿cómo es posible? -¿Realmente quiere que se lo cuente?

-Sabe bien Dios que no,

pero creía que era otra de sus pamplinas.

-Nada de pamplinas.

-"¿No te parece raro que don Arturo haya llegado tarde?".

Suele ser muy puntual. -No encontraba a su hija.

¿Cómo pudo perderla?

Ahora que caigo.

-¿Qué? -Que Simón me dijo

que me iba a acompañar a misa, y no se presentó.

-¿Qué insinúas?

¿Crees que quizá el coronel no la perdió?

¿Que se perdió ella, conscientemente?

-Ojalá que todo sean casualidades sin sentido.

-¿Qué es esto?

-Es prácticamente una reinvención del último diseño de nuestro padre.

¿Recuerdas aquella hoja del cuaderno que se rompió por culpa de Úrsula?

¿Quién ha dibujado esto?

-¿No lo sabes?

-He sido yo.

Lo hice inspirándome en el diseño de tu padre.

No sabía que dibujaras tan bien. -Así es.

Es increíble el talento que tiene.

Lo dibujó mientras estabas recuperándote.

He pensado que sería una gran idea

hacer esa joya y exhibirla en el homenaje.

-"Blanca me lo ha contado todo".

-¿Que te ha contado el qué?

-Los embustes que dice usted sobre Olga, su hermana.

-¿Crees que son embustes?

Todas y cada una de las palabras que salen de su boca,

sobre todo en ese asunto.

¿A qué está jugando? ¿Pretende asustarla?

¿Atormentarla, como cuando la encerró en ese sanatorio? No voy a permitir

que se salga con la suya.

Llegaré al fondo de este asunto, descubriré la verdad.

No voy a permitir que manipule a mi esposa.

Ahora yo estoy aquí, soy su marido

y no voy a permitir que se salga con la suya.

"Solo una pregunta,"

¿le has dicho algo a Diego

sobre tu hermana?

-No.

Nadie, excepto tú, sabe nada de Olga. -He de reconocer

que lo prefiero. Deberías mantenerlo en secreto,

cuanto menos gente lo sepa, mejor.

Tampoco sabría cómo explicarlo.

Tengo más preguntas que respuestas sobre ella.

Ardo en deseos de conocerla, de saber cómo es.

Pero a veces pienso que no es más que una patraña de mi madre.

-"Dime qué te ocurre, Blanca".

Sé que algo te ocurre.

Te lo noto en la mirada.

Blanca, ¿qué ocultas?

-Nada, no insistas.

Cosas de mujeres.

-(IRÓNICO) ¿Arreglos de ropa?

¿Indisposiciones? ¡Venga ya!

Mientes.

¿No será que Samuel te prohíbe que me cuentes algo?

-A mí nadie me prohíbe nada.

Y no tiene que ver con Samuel, sino con Úrsula y mi hermana.

-¿Tu hermana?

  • Capítulo 624

Acacias 38 - Capítulo 624

18 oct 2017

Lolita apoya a Antoñito ahora que se ha quedado sin trabajo. Y Trini no duda en defenderle frente a las críticas de las señoras de Acacias. Samuel recibe el alta y regresa a su casa. Se enfrenta a Úrsula y le echa en cara no haber querido firmar la autorización para su operación.

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