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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 623 - ver ahora
Transcripción completa

Cuando os tuve a vosotras, yo era una criada.

No podía hacerme cargo de una hija, cuanto menos de dos.

Te escogí a ti. -¿Qué fue de Olga?

-Junté todo el dinero que pude.

Se lo entregué todo a una mujer,

con el compromiso de que la cuidara.

Prométemelo.

(ADELA) "Por favor,"

solo le pido perdón para mi marido...

y que le guie en sus pasos.

No seas tan brusco.

-¿Hay algún problema?

-No.

Que debo irme.

-Eres mi esposa.

Lo que tienes que hacer es recuperarte.

¡Bravo! Que los matrimonios hay que consumarlos.

-Solo una cosa. Adela, ¿fue satisfactorio?

-No me pregunte eso, por favor.

-"¿Dónde vas?".

Voy a dar un paseo por el parque. Pues te acompaño.

No puedes ir así, sola.

Y así charlamos. No puedes venir conmigo.

Ya veo. Es mejor que no preguntes.

No, si no pensaba hacerlo. Con lo que me imagino,

es suficiente.

-Disculpen la tardanza, cuestiones de trabajo.

-Eso le decía a Adela, que no habías avisado de que llegarías tarde.

-Imprevistos. ¿Está la cena? -¿La saco ya?

-Dos minutos. Voy a cambiarme y cenamos.

-No veo cambios en Simón... tras lo de anoche.

Si Olga viniera con buenas intenciones,

se habría identificado. Me temo que viene a vengarse.

-Pero de usted, no de mí.

Y te repito: no bajes la guardia.

No lo haré.

Ahora, si me disculpa,

debo ir a cambiar este libro que le llevé a Samuel.

Pero él ya lo había leído.

Voy a casa de los Hidalgo.

La veré luego.

Perdona. ¿Te he asustado?

-No.

No, no pasa nada.

Es que iba pensando en mis cosas.

-Se te nota inquieta. -Serán estos días de angustia

y de espera.

¿Qué querías?

-La marquesa de Urrutia quiere hacer un homenaje a mi padre

y exhibir sus mejores creaciones.

-Tu padre se lo merece. Contad conmigo, si lo necesitáis.

-Te necesitamos, a menos yo.

Quiero decir, que... me gustaría que figurara en la exposición

su última joya inacabada.

Si tú la terminaras,

podríamos exhibirla. -Yo no soy más que una aficionada.

Casi una usurpadora.

No quedaría a la altura de las joyas.

-No sabes el talento que acumulas.

Me haría mucha ilusión que se pudiera admirar

su última obra.

-¿Y por qué no buscas un buen dibujante?

Seguro que Samuel o tú conocéis a alguien.

-Quiero que seas tú quien dé forma final

al alma de mi padre.

Blanca, me quedé en Acacias para ayudarte con ese diseño.

Terminemos lo que empezamos.

Hagamos esa joya.

Los dos.

Simón, hijo; ¿Adela? ¿No estáis listos aún?

He preparado un desayuno que levanta a un muerto.

-¿Y estos manjares?

-Los jóvenes tenéis que alimentaros como Dios manda.

Y más los que estáis en vuestra situación.

Aprovechad, que los momentos no vuelven.

-Madre, por favor... -No he dicho nada del otro mundo.

"Creced y multiplicaos", es lo natural.

Eso sí, los dos cónyuges

deben estar sanos. Es más, vigorosos.

(RÍE)

¿Hay algo que no sepa?

-Mmm... ¿De dónde has sacado esta mermelada?

Es difícil de conseguir, creo. Solo la había visto en algunas casas.

-Naranja amarga, de Sevilla.

Un buhonero la trae de vez en cuando.

¿Quieres probarla, Adela?

Tengo tantas ganas

de que me hagáis abuela. A Víctor no le pude disfrutar.

Y los niños dan vida.

¿No comes, hija?

¿No has oído que dice que la compota está buenísima?

-No puedo. Hoy empiezo mi ayuno. -¿Qué ayuno?

-Una mujer que aspira a ser madre, no puede andarse con liturgias.

Ya harás ayuno cuando crees una familia.

-Adela,... ya sabes que respeto tus creencias

y tu determinación, pero...

trabajas mucho... -No necesito alimentarme

para seguir viviendo,

pero sí necesito brindar mi ayuno al Señor.

-"Necesitar..." ¿Qué vas a necesitar, alma de Dios?

¿Qué pecados vas a expiar tú, si prácticamente eres una santa?

-No. Ya me gustaría acercarme a la santidad.

Para ser santa, se requiere hacer milagros,

y yo no soy capaz de hacerlos.

Así que si puedo alimentar mi espíritu con el ayuno, lo haré.

-(SUSPIRA)

A mi modo de ver, su recuperación está siendo excelente.

-¿Quiere decir eso que me puedo ir a casa?

-No sé si hoy.

Propondré su alta para mañana. -Eso es estupendo.

¿Verdad, Blanca?

-No te iban a retener aquí para siempre.

-Ojalá mi padre pudiera volverse conmigo.

¿Cómo se encuentra, doctor? -Mejor también.

Su ritmo cardiaco se estabilizó. Respira perfectamente,

aunque siga en su estado, pero es un avance.

-¿Cree que saldrá algún día de ese sueño de los justos?

-Lo lamento, no somos adivinos.

Su estado es un misterio para nosotros.

Todavía.

Tengan esperanzas.

Lo importante es que don Jaime esté estable.

-Ojalá despertara pronto. Aunque, por el tono del doctor,

creo que necesitaríamos un milagro para que eso sucediera.

-Bueno, no pierdas la esperanza.

Por cierto, ¿sabes que la marquesa de Urrutia

quiere hacerle un homenaje a tu padre?

-¿De veras? Reconforta saber que sus clientes siguen recodándole.

-¿Qué tipo de homenaje? -Una exposición de sus mejores obras.

-Es una lástima que él no pueda verlo.

Ni siquiera ser consciente

de lo mucho que se le quiere y admira.

¿Quién supervisará el acontecimiento?

-Diego.

Me ha pedido que le ayude.

¿Te parece mal?

-No.

Hazlo.

Mi padre está por encima de todo.

-Gracias por tu generosidad. -No es generosidad, es la ley.

Diego es parte del negocio.

Son solo negocios.

Y digo yo, Servando, ¿cuándo me va a alumbrar usted

una miaja más en eso que dice usted que se le hace a las doñas?

-Seducir, alma de cántaro. A las señoras se les seduce.

Claro, que hay que saber hacerlo,

todo sea dicho. -Eso.

Exacto. Con todo el respeto, que lleva ya medio queso "zampao"

y no ha dicho ni esta boca es mía de cómo servidor

podría "seducir" a algo con dos piernas.

-Toda la vida arreando ovejas

y ahora le vienen a usted las prisas. De verdad...

Ya le he dicho valiosas mañas, verbigracias,

consejos amatorios... -Es que uno aquí... (SUSURRA)

En la villa, tienes a todas las damas a la redonda...

y... como que se anima uno.

-Lo primero que tiene que penetrarle a usted en la cabeza

es que les gusta que les regales los oídos.

-¿Regalarles las orejas? No.

Si para sacarse novia hay que quedarse desorejado,

no escucharía al lobo

ni al cierzo... -Dios mío, es usted más de campo

que las espigas de alfalfa. No.

Quiero decir que a las mujeres les gusta

que les digan cosas bonitas.

-¡Ah! Algo así como... ¡Yepa, eh!

¡Que tienes las carnes tan prietas

que este año vas a parir cinco borregos!

-Sí. Un poquito menos animal.

Olvídese de los borregos y de parir.

Céntrese usted... en las enaguas,

en los refajos,

en los corpiños.

-Lo tengo, lo tengo. Este... ¡Yepa!

Que si te pillo en la era

se me avientan los sesos... ¡y voy y te arreo!

-Bien, bien, ya va cogiendo usted la sustancia.

Y vamos a quitar lo de arrear.

Mire, se me ha ocurrido uno muy bueno.

Bueno, este nunca falla.

Atento.

Si la belleza fuera pecado, señora mía,

usted no tendría perdón de Dios.

-Uy, ¿por qué hay que meter a Dios en estos negocios?

Si ya me entra sofoco sin que me mire nadie,

como para que esté a la escucha el que todo lo sabe.

Tenemos que cambiar de método de enseñanza.

A ver... ¡Este es muy bueno!

Quédese con él y después me lo repite.

Desearía ser lágrima para nacer en tus ojos,

vivir en tu mejilla y morir en tu boca.

Ahora empiece usted.

-Desearía ser lágrima...

Que digo yo, ¿y no podría ser otra cosa?

¿Un canto que arrastra el río?

-Claro, y luego le pega un cantazo en la sien. ¡No, Jacinto!

¡No innove, Jacinto! ¡No innove! Repita conmigo.

Desearía ser lágrima...

-Desearía ser gota para que te entre en el ojo...

Pero eso escocerá, ¿no?

¡Uh! ¡Amor mío!

Si quieres partir corazones, no te hace falta un cuchillo.

-Corazones no,

solo el tuyo.

Y también he pensado que estaría bien celebrar nuestra futura paternidad

con una comida espléndida. ¿Te parece?

Comeremos marisco,

que es afrodisiaco. -¡Mmmm!

-Yo también tengo una cosa para ti.

-Ah, ¿sí? ¿Qué es? -(TARAREA)

(Cascabeles)

Una canastilla, unos peleles, unos patucos,

la primera mantita para nuestro Leopoldín.

¿No te ha gustado?

-No, sí, sí. Yo es que también tenía un regalo parecido.

Espera.

Lo he tejido todo yo, mira.

(RÍE) Yo.

-Sí. Está estupendo, cariño.

Pero vas a tener que teñirlo todo porque va a ser un Leopoldín.

-Eso no te lo crees tú ni pintándote el rostro de celeste.

-¿Y cómo puedes estar tan segura? -Pues tan segura como tú.

¡Ay! (AMBOS RÍEN)

-No se troncharán tanto

cuando les diga a cómo están las huevas que tanto les gusta.

-Has comprado el marisco...

Qué bien, ¿eh? -Sí, señora.

Natural y bien oloroso,

que los gatos me han seguido hasta el mismísimo zaguán.

-Sí, pues ya... -Y qué caras están las gambas

y los camarones...

Bueno, ¿y qué es lo que se celebra?

-Para empezar, que tú tienes el día más libre

que los pajarillos del Evangelio. Ea, vete con tu primo.

-Ah, ¿sí? Agradecida, doña Rosina.

Se va a poner muy contento al ver que le puedo prestar

un poco de atención. -Hala, a disfrutar con la familia.

(ROSINA RÍE) -Ha faltado un pelo

para que nos pille todo el material de Leopoldín.

-¡Ay, y dale, Liberto, qué cabezón!

Que era una broma.

-¿Sabes qué?

Tiene un no sé qué

guardar un secreto entre los dos.

Eso une más que las bodas de plata, ¿no crees?

-¿Sabes una cosa?

Que sea lo que sea, macho,

hembra, señorita, caballero,

solo sé que voy a ser el hombre más feliz del mundo.

-Ay, bueno, coceré yo misma el marisco.

¿Qué te parece si lo dejamos reposar

y tú y yo nos vamos a la alcoba

a hacer el zigzag del canguro?

-¡Ay! -(RUGE)

-Bueno... -(RÍE)

Ahora sí que lo tengo.

¿Y si le digo: "'Seña', que tiene usted unos perniles

que no hace falta ni curarlos "pa" catarlos"?

-¿Qué le voy a decir yo a usted?

Donde no hay, no se puede sacar.

-"Na" le agrada a usted, señor Servando.

¿Y si le digo lo de...

"quién fuera catarro para agarrarme a ese pecho"?

-Mire, me rindo.

Me rindo, me rindo. Tiene usted un caletre

demasiado granítico, de verdad.

¿Por qué no se centra usted en los quesos?

Que esto lo borda.

-Dispensen, señores.

¿Han visto una toquilla que me he dejado aquí?

-No, servidor no ha visto nada de nada.

-No lo sé. ¿Ha mirado usted por ahí...

si está?

Igual está por ahí.

¿Eh?

-¿Quería usted algo, Jacinto? -Doña Carmen,

yo... (TARTAMUDEA) Que desearía ser una lágrima

pa... pa... escurrirme, sí, para escurrirme

por su..., por, eh,...

por la jeta. Eh, sí.

-¿Ha bebido usted algo, Jacinto?

-Un tiento a la bota, nada más.

-Pues deje de hacerlo, que le sienta muy mal.

Mi toquilla.

-Que...

Que lo de la lágrima

era una cosa muy fina.

Que se lo dijo un señor que quería resbalar por la mejilla

hasta la boca de una señora. -¡Bueno, ya es suficiente, Jacinto!

No le hacía yo tan grosero y tan mal criado.

¡Para mamarrachadas estoy yo, vaya!

-Eh...

¡Me cago en...!

-Pero ¿qué le ha dicho usted, pedazo de animal? Que esa mujer

lleva una leche que...

Le ha dicho usted lo de los perniles.

-No, lo de la lágrima. Pero que me he liado.

-Mire, siento decirle esto, pero usted es uno de esos alumnos

que necesita tener al maestro encima todo el santo día.

-Yo me dejo las pestañas, pero aprendo.

-Pues entonces todo se puede solucionar.

Claro está que también se necesita

un poquito de..., ya sabe... -¡Ah, ah!

¿Esto valdrá?

-¡Sí!

Un chocolate, espesito, que nos conocemos.

Y unos churros bien crujientes,

que no empapen la grasa.

-¿No le apetece nada más?

Ya conoce el refrán: "Hay que desayunar como un rey,

comer como un príncipe y cenar como un mendigo".

¿No quiere algo más contundente?

-Una ración de churros, si la masa es buena,

me parece suficientemente contundente,

-Un zumito de naranja ayudaría a digerir los churros.

¿No quiere uno recién exprimido?

-No, gracias. Desayunar frío es de obreros,

que se preparan la tartera la noche anterior.

-Permítame que le diga que el zumo de naranja

contiene propiedades bastante recomendables

para mujeres de cierta edad.

Además, ayuda a digerir las grasas. -¡Deslenguado!

¿Me estás llamando gorda y vieja?

-No. Mujer, ¿cómo iba a atreverme?

Solo le estaba dando un consejo dietético.

-Los consejos, para quien te los pida.

Un chocolate con churros, y deprisita.

-Bueno, como usted prefiera, pero...

en este país deberíamos ir acostumbrándonos a que un camarero

no solo es un recadero, sino también un asesor de la salud.

-Mientras nos acostumbramos o no, vete acostumbrando tú

a que en este país, de momento, solo eres un sirviente,

por alta cuna que tengas.

-Permítame que le recuerde, señora, que las sastras

no son precisamente marquesas, por mucho que intenten aparentarlo.

-¡Serás impertinente!

Las sastras somos las garantes del buen gusto.

Incluso en la corte.

-La corte la ha visto usted, como yo, en las estampas.

-Para que lo sepas,

mequetrefe, ahora mismo, sin ir más lejos,

el señor obispo me ha encargado la confección del manto de la Virgen.

Una obra que perdurará durante siglos

y que la misma reina besará con sus labios.

-Pues que se cuide la pobre monarca,

no se vaya a envenenar con la acritud que va a poner usted en ese manto.

¡Cada día estás peor, Antoñito! Ya de pequeño apuntabas maneras.

Ni de barrendero sirves, hasta para servir mesas

has tenido que echar mano de las influencias.

Si no fuera por Víctor, tú no estarías aquí.

-Señora, que soy un Palacio. Me está usted ofendiendo.

-Ay, pobre de tu padre y de todos los Palacios

por tener un pariente como tú, que tiene el rostro más duro

que una piedra y que solo vive del cuento.

-Señora, que yo lleve mandil

no implica que deba aguantar

las impertinencias de nadie, y menos de una vetusta dama.

-Pero ¿cómo me has llamado, lenguaraz?

-Y encima, sorda Mire,

si no le gusta el paño, arreando para su casa.

-¿Me estás echando del establecimiento

con el que he honrado con mi presencia

durante tantos años? Un establecimiento

de mi propia familia. -Sí.

-¿Quién te crees que eres, mamarracho?

-Jacinto, ¿y el queso? -Se lo ha llevado el Servando.

Pues nada, lo que te decía,

que... me he liado con lo de la lágrima

y la "seña" Carmen se ha ofendido.

-No se puede ganar siempre. -No cuente nada de esto.

Que todo el mundo pensará que soy un palurdo.

-No se preocupe, por mí no se va a enterar nadie.

-Pero ¿se puede saber qué habéis desayunado todos hoy?

Entro en casa de doña Rosina... y todos se callan.

Vengo aquí... y también silencio.

-No te escames, mujer, si son charlas de hombres.

-Que nada tienen que ver con mujeres. -Asuntos de ganado,

ya conoces a tu primo.

-Bueno...

Pues yo lo de mis señores no me lo estoy inventando.

Están muy raros.

Ellos antes..., bueno, doña Rosina,

siempre me contaba sus cuitas y sus líos.

Y ahora, nada.

Que si quieres arroz..., Catalina. Vamos, todo se lo callan.

-Mucho mejor, así no te metes en camisas

de once varas.

-¿No quieres saber de qué va el copete?

Que me han dado el día libre. ¿No es para mosquearse?

-El ganado es lo que tiene, que no te da ni un día libre.

-Primo, ¿no sabes hablar de otra cosa?

-¿No te lo estaba diciendo?

-(SUSPIRA) Ay...

Si me han dado el día libre es porque, uno,

algo esconden, o dos, no me necesitan.

No me han dejado preparar ni la comida del mediodía.

¿Crees que me han dado el día libre

porque le están haciendo una prueba a una criada nueva?

A lo mejor van a despedirme. -"Quiá". Si eres la mujer

más trabajadora y pulida que ha pasado por estas calles.

Ninguna criada te podría sustituir.

-¿Eso crees tú?

-Mira cómo te lo digo.

-(CHISTA)

-Ay, perdóname, primo.

Por favor, márchese y no dé más la murga.

Será lo mejor para su reputación. Le aseguro que no soy rencoroso.

-¿Rencoroso? Un piojo no puede ser rencoroso

con quien le da de comer.

No me moveré de aquí,

niñato maleducado.

No me moveré hasta que alguien con mando en plaza

te expulse de aquí.

-¡Abuela! ¿Qué es lo que está pasando aquí?

-Este andoba que tienes por servicio.

-Señora, un respeto. -Cállate, Antonio.

Cuénteme, yo sabré poner las cosas en su sitio.

-Este procaz insolente no solo me ha llamado gorda y vieja,

sino que también ha intentado echarme

de tu establecimiento. -¿Cómo?

-Pregúntale al viva la Virgen, pregúntale.

-No es como ella lo está contando.

-Para empezar, ella no es "ella".

Es nuestra estimada clienta

doña Susana. -Vale.

Doña Susana desprecia a los camareros.

-¿Te has atrevido a intentar echarla de mi chocolatería?

-Y con muy feas palabras. -Es mi abuela, Antonio, mi abuela.

Y mi abuela no iba a recriminarte en público

de no tener sobradas razones.

-Solo intentaba que disfrutara de un desayuno más equilibrado.

-Tu trabajo es servir y callar, con mi abuela y con el resto.

Eres la vergüenza de tu familia. Pobre don Ramón.

-Ni se le ocurra mentar a mi padre.

-Cállate. He vuelto a confiar en ti y me he vuelto a equivocar.

-Soy un buen camarero, lo sabes.

-No. Siempre y cuando no nos vengan

con impertinencias. -¡Que no lo eres!

¿Qué te dije la última vez?

Que no habría más meteduras de pata.

Este negocio está por encima de mí y de mi caridad.

Pues el negocio de mi santa madre vas a venir tú a hundirlo.

-Víctor, hablas como si fuera mía toda la culpa.

-Toda o con decimales, me da igual, Antonio. Vete de aquí.

Estás despedido.

-¿Es tu última palabra?

-Naturalmente.

Has hecho lo que has debido, Víctor.

Los clientes

no tardarían mucho en hartarse de ese deslenguado

y faltón. Un jefe nunca debe permitir

la insubordinación.

-Siéntese, abuela. -Ay...

Aunque hay algunas reticencias

entre una minoría de los propietarios,

la mayoría cederá sus joyas para la exposición.

-Temen por su seguridad. -No puede culparles, señor Alday.

A nadie le gusta desprenderse de sus bienes

más preciados, aunque sea temporalmente.

-¿Y podría convencer a los evasivos?

-Creo que sí. Sobre todo si doña Úrsula

decide acompañarme como esposa del artista.

¿Lo hará usted, señora?

¿Me acompañará, doña Úrsula?

-Sí, sí, naturalmente.

En cierto modo, Diego, hijo,

el amor a sus alhajas

es un homenaje también a Jaime, tu padre.

-Muy acertada.

-Gracias.

Perdóneme si estoy un poco distraída, pero...

es que no me quito de la cabeza a mi amado esposo.

Lo que disfrutaría

y lo contento que estaría con este homenaje.

-Pobre.

¿Cómo se encuentra? ¿Hay novedades? -No, por desgracia.

-Los médicos son optimistas.

Han conseguido estabilizar el ritmo cardiaco

y el posoperatorio ha ido perfectamente.

-Pero no se hacen ilusiones con su despertar.

-Dios quiera que no tarde en hacer vida normal.

-Lamento el retraso, lo siento mucho.

Encantada de verla, señora marquesa.

-No tienes que disculparte.

Al menos por tu retraso.

No estabas convocada a esta reunión.

-Perdóneme el malentendido, doña marquesa.

En cierto modo, las damas tienen razón, ambas.

Me he atrevido a solicitar la ayuda de Blanca.

-No alcanzo a comprender por qué.

-Durante estos días hemos estado hablando.

Blanca, además de buen gusto,

tiene muy buenas ideas respecto a la parte creativa

de nuestro negocio familiar.

-Es maravilloso. No se altere, doña Úrsula.

Cuantas más personas comprometidas con el homenaje, mejor.

Bienvenida, Blanca. -Gracias, señora.

-Por ejemplo,

y veamos qué opina usted, marquesa, Blanca y yo

habíamos pensado reconstruir la última joya

que mi padre había pergeñado en su cuaderno.

-Una pieza inédita. Sería el culmen de la exhibición.

La mejor manera de demostrar

que el talento creador de don Jaime Alday

continúa dando sus frutos. ¿No le parece, señora?

-Sí... Sí, sí,

estoy totalmente de acuerdo con usted, señora marquesa.

Pero es mucho más fácil decirlo que no hacerlo, queridos.

Todos sabemos que mi marido

tenía una sensibilidad intransferible.

Nadie podría si quiera imitarlo. -Es cierto, pero creo...

que el mejor homenaje que podemos hacerle

es construirle una pieza

que atesore todo el espíritu que mi padre

quería transmitir. -Es un placer trabajar con ustedes.

Casi puedo decir que se adelantan

a mis deseos y preocupaciones. -Gracias, señora.

Todos queremos que sea un éxito.

Si me disculpan un momento.

(ÚRSULA) Perdóneme que insista, pero estoy sufriendo tanto...

-¿Sabes algo de lo que aturde o preocupa a mi madre?

-Nada que yo sepa, señora.

-Parece ajena y rara, y le apasionan las relaciones con la nobleza.

Debe de ser algo muy grave

para que ni siquiera se preocupe de disimularlo.

-Le contaré lo que sé.

-Carmen...

Ve a preparar más té.

Elvira.

Por fin, creí que no venías.

¿Qué ocurre?

Nadie nos ve. Eso no puedes saberlo.

Pero es igual, es igual.

Debo decirte que me ha costado muchísimo acudir a la cita.

He pasado toda la mañana pensando en ti, en todo esto.

Yo tampoco he podido sacarte de mi cabeza.

Miraba el reloj de la pared cada medio minuto.

Esperando que las manecillas

llegaran a la hora en que mi padre se fuera a esgrima.

No deberíamos estar aquí.

No deberíamos tener la necesidad de escondernos.

No deberíamos, no deberíamos... Quizá, pero aquí estamos.

Y ni tú ni yo podemos estar en otro sitio. No me digas

que no esperas con tanta ansia como yo nuestros encuentros.

Adela no se merece esto.

Y yo no estoy hecho para engañar, Elvira.

Me repugno cada vez que pienso

en lo que le estoy haciendo a mi esposa.

No quiero hablar de ello. Pero yo sí.

Es buena. Y me quiere.

Me quiere mucho.

Hasta se ha propuesto ayunar para...

Chist, cariño, no hables.

Entre nosotros no cabe ella.

No es traición ni razón para avergonzarse.

Es el amor,

nuestro amor, el que la excluye.

No nosotros. -Rediez.

-Eso son palabras.

Y aunque fuera cierto, no podemos borrar el pasado.

No podemos enfrentarnos

a las convenciones sociales, al menos yo no.

Ni siquiera puedo enfadarme contigo.

Porque es así,

tan discreto y comedido, como te quiero.

Pero también hay un límite para la compostura.

Y ese límite no es otro que el amor.

Es hora de rendirse al amor y a la verdad.

Esa boda fue un error.

Pero fue.

¿Y qué propones?

¿Que paguemos toda la vida por el error de un día?

No podemos arrastrar la tristeza eternamente por que un día

tuviste compasión a Adela.

He luchado, Elvira.

Lucho, lo prometo, lucho para ser coherente

con mis propias decisiones, pero...

Pero no puedo vivir sin ti.

Te adoro, Simón.

Te quiero con toda mi alma.

He hecho de todo para volver junto a ti.

De todo.

Yo tampoco soportaría una nueva separación.

Te quiero.

Y estoy dispuesta a morir por ello.

No tiene que molestarse usted.

El coche me aguarda tras la esquina. -Será un placer acompañarla.

Jamás podré agradecerle cumplidamente las molestias que se ha tomado

para el reconocimiento de mi marido.

-Su marido, señora, es el mejor joyero

que ha dado nuestra patria.

Y conmigo o sin mí su memoria está garantizada.

Muy buenos días.

-Úrsula.

Quiero hablar con usted.

-Insensata.

¿No has tenido bastante

con el escándalo que montaste antes de ayer

en el barrio? -No quería que fuese así.

Pero fue.

Y no voy a aflojar.

Necesito saber la verdad.

¿De veras le presta usted a que me hija está viva?

¿Dice que la sigue para hacerle algo malo?

Se lo pido a usted, se lo mendigo.

Dígame lo que piensa, lo que sepa,

y no volveré a fatigarla.

Lo que usted me hable, nunca saldrá de mí.

-Descansa, desgraciada.

No es doña Cayetana quien ha vuelto de la tumba.

-¿Lo dices usted para callarme?

La mujer que la ronda conoce el cuento de Baba Yagá.

Usted se lo relataba a mi Cayetana. Pocas personas

lo conocen, muy pocas.

¿Quién más podría ser esa aparición?

-Doña Cayetana no es la única cría que yo he instruido.

Quítate esas ideas locas de la cabeza.

Tu hija está muerta y bien muerta, ni cenizas quedan,

No pases pena. -¿Por qué?

¿Por qué entonces no hace ni cuatro días que usted decía...?

Yo la vi.

En la iglesia.

Se metió... se metió en la iglesia.

¿A quién vi entonces?

-Viste a quien tu locura quiso que vieras.

Yo de ti no lo diría muy alto.

No vaya a ser que te encierren en una casa de caridad para locos

y acabes tus días allí, pudriéndote.

Me parece que me ha dado usted gato por liebre.

Aparte de un bolsazo,

nada he recibido de las hembras con sus consejos.

-Es que donde no hay no se puede sacar.

Yo que usted me olvidaba ya de las mujeres.

Aunque... Espere, que igual

tiene otra oportunidad. Atento, que el maestro va a actuar.

(CARRASPEA)

Fabiana, tenga usted cuidadito con esos ojos ardientes,

no vaya a provocar usted un incendio

que alumbre y entibie el mundo entero.

-Mire... (LLORA)

-Pues no me huelo yo un romance, así, de golpe y porrazo.

No parece haber rendido a la doña.

-Cállate, animal.

Tome, Fabiana, séquese las lágrimas.

-¡Ahí va!

¡Eso sí que es una mujer de narices! -¿Te quieres callar ya, animal?

Mire, Fabiana,...

no sé lo que le aflige, pero le tengo que decir...

que usted está guapa

hasta con las lágrimas cayéndole por la cara.

-Qué empeño con las lágrimas.

-Pero ¿se puede saber qué mosca le ha picado a usted?

Si vuelve a requebrarme,

le arreo un capón que le hundo un palmo del suelo.

-Bueno, no hay que llegar a la violencia.

A ver, le seré cabal. Es que el pastorcillo de la Finojosa

necesita una cátedra de seducción, para que no trate a las mujeres

como trata a las cabras. -Ovejas, señora,

diga usted que son ovejas.

Ya de paso, le diré que al maestro le dan calabazas como a mí o peor.

A la vista está.

-Por lo menos yo no digo perniles en lugar de piernas.

Ni que se vayan a rascar las caderas a las zarzas.

-Perdóneme usted, Jacinto.

Que no acostumbro a ser yo como usted me ve hoy.

Me ha pillado en una mala jornada. -Nada.

De esas, todos tenemos.

A mí me duran todo el invierno los malos humos.

Y bien difícil es quitarse la pena cuando todo lo que tienes por delante

son tres meses de frío y rodeado nada más que de ovejas.

Y balando. -Ay...

Pues no tiene usted mala labia, pastor.

Ahora, una cosa le digo,

si quiere usted aprender a tratar bien a las mujeres,

fíjese en los italianos.

Ellos... ellos sí que hacen un arte del requiebro.

-¿Y el menda no?

-¡El menda mejor haría...!

-Déjele, que tiene la mollera bien dura.

Dígame cómo hacen los italianos esos para prendar a las doñas.

Yo le daré mi queso a cambio.

-Se lo diré, no sufra usted,

y aprenderá. Aprenderá sin necesidad

de quesos ni cuartos.

-(RÍE) -Bueno...

-Siéntese, Jacinto, siéntese.

Siéntese.

A ver...

Mi madre se ha ido. Podemos hablar tranquilamente.

¿Qué es lo que decía que me iba a contar?

No le voy a decir nada a nadie,

si es lo que teme. -Perdóneme,

doña Úrsula no perdona la deslealtad.

-¿De verdad alguien la ronda o se lo imagina?

-Hace tiempo que le suceden cosas raras,

es verdad. Todo empezó cuando se encontró

la primera de esas monedas. -Ya.

Las monedas, las hojas que aparecieron en el salón

simulando un bosque...

No sé.

No sé, no me fío de ella.

Todo puede ser un espectáculo que se ha montado ella misma.

-Yo estaba aquí. Le puedo asegurar que alguien

me encerró en el despacho. Alguien que no era doña Úrsula.

-¿Quién? Especule. ¿No se le ocurre nadie?

Usted es quien, por proximidad,

tiene más datos para deducirlo. ¿Quién ha podido ser?

-Ni idea, se lo prometo, señora.

Lo más que puedo decir es que es una mujer.

Y sin buenas intenciones.

Por el momento no ha hecho nada

que nos permita deducir si sus propósitos

son buenos o malos. -Ya le digo yo que no.

No pretendo saber más de la cuenta.

Doña Úrsula está convencida de la peligrosidad de esa mujer,

espectro o lo que sea.

-Y no es mi madre mujer de pocas agallas.

-Tan insegura está que hasta me mandó a buscarle un escolta.

Le conseguí a un tal Merino. Que luego se marchó,

de repente. Vaya usted a saber por qué.

-¿Un matón con miedo?

Suena todo rarísimo.

-Parece ser que el tal Merino

llegó a hablar con la mujer misteriosa.

No puedo saber qué se dijeron.

Pero Merino se marchó de malos modos.

-Así que la inquietud de mi madre

se debe a que teme que esa mujer la pueda agredir.

Entonces, descartamos el espectro.

Tiene que ser una mujer real. -O lo parece.

Debo confesarle, señora,... que yo también vivo aterrada.

-Quizá, por una vez, mi madre esté diciendo la verdad.

¿En serio, no es rechifla? ¿De verdad que mi primo

está aprendiendo a cortejar mujeres? -Lo que dice aprendiendo, no.

Lo intenta... con voluntad.

-Ay, pobre, tanto empeño

y lo único que tiene a tiro viste de lana y va a cuatro patas.

-Es un hombre, tarde o temprano tendrá que suceder.

Si hasta los gañanes se casan. Oye, siendo mediodía,

¿qué haces tú tan desocupada dándole a la húmeda sin premura?

-Ay, si yo le contara.

Doña Rosina está más rara que un guripa sin porra.

Me ha dado el día libre.

Ya le digo que esos dos, "useasé", el matrimonio,

se traen algo raro entre manos.

-Mientras te echen a la rúa y te den el día libre,

debería resbalarte.

Porque no te irás a quejar, ¿eh, Casilda?

Anda, deja de pegar la hebra

y vete con tu marido, que será más de aprovechar.

-Ay, coñe, ni que la hubiera escuchado a usted.

Martín, vente acá, "pacá".

Oye, "bocacerrá",

no me habías contado

que mi primo está aprendiendo a enamoriscar hembras.

-Es muy vergonzoso. Me comentó que no se lo dijera a nadie.

-¿Yo no soy "naide"? A tu santa se lo tienes que contar todo

todito, ¿eh? Y tú no le des lecciones prácticas,

que enamoras hasta sin querer. -Anda ya, Casilda,

con esos celos de andar por casa.

Si tienes un hombre que es un cacho pan.

-Y yo no es que esté pensando en alguien en particular,

pero a veces el que parece buena persona

mata a la chita callando. -¿Y eso?

Bueno, estás como doña Rosina cuando quiere contar algún chisme.

-¿Chismoso yo? Dios me libre.

-Ay, Martín, que aquí hay gato encerrado.

No me digas que ya has enamoriscado a alguna ya, ¿no?

-"Quiá", si yo estoy muy bien con lo que tengo.

Además, yo no puedo enamorar a nadie.

Se ve a la legua que para mí no hay más mujer en el mundo que tú.

-Ya te decía que es un cacho pan.

Un cacho de pan

untado de miel y vino; eso es lo que es tu Martín.

-Y más le vale, porque en un renuncio no dejo ni viva la boina.

Bueno, voy a aprovechar el día libre.

Os voy a hacer un guiso a ti y al primo Jacinto

que vais a ver a Dios sin haber catado el vino.

Adiós, Martín mío.

-Tú, hale,

ya me puedes estar contando lo acaecido.

-¿Usted qué sabe?

-Lo sé, con eso basta.

Por vieja o por diablo, tú a mí no me la das, Martín.

¿A qué viene esa cara de pasmo que tres?

-Nada, Fabiana, cosas mías.

-Y ahora de servidora también. Larga.

-Bueno, si me aprieta tanto... He visto a la señorita Elvira

con Simón en los jardines del príncipe.

-¿Solos? -El uno con el otro.

Pero por sus miradas y por el trajín que se llevaban con las manos...

-¿Estaban haciendo manitas?

-No lo sé muy bien. Hasta a mí me ha dado vergüenza

y me he tenido que ir.

-Haces muy bien, Martín. Que no es cosa tuya ni nuestra

lo que haga una señorita en los jardines,

sea quien sea el interfecto. Así que tú... punto en boca.

-Será posible, si yo no he dicho nada,

ha sido usted quien me ha tirado

de la lengua.

María Luisa, hija, deja ya la matraca.

Para mí tampoco fue un plato de gusto

que tu hermano se dedicara a servir mesas. Pero ahora

me siento orgulloso de su iniciativa.

Hasta es probable que le haya servido para aprender la lección.

-Que no te quepa la menor duda. No hay nada que te abra más los ojos

que doblar las bisagras en un trabajo digno.

-"Good afternoon", familia. Que es como decir

a las buenas tardes. -Ah.

Estábamos hablando de ti y de lo orgullosos que nos sentimos

de tus últimas decisiones. -Ah, ¿sí?

Pues vuestro orgullo

va a aumentar con la nueva noticia. -Uh.

-Familia,

ya no trabajo en "La Deliciosa".

-¿Qué?

-Y vuelta la burra al trigo.

-Nuestro gozo en un pozo. -No, padre, todo lo contrario.

La experiencia me ha servido para expandir la mente.

He aprendido mucho en este trabajo de lacayos.

Entre otras cosas,

a abrir los ojos ante nuevos horizontes

y expectativas. -Dicho de otra manera,

te han despedido.

-Bueno, eso es una manera muy ruda de decirlo.

Cierto que el propietario y yo

tuvimos cierta disparidad de criterios, pero el cese

de la prestación de los servicios

se produjo en un clima de respeto mutuo.

-Es verdad que Víctor te ha largado. ¿Qué habrás hecho esta vez?

-Venga, diles la verdad.

Diles que eso no es cierto. -No, lo siento, pero sí, es cierto.

Eso sí, yo me fui con la cabeza bien alta.

No os podéis ni imaginar lo que la sastra Susana me llamó.

-¿Susana? ¿Qué tienes que ver en todo esto?

-Pues que la eché de "La Deliciosa". Dijo que era un mamarracho,

un mequetrefe, viva la Virgen, chisgarabís,

deslenguado, lenguaraz, lo que es una redundancia, por cierto...

-¿Y no te llamo subalterno? -Sí, creo que también.

Le gusta mucho esa palabra.

(IRÓNICA) No sé qué significará. -Ya es suficiente.

Este hijo mío siempre me la va a pegar.

-Padre, no se ciegue. Doña Susana

llegó hasta a poner en entredicho nuestro apellido.

-Otra vez en boca de todos. Otra vez. -Ya está bien.

Que todos sabemos que Susana es un poco lianta,

que le gusta pinchar al servicio. -Yo diría dar estocadas,

más bien. -Con su permiso.

¿Cómo empezó la bronca? -Eso no es lo importante,

sino cómo acabó.

Y no hay mucho más que decir. Víctor es un hombre justo.

Tendrá razones más que de sobra para ponerte en la calle.

Ya sabes, hermanito, las minas te esperan.

-Me iría encantado a las excavaciones

si no estuvieran tan lejos de Lolita, claro.

-No sé qué voy a hacer contigo, hijo mío, lo confieso.

Eres como una pescadilla que se muerde la cola:

terminas igual que empiezas,

mal y sin cabeza.

(NERVIOSA) Padre, perdóneme que obvie las normas litúrgicas,...

pero tengo necesidad perentoria de hablar con vuestra reverencia,

de hablar con Dios.

Siento que me ahogo.

Llevo mucho tiempo padeciendo, padre.

Padeciendo angustia, culpa,

una culpa que me asfixia y que me apantana el pecho.

Y ahora esa culpa,

siempre fue insoportable, pero, al fin y al cabo, pasado,

se ha convertido en presente.

Como si una piedra de amolar hubiera caído sobre mí.

Sé que no obré bien,

pero no supe hacerlo de otra forma.

Abandoné una hija, cuando esta era muy pequeña,

con todo el dolor de mi corazón.

Y ahora ha vuelto.

Ha vuelto...

para pedir cuentas y vengarse.

(LLORA) Ayúdeme, padre.

Interceda por mí.

Cumpliré cualquier penitencia

que vos o que nuestro Señor tengáis a bien ponerme.

(LLORA) Pero, por favor, interceda por mí.

No podré soportar por mucho más tiempo este tormento

-(MUJER) Demasiado tarde para que incluso el Señor perdone.

Pagará usted por lo que hizo. Pagará con creces.

¡Olga! ¡Olga! ¿Eres tú?

¡Olga! ¡Olga!

Olga...

No tendría que haberme comprometido, Diego. Soy incapaz.

-Claro que puedes.

Es la responsabilidad lo que te abruma.

No pienses que tratas de sustituir a mi padre.

Imagínate que le ayudas.

Y sin prisa.

Yo no tengo ninguna.

-"Mi madre me ha dicho"

que sigues sin probar bocado.

-Así es. -Eso no puede seguir,

o terminarás enfermando.

Por eso te he traído unas perronillas de esas que tanto te gustan.

Coincidirás conmigo en que tienen una pinta estupenda.

Agradezco tu interés, pero debo seguir ayunando.

-Primero me llamó gorda y vieja, después me echó de la chocolatería.

Ay... (RÍE)

-No es para chancearse.

Susana se llevó un sofoco de los gordos. Y el muchacho

se ha quedado sin empleo. -Ya me imagino.

Disculpad, es que no sé qué me pasa.

Tengo unos cambios de humor de lo más repentinos.

El caso

es que don Ramón se ha lucido bien

con la educación del muchacho. -Dos azotes bien dados a tiempo

siempre vienen bien,

pero como a ese nadie le llamó al orden,

pues de aquellos polvos, estos lodos. -"Cuando la gente se entere"

de que tu amigo te ha despedido, ya no te contratan.

-Es tan fácil como encargarme de que no se entere nadie.

-Difícil tarea. Lo que te pasó con doña Susana

ya lo saben hasta en la China.

Anda que no es chismosa la sastra. -No lo veas todo tan mal,

ya verás como salimos de esta.

Enhorabuena por el alta de su hermano.

-¿Está en casa? -Eso parece.

Acabo de ir al hospital y ya no estaba allí.

-Sí, es una suerte que se haya recuperado tan pronto

para dejar ese lugar.

Nunca me han gustado los hospitales. -Pasaré a verle en cuanto pueda.

Ahora, si me disculpan, tengo unos asuntos domésticos pendientes.

-Otra vez le toca ir de compras.

-Con Dios.

-No quiero ser imprudente, pero me ha parecido

que le extrañaba la noticia sobre su hermano.

-Celia no me cuenta lo que sucede en casa.

-¿Admite entonces que iba a dejar que me muriera?

-Por supuesto que no.

No confiaba en esos médicos,

que lo único que buscaban era experimentar

con tu persona. Te juro que en todo momento

he obrado de buena fe.

-Lo siento, pero no puedo creerla.

¿Qué interés podría tener yo

en tu muerte? -Quizá esa era la única oportunidad

que tenía para hacerse con el control de la empresa de la familia.

"¿Se ha dado cuenta de la hora?".

Va a llegar tarde a esgrima. Pues haces mal, hija.

Deberías mostrar más interés por las noticias.

Debes convertirte en una mujer cultivada y de provecho

si algún día quieres tener un marido de altura.

Ya hay bastantes desgracias en el barrio

como para tener que preocuparme también

de las que ocurren allende los mares.

Padre, si sigue la lectura,

se perderá la sesión de hoy. No iré.

Tengo la muñeca lesionada; temo que empeore.

Qué contrariedad.

Tener que quedarse en casa

con lo que disfruta usted perfeccionando su estilo.

-"Tómese la tarde libre".

Para hacer esos asuntos que tenía pendientes.

-No es necesario, señora.

Ya no tengo que acudir a ningún sitio.

-Bueno, de igual forma puede salir.

Podrá disfrutar de la compañía de su esposa.

-No creo que eso suceda.

No parará de bordar ese manto hasta que terminado.

-Esa muchacha va a terminar enferma.

Tanto trabajo y tanto ayuno no pueden ser buenos.

-Opino igual que usted, pero no atiende a razones.

-No sé qué le estará pasando por la cabeza para comportarse así.

-"Liberto, por Dios,"

no seas antiguo. Los tiempos están cambiando.

Lo mismo vale un caballito para un niño que para una niña.

-Sí, pero siempre será mejor para ella

una casa de muñecas, ¿no? -Pamplinas.

Con el tiempo,

las mujeres harán las mismas tareas que los hombres.

-Muy raro me parece eso que dices.

Lo que te puedo decir es que yo voy a querer por igual a mi vástago,

sea un niño o una niña. -Ay, Liberto,

siempre he querido tener un hermano,

enseñarle tantas cosas, jugar con él...

Aunque tarde, no deja de ser un sueño.

-No es por hacerte un feo, pero esto a mi niña no le vale.

Es que ni dándole dos vueltas.

-Ahora le vendrá grande,

pero quién sabe si en unos meses le viene de perlas.

-Difícil, mi niña no es de comer mucho.

No creo que engorde. -Pero es una mujer joven

y en edad de criar. Puede que lo necesite en poco tiempo.

Mejor que esté en su armario que cogiendo polvo en la sastrería.

-Lo veo difícil, siendo viuda como es.

Le iría bien a Adela, que está recién casada, por ejemplo.

-De momento, me parece que los niños no van a llegar a ese hogar.

Sin embargo, tu hija nos puede dar una sorpresa.

-Me imagino que te habrás preguntado muchas veces

por qué sigo al lado de mi madre

después de todas las perrerías que me ha hecho.

-Me ha resultado chocante.

Y más teniendo en cuenta que te encerró en esa casa de locos.

-Mi madre me ha estado chantajeando con un secreto que tenía oculto.

No lo sacó a la luz hasta que yo estaba decidida a irme.

Tengo una hermana melliza.

-"Quiero que me cuente"

lo que sucedió en mi casa.

¿Qué vio para que saliera tan despavorido?

-Vi a esa mujer.

-¿Qué le dijo para que abandonara el trabajo

sin dar ninguna explicación?

-Me metió el miedo en el cuerpo como nadie lo había hecho antes.

  • Capítulo 623

Acacias 38 - Capítulo 623

17 oct 2017

Diego ofrece a Blanca hacer realidad el diseño de la joya que está diseñando. Adela se mortifica para expiar los pecados de Simón. Susana se preocupa por su nuera y busca consejo en Celia, que tampoco ve solución fácil para el matrimonio.

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