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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 618 - ver ahora
Transcripción completa

Pero... Pero si es mi primo el Jacinto.

¡Ay! A mis brazos.

-¡Epa!

-Es mi primo. Mi primo, el del pueblo.

-¡Y epa!

-¿Tú qué?

-Que vamos a tener un hijo, que soy yo la que está embarazada.

Elvira, no tenemos más tiempo. No me voy.

Pídele al cochero que baje mi equipaje.

Elvira, por favor. La decisión está tomada.

Simón me ama a mí.

-Estás muy confundida. Yo paso las noches con él.

Sé lo que siente su corazón

y a quién desea.

Así que, si de verdad le quieres, lo mejor será que te alejes de él.

No lo vas a conseguir. Ni lo sueñes.

Es mi marido.

Rezaré por tu felicidad lejos de nosotros.

No me iré.

(NIÑOS) # Duerme tesoro, que viene el coco

# y se come a los niños

# que duermen poco. #

-¿Quién os enseñó eso?

-Una mujer. -¿Dónde está?

-Está ahí.

-"Samuel me ha pedido que guarde este cuaderno

lejos de mi madre".

-Los diseños de mi padre.

El alma de la empresa.

-Ahí falta una página.

Parece que la hayan arrancado. -"Yo cuidaba a una niña"

a la que le cantaba esa canción.

-Y los niños te dijeron

que una señora les había enseñado la canción.

Una mujer a la que tú cuidabas

podría ser Cayetana, si no supiéramos que está muerta.

-Lo está.

Nunca aparecieron sus restos.

-Dios nos libre de que hubiera sobrevivido. Su venganza...

-Nos alcanzaría a todos.

-Entonces, ¿crees que es posible que Cayetana

ande rondando el barrio?

Y me imagino que, si se oculta, no tendrá buenas intenciones.

-Desconozco sus intenciones.

Pero las dos sabemos

que doña Cayetana nunca fue una hermanita de la caridad.

-¿Pero cómo pudo Cayetana escapar del incendio?

Si estaba todo carbonizado. -No puedo responderte a eso.

Los recursos nunca le faltaron.

Y Pedro Botero no se quema en el infierno.

-Ave María Purísima. No hables de eso.

-Además, nunca encontraron el cadáver.

-Perdón por la intromisión, señoras, pero...

doña Úrsula tiene razón. La muerte de doña Cayetana

fue solo un atestado de la Policía. No hubo ninguna prueba

de su fallecimiento. -La verdad, tiene sentido,

pero... no es posible.

No especulemos más.

De momento,

no hay certeza de que esté viva.

Es un temor infundado. -Tú lo has dicho,

de momento.

Dios quiera

que el temor no se encarne y que ese alma en pena

no se aparezca nunca ante nosotras.

-Me estás asustando.

Bueno, supongamos que se salvó del incendio,

¿por qué huiría de nosotras?

-Nunca le faltaron razones a doña Cayetana para odiarnos.

Por ejemplo, a mí.

¿Tú crees que me perdonaría

que viva en la que fue su casa? -No.

-Jamás lo toleraría.

Seguro que ahora estaría tramando su venganza.

-Por mal que hiciera, nunca sería acusada.

De no ser descubierta, podría cometer atrocidades

sin temor a ser acusada por ello.

-Bueno, si me dejo llevar,

terminaré por ver a Cayetana detrás de la cortina,

pero no pienso sugestionarme.

-Más te vale que estés atenta,

por si acaso.

-No, no, no, no me quiero dejar llevar.

Es imposible que esté viva.

Son solo temores tuyos.

-Como quieras.

Si eso te tranquiliza...

tú misma.

Buenas noches, cariño.

Pareces cansado.

¿Has tenido mucho trabajo después de que nos viéramos

en la sastrería?

-No, no, no.

No especialmente. Lo normal.

¿Y tú, has empezado a bordar ya para el obispo?

-No.

¿Te crees que esto es ponerse y ala, a bordar?

No, mañana empezaré.

Hoy doña Susana y yo hemos dejado todo dispuesto.

Hay que pensar mucho, no te creas. -Harás un buen trabajo.

Si no fuera blasfemia, diría que estoy seguro que,

al terminar, el obispo te subirá a los altares.

-Eres un exagerado.

Yo me conformo con que el mantón deslumbre a los fieles.

-Te admirarán, ya lo verás.

-Pensaba ir directamente a asearme antes de cenar, pero...

No sé, me siento bien cuando podemos charlar así los dos.

Charlar de todo y de nada,

como cualquier matrimonio.

-Has llegado un poco tarde, ¿no?

-Sí, estaba pensando,

imaginando los motivos que voy a bordar.

-¿Y cómo es que mi madre no se ha venido contigo?

-Es que ella quería

hacer una lista para los proveedores.

Ya sabes, los diferentes tipos

de hilos y de pedrerías.

No nos puede faltar nada para empezar a trabajar.

-He visto la ilusión en los ojos de mi madre.

Está contenta a más no poder con ese encargo.

Y todo te lo debe a ti.

-Bueno, es mérito de las dos.

No quieras achacárselo todo a tu mujercita.

(Puerta cerrándose)

-¡Jesucristo de mi vida y de mi corazón!

No sabéis las ganas que tenía de regresar a casa.

De punta traigo el bello.

Voy a tener mal lo de dormir esta noche.

-¿Y eso? -¿Ha pasado algo?

-¿No os habéis enterado?

Hace unos días que alguien está atosigando a Úrsula.

-Será otro de sus enjuagues. -La cosa no es baladí,

que la veo bastante preocupada.

-¿Y por qué la están atosigando? -El por qué no lo sabe,

pero ella está totalmente segura

de que esa imagen misteriosa es Cayetana.

-Vamos, no es posible, madre. -Eso mismito

pensé yo, pero ella está totalmente convencida.

-Cayetana murió. No son más que aprensiones de vieja.

-Hombre, muchas gracias. -Sabe usted lo que quiero decir.

Si el diablo no tiene qué hacer,

mata moscas con el rabo. -Muy arrogante te veo.

¿Y si fuera verdad y Cayetana estuviera viva?

Ya era hora.

Pensaba que ibas a juntar el desayuno con el almuerzo.

-Sí, se me han pegado

un poco las sábanas.

Aunque dormir no he dormido. He pasado una noche toledana.

-¿Y eso? -En mi estado es normal.

Ay, y ya rezo para que todo se quede en algunas noches en blanco.

-En tu estado, dices.

Rosina, cariño,

¿tú estás segura de tu estado?

-¿Qué quieres decir con segura? Claro que estoy segura.

¿Acaso crees que iba a engañarte?

-No, tampoco he dicho eso.

-Segura, segurísima. Conozco todos los síntomas.

No es la primera vez que estoy encinta.

-Tampoco hace falta

que te sulfures.

Es que uno, pues... Yo no me lo esperaba,

ya está.

-Haciendo uso del matrimonio como hacemos,

pues no es de extrañar. Si al final,

voy a pensar que crees que a los niños los trae la cigüeña.

-No eso, trato de decirte

que acudamos a un doctor antes de dar la voz de alarma.

-¿Alarma? Yo no estoy alarmada. Estar encinta

cuando una está bien casada, es una cosa alegre, digo yo.

Y nada de médicos.

Ya iremos cuando mi vientre se abulte

y el hombre tenga algo que palpar.

-Sí, pero estaríamos más ciertos si nos lo confirmara un especialista.

-Me hice dos pruebas: la de orina, la del péndulo. Hasta lo escabroso

te tengo que contar, Liberto. Confirmado está.

¿Sabes qué?

Lo tuyo es aprensión.

Es eso,

aprensión por ser padre.

Ya no te ves tan joven y ves que tienes que ser un hombre.

-Oye, que uno tampoco es un párvulo, eh.

Demontres...

-¿Es que no te hace ilusión, es eso?

No te hace ilusión, eh. Ni una pizca.

No me esperaba esto de ti.

Pues menuda cena me dieron entre unos y otros.

Hasta la simplona de Lolita metió cuchara.

-No entiendo es a tu padre. Que tendría que ser un chasco, ¿no?

Con el dineral que se gastó en los estudios de Antoñito.

Para tenerle ahí,

limpiando cacas de perro

y otros lustres. -Pues no.

Ha dejado claro que no moverá un dedo

para evitarnos esa humillación. -Vaya.

¿Y doña Trini? ¿Qué dice? -Más contenta que unas castañuelas.

¿No ves que fue cocinera antes que fraile?

No lo entiendo, no lo entiendo.

Debería darnos vergüenza salir a la calle.

-Bueno, tampoco exageres.

No es trago de buen gusto, pero, oye, todos los trabajos son dignos.

-Otro.

Yo, de verdad, es que no sé qué os han dado de comer.

Para quien lo necesite, no para el vástago de una familia de bien.

-Sea como sea, coincidimos en que Antoñito necesitaba disciplina,

por no decir un par de guantadas.

-Esas guantadas deberían habérselas dado a tiempo, y no ahora.

Estamos castigados todos. -Mi vida,

no hay que rasgarse. Bien empieza lo que bien acaba.

Igual tu hermano acaba aprendiendo la lección.

Quién sabe. -Eso si la aprende,

¿pero a costa de qué? De nuestro nombre. Nunca me apoyas.

-Eso tampoco es verdad, mi vida.

-Ahora estoy mintiendo. Deberías estar dándome la razón.

-Bueno, pues siento si te ha dado la impresión equivocada.

Si te duele, a mí también, María Luisa de mi vida.

Tienes todo mi apoyo. -Tu apoyo. Pues menudo apoyo.

En cuanto le veas por la calle con el palo de la escoba,

te acercas a darle un refrigerio, como si fuera normal.

-¿Y le proscribo como a un apestado? -Si fuera por mí, sí.

Sí que lo haría. A lo mejor otros correrían la misma suerte.

Me voy a casa, no quiero discutir

con mi novio hoy. Adiós. -María Luisa. ¡María Luisa!

Antoñito.

¡Chist! Antoñito.

Ven para acá.

-Mira, te voy a liberar de la enfadica de mi hermana.

Te barro los pinreles

y no hay quien te case. -Ya. Menos bromitas,

que contenta la tienes. -Es lo que hay.

Es o esto o partirme el lomo lejos de Acacias, y eso sí que no.

Además, que no es tan duro. ¿Quién no quiere limpio su barrio?

-Con la cabeza alta, me parece bien. -A la fuerza ahorcan.

Además, que no me quejo.

No es el trabajo de mis sueños, pero quien la hace, la paga.

Y en esas estoy yo, pagándola. -Pues mira, es tu obligación.

Ahora, que con tus estudios, ¿qué quieres? Me parece raro.

-Deberías verme cuando tengo que ir

a limpiar la parada de los coches de punto.

Antes me daban miedo los caballos,

pero ahora...

-¿Y vas a conformarte

o estás pensando en buscar algún otro trabajo?

-Tú no has tenido que ir de almacén en almacén pidiendo laboro,

que desanima a cualquiera.

-¿Pero si alguien te ofreciera un trabajo

de una categoría un poco superior?

-No creo que queden almas simples como para eso.

-Gracias por lo de alma simple.

Todavía queda alguna, Antoñito. ¿Qué te parecería trabajar conmigo

en La Deliciosa?

-¿Lo dices en serio? -Ya me estoy arrepintiendo un poco.

Pero... -No, que acepto. ¿Cuándo?

-Pues esta misma tarde,

si no tienes otro compromiso. -Hecho.

-Venga, pues una alegría. Y no creo

que solo para mí.

-Lo que es la vida,

hace días nadie confiaba en mis habilidades laborales,

y ahora me llueven ofertas. Eres bueno, Antoñito,

eres muy bueno. -Ya me estoy arrepintiendo.

-Y tú eres mi ángel de la guarda.

Bueno, me voy a devolver esto, que es propiedad municipal.

Y, de paso, me río en la cara del jefe,

que me dijo que iba a barrer aceras hasta mi jubilación.

¿Por qué te refugias en la cocina?

Alimento recuerdos de tiempos mejores.

Pues deberías centrarte en el presente

y olvidar tu nostalgia.

Tienes toda la vida por delante.

Y también mucha por detrás.

En esta cocina nos ocultábamos Simón y yo de usted.

Vivíamos nuestro amor a sus espaldas.

Olvídate de Simón.

¿Cuándo vas a darte cuenta que todo fue un error?

Te ha traicionado.

Se ha casado.

Mira hacia delante, hija.

Ha llegado el momento

de sacarte de este pozo.

Déjame ayudarte,

que te cuide y te proteja.

Te ayudaré a recuperar el amor propio que perdiste

cuando te enamoraste de ese ganapán.

Quien me robó el amor propio fue Burak Demir,

y usted.

Que dice quererme y no ha hecho más que engañarme.

Quizá haya cometido errores.

Pero solo por lo mucho

que te quiero,

que te he querido siempre. Por amor me mintió

sobre su bancarrota, ¿verdad?

Y por amor me secuestró para llevarme a Turquía.

Buscaba una vida mejor

para ti.

Y evitaba que cometieras el mayor desatino casándote con un criado.

Le quería.

¡Y él me quería a mí!

¿De veras?

¿Desde cuándo un hombre enamorado se casa con otra en tan poco tiempo?

Desde que usted hizo lo imposible

por darme por muerta. ¡Tonterías!

Ni siquiera la muerte puede con el amor verdadero.

Piensa un poco.

Yo, tu padre, soy el único que te querrá siempre,

siempre, hija.

Desde la muerte de tu madre, tú y yo solo nos tenemos

el uno al otro.

Confía en mí.

Parece que ninguno de los dos ha caído con buen pie en Acacias.

Mírame a los ojos.

Vámonos, Elvira, lejos de aquí.

Empecemos de cero en cualquier otro lugar, olvidemos Acacias.

Puede que no siempre estemos de acuerdo,

pero siempre me tendrás a tu lado.

Yo te guiaré y te cuidaré.

Déjame ser tu padre.

¿Y el cuaderno de nuestro padre?

-Lo tiene Blanca.

¿Sabías que le falta una hoja, una de las del final?

-Úrsula intentó hacerse con él. Tuve que arrancárselo.

Una de las hojas se rasgó. No sé qué habrá hecho con él.

-Lo tiraría a la basura.

Maldita sea.

¿Qué interés puede tener esa mujer en los diseños de nuestro padre?

¿Hasta dónde quiere llegar?

-No va más allá de la simple avaricia.

Quiere el control de nuestra empresa

y sabe que en ese cuaderno se esconden secretos,

el talento de nuestro padre.

-¿Qué joya había diseñado en la hoja que falta?

-No lo sé.

En lo que quedó cosido al cuaderno se aprecia

como una joya con motivos florales.

Al menos en la silueta.

Pero creo que nunca había visto una pieza así.

-¿Sabemos si llegó a producirla o incluso a venderla?

-Tampoco estoy seguro de eso.

Sé que en el momento en que la diseñó,

trabajaba para la marquesa de Urrutia.

-Quizá podríamos preguntarle.

-Sería una suerte que ella la tuviera o la conociera

y que nos permitiera hacer una copia para completar el cuaderno.

-Le podría enviar un telegrama.

Me voy.

Pero antes de irme quiero que sepas

que te deseo lo mejor, Samuel.

En lo que a tu recuperación se refiere, por supuesto,

pero también en tu matrimonio.

Te deseo que seas feliz con Blanca.

-¿Crees que debería agradecerte tus cumplidos?

Lo siento, pero no lo voy a hacer.

Nuestra relación se circunscribirá únicamente al negocio familiar.

Si es que puede seguir llevando ese nombre.

No quiero saber nada de ti, a no ser que hables de joyas.

Adiós entonces.

-Adiós.

María Luisa, sentémonos.

María Luisa, me alegro de verte.

Me quedaría a hacerte los honores,

pero tenía pensado salir.

Y mejor, porque así podréis hablar tranquilamente de vuestras cosas.

Adiós, hija.

-No me lo puedo creer.

Si parece que hasta le gusta que venga a verte.

No le importa que trate a mis amigas, siempre que me porte bien.

Puede que esté intentando cambiar.

No lo sé, siéntate.

¿Y ese perrito faldero que va con él a todos lados?

Mi padre dice que es su secretario.

Pero para mí que le guarda las espaldas

porque teme a Simón.

No creo que Simón le haga nada, ya no.

No te necesito a ti para que me recuerdes

cómo están las cosas.

¿Sabes quién vino a verme ayer?

Adela.

¿En serio? ¿Y qué te dijo?

Tira la piedra y esconde la mano.

Muy modosita, muy mosquita muerta,

pero defendiendo su posición.

No entiendo. ¿Qué quiere de ti?

Acercarse.

Que no nos guardáramos rencor, que rezaría por mí.

Patrañas.

Vino a decirme que Simón era suyo.

Y no mintió, esa es la situación. No.

Porque el amor que nos tenemos Simón y yo

no entiende de sacramentos ni límites.

Esa monja no es nadie y no pinta nada

en esta historia. Adela ya no es monja, es su mujer.

Y nosotras debemos respetarlo.

¿Respetar?

¿Respetar el qué?

¿Un matrimonio amañado por una arribista,

por una carroñera que esperaba que no volviera para caer sobre Simón?

Elvira, tranquilízate, no te enfades.

Solo quiero que veas las cosas como son.

El matrimonio es de hecho y de derecho.

Poco me importa su estado civil.

Él me quiere.

Yo le quiero. Nos amamos.

No importa lo lejos que haya llevado todo esto,

no voy a rendirme. No puedes ir

en contra de Dios y de lo que piense la gente.

Sí con un poco de ayuda.

¿Estarías tú dispuesta a ayudarme?

¿A romper los lazos que unió Dios? Por supuesto.

Tendrías que propiciar

un encuentro con Simón.

A solas, eso sí.

¿Piensas incluso en adulterio?

Pienso en amor,

en empezar de nuevo,

en rehacer mi vida.

No, Elvira, yo no puedo hacer eso.

No quiero verte en el fango. Descuida, que no será como piensas.

Tal vez si veo a Simón, sea solo para despedirme.

No lo entiendo. ¿Qué quieres decir con eso?

Mi padre quiere que nos vayamos de aquí.

lejos, él y yo.

Y, en el caso de que me ayudaras a ver a Simón,

podría ser la última vez que hablara con él,

con mi amor.

¿Me ayudarás?

¡Ah!

¿Será posible?

-No es buena sastra quien no se pincha las yemas de los dedos,

al menos, una vez al día. -No estoy a lo que tengo que estar.

-Ya lo he notado.

Estás todo el día refunfuñando.

¿Qué te pasa, has discutido con Simón?

-No.

No, no. Si Simón es el hombre más...

Más sensato y cariñoso

que he conocido. Y me mima.

Es por otra cosa. -¿De la que no quieres hablar?

-O sí. Sí,

así saco este runrún que me araña las entrañas.

Verá, no tiene que ver con Simón.

Tiene que ver con Elvira.

Ayer fui a visitarla.

-¡Madre del amor hermoso!

¿Y a cuento de qué?

-Para ofrecerme.

No sé, hacer las paces, llegar a un punto común

de reconciliación.

Se negó.

-Tú, como buena cristiana, ya has hecho lo que has podido.

-Ya, pero no solo escupió a la mano que le tendí,

sino que me dijo que pelearía por Simón,

que me lo arrebataría.

-No puede reclamar lo que no es suyo.

Tú no entres en disputas. -Pero yo pelearé

si me saca las uñas. -Mejor es que no os tratéis.

Cada mochuelo a su olivo.

Lo que tienes que hacer es honrar tu matrimonio,

y así estarás a bien con Dios.

Y conmigo.

-Gracias, doña Susana.

No tiene por qué preocuparse por eso.

-Lo que Dios ha atado, que no lo separen los hombres,

ni las mujeres.

Para mantenerlo atado, cuenta con mi apoyo.

-A las buenas.

¿Tiene usted un momento, doña Susana?

-¿Qué haces aquí? ¿Alguna ocurrencia nueva

de tu señora?

-Me manda que le traiga estas faldas para que les saque la cinturilla.

Que dice que le aprieta la asadura, o las tripas,

o como se le quiera llamar al bazo. -Esta mujer

me va a volver loca.

Te aseguro que usa las mismas medidas desde que la conozco,

desde que es clienta. Pero dale que dale.

-Bueno, no se soliviante usted. Haga como yo,

que de día me pongo el sombrero, aunque canten las lechuzas.

-Anda, ponlas aquí, que tú también tienes una cruz...

-Menos que otras, doña Susana.

Que yo prefiero lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Por ejemplo,

prefiero una señora antigua que no una de las nuevas avenidas.

Por lo menos nosotras,

las siervas, pensamos así.

-¿Y eso a qué viene ahora?

-Pues viene a que me he cruzado con la señora Carmen,

que estaba esperando a doña Úrsula. La pobrecita no sabía dónde meterse.

Doña Úrsula paga con ella

todos sus chascos. -Pues va lista la buena de Carmen,

porque estos días, Úrsula está que trina.

-¿Y sabe el por qué de ese malhumor?

-Uy, esa nació así.

Pero además, estos días está alunada. Cree que Cayetana le ronda.

-¡Anda la osa! ¿Doña Úrsula viendo fantasmas?

Vamos, eso sí que no me lo creo yo.

-¿Que no te lo crees?

Ahora te lo cuento y verás si te lo crees o no.

¡Me cago en la...!

-Ahora se relaja uno un poquito... ¡Dios, una oveja! Sácala.

-Bonita, ven.

-¡Quieto parado! Que te arreo un puntapié y balas.

-Por Dios, los disfraces para carnaval. ¿Qué hace de esa guisa?

-Unas gachas. Pero es que me salen mejor si me echo el capote.

Ya quisiera yo

tener una oveja aquí, en el altillo.

Dan mejor compañía que un ser humano.

-Usted les tiene ley a sus lanudas. -Yo mucha.

Y porque me corresponden.

Tenía yo una que le decía la Bollera,

que me entendía hasta cuando rezaba el Corpus.

-¿Cómo sabía que entendía?

-Toma, porque me lo decía con los ojos. Cuando los ponía así,

mirando para lo lejos,

decía que era momento de echar para el norte y el fresco.

-Claro, eso siempre para el Corpus.

-Sin fallar un año, eh.

¿Y la Lucera? La Lucera.

No había tarde

que no me avisara que era de noche.

-Son muy listas. Unas lumbreras.

¿Puedo probar las gachas? -¿No ha de poder? Me dice cómo van.

Que quiero agasajar a la Casildilla.

Eche.

-Pero, Servando, con mesura que nos conocemos, eh.

Nos deja el socarrado.

-¡Oh, oh!

Esto es néctar de los dioses. Esto no lo comen

ni los obispos. -Toma, claro, es harina de la buena.

Y también les he traído unas cántaras de leche recién ordeñada

para que la caten. -Un momento.

-La leche fresca,

la leche fresca es salud,

y no los caramelos que me dio la Lolita,

que me pusieron las tripas

como si rumiara. -¿Cómo que caramelos?

¿Que Lolita tenía caramelos y no ha repartido?

-Sí, aquí los tengo.

-¡Válgame Dios!

Pero si esto son aspirinas, alma de cántaro.

Que esto son medicinas y no dulces. -Yo lo...

Lo que me dijo la Lolita,

que se los comía como caramelos.

-Ay, Jacinto, Jacinto,

que se tiene que quitar el pelo de la dehesa.

Que las mujeres no siempre dicen lo que dicen.

-Ya. No son como la Lucera, que habla bien clarito.

Yo es que

lo de las mujeres,

como no las trato ni de cerca ni a menudo...

Si ya veis que me pongo rojo con mentar la palabra mujer.

-¿Ha oído, Servando? Que tenemos un soltero de vocación

en nuestras filas. -Eh, eh, y a mucha honra, eh.

-¡Servando!

-No, que sí, que sí.

Digo yo que de mujeres no entenderá el cateto este,

pero lo que es de gachas y de leche de oveja...

No tiene por qué agradecerme nada, señora, es mi obligación.

-Y eso no quita para que le felicite.

Ha estado usted soberbio con el encargado de fletes.

Vamos a exportar nuestros tintes por todo el mundo,

y sin demasiado papeleo.

Simón, ¿no quiere que nos quedemos a saludar a su esposa?

-No. No, no, no, jamás lo sugeriría.

Ambos estamos en horario laboral.

-No sabe la suerte que tiene de haber dado con esa esposa.

Una mujer educada por las monjitas, muy apañada

y con ganas de agradar.

Un primor.

-Sí, sí, sí, un techado de virtudes,

no lo niego. -Dicen que está bordando

un manto para la Virgen del obispado

que es una obra de arte.

-Buenas tardes, doña Celia.

Vengo de su casa, buscaba a Simón.

¿Le importa que se lo robe unos minutos?

-Faltaría más. Voy subiendo a casa, Simón.

-Enseguida estoy con usted, señora.

¿Qué quieres?

-A lo mejor me odias después de esto,

pero le prometí a Elvira que lo haría.

Quiere verte.

A solas.

-No, no puedo.

-Lo más seguro es que se marche de Acacias

con su padre definitivamente.

Al principio también me pareció una locura,

pero después de saber esta noticia, hasta yo acudiría a la cita.

-Sería inútil.

-No, al contrario.

Solo tendrías que preocuparte de no darle alas

ni esperanzas. Contente,

limítate a despedirte de ella.

Elvira también tiene derecho a empezar de nuevo,

como tú.

Y como ella.

-De acuerdo.

-Dentro de un rato, en el callejón.

-¿Qué desea tomar la señorita?

-¿Tú? ¿Pero qué haces así vestido?

-Ser camarero. Víctor me lo ofreció y, de hecho,

tú eres mi primera cliente. ¿Qué te pongo?

-¿Qué, bomboncito de anís?

¿Te gusta cómo le queda la chaquetilla?

-¿La chaquetilla? Podrías haberle exigido unos tatuajes marineros.

Víctor,

¿cómo se te ocurre? Mi hermano, un Palacios, de camarero.

Esto... Esto es una broma, ¿verdad?

-Pero si yo también soy camarero.

Y me quieres, ¿no? -No.

Tú no eres camarero. Eres el propietario.

Y que te quiero, no hay ningún verso en la Biblia que lo diga.

Cambia de un día para otro.

Yo te juro que no sé cómo acertar.

-Nada, Víctor, tú no te dejes desalentar.

Con las mujeres nunca se sabe.

¿Cómo está, doctor?

-Según lo previsto. Bien.

Ahora quiero hablar con él sobre la operación.

Preferiría que esperara usted fuera, señora.

-No tiene usted derecho a pedirme eso.

Soy la cabeza de familia.

Es mi deber estar al lado de mi hijo.

De otro modo, su padre no me lo perdonaría nunca.

-Como quieran.

Samuel, muchacho,

la medicina, aunque avanza a pasos agigantados,

es todavía, por desgracia, más un arte que una ciencia.

No podemos garantizar los resultados. -Lo sé, doctor.

No pierda más el tiempo.

Me operaré. -Es una locura,

una verdadera locura. -Me gusta ese ánimo.

Pero debo ponerle al tanto de los riesgos.

-Demasiados, ya lo sabemos. -No sería seguro no intervenirle.

Y ha tenido usted suerte, joven.

Jamás me habría atrevido a proponer la punción craneal

de no haber conseguido la participación del doctor Macewen.

Solo él puede hacerle llevar vida normal.

-Y la posibilidad de quedarse en la mesa de quirófano.

-Sí, de eso se trata, de calibrar riesgos y perspectivas.

Una vida por delante

o no despertar, más claro no puedo ser.

-Ya se lo he dicho.

Está decidido. Me arriesgaré.

-Insensato.

-¿Quién asumirá la responsabilidad? -Mi esposa.

Bueno, la que será mi esposa

a partir de hoy. No tardará, y tras la ceremonia, ella firmará

lo que tenga que firmar.

-Conste que me opongo a esa ceremonia,

a esa boda, y también a esa operación.

-No voy a discutir más sobre este asunto.

Mi esposa firmará, doctor,

como le he dicho. -Muy bien.

La cirugía está programada para mañana por la mañana.

Descanse.

Señora...

-Doctor...

-Insensato. Ojalá tu padre estuviera en todo su ser para detenerte.

¿No te das cuenta? Están jugando con tu vida.

Y la apuesta eres tú. -Se equivoca.

Blanca y Diego no desean mi muerte, eso nunca.

-Blanca y Diego lo único que realmente desean

es verse libres de ti

y con la empresa para ellos solos.

Por Dios,

los descubriste engañándote. No hay más ciego

que el que no quiere ver. -Cállese.

Blanca ha reflexionado.

Se sentía sola y abatida, quizá por usted.

Blanca quiere casarse conmigo y emprender el camino juntos,

quiere que seamos felices.

-¿Es que quieres morir

por no aceptar la realidad?

Blanca no te quiere.

Nunca te ha querido.

Blanca a quien quiere es a Diego. -¡Cállese!

¡Váyase!

¡Ah!

¡Ah!

Váyase de una vez.

Te ha quedado el cabello precioso y brillante.

¿Quieres que te ayude a vestirte?

-Claro.

-Vamos, Blanca, una novia ha de estar radiante.

Blanca, no puedes presentarte con este ánimo.

Si no estás segura, vale más que lo dejes ahora.

-Estoy segura.

-Pero no estás enamorada.

-No seré la primera.

No es requisito imprescindible.

-Me recuerdas a mí cuando me casé con quien no debía.

-No hablas de Pablo, ¿verdad? -No, no.

Claro que no.

Fue un matrimonio anterior.

Un matrimonio que satisfacía más a nuestros familiares

que a nosotros mismos.

-¿Te obligaron? -Sí, bueno,

lo pactaron y yo acaté las órdenes.

Pero siempre supe que no duraría mucho.

-¿Y no duró?

-Depende de cómo lo mires.

Lo mismo duró demasiado.

Él...

Bueno, yo no entraba en sus preferencias.

Era un hombre muy bondadoso y fuimos muy buenos amigos,

pero, por fortuna, terminó.

Y yo pude casarme con Pablo,

el amor de mi vida.

-Leonor, sé lo que es querer a quien no se debe.

Quiero paz.

Y sé que con Samuel la voy a conseguir.

Me caso por voluntad propia.

-¿Seguro?

Blanca, sea como sea, todavía estás a tiempo de reconsiderarlo.

-No hay por qué.

Samuel quiere vivir y lo merece.

Yo haré que viva, que vuelva a tener esperanza y que sea feliz.

-Vale, muy bien.

Samuel solucionado. ¿Y tú?

¿Y tu vida?

No veo que consigas la paz.

Blanca, eres bondadosa,

mucho,

nadie puede negarlo,

pero con Samuel,

no contigo.

Sí, señora.

Después veo si le puedo hacer el recado.

Con Dios.

-Señora Carmen.

Señora Carmen, ¿tiene usted un ratillo?

No me había dicho usted nada.

-¿De qué hablas, hija?

-Cuando hemos parloteado y me ha dicho que doña Úrsula

la traía a usted a mal traer, no me ha dicho que era

porque dice que doña Cayetana la persigue.

-Eso cree ella.

Está obsesionada.

-¿Y usted qué cree?

¿Es la bicha doña Cayetana o no?

-Nunca he sido yo muy de espíritus, ni de ánimas errantes,

pero no puedo negarlo.

-Pero entonces, dígame,

¿se está volviendo loca doña Úrsula o de verdad las muertas la buscan?

-Que alguien la hostiga es cierto, sin duda.

-¿Y usted?

¿Usted ha visto al ánima?

-Sí, y no. Sé que es una mujer, delgada para más señas,

y que se ha atrevido a entrar

incluso en casa de los Alday. -¿Pero cómo?

¿Atravesando los muros?

-O usando entradas más convencionales.

Estuvo en la casa y me encerró para asustar a la señora.

-¡Madre mía!

¿Y qué hizo?

-Dejó el salón lleno de hojas, como un bosque en octubre.

Daba miedo, la verdad.

-Señor, qué canguelo.

Pero la aparecida tiene que ser otra,

porque doña Cayetana está muerta

y más enterrada que el tesoro de las Indias.

-Te recuerdo que aunque se concluyó que era cadáver,

no hubo cuerpo que enterrar.

-¿De qué van esas patrañas?

¿No se os va a caer nunca de la boca mi hija?

Dejadla descansar en paz, pardiez.

-Perdóneme, señora Fabiana.

Yo debería haber corrido a contárselo a usted.

-¿Contarme qué, bocaza?

-Pues que doña Úrsula dice que doña Cayetana la ronda.

-Esa endriaga...

¿Es que no tenía otro nombre que clamar?

-Doña Úrsula está segura de que su hija ha vuelto al barrio

para vengarse de ella. -Eso es un desatino,

un disparate.

Y vosotras dos

punto en boca,

que no quiero oír nombrar a mi hija, ni para bien ni para mal.

¡Dejad que descanse en paz!

¿Cómo estoy?

-Uh, preciosa. Leonor, de tal palo tal astilla.

Vas a ser una madrina primorosa.

Lástima que la boda no sea

de las más alegres, ¿no? -Ya, pero no deja de ser una boda.

-Sí, pero con Samuel a punto de entrar en una intervención,

no será la alegría de la huerta. -Todo saldrá bien.

-Ojalá.

Ojalá Samuel salga bien y su boda con Blanca

sea el comienzo de su felicidad. -Esperemos que sí.

En fin,

no está en nuestras manos. -Ya.

-¿Y tú?

¿Cómo llevas la preparación de la cena romántica

con mi madre?

-¿Y a ti quién te ha dicho eso?

-Pues un pajarito.

¿Cuáles son los motivos?, si se puede saber.

-No hay ningún motivo.

-No sé por qué no te creo, Liberto.

-¿Debe haber motivo para el amor?

Leonor, quiero a tu madre.

Y la quiero feliz. No hay más motivos,

ni razones, ni mejores. -Bueno, ya me enteraré.

Ahora tengo que marchar a la boda.

-Por Dios, qué calor.

Está el clima que no se entera. Nunca había sentido tanto

los altibajos del otoño.

-Con Dios. -Con Dios, hija.

-Con Dios.

Cariño...

Rosina, que he estado pensando, que me gustaría invitarte a cenar.

Una cena íntima, sosegada,

donde podamos expresarnos y decir todo lo que llevamos dentro.

-No tengo hambre.

-Normal, no dejas de comer a todas horas.

-No seas grosero, se debe a mi estado.

-De eso quería hablarte.

No te lo tomes a mal,

que me pilló por sorpresa y no sabía qué decir ni qué hacer.

-Pues muy mal.

-Cariño, créeme,

es que es algo que no podía pensar. Pero, sin embargo, ahora,

ahora sé que quiero tener hijos.

Contigo.

Un hijo tuyo, Rosina, nuestro. Eso me colmaría de felicidad.

-¿Lo dices de verdad? -Claro.

Vivo por ti. Viviré también

para lo que venga.

Eres lo que más quiero en este mundo

y seré feliz con ese niño precioso

que nazca de tu vientre.

Te quiero, Rosina.

-Y yo.

Ay, ¿qué has dicho de ir a cenar por ahí?

-Eh...

Ya debería haber venido. Vendrá, ya lo verás. Además,

tampoco fijamos una hora concreta. En cuanto termine

su trabajo con doña Celia, vendrá.

Si no viniera... Si no viniera, no sé lo que haría.

Me moriría de dolor, de pena.

No lo soportaría. Hazme caso,

lo vi en sus ojos, vendrá.

No ha sido buena idea quedar antes del anochecer.

Nos pueden ver.

Quería que así fuera.

De día podía parecer un encuentro casual.

En cuanto venga Simón, yo me voy, eh.

No quiero tener nada que ver con pecados matrimoniales.

Vendrá, Samuel. Acabo de estar con ella, no sufras.

-Deberíamos abrir las ventanas, para que la luz ilumine las joyas.

-¿Lo oye, Padre?

Desvaría. Este joven no está en su juicio.

No puede ser tenido en cuenta.

-Sería un crepúsculo perfecto.

Brillo de joyas,

destello, armonía, sin dolor,

solo belleza.

Blanca...

-Es un hombre que da rienda suelta

a su sensibilidad. Está muy enamorado, Padre.

Su sí va a ser más sincero

que muchos otros, padre.

-Buenas tardes.

Puede usted comenzar, Padre.

-Queridos hermanos, estamos aquí reunidos para unir en matrimonio

a Samuel y Blanca, dos jóvenes

"que han decidido enlazar sus almas para siempre".

Te rendiste.

Te rendiste y me olvidaste.

¿Eso es todo lo que me querías?

Creí que no podría seguir viviendo, no sin ti, Elvira,

pero fue el odio hacia tu padre el que me hizo levantar un día,

y al siguiente, el odio, esa era mi vida.

Y luego,

cuando acepté que habías muerto,

necesitaba consuelo y Adela lo fue.

¿Consuelo?

Quería conquistarte,

que me olvidaras.

Ella es buena, Elvira,

no tiene picardía. ¿Ah, no?

Vino a verme.

Tu Adela, tu santa Adela.

¿Para qué? Para decirme que eras suyo

y que me alejara.

Tendrá sus miedos. Es mi mujer, tienes que entenderlo.

¿Ahora la defiendes?

Ibas a ser mi esposo.

La vida nos la jugó de un modo perverso.

Sí.

Pero Adela no tiene la culpa.

Y ahora, es mi esposa, no puedo abandonarla.

Mi padre tiene razón,

lo mejor será salir de Acacias,

alejarme todo lo posible y cuanto antes.

Te conozco, Elvira.

Piénsalo, no generes más sufrimiento.

Ninguno causaré lejos de todos vosotros, traidores.

Espero que seas feliz,

solo te deseo bien.

No me has olvidado,

no puedes.

Como yo tampoco podré olvidarte nunca a ti.

Me mientes.

Lo veo en tus ojos, en tus manos temblorosas.

¿De verdad vas a condenarte,

a condenarnos?

Blanca, ante Dios, nuestro Señor,

¿quieres por esposo a Samuel?

Blanca.

Tengo un sofoco que me ardo.

-Ven, cariño mío, siéntate.

Relájate. Ya verás, ya verás qué fresquita estás aquí.

Déjame que te dé aire.

Ya verás como en un tris te sentirás reconfortada.

-Estando a tu vera, ya me siento mejor.

-Bueno, me alegro de verles tan mimosos.

Hace unos días no estaban tan a partir un piñón.

-Estamos como siempre.

-Pues yo no lo veo así. ¿Seguro que no ha cambiado nada?

-"De todas las chocolaterías"

que hay en el barrio, ¿vienen a esta?

-Claro.

Para demostrarle a todo el mundo

lo orgulloso que me siento por mi hijo.

-Cualquiera diría que he nacido para ello.

Está mal que yo lo diga, pero se me da de maravilla.

Limpieza, elegancia

y simpatía, ese es mi lema.

Víctor no va a tardar demasiado en hacerme encargado.

Bueno, si me disculpan, voy a dejar esto en la barra

y enseguida les tomo nota. -Claro.

-¿Pero cómo puedes ser tan torpe?

¡Me has estropeado el vestido!

"Quiero empezar mi vida de cero".

Y le aseguro que he abierto los ojos sobre él.

Nada pinta ya en mi vida. ¿Entonces qué te ata a esta casa?

Estaríamos mejor en cualquier otro lugar.

Tras mis desventuras por tierras turcas, he quedado agotada.

No tengo ningún deseo

de seguir dando tumbos por estos mundos de Dios.

Padre, que Simón siga aquí no es razón suficiente para irnos.

Pero sería lo más conveniente. Si no le importa,

podemos quedarnos un tiempo en Acacias.

"Te juro que voy a sobrevivir"

a la operación por ti. -Estoy segura de ello.

-Tengo que hacerlo para poder tener una vida feliz juntos.

Tú eres el único motivo que tengo para seguir adelante.

No te fallaré.

-No te preocupes,

todo va a salir bien.

Vas a decirle a Simón que venga aquí.

Sé que mi padre no estará.

Y es más seguro aquí, lejos de miradas.

¿Siempre tienes palabras amables?

-Bueno, porque no quiero que olvides que te quiero

y que te mereces lo mejor de la vida.

-¿Por qué me dices eso? Es como si te estuvieras despidiendo.

-No, no te apures.

-"Verás como todo va a salir bien".

-Dios oiga tus palabras.

Sería una bendición

salir con bien de esto,

poder pasar toda una vida a tu lado.

-Por eso debes dejar de pensar en la parca.

Agárrate al futuro que nos espera cuando salgas de la operación.

Eso te dará coraje.

-Eres la única luz que tengo

en este túnel que atravieso.

-Te prometo que pronto vas a salir de aquí.

Seremos muy felices juntos.

¿Qué haces? Casi me tiras al suelo. -¡La he visto!

¡La he visto! -¿A quién has visto?

-La he visto subir por la escalera de servicio,

lo que pasa que parecía que ni los pies tocaban el suelo.

-¿Qué dices, endriago?

-Era ella, doña Cayetana.

Ha vuelto.

-¿Qué estás diciendo?

¿Estás segura de que ha entrado en la casa?

-Sí. Sí, sí, sí.

  • Capítulo 618

Acacias 38 - Capítulo 618

09 oct 2017

La distancia entre Adela y Simón se acrecienta. Mientras, Elvira rechaza la oferta de su padre para irse de Acacias y hace todo lo posible por encontrarse con Simón. A Liberto le cuesta encajar la noticia de que va a ser padre, pero pronto reacciona con alegría.

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