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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 616 - ver ahora
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1891.

¿Qué estás haciéndome?

¿Qué estás haciéndome?

-"Yo ya estoy mayor, Marcello".

Y esa vida quiero pasarla al lado de los míos, en mi hogar.

Al lado de los criados del altillo.

En mi casa.

Y aquí quiero morir.

-¿Puedo hacer algo para que cambie de opinión?

Es una cadencia de años.

De 10 en 10.

1861.

1871.

1881.

1891.

Es una cuenta atrás.

Ya solo falta la última moneda.

-"Elvira está en casa de María Luisa. Está a salvo".

Lo que tendríamos que hacer es llevarla a un lugar seguro.

-Llevarla,... ¿adónde?

-Yo sé de un lugar donde puede esconderse.

Saldrás corriendo hacia la chocolatería.

Allí te estará esperando Víctor, que te acompañará al carruaje

que te llevará al convento. La Madre Superiora está al tanto.

Ella te ayudará.

Tu padre nunca te buscará en el lugar donde ya te escondió.

-"¿Hay alguna posibilidad"

de mejora o tenemos que esperar a su muerte ?

-Existe una posibilidad.

Hay un doctor escocés,

sir William Macewen, que podría hacerle una intervención.

Ya ha practicado otras con más o menos buenos resultados.

-¿Qué clase de intervención?

-Se trata de una punción para extraer la infección.

-"He venido a buscar a doña Elvira Valverde".

-No puede llevársela.

-Lo lamento, pero tengo que hacerlo.

Su padre es el tutor.

-"Si Samuel no puede decidir, la decisión recae sobre su padre".

Pero debido a su estado de salud,

la última palabra la tengo yo.

Y yo digo que Samuel no se opera.

-"Hay una forma de hacer desaparecer"

la potestad de Úrsula sobre Samuel

y que seas tú quien decida sobre él.

Si te conviertes en su esposa,

podrás decidir sobre su futuro. Si se somete o no a esa operación.

¿No dices nada?

-No puedo.

Antes debo asimilar lo que acabas de decirme.

Aceptar que acabas de pedirme que me case con tu hermano.

-Blanca, sé que tú también consideras esa opción.

Que eres consciente que es la única forma de...

impedir que Úrsula tenga potestad sobre Samuel.

-Es verdad.

No te puedo negar que la idea me ronda la cabeza, pero...

no estaba preparada para escucharla de tu boca.

-Blanca,...

debes casarte con él.

No hay otra forma de salvarlo. -¿Y tú?

¿Vas a ser capaz de soportar verme a su lado en el altar?

-Hay...

Hay otra cosa que aún me torturaría más.

Y es...

ver cómo Samuel puede morir por mi culpa.

Blanca,...

sálvale la vida casándote con él, por favor.

Se lo ruego, no puede llevarla junto a su padre.

-Es mi deber. -Su deber es protegerla,

no poner en peligro su vida.

Si me entrega, será mi perdición.

No diga tal cosa. A pesar de las desavenencias

que han tenido, estoy seguro de que su padre sabrá perdonarla.

-¿Acaso es el coronel quien debe perdonar a Elvira?

Me da a mí la sensación

de que usted ha perdido el oremus. -Tenga cuidado, señorita.

La razón aún no la he perdido, pero la paciencia estoy muy cerca.

-Disculpe.

Pero sus palabras me hacen ver que no está al tanto de lo ocurrido.

De las barbaries que ha cometido el coronel con su hija.

Debe creernos. Sus acciones casi me cuestan la vida.

Si de verdad es así,...

si en su comportamiento hay indicio de algún delito, debe denunciarlo

y tomaremos medidas. Mientras tanto,

no tenemos otro remedio que cumplir con la ley.

-No me puedo creer que haga oídos sordos a nuestras súplicas.

-Lo lamento, pero hay ocasiones

en las que no se puede elegir. Solo cumplo con mi obligación.

-¿A pesar de ser tan miserable?

-Vaya. Parece que llegamos justo a tiempo.

-Comisario Méndez, ¿qué hace usted

en mi casa?

Blanca,...

ven.

Sé que resulta muy difícil lo que te pido.

Pero ya no podemos posponerlo más.

¿Te casarás con él?

-Pareces haber olvidado que alguien más tiene que tomar esa decisión.

¿Crees que Samuel aceptará casarse conmigo así,

sin más,

después de todo lo que ha sucedido?

Se siente traicionado.

Apenas puede soportar verme.

¿Cómo crees que va a tomarme en matrimonio?

Dudo mucho que nos perdone algún día.

-A mí nunca me perdonará.

Sé que he muerto para él, Blanca.

-¿Y entonces por qué va a ser distinto conmigo?

-Porque a ti te ama.

Por ese amor será capaz de...

dejarlo todo a un lado,... de seguir adelante.

-Yo no estoy tan segura de eso.

-Espero que no nos equivoquemos.

Blanca, si no te casas con Samuel,...

morirá.

-¿Eres consciente de lo que supone lo que me estás pidiendo?

-Sí.

Enterrar cualquier posibilidad de...

ser feliz contigo.

-Está bien.

Haré lo que me pides.

Trataré de convencer a tu hermano para que se case conmigo.

Elvira, vete a tu habitación. Ya me encargo yo de todo.

-Señorita, por favor, tiene que acompañarme.

-Le recuerdo a usted que están en mi casa.

-Y usted está contradiciendo una orden de la policía.

-No nos pongamos tan tremendos, que hablando se entiende la gente.

-Poco más hay que hablar.

-Es en lo primero en lo que estamos de acuerdo.

Porque no voy a consentirle a usted que se lleve a esa muchacha

con su infame padre.

-Escúchenme.

Siempre he tenido en buena estima a esta familia.

Les pido que recapaciten.

-Se lo agradezco, comisario.

Pero no tenemos mucho más que hablar.

Tengo la firme intención de proteger a esta joven.

-Señor Palacios,

no le corresponde hacerlo.

El coronel tiene la tutela de su hija.

Si él exige que sea devuelta a su hogar, debo de hacerlo.

No me obliguen a hacer algo que no deseo.

No quisiera tener que detenerles.

-¿Es que acaso es delito proteger a una inocente?

-No, que yo sepa. Pero sí lo es la obstrucción a la justicia.

¿Puedo marcharme con la señorita sin más resistencia por su parte,

o me veré obligado a detenerlos a todos?

-Está bien.

Arréstenos.

No nos importa pasar la noche en el calabozo, si ese es el precio

que hay que pagar por hacer lo correcto.

-No vamos a permitir que esa niña vuelva a sufrir

los caprichos de su padre.

-Está bien. Ustedes lo han querido así.

Guardia.

Deténgase, comisario.

No permitiré que nadie salga perjudicado por mi culpa.

Marcharé con usted sin oponer resistencia.

Elvira,... no lo hagas.

Descuida, María Luisa.

De sobra sé cómo es mi padre.

Llevo años viviendo bajo su yugo.

Sabré apañármelas.

Y a ustedes,...

muchísimas gracias por todo lo que han hecho por mí.

Nunca lo olvidaré.

Cuando quiera.

Ha tomado la decisión más sensata.

-Comisario,... le hago responsable

de lo que le pudiera suceder.

-Elvira,...

no te abandonaremos.

-Tranquila.

¿Diste con Blanca?

-Fui a buscarla al salir de la zarzuela, pero no di con ella.

Me hubiera gustado preguntarle por el estado de Samuel.

Menuda racha llevamos.

Primero don Felipe y ahora el pequeño de los Alday.

-Lo de Felipe no parece muy grave.

Pero lo del pequeño de los Alday sí que parece preocupante.

Intentaré pasarme mañana por la mañana al hospital a verle.

Esperemos que se recupere pronto.

Pareces haberle cogido alta estima a Blanca, ¿no es así?

-La que se merece.

-Lo cierto es que no la he tratado demasiado.

Pero no puedo evitar guardarle cierta desconfianza.

-¿Qué motivos puedes tener? -Tan solo uno.

Ser hija de quien es.

-Vence tus reparos.

Si la conocieras, sabrías que son injustos.

Blanca no tiene nada que ver con Úrsula.

-Si tú lo dices, confiaré en tu parecer.

-Hazlo.

Blanca es una mujer que está pasando por una situación muy complicada.

-Intentaré conocerla mejor.

Si me disculpas, voy a ver cómo se encuentra tu madre.

-Liberto,...

¿qué le sucede a mi madre?

-Pues ya la has visto, Leonor.

Últimamente tiene unos cambios de humor muy extraños.

Tan pronto es la mujer más dichosa, como que al momento

se encierra en su habitación desconcertada y deprimida.

Ya no sé qué pensar.

-Querido Liberto,...

lo que resultaría extraño sería que mi madre

se comportara de forma normal.

Ya deberías haberte dado cuenta.

Maximiliano, necesito tu consejo.

Que eres como el Cid. ¿Qué digo como el Cid?, mejor.

Porque el Campeador ayudaba a ganar batallas después de muerto.

Sí, pero tú ayudas a que me decida, que es aún más difícil.

Ya finado me aconsejaste que apostara por Liberto.

Pero aún no puedes descansar. Necesito que te aparezcas de nuevo.

Ahora.

Ay..., Maximiliano.

¿Te imaginas? Madre de nuevo a mi edad.

Dime que no es una locura volver a traer

un hijo a este mundo, dímelo, ¿eh?

-(VOZ DE LIBERTO) ¿Rosina?

-Uy, me has sobresaltado. -Disculpa, cariño,

no era mi intención. Quería ver cómo te encontrabas.

-Pues con una tremenda jaqueca.

Y tu susto no ayuda a que me recupere.

Haz el favor de salir. Que me esperes en el salón.

Le estaba esperando, comisario.

Espero que mi hija no haya causado más inconvenientes

ni a los vecinos ni a usted.

-Descuide.

Todo se ha hecho con la mayor normalidad.

Mi labor aquí ha concluido. Vuelvo a comisaría.

-Le doy las gracias.

-No lo haga. Me he limitado a cumplir con mi obligación.

Dejando a un lado si lo considero justo... o no.

Enhorabuena, padre.

Ya me tiene donde quería.

A su merced.

Este es tu sitio. Tu hogar.

¿Mi hogar?

Resultaría más apropiado llamarlo mi cárcel.

Otra más.

¿Qué va a hacer?

¿Pegarme?

Hágalo si lo desea.

Ya no le temo.

Ya no.

Después de lo que he vivido con Burak Demir, nada de lo que me haga

podría ser peor.

Te he comprado un detalle para darte la bienvenida.

¿El qué?

¿Unos grilletes?

Veo que no has perdido la ironía.

Es un anillo adornado con la flor de lis.

Quizá no sepas qué significa la flor de lis.

Siempre se ha usado para representar la lealtad y el compromiso.

Como lo que une a un padre y a una hija.

Un lazo que nada puede romper.

Solo tu padre estará siempre a tu lado.

¿Acaso no has abierto los ojos al volver?

Ese amor que creías eterno, que jurabas que Simón te profesaba,

¿en qué ha quedado? No me hable de él.

Usted no sabe nada.

Sé que le ha faltado tiempo para casarse con otra.

Me creía muerta. ¿Y qué?

¿Crees que yo te olvidaría aunque pensase que habías muerto?

La vida te ha demostrado de qué pasta están hechos

los que te rodean. Quién es leal y quién no.

Y nadie lo puede ser más que tu padre.

No ese príncipe azul que creíste ver en Simón.

No siga.

La verdad duele, hija.

Pero tienes que oírla.

Yo ya me di cuenta qué clase de hombre habías elegido.

Por eso quise separarte de él. Para ahorrarte sufrimiento.

¿Sabes qué significa también la flor de lis?

Es el norte en los mapas de navegación,

en la rosa de los vientos.

Es el norte que espero que por tu bien

no vuelvas a perder.

¿De qué tratáis, de dármelas con queso?

Aquí falta parné. -Pues no.

Le hemos dado lo que habíamos acordado.

-Oye, mastuerza, que yo no sabré juntar dos letras,

pero en las cuentas soy un Séneca.

-Un Séneca algo torpe. Las cuentas están muy claras.

El regalo cuesta dos duros.

Somos 10 criados, tocamos a una peseta.

-Y eso es lo mismito que le hemos dado.

-¿Y mi parte?

¿No pretenderéis que yo también apoquine?

¿Seréis desagradecidos?

Encima que pienso el regalo para la "seña" Fabiana...

-Usted tiene más cara que espalda.

-¿Pues sabes a quién me recuerda?

Se parece mucho a otro listillo que es un señorito

y, que sabe mucho de negocios también.

-Casilda, que como te refieras a Antoñito,

aquí vamos a tener algo más que palabras.

-Ay, calma, Lolita, haya paz. -Eso, Lola,

calma, Lolita, que haya paz.

Era una chanza, no te lo tomes tan a pecho.

Además, que tu señorito se está reformando.

Esta mañana le he visto ahí faenando.

Barriendo al alba. -Sí, sí, yo también lo he visto.

Qué poca maña se da el muchacho con la escoba.

Si es que lo de barrer es un arte.

-Ver para creer, ¿eh? Su familia es de las más ricas

de Acacias y, él barriendo escupitajos.

-¡Bueno, ya está bien! Que no venimos aquí a hablar

de don Antoñito, venimos a hablar del dinero que me debéis.

O soltáis el monís que se me debe o no voy a comprar el regalo.

-Vaya, vaya, vaya, vaya.

Reunión de pastores, oveja muerta.

¿Qué hacéis aquí reunidos?

¿Y por qué me miráis con esa cara de espanto?

-Es que,... precisamente estábamos hablando de usted.

-¿Y a santo de qué, si puede saberse?

-Que sabemos que... se va a ir con el italiano.

-Servando,

no diga usted que...

-No diga nada, dispénseme, porque no le vamos a rogar más

que se quede.

Además, sabíamos que no iba a servir de nada.

Ya le he visto yo haciendo arrumacos

con el lechuguino ese.

Y que no, que tendríamos que retirarle la palabra,

pero a pesar de todo eso, hemos reunido nuestros ahorros

para comprarle a usted un regalo.

-Pues sí, "seña" Fabiana.

Para que así nunca se olvide de nosotros.

-¿Puedo hablar ya?

-Bueno. -Sí.

-A ver, Marcello

es un hombre fetén.

Y la vida que me ofrece es casi un sueño.

Pero hay algo que ni él ni nadie podrán ofrecerme nunca.

-¿El qué?

-A vosotros. Formáis parte de mí.

Si marchara de Acacias no tardaría en entregar la pelleja.

-Entonces, ¿no se va "pa" Italia?

-Nanay.

Demasiados años para correr riesgos.

¿Y si su amor se acaba y me encuentro en un lugar extraño

sin "na" más que recuerdos?

Además, que una ya tiene sus rarezas.

¿Y pasar de pronto a compartir lecho con un extraño?

¡Ca! Ni no, ni "na".

Mi sitio

es este.

-"Pa" chasco, "seña" Fabiana, que nos había pegado un buen susto.

-Pues lo tenéis bien merecido por hacer caso a Servando.

-Aguarde un momentito. Entonces...

Entonces, si no se marcha no tiene derecho al regalo, claro.

Y además, que no estamos para hacer dispendios tontos.

Toma.

Toma, venga.

-Quieto ahí "parao", Servando. Quieto ahí "parao".

Es más el parné que le dimos.

Oiga. -Sí.

-¿Y si el que enviamos a Italia es a Servando?

Aquí están los chocolates.

A ver si nos levantan un poco el ánimo.

-Se agradece el intento, pero creo que solo un milagro podría lograrlo.

Hay que tener mala suerte. Por solo unos minutos,

Elvira no pudo escapar.

-El comisario ha llegado cuando Elvira estaba ya lista.

-Pues sí, sí que fue mala suerte.

Mi padre trató de evitar que se la llevaran, pero...

no lo consiguió.

-Pobre Elvira.

No puedo parar de preguntarme cómo habrá pasado la noche, en esa casa,

junto a su padre. -Se me parte el alma de pensarlo.

-Bueno, tampoco nos vengamos abajo.

La esperanza es lo último que se pierde.

-Vamos, Víctor, ¿acaso aún nos queda alguna?

-Por supuesto que sí.

Ni que la casa del coronel fuera una prisión.

Juntos vamos a encontrar la manera de sacar a Elvira de allí.

¿Estamos?

-Muchas gracias.

Ya veo que está muy bien atendido.

-Le agradezco mucho la visita, Liberto.

-Eso es lo de menos.

Estaba preocupado por usted. ¿Cómo se encuentra?

-Ya me ve. Atado a esta cama sin remedio.

-Esperemos que sea por poco tiempo

y en breve pueda regresar a casa como si nada hubiera pasado.

-Me temo que se equivoca.

Nada volverá a ser como era. -¿Por qué dice eso?

¿Acaso los médicos son pesimistas?

-Hay males que ellos no pueden curar.

Discúlpeme por mostrarme tan lúgubre.

Usted viene a visitarme tan amablemente y, yo le recibo así.

Ni siquiera he podido darle las gracias como es debido.

Creo que usted ayudó a sacarme de la casa.

-No tiene que darme las gracias por nada.

Cualquiera en mi lugar hubiera actuado de la misma manera.

-Disculpa, Samuel.

No sabía que tenías visita. -No, descuide, si yo ya me iba.

Les dejo solos.

-¿Ya me abandona, tan pronto?

No se apure, don Samuel. Le prometo que no tardaré

en volver a verle. Con Dios.

-Samuel,... sé que no deseas verme.

-Pero no pareces tener en cuenta mi voluntad.

-Tengo mis motivos.

Hay algo de suma enjundia que debo decirte.

-"Yo voy a pagar un carruaje"

para que se quede detrás del quiosco.

Y espera hasta que sea el momento de sacar a Elvira de allí.

-Sor Genoveva está al tanto. No pondrá inconveniente

sea cual sea la hora a la que llegue al convento.

-Pero el verdadero problema será sacar al coronel de su casa

para liberar a Elvira. -Descuida, que algo se nos ocurrirá.

Pero cuanto antes mejor, no sabemos qué planes tiene reservados

ese hombre para su hija. -Tienes toda la razón.

Conociéndole, cualquier barbaridad posible.

-Por eso mismo tenemos que liberarla hoy mismo.

-Disculpadme, tengo que ir a la sastrería.

Ya ayer falté al trabajo y no quiero causar molestias a doña Susana.

-Adela.

Te agradezco todo lo que estás haciendo por Elvira.

-Discúlpame.

Aguarde, doña Susana.

-Parecíais...

muy ocupados.

¿Qué locura estáis tramando con respecto a Elvira?

No me mires así.

Ya sé que la policía la llevó a casa de su padre,

y estoy segura de que no os vais a quedar con los brazos cruzados.

-Lo mejor será que no sepa los detalles.

Pero no anda equivocada con sus sospechas.

Estamos tratando de alejar a Elvira de las garras de su padre.

-Y tú estás ayudando en cuerpo y alma a conseguirlo.

Por eso tuviste que ausentarte.

-Es que no puedo darle la espalda.

-Entiendo que te apene su destino, pero ¿no lo comprendes?

Debes alejarte de eso.

Tú y Simón, los dos. Ahora sois marido y mujer.

Y lo que pasó con Elvira, por desafortunado que sea,

forma parte del pasado. -Descuide, doña Susana,

que lo que hagamos, en nada afectará a nuestro matrimonio.

Una vez Elvira esté a salvo, ya podremos vivir

libres de remordimientos.

-"Samuel, te lo ruego".

Escúchame. -No.

Déjame solo, no me encuentro bien, y me duele la cabeza.

He podido aprender lo que eso significa.

Me suele ocurrir antes de caer perdido en una especie de sueño.

De delirio.

-Precisamente por eso debes escucharme.

Hasta ahora te hemos ocultado

la verdad sobre tu estado.

Pero ya ha llegado el momento de que lo sepas.

Tus jaquecas,...

esos delirios, el sopor que te hace perder la noción de la realidad.

Todo tiene una explicación.

-¿Cuál? Habla ya.

-Te han encontrado...

lo que llaman un absceso cerebral.

Es una infección que podría terminar por arrebatarte la vida.

-Quizá eso sea lo mejor para todos. Que abandone este mundo de una vez.

-Hay una esperanza.

Los doctores dicen que existe una operación que podría salvarte.

Es arriesgada, pero merece la pena correr el riesgo.

-Entonces no hay mucho más que hablar.

-Te equivocas.

En tu estado, la decisión queda en manos de Úrsula

y, ella se niega a dar su permiso.

-Al final el destino ha querido que mi vida caiga en manos de esa mujer.

Primero me arrebató a mi padre,

luego me partió el corazón al traerte a mi vida.

Y ahora será ella quien dicte mi sentencia de muerte.

-Hay una forma de evitarlo.

Samuel.

Sé que me he comportado muy mal contigo.

Te he devuelto todos tus desvelos con la mayor de las traiciones.

-En eso estamos de acuerdo.

-Pero quiero que sepas que te quiero.

Que me preocupo por ti.

-Curiosa forma has tenido de demostrármelo.

-Estuviste a mi lado cuando yo lo necesité

y, ahora me toca a mí devolverte esa entrega.

-Nada.

Nada quiero de ti. -Escúchame.

Detuvimos nuestros planes.

Cásate conmigo. -¿Has perdido el juicio?

-Es la única solución.

Así, Úrsula no volverá a tener voz sobre tu destino.

Presiento que la operación va a salir bien.

Recuperarás tu vida.

-¿Te ha pedido Diego que hagas esto?

¿Que me pidas que te acepte como esposa para salvarme la vida?

-No.

-Lo suponía.

El dolor de cabeza se acentúa.

Déjame solo. -Samuel, no nos queda mucho tiempo.

La infección avanza con celeridad, debemos operarte

antes de que sea demasiado tarde.

Samuel. -Estoy tan cansado.

Mi flor de lis. -Samuel, aguanta.

Aguanta, por favor, no te duermas.

Debes decidirte.

Negarte a mi propuesta sería como aceptar la muerte.

Samuel.

Cásate conmigo.

Te juro que seré una buena esposa.

Tengo que presentarte a mi hermano.

Diego,... ella es Blanca,

mi prometida.

-Encantado de conocerte.

Diego.

Blanca.

Qué alegría encontrarle, Diego.

Precisamente estaba pensando en cómo se encontraría su hermano Samuel.

-Le agradezco su interés,

pero poco más sabemos.

Habrá que aguardar para conocer su evolución.

-Tendremos que esperar para que haya buenas nuevas.

A parte, quería agradecerle... que saliera en mi defensa.

-Descuide. Lo volvería a hacer

una y otra vez.

¿Quiere usted sentarse?

-No. Voy a ir al hospital, a ver a Felipe.

Mi ex esposo.

-Me alegro que las cosas le vayan bien. Es un hombre afortunado.

Dele mis recuerdos, aunque no le conozca.

La verdad es que ahora mismo, siendo él abogado,

me vendría bien su consejo profesional.

-Pues si quiere, puedo servirle de intermediaria.

Si quiere, le cuento cuáles son sus dudas y,...

luego le digo a usted

qué es lo que me ha contado.

Bueno, no sé, solo...

era por ayudar.

-Y se lo agradezco.

Verá,...

mi hermano está en un estado grave

y eso le impide tomar decisiones por sí mismo.

-Vaya. Lamento escucharlo.

-Más lamentable es que es Úrsula,...

como esposa de mi padre, quien ha quedado a su cargo.

-Entiendo en este caso su turbación.

Premiaré su confianza siendo sincera con usted.

Nunca he terminado de fiarme de esa mujer.

Temo que su hermano no haya caído en buenas manos.

-Por eso quería comentarle la situación a Felipe.

Necesito saber si existe

algún resquicio legal

por el que si mi hermano tuviese que ser operado

no tuviese que depender de la decisión de Úrsula.

-Pues le comentaré sus dudas a Felipe.

Pero a priori, sin ser abogado, yo creo que la respuesta será negativa.

Si él no puede tomar decisiones por sí mismo,

necesita de un tutor legal; en este caso,... Úrsula.

Este caso me recuerda

mucho al de Elvira.

Dos jóvenes que han quedado en manos de personas

que se hacen querer muy poco, la verdad.

-Entonces, parece no haber solución.

-Bueno, esperemos a ver qué dice Felipe.

Aunque puede que sí la haya.

¿Samuel no tenía previsto casarse con Blanca?

-(ASIENTE)

-Pues si acelera los trámites de la boda,

sería Blanca quien decidiría el destino de Samuel y, no Úrsula.

-Sí.

Es la única opción que hemos valorado.

-Pues hablaré con Felipe en cuanto llegue al hospital.

Pero no se preocupe, todo saldrá bien.

-Ojalá tenga usted razón.

Si le sucediera algo a mi hermano,...

no me lo perdonaría, Celia.

Me siento responsable.

Todos mis actos le han empujado a su estado actual.

¡Arrea!

-Casilda, me has asustado. -Señor,

ni que yo fuera fea como un eccehomo.

-No, no es eso. Pero ¿no te han enseñado a llamar a la puerta?

-Ay, perdón. Es que yo pensé que no había nadie aquí.

Y como doña Rosina está estos días que no sale del cuarto,

pues quería aprovechar ahora para limpiar un poco.

-Aprovecha, aprovecha. Que no sea yo quien te lo impida.

Te dejo sola.

Liberto, ¿sucede algo?

Estás como pálido.

-No.

No, no, no ocurre nada, Leonor.

Es solo que... me ha asustado una criada hacendosa, nada más.

-¿Cómo?

-Nada, que... ¿Qué son eso papeles?

-Ah. Son los documentos del colegio.

Me los ha dado don Ramón para que vaya poniéndome al día.

Se supone que tengo que hacerme cargo del centro, pero...

yo creo que me queda muchísimo por aprender todavía.

-Pues yo estoy seguro que lo lograrás,

como todo lo que te propones.

-Ojalá tuviese yo la misma confianza.

-Tu madre ha salido a dar un paseo.

-Lo sé, y por el bien de todos. A ver si el aire fresco la despeja.

-Leonor, antes dijiste que tu madre...

siempre se ha comportado de una forma extraña.

¿También lo hacía así cuando vivía tu padre?

-Liberto, estaba solo bromeando.

No le hagas mucho caso a mis palabras.

-Ya, ya, pero ¿tú crees que era más dichosa con él que conmigo?

-¿A cuento de qué vienen esas preguntas?

¿Ha sucedido algo?

-No. No, no, no, nada. Es simple,...

simple curiosidad, nada más.

-Bueno, pues yo no voy a poder ayudarte a saciarla.

Como comprenderás, no me siento muy cómoda hablando de esto contigo.

-Claro, claro, si tampoco es una cosa que...

Perdón.

No puedo quitarme a esa Elvira de mi cabeza.

Siento que tenía que haber hecho mucho más

para evitar que el comisario se la llevara junto a su padre.

-Que no, Ramón, poco más podías hacer, aparte de terminar preso.

-Y fue ella la que decidió marcharse con el comisario.

-Para evitar meternos en complicaciones.

Esa muchacha tiene mucho mejor fondo del que su padre nunca ha tenido.

-Bueno, Ramón, templa. Luisi te da la oportunidad

de resarcirte. Tan solo tienes que ayudarla en sus planes.

-¿Estáis seguras de que eso funcionará?

-Sí, ya está todo preparado.

Tenemos que sacar a Elvira de su casa

y mandarle en un carruaje junto a sor Genoveva.

Solo nos queda que alguien entretenga al coronel

mientras tanto.

-Y ese alguien soy yo.

-Luisi, mira que el coronel no se anda con chiquitas, ¿eh?

-Lo sé.

Pero usted es el único que puede convencerle.

A pesar de sus diferencias,...

el coronel le considera un hombre de honor.

Ojalá se nos hubiese ocurrido de otra manera.

-De acuerdo, contad conmigo.

-Muy bien, querido, no te falta coraje.

-No puedo permitir que esa muchacha siga bajo la tiranía de su padre.

Dios sabe lo que le tendrá preparado a partir de ahora.

-Cualquier barbarie.

De eso no te quepa duda.

-En cualquier lugar estará mejor que en su propia casa.

-Sabía que no nos fallaría.

-Querido, y ¿sabes ya cómo vas a hacer para que el coronel

deje a su hija sola en su casa? Porque no sale ni a sol ni a sombra.

-Esperaré a que sea de noche y le invitaré a tomar una copa.

-¿Y qué te hace pensar que aceptará?

-Su mala conciencia.

Le haré creer que Elvira me ha contado algo sobre Burak Demir,

que él, como padre, debería estar al tanto.

-Bueno. ¿Y crees que será suficiente?

-Ya sabes lo que se dice: "La curiosidad mató al gato".

-Pero nunca he oído que funcionase con los coroneles.

Ay, que Dios nos pille confesados.

-Es usted el mejor padre que se puede tener.

¿Qué padre podría permitir algo así?

-¿Decía algo, doña Susana? -Parece mentira

que el hijo de una de las familias más importantes

de la ciudad esté recogiendo la basura de los demás,

y por cuatro céntimos.

-No hay trabajo indigno. -Pues este está cerca de serlo.

Ay. Si se hubiera ido a la mina,

se hubiera evitado el escarnio público.

-Pues al parecer, para el señorito, es más importante

quedarse en estas calles,...

con los que quiere,...

que toda la vergüenza que pueda pasar.

-Pues sí que tiene que estimar a los suyos

para estar pasando la escoba por la calle.

Y con una sonrisa. O eso o es que ha perdido el oremus, el pobre.

-Y tanto que me quiere.

¡Eh, malajes!

¡Fuera de ahí, que os voy a dar una tarasca!

Mal rayo les parta.

-Nada. Pierde cuidado, Lolita, que yo me apaño.

-Bien hecho, Antoñito.

Tú me vas a tener a tu lado para lo que haga falta.

(VOZ DE SAMUEL) "Estoy tan cansado".

"Mi flor de lis".

-La flor de lis. El símbolo de la lealtad.

Qué curioso,

don Arturo ayer vino precisamente a comprarme ese anillo.

Dicen que quiere meter

a su hija en cintura. Quizá debería pedirle consejo.

-¿Aún cree que algún día podrá doblegarme?

-(RÍE)

-Contigo, de lo único que estoy segura es de que nunca

dejarás de sorprenderme.

Ayer escuché cómo le pedías a Samuel

que se casara contigo.

-Se ve que últimamente tiene por costumbre espiarme a escondidas.

-Comprenderás que no iba a interrumpir tan emotivo momento.

Sabes que no podéis casaros sin mi consentimiento.

-Lo haremos igualmente.

-¿Qué pretendes con semejante locura?

-Evitar que usted condene su vida.

-Ese parece ser más tu deseo.

Quieres llevar a Samuel al quirófano y asegurarte su muerte.

Me sorprendes, Blanca.

No esperaba de ti algo tan retorcido.

Cada vez te pareces más a mí.

-No se confunda, madre. Yo no soy como usted.

Yo no pienso en mí misma, ni en el apellido de los Alday

ni en su dinero.

-En eso tienes razón.

Tú solo piensas en Diego.

¿Es eso lo que quieres?

¿Dar rienda suelta a tu pecaminosa pasión?

Muerto Samuel,... nada ni nadie podrá separaros.

-Es usted una miserable. -Oh.

-Disculpe, señora. Acaba de llegar un sobre para usted.

-Santa Olga de Kiev.

-Nunca había oído hablar de esta santa.

-Pues deberías.

Su historia es muy edificante. Yo le tengo mucha devoción.

De hecho, no hace mucho, utilicé estas mismas estampitas

para aterrorizar a alguien de la misma manera

que ahora intentan hacerlo conmigo.

1901.

Esta es la última moneda.

Ahora solo falta que te atrevas a presentarte ante mí.

Casilda, estaba todo buenísimo.

Muy bueno. -No, no, si yo la creo, señora.

No hay más que ver la urgencia con la que ha trasegado todo.

Ha dejado la despensa tiritando.

-En tal caso, mañana tienes que reponer las viandas.

Tendrás que comprar carne fresca, fruta, pescado, dulces, ¿eh?

Todo. Leche.

-Arrea. Pero ¿qué quiere usted?

¿Invitar a manducar a todo un regimiento?

-Pero ¿cómo? Rosina, ¿no me has esperado a cenar?

-No se altere usted.

No es que vaya a hacerlo, pero bueno.

El caso es que doña Rosina no ha dejado "na"

"pa" que se lleve usted al buche.

Voy a mirar en la cocina

a ver si quedara algún mendrugo de pan para servirle.

-Ay, perdona,... querido, es que ya sabes

que llevo muchos días indispuesta

con mis jaquecas y, ahora me había entrado apetito

y no quería desaprovechar.

¿Y tú, dónde has estado todo el día?

-Paseando. Y esta mañana

estuve visitando a don Samuel. -Oh.

Es verdad, pobre, ¿cómo está?

-Lo cierto es que bastante desanimado.

Esperemos que la cosa termine bien.

-No sigas, que estoy muy sensible.

Pensar que ese muchacho se podría haber muerto;

mira, me hace pensar en Pablo. Y en todos los que he perdido.

Me han entrado ganas de ir a la iglesia

a rezar por los difuntos. -¿A estas horas?

-Bueno, no es tan tarde. No tardo nada.

-Te acompaño. -No.

Es que... rezar es algo muy personal.

Prefiero hacerlo sola, ¿eh?

-Señor,... ha tenido usted suerte.

Quedaban un par de huevos. ¿Le hago una tortilla?

-No, no te molestes, Casilda. Voy a salir a dar un paseo.

-Pero si acaba de llegar.

Es que... tienen razón cuando dicen que todo se pega,

menos la hermosura.

Este hombre ha terminado chiflado como doña Rosina.

Ay.

Marchemos antes de que me descubra mi padre.

No te preocupes, mi padre sabrá entretenerlo.

No me puedo creer que por fin me vaya a librar de su yugo.

Estás a punto de lograrlo. Vamos. Vamos al carruaje.

El tiempo apremia.

La infección avanza y, con ella sus efectos secundarios.

-Sí. Sus desvaríos y ausencias son cada vez más frecuentes.

-Y eso es solo el principio.

El proceso degenerativo terminará por matarle.

Momentos como ahora, en los que está centrado,

serán cada vez más escasos. -Y parece no haber solución.

-Ya les he dicho que no es así.

Aunque conlleve sus riesgos, es vital que le operemos.

¿Qué puedo hacer para lograr que su madre entre en razones

y dé su autorización antes de que sea tarde?

-Usted ya ha hecho todo lo que estaba en su mano.

Ahora me toca a mí.

Por favor, déjeme un minuto a solas con Samuel.

-Los cuchicheos del doctor no parecen buena señal.

Muy malas tienen que ser las noticias para evitar

que su paciente pueda escucharlo.

-Samuel, ¿recuerdas...

lo que estábamos hablando antes de tu último ataque?

-La enfermedad no me ha arrebatado la memoria.

Lo recuerdo todo.

-Entonces, contesta ya a mi propuesta.

¿Aceptas casarte conmigo?

-¿Tomarte como mi esposa, aun sabiendo que lo haces por lástima?

¿Y que en tu corazón solo hay sitio para el traidor de mi hermano?

-No es cierto.

Sabes que te guardo alta estima. -Tú lo has dicho,

estima. Ni pasión ni amor.

-Es tu vida la que está en juego, Samuel.

-Lo sé.

Pero prefiero morir antes que ser un mendigo de tu amor,

recogiendo las migajas que me deja mi hermano.

-Samuel, te lo ruego.

Sé razonable. Yo te prometo que te seré fiel.

Te querré con toda mi alma y me desviviré en tu cuidado.

Diego no volverá a interponerse entre nosotros, tienes mi palabra.

Déjame convertirme en tu flor de lis.

¿Qué haces, por qué te detienes?

No quiero que el cochero se marche sin ti.

Te llevará al convento de sor Genoveva,

allí ella nos ayudará a organizar tu partida,

lejos de las garras de tu padre.

Sí, y lejos de Acacias.

Lamento que tenga que ser así, pero no tenemos otra opción.

Y por muy lejos que estés,... nunca te olvidaremos.

Yo tampoco.

Venga, no perdamos el tiempo.

Te estaba esperando.

¿Has hablado ya con Samuel?

¿Qué te ha dicho?

-Ha aceptado casarse conmigo.

-Es una buena noticia, ¿no crees?

Tendremos que acelerar los trámites para que os caséis cuanto antes.

-Sí, el doctor ha insistido en que hay que operarle

a la mayor celeridad.

-En cuanto seas su mujer, ya nada lo podrá impedir.

-Diego, le he prometido a tu hermano que sería una verdadera esposa.

Le amaré y le seré fiel hasta que me muera.

Y no pienso traicionar mi palabra.

-Lo sé.

Lo sé, Blanca.

No esperaba menos de ti.

Oiga, Servando, ¿ha traído usted el dinero?

-¿Qué dinero? -Sí, sí,

no se haga el despistado, jefe.

-Servando, pues el dinero que usted y nosotros sabemos, ¿eh?

Ese dinero. -El de mi regalo, leñe.

Que os creéis que no me entero de "na" y, me entero de "to".

-Sí, bueno. 10 duros.

Por 10 duros. Por esa nimiedad

no me meteréis prisa, ¿no? -Pues no se olvide.

-¡Y epa ya!

-¡Y epa ya!

-(RÍE)

-Pero... Pero si es mi primo el Jacinto.

Ay, a mis brazos.

-¡Epa!

Maximiliano,...

¿te acuerdas cuando me visitabas después de morir?

Pues ahora necesito que lo vuelvas a hacer.

Y no te apareces.

Ay, Maximiliano, necesito contarte algo.

Ni siquiera se lo he dicho a Liberto.

Tú vas a ser el primero en saberlo. Ay, Maximiliano.

Estoy embarazada de Liberto.

No me mires así. Hago uso del matrimonio.

Y bueno, a ti te lo voy a decir, seguro que lo sabes.

Ay, qué vergüenza.

En fin.

Por favor,...

necesito tu aprobación.

Tú no amas a Samuel.

Ni siquiera sientes nada hacia él.

-Usted es quien no siente nada hacia nadie.

-Amas a Diego.

Un amor pecaminoso, dañino. Inmoral.

Sois como dos animales que se atraen.

Que quieren entregarse el uno al otro.

Y, sin embargo,...

juras amor eterno a Samuel... y vas a casarte con él.

-"Tienes que ir a la casa de mi familia".

En la salita, al entrar, en la derecha, hay un rodapié suelto.

Allí es donde yo escondía mis tesoros cuando era niño.

-¿Quieres que te traiga algo de cuando eras niño?

-No, escucha.

Debajo de ese rodapié está escondido el cuaderno de mi padre.

Allí están sus diseños.

Ponlo a buen recaudo. Y, si muero,...

no me gustaría que cayera en manos de tu madre.

-Lo guardaré.

Pero no vuelvas a decir que te vas a morir.

-"Padre,..."

¿va a seguir permitiendo esto?

¿Va a consentir que mi hermano vaya por la calle como un pordiosero?

-Como un barrendero, que es un trabajo honrado.

-Muy decente, ¿eh?

Que si no hubiera barrenderos, esto estaría hecha un asco.

-Estarás contenta. Todo esto es por tu culpa.

-"Samuel me ha pedido"

que guarde este cuaderno fuera del alcance de mi madre.

-Los diseños de mi padre.

El alma de la empresa.

-Ahí falta una página.

Parece que alguien la haya arrancado.

-Quizá fue Samuel.

¿Crees que podría ir al hospital...

y le podría preguntar antes de que le operen?

-Seguro que sí.

Por aquí. Todo para la misma mesa.

Eso para doña Rosina.

-Víctor,...

¿qué es esto? -No lo sé,

doña Úrsula. Lo siento. Le cambio la jarra.

Tira para dentro.

(LOS NIÑOS CANTAN) #-Duérmete solo,

#que viene el coco

#y se come a los niños

#que duermen poco. #

-¿Quién os ha enseñado esa canción? -Una mujer.

-¿Dónde está? -Está ahí.

  • Capítulo 616

Acacias 38 - Capítulo 616

05 oct 2017

Blanca acepta casarse con Samuel. El comisario Méndez llega a casa de los Palacios para llevarse a Elvira. Ramón no puede evitar que se la lleve junto a su padre. Liberto descubre que Rosina guarda un retrato de Maximiliano y piensa que le echa de menos. Fabiana cuenta a sus compañeros que ha decidido quedarse en Acacias y no marchar con Marcello. Simón sigue empeñado en sacar a Elvira del barrio. Susana se preocupa por lo que el mayordomo pueda sentir, pero Adela la tranquiliza: esto no afectará a su matrimonio. Los Palacios, junto a Simón y Adela, montan un plan para sacar a Elvira de Acacias. Úrsula presiona a Blanca para que no operen a Samuel. Blanca le plantea la idea de casarse al muchacho.

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