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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 614 - ver ahora
Transcripción completa

¡Samuel!

Has despertado.

¿Estás bien? -No me toques.

"Sí".

Fue mi padre.

Me obligó a grabar un cilindro fonográfico

despidiéndome de Simón.

y diciéndole que me casaba con Burak Demir por decisión propia.

Pero era mentira, fue mentira.

Te dieron por muerta en el naufragio, todos creíamos que habías muerto.

Me enteré del suceso, fue muy sonado, pero yo no viajaba

en el Gran Victoria. -"¿Me compadece?".

Entonces también cree que mi matrimonio peligra.

-Yo no he dicho eso.

-No lo ha dicho, pero lo pensará, como todos.

Mire, yo no me puedo dejar llevar.

En otras ocasiones, solía construir ilusiones,

falsas realidades, pero ahora, no quiero fantasear.

Hay mucho en juego y tengo que estar alerta.

-Sobre todo, no abandone, Adela.

Luche y pelee por lo que desea.

Alguien ha profanado mi hogar.

1881.

-"Padre, le devolveré hasta el último céntimo,

pero trabajando aquí,"

en la ciudad, y no en el estercolero donde esté su yacimiento.

Y que sepa que jamás va a lograr separarme de Lolita.

¡Simón!

-"Cállate, nos metes en un compromiso".

¡Poco me importa lo que digan! ¡Simón!

Simón, ¿por qué me has hecho esto?

¡Yo te quiero, aún te quiero!

¿Cómo ha pasado la noche?

-Despierto.

-No se mueva, por favor.

Está muy inquieto, Samuel.

Limpie la herida de nuevo, enfermera.

¿Dónde está la señorita Blanca?

Es raro, no se ha separado de usted desde que lo trajeron.

-Le pedí que se marchara.

-¿A quién aviso en caso de que sea necesario

tomar una decisión de gravedad? -Tomaré mis propias decisiones.

-No siempre los pacientes pueden.

Compréndalo, tiene que darme un nombre, alguien de su familia.

-No tengo familia. -Vamos, vamos, Samuel.

Su padre está inconsciente,

¿pero y su hermano? ¿Cómo podría localizarle?

-No quiero saber nada de mi hermano nunca más.

Y tengo múltiples razones.

Cuando era un crío,

ese, al que usted llama mi hermano,

mató a mi madre.

La disparó.

-Por Dios, no hable así, sería un accidente.

-Nada en la vida de Diego ha sido un accidente,

aunque se le da bien aparentarlo.

No, doctor, mató a mi madre.

Y, de paso, terminó conmigo.

Toda mi existencia ha sido un infierno.

Ojalá hubiera muerto él.

-Se arrepentirá de haber hablado así de su propia sangre.

-En absoluto.

Por mucho que diga, no me arrepentiré ni le perdonaré,

como no le perdonará Dios.

Dios no perdona

a los que hacen infelices a los que están a su lado.

¿Por qué no me ha dicho nada de sus ojos?

-¿Qué tienen?

-Algo no va bien, Samuel,

nada bien.

Doctor, ¿qué me está pasando? -No se altere

e indíqueme en qué momento

deja de ver la luz.

-Ahí.

Ya no veo nada por ese lado.

-Mantenga la calma. No debe excitarse.

Déjeme que siga con el reconocimiento.

-Doctor, ¿voy a perder la vista?

-No, no se ponga en lo peor. Un golpe como ese puede provocarle

una pérdida de visión temporal.

-¡Ah!

Tenga cuidado. Me duele muchísimo cuando me toca.

-Apenas le he rozado.

-Me siento a morir. Es como si me fuese a estallar.

-¿El dolor ha comenzado con el reconocimiento?

-Déjeme salir.

Quiero ir al jardín.

-Vamos, relájese.

No está en condiciones. -¡Calla, malnacido!

¡Padre, padre, venga a auxiliarme! -¿Padre?

-¡Quieren matarme! -¿Sabe dónde se encuentra?

-Estoy en mi casa. ¿Quién les dejó entrar?

Voy a vender cara mi vida. -Nadie le hará daño.

Está en el hospital.

-¡Mientes, matasanos! ¡A mí, Policía! ¡Ah!

-Samuel, trate de hablarme, haga un poder.

-Madre...

Mamá...

Mamá...

-Su pulso es irregular y muy débil.

Avisa al doctor Werington, le perdemos.

Samuel, Samuel, trate de hablarme.

¿Samuel?

Buenos días. -Buenos días.

-No es habitual verle sin su esposa.

-Es lo que tienen los matrimonios bien avenidos,

que gustamos de pasar tiempo el uno con el otro.

-Suerte que tienen ustedes.

Yo apenas he podido disfrutar de mi marido.

-Si me disculpa,

Rosina va a salir de la iglesia y hemos quedado

en ir a ver don Felipe al hospital.

-Me comentó que era aficionado a la numismática.

-En realidad, es mi padre el especialista.

Yo solo sé algunas cosas.

-Me gustaría hacerle una preguntas. No le restaré mucho tiempo.

Y Rosina todavía tardará unos minutos en salir de la Iglesia.

-Está bien, dígame en qué puedo ayudarla.

-Quería mostrarle unas monedas similares a las que ya vio.

Las he ido recopilando

durante un tiempo.

-Si son como la que vi el otro día, merece la pena echarle una ojeada.

¡Uh!

Lo que me imaginaba.

Son piezas muy buscadas por los aficionados.

-No es fácil dar con ellas, ¿no? Quiero decir,

es difícil encontrarlas.

-En efecto, como ya le dije, son de una colección.

Son monedas muy especiales.

Me pregunto cómo las guardó.

-Por casualidad. No recuerdo por qué razón

me llamaron la atención.

-Son interesantes. Cada una está acuñada con un década de diferencia.

-No me había dado cuenta.

-Fíjese bien.

1861,

1871,

1881.

Me pregunto si no tiene la de 1891 o la de este mismo año.

Sé que ha sido acuñada una moneda.

-No. Solo tengo estas tres.

-Ah, es una lástima.

Son detalles que dan mucho más valor a una colección.

-Lo tendré en cuenta.

-Parece como si fuera

una cuenta atrás, ¿no cree?

-No lo había pensado.

Para mí son simples monedas.

-Pues busque las dos que le faltan, tendría la colección.

-Señora, tengo un recado de mucha enjundia.

-¿Qué ocurre? No vendrías más agotada si te siguiera el mismísimo Satanás.

-Tiene que ir al hospital a escape.

Han mandado recado para que se presente.

-Gracias por la información y disculpe que le deje,

pero asuntos familiares me reclaman.

-Espero que no sea nada grave.

-Vamos.

He encendido tres velas por la pronta recuperación de Felipe

y otras tres por la de Samuel.

-Yo les he tenido presentes en mis oraciones.

Ayer coincidí con su hermano Diego y está muy afectado.

-No es para menos. Lo de su padre, ahora esto... El muchacho

está con un pie en el otro mundo. -Dios no lo quiera.

-Te siguen dando la murga con el retrato.

-No sé hasta cuándo

tendré que soportar estos desprecios.

Me temo que toda la vida.

-Qué va, pierde cuidado.

Lo único bueno que tienen estas chismosas es su mala memoria.

En cuanto tengan un chisme más jugoso,

se les olvidará esto.

-¿Cómo ha ido la misa?

¿Qué contó el cura?

-No sé qué de unas cartas de los Corintios.

Cómo les gustaba la correspondencia a los antiguos.

-Se te ha ido el santo al cielo. -Lo normal en una iglesia.

-Sí. Y que andas un poco despistada.

-Bueno, es que ando impresionada por lo que he oído de Elvira.

-¿Qué es lo que has oído? -Bueno, al parecer,

se puso a gritar como una lunática llamando a Simón. ¿Verdad, Celia?

-Así es. El pobre

salía de mi casa y no sabía qué hacer.

-Qué escándalo.

Anda de cabeza todo el barrio con esto.

-No es para menos, querida.

Al parecer, tu tía está dorándole la píldora a Adela

para que no le afecten los comentarios.

Pero ya sabemos cómo se las gasta la gente

en estos lares.

-Muy difícil va a ser que se mantenga al margen.

-Pobre, recién casada y pasar por esta situación.

Simón debería haber acudido al llamado de Elvira

y ponerla en su sitio,

porque acaba de pasar por la vicaría, ¿o no?

-No creo que sea fácil para él.

-No, y tanto. Le separaron de su amada el día de su boda.

-Y aparece en otra boda,

en la de su novio, que se casa con otra.

También es mala suerte, es fatalidad. -Sí.

Me ha contado Víctor

que el coronel la secuestró y montó esto para fingir su muerte

y retenerla en Estambul.

-Así que, el culpable de que la chica esté perdiendo la razón

y que no consumara su verdadero amor es él.

-Y nosotros guardando el duelo

como unos panolis. Ese hombre no tiene perdón de Dios.

-Menudo demonio. Lo que teníamos que hacer

es darle un escarmiento.

¡Que me metes los dedos en las costillas!

-Mirad quién ha bajado.

Ramón, de verdad, eres más terco que la mula de mi tío Joaquín,

que se paraba en una calle y no pasaba nadie en una semana.

-Déjate de historias.

Y te ruego que me tengas más respeto, que soy tu esposo.

No me parece de recibo

que me compares con una bestia de carga.

-Lo siento, no era mi intención. Pero eres muy poquito razonable.

-No te puedo permitir que me cuestiones como padre.

-Y no lo hago, Ramón, pero no consiento

que todo se haga por ordeno y mando.

-Pues mira, así está el mundo: los hombres mandan.

-Pues este mundo va a cambiar, que no tenemos la cabeza

solo para llevar sombreros, y menos cuando los hombres metéis la pata

por vuestras tiranías.

-¿Quieres decir que soy un padre

tan autoritario como el coronel? -No.

No he dicho tal cosa.

Pero parece que estemos viviendo en la época

del rey Carolo.

¿Por qué?

¿Porque intento mantener mis principios?

No me parece que sea una idea desfasada

pretender que el hijo de uno tenga respeto a sus progenitores.

-Claro que no, pero debemos ser comprensivos.

-Y lo soy, Trini.

Me considero un buen padre.

Es verdad que tras la desaparición de Lourdes

tuve a Antoñito un poco apartado. -Bueno,

un poco apartado... Diría un zurrón de leguas.

Que Estados Unidos

no está a la vuelta de la esquina. -Lo importante no es lo cerca

o lo lejos que estuviera,

lo importante es que he intentado darle lo mejor de mí

para favorecerle en todo, para darle una educación

y que sea ecuánime.

-Pero claro que sí, claro que sí.

Es que creo que no me estás entendiendo bien.

Yo sé lo mucho que quieres a tus hijos

y a los que vivimos bajo este techo.

-¿Entonces por qué me estás cuestionando siempre?

-Porque necesito que reconozcas

que nunca antes habías sido tan estricto como ahora.

Antoñito se está esforzando en encontrar trabajo,

y tú deberías apoyarle. -¿Crees que no me gustaría

ser más cariñoso con él?

-Pues entonces, afloja, querido. -No debo, Trini.

Debo mantenerme firme, para que sepa que no se puede salir con la suya,

que ya es hora de que asuma responsabilidades.

Porque me barrunto

que el muchacho terminará muy mal. -Ramón, si tienes razón.

Los dos estamos muy preocupados por su futuro.

-Por eso tenemos que mantenernos duros con él.

Piensa que no se ha querido marchar de Acacias

por estar a la vera de una criada.

¿Crees que tiene sentido este despropósito?

-Me sabe mal que pienses así de Lolita.

Es más buena que el pan blanco.

-No quiero seguir discutiendo de esto contigo.

Claro que Lolita es una buena chica

y que no se merece lo que le va a ocurrir,

pero no es para ser la señora de Palacios.

Y además, me tiene muy preocupado,

porque la que más perjudicada va a salir de todo es ella.

-Que no, Ramón, nada de eso.

Que esta historia no tiene por qué salir mal.

-El mundo no es un folletín donde todo acaba bien.

El sol no se puede tapar con un dedo.

Antoñito y Lolita son de mundos diferentes, no tienen ningún futuro.

-Ya.

Exactamente como tú y yo.

Tú señor y yo, manicura.

Y, que yo sepa, más contentos que unas castañuelas.

-Es diferente, Trini.

Entre tú y yo había amor de verdad.

Antoñito no quiere a Lolita,

solo es un capricho,

un antojo de un niño malcriado.

Mi hijo es un tarambana. Y más temprano que tarde

se va a cansar de la criada, de si incultura,

de sus modales.

Qué agradable regresar al barrio.

Están ustedes radiantes... -No le tolero esto,

y no soporto su hipocresía. -A mí ni se me acerque.

-¿Qué les pasa? ¿A qué se debe este áspero recibimiento?

-Le ruego que recoja sus cosas de inmediato de mi piso,

no deseo tenerle más tiempo de inquilino.

-¿Cómo dice? No entiendo nada. -Déjese de cinismos.

Todo el mundo sabe cómo es usted, la clase de persona que es

y lo que le hizo a su hija. -Rosina...

-No sé de qué me habla. -Es usted

un ser deleznable. -¡Rosina!

-¡Capaz de todo por salirse con la suya!

-Te ruego que te sosiegues.

No merece la pena. -Sí vale la pena. No pararé

hasta sacarle los colores. ¿Cómo que no sabe?

¿Acaso no fue usted quien ordenó

que secuestraran a su hija el día de su boda

y que la muchacha ha vivido un infierno con los turcos?

-¿Quién le ha contado eso?

¿Mi hija está aquí?

¡Ay, Dios!

He venido a buscarte.

-No esperaba tu visita.

¿Cómo te encuentras?

-¿Qué más da lo que a mí me suceda?

Lo único importante es la salud de Samuel.

-Parece que en eso vamos mejorando, ayer recobró la conciencia.

-Lo suficiente para dejar claro

que no va a perdonarnos nunca, Diego.

Su rechazo me mata por dentro.

-Yo encontré la misma respuesta cuando fui a visitarle.

Considera que ya no formo parte de su familia.

-¿Cómo pudimos dejarnos llevar así?

No puedo perdonarme haberle hecho tanto daño a Samuel.

-Blanca...

No te tortures.

Hay situaciones que son inevitables.

-No.

Teníamos que haber reprimido nuestra pasión.

Si no nos hubiéramos besado, Samuel no estaría postrado

en una cama de hospital. -No.

Más pronto o más tarde,

habría sucedido algo así.

Hay sentimientos que no se pueden tapar,

por mucho que queramos, y terminan saliendo.

-No tenías que haberte enfrentado a él.

Tenías que haberte controlado y no provocar el accidente.

-¿Me echas la culpa?

-No.

Pero tu falta de templanza nos ha llevado

a este punto.

-Me echas en cara que he reaccionado con violencia,

pero yo odio tu cobardía.

Si hemos llegado hasta esta situación,

es porque no dijiste a Samuel la verdad.

-Estás siendo muy mezquino, Diego.

-Contesta. ¿Por qué no te sinceraste con Samuel cuando te lo pedí?

-¿Por qué no le contaste lo que sentíamos?

¿Por qué no fuiste capaz de defender nuestro amor?

Es que ya ni siquiera sé si de verdad me amas.

¿Le sirvo un poco de leche? -Sí, echa sin miedo.

-¡Uy!

-¡Demontre, me has quemado! Podrías prestar

más atención a lo que haces. -Ramón, tranquilo.

Que tan solo te ha caído una gotita de nada.

-Como no te ha caído la leche quemando encima...

-Le traeré manteca, que es mano de santo para las quemaduras.

-Déjate de remedios de pueblo.

Son memeces de Cabrahigo.

(Puerta)

-Voy a abrir a escape.

-Pero bueno, ¿qué te pasa ahora

con Cabrahigo? -Quiero ver inmediatamente a mi hija.

-Perdone, don Ramón, que se me ha colado.

-Se avecina tormenta. -¿Dónde está Elvira?

¿La tienen en esta casa?

-Sí, pero no pienso dejarle verla, se ponga como se ponga.

-No tiene derecho a impedírmelo.

-Claro que lo tengo, está usted en mi casa.

-Don Ramón, yo no quiero importunarle,

solo quiero llevarme a mi hija.

-Le ruego que se marche por donde ha venido.

-Creo que no me ha entendido bien.

Insisto en llevarme a mi hija. Y no creo que sea capaz de negarse.

-No piense usted que voy a arrugarme. No merece ninguna consideración.

-¡Exijo que mida sus palabras! -No está

en disposición de exigir.

Nos mintió a todo el barrio

haciéndonos creer que Elvira estaba muerta,

a sabiendas de que estaba viva. -Eso no es cierto.

No sé qué les contó, pero no es verdad.

El día de su boda con Simón

se echó atrás y se marchó con Burak Demir.

Eso es mentira.

No sé qué pretendes con estos embustes, hija.

Supe recientemente que estaba viva y corrí a ayudarla.

Por eso viajé a Estambul.

-Y nos volvió a mentir a todos diciendo que se iba a Argentina.

-No quería levantar la liebre para que Burak no hiciera daño a mi niña.

Cuando llegué, ella ya se había escapado de sus garras.

Burak Demir es el único culpable de todo esto.

El orquestó todo el engaño de la muerte de Elvira.

Deje que hable con ella.

-No.

Ya no le creo a usted ni una sola palabra, ya no.

Márchese de mi casa.

-No sabe lo que hace. Se está buscando un enemigo peligroso.

-Márchese si no quiere que le dé con la puerta en las narices.

-A ver si tiene tantos arrestos cuando vuelva con guardias.

(Portazo)

Muchas gracias, don Ramón,

por defenderme de esa forma.

-Querido, tienes más narices

que todos los tercios de Flandes juntos.

-Sí, pero tráeme una copa de coñac,

me tiemblan hasta las canillas. -Lolita, yo voy.

¿Entonces no está mejorando?

-No, señora, al contrario.

Su situación se complica por momentos.

-No lo entiendo. Había recobrado la conciencia.

-Solo momentáneamente. Los síntomas de antes de las convulsiones,

problemas de visión y en el habla,

nos indican que la herida

se ha transformado en un absceso cerebral.

Hay una bolsa de infección presionando su cerebro.

Si sigue avanzando, puede ser fatal.

-¿Existe algún tratamiento para esa dolencia?

-No, que yo conozca.

Estoy consultando con otros colegas para ver qué podemos hacer,

pero no quiero darle esperanzas.

-No sé cómo lo tomará mi hija.

-Al menos, ayer pudo hablar con él,

acompañarle mientras estaba consciente.

Hoy no la he visto.

-No lo entiendo.

Tenía la pretensión de no alejarse de su lado.

-No, no se apure.

Samuel no quería compañía de nadie.

Reaccionó mal cuando le dije que contara con su hermano

en estos momentos de zozobra.

¿Les ha ocurrido algo estos últimos días?

-No, que yo sepa.

-Probablemente este comportamiento esté provocado por su enfermedad.

Cuando está consciente, su mente no rige con claridad.

-Ya. De todas maneras, son asuntos de familia,

no tiene por qué preocuparse.

-No pretendo ser indiscreto.

Pero quiero que alguien se haga cargo de Samuel.

Es muy posible que tengamos que tomar decisiones importantes

sobre su salud.

-De acuerdo.

Carmen, ve a buscar a Blanca inmediatamente.

-Como diga la señora.

Samuel, hijo...

Tómate esto, te aliviará.

Siento mucho haberte hablado así.

-Hemos sido muy torpes, Diego.

-No sirve de nada que nos echemos la culpa el uno al otro,

ya no arreglamos nada con eso.

-Estoy agotada.

Deberíamos pasar página y buscar la forma

de ayudar a Samuel.

-No me gusta verte sufrir.

-Cuenta conmigo,

no pienso dejarte sola con todo esto.

Será mejor que me marche.

-Diego...

Antes has puesto en duda lo que sentía por ti.

Quiero que sepas

que te amo con toda mi alma.

-No sigas.

-Es importante para mí

que me entiendas.

Si he sido incapaz de gritar lo que siento por ti,

es porque temo por tu bienestar.

Temo a la felicidad.

Cada vez que he estado a punto de alcanzarla, se me ha escapado,

causándome mucho dolor a mí

y a los que me rodeaban.

-Blanca...

Eso no tiene por qué volver a suceder.

No puede ocurrirme contigo.

No puedo.

Lo eres todo para mí.

Te amo.

¿Qué estamos haciendo?

¿Por qué no somos capaces de contener esto?

-No lo sé.

Pero cuando te tengo en mis brazos,

nada me importa.

Has estado muy vehemente con el coronel, querida.

Acertada, pero exaltada.

-¡Pues no se merece menos!

Ojalá se estilara aún la picota, para exponerlo en la plaza,

con todo el mundo.

-Deberías atemperar un poco tus ánimos, Rosina.

Estás a la que salta.

-¿Te vas a poner en mi contra?

-Por supuesto que no, solo digo que estás desasosegada,

nada más.

-¡Estoy muy sensible!

¿Pero qué te pasa, morena mía?

Siento si te he atormentado con mis palabras.

-¡Ay!

Es que ahora siento mucho, me sabe muy mal

haberle abierto los ojos al coronel.

Ahora, por mi culpa, sabe que su hija ha regresado.

-No pases pena, se iba a enterar tarde o temprano.

-Es verdad. Es difícil ocultarlo viviendo bajo el mismo techo.

-Claro. Es mejor que se entere de esta forma.

Mejor que encontrarse cara a cara.

-Oh, Liberto,

qué calor me estás dando.

Pareces una estufa. ¡Uff!

En esta casa hace más calor... Madre mía, parece un horno.

-Pues yo, más bien, diría que hace fresco.

-Liberto, tú estás muy mal.

Hace más calor que en las calderas de Pedro Botero.

-He pensado que podríamos ir al museo de la ciudad.

Y después igual a comer al restaurante ese nuevo,

al que van tantos intelectuales.

-Qué buena idea, Leonor.

Deseo conocer ambos sitios.

Es un buen plan para la familia, ¿no?

Voy a reservar una mesa. Ese local se llena de gente.

-¿Por qué no lo dejamos para próximamente?

Dentro de unos días. Es que me da pereza

ir ahí, a un sitio tan concurrido.

Seguro que encontramos a un amigo tuyo bohemio y tenemos que hablarle.

-Esto sí que es una novedad.

Con lo que hablas. No me dejas colocar más de dos frases al día.

-¡No te chancees de mí, que no estoy de ánimo para nada!

-Madre, ¿qué le ocurre?

¿Me quedo haciéndole compañía? -¿Por qué?

¿Acaso me crees una anciana,

que necesitas atenderme o qué? Mira, id vosotros.

Me hacéis un favor dejándome sola.

-Como quieras. Para el humor

de perros que gastas, quizá sea lo mejor.

Trini, apúrate, que quiero volver a casa.

-Bueno, Ramón, tranquilo, que apenas he catado un picatoste.

-No, temo por Elvira.

-Relájate, en casa está a buen recaudo.

-Lo dudo. Ese don Arturo es capaz de todo,

hasta de asaltar nuestra casa.

-Ya, bueno, Ramón, pero tranquilízate.

Lolita ha dado orden de que no entre nadie.

Elvira está más segura con nosotros que en el Banco de España.

-No sé cómo hemos podido llegar hasta este punto.

Ese hombre es un falso,

un estafador, un tipejo peligroso para su hija y para los demás.

-Pues mira, sí, Ramón, no te voy a discutir

ni un punto ni una coma sobre él,

pero déjame que termine mi almuerzo.

Siéntate, que exageras con tanta prisa.

Venga.

-Trini...

No exagero ni una pizca.

Acabo de venir de la comisaría

para informarme sobre la situación de Elvira.

Y lo que me han contado me puso

los pelos de punta. -¿Qué?

-El coronel me ha denunciado por tener secuestrada a su hija.

-¿Cómo?

¡Qué barbaridad!

¿Ese hombre ha perdido el oremus o qué?

No me creo semejante felonía.

-Es totalmente cierto.

No ha tardado ni un minuto en emprender acciones legales.

-Pero, por supuesto, no permitiremos que Elvira regrese con ese salvaje.

Vamos, lo que faltaba.

-Me temo que ese asunto no es algo que esté en nuestras manos.

-¿Cómo? ¿No podemos hacer nada por protegerla?

-No, no podemos hacer nada por ella.

Elvira es una mujer soltera desde que ese Burak la repudió,

así que, vuelve a estar bajo la custodia de su padre.

-No me lo puedo creer, Ramón.

Pero que ese hombre la secuestró y mintió sobre su muerte.

¿No hay justicia? -Ya me he informado, conozco la ley.

Don Arturo vuelve a tener todos los derechos legales sobre Elvira.

Tenemos las manos atadas. Al menos, hasta que cometa un error.

-Sí. Pues esperemos que ese error no sea fatal para Elvira.

Anda, vamos.

¿Qué haces ahí, Casilda? ¿Echando la tarde?

-Sí, señora Fabiana.

Estoy echando el rato para no llegar pronto

a casa de doña Rosina.

-Pues mira que me extraña de ti, que nunca has sido holgazana.

-No es por no hacer mis tareas.

Si a eso estoy muy bien acostumbrada.

-¿Entonces?

-Me he enterado de que don Liberto y doña Leonor no están en la casa

y no me quiero quedar sola

con doña Rosina.

No sé qué tiene, pero está que no se aguanta ni a sí misma.

-Pues te va a caer una buen regañina cuando llegues.

-Pero eso es rápido, son cinco minutos.

Más largo es pasar la tarde con ella aguantando sus melindres.

Además, que yo en este altillo

soy más feliz que una perrilla con salchichas.

-En esto no te falta razón.

Que aquí se está de perlas.

Y para nosotras

es lo más parecido a tener una casa.

-¿Qué ha decidido, señora Fabiana?

¿Se va a marchar con el italiano?

-Pues no lo sé todavía.

Por un lado pongo todo lo bueno que he pasado aquí

y por otro lado, todo lo malo.

Y las cuentas me salen a la par.

Bueno,

casi más para un lado que para otro.

-¿Y qué lado es ese?

-Ah, mira,

me alegro de verlas aquí. Ya me ha contado Martín

que está pensando en largarse

con el "Marchelo" ese. ¿De verdad está pensando

en dejarnos? -Había pensado en quedarme,

pero viendo lo chismosos que son, me lo voy a pensar.

-No se enfade, señora Fabiana, si mi Martín solo se lo contó

a Servando. -Es como publicarlo en "La gaceta".

-¿Pero de verdad que está pensando en marcharse?

-No lo sé, Servando.

Aquí he vivido

lo mejor y lo peor de mi vida.

Pero la proposición que me hace Marcello es muy tentadora,

sobre todo ahora.

-Pero... Pero... Pero no... No puede dejarnos,

no se puede ir. ¿Qué va a ser de nosotros?

-Servando, Servando,

no sea egoísta.

Deje que la señora Fabiana piense qué la conviene.

-Ya, ¿pero dónde va a estar usted mejor

que en este altillo? -Igual a la vera del italiano.

Es que está hecho un señor como Dios manda.

-Aquí también hace falta. ¿Pero qué va a ser esto

sin ella? Esto se convierte en la casa de tócame, Roque.

-Servando, es usted más cerrado

que las verjas de un convento de clausura.

Me marcho, yo para escuchar atorrantes

tengo a doña Rosina. Ea. -No, no, Casilda.

-No. -Un segundo.

¡Casilda, que no he terminado! Ahora vuelvo. ¡Casilda!

No disimules, Lolita, que te miraba y estás más mustia

que un geranio seco. ¿Qué te pasa?

-Nada.

Si estoy fetén.

Que le estaba dando vueltas a las cosas en la sesera.

-Pues no des tantas vueltas, que ya verás

como todo sale de perlas.

-Eso será cuando encuentres trabajo.

-Estoy buscándolo, ¿no? -Pues...

En esta casa no lo vas a encontrar.

Aquí no está el horno para bollos.

-Anda, ven.

-¡Chist! Eso, tú pon peor las cosas. Anda, humo de aquí.

-Dame, aunque sea, un besito pequeñito, que me dé fuerzas.

Menos zalamerías y más ahínco en tu tarea. ¡Hala!

-Pues dame, aunque asea, un trozo de tarda.

Porque venía buscando algo dulce,

pero si no puede ser contigo, con otra cosa.

-Menos caprichos y no me seas plomo.

¿No ves que aquí todo es amargo?

Eres más caprichoso que un infante.

Anda, déjame trabajar en paz.

-Me voy, te has levantado con el pie izquierdo.

-¡Ay!

¡Hala! No sé qué le pondrán a la plata esta,

que no le sale brillo ni con un asperón.

¡Maldita sea mi estampa!

-¿Se puede saber qué tienes?

Nunca te vi de tan malos modos.

-Nada, esta plata, que se me resiste.

-Pues es la misma de siempre y nunca la habías tomado en ella.

Dime, ¿qué te ocurre?

-Pues...

Que antes

escuché a don Ramón decirle

que yo no era más que un capricho para Antoñito.

-Bueno, tú no hagas caso a mi esposo, que está ofuscado con todo el tema.

Y Antoñito tampoco le da motivos para que confíe en él.

-Ni a él ni a la señorita María Luisa,

que si las miradas mataran, yo ya estaría difunta.

-Bueno, tú no pases pena, que ya sabes cómo son.

Y ya verás como, no tardando, se dan cuenta de que el amor es verdadero.

-Eran verdades como puños.

Que soy bruta y nada fina. -¿No te ondula?

¿Y yo qué? Yo también. Y mira el señor,

loquito que está por mis huesos de clase baja.

Lo que hay que aceptar es que las cabrahigueras

le hacemos tilín a los Palacios. -Ojalá sea lo que dice.

Cada vez que voy a servir me entra una temblera,

que se me van a caer las enaguas. -Bueno,

tú ya sabes que mi esposo es muy estricto,

pero es justo y bondadoso.

Si no forzamos las cosas, en unos días

estaremos todos a partir de un piñón.

-Mientras no sea en la cabeza...

-Oye, arriba ese ánimo, eh.

Que las cabrahigueras tenemos más redaños que Agustina de Aragón.

¿Pero qué me está pasando?

¡Ay, Dios mío!

¡Uh! Pero si estoy hinchada como un globo.

Dios mío, ¿pero qué me está pasando? Esto no puede ser bueno.

Esto es rarísimo.

-Doña Rosina... -¡Oh!

¡Casilda! ¿Qué formas de entrar son estas?

Haces menos ruido que los ladrones.

-He entrado como siempre. Lo que pasa es que como peso poco,

pues hago poco ruido. -Anda, tráeme un cojín,

que me duele la espalda. -Sí.

-¿Y cómo que no se ha ido a merendar

con su hijo y don Liberto?

-Porque se me ha antojado que mi merienda

me la hiciera mi criada, que eres tú,

pero como nunca estás, pues yo a pasar hambre.

-¡Ay, perdóneme! Es verdad que me he entretenido en Acacias.

-No, si ya me lo figuraba yo.

Eres una inconsciente, que solo vas a tu apaño.

¿Sabes qué? Que deberías preocuparte más por tus señores,

si quieres conservar tu empleo.

-Voy a prepararle la merienda.

"Ende luego" que hay que jeringarse. -¡Espera!

Ven.

Te he oído.

¿Crees que puedes reírte de mí,

tomarme por el pito del sereno

después de lo que he hecho por ti?

Como vuelvas a faltarme al respeto de esa forma,

te vas a la calle, y tu marido.

¿Has entendido?

¡Que si has entendido!

-Sí, señora, sí. -A ver si aprendes de una vez

que no se muerde la mano de quien te da de comer. ¡Retírate!

¡Va!

¡Ay, qué rara estoy!

¿Y bien?

¿Cómo sigue Felipe?

-Va mejorando, aunque le queda un tiempo en el hospital.

-Bueno.

Yo iré a visitarle cuando solucione lo de Elvira.

No sé cuánto se podrá quedar con nosotros.

-Es una atrocidad que el coronel demande a tu esposo.

-Ramón salió corriendo a asesorarse legalmente.

Y, al parecer,

lo cierto es que poco podemos hacer.

-Tiene que hacer todo lo que buenamente podamos.

No podemos dejar que Elvira vuelva a caer en manos de su padre.

-Me he tomado la libertad de preparar unos pestiños para el café.

-Gracias. Seguro que están riquísimos.

-Mejor las dejo solas, no quiero interrumpir su conversación.

-¿Nos habrá escuchado?

-Pues no lo sé, pero no me quiero imaginar

cómo reaccionará si se entera de todo.

-Se ha debido ir a la cocina.

Está sufriendo mucho.

Es impensable lo que pueda llegar a hacer.

-Lo mejor será que no se entere de nada hasta que sea inevitable.

-Susana me pidió que le mantenga ocupado.

No ve bien que sepa que el coronel ha regresado.

-Tú descuida, eh, que intentaremos ocultárselo,

aunque sea por poco tiempo.

-Cuanto más, mejor.

La sastra le tiene enorme aprecio y quiere ganar tiempo

para preservar su matrimonio con Adela.

-Ya.

Pero con lo cotillas que son en este barrio,

será cuestión de horas.

-Ya. La llegada del coronel Valverde

ha caído como una bomba entre nuestros vecinos.

-Espérate a que se enteren de que pretende llevarse a la niña.

-Simón...

Nos ha escuchado.

¡Ay, Dios!

(Puerta cerrándose)

¿Quién anda ahí?

Señorita Blanca, ¿ha regresado ya?

Tengo que darle un recado.

La noche la he pasado buscándola y nadie me ha dado razón de usted.

Si hay alguien en la casa, que sepa que voy armada.

Me sorprende, Gayarre.

Pensaba que tardaría menos en presentarse en mi casa.

Lo primero es lo primero.

Tengo que felicitarle por su boda.

No sea niño.

No me obligue a que mi amigo sea contundente.

-Si tuviera lo que hay que tener, se quedaría a solas conmigo.

-No me haga reír. Tengo personas a mi servicio

que se encargan de esos menesteres.

Sácalo de aquí. -Tiene tanto miedo

que se ha buscado a una niñera. Es patético.

-Márchese antes de que se ocupe de Vd. como merece.

-¿Dónde está su honor, coronel? ¿Dónde?

Me acaba de mostrar su falta de valor.

Es un cobarde.

-El único cobarde que hay aquí es usted, apenas me ha plantado cara.

Y se marcha sin conseguir lo que vino a buscar.

Le aseguro que no saldrá con bien de esta, coronel.

Le daré su merecido. Y usted, guarde eso.

Ya me voy.

Piénselo.

No le conviene pegarme un tiro en esta casa.

Márchese, sea quien sea, no vayamos a tener un problema.

(Puerta abriéndose)

Salga de ahí, que será lo mejor para todos.

Que Dios me proteja.

¿Quién anda ahí?

¡Déjeme salir, maldito!

¡Socorro!

¡Socorro! ¡Que alguien me ayude!

¡Eh!

¿Dónde vas?

¿Por qué no te quedas un rato más?

-No estoy a gusto, tengo que salir.

-¿Te sientes mal por lo que hemos hecho?

-Necesito cambiarme la ropa.

-Te sientes mal.

-Hemos vuelto a tropezar en la misma piedra.

Y no está bien.

Al menos, mientras tu hermano siga en el hospital.

-Blanca, no podemos evitarlo.

Nos necesitamos el uno al otro

como respirar. -Debimos ser fuertes

y vencer la tentación.

-Eh.

¿No te das cuenta que exiges algo que va en contra

de nuestra naturaleza? -Lo sé.

Pero estamos traicionando a tu hermano

y somos las personas que él más quiere en el mundo.

-¿Y nuestra felicidad?

-¿No importa?

¿Acaso no tenemos derecho a vivir nuestro amor?

-No, no lo tenemos.

Le prometí fidelidad y, por nuestra culpa, está en el hospital.

Le llevamos a las puertas de la muerte.

Blanca...

Blanca...

Me niego a dejarte marchar.

-¿Pero no ves que esta pasión

nos convierte en dos monstruos egoístas?

Es tu propio hermano el que está sufriendo.

Él siempre ha sido bueno con nosotros, no le devolvamos así

su entrega.

No nos convenimos, Diego.

Juntos somos destrucción.

-¿Piensas...

que cuando estamos juntos

no surge nada bueno?

-Solo dolor.

Demasiada pasión. Nos inflamaremos

y arrasaremos todo lo que está cerca.

-¿Quieres que nos separemos?

-No tenemos otra opción.

-Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano por evitarnos,

por olvidar este amor que nos ata.

-Yo...

Yo no sé si puedo darte lo que me pides.

-Tendrás que intentarlo. Se lo debemos a tu hermano.

-Ya.

Comprendo.

Debemos separarnos por Samuel. -Así es.

-No volveremos a estar juntos nunca más.

Padre.

Padre, espere.

Esto es para usted.

-¿Qué es esto?

-Parte del dinero que le debo, por algo se empieza.

-Trabajas de barrendero.

-Así es. Limpiando las calles

de la cuidad, que nos gusta verlas limpias y alguien tiene que hacerlo.

-"¿Sabe qué es esto?".

Los billetes del barco que nos llevará a Italia.

El pase a nuestra felicidad.

Mire.

Barco El Gran Buque Catalina,

que llegará a Nápoles la mañana del día 15.

¿Y sabe quién irá subido en él?

Usted y yo,

dispuestos a emprender una nueva vida juntos.

-Pues nada, que se nos va la Fabiana también.

-¿Te acuerdas de las curanderas a las que acudiste

cuando tratabas de quedarte encinta?

-Casi no me quiero ni acordar. -Sí, claro.

¿Pero te acuerdas de alguna, de la última?

-Pues no me acuerdo de cómo se llamaba.

Hace poco, conocí a otra.

-¿Ah, sí? ¿A cuál?

-A la Valenciana. ¿Por por qué te interesa tanto?

-No, por una muchacha que viene a planchar a casa

y cree que su novio

la ha dejado en estado.

Y no sabe a quién acudir. ¿Dónde encuentro a la Valenciana?

-Si quieres,

damos un paseo y te digo dónde vive. -Sería estupendo.

-"Elvira está en casa de María Luisa".

Está protegida y a salvo.

Tendríamos que sacarla y llevarla a un lugar seguro.

-¿Llevarla?

¿Adónde?

-No vas a querer separar...

Que nos separemos de ella ahora que la hemos recuperado.

Pero es lo mejor y lo más seguro.

Si el coronel hace uso de su poder, estará perdida.

Yo tampoco quiero separarme

de mi amiga, pero si he de hacerlo para salvarle la vida,

lo haré.

"¿Y tú dónde estabas?".

Tanto presumir que te preocupas por Samuel

y a la primera, le dejas solo. -¿Ha pasado algo?

¿Hay novedades de su estado?

-Sufrió convulsiones.

-¿Convulsiones?

-Está muriéndose.

El doctor nos los dijo

a los que estábamos allí, que, por supuesto, no eras tú.

-"¿Qué le sucede".

-Lo siento, Diego, su hermano me pidió que no le diera

ninguna explicación. Ni siquiera debería estar aquí,

a petición de su hermano. -Me da igual lo que dijera.

No está bien

y no es capaz de decidir nada.

Exijo que me diga qué le sucede.

"¿Eso es lo que Simón quiere?".

No se trata de lo que quiera Simón,

se trata de salvar tu vida. Si te quedas, tu padre te matará,

o te encerrará para siempre. Tiene poder sobre ti, Elvira.

¿Cuándo tendría que irme?

Cuanto antes. Esta noche mejor que mañana.

Una hoja de morera.

1891.

¿Qué estás haciéndome?

¿Qué estás haciéndome?

¿Qué estás haciéndome, maldita sea?

  • Capítulo 614

Acacias 38 - Capítulo 614

03 oct 2017

Samuel empeora. Blanca y Diego hablan sobre lo ocurrido, discuten. Pero acaban juntos de nuevo. Arturo Valverde regresa a Acacias y se entera de que Elvira ha vuelto. Los Palacios defienden a Elvira y no se la entregan a Arturo, pero la ley está de parte del coronel. Ramón cree que lo de Antoñito con Lolita no es más que un capricho. Ésta lo escucha. Liberto, Leonor y Casilda notan un comportamiento extraño en Rosina. Alguien entra en casa de Úrsula y encierra a Carmen en el despacho.

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