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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 608 - ver ahora
Transcripción completa

Me parece que no tiene arreglo.

-¿Qué ha ocurrido?

-Tu hermano, que ya sabes que siempre ha sido muy patoso.

Le he golpeado con un codo.

-¿Y tu viaje?

-¿Has visto la tormenta?

Es imposible viajar con este tiempo. Caen chuzos de punta.

-"Se va. Su padre le paga todas las deudas,"

con la condición de que se vaya a trabajar a la mina.

De minero y, no de capataz.

-Pues muy señoritingo le veo yo "pa" eso.

-Sí, es muy señoritingo, pero es más terco que una mula.

-La única solución que veo es, que te marches con él.

-¿A la mina? Ni hablar.

¡Ah!

-"¿Cuándo va a contarme"

la verdad sobre lo del otro día?

¿Quién es Olga?

-Si nació a la vez que tú, de la misma madre que tú,

solo hay un explicación.

-¿Mi hermana?

-Ya te he contado todo lo que debías saber.

Pero siento...

que eso sea lo único que te retenga en esta casa.

"Después ruegos, me han permitido mandarle esta grabación".

"Tenga piedad de mí".

"Déjame regresar.

"No me haga morir en este infierno".

-Deberías alejarte de tu madre, solo te hará daño.

-Por el momento, no puedo separarme de ella.

-¿Qué te lo impide?

-No puedo.

Ya está.

Quiero encontrar a Olga.

-Yo no quiero escuchar ese nombre nunca más.

Es la evidencia de mi error.

-Algún día desvelarás todas tus razones

y, puede que ese día sea muy tarde para que las entendamos.

Todos tus secretos acabarán contigo.

(CANSADO Y SOFOCADO)

-Señor, señor,

¿qué le ha pasado? Dios mío.

Don Jaime.

Gracias a Dios respira.

Débilmente, pero respira.

No se asuste, don Jaime.

Llamaré al médico.

¿Qué significa esto, señor?

No parece tener sentido.

Ana. Úrsula.

Caja fuerte.

¿Qué querrán decir estas palabras inconexas?

Vuelvo enseguida.

¿De dónde vienes?

-Eso a usted no le importa.

Voy a mi habitación. -¿Qué te ha sucedido?

-Nada. -Soy tu madre.

A mí no me puedes engañar.

¿Por qué traes esa cara?

-No tengo por qué darle explicaciones.

-No irás a ningún lado sin explicarme lo que te pasa.

Eres débil, Blanca, por muy poderosa que te creas.

-Está bien.

¿Quiere saber qué me pasa?

¿Quiere saber por qué no me da color la sangre?

Porque trato de contenerme

para no hacerle daño, pero usted no cumple su parte.

-¿Qué parte? ¿De qué me hablas?

-Necesito saber sobre mi hermana. Necesito saberlo todo sobre Olga.

-Te ruego que no pronuncies su nombre en mi presencia.

-Hábleme de ella y callaré.

-Ya te he dicho todo lo que sé.

No hay más.

-Imagino que no hay nada más duro que echar la vista atrás,

pero necesito arreglar lo que he estropeado.

Borrar de alguna manera mi culpa.

Por favor, madre, sigo sin entenderlo.

¿Cómo puede tener culpa un recién nacido de ser como es?

-No quiero que vuelvas a hablar de ello.

Nunca más.

¿Me oyes? Nunca más.

Ponlo de nuevo, Víctor, por favor. -Está claro, Simón.

-Por favor.

"Padre, después de muchos ruegos

me han permitido mandarle esta grabación".

"Se lo suplico, tenga piedad de mí".

"Déjame regresar".

"No me haga morir en este infierno".

Es evidente, Simón. ¿Qué más tienes que pensar?

-María Luisa, ya está bien.

Dices que estas palabras demuestran algo, pero no es así.

Pueden haberlas grabado en cualquier momento.

-Las ha tenido que grabar en Estambul

aterrorizada por su destino.

El cilindro, el cuadro y que don Arturo esté en Estambul,

lo deja todo claro.

-A mí se me ocurren muchos motivos para pensar

que esto lo grabó lejos de Estambul.

-No le hagas caso.

¿No te das cuenta? Elvira está viva, por eso don Arturo está en Estambul.

Está viva y necesita nuestra ayuda.

-Esto puedo haber sido grabado hace mucho tiempo.

No nos crees falsas esperanzas.

-Simón, dinos qué opinas.

-¿Por qué dices que esa demanda de ayuda no significa nada?

-Que más quisiera yo que darte alguna certidumbre.

Esto pudo haber sido grabado

en otro de los momentos en que su padre le castigó.

-¿Cuándo, di, cuándo?

-Cuando la encerró en un convento.

O cuando se negó a casarse en las Colonias.

Solo le pide a su padre que le permita regresar a casa.

-Nos lo hubiera contado cuando nos conoció.

O después, cuando regreso del convento.

Esta súplica la ha grabado en Estambul.

-Yo creo que necesitas pruebas mucho más contundentes.

-¿Y qué sugieres que haga?

-Yo me olvidaría de tanta intriga.

Seguiría con mi vida, Simón.

Cásate con Adela, que fue tu decisión.

Mira al futuro. -Para mí no es tan fácil.

Necesito que me dé un poco el aire.

Pero ¿qué ha pasado aquí?

-Tu hermano, que como bien sabes, a veces pierde los nervios.

-¿Por qué te dejas llevar así, Diego?

-Bebí un poco más de la cuenta, y ya ves,

la pagué con el mobiliario, en vez de con quien se lo merecía.

-Úrsula.

-Úrsula.

-Tienes que aprender a controlarte.

Perder los nervios no es más que perder la cabeza,

y te necesitamos en tus plenas facultades.

Ayer, cuando llegué de mi viaje quise hablar contigo,

pero tanto Blanca como tú os marchasteis sin explicarme nada.

-Es que no había nada que explicar.

-No estoy seguro de eso.

Algo pasó en mi ausencia.

A Blanca se la notaba en la mirada,

en la actitud.

-¿Y tú qué crees que pudo ser?

-Tenía la esperanza de que tú me lo dijeras.

Te pedí que la cuidaras.

-Ya te lo dije,

estuve ocupado todo el día con el broche de la señora Gosálvez.

-Lo sé, lo sé.

Pero si te digo cuáles son mis sospechas,

a lo mejor se te viene algo a la cabeza.

Tengo la sensación de que algo ocurrió entre Blanca y Úrsula.

-¿Cómo qué?

-No lo sé.

Blanca está muy esquiva conmigo.

Como si tuviera algo que ocultarme, algo que no me quiere contar.

-Quizá solo esté nerviosa por la tormenta.

-No. No puede ser solo eso.

-"¿Y si al dejarlas libres hacemos daño a alguien?".

-Me temo que eso no se puede evitar.

Tarde o temprano ocurrirá.

Haz un esfuerzo, por favor.

Tuviste que ver algo, alguna incongruencia.

Alguna ausencia de Blanca y Úrsula, algo.

-De verdad que no, lo siento.

-Diego,

si tú supieras algo, ¿me lo dirías, verdad?

Fuera lo que fuera no me lo ocultarías, ¿cierto?

-¿Por qué iba a ocultarte algo?

Somos hermanos. Estamos juntos en esto.

-Es verdad. Somos hermanos y estamos juntos.

Perdón por haber dudado.

Es solo que,... ayer Blanca me evitó y estaba esquiva.

-Deja de pensar.

Los enamorados le dais demasiadas vueltas a la cabeza.

-Tienes razón, estoy enamorado. Y además, pienso en demasía.

Veo fantasmas. -Olvídalo.

-Es la inseguridad del amor.

Quizá el rechazo de Blanca no tenga nada que ver conmigo,

y tan solo sea una de sus crisis pasajeras.

El dolor del pasado.

-Puede ser.

La verdad es que sí tengo algo que contarte.

Me marcho.

No voy a postergar más mi viaje a las minas.

-Tienes necesidad de respirar aire puro, ¿no es eso?

-(SONRÍE)

-Marcha entonces.

¿Está ya el desayuno?

-No, todavía estoy yo solo.

-Cavilando, ¿no?

-Sí. Algo que debería haber hecho antes y más a menudo.

-¿Y se puede saber qué te tiene tan mohíno?

¿Es tu nuevo trabajo de minero

o que no quieres alejarte de Acacias o cualquier otro asunto galante?

-Pues de todo un poco.

No voy a negar que no me apetece enterrarme en una mina.

Y me da pena abandonar Acacias.

Le he cogido cariño a bastantes vecinos.

-A unas más que a otros.

-Si va a sacar a Lolita a colación, no se corte.

Sí,

estoy enamorado de ella.

(RESOPLA)

Pero su obsesión por la maldición familiar y la decisión de mi padre,

han supuesto la ruptura absoluta.

-Pero Antoñito, ¿a qué ser tan tajante?

-¿Qué quiere, que le diga que me espere,

o que me acompañe en mi bajada a los infiernos?

Ha leído usted demasiadas novelas.

-Eso o que estoy más en la calle que tú.

¿Qué pensarías si te dijera

que Lolita me contó que estaba planteándose pedirte

que te quedaras con ella?

-¿Alguien ha conseguido sacarle la estupidez de la muerte de la cabeza?

-Le...

-Buenos días.

El desayuno.

-Antoñito, Antoñito,

tú haz lo que tengas que hacer.

Y lo que tenga que venir, vendrá.

-Ahora vuelvo. Voy a echarme una toquilla, que tengo frío.

-Lolita.

Me ha dicho un pajarito que se te ha pasado por esa cabeza tan linda

la posibilidad de pedirme que me quede a tu lado.

-Qué pajarito ni que ocho cuartos,

doña Trini, que se cree que todo el monte es orégano.

Hay que ver lo lianta que es.

-¿Me lo vas a plantear?

Si me dices que me quede, me quedo y, que salga el sol por Antequera.

-Eso. Tú siempre poniéndote el mundo por montera.

Pues no.

No te voy a pedir "na" de "na".

Cada uno a lo suyo.

Como se dice en mi pueblo: "Cada mochuelo a su olivo".

-¿Y por qué no quieres darnos una oportunidad, eh?

¿Ya no me quieres?

-Tú no piensas "na", ¿eh?

A ver, aunque fueras lo que más quisiera en este mundo,

¿qué derecho tengo a pedirte que te quedes?

Me quedan tres días.

Tres.

¿Vas a desobedecer a tu padre por tres días?

-Lolita, sabes que no me creo esa estúpida maldición.

Me enfrentaría a mi padre y al ejército de las Termópilas

si hace falta, por quedarme contigo.

-Que no, que lo que no puede ser no puede ser, y ya está.

Además, que es imposible.

Tú, Antoñito,

cumple con tu familia.

Vete a la mina, hazte un hombre de provecho.

Y allí encontrarás una mujer que te quiera.

-No quiero encontrar a ninguna mujer,

porque ya la he encontrado.

Te quiero a ti. Solo quiero estar contigo.

Prefiero un día a tu lado, que la inmortalidad sin ti.

-Que ya está todo dicho. Me duele.

Pero...

(EXHALA)

...partimos peras.

Buenos días.

¿Me permiten sentarme con ustedes?

Querría tomarme un chocolate caliente.

Tengo el frío de la tormenta metido en los huesos.

-Faltaría más. Siéntese. -Gracias.

-No le falta a usted razón,

esta tormenta va a ser difícil del olvidar.

Dicen que en algunos barrios ha causado verdaderos estragos.

-Blanca,

siéntate con nosotros. -No sé si debería.

Voy a la residencia a ver a don Jaime.

-Por desgracia, ese afán no es urgente.

-Me gustaría saber los resultados de las pruebas.

Por la crisis respiratoria que tuvo ayer.

-Resultados que no variarán si tomas un refrigerio con nosotros.

Siéntate un momento.

¿Qué te apetece, un café, un té? -No.

-¡Ay, que no es posible! ¡Qué alegría!

¿Tú sabías algo, Liberto? ¡Ay, Ave María Purísima!

¡Ay, hija mía! Un día me vas a matar

a base de tanta sorpresa. Pero ¿cómo se te ocurre venir sin avisar?

¡Tan terrible como tu padre!

-Madre, escribí diciendo que volvía, pero

supongo que he llegado yo antes que las cartas.

El servicio de Correos no es lo mejor en la Isla Margarita.

-Tienes que contármelo todo.

Liberto, por favor, la maleta.

-Bienvenida a casa, Leonor.

-Ay.

Mira, Blanca, ¿te acuerdas de ella?

-Claro, cómo no me voy a acordar.

Hicimos muy buenas migas antes de marcharme.

¿Cómo estás? -Bien, gracias.

Te he echado mucho de menos.

Hay cosas que solo se comparten con las amigas.

-Y yo a ti. Pero ya nos resarciremos.

Hablaremos de lo divino y de lo humano.

-Uh, te noto algo cambiada, Leonor.

-Espero que para mejor.

-¿No va a saludarme?

-Estarás cansada. Vamos para casa.

Liberto, la maleta. -¿Cómo está?

-Bien, gracias. -Vamos.

Por favor, Liberto. Con Dios.

-Pensándolo mejor, ya me tomaré ese café cuando vuelva de la residencia.

A las buenas.

Ya sé que parece raro tanto desprendimiento,

pero así me lo ha dicho Martín, que hoy mismo vienen a arreglar

las rendijas de las ventanas.

-Pues bien que se lo agradeceremos.

El frío que entra te hiela el alma.

-Lo que no sé es como alguien puede ser tan generoso

como para querer hacerse cargo de nuestros apaños.

-A caballo "regalao" no le mire el diente.

-Nadie regala "na" por "na".

-No sea usted aguafiestas.

Habrá sido un alma caritativa que ha querido apiadarse

de vuestros huesos.

-Será algún señor

que ha hecho una promesa y quiere gastarse sus cuartos

por arrepentimiento.

Me extraña que no nos lo haya anunciado a bombo y platillo.

-Bueno, tengo que irme. Ojalá sea verdad que nos van aliviar del frío.

-Aguarde, que quiero echar una "parrafá" con usted.

Entre ella y yo, hija.

-Ah. "Enterá".

-¿Qué escamoteaba usted cuando hemos venido?

-Con todo el respeto, no es de su incumbencia.

-No me gustan los tejemanejes en mi altillo.

-Insisto en que la respeto a usted, pero tampoco tengo obligación alguna

de tenerla al corriente de todos los aspectos de mi vida.

-Puede que no. O puede que sí.

¿No se habrá olvidado usted que fui yo quien la traje aquí?

Quien la sacó de la rúa y quien le dio un techo.

No lo hago esperando nada a cambio.

Me preocupa usted, Carmen. Ya está dicho.

-Pues no tiene por qué.

Le estoy muy agradecida, pero no se crea en la obligación de protegerme.

-Siéntese, que vamos a ser claras.

Aunque yo no estaba presente,

las muchachas me contaron su historia de usted.

Su boda por amor, su marido manirroto,

la actitud de su familia... -Espere.

¿A qué viene todo esto?

-Se lo diré. A que le está costando hacerse con la vida de criada.

Y no es "pa" menos, que no es fácil pasar de señora a maritornes.

-No me quejo de la vida que llevo.

No sé de dónde saca usted que no me acostumbro.

-Le digo yo que no es fácil.

Y menos ahora, que está usted sirviendo con doña Úrsula.

Viéndola a ella,

a Úrsula, puede que se haya hecho usted a la idea

de volver a ser señora.

O hasta que ella

se lo haya prometido. -Eso no es cierto.

Sé muy bien cuál es mi papel.

-"Pa" usted la perra gorda. Pero hágame caso,

no se crea de la misa la media.

Si se deja llevar por Úrsula, terminará arrepintiéndose.

-Le agradezco su preocupación, pero sirvo a mi señora, y nada más.

No hago más que de lo que de mí se espera.

-Ojalá sea así.

No se deje liar.

No se deje arrastrar por sus enredos y sus chanchullos.

-Descuide, que yo no tengo ambiciones.

Y créame, le estoy muy agradecida, por lo mucho que me ayudó,

por lo que me dio. Y me gustaría conservarlo.

Pero le ruego que no se meta más en mis cosas.

Se lo pido por favor.

Ya está todo arreglado con los representantes de los funerarios.

Hemos firmado el acuerdo y han recibido su dinero.

De vuelta a la reunión te he comprado el billete.

Saldrás mañana en carruaje de línea.

¿Me estás escuchando?

-De principio a fin.

-¿Y a qué viene tanta apatía?

¿Sabes la que te viene encima?

¿No te estarás echando atrás en tu promesa de trabajar

para devolverle a la familia lo que hemos invertido

en librarte de la cárcel?

-No, padre.

Me reafirmo en esa promesa. Le devolveré hasta el último céntimo.

-Eso espero.

-¿Está el horno para bollos?

-Sí, querida.

Antoñito cumplirá su promesa. Parte mañana para la mina.

-Cuánto me alegro de que haya vuelto la paz a esta casa.

Vengo de misa y, quería encontrarme con vosotros

para citaros esta noche en la chocolatería.

-¿Para qué?

-No seas ansioso, ya lo verás esta noche.

-Ya estamos con las sorpresas.

Menos mal que la mayoría de ellas me agradan.

Me voy a trabajar.

-Hasta esta noche.

¿Es cierto eso de que te vas mañana? ¿Has hablado con Lolita?

-Bueno, hablar, yo he hablado, sí.

-¿Y no te ha pedido que te quedaras?

-No quiere ni tenerme cerca.

-¿Ya está otra vez con la maldición de su familia?

-Las razones dan igual.

Tampoco va a tener el mayor de los futuros, voy a ser minero.

Y tampoco quiero volver a decepcionar a mi padre.

Me iré yo solo. Ese es mi destino.

-(RESOPLA)

Hala, hijos, aquí está la comida.

¿Limonada, Adela?

Pues limonada para todos,

¿verdad, Simón?

Por nosotros.

-Por nosotros. -Por nosotros.

Simón, muchacho, ¿no hay algo que le teníamos que contar a Adela?

Por el amor de Dios, di algo, Simón.

-Bueno, yo...

Verá, no, no...

-Verás, he preparado esta comida, porque tanto Simón como yo

queremos contarte algo.

-¿Algo sobre la boda?

-No, no es sobre la boda.

-No, pero sí es algo que deberías saber antes de la boda.

-Me está poniendo un poco nerviosa.

Simón, por favor, pon de tu parte y cuéntalo de una vez.

-No es tan fácil.

-¿Es grave?

-Grave, grave, no.

Pero sí algo delicado y chocante.

¿Verdad que es chocante, Simón?

-Un poco.

-¿Es bueno o es malo? -Malo no.

Yo no diría que es malo.

¿Verdad que no? -No.

Malo no.

-Verás,... me resulta muy difícil decirte lo que te tengo que decir.

Y menos con la poca ayuda que me está prestando el medroso de Simón.

-Por favor, que me tiene en ascuas.

-Verás, yo...

O sea, yo...

Verás, Adela,...

en mi vida hubo un punto escabroso

cuando quedé viuda.

Y de ese episodio turbio,

y lleno de dolor,...

salió algo maravilloso.

Y eso,...

ese algo...

es Simón.

-¿Cómo?

-Que doña Susana es mi madre. Ya está, ya lo he dicho.

-No es posible.

-Créelo, hija.

-Pero...

Co...

No lo entiendo. ¿Por qué lo ha mantenido oculto?

¿Por qué no ha dicho nada?

-Simón nació fuera del matrimonio.

Mi amado esposo ya había muerto y, mi hijo Leandro era un niño.

-Entonces, tuvo usted una aventura pecaminosa.

-No.

No fue una aventura. Mi madre jamás ha hecho nada pecaminoso.

Y te ruego que no le pidas detalles que violenten a mi madre.

-Lo siento, doña Susana.

No quería ofenderla.

-Te lo contaré despacito, Adela.

Vas a ser de la familia y, tienes todo

el derecho, pero te ruego que de momento

lo mantengas en secreto como hemos hecho nosotros, ¿de acuerdo?

¿Qué le ha pasado a don Felipe? -Una desgracia, hija.

Tuvo un accidente en un carruaje viniendo de Niza

al acudir presto a Acacias al enterarse de lo del terremoto.

-¿Está bien? -Sigue en el hospital.

Pero parece que está estable.

Aunque los médicos no saben cómo va a quedar.

-Es terrible.

-(SUSPIRA)

¿Dónde están Casilda y Martín? Tengo muchas ganas de verles.

-Y yo, señora.

Yo también me moría de ganas de verla.

-Qué alegría. Qué alegría más grande tenerla.

-Yo también te he echado mucho de menos. Qué alegría verte.

-Ya está bien, Casilda.

Tanta efusividad entre una señora y su criada no es de recibo.

-(RÍEN)

-Casilda, ven, siéntate con nosotras,

que tengo muchas cosas que contaros.

-Sí, sí, cuente usted, que yo la escucho aquí de pie,

que es como mejor estoy. Cuente, que soy toda orejas.

-Como quieras. Veras... Vera usted también, madre.

Ha sido todo tan...

mágico.

No hay otra palabra.

-Mágico, ¿por qué? Perdone mi simpleza.

-Al principio no dejaba de sentir la ausencia de Pablo,

aunque el entorno era maravilloso, el cielo azul.

Y el mar casi transparente. Y se sentía una paz...

-Ya. Pero te entiendo. Al principio, es normal sentirse así.

La viudedad es un estado

que nos acompaña y nos acompañará siempre.

-No paraba de preguntarme cómo hubiera sido todo aquello

si Pablo hubiera estado a mi lado.

Y no podía parar de llorar.

Me sentía tan sola... -Natural.

Es que está todo muy reciente aún.

-Pero... poco a poco, ayudada por las gentes de la ciudad...

Tendríais que haberles conocido.

Era gente maravillosa, afectuosa.

...pude ir recomponiéndome. -Gracias a Dios.

-Aprieta, pero no ahoga. -Ya le digo, madre.

Poco a poco conseguí sacar fuerzas de flaqueza, ir recomponiéndome.

Volviendo a amar la vida.

El mero hecho de sentirme viva.

Y comprendí que, a Pablo, lo que le hubiera gustado,

hubiera sido verme feliz

y contenta y alegre. -"Pa" chasco que sí.

Con lo bueno que era el Pablico...

Seguro que eso era lo que quería él,

verla a usted contenta y disfrutando.

-Pues lo ha conseguido.

Vuelvo a sentir ganas de vivir.

Y yo no sé por fuera, pero por dentro,

me siento otra mujer.

He hecho las paces con el pasado.

Con Fernando Poo,

con la muerte de Pablo

y con los infortunios.

-Ya sabe usted, los disgustos y las fatigas

no sirven nada más que para que a una le salgan arrugas.

-(RÍE)

-Y vengo con planes.

Le he estado dando muchas vueltas

y, he pensado que...

voy a retomar mi carrera literaria.

Voy a entregarme a ella y darlo todo.

-Cuánto me alegro escucharte.

Me da igual si es buena idea que escribas o no,

nada podría hacerme tan feliz como tenerte aquí a mi lado.

-Y al mío.

Y al de Martín, que ya verá usted lo contento que se va a poner

cuando la vea.

-Casilda,

¿por qué no nos traes agua de cebada, eh?, algo de beber.

Cualquier cosa. -En un periquete, señora.

-Estoy tan feliz por tenerte aquí,

que por eso me sienta como un tiro contarte lo que te voy a contar.

(RESOPLA)

-Madre,

¿qué pasa?, la noto agobiada.

-Porque lo estoy.

Es que no has llegado en el mejor de los momentos.

-¿Y eso?

¿Madre?

-Se trata de Úrsula.

Siempre Úrsula. Mira,

hace unos días me la encontré y, saliste en la conversación, hija.

Yo creo que esa víbora no olvida la noche que celebramos los Paulinos.

-¿Y qué tengo que ver yo en todo eso?

-Al parecer, Pablo y tú la ofendisteis sobre manera.

Sí, hija, de verdad. Por eso no quise

que hablarais en la chocolatería.

Creo que te la tiene jurada.

Ándate con ojo cuando te la encuentres.

-Sí, madre. Seguiré su consejo,

aunque no creo que llegue la sangre al río.

Úrsula no tiene

modo de hacerme daño.

-Tal vez estés en lo cierto, pero

te recomendaría que no trates con ella.

Ni con Blanca.

-Con Blanca, ¿por qué?

¿Qué tiene que ver Blanca?

-Claro, tú no lo sabes.

Acabas de llegar, cómo habrías de saberlo.

Blanca es hija de Úrsula.

-¿Qué?

Y poco más hay que decir.

Tan solo, insistir en la tenacidad de Simón,

que me siguió la pista,

que no desvaneció ni un solo momento

hasta dar conmigo.

Y consiguió al final

mi voluntad

y mi cariño.

Gracias, Simón.

¿Me censuras, hija?

-No, Dios me libre. Yo no soy quién para juzgar a nadie.

Al contrario, me alegro

de conocer la pasión que Simón siente por su familia.

Y también me alegro de haber ganado una suegra como usted.

-Más me gustaría...

que pensaras que has encontrado una madre.

-Sí, doña Susana.

Lo que no termino de entender es por qué han mantenido este secreto.

-Hija, por mi reputación.

Yo soy católica a machamartillo.

Y...

por muy orgullosa que esté de Simón,

estaría expuesta a todo tipo de críticas.

-Sí. Sí, me hago cargo.

-Además, hay que pensar en el negocio, en la sastrería.

Hay gente con muy poca compasión, que...

podría sentirse ofendida.

-Sí, lo entiendo, lo entiendo perfectamente.

Por mi parte no tiene nada que temer.

Mantendré el secreto hasta que usted lo considere.

-Y aquí no acaban las sorpresas.

Y esta también va para ti, Simón.

Me gustaría,

ya que no tenéis otro sitio, que cuando os caséis,

vengáis a vivir a esta casa

conmigo.

(RÍE)

-¿De verdad, doña Susana?

Es maravilloso, ¿verdad, Simón?

Muchas gracias, muchas gracias.

-No todo es sacrificio.

Es mucha casa para mí. Y si tengo que ser sincera,

desde que Simón se ha ido al altillo, le echo mucho de menos.

Y me encuentro muy sola.

-Ya, pero,...

madre, verá como a la larga...

-Ya sé lo que vas a decir.

Que...

Que habrá rumores,

cotilleos, pero tengo todo pensado.

Diremos que os he alquilado una habitación.

Y que lo he hecho con deferencia a Adela, mi empleada.

-Pero eso es muy buena idea. Nadie tiene que sospechar.

-¿Te parece bien, Simón?

-Si fuera poco por la boda, doña Susana,

ahora, con su generosidad, ha conseguido emocionarme.

-Pues con eso ya me doy por satisfecha.

A comer.

Con permiso.

Se acabó el pasar frío en el altillo.

Vamos a arreglar

las juntas de las ventanas.

-Sí, ya me lo adelantó Casilda.

¿A cuenta de quién corre el apaño?

"Salve, bella signora".

"Tutto bene?".

-¿Qué hace usted aquí?

-Me dijeron que pasaban ustedes mucho frío.

Y eso tiene "soluzione".

"Al lavoro", Servandito.

-Bueno, pues hay tiene el yeso,

la espátula y el agua.

Al "lavoro", don Marcelo.

-"Grazie mile".

-Que yo me las piro. Que si ve algo

que no esté a su gusto, se lo dice al italiano, que es muy dispuesto.

-(MARCELO SILBA)

-Parece que se alargan mucho esos asuntos

que no le dejaban volver a su tierra.

-Uno sabe cuando llega a un sitio, "ma" nunca cuando se va.

-Vaya, no se le da nada mal

la albañilería.

"Mi piace".

-Quién lo diría, pareciendo usted tan señorito.

-No se lo reprocho, ¿eh?

Pero creo que usted me ha juzgado mal.

Y sobre "tutto", antes de "tempo".

-Venga, no me quiera engatusar.

Que salta a la vista cómo viste usted y cómo maneja el parné.

-Pues se confunde, "bella signora".

Yo fui un "contadino".

¿Cómo se dice?, un campesino.

Fui un campesino durante toda mi juventud.

-Pero tuve suerte y hice algo de dinero.

-¿Algo o mucho?

-Vivo bien. Tengo viñedos.

Pero "tutto", todo me lo he ganado con el sudor de mi frente.

Como Dios manda.

-Pues me deja usted de piedra.

Aún así,

no entiendo, por mucho monís que usted maneje,

por qué quiere pagar usted las composturas de las ventanas.

-Por amor a mis semejantes.

¿Por qué va a ser?

No puedo tolerar que las muchachas pasen frío.

Y sobre "tutto",...

por qué negarlo,

no puedo tolerar que pase frío usted.

-Por mí no se preocupe,

una está ya "curá" de espanto y de frío.

-No me preocupo por usted, me preocupo por mí.

Usted me debe un paseo.

Y si se enferma no podría pagármelo.

Vamos a ver,

¿es justo o no es justo que arregle las ventanas?

Aunque la verdad es que he dudado

un poco,

por tener que soportar a Servando.

-(RÍEN)

(Se cierra una puerta)

El broche de la señora Gonsálvez está terminado.

-Déjame ver. ¡Ah!

Es precioso.

Puedes estar satisfecho.

Has heredado el talento y el buen gusto de tu padre.

-Yo solo soy un buen artesano. Mi padre es un artista.

-¿Has ido a la residencia a verlo esta mañana?

-Sigue estable y continúan haciéndole pruebas respiratorias.

He vuelto para terminar el broche.

-¿Te has cruzado con Blanca?

Iba a ir también a primera hora.

Deberías estar un poco más encima de ella.

¿Por qué dice eso?

-Conozco bien a mi hija.

Y Blanca es, digamos, difícil de controlar.

Si aspiras a que sea tu esposa, deberías atarla más corto

y no dejarla entrar y salir a su albedrío.

Y menos, guardarte secretos.

-¿Quién le dice que hay secretos entre nosotros?

-No necesito que me lo diga nadie.

Ayer mismo, sin ir más lejos, cuando

nos explicaba que Diego y ella

habían liberado al pájaro de la jaula,...

¿no tuviste tú esa impresión?

-Métase en sus asuntos. Todo va bien entre nosotros.

Ella hace todo lo que está en su mano para ayudarme.

Para ayudarnos con el cuidado de mi padre y todo lo demás.

Blanca está de parte de los Alday.

¿Es eso lo que le duele?

-No me duele en absoluto,

porque ni siquiera estoy segura de que Blanca haya decidido

claramente su lealtad.

-Créame, está de mi parte.

De la de mi hermano.

Solo le falta liberarse del influjo de usted, para ser una mujer libre.

-No me gusta que escuches mis conversaciones, Carmen.

Y ya puestas,... no me gusta tampoco

cómo te comportas últimamente.

Estás tensa, huidiza.

Me miras de una manera extraña, como si quisieras culparme de algo,

y no sé de qué.

-Siento haberle dado esa impresión. No le reprocho nada.

-Faltaría más.

-¿Puedo retirarme? -No.

¿Qué ocultas?

-Nada, señora, de verdad.

-Si me estuvieras ocultando algo,

si me estuvieras escamoteando tu lealtad,

recuerda que puedo ponerte

en la picota.

Simplemente dejar caer tu nombre y tu paradero

en un lugar que no te conviene.

Sería tu final.

Piénsalo.

Ahora vete.

¿Qué?

¿Vas a dejar que Antoñito se marche así, sin luchar?

Yo creía que las de Cabrahigo teníamos más arrestos.

-No me hable así, doña Trini.

Tampoco está siendo fácil "pa" mí.

Estoy que no vivo.

(LLORANDO) ¿De verdad piensa que me gusta perderle?

-No. Lo que pienso es que no estás echando el resto para conservarlo.

Sería ridículo, porque me voy a morir en tres días, tres.

Y están siendo ya muy cansinas con esto.

-¿Sabes lo que te digo, Lolita?

Que si yo fuera tú, se lo pediría.

Si te empeñas, le diría que estoy deseando morir

en brazos de mi amado.

Nanay. Que si se queda conmigo, desobedece a su padre.

Total, "pa" "na". "Pa" quedar viudo en un pispás.

-¿Te vas a conformar así, Lolita?

¿Sin luchar ni rebeldía?

-¿Y "pa" qué?

Si mi... condena no es morirme,

mi desgracia... es haberme "pirrao" por él.

Y no puedo disfrutarle.

(LOLITA LLORA)

¿Por qué no me dices lo que te preocupa?

Al fin y al cabo, dentro de poco vamos a ser madre e hija.

-¿No ha notado a Simón un poco raro, distante o algo así?

Y no es de hoy, lleva un par de días así.

-Eso son los nervios de la boda.

Los hombres, por mucho que digan, al final pierden los redaños.

-Ojalá tenga usted razón.

¿Puedo quitármelo ya?

-Pues sí.

-Gracias.

-Susana, ¿qué, cómo va ese vestido de novia para la boda?

-Probándolo estamos.

Ha vuelto Leonor.

Dile que pase a saludarme.

-Vendrá en cuanto pueda.

Está descansando de tan largo viaje.

Y a ver si le va aclarando el cutis, que parece una campesina.

Ah, pero bueno.

Qué tejido tan primoroso has elegido para el velo de la novia.

¿Te has esmerado tanto para el traje del novio?

Poco me preocupa del novio el traje.

Más nerviosa...

me tiene él. Vuelve a estar rarísimo.

Y no es por la boda, hay algo más.

-¿Cómo qué? -No sé.

¿Se habrá enterado de que don Arturo ha viajado a Estambul?

-Vaya. O sea, que Simón ha vuelto a su obsesión por Elvira.

-No podría poner la mano en el fuego,

pero me intranquiliza. Quedan dos días para la boda.

-Eso es positivo. Míralo así,

Simón, dentro de dos días, ya no podrá echar marcha atrás.

-Tienes razón.

-Qué bonito.

Simón.

Deja ya de darle vueltas. Por tu bien.

Olvídate de lo que opina María Luisa.

Tienes que mirar hacia el futuro, no te quedes en el pasado.

-Sí, será un buen futuro con Adela, llevas razón.

En otra ocasión albergué falsas esperanzas

y, me costó recuperarme.

-Eso trato de decirte.

Como vuelvas a obsesionarte conque Elvira está viva y te espera,...

no sé si podrás recuperarte otra vez de la decepción.

-No, no podría, lo sé.

Además, ¿quién cuidaría a Adela?

Prometí protegerla y cuidarla hasta que la muerte nos separe.

Y eso es lo que voy a hacer.

-Me alegra ver que miras hacia el futuro.

Pero sobre Adela,... ¿estás seguro de que te quieres casar con ella?

-Sí. Sí, completamente.

Tan seguro, que te voy a pedir un favor.

¿Quieres ser el padrino de la boda?

-Claro. ¿Cómo vas a pensar lo contrario?

(RÍE)

¿Y mi padre?

-El doctor le está haciendo algunas pruebas.

Ha notado cierta insuficiencia respiratoria.

Pero tranquilo,

que no es nada grave.

Me marcho.

Ahora ya puedes esperarle tú. -Espera.

Creo que debería desaparecer una temporada.

Y así lo voy a hacer.

Me marcharé a las minas de río Tinto.

¿Así va a ser nuestra despedida?

Blanca, ¿no tienes nada que decir?

Hombre, por fin aparecen ustedes.

-¿Era esta la sorpresa?

-Pues sí. Más o menos sí.

-Como Antoñito se marcha mañana,...

me he tomado la libertad de preparar una cena de despedida

para toda la familia. -Gracias.

-Pero bueno.

Somos una familia. Alegrar un poco esas jetas, ¿no?

(RESOPLA)

-Pues esto sí que no me lo esperaba.

Resulta que la familia mejor avenida de Acacias,

la más unida, la que más apoya a cada uno de sus miembros,...

la familia que me ha acogido,

se empeña en mantener sus malas caras.

Esto me lo dicen y no me lo creo.

Y ya sé que en todas las familias hay desencuentros,

hasta enfrentamientos,

pero en las buenas familias, como es esta,

los enfrentamientos se superan.

De verdad que les admiro, don Ramón y doña Trini.

Y de vosotros me siento muy cerca, María Luisa,

Antoñito,

aunque uno coja atajos equivocados y, la otra se empeñe en imposibles.

Pero el caso es que esta familia tiene que permanecer unida.

Aunque sea para cogerme en su seno cuando llegue el momento.

Si no lo hacen por ustedes,

por lo menos háganlo por mí.

Yo me siento solo sin su apoyo y cobijo.

No saben la suerte que tienen de tenerse cerca.

-Gracias, Víctor.

La verdad es que mi hermana se lleva a un buen hombre.

Y yo,

el mejor cuñado que pudiera desear.

-(RÍE)

-Bueno, yo creo que esta botella nos va a ayudar un poquito.

-Sí.

-¡Uy!

-(TODOS RÍEN)

-Señorita.

Di algo, te lo ruego.

Blanca, ¿qué podemos hacer?

-Nada.

Ni podemos ni debemos hacer nada.

-Te equivocas.

Samuel sospecha algo.

Está muy preocupado por tu distanciamiento.

Sabe que algo te ocurre.

-No ha pasado nada.

-Para mí, sí.

Y no lo puedo evitar.

Y me come la culpa cada vez que mi hermano habla conmigo,

me pregunta por ti,

cuando Samuel confía en mí.

Alguna determinación debemos tomar.

Blanca,...

dime que me vaya.

O que me quede.

Haré lo que me digas.

Leonor, cuánto me alegro que estés de vuelta.

Echaba de menos tener una amiga.

-Pues aquí me tienes.

-Es muy agradable sorpresa volver a tenerte entre nosotros.

-"Bella signora"

sería un placer "per me" invitarla a tomar un refrigerio mañana.

-No lo veo "adecuao".

-Solo le pido que me permita invitarla a unos dulces

en "La Deliciosa".

Y me sigue debiendo el paseo.

-Que... no tiene una ya edad para tomar nada con desconocidos.

-¿Qué dice? Si usted es una "ragazza".

Le ruego que se lo piense.

Yo la estaré esperando.

-"Mírame a los ojos".

Te tengo que decir algo antes de partir.

Yo he conocido a muchas mujeres,

muchas,...

pero tú eres la única a la que he querido de verdad.

Así que, espero

que volvamos a encontrarnos algún día.

-"¿Ha 'pasao' algo con Simón?".

-No, no, pierda cuidado.

Aunque es mejor que no se entere de lo que me ha sucedido.

-Pues muy gordo debe ser "pa" que se ande usted con secretismos.

-Hay un hombre que me pretende.

-¡Arrea! ¿Y quién es ese "desgraciao"?

-No sé su nombre. Y es la primera vez que le veo en el barrio.

-Pues no está nada bien tontear con una mujer que está casi casada.

-"Samuel es un buen hombre".

Trabajador, honesto, cariñoso...

Y ha sido espléndido conmigo.

Me ha cuidado y protegido.

-Pero ¿tienes dudas?

-Sé que es el hombre perfecto para mí.

Que con él no me faltaría de nada y que no me pondría en ningún peligro,

pero ¿por qué no me quita el aliento la idea de casarme con él?

-A juzgar por como me estás hablando de él,

parece que hablas más de un hermano, que de un esposo.

-Tienes razón.

Creo que he tomado decisiones equivocadas.

-Blanca, estás a tiempo a rectificar.

-En este mundo hay personas como usted, que tienen suerte,

y, otras como yo, que nunca encontraremos nuestro lugar.

-Me duele verle tan infeliz. -No se apure.

La felicidad puede venir por otros sitios.

Para mí es suficiente ver que la gente que aprecio

es dichosa.

-Le honra hablar de esa manera.

-No es un mérito. Cuando se quiere a alguien,

hay ocasiones en las que es mejor echarse a un lado

y desearle lo mejor en su vida.

Cualquier otra forma de actuar, sería...

mezquina. -"¿Qué me estás ocultando?".

-Nada. Ya se lo dije. ¿Por qué iba a hacer tal cosa?

-Tus remilgos me están enervando.

Dime de una vez

qué es lo que te guardas.

Sabes que te lo voy a sacar por las buenas o por las malas.

Tú eliges.

Conoces el daño que puedo llegar a infligirte.

-Puede arrancar cuando quiera.

No espero que nadie venga a despedirme.

Adiós, amor mío.

  • Capítulo 608

Acacias 38 - Capítulo 608

25 sep 2017

Jaime Alday parece tener una pequeña mejoría y logra escribir en una hoja que la prueba para acabar con Úrsula está en su cuaderno. Carmen lo ve, pero duda qué hacer. Samuel está preocupado por la actitud de Diego y Blanca; Úrsula le advierte de que Blanca oculta algo.

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