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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 606 - ver ahora
Transcripción completa

Por ahí viene Celia.

-Celia, querida,

has ido al hospital a ver a Felipe, ¿verdad?

¿Cómo ha ido? -Bien.

Pero los médicos son muy optimistas.

Y esperan que se recupere pronto y sin secuelas.

-¿Te ha perdonado?

-No hay nada que perdonar.

Me ama. Y confía en mí.

-"Disculpe,"

mi muy señora mía.

-Dígame, caballero.

-Es increíble el talento que tiene usted.

-Gracias. Es usted muy amable.

-"Mamma" mía. Lo que soy es afortunado

de tener una mujer tan hermosa e increíblemente talentosa delante.

El gremio de funerarios lo ha olvidado todo.

-¿Y cómo lo has conseguido?

-Vendiendo unas tierras que tenía en Murcia

para poder pagar lo que me pedían.

Como siempre, mi hijo vuelve a salirse con la suya.

Es una carta del señor Valdivia. Un reputado joyero.

Y buen cliente nuestro desde hace años.

-¿Se trata de algo malo?

-Se queja de que últimamente le han estado llegando las piezas

con cierto retraso.

Se plantea romper la relación comercial.

-Si es un buen cliente, no podemos perderlo.

Quizá deberías ir a visitarle, por tranquilizarle.

Pero ¿qué hace este cuadro aquí?

-"No pasaré un segundo sin pensar en ti".

Me gustaría que cada vez que mires tu mano y veas el anillo,

recuerdes lo mucho que te quiero.

-Buen viaje.

-"¿Qué es esto?".

-"Una carta para Diego".

Voy a romper la familia Alday para siempre.

-Veo que lo tiene todo bien estudiado.

-Así es.

Mi querida hija... va a serme útil.

-¿Y cree que Diego vendrá?

-Por supuesto.

No creo que sea buena idea, Samuel.

No quiero cancelar mi viaje.

-Nadie te lo está pidiendo. Solo que lo aplaces unos días.

Iba camino de Ávila para visitar al señor Valdivia

y he regresado sobre mis pasos porque no me quedo tranquilo.

No quiero que Blanca se quede a solas con esa mujer.

-Esa mujer es su madre. -Esa mujer sabes bien quién es

y cómo. No me fío.

-¿Te ha pedido Blanca que hagas esto?

¿Te ha pedido ella que yo le haga compañía?

-Blanca es muy orgullosa. Jamás pediría un favor así.

No quiere molestar a nadie. Te lo estoy pidiendo yo.

Te lo pido como hermano.

-¿No puedes retrasar tú tu viaje?

-Diego, me conoces. Sabes lo mucho que quiero a Blanca.

Y sabes que no te lo pediría si no fuera necesario.

Pero temo que Úrsula le haga daño a Blanca en mi ausencia.

Que aproveche que no estoy para hacerle algún mal.

Te lo suplico.

¿Somos o no somos una familia?

Me dijiste que harías cualquier cosa por mí.

-Por supuesto que lo haría. -Pues te lo estoy suplicando, Diego.

Haz esto por mí ahora... y te estaré eternamente agradecido.

Gracias, hermano.

De verdad que ahora me voy muchísimo más tranquilo.

He de marchar.

El carruaje me está esperando.

Ni un rayo de sol pasa entre las nubes.

Parece que al fin estallará la tormenta.

-Señora, tiene visita.

-Diego.

Te agradezco que hayas respondido a mi llamada con tanta prontitud.

-En la nota que me envió aseguraba que era urgente.

¿Le ha sucedido algo a mi padre?

-No, no. No temas.

Su estado es el mismo.

El motivo de mi reclamo es apremiante, pero no es de gravedad.

-Dígalo ya.

No es mi deseo alargar ni un segundo más de lo necesario

nuestra entrevista.

-Te he hecho llamar...

por un broche que le encargaron

a tu hermano.

Estaba trabajando en él,

pero supongo que estarás al corriente,

ha debido marchar de viaje.

-Ya lo terminará cuando regrese.

-Por desdicha, la señora a la que le hizo el encargo

no tiene la misma paciencia que nosotros.

Se trata de la señora Gosálvez.

Tengo entendido que es una de las mejores

clientas.

-Sí, he oído nombrarla en más de una ocasión,

tanto a mi padre como a mi hermano.

-No es conveniente defraudarla.

Anoche envió una nota. Aseguraba

que tenía el capricho de lucir la joya en una recepción

a la que acudirá mañana.

-Tan solo falta engarzar la piedra.

-¿Tú podrías hacerlo?

¿Sabes trabajar las joyas como tu hermano?

-Es Samuel el experto en labores de orfebrería.

Heredó de mi padre

la delicadeza precisa.

Y no tenemos la gema que iba a coronar el broche.

-En ese caso,...

una lástima.

No podemos evitar defraudarla...

y lo siento por ella y por el negocio.

-Aguarde, quizá hay una cosa que puedo hacer.

-Qué bella gema.

-Ajustándolo un poco...

quizá podría encajar.

-Entonces, ¿hay esperanza?

-Sí.

Me pondré a la tarea ahora mismo.

-(VOZ DE BLANCA) Carmen, ¿está preparado el desayuno?

Diego.

No sabía que estabas en casa.

-Blanca, Carmen no podrá atenderte.

Debe acompañarme a hacer unos encargos.

Lo lamento, pero os debo dejar solos.

Muy bien, pues estos serían los platos principales del banquete

y, ya solo nos falta la tarta nupcial.

-Es verdad, tenemos que elegir una.

-Es costumbre servirla en todas las bodas.

¿Cómo le gustaría que fuese?

-No lo sé.

Bueno, yo tengo debilidad

por el merengue.

-Pues de merengue, perfecto. -No, espere.

A veces el merengue es un poco empalagoso.

¿Y si lo hacemos de chocolate?

-Está bien.

-Pero es que el chocolate también indigesta.

¿Y si lo hacemos de nata?

-Esto va a resultar más difícil de lo que yo creía.

Hombre, María Luisa, justo a tiempo.

A ver si me echas una mano con la tarta nupcial.

-Sí. Creo que estoy volviendo loco a su prometido con mis dudas.

-Pues decídase.

Víctor tiene muchos clientes

como para centrarse solo en uno.

-Sí, tiene razón. Mejor volveré

cuando esté decidida. -Hombre, no, no, no...

-Sí, sí, no quiero molestarle, de verdad. Gracias, Víctor.

Con Dios.

-¿Se puede saber a qué ha venido eso?

Espero que después te disculpes con ella.

-Bueno, ya lo veremos, pero primero vas a escucharme.

He descubierto una cosa muy importante.

No te imaginas lo que he encontrado en casa del coronel.

-Espera. ¿Has estado en casa del coronel?

-Claro, si no, ¿cómo iba a encontrar algo?

-¿Y cómo has entrado allí? -Ay, Víctor, de verdad,

quieres saberlo todo, ¿eh?

Pues he ido a la portería a coger la llave que tiene Servando

y, luego se la he devuelto sin que él se enterase.

¿Podemos ir a lo importante?

-Sí. ¿A que mi prometida ha perdido la chaveta?

-No. A que he encontrado el retrato de Elvira en casa del coronel.

-¿Y vas a sospechar del coronel porque tenga un retrato de su hija?

-Pues sí, si dicho retrato es el que pintó Osman.

Ahora he captado tu atención, ¿eh?

¿Cómo habrá llegado hasta ahí? -Pues ni lo sé ni me importa,

María Luisa.

¿Cuántas veces tengo que pedirte que pases página?

Que Adela y Simón están a punto de casarse,

por el amor de Dios.

-Pero Víctor, reconoce que es de lo más sospechoso.

-No tanto como tu obsesión, mi vida.

Deja tus teorías o acabarás empañando

los días previos a la boda.

-Víctor, aquí el único que se muestra obstinado eres tú,

sin querer aceptar que algo extraño ocurre.

Primero, el coronel se marcha a Turquía mintiéndonos.

Y luego encuentro el cuadro de Elvira en su casa.

Algo oculta.

-Puede haber miles de motivos que justifiquen ese proceder.

-Pues con uno me conformo.

-Pues pongamos...

que supo de la existencia del cuadro y lo compró para recordar a su hija.

¿Y el viaje?

Pues ha marchado a Turquía a resolver temas pendientes

que tiene con el que iba a ser su futuro yerno.

Mi vida, se me ocurren miles de motivos,

pero ninguno es que Elvira esté viva.

Tú eres la única que parece que no lo asume.

Es que estás obsesionada.

-Me esperaba más apoyo por parte

de mi prometido, y no que me tomara por loca.

-Ahora no vayas a contarle todo a Simón.

Lo que me faltaba.

Marchamos.

Diego, si necesitas algo, Blanca te atenderá.

¿Verdad, querida?

Vámonos. Dejémoslos solos.

-¿No podrías terminar esa joya

en la mansión Alday?

Ninguno de los dos estamos a gusto bajo el mismo techo.

-Blanca,...

no he venido hasta aquí solo por la llamada de tu madre.

-Entonces, ¿por qué?

-Por ti.

Samuel, antes de marchar, me pidió que te cuidara.

-No es menester que te tomes tantas molestias.

No preciso que nadie cuide de mí.

Y mucho menos que seas tú quien lo haga.

-En eso no podemos estar más de acuerdo.

Blanca, el otro día me marché...

para no montar un espectáculo delante de todos.

Lo que me dijiste... fue un disparate.

No podías estar más confundida.

Nada sabes de mí ni de lo que pueda o no sentir.

-Lo que sí puedo asegurar

es que te falta coraje para aceptar la verdad.

Ya que vas a quedarte,...

debería ir a vestirme en condiciones.

¿Qué te crees que estás haciendo?

Suéltame. -No.

No te vas a ir de aquí hasta que me contestes.

Si hay alguien cobarde eres tú. ¿Quién era esa enfermera?

Esa tal Castora que te infundía tal temor.

-Nadie. Ya te lo dije.

-Lo sé.

Pero ni antes ni ahora te creo.

-Era...

la mujer que me martirizó a su placer en el sanatorio.

-Lo sospechaba.

Lo que no atisbo a comprender es, por qué guardaste silencio.

¿Por qué no me contaste la verdad?

-No te puedes imaginar

lo que es estar realmente asustada.

El sufrimiento que padecí en sus manos.

-Aún así, nunca deberías haber dejado que mi padre

estuviera a su merced.

-Tranquilo.

Ya me he encargado de solucionarlo.

No volverá a su lado.

Tu padre está a salvo.

-Actuando de esa forma, no solo has protegido a mi padre,

también a Úrsula.

Empiezo a creer que temes más a tu madre que a esa enfermera.

-Tú no sabes nada.

-Eso es verdad.

Por eso me voy a quedar aquí todo el día trabajando en esa joya,

hasta que decidas contarme la verdad de una vez por todas.

Blanca,...

tan solo quiero saber... qué te ata de tal forma a esa mujer.

¿Por qué tiene ese poder sobre ti?

Sé que no es solo porque sea tu madre.

Hay algo más.

¿De verdad solo te quedas a mi lado por eso?

Haz lo que te plazca.

Quédate si quieres.

Nada me importa tu presencia.

(Truenos)

Madre del amor hermoso, que parece

que se ha partido el cielo en dos.

-Ojalá estalle de una santa vez la tormenta, Fabiana.

Que el cielo lleva tanto tiempo cargándose

encima de nuestras cabezas, que va a caer una trompa

de agárrate y no te menees.

-Afortunadas seremos si no se nos inunda el barrio.

Que el diluvio de Noé va a parecer un chirimiri

con la que se está preparando.

-Servando, ¿qué nos trae?

-A ti nada de nada, mastuerza,

que esto es un paquete para la Fabiana,

que lo ha traído hoy un mozo a primera hora.

-Arrea. ¿Y qué tiene dentro?

-Pues no lo sé. Para eso tendrá que abrirlo.

Y entre mis múltiples virtudes, no está el poder

de la adivinación.

Arrea.

Pues vaya un tiempo de demonios que hace hoy.

Al final no vamos a poder montar el tablao en la calle.

-Pues como la Fabiana no baile encima de un barco,

me parece que se tiene que ir usted olvidando.

Y otra cosa, ¿los italianos no habían tomado ya las de Villadiego?

-¿Y eso a ti qué te importa?

Vamos, ni que fueran los únicos extranjeros que hay en la ciudad.

-¿Por qué se espanta así, Fabiana? ¿Le han enviado un muerto?

-Pues muy pequeñito tiene que ser el difunto

para que entre en esa caja tan pequeña.

-Pero ¿qué fallecido ni qué ocho cuartos?

Aquí lo que hay...

es el mantón más bonito

que servidora haya visto nunca.

-Uh, sí que es de postín.

Mire qué caída de fleco tiene.

-Y mira,...

mira...

qué bien viene acompañado.

Una peineta de nácar.

¿Y a qué viene todo este dispendio?

-No, si al final, la señora Fabiana va a resultar

que tiene a un admirador secreto. -Pues no, Servando.

No es tan secreto,

porque aquí hay una nota. -¿Y qué pone, qué pone?

-Pues a saber, si una no sabe juntar dos letras.

-A mí no me la dé, porque yo no junto más que cuatro.

A ver,...

Lolita,

que se note que eres una mujer instruida.

-(CARRASPEA)

-"Para cuando llegue el día

en que puedas vivir del tuyo arte".

La firma un tal

"Marcello".

-Pues sí que obnubiló al italiano, sí.

-No diga tontadas.

Será costumbre en Italia

ir regalando mantones por allí. Además,...

¿qué interés puede tener ese pollo en una?

-Pues, al parecer, más de uno. Aquí dice que sería muy dichoso

si la Fabiana accediera a enseñarle la ciudad.

-No creo que sea la ciudad... lo que ese quiere admirar.

-Pues no me parece tan raro,

porque la Fabiana es una mujer de bandera.

Y cantando como los ángeles,

pues no me extraña que vaya enamorando por ahí a cualquiera.

-Bueno, basta ya.

Que esto tan solo se trata de una broma.

Como decís, los italianos se han ido hoy ya para su tierra.

Seguro que...

que lo único que quiere es reírse de mí.

Lo mejor será que me lleve todo esto a mi cuarto.

Ay, por cierto, he recibido carta de mi hija.

Dice que Isla Margarita es un paraíso lleno de alegría y de sol.

-Pues igualito que aquí.

Que cada día parece que escasea más tanto una cosa como la otra.

-De hecho, deberíamos refugiarnos, antes de que nos coja la tormenta

y nos caiga encima. Ah, querida.

No he tenido todavía la ocasión de felicitarte

por el éxito de la recepción,

a la cual tuviste el gusto de invitarnos.

-Sí, resultó a las mil maravillas.

-Lo cierto es que sí.

Bueno, sobre todo para Celia.

Uy, mira, por ahí viene. Querida, ven.

-Celia... -¿Cómo está Felipe?

-Pues lleno de vendas. Sigue sin poder hablar, el pobre.

Pero muy animado.

Muchas gracias por el interés.

Precisamente iba ahora al hospital para poder pasar el día con él.

-Ah, por eso se te ve tan sonriente.

Pues nada, nada, no te entretenemos más.

Dale recuerdos de nuestra parte. Luego iré con Ramón a visitarle.

-Gracias. -Con Dios.

-Ay, reconozco que me da un poco de envidia verla tan dichosa.

-Así es.

Pero todo lo que ha ocurrido con el artículo

no se va a olvidar tan fácilmente.

Incluso le puede afectar a su negocio de tintes.

-Tienes razón.

En este mundo más parecen

tener importancia las falacias mal intencionadas

que el buen proceder.

Pero bueno, juntos podrán con todo.

Si me permitís, voy un momento a la chocolatería a saludar a Víctor

antes de que se ponga a llover. A más ver.

-Con Dios. -Con Dios.

Por mucho que diga Trini, es natural

que la gente hable de Celia.

Todos la apreciamos, pero hay que reconocer que tiene unas costumbres

algo disolutas.

-Mujer,... tampoco es así.

-A los hechos me remito.

Por suerte, Felipe no parece darle importancia,

pero esa fotografía muestra, sin lugar a dudas,

que hubo algo entre ella y ese periodista.

-Lástima que mi hija no esté aquí. Ella sabría

cómo acabar con las habladurías, defenderla.

-Seguro que saldría en su defensa,

considerando el historial que tiene su hija,

que también es para tenerlo en cuenta.

-Doña Úrsula,... no le consiento...

que hable así de mi hija, en esos términos.

-Perdóneme, Rosina. No debería haber dicho tal cosa.

-Bueno, no discutáis.

Me voy a la sastrería. Tengo frío.

Luego seguiremos hablando.

(Truenos)

Bueno, parece que hasta el cielo anuncia mi llegada.

-Qué alegría verla, doña Trini. ¿En qué puedo ayudarla?

-Pues sírveme algo que me reconforte el cuerpo y el ánimo.

Víctor, tengo la casa como el cielo: cubierta y tormentosa.

¿Y a ti qué te tiene tan mohíno?

No pareces estar para bailar una jota.

-Pues mi mal no se encuentra lejos del suyo.

He estado discutiendo

con María Luisa. -Bueno,...

bienvenido a la familia.

Aunque ya deberías saber que los Palacios son expertos

en complicarle la existencia a los que bien les quieren.

-Sí.

Nosotros es que últimamente andamos como el perro y el gato.

No hay día que no tengamos una guerra.

-¿Y por qué motivo?

-De eso no nos falta.

Cuando no es por Antoñito

es por el tema de Elvira.

Es como si ya no nos entendiéramos como antes.

-Víctor, no seas tan tremendo.

Seguro que solo es una racha.

O, por lo menos, así lo espero, que últimamente,

parece que nos haya mirado un tuerto.

-Las cosas entre don Ramón y Antoñito tampoco van mejorando, ¿no?

-No, ya sabes que no.

Ramón no está dispuesto ni a olvidar ni a perdonar

las barrabasadas del zagal.

-Creía que le iba a pagar la deuda. -Sí.

Así lo ha hecho.

Pero conozco a Ramón

y, sé que aún no ha dicho su última palabra en este asunto.

Y, claro, mientras tanto tengo a Antoñito andando por casa

como alma en pena. -Anda que vaya cuadro.

-Tremendo.

No sé, Víctor.

Siento que mi familia se está haciendo añicos poco a poco.

-Pues aguarde un suspiro,

que creo que acabo de tener una buena idea.

-Buena o mala, no te la guardes para ti.

Que a mí, con que ayude a unir a mi familia, me vale.

-¿Y si organizamos una comida familiar?

Así ayudamos a calmar los ánimos

e intentamos que se den cuenta que es mejor perdonar.

Continuar todos unidos.

-Como hacen todas las familias.

(Truenos)

Permítame que vuelva a excusarme.

He sido muy desconsiderada hablando así de su hija.

-Bueno, descuide, queda olvidado.

-He de confesarle que a veces me viene a la memoria

las barbaridades que su difunto yerno

y Leonor me dijeron la noche de los Paulinos

y, no puedo evitar sentirme dolida.

Sé que debería ser tan buena cristiana como usted

y olvidarlo, sin más, pero...

no soy capaz.

-Disculpe que la interrumpa, doña Úrsula.

Rosina, querida, ¿estás lista para ir a casa?

-Sí, vamos.

-Con Dios. -Con Dios.

Parece que las nubes han encapotado el cielo.

-Pues sí, tenemos la tormenta encima, Martín.

Anda,... haz el favor de llevarme esas revistas al altillo,

no sea que me entre agua en el quiosco y me las arruine.

-A mandar, Fabiana.

-Temo que esta "tempesta" me privará de nuevo de gozar de su arte.

Y también...

tendremos que posponer nuestro paseo.

-"Pa" chasco que sí.

Entre nunca y jamás. -Pero la lluvia no tiene

por qué impedirnos acudir a la chocolatería

a tomar algo "caldo" a resguardo del frío.

-La lluvia no.

Es servidora la que se lo impide.

Pero... ¿usted no estaba ya camino de Italia?

-Mis "compagni" han tenido que partir pronto.

A mí...

me ha retenido un asunto "molto" importante.

-Pues si ese asunto "molto" importante es por una,

ya se puede usted estar largando...

con viento fresco.

-Parece molesta conmigo.

¿Acaso no le han agradado los regalos?

¿No son de su gusto?

-"Pa" chasco que sí.

Del mío y del de cualquier hijo de vecino.

Pero no puedo aceptarlos. -¿Por qué no?

-Porque yo no soy ese tipo de mujer...

que usted piensa.

-Ni yo soy la clase de hombre por el que me toma.

-Mire, hablando en plata.

Salta a la vista que usted es un señor de posibles.

Y una,

aunque "honrá" como la que más,

solo es una humilde trabajadora.

Yo no sé en Italia, pero aquí esas historias nunca terminan bien.

-Pero...

para conocer el final, primero habrá que comenzarlas.

-Vaya pico de oro que se gastan por esas tierras.

Pero insisto,...

usted y yo solo nos volveremos a ver para que yo

le devuelva los presentes.

-No, no, no, "prego", quédeselos.

Nunca fue mi intención

ofenderla con ellos.

Y si luego... cambiara de opinión,...

sepa que siempre estaré encantado

de poder pasear por la ciudad

con tan "bella donna".

Parece que el cielo se nos va a caer sobre la cabeza.

(Truenos)

(Trino de pájaro)

Templa,...

amigo.

Es solo una tormenta.

En cuanto rompa, al fin todo se calmará.

Puedes pasar, no te cohíbas por mí.

No tengo ninguna intención

de volver a discutir contigo.

-Tan solo estaba preocupada por el pobre animal.

Se le oye piar en toda la casa.

Está nervioso por la tormenta que se avecina.

-Quizá no sea tan solo eso.

-¿A qué te refieres?

¿Qué más le puede ocurrir?

-Los pájaros no han nacido para vivir entre barrotes enjaulados.

Puede que no sean los truenos lo que le aterroriza,

sino la vida a la que se ha visto condenado.

La posibilidad de que esta sea para siempre,

que no pueda volver a volar libre,...

nunca más.

-Diego.

Diego, ¿qué haces?

-Chist... Tranquilo.

No voy a hacerte daño.

Blanca, abre el balcón.

-¿Estás seguro?

-Sí.

Hay cosas que no se pueden tener encerradas.

Hay que liberarlas,... dejarlas escapar.

-¿Y si al dejarlas libres hacemos daño a alguien?

-Me temo que eso no se puede evitar.

Tarde o temprano ocurrirá.

"Seña" Carmen, juraría que acabo de ver al pajarico de su señora.

"Pa" mí que se ha escapado. Está ahí volando.

-¿Y qué quieres que haga yo, Casilda?

No voy a salir volando tras él. -Ah, bueno.

Yo solo se lo decía para tenerla en aviso.

Pero vamos, que no hace falta que se ponga usted tan estupenda.

Y, hablando de todo un poco, ¿sabe usted qué ha pasado

entre su señora y la mía?

-¿Y qué les tenía que pasar? -¡No te jeringa!

Por eso mismamente le pregunto,

porque no tengo la menor idea. Yo solo sé que doña Rosina

estaba como rabo de lagartija.

Le he tenido que preparar una tila para que temple los nervios.

-¿Y qué tiene que ver mi señora con su estado?

-Pues a eso mismamente iba yo.

No se me impaciente usted.

-No, si yo no estoy impaciente.

-El caso es que doña Rosina me ha dicho que estaba nerviosa

por haber hablado con doña Úrsula.

-Lo lamento, pero no sé nada al respecto.

-Entonces, ¿no sabe qué cuitas se traen entre manos?

-Que ya le he dicho que no, no insistas.

Bueno,... yo tengo que marchar ya.

Doña Úrsula me pidió que fuera a buscarla a la residencia.

Ha ido a visitar a su esposo. -Llévese el paraguas, "señá" Carmen,

que parece ser que van a caer chuzos de punta.

¿Qué mosca le habrá picado hoy a la "señá" Carmen?

Está de lo más siesa.

-Casilda,...

no deberías tomarte demasiadas confianzas con la Carmen.

No le cuentas todo lo que te pasa. -Arrea, ¿y eso por qué?

-Porque lo digo yo, "desgraciá".

Que "pa" algo peino ya canas.

-Bueno, pero es que la señora Carmen es una más del altillo.

-Lo era.

Pero me temo yo que el estar al lado de esa malaje

de Úrsula, le esté cambiando.

Debemos andarnos con mucho ojo.

Dios mío, qué hermosa eres.

Blanca. -Diego, por favor.

No digas nada.

Los dos sabemos que es lo mejor.

-Ya basta.

No podemos mantener encerrado entre nosotros por siempre jamás

lo que sentimos. Antes tenías razón.

He sido un cobarde.

-Era yo la que estaba equivocada.

Hay jaulas que nunca se deben abrir.

-¿Cuánto tiempo podríamos seguir así?

¿Sin cumplir nuestros deseos,

sin dejarlos volar?

-Ya sabes la respuesta.

No debiste haberle dado esta esmeralda a Samuel

para que la engarzara en mi anillo.

Cada vez que me miro la mano, pienso en ti.

¿Y tú?

¿Piensas en mí?

-Cada segundo del día,...

desde que me levanto hasta que me acuesto.

Y así desde el primer día que te conocí.

-No lo hagas.

Déjame sola, por favor.

Diego.

¿Va a salir con la tormenta que se acerca?

-Aunque me cayera todo el fuego del infierno, me quedaba en esa casa

un segundo más.

-Pero ¿qué le ha ocurrido, está bien?

-No.

No, ya ve que no.

Pero no me siento con fuerzas para explicárselo.

Tan solo me quedan ya para llegar hasta "La Deliciosa"

y pedirme un trago.

-Se aprecia que lo necesita.

-Simón,...

¿es posible sentirse... un demonio y...

un gran estúpido a la vez?

¿Saber que se está haciendo lo correcto y, al mismo tiempo

ser consciente de... que te arrepentirás el resto de tu vida

por una decisión que tomas?

-Al parecer, la respuesta es sí.

Puede contar conmigo, tanto para contarme lo que le aflige como...

para acompañarle a olvidar las penas.

-Lo sé.

Su estima es de las pocas cosas buenas

que he encontrado en estas calles.

Pero hoy es...

mejor que me quede solo.

-Lo que desee. Lo que desee. Pero, antes de marcharse

en busca del consuelo del licor, permítame que aproveche

nuestro encuentro para entregarle algo

que no he podido darle hasta el momento.

Es la invitación de mi boda con Adela.

Espero verle en la iglesia.

-Descuide, no le fallaré. Puede contar con mi presencia.

-Lo que parece que no me va a resultar tan sencillo de obtener

es su felicitación.

¿Acaso usted también cree que estoy cometiendo un grave error?

-No, no, Simón, yo no soy quién para decirlo.

Si ni siquiera sé qué hacer

con mi vida, ¿cómo voy a atreverme

a opinar sobre las decisiones que toman los demás?

Aquí tiene mi felicitación.

Enhorabuena.

Deseo...

que sean muy dichosos.

-Se lo agradezco. A pesar de todas las dudas

que se han generado a mi alrededor,

yo sí estoy seguro de lo que voy a hacer.

Después de mucho tiempo, puedo decir que casi me siento feliz.

-Entonces no hay nada más que hablar.

-Permítame darle un consejo, Diego.

Olvídese de lo que piensen los demás

y déjese llevar solo por sus sentimientos.

Bueno, está bien, está bien. Le dejo solo.

Si me necesita, ya sabe dónde encontrarme.

(Truenos)

(RESOPLA)

(VOZ DE ANTOÑITO) "Pues que diga lo que quiera".

"Me da igual, Lolita. Yo no lo soporto más".

-¿El qué no soportas? -Estar separado de ti,

necesito tenerte a mi lado.

-Y yo a ti.

Pero ya hemos parloteado esto,

y no puede ser. -¿Y quién lo dice?

-Pues... el destino. La maldición.

-Estoy harto del destino, de la maldición y de tus estúpidos miedos.

-No son estúpidos.

-Que no te vas a morir.

No te puedes morir. ¿Sabes por qué lo sé?

Porque algo en mi vida me tiene que salir bien.

Mira,...

me da igual

si mi padre y mi hermana me dan la espalda,

y me da igual si tengo que dar con mis huesos en la cárcel.

Pero lo que no soporto...

es... pensar que tú no me quieres.

Pensar que puedo estar un segundo más separado de ti,

eso es lo que no soporto.

La tormenta está a punto. Va a caer la de Dios es Cristo.

¿Y esa cara que tienes, Lola? ¿Estás bien?

Doña Susana, estese quieta, que se va a pinchar

y se va a poner como un acerico. -Disculpa.

No estoy acostumbrada a ser a la que le hacen los arreglos.

-Ya se ve. Pero descuide, que el vestido

de madrina le queda fetén. Y ahora,...

Y ahora, con los arreglos, mucho mejor.

-Este encaje es bellísimo.

-Acorde con la percha.

Doña Susana, le agradezco mucho el apoyo que nos está brindando.

Ojalá sor Genoveva al final pueda venir a la ceremonia.

-Le tienes en alta estima, ¿verdad? -Ha sido como una madre.

Siempre protegiéndome y desviviéndose por mí.

Nunca olvidaré sus atenciones y su amor.

¿Sabe? Hace ya unos buenos años, recuerdo una ocasión

en que se acercaba mi cumpleaños... -No sabía que se celebrara

en los conventos.

-No, no es costumbre, pero... como sor Genoveva me vio

un poco tristona, preparó un agasajo para mí a espaldas de las novicias.

Me llevó...

dulces, y pasteles,

y todo lo que podía desear.

-No es por enmendarle la plana a la Madre Superiora, pero

no me parece un comportamiento apropiado

para un convento de clausura.

-Por lo poco que he conocido a sor Genoveva,

y sabiendo lo mucho que aprecia a Adela, a mí no me extraña nada.

-Simón, no te hemos oído entrar. ¿Llevas mucho ahí?

-¿Qué te parece

mi vestido de madrina?

Rosina, con su habitual amabilidad,

aseguraba que era demasiado colorido para mi edad.

-A parte del tacto, debe haber perdido la vista,

porque le queda como un guante.

-Eso mismo le estaba diciendo yo,

que no iba a haber madrina más guapa.

-Me halagáis en demasía, pero tengo que reconocer que me gusta oírlo.

Así es que, por mí...

no os detengáis.

-Pues descuide, ahora sigo diciéndole piropos.

Voy un momento a la trastienda a por unos guantes

que completen el conjunto.

-He estado pensando, madre.

¿No cree que ha llegado el momento

de decirle la verdad a Adela?

-¿La verdad de qué?

-Nuestra verdad, madre.

Piense que en unos días se convertirá en mi mujer.

-Tienes razón.

Va a ser de la familia.

No tenemos por qué ocultarle nada. -Me alegra que piense como yo.

-Ay, María Luisa, lo siento pero ahora no te puedo atender.

Como verás, hoy ejerzo de clienta,

no de sastra.

-No es usted a quien vengo a ver, doña Susana, sino a Simón.

-¿A mí?

-¿Puedes salir un momento?

Tengo que hablar contigo. Hay algo que debes saber.

Ramón,

¿se puede saber qué te ronda la cabeza?

Nos tienes con el corazón en un puño.

¿No habías pagado ya la deuda que se le reclamaba a Antoñito?

-Así es.

Antoñito no terminará dando con sus huesos en la cárcel.

-¿Entonces? Ya está, todo solucionado.

¿A qué viene ese aire tan lúgubre?

-Todo no.

He decidido que mi hijo nos devuelva con su esfuerzo

hasta el último céntimo.

-Ramón, no creo que sea necesario que seas tan duro con Antoñito.

Ha aprendido la lección y no se volverá a meter en líos.

-No, doña Trini, mi padre tiene razón.

Es hora de que sea consecuente con mis actos.

No le defraudaré.

-Es tarde para eso.

-Ya que no puedo recuperar su estima, al menos sí lo haré

con su dinero. Trabajaré en lo que sea menester

hasta saldar mi deuda.

-No tendrás que buscar ocupación mucho tiempo,

ya he encontrado una para ti en el yacimiento de oro.

-En cierta ocasión rechacé el empleo

que allí me ofrecía.

Esta vez, no lo haré.

-Pero bueno, un momento, ¿Rosina no tendrá inconveniente?

-Ten por seguro que no.

El empleo que le ofrezco no es el que la otra vez rechazó.

Ya es demasiado tarde para eso.

Ni cuentas con la confianza de mi socia

ni mucho menos con la mía.

-¿Entonces?

-He pensado en otro cargo mucho más apropiado

para ti.

Venga, Lola, nos vamos a sentar, que tú estás hecha un manojo de nervios.

Hale.

Bueno, cuéntame de una santa vez qué es eso que te escuece.

-Pues lo que me pasa, Casilda, es que soy idiota.

-Ya. Y no te voy a quitar la razón, porque una es muy cumplida.

-¿No te percatas de que el amor solo pasa una vez en la vida?

Y eso, con mucha fortuna.

-De lo que yo me estoy percatando es que tú estás perdiendo el oremus.

-Es por Antoñito. Él me estima en ley y yo,

¿cómo se lo he pagado?

-Pues si no te acuerdas, yo te lo recuerdo.

Apartándole de tu vida como si fuera una mosca molesta.

-Si es que parece que tengo la cabeza solo para llevar el moño.

Y tal vez solo me queden unos días de vida.

-Que yo no estoy convencida de que vayas a entregar la pelleja, Lola.

-Bueno, pues aunque así sea,...

pienso aprovechar todo lo que me queda a su lado.

-¿Tú estás segura?

-"Pa" chasco que sí, Casilda. No he estado más segura en mi vida.

-Y entonces, ¿qué haces aquí perdiendo el tiempo con servidora?

Ve a buscarle, Lola.

Ramón, ¿estás diciendo que Antoñito

se vaya a trabajar de minero al yacimiento?

-Ya veo que me has entendido.

Eso mismo he dicho.

-Y aunque lo dijeras mil veces

no conseguiría creérmelo.

Mi amor.

¿No te parece una determinación demasiado tremenda?

-Peor es lo que ha hecho él.

Ya es hora de que se porte como un hombre

y sepa los sudores que cuesta ganarse la vida honradamente.

-Ramón...

Ramón,...

Antoñito no está preparado para un trabajo tan rudo.

-Doña Trini, no insista más. Si es el deseo de mi padre,

yo lo acataré.

Y punto. -(SUSPIRA)

-Iré a picar a esa mina. Y no saldré de ella

hasta que haya saldado mi deuda.

-No será sencillo ni breve. -Lo sé.

Pero me asusta más perder su respeto para siempre,

que cualquier calamidad

que allí me pueda aguardar. -A ver, un momento.

Recapacitad. Aún estáis a tiempo.

-¿Cuándo desea que parta hacia la mina?

-Cuanto antes, mejor.

-Muy bien. Pues mañana

a primera hora iré a comprar el billete.

(Truenos)

(SUSPIRA)

¡María Luisa!

¡Detente, te lo ruego!

Dime qué sucede.

(Llaman a la puerta)

Adelante.

Por fin te dignas a aparecer.

Te estaba esperando. -Disculpe el retraso, señora.

-Hasta pronto, querido.

Si todo sale hoy

como he planeado,...

no volverás a ver a tus hijos juntos.

Los dos hermanos se enfrentarán para siempre.

La familia Alday...

quedará rota.

Blanca.

Diego.

Nunca había visto llover así.

-Más temo tu silencio que la tormenta.

¿Podrías decirme de una vez lo que ha interrumpido la lluvia?

-Es por Elvira, Simón.

-Elvira.

¿Qué puedes tener que decirme sobre ella?

-Escúchame.

Don Arturo no se ha ido a Argentina

como nos ha hecho creer a todos. Se ha ido rumbo a Estambul.

-¿Estás segura de lo que dices?

-Y eso no es todo.

He visto en casa del coronel

el cuadro que Osman le hizo a Elvira.

¿Sabes lo que puede significar eso?

Creí que nunca íbamos a llegar a casa.

Deberíamos haber esperado a que acampara bajo el paraguas.

-Unas gotas de lluvia no iban a detenerme.

He visto que el balcón de casa está abierto.

Creo que vamos a tener una agradable sorpresa cuando entremos.

Veo que no somos las únicas

a quienes la lluvia ha cogido en la calle.

-Señorito Samuel, ¿qué hace aquí?

¿Ya has regresado de tu viaje?

-No he podido llegar a mi destino.

El mal tiempo me obligó a regresar.

Creo que esta tormenta me persigue desde que salí.

-Bueno. Pero al fin estás en casa.

-Parece que le agrada mi regreso.

-No te imaginas cuánto.

Pero sube, sube a quitarte esa ropa mojada.

Tienes que estar aterido de frío.

Corre, ve a cambiarte.

Ahora subimos nosotras.

Detente, Diego.

Esto es una locura.

-Lo es.

Pero ni tus ojos ni tus labios me piden que pare.

"Carissimo" Servando.

Vaya tormenta la de ayer.

-Muy buenas tenga usted. Sí, en su tierra ¿llueve igual?

-Pocas veces, gracias a Dios. -Ya.

-Le veo muy solo, ¿y sus amigos? -En Italia.

Solo yo me he quedado en esta bellísima ciudad.

Negocios, ya sabe. -Ya, claro.

Negocios y otras bellísimas ocupaciones, ¿no?

-Lo reconozco, "caro" amigo.

¿Sabe usted si la "signorina" Fabiana está bien

tras el diluvio universal? -Ya decía yo que usted

no venía a hablar conmigo. Sí, no.

La señorita Fabiana está muy bien.

No ha abierto el quiosco, porque está lleno de agua.

-¿Sabe usted si su "quore", perdón,

su corazón está libre y receptivo?

-Sí. Su corazón está libre y receptivo...

según para quién

y cómo. -"Mi padre va a pagar"

todas mis deudas, así que...

no voy a ir a la cárcel.

-Pero eso es,...

esa muy buena noticia.

-No. No lo hace así como así. Me ha puesto una condición a cambio.

Debo... ir a trabajar a la mina de oro.

-¿De agente comercial? Si ya te lo dijo una vez.

Debías haber aceptado.

-De minero.

Sí. Quiere que me baje a la mina

y aprenda a ganarme el pan con el sudor de mi frente.

-"¿Tú le has pedido a Antoñito que se quede contigo?".

-No. -¿Y que te lleve?

-Tampoco.

-Doña Trini, déjeme a mí,

déjeme a mí que lo diga, porque si no exploto.

Vamos a ver. Tú estás "pa" que te encierren

en un "cotolengo" y tiren la llave al río.

-Muy bien, yo no lo habría dicho mejor.

Vamos a ver, Lolita. Supongamos que te mueres,

que eso es ya mucho suponer.

¿No crees que es mejor que Antoñito decida si se quiere quedar o no?

Ya estoy seco y descansado.

Pero...

preocupado por el ambiente que he notado en esta casa a mi vuelta.

¿Ha ocurrido algo en mi ausencia?

-No, nada. No sé por qué lo dices.

-Tu madre no cenó.

Llegó a casa y se recluyó en su alcoba.

Tú lo mismo.

Y mi hermano parecía contrariado al verme.

-Imaginaciones tuyas.

-"Falta poco para la boda".

¿Cuándo le vamos a decir a Adela que soy tu madre?

-No lo sé, no lo sé. No me presione, por favor.

-Yo había pensado hacer mañana

una comida.

Y desvelárselo. Los tres solos.

-Sí. Sí, sí, como quiera.

Y ahora me marcho. Volveré más tarde

a por el traje de doña Celia.

-"¿Ocurrió algo ayer aquí en casa?".

¿Algo digno de mención?

-Nada.

-No sé a qué se refiere.

-La jaula abierta, el pájaro fugado, la gema rota y,...

y Diego estaba aquí.

Muchos indicios de que...

no fue un día tan plácido como nos hubiera gustado.

-Los pájaros no están hechos para vivir encerrados.

Sino para volar y cantar.

-Era un regalo mío.

-Usted lo ha dicho. Un regalo.

Luego, era mío y, decidí liberarlo.

Simón quiere ver el cuadro de Elvira.

-¿Qué locura es esa?

-Mira, Víctor,

si no quieres ayudar, tampoco te interpongas.

-Solo quiero ver el rostro de Elvira, aunque sea la última vez.

-Está bien. Yo os acompaño.

Pero que sepáis que me parece una insensatez.

Tú te casas dentro de unos días.

Solo vas a conseguir hacerte daño tú y a la mujer

con la que vas a casarte. -"Puedes contarme lo que quieras".

Soy tu madre, y la persona que más y mejor te va a cuidar nunca.

Solo quiero lo mejor para ti. -No quiero su ayuda.

No la necesito para nada.

No confío en usted.

Solo hay un motivo por el que sigo en esta casa.

¿Cuándo va a contarme la verdad sobre lo que me desveló el otro día?

"Debemos hacer por no quedarnos solos nunca más".

"Quien evita la ocasión, evita la tentación".

-Ay, Blanca.

Me recuerdas...

a una cuidadora que tuvimos mi hermano y yo de pequeños.

Se sabía todos los refranes. Siempre tenía uno en la boca.

-¿Tú qué propones?

-Que no te cases.

Que no hagas un paso más para preparar la boda con mi hermano.

  • Capítulo 606

Acacias 38 - Capítulo 606

21 sep 2017

Úrsula manipula todo para que Diego y Blanca pasen el día juntos. A pesar de comenzar discutiendo, acaban los dos a punto de besarse. Pero Blanca le frena. En contra de la opinión de Víctor, María Luisa decide contarle a Simón que descubrió el retrato de Adela en casa del coronel.

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