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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 603 - ver ahora
Transcripción completa

¿Cómo ha podido tener oculto tanto tiempo lo que me ha desvelado?

¡¿Cómo ha podido no decírmelo antes?!

-Solo yo he tomado las decisiones en mi vida.

Siempre.

-Te quiero.

-¿Has dicho que me quieres?

-Claro. Pronto serás mi esposa.

-"¿Qué es esto, Trini," sabes tú de esta carta?.

-No.

¿De quién es?

-De Antoñito.

Es una carta de despedida.

-¿De despedida, despedida?

-Antoñito. "Querido padre,

buenas noticias, para mí".

"Por fin mis provocaciones han dado resultado

y he conseguido lo que buscaba".

"Burak Demir me ha repudiado. Venga a buscarme".

"Voy a ser libre".

"Aquí decía"

que ibas a acabar definitivamente con el problema.

-Sí. Pero poniendo kilómetros de por medio.

Pero me quedo.

-Es probable que acabes en la cárcel.

-Nadie va a acabar aquí en la cárcel.

-¿Me va a ayudar?

-Me vas a devolver hasta el último real.

-Gracias, padre.

Me pareció haber visto a la misma mujer

que me amargó la vida en el sanatorio.

-Jamás permitiré que vuelvas a sufrir.

¿Quién era esa enfermera? -¿Qué más da?

Una cualquiera.

Te digo que el daño no está fuera, sino dentro de mi cabeza.

-Llamaban de un hospital en Francia.

Felipe ha tenido un accidente. -¿Cómo?

Pero ¿qué ha pasado?

-Los caballos que tiraban de la calesa que le traían a la estación

se desbocaron.

-¿Quién eres para hablarme así?

¡Siempre has huido de los problemas

y te has marchado por miedo a afrontarlos!

¡¿Ahora quieres ser el salvador de todo,

no, el único que se preocupa por padre?!

-Parece que es lo que soy.

Tú solo esperas recoger del suelo

las migajas que te tira tu novia.

Nos vamos a casar.

-Enhorabuena. -Sí.

Menuda sorpresa. Será para bien.

Seguro.

O se deshace usted de Castora, o lo contaré todo.

-Si hablas, nunca más sabrás nada de eso que tanto te acongoja.

¿Estás segura de no querer saber nunca más nada sobre ella?

¿Se te ha comido la lengua el gato?

Espero una respuesta.

¿De verdad vas a contar todo a la familia Alday

como presuntamente amenazas?

¿O prefieres que tu madre te explique

algunos detalles más sobre tu pasado?

-Bien lo sabe usted. Quiero conocer mi pasado.

-Mi niña quiere saber.

Mi niña tiene un pasado turbio

y quiere que mamá le aclare algunas cosas.

-Déjese usted de pantomimas. -No es una pantomima.

Te hablo como si fueras una criatura,

porque es así como te comportas, como una chiquilla.

-¿Por qué dice eso?

-Porque una mujer madura sabría que siempre hay un precio que pagar.

Que no se puede saber todo a cambio de nada.

¿Estás dispuesta a dar todo,

a cambio de saber más de tu pasado?

-Desde luego, no va a entregar la vida de don Jaime Alday.

-¿Estás segura? -Completamente.

Usted me ha destrozado la vida.

No va a conseguir que me convierta en un ser mezquino.

No me hará a su imagen y semejanza.

Y no va a lograr que me comporte como una mala persona.

-Insistes entonces.

-O hace usted desaparecer a Castora

o lo haré yo.

Todo el mundo sabrá quién es esa mujer y a qué se dedica.

(Llaman a la puerta)

Ay, hijo.

Gracias a Dios que apareces.

Me tenías en un ay.

Desde que Adela y tú os habéis ido esta tarde sin decir adiós...

-Nos decepcionó la frialdad de los vecinos

tras el anuncio de la boda.

-Demasiada sorpresa.

Y la inquietud

por el accidente de Felipe,

no ayudó. ¿Adela está bien? -Más tranquila, sí.

Nos hubiera gustado algo más de calor y alegría

de nuestros amigos. Nos vamos a comprometer

para toda la vida y, tanta apatía, no parece un buen presagio.

-Ya sabes cómo es la gente.

-No, no lo sé. ¿Cómo es?

-Parece que te hayas caído de un guindo, Simón.

Les habrá parecido un matrimonio excesivamente prematuro.

-Amores más rápidos ha visto Acacias.

Por favor, sea sincera conmigo.

-Bueno, lo que conocemos de Adela es que es una muchacha con la cabeza

pájaros. -Ya le expliqué en su momento

que Adela ha sufrido mucho.

Y que fantaseaba para fabricarse un mundo

que pudiera soportar.

No te digo que no me aflija,

pero los vaivenes que da... Ahora monja, ahora seglar...

-Pues se acabaron esos vaivenes.

El matrimonio será un ancla que la fije.

-Si tú lo dices... -Lo sé.

Yo no me engaño.

También yo he tenido mis altibajos

y titubeos.

La boda será un bálsamo para los dos.

-Ahí quería yo llegar.

Hablamos mucho de Adela, pero no hablamos nada de ti.

¿Cómo estás?

Eso es lo único que a mí me preocupa. ¿Cómo te sientes?

¿De verdad quieres casar?

-Sin duda alguna, madre. Y sé que seremos felices.

Muy felices. -Con eso tengo suficiente.

-Me gustaría que se entusiasmara como yo.

Y que sintiera la ilusión que Adela y yo sentimos.

-(SUSANA RÍE)

Ay, no me aprietes que me ahogas.

Quita.

-Y para demostrarnos lo mucho que nos apoya,

quería pedirle que fuera usted la madrina.

¿Qué? No quiere usted.

-¿Que si quiero?

Claro que quiero.

Me encantaría.

Ay, Simón, me gusta mucho verte feliz.

Me gustaría... que hubieras dejado de sufrir para siempre.

Que toda esta racha de altibajos, no fuera más

que un recuerdo.

Bueno, puede que la, que la,...

que la tranquilidad se instale para siempre,

sobre todo ahora, que se ha ido el coronel.

-¿Cómo?

Se marcha, ¿adónde?

-Bueno, no sé. Sé que se marcha para una temporada.

Pero olvídalo, ese ya no es nuestro problema.

¿Adela...

ha encontrado el vestido de novia?

Que no me haga el feo de buscarse uno por ahí,

en los grandes almacenes,

teniendo como suegra la mejor sastra de la ciudad.

Estabas aquí.

Menudo susto me he dado cuando me he despertado

y he visto que no estabas a mi lado.

-No podía dormir.

-Yo sé que estás muy preocupado por la salud de tu amigo Felipe,

pero ya sabes que el accidente no es de gravedad.

Tan solo son unas heridas

y moratones, pero se curarán. -Lo sé.

Y aunque estoy preocupado por mi amigo,

no es esa la causa de mi desazón.

-¿Y hay algo que yo pueda hacer para que te entre el sueño, eh?

-Creo que esta noche, mis males no tienen remedio.

-Querido, ¿tan abrumado te sientes?

-¿Qué he hecho tan mal, Trini?

¿Qué he hecho tan mal

para que mi hijo se haya convertido en un estafador,

en un canalla.

-Mi amor,

la culpa no siempre es de los padres.

-Eso es lo que estaba tratando de dilucidar.

¿Qué razones hay para que un muchacho de buena familia,

educado en las buenas costumbres y en la compasión,

sea capaz de robarle el dinero a la gente sin miramiento alguno,

incluso por encima del dolor que trae la muerte?

-Yo creo que Antoñito, en su afán de triunfar y prosperar,

no se ha dado cuenta del daño que estaba haciendo.

-No me estás siendo de mucha ayuda, ¿sabes?

-Lo que quiero decir es que él pretendía demostrarte

y, demostrarse que era un hombre de negocios.

No te puedes sentir culpable por eso.

-Pues me siento, Trini, vaya si me siento.

No he sido un buen padre.

-Porque tú lo digas. Has hecho siempre lo que ha estado en tu mano.

-Todo no. En eso tenía razón Antoñito cuando me lo echó en cara.

No hice otra cosa más que privarme de él.

-Ya quisieran muchos jóvenes que para librarse de ellos

los enviaran a los mejores colegios.

-Cuando Lourdes desapareció,

me sentí incapaz de criar yo solo a mis hijos.

Con María Luisa era más fácil,

porque era pequeña y encontré a alguien que se ocupara de ella.

-Pero Antoñito era un mozo y estaba en una edad complicada.

-No creí que un hombre triste, sin ánimo y sin fuerzas

fuese el mejor ejemplo que podía darle.

Y decidí mandarle lejos.

Muy lejos. -Para que estudiara

y se hiciera un hombre.

Y tus buenos dineros te ha costado. ¿Dónde está el mal?

-El mal está, precisamente, en esos dineros.

No hice otra cosa que mandarle dinero.

Mucho dinero. Dinero y, solo dinero.

Y no le mandé otra cosa.

Como si el dinero fuera lo único que un hijo necesita de su padre.

-Ramón, hiciste lo que estuvo en tu mano.

-Pues ya ves las consecuencias.

El oprobio para él,

y la deshonra para esta familia.

-Poco me importa la honra, Ramón,

si se trata de mantener unida a mi familia.

Tienes que echarle una mano.

-También nos va a costar el dinero de esta familia.

-No me importa el dinero, Ramón.

No puedes dejar al muchacho en la estacada, tienes que ayudarle.

Y la honra,...

el honor y el dinero, ya lo recuperaremos.

Ramón, tienes que ser fuerte.

Por Antoñito y por todos nosotros.

Anda, ven aquí.

Es un problema muy serio. Muchas perras por lo que dicen.

-"Na" que don Ramón no pueda rejuntar.

De algo servirá ser el hombre con más posibles de la calle Acacias.

-Por mucho que pague don Ramón la deuda, el daño ya está hecho.

Dios y ayuda le va a costar a esa familia recuperar el prestigio.

-Tampoco será "pa" tanto.

Por un gato que mates, no pueden llamarte matagatos.

-Eso ha sido siempre así, Lolita.

El señorito Antoñito es un matagatos y un sin Dios.

Vamos, muchacha, que ya está lista la chicoria.

-¿Y qué me decís?, que dicen que el Simón se casa.

-Yo no lo veo mal.

Ese mozo ya necesitaba ese clavo para sacarse el otro,

el que le clavó la señorita Elvira. -El Simón...

Mira que quiero a ese tunante.

Ya le toca dejar de sufrir.

A ver si le doy la enhorabuena.

-Menos mal que no os habéis repartido por vuestras casas.

-Se la ve muy cansada, Carmen. ¿Quiere una taza de chicoria?

-No, gracias. No me encuentro muy católica hoy.

He subido a repartir estas invitaciones para vuestras señoras.

-¿"Pa" qué son?

-Doña Úrsula celebrará mañana una reunión para apoyar a doña Celia,

tras el oprobio que le ha traído la publicación de ese retrato.

-Oh, poco oportuno me parece el momento,

estando don Felipe accidentado por esos mundos de Dios.

-Por lo que dicen, las heridas de su antiguo marido sanarán,

aunque ahora esté magullado.

Es por eso, que mi señora quiere que la pobre mujer se sienta

arropada por sus amigas.

-Raro se me hace a mí que sea la Úrsula

la que se apiade de doña Celia.

¿Qué le parece a usted eso, Carmen?

-Doña Carmen, ¿está usted bien?

-Son sudores fríos, ¿eh?

-¿Llamamos a un matasanos?

-No, no, se me pasará. Es por el mal tiempo.

Cuando amenaza tormenta, se me pone el cuerpo del revés.

-Bueno.

¿Está ya algo mejor? -Sí, mucho mejor, gracias.

-Carmen, ¿y dice usted que está todo bien por casa de doña Úrsula?

-Sí, muy bien. Vamos, normal.

Voy a descansar un rato a mi habitación.

Si no hay negociaciones, ¿Antoñito podría ir a la cárcel?

Pero eso no va a ocurrir, ¿a que no?

-Usted lo va a arreglar todo, ¿a que sí?

-No es tan sencillo, hija mía, por desgracia.

-Claro que lo es. Usted siempre lo arregla todo.

-Que es muy extraño, Rosina, te lo digo yo.

Don Ramón también estaba presente cuando el coronel nos habló.

María Luisa. -¿Qué es eso que yo tenía que decir?

-Que es muy raro que don Arturo vaya a marcharse,

y más a la Argentina, aunque diga que es por negocios.

-Raro es.

Un conocido mío importa carne de ese país

y, a don Arturo ni le conocía.

-Sé perfectamente de quién habla. El mismo que me ha dicho

que don Arturo no forma parte del negocio.

-Y no parece que el coronel se embarque en un negocio

sin conocer bien el sector. -¿Lo ves?

-Vale, tú ganas. ¿Podemos continuar con nuestro paseo?

Que tengan un buen día.

-¿Se puede saber a qué vienen tantos nervios?

-No tengo ganas de seguir hablando. -Ahora me lo vas a contar.

No has dicho una sola palabra a don Ramón y a su hija.

-Sí, ya lo sé.

No he querido hablar con ellos, porque yo sé más sobre don Arturo

y lo que se trae entre manos.

(RESOPLA)

El coronel no se va a la Argentina,

se va a Estambul. Hala, ya lo he dicho.

Aunque no lo crea, sé cómo se siente.

Yo he pasado por algo parecido.

No lo mismo.

Sí, conozco a Castora.

Fue mi enfermera.

También a mí...

me cuidó.

Pero no tema. Precisamente

porque la conozco, porque sé cuáles son sus mañas,

podré evitar que le haga daño.

Confíe en mí.

No está usted solo.

Con mi ayuda saldrá adelante.

Todos saldremos adelante.

-Buenos días, padre.

¿Por qué no acudiste a la cita que teníamos?

-Estoy segura de que has hablado con Samuel y te lo ha explicado.

-Quiero oírtelo a ti.

-Estaba confusa.

Creí ver entre el personal a una de las celadoras que me hizo daño.

-Ya, ya.

Las sillas, las inyecciones y demás. No me lo trago.

-Es la verdad.

No es tan fácil librarse del pasado.

Algo,

lo que sea me trajo a la memoria a aquella celadora,

y vi que tu padre estaba en peligro.

Pero ya pasó.

-Nos ocultas algo.

No sé qué, pero lo veo en tus ojos,

en tus gestos, en tu forma de hablar...

Hay algo que no cuadra.

-¿Por qué no puedes creerme?

-Porque no estoy ciego como Samuel.

Él besa el suelo por donde pisas,

pero yo no.

¿Qué ocurrió con esa enfermera? -¿Qué más da?

No quiero seguir con esto.

-Pero yo sí.

Ha llegado el momento de que nos cuentes la verdad.

A ver, Lola, ¿qué es lo que te tiene tan mohína?

¿El comecome ese tuyo con la maldición,

o un par de pantalones?

-Casi echo de menos el comecome por diñarla.

La desazón que me provoca Antoñito es mucho peor.

-¿Don Ramón le va a ayudar?

-Si sí que ha "denunciao" y, el pobre está que se quiere morir.

-Y tú con él.

Cuando no la palmas por una cosa,

la palmas por otra. Anda que no le quieres.

-Mucho.

-Y aunque sé que es un timador

y un malaje, no lo puedo evitar.

-¿Y no se te ocurre nada para sacarlo de este embrollo?

No.

Y no quiero ni arrimarme a él. Quedan 15 días para mi cumpleaños.

Que si sigues con la misma "tontá" de la maldición familiar.

Tienes la mollera más dura, que la panza de un obispo.

Y aunque fuera verdad,

que las fueras a endiñar en dos semanas,

¿no sería mejor disfrutar lo que te quede con don Antoñito?

-¿"Pa" que luego se quede peor?

Y con la obligación de llevarme flores al nicho. Que no, Casilda.

Esta misma noche he tenido una pesadilla acongojante.

He visto al Antoñito llorar en mi entierro.

Y yo no quiero eso. -Pues no,

la verdad es que no es un plato de buen gusto.

Pero peor es desperdiciar los últimos días que te quedan

en este valle de lágrimas.

Ay, Lolita.

La vida son dos días. Y en tu caso, dos semanas.

Ay.

-Es usted un sinvergüenza y un estafador.

Devuélvanos el dinero inmediatamente,

ladrón.

No te vas a ir sin haberte explicado.

-Ya lo he hecho.

Estoy con vosotros. -Pero luego nos fallas

cuando tenemos que dar un paso en concreto.

Nos cuentas los tormentos que viviste en el pasado

y, poco más. -Porque es lo que me ha marcado.

Tengo más ganas que tú de librarme de esos recuerdos, te lo juro.

-Blanca, no me vas a dar ninguna pena.

Creo que solo piensas en ti misma.

Que eres una egoísta incapaz de jugártela

por los demás.

Eres una cobarde.

Una egoísta y una cobarde.

¿Hasta cuándo vas a dejarte dominar por tu madre?

-No me domina. -Ah, ¿no?

¿Y por qué no me cuentas ahora mismo la verdad?

Toda la verdad. -Suéltame.

-¿Por qué me mientes? ¿Por qué nos mientes a todos?

-¿Crees que me conoces, verdad?

Mi forma de hablar, mi forma de moverme y de mirar.

Crees que me conoces y has llegado a la conclusión

de que soy una cobarde.

No tienes ni idea de lo que soy capaz.

Escúchenme, caballeros.

Yo he obrado de buena fe, pero nada ha salido como había planeado.

Tienen que perdonarme. -De ninguna manera.

Le meteremos en la cárcel

si su padre no nos paga,

delincuente. -Estamos

poniendo todo nuestro empeño en arreglar lo que ha sucedido.

Tienen que creerme.

-Oigan ustedes,

dejen ya de desgañitarse, que no estamos sordos.

¿Es que no han oído que el caballero ha pedido perdón?

Está arrepentido, se ve a la legua.

Así que hagan el favor de dejar de humillarle.

-No te impliques, que lo tengo todo bajo control.

-No soporto a la gente que se apunta a hacer leña del árbol caído.

Venga, para casa.

El caballero está tratando de que todo el mundo

salga bien "parao". Venga. -Lolita.

-A la casa.

A darle la murga a vuestras...

parientas, si es que la tienen.

Valientes.

(LOLITA SUPIRA)

-Gracias, Lolita. No sabes cómo te lo agra...

Hale.

A ver si se airea esto un poco,

que entre el olor de los caldos

y el sudor, hay días que esto huele a chotuno.

-Buenas.

Pero ¿adónde vais con eso?

-Esto es de un vecino del 15 que lo iba a tirar,

y yo he "pensao",

igual les sirve a ustedes "pa" algo. ¿Dónde lo ponemos?

-¿Y a qué viene tanta generosidad?

"Demasiao" espléndido el gesto, Servando.

-No, no.

Nada es demasiado para usted.

Además, ¿no me diga usted,

que eso no sería un bonita mesilla?

-Antes de decir si es buena o no,

estoy esperando la segunda parte.

¿Cuánto vale...

el objeto?

-Verá usted,

he de decirle que, que es cierto que el otro día,

el otro día nos embelesó con ese cante jondo suyo,

¿verdad, Martín?

Hechizados terminamos. -Sí.

¿Lo ve? Si es que...

Usted tiene duende, Fabiana.

¡Duende!

-Venga, venga y, déjese de coba.

-No es coba ninguna.

Y he estado pensando en dar a mostrar

su arte al resto del mundo. Empezaríamos por el barrio.

Tampoco queremos ser

demasiado ambiciosos. -Cállese.

No sabe lo que está diciendo.

El otro día canté porque era mi cumpleaños.

-No, no, y estuvo muy bien. Estuvo muy bien,

porque nos dio su arte como regalo.

Pero ¿qué le parecería

si montamos un cuadro flamenco y, usted fuera cabecera de cartel?

-¿Un cuadro flamenco, dónde?

-Pues aquí, en el altillo, porque en la chocolatería no quieren.

-Además, Víctor no tiene visión comercial.

El altillo se presta más

"pa" las juergas. Una chocolatería está llena

de "empingorotaos". El altillo es como más auténtico.

-Ni soñarlo, Servando, ni soñarlo.

-No se cierre en banda. -Que no.

-Escuche, que le doy mis razones.

El talento. ¿Quién es usted

para privar de su arte al resto del mundo, ¿eh?

-Ha tenido usted más razón que un santo, Servando.

Es verdad, da gusto oírla cantar.

Y luego está, el crematístico.

No vio el otro día a los italianos que se quedaban "prendaos".

Y unos traen a los otros,...

y a los otros...

-Ya estamos con el cuento de la lechera.

-Que no es cuento ni leches.

Subalterno, que no te enteras.

Esta gente italiana tiene un gusto muy "refinao"

y, tienen cuartos, muchos cuartos.

Y al igual que es usted generosa

para darles su duende,

ellos serían generosos en repartir con nosotros

su parné. -No sé.

Y aquí en el altillo...

-Pero ¿cómo no lo va a saber?

Pero si siempre le ha perdido a usted el cante.

-Cierto es que hice mis pinitos en las tabernas

cuando era moza.

Y que quería vivir del cante, pero luego...

Bueno, da igual. ¿Qué más da?

Luego tuve que pencar, y allá que se fueron los sueños.

-Bueno, pues bien, es hora de volver a soñar otra vez.

Nunca es tarde si la dicha es buena.

Por el altillo no se preocupe.

Nosotros vamos a traer aquí a los turistas de pocos en pocos,

para que no se arme batiburrillo. ¿Qué me dice?

¿Qué me dice?

-Hale, sea.

Y de esto, ni media palabra a nadie, eh, Casilda y compañía?

-No, no, seremos una tumba, "seña" Fabiana.

-Y con el monis que trinquemos,

bien podríamos comprarle el regalo de bodas a Simón. ¿Qué os parece?

-Pues me parece fetén, Fabiana. Una idea fetén.

-No, si el... Perdón.

Lo del regalo...

me parece bien, pero sin excederse.

Luego está, la otra cuestión.

Yo también me llevaría una cantidad sustanciosa

por ser el inventor de la idea

y el espíritu organizativo.

-Usted no se preocupe, que tendrá lo suyo.

Pero la cantidad

la decido yo, o si no, será usía...

el que cante.

-Pues nada, que habrá que conformarse.

Subalterno, mete la mesilla "pa" dentro.

(SUSANA SUSPIRA)

No te hagas cábalas.

Tanto Adela como Simón se casan ilusionados,

y eso es lo único que nos tiene que importar.

Que por otro lado, no tenemos ni arte ni parte en ese asunto.

-Pues nadie lo diría.

Más bien parece, que hayas adoptado al muchacho.

-No digas sandeces, Rosina, y vamos a dejarlo.

¿Te ha llegado una invitación de Úrsula?

-Sí. Me la ha hecho llegar Casilda.

Quiere que la reunión sea un acto hacia Celia.

La pobre necesita de nuestro apoyo.

No solo ha perdido la honra, casi también, a su antiguo esposo.

-No seas tan tremenda,

que Felipe está a punto de volver.

La cosa ha sido más aparatosa que grave.

-Por fortuna,

que si no, se podría pensar que a Celia la ha mirado un tuerto.

Qué racha lleva.

-Yo, lo que no termino de creerme es, tanta delicadeza

por parte de Úrsula.

Entre nosotras, nunca se ha preocupado mucho por su prójimo.

-Lo mismo pienso yo.

Yo me la imagino agazapada, escondida, riéndose

de las desgracias ajenas.

-Úrsula.

Mira, precisamente

estábamos hablando de tu más que gentil convocatoria

para apoyar a la buena de Celia.

-Sí, pero nos ha pillado un poco de sorpresa.

No sabíamos que la tenía en tan alta estima.

-Ah, nunca hemos comido del mismo plato,

si se refiere, pero una tiene un alma cristiana

y, sabe cuándo debe apoyar a un ángel caído.

-Y no es otra cosa que eso

la buena de Celia, un ángel caído.

-Me dicen que casi no ha salido de casa desde la publicación

de ese malintencionado retrato. Una desgracia.

Cuento con su presencia, ¿sí?

-Faltaría más. -Yo también iré.

Aunque para mi alma católica, el escándalo

de ese retrato es, de los que te quitan el sueño.

-Veremos qué es lo que tiene que decir la buena de Celia

en su defensa.

Por muy escabroso que sea el asunto, es nuestra obligación

escuchar sus explicaciones.

Trini. Mírales.

Ni siquiera se molestan en disimular.

Estoy en boca de todos.

-No les hagas ni caso, que ya sabes cómo es la gente.

-Dispuestos a creer cualquier rumor si les divierte.

El artículo y el retrato les ha servido para divertirse

a unas cuantas víboras.

-Celia, ¿conseguiste hablar con el director de la revista?

-Sí. Pero se niega a publicar cualquier rectificación.

No sin el consentimiento de ese...

asqueroso plumilla. -Ah.

Mal rayo le parta.

-Pues no será en nuestra ciudad.

Según el director de la revista, está trabajando en el extranjero.

-Pues nada, Celia, hija, lo único que nos queda esperar es,

que esto se olvide lo antes posible.

-Pues no creo que sea pronto, Trini.

Quizá no debería haber salido de casa.

-Pero vamos a ver, Celia,

¿no eras tú la que quería bajar a rezar por tu Felipe?

-Sí. Y es lo menos que podía hacer.

Me parte el corazón imaginarle ahí, solo, lejos,

sabe Dios en qué estado.

-Celia, lo sabe Dios y lo sabes tú también.

Ya te han dicho que está fuera de peligro.

Así que no te pongas tremenda.

En unos días estará aquí,

en un hospital de la ciudad.

¿Qué ocurre, Celia?

¿No quieres tenerle cerca?

-Trini, estoy hecha un lío.

Necesito verle.

Pero me muero de miedo. -No lo entiendo.

-Cuando le vea, voy a tener que ponerle al día de lo sucedido.

Y eso significa que voy a tener que convencerle

de algo que yo ni siquiera entiendo, que es,

¿cómo me han hecho ese retrato?

-Él sabe que le amas. Eso hará que te crea.

-¿Crees que va a estar tan seguro de mi amor cuando vea el retrato?

Y cuando lea el artículo. ¿No crees que va a pensar

que por eso yo insistí en mantener nuestra relación en secreto,

a pesar de sus ruegos? -Vamos a ver, Celia,

¿hay algo de cierto en todo eso?

-¿Cómo? ¿También crees las palabras de ese periodista?

-No.

Lo que temo es que,...

tú hayas ocultado tu relación con Felipe

porque no estés segura de si le quieres.

Perdona mi franqueza.

Ven.

Por cierto, ¿has recibido la invitación de Úrsula a su recepción?

¿Qué será lo que pretende?

-Pues no lo sé.

Tendremos que esperar

para averiguarlo.

-¿No me digas que estás pensando acudir?

-Hasta hace un momento, no.

-¿Y qué te ha hecho cambiar de opinión?

-Pues que estoy harta de ocultarme, Trini.

Acudiré a la recepción.

Iré allí con la cabeza bien alta.

Y daré las explicaciones oportunas, porque nada malo hice.

-Pues me parece muy bien.

Será mejor que nos alejemos de Acacias,

que allí están Úrsula, Susana y Rosina.

No nos han visto. Y no creo que tú necesites verlas, Vamos.

(ÚRSULA RÍE)

Aprovecharé la recepción en honor de Celia,

para enseñarles el pajarito que le he regalo a mi hija.

Es exótico.

El último grito. -Ave María purísima.

Los pájaros

bajo techado son de mal fario.

-No seas antigua, Susana.

Esos pájaros, como dice Úrsula, están de moda.

Los tiene

hasta la corte real.

-Ah.

Discúlpenme.

Tengo que atender unas obligaciones familiares.

-Claro, ser buena madre

ante todo.

-Con Dios.

Samuel, Blanca, venid aquí.

¿Has ido a la residencia?

¿Cómo está mi marido? -No hay novedad.

-Ah.

Pruebas nos manda el Señor.

En fin, os cuento.

Mañana voy a dar una recepción

en casa, en honor de Celia.

Quiero que estemos todos presentes.

-No estoy seguro de que podamos ir.

Y si con toda nuestra familia, usted se refiere también a Diego...

En fin, a buen entendedor, pocas palabras bastan.

-No es un capricho, Samuel,

es un profundo deseo.

No sé qué hay de malo querer presentar a nuestros vecinos

a toda nuestra familia.

A tu padre también le agradaría.

Habla con Diego, por favor.

-Está bien, hablaré con él.

-¿Qué te ocurre?

-Nada.

-Samuel, si no te importa, me gustaría estar a solas con Blanca.

Cosas de mujeres.

Haz el favor de comportarte

con más naturalidad.

Si no, Samuel acabará sospechando. -Que sospeche.

No ha cumplido usted con su parte del trato.

-¿Castora?

-No la ha echado. Acabo de verla en la residencia.

Ahora, aténgase a las consecuencias.

Simón no debe estar muy contento.

La noticia de su boda no ha sido bien acogida.

Las más intransigentes han sido tu novia y mi esposa.

-María Luisa solo ha dicho lo que muchos pensábamos,

que la monjita ha dado más bandazos que una noria

-Eso sí. Esperemos que no continúe con esa actitud tan volátil.

No sé, imagino que lo habrán pensado bien.

El matrimonio no es de quita y pon.

-Y tanto. Para tomar la decisión de casarse

hay que estar más que seguro.

-Y cuando estés convencido, no tienes que pensar en habladurías.

Mírame a mí. Cuando tomas una decisión, tienes que defenderla

con uñas y dientes.

Que yo sepa, nadie se ha opuesto.

-Pero no han faltado ganas. -Bueno.

Hombre, Simón.

-Buenas tardes. -¿A qué quieres que te invite?

Dicen que al que está en capilla hay que concederle un último deseo.

-Muy gracioso. Un café, anda.

-Entonces, ya es todo un hecho,

¿te nos casas?

-¿Estamos completamente seguros?

-Sí, completamente.

Y ya veo por dónde van los tiros.

Es cierto que quizá no me olvide de Elvira, y quizá nunca ame a Adela

como la quise a ella, pero tenemos derecho

a ser felices, ¿no? -Claro que sí.

Todos lo merecemos.

-Pero hablamos de matrimonio,

no de dar un tirito en una caseta de feria, Simón.

Eso es para toda la vida. -Lo sé.

Lo sé, Víctor. Adela será feliz.

Ella me ayudó

cuando más lo necesitaba, y ahora, me necesita ella.

¿Todos contentos?

Si me disculpáis, voy a la iglesia

a hablar con el cura de algunos detalles de la ceremonia.

Adiós. -Con Dios.

-(RESOPLA)

-¿A ti qué te molesta?

-Pues que hay algo que Simón no sabe

y, que puede cambiar esa decisión suya tan meditada.

-¿De qué estás hablando?

-El coronel se ha marchado de viaje.

-Sí, a la Argentina.

-Error. Va camino de Estambul.

-¿Y por qué nos habrá engañado?

-Víctor, Estambul solo puede estar relacionado con Elvira.

-Dios santo.

Como te lo cuento, tanto Liberto como don Ramón no se creían

eso de que Arturo haya viajado a la Argentina.

-Déjalo ya.

No será que te has ido de la lengua y has contado lo de Estambul.

-Yo no, válgame Dios.

-Pues dejemos de hablar del asunto, que al final

va a llegar a oídos de Simón, y no quiero que nada enturbie su boda.

-Pero Susana, si Elvira

siguiera viva... -Eso ni lo digas.

La pobre Elvira descansa en el fondo del mar.

Ya lo relató aquel superviviente.

Don Arturo puede haber ido a Estambul

a atender otros asuntos. -¿Qué asuntos?

-A arreglar los papeles

de la defunción de su hija con el turco.

O temas de dotes entregadas.

Flecos de un matrimonio que nunca se ha celebrado.

Así que, a callar y punto redondo.

-Buenas tardes, señoras.

Me alegro de verlas

para contarles

que todo está saliendo a pedir de boca.

Ya hemos fijado la fecha y algunos detalles de la boda.

Va a ser preciosa.

-Qué bien. Estábamos comentando que qué bien que la vida te sonría.

-Gracias.

Ya tengo pensadas las invitaciones. Van a ser un primor.

Todos querrán venir a mi boda.

-¿Tienes idea de cómo vas a querer el traje de novia?

-En eso... estaba pensando en descansar en usted,

que al menos, ya habrá pensado algo.

-Naturalmente. Pasa.

Pasa para el taller, que tengo unos géneros,

que te van a resultar de perlas. -Qué ilusión.

Quién me iba a decir a mí que iba a estar en el taller eligiendo

tejidos para mi traje de novia.

-A mí me encanta preparar bodas.

Quizá por eso, tenga dos en mi haber.

Bueno, y porque se me murió el marido.

-Vamos, vamos.

¿Te está costando mucho trabajo recomponer la gema?

-No tengo la paciencia de padre.

Ni su tacto.

-Siento que se rompiera.

Perdona.

¿Por qué insistes en que sigamos distanciados?

Somos hermanos. Y tenemos un objetivo en común:

cuidar a nuestro padre, defenderle.

No podemos discutir como niños

cada dos por tres.

¿Esta es tu forma de decir que hacemos las paces?

-Bebe y calla.

-Te entiendo.

Sé lo mucho que sufres cuando ves a padre.

Y que te sientes culpable. -Lo soy.

Los dos lo somos. -No, Diego.

No somos su verdugo, somos su defensa.

Que nos gustaría que esta pesadilla hubiera acabado ya,

que deberíamos haber acabado con ella ya, pues sí.

Pero nada más. -¿Te parece poco?

-Lo que me parece es que deberíamos unir nuestros esfuerzos.

Divididos, se lo ponemos a Úrsula en bandeja.

Pero para permanecer unidos,

no deberías descargar tu furia contra mí

y, menos contra Blanca.

La quiero, hermano.

La quiero con locura.

Cierto que esconde secretos.

¿Crees que no lo sé?

Pero sé que atacarla no es la forma de que se abra a nosotros.

Blanca...

necesita tiempo para abrirse, para confiar en mí.

Para confiar en nosotros, para sentirse

a gusto en la familia. Debe sentirse como una más.

-Estoy un poco intranquilo últimamente.

Perdóname. Ayer hablé de más.

No eres un pusilánime.

Sencillamente, estás enamorado. Perdóname.

-Estás perdonado.

Por cierto, Diego,

me gustaría pedirte,

por favor, que mañana acudas a una recepción que da Úrsula

con los vecinos.

-No me vengas con esas.

-Lo digo en serio.

Ha sido idea de Úrsula, sí,

pero creo que acudir como una familia

serviría para limar asperezas entre nosotros,

incluida Blanca.

-(RESOPLA)

De acuerdo.

-Deja que te ayude.

¿Ves? Así.

Con Dios.

Ya lo tengo "to" pensado, Fabiana, todo.

-Lo tenemos. -No te pongas medallas, subalterno.

¿Qué le parece, que además del dinero

que vamos a ganar con su arte, les sirvamos a los "italianinis" esos

unos traguitos? ¿A que es buena idea?

-Si beben...

-¿Cómo no van a beber?, escuchándola a usted

ese cante desgarrador y jondo.

-Calle, truhan.

Que ya no sé cuando me habla de verdad o cuando me está dando jabón.

-Yo, rendido admirador soy de su duende.

Vamos a montar una juerga,

que ni los bajos fondos de Luis Candela...

Los bajos parecerán un patio de colegio comparado con el altillo.

-Sobre eso he "pensao" que...

Yo no estoy tranquila.

Que los señores se pueden molestar si subimos gente a la finca.

Y más, a deshoras. -Razón lleva usted.

Pero no se preocupe porque ya está todo pensado.

Subiremos a los italianos por la escalera de servicio,

y así, nadie se coscará de nada.

-¡Eh! Usted despreocúpese.

Usted céntrese

en su arte y, en que su actuación sea algo digno de recordar.

-Es que, sobre eso también...

he estado yo pensando.

No podemos hacer una actuación tan ramplona como la de mi cumpleaños.

Necesito más.

-¿Ramplona?

-¿Qué más necesita?

-Palmeros, ambiente, de "to".

Un tablao,

banderines, ropa adecuada...

No voy a salir yo sola con el guitarrista ese,

el Quisquilla.

Hay que dar sensación

de abundancia

y de señorío.

-Bueno, ya veremos lo que se puede hacer.

Apunta, subalterno:

tablao, palmeros, ambiente, banderines

y mucho señorío.

-Y yo necesito ensayar.

-Fabiana, por Dios,

se le está viniendo encima "to" el artista que lleva dentro,

¿eh? -Cuando se hacen las cosas,

hay que hacerlas bien.

El quiosco, hoy lo voy a cerrar prontito

y, me voy a poner a darle vueltas al número.

Voy a pensar en algo, que como usted dice, no se pueda olvidar.

-Bueno, y hablando de números, ¿ha pensado ya

lo que me voy a llevar yo por el invento?

Porque no es moco de pavo haber dado con la llave de su éxito.

-Pero ¿usted no se iba a sacar un buen monis con la bebida?

-Ya, ya, pero la idea del invento también tiene un precio.

¿O no?

-Anda que...

(Se cierra una puerta)

Luisi, hija, ¿qué haces ahí tan pensativa?

-Esperar a mi padre, pero veo que viene con usted.

-Podrías haberme avisado y, habríamos esperado juntas.

Yo también estaba esperando en el portal.

-¿Ha hablado con los representantes del gremio funerario?

-Sí.

-¿Cómo ha ido?

-No muy bien, como últimamente todo en esta casa.

-Tampoco seas así, que algo de esperanza podemos permitirnos.

-Por lo menos, no se han cerrado en banda.

-¿Retirarán la denuncia?

-Han prometido estudiar una cantidad de dinero razonable

y, retirar la denuncia si pagamos en tiempo y forma.

-Entonces, ¿dónde están las malas noticias?

-Donde estaban antes, donde estaban antes.

-Tu padre teme

que la cantidad que pidan sea tan alta, que tenga que vender

alguno de sus negocios para hacerle frente.

-Negocios o propiedades,

pero algo habrá que vender. -¿Nos llevará a la ruina?

-No. Tranquila, hija, Dios proveerá.

-¿Volveremos a ser pobres?, porque yo no podría soportarlo.

-No será para tanto,

pero nuestro patrimonio va a sufrir lo suyo.

-No quiero ni pensar que tengamos que volver a abandonar la casa

como la otra vez. Eso sería horrible.

-Luisi, no va a llegar la sangre al río.

Es probable que tengamos que apretarnos el cinturón,

pero no pasaremos calamidades, tranquila.

-¿Y Antoñito? -Voy a ver si está en su cuarto.

-Padre,

me da mucha pena verle tan triste.

¿Puedo ayudarle?

-No hay nada que puedas hacer,

hija.

Salvo lo que ya estás haciendo, ser una buena hija, no como tu hermano.

-Antoñito también le quiere.

-Ha conseguido darme donde más me duele.

Por Trini, por ti.

Ha conseguido tirar abajo

mi reputación, el apellido Palacios.

Y lo peor es que yo soy tan culpable como él.

Debería haber estado más encima de mi hijo.

No he sido

un buen padre.

-No diga eso, padre. Es usted el mejor padre del mundo.

-Antoñito no está en su cuarto. Esperemos que regrese para cenar.

-Yo también volveré para la cena.

Voy a la iglesia a rezar por nosotros.

-Gracias, hija.

No mueva ni un pelo.

Anoche vi a Antoñito besando a Lolita.

Y no te creas que ella le hacía ascos, al contrario,

parecía encantada.

-Menuda cachaza que tiene Antoñito. -Y eso no es lo peor.

Lo peor es que la defendía.

Me dejó claro que eran novios formales.

Lo que me faltaba,

que mi hermano se casara con una criada,

o que la dejara embarazada y se liara la de San Quintín.

-Respeta sus sentimientos.

Si se ha enamorado, ¿qué más da que sea una criada?

-"Este desorden"

se debe a que la enfermera

que cuidaba a su padre, ha dejado su empleo.

-¿Por qué razón?

-Tenía un compromiso familiar

que la reclamaba de manera urgente.

Pero no se apure.

Su padre estará bien cuidado. Ya la hemos sustituido.

-"Usted cree que estamos jugando una partida,"

echando un pulso, pero puede que no tenga todos los ases en su mano.

Puede que algo se le haya escapado.

-Estás jugando con fuego

y, puedes salir escaldada.

-Me arriesgaré. -¿También estás dispuesta

a poner en peligro a los que más quieres?

-Sabré protegerlos. -Eso es lo que tú te crees.

-No es un pensamiento, es un hecho.

-"Es una boda digna" de un rey, por lo que me cuenta.

-Que no van a faltar invitados de postín:

varios marqueses y condes y, lo más granado de este barrio

y de toda la ciudad.

-Es que, el Simón se merece eso y mucho más.

Ojalá todos los que sufren de mal de amores

puedan terminar así de dichosos.

-Y también vamos a tener una alfombra roja

que salga hasta la calle.

Y flores en todos los bancos.

Y tantas velas en el altar, que a alguno le va a dar un soponcio.

-"¿Cómo ha llegado usted" a estar de esta guisa?

Una mujer con posibles. -Eso no viene al caso.

Y no quiero contestar más preguntas, que me está importunando.

-Mujer, que yo no le diré jamás ni chus ni mus.

-Pues mejor así. Que cada palo aguante su vela.

-Carmen.

Ándese usted con mucho "cuidao", que ese mal que la come por dentro

no se va de un día "pa" otro.

-¿Qué? ¿Se está bien de charla?

-Perdone, que ya vamos a nuestro quehaceres.

-Pues date brillo, que tienes que volver a planchar mi blusa,

la dejaste hecha un desastre.

-La planché como usted me mandó.

-¿Me llamas mentirosa?

-No, señorita, Dios me libre de hacer tal cosa.

-A ver si te cabe en esa cabeza tan dura que eres una criada.

Tu obligación es obedecer.

-"Qué lástima" que Felipe no esté aquí.

Habríamos salido mucho mejor parados.

-Bueno, aunque no hubiera tenido el accidente,

con lo que le está pasando a doña Celia,

tendría la cabeza en otra parte.

-Eso es cierto.

Aunque no estén casados, su honor está en juego.

-¿Está usted al tanto de la recepción que está preparando

doña Úrsula?

-Sí. Trini me ha insistido en que vayamos un rato,

"aunque solo sea por apoyar a Celia".

¿Qué les ocurre?

Es Celia, nuestra vecina y amiga.

¿Por qué la miran como si fuera una aparecida?

-"Deja de meterte" en mi vida.

¡Deja de decirme qué tengo que hacer y cómo he de obrar!

-Solo lo hago porque esto afecta a mi padre.

-No. Eso no es verdad.

Confiesa. ¿Por qué estás tan pendiente de mí?

¿Por qué te importa tanto todo lo que hago?

Luego soy yo la cobarde.

Atrévete. Di lo que sientes.

-¿Dónde has estado? Hace rato que no te veo.

-He salido a tomar el aire.

-Estas recepciones me abruman.

-¿Quieres una copa de champán?

-Parece que las piezas encajan.

  • Capítulo 603

Acacias 38 - Capítulo 603

18 sep 2017

Rosina le confiesa a su marido que el destino de Arturo no era Argentina, sino Estambul. Liberto se lo cuenta a Víctor, pero son poco discretos y temen que María Luisa les haya escuchado. Diego se enfrenta a Blanca, sabe que algo les oculta. Samuel defiende a su prometida y los hermanos discuten. Samuel recapacita y le pide a Diego que le perdone, tienen que estar unidos. Fabiana acepta la oferta de Servando de cantar en un tablao flamenco que improvisa en el altillo. Úrsula, hipócrita, convoca a las vecinas en su casa para apoyar a Celia después del escándalo que sufre por el periódico. Antoñito vuelve con Lolita. Y María Luisa les descubre besándose. Blanca decide deshacerse ella misma de Castora, la enfermera que la maltrató durante años.

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