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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 601 - ver ahora
Transcripción completa

Blanca, dime algo.

No sé qué hacer. No sé qué tienes.

-Déjame.

-No voy a estar tranquilo hasta que no sepa que estás bien.

¿Qué te sucede, mi amor?

-Solo quiero estar sola. -"Tú eres el médico..."

que me hizo una prueba de un escupitajo

y me dijo que estaba sana.

Vamos, que no la iba a endiñar. Eres tú, ¿a que sí?

-Me confunde. -Ah, no, no.

Señor mío, yo no confundo nada.

¿Tú qué te crees, que yo me chupo el dedo?

¿Qué haces vestido de mozo? -Lolita.

Te estaba buscando.

No soy más que una huérfana,... que,...

que una enferma incapaz de controlar su imaginación.

Necesito a alguien que me cuide.

Y que ponga freno a estas fantasías,

porque estas fantasías son tan reales como mi vida.

Por favor, Simón, perdóname.

-"Marcho por unos días de la ciudad".

-No sabía que se fuese usted de viaje.

-Sí, el coronel adelantó el alquiler a mi esposa.

-Así es. Marcho a Argentina.

-"La amo, Diego".

Y no sé cómo hacer para que deje de sufrir.

-¿Quieres que yo hable con ella?

-Temo tus maneras.

-Prometo ser suave y amable.

Descubriremos lo que le ocurre y le ayudaremos.

Te lo prometo.

-"¿Estás rompiendo conmigo?". -Y "pa" siempre.

-No.

-¿"Lo cualo"? -Que no.

Que no. Que no acepto tu ruptura.

A ver, es verdad que te ha engañado, eso es muy cierto.

Pero no lo ha hecho por egoísmo. Ni tampoco por salvarse a sí mismo,

sino por ti.

-Por mí.

-Sí, Lola.

Para que no pases pena.

¿Y sabes qué es lo que demuestra eso?

Eso demuestra que este hombre te quiere.

(SE ASOMBRAN)

-¡Ah!

-Uy, uy, uy.

"He ido al convento".

"He hablado con sor Genoveva y se lo he contado todo".

"Mañana mismo vendrá a por mí".

Me llevará de vuelta.

Es lo mejor para todos.

-"Te mantendré a salvo de ella".

No podrá hacerte nada malo.

Nunca más.

Porque yo estaré a tu lado.

-Te lo contaré.

Te contaré todo lo que sé.

Te lo agradezco, Diego.

Tus palabras me han reconfortado.

No te imaginas

cómo las necesitaba.

(Ruido de llaves)

-Diego.

Blanca. ¿Estás bien?

-Sí.

No te preocupes.

Diego,...

te agradezco la visita.

Has sido muy considerado.

Me voy a la habitación.

Tengo mucho en lo que pensar.

-¿Y bien?

¿Cómo ha ido? ¿Te ha dicho algo?

¿Has averiguado qué le sucede?

Celia, me temo que este retrato en paños menores

no es lo peor de todo.

-Es difícil de creer.

Está medio en cueros.

-El periodista te presenta como una mujer libertina,

que vive al margen

de toda norma social.

Poco menos que... una cualquiera.

Y afirma que...

tu ruptura matrimonial se debe a tus numerosos amantes.

-¡Uy!

-Por eso te encontrabas así de mal.

-Por Dios, Trini, pero... si ni sé lo que ocurrió.

-Menos mal que Felipe no está.

Aunque, bueno, terminará enterándose.

-Felipe ya no es su marido. Tengo entendido

que el matrimonio quedó anulado por la iglesia.

Poco puede opinar ya.

-Y también sugiere que...

te insinuaste durante la entrevista.

-Bueno, doña Rosina,

deje de leer. -Todas sabemos perfectamente

que esto son una sarta de mentiras.

Quien conozca a Celia, sabe que ella no es así.

-Por supuesto, doña Trini. El problema es...

¿qué opinará quien realmente no la conoce?

-Dios mío.

Voy a ser la comidilla de la ciudad entera.

-Todas estamos contigo, Celia.

Podemos haber tenido nuestros más y nuestros menos, pero todas sabemos

que no eres una casquivana. -Por supuesto.

El periodista miente, sin lugar a dudas, pero...

hay algo que no entiendo.

-¿El qué, querida?

-¿Cómo ha podido hacerte ese retrato?

-Doña Rosina tiene razón.

Aunque nos cueste aceptarlo,

es obvio que el retrato está hecho en su casa y,...

que posa casi desnuda sin oponer resistencia.

¿Qué pudo hacerle ese mal hombre para obligarla a posar así?

-Eso, cuéntanoslo, Celia, somos tus amigas.

Queremos ayudarte.

-¡Es que no lo sé!

¡Eso es lo malo, que apenas recuerdo nada de lo que pasó!

¡No lo sé!

-Celia.

-Pobre, mujer.

Qué bochorno.

(SILBA)

Buenas.

-¿Viene usted solo, Servando?

-¿Y con quién quiere usted que viniera?

-Pues con Casilda, con Lolita,

con Carmen, con Martín, con mis comadres del altillo.

-Nones.

Que yo no necesito compañía para hacer mi labor.

que me he enterado que hay por ahí una ventana que cierra mal

y precisa de mis habilidades.

(RÍE)

Arrea.

Pues sí que desayuna usted bien, ¿eh?

Una mesa digna de una reina.

-No diga usted "tontás",

que estos manjares no son "pa" mí.

Sino para las que yo creía que me tenían en estima.

Pero ya se ve que no son tantas como una pensaba.

¡Por el amor de Dios, Servando!

Que no sabe usted de la misa la media, hombre.

Que yo esperaba que las muchachas del altillo supieran qué día es hoy.

-Viernes.

-No,

mastuerzo, mi cumpleaños.

-Ah.

-Y ni una sola interfecta se ha acordado.

-Ah, bueno, yo le he dado el capricho.

De aquí no ha salido ni media.

-Sí, ya sé que le dije que estuviera usted chitón.

Pero aguardaba a que ellas estuvieran al tanto.

Y por sí solas.

Mire.

Me he esforzado en preparar este desayuno para mis amigas,

pero...

ya se ve que no tengo tales.

-No se ponga usted... trágica, mujer.

-¿No te ondula? ¿Es que acaso no tengo razón?

Se han marchado a faenar como si cualquier cosa

y, no han querido compartir este día conmigo.

Al final,...

voy a tener que desayunar sola con usted.

-Bueno, yo más bien diría

que va a tener que desayunar usted sola del todo, porque...

yo tengo muchas cosas que hacer y no me puedo entretener.

-Vamos, vamos, pero esto es ya lo último que me faltaba por oír.

Pero ¿desde cuándo rechaza usted un convite antes que ir a faenar?

Que le conozco mejor que si lo hubiera parido.

Usted es muy amigo de llenar el buche,

antes que arrimar el hombro. -Sí, pues,...

pues ya ve usted que no, que nada, que lamento tenerme que ir.

Que le aproveche el banquete.

(SILBA)

Ya verá, doña Susana.

La "seña" Fabiana se va a quedar pasmada

cuando se entere de que no nos habíamos olvidado de su cumpleaños.

-Menuda ocurrencia habéis tenido.

Dejarle pasar su aniversario disgustada, pensando que todos

los que le aprecian le han olvidado.

-Arrea, no me sea usted así de siesa, doña Susana.

Si es que lo hacemos así , porque así se va a sorprender más.

-No sé si le va a salir a cuenta.

-Que no, que ya lo verá usted.

Que va a estar encantada.

Además, que con todo lo que ha pasado la "seña" Fabiana,

se merece tener una alegría.

Hombre, y saber que no está sola.

Que aquí en Acacias tiene una familia que la quiere.

-Sí. Así es.

No me imagino estas calles sin ella.

-Y el altillo ni hablemos.

No sería más que un sitio donde descansar después de tanto bregar,

y no un hogar, que eso es lo que es gracias a ella.

-Dile a Rosina que tendrá sus arreglos la semana que viene.

-La semana que viene.

¿Y no podría ser un poquito antes?

Ya sabe usted que la paciencia no es una virtud de doña Rosina.

-Pues le va a tocar aguantarse,

que las cosas tardan lo que tardan, mira.

Y que no tenga tamaña urgencia,

que va bien apañada de ropa. Desnuda no se va a quedar.

Adela. ¿Vienes de casa de Celia?

¿Cómo se encuentra?

-Bien, es de suponer.

-¿Cómo? ¿No te has enterado de lo ocurrido?

-Es la comidilla de todo Acacias. -¿Dónde has estado metida?

Ayer no se te vio el pelo y hoy regresas a estas horas y despistada.

-Discúlpeme, doña Susana, he sido muy desconsiderada.

Pero descuide, que ya no le voy a dar más quebraderos de cabeza.

Ya no voy a seguir trabajando para usted.

-Pero ¿qué estás diciendo?

Tampoco hay que ponerse tan tremenda, niña.

-La decisión está ya tomada.

Mire,...

nunca podré olvidar todo lo que ha hecho usted por mí.

Y crea que... estoy muy agradecida.

Pero... hoy mismo regreso al convento.

-¿Estás segura de lo que dices?

-Tanto como que... nunca debí salir de él.

Ese es mi lugar.

Luego subiré al altillo

a repartir mis ropas y escasas pertenencias a las criadas.

-Se agradece, pero... no es menester,

no se preocupe. -Si yo ya no las necesito.

Donde voy no me servirán de nada.

-No lo esperaba, Adela. Creí que eras dichosa con nosotros.

-Y lo he sido, doña Susana, mucho.

Pero...

es que no era el camino que Dios quería para mí.

He renovado mi fe y...

me he dado cuenta de que quiero servir al Señor

el resto de mis días.

-En ese caso, nada más puedo decirte.

Solo desearte lo mejor.

Pero, sí hay algo que me preocupa.

¿Lo sabe Simón?

¿Está al tanto de que hoy mismo quieres regresar al convento?

Si no lo veo, no lo creo. ¿Celia semidesnuda

en una revista?

-Ya te podrías haber hecho a la idea, la has mirado muchas veces.

Vas a desgastar el retrato.

-Mujer, no te pongas celosa.

Si yo solo tengo ojos para ti.

-Pues hoy parece que los comparto con otra.

-Pero si tan solo estaba leyendo el texto.

Pobre muchacha. Tiene que estar abochornada.

-Pues sí. Si la hubieras visto cuando compramos la revista,...

parecía desear que la tragara la tierra.

-Y no me extraña.

El periodista ha sido implacable con ella.

No le ha hecho ningún favor con sus palabras.

-Bueno, ni con sus imágenes.

¿No te parece que sale, no sé, muy flacucha?

-Rosina, ¿qué tiene que ver eso ahora?

-Yo solo digo que ya que han vulnerado su honor

sacándola de esta guisa, qué menos que salir favorecida, digo yo.

-(RESOPLA)

(Llaman a la puerta)

-¿Quién será? -Tendré que ir a verlo.

No sé por qué tenemos criada. Si nunca está en casa.

-Pues delgada sí que está, pero mona,...

mona también.

(Se cierra una puerta)

Trini, no la esperábamos. -Lo sé.

Tampoco le he comentado a mi esposo que venía a verles.

-Entonces, supongo que querrá hablar de Antoñito.

-Así es.

Vengo a pedir disculpas en nombre de toda mi familia.

-No es usted quien tiene que hacerlo.

La falta es de Antoñito, no de su familia.

-Trini, si has venido a hablar en favor de él,

podrías haberte ahorrado el paseo, porque estamos muy dolidos con él.

-Lo que ha hecho ha sido imperdonable.

-Bueno,

espero que esto les ayude a reconsiderarlo.

-Mi gargantilla.

-Me pasé por Monte de Piedad para recuperarla.

-Y yo se lo agradezco, Trini. Pero esto no cambia nada.

No podemos olvidar que Antoñito burló nuestra confianza.

-Trini,

voy a serte sincera. Últimamente...

estoy reconsiderando la relación con vuestra familia

respecto al yacimiento.

-Rosina, ¿no estarás pensando en romper tu acuerdo con Ramón?

-Así es.

No es que desconfíe de don Ramón.

Confío en él ciegamente. Pero, visto lo visto,

no puedo decir lo mismo

de algunos miembros de su familia. ¿Y si Antoñito hiciera de las suyas

con nuestro yacimiento, qué pasa? -Rosina, eso no sucederá.

Te pido que, antes de tomar una decisión tan grave,

lo medites bien.

-Trini, no he dejado de hacerlo

desde que tu hijastro nos robó.

-Yo entiendo que estén muy dolidos.

Y asumo que la falta de Antoñito ha sido muy grave.

Pero saben que Ramón es un hombre sensato y honesto.

-Eso nunca lo hemos dudado. -Entonces actúen en consideración.

Dejen que sea Ramón

quien se las arregle con Antoñito.

-Trini, Ramón no va a poder meter a ese chico en vereda.

Antoñito es un bala perdida. -Mira, Rosina,...

mi esposo le compró su parte del yacimiento a tu hija porque

la vio muy apurada.

Él quería ayudarla.

Por la estima que le tiene a tu familia

y por la cantidad de años que hace que os conocéis.

Así que te pido por favor que,

antes de tomar una decisión , lo tengas en cuenta.

¿Viste la revista de ayer? Qué vergüenza.

Nunca hubiera aguardado algo así de Celia.

-Seguramente habrá una explicación. -Sí,

que nos tenía a todos engañados.

Ayer se le caía la cara de vergüenza.

No creo que vuelva a pisar la calle en mucho tiempo.

-Discúlpeme,

tengo cosas que hacer.

Tantos aires que se dan y, son unos simples artesanos.

-Haga el favor de no tocar el trabajo de Samuel.

-¿Temes que pueda arruinarlo?

-Precisamente, eso es lo que hace con todo lo que toca.

-Hoy vienes brava.

¿Quieres enfrentarte conmigo? -No le tengo miedo.

-Eso tan solo prueba que eres una inconsciente.

Todavía no has comprendido que tienes motivos de sobra

para temerme.

-No, madre.

Eso ya pasó.

Ni usted ni su esbirra Castora tienen ya poder alguno sobre mí.

-¿Estás segura de eso? -Sí.

Como lo estoy de que no voy a encubrirla nunca más.

No voy a permitir que deje a don Jaime

al cuidado de esa canalla. No volverá a hacerle daño.

Esta noche iré a la residencia.

Y si para entonces no ha hecho que Castora desaparezca de allí,

les contaré la verdad a Diego y a Samuel.

-¿Me estás amenazando? -No, madre.

Tan solo advirtiéndola.

Al fin te dignas a aparecer.

-Hijo, qué recibimiento.

Pues está el barrio fino con lo de Celia y con lo de tu hijo.

-Llevo desde ayer a que te dignes a acompañarme a casa de Rosina.

Tenemos que mostrarle nuestra preocupación,

nuestro malestar por lo sucedido. Que les quede muy claro

que nosotros no tenemos nada que ver con las barrabasadas de mi hijo.

Es de vital importancia.

-Lo sé, Ramón, lo sé.

Precisamente por eso vengo ahora de su casa.

-¿Cómo?

¿Que has ido sin mí, y a qué?

-Ramón, hijo, pues está más claro que el agua.

Para evitarte dar la cara por tu hijo delante de Rosina.

-No lo comprendo. Y ¿por qué lo has hecho a escondidas?

-Porque yo estoy mucho más acostumbrada que tú a esos asuntos.

No se me van a caer los anillos.

Ramón, que no tenemos nada de qué avergonzarnos,

nada malo hemos hecho. -Lo sé.

Pero la falta de Antoñito...

ha manchado el honor

de toda la familia.

-De verdad, Ramón, estás muy guapo cuando te pones trágico.

-No te tomes esto a chanza, que no hay es para chanzas.

-Ramón, lo sé.

De verdad que lo sé.

Pero todo tiene solución, ya lo verás.

-¿Y cómo ha reaccionado Rosina a tu gesto?

-Bueno...

La verdad es que está muy dolida.

Me ha reconocido que está considerando disolver el acuerdo.

Tiene miedo de que Antoñito meta la mano en el negocio y...

El caso es que yo he intentado ablandarla.

Pero creo que es mejor que estés en sobre aviso.

-No puedo reprocharle sus reservas.

Lo único que puedo hacer es pedirle que se lo replantee.

No solo por el negocio.

Me disgustaría disolver la sociedad que mantengo con la viuda

del que fue mi mejor amigo.

(Llaman)

-Yo iré a abrir, que Lolita estaba comprando.

-Inspector Méndez, ¿qué le trae a usted por aquí?

-Malas noticias en torno a su hijo.

Siento ser portador de ellas. -Sé que usted no tiene la culpa

y que solo lo hace para ayudar.

Mi hijo está en casa, voy a buscarle.

-No hace falta, aquí estoy.

¿Qué sucede?

-He venido de comisaría a advertirles.

La familia del nuevo fallecido ha denunciado a Antoñito por fraude.

Y me temo que eso no es todo.

También me ha llegado que el gremio funerario

ha puesto una denuncia colectiva.

-A perro flaco todo son pulgas. -La situación es peliaguda.

Si Antoñito no se hace responsable de las pólizas, tendrá problemas.

Por deferencia a usted, estoy intentando calmar los ánimos

de los que me piden que sea detenido.

Pero llegará un momento en el que nada más podré hacer.

Aquí tenéis todos los ejemplares que me quedan de "Los breves".

-Madre mía, "seña" Fabiana, nos vamos a tirar una eternidad

rompiendo papeles. -Bueno, todo sea por doña Celia.

Ella vale los sudores.

-Doña Celia nos ha mandado comprar todas las revistas

para destruirlas. -Nos ha dado una "jartá" de monís.

El Servando y el Martín los están comprando en los otros quioscos.

-Sí, pero yo no pongo la mano en el fuego por Servando.

Que lo mismo está diciendo que está comprando los periódicos

y, lo que quiere es quedarse con el parné.

-Bueno, Casilda, no seas malpensada.

Que el Servando es un aprovechado, pero no es un ladrón.

-¿Está usted bien, Fabiana? Parece disgustada.

-¿Yo? Nanay.

Tan solo estaba pensando en mis cosas.

Me he levantado con el resquemor de que olvidaba algo,

y que hoy es un día muy señalado, pero no recuerdo por qué.

-Pues a saber qué puede ser.

-¿Dónde tendrá la cabeza,

Fabiana?

-Martín. Pero bueno, ¿vienes solo, dónde está Servando?

-Ha ido al barrio de al lado a ver si encontraba más ejemplares.

-Ah. -Pero ¿y tú solo traes esos?

-Se habían vendido casi todas las revistas.

-Ya os he dicho que "Los breves" tienen muy buena tirada.

Imposible será que compréis todas las revistas.

-Ay, que la noticia va a estar en boca de todos los del barrio.

-Pobre doña Celia. De esta no sale bien.

-Es que yo no sé qué le ha debido pasar.

Se le ablandaría la mollera.

Pero ¿dejarse retratar así de esa guisa?

Si no tiene inconveniente, no le vamos a mandar el nuevo pedido

al señor García.

Al menos hasta que no se ponga al día con los pagos.

-Haga lo que crea más conveniente.

-Quizá deberíamos dejar estos asuntos para otro momento.

Me temo que los dos tenemos hoy la cabeza en otros menesteres.

-Simón.

¿Sabe algo nuevo sobre Adela? -Sí.

Sigue decidida a ingresar en el convento.

-Pobre muchacha.

Espero que haya tomado

la decisión correcta.

-Le agradezco que se preocupe así por ella.

Y más, en estos momentos tan delicados para usted.

-Quizá yo debería seguir su ejemplo.

Quizá también debería tomar... los hábitos.

-Vamos, no diga eso.

-Así me ahorraría el bochorno de tener que mirar a la cara...

a mis vecinos.

Sabiendo que han leído la revista y que me han visto desnuda.

-Con el tiempo, todo se va a olvidar, ya lo verá.

-No, Gayarre. Hay cosas que no se olvidan.

-Si puedo ayudarla de alguna forma...

-Ya lo hace. Permaneciendo a mi lado.

Le juro que yo... no dije ni hice nada

de lo que ha quedado impreso en esa revista.

No comprendo qué es lo que pudo suceder.

-Yo la creo.

(Llaman a la puerta)

-Me temo que debe ser de los pocos.

Sea quien sea, líbrese de su visita. No quiero ver a nadie.

-Sí, señora.

No.

Su amiga, la señora Trinidad Palacios.

-¿No creerás que ibas a evitar

que hablara contigo, con la falta que te hace?

-Supongo que tienes razón.

Gayarre,

déjanos a solas. Con Trini sí quiero hablar.

-Les traeré un poco de limonada, así podrán hablar largo y tendido.

-Gracias, Simón.

A ver, Celi, que conste que yo confío plenamente en ti.

Y que sé que lo que te hizo el gacetillero ese

ha sido una encerrona. Pero, por favor, cuéntame qué pasó.

-Es que no lo sé.

Puede que tomara más jerez del que pensaba.

Es que tengo la tarde de la entrevista en una nebulosa,

Trini.

-¿No te acuerdas de nada?

-Sí, del momento en que llegó, que tú y yo nos miramos como

pensando que era muy guapo

y elegante. Y luego,

que comenzó la entrevista y, normal.

Pero después, lo único que recuerdo es despertarme en mi cama

con un tremendo dolor de cabeza.

-Así que no sabes

si las fotografías fueron lo más grave de la noche.

-Trini,...

¿qué le voy a decir a Felipe?

-Celia,...

ahora eso no es lo que más te tiene que importar.

Tu nombre, tu negocio, eso es lo más importante.

-Aunque no lo creas, todo esto me da igual

al lado de la reacción de Felipe.

-Felipe ya no es tu esposo.

-Hay relaciones que superan las crisis...

y las circunstancias.

Pero no sé si van a superar el escándalo.

-Ven aquí.

¿Y a cuento de qué tamaña urgencia? Me he dejado el quiosco desatendido.

-Descuide, que va a ser solo un momento.

Necesito que me haga un arreglo de flores.

-¿Tiene que ser ahora? -Y a más no tardar.

Tengo unos clientes que me han encargado una celebración,

y a mí se me ha olvidado encargarle a usted un centro de mesa

para que me decore el asunto.

-Vaya viandas.

Pues sí, tiene que ser un festejo de postín, sí.

-Tengo a los invitados a punto de llegar.

¿No me haría usted el favorcillo para que no quedara yo mal?

-Pierde cuidado, que en un santiamén te preparo yo a ti un centro fetén.

-Aguarde usted un momento.

¿Qué le pasa? La noto mohína.

-No es "na".

-Algo le pasará para tenerla así de ceniza.

Cuénteme. -Pues pasa

que me he dado cuenta que estoy más sola que la una.

Hoy es mi cumpleaños.

Sí, Víctor, sí. Mi cumpleaños.

Y aquellos a los que yo consideraba mis amigos

no se han acordado ni por asomo.

-Vaya, pues sí que me extraña.

¿De verdad que no la ha felicitado ninguno?

-Que te digo yo que no.

Ya ves tú la estima que me tienen. -No diga usted eso, Fabiana.

Las chicas del altillo la quieren como a una madre.

A lo mejor le tienen preparada hasta una sorpresa.

-¿Qué sorpresa ni qué ocho cuartos?

Esas son todas unas desagradecidas.

-¿Quiere que le invite a un chocolatito?

-No, hijo, gracias. Agradecida.

Me voy a prepararte las flores. A ver si acaba ya

este día de una santa vez.

Vamos.

La pobre mujer se cree que nos hemos olvidado de ella, pero de verdad.

-Pues mejor, así se sorprenderá mucho más.

-Esperemos que así sea

y no nos haga comernos el ramo.

-¿Quién quiere flores teniendo delante estos manjares?

-Quieto "parao". Hay que esperar a la cumpleañera.

-Servando.

Ramón, querido,

deja de intentar pescar el canapé de salmón.

Que, por lo que he podido comprobar, ese pescado ya estaba muerto.

-Padre, hace ya un buen rato que hemos terminado de merendar

y usted sigue sin probar bocado.

-Lo siento, pero es que no tengo apetito.

-Ramón, querido,

llevas unos días comiendo como un pajarito,

a ver si ahora vas a enfermar.

Mira, te voy a traer un poco de bizcocho, a ver si te entra mejor.

-Te lo agradezco, Trini,

pero es que tampoco me tienta.

-Pues estamos buenos.

¿Has visto las fotos de Celia

en la gacetilla esa?

-No, no estoy para fotos.

-La pobre está desolada.

No sabe cómo pudo ocurrir y,

le preocupa mucho lo que piense Felipe.

-Pues nada bueno, ¿qué va a pensar? Aunque, bueno,

debería darle igual.

¿No están separados? Pues aquí paz y después gloria.

-Ya.

No le da igual.

-¿Os dais cuenta de que lo mismo que se está hablando

del desliz de Celia, se puede estar hablando

del desastre de nuestro nombre por culpa de mi hijo?

-O peor. No sé qué es más grave,

si lo de Celia o ser un estafador.

-María Luisa, querida,

si has terminado de merendar, ¿te importaría dejarnos a solas?

Ramón, ¿qué te ocurre?

No es propio de ti

que te dejes amilanar ante las dificultades.

-Lo sé. Pero las barrabasadas de Antoñito han sido la gota

que ha colmado el vaso.

-Ramón, no te puedes olvidar de que no es tu único hijo.

¿Tú no te das cuenta de que María Luisa y te necesita?

-Nada más lejos de mi intención que disgustarla.

Pero es que no puedo remediarlo.

La situación es muy grave, Trini. -Ramón, lo sé.

Yo también he escuchado al comisario Méndez.

Por eso, precisamente ahora,

tienes que asumir la situación y coger el toro por los cuernos.

El muchacho te necesita.

-No puedo estar siempre sacándole las castañas del fuego.

-Él solito se metió en este embrollo;

pues que salga de la misma forma. -Ramón, por favor, ¿eh?

Que es sangre de tu sangre. -Para mi desgracia y mi deshonra.

-No digas eso. -Es lo que siento.

Eso y no otra cosa ha traído a mi nombre.

-Ya. Es el despecho lo que te hace hablar así.

El muchacho te necesita. Vale que no se lo merece.

Pero no le puedes dejar en la estacada, tienes que ayudarle.

(Puerta que se cierra)

¿Esa maleta es de Adela?

Entonces, ¿no hay vuelta atrás?

-Ahora viene la Madre Superiora a buscarla.

-Lamento escucharlo.

-He tratado de convencerla por todos los medios,

pero no me ha sido posible. -Esa muchacha está muy confundida.

Desde que desapareció unos días, no ha sido la misma.

(Llaman a la puerta)

-Debe ser sor Genoveva.

-Yo me retiro a mi alcoba. Prefiero no ver a nadie.

¿Viene a buscar a Adela?

-Sí. Vengo a llevarla al lugar del que nunca debió salir.

Querida, ¿sabes si Celia ha dado señales de vida hoy?

-No, querida. Ha estado encerrada en casa

todo el día. Con los visillos echados.

-Ay, es que, dudo mucho que se atreva a salir a la calle.

-¿Cómo va a hacerlo, si sabe que está en boca de todo el mundo?

-Ay, esto no se va a olvidar fácilmente.

Debería mudarse de barrio. -Y, si me apuras, de continente.

¿No ves que esa revista ha circulado por toda la ciudad?

-Qué escándalo. -Ya verás cuando vuelva Felipe.

Ahora, lo que no entiendo es por qué a Celia le preocupa tanto.

Si el matrimonio está anulado por la Iglesia, anulado queda.

-Hombre, siempre afecta.

-No te digo yo que estas modernidades

de los matrimonios que se separan...

Al final, ellos mismos se dan cuenta que lo que ha unido Dios ,

no lo separa el hombre. -Y aunque no fuese así.

Todo el mundo sabe que Celia era la esposa de Felipe Álvarez-Hermoso.

El escándalo también le salpica. -Y de qué manera.

El honor...

ha dejado a los dos en entredicho, y me temo que para siempre.

-Aquí se va a armar la de Dios es Cristo.

-Querida,...

hace tiempo que no te pregunto por tu esposo, ¿cómo se encuentra?

-Precisamente vengo de visitarle en la residencia.

Pero, por desgracia,...

las noticias no son buenas.

-Ah, entonces, no hay mejoría.

-Me temo que no.

La incertidumbre es terrible.

Es tan posible que continúe su estado durante años ,

como que repentinamente le sobrevenga el fatal desenlace.

-El pobre está en manos del Señor. -Siempre lo estamos.

-Pero, discúlpenme,

no quería interrumpir su conversación.

-No se preocupe, doña Úrsula,

hablábamos de Celia.

-Ay, qué bochorno. ¿Dónde tendría la cabeza?

Antes la nulidad y, ahora esto. -Yo también estoy impactada.

No he podido pegar ojo pensando en lo ocurrido.

¿Quién podría imaginar un comportamiento así en ella?

-Bueno, yo creo que el periodista tergiversó sus palabras.

-Conocemos muy bien a Celia.

Ella sería incapaz

de decir tales barbaridades.

Alguien le está queriendo hacer daño.

-Eso opina Trini.

-Su lealtad para con su amiga le honra,

pero ¿qué respuesta tiene doña Trini a la fotografía?

¿Creen ustedes que el periodista

también la engañó con el retrato?

No.

Créanme,

las imágenes no mienten.

Y no parecía precisamente que doña Celia hubiera posado

en contra de su voluntad.

-Eso es cierto. -¿Quién lo iba a decir?

Con lo pavisosa que parecía.

Ella, que siempre se las daba de buena cristiana,

ahora resulta que es una casquivana.

Lo lamento por todas nosotras.

Pero un escándalo así,

afecta a la buena reputación de nuestro barrio.

Quizá podamos reconsiderar su marcha al convento.

-No es a nosotros a quien corresponde hacerlo.

Adela ha tomado una determinación.

Simón, no crea que no valoro el afecto que ha mostrado hacia ella.

Pero no olvide que nadie la está obligando a hacer algo que no desea.

Adela ha decidido venir conmigo por propia voluntad.

-Pero quizá esté tomando una decisión equivocada.

-Simón, usted por fin ha abierto los ojos.

Ha comprendido que es una mujer enferma,

que precisa cuidados.

Debería aceptar de buen grado su marcha.

En el convento velaremos por ella, como hemos hecho siempre.

-Y nunca he dudado de su dedicación.

Y les agradezco muchísimo todo lo que han hecho por ella,

pero su único mal

es su imaginación, nada más.

No puedo evitar pensar en todo a lo que va a renunciar

al encerrarse entre esos cuatro muros.

Adela es una mujer que adora la vida,

los bailes, las risas. El amor.

Y nunca más podrá disfrutarlos. -Pero ¿es que hay otra solución?

Simón, si no ingresa en el convento, ¿quién le brindará los cuidados

que precisa? ¿Acaso lo hará usted?

Agradezco su buena voluntad. De corazón.

Pero no perdamos más el tiempo.

Haga el favor de avisarla, de decirle que he llegado.

No quiero que se nos haga de noche por el camino.

Que viene.

-Bueno, aquí tienes las flores, Víctor.

Y espero que sean del agrado de tus clientes.

-Pues dígamelo usted, Fabiana.

El ramo es suyo.

Adelante.

(Aplausos)

(TODOS) ¡Felicidades, Fabiana!

-Pero si os habéis acordado. -"Pa" chasco que sí.

Solo queríamos darle una sorpresa.

-Arrea, pues sí,

sí que lo habéis conseguido, que me he quedado patidifusa.

Ahora no sé

si enfadarme más, si echarme a llorar

o echarme a reír.

-Elija mejor lo último, Fabiana, y siéntese a festejar con nosotros.

-A mí no me mire así, que yo he estado calladito.

No les he dicho nada a estos.

-Ni falta que hacía.

¿Ve usted como sí nos acordábamos de su onomástica?

Y claro que teníamos pensado celebrarlo.

-Tome,

para que brinde con sus amigos.

¿Ve usted como sí que la tenían en alta estima?

-Pues lo que yo te decía, hijo, lo que yo te decía.

-Venga, pasemos un buen rato juntos, que todos andamos

necesitados de alegrías.

-Sí.

Brindemos por la "seña" Fabiana, la mujer más grande de todo Acacias

y la más buena.

Y una madre para Lolita y para mí.

-Ole.

-Ahí. -Por Fabiana.

-Por Fabiana.

-Pero no llore, Fabiana, que hay mucho que festejar.

-Bueno, vamos a dejarnos ya de carantoñas y vamos a emprenderla

de una santa vez con la merienda que estos pastelitos

están diciendo "cómeme".

-Nunca, nunca más

dudaré de vosotros. Y yo,

tonta de mí, pensando que no os importaba "na".

-Pero ¿cómo nos íbamos a olvidar, "seña" Fabiana, si llevamos días

la Lolita y yo preparando este festejo a escondidas de usted?

-¿Cómo podré pagaros tanto, tantísimo cariño?

-Anda, pues es bien sencillo.

Quedándose a nuestro lado por muchos años.

-Anda.

Dejad...

que os adorne el pelo.

Que sois

pan de Dios.

Toda mi familia.

Mis dos niñas.

Dinos, Antoñito, hijo, ¿para qué querías vernos?

-Es sencillo. Quería..

disculparme con ustedes.

Soy consciente del perjuicio que he creado a esta familia

y a la gente a la que quiero.

-En eso llevas razón.

Nos has hecho mucho daño.

El apellido de esta familia se ha manchado para siempre.

-Padre, yo le ruego que me disculpe.

No quería perjudicarles con mi comportamiento.

Ustedes... son lo único que tengo.

-Antoñito, hijo, yo acepto tus disculpas.

Y solucionaremos todo esto juntos.

Que es lo que hacen las familias, ¿o no es así?

Bueno, decid algo,

que nos tenéis con el corazón en un puño.

-Lo lamento, Antoñito, pero yo no puedo perdonarte.

He visto a nuestro padre

estos días sufriendo,

sin pegar bocado, deambulando por la casa sin rumbo.

He visto como en el Ateneo no le dirigían la mirada.

Y todo por tu culpa.

-Luisi, hija, por favor. No seas injusta.

-No, no lo soy, Trini.

Solo digo la verdad.

¿O es que acaso sí que es justo lo que él nos ha hecho a nosotros?

Lo siento. Me voy a la chocolatería.

Víctor quería hablar conmigo.

-Bueno, ¿y usted no va a decir nada más, padre?

-Trini ya me había pedido que no te diera la espalda

y que te perdonara por todo lo que has hecho, pero...

yo no puedo.

-Ramón, por favor, no digas eso.

-El daño es muy hondo, Trini.

Yo no sé si el tiempo podrá restañar las heridas, pero...

ahora mismo me veo incapaz de perdonarle

en lo que le queda de vida.

Ni siquiera me siento cómodo compartiendo

esta habitación y este techo con él.

Has manchado el apellido de esta familia para siempre.

Eso ya no tiene solución.

Creo que voy a salir fuera, necesito pasear.

-Ramón, Ramón, por favor.

Ramón, espera.

"Querido padre:

Tiene usted razón. "Lo he hecho todo mal".

"Pero...

hay una manera definitiva de acabar de forma honrosa con lo sucedido".

Gracias por bajarme el equipaje, Simón.

Ahora es mejor que... vayamos solas.

Nunca olvidaré todo lo que has hecho por mí.

-Adela, yo... -Debemos seguir camino, Adela.

-Adiós, Simón.

Cuídate.

-Antes rezaremos una salve.

-¡Adela! Adela, aguarda.

-Simón, haga el favor. -Adela, no te marches, te lo ruego.

Sé que precisas de alguien que te cuide, y yo lo haría.

-Ya hemos hablado de esto, Simón.

¿Sería capaz de afrontar los sacrificios

que requiere cuidar de Adela? Es una niña pequeña,

llena de fantasías y delirios.

¿Consagraría su vida a esa tarea?

Vámonos, Adela,

no perdamos más el tiempo.

-Lo siento mucho, Simón.

Sor Genoveva tiene razón.

No quiero ser una carga para ti.

-No lo eres. -Sí.

Ahora dices esto, pero ¿y mañana?

¿O el mes próximo, o dentro de unos años, qué?

-Adela, te estoy esperando, vamos.

-Cásate conmigo.

-¿Has perdido el oremus? -Nunca he estado más cuerdo.

No quiero perderte a ti también, Adela.

Deja que dedique mi vida a cuidar de ti.

Yo también te necesito.

Vamos, unamos nuestros destinos.

Tú aliviarás mi pena y yo aliviaré tus fantasías.

Vamos. Dame la maleta.

Gracias, Martín. Este es todo mi equipaje.

Mañana te daré aviso para que lo bajes al carruaje.

-A mandar, coronel.

Sí que lleva usted maletas. -El viaje es largo hasta Argentina.

-A Filipinas también lo era,

solo que a mí me mandaron solo con un petate.

(Llaman)

No se apure, Servando, que ya he cargado yo con todas las maletas.

-No vengo a cargar, que a ti estas tareas se te dan fetén.

Vengo a entregarle este paquete que ha llegado para el coronel.

-¿Cuándo ha llegado? -Hace un suspiro.

-Está bien, ya podéis marchar.

Mañana os daré aviso.

¿Vas a salir?

-Ya sabe que sí. Me esperan en la residencia.

-Pensé que habrías recapacitado.

-Era usted la que tenía que hacerlo.

Dígame, ¿ha hecho lo correcto?

¿Ha prescindido de los servicios de Castora?

Ya sabe lo que pasará si me la encuentro en la residencia.

-No, querida. He salido, pero he ido a otro lugar.

Quería coger una cosa... y traértela.

-¿Qué está tramando ahora, madre?

-Pronto lo averiguarás.

Ten. Cógelo.

Te aseguro que lo que pone en ese papel,

te resultará de interés.

(VOZ DE ELVIRA) "Querido padre,

buenas noticias, para mí".

"Solo quería decirle,

que por fin mis provocaciones han dado resultado".

"Y he conseguido lo que estaba buscando".

"Burak Demir me ha repudiado".

"Venga a buscarme. Voy a ser libre".

¿No vas a leerlo?

-¿Qué es?

-Tu partida de nacimiento.

-"Blanca Dicenta, nacida el ocho de agosto de 1880".

"Madre: Úrsula Dicenta, padre: desconocido".

Sí, efectivamente, es mi partida de nacimiento.

Pero ¿a cuento de qué me la entrega ahora?

-Sigue leyendo y lo sabrás.

-No puede ser.

#Yo me pongo junto a ti,

#y a tu lado me embeleso. #

-(TOCA MÚSICA FLAMENCA)

#Y ah...

#Ay...

#Ay...

#Ay... Ole. #

-Vámonos.

(TODOS) ¡Ole!

Me voy a la comisaría a denunciar. -Ramón, por favor, para.

Antoñito es un adulto.

Y solo han pasado dos horas. No te van a hacer ni caso.

-Les enseñaré esta carta. Aquí lo dice muy claro:

"Hay una manera de terminar con el problema".

-Que no, Ramón, que no está tan claro.

Que no sabemos lo que quiere decir. -Pues claro que se sabe.

Que se va a quitar la vida.

Simón,...

¿estás seguro de que quieres casarte conmigo?

-Claro.

Quiero cuidar de ti y hacerte feliz.

-A veces, será difícil.

Y no te mereces sufrir por mí. -No es ningún sufrimiento.

Para mí, cada minuto que estés bien, será como un premio.

-"¿Cómo ha podido tener oculto"

lo que me ha desvelado?

¿Cómo ha podido no decírmelo antes?

-Solo yo he tomado las decisiones en mi vida.

Siempre. -Pero esta me atañe a mí.

-También he tomado las tuyas,

y así seguirá siendo. -No tiene derecho.

-No estabas preparada para saber la verdad.

-"¿Coronel?".

-¿Qué demonios quiere? -El coche de punto

que ha mandado llamar le está esperando.

-Vamos. -No se deje

el pasaje de barco. A Argentina, nada menos.

Qué gran país debe ser.

-Coja las maletas.

No hace falta que nadie venga a limpiar la casa.

Que quede cerrada.

Ya se acondicionará a mi regreso.

Como usted ordene, mi coronel. -"Gracias por venir".

"Adela debe estar a punto de llegar".

-Mi padre, Trini y mi hermano me ha pedido que les disculpen.

No pueden venir. -Se lo agradezco igual.

-Hola, cariño.

-Bueno, de nada sirve

que sigamos manteniendo el secreto, ¿no te parece?

-Simón y yo nos casamos.

-"Perdonen que las moleste, señoras".

Doña Celia, hay una llamada para usted en "La Deliciosa".

Es sobre don Felipe y dicen que es urgente.

-Que a lo mejor la revista esa sí que ha llegado a Francia.

-"Todos somos responsables"

de nuestros actos.

Ella, yo, tú.

Si haces lo que te mando, te evitarás disgustos.

Ve a traer lo que hemos comprado.

Blanca,... tengo una sorpresa para ti.

-"Sé que tú mismo te diste cuenta"

de que algo me había alterado. Y así fue.

Una sola voz me trajo a la memoria los recuerdos de los malos tratos,

las torturas,

toda esa pesadilla.

Creí que se iba a repetir y no iba a terminar nunca.

Por un momento me pareció haber visto a la misma mujer

que me amargó la vida en el sanatorio.

-Jamás permitiré que vuelvas a sufrir.

¿Quién era esa enfermera? "Hasta mañana, padre".

-Nos quedamos solos.

  • Capítulo 601

Acacias 38 - Capítulo 601

14 sep 2017

Samuel interrumpe el acercamiento entre Diego y Blanca. Celia es incapaz de explicar por qué sale desnuda en el periódico. Úrsula se burla. Carmen se siente culpable. Celia cuenta a Trini que teme la reacción de Felipe cuando se entere de lo sucedido. La humillación de Celia se extiende por toda la ciudad. Fabiana cree que nadie ha recordado su cumpleaños, pero los criados le han preparado una fiesta sorpresa. Trini le devuelve a Rosina la gargantilla que Antoñito robó e interviene para que Rosina no tome cartas en el asunto. Ramón se niega a ayudar a su hijo.

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