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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 598 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué te ha dicho el pintor del cuadro?

-Me confirmó que Elvira estaba muerta.

Que el cuadro fue pintado a partir de una fotografía

por encargo de Burak Demir.

-"No puedo dejar que te salgas con la tuya".

Si tu esposo no te mete en cintura,

iré a Estambul para hacerlo yo mismo.

-"A Adela, un hombre la ha secuestrado"

en mitad de la calle Acacias a plena luz del día.

Evidentemente, Adela temió por su virtud y por su vida.

-Dios mío.

Mañana mismo la convenzo para ir las dos a denunciar a comisaría.

Celia tenía razón. -¿Es que no se da cuenta, madre?

-¿No me doy cuenta de qué? -Que es mentira.

Todo lo que dice Adela es mentira.

"En comisaría estamos desbordados"

por las denuncias que hay contra su hijo.

Todos exigen que se devuelva el dinero de las pólizas que firmaron.

-¿Qué se puede hacer?

-Devolver el dinero o me veré obligado a detener a Antoñito.

No podemos correr el riesgo de que se fugue.

-"Entérate de todo lo que se cuece"

en esa casa.

Seguro que Celia tiene algo que ocultar.

-No sé. Parece muy honesta.

-Abre los ojos.

Todo el mundo tiene cadáveres en sus armarios.

Se trata de una gargantilla de gran valor desaparecida.

-Yo...

-Fui yo.

-"Es Blanca".

Se comporta de forma extraña.

Algo en la residencia la alteró.

-¿Qué?

-No lo sé. Ese es el problema. No quiere hablar conmigo.

(RECUERDA) -"Soltadme".

"Dejadme salir, por favor".

-"Han escrito a Celita"

para pedirle una entrevista.

-¿Y eso?

-Quieren hablar con una mujer trabajadora.

Emprendedora, empresaria y separada.

-"Fui yo..."

quien robó la gargantilla.

Lolita solo quiso encubrirme

delante de doña Rosina y de ustedes.

-"¿Crees que no sé que el pasado volvió a ti?".

Eres solo un perro aterrorizado.

-No sé cómo puede comportarse así

con su propia hija. -Solo te digo una cosa.

Si hablas, si te vas de la lengua,

ya sabes lo que te puede volver a ocurrir.

-No me creo sus amenazas. -No.

-Sí.

Te las crees.

Eres mi hija, te conozco bien. Estás aterrada.

-Me voy a casa.

-No cuentes nada.

Olvida el pasado.

-Déjeme.

-No me hables con desprecio.

-No quiero volver a cruzar una palabra con usted.

-Sería mucho mejor si estuviéramos unidas.

-Jamás.

Jamás me uniré a usted. No tengo ninguna razón para hacerlo.

Usted es la responsable de todo lo que he sufrido.

Ponedle la venda.

-No. No.

-Todo el mundo fuera.

No se lo tome tan a la tremenda, madre.

-Pero ¿cómo quieres que me lo tome?

La he acogido en mi propia casa, le he dado cariño,

hasta trabajo.

Y ahora resulta que es una mentirosa irredenta.

-No es que no censure su conducta.

Pero tratemos de analizar el por qué de tanto cuento.

-Eso. ¿Por qué? ¿Qué crees tú, hijo?

-No lo sé.

Yo diría que,...

si me ama tanto como dice,...

al toparse con la posibilidad de que Elvira siga con vida...

-¿Por lo del cuadro que me has contado?

-Sí, por lo del cuadro.

Al verse relegada otra vez, supongo que se ha sentido insegura

y se ha refugiado en sus fantasías

y en sus delirios. -¿Quieres decir

que está más para allá que para acá? ¿Loca, vamos?

-No quería ser tan tajante.

Y loca quizá sea una palabra excesiva.

Quiero explicarlo con la mayor honradez posible.

-También te ha dolido a ti que te mintiera, ¿eh?

-No, pero madre, no nos miente para engañarnos a usted o a mí.

Trata de engañarse a sí misma. -Pues explícamelo mejor, hijo.

Porque por esa regla de tres, los mentirosos no existen.

-Adela inventa esos ensueños para protegerse.

Ha sufrido mucho.

-Tampoco para los demás el mundo ha sido un camino de rosas.

Y no vamos diciendo por ahí que vemos burros volar.

-Pero Adela ha sufrido por falta de afecto.

Nunca nadie la ha querido.

Ahora conmigo pensaba que habían terminado

todos esos padeceres, pero ante la amenaza de esta nueva situación...

-Se inventa cosas.

Y se hace la mártir para llamar la atención.

No me digas que eso del secuestro es para presentarse

como la Virgen de los Dolores.

-Aunque a mí no me deja en muy buen lugar,

quizá no he sabido explicarle bien mi verdadera situación.

-Se ha hecho ilusiones.

-Me encargaré de que lo comprenda.

Y si puedo, le sacaré esas fantasías

de la cabeza. Todas.

-¿Todas? ¿Hay algo más que el secuestro?

-No. No, no, no. Me refería a que...

Quizá, si deja de sentirse herida o atacada...

-Cuidado, cuidado, a ver si vas a salir de Málaga

para meterte en Malagón.

Piénsate muy mucho a dónde quieres ir con ella.

Si acaso, si quieres ir a algún sitio.

-Descuide, madre. Hablaré con ella y aclararemos las cosas.

Y solo cuando yo tenga muy claro que no hay sombras entre nosotros,

solo entonces, me plantearé si nuestra relación tiene sentido.

Sentido y futuro.

-Pues yo te diría al revés.

Rompe primero con ella y después te explicas.

-¿Cómo voy a hacer eso? No puedo hacer eso.

Adela es una persona muy delicada. Y jamás querría hacerle más daño.

(RÍE)

Ay.

(RÍE)

Señora, que ya tiene usted preparada la tina para el remojo.

-Ya iba siendo hora.

-Y, además, hoy le he preparado una novedad.

Le he llenado la tina con vinagre.

-¿Vinagre? Ni que fuera yo una ensalada.

-Ay, pues dicen que es lo mejor para rebozar las escamas

y que le deja a una la piel como la de una virgen.

-¿Seguro? En la vida he oído yo semejante desatino.

-Es que hay un montón de potingues nuevos

de los que usted no se ha coscado todavía.

-Anda ya, maritornes. ¿A mí me vas a dar lecciones,

una criada, de ungüentos y sus efectos?

Si me hubieras dicho otra cosa... Pero vinagre, no soporto el olor.

-Bueno, señora, es que, luego que usted salga de la artesa,

la bendecimos con agua de olor.

Y se va usted a la piltra bien perfumadita, como una reina.

-Que no. A la piltra me voy. Y espero que mi Liberto no tarde.

-No.

Perdón. Que no, que no se puede ir usted a la piltra con su marido.

-¿Cómo dices?

-Perdón, es que me he explicado yo mal.

Que lo que quiero decir es que cómo se va a ir usted a la piltra

con su marido, sin echarse vinagre para que se le quede la piel

más suave que un guante.

-A mí no me la das, Casilda. Aquí hay gato encerrado.

Algo tramas, ¿qué está pasando?

¡Ah! Estamos otra vez infestados de ratas, ¿es eso?

-No, no. Lo que es de ratas no.

-¿Qué? ¿Dando por enterrado el día?

-Eso pretendía, pero Casilda está de un rarito.

¿Traes noticias de mi gargantilla?

-Te aconsejo que no te obsesiones con ello.

Se solucionará.

Pero si le das vueltas y te obsesionas, vas a dormir peor.

-Puede que tengas razón.

Y, puestos

a no poder dormir,

mejor que sea por razones más divertidas.

No tardes. -Sí.

¿Qué está pasando aquí?

-Nada. ¿Es que tendría que pasar algo?

-Casilda, que ya nos conocemos tú y yo.

Y, en el mejor de los casos, tú estás ocultando algo.

Cuéntame.

¿Cómo ha pasado la noche, padre?

-Tranquila. Estable.

¿Cómo está Blanca?

-No me mires con ese paternalismo. Y ya te lo dije ayer.

No vuelvas a tratar a Blanca como lo hiciste.

-La trataré como yo crea conveniente y cuando lo crea conveniente,

porque está en juego nuestro padre. Y nuestra familia. Blanca incluida.

-¿Cuándo vas a olvidar tus sospechas?

¿Cómo hay que decírtelo?

Blanca no tiene nada que ver con Úrsula ni está conchabada con ella.

-¿Dónde está ahora?

-No lo sé, no la he visto en todo el día.

-¿Y tienes idea de a dónde puede haber ido?

-Te noto preocupado.

Demasiado para ser ella.

Con la manía que le tienes.

-No le tengo ninguna manía, Samuel.

La aprecio, eso no lo dudes.

No debe haber tenido una vida fácil.

-Les voy a pedir que salgan un momento, señores.

-Preferiría quedarme, si no le importa.

-En absoluto.

Era por respetar la intimidad de don Jaime, pero como usted mande.

Te agradezco que me hayas recibido aquí, en casa de doña Celia.

-Tenías mucha prisa, ¿no era eso?

-Me siento muy mal, Simón.

Siento que solo sirvo para complicar las cosas.

Fui yo quien reconoció a Elvira en el cuadro

y os hice albergar falsas esperanzas.

-Olvídalo.

-No, no puedo olvidarlo. Ni siquiera sé si debería.

Me siento culpable, mucho.

He sido capaz de enredaros a todos en mi deseo de que Elvira

siguiera viva.

-Eras su amiga.

Quizá hubiera sido más censurable que te desentendieras del cuadro

sin investigar. Y fui yo el principal seguidor

de esa esperanza vana.

¿Podríamos dejar de hablar de todo eso, por favor?

-Sí, por supuesto, perdóname.

Soy una egoísta quejándome como una niña sin pensar en ti.

¿Cómo estás?

-Débil. Decaído, desganado.

Lo normal, vamos.

-Bueno, poco a poco irás viendo la luz.

-Sí, seguro que sí.

-Simón, por favor. -Perdóname.

Estoy descubriendo una parte de mí que no me gusta.

Cuando llegó la noticia del naufragio y de la muerte de Elvira,

creí que me hundiría en un pozo.

También pensé que Adela me serviría de ayuda

para no dejarme tragar por él.

Ahora... no quiero ayuda.

Ni siquiera la suya. Solo quiero estar solo.

-¿Qué quieres decir, que ya no te gusta Adela?

-Es más complicado que todo eso, María Luisa. Dejémoslo.

-Me tienes muy poca consideración, Simón.

Sé muchas más cosas de las que tú te crees.

Me entero de todo o casi todo gracias a Víctor.

-Disculpen. ¿Molesto?

-No, no molestas. Además, María Luisa ya se marchaba.

Gracias por preocuparte.

-Adiós.

-Simón, yo también estoy preocupada por ti.

Podría ayudarte.

-No te voy a mentir, Adela.

Ni ahora ni nunca.

No estoy bien, pero tampoco puedo compartirlo contigo.

Lo siento, simplemente...

no puedo.

¡La hemos pillado! ¿Qué esconde en ese capazo?

-¡Servando!

Nada. ¿Qué va a ser?

Despojos para hacer un caldo.

-Ah, ya. -Ah.

Bueno, ¿se han enterado ustedes de lo que ha pasado?

Que no van a dejar de denunciar a don Antoñito

hasta que todo el mundo lo haga.

Esta vez no van a dejar que les hayan engañado

y, que luego se mire para otro lado.

-Es que, el que más y el que menos,

se ha quitado el pan de su boca para tener una sepultura decente.

-Sí, eso de tener el fiambre

dos días en su lecho mortuorio tiene sus bemoles.

Vamos, que uno se pone en esa tesitura

y le entran ganas de hacerle tragar al don Antoñito la dichosa póliza.

-Que es un sinvergüenza y no hay más.

Un trapacero. -Uh.

Muy largo tenemos aquí el hocico algunos.

Que es muy fácil acusar sin saber.

-¿Y qué es lo que hay que saber, si no es mucho preguntar, Lolita?

-Pues, por ejemplo, que el Antoñito va de buena fe.

Y que tiene un corazón más grande, que no le cabe una basílica.

Lo que pasa es que la gente es muy desconfiada.

-Normal que desconfíen, cuando uno se pone

religiosamente a pagar su seguro mes tras mes

y, se ve enterrado en un vertedero

y con un coro de perros vagabundos

cantándole.

-Hale, me voy a la faena.

Y aquí os dejo como lo que sois: unos desconfiados.

Que le tenéis ojeriza al Antoñito por...

porque ha nacido en mejor cuna que vosotros.

-Que digo yo que también hay que preguntar al Antoñito

si la cuna esa era suya o se la ha estafado al hijo de otro.

-Uy.

-Lola,

yo no sé cómo puedes seguir defendiendo a una persona

que ha dejado de cuerpo presente a la señora García dos días.

-Que no le va a volver a pasar, Casilda.

-Ese hombre no te conviene, métetelo en la mollera.

-Ay. ¿Y qué te crees, que a mí no me parece raro?

Lo de defenderle, digo.

Pero, ya ves, una, que está enamorada.

Y el amor lo justifica todo.

-Pues tú verás.

Pero le dejas...

o te va a terminar haciendo mucho daño.

-No. Dejarle no.

Que eso ya me lo he aprendido bien. No se puede querer hoy y mañana no.

En el amor hay que estar a las duras y a las maduras.

¿O tú no harías lo mismo por tu Martín?

-Que no compares. Mi Martín, hombre,

si mi Martín es un alma de Dios. Un ejemplo, por ejemplo.

Lo de la gargantilla de doña Rosina. Mi marido jamás, jamás en la vida,

me hubiera obligado a robar. Nunca.

-Ni mi Antoñito tampoco, Casilda.

Y eso no fue así.

Además, él lo va a solucionar.

Seguro.

-¿De seguro?

De seguro que nones. Te digo una cosa,

ándate lista si no quieres terminar escaldada.

Y si no, al tiempo, ya verás.

¿Adónde va lo más retrechero de esta ciudad

y de las comarcas circundantes?

-¿Te has fijado cómo me miran?

-¿Cómo no te van a mirar, mi vida?

Si yo no tuviera otra que hacer, me pasaría el día entero mirándote.

Admirándote y sirviéndote.

-Te hablo en serio, Víctor. No solo me miran,

sino que también cuchichean sobre mí.

Estoy segura que es por mi hermano y la fama de estafador.

-Pues déjales que hablen.

Aunque sea bien.

Tu hermano, ¿cómo lleva el asunto?

-Pues lo está afrontando con una seguridad pasmosa.

Eso o es que finge muy bien.

Mi padre está que trina.

-Pobre don Ramón. Tan íntegro y, tate, le sale el hijo díscolo.

-Nos da hasta vergüenza salir a pasear.

-Pues mira que yo se lo advertí a tu hermano.

No te metas en otra que no siempre te va a salir bien.

Pero por un oído le entraba y por otro le salía.

-Y... ¿cuándo... le decías esas cosas?

-No sé decirte, mi vida. Hace unas semanas.

-¿Hace unas semanas?

Así que hace unas semanas tú ya sabías que lo de las pólizas

de entierro de mi hermano era otro de sus embrollos.

¿Y no tuviste a bien hacer nada?

-¿Qué iba a hacer, mi vida, además de advertirle?

-Pues avisarme, por ejemplo.

-No contaba yo con todos los datos. Si Antoñito me dice

que está todo bajo control, ¿quién soy yo para recriminarle?

-¿Y no podías haber sido un poco más avispado

y, aunque sea en secreto, decírselo a mi padre?

Nos hubieses ahorrado todo este disgusto.

-Bueno.

Aquí el problema es, que tu hermano, además de mi cuñado, es mi amigo.

O traicionaba a uno o traicionaba a otro.

-Ah. Muy bien.

Muy bonito.

Así que preferiste traicionarme a mí, a tu futura esposa,

a la que va a ser la madre de tus hijos.

Mira, Víctor, que te zurzan, bonito.

¿Te apetece una copa de jerez?

He estado repasando nuestro catálogo de joyas.

Ya ves, una tarea rutinaria.

Habré visto esas joyas...

20, 40 veces.

Sin embargo, nunca dejo de asombrarme

del buen hacer de mi padre.

Por él.

Por mi padre. Por don Jaime Alday.

Repasando el género, se me ha ocurrido que tal vez,

la próxima vez podríamos hacerlo juntos.

Tú y yo.

Podrías ayudarme a comercializarlas.

Hacer que las joyas les entren a las damas por los ojos.

-Yo no soy una experta en alhajas.

-Pero tienes un gusto exquisito.

No necesitas más.

Y confío en tu sentido de la estética.

-¿De verdad?

-Jamás dejaría que nadie ocupase el lugar de mi padre

ni me aconsejara.

No hay nada en el mundo que me guste más que verte sonreír.

Que ver tu sonrisa.

-Gracias.

-No hay de qué.

-Sé muy bien que...

estáis preocupados por mí.

Diego y tú.

Os debo una explicación, y la tendréis.

Pero en su momento.

No me presionéis, por favor.

Necesito tiempo.

-Tendrás todo el tiempo que precises.

¿Vamos a dar un paseo? Prometo no atosigarte.

Te dejaré pensar.

-Voy a por mis cosas.

-Ah. He oído que vais de paseo.

Os acompañaré, si no os importa.

-Perdón, pero...

preferiría ir solo con Blanca.

-Sea.

Te concedo el deseo porque sé que eres todo un caballero,

al igual que tu señor padre.

Pero respétamela como si fuera la Virgen de la Luz,

¿entendido?

¿Hoy no cantas, Casilda? Siempre lo haces mientras riegas.

-Calle, señor. Que estoy que no me llega la camisa al cuello.

-Pues se acabaron tus temores, Casildilla.

Mira.

El boticario me ha recetado este compuesto.

Dice que termina con los piojos en un santiamén.

-No nombre a la bicha.

A ver si nos oye la señora y se monta la de Dios es Cristo.

Además, que tampoco cante victoria tan pronto.

¿Cómo va a conseguir usted que la señora se eche eso en la cabeza

sin preguntar lo que es el mejunje?

-Se me ha ocurrido una idea que no puede fallar.

Le voy a decir a la señora...

-Buenas.

Liberto, querido, sentémonos.

Anoche,...

Liberto,... me dejaste sola

en la cama de madrugada.

-Ah, sí. Es que me desvelé y decidí salir un rato a leer al salón.

-Ya.

¿Y no será que te estás cansando de mí?

Ya no te apetece dormir a mi lado.

-Por el amor de Dios, cariño. ¿Cómo puedes pensar eso?

No, todo lo contrario, mujer. Mira, precisamente...

Mira lo que traigo de la botica. -¿Qué es?

-Es un compuesto estimulante.

Vamos, lo que viene siendo un afrodisiaco.

-No.

-(RÍE)

-Sicalíptica.

Me chifla.

¿Y cómo se aplica?

No ilustres con gestos. -Ya.

-Hay que seguir todo un ritual

para preparar la habitación del pecado.

Con velas, aroma,

misterio...

Y luego...

Y luego ya tienes que ponerte esto en la cabeza.

-¿En la cabeza?

¿Seguro? ¿Solo en la cabeza?

¿Te has enterado bien?

¿Y tú no te lo aplicas?

-No, no, yo no, yo no.

Solo en la cabeza y solamente tú.

El boticario ha sido muy preciso en sus instrucciones.

-La ciencia avanza que es una barbaridad, ¿no te parece?

Lo probamos esta noche.

Ahora me gustaría que me acompañaras a dar un paseo por Acacias,

a ver si recabamos información sobre mi gargantilla, Liberto.

-Tus deseos son órdenes para mí, ya lo sabes.

Simón, aguarde un momento,

por favor.

¿Qué tal le va la vida, amigo?

-Me trata a golpes, la verdad.

Pero supongo que no soy ni original en eso.

-Vaya. Creí que con Adela

le había llegado la calma, que siempre viene tras la tormenta.

-Conmigo siempre es un poco más complicado.

No me pregunte por qué, pero es así.

Verá, por un tiempo, y por unas circunstancias que ahora

serían muy largas y tediosas de contar, pensé que Elvira

seguía viva.

Y mi relación con Adela digamos que... se ha resentido.

-No sé qué decirle.

Probablemente, mi mejor consejo es que no se dé por vencido.

Parecía usted tan ilusionado con ella, con Adela,

me refiero.

-¿Va todo bien? No deja usted de mirar la ventana

de su familia.

-Sí. Blanca.

La prometida de mi hermano. Lleva unos días un poco alicaída

y ni siquiera sabemos qué le ocurre.

-Una joven un tanto misteriosa.

Me provoca curiosidad, y no solo a mí,

todo el barrio se pregunta lo mismo.

¿Cómo llegó a su familia, cómo se conocieron con su hermano?

-Sí.

Sí que es inexplicable que nadie les haya informado de dónde viene.

Discúlpeme, Simón.

Ya seguiremos hablando.

-Que tenga usted una buena tarde.

-Tengo que hablar con usted.

Ramón está que trina con Antoñito.

-No es para menos, como que es su apellido el que está en solfa.

-Pues el comisario Méndez lo dejó muy clarito, ¿eh?

Si no devuelve todo el dinero, es muy probable

que tenga que ingresar en prisión.

-¿Y es mucho dinero?

-No sé la cifra, pero creo que es bastante.

-Ay, Antoñito, os trae por la calle de la amargura.

-Lo que pasa que...

que yo no puedo enfadarme con él, Celi.

Es que yo no lo he visto más alegre, más sencillo, más simpático,

más ingenioso.

-Un trapisondista es lo que es.

-(TRINI RÍE)

En fin. Dejemos de hablar de mí

y del sinvergüenza de Antoñito.

Dime. ¿Qué querías contarme?

-Pues...

que me van a hacer una entrevista

para una revista ilustrada

que se llama "Los Breves". -¿Qué?

Como mujer de futuro,

moderna, culta y elegante.

Creen que soy un referente para las mujeres del siglo XX.

Yo aprovecharé para hablar de los tintes, claro.

Publicidad gratuita. -Ay.

¡Vaya con Celita!

-Me han dicho

que es una revista ilustrada, me harán un retrato para publicarlo.

-Ay, como las artistas.

¿Y qué te vas a poner, lo has pensado?

-Pues no lo sé.

El periodista que me hace la entrevista

se llama Licenciado Castijón.

Es el mismo que ha entrevistado a María Guerrero.

-Bueno, bueno, bueno, Celia, eso son palabras mayores.

Ay, si te viera tu madre.

-Doña Celia, doña Trini,...

espero no importunar, la puerta del servicio estaba abierta

y me he atrevido a entrar.

-No pasa nada. ¿Qué deseas?

-Abonarle el tinte que me llevé ayer.

-Mujer, ya te dije que era un regalo.

-No, no, señora, no puedo aceptar.

Se lo agradezco de todo corazón,

pero para mí es capital pagar lo que consumo.

-Carmen, aprovéchate.

Que los compra a dos céntimos y los vende a peseta.

-(RÍEN)

-Normal que saque su beneficio. Tenga, señora.

-Espera, Carmen.

Ya sé lo que podemos hacer.

En lugar de pagarme, ¿podrías ayudarme esta tarde?

Es que tengo una entrevista en casa y...

-Lo sé, señora. Es que aquí las noticias vuelan.

Por fin se le van a reconocer a usted su afán y sus sacrificios.

Me alegro mucho.

Y estaría encantada de poder ayudarle.

-¿Crees que doña Úrsula lo verá con buenos ojos?

-Lo consultaré con ella.

Pero no creo que se niegue.

-Hazlo. Será mi pago por el tinte.

¿Te parece?

Lo lamento, Diego, pero en estos momentos

me resulta imposible perder el tiempo en charlas.

Tú mejor que nadie deberías entender mis prioridades.

Quiero ir a la iglesia, a rezar por el pronto restablecimiento

de tu padre.

-Deje de fingir.

Conmigo no hace falta.

A usted lo que menos le inquieta es la salud de mi padre.

-¿Qué sabrás tú, insensato?

No tienes ni idea...

de lo que significan las afecciones de las personas normales.

A ti lo único que te importa es quedar por encima de los demás.

Demostrar lo listo que eres.

-Ni siquiera hay que ser muy listo para entenderla a usted.

Es el prototipo de la ambición y el egoísmo.

-Lo que hay que escuchar.

Egoísta.

Yo.

Me desvivo por vosotros.

Por tu padre, por la familia.

-No me haga reír.

Ha demostrado que es incapaz de sentir amor,

inclinación o ni siquiera aprecio por su propia hija.

¿Cómo va a sentirlo por los demás? -No te consiento

que me hables en ese tono arrogante.

-Le hablaré como me dé la real gana.

Cuídese mejor que no le cuente a todo el mundo, por ejemplo,

quién es Blanca.

Usted sabrá por qué oculta que es su propia hija.

Pero sepa que yo puedo desvelarla.

Ay, no sé por qué me pica tanto la cabeza.

Debe ser el cambio de clima, los calores o algo así.

¿A ti no te pasa?

-¿A mí, qué dices? Rosina, ni hablar.

Ay que ver.

-Liberto, que no estamos hablando de los síntomas de la lepra.

-Gracias a Dios, la cosa no llega a tanto.

-Pero, pero ¿qué dices, qué estás diciendo?

¿Tú te estás escuchando?

-Claro que... A ver, ¿qué es lo que he dicho?

Pues he dicho que sí,

que seguramente será lo que tú dices, por los calores.

Tenga que ver con el clima o no,

este picor se te va a pasar tarde o temprano.

Ya lo dicen, que no hay picor que 100 años dure.

-Doña Rosina.

A usted la estaba yo buscando.

-¿A mí, por qué? ¿Le ha pasado algo a mi vivienda?

-No, no. A su propiedad no le ha pasado nada.

Siempre se pone en lo peor.

Aunque sí la busco en calidad de casera

y arrendadora de esa vivienda. -Ah, pues diga.

Dinero.

¿Y dice usted que mi piso está en perfectas condiciones?

-Yo no he dicho en perfectas condiciones.

Sigue en las mismas condiciones en las que usted me lo arrendó.

-Pues me temo que no entiendo el motivo

ni el destino de este dineral.

-Si deja que me explique...

-Sí, le dejo. Explíquese.

-Les comunico que en breve me ausentaré de la ciudad

por una temporada, aunque todavía desconozco

la duración de esa ausencia.

¿Y no tiene una idea aproximada?

-Pues no. Por eso me he permitido aventurarme.

Y le dejo abonada por adelantado la renta de tres meses.

-¿Y adónde va, si puede saberse?

-Poderse se puede.

Lo que no sé es si, conociéndola, se debe.

-Oiga.

Pero ¿qué trata de insinuar? -No insinúo, señora, afirmo.

No tengo por qué darle detalles de mis idas y venidas.

-Lo siento, don Arturo, pero no se altere con una dama.

Mi muy querida esposa no trata de fisgar.

Simplemente es su natural curiosidad.

-Yo solo indagaba en beneficio

de mi inquilino.

Porque, por ejemplo, es un suponer,

si le llega correspondencia, yo tendré que tener señas suyas, ¿no?

-Lo siento, señora, pero aún no sé dónde me hospedaré.

-Pues se arriesga usted mucho, caballero.

Se lo pondré más fácil.

Supongamos que usted no tiene dirección exacta,

tal vez pueda ayudarnos

si nos dice el nombre del pueblo, o la localidad.

Así yo podría mandarle su correspondencia urgente al ateneo

o al mismísimo ayuntamiento. ¿Qué le parece?

-Solo voy a decirle que estaré en el extranjero.

Y que no espero noticias, y mucho menos urgentes.

-Ah, disculpe, es que,...

se me olvida que está usted solo en el mundo.

-Lo dice como si fuera el protagonista huérfano

de un folletín. -Bueno, perdone que insista,

coronel, pero es mi deber como propietaria.

Si usted por esos mundos de Dios, nunca se sabe,

se viera obligado a prolongar su periplo,

¿quién me paga a mí el alquiler a partir de esos tres meses?

-Buscaré el modo, no se apure.

-Querida, vámonos yendo, ¿eh? Que cuando estás en compañía

tan dicharachera y amable, se te va el santo al cielo.

Don Arturo, con Dios.

Y, si no nos vemos antes, que tenga usted un feliz viaje.

-Muchas gracias.

(Graznido de patos)

María Luisa. ¿Tiene un momento?

Créame, no soy dada a enredos ni a indiscreciones,

pero es que tengo que preguntarle algo.

¿De qué estaban hablando Simón y usted esta mañana?

Es que, cuando me acerqué les noté algo incómodos.

-¿De verdad necesitas saberlo?

Me dio la sensación de que usted nos escuchó hablar,

así que dejemos las cosas como están.

-No, no se vaya.

No se vaya.

Primero déjeme hablar y, luego, decida si me responde o no.

Mi vida no ha sido fácil, ya lo sabe usted.

Pero... es que nunca, nunca me había sentido tan mal.

Nunca había sufrido tanto hasta ahora.

Quiero a Simón.

Y mucho.

Pero empiezo a entender que...

que no me corresponde.

O al menos él no me quiere como yo le quiero a él.

-Por mucho que yo comprendiera su situación y empatizara con usted,

entiéndalo,

no estaría bien que yo le contara lo que Simón me ha confiado a mí.

-Dígame solo una cosa.

¿Cree que Simón cuenta conmigo o que sobro en su vida?

-Adela, no voy a traicionar a Simón.

Pero nada me impide darle mi opinión.

No quiero ser dura ni cruel, pero...

-Por favor, hable sin cortapisas.

Dígame la verdad sin miedo a cómo pueda afectarme.

-Usted... llegó a Simón como,...

como un torbellino, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo.

Lo que quiero decir es, que cuando usted

se acercó a Simón, él aún estaba de luto por Elvira.

Y su ansia de usted no le permitió respetar su duelo

ni los momentos de fragilidad por los que estaba pasando.

Y Simón, solo para huir de su soledad y desamparo,

le dijo lo que usted quería oír.

Incluso quizá le dijo que la quería, no sé, da igual, no importa.

Lo que estoy segura...

es de que Simón sigue amando a Elvira.

-Pero Elvira está muerta.

-Pero su amor va más allá de la muerte.

-Entonces, ¿qué puedo hacer?

-Pues preguntarse a sí misma hasta dónde está dispuesta a llegar.

Tiene que decidir si tiene fuerza

para luchar contra ese amor puro de Simón y obrar en consecuencia.

Querido. Aquí la tenemos.

-Supongo que vienes a explicarte, muchacha.

-Sí, señor. No estará Casildilla, ¿verdad?

-Estamos los que ves. -Pues mejor.

Es que me da un poco de apuro. ¿Saben ustedes?

Estoy muy arrepentida.

Que no estaba en mi ser, vamos, en mis cabales, como quien dice.

-Si crees que eso es excusa...

-Ah, pues la verdad es que...

pensaba que sí, que iban a ser ustedes legales

y que me iban a perdonar, aunque fuera un poquillo.

-Lolita, ya sabes que yo en un primer momento te defendí.

Primero la estropeas; luego, por si fuera poco, te la roban.

Es que eres un desastre, hija, ¿qué quieres que te diga?

-No te precipites, Rosina, te lo ruego.

Escuchemos lo que tenga que decir.

-No es precipitación, querido.

Quiero que Lolita aprenda que los actos tienen sus consecuencias.

En definitiva, Lolita, con un servicio como el que tú nos prestas,

¿quién necesita servicio?

-Lo sé, señora, lo sé. Pero es que una no es despistada,

que solo ha sido una vez.

-Pero te ha pasado con una gargantilla mía,

regalo de mi querido esposo. ¿Qué vamos a hacer contigo?

-Lolita no tuvo nada que ver con ese fiasco.

Fui yo... quien se llevó la gargantilla.

-¿Se puede saber qué haces aquí, Antoñito?

-La puerta estaba abierta, no he allanado la vivienda.

Bueno, he entrado sin llamar.

-Como haría cualquier ladrón, ¿no? -No adelantemos acontecimientos,

Rosina.

Espero que tengas una buena explicación.

-No sé si a doña Rosina le va a parecer buena,

pero sí que tengo una explicación.

La joya la cogí para poder enterrar a una pobre mujer

que llevaba dos días de cuerpo presente

y, así poder aliviar el dolor de su familia.

Liberto estaba al tanto de la situación.

-Eres un mangante y un ladrón.

Ya me extrañaba a mí que Lolita fuera tan calamidad.

-Uy, pues lo ha disimulado usted muy bien.

-Y meter a Lolita en semejante disparate...

-No, no, señor, que una se metió sola.

-Porque es la mejor mujer del mundo.

Y yo, un indecente que no le llega ni a la suela del zapato.

-Tú lo has dicho. Y ahora, ¿qué vas a hacer?

Porque tus soluciones ya las conozco.

Como dice tu padre,

¡tapar un error con un error más gordo!

-Recuperaré la joya. Está empeñada en el Monte de Piedad.

-Me has decepcionado, Antoñito.

Tengo la sensación de que te has reído en mi cara.

Me desviví por asesorarte.

Por aconsejarte en el manejo de tus pólizas

y mira cómo me lo pagas. -¿Pagar?

No sabe lo que significa esa palabra.

Olvídate, no va a recuperar mi gargantilla.

¿Cómo conseguirías el dinero?

En Acacias, todo el mundo sabe

que hasta con denuncias formales,

de ti no se consiguen más que palabras.

-Cómo lo conseguiré es mi problema. Pero descuide

que usted recuperará su joya.

-¿Sabes qué te digo? Que tal vez ni así consigas mi perdón.

Porque ya no solo se trata del valor material de la joya,

se trata del dolor que me ha conllevado su pérdida.

Es que, Antoñito, ¿eh?, mira, no sé.

-Bueno, de momento, y mientras vemos si eres capaz

de devolver la gargantilla,

mantendremos este asunto en secreto.

-¿Cómo es posible que de un padre tan cabal, tan íntegro, tan bueno,

salga esta astilla con semejante desfachatez?

¡Es que no lo entiendo!

-Vamos a darle un margen de confianza, querida.

Por cierto, Rosina, que he estado pensando que,

aunque sea para que te relajes un poco,

¿no te gustaría probar el ungüento afrodisíaco?

-Qué atento, querido.

Pero mejor no. Mejor lo probamos esta noche, ¿eh?

Ahora voy a salir un poquito yo sola.

Necesito que me dé el aire.

-Ah.

Vaya, qué casualidad.

Doña Rosina y la bella María Luisa que vienen a hacernos compañía.

Siéntense, por favor. -Gracias.

-Preciosa tarde.

¿Verdad, señoras?

Parece que se ciernen nubarrones por el oeste.

-María Luisa, hija, ¿ya han llamado a declarar

a tu hermanito?

Dicen que las denuncias se acumulan en comisaría.

-Abuela, parece mentira que con la experiencia que usted tiene,

se deje liar por habladurías. No llegará la sangre al río.

Créanme.

-Sí, esperemos.

-Ahora traigo chocolate para las recién llegadas.

Estás muy bella.

Con tu permiso, hermanito.

¿Más tranquila?

Ya tendremos tiempo de hablar.

¿Pedimos algo?

-Voy a lavarme las manos. Enseguida vuelvo.

-Samuel... sufre por ti.

Te ve muy frágil.

Pero yo sé que eres mucho más fuerte de lo que aparentas.

Cuéntame la verdad, Blanca.

Lo que viste, lo que recordaste en la residencia.

Eso que te tiene tan amargada.

No tengas miedo de Úrsula.

Cuéntanoslo todo, sin secretos.

Nosotros te protegeremos.

No te dejaremos sola. Samuel por supuesto,

pero yo también.

¿Es que no te parte el alma ver a tu madre impune?

¿No se te remueven las tripas

ver que hace y deshace a su antojo,

sin tener a nadie en cuenta? Ni a mi padre ni a ti.

-Diego. Blanca.

Venid a sentaros con nosotras.

Tenemos una tertulia muy amena.

Ah, ¿también está Samuel? Mejor.

Venid, comportémonos como una familia.

Será mejor que pasemos dentro.

Estaremos más cómodos y podremos hablar tranquilamente.

-Yo le preparo la mesa. -Gracias.

-Me parece buena idea.

Estoy dispuesta a hablar...

de todo.

¿Cómo estoy?

-Estás espectacular. -¿Sí?

-Bueno, ni la Eugenia de Montijo y la Pompadour juntas

estuvieron nunca más guapas que tú. -¿Y el collar, me lo pongo?

-No. No, no. Con el collar es excesivo.

A ver si el licenciado este va a pensar una cosa que tú no eres.

-Ah, no, no, no, no. Pues sin collar. Ay.

Claro, como no está Simón...

Carmen, por mucho y buen empeño que le pone, no conoce mis gustos.

-Celia,...

tranquila. Está todo perfecto.

Todo va a salir bien. Respira.

-Doña Celia, para lo salado,

¿ofrezco otras clases de vino o se arreglan con el jerez?

-Pues no sé.

Lo mejor es el jerez, pero...

ten preparado una de tinto y otra de blanco, por si acaso.

-Y, para lo dulce, ofrezco de inicio el té, ¿verdad?

-Pues te digo lo mismo. Es lo usual.

Pero dispón la cafetera, por si acaso el Licenciado Castijón

prefiriera café.

-Celia, tranquila, que estás muy nerviosa.

-Expectante, más bien. No todos los días

entrevistan a una mujer,

en razón de sus logros.

-Hija, no te preocupes,

que tú vales mucho más que el reportero ese.

Le he preguntado a Ramón y, aunque no se acuerda muy bien,

dice que el nombre le suena de un escándalo de hace años.

-Pues no será grave si trabaja en la revista.

-Bueno, por lo que me ha contado,

este señor es capaz de hacer cualquier cosa por destacar.

Por conseguir una primera plana.

Mira, si quieres, yo me quedo contigo

durante la entrevista y, así nos aseguramos

de que todo salga bien. -Ah, no, no.

Ni hablar, me pondría más nerviosa. Déjame sola, Trini.

Al fin y al cabo, me entrevistan por ser una mujer capaz,

que no necesita a nadie

para salir adelante. -Mujer,...

no soy tu marido, solo soy una amiga.

-Ni marido, ni amiga ni perrito que me ladre.

Déjame sola, Trini.

Venga, y ahora vete. Cuando acabe te cuento.

-Está bien.

Como quieras. Mucha suerte.

(Llaman a la puerta)

-Voy, señora.

-A ver, tranquila.

Estás perfecta.

-El licenciado Castijón,

doña Celia.

-Encantada, licenciado.

Le presento a mi amiga Trini. Que ya se iba.

-Sí. Encantada, licenciado.

Me voy.

-Carmen,...

sírvenos dos copas de jerez, por favor.

¿Le gusta el jerez, licenciado?

-Me apasiona.

-Sentémonos, por favor.

Reconozco que me hace ilusión que me haga una entrevista.

Pero al mismo tiempo, me da un poco de apuro.

Nunca me he creído merecedora de un reportaje.

Como siempre entrevistan a actores y toreros...

-(RÍE)

-Señor, perdóname.

Pues sí que tarda Víctor.

Y, dígame, ¿cómo sigue su señor padre, don Jaime Alday?

-Muchas gracias por el interés, señora.

Permanece estable y fuera de peligro.

-Nos alegramos mucho.

Ustedes son vecinos recientes.

Pero nosotras ya les consideramos

como de toda la vida.

Sus referencias... son inmejorables.

-Ay, mi amado Jaime.

Deberían haberle conocido en sus mejores tiempos.

Todo sensibilidad

y talento.

Es injusto que haya terminado así,

ahora que por fin ambos habíamos encontrado la felicidad.

-Doña Úrsula está enamorada del amor.

Le sobra cariño para dar y regalar.

-Parece que conoce usted muy bien a doña Úrsula.

-Y también parece que tienen mucha confianza ustedes.

-No se equivocan.

Nos conocemos largo y tendido.

-Les ruego que me escuchen un momento.

Seré breve.

Bien saben ustedes

lo dura e implacable que puede ser nuestra sociedad con aquellos

que no se someten a sus normas.

En especial para las madres que,

digamos que de alguna manera,

se han salido del carril.

Algunas lo han aprendido en sus propias carnes.

Entre ellas... yo.

Yo también,...

como muchas,...

me vi forzada a callar,...

a ocultar la verdad.

Incluso a mis mejores amigas...

no les he dicho una parte importante de mi vida.

-Pero ¿a qué se refiere?

¿Qué es lo que no nos ha contado?

-Blanca, aquí presente,...

es...

mi hija.

Señora, perdóneme por lo que le voy a hacer.

Pero no tengo otra alternativa.

-"¿Por qué todo me sale tan mal?".

"Es que no sé cómo voy a salir de esta".

-Bueno, alguna solución encontrarás.

Que Dios aprieta

pero no ahoga. -Pues conmigo

se está pasando varias leguas. No sé cómo voy a salir

de este entuerto.

-Lo mismo hay alguien que nos puede echar un cable.

-"Adela,..."

debería... denunciar el secuestro.

-Es que es sobre eso.

Todo es mentira.

-¿Qué?

-Que me lo inventé.

Que nadie me secuestró.

Que ese hombre no existe. Que nadie me hizo daño.

-"Don Arturo me ha pagado tres meses"

de alquiler, porque se va de viaje fuera de España.

-A saber dónde va a ir ese.

-Yo misma te lo puedo decir.

He estado indagando. He dado con un cochero

que llevó al señor Valverde a las oficinas de una naviera

para comprar un billete nada menos que a Turquía.

Susana, ¿no te parece de lo más chocante?

¿Cómo no me he dado cuenta antes?

-"Castora,..."

desde que mi hija te vio,... está aterrorizada.

-Es de entender que no le traiga buenos recuerdos.

-La conozco bien.

Tiene un carácter imprevisible, como el de un volcán.

-Yo diría que la tiene a punto de explotar.

-"¿Qué piensas hacer, Blanca?".

¿Estáis tramando algo juntas? -Estás molestándola, déjalo ya.

-No os vais a marchar hasta que me conteste.

¿Estás confabulada con tu madre? -Pero ¿cómo se te ocurre decir eso?

-Porque es evidente que a ti parece no importarte

el estado de mi padre.

Ni que esa malnacida siga siendo su esposa.

Tu querida madre, ayer,

contó a las señoras un cuento de brujas y princesas.

Y tú ahí, tan fresca, sin decir ni pío.

Blanca,

no me fío de ti.

  • Capítulo 598

Acacias 38 - Capítulo 598

11 sep 2017

El comisario Méndez advierte a Antoñito que puede tener problemas con tantas denuncias. Lolita y Antoñito se disculpan con Liberto y Rosina por el robo de la gargantilla. Casilda pide ayuda a Liberto para acabar con los piojos de Rosina. Celia cuenta a Trini que el periodista le hará un retrato.

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