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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 584 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué es esto?

¿Qué está ocurriendo?

-Es la tierra, que tiembla.

-Sí, sí.

Ha sido solo una sacudida.

-Sí, pues en el terremoto de Málaga del 84 dijeron lo mismo

y murieron un millar de personas. -Sí.

Esta mujer no tiene punto débil.

-Intuyo dónde puede guardar algo que sea de nuestro interés.

-¿Tienes idea de lo que puede ser? -No. Pero me fijé

que en la mudanza guardaba algo en un maletín,

que guarda con recelo y de lo que no se separa.

-Difícil encontrarlo.

Tu señora madre es muy precavida.

-No, no lo es tanto.

Está cerrado con llave.

-Ten cuidado. Si rompes la cerradura, se va a dar cuenta.

(Puerta cerrándose)

Rápido, va a entrar. Mételo en el cajón.

"Carmen,"

toma las llaves y sube a casa.

No quiero que el señor esté solo tanto tiempo.

-"Después de tanto tira y afloja,"

me voy a ir de Acacias.

Yo creo que es lo mejor para los dos.

-Me alegro de que haya tomado esa decisión.

Que...

a mí también me parece de lo más cabal.

-"Disfruta de la procesión,"

yo me encargo del señor.

Yo me encargo, tranquila.

-"El compromiso no es un truco para conseguirte".

-Eres un buen hombre, Samuel.

Y yo me he portado como una ilusa.

No he visto que lo que ocurre

es imparable.

Tengo que presentarte a mi hermano.

Diego, ella es Blanca, mi prometida.

-Encantado de conocerte.

Hermano, no me habías dicho que tu prometida fuese muda.

-Se equivoca,

no lo soy.

Es que estoy pendiente de otras cosas más interesantes que su persona.

-Ya ves que no le falta ingenio. -Así es.

Veo que ya que sí que puede hablar y que vamos a ser familia,

deberíamos tutearnos.

-No veo inconveniente.

Os dejo solos.

Es de suponer que tenéis de lo que hablar.

-Nada tenemos que ocultarte.

Tenemos mucho tiempo para ponernos al día.

-No tanto.

Imagino que Diego querrá darse un baño con urgencia.

-Veo que te incomodan mis ropas sucias.

-Es a ti a quien deberían hacerlo.

El caballo parece más aseado que tú.

-El viaje de las montañas Hindú Kush, en Afganistán,

no resulta fácil ni cómodo.

Uno no encuentra oportunidad de acicalarse como en la ciudad.

-Querido cuñado, nada sabes de mí,

quizá el lugar de donde yo venga

sea más duro que esas exóticas montañas.

Os veo en casa.

Bueno, ¿qué te ha parecido mi prometida?

¿Acaso no es adorable?

-¿Adorable? No sé si es la palabra.

Dejémoslo en que es todo un carácter.

-Sí. Pero solo comparable a su belleza.

¿Qué me has traído esta vez de tus largos viajes?

-Ahora mismo te lo enseño, pero te advierto una cosa:

ninguna de las joyas

es comparable a tu prometida.

Dime qué te parecen.

-Son simplemente asombrosas.

Te has vuelvo a superar, querido hermano. Las piezas

que hagamos con esto, van a aumentar aún más nuestro prestigio.

Lástima que nuestro padre no esté en condiciones de verlas.

Le habrían encantado.

-¿Cómo está?

-Mal.

Atrapado en una silla de ruedas sin poder hablar.

Ya no parece el hombre que era.

-Me gustaría verlo cuanto antes.

¿Siempre hay tanto movimiento en esta calle?

-No. Pero hoy hay procesión.

(Puerta)

(Puerta)

¿Es que no va a abrir nadie?

(Puerta abriéndose)

El señor Arturo Valverde, que se empeña en verle.

-Está bien, Lolita, puedes retirarte.

¿Puedo ofrecerle una copa? -No es una visita de cortesía.

Vengo buscando a su hijo.

-¿Y puede saberse con qué motivo?

-No le encuentro por la calle y hoy cumple el pazo pactado.

-No sé de lo que me está hablando, pero mi hijo está indispuesto.

Tendrá que esperar a que se recupere.

-Su hijo es un miserable cobarde,

una alimaña.

-Señor, no le consiento que se refiera a él

en semejantes términos. -Es de suponer

que no está al corriente del asunto.

Su hijo me enredó para que le dejara invertir mi dinero en la bolsa,

pero todo ha sido humo, no hay negocio, todo es una estafa

y su hijo un farsante.

-¿Cómo puede usted decir tal cosa?

El negocio de la bolsa va viento en popa.

Usted mismo me dijo en persona que estaba contento con el resultado.

-Antoñito nunca pisó el suelo de la bolsa, nunca compró acciones.

Iba recaudando dinero y gastándoselo.

Si alguien le pedía los intereses,

buscaba a otro primo para sacarle dinero.

Una pirámide de engaños.

-¿Cómo pudo haber cometido semejante desfachatez?

Cuando más de dos le pidieran lo dividendos,

el tinglado se vendría abajo.

-Yo he sido muy indulgente,

le he dado un mes de plazo para reparar su error,

pero, si no da la cara, no tiene lo que me debe.

-Estoy abrumado, no sé qué decirle. -Yo si sé

qué decirle.

Antoñito debe pagar con su sangre en un duelo.

Es la única reparación a la que puedo aspirar.

-No, no, no, por favor, espere un poco más.

Deme más tiempo. -Está todo dicho.

Mi paciencia tiene un límite y su hijo lo ha rebasado.

Espero que le transmita mi mensaje.

Y lo siento por usted, don Ramón, es un hombre de bien.

Con Dios.

Debo darme prisa,

la procesión de los Milagros no tardará en comenzar.

¿Le sucede algo?

-Estaba pensando que a la procesión es donde debería ir yo

y no estar probándome prendas indecentes.

-¿Indecentes?

-Discúlpeme, discúlpeme, no quería ofenderla.

De verdad, la prenda es hermosa, es muy hermosa.

-No, si no lo ha hecho.

Es normal que se sorprenda de un salto de cama como ese.

-Sí.

No es la moda que acostumbraba a ver en el convento.

Bastante vergüenza pasé ya

cuando doña Susana me tomó las medidas.

Y ahora, me sonrojo de pensar que tengo que volver a ponérmelo.

Si la madre superiora me viera... -Buena penitencia le impondría.

-No lo dude ni un segundo.

Me tendría rezando Ave Marías hasta el fin de mis días.

-Mujer, no debería tener tantos reparos.

Es una prueba, no tiene que llevarlo. -No, no.

Dios me libre. -Además, piense

que Susana será la única que la verá con él puesto

y solo un momento, lo suficiente para ajustarle medidas.

¿Me ayudará?

-Está bien, está bien, me lo probaré.

-Se lo agradezco de corazón.

-Pero le ruego hacerlo cuanto antes.

Así podré incorporarme a la procesión y rezar a la Virgen su perdón.

-No hay falta alguna que deba perdonar.

Pero no seré yo quien cohíba su devoción.

Vamos a buscar a Susana, a ver si accede

a probárselo de inmediato.

La procesión está a punto de empezar, padre.

-Imagino que querrá bajar y reunirse con su esposa.

Mejor será que esta conversación la dejemos para otro momento.

-De ningún modo.

Vamos a aclarar todo esto de una vez por todas.

¿Es verdad que tus inversiones en bolsa no son más que un estafa,

como segura el coronel?

-No es fácil de responder.

-Pues para mí es muy sencillo: sí o no.

No hace falta ni que me contestes,

si no eres capaz ni de mirarme a la cara.

Me siento humillado,

ridículo.

Voy a ser el hazmerreír de la ciudad. -No, padre, no diga eso.

-¿Acaso estoy mintiendo?

He hablado de mi hijo con orgullo,

he alabado tus dotes empresariales.

Y resulta

que no eres más que un ladrón, ¡un vulgar timador!

-Siento haberle defraudado.

-¡Has hecho mucho más que eso!

¡Te has burlado de mí, me has mentido!

Mírame a la cara cuando te hablo.

Y además de ratero, estúpido.

¿Cómo se te ocurre mezclar en tus tejemanejes al coronel Valverde?

¿Pero acaso has perdido el oremus?

Ese hombre no se anda con chiquitas.

¡Cobrará con sangre tu deuda si es preciso!

-Descuide, padre.

Ha sido un malentendido. Yo me encargaré de arreglarlo.

-¿Y ahora tratas

de seguir engañándome otra vez?

¡Sé un hombre por una vez en tu vida!

¡Abandona tus embustes,

abandona tus lloriqueos!

¡Afronta de una vez todo esto!

¿O es que ni tienes honor

para eso?

-Padre...

Padre, padre, ¿qué le ocurre?

-Que tenerte como hijo va a terminar por costarme la vida.

Tráeme un vaso de agua, haz el favor.

¡Templa!

¡Templa, bonito!

¿Qué te pasa que estás tan agitado?

Esto no es normal,

es un animal de lo más sosegado.

-Será que ha notado la cercanía del demonio.

-¿Una de esas mujeres es Úrsula? -Aquella que se acerca a la reunión.

-Úrsula.

¿Se encuentra bien? Parece haber perdido la color.

-Sí, sí, estoy bien. Es solo que temía no llegar pronto

a la procesión. -A punto estuvo de hacerlo.

Va a empezar

en un santiamén.

-Doña Úrsula,

¿querría llevar la imagen de Nuestra Señora de los Milagros?

-¿Yo?

Es usted muy amable,

pero podríamos llevarla juntas.

-No, no es menester.

Llévela usted.

Yo iré detrás.

-Oh, gracias.

-¿Ha visto, madre,

qué forma más sutil ha tenido Trini

de negarse a ir a su lado? -Sí.

Susana.

¿Tendrías un momento

para hacerle a Adela la prueba del vestido ese que ya sabes?

-¿Y tiene que ser justo ahora? Queda nada para la procesión.

-Será solo un momento. Si te apuras, llegarás a tiempo.

Es que Adela quiere hacerlo antes de la procesión

para pedirle perdón a la Virgen.

-Bueno, como no ha llegado el párroco, vamos deprisa.

-Adela,

se lo agradezco mucho. Sé que es un esfuerzo.

-Descuide, es lo menos que puedo hacer por usted.

Pobre pago después de brindarme su techo y su estima

cuando más lo necesitaba. -Adela,

¿qué entiende por tener prisa? Vamos, que nos pilla el toro.

-Sí, ya voy.

¿Es que no podéis dejar la faena para otro momento? Llegamos tarde

a la procesión. -Primero obligación y luego devoción.

-Es cierto, pero como yo he cumplido con las mías,

me marcho a la procesión. -Me dan ganas de irme con usted

y dejar a este par de mastuerzos.

-Templa, que llegaremos a tiempo.

-Por mí, ya habríamos acabado.

No sé qué hacemos aquí.

Se ha empeñado en el coronel en que verifiquemos

los ruidos que se escuchan en la cocina.

-No hay ninguna razón que los justifique.

-Oye, lo mismo es que hay fantasmas.

-Ay, qué horror, no diga eso.

Oh, bueno, ¿os imagináis? Puede ser el ánima de la Cayetana.

-Tranquila, canija. Que, al parecer, se escuchan crujidos,

pero no arrastrar de cadenas. -Igual los aparecidos

están mal de las tripas.

-Al final, con tanto palique, voy a llegar tarde.

-Ay, aquí estáis todos.

Os buscaba. Tenemos que hablar.

-¿También a mí? Marchaba ya.

-Aguarde una migaja, que no voy a tardar.

-¿Qué es lo que quiere usted decirnos?

-Le he estado dando vueltas a la mollera pensando que,

en verdad, fuisteis vosotros los que me comparabais las flores.

Y me he dado cuenta

de que gracias a vosotros

es la primera sonrisa que tengo desde hace mucho tiempo.

Ha sido un bello gesto.

-Es lo menos que podemos hacer por usted.

Es nuestra familia.

-Y así lo siento, Martín.

Y no le he dado las gracias a Carmen.

Señora Carmen,

es usted una señora.

No por lo que fue,

sino por ser tan buena gente.

-Usted me rescató de la calle

cuando solo quería morir en aquella plaza,

famélica y sin un mendrugo de pan que llevarme a la boca.

-Aquí tenemos que socorrernos los unos a los otros.

Pero, ojo,

no volváis a hacer nada parecido.

Que vosotros no tenéis mucho "moneys"

como para dejároslo en flores.

-Bueno, si conseguimos que usted estuviera distraída

y que sonriera, el parné ha sido bien invertido.

-Bueno, y si también es feliz con menos dispendio, mejor que mejor.

-Lo importante es que olvide tanta desdicha.

-Eso ya es harina de otro costal. "Na" he olvidado de lo que ha pasado.

De hecho, todavía tengo alguna factura pendiente.

Pero bueno, os prometo que trataré de animarme.

Quiera o no,

la vida sigue.

-Claro que sí, "señá" Fabiana.

Y aquí nos tiene para todo.

(Ruidos)

Quietos.

¿Habéis oído ese ruido?

Ha venido del techo. Al final, va a tener el coronel razón.

Uy, que aquí me suena estoy muy raro.

(Puerta cerrándose)

Don Jaime,

traigo estupendas noticias:

su hijo Diego acaba de llegar a la ciudad.

Está abajo, en un carruaje.

No necesita decir nada para que entienda lo mucho que se alegra.

Su rostro se ha iluminado de repente.

Cada vez somos más los que estaremos a su lado,

protegiéndole en todo momento.

Verá cómo salimos de esta situación.

Encontraremos la manera de apartar a Úrsula de nuestras vidas.

Quizá...

esté más cerca de lo que pensamos.

Veamos qué esconde ahí.

Me voy escopetada. Ya sabía yo que iba a llegar tarde.

Les espero en la calle, para ver la procesión.

-Bajamos en un suspiro, Carmen.

-Yo no estaría tan segura.

(Ruidos)

Ahora sí que lo he escuchado. -Sí.

¿De dónde vendrán

estos malditos ruidos?

Servando, ¿no será cosa de las cañerías?

-¿Qué "tontás" dices? Las cañerías funcionan como servidor.

-Sí.

Entonces funcional a trompicones y desgastadas,

¿no, Servando? -Que no, taruga,

que iba a decir a la perfección.

Hombre, Pablico,

¿tú qué haces por aquí? -Venía a ver a Casilda.

Carmen me dijo que estabas aquí.

-No te ha engañado, aquí estoy. ¿Qué quieres?

-Saber si has podido cumplir mi encargo.

-Sí y no, a medias, vaya.

Fui a la sastrería, a la que me indicaste,

lo que pasa es que los trajes

no estaban terminados. Pero te los termina en un periquete

y los manda a casa con un par de mozos.

-Oye, perdona la pregunta, Pablo,

¿pero estás de uñas con doña Susana, que no le has encargado la ropa?

-No, es que ella no está acostumbrada

a hacer trajes así. -"Pa" chasco que sí.

La verdad, es que son la mar de raros, por lo que vi.

No sé para qué te compras eso.

-¿Sabéis guardar un secreto?

-Yo por Servando no pongo la mano en el fuego,

pero por todos los demás sí.

-Tengo planeado hacer un viaje con Leonor mañana mismo.

Ya tengo los billetes de tren y de barco.

-¿Y por qué tanto secretismo?

-Porque ni ella sabe dónde es.

Es un sitio especial y exótico. -No me digas más:

¿Murcia?

-Eh... Martín, hombre,

Murcia exótico pues... pues no creo.

No sé. -Ya.

Y tampoco se puede ir en barco.

-Digo yo que si das un rodeíto... -Que no es Murcia,

es la isla Margarita. -Arrea, ¿y eso dónde está?

-Pues está en el estado de Nueva Esparta,

está rodeada de playas paradisíacas y sus perlas son muy conocidas.

-¡Arrope! "Ende luego", que menudo viajecito

os vais a echar al coleto.

-Sin duda, os lo merecéis. -Oye,

si Cuba no te pilla muy a traspiés,

te podría dar una carta y unos chorizos y se lo llevas a Paciencia.

-Hombre, no creo que Cuba quede tan cerca como usted cree.

-Ah, claro. -Otra vez esos crujidos.

-No, esto... Estaba pensando yo que esto, al final,

van a ser la tuberías, eh.

-¿Ah, sí? Pues es lo que estaba diciendo mi Martín hace un rato.

-Martín, Casilda, venid conmigo. ¿Te importaría quedarte aquí

para comprobar mientras golpeamos las tuberías

a ver si se escuchan ruidos? Toma, con esta...

Venga, vamos.

-Os merecéis ese descanso, Pablo.

Tanto tú como tu esposa habéis pasado por muchas calamidades.

-Se lo agradezco, Fabiana.

-Pero antes de que te marches, debo decirte algo.

Algo que...

lo mismo te hace abandonar la idea de embarcarte, hijo.

Al fin.

¿Qué es todo esto?

"Marión Coppee,

internado de Appenzel, Suiza".

"Querida Blanca,

los días sin ti se hacen insoportables

y a mí mente vienen los versos de Lord Byron".

"Cuando nos separamos,

en silencio y con lágrimas,

con el corazón medio roto para apartarnos por años,

tu mejilla se volvió pálida y fría,

más frío tu beso".

"En verdad,

aquella hora

predijo el dolor de esta".

¿Qué le sucede, madre? Parece preocupada.

-¿No has notado nada?

-No.

¿A qué se refiere?

(Relincho)

Templa, templa, bonito.

-Deberían llevarse a ese caballo. -Bueno,

quizá quiera formar parte de la procesión.

-Eso si empieza

alguna vez. Más que de los Milagros, debería llamarse de la Paciencia.

-Ay, descuide, Úrsula.

Lo hará en cuanto lleguen el sacerdote y Susana,

solo faltan ellos.

Ponga el caballo hacia atrás, va a pasar la procesión

y está muy nervioso.

Me cuesta imaginármelo.

Jaime Alday, el joyero, es el verdadero padre de Cayetana.

-Así es, muchacho.

Yo no te miento.

Pablo,

bien sabe una que tú y yo

hemos tenido nuestras diferencias. Era inevitable que el amor

que yo le tenía a mi hija nos distanciara.

-Fabiana, yo siempre la he tenido en alta estima.

Nunca la he considerado responsable de su hija.

-Yo también te tengo a ti por hombre de bien.

Y yo sé, como le pasaba a tu madre, que en paz descanse,

que tú no confías en Úrsula ni un ápice.

Esa mujer lo urdió todo para casarse con el padre de Cayetana.

Y no es una simple casualidad que estuviera allí

el mismito día del incendio.

-A ver, Fabiana, ¿qué trata de sugerir?

¿Que ella le llevó allí? ¿Que Úrsula está detrás del incendio?

-Tú lo has dicho, hijo.

Nadie parece creerme ni un solo palabro.

Piensan que la pena me hace hablar así.

Aparte, la Úrsula

me hundirá con sus infamias si insisto,

pero con un señorito como tú, sería bien distinto.

Porque tú me crees, ¿verdad?

-Fabiana, aunque fuese así, ¿qué puedo hacer yo?

-"Quia", ¿aún no lo sabes? Ayudarme a desenmascarar a Úrsula.

¿Vas a marcharte así? ¿Vas a permitir que esa mujer

se haga dueña y señora de estas calles,

que no pague sus crímenes?

-Mi madre, en varios momentos,

ya me previno en su contra, pero...

-Y en tal caso,

¿puedo contar contigo?

¿Retrasarás tu viaje, hijo?

-Fabiana, de momento, no prometo nada. Tengo que pensarlo.

-Bueno, yo no te pido más.

Sé que harás lo correcto.

Mira, Pablo,

lamento habértelo contado todo justo antes de tu partida,

pero me veía en la obligación de tenerte al tanto.

¿Vienes a la procesión?

-Enseguida, sí. Vaya usted bajando.

¿Has escuchado algo, Pablico?

-¿Escuchar el qué?

-¿No te jeringa? Estamos "aviaos".

Están Martín y Servando golpeando las cañerías para ver si viene

el ruido de allí. Anda, que menudo ayudante se han echado contigo.

-Perdón, Casilda, estaré más atento. -Pues eso espero.

Aquí nos van a dar las uvas. Les diré que vuelvan a golpearlas.

(Crujidos)

Disculpe. No sabía que estaba aquí.

Dejo los trapos y me voy. Quería marchar a la procesión.

-Aguarda, Lolita.

Tú y yo tenemos que hablar.

-"Pa" chasco que sí.

Pero antes, déjeme que sea yo la que empiece.

Tenemos que olvidar esto que ha pasado.

Ya se lo dije,

es lo mejor para los dos.

-Lolita, yo... -Espere.

Déjeme terminar.

Pero eso no quiere decir que tenga que poner tierra de por medio.

Lo lamento si le he hecho creer que era lo que quería.

Usted tiene aquí su familia y su casa.

-¿Puedo hablar?

Antes de nada, quiero que sepas que, sea lo que sea que pase con mi vida,

no... no tiene que ver contigo.

-No le comprendo.

-Ha llegado el momento de enfrentarme a ciertas cuitas,

no puedo seguir escondiéndome.

-Se explica como un libro cerrado.

-Lolita, intento decirte

que a lo mejor tú y yo

no volveremos a vernos.

Pero quiero que sepas que no es culpa tuya.

Y... te pido perdón.

Por si te he molestado o si te he importunado, pero,

al parecer, es parte de mi naturaleza.

Al final, siempre acabo haciendo daño a la gente que me importa.

-¿Entonces se va de esta casa?

-Algo así.

Pues ya está, ya hemos terminado.

Ya está casi listo.

-¿Puedo quitarme el salto de cama? -Sí.

A no ser que quiera dejárselo puesto. -No.

No, por Dios. -Me parecía.

Vístase con algo decente

de una santa vez.

Yo he de irme, no sea cosa que llegue tarde a la procesión.

Simón estará por ahí fuera.

Le diré que esté al tanto y que eche el cierre.

-Entonces me daré prisa.

¿Puede cerrar la puerta?

-Claro.

-Gracias.

Doña Susana, por fin aparece. A punto estábamos de comenzar sin Vd.

-Pensaba ser la última en llegar.

-Susana, ¿qué vestido precisa de tanta urgencia?

-¡Uy!

Muy bonitos. -Ay, gracias.

-Ya salimos.

(MUJERES) Virgen María,

por las lágrimas que derramaste

y el dolor que sentiste al ver la lanza

en el corazón de tu hijo. Sentirás como si la hubieran clavado

en tu propio corazón, en el corazón divino.

Marchémonos a la procesión.

El daño ya está hecho, no tiene sentido abandonar

mis obligaciones hacia el Señor. Y ya está visto

que tengo por lo que rogar.

-No, padre, ya sé lo que tengo que hacer,

la única salida que me queda.

-¿Estás pensando en huir, en quitarte de en medio?

-No, no voy a avergonzarle más.

-Permíteme que dude eso.

-Puede que tuviese razón antes, pero ya no.

Es hora de actuar como un hombre.

-Quizá ya sea demasiado tarde para eso.

-Pues, al menos, he de intentarlo.

Voy a aceptar el reto con el coronel.

Voy a batirme con él.

-De ninguna manera.

¿Pero estás loco? ¿Acaso pretendes que te maten?

-Bueno, así, al menos, dejaría de avergonzarle.

-Tu muerte no lavaría nuestra deshonra.

-Pero la mitigaría.

Muerto el perro... -Olvídalo.

Hagas lo que hagas, eres mi hijo y siempre voy a protegerte.

Ya encontraremos la manera

de devolverle el dinero al coronel.

-No, no voy a seguir causándole perjuicios.

-Eso deberías haberlo pensado antes.

Y ahora, déjate de tonterías

y acompáñame a la procesión. Trini pensará

que dónde nos hemos metido.

Ya hablaremos de esto con más calma.

-De acuerdo,

pero vaya bajando usted y yo, ahora le sigo.

Templa, templa, bonito.

¿Qué te pasa hoy?

-¿Qué le sucede? ¿Por qué cada vez está más asustado?

-No lo comprendo, es un animal la mar de tranquilo. Algo sucede.

(SEÑORAS) Que habías tenido en tus brazos a tu hijo sonriente,

lleno de bondad, ahora te lo devolvían muerto,

víctima de la maldad de algunos hombres

y también víctima de nuestros pecados.

Te acompañamos en este dolor y por los méritos del mismo,

haz que sepamos amar

como él nos amó.

(Temblor)

¿Qué pasa?

¿Lo has notado?

-Sí, madre, esta vez sí.

La tierra ha temblado.

(TODOS GRITAN)

¡Dios mío!

¡Auxilio!

¡Socorro!

(GRITA)

¡Socorro!

¡Ayuda!

¡Ayuda! -¡Adela!

-¡Simón!

¡Simón, por favor, ayúdame! -Adela.

-¡Ayúdame!

-¡Trate de abrir! -¡No puedo!

¡Hay que salir, vamos! -¡No!

¡No puedo salir! -¿Morirá por no enseñar los brazos?

-¡Simón, no puedo!

-El techo puede derrumbarse. -¡No puedo!

(TODOS GRITAN)

¡Blanca y nuestro padre está dentro! -Aguarda, el temblor ha cesado.

-Estaré tranquilo cuando les vea a salvo.

-¡Samuel!

-¡Cuidado, Blanca!

-¡Ah!

¡Mi pierna!

¡Ah! -¿Qué haces? ¿No ves que le duele?

-No puede quedarse dentro. -Creo que me he roto la pierna.

-Samuel, tranquilo.

-Contén la herida. ¿Sabrás hacerle un torniquete?

-Creo que sí. ¿Tú dónde vas?

-A por mi padre. ¿Cuál es el piso?

-El principal. Pero aguarda. -¡Ah!

-Tú has dicho que no era seguro.

¡La casa se puede venir abajo!

-Me duele mucho. -Dios mío.

-Dios mío, perdónanos.

No desates de nuevo tu furia sobre nosotros.

¡Ay, Ramón, qué espanto! Creía que nos tragaba la tierra.

-¿Qué ha pasado?

¿Cómo ha podido temblar la tierra con semejante espanto?

-Tranquilas, fuera de los edificios estamos seguros.

Podría haber más derrumbamientos.

¿Y María Luisa, dónde está?

-Ahí la tienes, temblando como un flan.

-¡Mi cabeza! ¡Ay, mi cabeza!

-Creí que era nuestro fin. -Ya ves que no es así.

Doña Trini, ¿cómo están todos? -Bien, hijo, bien.

Estamos a salvo, cariño. -Así es, no tema.

-¿Quién nos dice que no se repitan los temblores, quién?

-¡Parece el fin de los tiempos!

-¿Y Susana?

-Allí, sana y salva.

-Simón.

¡Ay! Descuida, estoy bien.

Adela.

Fabiana...

-Doña Trini.

-¿Estás bien? -Sí.

¿Estáis bien? -Sí, "señá" Fabiana.

Solo que estamos aterrados. -Hemos podido salir.

-Pero creíamos que no lo contábamos.

-¿Y Lolita, no está con vosotros?

-¿Cómo? ¿Que no ha bajado? Pensábamos que estaba fuera.

-Por aquí no la he visto.

-No es de extrañar, es casi imposible encontrar a nadie con este caos.

Vamos, vamos.

(GENTE LLORANDO)

Lolita.

¡Eh!

Alabados sean todos los santos.

Vamos a salir de aquí, ya lo verás.

¡Padre!

Padre, ¿está usted bien?

Padre...

Padre...

Al fin juntos de nuevo.

He venido a cuidarle, sí,

a devolverle todo lo que ha hecho siempre por mí,

aunque solo sea un poco.

Padre, padre,

lograré que vuelva a ser el que era. Se lo juro.

Pero, primero, debo sacarle de esta.

Vamos, padre.

¡Agua!

¡Agua!

-No te preocupes, estoy bien. -No, Samuel, no lo estás.

Y hay que detener esa hemorragia cuanto antes.

A ver.

Apoya.

-¡Ah! -¿Bien?

Aguanta, aguanta.

-Espere, le sujetaré la pierna. -Gracias, Leonor.

La herida no para de sangrarle. -¡Ah!

Por Dios.

Una maldición ha caído sobre nosotros.

¡Coronel, cuidado!

¡Un balcón está a punto de caer!

-¡Cuidado!

Padre,

salgamos de este infierno.

Socorro.

Auxilio.

Auxilio.

¡Eh, eh! -¿Qué haces, Samuel?

Quieto. -Mi padre y mi hermano

siguen en la casa. ¿Y si el edificio se viene abajo?

-Nada más podemos hacer por ellos.

-No. Tengo que ir en su auxilio.

-Buena ayuda estás hecha. ¡Locuras!

-¡No, no! No estás en condiciones de ir.

Es mejor que te quedes aquí sentado.

¿Quieres que te sangre la herida?

-Samuel,

haz caso.

-Habrá que ver que no haya heridos graves.

Sí los habrá, Leonor, incluso víctimas mortales.

Estos edificios han resistido al terremoto,

pero no creo que pase igual en toda la ciudad.

-¿Dónde estará mi esposo?

Me dijo que vendría después de la procesión.

-No tema, seguro que hay alguna calle cortada

y no puede llegar todavía. Pero estará bien, verá.

-Sí, seguro que sí.

Pero debe de estar tan preocupado por mí...

Pobre Pablo.

¡Auxilio!

Auxilio, por favor.

Por favor.

Estoy en la cocina, por favor.

Por favor.

Por favor.

-Vaya, vaya.

Esto, sin duda, es un regalo del cielo.

-Por favor.

(TOSEN)

"La situación es grave".

Hay muchos afectados. Diego, tenemos que hacer algo.

-Santo cielo, hay heridos por todas partes.

-Llevémoslos al hospital. -No es buena idea.

-¿Y usted quién es?

-Es mi hermano, Diego Alday.

-El temblor habrá dejado heridos por toda la ciudad.

Los hospitales estarán saturados. Llevar a los heridos a un hospital

podría suponerles las muerte.

-¿Pero y qué hacemos entonces?

-Levantaremos un hospital aquí,

en la calle. -"Tengo que marchar, Lolita".

Espero que algún día puedas entenderlo.

Cuídate, mi vida.

Te quiero.

-"Venga, vamos a necesitar maderas, telas".

Hay que levantar un hospital de campaña.

-Simón sabrá dónde encontrarlo. -Voy a dejar a padre

a la antigua casa, regresaré lo antes posible.

Vaya a buscarlo.

-Diego, ¿y yo qué hago?

-Cuida de mi hermano.

-¡Fabiana!

"Seña" Fabiana.

Fabiana.

Fabiana, ¿qué le pasa?

-"Diego lleva mucho solo,"

fuera de casa. -¿Dónde ha estado?

-En todo el mundo.

En los lugares

más insospechados y remotos.

En los rincones

más salvajes y menos civilizados del planeta.

Ha convivido con tribus en el Amazonas, en el lejano África.

Ha estado en lugares donde nunca habían visto un hombre blanco.

Ha pasado heladas,

olas de calor y guerras, ha dormido a la intemperie

y estuvo días sin echar nada al buche.

Todo esto nos vendrá de perlas para el hospital.

-Pues esto es gracias a doña Celia,

con su mano firme. -¿Qué quieres decir?

-Que tenía que haberla visto.

Aunque parece dulce y callada,

tenía que verla hablando con la asociación benéfica.

Al principio, dijeron que no los muy ladrones,

pero ella se plantó y con decisión dijo:

"No es una petición".

-Cuando doña Celia se propone algo, no hay quien la detenga.

-Buen trabajo.

-"Sigo sin encontrar a Pablo por ninguna parte".

-¿Le has buscado bien, hija? -No le vi en la calle y fui a casa,

a ver si estaba, pero no.

-Bueno... -Madre, que no le encuentro.

Empiezo a temer que algo grave le ha pasado.

-"Dios mío de mi vida"

no permitas que les pase nada malo.

-Padre, no vuelva a decir eso,

se lo ruego. -Bueno, basta ya.

A ninguno de los dos les ha pasado nada, ¿estamos?

Antoñito y Pablo están bien.

-Espero que tengas razón, no me lo perdonaría

en la vida. -"Se acabó".

Vamos a mover a algunos pacientes. -¿Cómo dice?

-Empezamos a estar desbordados. Son muchos los que vienen

en lugar de ir al hospital.

Y ya no damos a basto.

-¿Y qué pretende hacer?

-Vamos a trasladar a los más graves a un lugar resguardado.

Sobre todo los que tienen peligro de infección.

No es conveniente

que pasen la noche a la intemperie. -¿Llevarlos a una casa?

-Sí. A la antigua casa de mi padre, concretamente, don Jaime Alday.

-Es buena idea. Estarán mejor atendidos.

-"Por órdenes de Diego, el hermano de Samuel"

estamos trasladando a los heridos aquí.

-¿Órdenes de Diego? Ni hablar.

¡No toques mis cosas! -Debo hacer sitio.

Simón y Adela están bajando a los heridos.

-Que los vuelvan a subir.

-¿Cómo tiene tan poco corazón?

Hay gente que se está muriendo y necesita un techo.

-¡No es asunto mío!

-Usaremos la casa como hospital y mejor que no se oponga.

No debe enfrentarse

a Diego Alday.

-Si me conviene o no,

eso es asunto mío.

-Han hallado un cadáver de la edad de Antoñito.

-¿Cómo? -Me piden que vaya a reconocerle,

pero yo no puedo. Yo... -¡Luisi!

-¡Hija! -¡Luisi, hija! ¡Luisi!

¡Luisi! Ramón...

Luisi...

-"¿Se encuentra bien?".

-No encuentro a mi esposo.

¿No le han visto por aquí?

-Si no está aquí, es buena señal.

Seguro que está bien.

-Las autoridades han desalojado todos los edificios.

¿Dónde estará?

Ayúdeme, por favor.

Por favor.

-¿Has dicho algo, Pablo?

-No puedo respirar.

-Ahora suplicas, Pablo.

No recuerdo haberte oído suplicar el día de las hogueras

en la calle.

-No me haga esto, por favor.

  • Capítulo 584

Acacias 38 - Capítulo 584

22 ago 2017

Blanca encuentra en el maletín de Úrsula las cartas que le escribía una antigua amiga del internado suizo: Marion. Antoñito, después de que su padre descubra la estafa y tras un nuevo rechazo de Lolita, decide encarar su futuro: si tiene que batirse en duelo con Valverde, que así sea. Un gran terremoto sacude Acacias. Afortunadamente casi todos los vecinos están en la calle, en la procesión, pero tienen que sacar a los que están en el edificio. Samuel, salva a Blanca, pero resulta herido. Diego entra para sacar a su padre antes de que se derrumbe el edificio. Simón, que ayuda a la gente de la calle, salva a Arturo de ser aplastado por un caballo desbocado. Pablo ha quedado atrapado bajo una viga en la casa Valverde. Úrsula que iba camino de la suya para deshacerse de Jaime, lo encuentra y sus intenciones no son buenas.

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