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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 581 - ver ahora
Transcripción completa

¿Esposa de Jaime Alday?

Sé lo que está pasando aquí. Esto lo lleva barruntando

desde su caída en el puente de los Lamentos.

Ya entonces quiso vengarse

de la señora. -Es evidente

que no fuiste buena conmigo,

pero te perdono.

¿No me diga que piensa en echar a Casilda de esta casa?

-Le iría bien un escarmiento.

-¿Pero de qué habla? -¿De qué hablo?

De que se ha acomodado, de que se cree que este trabajo

es de por vida. -No es su trabajo,

este también es su hogar. "¿A qué estamos esperando?".

Vayamos ya a por ese futuro.

Tengo el pálpito de que allí todo será mucho mejor.

Y sobre todo, mucho mejor para esta criatura.

Tu padre ha quedado impedido

fruto del accidente.

Y los médicos

le han incapacitado.

A partir de ahora, yo seré responsable de él.

Yo seré quien tome las decisiones

tanto a nivel médico, como de la casa

y de la joyería. "¿Úrsula casada"

con Jaime Alday?

Qué cosa más rara. Uno de los joyeros más influentes,

diamantista de Casa Real y conocido por sus piezas "art nouveau".

¿Y no creen que eso tuvo que ver en el incendio de casa de Cayetana?

Su hija tuvo el final que merecía. -"He comentado"

con amigos del Ateneo lo beneficioso que es invertir y están interesados.

-Sus amigos quieren invertir.

-¿Algún problema? -No, no, de ningún tipo.

-Puede pasarse mañana por mi casa y se los presento.

-Por supuesto, allí estaré.

¿Cree que se hará con el control de esta familia,

de todo su dinero?

-¿Quién me lo va a impedir?

¿Samuel?

-Yo se lo impediré, madre.

-"¿Qué hace usted aquí?".

¿Qué hace vestida así?

-He dejado el convento.

-¿Cómo?

-Que he dejado el convento para siempre.

-"Lo que voy a hacer"

es enviarte de nuevo al manicomio.

A ver hasta dónde eres capaz de soportar

por defender tu libertad.

-Mañana mismo retornarás al sanatorio.

-Madre...

se lo ruego... -¡Oh!

"Se lo ruego", dices.

Pareces mucho más dócil que tan solo hace un momento.

Lo lamento,

ya he tomado la decisión.

Recoge tus cosas,

si es que tienes algo que te pertenezca.

Saldremos mañana a primera hora.

-Se equivoca, Úrsula.

Blanca no va a marcharse a ninguna parte.

-No sé qué es lo que más me desagrada,

que escuches conversaciones privadas

o que trates de intervenir en asuntos que no son de tu incumbencia.

-Blanca se queda en esta casa.

No voy a permitir que vuelva a ese infierno

que no es más que un lúgubre manicomio.

-¿Y quién eres tú para decidir sobre el destino de mi hija?

Haré lo que crea más conveniente.

Es evidente que los doctores

tienen mucho que hacer con ella.

-Madre, algún día sus infamias

le resultarán un peso insoportable en su conciencia.

-Dudo mucho que ese día llegue.

Ya me has oído. Ve a hacer tu equipaje.

-No, Blanca, quédate ahí.

-Samuel,

te recuerdo que, en ausencia de tu padre,

yo tomo las decisiones en esta familia.

-No si atañen a mi prometida.

Eres una caja de sorpresas.

¿Este disparate es idea tuya?

-Su hija y yo vamos a casarnos.

-¿Y con qué permiso? -Con el consentimiento de mi padre.

Nos lo concedió antes de su terrible accidente.

-Quieres casar con una enajenada.

Te dará una vida de miserias y locuras.

-No, no se parece en nada a usted.

-Hasta que no os caséis,

no tendrás potestad alguna sobre ella.

Tendrás que ir a visitarla a su celda.

-Si así lo prefiere, podemos casarnos mañana mismo.

Como sabe, los trámites pueden resolverse en un solo día.

Pero preferiríamos tener algo más de tiempo para prepararlo.

Ya sabe, algo bonito.

-Bien, entonces poco más puedo hacer

que darte la enhorabuena por el compromiso.

Blanca,

tú y yo

ya hablaremos.

Blanca, yo solo...

Señorito, no le había visto. ¿Desea algo?

Sí.

Que no te dirijas a mí con semejante distancia.

-Así es como está mandado que los criados hablen a los señores.

Y eso es lo que somos usted y yo, nada más.

-¿Estás segura de eso?

-Se lo ruego,

déjelo estar, que bastante complicado está siendo esto para una.

-¿Sabes por qué te resulta tan difícil darme de lado?

Por una única razón, Lolita, porque tú también

me quieres y quieres estar conmigo.

Lo veo en tus ojos, en...

en cómo te tiembla la voz cuando me hablas.

-No sé por qué te empeñas en negarlo.

Yo te prometí que lo iba a compartir con los míos.

-Que nunca lo entenderían.

-Bueno, pues a lo mejor te sorprende.

Y además, aunque no fuera el caso, me da igual.

Yo no voy a renunciar a ti por el qué dirán,

parece mentira que no lo hayas visto.

-Pare ya.

Es que me confunde con su piquito de oro.

Toda la culpa la tiene usted con tanto empeño.

-¿Qué tiene de malo luchar?

No puedo evitar que me dé un vuelco el corazón cada vez que te veo

y que lo único que quiera sea...

abrazarte,

besarte, tocarte.

-Yo sí le voy a tocar a usted como se acerque.

Pero de una buena "guantá".

-No sería la primera que me das.

-Pero sí sería la última.

Si sigue insistiendo en lo que no puede ser,

pues no me quedará otra que despedirme de esta casa.

-No, no puedes hacer eso.

-Pues usted me obliga a ello.

Si no podemos estar cerca sin que me corteje día y noche,

me largaré con viento fresco

y asunto arreglado.

Aún aguardo su respuesta. -Ya te la he dado,

pero parece que eres incapaz de admitirla.

-Pues tengo que insistir.

-Pues no lo hagas, me pides demasiado.

Además, creía que ese tema ya lo habíamos zanjado,

que lo habíamos dejado atrás.

Debes olvidarte de Adela

y seguir hacia delante. -Seguir no implica olvidarla.

Adela necesita un empleo. -¿Y tiene que ser en mi sastrería?

-No tiene dónde ir fuera del convento.

-¿Qué necesidad tiene de hacerlo? Ese es su sitio y no en mi negocio.

-No hace falta que hable por mí, Simón.

-¿Pero ha perdido el oremus?

¿Qué hace con esas ropas? ¿Dónde están sus hábitos?

-Bien guardados. No me los pondré.

-Eso estaba tratando de explicarle:

Adela ha abandonado el convento. -Eso es imposible.

Debe volver inmediatamente.

-No.

No, doña Susana, no puedo hacer eso.

No tengo la vocación suficiente.

-A buenas horas, mangas verdes. Haberlo pensado al tomar los votos.

-Eso lo hice obligada por mi padre. Él lo decidió.

Pero... todo eso terminó y ahora voy a tomar las riendas de mi vida.

-¿Y qué va a decir la madre superiora?

-Eso ya es asunto mío.

Lo que le pido es poder regresar a la sastrería.

Usted pudo comprobar que soy hábil bordadora,

no le defraudaría.

No lo sé.

Compréndame.

Si la admitiera, estaría apoyando su decisión.

Y estoy muy lejos de hacerlo.

-Está bien.

Al menos, prométame que se lo pensará,

solo le pido eso.

Si no, tendré que buscar jornal donde sea.

La verdad es que me apetecía ir al café teatro,

me apetecía salir. -Y a mí,

pero la inesperada aparición de Adela frustró nuestros planes.

-Me sorprende que decidiera

abandonar los hábitos. -Ha sido muy valiente.

Ha tomado la decisión correcta.

No se entrega la vida a la oración sin tener auténtica vocación.

-María Luisa no es de la misma opinión.

Solo tenías que verle cómo torció el gesto.

-Porque es de lo más tradicional.

Debe estar preocupada por cómo recibe Simón la vuelta de Adela.

-Motivos no le faltan para inquietarse.

Bastante ha pasado el pobre ya con todo lo sucedido.

-Casilda,

veo que también te entristece la historia de Simón.

-Ay, no... no sé.

Es que no les estaba escuchando. Perdón.

-¿Y por qué estás tan mohína?

-Nada, cosas mías.

-¿Y mi madre? ¿Cómo es que no viene a desayunar?

¿No se ha levantado?

-"Nanai", se levantó al alba

y se fue con la "señá" Carmen a mirar todas las boutiques de la ciudad.

Como la "señá" Carmen tiene buen gusto, va a recomendarla fetén.

-Ya sé lo que te pasa, Casilda.

Temes que te sustituya por Carmen, ¿verdad?

-Para no estarlo.

Si es que de buena que soy

parezco tonta. Y ya me lo advirtió Servando,

que si le daba cobijo a la "señá" Carmen, me podía quedar sin trabajo.

-Eso tampoco

ha pasado, ¿no? -Tiempo al tiempo, Pablico.

Que entre esos cócteles que tiene y sus modales,

y bueno, por otro lado, mi torpeza, está clarito

quién se quedará faenando en la casa y quién se irá.

Os voy a echar muchísimo de menos. -Casilda, que no te preocupes,

que eso no va a pasar. Te vas a quedar aquí mientras quieras.

No temas.

-Cariño, reconócelo,

no le faltan motivos para sus recelos.

Tu madre está deseando tener una criada que lucir.

-Es que sí,

ahí tiene más razón que un santo.

Y yo, de tan pequeña que soy, luzco menos que una cerilla.

-Perded cuidado, que yo conozco muy bien a mi madre.

Y os aseguro que sé perfectamente cómo hacerlo

para quitarle de la cabeza la idea.

Antoñito, hijo, ¿estás bien? -No has probado bocado.

-No tengo apetito.

-Ya.

Y, por las ojeras que tienes, tampoco has dormido.

Pues solo hay una cosa

que quita el hambre y el sueño a un hombre: el mal de amores.

Adivino que has tenido una conversación con Lolita.

-Así es. No...

no quiere verme ni en pintura.

Doña Trini, usted es de su mismo pueblo,

la conoce desde hace mucho más tiempo.

¿Tiene alguna sospecha de por qué puede estar actuando de este modo?

-Antoñito, hijo, lo único que puedo decirte al respecto

es que no vas a conseguir que Lolita cambie de opinión.

Las de Cabrahigo somos tercas como mulas.

-Ya, a mí me lo va usted a contar.

Pero no sé por qué actúa así, yo sé que siente lo mismo por mí.

Juntos podríamos habernos enfrentado a todo.

-Antoñito, Lolita... Lolita está aquí.

-¿Puedo recoger ya la mesa del desayuno?

-Pregúntale a Antoñito, a ver si ha terminado.

Yo me voy, os dejo solos.

-Voy a terminar la faena en la cocina.

-No, no, no. No te vayas.

Podemos estar bajo el mismo techo, sé comportarme.

Te voy a dar capricho y voy a intentar no molestarte.

Lo último que quiero es que pierdas el empleo por mi culpa.

De hecho, el que se va soy yo.

Que tengo que resolver unas cuitas pendientes.

Es una pena,

porque juntos podríamos habernos hecho muy dichosos.

Pero bueno, no es el camino que tú has elegido.

(Puerta)

¿Se puede pasar?

Fabiana.

Sé que le sorprende mi visita,

pero he sabido que planea marcharse de la ciudad y quería despedirme.

Pasa, te lo ruego.

Permíteme que te dé el pésame.

Siento mucho tu pérdida.

Agradecida, señorita.

Sé que lo dice usted de corazón.

Está siendo todo

muy duro.

Al parecer, todo el mundo entiende mi dolor,

pero nadie...

nadie lamenta la muerte de mi niña ni un ápice.

Descuide, que yo no vengo a pedirle cuentas ni nada de eso.

Bien sé yo que la vida las convirtió a ustedes en rivales.

Lejos quedan aquellos días

en los que ustedes dos eran dos niñas que jugaban dichosas.

Se querían como hermanas.

Y a usted nunca le importó que fuera la hija de una criada.

¿Recuerdas esa nana que nos cantabas de pequeñas

para ayudarnos a dormir?

Claro que sí.

Todavía yo la canto para consolar mi alma.

Lo sé.

Escucharla de nuevo

despertó en mí todos esos recuerdos.

Lamento que todo haya terminado así.

¿Puedo hacerle una pregunta, señora?

¿Qué ocurrió en la casa?

¿Qué hacía allí don Jaime Alday?

Cuéntemelo, señora, se lo ruego, cuéntemelo todo.

Mauro me ha dicho que pretendes relacionar a Úrsula.

Estoy convencida de que ese demonio está tras todo lo que ha pasado.

No puedo ayudarte, Fabiana.

Poco puedo decirte.

Fue todo muy confuso y doloroso.

Si te digo la verdad, prefiero no echar la vista atrás.

Usted puede hacer eso,

pero a una servidora

solo le queda el pasado.

Yo... me he quedado complemente sola.

No digas eso, Fabiana. Tienes a mucha gente.

Todos los del altillo son tu familia.

Saldrás adelante,

ellos te ayudarán.

Lo sé.

Pero no creo

que yo quiera una vida en la que no esté mi hija.

Le deseo de corazón

la mayor de las suertes,

vaya donde vaya.

Bien sabe Dios que usted merece toda la felicidad.

Y ojalá la encuentre

junto a esa familia que va a formar con Mauro

y el niño que espera.

Ven, mi niña, ven.

Mi niña, ven.

Disculpe, no sabía que estaba trabajando aquí.

Le dejo solo.

-No, no lo haga.

¿Hasta cuándo va a seguir evitándome?

-Después de lo sucedido, ¿le sorprende que lo haga?

-Blanca, deberíamos hablar.

Úrsula acaba de salir de la casa. Debemos ponernos de acuerdo.

-¿Ahora necesita mi opinión?

Pensaba que ya lo tendría todo decidido sin mí.

Es usted igual que mi madre.

-No diga eso. -¿No es la verdad?

Pretenden actuar sobre mí sin molestarse en escucharme.

No soy más que un trofeo que se disputan entre los dos.

-Jamás pretendí que se sintiera así.

-¿Por eso le aseguró que estábamos prometidos

sin ni siquiera

consultármelo antes?

-Blanca... -Cuando sea nuestra boda,

¿piensa decírmelo el día antes o ya en la iglesia?

-Blanca, lo único que pretendía era frustrar

los planes de su madre de devolverla al sanatorio. Improvisé.

No debería enojarse tanto. -¿Cómo que no?

¡Ha anunciado nuestro matrimonio!

Samuel, toda mi vida he luchado por mi libertad,

por mi independencia, y fue esa lucha la que me llevó al sanatorio.

Nunca pensé que no solo mi madre fuese mi oponente.

-Blanca...

Lamento mucho escuchar que me considera así.

Pero permítame que sea honesto con usted.

Desde el primer momento que la vi, siento por usted más que cariño.

Una estima que anhelo sea algún día correspondida.

Pero tales sentimientos no tienen nada que ver con lo ocurrido.

No pretendía decidir sobre usted

ni sobre su futuro.

Tan solo quería darle una tabla de salvación

ante los planes de su madre.

Cuando Úrsula deje de ser una amenaza para tu felicidad,

todo quedará olvidado.

Pero, por el momento,

creo que es necesario que continuemos con la comedia.

¿Está usted de acuerdo?

Acepte este anillo de compromiso.

Gracias, Samuel.

Liberto, espero que no te moleste. Pedí a Carmen

que prepare uno de esos cócteles que tanto éxito tuvieron ayer.

-Si estaba deseando

volver a catarlos. Estaban deliciosos.

-Agradecida, señor. -Aguarda un suspiro, mujer.

Cuéntanos cómo se te ocurrió la receta.

-No, señora, no lo inventé yo, el cóctel ya existía.

Se llama cubalibre.

-Ah. ¿Son cubanos entonces? -Así es.

Al parecer, lo inventaron las tropas americanas cuando ayudaron

a los cubanos en nuestra contra. -No hay mal que por bien no venga.

Algo bueno tuvo que salir de aquella catástrofe.

Lo que sí que no entiendo mucho

es cómo llegó a tu conocimiento una bebida de Cuba.

-Es una larga historia,

no deseo importunarles. -Sí, si no la cuentas.

Siéntate con nosotros, mujer.

Yo voy a por lápiz y a por papel,

no sea que de tus aventuras saque ideas para mis novelas.

Esta mujer es un misterio.

-Totalmente de acuerdo contigo.

Siéntate aquí.

-Madre.

-Carmen, ¿qué haces aquí sentada?

-Rosina, siéntate. Carmen estaba a punto

de contarnos todas sus aventuras. Son tan excitantes como sus cócteles.

(Puerta)

Coronel... -Buenas tardes.

-Quería agradecerle la confianza que ha depositado en mí

animando a sus amigos del Ateneo a invertir en mi pequeño negocio.

-De nada.

Pase.

¿Y sus amigos?

Imaginaba que ya estarían aquí. ¿Aún no han llegado?

Coronel, ¿no me va a contestar?

-Nadie más va a venir, estamos solos.

-¿Ha habido algún cambio

del que yo no he sido informado? -No.

No ha habido ningún cambio.

Y lamento decirle que nunca existieron

esos supuestos inversores.

-¿Entonces se está burlando usted de mí?

-Vuelve a equivocarse.

Si me conociera de verdad, sabría que no acostumbro a bromear.

Si se hubiera molestado en saber más sobre mi persona,

tampoco se habría atrevido a engañarme.

-Ni termino de entenderle ni me gusta el tono que está utilizando.

-Me entiende perfectamente.

Siéntese.

-No.

No me sentaré con usted,

porque no acostumbro a que se me trate con ese desdén.

-Creo que no me he explicado bien.

No le invitaba a sentarse,

se lo estaba ordenando.

Mejor.

Ahora, pongamos las cartas sobre la mesa.

El otro día, tuve la oportunidad de conocer

a otros inversores de su negocio

y no parecían muy satisfechos.

-Sí, sé que me estoy retrasando con el pago de los beneficios,

pero le he dicho que la bolsa es un negocio muy variable

y las fluctuaciones del mercado nos están fastidiando.

Pero yo le doy mi palabra... -¿Su palabra dice?

¿Merece la pena seguir perdiendo el tiempo con sus mentiras?

-Coronel, escúcheme.

-No, me escuchará usted a mí.

Aún no entiendo el funcionamiento de la estafa

en que nos ha involucrado,

pero estoy seguro que no es más que eso,

un fraude.

-En absoluto.

-¡Cállese!

Mi paciencia tiene un límite.

No voy a consentir que me siga tomando por un imbécil.

Y espero no tener que recurrir a métodos menos educados

para hacerle confesar.

Le aseguro que no le gustarán.

Y ahora, sea un hombre de una vez y dígame la verdad.

No me obligue a sacársela por las malas.

-Tiene usted razón.

Les he estafado.

-"Ya le digo, madre,"

esa mujer es un ejemplo de coraje y sacrificio.

Es admirable. -Bueno, hija,

parece Agustina de Aragón

y no una mujer normal. ¡Casilda! Ten más cuidado, mujer.

-Perdón, señora. Ahora mismo limpio yo este desaguisado.

-Pues yo no creo que esté exagerando en absoluto, madre.

Carmen ha sabido sobrepasar mil y una adversidades.

Es un ejemplo para todas las mujeres.

-Casilda, ¿qué son esos aspavientos?

Anda, ve a por un trapo. ¡Va! -Sí.

-Bueno, yo ya...

ya conozco la desdichada historia de Carmen

y tampoco me parece tan edificante. -¿Cómo que no, madre?

Su pasado acomodado,

sus amistades de postín y, de repente,

todo se le ha visto arrebatado.

-Lo dicho, cuestión de mala suerte.

-Liberto sí que apreciaba su valía.

Tendría que haberle visto cómo la escuchaba

antes de que sumara usted, estaba fascinado.

-¿Eso crees? -No lo creo, me lo dijo.

Liberto cree que esa mujer es un tesoro.

-Bueno, es buena criada. -No, madre, no.

Es mucho más que eso. Yo creo que con otro ropaje luciría más.

Tiene una belleza muy... muy madura,

del gusto de su esposo.

Yo creo que Carmen es la criada que esta familia necesita.

-¿Echar a Casilda? ¡Has perdido el juicio!

-Usted siempre se queja de su torpezas.

-¿Yo? Es parte de la familia, sería como echarte a ti,

como echar a mi hija. No, no, no.

Necesitamos a una persona

en quien poder confiar ciegamente: Casilda.

No Carmen, una criada con ínfulas

que se cree a la altura de sus señores.

Lo he visto claro, será ella la que deberá marcharse.

-Está bien.

Casilda, tenemos que hablar.

-"Pa" chasco que sí, señora.

¿Cómo pudo hacerme eso? Confiaba en Vd. Prometió ayudarme.

Y va y pone en un altar a la "señá" Carmen".

-Calla, que todo ha salido como planeaba.

Conocía a mi madre y sabía cómo manejarla.

Carmen no se va a quedar en esta casa.

-¿De verdad?

¿Y cómo lo ha logrado? -Bueno, ya te lo contaré.

Ahora, a buscarle ocupación a Carmen

y no dejarle con una mano delante y otra detrás.

-Claro, claro, yo me encargo.

Le voy a buscar una faena fetén. Eso sí,

lo más lejos de aquí posible. Eso es muy importante, no sea

que se me arrepienta su madre.

-No ha invertido usted en bolsa ni un miserable real.

-El negocio consiste en sumar y sumar inversores.

-De los que se quedaba con una comisión.

-Sí. Con lo que uno me paga yo le doy a otro los beneficios.

-Para tapar sus bocas.

-El problema está

en que no supe pararlo a tiempo

ni tuve valor para rechazar ciertas cantidades

que era obvio que no podría devolver,

como es su caso,

coronel, lo siento.

-En eso se equivoca.

No solo me devolverá todo el dinero

que intentó estafarme, me abonará los intereses prometidos.

-¿No ha escuchado lo que le he dicho? Eso es imposible.

-Pues hágalo posible.

Cómo me da igual.

-¿Qué es esto?

-He consignado la deuda por escrito.

Ahora va a firmar usted su compromiso de devolverla.

-No, no pienso firmar algo que sé que no voy a cumplir.

-A ver si le sirve esta respuesta.

Si no me devuelve

hasta la última peseta, tomaré otras medidas.

-¿Y qué va a hacer? ¿Denunciarme? -No.

Le llevaré al campo de honor.

-¿Me va a retar en duelo?

-Así será si no recibo una satisfacción.

Y le juro que le meteré una bala entre pecho y espalda.

¿Va a firmar ese papel ahora sí o no?

Sabía que usted y yo terminaríamos haciendo negocios.

Tiene un mes de plazo.

Si en ese tiempo no lo ha resuelto, me lo cobraré con su vida.

Querido, no me mires así.

Cualquiera diría que mi compañía no es de tu agrado.

Ni que yo fuera responsable de tu estado.

El destino es el único culpable, has tenido mala suerte,

nada más.

(Pasos acercándose)

(Puerta)

Don Mauro. Señora...

Qué agradable sorpresa.

Me he enterado de que Teresa ya tiene el alta

y que piensan ustedes abandonarnos.

Les voy a echar mucho de menos.

Deje de fingir, Úrsula.

Ambos sabemos que para usted es un alivio

que nos marchemos de la ciudad.

¿Qué le hace pensar eso? Sencillo:

si me quedara, investigaría que ocurrió en casa de Cayetana.

Lo único que podría descubrir

es que ha sido un... lamentable accidente.

Pero, yo de usted, no me ocuparía de estas cuitas.

Céntrese en Teresa, nada más.

Ah, me he enterado también

de que está en estado. Mi enhorabuena.

De la misma forma en que Vd. se volcará en los cuidados de Jaime,

su marido.

Exactamente.

Así es, es mi obligación.

Qué casualidad

que estuviera en la casa el día en que todo ocurrió.

Me lamento continuamente de eso.

Pero ya ve,

el mundo es así, un pañuelo.

No me mire así,

cualquiera diría que está intentando acusarme de algo.

No, no tema.

Hicimos un trato por el que yo me comprometía

a dejarla al margen de todo.

Y, al contrario que otros, yo cumplo con mi palabra.

Además, como muy bien ha dicho,

ahora solo me importa cuidar a Teresa y a mi hijo.

Es una mujer afortunada por tener a un hombre como usted a su lado.

Ambos lo somos.

Señora,

no olvide que la vida es muy larga

y quién sabe si nuestros caminos se volverán a cruzar.

En ese caso, espero que haya sabido enmendarse.

Descuide,

tengo muy claro qué será de mi vida a partir de ahora.

Voy a disfrutar de todo aquello que siempre merecí.

Bueno,

tenemos ideas diferentes sobre lo que Vd. merece.

Pero no la entretengo más.

Espero no volver a verla en mi vida.

Yo también le deseo lo mejor.

Dé saludos a Teresa de mi parte.

Por fin

ha llegado mi hora.

Cuídese, señorita,

que es usted más buena que el pan.

Estoy muy agradecida por lo que ha hecho por mí.

-Lola, déjate de arrumacos ya, mujer.

Que todavía ella no está muy cristiana, la descoyuntas.

Estoy bien, Casilda.

Que tenga usted muy buen viaje.

-Y usted.

Gracias.

-Yo tampoco voy a dejar

que se vaya sin darle un buen abrazo.

-Ya ve usted, Teresa,

que en Cabrahigo no entienden de recuperaciones.

-Nosotros tampoco les olvidaremos.

Y usted, Mauro,

no solo me ayudó cuando todo estaba perdido,

sino que hizo justicia por mi hermana.

Gracias, Pablo. Aunque habría preferido para Cayetana un tribunal.

-Mauro, usted no se preocupe por ello,

de una manera u otra, tiene el final que se merecía.

Y ustedes, en cambio, podrán ser dichosos.

-Así es.

Se han ganado el derecho a serlo durante muchos años.

Esperemos que así sea.

-Si me dan hasta envidia. Seguro que el lugar ese

donde se van a ir a vivir es precioso.

-A pesar de que en todo este tiempo

hemos tenido nuestros más y nuestros menos,

yo también les deseo lo mejor. Y que ese niño que está en camino

crezca en una familia feliz.

Se lo agradezco, Susana. Sé que lo dice de corazón.

Al parecer, llega el momento de despedirnos.

Eso parece, querido amigo.

Hemos recorrido

un largo camino juntos.

Les deseo que su vida

lejos de Acacias esté...

libre de sobresaltos.

Ya han sufrido mucho.

Y yo espero que pronto puedan escuchar a su corazón

y sean al fin felices.

Bueno, mi amor, debemos marchar.

El tren nos espera en la estación.

No nos olviden.

Tenga seguro que no lo haré.

Quién sabe si volveremos a verlos. -Quiero creer que así será.

-¿Y ahora,

quién vendrá a vivir a Acacias?

¿Quién ocupará la casa de Cayetana?

-Vete tú a saber, Susana.

No hemos tenido mucha suerte con los nuevos inquilinos.

Mira si no al coronel Valverde.

(Puerta)

Ya va.

(Puerta)

Ya va, no insista más.

-Discúlpeme, mi coronel, ya sé que no son horas de molestar, pero...

-En eso estamos de acuerdo. -Le han traído un paquete

a portería y me ha parecido que era urgente.

¿Es algo de enjundia?

-No es de su incumbencia.

-Buenas noches.

-Ah, que... Buenas noches.

¿Qué le llama tanto la atención, Adela?

-Los vecinos ya han despedido a Mauro y Teresa.

No les he llegado a conocer,

pero la gente les tiene en alta estima.

Me pregunto si yo también podré ganarme su aprecio.

-Vamos, no lo dude ni un momento.

Tan solo necesitan conocerla mejor.

-¿Y si no les gusta lo que ven?

-No será así. Usted es una buena mujer,

generosa y dulce.

-Y con un pasado que no comprenderán que deje.

-Mire,

con el roce, pronto todos olvidarán que fue una monja

y la tratarán como una igual. -Ojalá fuera tan sencillo.

Pero usted, mejor que nadie, sabe que olvidar no es tan fácil.

-No, no lo es.

Y hay cosas que nunca se olvidan.

Pero, con el tiempo, uno puede aprender a vivir con ello.

Yo nunca olvidaré a Elvira.

He de reconocerle que pensé que usted me sería de ayudaría,

que me brindaba la oportunidad

de hacer lo que no hice por mi prometida.

-¿Salvarme? -Así es.

Pero no sé, con el tiempo,

he ido comprendiendo que mi único camino

para salir adelante es eso,

aprender a vivir con su recuerdo

y, poco a poco, entregarme a lo que me depare la vida,

porque Elvira no volverá.

(HABLAN EN TURCO)

(Llanto)

"Padre, después de muchos ruegos, me han permitido mandarle

esta grabación".

"Se lo suplico, tenga piedad de mí".

"Déjeme regresar".

"No me haga morir en este infierno".

Le traigo unas cartas que debería revisar.

-Luego, ahora no tengo ánimo para esos menesteres.

Discúlpeme, voy a mi alcoba.

Disculpe mi atrevimiento, señora, ¿pero se encuentra bien?

Parece afligida.

-Así es, pero... no se preocupe,

no es nada de enjundia.

Debo reconocer que la marcha de Teresa y de Mauro me ha afectado.

Les echaré de menos.

-Sé que les apreciaba, señora.

-Simón,

¿no le parece que la vida a veces va tan deprisa que da vértigo?

Por el camino vamos perdiendo tantas cosas...

Personas que quisimos,

situaciones que creíamos eternas... -Sí.

Sé perfectamente a lo que se refiere, señora.

-Pero, acto seguido,

la vida te sorprende y...

y creo que ahora va a volver a hacerlo.

-¿Cómo?

-Pues con nuevas personas

o con nuevas dificultades.

Por eso no puedo evitar sentir...

nostalgia y temor por lo que vaya a avenir.

¿Qué será lo que nos deparará el futuro?

-Nadie puede saberlo, señora.

Pero sí puede estar segura de una cosa.

-¿De qué?

-De que, sea lo que sea lo que le depara el futuro, no estará sola.

Tiene usted a muchísima gente que la estima de corazón

y que la apoyarán en todo lo que precise.

Aquí está. Tenemos que hablar.

-Por tu expresión, adivino que no será agradable.

-Déjese de juegos.

Me informan de que ha ordenado el alta a mi padre.

-Así es. -¿Acaso ha perdido el oremus?

-En absoluto, Samuel.

En el hospital ya no pueden hacer nada por tu padre.

Debemos asumir de una vez por todas

que nunca más volverá a moverse ni a hablar.

Pero yo, como buena esposa, cuidaré de él

hasta el final de su días. -Y pretende que ese final

no tarde en exceso, ¿no es cierto? -Eso está en manos de Dios.

Lo creas o no, quiero ayudarle.

Por eso le he sacado del hospital, para estar con él a cada momento.

Descuida, estará bien.

Contrataré a una enfermera

para que me ayude a atenderle.

-Pero eso no le salvará, deberíamos agotar las posibilidades

antes de darnos por vencidos. -Ya lo hemos hecho.

Los doctores consideran que la derrota es inevitable.

-Deberíamos consultar a mejores especialistas.

-¡No insistas, Samuel!

He tomado una decisión. Soy su esposa,

lo que tú opines poco importa.

Entonces,

haga lo que haga, va a traerlo a esta casa, ¿no?

Eso no es exactamente así.

No voy a traerlo aquí.

Esta casa es demasiado grande

y me siento extraña en ella.

Estaba considerando mudarnos a otra zona de la ciudad.

-¿Dónde?

-No seas impaciente.

Pronto lo sabrás.

Muy disgustado le encuentro.

Es de suponer que ha discutido con mi madre.

-Me ata de manos con lo referente a mi padre.

Ya no sé qué más hacer para ayudarle.

Le traigo un telegrama que han dejado a su nombre.

Samuel,

le prometo que le apoyaré en todo lo que pueda.

Estoy en deuda con usted.

Siempre podrá contar conmigo.

-No vamos a estar solos en esta lucha, Blanca.

Mi hermano Diego está de camino.

Mauro, este lugar es maravilloso.

Es perfecto para criar a nuestro hijo.

¿Crees que podemos ser felices aquí?

Todos los días de nuestra vida, mi amor.

"Querida Celia,

ya falta menos para mi vuelta".

"Al ver a Mauro y a Teresa tan felices

no puedo evitar pensar en nosotros dos".

"Tengo muchas ganas de abrazarte

y contar a todos que estamos juntos".

"Felipe Álvarez Hermoso". -"¿Sabe usted"

quiénes son los nuevos?

-Nada han tenido a bien decirme.

-Pierda usted cuidado,

que seguro que pronto encontrará faena.

Ha espabilado de lo lindo.

-Ay, Dios te oiga, hija.

-Y si los nuevos inquilinos traen a su servicio,

pues tendremos nuevas en el altillo.

-Poco me importa eso a mí si son buena gente,

los de arriba y los de abajo.

-¿Le recuerdo el concierto

al que llegamos hace un mes? -No, no lo he olvidado.

Simplemente ando un poco despistado. Pero, si no le importa,

podríamos dejarlo para dentro de unos días, que llevo prisa.

-Ni días ni unas horas.

Se comprometió por escrito a devolverme mi dinero

en esta fecha.

Tiene 48 horas. -"¡Uh!".

Con esas peinetas me será muy fácil

entrar en conversación. -Peinetas de carey. Son exquisitas,

¿verdad? -Sí, muy refinadas.

Venía a encargarte una para la procesión.

Llamaré a la aprendiza para que te atienda.

Aprendiza, por favor.

-Señora. -Deje de bordar

y atienda a doña Trini.

Ya ha conseguido lo que pretendía

de siempre.

-No todavía.

Te sorprenderá lo que voy a conseguir de ahora en adelante.

Mucha prisa se ha dado Úrsula en convocarnos.

Así trata de tenernos bajos sus alas, como la gallina que es.

-Si acaba de instalarse

y ya nos invita a tomar el té en su casa.

-Es normal que quiera presentarnos a la familia que trae consigo.

El detalle la honra. Yo creo que está intentando

ser una buena vecina.

-¿Buena vecina?

Ay, Susana, ¿no recordáis las lindezas

que le regalamos cuando Los Paulinos? -Encantada de recibirlas.

Doña Rosina,

está usted más lozana, si cabe, que la última vez.

-Usted también resplandece. -Será por las joyas.

Cuatro piezas

de mi marido.

Siéntense y tomemos el té, para eso hemos venido.

  • Capítulo 581

Acacias 38 - Capítulo 581

16 ago 2017

Samuel se promete con Blanca para evitar que Úrsula la mande al sanatorio. Ya a solas, Blanca se enfrenta a Samuel: no quiere depender de nadie. Llega una carta de Diego, el hermano de Samuel, anunciando que regresa a casa. Antoñito no logra evitar que Lolita rompa definitivamente con él y se ve obligado a contarle a Arturo su fraude. El Coronel le da un plazo para devolverle el dinero. Adela intenta recuperar su empleo en la sastrería. Arturo recibe un paquete: es una grabación de Elvira. Leonor promete ayuda a Casilda a conservar su empleo y acerca a Liberto y Carmen para dar celos a su madre. Rosina decide no contratar a Carmen.

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