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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 580 - ver ahora
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-¡Rediez, señora!

¿Y yo qué? ¿Qué va a hacer conmigo?

¿No me va a despedir?

De momento, no.

Le he hecho la oferta a Carmen

porque tengo prevista una importante reunión

con los administradores de mi yacimiento.

-"Estimado Simón,

te agradezco lo que has hecho,

pero debo volver a la vida que me corresponde".

"No vuelvas a buscarme".

"Adiós para siempre, Adela".

-"Déjese ya de fantasías".

No invente más historias

y únase conmigo en la oración.

Le hará recuperar la calma y la serenidad.

-No puedo pensar con claridad.

-"Lo único importante"

que dice sobre el incendio es que se salvaron dos personas:

doña Teresa y un señor que estaba de visita.

Ahora están ambos

en el hospital.

Un tal...

Jaime Alday.

-"Tengo que informarles"

de que el señor Alday ha quedado impedido.

No reacciona

a los estímulos ni en su cuerpo ni es sus extremidades.

No puede hablar ni comunicarse de otra manera.

Dudo mucho que sus procesos cognitivos

estén bien. -No me gusta verte así,

pese a todo. Lo que tuvimos

no se olvida.

¿Qué te llevó a encontrarte con Anita tras tanto tiempo?

¿Quién te dijo que estaba allí?

Ya, ya. Ya veo

que estás impedido y que no puedes hablar,

pero yo sí puedo largar.

Te voy a hablar de nuestra hija. "Los resultados de las pruebas"

han sido desoladores.

Y que esté embarazada no ayuda.

No saben el tiempo que le queda.

Teresa se nos puede ir. Lo siento, pero no puede estar aquí.

La esposa del señor Alday no quiere que le visite nadie.

-¿Quién es esa mujer?

Tengo que contarle muchas cosas.

-¿Qué tienes que contarme, Fabiana?

Perdona mi mala educación.

No te he dado el pésame por el fallecimiento de tu hija.

La vamos a echar tanto de menos...

-¿Esposa de Jaime Alday?

-Sí, así es.

Casamos hace pocos días.

¿No vas a darme la enhorabuena?

-Sé lo que está pasando aquí.

Esto lo lleva barruntando desde su caída

en el puente de los Lamentos.

Ya entonces quiso vengarse usted

de la señora.

-Fatídica caída.

Un poco hipócrita, ¿no crees, Fabiana?

Lo que yo recuerdo es que me empujaste por el puente.

-Y lamento no haber llegado hasta el final

ni en el puente ni cuando la dejamos en aquella casa.

-Es evidente que no fuiste buena conmigo,

pero te perdono.

No voy a seguir viviendo anclada en un pasado tan lejano ya.

-Convencida estoy de que la idea se le clavó en la mollera.

Debió ir a la antigua casa

de los Sotelo Ruz a hablar con la gente

que frecuentaba la casa.

Allí encontró la relación entre Fabiana y Jaime,

de doña Cayetana y su padre.

Ya imagino la cara que puso cuando se enteró.

Debió pensar que le toco la lotería.

Jaime Alday, famoso por sus joyas,

un hombre rico y poderoso

padre de doña Cayetana.

-Qué imaginación tienes, Fabiana.

¿No has pensado nunca en escribir una novela?

Si supieras escribir, claro.

-Y tenía en su poder algo tan valioso como la identidad de su hija,

la hija de uno de los hombres más ricos, ¿me equivoco?

-No sé de lo que me estás hablando.

-"Pa" chasco que lo sabe muy requetebién.

De ahí el poderío con el que regresó,

con parné en el bolsillo y con aires de grandeza,

con el secreto guardado en sus carnes, agazapada,

esperando a que llegara el momento conveniente para usarlo.

¿Qué hacía Jaime Alday en casa de mi hija justo ese día?

Usted lo había enviado allí, ¿verdad?

-No. Dios me libre de haberlo hecho.

Tengo la sensación de que este último incendio

te ha hecho perder la poca cabeza que tenías.

-La muerte de mi hija

no fue un accidente, ¿verdad?

¡Usted la mató! -¡Basta!

¡Tú no eres mejor que yo!

¡Tú no eres mejor

que aquella a la que llamabas señora!

¿Por qué no me ayudaste

cuando a mí la vida se me escapaba entre los dedos de las manos?

¿Por qué me tiraste por ese puente?

Y si echamos la vista atrás,

tienes todo a perder.

Pero insisto,

te perdono.

Olvidemos todo lo que ha pasado

y empecemos de nuevo,

sin rencor.

-¡Usted la mató! ¡Usted mató a mi niña!

¡Usted mató a mi niña!

¿Qué hacía Jaime Alday en casa de mi hija?

¡Dígamelo, dígamelo! -¡No lo sé!

Quizá comprar una joya. Se había encaprichado

de un colgante de ninfa o algo así, no lo sé.

-No, no creo ni una sola de sus palabras. Usted miente,

mala pécora. ¡Diga la verdad!

¡Dígamelo, dígame la verdad!

-¡Socorro! ¡Auxilio!

¡Auxilio! -Tranquilícese, señora.

-¡Esa mujer está mintiendo!

Le juro que pagará por lo que ha hecho con mi hija.

¡Le juro por estas que lo pagará!

-Salga, por favor. -¡Déjeme!

-¡Salga! -¡Déjeme!

Venga, Lola, cuéntanoslo. ¿Qué es eso que escondes?

¿Qué tienes que te impide arrimarte a don Antoñito?

-A él y a todos. -¿A todos?

Qué enormidad.

A todos los varones, dices. -Eso.

Y no quiero contarlo, no me insistas más.

-Ay, Lolita, hija, pero...

pero si lo hacemos por tu bien.

Cuéntanoslo. Igual descubrimos que no es tan grave.

¿Qué pasa?

Que hubo un mozo que te hizo daño y no quieres volver a sufrir, ¿no?

-Con su permiso. -Por supuesto, hija.

-No haríais tanta chanza

si hubierais pasado por lo que pasé yo.

-Perdón, Lola. No queríamos ofenderte.

-Lolita,

¿por qué no nos lo cuentas? Ya no por arreglarte con Antoñito,

sino que lo mismo podemos ayudarte.

-Está bien,

os lo voy a contar.

Pero os pido por lo más sagrado que esto no salga de aquí.

Es un secreto y no quiero que nadie lo sepa nunca.

¿Os acordáis de la tata Concha?

Y quería celebrar su cumpleaños con sus familiares.

Y que todo estos

pues la habían diñado, no quedaba uno vivo.

-¿Y qué? ¿Qué tiene que ver eso con tu secreto?

-Pues todo.

Que en mi familia hay una problemática,

una especie de maldición.

-Lolita, ¿pero qué dices? -Pues eso.

Una enfermedad o algo mal encajado que hace que se mueran de mozuelos.

La tata Concha es la que queda. -Eso es por casualidad.

-O porque tiene mala suerte.

-Mi tío Cosme: a los 23,

infarto.

Mi tía Angelita: a los 22,

dando a luz a mi prima Conchi. Mi prima: a los 19, atropellada.

Mi tío Eusebio: a los 27, huesecillo de pollo atragantado.

¿Sigo? -No, Lolita,

eso no tiene que ver. -Todos murieron

antes de los 30. -¿Todos?

Bueno, pero eso no tiene por qué pasarte a ti.

No tiene por qué ser una maldición ni tampoco algo misterioso.

-Es que hay algo más.

-¿El qué?

-Todos murieron en su cumpleaños.

(LAS DOS) ¿Todos?

-¿Es raro

o no es raro? ¿Para qué voy a empezar nada con el Antoñito

si voy a estirar la pezuña?

-Pero, Lolita, hija, que...

-Que no, Casilda, que no.

Antoñito no se merece quererme para luego pasar pena.

A mí y no me queda nada.

Le doy calabazas y no sufrimos ninguno de los dos.

Mejor me quedo sola hasta que la parca venga a por mí.

-Lolita...

Señoras, perdonen que las interrumpa. ¿Traigo ya el desayuno?

-No, yo no tengo hambre, has tardado demasiado.

-Señora, yo pensé que usted quería que limpiara antes

y que dejara la salita bien apañada.

-¿Qué has preparado? -Pues huevos pochados.

Y unas tostas también. -No me apetece nada.

Huevos... Ay, no, no, qué horror.

-¿Quiere que le prepare otra cosa?

-Quiero que te calles,

que me pones la cabeza como una olla de grillos.

-Bueno, señora,

yo me callo, si eso es lo que usted quiere.

Pero parece ser que, últimamente, no hago nada bien.

¿Es que no está usted contenta conmigo, doña Rosina?

Dígame usted las cosas como las "quie"

y yo las hago a pies juntillas.

-No se dice "quie", se dice: "Quieren las cosas".

Que parece que te hayas tragado un trapo.

Lo que puedes hacer es marcharte y dejarnos a solas.

¿Qué?

-¿Qué le sucede? ¿Porqué habla así a Casilda?

-¿Cómo le hablo?

-Diría yo que bastante mal.

Entiendo que sea exigente,

pero de ahí a ser grosera y antipática...

-No, no, no.

Yo soy muy benévola y paciente con ella.

-Madre, debería tranquilizarla.

La pobre se cree que usted la va a sustituir por Carmen.

¿No me diga que piensa en echar a Casilda de esta casa?

-Le iría bien un escarmiento, no te lo niego.

-¿De qué está hablando? -¿De qué hablo?

De que Casilda se ha acomodado.

Se cree que este trabajo es de por vida.

-Es que no es solo su trabajo,

este también es su hogar. -No.

Es solo un techo bajo el que puede vivir si cumple con su trabajo.

Pero, si no lo hace bien, a la calle. -Pe...

-Pero nada. ¿Es que yo no tengo derecho

a un servicio de altura, como Celia?

Ella tiene a Simón, que es fino y educado,

¿y yo tengo que conformarme con Casilda?

-¿Pero qué está diciendo?

-Ay, hija, yo tengo un yacimiento y recibo a personas importantes.

Y no las puedo recibir con alguien que no sabe ni hablar.

-¿Está hablando usted en serio? ¿De verdad quiere despedir a Casilda?

-Digo que no hay trabajos vitalicios,

que tiene que ganarse su jornal o a la calle.

Porque tengo donde elegir, hija,

y, posiblemente, mejor.

-Madre...

¡Madre!

Confíen en mí, que es solo cuestión de tiempo.

-No. Denos el dinero.

Por tu cara, deduzco que no te libras del lío

en el que te metiste con la bolsa.

-Había conseguido nuevos inversores para mi negocio.

-¿Estos dos? -Sí.

-Con su dinero quería ganar tiempo con el coronel,

para evitar que se pusiera más nervioso.

-¿Y qué ha pasado?

-Que estos dos deben de ser

perros viejos de la bolsa.

Y debieron notar que, al no darles beneficios, iba a pasar algo malo.

Me han pedido que les dé el dinero.

-Se lo has devuelto, ¿no?

-Claro. ¿Qué voy a hacer?

Desde que don Felipe se retiró, corren muchos rumores por el barrio.

-Esto no me huele bien.

-Yo te reconozco que por más vueltas

que le doy, no sé cómo salir.

-Porque no hay manera airosa de salir de este desaguisado.

Solo retrasas el momento en el que explote.

Y cuando esos suceda... -Ya, ya, ya.

Ya lo sé.

Déjalo, que ya sé lo que va a suceder.

-Es que no sé cómo voy a conseguir

el dinero que le debo a don Arturo.

-Anda, acompáñame, que te invito a desayunar.

Nada bueno se te ocurrirá con el estómago vacío.

Disculpen la osadía,

soy el coronel Arturo Valverde y me gustaría hablar con ustedes.

Creo que compartimos negocios.

Lo cierto es que pensé en dejar a Antoñito las gestiones

de mis negocios con doña Rosina. -Con el yacimiento.

-Antoñito ha demostrado tener mucho instinto para los negocios.

De hecho, creo que sus inversiones en bolsa

están dando mucho dinero a sus clientes.

-Eso y que tratar con doña Rosina no es lo que más le apetece.

Esa mujer, a veces, puede resultar... no sé.

-Demasiado intensa.

-Insoportable iba a decir.

-No te lo voy a negar, no.

Esta tarde tengo una reunión con ella

y estoy convencido de que al salir pensaré en eso.

-¿Más café, padre? -No, gracias, hija.

-He de reconocerle que...

que me da envidia la forma en la que habla de mi hermano.

-¿Y cómo hablo?

-Pues con admiración y orgullo.

Vamos, que se le cae la baba.

¿Alguna vez habla así de mí también, padre?

-Constantemente y sin parar, hija.

¿Pero es que acaso lo dudas?

(Puerta)

No solo eres lista e ingeniosa,

sino que además eres responsable y trabajadora.

Y además de todo eso,

eres una belleza, hija mía.

No sabe Víctor la suerte que tiene

de que te hayas interesado por él.

-Disculpen. ¿Molesto?

-Simón, no, pasa. Ya habíamos terminado.

¿En qué puedo ayudarte?

-En verdad, don Ramón, vengo a ver a su hija.

-Os dejo a solas.

-¿Qué ocurre?

-He venido a pedirte un favor.

-Elvira.

-Necesito volver a escuchar su voz.

Ha de centrarse en las escrituras,

en ellas encontrará la paz

y se dará cuenta del compromiso que adquirió con Dios.

Sé que durante este tiempo que pasó en extramuros su fe se ha tambaleado,

pero también sé

que Dios da el perdón a la oveja descarriada

y la acoge en su seno. Y usted debe dar las gracias

por esa infinita misericordia.

¿Me está escuchando, hermana?

-Sí.

Sí, claro. ¿Decía, madre?

-Bueno, la dejo con sus pensamientos.

Pero más le vale reflexionar sobre lo que le he dicho.

Vuelva a leer la parábola del hijo pródigo.

(RECUERDA) "No me engañe, no tiene vocación".

-Le ruego que no me hable así,

no es quién para hurgar en mi sensibilidad.

-Su padre la encerró.

Usted no se doblegó a ese encierro por su vocación. ¿No lo entiende?

Nunca va a ser feliz, nunca, y eso es mucho tiempo.

"Simón, siento en el alma lo que tengo que decirte".

"Sé que no tiene perdón el haberte dejado esperando mi llegada,

pero no podía hacer otra cosa, no pude traicionar a mi padre,

dejarle en la estacada".

"Sé que te puedo parecer injusta,

pero me resultaba imposible desentenderme,

por eso tenía que huir de esta forma,

porque sabía que, si te miraba a los ojos, cambiaría de opinión".

"Y eso no puedo hacerlo".

"Tengo que sacrificarme por mi padre".

"He partido hacia Turquía para casarme con Burak Demir".

"No espero que lo entiendas,

pero, en este momento, no puedo hacer otra cosa".

"Este es mi destino. No voy a olvidarte nunca".

No sabes cuánto la echo de menos, María Luisa.

Estos días atrás,

no lo sé, no sé qué me pasa, creo que...

quería ayudar a Adela porque echaba de menos a Elvira.

-¿Qué quieres decir, Simón?

-Me empeñé en librarla de ese convento, de la madre superiora,

porque es lo que debería haber hecho con Elvira, librarla de su padre.

De algún modo, quería lograr con sor Adela lo que no...

lo que no logré con Elvira.

-Ya, Simón,

pero Adela no es Elvira.

A diferencia de ella, Adela no quiere ser liberada.

-Ya lo sé.

Lo sé.

Y supongo

que he de aceptarlo de una vez por todas.

Como he de aceptar que Elvira ha fallecido

y que no va a volver.

-Perder a alguien a quien amas por encima de todo

es muy duro, Simón,

pero no puedes hacer pagar a Adela por algo que es tuyo.

Y este dolor es solo tuyo.

Esta chica está mejor en el convento.

¿Qué te ocurre, Mauro?

¿Te encuentras bien?

No es lo que dice tu mirada.

Es solo la tensión de los últimos días,

pero ya pasó.

Ya todo va a volver a la normalidad.

Hace calor, ¿no? ¿Quieres que te quite la manta?

Mauro, hace tiempo que aprendí a leer tus ojos.

Eres como un libro abierto

y ya sé cuando me mientes.

No te estoy mintiendo.

Los médicos no han querido hablar conmigo directamente

y nadie me ha dicho cuál es mi estado.

Así que, intuyo que la perspectiva no es muy alentadora.

Teresa... No, Mauro, déjame terminar.

¿Qué es?

Me han quedado secuelas.

Mis pulmones están afectados.

No saben cuánto tiempo me queda de vida

y ni saben si podré llevar a término el embarazo.

Mauro, soy yo.

Hemos pasado por mucho, dime la verdad.

Estamos a la espera de unos resultados.

Pero lo cierto es que...

podrías morir en cualquier momento.

Visto lo visto, solo nos quedan dos opciones.

Dejarnos arrastrar por la tristeza y la impotencia o...

¿O...?

O vivir cada día como si fuera el último.

Mauro, disfrutar del amor que nos tenemos, que es infinito,

y luchar para que al menos pueda dar a luz a esta criatura.

Antes de marcharme para siempre,

me gustaría dejarte este regalo.

¿Por qué todo es tan injusto,

mi amor?

No nos merecemos que todo acabe así. No, Mauro.

No quiero hablar de finales, ya no.

Quiero vivir el presente,

disfrutar del tiempo que me quede, sea mucho o poco.

¿Qué quieres que hagamos, mi vida?

Sácame de este hospital

y vayamos a ese lugar lejano que me prometiste.

Pero, mi amor, aún no estás recuperada del todo.

Y no necesito estarlo, Mauro.

Me basta con tenerte a mi lado.

Disfrutemos ya de ese futuro

en un lugar lejano, tranquilo.

¿Acaso tú no quieres lo mismo?

Es lo que más deseo en este mundo.

¿A qué estamos esperando entonces?

Vayamos ya a por ese futuro.

Tengo el pálpito de que allí todo será mucho mejor.

Y, sobre todo, mucho mejor para esta criatura.

Allí nuestro hijo crecerá feliz.

¿Harás eso por mí?

Te lo prometo.

Entiendo su preocupación,

pero no debe venirse abajo ahora, no se lo puede permitir.

¿Recuerda lo que me contó?

Cuando perdió a su madre,

su padre se volcó en usted y en su hermano.

Fue un ejemplo para ustedes, un pilar en el que se apoyaron.

Ahora usted ha de ser ese pilar para que se apoye su padre.

Él le necesita más que nunca.

Tras el incendio, ha quedado impedido y no se puede valer por sí mismo.

Si usted se rinde, quedará a merced de Úrsula,

¿y sabe lo que eso significa?

Está perdido.

No sabe lo malvada que puede llegar a ser mi madre.

Si se portó así conmigo, su propia hija,

¿qué no podría llegar a hacer con su padre?

-Parece mentira la fortaleza que emana,

la dureza y la valentía que expresa con sus ojos y sus palabras.

Cuando la conocí, parecía usted tan vulnerable,

un ser tan desvalido y débil...

-Puedo ser muchas cosas, Samuel,

pero nunca débil, se lo seguro.

¿Quiere llevarle algo más?

-No.

Sacaré a mi padre de ese hospital y le llevaré a centros mejores,

donde le den lo que necesite para volver a recuperar el habla.

Lo conseguiremos, ¿verdad que sí? -Sí.

-Lamento contradecirte, Samuel,

pero no lo creo.

-¿Perdón?

-No vamos a sacar a tu padre del hospital,

a no ser que sea para traerlo aquí,

a casa. -No puede imponer su decisión,

yo soy su hijo.

-Y yo su esposa.

¿Acaso lo has olvidado?

Tu padre

ha quedado impedido fruto del accidente.

No puede valerse por sí mismo, no puede pensar ni actuar.

Y los médicos

lo han incapacitado.

-¿Cómo?

-A partir de ahora, yo seré responsable de él.

Yo seré quien tome las decisiones,

tanto a nivel médico, como de la casa

y de la joyería.

Yo administraré todo su dinero

y tomaré las decisiones por él.

-¡Eso no es justo!

-Es lo que marca la ley, lo lamento.

-Ha planeado esto desde el principio, por eso le forzó a casarse con usted.

-¿Cómo iba a saber yo nada sobre el accidente?

Estoy tan apenada

como tú. -Usted no siente nada.

-Nunca entenderás lo que hay entre tu padre y yo.

-No lo haga, Samuel.

No le dé ese gusto.

Una vez más, escoges el lugar equivocado, hija mía.

¿Y cuál es su propuesta, don Ramón?

-Pues quería proponerle un cambio

en los métodos de extracción.

-¿Qué cambio?

-¿Le parece a usted mal? -Es que me parece innecesario.

Además, me suena a costoso.

¿Qué queremos: ganar o gastar? -¿Por qué no escuchamos

la propuesta de don Ramón?

-¿Me estás contradiciendo?

-No. ¿Pero a qué negarse antes de saber cuáles son los costes?

-Cambiar quiere decir gastar,

de toda la vida de Dios. -No siempre

tiene por qué ser así.

Permítame que la corrija, doña Rosina.

Hay que gastar a corto plazo para ganar a la larga.

-Señores, lamento la interrupción.

Señora, ¿le gustaría probar un cóctel que he preparado?

Creo que será de su agrado.

-A ver.

¡Mmm!

Está exquisito.

Cariño, pruébalo. Seguro que te templará los ánimos.

Qué rico, madre mía. Está como... como chisposo y vistoso,

como mi marido.

-Déjenme que lo pruebe,

han despertado mi curiosidad.

-¿De la misma copa? -Somos socios, Rosina.

Tiene un sabor muy peculiar, nunca había probado nada igual.

¿Lo has inventado tú?

-No, no lo he inventado yo.

Pero sé que es un cóctel muy elegante.

-Sí. Es que Carmen es muy elegante

porque antes fue señora.

¿Verdad? Lo que pasa que tuvo la desdicha...

-Parece una mosquita muerta,

pero las mata a la chita callando.

-Solo trata de ser amable. -Ya. Lo que es una aduladora,

una corista, una interesada.

Pero ya te digo yo que no se va a salir con la suya.

-Canija, ¿qué vas a hacer? -Pararle los pies solamente.

-Si me permiten,

iré a por más copas.

-Bueno, señora Carmen, ¿qué?

¿Todo bien?

-De maravilla.

¿Y tú? -Divinamente.

-¿Te pasa algo, Casilda?

-¿A mí? ¿Qué?

¿O es que me tendría que pasar algo?

-Ay, no sé, si te encuentras mal o te has enfadado con el Martín,

me encargo yo de esto.

Anda, márchate a descansar, si quieres.

-Eso es lo que quiere usted.

-¿Cómo?

-Traiga esto aquí. -No.

-¡Que sí! ¡Traiga!

¡Me cago en...!

Perdón, perdón.

-No se apuren, enseguida preparo

más cócteles.

-Lo siento mucho, de verdad.

-Bueno, disculpen a mi criada.

A veces, es torpe y manazas.

Bueno, ¿a qué cambios se refería usted, don Ramón?

Si no te conociera, pensaría que estás harto de la chocolatería.

-De lo que estoy harto

es de responder a preguntitas sobre doña Cayetana.

Todo el mundo viene de cualquier parte para cotillear sobre ella.

-Bueno, y tú bien que te estás aprovechando, ¿no?

-No seré yo el que te diga que el negocio no va bien.

Pero estoy harto de preguntitas:

"¿Qué siente al haber vivido junto a una asesina?".

"¿Es tan mala como la pintan?". Que ya no sé

ni qué cara poner. Estoy a punto de explotar y liarme a voces.

-La verdad es que todos andamos algo tensos últimamente.

Quizá...

nos iría bien salir un poco del barrio, a distraernos.

-¿Te refieres a... un café teatro o algo así?

-Sí, ¿por qué no?

Nos iría bien relajarnos un poco, ¿no?

-Ya lo creo que sí.

Hablo con Pablo, Leonor y María Luisa y seguro que les entusiasma.

¿Esta noche te iría bien?

-Sí, sí, sí. Perfecto.

-Me gusta tu nueva actitud.

Quedarse estancado no sirve de nada.

-¿Ocurre algo?

-Sí. Que he de marchar a correos

a mandar estas cartas para doña Celia.

¿Le ocurre algo a Simón, Víctor?

¿Sigue preocupado por sor Adela?

-Pues no lo creo, la verdad.

Hemos hablado para quedar esta noche y salir.

Vamos a ir al centro, a uno de esos café teatros

que están tan animados.

-¿Significa eso que empieza a pasar página?

-Eso parece.

¿Eres tú, hijo?

-Sí. Pero me voy a descansar a mi cuarto, padre.

-No, no, ven, ven, que tenemos visita.

Coronel, ¿qué hace usted aquí?

-Don Arturo me hablaba de tu talento

para los negocios, hijo mío. -Mi talento.

-De hecho, me informaba sobre lo fiable que es invertir en bolsa,

cuando esta se tambalea, tú consigues

sacar beneficios. -Habrá sido un golpe de suerte.

-Y gracias también a la educación

que te he dado enviándote a los mejores colegios.

-Y que su hijo es un chico muy inteligente, no le quite mérito.

-Eso sobre todo.

-¿Por qué no nos fumamos unos puros para celebrar

lo bien que van las cosas? -Me parece

una excelente idea. Voy.

Le doy mi palabra

de que le devolveré todo su dinero. -Lo sé.

Sé que en la bolsa hay que tener mucha paciencia.

-Lo sabe. -Sí.

Es más, he comentado con algunos amigos del Ateneo lo beneficioso

que es invertir con usted y están muy interesados.

¿Tendría inconveniente en incluirlos entre sus clientes?

-Sus amigos quieren invertir conmigo.

-¿Algún problema? -No, no,

de ningún tipo.

Siempre estoy abierto a nuevos inversores,

y más si son amigos suyos. -Bien.

Puede pasarse mañana por la tarde por mi casa y se los presento.

-Por supuesto, allí estaré.

-Puros habanos de primerísima calidad.

Vamos a celebrarlo

por todo lo alto.

-Por favor. -No, no.

Gracias.

Es increíble ver cómo recuperan la normalidad tras el incendio.

La gente está deseando olvidar,

sobre todo, la cosas malas.

¿Quién iba a decir que la vida seguiría igual tras morir Cayetana?

Y míreles,

es como si nunca hubiera formado parte de sus vidas.

No creo que nos resulte fácil olvidarnos de usted

ni de Teresa.

No me imagino esto sin ustedes,

les vamos a echar mucho de menos.

Felipe, quería agradecerle que se haya comportado como un amigo,

un amigo de verdad.

Lo mismo digo.

No encontraré a alguien con quien tenga tanta confianza

como la que he tenido con usted.

¿Ya tienen los billetes?

Sí. Mañana partimos a Antibes.

¿Antibes? Sí.

¿No lo conoce? No.

Está junto a Niza.

Es un lugar donde disfrutaremos tanto del mar como de la montaña.

Parece el lugar ideal para vivir,

alejado de penas y calamidades. Así lo espero.

Le mandé un telegrama a un antiguo compañero que se retiró allí

y nos conseguirá una casita.

Espero que el aire puro de la zona sea beneficioso para Teresa

y logre superar su dolencia pulmonar.

Estoy seguro de ello.

Será beneficioso para el embarazo,

allí Teresa se recuperará y dará a luz

a un niño maravilloso.

-Señores.

¿Puedo hablar con ustedes?

¿Qué ocurre, Fabiana?

Se trata de Úrsula.

¿Qué hacía ese hombre, Jaime Alday, en casa de Cayetana?

¿Oyó usted algo?

¿Se lo habían presentado?

Es uno de los joyeros

más importantes del país.

¿Ni recuerda haberle visto allí?

Celia, en mi memoria,

todo lo sucedido por el incendio es demasiado confuso.

Si le soy sincera, prefiero no recordarlo.

Lo lamento, no quería importunarla.

No, no lo ha hecho.

Por las fotografías de este folleto,

se diría que Antibes es maravilloso para retirarse.

Estoy segura que allí van a encontrar la paz.

Estoy deseando partir hacia allí.

El aire limpio de seguro que me cura los pulmones

y favorece mi embarazo. Este niño ya ha luchado

por su vida y ya es todo un milagro.

Después de todo lo que ha pasado usted...

Este crío va a ser fuerte.

-Yo antes querría pedirle perdón. ¿Por qué?

Porque dudé de usted cuando me aseguraba

que Cayetana cometió esos crímenes.

No la creí.

Entiendo.

Y luego, cuando supe que había mentido sobre su identidad,

me sentí ofendida por no habérmelo contado,

por no haber confiado en mí.

Sí confiaba en usted, Celia,

pero el secreto era tan doloroso

que apenas me atrevía a mencionarlo en voz alta.

Y a día de hoy, ni siquiera sé cuál es mi identidad.

¿Qué quiere decir, Teresa?

Nací siendo Cayetana Sotelo Ruz,

pero... la vida quiso que yo me convirtiera en Teresa.

Creo que, al final, me convencí de ello.

Le he traído algo.

Es un ejemplar del libro de Tirso,

"El país del Ámbar".

Se han vendido todos los ejemplares.

Y ahora, una editorial está decidiendo

hacer una nueva tirada.

Creí que le haría mucha ilusión llevarse un ejemplar con usted.

Muchas gracias.

Las voy a echar mucho de menos.

¿Ya lo sabían ustedes? No, yo no tenía ni idea.

¿Úrsula casada con Jaime Alday?

Qué cosa más rara. -Uno de los joyeros más influyentes.

Diamantista de la casa real, conocido por sus piezas "art nouveau".

-¿Y no creen que eso tuvo algo que ver

en el incendio de la casa de Cayetana?

¿Qué quiere decir?

Pues "pa" chasco que la casa no pudo salir ardiendo por accidente.

Úrsula debió prenderle fuego de alguna manera.

-Fabiana, sabemos que eres muy buena persona

y que estás afectada por lo de tu hija,

pero ya ha pasado, no le des más vueltas.

-No se queden de brazos cruzados.

Esa mujer ha matado a mi hija

y a punto ha estado de matar a don Jaime Alday.

Tienen que hacer algo.

Don Mauro, usted era policía,

tiene que hacer justicia. Fabiana, ya se ha hecho justicia.

Su hija tuvo el final que merecía.

-Es lo que hubiera dictaminado el juez.

De no haber muerto en el incendio, lo hubiera hecho en el garrote.

Mire, Fabiana, todos hemos cometido errores.

Cayetana,

doña Úrsula,

usted también.

¿No es mejor dejarlo todo como está? Hagan algo.

Yo voy a hacer algo. Voy a cuidar

de Teresa, eso voy a hacer.

Voy a conseguir que sea feliz el tiempo que le queda

después de que su hija

le hiciera la vida imposible. ¿Le parece poco eso?

Necesito todas mis fuerzas para ganar a la enfermedad

y conseguir que mi hijo nazca sano y salvo.

Mauro...

No, Fabiana.

Se acabó.

¿Pero a todo el mundo le da igual?

¿Nadie quiere saber qué pasó en aquella casa

y qué hacía ese hombre allí dentro?

¿Es que no quieren ver que Úrsula tiene algo que ver con esto?

Gracias, Lolita.

Cuando termines de recoger, puedes retirarte,

que ya has hecho bastante.

-La señorita María Luisa no ha cenado.

¿Le dejo algo? -No. Salió con sus amigos.

Vete. Mañana será otro día.

Aún te pillo. -Ya me iba.

-No, no, aguarda.

Dame un segundo. -¿Para qué?

-Sé lo que te pasa.

Sé que estás enfadada por el paripé de las clases de inglés

y por llevar nuestra relación en secreto.

-¿Qué relación?

-La que hay entre tú y yo.

-Entre usted y yo no hay nada.

-No te lo tomes así. He tenido una semana complicada,

entre mis negocios y mi habilidad para tener problemas...

Pero he tenido un golpe de suerte.

Y ahora, sé que todo va a salir bien.

-Y yo que me alegro.

-Voy a poner las cartas sobre la mesa.

-Las cartas sobre la mesa. -Sí.

Voy a reunir a mi padre y a María Luisa

y les voy a contar lo que siento por ti.

-¿Pero se ha vuelto loco?

-Sí, por ti. ¿Cuál es el problema?

-Que no le puede contar nada a su familia.

No hay nada que contar. -¿Cómo que no? Lo nuestro.

-Que no hay nada nuestro.

-¿Qué pasa? ¿Estás rompiendo conmigo?

Ya no sientes lo mismo por mí.

Ya no me quieres.

¿Te gusta esta vida, hija?

¿Te gusta vivir en esta mansión

rodeada de lujos y de posibles,

vistiendo bonitos vestidos y luciendo como una niña bien?

Sí, te gusta.

Quizá te estés acostumbrando demasiado rápido.

No creo que te convenga.

Nada dura eternamente.

Yo siempre me he movido en estos ambientes,

frecuentando gente de posibles.

Pero tú...

Tú eres una estúpida que no ha sabido aprovechar

lo que le ha dado su madre.

-Nada me ha ofrecido usted que valiera la pena.

-Una educación,

estricta, eso sí.

La misma que le daba a doña Cayetana.

Ella fue mi mejor alumna.

Nunca despreció, como has hecho tú,

todo lo bueno que le daba.

-Si volviera a nacer,

actuaría de igual modo.

No me arrepiento de nada, madre,

que le quede claro.

-Eres una desagradecida,

siempre lo has sido.

-¿De verdad cree que va a salirse con la suya?

¿De verdad cree que se hará con el control de esta familia,

de todo su dinero?

-¿Quién me lo va a impedir?

¿Samuel?

-Yo.

Yo se lo impediré, madre.

¿Habéis avisado al cochero? -Sí. Nos está esperando

tras el quiosco. Venga, Víctor.

-Voy. -Ese café teatro es divertido.

-Yo tengo unas ganas de ver qué se cuece...

Debimos hacerlo hace tiempo.

-He reservado una mesa para los cinco.

Lo pasaremos la mar de bien.

-Espero que ese espectáculo no sea subido de tono,

que soy una señorita.

-¿Y las señoritas no pueden

pasárselo bien? Tú relájate y disfruta,

que somos jóvenes todavía.

¿O no, Simón?

-Sí, supongo que sí.

La vida es corta, no debemos desaprovecharla pasando pena.

-Amén. ¿Nos vamos?

-Vámonos.

-Simón.

Discúlpeme, ¿llego en mal momento?

-¿Qué hace usted aquí? ¿Qué... qué hace vestida así?

-He dejado el convento.

-¿Cómo?

-Que he dejado el convento para siempre.

¿Cree que he cometido un error?

-No, no, claro que no.

Ha tomado la mejor decisión que podía tomar.

-"Eres una maleducada"

y una irrespetuosa. -¿Por qué?

¿Porque no la obedecía?

¿Porque no sucumbía a sus maldades

y a sus deseos caprichosos que me hacían infeliz?

-¿No has tenido bastante con el manicomio?

¿No aprenderás nunca?

-Usted no aprende.

¿No ve que puede hacerme todo el daño del mundo,

pero nunca cambiará lo que soy?

-¿Y qué eres tú? -Una mujer libre.

-¡Una necia,

eso es lo que eres!

Ahora que Jaime no puede decidir,

yo mando aquí.

Y lo que voy a hacer

es enviarte de nuevo al manicomio.

A ver hasta dónde eres capaz de soportar

por defender tu libertad.

Temes que te sustituya por Carmen. -Está clarito

quién se va a quedar en la casa y quién se va a ir a la calle.

-Perded cuidado, que yo conozco muy bien a mi madre,

y os aseguro que sé cómo quitarle de la cabeza

la idea de sustituir a Casilda.

-¿Ha perdido el oremus? ¿Qué hace con eso? ¿Y sus hábitos?

-Bien guardados.

Todo eso terminó.

Voy a tomar las riendas de mi vida.

Solo le pido que me dé la oportunidad

de regresar a la sastrería.

-"Déjelo estar".

Bastante complicado es para una.

-¿Sabes por qué te resulta tan difícil darme de lado?

Por una única razón, Lolita, porque tú también

me quieres y quieres estar conmigo. No voy a renunciar por el qué dirán.

Parece mentira que no lo hayas visto.

-"Con el roce, olvidarán que fue monja y la tratarán de igual".

-Pero usted mejor que nadie sabe que olvidar no es tan fácil.

-No, no lo es.

Y hay cosas que nunca se olvidan.

Pero con el tiempo, uno puede aprender a vivir con ello.

Yo nunca olvidaré a Elvira.

-"Desde que la vi"

siento por usted algo más que simple cariño.

Una estima que anhelo sea algún día correspondida.

Acepte este anillo de compromiso.

"Qué casualidad que estuviera"

cuando todo ocurrió.

Me lamento continuamente de eso,

pero ya ve, el mundo es así, un pañuelo.

-"Le deseo de corazón"

la mayor de la suertes, vaya donde vaya".

Bien sabe Dios que usted merece toda la felicidad.

Y ojalá la encuentre

junto a esa familia que formará con Mauro.

"Bueno, mi amor, debemos marchar".

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  • Capítulo 580

Acacias 38 - Capítulo 580

14 ago 2017

Úrsula niega cualquier relación con lo ocurrido en el incendio. Mauro y Felipe no ayudan a Fabiana a desenmascararla. Lolita confiesa a Casilda y Trini que no quiere nada con Antoñito porque teme morir joven. Simón recuerda a Elvira. María Luisa consuela al mayordomo cuando Adela llega al barrio: ha dejado los hábitos. Teresa pide a Mauro que la lleve junto al mar y él compra billetes para Antibes. Úrsula va a llevar a Blanca de vuelta al sanatorio.

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