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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 579 - ver ahora
Transcripción completa

No me imagino por lo que debes estar pasando.

-Todavía no han terminado. -¿Has hablado con ellos?

-No me he atrevido, señora.

No sé qué haría si me dicen que no voy a poder dar tierra

a mi niña.

-"¿Qué sucede con Carlos?".

No habrá sido plato de su gusto,

y está en todo su derecho a callarse, pero...

quizá le pueda servir de consuelo.

-Me ha rechazado.

Dice que no quiere saber nada de mí.

-"Tu padre inhaló mucho humo"

durante el incendio, pero eso no es lo peor:

tiene una contusión en la cabeza,

que es lo que le mantiene inconsciente.

-¿Sabe cuándo podrá levantarse?

-No saben si podrá hacerlo algún día.

Adela tiene sus ideas propias, como debe saber bien.

Nadie le hizo mal, al contrario,

todo el barrio la ha tratado con mimo,

pero sí, sé dónde se aloja,

la ha recogido una vecina de Acacias.

¿Y cómo queda la situación de Cayetana al no hallar el cuerpo?

-Doña Cayetana Sotelo Ruz,

o cualquiera que sea su verdadero nombre,

será dada por fallecida a todos los efectos.

-"Es usted joven,"

animosa, inteligente,

y sé que está mal que lo diga,

pero bonita también.

¿Quién le dice que no volvería a enamorarse?

-Ya es suficiente, hermana, nos vamos.

El coche está esperando en la calle principal.

(TOSE) "No te puedes imaginar"

los nervios que pasé para devolverle el dinero.

-Te has quedado sin un real. Estás en la cuerda floja.

-Como un trapecista.

Pero lo único que pido es que no se corra la voz

y quieran todos el dinero.

Porque entonces sí que me hunden. "No me dolía tanto morir,"

sino renunciar a ti.

Mi amor, ya estamos juntos de nuevo

y nada nos va a separar.

¿Te importa que te pregunte por el día del incendio?

¿Por qué fuiste a casa de Cayetana?

¿Quién más estaba allí?

(TOSE)

Dime, mi amor,

¿qué fue lo que ocurrió?

¿Qué ocurrió? ¿No recuerdas nada?

Al contrario, Mauro.

Lo recuerdo todo nítidamente, como si acabara de ocurrir.

Si te sientes con fuerzas, dime qué pasó.

Recibí una carta de Cayetana,

confesándolo todo, pero...

no estaba firmada, Mauro.

Me estaba tendiendo una trampa. Maldita sea esa arpía.

Sabía que corría

un riesgo, pero las promesas que nos hicimos

me dieron fuerzas para acudir a esa cita.

Mauro, por eso y solo por eso

me decidí a visitar a esa asesina por última vez.

Sé que piensas

que soy una ingenua, y quizá lo soy,

sobre todo, si tenemos en cuenta

las terribles consecuencias de mi error.

He puesto en riesgo mi vida,

pero también la de nuestra criatura. ¡Chist!

No, mi amor.

Tú hiciste lo que creíste más oportuno en ese momento.

No te tortures más por ello.

¿Te encuentras con fuerzas para seguir?

Sabía que tenía que haberte dicho que iba a ir, pero...

no me hubieras dejado salir.

No te mortifiques con eso,

simplemente cuéntame

qué pasó. Ya en casa de Cayetana,

le pedí que firmara la carta,

y ella parecía dispuesta.

Pero...

cuando me contó que había asesinado a Tirso

solo para hacerme daño, no pude controlarme

y le crucé una bofetada en toda la cara.

Luego ella simuló que había firmado la carta.

Solo le restaba despedirse de mí, pero...

cogió un puñal y me pidió que la abrazara.

Estoy segura de que me hubiera apuñalado una y otra vez

hasta terminar con mi vida y con la de mi hijo.

Pero, por fortuna,

en ese momento, llamaron a la puerta

y eso le impidió terminar lo que ha había iniciado.

Se trataba de un hombre

que se presentó a ella

como su padre. ¿El hombre que encontraron?

¿Jaime Alday?

¿Es el padre de Cayetana? Sí.

Estaba allí para ayudarla.

Al parecer, Úrsula les puso en contacto.

Esa endriaga no deja de mover sus hilos a nuestras espaldas.

A la postre,

pude recuperarme un poco de mis heridas

y golpear a Cayetana.

Y darle la carta con su confesión a ese hombre.

Después fue la explosión.

Y lo último que recuerdo

es a Cayetana intentándome salvar.

¡Vámonos de aquí!

¡Vámonos!

¡Vámonos de aquí!

Mauro, lo que no comprendo

es por qué ella cambió

y trató de hacerme creer que no asesinó a Tirso.

Su mente ya estaba perdida.

Lo que tengo claro es que era culpable.

Vale. Chist.

Sosiégate, mi amor.

Cayetana ya está muerta.

Y la justicia

ha dado por probados sus crímenes.

Ya nunca más volverá a hacernos daño.

Mauro, pensé que nunca llegaría este día.

Andaba con las tripas encogidas porque no llegaba.

-Me alegra que te preocupes por mí, Maritornes.

-Pare el carro, que solo quería hablarle.

-Pues me viene de perlas, porque quería decirte una cosa:

para que María Luisa deje de sospechar podemos dar

otra clase mañana. -Déjese de gaitas,

es que no es el momento.

-Escúchame. He pensado en poner un examen.

Y cuando se vea en la tesitura de tener que estudiar, nos dejará.

¿Qué? ¿Qué te parece?

-Una majadería más grande que el Palacio Real con sus jardines.

-A mí me parece una idea fetén.

-Guárdesela para usted, que no estoy para zarandajas.

-¿Qué te pasa?

-Pues que se acabó el arroz.

Que no quiero dar más clases de idiomas

ni más paripés. Ni nada más

que tener que ver con usted.

-¿A qué vienen estos exabruptos?

-¡A que estoy hasta el moño!

-Estás sofocada. ¿Has tenido un mal día?

-Pues como todos, faenando de sol a sol, no te amuela...

No tengo más que decirle.

Agur. -Lolita, no seas tan arisca,

así no podremos llegar a buen puerto.

-Déjelo.

Lo que le digo le entra

por un oído y le sale por el otro.

-Te aseguro que te escucho con más atención que al Papa.

-Bueno, pues aplíquese lo que le he dicho y déjeme marchar en paz.

-Ya vas viendo el carácter que se gastan las de Cabrahigo.

-Más que un sargento de coraceros.

-No desesperes.

Todas las parejas discuten de vez en cuando.

Amores reñidos,

son los más queridos. -Con lo desabrida que es,

debe adorarme.

A las buenas.

¿Alguien sabe cómo ha pasado la noche la pobre Fabiana?

-Mal.

Ha estado dando vueltas por el altillo hasta que empezó a clarear.

-No me extraña.

Un nido de chinches le tiene que parecer la cama.

¿Está dormida? -Imagino que sí.

Por eso tratamos de hacer el menor ruido posible,

en la intención de que descanse su pena.

-A ver si por lo menos puede dormir unas horas,

que pobre mujer, anda que no poder enterrar a su hija

porque no había ni rastro de ella...

Estaba yo pensando...

¿Y si doña Cayetana sigue viva y anda por ahí?

-Ay, qué disparate, por Dios.

-¿Hay algo para mojar?

-Luego compro unas hierbas y le preparo una tisana

para los nervios, que le irá de perlas.

Mi niñera me las daba y, desde entonces, soy fiel a esa mezcla.

-Me parece muy bien. Es usted muy voluntariosa.

Anda que, con niñera y todo,

fíjese, y ahora, aquí, con nosotros,

almorzando chuscos.

-El destino que nos manda el Señor, que es cruel.

Y no tiene que agradecerme nada,

me consta que, de no ser por ustedes, estaría durmiendo en la calle.

-No se preocupe. Si no nos ayudamos entre los pobres,

¿quién lo va a hacer? Y ahora, que usted es pobre,

bienvenida al corral.

-No se crea que es así en todas partes,

que impera la avaricia.

Pero he caído en buenas manos.

Son todos oro molido.

-Pamplinas.

No hemos hecho más de lo que hubiera hecho cualquier persona.

Y si usted tiene hoy suerte,

doña Rosina le conseguirá faena. -Ay, Dios lo permita.

-Doña Rosina es algo especial,

pero cuando se trata de arreglar un entuerto,

se pone de firme a ello.

-De todas formas,

me escama mucho que doña Rosina

quiera buscarle empleo a la señora Carmen.

-¿Ya está buscándole pelo al huevo?

Quiere conocer a la susodicha

y punto redondo.

-¿A qué hora quiere que pase a verla?

-Pues justo después de comer.

Doña Rosina es tacaña como ella sola.

Y si va usted antes, se va a pensar que a lo mejor

tiene que darle a usted de manducar.

-Pues ahí estaré, como un clavo

y con la mejor de mis sonrisas.

Me voy a comprar las hierbas para Fabiana.

Queden a la paz de Dios.

Me da... me da a mí que estás siendo tú más ingenua

que un jilguerillo. -¿A qué viene eso?

-¿Tú te crees que doña Rosina

da puntada sin hilo?

-Servando, solo quiere ayudar a una pobre mujer sin trabajo.

-Ya, bueno, o igual lo que quiere

es una criada nueva.

-Que no diga enormidades, hombre, que para eso está una.

Le digo yo una cosa: doña Rosina

no me cambiaría por nadie.

-No digo yo que lo vaya a hacer, pero bueno,

pero que cosas más gordas

han pasado, eh.

Ella es...

dispuesta, fina, bien hablada, elegante...

¿Tú crees que no le gustaría a tu señora tenerla a ella

como criada?

Ándate con ojo,

que lo mismo te ponen en la calle

por ayudar a alguien que apenas conocemos.

Aquí me tienes.

-Te agradezco que hayas venido, Celia.

No quería hablarte de lo que debo decirte en tu casa.

-No sé qué tiene de malo mi salón.

-Es sobre Simón.

Lo que ha ocurrido con Adela es muy gordo.

Ayudar a una monja a abandonar el convento

y hacerla dudar de su vocación no es asunto baladí.

-Hubiera ocurrido de toda formas.

-No lo sé,

pero, en este caso, hemos tenido mucha culpa en lo sucedido.

Sí.

Pero siéntate, por favor.

Ay, Celia...

A fin de cuentas,

yo fui la que insistió

para que saliera del convento durante un tiempo y darle trabajo.

No sabía que se iba a enviciar tanto de la calle como lo ha hecho.

-Susana, no te apures.

Adela ya ha tomado la decisión de regresar a su celda

y así lo ha hecho. -Ha vuelto al sitio

del que no tenía que haber salido nunca.

Pero yo ya soy añosa, Celia, y algo me dice...

que la cosa no quedará así.

-¿Crees que volverá a escaparse?

-Quién sabe.

Pero de lo que estoy segura es de que Simón cree que no quiere estar ahí,

que, si lo hace, es por cobardía, no por convicción.

-¿Y crees que Simón puede cometer una locura?

-Él siente una deuda con esa chica.

Y no es descabellado pensar que pueda cometer

cualquier barbaridad para traerla de nuevo.

-Pero ella ya no quiere estar en este mundo.

-Pero él puede tratar

de convencerla, que esa chica tampoco tiene mucho carácter.

-Es evidente que está confundida.

-Por eso

es preciso que no contribuyamos a esa confusión.

Te lo pido como un favor personal.

-¿Qué quieres que haga yo?

-Adela debe permanecer en el convento.

Y, si por alguna de aquellas, decide salir, no debes socorrerla.

Ya es hora de que dejemos que lleve la vida que le corresponde.

De lo contrario,

estoy convencida de que vamos a traer grandes desgracias sobre nosotros.

-Susana, creo que estás poniendo demasiado celo en este asunto.

Adela ha decidido regresar al convento

y creo que será consecuente con ella misma.

-Yo también lo espero, pero...

(Puerta abriéndose)

-Señora, la vi entrar y me he asomado

para ver si necesitaba que le subiera algún vestido a casa.

-No, no es necesario, solo charlábamos.

Pero ya hemos acabado.

Puedes llevarme este paquete a casa.

Con Dios, Susana. -Hasta más ver, Celia.

¡Rediez!

Si aquí dice que la Cayetana,

aparte de que se ha quemado, que es más sanguinaria

que el Sacamantecas.

-La hacen responsable de la muerte de Tirso,

de su marido, de Manuela y de andar detrás

del asesinato de Padilla.

-Y nosotros pensando que la "criminala" era la Úrsula.

Madre del amor hermoso,

se llevó a medio barrio por delante. -Y los que no sepamos.

-Menos mal que Fabiana no sabe leer, que si lo ve,

le da un tabardillo.

-Sería como echar sal en las heridas, y Fabiana

ya tiene muchas.

-Que ya no me pueden doler más.

-¿Fabiana, para qué se ha levantado?

Con lo bien que estaba en la cama.

-Leedme lo que pone.

Quiero saber qué dicen de mi difunta hija.

-Fabiana, ¿pero qué necesidad tiene

de conocer detalles sobre lo que hizo?

-¿Qué barbaridades dicen?

Venga, arreando.

-Mire, que la ponen de asesina y de demonia

para arriba, eh.

-Lo importante que dice es que consiguieron salvarse dos personas:

doña Teresa

y un señor que, por lo visto, estaba de visita.

Ahora están ambos

en el hospital.

Un tal...

Jaime Alday.

¡Samuel, por favor, no insistas! Es mi última palabra.

-Mi padre no está en situación de volver a casa.

-En ningún lugar estará mejor que allí.

-Puede que no resista el traslado.

-No podemos saberlo.

Su destino está únicamente en manos de Dios.

-Lo cierto es que la ciencia apenas puede hacer nada

por salvarle, pero siempre estará mejor aquí.

-Soy su esposa y no quiero que pase sus últimos días aquí.

Yo puedo cuidarle como la que más. -No comparto su opinión,

pero si eso es lo que quieren, yo no puedo oponerme.

-Si usted no puede curarle,

buscaremos médicos mejores. -Firme el alta, doctor.

Samuel está muy afectado y no sabe lo que dice.

Le aseguro que yo cuidaré de él personalmente.

-Déjese de malas artes, no le importa lo que le suceda a él.

-No sabes el daño que me hacen

tus palabras.

Pero te perdono.

Te perdono porque sé que pasas uno de los momentos más amargos.

-Guárdese su hipocresía.

Sé lo que trata de hacer.

-No logro entender de qué me estás acusando.

-Trata de acabar con él, ¡asesina! -Le exijo que recupere

la compostura. Está haciendo acusaciones

muy graves. -¡Dejad de discutir y miradle!

-¿Qué sucede? -¡Ha abierto los ojos!

-Sabía que era lo bastante fuerte

como para salir de esto. -Déjele.

No le agobie.

-Es un milagro. -Déjeme espacio

para que pueda reconocerle.

¿Os dais cuenta?

Es la primera vez que nos vemos sin Cayetana

entre nosotras, o, al menos, cerca.

O, al menos, viva.

-A pesar de lo ocurrido, no me negaréis

que Cayetana era toda una señora.

-Una mujer elegante y con ese saber estar

que le hacía única. Una mujer principal, vamos.

-Se pusiera lo que se pusiera, le sentaba bien.

-Bueno, un poco seca para mi gusto.

-Un poco era, cierto.

-Podemos ir a mi casa

a rezar un rosario o, si queréis, podemos seguir criticándola.

-Bueno... -Ay, Celia,

eran comentarios inocentes. Rezar es lo menos que podemos hacer.

-Conmigo no cuenten.

No perderé ni un minuto

por causa de ella. -Es caridad cristiana, Leonor.

Era nuestra amiga y no la volveremos a ver.

-Pues eso que salimos ganando.

-Hija, por favor,

un respeto a los difuntos. -Sí.

Pero solo a los que se lo merecen.

¿Qué pasa, que no han leído los periódicos?

Han cerrado cuatro casos de asesinato considerándola a ella la autora.

-Hija, sosiégate.

No era ningún ángel,

pero fue nuestra amiga.

-Tienes que respetar nuestro luto por ella.

-Sí. Puede que sea un luto un poco extraño,

sin entierro, sin funeral,

hasta sin cadáver, pero luto.

-No busco contrariarlas,

pero esta mujer ha hecho mucho daño

a muchas personas.

No.

No, no lamento su pérdida.

No puedo quedarme con ustedes. -Ay, hija, por favor,

no seas más papista que el Papa. Tómate la infusión.

-No puedo. Se me amargaría la boca si sigo escuchándolas hablar.

Encima ni era Cayetana,

era Anita, una impostora.

Sería una hipócrita si me quedo.

Por favor,

disculpadla, es que tenéis que comprender que estando casada

con Pablo, pues todo esto se le hace difícil.

Su marido era hermano de una víctima.

-Déjalo, Rosina, no continúes con esa murga, no hace falta,

ya lo hemos entendido todas.

Será mejor que cambiemos de tercio.

(MARÍA LUISA CARRASPEA)

¿Alguna novedad de la monja?

-Si te refieres a Adela,

ayer vino la madre superiora y, finalmente,

regresó al convento. -A este paso

la terminarán llamando la monja itinerante.

-No te chancees, Rosina,

que las cosas del Señor son muy serias.

-Debería quedarse donde le corresponde.

-Dios te oiga, hija.

No necesitamos más problemas en Acacias.

-En eso estamos todas de acuerdo.

Es lo único que abunda en Acacias.

¿Se va a poner bien?

-Lo siento, pero no puedo afirmar tal cosa.

-Pero si ha abierto los ojos,

se está recuperando.

-Ojalá fuera así.

Tengo que informarles de que el señor Alday

ha quedado impedido.

No reacciona a estímulos ni en cuerpo ni en extremidades.

No parece capaz de hablar ni de comunicarse de otra manera.

Dudo mucho que sus procesos cognitivos

estén intactos. -Vamos, que...

básicamente, solo puede mirarnos y respirar.

-Así es.

Mantienen sus funciones vitales a duras penas.

-Jaime,

amor mío,

no te preocupes por nada.

Yo me ocuparé de todo.

Yo cuidaré de ti.

-Hablaré con el resto del equipo médico para valorar el alta.

Toma, para que al menos así puedas llenar la barriga.

-Muy bien hecho, Lolita, claro que sí.

Que se note que las de Cabrahigo tenemos un corazón grande.

-Perdón, doña Trini, por darle el trozo de pan de la compra.

Yo se lo pagaré. No es de ley hacer caridad con lo que no es de una.

-Como que has hecho muy mal.

Porque también tenías que darle chorizo para meter entre el pan.

-Ramón, no te chancees de la muchacha, por favor.

Oye, ¿y tú no tenías que hablar con Víctor

no sé qué de unas cafeteras expresas?

-Ay, gracias por recordármelo, se me ha pasado por completo.

¿Pero qué iba a hacer yo sin ti, pedacito de cielo?

-Nada, marido, nada.

Bueno, ¿y qué, Lolita?

Parece que hay claros y nubes, ¿no?

-Lo normal para este tiempo.

Y lo mismo pues también llueve.

-Lolita, hija, no seas siesa,

que no me refiero al tiempo precisamente.

Te vi discutir con Antoñito.

-Pierda cuidado, no va a volver a pasar.

-No, mujer, las parejas discuten de vez en cuando

y no pasa nada.

Pero no te apures, ya le doy al magín

para dejaros la casa sola y que así podáis arreglaros.

-No se moleste, que será más inútil que una azada de cristal.

Voy a seguir con la tarea, que he empezado tarde.

-¿Y eso por qué, Lolita?

Lolita,

¿ha ocurrido algo más con Antoñito

o es por lo que dijo mi esposo de buscarle novia?

¿Es por eso?

-No, no es por eso.

Una nunca tuvo pretendiente.

Y...

no se sabe lo que puede pasar.

Que me dan miedo estas cosas, doña Trini.

-Que no, Lolita.

Que estás nerviosa porque eres criada y él es señorito.

-Además está eso.

-Que no te preocupes,

que ya me encargo de allanar el terreno.

-Déjelo.

Que la estamos liando más gorda que en la guerra de Cuba.

Y vamos a salir igual.

-Lolita, hija, no te rindas.

Que tú eres muy buena y muy honesta y más recta que el asa de un badil.

Lolita,

el amor es lo más grande que te pasa.

¿Te lo quieres perder por no intentarlo?

Tiene más razón que un santo.

Pero eso del amor no es para mí, créame.

-Lolita...

Señora...

¿Se encuentra usted bien?

-Sí.

Pensaba en Cayetana

y en su horrible final.

Durante gran parte de mi vida

fue mi mejor amiga.

Conocía todas mis penas

y mis alegrías.

Y yo la adoraba.

Y ahora, me siento boba

porque muchos trataron de abrirme los ojos sobre ella.

Y yo no les hice caso.

-No debe culparse por ello.

Siendo su amiga, es natural que le costase creer lo que dicen.

Si yo sé perfectamente

que Cayetana no... no era una buena persona.

Pero, al mismo tiempo, me llena de tristeza pensar que...

que no la voy a volver a ver.

Felipe me ha dicho mil veces

que no merece ni una sola de mis lágrimas,

pero no lo puedo evitar.

-¿Desea usted que le prepare algo, una tisana tal vez?

-Gracias, Simón.

Estoy bien.

¿Deseaba decirme algo?

-Le traía la correspondencia.

-Gracias.

También me gustaría hacerle una pregunta,

si no lo considera una indiscreción, claro.

Esta mañana, cuando he entrado en la sastrería,

¿hablaban de mí? Noté un silencio al entrar.

-Hablábamos de Adela

y de su regreso al convento.

Y, en esta ocasión, estoy de acuerdo con Susana.

Adela ha decidido irse por su propio pie.

Y creo que debemos respetarla.

Esta carta es para usted.

Si es su deseo,

el mejor sitio

donde puede estar es en el convento.

¿No le parece?

"Estimado Simón, te agradezco lo que has hecho,

pero debo volver a la vida que me corresponde".

"No vuelvas a buscarme. Adiós para siempre, Adela".

-¿Qué ocurre? ¿Son malas noticias?

-Se trata de algo que ya me esperaba.

Tienen ustedes razón. Adela ha tomado su decisión

y yo no soy quien para cuestionarla.

Veo que nunca podré salvar a la mujer a la que quiero ayudar.

¿Sabe servir la mesa correctamente? -Por supuesto.

Yo soy más partidaria de servirla a la francesa,

ofreciendo al comensal la bandeja por la izquierda

y dejando que él se sirva.

Pero, si acostumbra a hacerlo de otra forma,

no supone ningún problema para mí.

-No será estirada, a la francesa dice.

Señora, lo mejor...

cucharada y marcha atrás.

Y la sartén para todos la misma, como se hace en mi pueblo.

-¿El pan dónde se coloca?

-A la izquierda del comensal, naturalmente.

¿Y el filo del cuchillo se pone hacia dentro o hacia fuera?

-Mal iríamos si no supiera eso.

Con el filo hacia dentro,

por motivos obvios.

-Al final, Servando tiene razón y me quita la faena.

-Por lo que veo, saber estar y clase no te faltan.

-Le aseguro que si me recomienda a alguna de sus amistades,

yo le estaría muy agradecida y no la dejaría mal

por nada del mundo. -Más bien estaba pensando

en otra cosa.

¿Te gustaría servir en esta casa?

-¡Rediez, señora!

¿Y yo qué? ¿Qué va a hacer conmigo?

¿Echarme al arroyo? Vamos a ver,

con todos los años que hemos pasado juntas y las penalidades

que hemos pasado...

-Le agradezco mucho la oferta, pero no puedo aceptar

si eso supone dejar sin trabajo a Casilda.

Si yo estoy aquí, es gracias a ella.

-No os alarméis

ninguna de la dos, que no he dicho eso.

-Ah, ¿que no me va a despedir?

-De momento, no. Aunque, a veces, estoy tentada.

No se me olvida que te pusiste a servir a don Arturo a mis espaldas.

Aunque soy muy magnánima y ya sabes que decidí hacer la vista gorda.

Simplemente le he hecho la oferta

porque tengo prevista una reunión con los administradores

de mi yacimiento y con don Ramón. Tengo un yacimiento de oro.

Y necesito que todo esté perfecto. Es menester

que sea un éxito, que mis invitados

estén bien atendidos. -Claro.

Lo entiendo. Como yo no soy

lo suficientemente finolis como para atender

a esos señores, usted tiene que buscarse a otra.

-Casilda,

no es que tú lo hagas mal, pero, con ayuda,

lo harás mejor todavía. Y más si proviene

de quien conoce tan bien el protocolo. Ha sido servida.

Y seguramente ha aleccionado

a muchas doncellas como ella antes de caer en desgracia.

-Cierto y lamentable, señora.

Pues siendo así, que nadie sale perjudicado del lance,

yo estoy encantada de poder ganarme unos reales atendiendo su cena.

Si no te molesta, Casilda.

-No.

¿A mí qué me va a molestar?

Si todo lo que sea quitarme faena, miel sobre hojuelas.

-Pues entonces, no se hable más, asunto resuelto. Casilda,

acompaña a Carmen a la puerta

de servicio.

Don Arturo. -Don Felipe.

-¿Cómo le va? ¿Puede regresar a su casa ya?

-Sí, así parece.

Quiero preguntarle cómo van sus inversiones

con el hijo de don Ramón. -Por el momento, bien.

Pero me he retirado del negocio

y tengo entendido que otros también.

-¿Y por qué esa decisión?

-Si le soy franco, dudo que ese negocio se pueda mantener.

-¿Por qué razón?

-Me barrunto que con una mala racha, caerá como un castillo de naipes.

Prefiero retirarme ahora que he obtenido beneficios.

-Pues yo no quiero perder ni un real.

-En ese caso, le aconsejaría que se aplicara el cuento.

-Es una pena.

He visto cómo otros doblaban sus inversiones y no quiero ser menos.

La verdad es que no sé qué hacer.

Ese Antoñito cada vez me inspira menos confianza.

-Ya le he dado mi opinión.

Ahora, usted debe decidir.

Con Dios. -Con Dios.

Antonio.

-Qué alegría verle, don Arturo.

Usted siempre tan gallardo.

-No me dé coba, yo también me alegro de verle.

Quiero reclamarle el resto de mis inversiones.

-Ajá, no hay problema.

Pero es una lástima que no me dé usted más tiempo,

porque la bolsa está algo convulsa estos días

y no sé si vamos a alcanzar

sus expectativas. -¿Voy a perder mi dinero?

-En absoluto.

Lo único que, si me da más días,

podré doblar su inversión, como le prometí.

Incluso puede que gane más.

-Seguro que ganaré más.

-usted esto no lo comente por ahí,

pero, si tiene paciencia,

puede ganar hasta el triple de lo que me dio.

-Espero no tener que arrepentirme de esto.

Le daré unos días más, a ver qué pasa.

¿Qué tal con don Arturo?

Parece que sudabas tinta.

-Pues no andas muy desatinado.

Todos mis inversores se están retirando al mismo tiempo

y no me queda liquidez.

-No será que no te advertí

que podía pasar esto.

Estás jugando con fuego.

-Pero déjame, que no estoy para monsergas.

-Lo que tú digas. -Antoñito,

¿A qué hora daremos la clase de inglés hoy?

-No lo sé, que tengo mucho trabajo. Qué inoportuna puede ser, hermanita.

-¿Qué mosca le ha picado?

Menudo comentario más desagradable que me ha dado.

-Mejor déjale tranquilo.

Vente, te invito a un chocolate.

-Está bien.

¿Ha cumplido la penitencia

que le ha impuesto el confesor? -Sí, madre.

-Me complace que sea así. Debe volver al convento

limpia de pecado.

Y ahora, para terminar de expiar su falta, cuénteme por qué escapó

y que fue a hacer.

-Me da reparo decírselo.

-Hable con total sinceridad.

Estoy aquí para que alcance el perdón de nuestro Señor.

-Traté de reencontrarme con Carlos,

mi amor de juventud.

-Le ruego que olvide eso,

solo le va a causar dolor.

-Y así fue, madre.

El muy ingrato se negó a reconocerme.

Me dijo que no me recordaba.

-Sosiéguese y olvide eso.

Y, sobre todo, no vuelva a dejarnos, por el bien de su espíritu.

Siempre que sale, le ocurre lo mismo.

-Tamaño desprecio.

Carlos, con lo que fuimos el uno el uno para el otro...

-Cese en esos pensamientos.

-¡Es que nos queríamos! -¡Basta!

Usted y yo sabemos que Carlos no fue ningún amor

de su juventud. Tiene que aprender a aceptarlo.

-Es usted una mentirosa. ¡Trata de confundirme!

¿Acaso mi padre

le ha dado dinero para retenerme aquí,

para apartarme del hombre al que amé?

-Hija mía, ¿pero no se acuerda?

Su padre murió hace tiempo.

Vuelva a la realidad, nadie quiere hacerle daño.

-No.

No, no, no, no.

No, todos... todos quieren engañarme,

todo el mundo quiere hacer que pierda el sentido.

-Temple esos nervios.

Yo solo estoy aquí para cuidarla y protegerla.

Todas las hermanas sufren cuando la ven de esta manera.

Déjese ya de fantasías,

no invente más historias

y únase conmigo en la oración.

Le hará recuperar la calma y la serenidad.

-No puedo pensar con claridad.

No se apure y rece conmigo.

Estar en gracia con nuestro Señor es la única manera de poner orden

en su atormentada cabecita.

Tenga fe.

En el nombre del padre, del hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Padre nuestro que estás en los cielos,

santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino,

hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

El pan nuestro de cada día...

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos

a los que nos ofenden.

No nos dejen caer en la tentación

y líbranos del mal.

Amén.

-Que Dios la tenga

en su gloria. -Amén.

-Tengo que reconocer

que esta oración me ha inquietado. -Y a mí.

No hay cristiano que no se merezca una oración por su alma.

Pero lo de nuestra amiga tiene delito.

-Rosina, no empieces como tu hija, que nos ha dado la mañana.

Acabamos de rezar por Cayetana,

no me parece correcto que hablemos mal de la difunta.

-Si hice callar a mi hija,

fue para evitar que llegara a mayores.

Pero no le falta razón.

-No nos toca a nosotros juzgarla, ahora está en manos

del creador. -Si el Señor

lee los periódicos, va lista.

-Rosina, compórtate,

que es una blasfemia. -Será mejor templarnos todas.

Esta situación nos tiene fuera de nuestras casillas.

-Ya.

Pero hay que tener caridad cristiana.

Sabemos que ha sufrido

estos últimos años. Y el final que ha tenido...

-Yo no pretendo molestar

ni faltar al respeto a ningún difunto,

pero es que salta a la visa

que no era ninguna santa. No cabe duda

sobre todo lo que hizo.

-Yo no quiero echar más leña al fuego, pero tras escuchar

a Leonor, me he leído los periódicos de cabo a rabo y...

y he estado a punto de no acudir a estos rezos.

-Yo es que no puedo evitar pensar cómo no nos dimos cuenta antes.

¿Cómo hemos podido ser amigas de una asesina?

-Es la mayor decepción de mi vida.

-Trini, ¿tú no dices nada?

-Es que a mí me enseñaron que cuando no tienes nada bueno que decir,

mejor no digas nada.

Lo que tenemos que hacer es pasar página.

-Lo que tenemos que reconocer

es que Acacias

no será lo mismo sin Cayetana.

-Tal vez sea mejor.

¿Qué le ocurre?

No es la cara de un hombre feliz porque su amada se recupera.

¿O no se recupera?

He hablado con los médicos, Felipe.

Que haya despertado es bueno, pero no es determinante.

Se pondrá bien, solo hay que verla.

No se deje engañar por las apariencias.

La pobre tiene los pulmones destrozados.

Los resultados de las pruebas han sido desoladores.

Y el que esté embarazada no ayuda.

Si apenas le quedan fuerzas para una vida,

imagínese para mantener dos.

No, no, no puede ser, tienen que estar equivocados.

Me temo que no es así.

Ni siquiera saben decirme

el tiempo que le queda.

No me creo que esta pesadilla

no haya terminado. Es terrible aceptar esta noticia.

Pero debemos estar preparados.

Teresa se nos puede ir

en cualquier momento.

Se me parte el alma al pensar que puede ocurrir algo así.

Tendremos que ser fuertes, amigo.

Loli... Oh, perdón, señora Trini,

perdón por entrar así, pensé que estaba aquí

la Lolita. -Nada, Casilda.

Si estoy aquí comiendo pipas, que es que...

Con esto del incendio es que como

a todas horas. -Ah.

Bueno, pues... -No, espera, espera.

Me vienes de perlas. Ven aquí.

¿Qué le pasa a la Lolita?

-Pues... no lo sé, nada. Me barrunto que estará

como siempre. -No. Ha cambiado en firme.

No se arrima a Antoñito aunque la empujen, así que, dime la verdad.

-Bueno, sí, se ha distanciado de don Antoñito,

pero yo no sé qué habrá pasado. -Casilda, no me hagas luz del gas.

Sé perfectamente que sois

uña y carne, algo te tiene que haber contado.

¿A qué tiene tantos miedos? ¿No le estarás poniendo

la cabeza loca? -Dios me libre, señora Trini,

que una está bien mandada. Dijo que no me metiera

en camisas de 11 varas y no he dicho nada de eso.

-Entonces, dime, ¿a qué un cambio tan repentino?

-Bueno, es verdad que...

que la Lolita me ha dicho

que don Antoñito va muy lanzado en el amor

y eso a ella la espanta más que unos lobos.

-Pues, hija, no entiendo nada.

El muchacho está siendo sincero.

Y está dispuesto a darlo todo, no es momento para melindres.

-Es que Lolita es muy suya.

Y además, está empeñada en que esto del amor no es para ella.

Que si se encapricha de alguien,

que puede terminar peor que los amantes de Teruel.

Así que, no sé yo qué es eso

que la impide estar con Antoñito.

Tiene un miedo que no hay quien se lo quite.

-¿De qué hablabais?

Pues mira, de ti.

Don Jaime.

Jaime...

No sé si te vas a hacer acuerdo de la Fabiana.

Ha pasado ya mucho tiempo.

Éramos mozos los dos por aquel entonces.

Yo era bonita y bien niña.

"Na" de eso queda ahora.

No me gusta verte así, pese a todo.

Lo que tuvimos

no se olvida.

He venido a verte.

Y sí,

sí que eres tú, sí.

Más viejo también.

¿Qué te llevó a encontrarte con Anita?

¿Quién te dijo que estaba allí?

Ya, ya.

Ya veo que estás impedido

y que no puedes hablar, pero yo sí puedo largar.

Te voy a hablar de nuestra hija.

A ver, Lolita, ¿me puedes decir qué tiene Antoñito de malo?

-Lola, díselo. Dile a la "señá" Trini que no te he vuelto a decir

que no te "arrejuntaras". -Casilda, te creo.

Nada, dime entonces. ¿A qué tanto miedo

entrar en amores? -¡Vale ya!

A las buenas, soy buena,

pero a las malas, soy peor que un morlaco.

Perdone, no tenía que levantar la voz.

-No, hija, no.

No deberíamos haberte atosigado.

-Sí que es verdad que no quiero cogerle afecto a nadie.

Hay algo que me dice

que no sirvo nada más que para atraer desgracias.

No debí darle esperanzas.

-Pero vamos a ver,

¿de dónde sacas semejante disparate? El amor sincero te trae alegrías.

-Ahí tiene usted

más razón que un santo. Fíjate tú en mí.

Con mi Martín, que lo que tiene

de grande lo tiene de bueno.

Estoy contenta. -¿Lo ves?

Te niegas a lo más grande que hay en la vida.

¿Se puede saber qué tienes en la mollera?

-Eso son cosas mías.

-No te vas a ir de aquí hasta que nos lo cuentes.

Además de hermosa e inteligente,

nuestra Anita era una mujer fuerte, capaz de todo.

La vida la ha pasado penando por la familia que había perdido.

Nunca...

nunca pudo curar aquella herida.

Creyéndose Cayetana, fíjate.

Cuando descubrió que yo era su madre,

se le cayó todo encima.

Ella,

mi señora,

tan Sotelo Ruz,

no era más que la hija de una sierva.

Entonces, quiso conocer a su padre.

Es muy raro

que justo cuando ella me pregunta por ti, tú apareces de repente,

te presentas en su casa y ella muere ese mismo día.

Dime algo, por Dios, dime algo.

¿Qué tienes que ver con la muerte de Cayetana?

¿Qué tienes que ver con lo que pasó en aquella casa?

¿Cómo supiste que ella

era tu hija?

-¿Quién es usted?

¿Qué hace aquí?

-Disculpe.

Soy una...

una amiga del... del enfermo.

-No puede permanecer aquí.

La esposa del señor Alday no quiere que le visite nadie.

-¿Quién es esa mujer, doctor? Es menester

que le pregunte muchas cosas, tengo que contarle muchas cosas.

¿Qué tiene que contarme, Fabiana?

-Las dejo solas.

Volveré más tarde a reconocer al paciente.

Disculpen. ¿Molesto?

-Simón, no, pasa. Ya habíamos terminado.

¿En qué puedo ayudarte?

-En verdad, don Ramón, he venido a ver a su hija.

-Os dejo a solas.

-¿Qué ocurre?

-He venido a pedirte un favor. -"Ha de centrarse"

en las escrituras. En ellas encontrará la paz

y se dará cuenta del compromiso con Dios.

Sé que durante este tiempo que ha pasado fuera

su fe se ha tambaleado,

pero también sé que Dios da el perdón a la oveja descarriada

y la acoge

en su seno.

Y usted debe dar gracias

por esa misericordia.

¿Me está escuchando? -"Debería tranquilizarla".

Casilda cree que la va a sustituir por Carmen.

¿No me diga que está pensando en echar a Casilda de esta casa?

-Le iría bien un escarmiento.

-¿Pero de qué habla? -¿De qué hablo?

-De que se ha acomodado,

de que se cree que esto es de por vida.

-No es solo su trabajo.

Este es su hogar. -"Desde que don Felipe"

se retiró del negocio, corren muchos rumores.

-Esto no me huele bien.

-Te reconozco que por más vueltas

que le doy, no sé cómo salir.

-Porque no hay manera airosa de salir.

Estás retrasando el momento en que todo explote.

Y ten cuidado, porque cuando... -Ya, ya, ya.

Ya lo sé. Déjalo, que ya sé lo que va a suceder.

Sácame de este hospital

y vayamos a ese lugar lejano que me prometiste.

Pero aún no estás recuperada.

Y no necesito estarlo, Mauro.

Me basta con tenerte a mi lado.

Disfrutemos ya de ese futuro

en un lugar lejano, tranquilo.

"Sacaré a mi padre"

de ese hospital y le llevaré a centros mejores,

donde esté mejor atendido y pueda volver a recuperar el habla.

Lo conseguiremos, ¿verdad que sí? -Sí.

-Lamento contradecirte, Samuel,

pero no lo creo.

-¿Perdón?

-No vamos a sacar a tu padre del hospital.

Sé que hay que tener paciencia.

He comentado con algunos amigos del Ateneo

lo beneficioso que es invertir con Vd. y están interesados.

¿Podría incluirlos en su cartera de clientes?

-Sus amigos quieren invertir conmigo.

-¿Algún problema? -No, no,

de ningún tipo.

Espero que el aire puro sea beneficioso para Teresa

y logre superar su dolencia pulmonar.

Estoy seguro de ello. Será beneficioso para el embarazo.

Allí se recuperará y dará a luz a un niño maravilloso.

-Señores.

¿Puedo hablar con ustedes? ¿Qué ocurre, Fabiana?

Se trata de Úrsula. -"He tenido una semana"

muy complicada entre mis negocios y mi habilidad para meterme en líos,

pero, por fin, he tenido suerte.

Ahora, sé que todo va a salir bien.

-Y yo que me alegro.

-Voy a poner las cartas sobre la mesa.

-Las cartas sobre la mesa. -Sí.

Voy a reunir a mi padre y a María Luisa y...

les voy a contar lo que siento por ti.

-¿De verdad cree que se saldrá con la suya?

¿Cree que se hará con el control de esta familia,

de todo su dinero?

-¿Quién me lo va a impedir?

¿Samuel?

-Yo se lo impediré, madre.

  • Capítulo 579

Acacias 38 - Capítulo 579

11 ago 2017

Mauro confiesa a Felipe que, según el pronóstico de los médicos, Teresa podría morir en cualquier momento. Lolita intenta apartarse de Antoñito, pero le cuesta. Trini y Casilda intentan convencerla sin resultado. Arturo quiere retirar sus inversiones de la bolsa, pero Antoñito le tranquiliza. Rosina contrata a Carmen como refuerzo para Casilda, que duda ¿Y si Carmen le quita el trabajo? Samuel y Úrsula discuten sobre si llevar o no a Jaime a casa. Jaime despierta y su reacción al ver a Úrsula es tensa, pero no se puede comunicar. Simón recibe una carta de Adela en la que la monja se despide de él. Descubrimos, gracias a Sor Genoveva, que Adela tiene disociación con la realidad. Fabiana se entera de que el hombre que estaba con Cayetana el día del incendio era Jaime Alday y que su esposa no es otra que Úrsula.

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