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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 546 - ver ahora
Transcripción completa

Ya pagué por tu silencio y no pienso pagar más.

-¿Y qué va a hacer para impedir que largue?

-Meterte una bala entre pecho y espalda.

Pero no se te ocurra volver a amenazarme.

Ni ir con cuentos al tuercebotas de Simón, ¡¿me estás oyendo?!

-Vamos a hacer una cosa:

si Pablo consigue convencer al relojero,

podrá quedarse con el puesto.

-Tengo que admitir que no me parece un mal trato.

Solo falta que todo salga a pedir de boca.

-No le quepa duda.

"Póngase a bien con Dios, Cayetana".

Ha llegado su hora.

Mauro,... Mauro, por favor.

Tiene que escuchar la verdad. Deme un minuto más.

Déjeme contarle lo que me hizo esa mujer.

-"Úrsula".

-Úrsula. -Así me llamo.

Pero no me ha venido nada más.

-No se me achante usted, que es un buen principio.

Ya recordará.

-Ya me he encargado de que no puedas demostrar nada.

-¿Qué ha hecho?

-¡¿A qué viene esto?!

'¿Cómo se atreve a amenazarme?!

¡¿De dónde ha sacado esa patraña sobre mi vida privada?!

¡Respete de una vez el duelo que tengo por mi hija!

-Y deje de acosarme, por Dios. -¡Es un tramposo!

-Un... -Un nada.

Calla ya de una vez.

-Cayetana se marchó del baile y no ha regresado.

-Coincido con usted.

-Nuestra prioridad ahora es ir a ver si aparece Úrsula.

-Eso nos aseguró Mauro.

Me barrunto que estamos a punto de resolver el caso.

Me lo he pensado mejor.

Prefiero seguir en este calvario, a morir en sus manos.

Mauro puede acabar muerto esta tarde.

Le ha tendido una trampa a Cayetana.

Le ha hecho creer que Úrsula iba a estar en la pensión.

Y ¿con qué fin ha urdido esa treta? Va a poner a Cayetana

entre las cuerdas.

Forzarla a que le mate, de una forma que no haya escapatoria para ella.

Así conseguirá que le inculpen

y pague por todos sus crímenes. "¡Vamos!".

Tome una decisión. Muy bien.

Ha vencido, Mauro.

Será... como usted quiera.

¡Cayetana, no dispares!

(Disparo)

Mauro, mi vida. No quería disparar.

Ha sido un accidente.

La bala te ha rozado, te curarás.

Nada ha salido como lo planeé.

No digas eso.

¡Socorro!

¡Ayuda!

Si no hubieras aparecido, Cayetana me habría matado.

Y ahora la estarían deteniendo.

Mauro, olvida eso, te lo ruego.

Todo ha salido mal.

Esa harpía ha vuelto a ganar.

No, Mauro, ha salido bien.

Ninguna victoria merece la pena si es deber la vida a cambio.

¡¿Qué ha ocurrido aquí?!

(Música clásica)

¿Dónde se habrá metido doña Cayetana?

Menuda manera de atender a sus invitados.

-Sin duda.

No es normal en ella abandonar su fiesta.

¿Dónde se habrá ido?

-Algo muy importante ha debido suceder, porque es una mujer

muy respetuosa con las normas de protocolo, del buen hacer.

-Lo mejor es que no haya estado aquí.

Así no ha tenido que presenciar el enfrentamiento

entre Simón y don Arturo.

-Ese chico no debió responder al coronel de esa manera.

Algo muy hiriente debió susurrarle para que don Arturo

le exigiera silencio. -Cierto, padre,

pero a veces uno no puede contener los nervios ni ser educado.

-Siempre se ha de ser educado.

-Siento contradecirle, padre. Pero seríamos de piedra

si lo hiciéramos.

No puedo evitar entender a Simón.

A mí también me afecta sobremanera el comportamiento de ese...

-María Luisa,...

-De ese hombre al que no voy a insultar por respeto a usted.

-Hija, comprendo tu impotencia, pero no podemos

comportarnos como animales, peleándonos y gritándonos.

-Echo mucho de menos a Elvira.

-Tienes que tratar de superarlo, hija, de pasar página.

-Es que no puedo, padre.

Me sobreviene la culpa de solo pensar que puede llegar el día

en que pueda dejar de pensar en Elvira.

-Disculpen la intromisión,

no he podido evitar escucharles.

-Diga lo que tenga que decir, doña Susana.

María Luisa, tienes que hacer un poder.

Los dos tenéis que hacerlo.

Tanto Simón como tú os comportáis de la misma manera.

-¿Y de qué manera?

-Os negáis a asumir la realidad.

-Lo que nos negamos es a perder la esperanza.

-Y eso no os ayuda a avanzar.

-Estoy completamente de acuerdo con usted, doña Susana.

Lo que hace Simón no está bien.

Pero, sin embargo, a veces me da por pensar que quizás nos equivoquemos.

-¿Qué quiere decir?

-Cuando falleció mi esposa, hace ya un montón de años,

al principio me negué a creerlo.

Me resistía a asumir su muerte. -Entiendo.

-Pero terminé haciéndolo

y rehíce mi vida.

-Y al final resultó no estar muerta.

-Así es.

¿Quién sabe si la esperanza que alberga Simón sea buena o mala?

-Entiendo lo que quiere decirme, don Ramón.

Pero le ruego que no le dé esos consejos a Simón.

Se aferraría a la idea de que Elvira puede aparecer en cualquier momento,

y eso no le conviene en absoluto. -En eso le doy la razón.

-Y necesita seguir con su vida.

Como hizo usted cuando conoció a Trini.

Simón es muy joven y la vida, larga.

-Se está usted portando muy bien con ese chico, doña Susana.

Simón tiene mucha suerte de haberle conocido.

-Es lo mínimo que puedo hacer por caridad cristiana.

-Es algo más que caridad cristiana lo que está usted haciendo,

doña Susana.

Se está portando como una auténtica madre.

Pero le ruego que,

si necesita una figura masculina para orientarle

o darle consejos a ese chico,

le ruego que me lo pida, ¿de acuerdo?

-Muchas gracias, don Ramón. Es usted muy amable.

-Nos conocemos

ya hace mucho tiempo, doña Susana.

Si me necesita, cuente conmigo. -Gracias.

-Gracias, padre.

-Bueno, y ahora vamos a bailar,

que están tocando "El vals del Emperador" y, es mi preferido.

La herida es superficial.

No corre usted peligro.

-Pese a todo, hemos de llevarle al hospital.

-Por supuesto. Hay que cortar la hemorragia.

Y limpiar la herida para evitar infecciones.

-Y, ahora, ¿quieren contarme qué es lo que ha ocurrido aquí?

Todo fue culpa mía.

¿Culpa suya?

Se me disparó la pistola sin querer.

¿De verdad fue eso lo que pasó?

-¿De verdad quiere que nos creamos que usted, un policía experimentado,

se le ha disparado la pistola accidentalmente?

Eso fue lo que ocurrió.

-Quiero saber la verdad. ¿Quién disparó el arma?

Yo.

Si esa es su última palabra,...

Lo es.

Vamos.

Le llevaremos al hospital.

-Sí.

Y así de camino nos cuenta con todo lujo de detalles

qué ha ocurrido en esta habitación.

(Tocan un vals)

¿Se ha hecho de noche de repente

y es una estrella resplandeciente lo que ven mis ojos?

-Uy. Lo que ven sus ojos no lo sé.

Pero lo que ven los míos es un caradura de tomo y lomo.

-¿Estás celosa, Lolita? -No.

-O sea, que estás celosa.

-Le he dicho que no. -Pues yo creo que sí,

que Lolita de Cabrahígo está más celosona que una mona.

-Cállese. -¡Uy!

-Antoñito, ¿puedo hablar un segundo contigo?

-Sí, dime, Pablo.

-Te quería preguntar...

-Sí. -Verás, el...

¿Tú sabes cuando a alguien se le da muy bien algo y...

-Sí. -...y a otros

no se le da nada bien?

-O sea, que a ese uno se le da,...

se le da mal algo

que al otro se le da mal, o sea, no se le da bien.

O sea, ¿lo entiendes?

-No. Ni una sola palabra.

-Que si me puedes dar lecciones de oratoria.

-Ah, entiendo.

Es para la reunión con el relojero. -Por supuesto, cuenta conmigo.

-¿De verdad? -¿Y sabes por qué?

-¿Por qué? -Porque te hace más falta

que el comer. -¿Tanto se me nota?

-Solo en pedírmelo has dado más vueltas,

que un carruaje en un parque.

-El caso: ¿aceptas?

-Sí, acepto y aplaudo tus ganas de aprender, Pablo.

-¿De verdad crees que no es tarde para mí?

-No, yo creo que nunca es demasiado tarde para nada.

Uno nunca es demasiado mayor para hacer cualquier cosa.

-¿De verdad lo crees?

-Sí.

-Es que me da mucha vergüenza llegar tarde a algo

que muchos llevan lustros practicando.

-Pues que no te dé, porque en Estados Unidos de América

eso lo llevan a rajatabla. ¿El qué?

Su espíritu por aprender, emprender,

mejorar. ¿Sabes lo que creo?

Creo que nadie debería resignarse a su destino.

Aquí, en España, la gente cree que los que han nacido

en una clase social determinada, ahí se van a quedar.

Pero eso no pasa en América.

Allí todos pueden subir de ralea, si se lo proponen y se esfuerzan.

-Yo creo que me gustaría ese país.

-Pues tú eres el claro ejemplo. Antes eras mozo y ahora eres señor.

-No sé yo si he conseguido eso...

con mi facilidad de palabra. -No, claro está que no.

-Y tú eres sincero, desde luego. ¿Eh?

El caso, ¿cuándo empezamos?

-Pues ahora mismo.

-¿Cómo que ahora? -Sí.

Lección número uno.

Si tú te acercas a un grupo formado por hombres,

tú tienes que mirarles fijamente a los ojos

y les hablas con voz grave y contundente.

Da igual de lo que estén hablando.

Tiene que parecer que tú sabes del asunto.

-¿Y si no sé? -Pues mientes.

-¿Y si me preguntan?

Bueno, tú desvías el tema. -¿Cómo?

-Pues hablas del tiempo, del vino que estás degustando,

del buen gusto en el vestir de tu interlocutor...

-Eres sabio, Antoñito.

-No, pero tengo más cara

que espalda.

Tú, en cambio, Pablo, eres demasiado bueno y prudente.

-Lo intento.

-Ya, pero eso no te viene nada bien en una reunión de negocios.

Nadie te va a confiar a ti su dinero

si no te ve seguro de ti mismo.

Da igual que tú no sepas nada sobre nada, tiene que parecer

que lo sabes todo sobre todo.

Te voy a proponer una tarea interesante.

¿Estarías dispuesto?

-Sí.

¿Has pensado bien lo que estás haciendo?

¿Qué estoy haciendo?

Estar al lado de ese hombre.

Ha perdido el oremus del todo.

Ni se te ocurra hablar mal de Mauro.

Teresa,...

no puedes estar al lado de un hombre que ha perdido la razón,

te lo digo como amiga. Tú no eres mi amiga.

Lo he sido.

No hace mucho.

Te he querido. Tú no has querido a nadie.

Es él quien te ha puesto en mi contra, Teresa.

Es él quien te ha envenenado el pensamiento,

quien ha hecho que me odies.

Has sido tú.

Con tus felonías... y tu maldad.

¿No has visto lo que ha hecho?

¿No has visto cómo se ha comportado?

Teresa, Mauro lleva mucho tiempo intentando darme caza,

intentando que me encierren. Y, cuando por fin puede acusarme

de intento de asesinato, va y me exculpa delante de la policía.

¿No te das cuenta de que ese hombre ha perdido el juicio?

Se ha vuelto totalmente loco, no puedes estar con un orate.

¡Calla!

No eres nadie para hablar mal de Mauro.

Hemos superado todos los obstáculos.

Hemos pasado por lo indecible.

Y hemos caído a lo más bajo.

Pero ahora,...

ahora estamos juntos y somos fuertes.

Y nadie,...

nadie conseguirá que volvamos a tambalearnos.

Y menos tú, Cayetana.

Utilizaremos toda nuestra fuerza

para acabar contigo.

¿Sabes por qué no quiso que Méndez te llevara presa?

Porque no se conforma con que te acusen de intento de asesinato.

No quiere que te caigan unos cuantos años

por una infracción menor.

Quiere... oír tu cuello crujir en el garrote.

¡Y ni él ni yo vamos a parar hasta conseguir

que pagues por todos tus crímenes!

Y lo lograremos.

Te aseguro que lograremos, Anita, que pagues

por cada una de tus fechorías.

No sé cómo. No sé cuándo.

Pero no te vas a esconder, de nada te va a servir.

Teresa,...

¿cómo puedes estar tan engañada?

No puedes creer que soy el monstruo que te han dicho que soy.

Nadie me ha hecho creer nada.

He sido víctima de tu maldad.

Y la he sufrido en cada uno de mis poros.

¡Suéltame!

Márchate.

¡Vete!, no quiero volver a verte nunca más en mi vida.

Tú, esas dos bandejas, al salón.

Y tú termina de servir el champán.

Las copas no pueden estar vacías, rediez, que esto es un baile.

¡Vamos! Apúrate, mujer, venga.

(SUSPIRA)

Señor, cuide de mi hija, te lo ruego.

No permitas que nada malo le pase ni que esa endriaga le haga daño.

¡Hombre! Dichosos los ojos que te ven.

¿Se puede saber dónde te has metido, Casilda?

-Por ahí. -Ah, por ahí.

Pues aquí también hacías mucha falta.

Que faltan manos para servir. Esas que tengo ahí

ni saben hacer nada y son muy lentas. Venga.

¡Ponte el delantal y a la faena! Vamos.

Casilda, por Dios.

-Pero ¿qué tripa se te ha roto a ti? -Que sí, Fabiana, que ya voy.

-No me azuce usted. -¿Cómo que no te azuce?

¿Tú sabes el lío que tengo yo ahí?

La comida por servir, las copas vacías.

Dios mío de mi alma, qué desaguisado tan grande.

-No se preocupe, "señá" Fabiana.

Ahora "mismico" voy yo a servir.

-Casilda, por Dios.

Que pareces en la luna de Valencia.

¡Venga! No pierdas ni un minuto más, venga.

Apúrate.

-(SUSPIRA)

-Pero ¿se puede saber qué está pasando aquí?

Que tenéis a toda la gente muerta de sed.

-¡Oh!

-Casilda, ¿qué te ocurre, te encuentras bien?

-Quieto ahí, señor.

-Si tienes las mejillas ardiendo, ¿tienes fiebre?

Pareces sofocada.

-Quieto ahí, que no se me acerque. Por amor de Dios,

que yo soy una mujer casada. No se me acerque, por mi madre.

Y menos,... y menos con eso ahí,...

al aire, hombre, por favor.

-¿Se puede saber qué demonios tengo al aire?

-Qué vergüenza más grande.

¡No, yo no quiero ver eso! -Pero chica, ¿qué haces?

Casilda, ¿te has hecho daño?

Ay, yo estoy bien, ¿eh? Yo estoy muy bien.

(GRITA)

-¿Se puede saber qué demonios le pasa a esta chica?

Venga, venga, apuraos que tenemos mucho que recoger.

Hala.

-Celia. -Felipe.

¿Qué ha ocurrido? Cuéntamelo, te lo ruego.

Acabo de regresar de la pensión. Úrsula no estaba.

-¿Cómo?

-Todo ha sido una argucia para atraer a Cayetana hacia él

y que se la lleven presa. -¿De verdad?

Entonces, ¿nunca hubo cita alguna entre Mauro y Úrsula?

¿Hasta cuándo va a seguir esta guerra absurda?

-Disculpen que les pregunte,

pero... ¿está bien Mauro?

-Tan solo ha sufrido un pequeño percance.

-¿Percance, a qué se refiere?

-Una leve herida en el brazo.

Se pondrá bien, le hemos llevado al hospital.

Con Dios.

-¿Sara? ¿Qué haces tú aquí otra vez?

¿Y doña Cayetana, dónde está? -No tengo la más mínima idea.

Pensaba que ya había regresado.

-A ti nadie te ha invitado a esta casa.

¿Qué demonios haces tú aquí?

-Yo... -No, tú nada.

Márchate, ahora.

Y no vuelvas. ¿Me oyes? Fuera.

Fuera.

No, no, no. A ver.

No mezcles cristal ni loza, ¿entendido?

Venga, hala.

Que queda mucha noche, venga, vamos.

Me gusta el fresquito de Acacias de amanecida.

-Eso es porque te has pasado toda la noche ultimando los detalles

para el discurso de la Reina.

-Y eso que no he terminado de afinar.

Todavía me queda por resolver algunas frases.

-Eres demasiado exigente, cariño. -Porque me gusta darle vueltas.

Es el encargo más importante que me han hecho nunca.

-Te gusta que esté todo perfecto

porque eres la mejor.

Eres la persona más talentosa de la ciudad.

-No, tú que me miras con buenos ojos.

-Y que te quiero más que a mi vida.

-(CARRASPEA)

Hay que ver qué melindrosos sois.

-Estoy enamorado de su hija, suegra.

¿Tan malo es? -No, está hasta bien, diría yo.

Pero se acabó el recreo. Al lío, Pablo.

-¿Perdón?

-Iba camino del hotel, a llevarte esto.

-¿Esto qué es? -Los libros contables

y la documentación del yacimiento que me pediste anoche.

También te iba a traer un manual teórico sobre el asunto,

pero mi consejo es que no te pongas demasiado...

teórico, o aburrirías hasta a los criados.

Sí, lo mejor en este tipo de negociaciones y reuniones

es improvisar.

-Improvisar. -Claro que sí.

Tú échale cara. Pégale a la hebra y todo saldrá bien.

Mira, tú seduce al cliente con tu verborrea.

-Verborrea, claro, sí, sí, sí. -Seducción,

inspiración y "cautivación".

-¿Perdón? -Agilidad mental, yerno mío.

Y el puesto será tuyo.

-Sí, sí, está bien, intentaré recordar todo lo que me ha dicho,

-No, no intentarás recordar. Lo harás.

-Sí, empezaré por mirarme estos documentos que me ha entregado.

-Pues arreando que es gerundio. Al hotel a estudiarte todo esto

y, yo me quedo paseando con mi hija.

Nunca pensé que Pablo tuviera...

este tipo de inquietudes.

-¿Qué quiere decir?

-Pues que no sé si el arte de la negociación es lo suyo, hija.

-Ay, madre, Pablo quiere ayudar.

Desde que yo vendí mi parte del yacimiento,

usted nos está manteniendo en todo.

Y él quiere sentirse útil.

Y devolverle todo lo que está haciendo por nosotros.

Pero tiene muy buena voluntad y mucho interés.

Vamos. Ay, madre,

¿a qué esa cara?

-Pues a que no sé si... con la buena voluntad e interés basta.

-Madre. -Hija, es una tarea muy difícil.

Ha de aprender, enmendarse.

Es muy complicado.

Es un puesto muy complicado que requiere de ciertas aptitudes.

Dele confianza.

-Es que nuestra empresa es de mucha enjundia.

-Y Pablo lo hará bien, es que estoy segura.

Dele una oportunidad.

-Ya se la he dado.

Y así lo he defendido delante de don Ramón.

-Y él seguro que le está muy agradecido.

Venga.

-Hija, yo solo digo,...

que quede entre tú y yo, que no salga de aquí,

que Pablo es Pablo.

Todos le queremos, pero también sabemos de sus limitaciones.

-Pablo se esforzará.

-Así lo espero. -Y demostrará que puede hacerlo.

Él confía en sí mismo.

Y yo confío en él.

-De acuerdo. Pero espero que tanta confianza,

acabe en éxito total.

Estás haciendo justo lo contrario de lo que te pedí.

Estás poniéndote de lado de Simón

y bailándole el agua. -Eso no es verdad.

-¿Te atreves a llamarme embustera?

-Abuela,...

estoy tratando de hacerlo lo mejor posible.

-¿Qué os traéis entre manos?

-Nada.

-Os vi en el callejón.

-Porque creo que lo mejor para tener controlado a Simón,

es estar cerca de él.

Confíe un poquito en mí.

-No puede permitirse un arrebato como el de ayer.

¿Tú no ves que se está volviendo loco?

-Muy cuerdo estoy.

-De ninguna de las maneras.

Hablaste muy mal a ese hombre. Y eso es muy peligroso.

-¿Y qué puedo hacer, quedarme de brazos cruzados?

-Arremeter contra él, desde luego que no.

-Ese hombre es el responsable de que Elvira

esté lejos de mí, de nuestra separación,

de que nunca casáramos y ella tuviera que viajar

a kilómetros y kilómetros de aquí.

-Ese hombre es su padre, y tú te estás poniendo muy pesado, hijo.

-Que sea su padre, no le hace propietario de su persona,

ni mucho menos responsable de su felicidad.

-¿Qué quieres, matarme de un disgusto?

¿De un disgusto quieres matarme? ¿Es eso lo que quieres?

-Bien sabe que no.

-Adiós.

-Mi abuela tiene razón.

-No, Víctor, no la tiene. -Sí, Simón,

tienes que intentar calmarte.

Con esta actitud no vas a conseguir nada.

-No pienso rendirme.

Y tengo un as en la manga.

-¿De qué estás hablando?

¿Qué es eso?

-Estaba entre las pertenencias de Elvira.

Son las que llevaba el día del banquete

en el que la conocí.

-¿Qué vas a hacer con ellas?

-Pagaré el testimonio de Remedios con este conjunto de oro

que vale un potosí.

-¿Remedios? -Sí. Sí, Víctor.

Me he puesto de nuevo en contacto con ella y he prometido dárselas.

-¿Cómo?

-Nos veremos hoy mismo.

A cambio del pago de esta fortuna, esa mujer hablará.

Estoy convencido.

¿Le duele aquí? Un poco.

¿Y aquí?

Mucho más.

¿Cómo es el dolor?

¿Como "agujicas" o "suavecico"?

Como agujas que se clavan bajo las uñas.

¿Ha hecho usted algún esfuerzo últimamente?

Ayer.

Tuve que ir corriendo de urgencia para llegar a un sitio.

Pues me temo que hizo usted malamente.

Quizá tenía que haber venido yo antes, las cosas como son.

Pero se cruzó en mi camino una mujer que estaba muy, muy enferma.

Y no pude escaparme antes.

¿Una mujer?

Sí, una mujer que estaba muy malamente.

Y que traté de ayudar.

Pero, por mucho arte que yo tenga,

no puedo hacer nada por ella. ¿Por qué dice eso?

Porque se ha escapado de la casa... y no sé dónde puede estar.

Quizá esté muerta,

porque la mujer no estaba en condiciones

de ir vagando sola por estos mundos de Dios.

¿Quién sabe?

¿Y cómo era esa mujer?

Pues era... morena, de mediana edad,

la nariz afilada.

Tenía ojos de ericta. Era...

Era misteriosa.

¿Misteriosa?

Rara.

Ni siquiera sé si hablaba verdad

cuando decía que no recordaba nada.

¿Tenía amnesia,

no recordaba? Ni siquiera quién era.

La pobre criatura

llegó hecha un carbón.

Y... ¿recuerda su nombre?

(CANTURREA)

(TARAREA)

#...con su gracia y con su sal.

#Porque ella es la reina, la reina de la torería, que... #

-Hola, Lolita.

-Ay, doña Trini.

Venga acá para acá que le cuente.

-¿Qué ocurre?

-Pues que ha aparecido la tarta. -¡Uy, qué bien!

¿Y dónde está?

-Aquí mismito la tengo escondida.

-Uy, ¿y a qué tanto recelo, hija?

-Ah, no, recelo ninguno.

Lo que no quiero es que me la vuelvan a birlar.

-Pero ¿se puede saber quién se ha comido el cacho que falta?

-"Pa" chasco que no lo sé. Yo se la di al Servando

para que la guardara en el altillo. -Ay, ahí tienes la respuesta.

-Lo dudo.

Para una vez que Servando no mete la pata, habrá que darle el mérito.

-¿Y por qué lo tienes tan claro?

-Lo primero, porque me lo ha jurado y perjurado.

-De poco vale su palabra, Lolita. ¿Y lo segundo?

-Pues porque si el Servando le hubiera hincado el diente,

se hubiera enterado hasta Paciencia en la Cuba.

-Bueno, eso es verdad.

Bueno, ¿entonces qué, quién se la habrá podido comer?

-A las buenas.

-Buenas. -¡Aléjate de mí, Belcebú!

Lola, escúchame, ¿eh?

No te comas ni una miga de pan de ese mejunje del demonio.

-Ay.

-¿Has sido tú la que se ha comido el trozo que falta de la tarta?

-Sí.

(RÍEN)

Pero ¿y cómo se te ocurre hacer tal cosa estando tu Martín de viaje?

-¿Qué tú sabes lo que provoca ese bizcocho endemoniado?

-Pues claro.

-Dios mío de mi vida. He visto a don Liberto desnudo.

¿Y sabéis qué? -¿Qué?

-Que hasta Servando me parecía muy atractivo.

-Uy, uy, uy, uy, Casilda, por favor.

-¿Pero se puede saber qué leches lleva esa tarta?

-Ah, no se puede decir. Receta secreta de Cabrahígo.

-¿Ah, sí?

Pues nada. Guárdate tu secreto.

Yo no voy a insistir más.

Bueno, ¿te vienes al mercado?

-Bueno, solo si me prometes que se te ha pasado el efecto del dulce

y no tienes ojos sicalípticos.

-Creo que no.

-Uy, Lolita.

-Aunque os digo una cosa.

No me importaría cruzarme con don Felipe

y verlo como Dios lo trajo al mundo.

-(RIÉNDOSE) Uy, Casilda, por Dios.

Anda, Lolita. Vete al mercado si quieres.

Pero recuerda que esta tarde,

Ramón y yo vamos a merendar de ese manjar de los dioses.

-Vale.

-Hale, a más ver. -A más ver.

Cuidado.

¿Por qué quieres matarte?

Se aprecia que eres joven,...

adinerada.

Y...

muy hermosa, si me permites el cumplido.

¿Acaso solo las feas pueden ser desgraciadas?

Vuelves a tener razón.

Pero las guapas y ricas tienen más motivos para vivir.

No me conoces de nada.

Mi vida no es vida.

Es una condena.

Y entonces, la relojería que usted regenta, será la más renombrada

y famosa del mundo entero, si hoy cerramos este trato aquí.

Y...

Y, bueno, se convertirá, de ahora en adelante,

en la relojería de referencia...

para reyes, reinas, marqueses, marquesas, condes,

Todo el mundo querrá lucir sus joyas

y obras de... "orbefrería".

Porque nosotros le vamos a suministrar

el mejor oro del mundo.

¿Cómo lo he hecho?

¿Y por qué tienen ustedes el mejor oro del mundo?

¿Lo han comparado con otros oros de otros yacimientos?

-Verá, no...

No exactamente.

-Dicen que en África tienen un yacimiento de un oro

de mucha mejor calidad que el vuestro.

Y hasta en Marruecos he oído hablar de otros yacimientos.

¿Tiene algún dato que corrobore que su oro

es de mayor calidad?

-No, no tengo datos que lo corroboren.

Tendrá que darme su voto de confianza.

-¿Y por qué voy a confiar en usted, si no le conozco de nada?

¿Ves?

Y con esa frase y esa caída de hombros,

tú pierdes una fortuna.

El cliente se levanta y se va y a ti te despiden.

-¿Y qué digo si no tengo datos para corroborarlo?

-A ver, Pablo, escucha. Nunca debes contestar que no a nada.

Siempre tienes que decir a todo que sí.

Si el cliente te pide datos, tú le das datos.

Pero le das datos de los tuyos.

De tu volumen de ventas, de otros clientes que ya confían en ti.

Mira, tú coges tus mejores clientes y los sacas a colación.

Si la Reina, en cualquier momento

ha llevado un anillo, un colgante,

una sortija, por pequeño que sea, con oro nuestro,

tú dices que la Reina es una clienta de confianza.

-De acuerdo.

¿Y qué digo si me preguntan por las minas de África o Marruecos?

-Tú le hablas de las guerras que hay allí,

de lo difícil que es hacer negocios allí,

de lo mucho que se pueden incrementar los costes.

Nadie quiere riesgos cuando se habla de dinero, Pablo.

-Que no sabía nada de que había guerras.

-Ya, ni yo, pero tu cliente seguramente tampoco,

así que tú te lo inventas.

Tú miente siempre, Pablo, miente.

-Eres bueno, Antoñito.

Sí.

-En el noble arte de mentir, peritísimo,

no nos vamos a engañar.

-Hombre, muchachos,

qué bien que estéis aquí.

Estábamos hablando de iniciar una tertulia entre hombres.

¿Os quedáis? Vayan sirviéndose,

señores. -Eh...

Perdone, don Ramón, pero yo no voy a poder, porque...

Bueno, tengo...

Tengo muchos recados que hacer.

Caballeros...

-¿A qué tanta prisa?

¿Le ocurría algo a Pablo?

-Bueno, yo creo que han interrumpido ustedes la lección

y se ha puesto nervioso.

-¿Qué lección?

-Le enseñaba a Pablo técnicas de oratoria y negociación.

El chico está haciendo un gran esfuerzo para ganarse ese puesto

en el yacimiento, padre.

-Tú no tenías tiempo para acudir a la reunión con el relojero suizo

y sí lo tienes para instruir a Pablo.

¿Dónde quedan esos negocios tan urgentes que tenías que atender?

-Pues... justo ahora iba a atenderlos.

Caballeros, que disfruten de la tertulia.

Este hijo mío

tiene más cara que espalda.

-Pero tiene buen corazón.

Yo me alegro de que esté ayudando a Pablo.

El pobre se está esforzando mucho. -Lamentablemente,

no sirve solo con el esfuerzo.

Hacen falta también ciertas aptitudes.

-Todo se aprende en esta vida.

Quizá Pablo aprenda y todo vaya bien en esa reunión.

-Un hombre de negocios no se hace de la noche

a la mañana, Felipe. La oratoria

y la fluidez de palabra solo se adquieren acudiendo a las tertulias,

escuchando las conversaciones

entre hombres, practicando, participando.

¿Ha visto usted alguna vez a Pablo en el Ateneo?

-Alguna vez que otra, sí.

Pocas, pero sí que lo he visto.

-Lo intentó al principio, pero se cansó.

Y no es clasismo, créame, es lo que es.

¿No piensa usted lo mismo, Liberto?

-Odio reconocerlo, pero así es.

Y no podemos permitirnos errar en la reunión con el relojero.

Una torpeza sería terrible.

-Torpeza que seguro que Pablo no va a cometer.

Antes se cortaría la lengua,

que decir algo que les dejara en ridículo.

Es más,...

estoy seguro que gracias a Pablo, esa reunión será todo un éxito.

Pero ¿cómo se te ocurre convocar a Cayetana para que te disparara?

¿Te has vuelto loco?

Me puedes reñir todo lo que quieras, me da igual.

Podría morirme ahora en tus brazos.

Calla, tonto.

Muy tonto no es cuando todos y cada uno de los pasos que he dado

me han conducido a este momento.

Te he echado tanto de menos.

Y yo, mi amor.

Quizá solo necesitábamos esto.

¿Un abrazo?

Alejarnos tanto para darnos cuenta de cuánto nos queremos.

Mauro, siento haber desconfiado de ti cuando te vi con Sara.

Perdóname, por favor.

Chist. No hay nada que perdonar.

Imaginar que puedo perderte me hace estremecer.

Sin ti moriría, Mauro San Emeterio.

No te voy a dar ocasión de comprobarlo.

Porque no me voy a separar ni un momento de tu lado, Teresa Sierra.

Porque eres... la más importante de mi vida.

Bueno, tú...

y esta criatura que crece en tu vientre.

¿Cómo está? ¿Cómo te encuentras tú?

Va todo bien.

Fui a ver a la matrona porque pensé que algo pasaba, pero...

está todo en orden.

Y mejor que va a ir a partir de ahora.

Ay, soy tan feliz.

Juntos seremos aún más felices, mi amor.

Los tres.

Como una familia unida.

Hasta que la muerte nos separe.

Muchacho. ¿Te ibas?

-Pensé que ya no vendría.

-Lamento el retraso, pero es que he tenido que atender otro negocio.

-Está bien, lo importante es que está usted aquí.

-¿Has traído lo que me prometiste?

Quiero verlo.

Hala, son preciosas.

-Y valiosas.

-Este conjunto cuesta una auténtica fortuna.

Lo he contrastado con un joyero. -¿De cuánto parné estamos hablando?

-Lo suficiente como para retirarse de por vida.

Pero solo será suyo si acepta mis condiciones.

-¿Qué quieres que haga?

-Me contará toda la verdad de lo que pasó.

A mí... y a quien yo diga.

-De acuerdo. Dame la joya.

Me encanta. Mira qué bien me queda.

Qué maravilla.

¿Quieres que demos un paseo?

¿Mauro?

Perdona, mi amor, ¿qué decías? ¿No me escuchabas?

Discúlpame, es que a veces me... atormentan los pensamientos.

Pero no es por ti.

Tú eres luz en mi oscuridad.

¿Qué oscuridad es esa?

No, no es nada.

Es Cayetana, ¿no es así?

Piensas que no has podido hacer justicia.

Déjalo, Teresa.

Piensas que ha vuelto a irse de rositas

y que estamos en el mismo punto de antes.

Que no, de verdad. Mauro, te conozco y sé que es así.

Pero te equivocas.

¿Por qué?

¿Qué sabes?

Sé algo que lo cambia todo.

¿El qué?

Sé algo hace que no estemos tan lejos de atrapar a esa endriaga.

Habla, mi amor, no me dejes en ascuas.

Sé dónde está Úrsula Dicenta.

Don Arturo,... tiene usted visita.

-Pues hazle pasar.

¿A qué esperas?

¿Qué te trae por mi casa?

-¿Podemos hablar, coronel?

-Casilda, ve a la cocina.

Déjanos solos.

-"Me temo que está decidido a abandonar".

-Quizá, si hubiera tenido más tiempo para preparármelo...

-No te falta razón en que hubieses precisado de más preparación.

Estos quehaceres no se aprenden de la noche a la mañana.

La oratoria y las negociaciones no solo precisan

de una buena preparación,

sino de sentido común. Emoción y valentía.

-Así es. Y tú, Pablo, andas sobrado de ellas.

-Sé muy bien cómo te sientes.

Yo empecé como tú.

Desde abajo.

Y en más de una ocasión me sentí tentado a rendirme

ante las dificultades y las zancadillas

que me ponían en el camino.

Pero tú cuentas con una ventaja con la que yo no contaba.

-¿Cuál?

-Amigos que confían en tus posibilidades.

Pablo,...

yo creo en ti.

Y te ayudaré en todo lo que pueda.

-"Doña Rosina, yo no dudo de su bondad,"

sino de sus capacidades.

Yo no quisiera violentarla. Sé que es su yerno, pero...

-Pero... los negocios son los negocios.

-Usted lo ha dicho.

-Debemos estar seguros de que Pablo no nos va a dejar en un mal lugar.

-Yo ya le he dado toda la documentación que precisaba.

Y sé por mi hija que se está esforzando muchísimo.

Pero no puedo darle más garantías.

Pero es que, don Ramón, se me parte el alma

solo de pensar que he de decirle al muchacho que abandone.

-Podemos encontrar un término medio. -¿Cuál?

Si es así, no se lo guarde ni un segundo, ¿qué podemos hacer?

(RESOPLA)

-Hace calor, ¿no?

-No. -¿No?

-No.

Ay, Lolita.

"Te acabo de hacer una pregunta, Simón".

"¿Puedes hacer el favor de contestarme?".

¿A cuento de qué has citado a todos nuestros vecinos en mi casa?

-Lo lamento,

pero deberá aguardar para saberlo. No deseo que se inquiete.

-Tu intención será buena, pero llega tarde.

Ya estoy con el alma en vilo.

-Solo le pido un poco más de paciencia y confianza.

-Más que el santo Job he tenido contigo,

pero esto es la gota que colma el vaso.

¿Tú estabas al tanto de lo que se propone?

-Yo sé lo mismo que usted. Conmigo no la tome.

-Aunque no es difícil saber el objetivo de esa misteriosa reunión.

Volverse a poner en contra de don Arturo.

-Solo hago lo que debo.

-Si así fuera, me habrías escuchado ya hace tiempo.

Y estarías llorando a Elvira como se merece,

en vez de meterte en cuitas estúpidas.

¡Averiguar la verdad no es ninguna tontería!

-¿La verdad?

¡La verdad ya la sabes, aunque te empeñes en negarla!

-"Doña Leonor,"

menos mal que la encuentro aquí.

Ha venido un emisario de la Casa Real en su busca.

-Bien, Servando, ¿y qué quería de mí?

Entregarle un correo de su Majestad.

En el hotel le dijeron que seguía usted aquí.

"Nunca debí confiar en Sara".

Estaba tan ofuscada por encontrar a Úrsula,

que me dejé llevar por la necesidad.

No es solo la traición de Sara y su descuido

la que la tienen así tan hundida, ¿verdad?

No me quito de la cabeza el encuentro con Teresa.

Había tanto odio en su mirada.

Y es de entender, señora.

Está desencajada por la muerte de su pequeño.

Siento que las fuerzas me abandonan.

Los reproches de Teresa me han hecho demasiado daño.

Me han demostrado que soy más débil de lo que pensaba.

"Lamento que tengas que huir".

Pierda cuidado. Ya era hora de cambiar de aires.

Esta ciudad no me ha traído más que quebraderos de cabeza.

Te deseamos suerte en tu nueva vida.

Sí.

Bueno, al menos no voy a empezarla con una mano delante y otra detrás.

Cuando venda este colgante,

sacaré un buen monís para irme situando.

Si sirve de algo, me alegro de que lo robaras.

Ojalá detengan a ese mal bicho de Cayetana de una vez por todas.

Algo me dice...

que estamos cerca de lograrlo.

Es muy posible que hoy demos con la pieza clave de este embrollo.

Quizás hoy mismo todo se solucione.

"¿Dónde has puesto el colgante que te entregué en la fiesta?".

¿No está en su cuarto?

Si estuviera en mi cuarto no te estaría preguntando.

Yo lo dejé en la peinadora, estoy bien segura.

Pues no estés tan segura, porque no hay ni rastro de él.

No lo sé, señora, anoche había aquí mucha gente.

¿No pudo entrar ningún desconocido en casa?

Maldita sea mi estampa.

Sepa usted...

que ese demonio de Sara volvió de nuevo a casa.

Y yo la eché. La eché. Maldita sea.

¿Cómo he podido ser tan simple como para no verlo venir?

Me he convertido en el hazmerreír de mis enemigos.

No diga eso. Es la verdad.

Pero eso va a cambiar. Voy a volver a ser la que era.

Voy a adelantarme a cada uno de los pasos de Mauro y Teresa.

Están muy equivocados si se creen que van a acabar conmigo.

  • Capítulo 546

Acacias 38 - Capítulo 546

27 jun 2017

Teresa ve que Mauro ha sido herido. Cayetana planea marcharse, pero llegan Méndez y Felipe. Sorprendentemente, Mauro exculpa a Cayetana y es trasladado al hospital. Antoñito acepta instruir a Pablo en oratoria. Casilda sufre los efectos de la tarta afrodisíaca. Trini y Lolita descubren que alguien más comió. Rosina entrega a Pablo el material para que pueda prepararse para el trabajo, pero no acaba de fiarse de él. Teresa se entera de que la Valenciana ha estado cuidando de una misteriosa mujer. Mauro vuelve del hospital y se reconcilia con Teresa, quien le da una buena nueva: sabe cómo encontrar a Úrsula.

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