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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 544 - ver ahora
Transcripción completa

¿Ha pensado en el expolio

que hemos sufrido en el yacimiento? -Apenas.

Está denunciado y ya está. No nos debe quitar el sueño.

En lo que sí he pensado

es en el sustituto de Casimiro Castellón.

Mi hijo Antoñito. -Yo pensé en Pablo.

-No estoy seguro que sea el idóneo para el cargo.

-"La reina"

quiere que le escriba

un discurso. -Te va a pagar.

-Ay, madre no lo sé,

pero no me importa. Además,

podré glosar la figura de mi padre.

"Haz lo que prometiste".

Atraer a Cayetana en el momento oportuno.

El día ha llegado.

Será mañana.

"Teresa".

¿Qué le ocurre?

Ya se me pasa.

-"Dejarla así"

sería como apalear a un moribundo.

Pero "tie" que hacer un poder y recordar

quién es.

-Sí.

Quizá cuando beba el agua.

Tal vez entonces.

-No se mueva.

Voy a traérsela.

-Gracias.

-"Si no la ve un doctor, deberíamos ir a buscar

a esa mujer que tanto sabe de hierbas y preñeces".

¿La Valenciana? Esa.

No sé dónde encontrarla.

Yo sí lo sé. -"Por favor, no".

No me deje. No.

-Pues basta de engañizas y cuente lo que sabe.

Anoche estuvo repitiendo un nombre en una letanía.

Cayetana.

¿Quién es esa mujer?

¿Por qué le tiene tanto gato? "Recibí un mensaje suyo".

Quiere verme aquí, a las 20:00. Está bien.

Yo mismo estaré. Deseo acabar con el asunto de Úrsula de una vez.

"Un encuentro entre Mauro y Úrsula".

Me falta saber el momento.

Tal vez sea esta misma noche. ¿Hoy?

Con la casa llena de invitados.

"Hemos ido a su casa".

Una vecina nos dijo que venía a la fuente.

Y que ha venido con una paciente.

Por ahí atrás la he dejado. Ya no puede ni andar.

¿Podemos acompañarla?

"Na" puedo hacer

para que no caminen a mi lado.

Venga, vámonos. -Espere, señora.

Háganos el favor y atienda a la señora.

-Es que no tiene una tiempo "pa' tos".

"Demasiá" faena con una enferma a la que curar.

Y mala está malamente, eso se lo juro por estas

que son cruces. Que no es el mío un oficio de coser y cantar.

-¿Nos dejará marcharnos sin ni siquiera echarla un vistazo?

-No "pue" ser y ya está.

Se lo ruego, por favor,

usted me conoce bien y sabe mi apuro.

Que está "preñá", sí.

Y, si no recuerdo mal,

fue usted la que dijo de acabar

con la criatura. Unas malas cuitas

ennegrecían mi alma, pero ahora he cambiado de mientes.

Sobre todo gracias a usted.

Por favor, atiéndame, se lo ruego.

¿Qué es lo que siente?

Me he sentido indispuesta varias veces.

Tengo como... pinchazos,

desgana y una desazón muy honda.

Recibirá buen dinero si la sana. -No son las perras

las que habrán de convencerme.

Es que no me gusta juntarme con según qué negruras.

No hay nada oscuro en mis intenciones.

Quiero tener la criatura, pero debe saber

si va bien o me deben atender.

-Pálpela, por el amor de Dios,

que no queremos comprometerla.

Es caridad cristiana atender a los enfermos

y ayudar a que nos multipliquemos y poblemos el mundo.

-No lo sé.

No sé.

Que los líos con señoras no suelen acabar

con buen pie.

Buenos días, Simón.

¿Esperas a alguien?

-No, no.

Bueno, sí, pero nada importante.

Quería ver a Martín para que me preste unas herramientas

para arreglar una lámpara.

-En ese caso, te vas a cansar

de esperar. Martín está en Sabiñánigo.

Volverá dentro de unos días.

-Vaya.

Entonces tendré que pedírselas a Servando. No hay hombre más pesado.

-Cierto.

¿Irás a la fiesta de Cayetana?

Yo me arreglaré antes de que mi esposa me ponga mal la cabeza.

-No, no, no. Yo no estoy invitado a esas fiestas.

Para la mayoría de los vecinos soy un mayordomo.

-Sí, pero a mí eso se me olvida.

Por la relación que tienes con mi tía.

Su tía es una gran mujer

que me trata mejor de lo que merezco.

-Ya.

Tengo que ir a arreglarme, Simón,

pero creo que tengo tiempo de tomar un anís

con un buen amigo del barrio.

Acompáñame a La Deliciosa.

Gracias por la consideración de amigo, pero debo excusarme.

Quiero arreglar la lámpara hoy mismo.

-No hay lámpara rota en casa de mi tía.

-Está en el trastero.

Es una tontería sin importancia,

pero quiero devolver algo de todo lo que hace por mí.

-Bien, en ese caso, no te importuno más.

Hasta más ver, Simón. -Hasta más ver.

Por fin llega. Pensé que no vendría.

-Me envió dinero en una carta para que reuniera con Vd.

-Y habrá más, se lo aseguro.

-Con la sardina salta la foca, o eso dicen.

Yo no he visto nunca ninguna.

-Mire, sé que usted no quiere remover el pasado,

pero necesito que los vecinos sepan de qué pasta está hecho Arturo.

Aunque oculte su nombre,

la verdad debe salir a la luz.

Venga, siéntese.

No veo yo mayor aprieto.

¿Va todo bien?

Por la criatura y la sangre sí.

Es otro su problema. -De algo sufre.

-De angustias "to" lo más.

¿Qué es lo que la aflige?

Asuntos del padre.

Pues esos ya no son mis asuntos.

En lo que a mí me toca, debe usted guardar quietud,

no ponerse nerviosa y hervir en agua unas hierbas.

Manzanilla, poleo, melisa...

Que eso le hará bien.

Y puede atarse usted un cordón rojo a la muñeca

para alejar el mal de ojo.

Muchas gracias. No hay de qué.

Tenga, tenga usted, buena mujer.

-Ya le dije que no son las perras

por lo que me metía yo en esto.

¿Qué haces, cariño?

-Estoy intentando reunir ideas para el discurso de la reina.

En el hotel escribí algo, pero no consigo juntar las letras.

¿A ti se te ocurre algo?

-¿A mí?

Si yo solo soy un mozo.

Y tú eres mi única reina.

No sé cómo empezar.

Ni siquiera sé qué estructura darle. Será un homenaje a mi padre.

Tantos años de funcionario, se lo merece.

Y quiero que sea brillante.

-Resultar brillante a ti no te va a resultar difícil.

Adulador.

Oye, ¿y crees que debería usar construcciones retóricas

o más bien ir al grano?

-No lo sé, la verdad, cariño.

Retóricas, simplezas, no lo sé.

-Recordaré los años en que mi padre anduvo en política.

-Puedes, sí. -Sí.

-A la reina debería gustarle la lealtad

de sus servidores públicos.

-Mira.

-Pablo, precisamente a ti te andaba buscando.

He hablado con don Ramón del puesto vacante

para agente de ventas del yacimiento.

-Don Ramón, eh.

-Sí.

Don Ramón se ha empeñado en que sea su hijo Antoñito

quien coja el cargo.

-¿Y por qué no me lo ha dicho antes? Estaba con Vds. hace un momento.

-Pablo, no quería incomodarte ante don Ramón.

-¿Y se puede saber por qué se ha rechazado mi candidatura?

Porque Antoñito es hijo de don Ramón,

pero yo soy su yerno.

Yo ahí veo un empate de méritos.

-Sí, sí, sí, claro, pero...

Bueno, hemos estado hablando, dándole vueltas.

Don Ramón, no sé cómo decirlo, prefería una persona más...

Bueno, no sé...

-¿Más listo?

-No. Instruido.

Instruido.

-No hace falta

saber latín para vender. Y de vender se trata, ¿no?

-Bueno, sí. Sí, sí. Nuestra tarea inmediata

consiste en negociar con el dueño de una relojería

que habla perfecto castellano. Pero, en ese caso, sí.

En ese caso, cualquiera de los dos podría camelárselo, pero...

-¿Pero...?

-Pero, en sucesivas ventas, quizá sea necesario

tratar con personas que no dominen nuestra lengua.

Queremos darle un aire internacional al negocio.

Convendría que nuestro agente de ventas hablara idiomas.

-Claro.

-Venga, cariño, que tampoco se nos viene

el mundo abajo. No nos urge

buscar empleo, eh. -Muy bien dicho, hija.

Pablo, ¿por qué quieres ir por ahí doblando el lomo, como quien dice?

Sin otras obligaciones,

podrás cuidar de tu esposa y de tu señora suegra.

Y ahora me voy. Tengo una jornada completita.

Debo ir a casa de Celia,

por la tarde, al baile. Dios mío, es un no parar.

-Madre, madre, escúcheme. No he podido decirle

que la semana que viene volvemos a casa.

-¿Seguro que habrán acabado con las malditas ratas?

-Eso dicen los empleados.

Me muero por dejar el hotel y volver a casa.

-Y yo más. Sí, supongo. Mucho, mucho.

Lo que pasa es que no puedo negar que echaré de menos el cotille...

Bueno, la convivencia con nuestras vecinas.

Bueno, hasta la vista, eh.

Cariño...

¿Tan mal te ha sentado que le dieran el cargo a Antoñito?

-Que se lo dieran a Antoñito no,

que no me lo dieran a mí. -Venga, no es tanta afrenta.

-O sí.

Me había ilusionado mucho con es te trabajo.

Y sobre todo con poder echar una mano al fin en casa.

-Pero si tú bien sabes que me basta con tenerte a mi lado.

-Cariño, desde que vendiste tu parte, es tu madre quien nos alimenta.

Y a mí eso no me gusta.

-Para está la familia.

Y, gracias a Dios, la nuestra es pudiente.

-A mí, aún así, eso me incomoda.

Yo tengo mi orgullo.

Y me aburro estando en casa mano sobre mano todo el día.

-Ya encontrarás algo. Una tienda o algo donde te aprecien.

-¿Una tienda?

Tú tampoco crees que pueda hacer bien el trabajo de agente de ventas.

-Ay, no seas picajoso,

que confío muchísimo en tus habilidades.

Si fui yo quien apoyó la sugerencia de mi madre de contratarte.

Venga, cariño,

deja de darle vueltas al asunto, eh.

¿Qué más puedo decir para que olvides ese plan suicida tuyo?

Es un condenada locura.

Mejor harías en callarte y concentrarte en tu parte.

Asegúrate de que Cayetana llegue a la pensión al comenzar el baile.

Y antes de que lo haga el comisario Méndez.

Que sí, que sí.

¿A qué hora has dicho al comisario que vendrá Úrsula?

A las 20:00 en punto y sereno.

¿Y si nos olvidamos del pan y de todo?

Vas a morir.

O te detendrán e irás al cadalso. Cállate.

¿No ves que es un disparate morir por venganza?

Voy a hacerlo, y ni tú ni nade me va a convencer de lo contrario.

Lo voy a hacer y tú me vas a ayudar sin rechistar.

Y va a salir bien porque tú vas a ser muy cuidadosa.

Porque si te descuidas,

si no te lo tomas en serio,

Cayetana volverá a salvar el pellejo.

¿Te entra eso en tu linda cabecita?

No te embales, Simón, que no necesito tantas buenas maneras en la mesa.

Ni en la mesa ni en ningún sitio.

-Son años de servir. Y soy demasiado mayor para cambiar.

-Mi abuela no está, ¿no?

Entonces espero que no tengas inconveniente en contarme

qué tramas exactamente.

Está bien.

Remedios es una bailaora de flamenco ya mayor

a la que contactamos Elvira y yo en su momento.

Esa mujer nos contó que Mercedes, la madre de Elvira,

era la amante de un bailarín.

La mujer que le acusaron de matar, la tal Mercedes.

Con ella era distinto.

Eusebio la quería una "jartá".

Se pasaban bailando toda la noche.

Gracias.

Pero era mujer de alta alcurnia, casada con un militar.

Traté de advertirle del peligro que corría.

-Pero él no... no le escuchó.

-Estaba demasiado enamorado para hacerlo.

¿Entonces fue el marido quien les descubrió?

-No lo sé, yo no estaba allí. Pero es de suponer que fue así.

Al verlos juntos, les dio muerte. Y luego contó a la Policía

"la milonga del robo". -Madre mía, menudo folletín.

-Y la cosa se complica.

"Necesito que me acompañe a la comisaría y que les cuente"

todo lo que me dijo sobre la muerte de Eusebio y la mujer.

-¡Naranjas de la China!

No me meto en ese fregado. -Se lo ruego.

Por favor, es por una causa justa, créame.

-Justa o no, a mi edad he aprendido qué toros lidiar

y cuáles devolver a los toriles.

Que no me voy a dejar empitonar

por sacar la castañas del fuego

"a un señorito angustiado".

-"Osease", que no quiso ayudarte a acabar con el coronel.

-Ya me has oído.

Aunque eso ahora ya no tiene importancia,

porque... no termina ahí el asunto.

-"Se habrían fugado los dos si no es porque la susodicha"

tenía una niña pequeña.

Y la sangre tira mucho.

El Eusebio no hubiera dudado en dejarme tirada.

¡Maldita sea su estampa!

-Pensaba que no le importaban sus amoríos,

o eso me dijo. -"Nanai".

Sorbido tenía todo el seso por sus entretelas.

Un día, loca de celos, me hice

con una pistola

y lo seguí hasta casa de la señora.

Y allí los encontré, bien amarraditos, en su cama.

-Un momento, un momento.

¿Me está diciendo que Vd. les mató?

-Ahí mismo le pegué dos tiros.

Dos a cada uno.

El coronel "na" tuvo que ver.

Fui yo quien los mató.

-Vamos, que la mujer se tomó la justicia por su mano, sin más.

-Atroz, sí.

-No sé qué harás con esta información.

Al fin y al cabo, queda claro que el coronel no los mató.

-No lo sé. De vedad que no lo sé.

Aunque tengo mis dudas.

¿Por qué Remedios cambió repentinamente su versión?

También podría ser cierto

que el asesino fue el coronel y ella se echó atrás por miedo.

-Eso nunca podrás saberlo. -O sí.

Cuando pienso que pudo hacerle algo a Elvira

o cuando pienso que él la envió a la muerte,

solo con mencionarle "Remedios" se tensa.

-Eso es natural.

Su mujer le engañaba, no es plato de buen gusto para nadie.

Deja de perseguir fantasmas, Simón.

Lo único que tienes es el testimonio

de la tal Remedios. Y parece que no es muy de fiar.

-No.

Ni siquiera estoy seguro de que quiera prestarlo.

-Por eso te digo.

Olvídate, ese es mi consejo.

Y si no, hazlo por tu madre.

Últimamente anda con la mosca detrás de la oreja.

-¿Te ha dicho algo?

-Ayer me dijo que estuviera pendiente de ti.

Se va a llevar un susto de muerte como algo te suceda.

-Lo sé, Víctor, lo sé.

Pero no puedo abandonar ahora.

Y el testimonio de Remedios podría ayudarme a desenmascarar al coronel.

-Pero si acabamos de hablarlo, que no es un testimonio de fiar.

-Quizá no pueda acusarle de asesinato,

pero para el coronel el honor es lo más sagrado.

Y podría hacerle daño divulgando que su mujer le fue infiel.

-No sé qué vamos a conseguir con eso.

-No lo haría tan sencillo.

Procuraré destrozar su aplomo con la infidelidad.

Y si esconde algo sobre Elvira,

perderá los nervios y cometerá algún error.

-No te digo yo que no pierda

los nervios y arremeta como un morlaco. Puede embestirte a ti.

Piénsatelo, Simón.

Es un encierro con un toro de demasiada envergadura.

A ver si te va a coger.

-Tendré que arriesgarme y moverme entre los pitones.

-¿Cuál es el próximo paso a dar? -Tengo cita hoy con Remedios.

Antes de decidir qué hacer, hablaré con ella,

a ver qué me cuenta. Daré con la verdad,

y pronto. -Pues yo te acompaño.

Aunque sea como banderillero.

No voy a dejarte solo.

Perdona.

Perdóname por mi cobardía,

por mis dudas.

Vamos, Sara, ya.

Ya está.

Te tengo cariño de verdad, ¿sabes?

O más que cariño.

Yo también te tengo aprecio.

No hablo de aprecio.

No sé si me enamoré de ti cuando nos conocimos.

Ni siquiera sé bien lo que siento ahora.

No, no hace falta sacar eso a relucir.

No te preocupes, no pretendo que me correspondas.

Sé lo que sientes por Teresa.

Pero por eso mismo,

te lo suplico por última vez:

piensa en Teresa y no te dejes matar esta noche.

Todo lo hago por Teresa. Todo.

Si mueres,

de nada le servirá a ella tu venganza.

Si muero,

Teresa tendrá una oportunidad de vivir feliz.

Padre, ¿va a decirme la razón por la que me ha convocado?

-Esperemos a Rosina, que es, como yo, juez y parte.

(Puerta)

Ya abro yo, que Lolita está en la cocina.

Disculpe la tardanza, don Ramón. Es que voy a matacaballo.

Entre la fiesta y lo del yacimiento una anda con la cabeza a vueltas.

-Bueno, pero siéntese.

-Ay, sí, gracias, Antoñito. Qué bien,

un poquito de reposo.

-Bueno, pues, padre,

señora, ¿van a decirme ya el motivo

por el que era necesaria mi presencia?

-Es una reunión de trabajo. -De...

De trabajo del de apechugar. -Eso mismo.

-Ya.

-Como bien sabes, doña Rosina y yo somos socios

en un yacimiento de oro. -Que, aunque va bien,

a veces nos da unos quebraderos de mollera que claman al cielo.

-Tras la baja de nuestro agente de ventas,

hemos acordado ofrecerte a ti el empleo.

-Sí. Decir que fue

una baja no refleja la hecatombe.

El susodicho agente, llamado Casimiro Castellón,

se llevó nuestros cuartos.

-En definitiva, que nos urge entrar en tratos

con un relojero suizo. Y pensamos en ti

para tal menester.

Tus estudios, tu dominio de los idiomas y tu experiencia...

será una tarea fácil para ti.

-Ya. Pero a ver,

padre, precisamente por mi formación, pericia y veteranía

en las transacciones comerciales, el asunto este del relojero,

no se ofendan, pero me viene un poco corto. Yo aspiro

a algo más alto.

-¿A un campanario?

-¿Cómo qué?

-Bueno, pues como montar mi negocio,

invertir en el futuro o detectar algún negocio sin rastrillar

y llevarlo a la cima.

-No me esperaba un no por respuesta, la verdad. Deberías tomarte

el yacimiento de oro como parte

del negocio familiar. -Se toma este asunto

como si fuese de vida o muerte.

Anda que no habrá vendedores con más labia que yo.

En el Ateneo, sin ir más lejos,

seguro que los encuentra. -No te librarás de esta

sin más. Antes debes relatarme

lo que tiene pensando para ser caballero de pro. No quiero pensar

que escurres el bulto.

-No, pero ahora no tengo tiempo.

Que no sabía cuánto se iba a alagar

la reunión. Pero descuide, que le pormenorizaré

todos los detalles de mis planes, eh. Con detalle de miniaturista.

Y ahora, marcho.

Nos hemos quedado

compuestos y sin novio. ¿Qué vamos a hacer, don Ramón?

-En algo tiene razón mi retoño,

iré al Ateneo y encontraré a alguien que dé la talla.

-Pero a escape.

Es la fiesta de doña Cayetana. -Iré antes del convite.

-Por favor, don Ramón, que el sustituto no sea tan ladrón

como el fugado Casimiro,

por favor. -No lo será, descuide.

(TARAREA)

Ay.

Aquí está.

¡Ay, lo sabía! ¿No es un primor?

Anda, haz el favor, dale preferencia a esta falda.

Anda que no se le nota a usted el cambiazo. Si parece otra.

Desde que se fue el Benito y el señor le hizo arrumacos

tiene hasta mejor color. -La sorpresa de Ramón

fue muy romántica.

-Y bien que me relamo yo con su ventura, señora.

Ya estuve en medio del calvario de doña Celia

y no me gustaría volver a estar

en algo así. -Ya.

Menos mal que se llevan bien.

-Anda que no les costó. Buenas discusiones han pasado.

-A mí lo que más me gusta de las discusiones

es la reconciliación final.

Ese momento en el que el arrebato y el frenesí

embargan a la pareja. ¡Ay!

-Pero, doña Trini, no hable usted así.

¿No sabe que soy soltera? -Uy. (RÍE)

Anda, Lolita, déjate de milongas y "gurrumías".

Te arrimabas a los mayores para escuchar cosas picantes.

-Y buenas tretas que aprendí.

¿Se acuerda usted de la Susi?

Mi tía, que en paz descanse.

-No voy a acodarme...

Con las caderas más anchas que el tren.

-Esa, esa. Pues de la tata Susi, que era bien enardecida,

aprendí un truco para maridos sin desperdicio.

-¿Para levantar maridos?

-Y para dejarlos bien alzados.

Una tarta de higos con canela

que despierta la pasión. ¡Buah! -A ver, Lolita,

que no es que yo necesite de la receta, eh.

Que el señor es un fiera, pero nunca está de más

tener un as en la manga.

Dime, ¿conoces bien

los ingredientes?

-Como el Padre Nuestro que rezan en la iglesia.

-Pues cuéceme el dulce,

que esta noche le voy a dar a probar a mi tigre.

-¿Qué mejor manera de acabar

una fiesta que bailando apretado?

-Olé. -Olé.

-Lolita, ¿has visto mi falda esa con jarrititas?

-Aquí. Ah, no. -¿A qué vienen esas carcajadas?

-Ah... nada, nada.

Gracias de asuntos de alcoba.

-Ay, por favor, qué desagradable. A mí esas chuflas no me gustan, eh.

-Uy, ya te gustarán cuando pases

por el altar. ya.

-En un periquete la tiene, señorita.

Señora ya está todo apañado para los invitados.

¿Han llegado ya las viandas?

Ni qué decir tiene. ¿Cómo no va a cumplir el mejor restaurante?

Y, siendo humilde,

servidora también ha montado ya sus tartaletas.

-Me desquicio por probarlas.

¿Cómo andamos de servicio?

Tengo un par de criadas extras.

No creo que las vaya a necesitar,

pero podréis prestarme vuestras muchachas si las necesito.

-Dalo por hecho, mujer. -Lo nuestro

es tuyo, querida. -Y, como ve,

hemos retirado los muebles para dejar sitio

para el baile. Muy bien, Fabiana. Gracias.

Sigue.

Quiero que el primer compás sea un momento grandioso.

¿En quién has pesando para inaugurar el baile?

¿Quién va a inaugurar el baile si no soy yo?

Bueno, decía...

O sea, que no se puede abrir un baile sin una pareja.

Ya. Pero es que eso no va a ser ningún problema.

Saldré a bailar con Liberto o con don Ramón. No se van a negar.

-Ellos puede que no.

¿Vosotras sí?

No. La verdad es que no me importa. -¿Yo qué quieres que te diga?

No lo veo muy adecuado.

Pues ya te adecuarás

cuando organices un baile pagado por ti.

Bueno, ¿sabéis algo de Celia? ¿Va a venir?

Me temo que no.

Seguía atenta a la maestra.

¿Nota usted algo?

Ojalá las hierbas que le recetó la curandera le hagan bien.

Estoy mejor.

Por lo menos más tranquila.

¿Cuándo es el baile?

Al atardecer.

¿Por qué no empieza a arreglarse?

No pienso ir.

No le vendría mal distraerse

y dejar de padecer con todos mis achaques.

No voy a dejarla sola. Ya le digo

que estoy bien. En su casa nada malo sucederá.

(Pasos acercándose)

Gracias, Lolita.

Señoras, buenas tardes.

¿Cómo se encuentra, Teresa?

Estoy bien, gracias a Dios.

Está muy apuesto.

Las convenciones mandan.

Iré al baile, aunque no me quedaré toda la velada.

-¿Tienes algo que hacer?

-Papeleos en la comisaría. Asuntos de última hora, ya sabes.

Pasaba a recoger unas carpetas del despacho.

-Enseguida regreso, Teresa.

Mauro tiene una cita con Úrsula en un rato.

-¿Y ella se presentará?

-Espero que sí,

aunque no te puedes fiar de esa pájara.

Por eso no quería hablar ante Teresa.

Siguen haciendo una buena pareja.

Sería una pena desaprovechar tanta postura.

Vayan al baile y dancen un vals

por mí.

Teresa, no creo que estuviera bien.

Por mí, no por usted.

Vayan y luego me cuentan.

Gracias por acompañarme a dar este paseo.

-De gracias nada,

que ya me place que tenga usted ganas de mover las piernas.

-No sé.

Quizá he sido muy atrevida al pedirle salir a caminar.

Déjeme descansar un momento aunque sea,

apoyándome en este árbol a la sombra. -Sí, vamos.

¿Quién eran esas señoras que la vinieron a ver?

-Unas que una conoce de otras enfermedades. "Na" especial.

-¿Qué mal padecen?

-Achaques de mujeres. Lo que nos agobia a todas.

¿Ya empieza usted a recordar?

Dígame la verdad, que yo no voy a decir "na",

es "pa" mejor sanarla.

-No.

Ayúdeme y sigamos.

Va usted a peor.

-No.

Unas figuraciones raras

que me han venido a la cabeza.

-¿Ha recordado algo?

Dígamelo y así podré ayudarla.

Que no es galantería, tía,

que luce usted esplendorosa con ese vestido.

Dejará boquiabiertos a todos.

-No quiero parecer vanidosa. Por si acaso,

antes de ir al festejo,

me paso por la iglesia a rezar. -Claro.

No está de más pedir perdón por anticipado.

-Déjate de guasas.

¿Sabes dónde está Simón?

-No. No tengo ni idea, tía.

-Espero que esté con Víctor.

A solas se le ocurren las ideas más descabelladas.

-Seguro que anda con él.

A pesar de los pesares, Víctor es un chico

muy obediente y la quiere mucho.

Cuidará del buen Simón.

En fin, voy a probarme ese traje que me ha regalado usted.

-Procura no romper

muchos corazones en el baile. Que eres un hombre casado.

Y Rosina te lo recordaría a las bravas.

-Descuide, que no romperé ninguno. Ahora soy un varón formal.

-Mientras te vistes,

haré esa visita a la iglesia. Cierra la puerta bien cuando salgas.

(Puerta)

¿Quién será?

-Descuide, voy yo.

(Puerta cerrándose)

Doña Susana, está usted exquisita.

-Tú también pareces salido de una revista de moda.

O de mi sastrería, que es lo mismo.

¿Qué te trae por aquí, Pablo?

-Venía a por Liberto.

-Ah.

Bueno, pues nos vemos luego en el "party" ese, o como se llame.

-¿Y Leonor?

-Anda todavía arreglándose.

Quería tener un rato contigo. -Ya.

¿Y algo urgente, grave, ambas cosas?

No sé, te noto preocupado, Pablo.

-Mi suegra, o sea, tu esposa, me ofreció el puesto

de agente de ventas del yacimiento.

Pero don Ramón ha preferido encomendárselo a su Antoñito.

Por lo visto, no doy la talla.

-Sí, he estado hablando

con Rosina y me ha comentado que Antoñito ha rechazado el puesto,

para mayor disgusto de su padre.

-¿Y ya tienen a otro? -No.

Y ese es el problema, al menos para Rosina.

Ahora no se fía de nadie.

-Nunca se fía. -Ahora menos.

Yo mismo me postularía para el puesto,

pero ando muy ocupado con mis rentas.

-Mira en qué situación me encuentro.

Todos tenéis quehaceres, menos yo.

A pesar de mis infortunios,

es que nunca me había sentido tan inútil como ahora.

-Pablo, no digas eso.

-Digo esto y más, Liberto.

Echo de menos domar a mis caballos, trabajar con ellos.

-Sabes que eso te mataría. -Razón de más

para encontrar otro campo de actividad.

Todo el mundo cree que no sirvo para cosa que para mozo.

-Nadie ha dicho eso. -Lo piensan, Liberto.

¿Por qué no me dejan ser agente de ventas?

Yo solo pido que me prueben,

que me permitan catar,

que me otorguen confianza.

-No sé, Pablo.

La verdad, no sabía que estabas tan apurado.

Si te parece bien, puedo hablar en tu favor

con Rosina y Ramón. -Te lo agradecería,

Liberto. -Entonces cuenta con ello.

Pero bueno, ¿será capaz de no venir?

-¿Te ha entendido la cita?

Esta gente muchas veces no entiende de horas.

-Entendió a la perfección.

-Pues se retrasa ya una hora.

-Tiene que venir, tiene que venir.

A esa mujer le gusta más el dinero que a los cerdos las bellotas.

-Te digo que sería mejor que ni se presentara.

-No, no, Víctor, aparecerá

y con convicción. Y me ayudará a desenmascarar

a ese maldito coronel.

-No quiero ser cenizo, pero no me fío de la tal Remedios.

No sé si quiere sacarte

los cuartos o reírse de ti, pero mucho se retrasa ya.

-Dichosos los ojos.

-Vaya, madre,

pero qué elegante va.

-Ay, hijo, muchas gracias.

-Está usted arrebatadora, abuela.

¿No me diga que es solo para la parroquia?

-Anda, calavera... Pues tú estás muy encantador,

pero de serpientes.

Vine a rezar antes del baile. -¿Pretende usted pecar?

-Sinvergüenza.

¿Puedes mostrar un poco de respeto por la familia o por las canas?

-Por la familia, pase.

Canas no le veo a usted ni una ni en la raíz.

-Basta de dar jabón, ea.

¿Qué haces tú que no estás recogiendo a María Luisa para ir a bailar?

-Nos hemos entretenido con la sin hueso.

-Marcha ya.

-Ahora, dentro de un rato, abuela.

-¿En qué andáis?

-Esperábamos a la violetera, que le iba a traer a Víctor una flor.

-No está mal pensado, no.

Pues espero que sea muy fresca la violeta, hijo.

Y no andéis en picardías,

que los mozos ya se sabe cuando les excita un baile...

-Pierda cuidado, que no somos granujas de esquina.

-Pues lo parece, lo parece.

-Simón.

Piénsatelo.

Sería mejor que te olvidaras de todo y finiquitáramos este plan.

-Va a venir.

-No lo creo. -Si no aparece,

iré a su encuentro, se esconda donde se esconda.

(Puerta)

Calle ya y deje de aporrear

como un arriero a la puerta de una fonda.

(Puerta)

Sea quien sea, me va a oír.

Le va a caer tal bronca

que no lo soportaría ni un recluta risueño.

-¿Acaso no me reconoce usía?

¿Tan pronto me ha olvidado?

-Calla y pasa,

que me vas comprometer con los vecinos.

No, si cuando yo digo que cosas de señorito

son un jardín

abonado con boñigas bien fresquitas...

-Gracias a Dios, no hay servicio que pueda mirar por la cerradura.

¡Habla!

-¡Chist! No me meta prisa,

que es un buen embolado lo que me trae.

-¡Que te apresures!

¡Que no bromeo!

-No es que quiera asustarle,

que sé es coronel y no le tiembla el pulso...

-¿Pero...?

-El señorito Simón, que vuelve a querer revolver los hechos,

por muy añejos que sean.

-Ya me vino con el cante.

Y no es señorito, es criado.

-Por mí como si es obispo.

Aunque no está tan gordo

como "pa" sospechar.

-¿Qué te ha dicho?

Me ofrece mucho dinero, un montón.

Parné para dar y tomar.

Sobre todo, tomar, que sabe usted que una tiene buen saque

y no se me cansa el codo por mucho que lo empine.

-Corta ya con tus vulgares sentencias.

¿Qué quieres decir exactamente?

-Parece que no me conoce usía.

Si Simón, sea señor o mendigo,

me ofrece mi buen parné, algo tendrá que hacer usted

para que yo no largue.

Como las mulas en feria.

Me vendo al mejor postor.

¿Cuánto pides?

(Conversaciones entrecruzadas)

Ese delantal.

Esa cofia.

Muy bien, a la faena, que no quiero ver ni una copa vacía. ¿Entendido?

Lo sabía. Sabía que Cayetana se haría de rogar.

Ella no está tranquila si no se le echa de menos.

Ni que fuera la reina. -Está en su derecho

de hacerse notar. Es su baile.

-Ya nos lo ha restregado por los morros a Trini y a mí.

Y encima te sacará a bailar, para que la vean lucirse

girando y dando vueltas.

-Chist.

A mí únicamente me embobas tú. -Ya. No siempre.

-Bueno.

-Perdona.

Estás muy guapo.

-Estás perdonada, mi amor.

¿Y ya tienes el discurso para la reina?

-Algo voy avanzando. Pienso hacer hincapié en los años de servicio

de mi padre a la corona. Se dejó la piel y le cesaron.

-No, no, no digas eso, por Dios.

-Es la verdad. -No debes mencionarlo en palacio.

Los politiquillos llevarían la gallina a su corral.

Bueno,

¿y tú cómo estás?

¿Estás más tranquilo con el rechazo

de tu candidatura a ese puesto de trabajo?

-Algo, sí, sí.

-Pero no del todo sosegado, ¿verdad?

-Tengo algo en mente.

¡Mmm!

Están buenos, "pardieu".

-Ya se nota, comes a dos carrillos.

-Como siempre, riéndole las gracias.

Todo el mundo espera a que venga la anfitriona para comer.

-Buena estaría si esperara a Cayetana para quitarme estas hambres.

-Ay, Trini, que se dice apetito.

-Bueno, tampoco esperaré a Cayetana para saciar mi apetito.

Esta nos hace esperar hasta las tantas oyéndonos rugir las tripas.

Vamos.

-Qué animado está todo, ¿no? -Y más que lo va a estar.

Va a ser un baile que se va a recordar para toda la vida.

Está lo más granado

y apuesto de la ciudad. -Salvo los que,

quizá con mejor criterio o por motivos varios,

han acudido a palacio.

-Por cierto,

¿sabe algo de Víctor?

-Abajo está, con Simón.

María Luisa, no sufras, sube enseguida.

-Es que estoy tan nerviosa que hasta temo pisarle al bailar.

-A ningún mozo le viene mal un pisotón.

Así aprenden a temernos. -Más que a un nublado te temo yo.

-Uy.

Señores, den lo mejor de ustedes.

Rosina,

querías abrir el baile, ¿verdad?

Te cedo el honor.

Pero no te excedas en los giros.

Ni tú en los acercamientos.

Gracias, doña Cayetana.

Cuando quieran.

(Música de vals)

¿Alguna noticia? Espero que sea de enjundia.

Lo que nos temíamos. Vi llegar un carruaje a la pensión de Mauro.

Quién iba dentro.

Una mujer embozada.

Úrsula. Ha llegado pronto.

Mire...

Sal por la puerta de servicio.

¿Puedo ayudarla en algo, señora? Que no les falte de nada.

Tengo que salir un momento.

Úrsula ha ido a la pensión de Mauro.

¿Te has fijado en cómo ha salido Cayetana?

-Qué extraño.

Algo debe estar tramando.

(Música de vals)

Horas llevo buscándote.

¿Qué haces que no atiendes en el baile?

-Doña Trini me encargó estas tarta y se me acabó la canela.

Me la subí para terminarla. -¿Ah, sí?

¿No has podido dejarlo para otro día?

Tienes la cabeza para llevar los pelos.

Y tienes más que un borrico. -Me la encargó para hoy.

Se la quiere dar al marido. Ya puede figurarse para qué.

Lleva más canela que arroz una paella.

-No seas descarada.

-Es verdad. Viene gente de toda la comarca para probar la tarta.

Que dicen que, además de alimentar,

pues anima las partes más potentes.

-"¿Y qué haremos? El suizo de los relojes"

llega mañana y aún no tenemos agente

que le atienda. -Tal vez sería buena idea

postergar la reunión.

-No, no. No podemos dejar pasar este tren, don Ramón.

Viene cargado de duros.

Liberto, ¿qué te parece?

Don Ramón quiere aplazar la reunión con el suizo.

Debemos solucionarlo a escape.

Además, le advierto que Liberto

también opina como yo, que Pablo sería buen candidato

para el puesto. ¿Verdad que lo hemos hablado?

-¿Sí?

Sí, sí, sí, sí.

-No le dé más vueltas, tenemos la solución a las cuitas

delante de las narices.

¿Qué está pasando aquí?

Le agradezco su visita, Cayetana.

Déjeme marchar inmediatamente.

Me temo que eso no será posible.

"Me siento un cateto cuando hablan de política o economía".

No te preocupes por eso. Es un tema tan fácil

como otro cualquiera.

Además,quedamos en que te pondría al día, ¿no es así?

-Te lo agradezco, Liberto,

pero me veo incapaz de aprender esas zarandajas.

-Eres mucho más inteligente

que la mayoría de personas que largan sobre estos temas

y solo repiten lo que han oído.

Deberías hacer un esfuerzo y escucharme.

¿No quieres ir a la reunión con el relojero?

-Me da que me he metido en un buen berenjenal.

-"Te aconsejo"

que dejes de meterte en mis asuntos.

-Entiendo.

Está usted detrás

de que Remedios me diera plantón. -Hay asuntos que no te competen.

Mantente alejado de ellos. -No me voy a achantar.

Haré lo que sea por saber la verdad.

¿Por qué tiene tanto miedo?

¿Qué le hizo usted a Eusebio y a su mujer?

-No sigas con tus infamias. -Usted no me dice lo que debo hacer.

¿Les cuento a todos que es usted un cornudo?

Sería una magnífica ocasión.

-"Úrsula, Úrsula".

Así me llamo.

Pero no me ha venido nada más.

-No se me achante usted, que es un buen principio.

Ya recordará.

Ahora, álcese usted.

No estoy buena, no.

Siento como...

como una presión muy fuerte en mi cabeza.

-Eso es por la emoción de haber recordado su nombre.

No padezca.

Estoy tan desolada...

Tan sola...

Me "tie" usted a mí.

-"¿Está listo para acompañarme?".

-"Es pronto".

Aún no son las ocho.

-No creo que suceda nada si nos personamos antes.

-Fue muy preciso con el tema de la hora.

-Como quiera.

Esperaremos un rato.

-La verdad es que estoy un poco escamado.

Cayetana se marchó y aún no ha regresado.

-Coincido con usted.

Es extraño que abandone su propia fiesta.

-Estuve tentado de seguirla, pero no quise distraerme.

Nuestra prioridad ahora

es ir a ver si aparece Úrsula. -Eso nos aseguró Mauro.

Estamos a punto de resolver el caso. "Si le queda algo de razón,"

déjeme marchar. Está a tiempo de que no tenga consecuencias.

¿Se cree que me importa algo lo que me pueda ocurrir?

Ya no me importa nada.

Solo quiero acabar con usted, Cayetana.

No va a escapar de la justicia.

Lo sé.

Pero a pesar de todo, la voy a matar.

¿Qué haces aquí? Necesitaba verla.

No sé por qué, Mauro no está en esta casa.

No, no, no. No busco a Mauro. Tengo que hablar con usted.

Márchate. No me interesa ninguna patraña que me puedas contar.

Le ruego que me escuche. Es un asunto de vida o muerte.

Cese en su empeño.

Cualquier intento de huida, es inútil.

Póngase a bien con Dios, Cayetana. Ha llegado su hora.

Arrodíllese.

¡Vamos!

Mauro...

  • Capítulo 544

Acacias 38 - Capítulo 544

23 jun 2017

La Valenciana accede a ver a Teresa, pero esta no llega a ver a Úrsula, quien sí la ve a ella. Úrsula empieza a recordar el pasado. Mientras tanto, las señoras ultiman los preparativos para el baile en casa de Cayetana. Rosina le cuenta a Pablo que Ramón ha elegido a Antoñito para el empleo del nacimiento. Pero Antoñito no quiere ir a la reunión del yacimiento, aspira a sus propios negocios. Pablo pide ayuda a Liberto para conseguir ir a la reunión del yacimiento. Simón le cuenta a Víctor que ha quedado hoy con Remedios. Víctor decide acompañarle. Susana les pilla esperando a la bailaora, que no aparece. Descubrimos que Remedios está advirtiendo a Arturo de que Simón intenta remover el pasado. Lolita, a petición de Trini, va a hacer una tarta cabrahiguense para despertar el furor de Ramón. Sara intenta evitar el plan de Mauro, pero él se niega. El baile de Cayetana da comienzo y Sara avisa a la señora de que Úrsula ha llegado a visitar a Mauro.

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