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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 534 - ver ahora
Transcripción completa

Ayer me puse el traje más moderno de mi hijo.

-¿Y...? Causó sensación, supongo.

-Y escándalo.

Se rasgaron las traseras de los pantalones y casi dejo mis vergüenzas

al aire. -Y todo por agradar a las señoras.

¿Sabe la última de mi Rosina?

Quiere que use el tinte de Celia para teñirme de rubio.

"Como los vikingos", dice.

-Menos mal que yo no tengo suficiente pelo como para que Trini me tiña.

-Claro.

Eso es lo que tiene que hacer usted.

-"El prestigio para Susana es importante. Tenerte en casa"

es muy valiente por su parte. -Sí, lo sé.

Lo sé, Víctor, y se lo agradezco.

Pero no sé, las paredes me comen.

No soporto estar encerrado. Necesito salir.

-¿Qué hay fuera que no pueda esperar?

-Necesito pegar a don Arturo

y salir en busca de Elvira. -"Un vikingo me haría suya aquí,"

encima de la mesa. -¿Ah, sí?

-Y no una, sino dos, tres, cuatro veces.

¡Oh!

"¿Qué me dice de eso?".

¿Qué es eso?

No sé.

Ya se lo digo yo: sangre.

Mucho me temo que sangre humana.

¿Quién ha muerto

o ha resultado herido en esta casa?

"Hemos registrado su casa".

¿Y...?

Nada en claro.

Además, el comisario ha dado orden de redoblar esfuerzos

para buscar a Úrsula.

Cayetana lo convenció de que ella es la culpable.

¿Alguien no lo cree?

Yo.

Estoy seguro de que detrás del asesinato de Tirso está Cayetana.

¿Y qué importa?

Nadie logrará incriminarla.

Yo lo haré. -"Y el maldito inspector ese"

no deja de inventar atrocidades.

Y no... No la hay más buena que doña Cayetana.

-¿Y por qué quieren encerrarla?

-Por envidia y por malevolencia.

Porque una señora como ella levanta rencores

entre los que son peores. "Vete".

Haré lo que tengo que hacer sola.

Por favor, doña Fabiana.

Piedad, impídelo.

¡Fuera!

-Por favor,

no te manches las manos, hija.

No te manches las manos.

-Ayuda. -"¿La has matado?".

"Cuanto menos sepas,"

menos podrás decir. Soy tu madre. Jamás te traicionaría.

No me fío ni de mi madre. Literal.

Me voy a dormir.

Espera.

Quiero la verdad, Cayetana.

Quiero toda la verdad.

Insisto, cuanto menos sepas, menos comprometida estarás.

No es bueno acarrear una sola con las cargas.

Yo estoy de su lado, lo sabe. Se lo he repetido más de una vez.

Prefiero mantenerte al margen. Demasiado tarde para no hacer nada.

Deje que le eche una mano.

Si sé lo que le ha pasado a Úrsula, le seré útil.

Te quiero, hija. Qué más da lo que le ha pasado

a ese engendro. Jamás le diría nada a nadie,

puedes estar segura de eso.

No pude hacerlo, madre.

No pude.

Eso...

Eso dice mucho y bueno de ti.

No.

No tan bueno. Mi deber es sobrevivir y mantener sin tacha mi nombre.

Úrsula quiere terminar conmigo.

No puedes decidir sobre la vida y muerte

de nadie. Eso es prebenda del Señor, que lo dice el curra.

Pues por eso estoy así.

Aún sabiendo que esa mujer quiere buscarme la ruina, la muerte,

no me libro de ella. Maldita compasión.

Esto es un error. Lo sé.

Un error del que me voy a arrepentir.

Eso no puede saberse, hija.

¿Qué hiciste con Úrsula?

¿La dejaste marchar?

No.

Hubiera sido insensato

dejarla campar.

No. Hubiera ido a la Policía sin pensárselo.

La tengo a buen recaudo.

Estaba muy malita, hija.

En una agonía.

¿Y si muere?

Se va a recuperar.

Solo le di un específico

para desorientarla,

para que no fuera capaz de resistirse.

Se pondrá bien.

Mejor.

¿Lo ves?

¿Ves como no eres

una asesina, hija?

Acuérdate siempre de eso.

Nadie... Nadie puede vivir largo y a gusto

con sangre en las zarpas. No soy una asesina,

ahí llevas razón, muy a mi pesar.

Pero sigo marcada.

Y es peligroso que andes a mi lado. Será mejor que te alejes.

Nunca te dejaré sola, hija.

Por nada,

por nada del mundo.

(LLORA)

La verdad,

no sé cómo Fabiana pudo cambiarme por la hija de los Sotelo Ruz.

¿Cómo es que fue tan valiente entonces y tan cobarde ahora?

No es cobarde.

Es sensata.

Doña Cayetana,

no cometa un error más.

Cállese o tendré que amordazarla.

(LLORANDO) El dolor es insoportable.

Necesito que me vea un médico. A usted no la va a ver nadie.

Yo soy la única compañía que le queda en este mundo.

No, doña Cayetana.

Tenga usted humanidad.

¿Humanidad?

¿Humanidad?

Si no fuera porque estoy

ante una persona que va morir, me reiría.

A mí la humanidad se me acabó el día que entró

por la puerta de mi casa. Vd. me enseñó

a ser cruel y fría.

Fabiana la parió,

pero yo fui su verdadera madre.

No hay nada más nefasto

que matar a una madre.

¡Ah! No siga.

Usted me acusa de haber matado a mi hija.

¿Cree que me afectarán sus palabras?

Doña Cayetana,

doña Cayetana, juntas...

Juntas siempre hemos conseguido

lo que nos hemos propuesto.

Juntas... Juntas tenemos

más poder que cualquier hombre.

Juntas...

nadie podrá acabar con nosotras.

¿Juntas?

Sí.

Sí, doña Cayetana.

Usted y yo

juntas contra el mundo.

Mi mano...

Mi mano... Mi mano llegará

donde no llegue la suya.

Mi cabeza... Mi cabeza la apoyará

siempre que lo necesite.

Yo podré servirla.

Gracias, madre.

Gracias por estar siempre a mi lado.

Tú eres la única que me conoce realmente.

La única que me mira sin prejuicios.

La única que me entiende.

Maldito seas, Gayarre.

Maldito seas tú y toda tu andrajosa estirpe.

Casilda,

ven de inmediato.

-¿Me llamaba, señor? -No, entonaba un aria.

Claro que te llamaba.

Quiero que me acerques la laureada

de San Fernando. Quizás debamos limpiarle los resaltes.

-¿Que le limpiemos?

Ay, no, señor.

Mientras faene para usted, usted no limpia nada.

Faltaría más. -Cógela, anda.

-Ni en sueños, señor.

Verá usted, que Dios le dio a una mañana, pero no talla.

¡Martín! Martín, ven aquí,

que tengo una emergencia de esas.

-¿Cómo que Martín? ¿Está en mi casa?

-¿Qué pasa? ¿Dónde está el fuego? -¿Qué hace en mi casa?

-Es que doña Rosina se está quedando en casa de doña Celia.

Y claro, me ha pedido que le cueza el desayuno.

-Servidor está aquí para llevárselo. La patrona no es persona

hasta no desayunar.

-¿Cocinas lo de doña Rosina en mi cocina?

-Sí.

Ya sabe usted que la señora es muy rara. Y solo una sabe

cómo le gusta la manduca.

Ya me conoce usted. -Sí, ya te voy conociendo.

Y a tu señora también.

Hablaré con ella para que en adelante

se desayune con lo de su cocina,

no lo de la mía. -Ay, no, no, por favor.

No me haga eso, que me arruina.

Doña Rosina no sabe

que laboro para Vd. Se va a poner como una fiera.

No vuelvo a cocer en su cocina para ella ni para "naide".

-No entro en esas componendas.

Las disputas domésticas no son asunto

de varones. Si no puedes compatibilizar las tareas,

no vuelvas por aquí. -¡Ay, no, señor!

Me había hecho a la idea.

Además, tenemos un destino

para ese jornal.

-Tus tejemanejes financieros no son asunto mío.

Buscaré otra muchacha.

Las hay a cientos

en la puerta de la Iglesia. -Con el debido respeto, don Arturo,

dele un poco de cuartel a mi Casilda y solucionaremos el caso.

-¿Cómo? No quiero que me comprometas como "robamucamas".

Es lo que me faltaba.

-No, no le comprometeré. Será Casilda la que hablará

con doña Rosina y le contará.

Usted no se precipite.

¿Para qué me querías?

-Para que cogieras el laurel

al coronel. -Laureada. Laureada de San Fernando.

La más alta condecoración que pueda recibir un militar.

-Yo la cojo.

Con cuidado.

Me he callado porque no se me venía nada al caletre, Martín.

Pero menudo apañado que me has metido.

Clamará al cielo doña Rosina cuando sepa que laboro para la bestia.

-No seas agorera.

Tú tienes labia para convencer a doña Rosina

y a diez más como ella. Lo intentas, que vale la pena.

-Muy confiado te veo yo a ti.

-La confianza

es la llave del éxito.

¿O acaso quieres dejar de ganar el jornal del militarote?

-Querer sí, pero poder es otra cosa.

Ni en 100 años doña Rosina va a dejar que me reparta.

Que no, Martín. Vete olvidando

del jornal.

Rosina.

Rosina. Rosina, templa un poco,

te lo ruego. No es nuestra casa. -¿Y qué? ¿No lo hace más picante?

Ayer bien poco te importó cuando me ultrajaste en plan vikingo.

-No. Estuvo la mar de sublime, Rosina.

Me encontré con Celia.

Puede volver.

-Es que te deseo.

Te deseo, mi hombretón.

Aunque esté mal el decirlo.

El peligro no hace sino encenderme más.

-Ya, si yo también te deseo, Rosina. Te deseo mucho, pero me gustaría

ser dueño de las circunstancias.

-¿Pero para qué, si ya eres mi dueño? Eres mi amo y señor,

pero más desde que me demostraste que confías en mí ciegamente.

-Vámonos a la habitación. -¡Ay, no!

¿Y perderme esta emoción? Ni hablar.

¿Quieres tomar algo? -Tranquila. Yo mismo me serviré.

-Me preocupa Mauro.

-No parará hasta dar con Úrsula.

Y que esta le lleve

hasta la condena de Cayetana. -Es más que eso.

Ayer llegó a la pensión abatido y cabizbajo.

-Es raro en él.

Siempre intenta que los demás no vean sus debilidades.

-Razón llevas. Trató de mostrarse animoso, pero no lo consiguió.

Lo veo en sus ojos. Algo se le ha roto

por dentro. -Es fuerte. Saldrá adelante.

-Quizá él sí, pero temo por su relación con Teresa.

No sé cuánto tiempo soportará

ese lazo tanta tensión. El otro día

pareció que se ablandaba un poco con él, pero...

otra vez volvió a mostrarse desabrida

y dedicándole un réspice tras otro.

-Celia,

no seas tan derrotista.

Tú mejor que nadie, mejor que yo, sabes que las parejas pasan...

por altos y por bajos.

-Bueno, desde que murió el pequeño

parece algo más que un altibajo. Más parece un muro

que ninguno de los dos pueden saltar

para encontrarse.

-Tranquila.

Se quieren.

Si hay amor, todo lo demás cederá.

El amor es capaz de saltar

cualquier obstáculo.

¿O no?

¿Qué le estará pasando a Mauro?

Estás preciosa esta mañana.

-¿Quieres que... que bajemos a la chocolatería?

Me apetece una limonada bien fría. ¿A ti no?

Felipe...

Rosina y Liberto están en casa. Podrían aparecer.

-Celia...

Necesito demostrarte que te quiero.

Y sentir que tú también me quieres a mí.

-Me moriría de apuro si nos encontraran...

-¡Chist, chist!

¡Chist!

No lo van a hacer.

Ven.

-Felipe... -Ven.

Ven. -¡Ay!

(ROSINA GRITA)

-¡Ah! -Perdón.

No sabíamos que... Disculpen, disculpen.

-Vamos.

Vo... Voy a ver a Teresa.

Me marcho.

¡Lolita, prepárame un tocado!

¿Qué guardas

en es cajita, querido? -Nada, nada digno de mención.

Una pieza nueva para las máquinas, las cafeteras exprés.

Y creo que va a mejorar mi rendimiento,

bueno, el de las máquinas. -Claro.

Ay, mi maridito siempre dándole vueltas

a esa cabezota, como un molino. Y todo para mejorar el negocio.

-¿A qué hora se ha fijado la partida de hoy?

Es que no veo el momento de encontrar mi revancha.

-Antoñito dijo que nos veríamos esta tarde. Él fijaría la hora.

-Bueno, pues... Pues no... No dudéis en comunicármela

en cuanto lo sepáis, eh.

Ahora, tengo que marcharme. No me esperéis a almorzar.

Como con unos clientes.

-Ramón, te noto como...

Como distinto,

como tenso.

¿Como nervioso?

Como pata de caballo que se cree que se la comerán las moscas.

-Porque pienso en las reuniones

que tengo hoy. -No. No es eso.

¿Ocurre algo que yo debería saber y no me cuentas?

No sé, estás...

esquivo, hablas raro. Y lo de la ropa...

¿Te pasa algo, Ramón?

-Me encuentro perfectamente. De lo más normal.

Son imaginaciones tuyas.

Nos vemos esta tarde

con unos naipes de por medio. -Nos vemos.

(Puerta cerrándose)

¿No han llegado ni Víctor ni el pintor?

-No.

Si vais a utilizar el salón, lo necesitamos al final de la tarde.

-No se apure,

que bajo mi experiencia, esas sesiones no duran mucho.

Van a poder jugar tranquilamente.

Por cierto,

¿sabe por qué Víctor dejó de ir a esas partidas?

-Pues no, no me dijo nada el muchacho.

Pero supongo que tuvo mala racha y perdió dinerillo.

-¿Cuánto?

-No lo sé, no le llevo las cuentas. -No, ni yo.

Y debería. -¿Por qué no le animas a que vuelva?

Si, al final, las rachas

son solo eso, rachas. La suerte puede volver.

-A Víctor no lo creo.

Le ha vuelto a cambiar la suerte a peor.

-María Luisa,

¿qué te pasa, hija?

También estás muy rara, muy esquiva.

¿Qué os pasa a los Palacios?

-No sé de lo que está hablando. En cuanto a mí,

que ya sé por qué Víctor estaba así con el señor Calatrava.

-Vaya, creía que se desvivía

por pasar a la posteridad por el pincel de ese pintor.

-Y se desvive, sí.

Pero no le ha pagado el adelanto porque perdió su ahorros

jugando a las cartas.

Este me va a escuchar en cuanto me vea.

Teresa, póngase estos pendientes.

Realzarán su gesto sin llamar la atención en demasía.

Daremos un paseo. Ya verá como levanta su ánimo.

Gracias por la compañía

que me hace.

Y por la energía que pone para que salga de la inacción.

Es un placer.

Sabe que yo pasé por circunstancias similares.

Y solo el cariño nos hace superarlas.

Aún así, me siento culpable.

Culpable por usted.

No tengo derecho a cambiarle la vida

ni su armonía. Olvídese de eso.

Estoy aquí por voluntad propia. Nada impuesto.

Aún así, sé que preferiría dedicarse a su trabajo.

En su casa.

¿En mi casa?

Erra usted, querida.

Donde menos me apetece estar es en mi casa.

Rosina y Liberto pasan unos días allí

y, créame, no es conveniente compartir en demasía.

¿Van a salir, señoras?

A dar un paseo.

Sí.

Buena idea.

No hay rastro de Úrsula, en ninguna parte.

Ni la Policía ni yo mismo

tenemos noticia alguna de ella.

Y no he dejado esquina sin registrar ni chivato sin preguntar.

¿Vienes con nosotras

a dar un paseo? Qué buena idea.

Pensábamos caminar un rato y después comer por el centro.

Sería un placer que nos acompañara.

Estoy algo cansado. Preferiría quedarme.

Vamos entonces.

Claro.

Hasta la vista.

Siéntense, por favor.

Muchas gracias, doña Cayetana.

Imagino que si están aquí, es porque hay respuesta al caso.

Entonces díganme,

¿quién se enseñoreó de esta casa en mi ausencia?

No hemos encontrado

hilo del que tirar, señora. No tenemos respuesta a su pregunta.

¿Tengo que recordarle que no solo se abusó de mi propiedad,

sino que encontraron una mancha de sangre en el suelo?

Eso requiere una respuesta.

A eso hemos venido,

doña Cayetana. Ni en los hospitales

ni casas de socorro se ha registrado herido que relacionar

con su casa. Vaya por Dios.

Ningún herido en una ciudad en la que, por desgracia,

las navajas brillan.

-También hemos consultado las denuncias por desaparición.

No hay ninguno que pudiéramos suponer que ha estado aquí.

¿Entonces quedará impune

el allanamiento

o lo que ocurriera en mi ausencia?

No hay impunidad

porque no hay delito.

-Lo siento, señora.

El caso queda cerrado.

Eso queríamos comunicarle.

No se lo tome a la tremenda. Bien está lo que bien acaba,

como quien dice. Estoy curada de espanto.

Seguiré viviendo aquí

a pesar de la inseguridad que siento. De todos modos,

ahora lo que me preocupa no es mi persona,

sino la señorita Teresa Sierra.

Si podemos ayudarla, señora... Sí. Sí pueden.

Podrían.

¿Qué hacen para encontrar a Úrsula?

Esto va a tener consecuencias.

"Mire, Teresa es pura".

Y aunque hubiera sido capaz de dispararle,

no se lo perdonaría a sí misma en la vida.

Pero yo...

Yo mataría a Cayetana

y no volvería a pensar en ella.

"Jamás".

"Eso y no otra cosa pretendo".

Y lo lograré

cuando la ponga ante el cadalso. Ya veo.

Lo que quiere es calmar sus ansias de venganza hacia mi persona.

No le importa nada la pobre criatura asesinada.

Sé muy bien de lo que es capaz.

No es la primera vez que arrebata la vida a un crío.

¿Cómo se atreve?

"Esa mujer, inspector San Emeterio,

mi esposa ante los ojos de Dios, puede parecer débil".

"Pero no lo es".

"Solo cuando le interesa".

"Créanme, inspectores, su habilidad

para manipular"

es extrema. Consigue lo que quiere de las personas.

-Llévenselo.

"Me llevaré a Teresa conmigo".

Por encima de mi cadáver.

Después de todo lo que ha hecho, sería su justo final.

"Es usted idiota".

Es usted un inútil.

"Ha intentado acabar conmigo, y aquí estoy,"

cuerda, libre.

¡Maldita!

¡Maldita!

Le aseguro que no es negligencia.

He encomendado

a varios agentes las pesquisas para dar con doña Úrsula.

Pero sin resultado.

¿No esperará que le felicite?

La desaparición de Úrsula

se prolonga demasiado. -Darán con ella.

No se trata solo de dar con ella,

sino de acusarla de un terrible asesinato

y de resolverlo.

-Ni al letrado ni a mí se nos olvida el asesinato del pequeño.

Mire, comisario, no he querido presionar hasta ahora.

Ni siquiera subir la voz por respeto a la investigación.

Pero no sé cuánto tiempo

podré aguantar. Paciencia, doña Cayetana.

Hacemos lo que está en nuestra mano. Me pide paciencia

y yo le pido que se ponga en mi lugar.

Conoce perfectamente mi situación y las dudas

sobre mí. Ni aunque lo intentáramos

terminaríamos con las habladurías. No son habladurías

de criada.

Todo el barrio escuchó las acusaciones

que se hicieron sobre mí. Teresa, la madre del niño,

me acusa de ser la responsable de la muerte del niño.

Daremos con el culpable.

Miren, si fuera por mí,

esperaría con mansedumbre.

Pero Teresa...

Teresa es la persona

más importante para mí. Es como una hermana para mí.

Y me rasga el alma pensar

que ella sigue creyendo

que soy responsable de la muerte de su hijo. Me destroza.

Es como si mi mundo se pusiera del revés.

Me pongo en su pellejo, doña Cayetana.

Nadie podría permanecer sereno

en su situación.

Aunque, háganos un favor,

mantenga el silencio que no rompió

hasta la fecha. ¿Y por qué, si no tengo respuesta?

Porque si llegara a Úrsula

la noticia de que la consideramos

sospechosa del asesinato de Tirso, podría desaparecer

para siempre.

Está bien.

Callaré.

Pero no sé cuánto tiempo podré aguantar.

Agradecido, señora Sotelo Ruz.

Y digo yo,

solo como sugerencia de neófito,

que conste que yo solo quiero que salga todo "pa'lante",

si usted usa menos colores,

¿no se ahorría un dinerito en pinturas?

-Mire, joven

e inexperto cliente,

si le puedo llamar así, pasar a la posteridad tiene un coste.

Pasar a la posteridad gracias al bailar de mis pinceles,

cuesta incluso más. -No digo que no pague sus tarifas.

Le pido una pequeña merma en ellas.

Si me pinta a mí detrás de mi novia,

no tiene que poner... -¿Cómo?

Mire mis ojos.

Muchacho, ¿ve en ellos templanza, paciencia

incluso compasión?

-Ni una "mijita".

-¿Y necesita más explicaciones?

O me abona ya lo pactado, o recojo en este mismo instante

todos mis trebejos y pierdo el tiempo y el dinero

pintando la luna mora. -Espere.

¿Y si le ofrezco a usted chocolate o café y bollos suizos

durante un año gratis? Imagine desayunar por la patilla.

En verano, podría subirle a horchata.

-Usted lo ha querido,

muerto de hambre. -Le voy a pagar, se lo juro.

Tengo un problema eventual.

Por favor, no me deje en la estacada ahora.

Si mi novia se entera,

es el fin de mi felicidad.

-Tampoco la cursilería ablandará mi ánimo.

O me paga ya lo pactado, o le pinto los colores en su rostro.

-Muy bien. -¿Qué diantre me importa a mí

que su prometida le pille en un renuncio?

-Vaya, ¿a quién tenemos aquí?

Al mismísimo tahúr de la Acacias.

-Esto no es lo que parece, reina mora.

Aquí el virtuoso de la paleta,

que recoge peor un chiste que un guardia haciendo ronda.

-No te esfuerces en mentir.

Lo sé todo. Sé que no puedes pagar al caballero

porque te han limpiado como una patena.

-Dame la oportunidad

de explicarte. -No, Víctor, no.

Sabías lo mucho que me alegraba mandarle este cuadro a tus padres.

Y sobre todo, me alegraba por ti, porque te recordarían

para siempre.

-Y así va a ser, mi vida.

-Me has decepcionado, Víctor.

No sabes lo mucho que me ha costado posar para este retrato.

Me muero de dolor por la muerte de Elvira.

-También yo.

-Pero sonreía posando.

Sonreía para que nada nublase nuestro amor.

Y mientras, tú...

Tú has perdido hasta el último céntimo en esos juegos de cartas.

Eres un...

Un...

-María Luisa, yo voy a seguir trabajando.

Recuperaré este dinero.

-No quiero seguir escuchándote.

Si por un aquel continuo con este encargo,

ya puede ir diciendo que es gracias a su novia.

Usted no merece ni un giro más de mi muñeca.

(Risas)

Sí, sí, reíros, reíros.

Pero doña Celia bien apurada estaba al contármelo.

Se notaba que la pobre necesitaba desahogarse.

-No me extraña.

Para una señora de tanta finura no creo que sea plato de buen gusto

ver a doña Rosina en esos menesteres.

-Es que tú no sabes cómo es doña Rosina haciendo uso del matrimonio.

-Y poco me tienes que decir,

que ya les he visto yo a la doña y al Liberto

comerse los morrillos.

-Si es que parece ser

que todavía tiene la misma ansia que de joven.

-Canija, no hay mal

que por bien no venga. Quizás sea buen momento,

si la encuentras saciada,

de decirle que también laboras en casa del coronel.

-Anda ya, Martín.

Cómo estará si la sorprendió doña Celia...

Le pirra cotillear, pero que hablen de ella a sus espaldas,

eso ya es harina de otro costal.

-Lo mejor sería que se volviera a su casa a escape. Ah, bueno,

pero no sabéis lo mejor.

Es que, ahora, le ha dado por entonar coplas en la pianola.

(CANTA MAL)

Hasta las ratas huyen de la casa.

-No conseguirás tan fácil que se regrese.

Los que exterminan no saben el plazo que durará.

Está todo lleno de nidos. Por cada rata que matan, hay cientos.

-Eso, tú dame ánimos, gañán.

Pues mira, doña Celia podrá aguantar a su amiga el tiempo que necesite,

pero servidora está a punto de colgarse de un viga.

-Anda, Lola, no seas exagerada, mujer.

Si la señora tiene su gracia.

Con doña Rosina no sabes

cómo puedes terminar. -Pues mal,

ya te lo digo yo, claro.

Los huéspedes pues son como el pescado,

de fresco sabe bien, pero a los dos días, "jume".

Algo tengo que hacer.

-¿Y qué vas a hacer tú?

Mira que tú eres más bruta que un arado.

-Tu hombre me dio la idea.

Si es que eres más listo que el hambre, Martín.

-¿Pero qué he dicho? -¿Qué has dicho?

-Pues nada, al tiempo lo averiguaréis.

Yo...

¡Huy! Claro, que me tengo que ir

a servir los licores a la partida.

"Abur".

Casilda, termina tú.

¿Dónde está Lolita?

-Ahora vendrá, supongo.

Mientras, me encargaré de prepararlo todo.

La partida de hoy requiere menos finura. Tu padre aparecerá.

-Bien que me gusta que mi padre haya dejado a un lado su gravedad,

aunque sea para un rato. Me extraña que a usted le plazca.

-A mí me parece bien que se entretenga, cómo no.

Lo que yo no sé es si a tu padre le entretiene el naipe.

Tu padre es mucho más de ópera, de tertulia nocturna.

No sé, la verdad es que hace cosas muy raras.

Me tiene...

-Pues ya estoy aquí, señora.

Clemencia por el retraso. -Anda, Lolita, sirve unos tragos.

Y no me pidas clemencia, que sabes leer.

-Lo mismo hay que propinarte

un correctivo, Lolita.

-Por si se le ocurre,

acuérdese quién le puso el ojo a la funerala, señorito.

(Puerta)

-Es que...

¿Cómo está mi compañera de naipes? -Bueno...

-¿Dispuesta a cantar las 40 y a hundir a enemigos arrastrando?

-El culo por el zarzal. Detente, empalagoso.

-Pienso en la revancha con tu marido.

¿No anda por aquí?

Puede que sepa que no podrá

con nosotros y se haya dado el piro. -Bueno...

-Calle esa boca, pendenciero, que mi padre no se arredra,

ni al naipe

ni en la vida. -¿Ah, no?

¿Hablas de mí, compañero?

Jugadores,

vayan ocupando sus lugares.

-Diga que sí, padre.

Que... que con ese espíritu renovador,

les vamos a dar para el pelo.

Van a cantar menos que una soprano flaca.

-Dices bien, hijo.

Que también tengo yo el pálpito

de que esta partida va a ser la nuestra.

-Un momentito, padre.

-¡Ay, Dios mío! -Trini, haga como que no sucede nada.

¿No querrá poner a mi padre en un mal brete?

-¿Por qué se pone la rata esa en la cabeza?

-Y yo qué sé.

-Ay, Dios.

Ni que le hubieran asaltado.

¡Ay! -Lolita,

llévate las copas estas y trae más pequeñas.

Venga.

(LOLITA RÍE)

Bueno,

a jugar, señores.

-"No tengo que avergonzarme de nada".

Yo nunca he ocultado mi... Mi juventud de espíritu,

mi frescura juvenil, eso es.

Además, Liberto es mi santo esposo.

Solo practicábamos lo que la Iglesia recomienda que se haga

para que no se marchite el amor. Eso es.

-Sí, señora. Si no digo que no sea así.

Vamos,

de hecho, ni Martín ni yo

sacamos el asunto. -Ni falta que hace.

Anda que no os conozco bien

para intuir lo que pensáis. Una mirada

me ha bastado, Casilda, para adivinar que Celita

se fue de la lengua. -Doña Celia no sé,

nosotros una tumba.

¿Verdad? Veníamos a hablarle de otro asunto.

¿Verdad, Casilda?

-¿Y qué otra materia es esa?

-Bueno, sí, es cierto

que veníamos a parlotear con usted. Pero que no tiene

nada que ver con esas cosas suyas.

Es más, a mí me parece fetén que lo disfrute.

-Sí. Y a mí también.

-Como si tuviera que pediros permiso. Mira...

-Bueno, señora,

hay algo que no le he dicho.

-Pues habla ya.

Que no es decente que las chachas

tengan secretos. -Es un secreto a medias.

La verdad es que no sé por dónde empezar.

-Bueno, mujer, pues por el principio, eh.

-Bueno, lo cierto es que una...

-¡Ay, Casilda!

-Bueno, señora, por favor, no me corte, eh.

El caso es que cuando se perdió

la señorita Elvira y todos dieron el trasero al coronel,

una se sintió compungida por él.

-Como buena cristiana.

-Eso es.

Y lo que empezó queriendo al principio solo ayudarle,

con el tiempo, el trato

y las pericias de una...

El caso es que terminé faenando para el coronel.

De gratis en un principio. Y ahora, contratada,

si a usted le place.

-¿Pero cómo me va a placer?

¡Bellaca, corta de miras! -¡Ay!

-¿Me quieres decir que me vas a dejar en la estacada

para servir a ese engreído?

-No, eso no se me pasa por la mente. -¿No?

-No. -Es otro apaño

el que intenta. -Sí.

Usted no va a notar ni esta.

Vamos, que una es capaz de atender dos casas. Y mejor ahora

que está usted instalada aquí. -No. ¡Ni hablar!

No te voy a partir.

Seguro que has sido tú.

Sí, sí.

El que ha metido esas ideas en la sesera.

Anda que no os gustan los cuartos.

-Señora, no hable así, por favor. Si no se trata de dinero.

El dinero es lo de menos.

Es más, antes de que me eche,

yo me voy a conformar con el jornal que tenga a bien darme el coronel...

-Que, por cierto, paga mejor que Vd.

-Calla, Martincico.

Y usted

se va a ahorrar hasta el último céntimo

de mi jornal.

-¿Me estás queriendo decir

que no voy a tener que apoquinar ni un duro por tus servicios?

-Mismamente.

Haber empezado por ahí.

Casildita, ¿cómo me haces padecer

con lo que creía que era tu deserción

de esta manera? Y además, alma de cántaro,

¿cómo no te voy a dejar ayudar, atender a un pobre hombre

que tanto lo necesita?

Me conmueve tu bondad.

Bueno...

(Risas)

Mauro...

¿Se encuentra bien?

Perfectamente.

Casi lo esperaba.

Celia, ¿le importaría dejarnos a solas?

¿No quiere que le ayude a...? No será necesario.

Muchas gracias.

Es algo que tenemos que resolver nosotros.

¿Qué pretendías?

¿Destrozar la habitación

para no destrozarte a ti mismo?

Al parecer, has conseguido ambas cosas.

Es lo que merezco.

Perdóname.

No debería haber descargado en ti

todo mi dolor.

No, eso lo has hecho bien.

No.

He descargado mi dolor, sí, pero...

también mi rabia,

mi desilusión y mi fracaso.

Y sobre todo,

no debería haberte exigido tanto.

Tenías razón.

No te he aportado nada bueno.

No voy a ser

un buen padre para el hijo que esperas.

Y sí,

soy un fracasado,

un inútil.

Ojalá no me hubiera cruzado nunca

en tu vida. Mauro, no hables así, por favor.

No sabía lo que decía.

No era yo la que hablaba.

Era la impotencia de ver cómo Cayetana se escapaba

otra vez más.

Pero yo te quiero.

Te quiero tanto...

Me marcho. No, cariño.

Solo estando lejos serás feliz.

Has bebido, no estás

en tu ser. Jamás he estado más seguro de algo.

Mauro, por favor, yo te quiero.

He sido una imbécil, pero yo te quiero.

Por favor, Mauro, escúchame.

Todo volverá a ser como antes,

te lo prometo. Todo.

(LLORA)

Rosina.

Lo que pasó el otro día...

Tus...

Bueno, lo que vimos Felipe y yo.

Tus escarceos

con Liberto. -Sí, sí. Lo siento.

Celia, lo siento. Es que...

¡Ay, tengo un ardor que no veas! -Bueno, ya,

pero eso quiero no ver. -Sí, pues descuida,

que intentaré reprimir nuestras pasiones

hasta llegar a la alcoba.

-Te lo agradezco.

-Y, por cierto, Celita,

¿qué buscabais Felipe y tú? También parecíais algo acalorados.

-"A doña Rosina le parece fetén"

que yo esté aquí atendiéndole estos días.

-No hace falta que me mientas, Casilda.

Sé bien que a nadie le importa por lo que estoy pasando.

Mi sufrimiento por la muerte de mi hija pasa desapercibido.

-Qué sabrá usted de la verdad. Mire, yo vivo aquí,

en el barrio, y bien me importa lo que a Vd. le acontece.

-Pequeño consuelo la compasión de una criada.

-No sea arisco. Que tiene más pinchos que un cardo borriquero.

Sin intención de ofender.

Mire usted, yo sé que debajo de esa coraza que se ha montado

hay un padre que está pasando las de Caín.

Por eso estoy yo aquí,

para hacerle la comida, los recados y para escucharle

si tiene usted a bien contarme sus cuitas.

-"Otra vez sola".

-No se apure usted.

Ya verá como se rechupetea los dedos con esta sopa.

No ha probado nada igual en su vida.

-Permíteme que lo dude.

Mi Casilda es la mejor cocinera del mundo.

Seguro que ha preparado algo exquisito en casa del coronel.

-Bueno, pruebe y luego me dice.

-Ay, es que el color es un poco...

No se ve muy apetitoso.

-¿Y cómo lo sabe si aún no ha hincado el diente?

¿Se marcha dejando sin terminar el cuadro?

-No he dicho tal cosa. Soy un artista como la copa de un pino.

Y el cuadro ya lo he terminado.

Viéndola sufrir por lo poco que aprecia su prometido el arte,

he decidido entregárselo a cambio de nada.

-¿De verdad va a hacer tal cosa?

No sabe lo mucho que significa para mí.

-Sepa que además de ser un gran artista,

tengo un gran corazón.

-Y eso lo ha demostrado con creces.

-Si me permite la señora, doña Rosina es un poco atorrante.

-Entre nosotras

te diré que sí, pero es mi amiga, y eso me obliga a...

Pues a no ponerla de patitas en la calle.

-¿Aunque dé la murga?

-Aunque ganas no me falten de echarla.

Se quedará en esta casa los días

que necesite. Y tú la atenderás con esmero.

-"¿Usted cree que yo me chupo el dedo?".

Yo llevo haciendo negocios desde que tengo uso de razón.

-Mucho ha llovido desde entonces.

Se le ve algo más oxidado en el juego.

-Lo que pasa es que aquí mi hijo no ha entendido bien

cómo funciona este juego y hemos perdido

la mitad de triunfos. -Ah.

-¿Sabe lo que me gustaría?

Que echásemos una partida usted y yo

a solas, cara a cara.

A ver quién de los dos tiene más olfato.

-Cuando guste. Porque si se trata de olfato,

me da que tiene usted menos

que un sabueso constipado.

-Nos encontramos frente a frente

aquí, en el tapete.

-Ah, bueno, cuando guste.

-"Seguir dándome cobijo no le traerá más que sinsabores y disturbios".

-¿Y qué vas a hacer, muchacho?

-Marchar cuanto antes de Acacias.

-¿Y que te detenga la Policía por saltarte mi custodia?

No. Dios no me lo perdonaría.

-Sabré apañármelas, siempre lo he hecho.

-No, hijo, esta vez no.

Un guardia pasa varias veces por aquí

para comprobar si sigues bajo mi techo.

En el momento en que no te encontraran,

pondrían a toda la Policía de la ciudad

tras tus pasos.

-No darán conmigo.

-¿Y dónde piensas esconderte?

-No, no voy a esconderme.

Saldré raudo hacia la costa donde se hundió el buque.

Quiero ayudar en las labores de rescate.

Adiós, señora. Y gracias por todo.

-"Estoy preocupada por mi esposo".

Menudo vapuleo le han dado. -Ya le digo.

Se le ha movido hasta la raposa esa que lleva en la cabeza.

Da lástima verle así.

-No sé lo que le pasa. Nunca le vi tan fuera de sí.

-Con su permiso, señora. -Sí, claro, hija.

-Yo creo que va en cántaros y es blanca.

-¿Cómo?

-Que su don Ramón tiene celos del Benito,

que es más joven y mejor jugador.

-¿Tú le has oído comentar algo?

-No hace falta para darse cuenta, doña Trini.

Para mí que don Ramón se ha enterado que usted y el Benito

estuvieron a partir de un piñón.

"No puedo estar más tiempo sin saber nada de Teresa".

¿Cómo está?

La visito, y no sonríe desde que murió el pequeño.

Bueno,

al menos supongo que Mauro se desvive por ella,

eso es un alivio.

Lo hace, sí.

Pero...

se están distanciando.

¿Cuántos más sinsabores tendrá que vivir mi hermana?

Pues ojalá no.

Pero el hecho de no encontrar al culpable del asesinato de su hijo

puede que eche a perder

su relación,

incluso a ellos mismos.

Maldita Úrsula.

Removeré cielo y tierra, pero la voy a encontrar,

te lo prometo.

Voy con ello. -Dame la pala y el cubo.

-Tenemos que sacarlo.

Llevadlo para allá. -Dámela.

Ala. -Cuidado, cuidado, que se cae.

-Tráeme la caja. -La pala.

Venga, coge eso.

-Aquí.

-Nos lo llevamos.

-Vamos, chaval.

-Dentro.

-¿Os queréis poner a echar? -Vamos.

-Coge el cubo. -¡Aquí!

¡Socorro!

¡Socorro!

"Mauro no ha podido más".

Estaba hundido.

¿Cómo pudo perder los estribos así?

Mauro se ha quebrado.

No ha podido seguir adelante.

Por mi desdén, supongo.

Le conozco como para saber que no tolera no resolver un caso.

-Y menos uno como este,

que le toca tan cerca en lo personal.

-Me enerva no poder hablarle

ahora que estamos en el camino correcto.

Puede que tengamos una pista. Unos mozos vieron

a una mujer que les recordó a doña Úrsula.

No parecía encontrarse bien.

Iba acompañada por dos mujeres que la metieron en un carruaje.

¿Por qué dan crédito a ese rumor?

Podría tratarse de cualquiera.

Una de las dos mujeres que acompañaba a Úrsula era Fabiana.

  • Capítulo 534

Acacias 38 - Capítulo 534

09 jun 2017

ayetana miente a Fabiana y afirma que Úrsula no corre peligro... Arturo le pide a Casilda que aclare su situación laboral. Casilda teme la reacción de Rosina, pero cuando le dice que no tendrá que darle dinero, Rosina la deja ayudar al coronel sin problemas.

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