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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 528 - ver ahora
Transcripción completa

Tendremos que doblar a la apuesta.

Así no merece la pena desplumar a estos dos incautos.

-No lo veo. Próxima partida, doble apuesta.

-¿Pero no te volvías al pueblo? -¿Y perderme estas timbas?

Ni hablar. Yo me quedo unos días más.

-"Sí. Tenemos ratas en casa. Hay cientos".

No dejarás que durmamos en un hotel, ¿no?

Somos familia. Tu sobrino es mi marido.

-No. Claro que no.

Que he quedado con Celia para arreglar eso de la beneficencia.

-¿No puedes dejarlo para mañana? -Imposible.

No me esperes despierto.

Voy a preparar la cena. -Espera.

Tengo que hablar contigo.

-"Lo de la bancarrota es falso".

Ya tengo el billete.

Parto hoy mismo. -¿Qué?

-Lo que oye.

No consentiré que se salga con la suya

sin presentar batalla.

Sé dónde está Cayetana.

He visto el matasellos de una carta para Fabiana.

¿Dónde?

En un pueblo llamado Castillo de Ruano.

Voy a ir allí y la voy a traer.

¿Cuánto cree que tardará alguien en entrar en esta casa y descubrirme?

¿O es que piensa matarme y esperar a la madrugada

para arrastrar mi cadáver?

Es una idea.

Es una idea absurda.

No, doña Cayetana.

No añada más eslabones a lo que será su cadena más pesada.

Lolita, dime qué ocurre. -Pues nada, que yo sepa.

-No te hagas la tonta. -¡Huy! Ni tonta ni nada.

Una solo es la criada. Como para saber las cosas de la señora.

-Cuando llegué, hablabais de algo y os callasteis. ¿De qué era?

-Pues de eso mismamente. De que me tomo demasiadas confianzas.

Y una no es solo más que la fregona, que se cree más.

-Si apreciaras a doña Trini y me apreciaras a mí, hablarías.

¿Ya sabe lo que va a hacer, doña Cayetana?

Nunca debió olvidar mis enseñanzas.

Nunca debió dejarse llevar sin saber qué haría en el paso siguiente.

Me golpeó,

me amordazó.

¿Y ahora qué? Silencio. Necesito pensar.

Oh, pensar...

Tic, tac.

Tic, tac.

Se le acaba el tiempo, doña Cayetana.

¿Cuánto cree que tardará alguien en llamar a la puerta?

¿Quién será el primero que acudirá?

¿Una criada?

¿Un recadero? ¿Fabiana?

¿El portero, Servando?

¿O quizá su amiga Celia?

Me descubrirán.

¿Qué explicación les dará?

Nadie la va a descubrir.

Peor para usted.

Porque entonces, las pruebas que tengo sobre el asesinato de Tirso

las recibirá Mauro,

y será él el que venga a esta casa.

Me gustará ver la cara de placer de don Mauro

cuando me descubra aquí y entienda que tiene todo lo que necesita

para acabar con usted para siempre.

Tienes razón.

Estoy perdida.

¿Qué pretende hacer?

Seguir sus enseñanzas.

Arrastrar a quien pueda conmigo.

No haga una locura.

¡Chist!

Úrsula...

Me hundo.

Y no lo voy a hacer sola.

No se atreverá a matarme.

Puede que no la mate,

pero le voy a hacer daño,

mucho daño.

No tengo miedo. Pero sentirá dolor.

Y la tortura,

¡chist!, no será breve.

Al tormento de los cortes añadiré el abandono de las heridas,

con su más que segura infección.

Si me postra,

si no aparezco,

Mauro San Emeterio recibirá las pruebas que tengo contra usted.

¡Dígame de una maldita vez cuáles son esas pruebas que tiene!

¡Son falsas! ¡A fuerza tienen que ser falsas! ¿Dónde está

esa basura? Dígame dónde está. Es imposible de todo punto

que tenga algo que me incrimine. ¡Ni usted ni nadie

demostrará que maté al niño, porque yo no maté a Tirso!

Dígame dónde encontrar esas pruebas o empieza su suplicio.

No se atreverá a herirme.

La conozco bien.

Percibo cada una de sus dudas

y debilidades.

No. Nunca me ha llevado hasta este punto.

Ahora mismo, soy capaz de cualquier cosa.

Conozco cómo actúa usted.

Jamás, nunca se ha manchado las manos de sangre.

Son otras sus mañas para el mal.

¿Sabe qué pasa? Que no me queda paciencia

para procedimientos más elaborados.

Ah.

Ah, eso es.

Elaborados, específicos, venenos.

Se lo dije ayer,

usted es más de venenos. ¿Es así

como mató a ese chico?

Emponzoñó al pobre Tirso.

Dispara a fogueo.

Usted no tiene pruebas, ¡no tiene nada de nada!

Estoy harta de sus patrañas.

¿Cree que lo digo al azar? Veamos si acierto.

Enredó a ese pobre muchacho pidiéndole que la acompañara

a un lugar solitario en el colegio.

Una vez allí,

ya sea por el calor

o sugerencia suya, el muchacho le pidió agua,

le pidió de beber.

La sed es lo único que usted necesitó.

Vertió el veneno en el vaso

del pobre muchacho.

Y no hubo más.

¡Cállese!

¡Cierre su inmunda boca! ¡Cállese!

Solo el silencio de los campos... ¡No!

Yo no le di nada, nada de nada.

¡Eso es falso y usted no puede demostrarlo!

¡No le di ni agua! ¡No le di nada!

Maldita sea.

Debería bajar la voz,

doña Cayetana,

o todo el vecindario

terminará por escucharla.

Que no, don Ramón, que no me machaque usted más.

Entre la señora y yo no hay nada que callar.

-¿Qué os traéis?

Lo he visto en tus ojos y lo he visto en los suyos.

Dime dónde iba mi señora, de verdad.

-A las gaitas esas de la beneficencia, a ayudar.

Don Ramón,

su doña Trini es todo corazón.

Solo he visto un corazón más grande, y era de vaca.

Que lo hicieron en la parrilla... -Déjate de anécdotas labriegas.

-A mandar.

Ahora mismito le voy a preparar yo una cena

que no se la va a poder terminar. ¿Le apetecen unos callos?

Ya que hablamos de casquería... Solo tengo que calentarlos.

Señor...

Señor,

que se ha quedado como pasmado. Con perdón, eh.

-No, no son imaginaciones mías. La sensación es bien cierta.

Trini... Trini ha perdido su ser.

Y si el entuerto no es con Lolita, tiene que ser conmigo.

Lolita, ¿sabes si tiene problemas conmigo?

-¿Pero qué va a tener?

¿No se lo digo yo? Vamos, que no he notado nada,

quiero decir. -Déjate de evasivas.

-Yo no tengo de eso.

-Daré con ello.

Muy caviloso le veo, padre.

-Como cualquier cabeza de familia que presiente que en su casa

pasa algo que le ocultan.

-Eso no es posible.

Todos sabemos que a usted no se le escapa ni una.

Hasta a mí me ha pillado. -No.

Esta vez no se trata de ti, hijo, no.

Es Trini, que se está comportando conmigo

como no lo había hecho antes.

Se marcha cuando llego, no me mira a los ojos...

-Esos pensamientos trátelos

con la mayor distancia posible, padre.

Quizá sea su magín

que, por algún motivo, anda más activo de lo normal, que ya es decir.

-No es mi mente, no. Es una evidencia.

Por algún motivo, Trini no se siente a gusto con mi presencia.

Prefiere la caridad de las vecinas que nuestra compañía.

-Parece mentira. Si besa el suelo que pisa.

Le adora.

-No digo yo que no, pero... -Despreocúpese usted,

que no vale la pena detenerse en ese epígrafe.

Mi madre, que madrastra suena como cuento de sacamantecas,

es una mujer harto vitalista y extrema.

No le pilla de sorpresa.

-No, no me pilla. Bien dices.

-Bueno, pues entonces acéptela como tal.

Deje que suba y que baje, que entre y que salga.

Eso no significa que le oculte nada. Son ganas de vivir.

-Quizá tengas razón. -Tengo razón. Vaya que si la tengo.

Déjela campar. Y cuando vuelva, volverá con más ganas

a sus brazos.

-Para el poco tiempo que llevas en casa, bien le has cogido la talla

a Trini, eh.

¿No era usted tan corajuda?

Deme un final.

Quiero darle tormento.

No se atreve usted.

Solo es capaz de ensañarse con los más pequeños,

con los más débiles,

con los niños. ¡Maldita sea!

¡Ah!

Está perdiendo usted perspicacia, querida.

¿De verdad ha pensado, aunque fuera por un momento,

que podría escapar con tanta facilidad?

Es usted estúpida.

¡Auxilio, socorro! ¡Aquí! ¡En el principal!

¡Ah! ¡No! ¡No!

¡Auxilio! ¡Auxilio!

¿Hay algún alma dentro?

Ni se mueva.

¿Pero cómo has podido traer tanto equipaje?

-Lo han hecho casi todo los cocheros.

-Pero si son cinco maletas que parecen cinco baúles.

-También hay un baúl, que está vaciando Casilda.

He dicho que acomode nuestra ropa en tu cuarto.

En la habitación de Liberto apenas hay sitio.

-Pero...

¿Pero cuánto pensáis quedaros? -Susana,

parece que te moleste que pasemos unos días en tu casa.

Es tu sobrino. Pero si molestamos,

nos lo dices. -¿Me has oído quejarme?

La hospitalidad es un deber sagrado, cuanto menos.

-Gracias, tía.

-¿No pretenderías que nos quedáramos en esa casa invadida por esas ratas?

Yo hasta que no me garanticen que han exterminado hasta la última,

no vuelvo a poner un pie. -Ni nadie va a pedírtelo.

Sed bienvenidos.

Si no he sido antes tan acogedora, ha sido porque estoy alterada

con lo de Elvira y Simón. -Lo comprendemos.

¿Verdad que lo comprendemos? -Un drama lo de Simón y Elvira.

-Y por otro lado, querida Susana,

que no te asusten unos bultitos.

El reducido espacio de tu salón hace que se vean

más grandes.

-Sí. Eso estaba pensando. Luce mucho más

cuando se libra de obstáculos sobrevenidos.

-Diré a Casilda que se los lleve. Vigilaré que no me haga

un estropicio colocando las cosas al tuntún. Y ánimo,

pasaremos unos días que no olvidaremos.

-¡Ay, Dios mío!

-Vamos, tieta,

un poco de ánimo y buena voluntad. Ni notará

que estamos aquí. Cuando se dé cuenta,

nos habremos ido. -Me gustaría creerte,

pero ya me extrañaría.

Tu mujer no es

de las que no se hacen notar. -Pues no se crea.

Ya me encargaré de llevarla por el caminito de la discreción.

-Susana, ¿te importa que quite el cuadro del Papa?

Me da como cosa que nos vea

desde ahí arriba.

(Puerta)

Pase.

Gracias.

Siéntese.

Le preparo un té, si le apetece.

Gracias.

Teresa...

Es solo debilidad, enseguida me recupero.

Vamos, vamos.

Siéntese y descanse.

Por el té no se preocupe, que acabo de desayunar.

Vamos.

¿También siente náuseas?

Debería cuidarse, Teresa.

Las náuseas y la debilidad son propias de su estado,

pero creo que convendría

que visitara a un doctor.

Tal vez sea Dios quien no quiera que traiga esta criatura.

Teresa, no hable así.

No es hablar por hablar.

Tal vez yo sepa

que no he sido ni seré una buena madre.

Yo permití que asesinaran a Tirso.

No supe protegerle.

¿Por qué sería diferente con el que viene?

Usted no es en absoluto responsable de lo que le pasó a Tirso.

Y pensar en eso, solo empeorará su estado.

Ni siquiera fui capaz de honrar su memoria.

La asesina de mi hijo sigue campando por el mundo sin castigo.

Ha sido una buena madre para Tirso.

Y bien sabe el cielo que no era fácil.

Cayetana es la prueba

de mi incapacidad como madre.

Bueno,

Mauro ha ido a buscarla a ese pueblo donde se esconde,

Castillo de Ruano, ¿no es así?

Pues entonces no está dicha la última palabra.

Quizá Mauro encuentre a Cayetana y todo esto se aclare.

Ustedes no se han rendido, y eso es lo que cuenta.

Dios le oiga.

Lo hace, estoy segura.

Pero hoy en día no podemos confiar a Dios

todas nuestras inseguridades.

El propio Dios ha puesto la ciencia a nuestro alcance,

para que seamos más dueños

de nuestro destino. ¿Qué quiere decir?

Pues que yo misma, en su momento,

también quise culpar a Dios de mi...

de mi esterilidad.

Y nada más lejos de la verdad. Tan solo quería...

Pues encontrar un culpable.

Yo solo me culpo a mí misma.

Pues mal hecho también.

No se trata de culpas o de hierros,

sino de mirar al frente con valentía y optimismo,

en lugar de amilanarse

o entristecerse.

Consulte un doctor.

Haga algo por usted y por esa criatura

que está esperando.

Dígame que lo hará.

Eso es.

Verá como siguiendo las instrucciones del doctor, recuperará su ánimo.

Ojalá lleve usted razón.

Me siento como en un túnel

en el que no veo la salida ni la luz.

La verá.

Créame.

¿Dónde va?

Quiero recoger a Felipe para que nos acompañe al hospital.

Bueno,

pues créeme, subalterno, que uno no es mucho de hechizos

y brujerías, pero no encuentro una explicación natural

para los ruidos y las voces de casa de doña Cayetana.

-Algún fundamento de carne y hueso habrá para esa bulla.

Lolita y Casilda también escuchan baraúnda.

A no ser que crea que esos fantasmas

le vienen a asustar

precisamente a usted. -Bueno.

Te quedarías patidifuso de lo rencorosos que son los espíritus

con un hombre de ciencia como yo. -En Filipinas,

cuando acechábamos la espesura y oíamos algún ruido funesto,

siempre alguno hablaba de espíritus. -¿Ah, sí?

¿Y qué pasaba? -Que eran enemigos insurrectos.

O, en el mejor de los casos, alimañas.

-Pero no estamos en guerra. Te vas por los cerros de Úbeda.

-Pues serán ratas.

Las de casa de doña Rosina despiertan a un muerto.

-Y dale, mastuerzo. ¿No te digo que escuchaba voces?

No pueden ser roedores. Hasta la fecha, las ratas no hablan.

Aunque todo se andará, que son listas.

-Si tanta curiosidad tiene, entre usted contraviniendo

las órdenes de doña Cayetana. -¿Crees que no lo había pensado?

Doña Cayetana avisada, como siempre, cambió la cerradura

y no me dejó copia de las llaves.

Que aproveche.

-Gracias. -Voy a prepararme unas sopas de pan,

que me suenan las tripas desde anoche.

-Ya. Oiga,

señora Fabiana, ¿usted no habrá oído, por casualidad,

o por oreja fina, algarabía en casa de doña Cayetana, ¿vedad?

-Pues no.

Que no soy yo de las que se pasan la jornada con la cara pegada

en la puerta de los demás. -No, no.

Ni servidor tampoco.

Pero es que había tal jaleo,

que me llamó la atención cuando barría.

-Aquí barro yo.

-Bueno, pues pasaría por ahí por casualidad.

El caso es que necesitamos entrar en casa de doña Cayetana.

Es un caso

de extrema seguridad de la finca. -¿Ah, sí?

-¿Y qué hago yo?

-Señora Fabiana, usted ha servido muchos años en esa casa.

Sabrá algún truco para entrar allí. No sé, por el patio de luces.

-Nada le diría, aunque lo supiera. La señora ha dejado bien recalcado

que no se abriera.

-Pero... Pero... Pero si...

Si no la íbamos a abrir, íbamos a entrar

de extranjis.

-Mire que es usted pelmazo.

¿No estuvo el otro día allí y vio que no pasaba nada, hombre?

-Ya, pero del otro día a hoy algo se cuece.

Por eso vigilo tanto.

-En esto tiene razón el jefe.

Lolita y Casilda escuchan estruendos en ese piso.

-No hay como darle un cotilleo a uno para que quiera mirar.

Ande, dejen ya de husmear en los asuntos del prójimo, eh.

Venga.

-No puede ser.

Pues yo no me pienso quedar quieto ni encomendarme a los santos.

Soy el encargado de la seguridad de la finca.

Me tengo que enterar de lo que se cuece.

Por los propietarios,

naturalmente.

-Será si tiene forma de entrar

a esa casa. -Alguna habrá.

Ya lo tengo.

¿Obstáculos a mí?

Ya tengo la vía de entrada.

-¿Ah, sí? ¿Cuál?

-Ya lo verás. No, no.

Solamente, que hay que acceder

por la casa del coronel. Pero el resto,

pan comido.

En la chocolatería no se hablaba de otra cosa.

Todos preocupados por Elvira

y el viaje de Simón tras ella.

-No me lo nombres, que estoy que no vivo.

-Bueno, tú no vives desde que naciste, Susana.

-No es momento para pullas.

¿Imagina lo que ha pasado Elvira

hasta decidirse a abandonar al amor de su vida por contentar a su padre?

Y lo que le queda.

-Y más desgracias, si cabe, tiene Simón.

El muchacho, quiero decir.

Echarse a esos mundos de Dios sin saber

si la encontrará o si ni siquiera

podrá volver algún día.

-Y todo por la lealtad de una hija a su padre.

Mas le hubiera valido a Elvira hacer de su capa un sayo.

-Eso sí que no.

Los hijos se deben a los padres -No cuando el padre miente

y se hace obedecer con subterfugios.

-¿Es que hay más datos del coronel que yo no conozca?

-Haberlos los hay.

Pero, conociéndote, no sé si es buena idea contártelo.

-Dígaselo, doña Susana.

Yo misma no me he acobardado y lo he extendido

por doquier. El coronel no se merece miramientos.

-Cuenta, Susana, cuenta. Ya está bien

de ponerme el caramelo y no soltar prenda.

-Sea. No tiene desperdicio

como historia de embuste.

Le hizo creer a su hija que estaba

en la más absoluta ruina.

-Sí. Ya me lo dijiste.

Y todo para que la pobre crédula se decantara por casarse

con el turco, para sacarle

de la miseria.

-Era mentira.

Pablo, tu yerno,

supo por el director del banco

que el coronel tenía buenos cuartos

en su cuenta. O sea, que tenía el riñón cubierto.

-Qué alivio siento al escucharte.

Ya me picaba la mano pensando que no me pagaba la renta

del piso.

-Rosina, no seas egoísta,

que hablamos de unos jóvenes que se juegan la vida

por ese retorcimiento. -Yo solo digo

que lo miremos desde todos los ángulos.

Quizá buscaba lo mejor para su hija.

-Que se trata

de un amor que ha truncado. -Lo que hay que oír.

¿O sea, que crees

que mandar a tu hija allende los océanos

con mentiras es para alabar a un padre?

-Yo solo digo, y estarás de acuerdo conmigo, Susana,

que es más fácil ver

la paja en el ojo ajeno.

-¿Lo dices por mí?

-¿No recuerdas lo que urdiste durante años para que Leandro

se mantuviese a tu lado y lejos de Juliana?

-Pero eso era otra cosa.

-No, querida, era lo mismo. Yo no te reprocho

que te preocupes por Simón, aunque no lo entiendo,

pero te aconsejo, por la paz de tu espíritu,

que tengas algo de más de caridad cristiana por el coronel.

-Su coronel trató de meterle un tiro a su Liberto.

-Sí, ya lo sé. Ya me acuerdo.

Pero aquello era asunto de honor,

esto es de familia. Todas casamos con quien nuestro padre dispuso.

¿No es así, Susana? -Sí.

Pero eran otros tiempos.

-Vaya, qué liberal te veo.

Ya podría haber venido el progreso a tu casa cuando tu hijo Leandro

andaba con Juliana. -Bueno...

¡Esto ya pasa de castaño oscuro!

¿Le hablas así, y en su propia casa,

a la persona que te ha acogido, dándole posada al peregrino?

-Señoras, por Dios, que no somos pueblo llano.

Doña Rosina, la gente cambia.

Los manejos de doña Susana

con Leandro han quedado atrás. -¿Manejos?

-Sí. Y bien tramados. -¿Y cuando te pescamos a ti

en paños menores con el que ahora es

tu santísimo marido?

-¡Señoras, por favor!

-¡Ay!

¿Y dice que el firmante es un holandés?

-Del mismo Flandes.

Me ha propuesto un acuerdo para lanzar la patente

de las cafeteras en su país.

-Los contratos con fronteras en medio son peliagudos.

-Para eso le he llamado,

para que me eche una mano en su redacción.

En los aspectos legales no tiene que preocuparse.

Las cláusulas son correctas. Puede firmarlo con tranquilidad.

-Gracias por su supervisión.

Le diré a Trini que lo firme conmigo.

-¿Y eso?

-Cuando fundé la división internacional de mi negocio,

decidí que pondría todo también a nombre

de mi esposa. -Decisión que le honra.

No hay tantos maridos que otorguen tanto poder a sus mujeres.

-No solo es mi propia voluntad,

es el signo de los tiempos que corren.

-A mí me lo va a contar. Son el futuro.

Lo he comprobado en mis relaciones con Celia.

Aunque me ha costado.

-Creo que no habérselo dicho antes,

pero me alegro de que, con todo,

se lleven ustedes tan bien y se traten

con respeto y armonía.

-Ella se lo merece.

No me comporté como un amante esposo, ni como un caballero.

Pero su nueva manera de ver la vida, tan segura de sí misma,

me ha enderezado.

No hay como ver

que no te necesitan. -Cierto.

Una mujer segura de sí misma, que no te necesita para ser feliz,

resulta mucho más atractiva.

A pesar de que algunos carcundas

se nieguen a la independencia.

-Queremos a la mujer interesante, pero a la vez dulce y cariñosa.

Somos exigentes en demasía.

-¿Y hay algún cambio en perspectiva?

Lo digo porque últimamente

le veo entrar a menudo a su antigua casa.

-No niego esas andanzas.

O más bien esos anhelos.

Pero mis visitas más tienen que ver

con el calvario de Mauro y Teresa. Nos preocupamos.

-Lo que habla bien en favor de ambos.

-Debo marcharme.

-Gracias de nuevo

por su asesoramiento.

Por cierto, si ve a doña Celia,

dígale que baje.

Hoy es mi día

de firmas. Necesito la suya para un asunto benéfico que organizo.

-Don Felipe, le acompaño.

-Dudo que quiera ocuparse de caridades estos días.

Los pasa con Teresa,

ayudándola y consolándola. Las he dejado en el hospital.

-En ese caso, olvide mi encargo. No moleste a doña Celia.

Dejaremos la beneficencia

para más tarde. -Con Dios, don Ramón.

Así que, doña Trini estaba en asuntos de caridad

con doña Celia, ¿no?

Dime todo lo que sepas.

-Yo, señor... -Chitón.

¿Dónde está mi esposa?

¿Cuánto habíamos subastado?

-Ciento y la madre, compañero. Ciento y la madre.

-Si es que no las hacéis ni aunque os cambiaran la pinta.

-Ni cantando las 40 y arrastrando a bastos.

-Y menos si arrastro yo.

-Ni siquiera las 10 de monte. -Se acabó.

Ni una manos más. Tienen más suerte que Felipe, el Hermoso.

-No me hagas esto, compañero. Una más y les damos.

¿No les ves la cara?

-Ninguna más. No tengo apenas dinero. No quiero ni imaginar

la cara de María Luisa si se entera.

-Bueno, Víctor, hijo,

nadie tiene por qué enterarse de nuestro entretenimiento.

-Ya.

Un conjunto precioso

y muy bien acabado.

-Es un encargo de María Luisa.

-Ah.

¿Y tanta prisa le corre

como para terminarlo en casa?

-No acostumbro, pero siendo de María Luisa...

-Susana, no tuve que hacer ningún comentario sobre Leandro. Disculpa.

-Agua pasada.

-No, María Luisa tenía razón. Tú has cambiado.

¿Por qué no me mordería la lengua?

Yo maquiné lo mío cuando mi hija quiso a Pablo.

-Ay, déjalo ya, Rosina,

te lo ruego.

Gracias a Dios, que todo lo pone en su lugar.

Mira Leandro, qué feliz y qué bien casado.

Aunque le sigo echando de menos, eso sí.

(Puerta)

-No te pares. Ya abro yo.

Ese bordado debería continuar un poquito más.

Susana, el coronel. Viene a verte.

-No se levante, no es necesario.

Solo he venido a decirle dos palabras.

-Usted dirá. -Vaya que si lo haré.

Me tiene harto el bulo

sobre la inmoralidad con la que he tratado

a mi hija.

Va diciendo por ahí que mentí para que se fuera a Turquía.

-Es que lo hizo usted.

Mintió, sí.

-¿Cómo se atreve en mis propias barbas?

-Porque es la verdad. ¿Quiere que lo demuestre?

-Quiero que deje de hablar de mí y de esparcir infundios.

O deja de calumniarme,

o me obligará a olvidar su condición de mujer

y a tratarla con la misma dureza que a un hombre.

-Pare usted el carro. ¿Se atreve a amenazar

a una amiga mía, mujer encima?

-No amenazo en balde, ni a mujeres ni a hombres.

A buen entendedor,

pocas palabras bastan.

(Portazo)

Que no, Benito, que no me tientes.

-Bueno, ¿pero y si os concedemos la revancha?

Sería un detalle, ¿no? -Claro, hombre. Una más y para casa.

-Ni una ni media. Yo no hago más el tonto.

Buenas tardes, señores. -Víctor, Víctor, Víctor.

¿Qué pasa?

Que no es solo por dinero, ¿no?

¿Y te puedo ayudar en algo?

-Si no es por lo que he perdido.

Ese dinero se lo prometí a María Luisa

para una sorpresa que quiere darme.

-Y no te queda ni un ahorrillo.

-¿Te acuerdas del tío Nicanor?

Cuando iba con la burra le preguntaban:

"¿Has desayunado?". Decía: "No. Ni pienso".

-El pienso para las caballerías. -¡Claro!

-No me voy a acodar...

Y lo que gozábamos de chavales

echándonos al río, desde las ramas de los sauces, a modo de liana.

¡Ay! Vaya enojo se corrían nuestras madres

viéndonos ahí, casi en cuero a niños y niñas

en balumba.

(RÍEN A CARCAJADAS)

-Parece tan divertido, que no comprendo cómo no me río yo.

-Bueno, que se nos va el Víctor, pero nos viene otro tahúr.

¿Ves, Trinica? No hay mal que por bien no venga.

-Que este es mi marido, atontado. -Que es tu ma...

Olvídese ya del coronel, tía. Perro ladrador, poco mordedor.

-No, de olvidarlo nada. Hay que estar alerta.

Ese es capaz de cargarse a un regimiento él solito.

Es verdad.

Lo mejor será que no le irritemos más.

Yo te he protegido, lo has visto.

Pero no puedo garantizar que pueda hacerlo de nuevo.

Liberto, tú mismo,

tu sobrino,

ya te viste al otro lado

de la pistola del coronel. ¡Por Dios! No quiero esa zozobra,

ese miedo una vez más. No podría soportarlo.

Cuando lo recuerdo...

Ya me veía yo compuesta y sin novio,

empapadita en sangre, por Dios.

Susana, lo mejor será que María Luisa y tú

dejéis de largar contra esa fiera.

Tengamos la fiesta en paz. -Eso es.

La fiesta en paz, Rosina. Déjalo ya.

Se acabó, hombre.

Por mucho que luego me arrepienta,

no callaré bajo amenaza.

-Está bien, como prefieras. El pellejo es tuyo.

Solo pretendía ayudar.

Voy a decirle a Casilda que prepare la cena.

Por favor, y otra cosita, sin ánimo de ofender.

¿Te podrías replantear la decoración?

Hay más santos que en la Ciudad del Vaticano.

Ah.

Y el servicio.

No puedes estar sin servicio.

-Un poco de paciencia, tieta. -Un muchito

estoy teniendo ya. Dime la verdad, Liberto.

¿Cuánto tiempo pensáis quedaros en casa?

-Como poco, un par de semanas.

Quizá alguna más.

-¿Un par de semanas? ¿Quizá más?

Dios mío, dame templanza.

-Le prometo que hablaré con Rosina.

No se meterá más con sus cosas.

Ni con la decoración, que, por cierto,

tengo que decir que... Que es una preciosidad.

Ni con su actitud hacia su hijo Leandro,

ni con sus cuitas con el coronel. -No depende de ti. No hará caso.

-Yo se lo prometo a usted. Verá que, mientras estemos aquí,

todo mejorará. -Haré un esfuerzo por confiar en ti.

-Pero, sobrino,

hazme solo un favor:

sácamela de aquí hoy.

Llévatela donde sea, a dar un paseo,

al infierno si hace falta. Pero permíteme

que me quede a solas, aunque sea un rato.

Y de tocar el cuadrito del Papa,

"nanai".

-Hecho.

-"Es una buena noticia, ¿no?".

Vamos. Arriba ese ánimo.

-Al menos, el embarazo sigue su curso normal.

Y que, tomando el reconstituyente recetado, recuperará las fuerzas.

Gracias a los dos.

Sin ustedes, todavía seguiría sumida en la tristeza y la desesperación.

Va a recuperar la alegría.

Siga así.

¿A que esa vida que está gestando provoca ilusión?

Tengo que irme.

Necesito aclarar mis ideas y pensar en el futuro.

Pase usted buena noche.

Me provoca compasión.

Se esfuerza para mirar hacia delante y no lo consigue.

-Como me gustaría verla feliz por su maternidad.

Sufrí mucho para poder ser madre.

Me altera que alguien, pudiendo serlo, no lo reciba como bendición.

¿Me invitas a una copa?

Luego me marcharé a la pensión.

¿Mauro habrá encontrado a Cayetana?

Ha intentado que perdiera los nervios,

la confianza en mí misma,

recordándome lo de Tirso y lo de Carlota.

Pero lamento decirle

que no lo ha conseguido.

¿De veras?

¿Está usted segura?

Lo de Carlota fue un error,

un accidente.

Lo único que pretendía es que Germán volviera a casa.

No fui su autora moral.

Reconozco que sabe usted moldear muy bien

sus asuntos morales.

Tuve una buena maestra.

Mañana me va a llevar con ella. Vamos a vivir juntos.

Aquí está tu agua, Tirso.

Yo también tengo un poco de sed.

Voy a buscar agua para mí.

Tú bebe.

Bebe, Tirso.

Es lo mejor.

Lo de Tirso...

Sí.

Es verdad. Pensé en matarle.

No lo voy a negar. Pero solo lo pensé.

Quería herir de muerte a Teresa, hundirla,

reducirla.

Pero no pude.

Me arrepentí.

Tirso.

¡Tirso!

La muerte de ese niño

no fue por mi voluntad.

No la juzgo a usted.

¿Quién soy yo para juzgarla?

Pero tampoco

voy a absolverla.

Si me cuenta todo esto

para obtener mi perdón,

lo siento, se ha equivocado.

No necesito su perdón.

Está usted acabada. ¿De veras?

Mejor.

En el fondo, la verdad es que...

me importa bien poco si mató usted

a esos niños o no.

Nosotras no hablamos de justicia,

ya nos juzgará el hacedor.

Nosotras hablamos

de lucha.

De lucha y odio.

Una lucha que usted ha perdido ya.

No se confunda, doña Cayetana.

Este combate nuestro no terminará hasta que una de las dos

yazca muerta en el arroyo.

Así será.

Y a no más tardar.

¿Qué es eso?

Ha sido una amenaza.

Una amenaza con todas las de la ley.

Vino a decir que me pegará un tiro

si sigue escuchando que utilizó mentiras

para que su hija se fuera. -¿Cómo se atreve a amenazar

a una mujer? -Contente.

Son solo baladronadas.

-Pues no parecía estar fanfarroneando ni haciendo alardes.

Al contrario, parecía muy resuelto. -Yo no.

No pienso callarme, todo lo contrario.

Divulgaré sus mentiras, por muchas armas que empuñe.

-Mi vida, a este hombre

no le tiembla el pulso.

-Tengo que callarme y tragar con lo que diga.

-No digo eso. Te digo que caviles y que no te pongas en riesgo.

Y que no me pongas a mí.

Al final, voy a tener que protegerte.

-¿Me dices que agache la cabeza y me olvide de Elvira?

Víctor, no te hacía un cobarde. -Y no lo soy.

Intento que nos tranquilicemos.

De nada sirve ponerle nervioso. Acuérdate de la paliza de Simón.

No arreglamos nada.

-Víctor lleva razón.

Quizá tú debes tener prudencia y callar.

Si al fin y al cabo, la mayoría ya sabe las intrigas

del coronel. -Lo que yo te diga.

-Además, no se atrevería conmigo. Soy demasiado mayor

para que le resulte vistoso humillarme

Pero a saber lo que haría con una flor

como tú.

Viendo el aprecio que tiene a muchachas y doncellas...

Su ira caería sobre ti. -Y la mía sobre él.

-Mira mi fierecilla.

(Puerta)

Esperemos que no sea

el de las pistolas. -Peor, me temo que es peor.

Serán Liberto y Rosina, que han ido a dar un paseo corto.

Demasiado corto.

Simón, hijo.

¿Qué pasa, Simón?

¿Qué haces aquí?

¿No te has embarcado para Turquía?

¿Por qué?

¿Qué ocurre, hijo?

Habla. Habla, te lo ruego, que nos tienes en un "ay".

Estamos entre...

amigos.

-Llegué hasta el puerto.

Me encontraba al pie de la rampa cuando nos informaron

que se suspendía la travesía.

Ningún barco atravesaría el Mediterráneo hasta nueva orden.

-¿Por qué?

-Una tormenta.

Una tormenta como un castigo divino.

-Pero tormentas en esta época hay muchas.

Algo más ha tenido que pasar para que se suspenda.

-Ha sido la peor que se ha conocido en décadas.

-Dios mío.

Se ha hundido el Gran Victoria,

el buque en que viajaba Elvira.

-No.

-Tranquila.

Al menos tenga usted la bravura de ser franca conmigo.

Si va a matarme,

dígame como mínimo

cómo piensa hacerlo. No.

No se haga ilusiones.

Lo que contiene este tarro no es mortal.

No se lo voy a poner tan fácil. Ni la muerte me doblegará.

Es demasiado el odio

que tengo por usted. Huy, cuánta palabra vana.

¿Sabe?

Estoy segura que al final

me suplicará que esto

termine pronto.

Nunca.

Jamás oirá una súplica saliendo de mis labios.

Tanto valor me enternece.

Y para que vea que ni siquiera le guardo rencor,

voy a ser magnánima con usted

y le voy a decir lo que tanto quiere saber.

Esto

va a conseguir que usted me diga dónde tiene esas pruebas

que me incriminan.

Después

reanudaremos la partida,

sin perder

mi ventaja, desde luego.

Ah... ¡Chist!

No.

¡No, no, no!

¡Chist!

No sufra.

Tan solo es sal.

No.

No, por favor, no.

¡Chist!

¡Ah! ¡Ah!

No, no, no.

No, no.

¡No!

(GRITA)

(GRITA Y LLORA)

¡Chist!

Por favor, doña Cayetana.

Por favor.

Por favor, doña Cayetana.

Límpieme la herida, límpieme la herida.

Le diré todo

lo que pretende.

Lo haremos distinto.

Primero me dirá dónde tiene

esas malditas pruebas. Y luego,

acabaré con su sufrimiento.

Hay algo dentro de mí que me dice que no regresará nunca.

-Tendrás que hacer de tripas corazón, querida, y seguir adelante.

-Estamos hablando de una tragedia muy gorda.

-Susana, no querría ser meticona, ¿pero qué más te dan Simón y Elvira?

No lo entiendo. ¿Tú por qué sufres tanto?

-Porque me sale de las pestañas.

¡Y punto redondo!

¿Pero cómo puedes ser tan entrometida?

¿Qué te importarán los motivos por los que me apiado de esos muchachos?

Eres una cotilla.

-"Mi amor, ¿no haces un castillo de un grano de arena?".

-¿Y si el coronel se presenta aquí sin avisar?

-Eso no tenía por qué pasar.

-¿Y si pasa?

¿No sabes lo aficionado que es ese señor a las armas

y a resolver todo a mamporrazos? -Solo era por una noche.

Y además, sabemos a ciencia cierta que el coronel está en un hotel.

-Me da igual.

Podía haberse presentado por cualquier razón,

pero es lo de menos.

Lo que me enerva es vuestra simpleza.

-Me niego a pensar que un barco se hunda y todos perezcan.

-No lo sé. Parece ser que esta tormenta

es de violencia inusitada. Y además, estaban

muy lejos de tierra firme.

-Es casi imposible no imaginar

la tragedia, pero tenemos que tener fe.

-Sí. Elvira está fuerte, es joven. Habrá conseguido salvarse.

Dios te oiga.

-"Ese hombre no es de mi devoción".

Pero me pongo en su piel y no puedo evitar

sentir el dolor de un padre cuando pierde a un vástago.

Es de compadecer.

-Pues no le den tanta coba.

Si no hubiera mandado a su hija a Turquía, otro gallo le cantaría.

Valiente liante que es.

-Lolita, ocúpate más del plumero. -Perdone, pero me hierve la sangre.

-Estamos en un "ay". -Como la señorita Elvira

haya entregado la pelleja, que Dios no lo quiera,

al Simón no lo contiene ni el "Sursum corda".

-"¿Qué haces tú aquí?".

¿No habías terminado

tus negocios? -No acabo de cerrar el trato.

Ellos que menos y yo que más.

A uno, que lo ven con cara de pueblo.

Debe ser el marido de la Trini.

No tuvimos oportunidad de saludarnos como Dios manda.

-Ramón, él es Benito.

Es un amigo de Cabrahigo.

-"Debes de hacer un poder y descansar".

-Tiene que ser horrible vivir con es incertidumbre.

-Así es.

Cada minuto que pasa me quema por dentro, sin tener noticias de ella.

-Estoy segura que todo saldrá de perlas.

-Marcho a las oficinas de la naviera.

No me moveré hasta tener noticias fiables.

-Te deseo toda la suerte del mundo.

-Gracias.

-"No me mate, doña Cayetana".

Todavía puedo serle de mucha utilidad.

Me necesitará en algún momento. ¡Chist!

No se desasosiegue usted, Úrsula.

Ya ve, al fin y al cabo, todos acabaremos muriendo.

Lo bueno es que a usted aún no le ha llegado la hora.

Porque no sé si me está mintiendo.

Rezo todos los días para que se dé cuenta

de lo mucho que podemos hacer juntas.

No.

"¿Sabes qué?".

Que traigo buenas noticias.

Ayer estuve en ese pueblo, en Castillo de Ruano.

¿Descubriste algo digno de mención?

Tengo localizada a Cayetana.

He visitado la casa donde ha estado escondiéndose.

Un guardés la identificó.

Les he pedido que me avisen cuando regrese.

Mauro, ¿tan apurado va que no saluda ni a sus amigos?

Discúlpenme. Me dirigía a ver cómo está Teresa.

-El cuarto está cerca.

Dedíquenos unos minutos.

Lo haría, pero no tengo tiempo. Créame,

esto le interesa.

-He recibido una carta a su nombre. Le pregunta a Felipe dónde estaba.

-Celia me ha contado que ha llegado del pueblo que Vd. visitó,

Castillo de Ruano. "Gracias por acudir con rapidez".

¿Cómo se encuentra?

Mal.

Por eso la he hecho llamar.

Necesito su ayuda.

¿Qué puedo hacer por usted? En la nota no decía nada de nada.

Quiero que me quite lo que llevo dentro.

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Acacias 38 - Capítulo 528

01 jun 2017

Úrsula intenta liberarse antes de que Cayetana acabe con su vida. Cayetana no cree que tenga pruebas contra ella. Úrsula promete confesar la verdad. Rosina y Liberto se instalan en casa de Susana huyendo de las ratas. Simón descubre que el barco de Elvira ha naufragado. Servando está convencido de que algo ocurre en la casa de Cayetana.

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  1. Montse

    Mejor sería que le dieran un poco más de movimiento cerrando ya alguno de los temas, i propibendi alguno nuevo más interesante que las timbas, se están cargando la serie, es una pena

    12 jun 2017
  2. criolla

    Gringa,no se que series ve de América Latina, que es grande,con diferentes prigramas,culturas, es como decir Europa. Veo series Chilenas,Colombianas,Argentinas,las internacionales grabadas en Miami,son excelentes, no duran años. Temas del presente,historicas.

    03 jun 2017
  3. William

    Fue una buena historia, pero en los últimos cincuenta capítulos ya no jala el interés. Buenos actores, pero ya no buscan como regresar la historia a su nivel de gloria.

    03 jun 2017
  4. Llum

    Hace días que dejé de verla pero por los comentarios veo que no me estoy perdiendo nada....... O quizá estoy ganando muchiiiiisimo ja ja ja ja ja

    03 jun 2017
  5. Gloria

    La verdad que ya está un poco larga la cosa...y con 528 capítulos, dos años, es demasiado. Lo veo por internet y al menos me evito ver al pelmazo de Servando y su estupideces, que lejos de dar un aire fresco, empastan más todo.

    02 jun 2017
  6. Manolo

    Está cada día más cutre y patética esta telenovela. Ya no saben cómo improvisar, no se le puede llamar al guionista por su nombre. Es horrible cada dia

    02 jun 2017
  7. La gringa

    Parece que los guionistas de Acacias son los mismos que escriben los culebrones de america latina, que poca imaginacion y la "curtura" que muestran es de primera linea. Despues de dos mil capitulos, se nos aparecen con el hijo- delincuente de Don Ramon. El personaje de Trini mostrando su poco señorio apostando en una timba en casa ajena, Teresa enajenada, no para de gemir, esta para manicomio. Rosina se esta volviendo insoportable con su mania de entrometerse en todo, lo unico que parece elegante en ella es el sombrero. El coronel de risa, cada vez que se sienta mueve el faldon de la levita como si fuera una bata de cola, en cualquier momento sale del closet y nos enteramos por que su mujer le puso los cachos. Ah y lo mejor de todo...Cayetana es flaca como un alfiler, Ursula un caballo percheron y deja que la rubia de los gusanos en la peluca la amarre a una silla. Es el Acabose jajajaja. Espero con ansia el capitulo de hoy.

    02 jun 2017
  8. Juani

    Esto ya va siendo un rollo insufrible. No pasa nada .Encima cambian el horario Porque ni pasa algo interesante cada semana,? . Esperemos que no dure mucho La novela porque se está volviendo cansina

    02 jun 2017
  9. Saro

    Justo cuando acababa de pedir más escenas amorosas, divertidas y bellas entre Rosina y Liberto, debido a que llevábamos varios capítulos sin ellos y, amigos, éso se nota muchísimo, pues precisamente, "cambian de tercio". No me gusta el cambio que los guionistas le están dando a Rosina, tampoco el que comienzo a vislumbrar en la pareja ... solo espero que ésto no sea el comienzo de otra ruptura o alejamiento del matrimonio porque éso sí que sería una catástrofe para la serie y habría que tener en cuenta que tenemos ya varios factores en contra: nos han cambiado el horario, los resúmenes y los avances son demasiado largos, lo que lleva a acortar los capítulos, la falta de promoción por parte de TVE que si la tienen otras series y el descuido que, últimamente, tiene esta página que desaparece la opción de comentarios durante días y, aunque se considere que éstos no son importantes, si denota que hay cierto abandono en esta web y éso nunca es bueno.

    02 jun 2017
  10. María de Liz

    Me gusta esta novela, pero esta semana no ha pasado nada interesante... la verdad que se esta volviendo un poco insufrible... que pena!!

    02 jun 2017