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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 518 - ver ahora
Transcripción completa

He cometido muchos errores en esta vida,

pero no le he hecho nada a Tirso.

Teresa,

deberías bajar el arma

y rezar.

Eso es lo que he hecho yo.

Rezar para que el guardián del sol

le abra la puerta del paraíso a Tirso, el paraíso que él imaginó,

en el que quería estar con todos.

No tienes derecho a hablar de él.

Dame la pistola.

(Disparo)

"Toma".

Levántate si te atreves.

Ale. "Teresa, dame la pistola".

¿Está bien, doña Cayetana? Sí. Gracias a Dios.

-Menos mal, Dios mío. Menos mal, menos mal.

Fabiana, por favor.

-"¿Qué ha ocurrido?".

-¡Dios mío!

-He reducido al ladrón. No sé si me fue la mano.

-¡Toñito! -¡Dios mío!

-¿Pero quién es? -Antoñito, hijo mayor de mi esposo.

"¿Sabes en qué pensaba"

cuando me obligaban a pasar horas de rodillas?

En tus besos.

Bueno,

y en mis visitas al altillo para estar contigo.

Muero de ganas de volver a vivir aquellos momentos.

Pronto, muy pronto.

"No pienso denunciarla".

No voy a presentar cargos. ¿Qué?

¿Vas a dejar que siga libre? Sí.

Lo que oyes. Nadie mejor que yo sabe lo que es perder a un hijo.

"No merezco que te ocupes de mí".

No te va a ser tan fácil librarte de mí.

Voy a cuidar de ti

hasta que encuentres un motivo para vivir.

¿Y si nunca más

lo encuentro?

Cuidaré de ti hasta el último día

de mi vida.

Vamos, Cayetana.

Una mujer como tú debería superar cualquier adversidad.

Está bien.

Es solo cansancio.

Has pasado una mala noche, nada más.

No dejes que la vida te supere.

(Puerta)

No, por favor.

(Puerta)

El niño no.

Que no se me aparezca el niño, por favor.

Por favor.

Por favor.

¿Quién es?

¿Quién es?

¡Ay! ¿Qué te pasa?

Te he oído murmurar, pero como no abrías...

¿Qué deseas?

¿De verdad estás bien?

Eres tú la que me has mandado llamar.

Es verdad.

Aún estoy un poco alterada.

Pero se me pasará.

Tómate tu tiempo.

Y demasiado bien te veo para el susto que te llevaste.

Dios quiera que no me tenga que ver yo en trance semejante.

No es tanto el susto lo que me tiene consternada.

He pasado mucho en esta vida

como para que la cercanía de la muerte me desespere.

Es... Es más que...

Que me duele que la mujer que me amenazó fuese...

casi una hermana para mí.

Pero nos tienes a nosotras. Me tienes a mí.

Gracias.

Y arriba ese ánimo.

¿Sabes que mi Leandro y Juliana te envían recuerdos?

¿Ya se han marchado? Sí.

Ya marcharon.

Y con un poco de mal sabor de boca, todo hay que decirlo.

Como coincidió el suceso con su despedida...

Pero me han pedido que te diga

que esperan que te recuperes

como la mujer fuerte que eres.

Agradéceselo de mi parte cuando les escribas.

Voy a decirte por qué te he hecho llamar.

¿Sabes algo de Úrsula?

No me hagas de menos.

No necesitas a Úrsula, me tienes a mí.

No es eso, Susana.

Me reconforta tu compañía, no me malinterpretes.

Es solo que Úrsula puede ayudarme con el patronato.

Ni yo ni Teresa podemos ocuparnos ahora del colegio.

Y ella es la única que conoce

todos los entresijos de la institución.

Me gustaría que se aplicara a ello.

¿Harás por encontrarla?

Naturalmente. Faltaría más.

Si es por esa causa, ten por seguro que te la traeré.

Gracias.

Señorito, le traigo los papeles que me ha pedido.

Recién llegados del quiosco.

¡Oh!

Será vagoneta el gacho...

Durmiendo a pierna suelta y a estas horas.

-¡Ay, que te cojo! -¡Ah!

¡Huy, qué susto me ha pegado!

Casi me da ca... Que me ha asustado usted.

-Tú me has llamado vago.

Donde las dan, las toman, Lolita.

-¿Qué voy a llamarle yo nada? No me ha entendido.

-¿Además de vagoneta, soy sordo? ¿O de cortas entendederas?

-Ay, perdóneme usted, señorito, que lleva razón.

Una es un poco lenguaraz, por no decir lela.

A más ver.

Cómo se nota que eres un hombre de mundo. Lo primero,

la prensa.

-No hay novedades.

El mundo es lento, aplanado.

Rara vez se encuentra algo singular en los diarios.

Es pura costumbre.

-No sabes cuánto te he echado de menos.

¿Estás feliz por haber vuelto?

-Feliz es poco.

Dichoso, ufano. No hay nada como el hogar,

por mucho tiempo y kilómetros que hayas estado lejos.

¿Y tú?

Que si eres feliz tú también.

-Por lo que a mí respecta, sí, feliz.

Ahora, en el barrio en general y nosotros en particular,

las pasamos canutas.

-Sí. Bueno, lo sé por las cartas.

A veces me he sentido culpable por no haber estado aquí

para echaros una mano,

pero bueno, pelillos a la mar.

El pasado, pasado está. Estamos juntos.

-Pues sí.

Oye, y ahora que estamos solos,

¿qué opinas sobre lo de Víctor?

-¿Que por fin te haya echado el guante?

Que me alegro en gordo, que bien te ha perseguido.

Menudo era Víctor. Quizá más travieso y alborotador que yo,

que ya es decir. No nos separaban ni con agua hirviendo.

Éramos uña y carne. -Ha cambiado mucho.

Ha madurado, vamos.

A la fuerza, pero se ha hecho un hombre.

Más desde que nos prometimos.

Es otro.

Venga, vamos a desayunar a La Deliciosa.

Le hará ilusión verte.

Y así rememoráis vuestras escandalosas niñerías.

-No, no. No es que no quiera verle,

pero preferiría que Víctor subiera aquí.

Todavía no estoy muy católico

después del trato recibido por la muchacha, la tal Lolita.

Creo que hasta me mareo un poco.

-¿Para tanto fue?

¿No deberías ir al médico? -No, no.

Se me pasará, espero.

Sois muy amigas Elvira y tú, ¿no?

-La mejor después de Leonor. Aunque ahora está un poco rarita.

Pero con Elvira me entiendo a la perfección.

-Es una joven preciosa. -Pues yo que tú

no me hacía ilusiones.

Elvira está muy enamorada de su novio.

Los dos han pasado un calvario para estar juntos. Así que...

No tienes nada que hacer. -Bueno, peor para ella.

-Sí, en eso tienes razón.

La mujer que te ate en corto se llevará un tesoro.

En fin, que si no vienes a desayunar, me voy yo a tomarme un suizo

y un chocolate. Le diré a Víctor que venga.

¿Estás con el encargo de los Fernández?

-En ello ando, sí.

¿Y usted?

Siempre es más que puntual, y hoy ha fallado.

-Vengo de casa de Cayetana. Está la pobre que no vive.

No solo por el susto, sino por la lástima que le da

la pobre enajenada de Teresa. Y por dejar el patronato al pairo.

Por cierto,

¿te puedes quedar al cargo del negocio?

-¿Cuánto tiempo? -Pues no lo sé.

Cayetana me ha rogado que dé con Úrsula.

Y no me pude negar, claro está.

Pero no tengo idea ni de dónde la encontraré,

ni, por consiguiente, cuándo podré volver.

Ay, la vida de Úrsula

es un misterio.

No hay quien le ate un hilo a la pata a esa mujer.

¿Te quedas?

-Sí, sí, sí.

Siempre que me permita salir un poco más temprano mañana por la tarde.

-¿Y eso?

-Verá, me han contratado

para servir en un banquete de lujo.

Todavía estoy bien considerado en las altas esferas.

-No sé si me gusta mucho ese quehacer.

Eres mi hijo, tienes un trabajo aquí.

Ya no necesitas seguir sirviendo.

-Pero me gusta hacerlo, siempre me gustó.

Y no hay nada de indigno.

Y, por si le faltan razones, me pagan muy bien.

-¿Qué necesidad tienes tú ahora de dinero?

-Más que nunca.

Se lo voy a contar.

Voy a pedirle a Elvira que se case conmigo.

-¿Ya? -Sí, cuanto antes.

Primero de todo, porque nos queremos.

Y porque nos vamos a hacer felices para siempre.

Es una buena razón, ¿no?

-Casi la única.

Aunque ni me reconozca diciéndote esto.

-Pero también hay más.

Cuando seamos marido y mujer,

don Arturo ya no podrá hacer nada. Perderá la potestad sobre su hija.

Tienes mis bendiciones, desde luego.

Y a través de mí las del Altísimo, aunque suene poco modesto.

Un abrazo,

hijo mío. Ay, madre mía.

Así que, con el dinero que gane en el banquete

compraré a Elvira el anillo más bonito que encuentre.

-Guarda ese dinero para cosas más provechosas.

Por ejemplo, mi futuro nietecito. -Huy.

-Ese anillo te lo regalo yo.

-Ahora soy yo el que le va a dar un abrazo.

¡Ay!

Teresa, mi amor,

no has probado el desayuno.

No puedo probar bocado.

Está frío ya.

Ahora lo recojo.

Pero no puedes seguir así.

Debes alimentarte.

Si no te lo pide el cuerpo, hazlo por mí.

(Puerta)

¿Quién es? Felipe.

¿Quieres que le diga que vuelva luego?

Pase.

Buenos días.

¿Llego en mal momento?

No, no se preocupe, amigo.

Teresa sigue sin remontar.

Y yo me siento impotente por no saber cómo ayudarla.

No sé qué decirle. No sé qué ofrecerle.

Le comprendo.

Haga todo lo posible por animarla.

Pero no le proponga regresar a Acacias.

Los vecinos están muy intranquilos con el comportamiento de Teresa.

Teresa quedando como irreflexiva y Cayetana como una víctima.

Ha vuelto a salirse con la suya.

La pistola que utilizó hace que no la puedan perdonar.

Para nadie es grato un vecino con una pistola.

Y amenazar a un ciudadana notable

en plenacalle. Ya lo sé.

Pero Teresa tenía razón, no lo dude.

Cayetana estuvo detrás de la muerte del muchacho.

No apresure conclusiones. Nada avala esa tesis.

Sí que hay, Felipe. Hay detalles, hay pruebas circunstanciales.

Quien fue a ver a Tirso al colegio

no fue obligado a firmar en el libro de visitas.

Tuvo que ser alguien de... De la institución.

Alguien con mucha mano.

¿Se le ocurre algún candidato mejor?

Circunstancial, como usted bien dice.

Puede que se colara entre otras visitas.

Pudo pasar por maestra,

incluso tener llaves.

Puede que nadie la viera, Mauro.

Otra cosa,

¿por qué Cayetana habló con el agente Soler

para que anulara la orden de matarnos a Teresa y a mí?

Yo se lo diré.

Porque asesinado a ese niño, a Teresa ya la ha matado en vida.

Esto tendría que demostrarse ante los tribunales.

Son suposiciones.

Nunca he errado mi juicio respecto a Cayetana.

Es un pálpito, pero créame,

las intuiciones de un policía experimentado

son mejor que los testigos presenciales.

De nada valdría ante un tribunal.

Mauro, olvídese de Cayetana

y céntrese en Teresa.

Llévese a Teresa lejos hasta que recupere las ganas de vivir.

Luego, ya veremos.

Desengáñese, Felipe.

Teresa no va a volver a ser feliz después de todo esto.

Cayetana tiene que pagar.

Es nuestra única oportunidad de ser felices.

(SUSPIRA)

Tendría que haber sido yo quien empuñara ese arma.

Debería haberle disparado. Mauro,

¿sería capaz de hacer algo así? Piénselo bien.

Mire, Teresa es pura.

Y aunque hubiera sido capaz de dispararle,

no se lo perdonaría a sí misma en la vida.

¿Pero yo?

Yo mataría a Cayetana

y no volvería a pensar en ella. Jamás.

Mauro, como amigo, se lo ruego,

no cometa ese error.

Ale.

Tómese esta tisana, que ya verá qué bien le hace.

Y puede que hasta le alce el coraje.

Gracias.

Necesitaba sentir algo de calor por dentro,

aunque sea de una tisana.

No tengo fuerzas, Fabiana.

Solo siento frío.

Frío y miedo.

¿Cómo ha podido Teresa ni siquiera pensar en asesinarme?

Tampoco una lo podría creer de alguien como Teresa.

Es un sin Dios, hija.

Una "enajenadura", o como se diga eso.

Que Dios le batió los sesos.

No hay nada de verdad en esas acusaciones.

Es de suponer.

Pero, así y todo,

¿qué ha pasado para que ella coja por la calle de en medio?

Ya te lo dije,

sabe de mi identidad.

No puede ser solo eso, señora.

Por eso no se mata. Fabiana, no olvides

que está con Mauro.

Lo tiene al lado, hablándole al oídio.

Cree que soy la culpable de todo lo que le sucede.

Desde los maltratos de Fernando, hasta la muerte

de ese muchacho, que ha acabado por enloquecerla.

¿Y por qué iba a acusarla a usted?

No... No hay razón alguna.

Tú misma lo has dicho.

Estamos hablando de una orate,

de una enajenada.

La pobre.

No me extrañaría

que acabara sus días en un manicomio.

Pues no se lo achaque usted, señora. Usted no tiene culpa alguna.

A mí... A mí me ha decepcionado Teresa.

A mí y a todos.

Sí.

Sin embargo,

tú no me has decepcionado a mí.

Siempre has dado la cara por mí.

Siempre me has apoyado en los malos momentos.

Gracias.

Mi vida, perdóname, que no he tenido ni un momento para dedicarte.

Tengo la terraza hasta arriba.

-Perdonado quedas. Más vale el negocio que el ocio.

Ya me he terminado el suizo. Así que, me voy para casa.

-Aguarda, aguarda. Tú eres más principal para mí que las pesetas.

Si no tengo tiempo para ti, ¿para qué tanto negocio?

-Mejor, así puedo contarte a qué venía.

-¿No era a contemplarme? -También.

Pero me gustaría que subieras a casa un rato a ver a mi hermano.

Te vendría bien.

Y así recordáis vuestras niñerías. -Deseando estoy.

Hoy, con la marcha de mis padres, se me hará la jornada larga.

-Yo, la verdad,

es que estoy contenta de tener a mi hermano y a Elvira en casa.

Oye, ¿por qué no hacemos algo juntos?

-Perfecto. Podemos decírselo a Pablo y a Leonor,

que parece que vuelven a congeniar.

-¿Y tú cómo sabes eso? -Ayer, después de la reunión

por lo de Teresa, me quedé hablando con Pablo.

Y vuelven los buenos tiempos.

Sí, sí, sí, sí.

-Vaya.

La primavera, la sangre altera.

-Simón.

Estábamos pensando en hacer algo esta tarde

todas las parejas de jóvenes. ¿Vendríais Elvira y tú?

-Lo lamento, pero Elvira y yo tenemos qué hacer.

-¿Sí? Pues no me había contado nada.

-No le ha informado

porque ella todavía no lo sabe.

-¿En qué andas tú, granuja, que te ríes por lo bajini?

-He venido precisamente

a pedirles que me echen una mano.

Voy a pedir a Elvira que se case conmigo.

-No. Enhorabuena. -Todavía no me ha dado

el sí.

¿Me ayudarán a organizar el acontecimiento?

-Por favor, Simón,

eso ni se pregunta. Cuenta con nosotros.

A cambio de otro favor. -Hecho.

-Que nos tuteemos. Compartiendo secretos,

sobran las convenciones. -Está bien.

Tuteados quedan. Quedáis, quedáis.

(RÍEN)

(VÍCTOR CARRASPEA)

¿Qué pasa? Nada.

Quien contase el chiste, que lo repita.

Puede que a ti

no te hiciera tanta gracia.

-Esta tarde celebramos una merienda aquí.

Contamos con Simón y contigo.

Entonces ya

te contarán el chiste.

Gracias, Elvira. No te has olvidado de mí.

"Querida Adela, dejemos lo de sor para la superiora".

"Aunque soy tan dichosa que parece que el corazón

me va a saltar del pecho como un pajarillo rebelde,

no me he olvidado de ti

y de lo que me agradaba tu compañía".

"Por eso quiero contarte,

que sé que tú disfrutas con las aventuras mundanas...".

"...cómo fue mi salida del convento".

"Simón vino a buscarme".

"El abrazo parecía que no terminaría nunca".

"Fue como volver a la vida".

"Porque no imagino una vida sin Simón".

"Y ahora, quizá podamos tenerla".

"Los dos".

"Simón me quiere".

"Tanto como yo a él".

"Merecemos la felicidad

que se empeñó mi padre en evitarnos".

"También para ti deseo lo mejor".

"No pierdas esa sonrisa

que tanta paz me dio en mi encierro".

"Tu sonrisa sería suficiente

para alegrar el día al ser más desgraciado".

"No olvidaré jamás la compañía que me hiciste".

"Tu complicidad con mi rebeldía".

"Procura ser feliz, como yo lo soy al lado de Simón".

"Siempre tuya, Elvira".

¿Volveré a verte, Elvira?

Así lo espero.

(Estornudo)

Salud. Casilda, tráeme la limosnera.

Me la he dejado en el dormitorio. -¿Sale usted?

-Sí. Quiero aprovechar el buen tiempo y pasarme por Acacias.

Habrá buena tertulia

en la chocolatería.

-"Endeluego", hay que ver lo que le pirran

los dimes y diretes, señora.

Descuide, que no han de faltarle con lo que ha pasado

entre doña Teresa y doña Cayetana. -Oye,

es mi deber como propietaria de Acacias 38

andar enterada de todos los acontecimientos pasados y vinientes.

-(ESTORNUDA) -Deja ya de estornudar, que pareces

una caballería bufando.

-Ay, perdón, señora.

Se hará lo que se pueda, señora.

Que una no pretende ni molestar ni salpicar.

-No quiero ni pensar que nos contagies.

-Ay, no, no, señora.

No. Si mis estornudos no son de constipado.

-¿Y de qué son entonces?

-Eh... Doña Rosina,

¿me permite un momento?

-Pero cortito, que tengo prisa.

Según tu costilla,

por refocilarme con el malaje en el cotillear.

Habla. -Sí.

Eh... Verá, señora.

¿Se acuerda del lechón o cochinillo que me encomendó?

-Como para no acordarme. Lo traje yo misma ayer. ¿Qué pasa?

-Espero que nada. -¿Está en el espetón ya?

-Todavía no, ando en ello. -¿Por qué?

¿A qué esperas?

-Doña Rosina,

ha habido un pequeño problema.

-¿No me digas que se te ha resistido un lechón recién parido?

-Ha salido la mar de listo. (CASILDA ESTORNUDA)

-Más que tú, seguro. Habla de una vez, me está agotando.

-Sí, sí.

Como le decía, señora,

el cochinillo resultó tener sus mañas y...

consiguió huir.

-¿Adónde? -Eso quisiera yo saber.

Lo perseguí, por supuesto,

pero solo encontré sus huellas pequeñitas.

Como los hoyos que dejan las gotas de lluvia cuando caen.

No una lluvia torrencial, sino una llovizna.

-¿De qué hablas? ¿Qué tiene que ver la lluvia con el tocino?

-Y nunca mejor dicho. (ESTORNUDA)

-Doña Rosina, pues como ya casi le he relatado,

consiguió alcanzar su libertad antes de que yo pudiera darle caza.

-Vamos, que se te ha escapado.

-Se pudiera decir que sí.

-¡Ay! Ay, de verdad, de verdad...

En qué buena hora elegí a este servicio.

Uno que combate

con un lechón pequeñito y se le escapa.

Y la otra que no deja de estornudar.

-(ESTORNUDA) Perdone, señora.

Una es la mar de sensible. -¿A qué?

¿A tu marido, el portero?

-Caliente, señora. Caliente.

Si es que lo que me provoca a mí los estornudos

son las cerdas del guarrillo.

-O sea, que moqueas y estornudas por los pelos de los cerdos.

-Eso es, señora.

Ya me pasaba a mí desde bien pequeñita.

Lo tenía yo ya comprobado en el corral de mi abuela.

Era salir los gorrinos de la cochinera,

y yo me ponía a estornudar como un tísico

envuelto en polvo. -Eso es que se han quedado pelos

de mi lechón por el aire de la casa. -Pelos y a saber qué más.

Dese que esta se pasa el día en Acacias, limpia menos

que los que viven bajo un puente.

-Ay, no tanto, señora.

Que una es curiosona de nacimiento, eh.

Descuide, que yo la casa se la voy a dejar

como los chorros del oro.

¿Eh?

Y ahora... Voy a por la limosnera, señora.

Eso.

Sí.

¿Es verdad que te dan reacción los pelos del cerdito?

-(ESTORNUDA)

Pues sí, Martín, sí.

(ESTORNUDA)

(ESTORNUDA)

Mira, hijo, échale un vistazo

al último inventario de nuestra empresa.

-Bueno, va a pedir de boca, ¿no?

-Sin pecar de falsa modestia, creo que he construido

un pequeño emporio.

-Sin falsa modestia ni nada. Yo diría que tu padre

es como un profeta, y en su tierra, que es más difícil.

Antoñito, que tu padre husmea el aire y huele el negocio.

-No le hagas caso, hijo.

Es estar en el lugar adecuado en el momento oportuno.

-Pero será cabezón...

Con lo de las cafeteras,

que nadie creía que se podrían vender en este país.

Pues dio en el clavo. Y ha vuelto a dar con lo del yacimiento.

Bueno, si es que... Si es que, Antoñito, tu padre

es un genio, pero no de los de la lámpara,

de los de aquí, de la mollera. Bueno.

-No voy a negar que sé reconocer negocio,

pero la mayor parte ha sido cuestión de suerte.

-Ah, no, Ramón, de eso nada.

Suerte es el que consigue enriquecerse una vez.

Pero tú lo has hecho dos veces. Y eso no es azahar ni potra.

Eso es talento.

-¿Qué quiere decir usted con que se ha enriquecido dos veces?

-Atravesamos por un mal momento.

Me topé con... Con mala gente y...

Y, de repente, nos vimos con una mano delante y otra detrás.

-Sí, pero sin hoja de parra ni leña. Que perdimos hasta la casa.

-Sí, ahora lo recuerdo.

Dejé de recibir la asignación de un día para otro.

-Espero que no te causáramos

mucho trastorno. No será fácil vivir en los EE. UU sin efectivo.

-No fue para tanto. Tenía algunos ahorrillos y...

Bueno, otras cosas.

Pero debo parecerme a usted. También fragüé buenos negocios.

-Qué orgulloso estoy de ti, perillán.

Cómo me alegra que tengas iniciativa para superar los escollos

y valerte por ti mismo. -Pero quizá

no tanto como usted. Pero bueno, me defiendo.

-Bueno, hijo,

y cuéntanos, ponnos al día. -Huy, sí.

Que tendrás mucho que contar de allí, ¿no?

-Bueno, no tanto.

Me especialicé en economía financiera.

Para muchos, la más ardua de las ramas de estudio,

pero la más gratificante para mí.

Hay días que los paso en la bolsa de valores.

"Stock Exchange",

que dicen allí. -¿Qué?

-"Stock Exchange".

-Ah.

-Más o menos, sí.

Para estudiar cómo suben y bajan las acciones.

Su ritmo, sus sorpresas,

cómo destilan dinero o cómo lo absorben.

La bolsa es un mundo en sí mismo,

es como la vida.

-Has dejado a Trini

embobada con tu elocuencia. -Sí.

-Bueno, no era mi intención. Es mi obligación

hablar con la mayor propiedad posible.

Financieros hay muchos, pero para ser el mejor

debes tener claridad de mente. En EE. UU,

con algo de verborrea y asumiendo algún que otro riesgo,

es fácil hacer dinero en operaciones rápidas e inteligentes.

-Te veo muy perito en el tema.

Vas a tener que contarme alguno de esos sistemas antes de irte.

-Por cierto,

¿cuándo te marchas? Espero que tardes mucho, eh.

-Bueno, ojalá pudiera decir una fecha, larga o corta.

Pero me temo que depende de algunas variables que no puedo evaluar.

-Bueno. -Ah.

-Y, como dice Trini,

siempre en la idea de que estarás un tiempo,

¿no podrías ser más preciso?

-No. Despreocúpense ambos, que tienen Antoñito para rato.

Quizá se aburran de mí

antes de que llegue mi partida. -Aburrirnos, qué cosas dices.

Eso jamás, hijo.

Te deseamos la más larga y feliz de las estancias.

Parece que la primavera,

con su sol y sus brisas, ha llegado para quedarse.

-Madre, ¿no le gusta

que nos besemos en plena calle? -No sea aguafiestas,

que nos ha costado sentir los besos. -Por mí...

Ni que yo hubiera nacido ayer. Pero contención.

Ni que fuerais dos pipiolos.

-Ya me ha dicho Pablo

que piensas volver a escribir. -Sí.

Así es. Tengo un par de historias en la cabeza.

Pero a mi ritmo. Ni periódicos ni editoriales dando la murga.

-Van a ser tus mejores textos.

-Me alegra mucho escuchártelo, sinceramente.

Estoy deseando leer esas historias.

-Seguro que valen la pena. Tienes mucho talento, hija.

No porque yo lo diga, eh. Sin apremios,

lo que escribas será oro en paño.

Ay, ay, por cierto.

He hablado con algunos vecinos y todos concuerdan

en que Teresa se ha vuelto majara. Vamos, una orate.

-Madre, la gente es muy exagerada. Esperemos a formar un juicio.

Nadie se enajena de la noche a la mañana.

-¿Pero quién,

sino una loca, es capaz de salir a la calle con un arma

y amenazar a Cayetana acusándola de asesinar a un niño?

Que venga Dios y lo vea, por favor.

¿Recordáis cuando apreció por el barrio,

con su pinta de modosita? Quién lo iba a decir.

¡Virgen santa! -No sé, suegra, ha llovido mucho.

Y Teresa ha perdido a un niño a quien consideraba su hijo.

Eso atormenta a cualquiera, y puede deshacerte.

Míreme a mí. Cuando perdí a mi madre, pensé que perdía la cabeza.

-Pablo lleva razón, madre.

Ha de ser más compasiva.

El calvario que está sufriendo Teresa es ni de imaginar.

-Ya.

Pero tampoco estaría de más otorgar compasión a la víctima que,

en este caso, es Cayetana. Que no debe ser fácil mirar un cañón,

por Dios.

-¿Qué os parece

la llegada del hijo de don Ramón, ese tal Antoñito?

Llegada inesperada.

-Tengo tangas ganas de verle... -¿Y eso?

-Éramos amigos de pequeñitos.

Siempre estaba tramando diabluras. Es un chico muy imaginativo.

Y es un hacha en los bretes

de tirar la piedra y esconder la mano.

-Te costará echártelo a la cara.

Por lo que cuentan, nadie le ha visto por la calle.

Le da vergüenza que la mucama le haya puesto el ojo a la virulé.

-¿En serio? -No sé de dónde sacas tiempo

para estar al tanto. Te sabes todos los chismes.

-Chismes no, verdades como puños.

-Ni tiempo, ni interés. Lo de que Lolita le arreó

me lo relató Casilda apenas se dio el suceso.

Por lo visto, le dio un tortazo que hubiera tumbado a un oso.

-¿En serio? -Sí.

-Señores, qué gusto da verles reírse a todos juntos.

En especial a vosotros.

No es por traer lo malo,

pero ya no enseñabais los dientes.

-Acostúmbrate,

porque se acabaron las caras largas. -Olé.

-¿Por causalidad

tú has visto a Antoñito? -Todavía no.

Luego voy a subir a visitarle

-Dale recuerdos de nuestra parte. -Descuida, así lo haré. Y él

los recibirá encantado. Es de lo más cumplido.

¿Qué van a querer tomar?

Vamos, querida.

No debe dejarse llevar.

Es bien sabido que nuestro estado de ánimo depende de nosotros mismos.

¿Quiere que la ayude a vestirse y vamos a dar un paseo?

Aunque sea una vuelta a la manzana.

Le agradezco mucho su visita,

dice mucho de usted y de su amistad,

pero no se lo tome mal,

deje de ofrecerme paseos y distracciones.

No tengo fuerzas.

Por eso, querida, ponga un poco de su parte.

Ojalá pudiera, pero...

ni siquiera puedo cumplir con mi deber.

Olvídese por un momento del colegio y del patronato.

Precisamente su paz no debe verse alterada por nada.

El colegio va a ser estando en su sitio para cuando esté dispuesta.

No me refiero ni al colegio ni al patronato.

¿Ah, no?

¿Y qué otras responsabilidades tiene ahora?

Mi responsabilidad, como usted dice,

mi deber casi sagrado,

es vengar la muerte de mi hijo.

El asesinato de Tirso.

Querida,

no es mi intención llevarle la contraria,

pero si el asesinato estuviera probado,

la justicia habría intervenido.

La justicia la deberían impartir las madres.

Yo la entiendo, no crea que no. ¿Cómo no la voy a entender?

Yo también soy madre.

Pero es que...

persistir en su idea

no le va a traer sosiego.

¿Para qué quiero yo sosiego?

¡No necesito sosiego!

Disculpe mi alteración, pero...

Es la decepción porque el crimen quede impune.

Y mi odio por Cayetana.

Querida, yo siempre he estado de su parte.

Bien lo sabe.

Pero me parece que, en esta ocasión, está llevando su furia muy lejos.

No puede acusar

a Cayetana por un presentimiento o por una intuición.

No me importa.

Se lo digo como lo siento.

Me importa muy poco lo que los demás piensen.

¿Que estoy loca?

Pues loca estaré.

Pero... lo siento tan profundamente

y tan claramente como si lo hubiera visto con mis ojos.

Cayetana mató a Tirso.

Teresa, por favor, no deje que se convierta en una obsesión.

Se convertirá.

Sí, eso es.

Se convertirá en una obsesión porque...

yo no he sido capaz de matarla, de matarla por Tirso.

Ave María purísima.

No hable así, se lo ruego.

De seguir así, solo... Solo le traerá desgracias.

¿Más?

Podría acabar en un sanatorio.

O en presidio.

¿Es eso lo que quiere?

¿No está Mauro?

No.

Se fue cuando vio que yo me iba a quedar un rato.

¿Dijo por qué?

Solo que tenía que atender algunos asuntos.

¡Alabado sea el Altísimo!

Dichosos los ojos.

Llevo todo el santo día intentado dar con usted.

-¿Por qué motivo?

Que recuerde, usted y yo no tenemos asunto alguno pendiente.

-No es por mi interés por lo que la busco.

Es un encargo de Cayetana.

-¿De veras?

¿Y le ha dicho para qué?

-Por lo que he podido llegar a entender,

quiere que la sustituya en las labores del patronato y del colegio.

Ni ella, ni por descontado Teresa,

pueden hacerse cargo de esas tareas. -Ya.

La verdad, es que no son buenos tiempos

para la caridad.

Lamento muchísimo lo que le ha ocurrido a doña Cayetana,

pero quiero que le diga usted

que no me va a ser posible encarar la encomienda que me solicita.

-No sea usted así, Úrsula. Serán labores de supervisión.

-Nada tengo que ver

con el patronato, y mucho menos con el colegio.

Por favor, no insista.

-Se imaginará usted que a mí nada me va ni me viene en este trance,

pero reconsidérelo usted.

-Cayetana la necesita más que nunca.

Y no creo que se tome a bien una negativa tan tajante.

-Ella se hará una idea de los motivos.

-Por Dios, Úrsula.

La necesita más que nunca.

Por no hablar de que jamás ha sabido encajar un no por respuesta.

Ya sabe lo vengativa que es.

Uff.

(ANTOÑITO HACE RUIDITOS)

Lolita, mujer, ¿cómo puedes planchar así el cuello de una camisa?

-¡Huy!

Ni que fuera el primer cuello que plancho.

Llevo alisando camisas desde que el mundo es mundo.

-Pues quizá

ahí está el problema, que llevas tanto tiempo planchando

que te has quedado muy antigua. Mira.

Los picos del cuello ya no se llevan pegados al pecho.

Por el contrario, alzados. Que estilizan el cuello. ¿Ves?

Tienes que avanzar un pelín tu técnica

y llegar al siglo XX, Lolita.

-Qué finura, señorito.

Como se nota que le gusta ir a la última.

Quiere ir más elegante que don Rodrigo en la horca.

-Pues llevas razón. En un hombre de mi posición,

la apariencia es el 50 por 100 de su éxito

en los negocios.

-Anda, anda y anda, que te quejarás de la mucama que tienes.

-No me quejo, aprende rápido.

-Si es que Lolita tiene un corazón de oro.

Las de Cabrahigo, que somos pan de Dios.

-Espero que no signifique que también usted arrea puñetazos.

-Es que mire que se la ha quedado marcado.

Más que el hierro a los toros.

Y que no tenga que repetirlo. Que es que confundí

al señorito con un caco que entra a afanar en casa ajena.

-Estás afirmando que tengo pinta de ratero.

-Huy, que lo diga la señora. ¿Acaso he dicho yo eso?

Ni se me ocurriría, sabiendo lo que le gusta ir pinturero.

-Vamos, vamos, vamos, paisana.

¿No te das cuenta de que el señorito está de guasa?

-Si es tan guasón,

que se apunte a una rondalla y actúe en las fiestas.

-Trini, ¿no tendrá por ahí algo dulce que comer?

-Aguarda, Lolita.

¿Qué quieres tomar, hijo?

-Pues no sé, cualquier cosa. Quizá un postre casero.

En EE. UU llaman postre casero a cualquier cosa.

-Pobrecico mío. Las que has tenido que pasar tú por esos lares, eh.

Pero tú no te preocupes, se acabaron tus desdichas.

Si se trata de postres caseros, estás en el sitio indicado.

La Lolita hace una tarta de Cabrahigo

que está de "requetechupetearse" los dedos.

-¿Harías ese dulce por mí, Lolita? -Hombre, claro.

¿Eh?

-Si no hay más remedio...

-Prometo no quemarme más de mi ojo morado.

Es un capricho.

No sabía que fumases, Simón. -No suelo.

No está bien visto en casas de postín.

-Está como un flan. ¿No ves?

No sé por qué.

Si ya conoces la respuesta. -Imagino que sí.

Pero es la primera vez que pido en matrimonio.

-Ojalá la última.

-Te tiemblan las manos.

-Me tiemblan hasta los calcetines. -Ay, estos hombres...

Valientes para algunas cosas y miedosos para lo que importa.

-Eh, habla por el cagueta,

no por todo el género masculino. -Bueno,

Víctor, el Intrépido.

Veremos si mantienes el temple cuando nos toque a nosotros.

-El temple no sé. Ahora, que voy a ser el hombre más feliz

casándome con la reina de la belleza.

(SIMÓN RÍE)

Ya estoy aquí.

¿Se puede saber a qué viene tanto contento?

Pues ya queda poco para solucionar el entuerto.

Conmigo. Mi vida.

Elvira, Simón.

María Luisa y yo tenemos que marcharnos.

Vamos a visitar a Antoñito.

Que disfruten los señores.

(Música de vals romántica)

¿Me concede este baile, señorita?

Ya te he dicho

que no me gusta que me... ¡Chist! Ven.

¿Tiene usted un minuto, Soler?

El comisario me ha encargado un caso muy importante. Debo atrapar a estos.

Intimidan a la parte del sur de la ciudad.

Y ando bastante atareado. Se lo ruego, escúcheme.

No hace tanto que me dijo que siempre sería su comisario.

No tiene buen aspecto.

¿De dónde viene?

De Acacias. ¿No habrá cometido ninguna locura?

Casi subo a casa de Cayetana para pegarle un tiro.

Pero, al final, he desistido. Don Felipe

me había advertido y aconsejado.

Al final, la cordura ha prevalecido en mí.

Quizá por desgracia. No se critique por ello.

Tiene que ayudarme, Soler.

Necesito atrapar de una vez a esa mujer.

Y usted es el único que tiene acceso a ella.

¿Me va a ayudar?

-"Ni loco"

aceptaré tu versión. Quizá tuviste la misma idea que yo,

no lo dudo. Pero el que tiró la piedra

y rompió el escaparate de la sastrería fui yo.

-¿Y quién pagó las culpas?

-Eso no te lo voy a negar. Te cayó

una buena por confesar la travesura.

No debiste abrir la boca. -Como siempre.

¿Quién pagó las consecuencias en la sacristía de la iglesia?

-Tienes que escucharlo.

Un mendigo nos había dicho que el vino de misa

era el de mayor calidad que existe.

-No es cierto, es dulce, pero bueno...

-Depende de lo tacaño que sea el cura.

El caso es que nosotros,

ni cortos ni perezosos, nos propusimos probarlo.

-Y lo probamos. Vaya si lo probamos...

-Y catándolo estábamos en la sacristía, cuando apareció

por ensalmo el sacristán.

-¿No te acuerdas de la cabeza

que tenía? -Sí, desproporcionada. Un cabezudo.

-¿Y os pilló? -Me pilló a mí.

Este le cameló y se dio a la fuga.

-Y tuvo que servir como monaguillo. -Yo, la verdad,

es que no lo recuerdo bien. Pero si sé que mi hermano

se salía con la suya. -Siempre.

-Entre la pulcritud en vestir, que parecía un muñequito,

y el verbo florido, se camelaba a todo "quisqui".

-Cómo ha cambiado todo desde aquellos días.

-No parece que el tiempo haya hecho mucha mella en tu carácter.

-No, me refería al barrio. Víctor no solo encontró a su padre,

sino que también puede presumir de abuela.

-Y no ha sido fácil.

Pero sí,

tengo mi familia, como teníais todos los rapaces.

-En nuestra familia también ha habido cambios.

La llegada de Trini.

Aunque me costó aceptarla, ha sido una bendición.

-¿Qué pasó cuando llegó nuestra madre?

-Pues...

Al principio bien, parecía la misma, pero...

-Padre no me dio detalles.

-Ni falta que hace.

Madre trajo consigo

muchos secretos.

Guardaba...

demasiadas mentiras en su armario.

-¿Y si salimos los tres

y nos vamos de antros para celebrarlo?

-Mi padre se escandalizaría si voy a tugurios.

-Si vamos con tu hermano.

¿Qué me dices? ¿Damos un garbeo?

-(DUDANDO) No.

Prefiero quedarme en casa.

-¿Tú? ¿Tú encerrado entre cuatro paredes?

No me lo creo. Ni que se estuviera escondiendo.

-No, no es eso.

¿De quién tendría que esconderme?

No me apetece. -Venga, hombre.

Pero si hasta tu hermana lo está deseando, diga lo que diga.

Se lo noto en los ojos.

-Bueno, de acuerdo, pues saldremos.

Dadme un minuto, que me arregle.

-Hay que ver lo presumido que es mi hermano.

-Como la hermana.

(Música de vals romántica)

¿Sabes cuál es este vals?

Últimamente no estoy muy pendiente de las novedades orquestales.

¿Qué más da?

En este caso, sí importa.

Es la pieza que sonaba el día que te conocí, que nos conocimos.

Como quizá recuerdes,

no estaba yo ese día muy pendiente de las bailables.

Como quizá recuerdes, quizá,

tengo aquel día grabado en la memoria.

Eres un cielo.

Recuerdo cada detalle.

Cada gesto de tu rostro.

El brillo de tu cabello.

La desdicha que vi en tus ojos.

La primera vez que escuché tu voz.

Y la sensación en mis manos cuando te toqué.

Yo también recuerdo tu tacto.

Probablemente fueron tus manos las que...

Tu corazón palpitaba frenético.

Solo quería morir.

Y ahora,

unos meses después,

bailo ese mismo vals contigo como si no hubiera un mañana.

Con hambre de futuro

y con más ganas de vivir que nunca.

Sí.

Sí, sí.

Los dos hemos cambiado mucho en estos últimos tiempos, y para bien, ¿no?

Y esto, que nos genera tantas ganas de vivir,

puede seguir ocurriendo si...

Seguirá ocurriendo si...

¿Si qué?

Si aceptas casarte conmigo.

¿Quieres ser mi esposa?

Sí. Sí, claro que acepto.

Nos casaremos cuanto antes.

¡Oh! Necesito sentarme. No.

Tú todavía no te sientas.

(LAS DOS) ¡Antoñito!

Ay, qué alegría.

Quién lo diría.

Huy, te has convertido en todo un caballero.

-Hace cinco años que no me ve, no es de extrañar su sorpresa.

-Ay, cómo pasa el tiempo. Nos hacéis viejos.

-Anda, no diga eso.

Que tiene la misma donosura que cuando me marché.

Usted debe de ser

el esposo de Leonor. Se ha casado.

-Pues no.

Soy el esposo de doña Rosina.

Matrimonio en segundas nupcias. -"Me encanta".

Te estoy muy agradecida. -Los compré

hace unos días.

Lamento no habértelos podido dar antes.

-Ya. Con todo lo ocurrido, no hemos tenido un rato.

A ver si se tranquilizan las cosas y tenemos tiempo para lo nuestro.

-Lo nuestro.

Me gusta escucharte decir eso.

-Anda, ayúdame con el pendiente, que no atino.

A ver.

Ya está.

(ACENTO AMERICANO) ¿Conoces a este hombre?

-"Mandan esto para usted".

De parte de la señorita Elvira.

-Parece una invitación de boda.

"Elvira y Simón...".

Nada menos que para mañana.

-¡Que se nos casa el Simón! ¡Que se nos casa!

-Y sin perder nada de tiempo.

-Yo lo sé desde ayer. No paro de hacer cosas para el enlace.

-De nada ha servido la educación que traté de inculcarla.

Lo único que he conseguido

es que haga la contrario de lo que es justo.

-Nuestros hijos casi nunca piensan lo mismo que nosotros.

De la misma manera que nosotros discrepábamos de nuestros padres.

-Esto es distinto.

¿Por qué mi hija no ve que no es un candidato aceptable para ella?

-Su hija está en edad de tomar sus decisiones.

Solo le queda aceptarlas.

-Aunque sean equivocadas. -Está muy enamorada de Simón.

Lo mejor que puede hacer

es apoyar

la boda de su hija. A la postre,

será lo único que les haga felices a todos.

-"Acordé con Trini"

que mientras Antoñito esté, trabajarás en las dos casas.

-No me asusta, pero no se está en misa y replicando.

Si tengo que estar

en las dos casas, no dejaré ninguna bien.

-No te preocupes, lo tendré en cuenta.

Si mientras trabajas

en las dos casas no está bien, no pasa nada.

-Veremos si dice eso cuando esté manga por hombro.

-Lolita, Trini necesita ayuda.

Casilda estuvo allí y dejó de ir.

Necesita alguien de confianza.

-"¿Pero no estás mejor, gitana?". -"No".

Y menos cuando llego a casa y me encuentro al gorrino campando.

-Y eso que lo tenía bien escondido.

-Pero no callado. Entre el cerdo y los estornudos,

blanco iba el cántaro.

¿Cómo se te ocurre a ti

dejarlo en la casa con la reacción que me da?

-Me da pena el animalillo. No tengo coraje para matarlo.

-Válgame Dios. ¿Tú no has estado en la guerra?

-Sí. -¿Y qué hacías allí?

¿Convidabas a almorzar al enemigo?

-Pero era distinto, mujer.

No te miraban con esos ojos de lechoncito.

Le he puesto nombre. Se llama Ignacio,

como un primo de Granada.

-Eres más tierno que el plan blanco. Pero no se puede quedar.

Se tiene que marchar. -"Lolita".

-Qué susto me ha dado.

Se me ha helado la sangre del cuerpo entera.

-No seas exagerada. Mira la puerta del baño, no cierra.

-Ya avisaré al Servando y al Martín.

-Y tráeme una copa de Brandy, que entre en calor.

Que me he quedado lívido en ese baño.

-Se acabó el arroz.

Que no estoy aquí para darle todos los caprichos.

-¿No? Pues pensaba que eras la criada.

-Y lo soy.

Pero no tengo por qué verle así, medio en cueros, hombre.

Abróchese, que se le ve más de lo decente.

-Seguro que no te molesta tanto. Un par de miraditas me has echado.

-"No puede evitar que tenga una conversación a solas con mi hija".

Si no puede ser en esta casa,

me la llevaré a la mía, donde debe estar.

-Padre,

no permita que nos hable así. Pídale que se marche de casa.

-Don Arturo me ha dado su palabra

de que no causará ningún mal a Elvira.

Está en su derecho de tener unos momentos de intimidad con su hija.

-Ramón... No pase apuro, Trini.

Estaré bien.

Déjenos solos, se lo ruego.

"Hay un cabo suelto"

que puede acabar señalándome.

¿Qué es?

Cometí un error.

Cuando Teresa me estaba apuntando con el arma, cometí un grave error.

¿Perdió usted la compostura?

Dije ciertas cosas que, si Teresa logra hilar,

son suficientes para condenarme.

Su silencio es su mejor arma para ocultar sus múltiples crímenes.

Por un momento perdí el control. Le hablé a Teresa de un guardián

que abría las puertas del país del Ámbar.

El guardián del sol. Era el final que acababa de inventar Tirso.

Un final que solo conocían Teresa y el niño.

"Tengo la sensación"

de que cuando apuntaba a Cayetana,

algo importante ocurrió.

Sé que cometió un error, pero...

soy incapaz de dar con él. Estás afectada

por lo que ocurrió.

Sé que está ahí.

Puedo verlo en su mirada, pero...

Soy incapaz de ordenar mis ideas y dar con la clave.

"Si Teresa es lo suficientemente lista y atacamos,"

está usted perdida. Sí.

Y me temo que lo es.

Pero no me ha llamado usted

para contarme eso.

¿Qué es lo que quiere?

La única manera de evitar que Teresa descubra mi error

es acabar con ella.

  • Capítulo 518

Acacias 38 - Capítulo 518

18 may 2017

Antoñito evita salir de casa, algo raro ocurre con el hijo de Ramón. Para sus recados manda a Lolita, que, contrita por el puñetazo, hace todo lo que le manda el señorito. Simón organiza con la ayuda de su madre, Víctor y María Luisa una reunión en la Deliciosa para pedirle a Elvira matrimonio.

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