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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 499 - ver ahora
Transcripción completa

Se acabaron sus enredos, señora.

Su hora ha llegado. -¿Ha perdido el oremus?

¿A qué vienen estas amenazas? ¿Le dice algo el nombre

de Elena Pérez Casas? -"Ha sido riguroso con su hija"

por una ofensa recibida por parte de ella y se ha fugado.

Una mera disputa familiar.

-Me humillaron

delante de su prometido y de todo el barrio.

Además, fuera como fuera,

su obligación es buscar a mi hija. -Y lo haremos.

Pero son muchos casos similares al suyo

los que nos llegan a comisaría.

No podemos otorgarle una prioridad

que no tiene. Buenas noches.

-"Mauro tiene a Elena".

"Por esa razón"

esa calandraca no ha dicho nada. Ni "chus" ni "mus".

De esta tendremos que salir juntas.

Será mejor que no haga nada más a mis espaldas.

-Mi vida fue un infierno desde que nos separamos.

Pero ya no me acuerdo.

Ahora solo sé que estamos en la gloria.

-"No le vendrían mal

unas cuantas pesetas. Utilice su influencia"

con el comisario Méndez y acelere la búsqueda de mi hija.

-¿Cree que puede comprar a todo el mundo?

-No conozco a todo el mundo.

-"Mira bien lo que haces,"

si no quieres que le cuente algo inconveniente

a tu esposo.

-No intentes amilanarme.

Pronto conseguiré el dinero

y tú desaparecerás de mi vida.

-"Debo suspenderle de empleo y sueldo".

Iniciaré los trámites para expulsarle y llevarle ante los tribunales.

Asumo las consecuencias. "Él ha dispuesto"

de mi persona. Y yo solo

podía decir "amén". Como corresponde a toda hija.

Me repugna oírte. Nunca dejarás a Mauro.

Es cierto que le amo.

Le amé antes y le amaré siempre.

Es algo que no puedo cambiar mientras tenga corazón.

Repítelo.

He dicho que lo repitas.

Le amo.

Lo siento, pero le amo.

Y le amaré siempre.

Ni siquiera sé si podré sacármelo de la cabeza algún día.

Debo ser honesta contigo. No quiero mentirte.

¿Por qué?

¿Perdona?

¿Por qué le amas?

Explícamelo para que pueda entenderlo.

¿Por qué amas a un hombre que te ha engañado,

que jugó contigo, que no es de fiar?

¿Por qué le amas tanto a él y me rechazas a mí,

que vivo para tu felicidad?

No tengo la respuesta a tus preguntas.

A veces el corazón no entiende de la razón.

Pero es la verdad, Fernando.

No puedo evitar lo que siento.

Le amo. Y es un amor tan profundo

y tan irracional,

que no muere y no se debilita.

Ni siquiera ante la muerte.

¿Entonces qué he significado para ti?

¿Alguna vez me has querido?

¿Qué he sido para ti, Teresa?

Como un hermano.

Fernando, te quiero como a un amigo.

Yo no soy tu amigo.

Soy tu marido.

Pero nunca sentiré esa clase de amor por ti.

Nunca te voy a querer como se quiere a un esposo.

Es la realidad, Fernando.

La realidad es que lo soy.

Tendrás que acostumbrarte a ser mi esposa, quieras o no.

¿Me estás amenazando, Fernando?

No te reconozco. No sé quién eres.

En eso tienes razón.

No sabes bien quién soy ni de lo que soy capaz.

¡Ay, Dios mío! Hijo mío, si eres tú. Qué susto me has dado.

¿Qué haces fuera del hospital?

¿Has perdido el oremus? -Estoy bien.

-Pero si no te han dado el alta aún.

-Por un mero trámite. Las pruebas salieron bien.

-Deberías haber esperado hasta mañana.

-Vamos, no podía más.

No aguantaba ahí dentro ni un segundo más.

Tengo que ver a Elvira.

-No debería haberos ayudado.

La una que se escapa para ir al hospital

y el otro que se escapa del hospital.

Me vais a matar de un pasmo. Ni siquiera

me ha dado tiempo a prepararte la habitación.

-No. Pero no me quedo en su casa.

-Claro que lo harás.

-No quiero darle más problemas. -Pamplinas.

Si no, ¿dónde vas a ir? -A una pensión cercana. Estaré bien.

-Pero... -¿Qué dirá la gente

si me quedo?

-Que digan lo que quieran. -No.

No voy a permitir que hablen mal de Vd. No consentiré qua la humillen.

-Eso no va a pasar.

-Claro que no. Me quedaré en una pensión.

Hagamos las cosas bien.

Mañana mismo iré a pedirle disculpas al médico

y a regularizar

mi situación.

-Muy bien. Así me gusta.

-Le pido disculpas por esta escapada precipitada.

Necesitábamos vernos.

Pero está todo bien. -Nada está bien.

Todo está mal. Y me juego el pellejo cubriéndoos.

-Y por eso le estoy agradecido, madre.

Sé que lo está haciendo de corazón.

-¿Cómo me has llamado?

-Madre.

¿Acaso no es eso lo que es?

-Gracias, Simón.

¿Qué pasa? ¿Qué son esos golpes? ¡Fuera de aquí! ¡Déjeme solo!

Destrozando mi casa no conseguirá nada.

¡Me da igual! ¡No me importa nada! Si me contara

qué ha pasado... ¿Fue al hospital?

Teresa no me respeta. ¡La odio! ¡A ella y a todas las mujeres!

¿Por qué me pasa otra vez? ¿Por qué las mujeres no me respetan?

Yo le respeto, Fernando. ¡Y a mí qué me importa usted!

¡A mí la única que me importa es Teresa!

Se lo he dado todo.

¿Por qué me rechaza? ¿Por qué no me ama?

Ojalá se hubiera muerto en ese maldito quirófano.

Me habría librado de toda esta condena.

Habría sido lo mejor para todos.

Estoy segura de que no piensa lo que dice.

Fernando,

necesita desahogarse.

Y aquí lo puede hacer.

Solo necesita relajarse un poco.

Hay que ver lo patas arriba que está el barrio últimamente.

-Lo dices por la desaparición de Elvira, ¿no? Estoy muy preocupada.

-No te preocupes, que seguro que está bien.

No lo digo solo por eso.

-¿Entonces por qué lo dices? -Elvira en paradero desconocido,

San Emeterio que vuelve de entre los muertos.

Y para colmo está lo de mi abuelita querida.

-Desde luego.

-¿La mujer más estirada cuida de un mayordomo y no se separa de él?

-Extraño es, a qué engañarnos. -Más que extraño.

-Y no puedo evitar que me duela.

-No me extraña que te moleste.

La diferencia de trato entre tú y él escamaría al más gélido

de los corazones.

Y hablando del rey de Roma...

-Simón.

-Cuánto me alegra verte de nuevo, Simón.

¿Estás recuperado del todo? -Así es.

Muchas gracias por su interés.

-Estábamos muy preocupados por ti.

-Gracias a Dios, estoy perfectamente.

Iba al hospital, pero solo

a resolver un asuntillo

que me dejé pendiente, nada más.

-Que me aspen si no es verdad lo que veo. ¡Simón!

¡Ay! -Cuidado, cuidado, que me rompes.

-Qué alegría me da verte fuera del hospital.

¿Ya estás recuperado? -Sí.

Lo estaba hasta el abrazo de oso que me ha descoyuntado.

Ay.

Se va a enterar. -¿Adónde vas, chalado?

-Ese hombre es un monstruo.

Matará a su hija si la encuentra. -Y muchas cosas.

Tú no harás nada. ¿Quieres volver al hospital

y esta vez con una avería grande?

¿O que te mate con esos pistolones?

(Puerta)

¿Se puede?

-¿Qué sucede, Servando? Estoy un poco liada.

-Solo venía a traerle el correo.

-Se lo podías haber dado a Lolita.

-Eh, sí, bueno.

-¿Sucede algo, Servando? ¿Quieres algo más?

-No, no, no. Solo me preguntaba

si había algo que reparar.

-Ah. No, gracias, Servando.

-Piénselo bien, que siempre hay algo que arreglar.

Y ya que estoy aquí...

-No tengo nada estropeado.

-Ah, ya. ¿Seguro?

Segurísimo.

¿Qué ocurre?

-No, nada. Solamente pretendía ser amable.

Pero nada, ya...

Ya marcho pues.

-Espera. Aguarda un momento. -Sí.

-Ahora que caigo,

quería llevar unos vestidos a la beneficencia.

¿Sería tan amable de llevarlos a la iglesia?

-Será un placer.

-Espera un momento,

que enseguida los traigo. -Sí.

¿Se puede saber qué está haciendo?

-¡Ay, Dios! Qué susto me has dado, Martín.

¿Por dónde has entrado?

-Estaba la puerta abierta y venía a... No me cambie de tema.

Roba a doña Celia.

-Calla, perejil. No digas sandeces.

-No sea embustero, que lo he visto.

-Aquí los traigo, Servando.

-Muy bien, doña Celia.

Si eso, ya luego nos vemos.

Adiós.

Vamos, Martín. -Gracias, Servando.

-Tira. -No.

No pienso ir a ningún sitio hasta que no devuelva lo sustraído.

-Calla, loco. -No, no me callo.

Esto no me lo esperaba de usted.

Servando un ladrón. Me lo dicen

y no me lo creo.

-No, si voy a tener que decirte la verdad.

-¿Qué verdad?

-Está bien.

Pero me guardas el secreto.

-Sí. -Bueno.

Simón, templa.

Cometes una locura. -Haz caso a Víctor. Olvídate de él.

-Por mi madre, estate quieto

y no hagas ninguna tontada.

Hay que ver el mal fario

que da este hombre, las cosas como son.

Se erizan los pelillos de la nuca. -Gracias a Dios

que has actuado con cordura. -Sí. Lo que él no tuvo conmigo

ni con su hija. Deben ponerle en su sitio.

-Que lo haga alguien que le tenga menos aprecio a la vida.

¿Y ahora qué?

¿Qué vas a hacer ahora?

-Recoger mis cosas del altillo y marcharme de este barrio.

-¿Y dónde vas a ir?

-No lo sé aún. Pero antes de irme necesito entrar

en casa de ese hombre.

-Anda, calla. Calla.

Chalado.

¿Me perdonan los señores? Voy a tener unas palabrillas con Simón.

-Claro.

¿A qué tienes que volver ahí? ¿Estás loco?

-Para recoger unas cosas de Elvira.

-¿De Elvira?

-Su cédula personal, por ejemplo.

-La cédula personal.

¿Os vais a fugar juntos? ¡Ah! Tú sabes dónde está.

-¡Chist!

¿La tenéis escondida?

-¿Quieres bajar la voz?

-Pues me da igual.

Simón, tú no puedes entrar en esa casa.

Si ese hombre te ve,

te mata.

Yo entraré. -¿Qué?

No.

No, ni hablar, Lolita. No te arriesgues más.

-Pues te aguantas.

Me tiemblan las canillas

solo de pensarlo, pero entraré

y te conseguiré la cédula

y lo que tú me pidas.

-Está bien.

Muchísimas gracias, Lolita.

-No, de gracias nada. Merezco que me digas

dónde tienes a la señorita. ¿Dónde la tienes metida?

-No, no. Cuanto menos sepas, mejor para ti. Por tu bien lo digo.

-Me voy a faenar.

Ya tendrás noticias mías.

¿Estás bien, Simón?

-Sí, sí, sí.

No va a conseguir amargarme el día.

-Yo tengo que volver a la chocolatería. ¿Vienes conmigo?

-No. Ve adelantándote tú, que ahora iré.

-Simón.

¿Qué ocurre, señorita?

-Necesito saber cómo está Elvira. Si sabes algo, te lo ruego, dímelo.

Lo sabía.

¿Cómo está?

-No, no, no. Mejor que no sepa nada, por su protección se lo digo.

-Quiero verla.

Es mi amiga y necesito saber que está bien. ¿Lo entiendes?

Así que era aquí donde se escondía.

Qué alegría verla, Celia.

No sabe lo que necesitaba este abrazo.

Me siento tan sola aquí...

¿No hay nadie con usted?

Yo hubiera querido venir antes, pero

Cayetana me dijo que no lo hiciera.

Me dijo que necesitaba reposo.

Más que reposo lo que necesito es calor humano.

Gracias a Dios que finalmente no le hizo caso.

Estaba muy preocupada.

Felipe me ha contado lo de...

El aborto.

Es curioso, pero es

la primera vez que lo menciono en voz alta.

Lo lamento, Teresa.

Ni siquiera sabía que estaba embarazada.

Lamentablemente sé muy bien por lo que está pasando.

Yo también pasé por ello.

No lo sabía.

Sé lo doloroso que es.

Sé lo destrozada que se queda una tras algo así.

Es un dolor tan profundo

que cuesta hasta respirar.

Cuente con mi apoyo más absoluto.

Estoy aquí

si necesita hablar.

Gracias, Celia.

Me alivia oírselo decir.

También me siento abatida

por todo lo que esto está provocando.

Que Mauro salga de su escondite.

Cayetana y Fernando se han enterado de que Mauro sigue con vida,

de que el padre de la criatura era Mauro.

Por eso llevan todo esto en secreto.

Por pundonor

y por vergüenza.

De todas maneras, lo de que Mauro está vivo

ya lo sabe todo el mundo.

En Acacias todo el mundo habla de ello.

No todo el mundo lo ha encajado bien.

Lo supongo.

Mauro no ha venido por aquí. No he podido hablar con él.

¿No le ha visto?

Aún no.

Estoy preocupada.

Pues lo acabo de ver con mis propios ojos.

Simón ha salido del hospital y está recuperado.

-Qué buenas noticias.

Y parecía mentira con la paliza que le dio ese endriago.

-Además de verdad.

-Últimamente no paran de pasar cosas en Acacias.

Parece que estuviéramos viviendo

en una novela de esas de entrega por fascículos.

La desaparición de Elvira, el regreso de Mauro

de entre los muertos.

¿Usted sabía lo de Mauro?

-¿Yo?

-Ayer me dio la impresión de que era el único que le defendía.

-No. No, la verdad es que no.

-Si me disculpan,

tengo cosas que hacer. Don Ramón,

ruego se quede a escuchar lo que he venido a decirles.

No puedo. No le robaré ni unos minutos.

Por favor.

Quería pedirles disculpas

por haberles engañado.

Mi intención no fue hacer daño a nadie, sino sortear

una situación complicada.

¿Una situación complicada?

Es difícil explicar todo lo que ha ocurrido.

Pero les aseguro que me movía un motivo justo.

No sé qué motivo

puede haber

en hacerle creer a alguien que uno está muerto.

¿Sabe el dolor que ha provocado,

cuánta gente lloró su muerte?

Sé que ahora no lo entienden.

Pero confío en que puedan perdonarme y volver a confiar en mí.

-La confianza no es algo que vaya y venga por arte de magia.

Lo sé.

-Tengo que irme.

Señores.

-Vuelvo a mis quehaceres.

-Son buenas personas.

Cambiarán de opinión.

No sé yo, Felipe.

Me han puesto la cruz para siempre.

Y ni siquiera les culpo por ello.

Tenga paciencia, amigo.

Al final,

lo que he hecho ha sido inútil.

No diga eso. Me he ocultado para nada.

Encerré a Elena, la interrogué,

tuve en vilo a Teresa. ¿Y para qué?

Ahora Elena está muerta,

Teresa ha perdido al crío

y todos me odian.

A veces estas cosas pasan.

Uno tiene las mejores intenciones

y termina en resultado fallido. No le dé más vueltas.

La sola idea de hacer daño a Teresa me atormenta.

Ni he tenido fuerzas para ir a verla al hospital.

No quiero que sufra por mí.

Seguro que ella desea verle.

No lo tengo yo tan claro.

Pese a todo, tiene que hacerlo.

La policía ha encontrado el cuerpo de Elena.

Y cuando Teresa regrese, sabrá todo, y no por usted.

En eso tiene razón.

Vaya y explíquele la verdad. Dele las explicaciones pertinentes.

Temo que cuando le cuente mis sospechas hacia Cayetana,

todo salte por los aires

una vez más.

Si eso pasa, tendrá que afrontarlo como un hombre.

Pero tiene que confesarse ante Teresa y ser sincero.

Supongo que es ahora cuando más necesita el apoyo de Mauro.

Así es.

Pero entiendo que se haya mantenido en un segundo plano,

alejado de todo esto.

Por mí, por Fernando y por él mismo.

Bueno, la situación no es fácil.

Es ahora cuando debe de ser más prudente.

Presentarse aquí podría interpretarse

como una provocación o un reto.

Fernando no se lo merece.

Él me odia.

Tendría que haberle visto ayer.

¿Qué sucedió?

No me malinterprete, él es un buen hombre,

pero todo el daño que le hago le está cambiando.

¿En qué sentido?

Me habló de una forma...

No sé, como con desprecio.

No le reconocí.

Tuve miedo.

Estará dolido.

Pero nada malo le va a hacer.

De todas formas, no debe temer.

Yo voy a estar pendiente.

Y no permitiré que le suceda nada malo.

Ahora no debe preocuparse por nada.

Solo debe pensar en recuperarse

y en volver a casa cuanto antes para cuidar de su precioso hijo.

No sé cómo lo hicieron, pero se lo comieron enterito.

-Da gusto verles así

y de nuevo todos juntos. -Sí.

A mí me gusta tanto verte así...

-¿Así cómo? -Pues risueña, luminosa,

feliz. -Es que lo estoy, Liberto.

A veces solo con recuperar la normalidad familiar

se puede dar una con un canto en los dientes.

-En cuanto saldemos

la deuda de Habiba, pues todo será mejor.

Tú podrás liberarte del pasado y volver a escribir.

Y tú serás libre. Ese no tendrá ningún pode sobre ti.

Por la libertad.

-Señores,

ya está la comida "aviá". Pueden sentarse.

-¿Qué te ocurre?

-Creo que no os acompaño. -¿Por qué?

-No estoy acostumbrada a tantas comidas y reuniones.

Me voy a retirar a descansar. -¿Pero te encuentras bien?

¿Llamo a un médico? -Solo necesito un poco de reposo.

La buena vida me agota.

-¿Seguro que estás bien?

¿Por qué me has traído aquí? -Aguarde,

señorita.

Enseguida lo sabrá.

-¿Y a qué tanto misterio?

-Bueno, toda precaución es poca.

Aguarde un momento.

María Luisa.

Estaba tan preocupada por ti...

No te apures.

Estoy bien. Llegué a pensar que tu padre

te había hecho algo malo y ponía como excusa la fuga.

No creo que fuera capaz de llegar a tanto.

Disculpa el atrevimiento,

pero

lo de tu padre asusta.

¿Quién pensaría que habías escapado

con la férrea vigilancia de ese hombre?

¿Pero dónde te habías metido? ¿Dónde estabas escondida?

En la sastrería. Doña Susana nos ha ayudado.

¿Ella sabe que vosotros...?

¿Y doña Susana acepta la relación entre un mayordomo y una señorita?

Eso sí que es extraño.

Aunque he de reconoceros que a juzgar por su actitud,

no me sorprende nada. ¿Por qué lo hace?

-Es por una especie de penitencia. Cosas de la religión.

-Ni por los clavos de Cristo lo haría.

Tiene que ser por... Me dan igual los motivos.

Gracias a ella veo esperanza en mi vida

y estoy lejos de mi padre.

En eso tienes razón.

Anda, ven aquí.

Me alegro mucho de verte y de saber que estás bien.

-Señorita, tengo que pedirle un favor.

-Claro.

-Le ruego que no le cuente

ni a doña Trini ni a nadie que ha estado aquí.

La sastra se juega mucho

y no le gustaría que se supiera.

-Seré una tumba, Simón. Te lo prometo.

Trini, ¿me das un vaso de agua?

-Claro.

¿Qué ocurre, querida?

¿Te sientes indispuesta?

-He ido a ver a Teresa y me he quedado con el alma encogida

de verla tan triste y tan abatida.

-Al final has ido.

¿Qué es? ¿Qué le ocurre? ¿Qué tiene para estar tan mal?

-Al final creo que es una simple indisposición pasajera

de estómago.

-Pues menuda indisposición.

¿Por qué estás tan mohína? Se pondrá bien.

-Ya, ya lo sé.

-Celia, tienes que abandonar ese rictus.

No puedes ir con esa cara a ver a tu admirador.

-¿Mi admirador? ¿De qué hablas?

-De Michel.

-Calla, mujer. No seas loca.

-Bien cuerda estoy.

Celia, ese hombre besa el suelo por donde pisas.

-Solo tiene interés comercial en mí.

Tratamos de hacer negocios.

-A lo mejor tú.

Él trata de hacer otra cosa.

Que me caiga a mí un rayo

si no está más interesado en llevarte a cenar que en tus tintes.

-Trini, no digas pamplinas.

-Verdades como catedrales digo, Celia.

¿Además

por qué firmar solo un contrato cuando puedes sacar un marido?

-Anda.

Quita. Estoy yo para maridos.

-Bueno, un pretendiente quizás.

Alguien que te quite ese rictus serio

que arrastras desde tu nulidad.

Celia,

no seas cerril.

A Michel le gustas.

¿Por qué no le conoces?

A lo mejor descubres que te gusta él.

-Es un poco pronto, Trini. No estoy preparada para iniciar

ninguna relación. -Fruslerías.

Anda, vamos.

Además,

eres joven y preciosa.

Y Felipe ya es historia. -Ay, Trini, Trini.

-Venía a ver a don Ramón.

Antes se fue algo inquieto. -Claro, sí, adelante.

Adelante. Está en el salón.

-¿Crees que nos habrá escuchado? -No.

No, no creo.

Bueno, ¿qué más da?

Él no repara en quedar

con camareras y mostrarse ante el mundo.

Así que

el que se pica, ajos come.

¿Cómo tiene la desfachatez de pasearse por la calle como si nada

después de todo el daño que ha provocado?

-¿Es que no va a decir nada?

¿No va a defenderse? ¿Serviría de algo?

Debería caérsele la cara de vergüenza.

Doña Teresa pasó un calvario.

¿Sabe que la pena casi la mata?

Entró en una depresión que temíamos por su vida.

Fabiana... No, no, no. Cállese.

Es usted un endriago sin corazón que solo le hace daño.

Ojalá nunca le hubiera conocido.

Ojalá nunca se le hubiera cruzado usted en su camino.

Doña Teresa es una mujer muy buena y usted no le hace bien.

¿Ha terminado ya?

Mire, quizá le hice daño, sí.

Pero no fue mi intención.

Su felicidad es lo único que me ha importado.

Cuéntele a otra las milongas.

Imaginé que estaría

usted celebrándolo. ¿Celebrando el qué?

Que la mujer que intentó matarle ha fallecido.

Dicen que la policía encontró el cadáver de Elena Pérez Casas.

Dicen también que ha sido un suicidio, pero

yo no lo creo.

¿Y si alguien la presionó tanto que se le fue la mano?

No todo el mundo es como usted,

ni sigue sus métodos.

Algunos creemos en la justicia

y en el cumplimiento de la ley.

¿Incluso si ya no es uno de sus representantes?

Le deseo

la mayor suerte del mundo.

Ahora que ya no es policía,

la va a necesitar.

Con Dios.

Hay que ver lo emocionada que está tu madre.

-Hasta por demás. Qué manera de parlotear.

-Está contenta. Y la verdad que da gusto.

Con todo este asunto

lo hemos pasado muy mal.

¿Qué?

-¿Qué?

-¿Tengo algo en la cara? -No, no sé.

Estaba mirando

tu belleza.

-Calla, zalamero.

-Que es verdad. Que te miro y...

Y veo ese brillo en tus ojos,

ese color en tus mejillas.

Estás preciosa, mi amor.

¿Qué te sucede?

-Nada. Estoy bien.

-Eso no dicen tus ojos.

¿Qué pasa?

-He echado mucho de menos esto.

-¿Esto?

-El calor familiar,

las risas,

el apoyo de los míos,

a ti.

-Pues ya estás a salvo, mi amor.

Ya nada puede poner en riesgo todo esto,

y menos mi amor por ti.

-Me arrepiento de lo mal que hice las cosas.

De las mentiras... -¡Chist! Ya está.

No pienses en eso.

Ni que tu cabeza se llene de tormentos. Cariño,

eso ya pasó.

Se acabó.

Además, todo eso ni siquiera formará parte de tu recuerdo.

Te lo aseguro.

-Espero que así sea.

Cómo estaba deseando este momento.

(TARAREA)

Habiba.

¿Qué hace aquí tan sola?

-Tan solo tomaba el aire y daba un paseo.

Qué flores tan bonitas lleva usted. -Ah, sí.

Son margaritas. Han traído una partida hermosa. Mire.

-Deme unas pocas para Leonor.

-Tenga.

-Gracias.

No diga que me ha visto.

Me gustaría darle la sorpresa.

Está mejor que nunca con Pablo. Y les he dejado a solas

para que tengan intimidad.

-Pues sí. Eso es lo que una pareja necesita.

Y no se apure, que le guardaré el secreto.

¡Servando! -¡Ay!

-¿Aún sigue así? -¿Así cómo?

-Con la idea de robarle algo a los señores para nada.

-No es para nada. Es un buen gesto para que pasen

a la posteridad. Te lo expliqué tres veces.

-Me ha parecido una idea funesta. Se está metiendo en un buen lío.

En uno de esos que se huele que terminará

en desastre. -No seas cenizo.

-No. Soy sensato.

-¡Oh! -A ver si por una de sus locuras

fastidia la celebración de los primeros pobladores de Acacias.

-No voy a fastidiar la celebración de los primeros pobladores

de 500 años antes de Cristo. -¿Sabe qué pasaría si sucediera?

-Que sí. -Todo el mundo se deja la piel

en los preparativos. -Que sí, venga.

-Mire, Fabiana hará un potaje de castañas.

Lolita una tarta que está de agárrate y no te menees.

Y mi canija está todas las noches bordando un emblema

preciosísimo para la conmemoración.

¿Sabe lo que pasaría si se va todo al garete?

-¡Que sí! ¡Que de acuerdo!

Deja ya la copla. Eres muy cansino.

-Sí, cansino. Es que le conozco como si le hubiera parido.

¿Va a abandonar la idea pues?

-Querido, te estaba esperando.

¿Tomamos un chocolate en La Deliciosa?

-Sí. Pero me gustaría antes subir. Vengo del banco y llevo mucho dinero.

Me sentiría intranquilo. -Don Ramón. Buenas.

-¿Ocurre algo? -Sí.

¿Me podría hacer un favor?

¿Me podría buscar aquí si hay alguna corrida de toros en breve?

-¿Ahora, Servando? -Ahora mejor que luego, con perdón.

-Bueno, Ramón, léeselo y acabemos de una vez por todas con esto.

Me quiero tomar ese chocolate. -A ver dónde pone aquí

lo de la corridas. -Suele estar

sobre las últimas páginas. Yo se lo busco. Antes de las...

De las noticias del balompié.

-No veo yo que ponga aquí nada de ninguna corrida.

-Mire, mejor déjelo.

Ya... Ya, si acaso, ya me acerco yo a la plaza de toros

y me entero bien.

-Sí, eso, eso. Vamos, Ramón.

-¡Ay! Perdone, don...

Don Ramón.

-Con Dios, Servando.

-Señores. -Con Dios.

Ay, Susana.

Dichosos los ojos que te ven, hija. ¿Cómo estás?

Nosotros no sabes lo bien que andamos.

Qué buena temporada estamos viviendo. Mi hija cada día mejor

con su marido. La familia cada vez más unida.

Con decirte que hasta probamos

la comida guineana. Díselo, Liberto.

¿Quién me lo iba a decir? Comiendo la comida

de los negros de África.

Te has quedado muerta, ¿a que sí?

-Tía, ¿está bien? Parece con la cabeza

en otra parte.

-No. Es que me habéis pillado con algo de trabajo.

No tengo mucho tiempo ahora.

-Ya.

Es que últimamente nunca tiene tiempo para nosotros. Solo para Simón.

Cariño, ¿me esperas en la chocolatería?

Enseguida voy.

Tía,

soy su sobrino.

Y creo que merezco que sea sincera conmigo.

-¿Sincera? ¿A qué te refieres? -Lo sabe perfectamente.

¿A qué viene tanta entrega con ese mayordomo?

No es muy normal.

-Es solo un acto de...

-¿De qué? ¿De caridad?

-No me venga con esas.

No hay quien se trague esa milonga.

Dígame que no me lo quiere contar,

pero no me mienta.

-No me presiones, haz el favor. -No lo estoy haciendo, tía.

Es la primera vez que soy tan franco.

Es que estoy preocupado por Vd.

¿Sabe lo que está consiguiendo ayudando a ese muchacho?

Se está poniendo en contra del coronel,

se convierte en su peor enemiga.

¿Es que no sabe ya de lo que es capaz ese hombre?

¿Ha olvidado que me retó en duelo y casi me vuela los sesos?

-No, claro que no lo he olvidado.

Y créeme, sé muy bien que es muy peligroso lo que hago, pero

tengo un razón.

-¿Qué razón?

-Te prometo que te lo contaré. Pero ahora no puede ser.

-¿Por qué?

-Porque antes de tener yo esa charla contigo,

debo hacer algo.

Tienes que tener paciencia y confiar en mí.

"Querido Leandro,

te escribo

porque quiero que sepas

un secreto que me ha atenazado durante años".

"No voy a andarme con rodeos".

Tienes un hermano.

Mauro.

¿Cómo te encuentras?

¿Sabes lo de...?

Sí.

Felipe me lo contó.

Y era un niño, Mauro.

Un niño nuestro.

Una criatura fruto del amor infinito.

Hubiera sido tan bonito verle crecer...

Habría sido maravilloso.

Lo más maravilloso del mundo.

Pero ahora has de recuperarte

y ponerte bien.

Estoy preocupada por lo mal que lo está pasando Fernando.

¿Qué quieres decir? ¿Qué te preocupa exactamente?

Fernando parece cambiado.

¿Cambiado?

Está furioso e irascible.

Supongo que es normal.

Parece un hombre distinto.

En su última visita

llegó a amenazarme.

Y su mirada...

No sé.

¿Qué, Teresa?

Llegó a darme miedo.

Pero bueno, supongo que Cayetana

estará templando sus nervios

y haciendo grandes esfuerzos por tranquilizarle.

Dándole palabras de alivio.

Yo no estoy tan seguro de eso.

¿Por qué dice eso?

¿Está usted más tranquilo?

¿Quiere hablarlo?

Fernando, a veces las cosas parecen peores si uno se las queda dentro.

No sé por qué Teresa

no me valora.

No sé por qué ni siquiera me respeta.

Porque usted no sehace respetar.

No la trata como debería tratarla.

¿Y cómo he de hacerlo?

Soy bueno con ella, comprensivo,

amable y sincero. Con mano dura.

Yo no soy así.

Es la única manera que tiene de atraer a Teresa y que le quiera.

¿Quiere recuperar a su esposa?

Átela en corto, Fernando.

Teresa no sabe lo que le conviene, pero usted sí.

Tiene que hacerla entrar en razón.

Aunque los métodos que utilice no le agraden.

Teresa necesita que usted piense y actúe por los dos.

Usted es su marido.

Usted manda.

Y no tiene que sentirse mal por ello.

Otros muchos hombres mandan a sus esposas a casas de reposo,

o las repudian y abandonan.

Lo que usted va a hacer no es nada malo.

Va a imponer su voluntad por encima de la suya, pero por su bien.

Yo no soy ese tipo de hombre. Debe serlo si quiere que Teresa

olvide a Mauro San Emeterio y caiga rendida a sus pies.

Porque es eso lo que quiere, ¿verdad?

Créame que detesto decirle eso. Darle las claves

que le acercarán a ella y le alejarán de mí.

Me hubiera gustado que me eligiera usted.

Pero he perdido toda esperanza.

Sé lo mucho que quiere a Teresa y yo no puedo cambiar eso.

Fernando,

¿quiere que Teresa le quiere y le desee como a Mauro San Emeterio?

Pues siga mis consejos

y haga lo que le digo.

Lo que digo es que no creo que sea bueno que regreses a esa casa.

¿Por qué?

Porque no me fío de ellos.

De ninguno de los dos.

Mauro, no entiendo por qué vuelves a desconfiar de Cayetana.

Teresa, yo no quería decirte esto así.

Y menos en las condiciones en que estás.

¿Qué sucede?

Antes quiero que sepas que pase lo que pase, te apoyaré en todo.

Estaré a tu lado.

Mauro, dime. ¿Qué sucede?

Hay algo que no te he contado.

Estoy convencido de que Cayetana Sotelo Ruz

no ha cambiado en absoluto.

No es una buena mujer.

Estoy seguro de que ella ordenó mi asesinato.

Estoy seguro de que le pagó a Elena Pérez Casas por darme muerte.

Por eso desconfío de ella.

Acabo de recibir una misiva del doctor Del Val.

¿Acaso ha ocurrido algo? No.

Nada. No tema por su esposa.

El buen doctor nos avisa de que hoy mismo le dará el alta a Teresa.

Debemos ocuparnos de su regreso.

Fernando,

¿está usted seguro de estar preparado para recibir a Teresa?

Descuide.

En toda mi vida he estado tan seguro de algo.

Dime. ¿Le ha robado Servando la pluma a mi esposo?

No por su valor, que es de oro,

sino porque le tiene aprecio.

-No sé nada. -Mientes.

Mira, Martín, una tiene

mucha calle a sus espaldas. Y me he codeado con pillos.

A mí no me la das.

Conozco muy bien el arte del mangoneo.

-Cogemos las cosas y salimos.

-Eso. Antes de que Servando se entere de que le afanamos las llaves.

-¿Quién anda ahí?

-"Nada tiene que decirme"

sobre lo que tengo que hacer o no con familia. Nada.

Escúcheme, Fernando. Siempre voy a proteger a Teresa.

Nada ni nadie me lo va a impedir.

Así que debería

hacerse a la idea de la realidad y dejarla marchar.

No tiene otra salida.

Yo creo que sí tengo alguna otra salida.

El que debería marcharse para siempre es usted.

Sepa que cada vez que le vea cerca, será ella quien lo pague.

-¿Podrías llevarme

esta carta a correos?

-Por supuesto. Claro.

Es para Leandro.

-Sí.

Es

para tu hermano.

-Me alegra que al fin le escriba.

"Ya tengo todo preparado para el regreso de Teresa a casa".

Su viacrucis

está a punto de empezar.

No le envidio su suerte. No, no lo haga.

Teresa va a vivir en su piel las humillaciones que yo viví

en mi matrimonio.

Solo quería zanjar el tema que nos une.

Don Ramón, sepa que le estoy muy agradecida.

Necesitaba que lo dejáramos concluido

para que mis problemas queden arreglados.

-Me alegra

haberte sido de ayuda.

Y lamento el retraso con el pago.

-Descuide. Todo se ha arreglado.

-Yo me quedé más tranquilo cuando di el dinero a tu amiga.

-¿A mi amiga dice?

-Sí. A Habiba, la muchacha africana.

Me dijo que venía en tu nombre. -"En cuanto mandes"

el dinero al de la plantación,

olvidaremos todo al fin.

Incluso pienso prohibir que se mencione esa maldita isla en casa.

Ahora solo nos queda ser dichosos. -"Lo siento mucho, Servando".

-Serás Judas...

Me has traicionado.

-Don Ramón y doña Trini le vieron robándole la pluma

y me obligaron a confesar.

¿Lo encontraste tras el marco? Así es.

A salvo de cualquier mirada.

Creo haber visto esta cara. Nunca la olvidaré.

El asesino de mi madre.

-Está hoy especialmente hermosa.

-Felipe.

Felipe.

¿Se encuentra bien? -"Prométame que nunca"

se separará de mí.

-Eso no te lo puede prometer, Tirso.

Fernando, no te había visto entrar.

Tirso,

prepara tus cosas. Vas a marchar a un nuevo colegio.

Pasarás una temporada allí interno.

¿Cómo?

No me lo habías dicho.

Acabo de hacerlo. No te opongas.

Decisión tomada. "Me duele que me aparte"

cuando me necesita.

Y no solo temo lo que le pueda hacer Cayetana,

también Fernando me da pavor.

No debería.

Es bueno y justo.

Así le consideraba yo también. Pero hoy he visto en él otro rostro.

Es como si lo que ha ocurrido le hubiera cambiado.

Me parte el alma pensar que estará con esos dos en esa casa.

  • Capítulo 499

Acacias 38 - Capítulo 499

20 abr 2017

Fernando amenaza a Teresa después de que ésta le confiese su amor por el inspector. Llega lleno de ira a casa de Cayetana, la señora le tranquiliza, promete ser su aliada. Teresa vuelca sus miedos con Celia. Simón recibe el alta del hospital y se alquila una habitación en una pensión para no dar de qué hablar a la gente. María Luisa y Elvira se reencuentran en la sastrería. Trini anima a Celia a rehacer su vida con Michel. Felipe las escucha y sufre. Habiba se hace con el cheque del yacimiento a espaldas de Leonor.

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