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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 495 - ver ahora
Transcripción completa

Pon a mi padre a salvo

y te contaré todo lo que quieras saber.

Todo. Si cumples tu parte del trato,

te diré todo lo que sé. -"Cuando murió

mi esposo me encontraba sola".

Y una persona de mi entorno,

un hombre cercano a mí, empezó a mostrarme su apoyo.

Quería algo más de mí.

Y me negué. Pero él

tomó por la fuerza lo que yo le había negado.

-"No has probado nada. ¿Sigues con malestar?".

Un poco sí, para qué engañarnos.

Y lo de Tirso también me quita el apetito.

Nos tiene a nosotros.

Para empezar legalizaremos su adopción.

-"Te ayudaré con Elvira".

Quiero demostrarte que puedes contar conmigo para todo.

Voy a sacar a Elvira de esa casa,

sea como sea.

"Siento algo poderoso por usted, Fernando".

Y sé que a usted le pasa lo mismo.

Lo de la alcoba lo demuestra.

Es que sucumbí a los placeres de la carne.

¿Qué quiere decir? Quiero decir que fue un error.

Ya se ha enterado, ¿no?

Los médicos dicen

que sufrió una crisis respiratoria.

No, Felipe.

Esas dos brujas se nos han adelantado.

Tome. ¿Qué es esto?

Una carta que escribió Jenaro a su hija.

Désela. -"He hecho lo que debía"

para lograr que Elena

salga de su escondite.

Digo yo que en breve la tendremos por aquí.

Cuando reciba nuestro mensaje.

"No es momento de ser egoísta"

y pensar en mí. He de pensar en lo mejor para Tirso.

Bueno, en ese caso, debería evitar todo contacto con Mauro.

Si voy a romper con el amor de mi vida de forma definitiva,

he de decírselo en persona. -"La carta no está"

en el capítulo donde la dejé.

-Pablo.

No podemos permitir

que Pablo meta las narices en todo esto.

-Un poco tarde.

¿Qué?

¿No vais a decir nada?

Os repito

que ya estoy al tanto de todo.

-No deberías

haberlo hecho.

Leer la carta. No iba dirigida a ti.

-Leonor,

peor que leer la correspondencia ajena es mentir a tu esposo

y a todos los que te quieren.

Yo pensaba que habías escapado de aquel infierno completamente libre.

¿Por qué te están amenazando ahora?

Leonor, no precisas del permiso de Habiba para contestarme.

Te exijo que me digas la verdad. -¡No insistas, Pablo!

-¿No ves que quiero ayudarte? -No puedes hacerlo.

-¡Claro que no si me mantienes

al margen! Ahora entiendo por qué tenías urgencia

en pedirle a don Ramón dinero. Para saldar

la deuda con el canalla ese, ¿verdad? ¿Es así?

¿Eh?

Ya.

Vuestro silencio es más elocuente que mil palabras. ¿Quién es

ese hombre?

¿Qué deudas pendientes tienes tú con él?

¿Y por qué te presiona así?

Cariño,

no puedes dejarme con semejante duda.

Necesito saber qué está ocurriendo.

Y no me voy a ir de aquí sin respuesta,

te lo juro.

-Pablo, escucha. -No.

Tú no tienes que decir nada.

Esto es entre mi esposa y yo.

Leonor, necesito saber la verdad

y nada más que la verdad. Se acabaron

las mentiras entre nosotros.

-Está bien, Pablo.

Yo... -Todo ha sido culpa mía.

Leonor, es mejor que se lo cuente yo.

Pablo,

te lo voy a explicar todo.

¿Y bien?

¿Has visto a mi padre en el hospital?

¿Qué te ha dicho? Lo siento mucho, Elena.

No he conseguido llegar a tiempo. Tu padre ha fallecido.

No. No. Mientes.

No puede ser verdad.

Dejó una carta para ti.

Las últimas palabras que me dirige

son para repudiarme. Para demostrarme que no me tenía estima.

Afirma que solo aceptaba mi parné por pura necesidad.

Y me aborrecía con toda su alma.

Que nunca iba a perdonarme.

Para él era una asesina.

Lo lamento.

Elena, debes saber

que sospecho que la muerte de tu padre no fue accidental.

Los doctores se ha mostrado sorprendidos.

Habían notado una gran mejoría.

Y no aguardaban tan drástico final.

Estoy seguro de que no fue el destino,

sino una mano asesina la que actuó.

¿Quién ha sido?

Dímelo. Tú lo sabes tan bien

como yo.

Úrsula.

Ella te ha robado la posibilidad de reconciliarte con tu padre.

Mírame, Elena. ¿Qué vas a hacer?

¿Quedarte de brazos cruzados o vengarte?

Yo puedo ayudarte a hacer que pague. Dime todo lo que sabes

y le haré pagar.

No.

Úrsula no es la culpable de que mi padre me rechazara.

La culpa es solo tuya, inspector.

Tú me arrestaste.

Por tu culpa entré en prisión.

Fuiste tú y no otro

el que arruinó mi vida.

Elena, eso no es así.

No quiero saber nada ni de Úrsula ni de ti.

Para mí estáis tan muertos

como el desgraciado de mi padre.

Puede llevarse su perdón a la tumba.

Los gusanos se van a dar un buen festín con él.

Hablaremos en otro momento.

Ahora será mejor que te deje sola.

Te ruego que perdones a tu esposa.

Todo ha sido mi culpa.

Si te ha mentido,

ha sido con el fin de protegerme a mí.

-No entiendo. -Leonor es...

Esa una santa.

A ella le debo la vida. Te juro

que por muchos años que viva

jamás podré devolverle todo lo que hizo por mí.

-Habiba, eso no... -No, Leonor.

Pablo tiene razón.

Es momento de que sepa toda la verdad.

Has de saber que si escapé de Fernando Poo,

fue gracias a tu esposa.

Ella fue quien convenció al dueño de la plantación.

Ella me liberó de ese infierno en la tierra.

-A cambio de dinero por tu libertad. -Así es.

De una buena cantidad que se comprometió en enviar

cuando llegara.

-El dinero que Ramón ha pagado por su parte del yacimiento.

-Si el dueño de la plantación no tiene en sus manos ese dinero,

mi vida estará en peligro.

Gracias.

Gracias, Leonor.

Nadie había sido tan buena conmigo.

No lo olvidaré jamás.

-Pablo,

te lo ruego, déjanos solas.

-Sí, claro, claro.

Ay. -Perdón, señora.

No la había visto.

-Aguarde un segundo, coronel.

Precisamente es a usted a quien

quería ver.

-Pues me sorprende. Que yo sepa, no tenemos cuitas pendientes.

-Por favor,

no disimule.

Sabe perfectamente de qué quiero hablarle.

-Me temo que sí.

Me ha llegado el repentino interés que tiene por ese malnacido de Simón.

No se ha separado de su cama

velándolo.

-Así es. Pero no entendería Vd. mis motivos.

-Ni quiero saberlos.

Sus extrañas amistades no son de mi incumbencia.

No trate de interceder

por él ante mí.

No pierda ni su tiempo ni el mío.

-Tan solo quiero hacerle entrar en razón

y que permita a su hija ir a visitarle.

-Está claro que ha perdido usted el oremus.

Nunca aceptaré tal locura.

Dígale a ese miserable que mi hija

solo saldrá de casa para casarse con un hombre decente

o para ir a un convento.

-Así que persiste usted en la intención de meterla a monja.

-Así será si como temo no consigo hacer de ella una mujer decente.

Ha quedado manchada de por vida.

Y soy consciente que pocos hombres de bien

aceptarán unir su vida a la de ella.

-¿Sabe qué, coronel?

Esa intransigencia suya,

esa forma de tratar a su hija,

me recuerda poderosamente a alguien.

-Pues sería un placer conocer a una persona tan recta.

-No tendrá que ir muy lejos para encontrarla.

La tiene usted delante.

También me consideré guardiana de la moral de mi hijo.

Y lo único que conseguí fue perderle.

Le aconsejo que no cometa

el mismo error,

o se arrepentirá toda la vida.

Se lo digo por experiencia.

-Prefiero arrepentirme

que traicionarme a mí mismo y a todo lo que creo.

Nunca cambiaré de opinión.

-En ese caso

lo lamento por usted.

-Señora.

Doña Susana, qué alegría verla.

Dígame. ¿Cómo anda el Simón? Bueno,

no sabe cómo hemos celebrado

su mejoría.

-¡Huy! ¿He dicho algo inapropiado?

¿Por qué me mira usted así?

-Lolita, dime.

¿Tú estarías dispuesta ayudarme?

-A mandar, que para eso estamos.

-Te advierto que es cuita de mucha enjundia y no carece de riesgo.

-Pues sí que me lo está poniendo usted bien. No quiero trasiegos.

Sería para ayudar a Simón. -Arrea.

Haber empezado por ahí.

Yo por el Simón hago lo que sea.

Fernando, es usted.

Aguarde, se lo ruego.

Descuide, que no le entretendré en demasía.

Pero preciso hablar con usted.

Lo comprendo.

Después de lo de ayer tenemos una conversación pendiente.

Me quedé muy preocupado por usted.

Veo que aún le interesa mi bienestar.

Por supuesto. Sabe que la tengo en alta estima.

Nada más que estima.

Me disgustaría que se sintiera ofendida por mis palabras.

Siento haberme mostrado tan duro en mi proceder,

pero me vi en la obligación.

Es vital que sepa cuál es nuestra situación.

¿Y cuál es? ¿Me la puede repetir?

Ya que tiene tanto interés en que no me queden dudas.

Que no hay nada entre nosotros.

Estoy decidido a volcarme en mi matrimonio

y en mi futura familia cuando adoptemos a Tirso.

Y supongo que en esos planes yo no tengo cabida.

Me temo que eso no es todo.

¿Me aguarda usted más sorpresas?

Debe saber que cuando terminemos con los trámites de la adopción

de Tirso, abandonaremos esta casa para siempre.

Dadas la circunstancias, será lo mejor para los dos no vivir

bajo el mismo techo.

Me rompe el corazón saber que le voy a perder para siempre.

Nunca ha sido mi intención hacerle daño.

Lo sé, Fernando.

Es usted un hombre bueno.

No le puedo culpar de lo sucedido.

Pero

supongo que

podríamos darnos un beso de despedida.

Eso sería totalmente inapropiado.

Claro.

Le deseo lo mejor, Fernando.

Pero no puedo evitar temer por usted.

Apuesta todo a una mujer que no es la apropiada.

No solo es la adecuada,

es la mujer con la que debo planear mi vida.

Le recuerdo que es mi esposa.

Fernando, sabe que quiero a Teresa como una hermana.

Pero me duele comprobar que usted se niega a aceptar la verdad.

Teresa nunca superará la muerte de Mauro.

Es el único hombre al que ha amado.

Eso aún está por ver.

Le ha dado sobradas muestras de ello.

No debería confiar en ella.

Quién sabe si usted podrá superar un nuevo desprecio

por su parte.

Pero hay algo que sí puede tener

por seguro.

Si eso finalmente sucediera,

yo estaría a su lado,

ayudándole.

Por mucho que usted me quiera apartar de su lado.

Yo siempre velaré por usted.

Este coñac está de toma pan y moja.

¿Cree que no les importará a los Álvarez Hermoso

que demos buena cuenta de él? -De ninguna manera.

Lo que hagamos aquí ya no es asunto de su incumbencia.

Les he comprado la casa y todo lo que hay en ella.

-¿Cómo?

¿Que le han vendido su propiedades?

-Pues sí.

Les he hecho una oferta que no podían rechazar.

Me entró capricho de la casa.

-Toma ya. Eso sí que es un capricho.

Sí, señor. Usted sí que sabe, don Segismundo.

-Menos formalidades, Servando.

Ya va siendo hora de que nos tuteemos.

-Por mí encantado, pero

no sé yo si sería lo más oportuno. -¿Y por qué no?

Entre amigos y señores de la misma condición es lo habitual.

-Es usted... Ay, perdone.

Eres muy bueno con un servidor, Segis.

-Es lo menos que podía hacer.

Te estoy muy agradecido por todas tus atenciones.

Gracias a ti

los últimos días de mi vida

van a ser muy dichosos.

Te aseguro que no lo olvidaré mientras viva.

-Eso no es difícil. Te queda poco tiempo.

-Cuánta razón tienes, Servando.

Poco tiempo me queda ya en este valle de lágrimas.

Pero sí el suficiente

como para dejarlo todo atado

y bien atado.

Has de saber que he hecho testamento.

-Caramba. ¿Y quién va a heredarlo todo?

-El único que lo merece: tú, Servando.

-¿Yo?

Segis.

-Esta es la lista de todas mis propiedades.

-¡Arrea! Pero si aquí hay más letras que en "El Quijote".

-Siempre he sido un hombre ahorrador.

-Y yo

voy a heredar todo esto.

-Hasta el último metro de tierra.

-Esto hay que celebrarlo.

¡Chica!

-¿Desea algo el señor?

-Sí, alegre muchacha.

Tráenos vino para brindar.

-Que sea la mejor botella de la bodega.

-No. Y algo de picar. Poca cosa.

Unos choricitos a la sidra, unas olivas de las gordas,

unas castañas y una o seis hogazas de pan.

-¿Quieres también unos filetes de ternera

en su jugo que ha preparado antes Lolita?

-Ay, en su jugo.

En tu jugo.

Que hemos quedado en que nos íbamos a tutear, Segis.

-¡No te amuela! No le traigo ni un mendrugo de pan.

-¿Pero qué es esto? ¿Se rebela el servicio?

-Que yo a usted no le sirvo. Es miserable y ruin.

-Pero bueno,

¡haz lo que se te ordena y tráelo inmediatamente!

-Le he dicho que no. ¿Es que no me oye?

Servando.

Servando. ¡Servando!

-¿Qué? ¿Qué quieres, mastuerza? Que me descuajaringas.

-Tendría que estarme usted agradecido.

Que le he despertado antes de que le pudieran ver.

Anda que dormirse en la faena...

Debería darle vergüenza. -No estaba dormido. Estaba...

Estaba meditando. -Ah.

Pues cuando medita ronca como una bestia.

Que sus ronquidos se oían

desde la chocolatería. -Entonces

todo esto era un sueño.

-Si es que es natural con tanto yerbajo

por aquí colgando. Esto ya está todo seco.

Sepa usted que la Habiba no le ha mandado ningún conjuro

del que protegerse. A ver si se le mete en la cabeza.

-Que no, mujer. Es que estoy muy tenso.

-Sí, sí.

Ya se ve. Durmiendo ahí, a pierna suelta.

-Que no dormía, "rediez".

Es que no... Bueno, sí.

Los nervios, que me entra sueño. -¿Se puede saber

qué le tiene tan desasosegado? -Don Segismundo,

que nos quiere ver en el altillo.

-Primera noticia que tengo. -Pues ya te lo digo yo.

Se ha pasado antes por aquí,

por la portería, y ha dicho que nos quería ver

a todos reunidos. Que tenía un asunto que contarnos.

-Pues eso es que ya ha decidido a quién dejar de heredero.

-Ya te lo digo yo. Le deja al menda.

-Va usted dado.

-Oye, pues vete haciendo a la idea.

Además he tenido un sueño.

Y no te extrañe que en unos meses estés a mi servicio.

-¿No te ondula?

¿Yo de criada de usted? Habrase visto

el señor marqués.

Teresa.

Felipe, qué agradable sorpresa.

La estaba aguardando.

¿Ha hablado ya con Celia?

Así es.

Me expresó su deseo de organizar un encuentro con Mauro.

¿Y ha cumplido ya mi capricho?

Precisamente ahora iba a verle.

Había pensado que se podrían ver en mi pensión.

Se lo agradezco.

Hágalo diciéndome qué se propone.

¿Qué tiene que decirle a Mauro con tanta premura?

Lamento no poder satisfacer su curiosidad, pero

es algo que no es del agrado ni de Mauro ni mío.

Eso me temo.

Déjeme que le diga

que se lo piense bien antes de verse.

No es menester.

Nunca tomo mis decisiones a la ligera, y menos en tales cuitas.

Celia me ha contado que han decidido adoptar a Tirso.

Así es.

Y que nos han citado esta tarde en la chocolatería.

Quizá para contarnos su decisión.

¿O hay algo más?

Tendrá que esperar a esta tarde.

Está bien.

Respeto su decisión.

Pero yo quiero

decirle algo. Le escucho.

Recuerde que Mauro se deja la piel para hacer justicia

y para que nada pueda separarlos. Solo espero que esté

a la altura de su sacrificio.

Lamentablemente todo ha cambiado.

¿A qué se refiere?

¿Qué ha cambiado?

Me va a faltar tiempo para darles las gracias.

No tienes por qué dárnoslas.

Ni qué temer. Todo va a ir bien, ya lo verás.

Ya tengo menos miedo.

Podríamos seguir inventado historias.

Por supuesto que sí.

En ese país hay criaturas que no ven,

se guían por el aleteo de las hadas.

Yo haré lo mismo.

Usted será mi hada.

Teresa, por favor.

¿Qué ha pasado?

Como bien sabe, Tirso ha tenido la desgracia de quedar ciego.

Él me necesita más que nunca y pienso responder como se merece.

Lo entiendo.

¿Pero

qué tiene que ver con Mauro?

Se lo ruego, Felipe. No me pregunte más.

No me encuentro bien.

Hable con Mauro y organice ese encuentro.

Es de vital importancia que sea hoy.

Con Dios.

Con Dios.

¿Tienes un momento, Pablo?

-Por supuesto, claro.

Estaba dándole vueltas a lo que me contaste.

No he pegado ojo pensando en ello.

-Te ruego que perdones a Leonor.

Como te dijo, si mintió a todos, solo fue por protegerme.

-Aún así debería haber sido sincera. Yo os podría haber ayudado.

-No.

Nadie puede.

Solo hay una forma de salir de este embrollo:

pagarle a ese canalla lo que pactamos.

-Hay otra solución: rebelarse.

No dejar que se salga con la suya.

Estáis fuera de su alcance.

-Su mano es mucho más larga de lo que puedas pensar.

Casi tanto como su crueldad.

En ningún sitio estaremos a salvo.

-Yo os protegeré, no temas. -No lo comprendes,

Pablo.

No, no lo comprendes.

No somos las únicas que corremos riesgo.

Si no le pagamos lo pactado,

el dueño de la plantación lo tomará con las compañeras

que dejamos atrás.

-Si ellas no tienen culpa de nada.

-Eso no le detendrá.

Ese...

Ese... Ese monstruo

acabará con sus vidas

a latigazos.

Sus amenazas no son en vano.

Tenlo seguro.

-Tranquilízate. Te lo ruego, tranquilízate.

Cálmate.

-¿Qué está ocurriendo?

-Me debí quedar en esa isla.

Te he arruinado la vida, Leonor.

-No, Habiba, no digas eso. -Sí.

Por mi culpa has traicionado la confianza de los tuyos.

Has mentido a tu madre,

a tu esposo.

-Leonor, deberías llevarla a su cuarto

y que descanse. Y quédate con ella.

Ay, al fin aparece. Nos tenía con el corazón

en un puño.

Aguardaba el momento para poder salir sin ser vista.

Lolita, siempre te agradeceré

que me hayas liberado de mi encierro.

A quien le tiene que agradecer es a doña Susana. Ha sido idea suya.

¿Usted? ¿Por qué?

-Ahora no tenemos tiempo para explicaciones.

Te dejo encargada de que nadie sospeche.

-Pierda cuidado. Eso corre

por mi cuenta. Va, márchense ya.

¿Pero dónde vamos?

-¿Acaso lo dudas, muchacha?

Al hospital, a ver a Simón.

Adiós, Lolita. -A más ver.

¿Qué diablos?

Elena.

¡No puede ser!

¿Por qué lo has hecho, Elena?

Gracias, Víctor. -Doña Rosina.

Liberto. -Gracias.

-María Luisa de mi vida.

-Gracias, cariño. -Y mis señores suegros.

-Ale. -Que no les falte de nada.

-Esta para ti. -Gloria bendita.

Don Fernando, ya están la copitas repartidas.

-En tal caso todo está listo para brindar.

-Todo listo no. Falta que nos comunique el motivo de dicho brindis.

-Eso es, Rosina tiene razón. Nos tiene con el corazón

en un puño. -Quería agradecerles su presencia.

A pesar de lo apresurado de la cita.

-Haga el favor y déjese de agradecimientos.

Que se está yendo por las ramas. -Trini, por favor.

-Queríamos comunicarles una decisión

que hemos tomado estos últimos días. -Espero que sea para bien.

-Así lo creemos.

Todos ustedes, en mayor

o menor medida, nos han mostrado su estima

en el poco tiempo que llevamos.

No queríamos dejar pasar la oportunidad de compartirlo.

-Por favor, Teresa, haga algo.

Su marido vuelve a irse por los cerros de Úbeda.

-Se calienta el champán.

Está bien.

Continuaré yo.

Lo que Fernando y yo queremos decirles

es que hemos decidido adoptar a Tirso

como hijo legítimo.

Qué gran noticia. -Ay, sí.

Me alegro mucho por esa criatura.

Se merecía tener unos padres. -Y no podía haberlos

encontrado mejores.

-Celia,

¿tú no dices nada?

Por tu cara parece que no te sorprende la noticia.

-Bueno, es que yo ya sabía algo.

Me alegro por el niño

y por ustedes.

-Por desgracia, tenemos otra noticia que tememos

no será de su agrado. -Dudo mucho

que estropee la primera. -Yo tampoco lo creo.

Pero de todas maneras debéis saber que hemos tomado la determinación

de mudarnos de estas calles.

Vamos a dejar Acacias. -Ay.

-¿Pero por qué?

¿No están ustedes cómodos? -Al contrario.

Sabemos que no los encontraremos mejores.

Pero debemos centrarnos en la enfermedad de Tirso.

Debemos encontrar el mejor lugar para su enfermedad.

-Añoraremos su presencia, pero si en beneficio de la criatura,

bienvenido sea.

-Estoy convencido de que será lo mejor para los tres.

¿Tienen alguna pregunta más?

-¿Podemos abrir ya el champán?

Doña Trini.

-Muchísimas gracias. -Gracias.

-La voy a echar de menos, querida amiga.

Y yo a usted.

Si me disculpa, hay algo que quiero comentar a mi esposo.

-Teresa, le comentábamos a su esposo

que el mudaros de barrio

no excusa para dejar de vernos.

Mírenos a nosotros. Así lo espero.

¿Me permiten que les robe

a mi esposo un momento? -Sí, claro.

-¿Ocurre algo?

Sí. Tienes que disculparme ante nuestros invitados. Debo salir

un momento.

Ahora.

Será la última vez que me aleje.

Solo serán unas horas

y después no me marcharé de tu lado ni del de Tirso.

¿Puedes confiar en mí una última vez?

Doña Susana, al fin. ¿Ha descubierto dónde está Simón?

Así es.

No tiembles más.

Me han dicho que le están haciendo unas pruebas,

pero está bien. Alabado sea el Señor.

Por un momento temí lo peor.

Pensé que habría empeorado o que mi padre habría atentado contra él.

Simón está fuera de peligro

y a salvo de la ira de tu padre.

Nadie va a volver a hacerle daño.

Estoy segura de que Dios le va a proteger.

¿Cómo puede estar tan convencida?

Porque no he dejado de rezar por ello.

Doña Susana,

antes me aseguró que no teníamos tiempo para explicaciones.

Pero ya no es así.

Por lo que permítame que le repita la pregunta.

¿Por qué?

¿Por qué se preocupa tanto por Simón?

¿Acaso es su ángel de la guarda?

No, querida.

Soy su madre.

Simón es mi hijo.

Ay.

Gracias a Dios.

Pasen.

Aquí está bien, aquí está bien.

-Elvira. -Gracias.

Descuiden, ya me encargo yo del enfermo.

No puedo creer que por fin estemos juntos.

Ni yo.

Temí que no te volvería a ver.

Lola.

¿Adónde vas con tanto sigilo?

-Más cuidado, mastuerza. A poco echo el corazón por la boca del susto.

-El que se sobresalta es que algo teme, Lola.

¿Se puede saber qué hacías ahí?

-Pues nada malo.

Devolverle las llaves de casa a la cocinera de los Valverde

antes de que las echara en falta. -Jo.

Y dice que no ha hecho nada malo.

Hombre, si se las has devuelto, es porque antes las has cogido.

-Tú lo has dicho. El pecado fue antes, no ahora.

-Me dejas patidifusa, Lola. Nunca te consideré una ladrona.

-Más cuidado y sin faltar, Casilda. Que te dejo sin muelas.

No he robado nada. Solo las he cogido

prestadas. -¿Y por qué no se las has pedido?

-No me las iba a dar.

-Eso es verdad. Lo que me barrunto es para qué querías entrar

a escondidas.

-¿Me juras por lo más sagrado

que no vas a decir "na de na"?

Pues doña Susana, que me ha pedido que...

Que saque a la señorita Elvira a escondidas para unirla con Simón.

-¿Pero a ti se te ha ablandado la poca sesera que te quedaba?

Vamos a ver. ¿Cómo te metes en tales cuitas?

¿Has olvidado que casi termina en tragedia?

-De olvidarlo nada.

Lo que pasa es que servidora "pos" es una romántica

y me pirran las historias de amor.

¿No quieres ver al Simón y a la señorita Elvira juntos?

-Para chasco que sí. Pero me conformo con que el coronel

no los muela a palos, ni a ellos

ni a nosotras por meternos. -Me alegra

veros aquí, muchachas. Así no tengo que mandar a buscaros.

-¿Es que acaso quería

decirnos algo? -Sí.

A todos vosotros. Tengo una noticia

de la mayor enjundia que daros.

Algo que estoy seguro os va a satisfacer.

-Seguro que a unos les va a alegrar más que a otros.

-Servando ya se ve heredero. -Hace muy mal.

No se vende la piel del oso antes de haberla cazado.

(Puerta)

¿Puedo pasar?

¿Está más tranquila? -Sí.

Ya por fin descansa.

-Mira, Leonor,

sabed que podéis contar conmigo para lo que preciséis.

-Y yo te lo agradezco de corazón, pero no sé cómo puedes ayudarnos.

Lo único que necesitamos es que don Ramón nos pague.

Pero no hay manera.

-Bueno, algo se nos ocurrirá.

Yo haré lo que esté en mis manos.

De momento trataré de no atosigaros con más preguntas.

-Te lo agradezco.

-Pero hay algo que sí necesito saber.

Algo que por más vueltas que le dé no comprendo.

-¿El qué?

-¿Por qué no me contaste

todo lo que estaba pasando?

Sabes que yo te hubiera ayudado a salvar a Habiba.

Hubiera hecho lo que fuese por conseguir el dinero que os exige.

-Había olvidado lo bueno y generoso que puedes llegar a ser.

Lo siento tanto... -No, no.

No quiero que te disculpes.

Solo quiero que olvidemos lo sucedido y que empecemos de cero.

Entiendo que gastes esa fortuna en salvar a Habiba. Se lo debes.

Ella te ayudó mucho en la plantación de Fernando Poo.

-Así es.

-Pero tales secretos no pueden volver a interponerse entren nosotros.

Tenemos que retomar nuestro amor sin mentiras.

Libres de carga y culpa.

¿Me prometes que así será?

-Te lo prometo.

-"Antes de nada"

quiero agradeceros lo bien que os habéis portado con este anciano.

Con vuestras atenciones

me habéis devuelto la alegría.

-Sí, eso está muy bien, don Segismundo, pero

al grano. Al grano. Es que nos tiene en ascuas.

-Sí, Segismundo, no podemos ya

con los nervios. -Está bien.

Por el afecto que me habéis mostrado durante estos días

sé que la noticia os va a alegrar.

Sabed que no me voy a morir.

-Pero...

¿Cómo que no?

Eso es imposible.

-Bueno, al menos no voy a hacerlo de momento.

Las pruebas que me han hecho demuestran que tengo salud de hierro.

-Sepa que todavía le veo a usted

con muy mala cara. -Los pronósticos que me alarmaron

estaban equivocados.

¿Acaso no os alegráis por mí?

¿Dónde va Servando? Parecía que se le saltaban

las lágrimas.

-Serán de la alegría.

-Y que este me da que nos ha dado gato por liebre.

Nos toma el pelo desde el primer momento.

-Pensé que os gustaría celebrarlo.

-Pues claro que sí, don Segismundo.

Pero bueno, ¿qué hacemos con estas caras largas?

No hay nada mejor que alguien a quien estimas está sano, ¿verdad?

Bueno, ahora mismito voy yo a por una botellita de vino

que tengo en mi cuarto para celebrarlo.

Venga.

-Y yo le voy a sacar unos embutidos de Cabrahigo.

Se va usted a chupar los dedos. -Sí, sí.

Vamos a armar un festejo de muy señor nuestro.

-Os lo agradezco

de corazón.

Lástima que Servando se lo pierda.

-Por Servando no se preocupe.

Los terratenientes son así.

Pasan las horas y Elena sigue sin aparecer.

Debería haberse puesto en contacto con nosotras.

Algo extraño le debe suceder.

¿Y a qué espera para averiguarlo?

Haga algo. Ya lo he hecho.

Sí. Y a todas luces ha sido insuficiente.

Se suponía que tras la muerte de su padre aparecería.

Eso me aseguró. Y así lo creía.

Lo que está sucediendo no es normal.

Hay que solucionarlo. No me gusta no tener las cosas bajo mi control.

Y a mí no me place que me dé órdenes.

Tampoco la veo capacitada para cumplirlas.

Encuentre a esa mujer de una santa vez.

Al parecer tengo que recordarle que ya no estoy a su servicio.

Somos iguales. Querida,

por mucho que se empeñe en repetir tal cosa,

las dos sabemos que nunca será como yo.

Y ahora márchese a cumplir sus obligaciones.

Fernando.

¿Deseaba algo?

Sí. Quería hablar con usted.

Me pareció escucharla con alguien. Sí.

Estaba con Úrsula tratando

unos temas del patronato. ¿Y Teresa?

Ha tenido que salir. Y yo estaba con Tirso ayudándole con la maleta.

Veo que persisten en su empeño de abandonar mi hogar.

Así es. Ya hemos encontrado una casa en un nuevo barrio.

Y he adelantado parte del alquiler.

Se le ve satisfecho.

Me pregunto si Teresa estaría tan dispuesta a acompañarle

si supiera lo que sucedió entre nosotros.

La conozco, Cayetana.

No sería capaz de semejante bajeza.

Póngame a prueba.

No esperaba esto de usted.

Arruinaría mi dicha al contárselo.

Es su felicidad lo que me importa. Sería para salvarle de Teresa.

Y aún así se hace llamar su amiga.

Es usted una hipócrita.

Al parecer, en realidad la odia.

No.

La odio por el daño que le ha hecho y el que le hará.

Se equivoca. Eso ya pasó.

Teresa y yo emprenderemos una nueva vida junto a Tirso.

Lejos de este barrio y de usted.

No le creía tan iluso.

La distancia no borrará lo que sucedió entre nosotros

ni lo que hay.

La ilusa es usted.

Lo que pasó entre nosotros no volverá a ocurrir nunca más.

Si quiere contarlo, tendrá que enfrentarse conmigo.

Nunca me perdonaré haberte metido en tal embrollo.

No, Simón, no fue culpa tuya. Debería haber sido más cuidadoso.

No dejarme llevar y ponerte en peligro.

Mi amor, déjame que insista.

Lo sucedido no fue culpa tuya por una sencilla razón.

¿Cuál?

Yo fui la responsable de que Burak Demir nos descubriera juntos.

Aquella aciaga tarde antes de subir a verte,

le pedí a Casilda que le diera aviso de que le esperaba en el altillo.

No lo comprendo. Pero...

¿Habías perdido el juicio?

¿Por qué hiciste tal cosa? Quería quemar los puentes

que nos separaban y obligarte a que me llevaras contigo.

¿No eras consciente de las consecuencias?

Sí.

Pero estaba segura de que valía la pena.

Casi te cuesta la vida mi inconsciencia.

Nunca me lo perdonaré.

No.

No, Elvira, tienes razón.

Una vida sin ti no vale la pena.

Gracias a tu locura

he abierto los ojos.

Pero a partir de ahora debemos de ser más cautos.

Muy pronto tu padre descubrirá tu ausencia.

Y tratará de hacértelo pagar. Es por ti por quien temo.

Ya has visto lo violento que puede llegar a ser.

Mantente fuera del alcance de su furia.

Por eso te tengo que pedir

que no regreses

a tu casa.

Tan solo preciso de unos días para recuperarme del todo

y nos marcharemos juntos.

Yo también he aprendido de mis errores, Elvira.

Nunca más dejaré de luchar por ti.

Haré lo que creas oportuno.

¿Pero adónde puedo ir?

No encontraré escondite

de mi padre. -No te preocupes,

Elvira.

Yo me ocuparé de ti.

Os voy a ayudar,

cueste lo que cueste.

(Puerta)

Teresa.

Por fin.

Los minutos no pasaban esperándote.

Tengo tanto que contarte...

Y por desgracia, no son buenas noticias.

Mauro, escúchame. Después de todo el esfuerzo

por encontrar a Elena, no ha salido según lo planeado.

Lo lamento. No, no. Descuida.

Que aún no me han derrotado.

Encontraré otro modo de hacer justicia.

Mauro, no es necesario. ¿Cómo que no?

Es la única forma de estar juntos sin tener que escondernos.

Teresa, ¿qué te ocurre?

Fernando y yo

hemos decidido adoptar a Tirso.

¿Cómo?

¿Cómo que Fernando y tú?

Mauro, él está enfermo y ciego.

Necesita una familia que le cuide y que le ayude. Yo se lo puedo dar.

Teresa,

¿me estás

apartando de tu vida?

No me queda otro remedio.

Yo no puedo darle la espalda.

Y tampoco puedo alejarle de Fernando. Le quiere tanto como yo.

Mauro, los dos podemos hacerle feliz.

¿Prefieres ese niño a mí?

Por favor, Mauro, ambos somos huérfanos

y sabemos lo que es crecer sin padres.

No puedo abandonarle. Teresa, ¿pero y nosotros?

Ojalá las cosas hubieran sido de otra manera.

Pero no hay nada más importante que el bienestar de un niño.

Entiendo que tu determinación es definitiva.

Que no puedo decir nada.

Tan solo desearme suerte

y decirme que me perdonas.

Cómo no iba a hacerlo.

Teresa.

Teresa, ¿qué te pasa?

Teresa. ¡Teresa!

¡Teresa!

Teresa, mi amor.

Teresa.

Me siento mal por nuestra discusión.

Por mi parte queda olvidada.

Gracias.

Lamentablemente todo queda olvidado.

No solo eso.

Borraremos de nuestra memoria

la discusión, pero también los buenos momentos vividos

en esta misma cama.

Yo nunca los olvidaré.

¿Qué tiene, doctor?

No estoy seguro.

Tenemos que llevar a quirófano y solo entonces podré informarle.

Necesito una autorización. Su firma como esposo

será suficiente. No, yo no soy su esposo.

¿Algún familiar cercano? Tampoco.

Solo soy...

No soy nadie. -"Hace mucho tiempo,"

antes de casarme, antes de escribir,

hace tanto que casi lo he olvidado,

me gustaba sentarme en este banco.

-No tiene nada de especial.

-Sí.

Que aquí he sido muy feliz.

-No podemos dar un paso más en falso.

Pablo se ha creído lo que le contamos,

pero descubrirá que todo ha sido una pantomima.

-No quiero seguir mintiéndole.

¿Qué hace aquí?

¡Márchese ahora mismo o llamo a los guardias!

-¿Dónde está mi hija? -Fuera de aquí.

No sé dónde está. -Se ha escapado de casa.

No me creo que no haya venido.

-¿No ve que no está?

-Usted ha pervertido a mi hija.

-Ya ha oído a doña Susana, fuera. -Voy a encontrarla.

Y voy a esperar a que salga de este hospital para darle otra paliza

que le lleve al campo santo.

-¡Socorro! -Voy a acabar contigo, miserable.

-Ramón, que tú tienes una hija.

¿Qué podría hacer ella para comportarte así?

-Una hija que podrá tener muchos defectos,

pero a la que no han pillado en el altillo

en la cama con un criado

el día de su fiesta de pedida de mano.

-Si lo ves así...

-El coronel es un energúmeno.

Pero la hija no se lo pone fácil.

Se han juntado el hambre con las ganas de comer.

Espero que María Luisa no tenga que ver con la desaparición

de Elvira. Solo nos faltaba. -"Deje de comportarse"

como una buena amiga. Solo quiere que mi matrimonio con Teresa naufrague.

Le recuerdo

que hemos convenido que lo que pasó no pasó y que nadie se enterará.

Así que no sé qué puedo estar haciendo yo en ese sentido.

Además que por mucho que pienso, no me siento responsable

de su infidelidad. No le obligué a meterse entre las sábanas.

Intentaré que Teresa y yo nos marchemos mañana mismo.

Madre, tenemos que hablar con Vd. -Hija, mira qué preciosidad.

Tenemos que mostrárselo a Habiba. Seguro que ella no ha visto nevar.

En África no nieva, ¿no?

-Suegra, esto es serio.

-¿Qué pasa?

-¿Debo salir?

-No, no, Liberto, por favor.

Eres parte de la familia.

"Lo que más pena me da"

es lo inocente que es.

¿Cómo puede confiar en Teresa?

De verdad que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

(Puerta)

Quizá sea ella. Sí. Quizá.

Si es ella, se habrá cansado de estar en la calle,

no porque nada aquí la retenga.

-Disculpen que irrumpa de esta manera. La noticia es importante.

-"Tú hablas bien francés, ¿verdad?".

-"Oui".

-Mañana va a venir

una señora francesa por lo de los tintes.

Y no sé si podrías

ayudarme a revisar el contrato, si llegamos a un acuerdo

para venderle el producto. Puede ser el contrato

más importante que pueda firmar.

No quiero meter la pata.

-Claro. Será un placer.

¿Sabe cómo se encuentra Teresa? No.

Y no creo que hasta mañana pueda saberlo.

¡Maldita sea! Debí quedarme en el hospital.

¿Para qué?

¿Para enfrentarse a Cayetana y Fernando?

Mauro, por favor, tenga un poquito de sentido común.

Tenía que venir a toda prisa.

Mire.

Sangre.

De Elena.

¿Qué ha pasado? -"Lo más"

que se puede hacer en caso de que Leonor

encuentre a alguien que pueda hacerse cargo del pago con más premura,

es renunciar a la compra

de su parte. -No, por Dios.

No es lo que buscamos.

-Yo ya he hecho todo lo que he podido.

La orden de pago está dada. Solo espero que el banco cumpla su parte.

-¿Le importaría que hagamos una gestión

en el banco?

-"¿A estas horas por la calle?".

-Bueno, ya me iba para casa.

-Pues estás tardando. Antes de que ronden los serenos.

-Ni que me quisiera echar.

Hasta mañana.

-Hasta mañana.

¡Ay!

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Acacias 38 - Capítulo 495

12 abr 2017

Habiba le cuenta a Pablo la razón de la urgencia de Leonor por conseguir el dinero y el motivo de la carta de amenaza: Leonor no está haciendo otra cosa que pagar su rescate como esclava. Mauro le comunica a Elena la muerte de su padre, y las consecuencias son trágicas. Ya no hay pruebas contra Úrsula y Cayetana. Susana libera con la ayuda de Lolita a Elvira. Elvira y Simón se encuentran en el hospital. Susana se compromete a ocultar a la señorita Valverde de su padre.

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