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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 494 - ver ahora
Transcripción completa

Adoptarlo sería la única forma de garantizarle

que no pasará una vida de penurias.

Pero esto significaría

dar un paso más.

Afianzar nuestra unión.

Se acabaron las actitudes esquivas,

los rechazos y la distancia.

¿Estás de acuerdo con mis condiciones?

Estoy decidida a adoptar a Tirso. -"Su hija"

necesita compañía,

el apoyo de los que la apreciamos.

Tengo que permanecer a su lado.

Soportaré lo que sea, llevo toda mi vida haciéndolo.

Vete amiga, te lo ruego.

Está bien.

Me marcharé. "Puede que Margarita"

haya contado algo de interés a Felipe.

Pero no ganamos nada sofocándonos. Debemos permanecer frías.

Según pude averiguar,

el dinero que le dimos a Elena por colaborar no se lo quedó ella.

Hay que averiguar quién es. Es urgente que hable con esa mujer.

Ya lo sé.

Pero me gustaría saber qué se traen entre manos ustedes dos.

-"Bueno, su padre fue a visitarla una vez".

Y eso la dejó tremendamente melancólica.

No dijo de qué habían hablado.

Parece que eso la afectó fuertemente.

Y tanto.

A los pocos días estuvo a punto de matar a una presa

en una discusión por un "quítame de allí esas pajas".

Eso es bastante interesante. ¿Qué tal si te adoptamos?

¿Quieren que sea su hijo? -Exactamente.

Si tú quieres, claro.

-¿Hijo de verdad? De verdad de la buena.

Claro que quiero.

-"Nada es gratis. Me lo debes".

La están extorsionando desde la isla.

¿Pero quién? -"Perdóname".

Perdóname.

-Quisiera creerla.

-Si te contara la verdad... -Hágalo.

Hágalo. Cuénteme su verdad de una vez.

Quizá así entienda algo.

-"No hables con mi padre".

El nombre de quien te ordenó matarme

o tu padre.

Úrsula.

Ella fue la que me encargó que te matara.

Me alegra oírte decir eso.

Por fin entras en razón.

Pero no te creas que esto acaba con Úrsula.

Quiero saber más.

¿Más?

Quiero saberlo todo.

No sé a qué te refieres.

He confesado que fue Úrsula quien daba las órdenes. ¿Qué más quieres?

¿Me creo que Úrsula actuaba por iniciativa propia?

Quiero a Cayetana Sotelo Ruz.

No sé de qué me hablas. No sé nada de esa mujer.

Parece que no te has enterado

de cuáles son las normas, ¿no?

Yo tengo la sartén por el mango.

Y yo decido cuándo acaba esto.

Y lo que digo es que seguirás hablando

hasta llegar al meollo del asunto.

No voy a decir ni una palabra más

hasta que me asegures que mi padre está a salvo.

¿Me estás

ofreciendo un trato?

Tengo la información que buscas.

Si tú has conseguido

llegar hasta mi padre,

Úrsula

también puede llegar.

Debe estar buscándome.

Y si no da conmigo,

irán a por él. ¿No lo entiendes? Irán.

Te refieres a Úrsula y Cayetana.

Pon a mi padre a salvo

y te contaré todo lo que quieras saber.

Todo.

He descubierto cosas de esa mujer

que te harían temblar.

Si cumples tu parte del trato, yo te diré todo lo que sé.

Has de proteger a mi padre en el hospital.

Cuéntemelo.

Necesito saber lo que sucedió,

por qué me abandonó.

¿Por qué nunca me quiso?

Dígame por qué motivo mi vida fue un infierno.

-No digas eso, se me rompe el alma. -Más me dolió cuando crecí

y vi que nadie me quería.

Cuando tuve uso de razón y no entendía

por qué estaba tan solo. -Sí.

Te abandoné a tu suerte. Esa es la realidad.

-Sí, lo sé.

¿Pero por qué?

Trate de explicármelo para que yo lo entienda.

-Cuando murió mi esposo,

me vi sin él

en la sastrería,

con un niño a mi cargo.

Mi Leandro.

Me encontraba tan sola, estaba sobrepasada.

Y una persona de mi entorno,

un hombre cercano a mí,

a mi familia,

empezó a mostrarme su apoyo,

a ayudarme.

No quiero ni mentar su nombre.

Al principio

no sabía si sus intenciones escondían otros motivos.

Tampoco quería ofenderle.

Por si

yo estaba equivocada.

Y me convencí de que lo hacía por cariño.

Por caridad cristiana.

Que su acercamiento no tenía nada de pernicioso.

-Pero se equivocaba.

-Un día me lo dejó muy claro.

Quería algo más de mí.

Algo que yo

no le podía ofrecer.

-¿Y le rechazó?

-Me asqueaba,

me repugnaba su proposición.

Y me negué.

Pero él

tomó por la fuerza lo que yo le había negado.

Me forzó.

-No siga si no quiere.

-No.

Déjame seguir. Te lo voy a contar todo.

Llevo más de 20 años

callando esta infamia.

Y necesito contártela, necesito...

Tiene que brotar, si no,

me corromperé del todo.

Me sentía...

Me sentía sucia, culpable.

No sabía si le había dado pie

aceptando su ayuda.

-Usted no tuvo la culpa.

-La vergüenza por la situación me hizo ocultar la verdad.

-¿No se lo contó usted a nadie?

-Eran otros tiempos. Nadie me hubiera creído.

Él hubiera dicho

que yo le había provocado

o que me había aprovechado de él.

¿Te imaginas

lo que es para una mujer tan devota como yo

verse ultrajada

por alguien de su familia?

Creí volverme loca.

Pero cuando me di cuenta de que estaba embarazada,

el mundo se me vino abajo.

No sabía qué hacer.

Y aguanté. Aguanté en Acacias.

Hasta que no pude disimular el embarazo.

-¿Y luego?

-Inventé que había enfermado de tuberculosis

y que tenía que ir al norte a curarme.

-Y allí

di a luz a mi pequeño.

A ti.

Eras un niño

tan precioso...

Me costó la propia vida

dejarte en aquel hospicio.

¿Pero quién iba a respetar

a una mujer violada y además con un hijo bastardo?

Nadie.

Y...

Tenía que pensar

en mi otro hijo, en Leandro.

Era tan joven...

Estaba tan asustada...

Estaba conmocionada.

Aquella separación

me convirtió en lo que soy.

Una amargada.

Intransigente.

Intransigente con ese mundo

que me hizo tanto daño.

-No pudo...

No supo hacer otra cosa.

-Pero nunca dejé de pensar en ti.

Ni un solo día.

Ni una sola noche

dejé de rezar por ti.

Para que estuvieras bien, para que te cuidaran.

Por eso

te mandaba esas estampitas todos los años.

Pero todo eso me endureció.

Y me convertí en una persona más estricta.

Estricta con la educación de mi hijo. Quería

que mi hijo fuera un ejemplo de moral.

Me equivoqué

con mis hijos.

Quería hacerlo todo bien

y lo hice todo mal.

-No diga eso.

-Perdóname, Simón.

Perdóname.

Necesito que me perdones. -Levántese.

(SUSANA LLORA)

Perdóname,

por favor.

Perdóname.

¿Qué haces aquí

tan en silencio?

¿Te ocurre algo?

-Estoy algo preocupado, Pablo. Para qué engañarnos.

-¿Ha pasado algo con Leonor,

con el yacimiento? -No, nada.

Es mi tía quien me preocupa.

-¿Qué le ocurre?

-No se separa de la cama de ese chico, de Simón.

Fui a visitarla y no parecía

tener buen aspecto, pero se niega a descansar.

No entiendo qué penitencia paga para imponerse tamaña tarea.

-A ver, extraño es, no te voy a engañar.

Pero... -Es una dedicación

total y absoluta, Pablo. Casi desproporcionada diría yo.

No existe caridad cristiana

que justifique tal devoción. He estado pensando.

No sé. ¿Y si se le fuera la cabeza?

-No, no.

Mira, quizá yo creo que tenga más que ver con Leandro que con ese muchacho.

Que a lo mejor se ha dado cuenta

que se ha portado mal con su hijo y se vuelca con este muchacho.

Como si curándole y salvándole...

-Expiara sus culpas. -Exacto.

-Puede tener sentido eso que dices.

-Nada de malo hay en ello, y menos si a ella le da paz.

-Gracias, Pablo.

Y siento atormentarte con mis preocupaciones

cuando tampoco pareces tener buena cara.

¿Qué te sucede a ti?

"Nada es gratis. Me lo debes".

Está claro que algo muy grave te ha venido a la cabeza.

¿Qué ocurre?

-No, nada nuevo. De verdad, no te preocupes.

Está bien todo.

-Ya.

En fin, voy a tomar el aire. Tengo un poco de dolor de cabeza.

-Claro. -Pablo, si necesitas algo,

ya sabes dónde estoy.

Habiba,

tengo que hablar contigo.

Por favor.

Ejem, ejem.

-A las buenas tardes, don Segismundo.

¡Huy!

No sé yo si eso que hace usted es bueno para la salud.

-No sé si será saludable,

pero es un placer como pocos recuerdo.

Me lo ha regalado Servando.

¿Qué hacéis vosotros por aquí?

-Pues he venido a traerle sus pantalones apañados.

Les he cosido el roto

y les he zurcido los bajos. -Y yo traigo un licorcito

para que se le eche usted y entre en calor.

-Qué requetebuenos sois conmigo. Qué pareja más agradable.

Si hubiera tenido una hija, me hubiera gustado que fuera como tú.

Y con un yerno como tú,

Ramón... -Martín, Martín.

-Ah, Martín. Martín, hubiera sido el hombre

más feliz del mundo.

-Bueno, pues no tire la toalla aún.

-Me veo ya algo mayor como para ponerme a criar ahora.

-Bueno,

me refiero a que no hace falta

que corra la misma sangre por las venas para que uno

tenga a alguien en quien apoyarse. Alguien que le dé calorcito

en esta ciudad tan hostil y que le trate como si fuera familia.

-Sabías palabras, Casilda. -Pues sí.

Pro ejemplo, fíjese,

mi familia la tengo muy lejos.

Así que es como si no tuviera por lo tanto.

Y fíjese,

a mí me encantaría ayudarle

y tratarle como si fuera mi mismísimo padre.

-Qué buena eres, muchacha. -No lo sabe usted bien,

don Segismundo.

Es una pena que no tengamos a los nuestros cerca.

Algún día nos gustaría tener descendencia.

-¿Y por qué no la tenéis ya? Las criaturas

son una bendición en una casa.

-Eso si se tiene casa.

Porque nosotros no tenemos ni dónde caernos muertos.

-¿Qué me dices?

-Eh... Diga usted que estamos muy bien en la casa

de guardeses. ¡Ay!

Pero es tan chiquita...

Como un día tengamos churumbeles, no sé cómo nos vamos a meter ahí dentro.

-Pues sí.

Y nosotros habremos de tener como cuatro o cinco.

Y dígame dónde vamos a dormir si no en literas.

-También te digo

que los niños cuanto más estrechos crecen,

menos se separarán de mayores.

Estoy seguro que muy pronto, muy pronto

vais a poder cumplir vuestro sueño.

Y tendréis esa familia que tanto ansiáis.

-Vaya, vaya, vaya.

Muy buenas tardes.

-Vamos, don Segismundo, venga. Le acompaño.

Que aquí parece que empieza a refrescar ya un poquito.

Vamos, vamos.

-Anda.

¿Y qué hacíais aquí molestando a don Segismundo?

-De molestar nada, Servando. Le hacíamos compañía.

-Y a ver si rascábamos algo, ¿no? -¿Qué quieres decir?

-¿Te lo explico de verdad? -De eso nada.

Os lo ganabais para ser herederos.

-Solo éramos amables.

-Y yo soy reina de España. -El ladrón

se cree que todos son de su condición.

-Te doy la razón.

Que Lolita no se queda corta.

-Y usted tampoco.

-Aquí todos estamos a lo que estamos.

Sanseacabó y punto redondo.

-Vamos a ver, vamos a hablar en plata.

Ese hombre quiere cariño y nosotros su propiedad.

Hasta ahí todos de acuerdo, ¿no?

Bueno. Pues el que antes

se gane a don Segismundo antes de que la diñe será su heredero.

Que gane el mejor.

¿Hay trato?

Cuéntame.

-Ya sabes todo lo que pasó en esa isla.

¿Por qué vuelves a preguntármelo? -Necesito saber detalles.

-¿Qué detalles?

-Si conocisteis a gente, si establecisteis lazos.

-Hace unos días no querías ni hablarme. Y ahora...

-Cuéntamelo todo de nuevo. Necesito saber.

-No quiero recordarlo. -Es que...

-No me hagas pasar por eso. No quiero.

-Pablo, ¿está Casilda?

-No. -¿No?

Esta chica pasa más tiempo en Acacias que aquí.

Rosina se va a acabar hartando. -Ya, sí.

No has probado bocado.

¿Sigues con tu malestar?

Un poco sí, para qué engañarnos.

Y lo de Tirso también me quita el apetito.

¿Cómo se encuentra?

Ahora mismo hay un enfermero con él. Un muchacho asignado por el médico

que le enseña a manejarse con la ceguera.

La adaptación no debe de ser fácil.

No. Al parecer no lo es.

Y menos para un chico de tan corta edad.

Pobre criatura.

Nos tiene a nosotros.

Le ayudaremos en todo lo que sea.

Y más ahora, en este duro trance.

Para empezar legalizaremos su adopción.

Me alegra mucho oírle decir eso.

Edita, puedes retirarte.

¿Y han pensado bien en lo que esa decisión conlleva?

Claro que sí.

Adoptar a un hijo es una gran responsabilidad.

Lo sé.

Un hijo está por encima del matrimonio.

Es un lazo que te une a otra persona

definitivamente y más allá de la muerte.

Y educar a un crío no es fácil.

Nada de lo que merece la pena lo es.

Lo hemos pensado bien, Cayetana.

Sí, sí, sí.

Ya lo supongo.

Además, en el caso de Tirso, al ser ciego,

necesita más cuidados que un niño normal.

Atención constante y a todas horas.

Lo sabemos. Pero estamos dispuestos a dar ese paso.

Pronto todo será legal.

¿Qué te ocurre, querida? ¿Estás bien?

Sí. No es nada.

Llevas unos días así.

Deberíamos ir al médico.

No es nada. Estoy bien.

Voy a mi cuarto a echarme, a ver si se me pasa.

Iré contigo.

Simón.

¿Cómo te encuentras?

¿Has pasado buena noche?

-¡Oh!

Por un momento pensé que lo que me contó

usted ayer había sido un sueño,

pero al abrir los ojos me he dado cuenta de que sigue aquí,

a mi lado.

-Y aquí seguiré.

Todo lo que te conté es cierto.

Y siempre lo había callado.

Me siento aliviada por haberme sincerado contigo.

-La culpa pesa a veces en el alma.

-Espero que no sea demasiado tarde

para recuperar a mi hijo.

-¿Quién es mi padre?

-Un mal hombre.

Te dije que no me gustaba recordarlo.

-¿Pero cuál es su nombre? -Qué más da.

Un monstruo que se aprovechó de que yo

estaba desvalida.

Ni siquiera sé si está vivo o muerto.

Lo importante

es que tú te recuperes del todo.

Y que nosotros podamos recuperar nuestro tiempo perdido.

Ahora

nos tenemos el uno al otro.

Nunca más

te voy a abandonar.

¿Qué ocurre?

-Perdóneme.

Perdone, pero no me resulta tan fácil olvidar todo.

El rechazo que he recibido de usted durante mi paso por Acacias.

Necesito un poco más de tiempo.

-Lo entiendo.

No me porté bien.

El miedo a que supieran

mi pasado

hizo que me comportara contigo cruelmente.

Otra vez.

Pero esperaré.

Tienes toda mi paciencia.

Bastante has hecho con no apartarme de tu lado

de malas maneras, que es

lo que merecía.

-Qué alegría que estés despierto. Qué noticia.

-Gracias, señorita. Es usted muy amable.

-Estábamos todos muy preocupados por ti, sobre todo doña Susana.

No se ha separado de tu cama ni un instante.

-¿Cómo está Elvira?

¿Qué ocurre?

-No está bien, Simón.

Su padre no la deja salir de casa. Ni me permite ir a visitarla.

Estoy muy preocupada por ella.

No sé de lo que es capaz ese hombre.

-No dramatices, María Luisa.

Elvira está bien.

Es su padre, no le va a hacer nada.

-No deberías preocupar tanto

a Simón en su estado.

¿Adónde vas? -Tengo que ir.

Tengo que ir con Elvira.

-No. Ni pensarlo.

No saldrás hasta que decidan

los médicos. -He de salvar

a Elvira de su padre.

-Lo que has de hacer

es recuperarte del todo. Y luego Dios dirá.

¿Está claro?

Venga.

Espero que don Ramón tenga ya el dinero.

-Yo también. Te lo aseguro. No nos queda mucho tiempo.

A propósito, quería hablarte de algo.

-¿Qué ocurre?

-Ayer tarde tu esposo me hizo una encerrona

y me abordó a preguntas.

-¿Qué te preguntó?

-Quería saber todo lo sucedido en Fernando Poo.

Que le relata los hechos sucedidos,

pero sin escatimar en detalles. -No te preocupes.

Pablo está más tranquilo, relajado. -Eso pensaba yo.

Que se había quedado conforme.

¿Pero por qué vuelve a preguntarme de nuevo?

-Porque me ve muy cambiada y le come la curiosidad.

Es normal.

Ya se le pasará cuando...

Cuando todo vuelva a la normalidad.

¿Dónde estará este hombre?

-Disculpadme la tardanza. No quería haceros esperar.

-Si es debido a que hay novedades con el dinero, no hay problema.

-Así es.

He conseguido que el banco acorte los plazos

para la entrega del efectivo.

-¿Eso significa que voy a poder tener el dinero ya?

¿Hoy?

-No. Eso no va a poder ser tan rápido.

-¿Cuánto más voy a tener que esperar?

-Apenas unos días, Leonor. Estas cosas son así.

Es una cantidad muy elevada.

-¿Pero cuánto más va a tardar? -Pues espero que tan solo unos días.

Yo he conseguido acortar los plazos, no puedo hacer nada más.

Habrás de esperar.

¿Cómo está?

La he dejado descansando.

Estoy preocupado por ella, Cayetana.

Lleva días con dolores y no se le pasan.

Pero tampoco quiere ir al médico.

No será nada. No se apure.

Serán los nervios por Tirso.

O también que su relación en el matrimonio no es de lo más relajada.

No se trata de eso.

No evite el tema.

Necesito hablarlo.

¿Hablar de qué?

La enfermedad de Tirso nos ha unido a Teresa y a mí.

Hemos encontrado el camino para acercarnos.

-¿Y lo nuestro?

No hay nada nuestro.

Así que lo que ocurrió no significó nada.

No siga por ahí, Cayetana. Ni lo mencione.

Yo ahora he de pensar en Teresa, es mi esposa.

Y en Tirso.

¿Y quién piensa en mí?

Siento algo muy poderoso por usted, Fernando.

Y sé que a usted le pasa lo mismo conmigo.

Lo que ocurrió en la alcoba lo demuestra.

Lo que sucedió fue que sucumbí a los placeres de la carne.

Estaba solo, triste

y atormentado.

Fui débil.

Solo eso.

¿Qué quiere decir? Lo que quiero decir

es que fue un error. Un terrible error.

Del que me arrepiento enormemente.

Así que soy eso, un error.

Amo a Teresa, Cayetana.

Esa es la realidad.

Lo lamento, pero la amo.

Tú sí que has errado, Fernando.

Y no sabes cuánto.

"Tal y como se lo cuento".

Llegué y allí estaba Simón, despierto.

Incluso pude hablar un rato con él.

-Qué alegría me da escucharla.

Y así podrá salir ya del hospital. -Bueno,

es pronto para aventurarse, Lolita. Los médicos no quieren precipitarse.

Aún tiene que recuperarse.

Pero creen que no tendrá secuelas. Eso es lo importante.

-Claro que sí.

Voy a contárselo a los del altillo, ya verá lo contentos que se ponen.

Que mucho hemos rezado

por ese demonio de hombre. A más ver.

-A más ver, Lolita.

-¿Y mi tía?

¿Sigue allí?

-No se separa de él ni un instante.

-Qué pecado habrá cometido

como para ponerse como penitencia cuidar del criado.

Conociéndola será uno gordo. -Trini.

-¿Qué?

Bueno,

me reconoceréis que nunca habíamos visto a Susana en algo así.

Lo siento, Liberto,

pero tu tía es la mujer más clasista.

Lo que hace por el mayordomo

es como poco extraño.

-Extraño sí es,

para qué engañarnos.

-Lo será.

Pero le hemos de agradecer los cuidados a ese pobre muchacho.

Y lo importante es que se recupere

y salga por fin del hospital.

-Claro.

-Así que esa sabandija

ha conseguido sobrevivir.

-A Dios gracias.

-Gracias al demonio. Ese desgraciado debería arder en el infierno.

-Oiga... -No debería usted referirse

a ese muchacho en esos términos.

-No solo debo, sino que puedo.

Ese malnacido me ofendió de la forma más grave.

-Solo Burak Demir fue testigo de esa agravio. Sin embargo, todos

los presentes lo fuimos de la paliza que dio usted a Simón.

-No me escondo, si es a lo que se refiere.

-Me refiero a que por muy deshonrosa que haya sido la obra

de ese joven, no debería haber usado esa violencia tan desmesurada.

No debemos dirimir

nuestras diferencias a tortazo limpio. No somos animales.

-Es su opinión. -Mi opinión

y la de mucha otra gente.

Ese muchacho quizá no tenga familia cercana,

pero tiene amigos y gente que le aprecia.

Para empezar aquí, mi hija.

-¿Y...? -Gracias a que nadie

le ha denunciado

esta vez su reacción no tendrá consecuencias.

Pero como vuelva a acercarse a ese muchacho...

-¿Qué? -Se las verá con las autoridades.

Porque esta vez nadie le va a encubrir.

Yo mismo iré a la comisaría a presentar parte contra usted.

-Las autoridades me darían la razón. ¿Qué haría usted si viera

a su hija yaciendo con su cochero?

-No le permito ni la hipótesis ni el tono.

-Señores, se lo ruego,

hay damas delante y las están violentando.

Mejor que no se digan más.

Todos los presentes

estamos de acuerdo con las palabras de don Ramón,

que no pueden estar mejor dichas.

-Si es que es para comerte.

Maldita sea.

Ya se ha enterado, ¿no?

Los médicos dicen que sufrió

una crisis respiratoria. No, Felipe.

Es evidente que esas dos brujas se nos han adelantado.

¿Le han asesinado?

Esto no puede ser una muerte natural.

La coincidencia es imposible.

Tome. ¿Qué es esto?

Una carta que escribió Jenaro a su hija. Désela.

Un muerto más en la lista de Cayetana Sotelo Ruz.

A veces me sorprende lo competente que es.

He hecho lo que debía hacer

para lograr que Elena salga de su escondite.

Digo yo que en breve la tendremos por aquí.

Cuando reciba nuestro mensaje.

¿Cómo van sus asuntos por casa?

¿A qué se refiere?

A sus tejemanejes por destruir ese matrimonio.

Tengo que reconocerle que he tenido algún traspié.

Me sorprende oírselo decir.

¿Qué ha ocurrido?

Ya sabe que a ese diablo le ha dado por quedarse ciego de repente

y de forma irreversible.

Y eso parece que ha hecho que Fernando y Teresa se acerquen.

Han decidido adoptar a la criatura.

Entiendo.

¿Y qué va a hacer?

¿Ha pensado algo?

¿Cuándo no lo hago, Úrsula?

Estoy en ello.

Le aseguro

que no dejaré que Teresa levante cabeza.

Me voy a ocupar de que pague

por cada uno de sus actos.

Ahí está.

Y ahí va.

-La madre del cordero.

Qué fuerza tienes, muchacha.

-Soy como un toro, don Segismundo.

De criarme en el campo con mi tío Cosme, que tenía tres mulos.

¿Ha entrado ya en calorcito

o quiere que le queme más leña? -Estoy como un turroncillo, Lolita.

Gracias, muchacha.

-Así me gusta.

Que no me entere yo que pasa frío. -Me había quedado helado.

-Claro.

Yo lo que quiero es que esté usted bien y que se sienta como en casa.

Ale.

Y hablando de casa,

¿tiene ya pensado qué va a hacer con su piso en un futuro?

-Aún no.

Lo estoy pensando detenidamente.

-Huy.

¿Y por dónde van los tiros de sus pensamientos?

-Hay mucha gente que se lo merece

por cómo se está comportando conmigo.

-¿Comportando?

-Por cómo me está

tratando y demostrándome su cariño.

-Claro. Es que se hace usted de querer. Tome.

¿Le acerco a los fogones y así le da más calorcito?

-Igual un poquito sí.

-¡Ay! Quieto ahí, hombre.

Usted ni se mueva.

-Cómo me gusta tu chispa, Lolita.

Qué chica tan especial eres.

-¿"Ande" está Segismundo?

-¿Para qué le buscas? -¿Qué te importa?

-Estoy aquí, chica.

¿Qué ocurre?

-Buenas, don Segismundo.

Que nada, que le he preparado unas hierbas que le van a sentar

como pan de oro recién caído del cielo.

Así que ande, véngase

usted conmigo. -Don Segismundo

no quiere tus hierbas.

Está aquí tan ricamente al calorcito.

-¿Y quién lo dice?

-Pues lo digo yo, que llevo

aquí un buen rato con él.

¿Qué pasa?

-Pasa que mis hierbas

le van a recomponer el cuerpo al hombre.

-Que don Segismundo se queda, eh.

Con el vendaval que hay. Ni que estuviera loca.

-¿Qué estáis haciendo? Pero...

Pero que mareáis al pobre hombre. ¿No veis que es un anciano?

Se va a venir conmigo a la portería. Le voy a hacer sopitas de ajo.

Se va a quedar usted muerto,

Con perdón. -Escuchad.

-No se lo va a llevar.

-¡Tú calla, que ni vives aquí! -Oídme un momento.

-El abuelo se queda conmigo que me he deslomado con la leña.

-¡Yo lo vi primero! -Calla.

-Silencio, "rediez".

¿Acaso habéis olvidado que estoy aquí y que os estoy oyendo?

-Mire usted, don Segismundo, nosotros queremos que se sienta a gusto.

-¿Crees que me chupo el dedo,

que soy tonto de remate?

¿Crees que no sé lo que queréis hacer? Me doráis

la píldora para que os deje mi piso en herencia.

-Por Dios, nada más lejos de la realidad.

-Ni se me ocurrió. -Eso ofende.

-Callaos.

Sé exactamente lo que pretendéis.

Y la verdad es que ni siquiera

me importa.

-¿Que no?

-Todo lo contrario.

Precisamente quería deciros

que pienso dejar el piso

a uno de vosotros.

¿Para qué dejarle

la vivienda en herencia a las monjas

habiendo gente que me cuida tan requetebién?

-Claro, muy bien dicho, don Segismundo. Y ahora arreando

para la portería. Se va a enterar usted de lo que es que le traten

a uno requetebién. Venga usted por aquí. Ahí, ahí.

Cuidado con los palitos.

-¡Bueno! ¿Adónde se lo lleva?

-Casilda, se nos escapa.

¿Molesto?

-Por favor.

-Por favor,

tomaré lo mismo que don Ramón. -Un coñac.

-¿Va todo bien? Le noto

algo inquieto.

-Nervioso por un encontronazo que he tenido con el coronel.

Ni tiene importancia.

Ese hombre no merece

la pena que gastemos saliva.

Cambiando de tema,

¿qué tal le va con esa muchacha? ¿Cómo se llamaba?

-¿Mariana? -¿Siguen ustedes saliendo?

Las cosas empiezan a ir en serio.

-No lo tengo yo tan claro.

-¿Y eso? ¿Es que no le gusta la joven?

-Me gusta.

Y mucho.

Es una mujer guapa y simpática.

-¿Y entonces?

Me parece que no es para mí.

-¿Y qué le hace pensar eso? ¿Que es camarera?

-Eso lo primero. -Mi mujer era manicura. Qué más da.

-No me malinterprete.

Trinidad es pan de Dios y bien casado está.

Pero Mariana

no es doña Trini.

Esa mujer trabaja todos los días rodeada de hombres. El otro día

presencié aquí un incidente que no me gustó.

-¿Un incidente? ¿Qué sucedió?

-Un hombre se sobrepasó.

-¿Y ella qué hizo?

-Ahí está la cuestión. No hizo nada.

Me dijo que era su trabajo y que no le diera importancia.

-Pero usted sí se la da.

-No puedo estar con alguien que no se pone en su sitio.

-Entiendo. -Esa mujer está acostumbrada

a trabajar rodeada de hombres,

a vivir la vida de cafés y de tabernas.

A mí me gusta la vida de hogar.

No quiero estar de arriba para abajo de jarana en jarana.

¿Y usted qué opina?

-¿Quiere mi opinión sincera?

-Por eso le pregunto.

-Creo que está usted buscando excusas, amigo Felipe.

Y aquí la cuestión es la siguiente:

¿le gusta o no le gusta

esa chica?

-A mí me gustan la señoras.

-Y ella no lo es. -Don Ramón,

yo estoy acostumbrado a otra cosa. A una mujer de su casa.

Obediente y fiel esposa. Una dama de pies a cabeza.

-A Celia quiere decir.

-Sí.

Lo más parecido a ella.

-Entonces, Felipe, debería usted ser sincero con Mariana.

Está haciendo que albergue ilusiones. Eso tampoco es justo.

-Ella solo quiere diversión.

Y yo no estoy preparado para lanzarme al ruedo sentimental.

-Estas cosas llevan su tiempo, amigo Felipe.

No se presione ni se apresure.

Tómese su tiempo.

Yo pasé por algo parecido

y sé de lo que le hablo.

Teresa.

¿Qué haces levantada?

Me encuentro algo mejor.

No tienes buena cara.

Teresa, si no quieres ir al hospital, podemos llamar a un médico.

No te preocupes.

Me preocupo porque no te noto mejoría, sino todo lo contrario.

Temo que nos hayamos volcado

con los cuidados de Tirso y hayamos descuidado tus dolencias.

Nadie ha descuidado nada.

Lo de Tirso es algo grave,

pero lo mío es una molestia sin importancia que se irá en días.

Son dolencias

que vienen y van.

No sé yo.

Me quedaría más tranquilo si lo confirmara un médico.

No vamos a molestar a nadie por fruslerías.

Si en unos días no se te pasa...

Cederé y me dejaré atender.

¿Qué son esos papeles?

Son los papeles de la adopción de Tirso.

¿Ya están?

Ese niño se merece que le pase todo lo bueno.

¿Has visto los grandes avances con el enfermero?

Tiene ante sí

el difícil trago de adaptarse a una nueva realidad

y sin embargo no desfallece.

El mundo se ha apagado a su alrededor y sigue luchando.

Es el niño más valiente que he conocido jamás.

El más tenaz.

Teresa,

¿seguro que quieres seguir con esto?

¿A qué te refieres?

A que si de verdad quieres adoptar a este crío.

Fernando, ya lo hemos hablado.

Y sí, estoy segura.

¿A qué viene esto?

Viene a que es un paso muy importante

y no me gustaría que te arrepintieras,

que te echaras atrás,

que te alejaras de nosotros.

No me voy a alejar de ese niño.

Y de ti tampoco.

Necesita una familia.

No sé por qué estas dudas.

Las dudas vienen por Mauro.

No dudo de tus buenas intenciones, Teresa.

¿Pero es esto de verdad lo que quieres?

¿Puedes asegurarme que has olvidado a ese hombre?

Me alegro mucho de que estés mejor, Simón.

Y no solo porque temíamos por tu recuperación,

sino porque así mi tía podrá descansar.

¿Sabes que no se ha separado de tu lado ni un día?

-Según me han contado ni una sola noche tampoco.

-Pues ahora que Simón está mejor, podrá regresar a casa.

-Claro que no.

Yo no me voy de aquí

hasta que no le den el alta.

-Tía, deje de hacerse la fuerte. No tiene edad

para estar durmiendo en un hospital y sin apenas comer. Enfermará.

-Pamplinas, no es para tanto.

Y deja de preocuparte, estoy bien.

-Tía, ¿se puede saber por qué hace esto?

Perdona, no es porque seas tú. -Lo hago

porque me viene en gana.

Hice una promesa a la Virgen de los Milagros.

Y no voy a incumplirla así vengas tú a pedírmelo.

-Está bien.

No le insistiré más.

Pero no me ha convencido para nada con sus palabras.

Te ha tocado la lotería con mi tía.

Esto no lo ha hecho

ni siquiera por mí, y soy su sobrino.

-Déjate de milongas.

-¿Sabe algo de Elvira?

-Pues lo cierto es que nadie la ha visto por Acacias.

Su padre la tiene encerrada.

Pero ningún vecino ha escuchado una palabra más alta que otra.

-A saber lo que le hará.

-Estamos todos bastante preocupados.

Ese hombre es un hueso duro de roer.

-¿Puede hacer algo por mí? -Por supuesto. ¿De qué se trata?

-Tiene que hablar con el coronel.

Ha de interceder por mí para que deje salir a Elvira.

-Haré lo que pueda, Simón. Pero sabes que no servirá de nada.

Y más viniendo de mí la petición.

Ya sabes que

no soy santo de su devoción por lo ocurrido

entre su hija y yo.

-Tiene que hacer un poder, por favor.

Y si hablara con ella, ha de decirle que estoy bien

y que en cuanto salga iré a liberarla.

-Prometo que lo intentaré.

-Con eso me conformo, don Liberto.

-Bien. Y ahora he de marchar.

-Te acompaño a la puerta.

-Simón.

¿Me promete que no se va a agotar demasiado, tía?

-Que sí. Qué haría yo sin tus preocupaciones.

-Pues seguramente se aburriría usted mucho.

-¿Se puede saber qué haces?

-Tengo que ir a buscar a Elvira. -De eso nada. Vuelve a la cama.

Venga. -Vamos, déjeme.

-Que no. ¿Sin permiso del médico? Ni pensarlo.

Tápate.

-No lo soporto.

No lo soporto.

No dejo de pensar en lo que pasará Elvira, y me destroza.

Se lo ruego, por favor, hable

con le médico, que me dé el alta.

-No, no, no.

No voy a poner en juego tu vida. Olvídate de eso.

Pero

sí voy a hacer algo,

Simón.

Te voy a ayudar con Elvira.

Quiero demostrarte que puedes contar conmigo para todo.

Voy a sacar a Elvira de esa casa,

sea como sea.

¿Cuánto más habremos de esperar hasta tener el dinero?

-Pues espero que no mucho.

-No entiendo por qué tardan tanto.

Yo pensé que el banco

a don Ramón no le iba a poner problemas.

-No parece hombre que nos engañe.

Si dice que el dinero

tardará días, será verdad. -Don Ramón es bueno

y honrado. Sé que no nos va a engañar.

Es que no puedo más con tantas amenazas.

Estoy agotada de todo esto.

Necesito que esto termine ya.

-¿Qué ocurre?

-La carta no está en el mismo capítulo donde la dejé.

Habiba, ¿has tocado este libro?

-No. Yo no lo he tocado.

-Alguien ha leído la carta.

-Pablo.

(Puerta)

Ay, Teresa.

Qué bien que haya venido.

Me tiene que ayudar a decidir algo.

Venga.

A ver.

¿Cuál le gusta más? ¿Este

o este?

Teresa. ¡Oh!

¿Qué le ocurre?

Teresa.

He de reconocer que tengo cierto malestar abdominal hace días

y muchas ganas de vomitar.

Esperemos que no sea grave.

Son los nervios, estoy convencida.

Debe de ser por mi estado de desasosiego.

Tengo el alma hecha añicos.

Ya.

¿Ha decidido algo?

A eso venía, Celia.

Necesito que me haga un favor.

Sí, claro. Por supuesto.

¿En qué puedo ayudarla?

Organíceme un encuentro con Mauro.

Pero

pensé que había decidido apostar por su matrimonio

ahora que había decidido adoptar a Tirso.

Y así es.

Voy a seguir su consejo.

No es momento de ser egoísta y pensar en mis sentimientos.

Pienso en lo mejor para Tirso.

Bueno, en ese caso

debería evitar todo contacto con Mauro.

Ya lo hablamos.

Si voy a romper con el amor de mi vida de forma definitiva,

he de decírselo en persona.

¿Pablo?

-De ahí sus preguntas otra vez. -¿Tú crees?

-Si no, ¿a qué sacar el tema de nuevo?

Quería saber detalles. Con quién establecimos relaciones.

-Tiene sentido. De ahí su cambio

de actitud.

-Hace poco estaba distante conmigo y volvió a acercarse.

Está escamado de nuevo.

-Antes tenía sospechas,

ahora tiene información concreta.

Conozco a Pablo.

No parará.

No se quedará tranquilo hasta saber la verdad.

-¿Qué vamos a hacer?

No podemos permitir que meta las narices en esto.

-Un poco tarde para eso.

Ya las he metido.

Como bien dice Leonor, no quedaré tranquilo

hasta que no me lo contéis.

Será mejor que empecéis desde el principio.

Hemos decidido adoptar a Tirso como hijo legítimo.

Por desgracia,

tenemos otra noticia que tememos

no va a ser de su agrado. -Dudo mucho

que pueda estropear la primera. -No lo creo.

Pero de todas maneras debéis saber

que hemos tomado la determinación de mudarnos de estas calles.

Vamos a dejar Acacias.

-"¿Sabe qué, coronel?".

Esa intransigencia suya,

esa forma de tratar a su hija,

me recuerda poderosamente a alguien.

-Sería un placer conocer a una persona tan recta.

-No tendrá que ir muy lejos para encontrarla.

La tiene usted delante.

Yo también

me consideré guardiana de la moral de mi hijo.

Y lo único que conseguí fue perderle.

-"Antes de nada quiero agradeceros lo bien que os habéis"

portado con este anciano. Con vuestras atenciones y favores

me habéis devuelto la alegría.

-Sí, eso está muy bien, don Segismundo.

Pero al grano. Es que nos tiene en ascuas.

-Sí, Segismundo.

No podemos con los nervios. -Está bien.

Por el afecto que me habéis mostrado durante estos días

sé que la noticia os alegrará.

Ay, al fin aparece. Nos tenía con el corazón

en un puño. "¿Por qué se preocupa por Simón?".

¿Acaso es su ángel de la guarda?

No, querida.

Soy su madre.

"¿Y Teresa?". -"Ha tenido que salir".

"Estaba con Tirso"

preparándole la maleta.

Veo que persisten en su empeño de abandonar mi hogar.

Así es.

Ya hemos encontrado casa en un nuevo barrio

y he adelantado el alquiler.

Se le ve satisfecho.

Me pregunto si Teresa estaría tan dispuesta a acompañarle

si supiera lo que sucedió.

"¿Ha hablado ya con Celia?".

Así es. Me ha expresado su deseo de encontrarse con Mauro.

¿Y ha cumplido ya mi capricho? Precisamente

ahora iba a verle.

Había pensado que se podrían ver en mi pensión.

Se lo agradezco.

Hágalo diciéndome qué se propone.

¿Qué tiene que decirle con tanta premura?

Lamento no poder satisfacer su curiosidad, pero

es algo que no es del agrado mío.

Eso me temo. "Tengo que contarte".

Por desgracia no son buenas noticias.

Mauro, escúchame. Después del esfuerzo

por encontrar a Elena, nada ha salido según lo planeado.

Lo lamento. No, no.

Descuida. Aún no me han derrotado.

Encontraré otro modo de hacer justicia.

Mauro, no es necesario. ¿Cómo que no?

Diablos.

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  • Capítulo 494

Acacias 38 - Capítulo 494

11 abr 2017

Mauro llega a un trato con Elena: él protege a su padre y ella le cuenta toda la verdad. Pero el padre de Elena muere y el inspector no puede dejar de pensar que es provocado. Susana se sincera con su hijo, le relata cómo él nació después de quedarse viuda, y cómo lo abandonó. Simón perdona a su madre y la sastra se compromete a sacar a Elvira de su casa.

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