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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 487 - ver ahora
Transcripción completa

Fernando, no olvides el cariño que le tengo a Teresa.

Lo siento.

Teresa es como una hermana para mí,

y eso es lo más sagrado de este mundo.

No te dejes llevar por los impúdicos deseos.

No. No lo haré.

Nunca he dejado que me tocara. Mauro, tú has sido el único hombre.

Y quiero seguir así.

No sé si podré conseguirlo.

Espero que no decida tomarme a la fuerza,

porque entonces poco podré hacer por evitarlo.

"Habiba me lo ha contado todo".

El trato de los capataces, el hambre.

El látigo con varias colas.

-¿Y qué más?

-Me insinuó que tuviste que sufrir abusos.

-¿Sabes lo que me acaba de comunicar Gayarre?

Pues no.

Que quiere abandonar el servicio de esta casa.

¿Qué?

No puedes hacer eso. No seas insolente, Elvira.

Claro que puede, es un hombre libre.

"La policía me busca".

-"Iré esta tarde a su casa".

"Dígame que han detenido a Elena Pérez Casas".

No. Todavía no.

Uno de los hombres de Méndez la ha localizado.

Sabe por qué barrio se mueve.

Dígame qué barrio es.

Mauro, por favor, aguante.

¿Aguantar?

Aguantar, cuando ese hombre puede tomar a Teresa cuando quiera.

Dígame el barrio. Solo necesito eso.

-"¿Qué hacemos, Teresa?".

Podemos pedir a la iglesia que anule nuestro matrimonio.

¿Alegando qué? ¿Qué no lo hemos consumado?

Te aseguro que no estoy dispuesto a permitir eso.

Que si es necesario, se consumará a la fuerza.

A partir de ahora, te vas a comportar como una esposa.

Como una buena esposa.

-Ya te he dicho que no he contado nada.

Solo lo que él quiere oír, que su mujercita ha sufrido mucho.

No te olvides de lo importante, que nuestros planes salgan bien.

Céntrate en lo que de verdad nos interesa,

en la reunión con el comprador de tu parte del yacimiento.

Le vas a decir que sí.

-Pero no quiero que Pablo sepa nada de Fernando Poo.

-De lo verdaderamente comprometedor, no le he dicho ni una palabra.

¿O es que quieres que lo haga? -No.

No, no quiero que hagas nada, Habiba.

Ya has hablado demasiado.

-Al contrario.

Te estoy diciendo que no he dicho nada de los sucesos

realmente comprometedores. -Es que ni se te ocurra.

Quiero olvidar todos esos acontecimientos

y enterrarlos para siempre. -Deja que lleve yo la voz cantante.

Yo decidiré cómo y cuándo convenga los sucesos

que sean necesarios contar.

-Sea.

Pero procura no tener que relatar todo el resto.

Los sucesos más espinosos.

-Queda mucho por contar, antes de llegar a eso.

Yo me encargo.

De hacerlo tú,

seguramente te dejarías llevar por el rencor o la pasión.

-Esta vez me voy a someter.

Pero recuerda que,

por el bien de ambas, intentemos llevarnos bien.

-¡Hija!

Uy, qué caras.

¿Estabais discutiendo? ¿Vosotras, que os lleváis tan bien?

No sabe la alegría que me da usted. Buen trabajo.

Me ayuda a comenzar con confianza mi andadura como comisario.

¿Cómo la detuvieron? -Aunque no quiera creerlo,

comisario, un informante anónimo nos mandó aviso

de dónde podríamos encontrarla.

Los guardias la encontraron amarrada y lista para traer a comisaría.

-Dios bendiga a ese informante, porque ya tenía yo ganas

de cruzar unas palabras con esa mujer.

Señora Elena Pérez Casas.

Me alegro mucho de verla.

Mucho.

¿Y usted?

¿No se alegra de verme a mí?

Bueno, supongo que no está usted de humor

para intercambiar galanterías.

Aunque le aconsejaría que se mostrara más colaboradora.

No sé si ha oído hablar de mí.

Pero más vale que me ayude y que no intente colarme una mentira.

No, madre, habrá usted malinterpretado algún gesto.

Habiba y yo no tenemos motivos para discutir.

¿Verdad, Habiba?

-Ninguno, señora,

ni se nos pasa por la cabeza.

Acostumbrada la una a la otra, somos capaces de tolerar

nuestros respectivos defectos.

-Mejor que mejor.

Hija, ¿qué te parece que tú y yo vayamos a la chocolatería

a tomar algo y pasar un rato con las amistades?

-Acuérdate que tenemos que acudir a ese compromiso.

-Me gustaría estar un momentito contigo, Leonor.

No creo que sea tanto pedir.

Y tú, Habiba, ¿por qué no te acercas a la perfumería?

Te doy dinero y te traes una esencia que te guste.

Date prisa, que va a cerrar.

-Con todo mi respeto, señora, no necesito dinero,

ni tampoco perfumes, si le soy sincera.

-Madre, ya le hemos dicho que tenemos cosas que hacer.

-Tan solo será unos minutos, hija.

Y tú, ya que no necesitas nada de la perfumería,

tráeme un jabón de olor para mí.

¿No irás a negarme ese favor, yo, que te cobijo bajo mi techo, verdad?

Gracias, Habiba.

-Madre,

no quiero que trate usted así a Habiba.

No es mi criada ni la suya, y se merece un respeto.

-Por favor, ha sido sin mala intención.

Necesito que nos deje un rato, para ir a hablar con las señoras.

-Tampoco quiero que me obligue a entablar relaciones con los vecinos.

-Hija, en eso no puedo ceder.

Hija, tienes que hacer un esfuerzo por retomar tus relaciones,

por tratarte con nuestros vecinos y amigos.

Y ya que tocamos el asunto de las relaciones,

tampoco estaría mal que intimaras un poco más con tu esposo.

-Madre, no le voy a permitir que usted tome las decisiones por mí.

Seré yo quien decida retomar relaciones con mis amistades.

Y ahora no es el momento.

Ni se imagina lo mucho que me agobian sus preguntas sobre la fuga.

-Pero hija, si lo hacen con su mejor intención.

Quieren que te sientas acompañada,

arropada, quieren que sepas que puedes contar con ellos.

-Pero es que a mí, recordar, me duele mucho.

Me ahoga.

Me ahoga.

-Hija. Hija, ¿qué te sucede?

Vamos a la chocolatería y te sientas un poco.

-No, no. No, a la chocolatería no.

Madre. -¿Qué? Que no puedo respirar.

-Ay, hija, vamos, vamos, que te llevo a casa.

-Sáqueme de aquí, madre.

-Tranquila, respira, respira. Tranquila.

¿De verdad que doña Celia se ha hecho con los negocios?

¿Quién lo iba a decir? -Deberías ver el cambio que ha dado.

Se maneja con las peluqueras como si no hubiera hecho otra cosa

en toda su vida. -Y todo gracias a usted.

-Bueno, está mal que yo lo diga, pero sí.

He sido yo quien la ha introducido en este mundo.

Y es mucho más complicado de lo que algunos piensan.

Parece que mis gestiones están dando su fruto.

-Pues les doy mi enhorabuena a las dos.

-Bueno, es Celia la que pone

toda la carne en el asador, pero sí.

Juntas hacemos el equipo ganador.

Los tintes Albora la van a liar gorda.

(Llaman)

Voy yo, que seguramente sea Celia.

Hemos quedado para organizar las visitas de mañana

y, para practicar el regateo, que es algo

que no se le da muy bien.

Elvira, niña, ¿qué tienes?

Pasa, pasa.

No ha funcionado, María Luisa.

Nada de lo que he hecho ha funcionado.

-Ya está, ya está, tranquila. Sosiégate y me cuentas.

-¿Alguien me puede explicar qué está pasando aquí?

¿Se niega usted a responder a mis preguntas?

-Ya he contestado.

No podrán relacionarme con la muerte del comisario

San Emeterio. Porque nada tuve que ver con ella.

-Me está mintiendo.

Y no me gusta que me mientan.

Soy hombre poco dado a la violencia, por eso tengo compañeros

que hacen lo que a mí me desagrada.

¿Entiende?

-Como sabrá por mi expediente, no soy primeriza

en tratos con la policía.

No va a asustarme, comisario.

No sin pruebas. -Tenemos un testigo

que afirma que la vio cerca de las vías del tren la noche de autos.

-Jamás he pisado esos andurriales.

-Usted le tenía jurada venganza al comisario San Emeterio,

porque fue él quien la detuvo

por envenenar a varios miembros de su familia.

¿O no?

-Ha llovido mucho desde entonces.

-¿Eso es todo lo que tiene que decir?

-No hay motivos para que hable más.

-Está bien.

Ya tendremos tiempo para métodos, digamos, más... disuasorios.

Veremos si quiere seguir callada después de pasar la noche

en la celda más húmeda y fría.

Llévesela.

-Tranquilo, comisario.

Sabíamos que no iba a ser fácil.

-Ya quebraré la voluntad de esa homicida.

Terminará hablando. Delo por seguro.

La muerte del comisario no quedará impune.

Toma, hija, bebe, que te sentará bien.

Menudo disgusto te has llevado.

Y yo no sé a qué vendrá tanta lágrima, pero te aseguro una cosa,

en esta vida no hay nada tan grave que os pueda amargar la vida

a vosotras. Que tenéis la vida por delante.

Bueno.

Me voy. Me voy y os dejo hablar a solas.

Pero escuchadme las dos.

A vuestro años, todo,

absolutamente todo tiene solución.

-Ya está, ya se ha ido. Cuéntame ahora.

Se marcha, María Luisa.

Simón se ha despedido de mi padre y se va del barrio.

Ni mis provocaciones ni los celos, nada ha sido suficiente

para retenerle.

Ya te advertí que lo que estabas haciendo podría tener consecuencias.

Pero no creí que fuese a dejarme en los brazos del turco.

Contaba con que al verme ante un futuro tan aciago, lucharía por mí.

Pero no.

Ha optado por lo más fácil.

Por abandonar.

Estoy segura que peor lo debe estar pasando él.

No tiene que ser plato de buen gusto ver como otro

se lleva la mujer a la que amas.

Además, seguro que se siente muy poca cosa

sabiendo que no se puede enfrentar a tu padre.

¿Por qué no habría de enfrentarse a él?

Si me quisiera, lo haría.

Ya te lo he explicado varias veces, Elvira.

No confía en poder darte lo que te mereces.

Cree que con él serás

más desgraciada que obedeciendo a tu padre.

Ahora no.

Ahora sabe que el hombre al que me ha destinado mi padre

me hará infeliz.

No me quiere como yo creía que me quería.

No, todo lo contrario.

Te ama muchísimo más de lo que crees.

No lo entiendo.

De ser así, habría luchado por mí.

Razona un poco, Elvira.

Vuestra relación siempre ha estado destinada al fracaso.

Yo creo que lo que él ha pensado es,

que si lo vuestro tiene que terminar,

mejor que sea ahora y no más adelante,

cuando tú ya no puedas rehacer tu vida.

No voy a permitirlo. No voy a dejar que se vaya.

Elvira, por favor,

no cometas más locuras. ¿Cómo pretendes retenerlo?

Algo haré, ya se me ocurrirá.

Pero no me rendiré sin más. Lucharé por los dos.

Buenos días, caballero.

-Un día precioso, ¿verdad?

Da gusto veros de paseo y tan bien avenidos.

¿Cómo se encuentra, Teresa?

Bien, muy bien.

Me alegro.

A ver si un día podemos hablar un rato.

-A usted no hace falta preguntarle cómo se encuentra,

se la ve pletórica.

-La vida me da satisfacciones, no me puedo quejar.

¿Y Tirso, sigue con sus ganas de disfrutar de siempre?

O aumentadas.

Ahora anda entusiasmado con una excursión

que va a hacer con el colegio.

Tenía que haberle visto la cara que puso cuando le regalé una brújula.

Me recordó lo feliz que era cuando yo tenía su edad.

Es un niño muy agradecido.

Todo le hace ilusión, todo le despierta curiosidad

y por todo se desvive.

-Bueno, no sigamos hablando de esto, que me recuerda a Tano.

Y a su infancia.

-Perdónenos si nos hemos excedido en loar

las virtudes de Tirso.

No queríamos despertar en usted la nostalgia.

-No se preocupe. Sé que no ha sido con intención.

Me alegra saber que Tirso les trae la alegría que todos necesitamos.

Ya nos veremos.

Teresa.

¿Qué pasa?

Fernando, eres el hombre más bueno del mundo.

Quizá. Pero yo también tengo mi límite.

Lo sé, y lamento haberte arrastrado hacia él.

No sé cuánto más podré aguantar tus negativas.

Ten paciencia, todo se solucionará.

Ojalá pudiera creerte.

Se solucionará, créeme.

Esperaría media vida si supiera que al final

seríamos felices.

(Llaman)

Pase. Ya creí que no venía.

He pasado por comisaría.

Quería saber si una noche entre rejas ablandaba a la detenida.

¿Y?

No ha dicho nada, ¿verdad?

Ni una sola palabra. Es una mujer fría.

Y avezada con el trato con la justicia.

Ayer ni siquiera se ablandó con la presencia del comisario.

Eso podría habérselo dicho yo antes del interrogatorio.

Optimismo.

El comisario cree que conseguirá hacerla cantar.

No estoy yo tan seguro.

Ni las amenazas de Méndez ni la cárcel conseguirán que hable.

Cometí un error. No debí entregársela a ustedes.

Ha hecho lo que tenía que hacer. Ahora la policía se encargará.

Pero yo habría sabido cómo obligarla a hablar.

A diferencia de Méndez,

yo conozco los detalles de la trama.

Y sé que Elena es solo parte de un engranaje

tras el que se esconde Cayetana. Por ahí habría presionado.

Una acusación que no tendría ninguna validez ante el tribunal.

Recuerde que usted pasa por muerto.

Y cuando Elena descubriera que usted está vivo,

no tendríamos con qué amenazarla.

La acusación quedaría en agua de borrajas.

Estar aquí encerrado me hace perder la perspectiva.

Me impide razonar.

Mauro, no sea tan duro consigo mismo.

Por el momento, lo ha hecho bien. Elena está detenida.

Confío en la habilidad del comisario para hacerla cantar.

Dele de tiempo.

Tiempo es lo que no tengo.

Mientras esperamos su confesión,

Teresa tiene que convivir con Fernando.

Y amoldarse, quizá, a sus necesidades de hombre.

Ejercer de esposa.

Créame, el camino que hemos tomado es el mejor.

Señores, miren quiénes han venido, con condumio y toda la pesca.

-¿A qué debemos tan grata sorpresa?

-Tendríamos que haber avisado, ¿verdad?

-No, mujer. Los amigos no requieren de protocolo.

-Yo me atreví a traer unos dulces para compartir entre nosotros.

-Magnífico.

Casilda, llévate los dulces a la cocina,

los pones en una bandeja y los devuelves, para que los degustemos.

-En un santiamén.

De algo tenía que servir estar emparentado con un pastelero

-Sí.

-Víctor, que hace mucho tiempo que no te pregunto,

¿sabes algo de tus padres?

-Escriben a menudo, sí.

Y a lo que se ve, están mejor que bien en París.

Están felices. -¿Y tienen pensado volver?

Leandro conmigo era muy comprensivo,

cuando trabajaba de mozo en la sastrería.

Era un hombre que sabía escuchar.

-Sí. Dicen que en cuanto puedan,

cogerán unas vacaciones para venir a vernos.

-Pues a ver si es verdad.

Me privaría de ganas volver a abrazar a mi primo.

-Y a mí. Abrazar a mis padres, digo.

Bueno, y que vean lo bien que me va con los locales, ¿no?

-Bien orgullosos que estarían.

Has sabido conservar y hasta mejorar el negocio

de la familia. -Y con tu abuela,

¿has mejorado en algo la relaciones?

-Ni empeorado tampoco, Liberto.

Nos ignoramos en silencio. -Créeme, Víctor,

es mejor así.

Susana es mi amiga de toda la vida, pero si no estás dispuesto

a obedecerla en sus caprichos y aleluyas, y no lo vas a hacer,

que te conozco, mejor que te ignore.

Mira, así te ahorras escuchar sus sandeces.

-Pablo,

¿dónde está Leonor? Me gustaría verla.

-A ella también le haría mucha ilusión

saludaros, pero no va a poder ser.

Es que ayer por la tarde, mientras dábamos un paseo

por Acacias, tuvo convulsiones, palpitaciones,

un vahído o algo así.

Total, que luego llegamos a casa y estaba agotada, la pobre mía,

y, presa de una terrible jaqueca.

Y hoy no se ha levantado.

-Vaya. Cuánto lo siento.

Aunque estoy segura que un poco de charla le vendrá bien.

-Mejor otro día.

-Ay, los dulces.

¡Al ataque! No les demos tregua.

-Mira, mi vida, eso es amor y lo demás son solo piropos.

-No.

-Casilda, por favor, trae dos cubiertos más.

-¿Y a ti no te apetece endulzarte la vida?

¿Te pasa algo?

-No, nada, estoy bien. No te preocupes.

-¿Seguro? -Sí.

-Has tenido ojo cazando a Víctor, ¿eh?

-Pues sí, voy a tener suizos para el resto de mi vida.

(RÍEN)

(Llaman)

¿Está el Simón?

Ay, ya le veo, gracias.

¿Es verdad que has decidido tomarte las de Villadiego?

-¿Quién os lo ha dicho?

-Pues el Servando,

que se lo ha escuchado decir el coronel a don Ramón.

Veníamos a...

Vamos, que se nos ha ocurrido venir a despedirte.

Para decirte que sepas que has dejado aquí buenas amistades.

Y que no va a ser fácil olvidarte

en esta finca.

-Hasta el Servando te ha cogido afecto.

Me ha dicho que luego subirá a despedirse.

Que él es muy sentido, ¿eh?

-Os agradezco el detalle.

Yo también he de deciros que sois muy buenos compañeros.

-Nosotros no hemos compartido mucho,

pero sí lo sobrado como para darme cuenta que eres muy buen sirviente

y muy buena persona.

Nosotros te deseamos lo mejor.

Aquí tendrás un techo si te vienen mal dadas.

Dios no lo quiera.

-Pues muchísimas gracias.

Viniendo de usted, esas palabras tienen más valor si cabe.

Y gracias a todos.

Yo tampoco os voy a olvidar.

-¿Cuándo marchas?

Me estoy preparando para marchar mañana a primera hora.

-¿Tan pronto?

-Lo siento.

Buena suerte.

-Que Dios te acompañe, muchacho.

-¿Ya te vas mañana, Simón?

¿Y a qué viene tanta prisa? Ni que te estuviera persiguiendo

la Benemérita por haber robado.

-Cuanto antes, mejor.

-¿Y no será que si te quedas,

tendrías que asistir a la boda de Elvira y el sarraceno?

-Sí. No sé, puede.

¿Qué más da, Lolita?

Cuanto antes Elvira se olvide de mí, y siga con su vida, mucho mejor.

No quiero causarle más problemas.

-Pues si quieres que te diga la verdad, me alegro

de que hayas decidido largarte.

Porque ayer, pensé que se lo ibas a decir todo al coronel.

O cualquier otra tontuna parecida. -No creas que no he pensado en eso.

Pero no.

No sería justo para Elvira.

Sería ella quien pagaría todas las consecuencias.

-¿Y prefieres sacrificarte tú?

Simón,

eres un buen hombre.

Y por eso me fijé en ti

desde el primer momento.

Porque ya no quedan muchos como tú en estos tiempos.

Buena potra, mayordomo.

-(RÍE)

Gracias.

Gracias, Edicta, puedes retirarte.

Úrsula. Sentémonos.

Disculpe que no le haya anunciado mi visita, pero...

tengo noticias que darle.

Malas noticias, por más señas.

Le ruego que no maree la perdiz y me cuente lo que tenga que contarme.

Elena ha sido detenida.

Ha pasado la noche en comisaría.

Por Dios, ¿es que nadie va a hacer nada bien?

Es lo peor que nos podía pasar. Sosiéguese.

Nada ganamos si perdemos el temple.

¿La han interrogado?

No lo sé.

Imagino que sí, pero...

creo que no tenemos que preocuparnos por eso.

Elena es una mujer que está habituada a tratar con la ley.

No nos delatará.

Eso espero.

Lo que me extraña es que se haya dejado atrapar.

Elena no es una mujer que suela exponerse y sabía que la buscaban.

La policía tiene sus artes.

Y ella habrá sido torpe.

Sí, puede ser que el mérito sea de la policía, pero...

también podría haber alguna otra razón.

¿Le dio usted a Elena alguna orden

que la obligara a abandonar su escondite y dejarse ver?

¿Yo? En absoluto.

Además, yo sería la que saldría peor parada con su detención.

Y no es momento para pensar por qué ha sucedido,

sino qué podemos hacer.

Bien poco.

Estamos con las manos atadas. Sí, tiene razón.

Si le enviáramos dinero o un abogado,

pronto se sabría nuestra vinculación.

De todos modos, pierda cuidado.

Como ya le he dicho, Elena está acostumbrada

a tratar con la policía.

Sabrá aguantar los interrogatorios.

Es una profesional del delito.

Dios le oiga.

Gracias.

Qué cabeza la mía.

Se me olvidaba.

Tengo más noticias que darle.

Espero que sean mejores.

Eso lo decidirá usted, que conoce a fondo la intriga.

Esta mañana he visto a Teresa

y don Fernando manteniendo en plena calle

una actitud cariñosa, que no cuadra con lo que usted

me había hecho creer.

No lo creo.

No me lo ha contado nadie. Lo he visto con mis propios ojos.

Y la verdad es que me ha extrañado,

porque decía usted que tenía a don Fernando comiendo de su mano.

No puedo arriesgarme más en estos momentos.

Tendré que acelerar mis planes.

Supongo que será lo mejor.

Gracias de nuevo,

Úrsula.

(RESOPLA)

Pues no lo sé, Casilda, tratándose de Habiba,

pues la cosa no está muy clara. -Lolita, no deberías hacer bromas

con la claridad, el color de su piel oscuro o lo que sea, ¿eh?

Vamos a ver. Lo que el Martín y yo nos cavilamos,

es que la Habiba es una buena chica.

Y deberíamos tratarla como cualquiera de nosotras.

-Pero si yo no digo que sea mala chica.

Solo que me parece muy difícil que la gente la trate como a una más.

-Que no, zascandil, que no me convences.

¿No dice el enredador este que tratemos a la negrita

como a una más?

Y que no es porque sea más clara o más carbón,

es porque se le ve a la legua que no es de fiar.

-El Servando lleva la razón.

Es más rara que un cordero color cielo.

-Pues lo que yo huelo aquí es miedo.

Miedo a todo lo que sea diferente.

Y que Habiba tenga un color o unas costumbres distintas,

no tiene por qué darle canguelo, jefe.

Sí, eso, vete tú al quiosco y le dices a la Fabiana

que quieres subirte a la Habiba al altillo.

Con lo supersticiosa que es te iba a hacer "fu-fu"

como a los gatos negros. Con perdón.

-Martín, ¿le has dicho que queríamos meter a la Habiba en el altillo?

-Quía. Ya sabes cómo es el Servando de exagerado.

Lo único que pido es darle una oportunidad.

Conocerla mejor, hablarle, dejar que nos hable, como se ha hecho siempre

con los recién llegados. Vamos, que tampoco pido tanto.

-Que no, que no, mentecato. Que no me convences.

A otro perro con ese hueso. Vamos a ver, ella es la rara

y, nosotros los que tenemos que hacer el esfuerzo.

Que no, hombre, que no. Además, si es diferente,

yo no tengo la culpa.

-El Servando ha dado en el clavo. Aunque me pese.

Si a la muchacha le pasa algo, que lo diga, y que se acerque ella.

Es que va de señoritinga.

Y así quiere que se la trate, que es amiga de doña Leonor.

-Pero es criada, que trabajaba en las plantaciones de Fernando Poo.

-"Po" mejor me lo pones. Pueblo llano venido a más.

Servando. -A ver.

-¿Me ayuda usted a mover un mueble que tengo en el pasillo?

Es que tengo que quitar las pelusas del rincón.

-Bueno. Porque me pillas de buenas, que si no...

-Vamos.

-El Servando doblando el lomo.

Si no lo veo, no lo creo.

-Es un adulón. ¿No ves que la Lola le ha dado la razón?

Ahora sí, aquí la última palabra no está dicha.

Y si no quieren aceptar que Habiba es una persona

como tú y como yo por las buenas, lo van a hacer por las malas.

Pero la aceptarán.

Vienes muy agitada.

¿Hay novedades?

-He conseguido cerrar el trato.

-Vaya, es una gran noticia. -No del todo.

Me ha puesto una condición.

-¿Podemos aceptarla?

-He tenido que transigir, se trataba de aceptar o romper el trato.

Pero tendremos problemas. -Dime de una vez de qué se trata.

-La otra parte exige tener la misma capacidad de decisión

sobre el yacimiento, que mi madre. -Conseguiremos manejarlo.

-Quizá.

Pero a costa de discusiones.

Y quizá, romper relaciones con mi madre.

-Has hecho lo que has podido, Leonor.

Do haber vendido, las consecuencias

serían mucho más graves para ti. -Mi madre

pondrá el grito en el cielo.

Ya sabes en la estima que tiene el yacimiento.

Y hasta su apodo de "Viuda de oro". -No te atormentes.

Al contrario, deberías estar satisfecha.

Pronto tendrás el dinero que necesitas.

-Quiero que todo esto termine cuanto antes.

-¿Leonor?

¿Qué hacéis aquí?

Pensaba que el dolor de cabeza no te permitía levantarte de la cama.

-Y así era.

Pero se me ha pasado un poco

y necesitaba salir a que me diera el aire.

-Ya. ¿Quieres que paseemos tú y yo?

-Lo siento, Pablo, gracias, pero no me encuentro del todo recuperada.

Y ahora mismo le estaba diciendo a Habiba que las piernas

apenas se me sostienen.

-Leonor.

Dichosos los ojos que te ven. -Qué gozo verla, doña Trini.

-La verdad es que me muero de ganas de hablar contigo un ratito.

-Verá, precisamente ahora es un momento...

-Cariño, no te preocupes, te vendrá bien charlar un rato.

Si enseguida nos vamos.

-Gracias, Pablo.

Sabiendo que te estás recuperando, no te voy a entretener.

Ven, acompáñame.

-¿Me quieres decir qué mal aqueja a mi esposa?

-Ella ya te lo ha dicho. Está cansada.

-Habiba, a mí no me tomes por tonto y nos irá a los dos mucho mejor.

Entiendo perfectamente

que mi esposa me culpe a mí de sus desgracias, por haberla abandonado.

Pero ¿por qué también rechaza a los vecinos?

Incluso las señoras que antes eran sus amigas más cercanas.

-Ya te dije que quedó muy marcada.

-Sí, ya sé que me lo contaste.

Lo que no entiendo es por qué solo confía en ti,

cuando eres tú precisamente la que debería traerle

los peores recuerdos.

-El corazón humano es muy extraño. No podría contestarte a eso.

-¿Me has contado toda la verdad de lo que pasó en Fernando Poo?

-¿Estás dudando de mis palabras?

¿No te parecen suficientes las desgracias

que hemos tenido que soportar tu mujer y yo?

¿Ni siquiera te conmueve un poco nuestro sufrimiento?

-Ha sido un placer.

Qué lástima no poder seguir con tan agradable charla.

-Pero si ni siquiera has dicho esta boca es mía.

-Leonor necesita descansar. De ahí su poca charla.

-Otro día será, doña Trini. -Bueno.

Por lo menos lo he intentado.

Me voy a casa, que mi esposo está esperándome. A más ver.

-Vámonos, Leonor,

debes reposar.

-Os acompaño. -No, Pablo, gracias.

No me perdonaría obligarte a volver a casa con este día que hace.

-Claro.

¿Qué ocultas, Habiba?

Y el montañero más valiente de todos consigue llegar

hasta el pico más alto. ¡Bien, bravo!

¿A que los escaladores son los hombres más fuertes

del mundo? Ylos que más arriesgan su vida.

¿Por qué te ha dado por los montañeros?

Toma,

porque voy a la sierra con el colegio. ¿Ya no se acuerda?

Sí, claro que sí.

No has dejado de hablar de eso en los últimos días.

Pero no había relacionado escalar montañas con la excursión.

Espero que no lo intentes. No, qué va.

Todavía no. Cuando sea más mayor.

Aunque fuera a África, tampoco me pondría a cazar leones.

Todavía.

¿Y qué piensas hacer en la excursión?

Buscar hojas de árboles que no haya en la ciudad.

¿Vas a empezar una colección? Ya la he empezado.

Por el momento, guardo hojas de árboles de la ciudad.

Y cuando traiga hojas de árboles de la sierra,

las pondré en cuadernos separados y será una colección.

Es una buena iniciativa, sí.

Está usted pensando en otra cosa.

No se te escapa nada, ¿verdad?

Tendría que ser muy lelo para no darme cuenta.

Hay algo que le preocupa a usted. Ya sabe que puede contármelo.

Soy una tumba. Un pillo.

Eso es lo que eres, un pillo pero muy listo.

Entonces, ¿me lo cuenta o no?

La vida de los mayores es complicada.

A veces demasiado complicada.

¿Puedo echarle yo una mano?

No, bastante haces escuchándome.

Verás, estoy metida en un lío.

Le estoy haciendo daño a una persona que admiro,

y, que me ha ayudado en los momentos difíciles.

¿Le está haciendo daño queriendo o sin querer?

Sin querer.

Pero ese es el problema, que aunque no quiero hacerle daño,

no puedo evitar el sufrimiento de esa persona a la que admiro.

¿Ya no puede hacer nada usted?

No. Ya no.

Cometí un error, y ahora

están pagando justos por pecadores.

¿Usted?

¿Usted se equivocó?

Yo pensaba que no se equivocaba nunca.

(RÍE)

Pues sí.

Me equivoco, y mucho.

Me gustaría ser perfecta, pero estoy lejos de serlo.

Para mí es perfecta.

De verdad. Sobre todo cuando sonríe.

¿No hay nada que yo pueda hacer para que se quede?

-Lo siento, señor, la decisión está muy meditada.

Ya le dije los motivos de mi marcha.

-Gayarre, Gayarre.

No crea que acostumbro a insistir al servicio, pero debo reconocer

que me he aficionado a usted y me duele perderlo.

-Me conmueve su estima, señor.

Lástima no poder darle gusto.

Se me ocurre, ¿y si le doy un permiso temporal

para que marche a sus asuntos

y vuelve en cuanto le sea posible?

Su puesto de trabajo estará aquí esperándole.

-Gracias, señor.

Pero no puedo comprometerme a regresar,

mejor que la despedida sea definitiva.

-Es usted un obstinado, Gayarre.

No pienso rogarle, bueno estaría.

Pero sepa que me ha avisado con muy poco tiempo

y quedo descontento con usted.

-Lo sé, señor, ya se lo dije.

Y valoro mucho que no me ponga más trabas para irme.

Me duele despedirme así, señor.

Lo siento.

(Llaman)

-¿Puedo pasar?

¿Está don Arturo? Le traigo los corbatines que me encargó.

-Démelos.

El señor está descansando en sus aposentos

y no quiere ser molestado.

Muchísimas gracias por subir, pero no debería haberse molestado.

Iba a bajar yo. -No me gusta depender de ti.

Tardas demasiado en cumplir con tus obligaciones.

-No se moleste, no tiene por qué seguir creándome mala fama.

Mañana me voy.

Se libra usted de mí.

Andas con la misma cantinela hace ya tiempo.

Y aquí sigues, dando problemas.

-¿No será usted?

-Lárgate de una vez.

-¿Quiere saber a qué edad tuve que ponerme a servir?

-Si se trata de una historia lacrimógena, puedes ahorrártela.

-No, no, no, no. Escúcheme, escúcheme.

Se lo voy a contar todo.

A los 10 años.

A los 10 años ya estaba fregando suelos por el pan

y la cama.

¿Y sabe qué?

Que a pesar de todo, era feliz.

Porque al menos había logrado salir de la inclusa

en la que usted me abandonó.

-No parece haberte ido tan mal.

-Tuve suerte, tuve muchísima suerte, sí.

Le caí en gracia al mayordomo de una casa en la que serví.

Don Lucas. Un hombre estricto pero bueno.

Fue él quien se encargó de enseñarme todo sobre este oficio.

Yo también puse de mi parte. Leía todo cuanto caía en mi mano.

Porque usted no lo sabe, pero...

me encanta leer.

También me fijaba en los vinos,

en las maneras de los señores. -Una vida ejemplar.

¿Es eso lo que tratas de decirme? -No.

Lo que trato de decirle es, que jamás tuve otra familia,

que ese don Lucas del que le he hablado.

Él fue como un padre para mí.

Y yo me sentía orgulloso de que me tratara como a un hijo.

-Entonces, ¿de qué te quejas?

-Pues de que yo sabía que no era cierto.

De que sabía que tenía una madre.

Y de que me hubiera encantado sentirme querido por ella.

-Mejor te hubiera ido de haberte olvidado de ella.

-No lo entiende.

No se puede olvidar a una madre.

Cuando don Lucas murió, supe que mi destino era buscar a esa mujer,

que había dejado un mechón de pelo rubio atado al moisés

en el que me abandonó.

Esa mujer que me había estado mandando estampitas,

cada uno de mis cumpleaños.

-Eres un sentimental.

Y eso, hoy en día, y según para qué,

es una rémora.

-No fue fácil iniciar mi búsqueda, ¿sabe? La duda me comía.

Siempre, al terminar el día, antes de ir a dormir,

pensaba en esa mujer rubia

y rezaba.

Rezaba por que fuera una mujer,

una pobre mujer,

sin recursos,

que me había abandonado

porque no tenía otra opción.

Me quería.

Pero no podía mantenerme.

Eso la exoneraba de la culpa.

-Tengo que marcharme. -No, ya termino.

Ya termino.

También pensaba que podría haber muerto

y, que entonces mi búsqueda sería inútil.

Pero al final

la realidad,

la verdad,

ha sido...

mucho peor.

He encontrado a mi madre,

pero solo para recibir desprecio

y odio. -¡Aparta!

-No. -Aparta.

Escúcheme.

Me voy de aquí... sin saber por qué me abandonó.

Sin saber quién es mi padre.

Sin que me haya dedicado aunque fuera una conversación sincera.

¿Sabe qué le digo?

Míreme.

¡Míreme!

Hubiera preferido encontrarla muerta.

Así, al menos,

podría seguir soñando con que alguna vez me quiso.

-Basta.

¿Has terminado?

Ya que clamas por una conversación sincera,

te voy a dar gusto.

Yo...

también hubiera preferido que no existieras.

Lo siento.

Hasta nunca.

Sí.

Ya sé que hace unos días le dije que me había rehecho de mi separación.

Pero no es del todo cierto.

Celia no se me va de la cabeza.

Por favor.

-Es normal, querido amigo, no tenga usted tanta prisa.

Han sido muchos años de matrimonio, compartiendo buenos momentos

y malos,

que unen tanto o más que los buenos.

Es probable que su señora también esté pasando por el mismo calvario.

-No. No lo creo.

La veo muy firme con su decisión.

Celia, con su negocio, tiene la ilusión de empezar una nueva vida.

Yo, en cambio, no tengo nada a lo que agarrarme.

-Yo también he tenido mis más y mis menos con Trini.

Sé de primera mano lo mal que se pasa.

Busque nuevas amistades, nuevas aficiones,

pero respete la decisión de Celia.

-La respetaré. No le quepa duda.

Tan solo quiero que sea feliz.

-Resignación, Felipe.

Resignación y coraje.

Y deje usted de beber, por el amor de Dios.

-Está bien. Seguiré su consejo sobre la resignación.

Es más, puede incluso que le eche coraje al asunto.

En lo referente a la copa, no voy a hacerle caso.

Creo que me voy a tomar la penúltima. ¿Quiere una?

-Gracias, pero no puedo.

Trini me está esperando en casa. -Vaya.

No haga esperar a su media naranja. Con el matrimonio es mejor no jugar.

-Marche usted también.

-A mí nadie me espera.

-Diga usted.

-Lléname la copa.

-¿No cree que ya ha bebido usted bastante?

-¿A ti qué te importa?

¿Eres nueva?

-Solo estoy sustituyendo a una camarera, pero bueno,

me gustaría quedarme por aquí.

-¿Has visto en el barrio algo que te guste?

-Los clientes son muy agradables y dan buenas propinas.

Es un buen sitio para trabajar.

¿Viene usted mucho a La Deliciosa?

-No tanto como me gustaría venir en un futuro.

No. No me sirvas más.

-¿Se recoge usted ya?

-No exactamente.

Me tomaré esa copa, pero en otro sitio.

Y siempre que tenga el placer de contar con tu compañía.

-¿Siempre va usted tan por derecho?

-No siempre. Solo cuando merece la pena.

La verdad es que me vendría bien hablar con alguien.

¿A qué hora sales de aquí?

-En una hora, más o menos.

-No se hable más.

En una hora te recojo.

Y quédate con la vuelta.

Que no decaiga la fama de generosos,

de los vecinos. -Dios se lo pague.

¿Por qué no sirve Edicta esta noche?

Mea culpa. La mujer me pidió unas horas libres

y yo no he tenido corazón para negárselas.

Fernando, tendrías que haber estado cuando Tirso hablaba.

Se le veía tan feliz, que subía el ánimo a cualquiera.

Ya estará durmiendo, claro. Estaba agotado,

a base de entusiasmo. Y yo también estoy cansada.

Me retiraré enseguida.

Don Fernando, ¿va a tomar usted postre?

No, gracias. Iré al Ateneo un rato.

Teresa, espero que descanses.

Desde tu regreso no has levantado cabeza.

Si sigues así, tendremos que llamar al doctor.

No creo que sea necesario. Eso espero.

Si necesitas algo, no dudes en pedírmelo.

No me gustaría ser fastidiosa,

pero ¿tan presente tienes la imagen de Mauro

que no puedes atender a tu esposo?

Con Mauro eras otra. Sé que con Fernando es distinto,

Teresa.

Cayetana, no sabes ni de lejos lo que...

Lo que tú ¿qué? Entonces, ¿qué es? ¿Qué te pasa?

Perdona, pero estoy mareada.

Saldré a tomar el aire un momento.

¿Ha sido la cena de su gusto, señor?

-Todo perfecto, Gayarre, gracias.

-Si me lo permite, me gustaría que me concediera dos minutos de su tiempo.

-Espero que no tenga ninguna queja, porque es lo que me faltaba.

-No; no, no. Ninguna, señor.

Solo querría pedirle el dinero que me corresponde por estos últimos días.

Me gustaría disponer

de él esta misma noche, porque quiero partir mañana a primera hora.

-Lo tendrá cuando me preste un último servicio.

-Con el debido respeto, creo que le dejé muy claro

que hoy terminaba mi compromiso.

-Yo también le dejé claro que me ha dado poco tiempo para sustituirle.

Deberá alargar un par de días su estancia.

-Bien quisiera ayudarle, señor.

-Pero... de verdad que no me es posible.

-No saque los pies del tiesto, Gayarre.

Le hemos tratado con respeto y decoro.

Nos debe usted lo mismo.

-Está bien, ¿qué quiere que haga, señor?

-Elvira va a dar una fiesta para despedirse del vecindario

antes de su boda. Y tendrá que organizarla usted.

No puedo confiar en nadie más.

-No. No, no. Insisto, señor.

No me es posible retrasar mi marcha. ¿Ni siquiera si te lo pido yo?

Mi padre dice que no hay que rogar al servicio.

Pero yo te lo ruego.

Ayúdame, Simón.

Lo siento, señorita.

-Gayarre, no sea impertinente.

No vuelva a darle un desplante así a mi hija.

¿Qué son para usted dos días?

¿Va a quedar mal con esta familia por retrasar 48 horas las cosas,

sea lo que sea lo que tenga que hacer?

Te quedaría enormemente agradecida.

Mi padre tiene razón.

En esta casa siempre te recordaremos con afecto.

A no ser que te niegues a ayudarnos en un momento desesperado como este.

-La verdad es que ya lo tengo todo preparado.

Y sería un auténtico trastorno.

-Si es cuestión de dinero

porque haya realizado algún gasto o lo que sea, no se preocupe.

Y, si nos ayuda, le extenderé unas cartas de recomendación,

que le permitirán servir en el mismísimo Palacio Real.

-Y si no lo hago, supongo que ya puedo olvidarme

de esas cartas de recomendación, ¿no es así, señor?

-Tampoco nos pongamos en lo peor, Gayarre.

No le estamos pidiendo tanto.

Tan solo que continúe en su línea de fidelidad y compromiso

hacia esta familia.

Nada más.

Chist.

Chist.

Cuánto te he echado en falta.

Cuántas ganas tenía de besarte, abrazarte, tenerte.

Yo también, amor mío.

Quería avisarlas de que mañana daré una fiesta en mi casa,

por mi compromiso y para despedirme de los vecinos.

Están todas invitadas, al igual que Víctor y don Ramón.

Nos va a venir de perlas, que hace mucho que no hacemos una fiesta.

Y nos conviene alegrarnos un poco.

-Son ellos los que desconfían de mí desde que puse un pie

en este barrio.

-Sí, pero es porque no la conocen.

Si viniera conmigo un par de horas a Acacias, todo se solucionaría.

Un par de horas.

-"¿Vamos a vernos hoy?".

No sé. Que luego, a la hora de madrugar, voy muerta.

-Vamos, no te hagas la remolona.

No se hable más.

Cuando termines de aquí, te vas a recoger.

-Está bien, pase a buscarme.

Pero solo si me promete que nos recogeremos pronto.

¿Por qué has pedido una tasación del yacimiento?

¿Qué hacen las escrituras encima de la mesa?

Leonor, te ruego que me contestes.

No tengo ni idea de lo que está pasando aquí.

¿Esto es lo que estabas preparando con Habiba?

-Me dan igual tus desplantes.

Solo quiero que desaparezcas de Acacias de una vez.

-No volverá a verme más.

Venir a buscarla ha sido el mayor error de toda mi vida.

-Celia, me alegra que me hayas hecho llamar.

Siempre estoy dispuesto a hablar contigo.

-Por Dios, Felipe, basta ya de hipocresía.

No te permito que te entretengas conmigo.

-¿Qué es lo que ha pasado?

-¿Piensas hablar en serio o vas a seguir tratándome como una idiota?

-No eres el único que se lo va a pasar bien estos días.

Yo también tengo planes con Teresa.

No es exactamente una excursión, pero seguro que lo pasaremos bien.

¿A qué te refieres? ¿Por qué dices eso?

Te estoy preparando una sorpresa. No te puedo decir más.

Será de tu agrado.

-"¿Por qué me desprecia y no me cuenta nada?".

¿Qué pasa, que no voy a recuperarla nunca?

-Te prometo que lo harás.

Si me dejas,

yo voy a ayudarte.

Confía en mí. Volverá.

"Debo contarle algo".

"Úrsula".

-"Te voy a ser sincero".

Dudo que podamos sacarle nada a Elena.

Desde luego que no, con los métodos que están empleando.

Es una mujer dura, y fiel como un perro.

Cualquiera diría que le da igual

pasar el resto de su vida en la cárcel.

En ese caso, habrá que hacer otra cosa.

¿En qué está pensando?

Ya lo verá.

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  • Capítulo 487

Acacias 38 - Capítulo 487

31 mar 2017

Teresa se debate entre Fernando y Mauro. A pesar de amar a Mauro, no puede evitar arrepentirse del trato que le está dando a su marido. Úrsula nota esta cercanía entre Teresa y Fernando, y se lo advierte a Cayetana. Elena se niega a declarar a la policía. Mauro se pone nervioso, no tendría que haber dejado que la policía la detuviera. La relación entre Leonor y Habiba se tensa después de que la africana hable con Pablo del pasado de Leonor en Fernando Poo.

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