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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 485 - ver ahora
Transcripción completa

¿Qué significa este zoótropo?

¿Es que no piensas olvidarte de él? ¿Para qué te casaste conmigo, Teresa?

¿Para hacerme la vida imposible?

"Nada le diré a Teresa de este asunto".

Cayetana siempre se ha interpuesto entre nosotros.

Y no voy a cometer el mismo error. No pienso volver a perderla.

-Ojalá Teresa me entendiera tan bien como usted.

Ojalá Teresa le quisiera como merece.

No deberíamos hacerlo.

-"No deberíamos volverlo a hacer".

"Lo hago por ti".

Si me comportara como tú, tu padre te haría la vida imposible.

¿Qué vida, Simón?

A mí la vida ya se me ha terminado.

Me voy a Estambul a ser la esposa de un hombre al que no amo.

Pero una cosa te voy a decir:

No estoy dispuesta a poneros las cosas fáciles.

Ni a mi padre ni a ti, y mucho menos a ese maldito turco.

Sé que hay alguien detrás de usted, Úrsula Dicenta.

Y voy a descubrirlo.

-¿Qué? -Que no me gusta

hacer esto a espaldas de mi familia, sobre todo de mi madre.

-Leonor, siéntete como quieras,

pero debemos mantener el plan en secreto.

¿De acuerdo?

Debo ponerme en contacto con Elena.

-¿Y por qué motivo?

Requiero sus servicios para un menester.

Me pondré en contacto con ella.

"¿Es que no ha pensado en mis sentimientos?".

-He pensado en ti por demás, Elvira.

Pero está claro que no soy capaz de hacer de ti una dama.

Espero que el señor Demir pueda conseguirlo.

"Es un día cargado de buenas noticias".

La más importante, el premio que han otorgado al Patronato.

¿Cuándo irás a recogerlo?

No iré yo.

¿Y quién va a ir a recogerlo?

Había pensado en ti.

Además, estoy segura que te va a ir bien airearte.

Salir un poco de la ciudad. Lo mismo tienes razón.

Vas a dejarme solo. ¿Solo?

Don Fernando, va a estar usted conmigo y con el niño.

-Me abandonaste.

No estabas en el barco para darme la mano, y estaba sola.

Yo sola me enfrenté a un calvario.

-Pero ¿de qué calvario hablas?

Dime qué te pasó en aquella isla.

Leonor, estoy aguardando una respuesta.

¿Qué te pasó en aquella endemoniada isla para que cambies

de tal forma?

¿Por qué me tratas de una forma tan injusta? No fue culpa mía perderte.

¡Te estuve buscando por todo el puerto!

¡Yo no sabía qué hacer!

Mira, Leonor,...

yo también pasé por un horror.

De repente te perdí,

no sabía cuál había sido tu destino.

-¿Qué sabrás tú lo que es sufrir?

No tienes ni la menor idea.

-Leonor. Cariño.

¿Qué pasa?

¿Ya no soportas que te toque?

-No.

No te soporto ni un simple roce.

Cada vez que me miras o me tocas, me recuerdas al calvario

que viví por tu culpa.

-Por mi culpa. -¡Sí!

-Leonor. -¡Que ni me mires!

"Fernando ha descubierto el zoótropo".

"Y se ha enfadado conmigo".

Mauro, no me siento bien haciéndole esto.

No se lo merece. Pronto, todo acabará.

Has de tener paciencia.

Toda la culpa y todos mis pesares

desaparecen cuando estoy cerca de ti.

(Llama a la puerta)

¿Puedo pasar?

Veo que estás preparando tu equipaje para el viaje a Segovia.

Teresa, no podemos seguir así.

Tensos, evitándonos.

Me duele en el alma vernos así.

Para mí, esta situación tampoco es de mi agrado.

Perdóname por el comportamiento de ayer.

Nunca debí mostrarme tan descortés contigo.

Soy yo quien debe disculparse.

Aunque esté lejos de mi deseo,

no dejo de hacerte daño. Descuida,

soy consciente de que necesitas tiempo.

Has vivido demasiadas emociones que aún agitan tu alma.

Teresa, deshaz esa maleta y quédate aquí conmigo.

Juntos lo resolveremos.

Que sea otro quien tenga que ir a recoger el premio del Patronato.

No quiero quedarme solo.

No puedo hacerlo, Fernando.

Ya he quedado en acudir y, además,

serán solo un par de días.

La verdad es que nos vendrá bien

poner distancia el uno del otro.

Para aliviar la tensión que se ha creado,

y poner en orden nuestros sentimientos.

Yo sé bien lo que siento, Teresa.

No preciso pensarlo.

Pero yo sí. Dame esos dos días, te lo ruego.

(REZA)

Una limosna, por caridad, señora.

Se la pides a otro, desgraciada.

¿Cómo te atreves a interrumpir mis rezos?

Créame,

yo puedo serle más efectiva para lograr sus fines,

que todas sus plegarias juntas.

Elena, no te había reconocido.

Eres hábil camuflándote. A la fuerza ahorcan.

No tengo otra, si no quiero dar con mis huesos en la cárcel.

Pero no creo que haya querido verme para alabar mis artes, ¿no?

Así es; hay algo que quiero que hagas por mí.

Mientras pague mi precio, ya sabe que le daré capricho.

¿Qué encontraré en esta dirección?

No lo sé. Para averiguarlo te pago.

Lo copié de un sobre que le encontré a Úrsula,

un sobre repleto de dinero.

Más me hubiese gustado que me trajese todo ese parné y no esto.

Tendrás tu parte.

Quiero que averigües qué relación hay

entre Úrsula y ese sitio.

¿Y por qué no se lo pregunta a ella, sin más?

No es asunto de tu incumbencia. Cuento contigo, ¿sí o no?

Tendrá noticias mías.

Chist.

No vayas tan deprisa.

De esto, ni una palabra a Úrsula.

Es a mí a quien debes lealtad.

Pierda cuidado. Mi lealtad está siempre

con quien me paga.

Sirva esto de adelanto.

Puedes conseguir mucho más.

En tal caso, seré una tumba.

Prosiga con sus oraciones y no la entretengo más.

La veo sumamente generosa con los mendigos.

¿Me estaba espiando, Úrsula?

Ah, no.

Y aunque así fuera, no habría podido escuchar nada.

Pero siga mi consejo: no le conviene tener tratos con esa mujer,

y mucho menos, a plena luz del día.

Es usted quien preparó este encuentro, Úrsula.

Tan solo por no contrariarla.

Pero ni entonces ni ahora estaba de acuerdo.

No creo que sea menester recordarle que toda la policía

de la ciudad va tras esa mujer.

Sería muy peligroso que dieran con ella.

Sí, sobre todo para ella.

No. Se equivoca. También correríamos su misma suerte.

Sabe demasiado.

Para empezar, sabe que nosotras orquestamos la muerte

de Mauro San Emeterio. Úrsula, no es menester

que me recuerde todo lo que nos estamos jugando.

No tema. En breve no voy a necesitar más

sus servicios.

Solo tiene que hacerme un sencillo encargo.

Y supongo que no va a decirme

qué tipo de encargo.

Efectivamente. No, no le voy a dar el capricho.

Ya le dije que no era de su incumbencia.

Y ahora, si me disculpa, no puedo entretenerme más.

¿Por qué tanta urgencia?

Mire, a eso

sí le puedo dar respuesta.

Teresa está a punto de marchar de viaje, y mi obligación

es quedarme con Fernando consolándolo.

El pobre se va a quedar tan solo y abandonado...

-"Me abandonaste".

"No estabas en el barco para darme la mano, y estaba sola".

"Yo sola me enfrenté a un calvario".

"No te soporto ni un simple roce".

"Cada vez que me miras o me tocas, me recuerdas al calvario

que viví por tu culpa".

-Leonor.

-¿Sabes dónde está mi madre o Liberto?

-No, no los he visto.

Han debido salir bien pronto.

-Discúlpame, Pablo, debo ir con ella.

"En esos momentos comprendí que había vuelto a nacer".

"Y que mi único cometido en la vida era amarte".

"Y eso es lo que hecho".

"Y lo que voy a hacer hasta el final de mis días".

Leonor, ¿qué infierno has tenido que atravesar,

que te estoy perdiendo para siempre?

Te agradezco tu visita.

Me tenías con el corazón en vilo. Aún no me has contado si tu plan

de darle celos a Simón con ese hombre amigo de tu padre

resultó efectivo.

Sí.

Pude comprobar cómo sufría al verme coquetear con otro hombre.

Entonces tenía razón.

Sigue sintiendo algo por ti.

Mujer, me esperaba más entusiasmo por tu parte.

María Luisa, puedo asegurarte

que tengo sobradas razones para mostrarme tan mohína.

¿Es que, acaso ese hombre se tomó a mal tu coqueteo?

Al contrario.

No pudo agradarle más.

Pero estaba equivocada.

No se trataba de un simple empresario con el que mi padre

pretendía hacer negocio.

O mejor dicho, sí.

Pero el negocio en cuestión no era otro que mi persona.

Ese hombre es el pretendiente que mi padre ha buscado para mí.

¿Cómo?

¿Tu padre pretende que sea tu novio? No.

Mi esposo.

Y no a mucho tardar. Tu padre ha perdido el oremus.

Puedo asegurarte que nunca se ha mostrado más cuerdo.

Pero ¿quién es ese hombre? Un viejo.

Debe tener al menos 40 años.

Se llama Burak Demir, es turco y parece tan chapado a la antigua

como mi padre.

Vas a tener que casarte con él y marcharte a Turquía.

Ese es el futuro que mi padre ha elegido para mí, sí.

Ahora comprendo por qué no reaccionó con más vehemencia

a nuestro baile de Carnaval.

Ya había decidido esta solución para mi rebeldía.

Sería otro y no él el que terminara por encarrilarme.

No me lo puedo creer.

Para mi desdicha es cierto.

Va a vender a su única hija como si fuera una yegua.

¿Y no pretendes hacer nada?

Lo he intentado.

Pero ya sabes que por nuestro género y condición, dependemos legalmente

de nuestros padres. Entonces, no tienes escapatoria.

Vas a ser su esposa. Yo tampoco he dicho eso.

Si es preciso, huiré de mi hogar sin dudarlo un suspiro.

Pero ¿dónde vas a ir, y de qué vas a vivir?

No me importa pasar necesidades.

Prefiero eso a unir mi vida a la de un hombre que no amo.

Tus palabras me llenan de temor, Elvira.

No me fugaré sin antes intentar algo.

Ya te he comentado que gracias al turco, he podido comprobar

que Simón me sigue amando.

Pero de poco te va a servir, dadas las circunstancias.

Te equivocas. Pretendo seguir alimentando la llama de sus celos.

Forzarle a que reaccione de una vez y se desprenda de su careta.

Entonces, ¿pretendes que sea él quien te saque de este embrollo?

Sí.

Si es así, no solo me habré escapado de este horrible matrimonio,

sino que lo haré junto al hombre que amo.

Corría de la vergüenza.

Si es que no hice más que el ridículo disfrazándome de africana.

-Mira que tienes pocas luces, Casilda.

¿Y a ti quién te manda hacerle caso a Servando,

si este hombre no da una a derechas?

-Un respeto, "señá" Fabiana.

Que estoy yo aquí delante. -Y a la cara se lo digo.

Que tiene usted unas ocurrencias que dan pavor.

Ahora, que más delito tiene esta desgraciada por escucharlo.

-Pero si es que son los celos, "señá" Fabiana,

que me nublan.

-Eso no es excusa, niña.

¿En verdad creías tú que tiznándote la cara y poniéndote en la cabeza

un pañuelo como esa moza, que es negra como el carbón,

ibas a evitar que tu marido se fijara en ella, hija?

-Dicho así, parece una tontada.

-No, no lo parece, lo es.

-Y todo "pa" nada,

que luego mi Martín es un santo.

Y lo único que quería hacer es ayudar a Habiba.

-Bueno, al menos eso es lo que te ha dicho.

-Servando,

¿por qué no se calla usted, que calladico está más guapo?

No eche más leña al fuego, hombre. ¿No ve que la ha pifiado?

-No sé, no me extrañaría.

A ver si esa mujer va a quererle embrujar

con sus hechizos de esas tierras. -¡Ya!

No diga usted eso ni en broma.

-Tampoco me extrañaría eso,

no se crea.

Ahora mucho culparme a mí de mis ideas, pero yo lo único que quería

era que el Martín no perdiera la cabeza por esa mujer.

Si todavía tendrás que agradecérmelo, Casilda.

-Agradecida, dice,

no te jeringa.

-Si no fuera por mí,

a estas alturas estaría el Martín en una tribu con un taparrabos

y cazando leones,

o siendo perseguido por ellos, que eso es aún peor.

-Ah, que aún seguimos con esas.

Voy a echaros la del pulpo por desconfiar de mí.

-Que solo queríamos ayudar, hombre. -Para ayudar así,

mejor estarse quieto.

Que yo quiero con toda mi alma a mi Casilda, ¿eh?

Y nunca le sería infiel.

Además, ¿cómo se puede ser tan inculto?

¿Acaso creen que en África va todo el mundo con taparrabos?

-Todo el mundo no,

porque hay algunas mujeres que se tapan

otras vergüenzas.

-Ay, pero qué poco mundo tienen.

O sea, que ya me veía en el África

cazando leones, ¿no? Con una lanza, ¿eh?

(ENTONA UN CANTO TRIBAL)

-(SILBA)

Habiba está detrás mía, ¿verdad?

-Vamos, Habiba.

No merece la pena.

-Que se ha dado cuenta, ¿no?

-¿Y tú qué crees, mastuerza?

-Y no parece que se lo haya tomado muy bien.

-Esperemos que no le eche

una maldición al altillo como castigo.

Mira Leonor paseando al lado de esa mujer.

Exhibiéndose sin ningún pudor.

¿Y por qué habría de tener pudo para pasear por la calle?

-Trini, parece que te lo tenga que explicar todo.

Por la compañía que se gasta.

No comprendo cómo no le da vergüenza que se le vea

al lado de esa mujer, con esa piel tan oscura.

Y a Rosina, tampoco parece que le importe alojarla en su casa.

Lo que hay que ver.

-A mí, lo que me extraña es lo reservada que se ha vuelto Leonor.

-Sí, ya solo se la ve junto a esa tal Habiba,

hablando entre ellas

con sumo misterio.

-Nada bueno pueden traerse entre manos.

Sus intenciones

han de ser más negras, que el color de su piel.

-Y a penas se junta ya con sus vecinas y amigas.

Ya ni siquiera se sienta con nosotras.

-Menos mal.

Si me llegan a sentar a esa mujer en mi misma mesa, me da un síncope.

-Pues, al parecer,

no es el único extranjero que frecuenta nuestras calles.

-¿Ah, no? -No.

He visto salir a un hombre extraño de casa de los Valverde.

-¿Y sabes de quién se trata?

-Se llama Burak Demir.

-Pero ¿qué clase de nombre tan poco cristiano es ese?

-Usted lo ha dicho, doña Susana, no es cristiano.

Es turco.

-¡Uh! -Lo que nos faltaba.

Un turco en nuestras calles.

Con el daño que nos han hecho los otomanos siempre a los españoles.

¿O es que no os acordáis de Lepanto?

-¿Y a qué habrá venido ese hombre?

¿Tendrá negocios con el coronel?

-Yo solo sé que es amigo de la familia.

-¿Amigo de la familia ese infiel?

No me lo esperaba de don Arturo. Tanto dárselas de recto, para esto.

-A ver, Susana,

¿a ti qué más te da que sea turco, africano o de Cuenca?

No se puede juzgar a nadie por su aspecto.

-Yo no juzgo, Trini.

Solo digo que lo decente es que cada uno se quede en su país.

Cada uno en su casa, y Dios en la de todos.

-Pues, ¿sabes lo que creo, Susana?

Que en un futuro vamos a vivir todos mezclados, unos con otros.

Sin importar el color de la piel ni la religión,

ni el país de origen. -¡Qué disparate!

Yo eso espero no verlo.

-De ahí vienen los males de este mundo.

De gente que se cree mejor por su credo o por el color de su piel.

-Trini tiene razón.

Supongo que todos somos iguales

a los ojos de Dios.

-Eso será en la iglesia que está oscura, pero no en la calle

y a plena luz del día, Celia.

-Desde luego, Susana, que...

Huy. Bueno...

Perdona, querida, pero te aguarda el cochero en la puerta

de los Jardines del Príncipe.

Espero que pases unos buenos días en Segovia y que dejes mi nombre

en buen lugar, cuando recojas el premio.

Descuida, que así lo haré. Y justificaré tu ausencia.

Gracias.

Vamos, que te aguarda el cochero.

Y, además, Fernando quiere despedirse de ti.

Cayetana.

¿Puedo pedirte un favor?

Por supuesto.

Sabes que haría cualquier cosa por ti.

Te ruego que en mi ausencia estés pendiente

de Fernando.

Sé lo mal que lo está pasando por todo lo que está ocurriendo.

Descuida, tendré buen cuidado de él.

Aunque eres tú la que podría ahorrarle sufrimiento,

si dejaras de exigirle distancia.

Te juro que se me parte el corazón por verle sufrir así,

pero es superior a mí, no puedo evitarlo.

Hay que hacer un poder.

Sigue mi consejo.

Pasa página y entrégate de una vez al amor de tu legítimo esposo.

Bueno, esperemos que este viaje sirva para que venzas tus dudas.

Mientras tanto, no sufras, estaré a su lado

e intentaré que pase estos días

lo mejor posible.

Te lo agradezco. No.

No lo hagas. A cambio te exijo algo.

Dime.

Que hagas un esfuerzo por apreciar el tesoro que tienes en Fernando.

Espero que no tarde en llegar el día en que le ames

como merece.

Estoy segura de que te vas a dar cuenta de tu error.

¿Quién sabe lo que nos reserva el futuro?

Yo tengo una corazonada.

Creo que nos espera algo muy bueno para todos.

Estoy convencida de ello.

Disculpe mi atrevimiento.

¿Por casualidad no llevará en el pelo un colorante o tinte Albora?

Pues que sepa usted que está bellísima.

Con Dios.

Cuida de Tirso en mi ausencia.

Serán solo un par de días.

¿Quieres que te lleve la maleta? No, no es necesario.

Como quieras.

-Teresa.

Veo que se va de viaje. Así es.

¿Puedo preguntar adónde?

Por supuesto. Viajo a Segovia.

Le han concedido un premio al Patronato.

Me alegra escuchar eso.

La encomiable labor que están haciendo por esos niños,

merece todos los premios.

Algo me dice que ese viaje le va a traer unos días muy dichosos.

Por lo que veo, no viaja con su esposo.

Y a mí algo me dice que sabe perfectamente con quién viajo.

Nuestro querido amigo no me guarda secretos.

Hace bien. Sabe que puede confiar en usted.

Ni siquiera le delató cuando

yo más sufría por su destino.

Sabe que si no quería traicionar su confianza, no podía hacer otra cosa.

Descuide, lo comprendo perfectamente.

Ahora entiendo

al fin esas palabras tan misteriosas

que me fue diciendo durante el duelo.

Trataba de darle esperanzas.

Sin descubrirle,

claro.

Y aunque no resultaron muy efectivas, así se lo agradezco.

Agradézcame también el consejo

que voy a darle. Está jugando con fuego.

Lo quiera o no, usted es una mujer casada.

Descuide, no lo he olvidado. Hablo por experiencia.

La infidelidad... destrozó mi vida.

Lo sé.

Y sepa que se me parte el alma...

por tener que mentir a Fernando,

pero no puedo negar mis sentimientos.

La entiendo perfectamente.

Pero tenga mucho cuidado.

Se lo aseguro.

Que tenga buen viaje entonces.

Dele recuerdos a nuestro querido amigo.

Gracias.

Agradecido, Gayarre, estaba deseando llegar a casa.

-No es de extrañar, señor, salió bien temprano.

¿Puedo preguntarle dónde ha estado? -En el Ateneo.

Presentando al señor Demir

a todos mis conocidos.

-Todo un detalle por su parte, señor.

-Es lo mínimo que puedo hacer por mi futuro yerno.

Y reconozco que no ha podido causar mejor impresión.

Puedo estar orgulloso de mi elección.

-Sus intenciones me han sorprendido, señor.

No sabía lo que se proponía cuando me mandó a trabajar

a la Embajada turca.

Ni tampoco con todo ese correo que se intercambiaban.

-Lo que yo ignoraba es que tenía que informar a mi mayordomo

de mis planes con respecto a mi hija.

-No me malinterprete, señor, tan solo

deseaba manifestarle mi sorpresa.

-Es un asunto que he querido llevar con la mayor discreción.

-Y así lo ha hecho, señor.

Disculpe si le he molestado.

-Lo haré, si me sirve una copa de coñac.

-Sí, señor.

-Gracias, Gayarre.

Ya que ha sido tan fácil de conseguir su perdón,

permítame tentar la suerte.

¿Puedo preguntarle por qué ha elegido al señor Burak Demir

para su hija?

-Voy a confesarle algo, Gayarre.

No hace mucho me di cuenta

de que mi hija me había derrotado.

Iba a ser imposible convencerla para que se casara

con alguien de su clase.

-Pero... no sé por qué elegirlo en tierras tan lejanas,

como las turcas, señor.

-Lejos de aquí, Elvira estará menos arropada.

No tendrá otro remedio que convertirse en una buena esposa.

Obedecer y acatar la voluntad de su esposo.

No me malinterprete, Gayarre.

Quiero mucho a mi hija.

Y me costará tenerla lejos, pero

era necesario.

Estoy convencido de estar haciendo lo mejor para ella.

(Pasos)

Padre, llevo toda la tarde esperándole.

Es preciso que hablemos.

Elvira, por favor, déjame disfrutar de esta copa

sin más discusiones.

Debes cuanto antes asumir mi voluntad y tu destino.

Se equivoca.

No es mi intención reñir con usted.

Tan solo deseo pedirle algo que no creo que encuentre inconveniente.

¿El qué?

Quiero que organice una cena

con el señor Demir.

Deseo hablar con los dos de un asunto

de la mayor enjundia.

No tema.

Le aseguro que no le disgustarán

mis palabras.

Así lo espero.

Sería hora de que fueras sentando la cabeza de una vez.

Sal.

El lugar es tal y como había imaginado.

¿No te parece un paraje de lo más bello y bucólico?

Cualquier lugar en el que pueda estar a tu lado.

me parecerá el más hermoso de la Tierra.

Aún así, creo que arriesgamos demasiado.

Era más segura mi pensión.

No temas. El cochero es de confianza.

Además, yo soy la primera que no quiere que te expongas.

Aquí no corremos ningún riesgo.

¿No ves que estamos alejados del mundo?

Nadie nos descubrirá.

Pero alguien pudo vernos cuando me recogiste.

Lo dudo mucho. La calle no podía ser más solitaria.

Estábamos lejos de cualquier mirada indiscreta.

¿Acaso no te alegras?

¿Cómo puedes decir eso?

No puedo ser más dichoso. Tan solo trato de ser precavido.

Pero yo no puedo serlo al estar entre tus brazos.

Vamos a disfrutar de nuestro amor, aunque solo sea por un par de días.

Lejos de Acacias

y de toda preocupación. Está bien.

Que esta posada sea nuestro refugio de amor,

antes de volver a emprender el camino.

¿Adónde vas? ¿Ya te has cansado de mis besos?

De eso no me cansaría nunca. Pero tendrán que aguardar

un poco más.

Acabas de darme una idea. Voy a hablar con el posadero.

Veamos si me ayuda a preparar mi sorpresa.

(SUSPIRA)

Lo cierto es que me ha agradado mucho

volver a visitar esas peluquerías.

Ramón.

¿Qué tiene ese diario que despierta en ti tanto interés?

-Pues no lo sé, Trini, porque con tu charla,

apenas he podido leer los titulares.

-Pues descuida, que si te molesto me callo y punto redondo.

-No me molestas, mujer, ¿cómo me vas a molestar?

¿Qué me decías?

-Te estaba contando que he acompañado a Celia a visitar unas peluquerías

que yo conocía cuando era manicura.

-¿Le estás ayudando con los tintes?

-Eso estoy intentando. Y con muy buena fortuna, al parecer.

-¿No estarás pensando convertirte tú también en una mujer de negocios?

-¿Acaso piensas que lo haría mal? -No,

todo lo contrario.

Creo que serías una empresaria fetén.

Pero, de momento, con mi negocio de las cafeteras,

tenemos más que suficiente. -Bueno, eso ya lo veremos.

Que te aviso que me está picando el gusanillo este asunto de los tintes.

Aunque lo que más me alegra

es ver a Celia tan entusiasmada.

-No es para menos, esa inversión promete tener un buen futuro.

-Ojalá sea así.

Celia se lo merece.

Ha sufrido mucho en estos últimos tiempos.

-Eso ya forma parte del pasado.

Ya les viste el otro día, a Felipe y a ella, brindando sin rencores

ni reproches. -Se comportaban

como si estuvieran completamente congraciados.

De hecho, parecía ser yo la más triste por su separación.

-Estaban ilusionados por emprender la nueva vida que les espera.

-Es de entender por parte de Celia ese buen talante.

Pero no puedo evitar que me extrañe por parte de Felipe.

Nunca estuvo ni mucho menos convencido de separarse.

-No le queda otro remedio que aceptarlo.

Felipe es un hombre fuerte.

-Lo sé.

Pero ¿tanto como para reponerse tan pronto?

(Llaman a la puerta)

Bueno, voy a ver quién es a estas horas.

¿Tienes visita, Ramón?

-¡Felipe, qué agradable sorpresa!

Precisamente estábamos hablando de usted.

-Espero que sea bien. -Eso ni se duda.

¿Qué le trae por esta casa?

-Pasaba por el barrio y quería visitarles.

-Me alegro de que haya sido así.

Siempre es un placer conversar con los amigos.

¿Desea tomar algo? -Por favor. Lo que usted tome.

-Siéntese, don Felipe, haga el favor. -Gracias.

¿Saben? Me ha pasado una cosa muy curiosa.

Me he cruzado por la calle con una mujer que utilizaba tintes Albora.

-Pues entonces debe ser una de las primeras clientas.

-Me alegra saber que el negocio empieza a dar sus frutos.

-Y esto no ha hecho más que empezar.

Ya lo verá. Y, por cierto, don Felipe,

¿usted qué tal está?

-Bien. La verdad es que estoy muy bien.

-¿Seguro?

-Disculpe a mi señora,

está empeñada en no creerle.

-Es cierto que todo lo que ha pasado últimamente me ha afectado mucho.

Pero Celia y yo hemos conseguido limar asperezas.

-Me alegro.

Después de tantos años, no merecían un final lleno de rencor.

-Bueno, pero usted me reconocerá que es una pena

que no haya vuelta atrás.

A pesar de lo sucedido, ustedes se han querido tanto...

-Bueno, y cuénteme sus planes.

¿Cuándo tiene pensado

abandonar esa pensión y volver a ser vecino nuestro?

-Espero que sea pronto.

Estoy a la espera de un trabajo de abogado fuera de la comisaría.

Me permitiría costearme un piso

mucho más cercano. -Ojalá sea pronto.

Aunque no tengo mucha prisa.

Sé que mi vida y mis amigos están en estas calles,

pero de momento estoy contento y feliz donde vivo ahora.

La verdad es que ha sido una idea fetén ir a comer fuera.

-Pues sí, Rosina, ha merecido la pena.

Aunque solo sea para que pudieras estrenar vestido.

Estás muy bella con él,

mi amor. -¿Ah, sí?

Pues eso lo dices ahora, pero en el restaurante

parecías prestar más atención a la comida que a mí.

-Vaya. ¿Seré ingrato?

Ni el más delicioso de los guisos

podría hacer que yo apartara de ti

la vista ni un solo instante.

Así que, a partir de ahora te prometo

que no volveré a apartar mi vista

de esos bellos ojos, bajo ninguna circunstancia.

-¿Ah, sí?

¿Y qué pretendes, ir por la calle sin fijarte donde caminas?

Cuidado, que podrías tropezar

con cualquier poste.

-¿Y qué más da un pequeño tropiezo delante de tanta belleza?

¡Ay, Pablo! No te habíamos visto.

-No, si ha sido culpa mía.

Debería haber hecho notar mi presencia.

Vengo a por el periódico y les dejo.

-No, de ninguna manera, Pablo.

Tú no te vas a mover de aquí, hasta que no nos cuentes

con todo lujo de detalle, cómo ha ido la cena con Leonor.

-Sí, sí, cuéntanos, por favor. Ayer no me encontré con mi hija

y no se lo he podido preguntar. -Entonces, ¿qué?

Le volvió loca la declaración de amor

que le hiciste, ¿no es así?

Vamos, amigo, cuéntanos, que nos tienes en ascuas.

-Digamos que la cosa no salió exactamente

como yo esperaba.

-¿Cómo dices? Pero eso no puede ser.

Pero si tu declaración era además de ser bella,

estaba escrita con el alma.

No puedo creer que mi hija no se haya emocionado con ella.

-Bueno, fue un primer paso.

Leonor necesita más tiempo. Ahora no es cuestión de avasallarla.

Me alegro que seas tan comprensivo con ella,

pero esta chica ya me empieza a preocupar.

-Pues no deberías.

Ya has escuchado a Pablo.

A partir de ahora hay que ir con ella poco a poco.

Ya verás como dentro de poco todo volverá a ser como antes.

-Sí. -Y ahora vamos a ponernos ropa

un poco más cómoda, ¿eh?

Enseguida volvemos.

-"Te he dicho que no me toques".

Y para de recordarme lo que te dije.

-Pero ¿qué te pasa, por qué te comportas así?

-¿Cómo se supone que debería comportarme?

¿Cómo te comportaste tú conmigo?

-Leonor...

-"Me abandonaste".

-Esto es lo único

que queda de mi matrimonio, la nulidad matrimonial.

-"Yo creo que deberíamos brindar por vuestra nueva vida".

-Por la nueva vida.

Y por que nos traiga felicidad a los dos.

¿Te agrada cómo han decorado el jardín?

Me gusta más lo que veo ahora.

Le he pedido al posadero que lo decorara todo.

Que convirtiera su jardín en una feria improvisada,

donde estemos los dos solos y a salvo de todo.

Como aquella feria que te llevé

a mi casa. Fue el más feliz de mi vida.

Y no será el último día feliz

que vivas a mi lado.

Ojalá no tuviéramos que salir nunca de este jardín, ¿verdad?

Y pudiéramos vivir para siempre en este refugio.

Yo también deseo lo mismo.

¿Qué te ocurre, mi amor?

¿Qué ensombrece tu rostro?

Mauro, a pesar de nuestros deseos,

no puedo evitar en la realidad que nos aguarda

cuando volvamos.

No me siento bien engañando a Fernando.

Júrame que todo se arreglará y no tendremos que escondernos.

Te lo juro, mi amor.

En cuanto se haga justicia, podré salir a la luz.

Y entonces, hablaremos

con tu esposo.

Si es tan bueno y comprensivo como describes,

no tendrá ningún inconveniente en anular vuestra unión.

Podremos vivir nuestro amor sin remordimientos.

No sé qué agradecerle más, querida,

si que me haya invitado a cenar o que se haya puesto tan bella

para recibirme.

Es lo menos que podía hacer para recibir a un invitado

tan querido como usted.

No parecía guardarme tanta estima la última vez

que nos vimos.

Disculpe mi comportamiento.

Me traicionaron los nervios.

La noticia me cogió por sorpresa.

-Sí.

-Quizá fuimos demasiado bruscos.

¿Cuento entonces con su perdón?

Es demasiado bonita como para estar mucho tiempo enfadado con usted.

Aunque ha de saber

que no me agradan

esas reacciones tan inapropiadas y pasionales.

Una vez casados, ya limaremos ese comportamiento.

-Estoy seguro.

Gayarre,

está usted en Babia.

La copa de nuestro invitado está vacía.

-¿Y ahora nos dirá

de qué se trata ese tema tan importante del que quería hablarnos?

Quiero que sepa

que lo he pensado mejor

y acepto de buen grado su propuesta de matrimonio.

-Gayarre, ¿qué pasa? -Perdón.

Perdón. -Tenga cuidado.

-Lo lamento.

-No dejemos que la torpeza de un criado arruine este momento.

-No esperaba menos de ti, hija.

Aunque tu consentimiento no era preciso,

siempre es bueno empezar un matrimonio

con buena disposición.

-Me satisface enormemente

que haya recapacitado.

-Celebrémoslo como es debido.

Hay una botella de coñac que guardaba

para una ocasión especial.

No se me ocurre momento más oportuno que este.

Gayarre, tráigala.

Bridaremos como se merece.

Fernando, está usted aquí.

Perdóneme, Cayetana.

No quería sobresaltarla. No, descuide.

Solo que no le esperaba despierto.

Iba a tomarme algo

para la jaqueca que me ha desvelado.

¿Qué hace ahí solo en la penumbra?

Yo tampoco podía dormir.

¿También tiene jaqueca?

No. Mis padecimientos son otro.

Me rompe el alma verle así.

Un hombre como usted no merece semejante trato.

¿Puedo confesarle algo?

Me temo que no he sido totalmente sincera con usted.

No siga por ese camino, Cayetana.

¿Por qué no?

¿Acaso miento?

Fernando,

la noche del Carnaval no fue un arrebato lo que me llevó a besarle.

Fue mi corazón lo que guió el camino.

He intentado evitarlo,

pero me he enamorado de usted. No diga eso.

Fernando.

Tiene que escucharme.

Gayarre, apúrese.

Brindemos por el futuro enlace.

-¿Sería demasiado atrevimiento sellar este brindis dando a mi prometida

un casto beso?

-En absoluto, querido amigo. Proceda.

A fin de cuentas, no tardará en ser su esposa.

Déjeme marchar, Cayetana.

Ni siquiera deberíamos estar hablando esto.

No. No puedo evitar lo que siento por usted.

Debe hacerlo.

No lo entiende.

Viviendo juntos, compartiendo confidencias, ha sido imposible

negar mis sentimientos.

Y creo que a usted le ha pasado algo parecido conmigo.

Creo que siente por mí algo más que estima.

No quiero hacerle daño a Teresa.

¿Y ella sí puede hacérselo a usted, tratándole con semejante desdén?

Como si no fuera su esposo.

¿Va a seguir así, Fernando?

¿Negándose al calor de una caricia?

¿De un beso?

Demuéstreme que Teresa se equivoca con sus desplantes.

Demuéstreme que dentro de usted hay un hombre.

Debería irme.

No. Usted merece mucho más.

Y yo se lo voy a dar todo.

Habiba. Habiba.

Me gustaría pedirle perdón por lo de ayer.

-No hay que pedir perdón cuando no se ofende.

No ofendas y te lo ahorras.

-Eso le quería decir, que mi intención no era ofender.

-La culpa fue de los demás.

Bueno, mía. De mis celos y todo eso.

Una majadería.

-No es que yo me escarnezca, es que aquí no me veis como persona.

Peor para vosotros, que lo soy.

-Me voy a la tertulia del casino militar.

Demir vendrá de visita a última hora de la mañana.

Sí, padre, eso me dijo. Confío en él más que en ti,

así que supongo que no tengo que ponerte una carabina.

Compórtate con corrección.

No sé qué se cree que voy a hacer.

Pero si no se fía, dígale a Simón que pasee con nosotros.

De ti me espero cualquier cosa y ninguna buena.

Sí, le diré a Gayarre que te vigile con atención,

y que no te quite el ojo de encima.

Volveré a la hora del almuerzo.

-"Felipe".

Qué alegría verte.

-Lo mismo digo.

-Siento no poder quedarme a tomar un café contigo,

pero Trini y yo tenemos una reunión muy importante.

Tan importante como que es con las peluqueras

con más establecimientos de España.

Si nos vende los tintes, va a ser un éxito.

-Mucha suerte entonces.

-Ha sido un placer.

-"¿Sabes qué es esto?".

-¿Una especie de látigo?

-Es una fusta. Se utiliza con los caballos.

¿Leonor te contó alguna vez que yo quería ser jinete?

-Sí, me contó lo de tu accidente.

(Latigazo)

-A mí nunca me ha gustado utilizar la fusta con mis caballos.

Solo para marcarles el camino,

confirmar órdenes, pero nunca

para hacerles daño.

Pero la fusta puede hacerlo.

Y mucho. Si se sabe utilizar.

-¿Por qué me dices esto?

¿Me amenazas?

Esto es como todo:

si se utiliza con moderación, la fusta puede ser muy útil.

Si se utiliza de una forma irresponsable,

causa dolor.

Es como la verdad y la mentira.

Su utilidad depende de quién la use.

Toma.

Utilízala.

Les presento a mi prometido. El señor Burak Demir.

¿Tu prometido? Ah, pues enhorabuena, Elvirita.

-O mucho me equivoco, o ese nombre y apellido no son de nuestras tierras.

-Turco, mis apreciadas señoras.

Súbdito del glorioso imperio otomán. -Infiel.

-Habla usted muy bien castellano, señor Burak.

-Muchas gracias.

Siempre he tenido negocios en este maravilloso país.

Incluso corre por mis venas

sangre española. -Ah.

Mi prometido se dedica a la construcción.

Ahora mismo está trabajando en el que será el símbolo

de la nueva Turquía: la Torre del Reloj.

En Esmirna.

-Me alegro de que al fin don Arturo haya conseguido relacionarte

con un hombre de tu gusto.

Sí. Un hombre de verdad.

Dispuesto a luchar por lo que quiere.

No hay tantos así.

-¡Basta, basta, basta! ¡Basta!

¿No acabas de decir que vas a respetar mis tiempos?

¿Puedes parar de imponerme tu presencia?

-¿De tocarme?

-Yo solo quería expresarte

mi cariño.

-Es que yo no quiero tu cariño.

Yo solo quiero olvidar lo que ha pasado

-"Veo que tiene apetito".

Sí, siempre me lo produce las noches agitadas.

¿Y esta lo ha sido?

Úrsula, no es de buen tono hablar de esas cosas.

Y menos en la mesa.

Teniendo en cuenta que doña Teresa se encuentra en Segovia

recogiendo el premio para el Patronato,

la noche ha estado despejada.

Sin moros en la costa,

como se dice vulgarmente. Así es.

Y su esposo se encontraba

tan falto de cariño, afecto y atención...

Supongo que don Fernando ha caído

como un ratón en la trampa.

Sin saber siquiera que estaba adentrándose en una celada,

de la que no podrá salir nunca.

"Sigo siendo la esposa de Fernando".

Cuando te reencontré, pensé que todo cambiaría.

Que con este viaje empezaríamos una nueva vida.

Solo necesito unos días más. Lo tengo todo previsto y pensado.

Mauro, Fernando es mi esposo.

Y tiene derecho sobre mí.

Hasta ahora he conseguido evitarlo, pero no sé si podré seguir.

En unos días, todo estará resuelto, cariño.

Nunca he dejado que me tocara.

Mauro, tú has sido el único hombre.

Y quiero seguir así.

Pues no sé si podré conseguirlo.

Seguro que a Tirso le gustará más el regalo, si va bien envuelto.

Gracias. Todo es siempre más atractivo

si va en el envoltorio adecuado.

A veces lo más interesante de un regalo es, rasgar el papel

que lo envuelve.

O un vestido.

La ropa es nuestra manera de hacernos atractivos.

Y hay que rasgarla.

No siempre.

Si no, menudo presupuesto,

haría muy rica a Susana.

-"Tengo novedades de comisaría".

Dígame que han detenido a Elena Pérez Casas.

No. Todavía no.

Uno de los hombres de Méndez la ha localizado.

Sabe por qué barrio se mueve.

Solo tiene que asomar la cabeza.

Dígame qué barrio es.

Me pienso meter hasta en el último agujero hasta encontrarla.

¿No dijo que no cometería locuras? ¿Sabe dónde está Teresa?

En casa. Con su marido.

Y no puedo sacarla de ahí, hasta que esa mujer no esté detenida.

Mauro, por favor, aguante.

-"La policía me busca en el barrio de las Iglesias".

"Iré esta tarde a su casa por la puerta de servicio".

"Le sorprendería saber lo que he averiguado de Úrsula".

-¿Te encuentras mejor?

Ha debido ser algo en mal estado. No te creo.

¿Qué?

No te creo cuando me dices que has sufrido una indisposición.

Creo que estás fingiendo. Lo único que quieres es rehuirme.

Fernando, por favor. Teresa, soy tu marido.

Ha llegado la hora de que hablemos con total sinceridad.

Ahora no, por favor.

Si no quieres escucharme

por las buenas, tendré que obligarte a hacerlo.

Y quizá no sea a lo único que te obligue.

Recuerda que soy tu esposo.

  • Capítulo 485

Acacias 38 - Capítulo 485

29 mar 2017

Pablo pide perdón a Leonor por no encontrarla en Málaga, pero ella parece incapaz de perdonarlo. Pablo oculta a Rosina y Liberto el fracaso de la cena. Atormentado, decide que averiguará todo lo que ocurrió en Fernando Poo. Teresa se va de viaje sola y Fernando no puede más que aceptar. En realidad, Teresa y Mauro han ido a vivir su amor fuera de Acacias. Cayetana le promete cuidar de Fernando.

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