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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 484 - ver ahora
Transcripción completa

Debemos salir de Acacias.

El fantasma de Mauro no ha dejado de perseguirnos.

Y siento que te estoy perdiendo día a día.

Fernando, si me obligas a partir, los dos sabemos que será aún peor.

Siento con toda mi alma el daño que te estoy haciendo.

Pero no puedo marcharme.

No sé cuánto tiempo voy a poder seguir manteniendo el secreto.

Le ruego que no flojee, amigo.

Es vital que nadie más sepa nada.

Trataré de que así sea.

-"Leonor estará a punto de salir".

-Acompáñame a la fuente. A ver si se calman esas chismosas.

-Anda.

Pues sí que nos ha salido fresca la africana.

¿Qué ve en esa mujer? -¿Pues qué va a ver? Que es negra.

Y que a saber qué haría tu Martín cuando era soldado,

por los mundos esos de Dios.

-Pues está claro que yo no me voy a quedar de brazos cruzados,

viendo como me roban a mi hombre.

-"No es menester que nos quedemos en casa, con la tarde que hace".

Vas a tener que ir solo con Tirso,

yo no puedo acompañaros. ¿Puedo saber por qué?

Tengo que hacer muchos recados y puede que no llegue para cenar.

Muy bien.

-La oferta que nos ha hecho era más que suficiente.

-Siempre podemos hacer lo que más nos place.

-Las cuestiones de dinero, no es algo que se me dé bien.

-Razón de más para dejarse aconsejar. -¿Tengo otra opción?

-Sabes que no.

No puedo seguir mintiendo a Fernando. Digámoselo mañana.

No. Necesito más tiempo. ¿Tiempo para qué?

Para apresar a la mujer que ha intentado matarme.

¿Cuánto tiempo te va a llevar eso?

Supongo que poco.

Eso espero, porque no puedo aguantar esta situación mucho más tiempo.

"Teresa no debe comportarse como lo hace".

¿Y qué puedo hacer yo?

Tal vez ha llegado el momento de dar un paso al frente.

De reclamar los derechos que le corresponden como esposo.

Es muy posible que usted tenga razón.

-Burak Demir será tu esposo.

¡Elvira, por favor! ¡Te ordeno que te comportes

y vuelvas a sentarte!

Esta es una decisión ya consumada y nada podrá alterarla.

¿Cómo que el señor Demir va a ser mi esposo?

Lo has oído perfectamente.

Casarás con Burak Demir.

No hay vuelta atrás, la decisión está tomada.

Así que siéntate y sigamos cenando.

Disculpe los modales de mi hija,

a veces se comporta como una niña malcriada.

-No puedo decir que me sorprenda.

Usted ya me advirtió de su carácter.

-Acabará entrando en razón, ya lo verá.

Solo tiene que encajarlo.

No se lo esperaba y, la noticia le ha impactado.

Pero se dará cuenta que es lo mejor para ella.

-Cierta rebeldía puede resultar atractiva en una mujer.

Hasta cierto punto. Pero estoy con usted.

En cuanto casemos,

su hija aceptará su realidad.

Estambul le encantará. Es un lugar precioso.

-Seguro.

¿Más vino?

Gayarre, por favor.

Esto sabe a nubes del cielo, don Fernando.

Nunca había probado algo tan requetebueno.

-Me alegro que lo disfrutes.

Te lo has ganado, después de portarte tan bien en el oftalmólogo.

Espera. Que te has ensuciado.

¿Por qué no te vas a tu habitación a preparar la tarea?

Tirso, cuidado.

Gracias por haberlo acompañado. Eres siempre tan atento con él.

Debería dárselas yo a él. Este crío me alegra el día.

Me cambia el ánimo por las mañanas.

¿Cómo ha ido la revisión, qué ha dicho el médico?

Bien. Todo sigue igual.

¿Te quedas a desayunar conmigo?

No me apetece.

Fernando.

Lo siento. Lo siento mucho.

¿Qué sientes?

No me he portado bien contigo desde que nos casamos.

No. No lo has hecho.

No quiero estar así, no quiero hacerte daño, pero...

Te pido un poco más de tiempo.

Sabes que tienes todo el tiempo del mundo.

No te entiendo, Teresa. Soy un títere en tus manos.

Vas y vienes, haces y deshaces. Me utilizas.

Eso no es verdad.

Estoy harto de tus continuos rechazos, Teresa.

Parece que no quisieras que te tocara.

Yo ya no puedo más. Fernando, yo...

No hay nada entre nosotros.

Lo único que tenemos es Tirso y un contrato de matrimonio

vacío de sentido.

Lamento todo lo que está pasando entre nosotros.

Todo lo que tú me estás haciendo.

No te lo mereces.

Ya no me creo tus palabras, Teresa. De nada te van a servir.

Fernando, te aseguro que mis palabras son sinceras.

¿Esto es sincero?

¿De dónde lo has sacado? Lo encontré ayer en el cuarto.

Estás pálida. Te ha cambiado hasta la cara.

¿Qué significa este zoótropo?

¿Por qué no hablas?

¿Es que no piensas olvidarte de él? ¿Para qué te casaste conmigo, Teresa?

¿Para hacerme la vida imposible?

Uy, ¿y ese traje?

-Es el mejor que tengo.

Quiero ponérmelo para la cena que le he preparado a Leonor.

Le diré a Casilda que me lo planche y lo adecente.

Quiero estar perfecto esta noche. -¿Estás nervioso?

Desde luego, lo parece. -Como un colegial, suegra.

Tengo un cosquilleo en el estómago... Yo no sé si eso es malo.

-Es sorprendente, después de tiempo de casado.

Así voy a estar siempre yo por mi Rosina.

-Gracias, querido.

Es precioso lo que sientes, Pablo.

Todo va a salir bien, ya lo verás.

-Eso espero. He cuidado hasta el último detalle.

Mirad.

He tratado de ser sincero con mis palabras.

Y he elegido el mejor sobre que había en la ciudad.

He tenido que ir a tres papelerías para encontrarlo.

Bueno, nosotros marcharemos para dejaros la casa a vosotros solos.

Así podéis tener intimidad. -Sí.

Y yo le he pedido a Casilda que Martín y ella hagan lo mismo.

Que hagan la cena, pero no os la sirvan.

Que se marchen a la casa de los guardeses y no os molesten.

-Se lo agradezco, pero no va a hacer falta la cena.

Víctor vendrá luego con unas viandas exquisitas.

Yo, lo único que quiero

es que Leonor se relaje y disfrute.

Que se olvide de todo. -Como gustes.

-No quiero que nada entorpezca la cena.

Como antes.

Cuando nos sobraba el mundo.

Nos sentábamos en un banco de un parque sin hacer nada.

Solo hablábamos y veíamos a la gente pasar.

Como si todo lo que hubiera a nuestro alrededor nos sobrara.

Como si no fuera con nosotros.

Como si con nuestro amor nos bastara.

Solo ella y yo.

-Todo eso volverá, ya lo verás. Solo necesita tiempo.

-Si yo tengo todo el tiempo del mundo, y más paciencia aún.

Solo quiero

volver a recuperar la pasión y el amor que teníamos entre nosotros.

Quiero recuperar a mi esposa.

Suegra, le agradezco todo el apoyo.

Y a ti también, Liberto.

De verdad. No sé qué haría sin él.

-Gracias a ti, Pablo, por luchar por ella.

Por quererla tantísimo. -Eso es fácil.

-(RÍE)

Gracias.

-Señora, si me necesita, estaré en la cocina.

-Gracias, Lolita.

He publicado otro anuncio de tintes en el "Adelantado".

Saldrá hoy en la edición de la mañana.

-¡Qué buena idea, Celia!

Ese diario tiene muchísimo tirón. ¿Y bien?

¿Cuál es el siguiente paso?

-Me gustaría hablar con algunos comerciales de peluquería.

Y de tiendas de belleza.

Me gustaría que vendieran los tintes a sus clientes.

Pues, si quieres, yo puedo ayudarte.

Todavía tengo muchos y muy buenos amigos de mi época de manicura.

Y se me ocurren un par de sitios a los que ir.

-Trini, ¿me acompañarías? -Por supuesto que sí, querida.

Tú y yo conseguiremos llenar de colores esta ciudad tan gris.

-Me muero de ganas de empezar.

No sabía que esto de los negocios era tan divertido.

-Me alegra mucho que opines así.

-¿Por qué no se me habrá ocurrido hacerlo antes?

-Bueno.

Celia, lo importante es que tú, ahora,

y tras los últimos acontecimientos, estés animada y no te hundas.

-Es horrible pensar siquiera en la enfermedad de mi madre, pero

debemos mirar hacia delante.

-Bueno,...

yo me refería a eso y a tu reciente y definitiva separación de Felipe.

No sé, noté algo de dolor el otro día,

cuando brindabais por vuestra nueva vida.

-¿Dolor? No.

-¿Cierta amargura, quizás?

No sé, por... haber sobrellevado la ruptura.

-Bueno,

sentí... cierta tristeza, si a eso te refieres.

Supongo que es normal cuando dos personas se dan cuenta

de que han curado las heridas y que solo sienten amistad y cariño.

-Bueno.

Siempre es mejor eso que el odio y el resentimiento.

-Desde luego que sí.

Felipe y yo nos tenemos... verdadero cariño.

Y deseamos la felicidad del otro. Como amigos.

Nos irá bien separados.

Estoy convencida. -Celia.

Me alegra mucho verte tan decidida y tan entera.

.La nueva Celia.

La Celia de los negocios. No la conocía, y me fascina.

-A mí también.

-Pues venga, Trini, termínate el té.

Me tienes que llevar a todos esos lugares que dices conocer.

Y a cobrarnos los favores.

Vamos.

La policía sigue buscando a Elena Pérez Casas.

Esa mujer es perra vieja.

No le va a resultar fácil encontrarla.

De momento, les está costando un potosí.

La conozco bien. Es escurridiza como una lagartija.

El comisario ha pedido prioridad absoluta.

Quiere esclarecerlo cuanto antes.

Por eso los guardias se están esforzando en rastrear la ciudad.

Ojalá la encuentren pronto.

Empiezo ya a sentirme como un león enjaulado.

Calma. Calma y paciencia.

No podemos permitir que todo se vaya al traste.

Lo sé.

Estoy haciendo un gran esfuerzo en que no se me vea.

Pero es que esta habitación se me cae encima.

Pues tendrá que hacer de tripas corazón y permanecer aquí encerrado.

Ya sabe lo mucho que hay en juego.

Mucho, sí. Atrapar a Cayetana.

Primero tendremos que demostrar que hay una relación entre ella

y Elena Pérez Casas.

Que esa pobre menesterosa, tan solo la obedecía cuando trató de matarle.

Y hasta que no demos con ella, no podremos demostrar nada.

Cualquier cosa que digamos, es mera especulación.

Lo sé, amigo.

Soy el primer interesado en que todo se esclarezca.

Por algo estoy fingiendo mi muerte.

Mauro,

nadie tiene que saber que nuestro objetivo final es doña Cayetana.

Nadie,

es nadie.

Si está pensando en Teresa, es la última persona

a quien se lo contaría.

Me alegra escucharle decir eso.

Nos pondría a los dos en un aprieto.

Y en peligro. Y usted no se lo merece.

Puede estar tranquilo, nada le diré a Teresa.

Cayetana siempre se ha interpuesto entre nosotros.

Y no cometeré el mismo error. No volveré a perderla.

¿La ha vuelto a ver después del primer encuentro?

Tenga mucho cuidado.

Deberían controlar sus sentimientos. Hay en juego.

Ya le digo que no se preocupe, Felipe. Confíe en mí.

¿Ha discutido otra vez con su esposa?

¿Tanto se me nota? Sí.

No puede disimularlo usted. Es un libro abierto.

Y a ella también la he visto salir hace un rato,

y llevaba la cara de tristeza infinita.

¿Ha ocurrido algo más entre ustedes?

Creo que voy a devolver los pasajes del viaje, Cayetana.

Siento oír eso.

¿A qué viene una decisión tan drástica?

Fernando, entiendo el dolor que le está haciendo sentir todo esto.

La desazón, el desconcierto.

Solo quiero que sepa que tiene una amiga en mí.

Si siente la necesidad de hablar...

Gracias, Cayetana.

No sé qué haría sin su amistad en estos momentos.

Lo hago de corazón.

Por el cariño que le he cogido.

Doña Úrsula, ¿a qué debemos el placer de su visita?

-Buenos días.

Vengo a darles una noticia.

Una muy buena noticia.

Somos todo oídos.

Han concedido al Patronato un premio por su labor social.

Hay que ir a recogerlo mañana a Segovia.

Qué alegría oír eso. Por fin se nos reconoce la labor.

¿No dice nada, don Fernando?

-Me alegra enormemente, doña Úrsula.

Ahora debo marcharme.

Señoras.

Siéntese.

Tenga cuidado, doña Cayetana.

Está usted jugando con fuego.

¿Perdón?

Hablo del acercamiento de usted a don Fernando.

No debería dejarse llevar por sus sentimientos.

Dejarme llevar...

¿Se cree que es eso lo que hago, dejarme llevar?

Úrsula, a estas alturas ya debería saber que yo no sucumbo al amor

ni a otras estupideces similares.

Mi acercamiento a Fernando es parte de mi plan.

Arrebatárselo a Teresa es mi objetivo.

Va a caer rendido a mis pies.

Pensé que lo había entendido usted ya, el otro día.

Pero... no sé, lo mismo la sobrevaloro.

Como usted vea. No seré yo quien le diga

en quién debe poner usted sus afectos.

Muy buenos días.

Sé que hay alguien detrás de usted, Úrsula Dicenta.

Y voy a descubrirlo.

¿Qué haces aquí?

¿Puedo hablar contigo?

¿Ya no tienes miedo de que nos descubra mi padre?

¿Has perdido tu cobardía?

Tu padre y el señor Demir han salido.

Lo debí suponer.

¿Qué quieres, Simón?

Anoche me quedé muy preocupado al verte salir tan afectada de la cena.

¿Y cómo quieres que esté?

Me han vendido a un tratante.

Eso es mi futuro marido.

Además, ¿desde cuándo te preocupa lo que me suceda?

Desde siempre. Desde siempre, Elvira.

Traté de advertirte de lo que iba a hacer tu padre,

pero no me escuchaste.

Porque ya no quiero oírte decir más tonterías.

Todo esto es culpa tuya.

Debimos fugarnos cuando aún estábamos a tiempo.

Debimos irnos lejos de aquí.

¿Por qué no apostaste por nuestro amor?

¿Por qué no luchaste por nosotros?

Vete.

Elvira, por favor.

Vete. Ibas a irte, ¿no?

Pues vete ya y déjanos en paz.

Hay cosas que no sabes, Elvira.

Si pudiera contarte toda la verdad, entenderías lo que...

A mí la verdad ya me da igual.

La única verdad es que voy a ser la esposa de ese hombre orgulloso

que me dobla la edad. Esa es la verdad.

Y a ti no te importa.

No digas eso.

Esto es lo que querías, ¿no?

Que me alejasen de aquí.

Y vas a quedarte de brazos cruzados mirando cómo me casan

y me destierran.

¿Es que no vas a reaccionar ni siquiera ahora?

Tomé la decisión de romper contigo por tu bien.

Y no voy a cambiar de parecer, Elvira.

Lo hago por ti. Si me comportara como tú,

tu padre te haría la vida imposible.

¿Qué vida, Simón?

A mí la vida ya se me ha terminado.

Me voy a Estambul a ser la esposa de un hombre al que no amo.

Pero una cosa te voy a decir:

No estoy dispuesta a poneros las cosas fáciles.

Ni a mi padre ni a ti, y mucho menos a ese maldito turco.

Aparta.

"Estás pálida". "Te ha cambiado hasta la cara".

"¿Qué significa este zoótropo?".

"¿Por qué no hablas?".

"¿Es que no piensas olvidarte de él?".

"¿Para qué te casaste conmigo, Teresa?".

"¿Para hacerme la vida imposible?".

Disculpe.

¿Mauro? Chist.

Cuidado, disimula.

¿Qué haces aquí?

Ardía en deseos de verte.

Quedé inquieto anoche, cuando nos despedimos.

Te vi muy preocupada.

Te has arriesgado mucho.

Quería saber que estabas bien.

Yo también me moría de ganas de verte.

Fernando ha descubierto el zoótropo. Y se ha enfadado conmigo.

Mauro, no me siento bien haciéndole esto.

No se lo merece. Es un buen hombre.

Pronto, todo acabará. Has de tener paciencia.

Toda la culpa y todos mis pesares...

desaparecen cuando estoy cerca de ti.

Mauro, soy feliz a tu lado.

¿Qué le queda, Servando?

Que lleva usted desde amanecida con eso.

-Con un poco de queso y vinillo hubiera ligado antes

y hubiera acabado ya la faena.

-Y yo, con un millón de pesetas debajo del colchón,

no tendría que estar aquí mirándole a usted el jeto, pero es lo que hay.

A terminar la faena.

(Llaman a la puerta)

Uh, pasa, Casilda.

Vaya cara de boniato "revenío". ¿Qué te pasa?

-¿Está por aquí Servando?

-Lamentablemente, sí, aquí sigue. Está en el salón, pasa.

Ahí lo tienes. -¿Qué te ocurre, Casilda?

-Que necesito que me ayude usted, Servando.

Martín, últimamente pasa mucho tiempo con la cacao

y yo ya no sé qué hacer.

-Uh, está celosa de la negra.

-¡Pues sí! Ando un poco escamada, ¿eh?

Es que les he pillado hablando en la casa

y dándole a la húmeda muy dicharacheros.

-Pues lo mismo es que se caen bien y yo soy una malpensada.

-¡Que no, Lolita, que yo no me chupo el dedo!,

que aquí está pasando algo turbio.

Está Martín que parece que se le cae la baba con ella.

-No. En eso estoy contigo, Casilda,

y no vas desencaminada. -Si ya lo sé, Servando.

Es más, ayer les pillé riéndose a mandíbula batiente

y, ella le cogió del brazo en la calle, delante de todo el mundo.

-Martín no le planta cara a las arpías que tratan de liarlo.

-¿Qué puedo hacer yo, Casilda?

-Usted tampoco soporta a la cacao, ¿verdad?

Vamos, que le da mal fario.

-Yo, es que... Quien tiene la piel más oscura que yo, no me fío.

Que si es así de negra por fuera, más oscura tiene el alma.

-Pues eso, Servando, eso le iba a pedir yo a usted.

A ver si puede hablar con el Martín y convencerle

para que no se acerque más a esa mujer.

-No creo que sirva de nada que le hable, ¿eh?

-Hombre, ¿y por qué no? -Porque aunque hable con él,

van a volver juntos a casa, y la tentación la va a tener

al otro lado del tabique.

-Pues es que sí.

Es verdad. Esta me lo quita

y se ponen a tener hijos café con leche.

-Ay.

¿Y se va a quedar usted de brazos cruzados, Servando?

¿Qué quiere, que al Martín le dé por ponerse un taparrabos

e irse para África?

-Por Dios, no me quiero imaginar eso ni en mis peores pesadillas.

-Pues ayude a la Casilda, hombre.

-Está bien. Te voy a ayudar.

-Muchas gracias, Servando. Dios se lo pague a usted.

-Pero tienes que estar dispuesta a hacer cualquier cosa.

-Cualquier cosa. Todo. Por recuperar a mi Martín, todo.

Se lo juro a usted, por estas, que son cruces.

-Tengo una idea.

¡Teresa!

Teresa, ¿estás bien?

¿Qué ha ocurrido?

Nada. ¿Te ha hecho algo ese mozo?

No, solo hemos tropezado. Era un torpe.

Ya, y seguro que un maleducado. ¿A que no te ha pedido perdón?

Esos tipos no suelen hacerlo.

No es nada, no tiene importancia.

¿Querías algo?

Sí, te andaba buscando.

Le han dado un premio al Patronato por su buena labor social.

¿No te alegras?

¿Estás de chanza? Es una gran noticia.

Simón.

¿Qué tal por casa de tu coronel?

Parece que tienen visita. -Así es.

-¿Qué pasa, que no te cae bien? Por eso tienes esa cara de lechuga.

-Ese invitado de don Arturo es el futuro esposo de Elvira.

-¿Cómo?

-Sí, don Arturo ha llegado a un pacto para que case con su hija.

-Pobrecita mía.

-Y yo me siento un cobarde.

Por no hacer nada, por no poder evitarlo.

-Fácil, lo que se dice fácil, no lo tienes.

-He intentado hablar con Elvira, pero hemos discutido.

-Normal.

Es que la chica lo tiene que estar pasando regular, tirando a malamente.

-No lo soporto.

No soporto verla llorar, verla sufrir de esa manera.

La quiero por encima de todas las cosas de este mundo.

-Y si tanto la quieres, ¿por qué no haces algo

para detener el desaguisado? -¿El qué?

¿Qué puedo hacer yo para que don Arturo cambie de parecer?

¡Si hasta han firmado un contrato como si fuera... ganado!

-Simón.

Yo conozco el corazón de las mujeres.

Y a esta chica se lo estás haciendo añicos,

al no plantarle cara a su padre. -Tú no lo entiendes, Lolita.

Todo lo que hago es por ella.

Para protegerla hasta de si misma, aunque ella no lo entienda.

-Pues tú verás, pero no puedes seguir así o acabarás enfermando.

-Es lo que hay.

-En el fondo, entiendo a esa pobre chica.

Tu cerrazón, tu no hacer "ná", tu "es lo que hay".

Simón, es que dan ganas de pegarte con el palo de un cepillo

en esa cabezota.

-No me cuestiones. Por favor.

Hay cosas que tú no sabes. -¿Qué cosas?

-Pues cosas de mi vida que...

no te puedo contar, pero que ahora mismo he de tener en cuenta.

-Vale. Pues espero que esas cosas valgan la pena, Simón.

O algún día te arrepentirás.

Virgen mía.

Aparta todo lo malo de mí.

Mis pecados.

Los errores que he cometido.

Quiero que se vayan para siempre.

Lejos de mi vista.

Y de mi conciencia.

¿Me ha hecho llamar? Así es, Úrsula.

Se ha dejado usted el bolso esta mañana.

Estaba aquí.

Pensé que lo había perdido en la calle o que me lo habrían robado.

No, estaba aquí, a buen recaudo. Toda la mañana.

Muchas gracias, doña Cayetana.

Yo, si me disculpa, he de irme. Aguarde un momento.

Necesito pedirle un favor. Debo ponerme en contacto con Elena.

¿Y por qué motivo?

Requiero sus servicios para un menester.

¿Qué menester?

Quizá yo pueda ayudarla. No.

No. No creo. Es algo personal. No se apure.

Me pondré en contacto con ella.

Se lo agradezco.

Nuevamente, muchas gracias.

¡No, no, no, no, no! No.

Pero Casilda, por Dios, que es un poco de carboncillo nada más.

Que no te vas a quedar negra toda la vida.

-Que no, Servando.

¿Qué gano yo poniéndome estos harapos y tiznándome la cara de carbón?

-¡Pues despertar la bestia que lleva dentro tu marido!

-Que no, que voy a ser el hazmerreír de toda Acacias.

Lo único que voy a despertar son las carcajadas de todos los vecinos

en cuanto me vean así. -Mira, fruslerías.

-Verdades como catedrales, Servando.

Vamos a ver, ¿qué es lo que pretende usted?

¿Reírse de mí?

-Ayudarte. ¿No me habías pedido ayuda?

-Sí, pero para convencer a Martín de que no se acercara a esa mujer.

-Bueno, pues si la montaña no va a Mahoma,

Mahoma tendrá que ir a la montaña.

-¿Qué dice? -Pues que si Martín no se aleja

de esa negruzca, entonces tú también serás negruzca,

para que la negra de la que no se aleje, sea de ti.

-"Pa" chasco que de todas las tontadas que ha dicho hasta ahora,

desde que lo conozco, y mire que ya van años,

esta es de las más grandes.

La culpa es mía por hacerle caso.

-Ven aquí. -No.

-¡Basta ya, Casilda! -¡Que no!

-¡Casilda, no seas chiquilla!

Pero ¿quieres recuperar a tu marido o no?

-Por mis muertos que quiero.

-¡Pues hazme caso en todo lo que te diga!

Perdón.

No sabía que había alguien en la habitación.

Vengo a buscar un broche. Claro, pase.

Es su casa.

Este es. Me queda a la perfección con un vestido que quiero ponerme.

¿Se encuentra bien?

Estoy muy preocupada por usted, Fernando.

No me gusta verle así. ¿Así, cómo?

Así, tan apesadumbrado,

tan triste, tan mohíno. Estoy roto, Cayetana.

Roto de dolor.

Evito a Teresa. Cuando ella entra, yo salgo.

Apenas le sostengo la mirada. No duermo por las noches.

No dejo de pensar en qué hacer.

Siento rencor hacia ella.

No sé cómo ponerle fin a todo esto. No sé cómo arreglarlo.

Le entiendo.

Me siento solo. Frustrado.

Vacío.

Por mucho que intento acercarme a ella, no logro llegar a su corazón.

Quizá ha puesto usted demasiadas esperanzas en Teresa.

A veces es mejor no esperar nada de las personas

y así no nos pueden hacer daño ni decepcionarnos.

Habla como si hubiera pasado por lo mismo.

Así es.

Mi difunto esposo me hizo pasar por una situación similar.

Entiendo el vacío del que habla.

La soledad.

La impotencia de no saber cómo salir de esa situación.

Agradezco sus palabras, Cayetana.

Teresa no entiende que usted también es una persona sensible

que sus sentimientos también importan.

Así es.

Y que usted tiene unas necesidades como esposo,

que tienen que ser atendidas.

Ojalá Teresa me entendiera tan bien como usted.

Ojalá Teresa le quisiera como merece.

No deberíamos hacerlo.

No deberíamos volverlo a hacer. Sí.

Lo siento.

Casilda, ¿estás aquí?

-¡Vete, Martín! ¡Márchate!

Pero canija, ¿qué ocurre?

Canija. Canija, ¿qué te sucede?

-Vete, por tu madre, que no quiero que me veas así.

-Pero ¿así cómo? Me estás asustando.

Casilda.

Casilda, no me pienso ir hasta asegurarme de que estás bien.

Así que, abre la puerta inmediatamente.

(RÍE)

Pero ¿qué te ha pasado?

-Que me he dejado engañar por Servando.

Le pedí ayuda, y mira cómo he terminado.

-Pero... Pero ¿ayuda para qué?

Pues para que dejaras de fijarte en la cacao

y te volvieras a fijar en mí. -Pero...

Fijarme yo ¿en quién? ¿En la Habiba?

-Pues sí. ¿Qué te crees, que no he visto cómo la miras,

de lo mucho que habláis y de las palabras tan bonitas

que dices para defenderla?

-Pero Casilda, eso es porque todo el mundo la mira mal.

Y la señalan con el dedo, y se apartan a su paso.

Y eso no está bien.

Si la he apoyado, es por la injusticia,

no por querer pretenderla.

-¿Es eso verdad?

-Anda, pues claro.

No dejo de acordarme de cómo me señalaba todo el mundo con el dedo

cuando lo del atentado anarquista. ¿O se te ha olvidado?

-No. -Ah.

¿Y te gustaba sentirte así?

Casilda, la gente de este barrio puede ser muy mala cuando quiere.

Y si yo puedo hacer algo para que ella se sienta mejor, lo haré.

No quiero que piense que todos somos iguales.

-En eso tienes razón.

-¿Otra vez los celos, canija?

-Es que no puedo evitarlo.

Me entra un fuego por la tripa y me pongo negra.

-Pero ¿cuándo te va a entrar en la mollera que te quiero?

Que solo tengo ojos para ti.

Y que eres la mujer de mi vida.

No estaría con otra mujer ni por todo el oro del mundo.

-Pues no sé.

Repitiéndomelo más veces.

-Te quiero, Casilda Escolano.

-¿Aunque no sea una mujer de mundo como Habiba?

¿Ni aunque tampoco sea exótica, aunque me tiña la cara?

-Ay, te quiero tal y como eres.

Ingenua y celosilla.

Locuela e inocentona.

Y que eres mi canija. Eso no hay exotismo que lo cambie.

(RÍE)

-¡Que no te rías, Martín!

-Es que tela, ¿eh?

Pero ¿cómo le haces caso a Servando?

-Ya.

Voy a lavarme la cara, y a quitarme todo esto.

-Espera, Casilda, no te quites nada, que yo te ayudo.

-Pero estate quieto, Martín.

(RIENDO) Pero, pero bueno. ¡Ay! Martín.

Qué contentura tiene Pablo en el cuerpo.

Ojalá la cena sorpresa que le está preparando a Leonor

salga según lo espera. -Pues sí.

Se ha esforzado tanto y está tan ilusionado, que bien se lo merece.

-Leonor.

¿De paseo? -¿De regreso ya?

¿Y Pablo, dónde está?

-En casa, diría. ¿Por qué?

-Por curiosidad. ¿Vosotras vais de vuelta también?

-Supongo. -Pues date prisa.

-Con Dios.

-Con Dios. -Con Dios.

-Vamos a los Jardines del Príncipe.

No me apetece meterme en casa, y menos después de lo de esta tarde.

-Esta tarde no ha pasado nada que no tenga arreglo.

-Al comprador no le ha gustado nada que hayamos subido el precio.

Ya lo habíamos acordado.

-Se llama negociar. Y es del todo normal.

-Será normal. Pero a mí no se me da nada bien.

Y menos, cuando el comprador es alguien conocido.

-Todo forma parte del juego.

-Pero es que me preocupa que no lo vendamos por haber pedido demasiado.

-Cerraremos el trato, Leonor.

No le des más vueltas.

Y si no, ya buscaremos a otro comprador.

Aunque no creo que eso sea necesario.

¿Qué? -Que no me gusta

hacer esto a espaldas de mi familia,

sobre todo de mi madre. -Leonor, no puedes decir nada.

-Ya lo sé.

Pero no me siento a gusto vendiendo

una parte del yacimiento sin que lo sepa.

-Siéntete como quieras, pero debemos mantener el plan en secreto.

¿De acuerdo?

Lleva usted todo el día fuera de casa.

¿No me va a decir dónde ha estado?

No es asunto tuyo.

Creo que me debes una explicación.

¿Yo a usted?

Anoche te fuiste de la cena de muy malas maneras.

Dejando al señor Demir plantado y con la palabra en la boca.

Y a mí mismo.

Pasé mucha vergüenza, hija.

¿Y cómo quiere que reaccione,

si me dice sin consultarme, que va a casarme con un hombre?

Con un hombre rico que cuidará de ti cuando yo falte.

Con un hombre al que ni siquiera conozco.

Llevo mucho tiempo intentando meterte en vereda.

Ofreciéndote pretendientes y nada te ha gustado.

Todos mis esfuerzos no han servido para nada.

¿Y no ha pensado que no quiero casarme con quien usted diga?

Estoy harto de tu rebeldía, de tus desplantes, de tus salidas de tono.

Por eso decidí acordar tu matrimonio.

Punto. Punto no, padre.

¿Te atreves a retarme?

El señor Demir es un empresario turco

que necesita acercar posiciones con España.

Casarse con una española es justo lo que sus negocios necesitan.

Lo que los negocios del señor Demir necesiten,

a mí me importa un comino.

¿Es que no ha pensado en mis sentimientos?

Está claro que le doy igual.

He pensado en ti por demás, Elvira.

Pero está claro que no soy capaz de hacer de ti una dama.

Espero que el señor Demir pueda conseguirlo.

Algo me dice que él sí podrá domarte.

¿Y qué has hecho esta tarde, Teresa?

¿Has dado un paseo?

He ido a recoger a Tirso al colegio. ¿Ya duerme?

El pobre ha caído rendido.

Y usted, Fernando, ¿tiene algo interesante que contar?

Nada que merezca la pena.

¿Ya sabe qué va a hacer con los pasajes del viaje?

Iba a devolverlos hoy.

Bueno.

Creo que no deberíamos estar tan serios.

Es un día cargado de buenas noticias.

La más importante, el premio que han otorgado al Patronato

por nuestra buena labor.

¿No se alegra?

Sabes que sí. ¿Cuándo irás a recogerlo?

No iré yo.

¿Por qué? Bueno, tengo mucho que hacer aquí.

Tengo reuniones con el banco, una firma ante notario...

¿Y quién va a ir a recogerlo?

Había pensado en ti.

En mí.

Sí. Te lo mereces.

Has trabajado mucho por el Patronato y por el colegio.

Usted también, don Fernando.

Te agradezco el gesto y la confianza,

pero no sé si tengo cuerpo ni ánimo para hacer un viaje así.

Van a ser solo dos días. Segovia está aquí al lado.

Además, estoy segura que te va a ir bien airearte.

Salir un poco de la ciudad.

Lo mismo tienes razón.

¿Serás capaz de irte ahora?

Fernando... Vas a dejarme solo.

¿Solo? Don Fernando, va a estar usted

conmigo y con el niño.

Podría ir contigo.

¿Juntos?

Sería una buena manera de salir de aquí.

Nos podría ir bien.

Es mejor que te quedes. Alguien tiene que cuidar de Tirso.

En eso, Teresa tiene toda la razón.

Yo no voy a estar pendiente del crío todo el día.

(Pasos)

Por fin estás aquí.

-¿Qué es todo esto?

-Una sorpresa. Lo he preparado

para que cenemos tú y yo solos.

A la luz de las velas, como antes.

¿Te gusta?

-¿Dónde está todo el mundo?

-Todo el mundo ha colaborado para que estemos a solas unas horas.

-Será mejor que me marche a mi habitación.

Buenas noches.

-Yo no tengo mucho apetito, Pablo.

-Víctor te ha preparado tu plato favorito.

Leonor, por favor.

Te lo ruego.

Siento que la comida esté fría y la botella abierta.

-No importa, no tengo apetito.

-¿Vino?

-Pablo, ha sido un día agotador. Me duele la cabeza.

-Al menos,

¿podrías escuchar unas palabras que te he escrito?

-¿Ahora?

-Sí.

-Las he escrito con el corazón, y me ha llevado mucho tiempo,

yo no soy tan dado a las letras como tú.

"Querida Leonor".

"Todos los que andamos por este mundo nacemos una vez,

cuando nuestra madre nos da la vida".

"Pero algunos tenemos la suerte de nacer dos veces".

"La segunda es cuando descubrimos la razón de nuestra existencia,

el motivo por el que Dios nos ha puesto aquí".

"Yo puedo recordar ese segundo nacimiento,

como si hiciera algo que hace un minuto que ha sucedido".

"En la pérgola, cuando me enseñaste a leer las primeras letras".

"Cuando te miraba".

"Cuando sentía tu aliento".

"Cuando nuestras manos se rozaban durante un instante".

"En esos momentos comprendí que había vuelto a nacer".

"Y que mi único cometido en la vida

era amarte".

"Eso es lo que hecho,

y es lo que voy a hacer hasta el final de mis días".

Leonor,

¿recuerdas en aquel cruce de caminos,

cuando me dijiste que no nos teníamos que preocupar por nada,

que el destino iba a volver a unirnos?

Ha sido así.

Estamos aquí, a la luz de las velas, frente a frente.

Juntos de nuevo.

Te quiero, Leonor. -No me toques.

-¿Cómo?

-Te he dicho que no me toques.

Y para de recordarme lo que te dije.

Lo que hablamos.

-Pero ¿qué te pasa, por qué te comportas así?

-¿Cómo me comporto, eh?

¿Cómo se supone que debería comportarme?

¿Cómo te comportaste tú conmigo? -Leonor...

-Me abandonaste.

No estabas en el barco para darme la mano, y estaba sola.

Yo sola me enfrenté a un calvario.

-Pero ¿de qué calvario hablas?

Dime qué te pasó en aquella isla.

Veo que estás preparando tu equipaje para el viaje a Segovia.

Teresa, no podemos seguir así.

Tensos, evitándonos.

Me duele en el alma vernos así.

Para mí, esta situación tampoco es de mi agrado.

Perdóname por el comportamiento de ayer.

Nunca debí mostrarme tan descortés contigo.

¡Ay, Pablo! No te habíamos visto.

-No, si ha sido culpa mía.

Debería haber hecho notar mi presencia.

Vengo a por el periódico y os dejo solos.

-No, de ninguna manera, Pablo.

Tú no te vas a mover de aquí, hasta que no nos cuentes

con todo lujo de detalle cómo ha ido la cena sorpresa con Leonor.

-Sí, sí, cuéntanos.

Ayer no me encontré con mi hija y no se lo he podido preguntar.

-Entonces, ¿qué?

Le volvió loca la declaración de amor que le hiciste, ¿no es así?

Vamos, amigo, cuéntanos, que nos tienes en ascuas.

-Yo no comprendo cómo no le da vergüenza que se le vea

al lado de esa mujer con esa piel tan oscura.

Y a Rosina, tampoco parece que le importe alojarla en su casa.

Lo que hay que ver.

-A mí, lo que me extraña es lo reservada

que se ha vuelto nuestra Leonor.

-Sí, ya solo se la ve junto a esa tal Habiba, hablando entre ellas

con sumo misterio.

-Nada bueno pueden traerse entre manos.

-Sus intenciones han de ser más negras que el color de su piel.

-Y a penas se junta ya con sus vecinas y amigas.

Ya ni siquiera se sienta con nosotras.

-Menos mal.

Te aseguro que tengo sobradas razones para mostrarme tan mohína.

¿Es que, acaso ese hombre se tomó a mal tu coqueteo?

Al contrario.

No pudo agradarle más.

Pero estaba equivocada.

No se trataba de un simple empresario

con el que mi padre pretendía hacer negocio.

O mejor dicho, sí.

Pero el negocio en cuestión no era otro que mi persona.

Ese hombre es el pretendiente que mi padre ha buscado para mí.

¿Cómo?

¿Tu padre pretende que sea tu novio? No. Mi esposo.

Cayetana, ¿puedo pedirte un favor? Por supuesto.

Ya sabes que haría cualquier cosa por ti.

Te ruego que en mi ausencia estés pendiente de Fernando.

Sé lo mal que lo está pasando por todo lo que está ocurriendo.

Descuida, tendré buen cuidado de él.

Aunque eres tú la que podría ahorrarle sufrimiento,

si dejaras de exigirle distancia.

Te juro que se me parte el corazón por verle sufrir así,

pero es superior a mí, no puedo evitarlo.

Tienes que hacer un poder.

Sigue mi consejo. Pasa página y entrégate de una vez

al amor de tu legítimo esposo.

Algo me dice que ese viaje le va a traer unos días muy dichosos.

Por lo que veo, no viaja con su esposo.

Y a mí, algo me dice que sabe con quién viajo.

Nuestro querido amigo no me guarda secretos.

Ahora entiendo al fin esas palabras tan misteriosas

que me fue diciendo durante el duelo.

Trataba de darle esperanzas. Sin descubrirle, claro.

Y aunque no resultaron muy efectivas, así se lo agradezco.

Agradézcame también el consejo que voy a darle.

Está jugando con fuego.

Lo quiera o no, usted es una mujer casada.

Padre, llevo toda la tarde esperándole.

Es preciso que hablemos. Elvira, por favor,

déjame disfrutar de esta copa sin más discusiones.

Debes cuanto antes asumir mi voluntad y tu destino.

Se equivoca. No es mi intención reñir con usted.

Tan solo deseo pedirle algo que no creo que encuentre inconveniente.

¿El qué?

Quiero que organice una cena con el señor Demir esta misma noche.

Deseo hablar con los dos

de un asunto de la mayor enjundia.

No tema.

Le aseguro que no le disgustarán mis palabras.

-Y, por cierto, don Felipe, usted ¿qué tal está?

-Bien. La verdad es que estoy muy bien.

-¿Seguro?

-Disculpe a mi señora,

está empeñada en no creerle.

-Es cierto que todo lo que ha pasado últimamente me ha afectado mucho.

Pero Celia y yo hemos conseguido limar asperezas.

-Me alegro de que haya sido así. Después de tantos años,

no merecían un final lleno de rencor.

-Bueno, pero usted me reconocerá que es una pena

que no haya vuelta atrás.

A pesar de lo sucedido, ustedes se han querido tanto...

Me rompe el alma verle así.

Un hombre como usted no merece semejante trato.

¿Puedo confesarle algo?

Me temo que no he sido totalmente sincera con usted.

No siga por ese camino, Cayetana. ¿Por qué no?

¿Acaso miento?

Fernando,

la noche del Carnaval no fue un arrebato lo que me llevó a besarle.

Fue mi corazón lo que guió el camino.

Sal.

El lugar es tal y como había imaginado.

¿No te parece un paraje de lo más bello y bucólico?

Cualquier lugar en el que pueda estar a tu lado,

me parecerá el más hermoso de la Tierra.

Aún así, creo que arriesgamos demasiado.

Era más segura mi pensión.

No temas. El cochero es de confianza.

Además, yo soy la primera que no quiere que te expongas.

Aquí no corremos ningún riesgo. "Eres hábil camuflándote".

A la fuerza ahorcan.

No tengo otra, si no quiero dar con mis huesos en la cárcel.

Pero no creo que haya querido verme para alabar mis artes, ¿no?

Así es; hay algo que quiero que hagas por mí.

Mientras pague mi precio, ya sabe que le daré capricho.

¿Qué encontraré en esta dirección?

  • Capítulo 484

Acacias 38 - Capítulo 484

28 mar 2017

Elvira se niega a casarse con Demir, pero Arturo tranquiliza al empresario: su hija pasará por el aro. Elvira se enfrenta a su padre, pero él no parece preocuparse demasiado: muy pronto Demir la controlará. Fernando y Teresa discuten y él le reprocha que su corazón sigue siendo de Mauro. Teresa pasea por la calle cuando Mauro la aborda y Cayetana está a punto de verles. Cayetana consuela a Fernando y están a punto de besarse.

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