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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 476 - ver ahora
Transcripción completa

¿Estás segura de haberme quitado la venda?

¡Santo Dios! Ha sido todo inútil.

Tendrían que haber visto

las caras que se les han quedado.

-¿Nos ves? -Para chasco que sí. Era una broma.

"Por favor, padre, no me rehúya".

Apoyémonos y compartamos juntos este dolor.

Déjate de sentimentalismos, Elvira.

Lees demasiadas "noveluchas".

Hay mujeres que disfrutan demostrando sus debilidades,

pero no te he educado para ser una.

-"Rosina,"

qué bien que hayas llegado a tiempo.

Ya está todo preparado.

-Vamos a rezar el rosario.

-"Esta noche salgo de viaje".

Y no intentes disuadirme.

-Reconozco que en tu lugar haría exactamente lo mismo.

-¿No vas a tratar de detenerme? -Todo lo contrario.

Te acompaño. -"Lo nuestro ha terminado".

¿Qué estás diciendo?

Lo que has escuchado.

Hemos de separarnos, Elvira. Ya no hay nada entre nosotros,

si se que alguna vez lo hubo.

-"Los médicos"

han descubierto que padezco diabetes sacarina.

-¿Y tal dolencia es grave?

-Sí, mi niña.

Lo es.

Es una enfermedad crónica e incurable.

"El camino que le espera a Teresa"

es similar al camino de Cristo al calvario

con cada una de sus tres caídas.

La primera perder a Mauro San Emeterio.

Y la segunda será por Fernando. ¿Y la tercera caída?

Nada comparable a perder a un hijo.

¿Estás segura de que es preciso llegar tan lejos?

Sí. -"Amor mío,"

¿querrías volverte?

-Madre.

-¡Ah!

-Es ella.

¡Es Leonor!

-Sí, querida, es ella.

-Ay, doña Leonor, ya pensé que nunca más volvería.

Señora.

-No es nada.

Susana.

Ramón.

Liberto.

María Luisa.

Trini.

-Sí, estábamos todos juntos rezando por tu vuelta.

Ha sido Dios

el que te ha traído.

Gracias a él estás aquí.

-Milagro.

Milagro divino.

-Yo no he sentido el aliento de Dios.

-Pero, hija, ¿qué te pasa?

-Han sido muchas las veces que me sentí abandonada.

A no ser que haya puesto en mi camino

a quien me ayudó este tiempo.

-¿Dónde va?

Javiva.

Ven.

Ella es Javiva,

la persona que me salvó la vida

y me ayudó a llegar aquí.

Deberías regresar antes de que tu padre te eche de menos.

Claro.

Volver.

Que mi padre no me busque, que no me encuentre así.

Que no se pregunte qué he venido a hacer aquí contigo.

Será mejor que te tranquilices.

Yo estoy muy tranquila. El que no lo estás

eres tú. Te mueres

de miedo. ¿Qué explicaciones darías a mi padre?

Aunque bueno,

se te ocurriría algo.

Estás más que acostumbrado

a las mentiras. No pronuncies palabras

que luego te pesarán.

Mejor que me hagas volver con mi padre.

Con sus planes para mí.

Con sus desprecios, con sus malos tratos.

Así tú te quitas el problema de encima.

Porque es eso lo que me consideras, un problema.

Estoy haciendo lo que más te conviene.

Te conozco, Simón. Poco a poco he ido conociéndote.

Solo te preocupa lo que te conviene.

Y yo ya no estoy en tus planes.

Estás siendo injusta.

Y eso lo dice el hombre que ya no quiere estar conmigo,

que su relación conmigo ha terminado sin darme explicación,

que me ha dicho que nunca hubo nada.

Demuéstrame que me equivoco, que no eres el hombre frío que aparentas.

Dime la verdad. Dime por qué me dejas.

No hay explicaciones, Elvira.

Simplemente se ha terminado.

¿Por qué?

No puedes haber dejado de quererme.

Es mejor que bajes a tu casa, Elvira.

¡Te odio!

¡Te odio y siempre te odiaré!

-Simón, tienes que bajar. La que hay montada.

Ha regresado doña Leonor.

¿Qué le ocurre, señorita Elvira?

¡Déjame en paz!

Simón, ¿qué ha pasado?

¿Qué le has hecho a esa pobre chica?

-Nada. Buenas noches.

Buenas noches, Lolita.

¿Vas a vigilar tú el yacimiento?

No sea que nos vayan a robar algo. -Ah. No.

No, yo no puedo, Servando.

¿Sabe lo que me hace Casilda si no estoy

con la que hay liada con doña Leonor? -¿Qué tienes que ver tú con Leonor?

-Vivo en casa. Asunto de todos.

-Como que no os van a mandar a la alcoba antes de hablar.

De verdad, buscáis cualquier excusa con tal de no cumplir. Está bien.

-Vigilaré yo. Si es que no hay manera de delegar en nadie.

Bueno, por lo menos esmérate y compórtate

como un portero y entérate de todo.

-¿De qué?

-De todo. De dónde ha estado doña Leonor,

de cómo ha venido.

Y quién es la morena esa.

-Sí, señor.

-Tú sobre todo entérate

de quién es la morena esa.

Ay, si estuviera aquí mi santa,

mi gracia, mi Paciencia,

de verdad. Ahora estará todo el día rodeada en Cuba de ellos.

Con el miedo que le daban.

Bueno, hala.

-Martín.

Oye, Martín, ¿has visto al Pablico?

-No. -¿Y Víctor?

¿Has visto a Víctor? -Por ahí.

-Víctor, cuánto has tardado.

-Vengo a coger dinero para el viaje. -Ya no hace falta. Mira.

-¿Qué dices?

Leonor.

-Sí.

-¿Y la negra?

-Qué más da quién sea. Una mucama. Yo qué sé.

Leonor ha vuelto. Hay que decírselo a Pablo.

-¡Pablo! ¡Pablo!

Ven.

-Corre.

-¿Qué?

-Mira.

-Leonor, mi amor.

Estás viva. ¡Estás viva!

¡Mi amor, mi amor!

¿Cómo estás?

¿Cómo estás?

(Puerta)

¿Quién es?

(Puerta)

Celia, ¿qué haces aquí?

-¿No me dejas que entre?

-Pasa, por favor.

Ponte cómoda.

-No te veo muy apañado.

-No vendrás a arreglar el cuarto.

Eres la última persona que esperaba ver.

-Es la noche de las apariciones inesperadas.

Leonor en Acacias,

yo por tu pensión.

-¿Leonor en Acacias?

-Viva, gracias a Dios.

Y con una africana acompañándola.

No se sabe de dónde vienen ni dónde han estado.

-Ven.

Supongo que no vienes a contarme eso.

Apostaría lo que tengo.

-He hablado con mi madre.

-Lo siento.

-¿Cómo no me lo contaste? -No querías saber de mí.

Pero sobre todo por respeto a tu madre.

Es su vida la que está en juego. Y son sus decisiones.

Le pedí que te lo contara.

Pero... -¿Pero qué?

-Antes de contártelo quería dejarlo

todo resuelto, que el tribunal eclesiástico tomara una decisión.

-Por eso no alargaste la anulación. -Por eso.

-Seguro que hay algo que se pueda hacer.

-Celia,

está muy enferma.

-Tiene que haber algún médico en el mundo capaz de curarla.

Y yo lo voy a encontrar.

Pero necesito que tú me ayudes a buscarlo.

-Claro.

-Felipe, si tú me ayudas, lo encontraré.

No sabes lo que hemos pasado, hija.

Siéntate.

Hasta te dieron por muerta. Pero en el fondo nunca lo creí.

Algo me decía que mi hija seguía viva.

-Gracias, madre.

-Leonor, no te hemos preguntado

si tienes hambre.

¿Pido a Casilda que prepare algo?

Le dije a ella y Martín que se vayan, pero no le importará.

-No. Solo quiero dormir.

-Y tu...

Criada.

-Javiva.

Se llama Javiva y no es mi criada.

¿Tú tienes hambre?

-Bueno, cariño, estamos deseando

que nos cuentes dónde has estado.

-Yo quiero contarlo, pero estoy cansada.

-No puedes dejar que nos vayamos a la cama

en vilo, Leonor. -Mañana, madre.

-Cariño, yo...

¿La mano?

-De verdad, que estoy muy cansada. Solo me quiero dar un baño y dormir.

-Claro, cariño. Aún me acuerdo cómo te gustaba el agua.

-No es necesario. Javiva me ayudará.

-Entonces lo mejor es que nos vayamos a dormir.

Rosina.

-Es que por aquí también ha habido algunas novedades.

-Yo no le he pedido explicaciones.

Vaya a dormir y descanse. Ya mañana hablamos todos.

-Está bien.

No te insisto, cariño.

-Hasta mañana, hija.

Cariño, ¿estás segura de que no quieres

que te prepare el baño? -Segura.

-Te espero para acompañarte al dormitorio.

-Dormiré con Javiva.

-¿Cómo?

-No quiero dejarla sola esta noche.

-Está bien.

Pues si me necesitas, estaré pendiente.

-Tú no temas. Descansa.

Ya hablamos mañana de todo

lo que ha sucedido. -Claro.

-Vamos, Javiva.

¿Se han ido?

-Van a dormir en la habitación

de invitados.

Leonor no va a pasar la noche conmigo.

Está distinta, Liberto. -Bueno, dale tiempo.

Han tenido que ser semanas muy complicadas.

-Sí, lo comprendo. Pero estoy deseando estar junto a ella.

Ella desea separarse de mí.

Debe culparme del calvario que ha pasado,

sea cual sea. -O los recuerdos la atormentan.

Tienes que ser paciente y optimista. Piensa solo

que la pesadilla acabó.

-Sí.

Servandus.

¡Servandus, despierta! -¡Ah!

Don Ramón,

¿pero qué hace usted vestido así?

-No soy don Ramón.

Soy Marcus Anius Perus,

el abuelo de Marco Aurelio,

esposo de Rupilia Faustrinia,

que fue cuñada de Trajano.

Senador, pretor, prefecto de Roma

durante las censuras de Vespasiano y Tito.

-Ah, no, claro.

Que estamos en Carnaval y este va a ser su disfraz,

¿verdad, don Ramón? -Como vuelvas a llamarme don Ramón,

no respondo. -No, no.

Perdón. Perdone usted, don Ramón. ¡Huy, perdón!

¿Cómo me decía que se llamaba?

-Marcus Anius Perus,

abuelo de Marco Aurelio,

esposo de Rupilia Faustrinia,

que fue cuñada de Trajano.

Senador, pretor, prefecto de Roma

durante las censuras de Vespasiano y Tito.

-¿No le importaría

que para abreviar le llamara Marcus?

-Don.

Don Marcus. -Don, don.

Y yo me pregunto qué hace usted tan lejos de Roma, don Marcus.

-Nací en Córdoba.

Entonces la llamábamos Corduba.

Está en el mismo sitio. Así que soy "hispánicus".

Pero no he venido por eso.

He tenido

que cruzar de nuevo el río Estigia.

Porque me han robado.

-¿Quién le ha robado?

-Dejé una vasija llena de monedas de oro.

Monedas con las que habría podido

pagar al barquero Caronte para ir y volver

de la muerte a la vida.

-No me asuste usted, don Marcus.

Don Ramón. Digo, Marcus.

Marcus, Marcus. -Como pille yo

al ladrón de las monedas

le llevaré ante las tres Parcas para que le sometan a juicio.

Aunque ya sé el veredicto.

¡Muerte!

-¡No, don Marcus! ¡No, no!

¡No, don Marcus, no!

¡Ave César! -Servando, despierta.

¿Pero qué dices?

-¿Dónde está el romano?

-¿Qué romano? -El romano que estaba aquí

hace un momentito con un cepillo

en la cabeza y una espada en la mano.

-Estaba soñando, hombre. -Sí, seguramente es eso.

Una pesadilla.

¿Qué hora es?

-Muy temprano. Vengo a relevarle en la vigilancia.

-Ya. ¿Tú has oído hablar de la barca

de Caronte? -No.

-Pues verás, dicen los antiguos, los muy antiguos,

que cuando nos morimos tenemos que atravesar un río

o si no, nuestra alma

se queda vagando

para siempre jamás. Y Caronte

tiene una barca y es

el único que te cruza a cambio de una moneda.

-¿Y cómo sabe usted eso?

-Toma, en Naveros del Río lo saben hasta los niños de pecho.

Tenemos dos cosas claras:

que son las mejores castañas del mundo y lo de la barca de Caronte.

-Ah, ya.

-Debemos devolver las monedas.

-¿Y eso?

-Porque las monedas son de algún muerto y las necesita

para cruzar el río con Caronte. -Se ha vuelto usted loco.

-Es lo que hay que hacer

y es lo que haremos. No quiero disputas con el más allá. Le diremos

a don Ramón que se las busque él.

-Pero a ver. -Ni peras ni peros.

Diremos a don Ramón

que un mozo dejó aquí la vasija de forma anónima

y ya está. Que no quiero yo más líos con romanos

ni con nada de nada. A ver si me invitan

a un chocolate en La Deliciosa. Un chocolate que me devuelva

a la actualidad. En época romana

no había chocolate.

¿Quieres que te prepare un panecillo con mantequilla?

Ya lo hago yo. Me gusta preparártelo.

Sé que te gusta.

Está bien. Acepto.

¿Y a ti qué te gusta?

Mi esposa.

Bueno, además.

Escucharte leer las noticias del periódico.

Parecen menos malas. La pena es que no hay periódico.

Mañana estará.

Hay que despertar ya a Tirso.

Déjale que descanse. No para en todo el día.

Cierto. Tiene más energía que un tornado.

Igual que yo de niño.

Me habría gustado verte. Seguro que eras más bueno que el pan.

Con mantequilla.

Como este.

Como le gustan a mi amor.

Estaba escuchando lo del panecillo. No se puede ser más empalagoso.

No sea envidiosa, doña Cayetana. Le prepararé uno a usted.

Lo acepto. Sabré lo que le gusta a mi amiga.

Cayetana, estás imponente con ese vestido tan colorido.

Gracias. Pues sí. Se acabaron las penas.

Hay que mostrarse alegres.

¿Sabes lo de la aparición de Leonor? Sí.

Increíble. Leonor ha aparecido.

Y lo de Tirso ha sido solo un susto.

Así que nosotras somos felices.

Hay que abrir las cortinas

y comprar vestidos nuevos. Y comer panecillos.

Tenga, doña Cayetana.

Gracias.

Hay que convocar una reunión

del patronato. ¿Lo presidirás tú?

Sí.

Que vean que he vuelto, que nada volverá a torcerse.

No te dará tiempo a hacerte un vestido,

pero sí de comprarte uno bonito.

No necesito. Tengo suficientes.

Nunca se tienen suficientes vestidos.

Cómprate uno bonito, alegre. ¿Verdad,

don Fernando? Doña Cayetana tiene razón.

"Somos nosotros, cariño".

Ahí.

Donde nadie nos puede hacer daño.

"Inseparables".

Está bien.

Si es lo que queréis, me compraré uno nuevo.

Que sea esta mañana.

Hay que tenerlo para la junta.

Y que sea alegre.

Muy alegre.

Ay.

¿No me diga que no fue mágico?

La oración,

las lágrimas de Rosina,

el silencio.

Y entonces

aparece Leonor.

-Huy, hija, según lo cuentas parece un folletín.

A ver si te haces escritora.

-Ya me gustaría tener imaginación para eso.

Y así Víctor no se fue de viaje con Pablo.

Que a saber dónde pensaban encontrarla. Y lo más importante,

que así no se me escapa.

Que luego no vuelve. -No seas interesada.

Lo importante es que Leonor ha vuelto.

-También, también.

Cuántas cosas tiene que haber visto

en todo este tiempo, eh.

-Por lo menos para escribir 10 novelas.

-¿Quién sería la muchacha africana con la que vino?

(Puerta)

Buenos días, don Felipe. -Buenos días.

-Pase. -Trini.

-Buenos días, don Felipe.

¿Desayuna con nosotras? Mientras venga Ramón.

-¿No está él? -Sí, sí.

Está afeitándose y haciendo sus ejercicios.

El que diga que las mujeres tardamos no conoce a mi esposo.

-Tome asiento. Hablábamos de la aparición de Leonor.

-Sí. Ya me han informado de su llegada.

Qué prodigio debió ser verla llegar justo después de la oración.

Para que luego digan los infieles

que Dios no existe. -Hija, qué ocurrencias.

-Dicen que no llegó sola.

-Así es.

Vino con una mujer morena.

Bueno, morena. Negra. Más negra

que el tizón.

-Tendría que ver su ropa.

De mil colores. Y con un turbante divino.

-No sé si me lo pondría.

Pero era maravilloso. -Ay, María Luisa.

Ahora se acerca el carnaval.

Si no encuentras disfraz, ya sabes a quién pedirle el traje.

-¿Yo de aborigen? Ni muerta.

-Bien guapa estaría la señorita María Luisa.

¿Dijo de dónde provenía esa mujer?

-Ni eso ni nada.

Leonor apenas habló.

Su amiga con la que vino, su doncella, tampoco articuló palabra.

No sabemos ni siquiera si habla español.

-¿Su amiga?

-Sí. -¿Cómo su amiga? Será su criada.

-Me imagino la alegría.

-No sé, don Felipe. No vi a Leonor muy efusiva

con Pablo.

-Eso no me lo dijo Celia.

No le hice las preguntas pertinentes.

-Lo cierto es que Celia no estaba.

O al menos yo no la vi.

Trini, en menos de una semana es carnaval.

Voy a ir a hablar con Víctor,

a ver si organiza un baile de máscaras.

Con su permiso. -Muy bien. Ve.

-Don Felipe. -Adiós.

-Doña Trini, quería hablar con Vd.

Doña Consuelo le ha contado a Celia lo de su enfermedad.

Está muy afectada. Demasiado diría yo.

-Pobre Celia. Si es que no levanta cabeza.

-Me ha pedido que la ayude a buscar un especialista.

Si me lo permite,

estaré a su lado todo el proceso.

-Le honra prestarle su apoyo dadas las diferencias entre ustedes.

-Así es cuando se sabe con quiénes contamos.

Ella puede contar conmigo.

Y con usted también.

Le ruego que no le retire su apoyo. Necesitará su cariño y comprensión.

-Descuide. Lo tendrá.

Voy a buscar a mi esposo y que tome

un café con usted.

Lo siento mucho, Teresa. Hoy no voy a poder acompañarla de compras.

Aún tengo que pasar por la imprenta a recoger los anuncios

de Tintes Albora. La entiendo. Pero tenía

que intentarlo. Es usted la persona que más sabe de ropa y de moda.

La verdad es que yo tampoco

me veo capaz de comprarme un vestido alegre como me pide Cayetana.

Tampoco estoy yo hoy muy de ánimos.

¿Es por Felipe?

No. No es por él.

Es por mi madre.

¿Qué le ocurre a doña Consuelo?

Está enferma.

¿Tiene un constipado o una indigestión?

No, no se trata de una indisposición pasajera.

Es algo más grave.

No se lo cuente a nadie.

A mi madre no le gustaría que los vecinos

la miraran con compasión. Prefiere guardarlo en secreto.

Tiene diabetes sacarina.

Es una enfermedad muy grave.

¿Y la ha visto algún doctor?

Sí.

Y dicen que no tiene cura.

Pero yo me he decidido

a buscar un especialista. En EE. UU

o en la luna si hace falta.

Cayetana conoce a muchos médicos. Antiguos camaradas

de su esposo. Tal vez ella podría ayudar.

Si no encontramos, acudiremos a ella.

Fui a hablar con Felipe y quiere ayudar.

Quizá haya hecho alguna gestión.

¿Felipe?

Sigue siendo la persona

que siento más cercana y en la que más confío.

Al final las mujeres

somos fieles a los hombres que amamos.

Pese a las decepciones,

pese a las traiciones.

E incluso la muerte.

¿Lo dice por Mauro?

Fernando se empeña en hacerme feliz.

Y Cayetana le ayuda.

Hablan de planes, de fiestas.

Me aconsejan que me compre

vestidos alegres.

Pero cuando él me toca,

no puedo evitar acordarme de Mauro.

Y... ¿Y por la noche?

Ya sabes.

Por la noche nada.

Cada tarde pienso que le recibiré en la cama,

que le haré feliz y le daré lo que él desea.

Aunque yo no disfrute.

Aunque para eso tenga que vaciar la mente.

Pero cuando él se acuesta a mi lado,

soy incapaz.

Tenga cuidado, Teresa.

Hasta el hombre más paciente,

hasta el santo Job quiere tomar

a su esposa. Lo sé.

Fernando es un buen hombre.

"Pero su paciencia no será infinita".

No se moleste.

¿Para mí?

Es una prenda femenina.

No creo que fuera de su estilo. Aunque yo ya no me asusto

por nada.

Es para Teresa.

Entonces no hace falta que lo vea.

Si lo ha elegido usted, será de su agrado.

Es que es para que sea usted

quien se lo entregue.

¿Por?

Porque creo que sería buena idea que usted le regalara algo íntimo.

Pero no es justo. Si lo ha comprado usted,

se lo regala usted. ¿Que no es justo?

La vida no es justa, don Fernando. Hágame caso.

Enciérrese con su esposa, entrégueselo

y pídale que se lo pruebe para usted.

Mi regalo será saber que lo disfrutan juntos.

Así lo haré. A mí me gusta colaborar

para que mi amiga sea feliz.

Suerte con el regalo.

-Doña Cayetana. Úrsula.

Discúlpenos. Tenemos cuitas que atender.

Pasemos al despacho.

Siéntese, por favor.

Gracias por venir.

En cuanto usted me mandó llamar, doña Cayetana.

Vamos a dejarnos de preámbulos.

Hemos convocado una reunión del patronato.

Pero antes de vernos todos

quería hablar con usted.

La filosofía del colegio Carlota de la Serna se ha alejado mucho

de la que teníamos en mente.

¿No le gusta cómo lo ha dirigido Teresa

en su ausencia?

Solo se ha dedicado a llenar el colegio de niños desamparados.

Nuestra idea era tener el mejor colegio

para los vástagos de las buenas familias.

¿Y qué tenemos?

Se lo digo yo.

Un orfanato de lujo.

¿Qué esperaba cuando dio las riendas a una niña criada en una inclusa?

Esperaba que usted fuera capaz de pararle los pies

y de velar por el patronato. Ella siempre contó con su confianza.

¿Quién soy yo para cuestionar

sus deseos? Además,

no controlo tantos votos. Solo los de unas cuantas familias.

Pues los quiero.

Quiero que vote mis propuestas en la reunión.

Voy a recuperar el control sin que Teresa se vea atacada.

Sabia decisión.

Entrégueme sus propuestas y las estudiaré.

Claro, que quizás no pueda hacerlo hoy.

No hay propuestas, hay una voluntad de colaboración. Y quiero

su compromiso.

¿A ciegas?

No, doña Cayetana.

Ya le dije que yo ya no soy más su criada. No obedeceré

sus órdenes.

Pero no dude

que si nuestros intereses son coincidentes,

me tendrá siempre

a su lado. Cuente con mi apoyo.

Buenos días.

Simón.

Buscándote estaba.

Ha salido al alba del altillo. -A la labor. Si supieras todo

lo que llevo hecho ya... Ahora marcho raudo,

que llevo suizos calientes para el desayuno.

-De eso nada. Que se enfríen los bollos.

Tú y yo debemos parlamentar.

-¿Por lo de anoche?

Créeme, que no se va a repetir. Nunca verás saliendo a nadie en lágrimas.

-Vamos, Simón, que no trago con todo y de tonta no tengo un pelo.

Una cosa es que dejes

de estar con ella y otra distinta es que la líes la de San Quintín.

-Nos van a ver aquí y nos acusarán de perder el tiempo.

Vamos a sentarnos. -¿Y los bollos?

-Tampoco están tan calientes.

-¿Y pues?

-¿Conoces el refrán: "Más vale una vez morado que ciento colorado"?

Si voy a acabar con mi relación con Elvira,

mejor ser duro una vez

y que ella me odie a no dejar que la cosa muera poco a poco

y que me odie, pero con razón.

-¿Pero y por qué quieres que te odie? ¿Es el único final

que se te escurre?

Lo mismo tú la amas.

-Si no me odia,

nuestra relación no acabará nunca

pensando en lo que pudo haber sido y no fue.

-¿Y por qué no fue?

-Si sigues con preguntas, igual no tengo respuesta.

-Para esta sí.

Si tú la amas y ella lo mismo, ¿por qué no lucháis?

-¿Debo explicártelo? Es señorita y yo mayordomo.

No sale bien ni una de cada 100 veces.

-¿Y si esa buena es la tuya?

-Más me valía jugar a la lotería.

-En Cabrahigo

un mozo se puede fugar con una moza para fiestas

si los padres de estos no la dan permiso para que se van.

Y así todos ven que son capaces de todo

y que no será tan fácil separarles. Suele funcionar fetén.

-¿Me propones fugarme con Elvira? Mira que esto no es Cabrahigo

y que el coronel tiene una espada afilada.

-¿Y eso te da miedo?

Pues vaya.

Más hombre te hacía yo.

-No le tengo miedo a la espada del coronel.

Lo que me da miedo es que Elvira

acabe harta de todo y haberla alejado de su mundo.

¿Qué le puedo dar yo?

¿Ser la esposa de un mayordomo?

Ella tiene una vida

muchísimo mejor que todo eso. -Pobre señorita Elvira,

que no puede ni decidir.

Entre su padre y su hombre no le dejan ni equivocarse.

-Te digo que en pocas semanas acabaría harta

y le arruinaría la vida.

Y ahora me voy,

que don Arturo espera.

A más ver.

-¡Eh! Tú.

Ven.

-Buenos días, doña Susana.

-Ni tú me los deseas ni yo a ti.

¿Todavía por el barrio? No te quiero ver

por Acacias. ¿O acaso quieres que el coronel

sepa que te entiendes

con su hija?

-No alcanzo a comprender la naturaleza

de sus sentimientos.

Me es inconcebible. -Y a mí me es indiferente.

Ya lo sabes.

Secreto por secreto.

Decídete o canto en latín.

Haber conseguido hablar con un especialista es un éxito.

-Sí. Hemos tenido mucha suerte. Dimos con su nombre, nos presentamos

y nos atiende sin cita previa.

Nos ha dado el libro para entender la enfermedad.

-Están haciendo pruebas

con animales a los que extirpan el páncreas.

Pero no pone que hayan encontrado solución.

-Felipe, no seas negativo.

El doctor dice que hay estudios experimentales

muy avanzados.

-Sí. Pero de momento nadie se ha salvado.

-¿Y por qué no iba a ser mi madre la primera?

-Celia,

si hay alguna posibilidad, la encontraremos.

-Y aunque no consiga curarla,

¿el hecho de que viva muchos años

y que los síntomas no se agraven no es posible?

-No, Trini, no es posible.

Vamos a por todas.

Vamos a conseguir

que mi madre vuelva a ser una mujer sana.

Y esos estudios de Londres...

-Si funcionan, llegarán a España. -Sí.

Pero puede que sea tarde.

Si se están haciendo en Londres, quizá deberíamos ir a Londres.

-Si nos dieran alguna seguridad,

seguramente... -Felipe,

con que nos den una posibilidad entre un millón

hay que intentarlo.

-Bueno, Celi, quizás

deberías hablarlo con tu madre, a ver si quiere.

-Ya me encargo yo de convencer a mi madre. Y si no, de obligarla.

-¿No sería mejor buscar otro especialista

y que os dé otra opinión?

-Se nos acaba el tiempo, Trini.

(Puerta)

Soy yo.

Pasa.

Te pillo a medio vestir. Vuelvo más tarde si quieres.

Eres mi esposo. Pasa.

Ese vestido ya te lo conozco.

No he tenido tiempo de ir de compras.

Trabajaba en una nueva propuesta del patronato.

¿Qué tal contratar más profesores en la línea de Odón de Buen?

Bien, claro.

Sabes que admiro a ese hombre.

Podríamos armar una verdadera revolución educativa en el centro.

Espera.

¿Qué es esto?

Ábrelo.

¿Quieres que me ponga esto en la reunión

del patronato?

Sería un escándalo.

Quiero que lo uses una noche para mí.

Nunca he llevado nada así.

Parecería una "cocot".

Os peor, una buscona. No quiero que te sientas ofendida.

No, no me siento ofendida.

Lo usaré.

Pronto.

Y...

Ahora déjame, que tengo que vestirme como una dama decente.

(Puerta)

¿Qué haces así?

Es casi la hora de comer y aún no te has adecentado.

No tengo nada mejor que hacer que ponerme y quitarme ropa.

¿Y tienes que dejarlo tirado?

Tenemos servicio, ¿no? Que venga el mayordomo y que recoja.

Estás imposible hoy. Ya sabe

cómo somos las mujeres. Caprichosas e inmaduras.

A usted mismo se lo oigo decir. Tú sabrás lo que haces,

pero te quiero sentada a la mesa

perfectamente arreglada. Dígale por favor al mayordomo

que venga. No estás decente

para que te vea un hombre. No es un hombre.

Es un mayordomo.

Seguro que me ve en cueros y ni se inmuta.

(Puerta)

Su padre me ha mandado venir.

¿Ahora me hablas de Vd.?

No lo ponga más difícil.

Recoge.

¿No dices nada?

Que sería más fácil si usted

no siguiera tirando la ropa, pero no soy quién para impedirlo.

Mírame y dime que no me quieres.

Vamos, no seas melodramática, Elvira.

No me costaría nada hacerlo. Dilo.

No te quiero.

Eso no es más que una estupidez de novelita.

"No te quiero, te quiero, te odio, te idolatro".

Todo fácil de decir.

Ahora, si me permite...

Es ese secreto.

Eso que decías que debías resolver al llegar.

Eso que no querías que supieran.

Es la causa de que me hayas abandonado.

Puedes contármelo.

Sea lo que sea, no cambiará mi amor por ti.

Buenas. -¿Se ha despertado ya?

-He oído ruidos en la habitación.

Despiertas están.

No me he atrevido a entrar.

-¿Eso por qué?

-Esa mujer que viene con ella

me da miedo.

-Querida, es como nosotros.

Un poco más oscura, si acaso, pero nada más.

-El miedo es libre.

-Buenos días.

-Buenos días.

¿Te apetece desayunar algo? -No. Javiva y yo

hemos comido "concodos"

que no sobraban del viaje. -¿Unos qué?

-Unos "concodos", un dulce de cacahuete y azúcar.

Supongo que están ansiosos

por saber lo ocurrido.

-Cuando tú estimes oportuno.

-Ahora.

¿Para qué esperar?

Ya he dormido las horas que necesitaba.

Javiva, ven. Siéntate a mi vera.

He puesto una carpeta delante de cada uno de ustedes

con los detalles des la propuesta.

Les haré un resumen para no aburrirles.

Ya en contacto con el profesor Odon de Buen,

que tuvo la delicadeza de contestar antes de iniciar su viaje,

hemos elaborado un listado de profesores de reconocido prestigio

en diferentes materias

que comparten novedosos métodos de enseñanza.

¿Se ha entrado en contacto con ellos? No.

Nuestra intención es contratarles,

pero respeto las decisiones del patronato

y no he querido hacerlo hasta ser aprobado.

Buenos días, señores.

Buenos días, Cayetana.

Estábamos comenzando

con el orden del día.

¿Y doña Úrsula?

Mandó una nota diciendo que se retrasaría.

Bueno, no tenemos por qué esperarla.

Avanzaremos.

No sé si les ha comunicado Teresa que me reincorporo a las reuniones

como presidenta.

Agradezco mucho la labor de Teresa y pido

un aplauso para ella.

Teresa ha hecho una encomiable labor dando

a los niños más necesitados una buena educación en el ala norte.

Pero no debemos olvidar que esa bella labor es posible

gracias a que los niños hijos de las familias más adineradas

de España acuden

a nuestras aulas y pagan su matrícula.

A partir de ahora deberíamos... Disculpen mi tardanza.

No, no se levanten, caballeros.

Vengo de estar reunida con los señores

de Albeloa y los de Viñe-Zarauz.

¿Alguna noticia?

Sí.

He logrado su compromiso

de traer a sus hijos al colegio

Carlota de la Serna.

-Esa es una gran noticia. Doña Cayetana

hablaba de atraer

a los hijos de las familias más poderosas de España.

-Ah, por favor, necesito ayuda.

-Ese diamante se parece mucho

al famoso diamante azul.

-No se parece.

Es el famoso diamante azul.

¿Seguimos con la reunión?

-"Entonces fue"

cuando decidí separarnos y encontrarnos en Málaga.

-Sí. Hasta ahí sabemos. -Fue un error.

-Eso lo sabemos ahora.

-Sigue, hija.

-Me puse en marcha.

Decidí no viajar en tren, sino en diligencia.

Al menos hasta llegar a Córdoba.

Y a unas pocas horas de llegar, en la serranía

sufrimos un asalto por parte de dos bandoleros.

-No podía imaginar

que camparan a sus anchas

por los caminos de España. -Allí fue cuando perdí

todo el dinero,

los documentos

y los recuerdos.

-Lo que encontró la policía.

Por eso pensamos que podrías

estar muerta. -Qué mal lo pasé, hija.

-También perdí los billetes de barco que debían dejarnos

en Tánger.

Así que decidí subir a escondidas

y esperar dentro a Pablo. -Pero yo no te vi en el mulle

y decidí no subir. Pensé que no habías llegado.

-Quizá nos cruzamos

en el muelle.

Quizá estuvimos a solo unos metros.

No estaba escrito volver a encontrarnos.

Fui

descubierta a bordo

y entregada a las autoridades.

Estuve encerrada

en un calabozo. Y me dijeron que me mandarían

de vuelta a España.

Yo no sabía si Pablo estaría detenido también o no.

Y un día me soltaron.

Ni siquiera sé el motivo.

Pero tuve

tanto miedo

a que me volvieran a encerrar...

-Cariño, no era a ti a quien querían.

Querían capturarme a mí.

-En el puerto me subí

a un barco que pensé que volvía a Málaga.

Pero me equivoqué.

Y cometí el mayor error de mi vida. -Fue así como llegó a Fernando Poo.

Allí nos conocimos.

No. Claro que no es mío. Ya me gustaría a mí

ser la propietaria

de este magnífico diamante.

Conocen ustedes la historia.

-Por encima.

Pero no sé cómo ha llegado a España.

-Desapareció hace muchísimos años.

Actualmente su propietario

es un millonario norteamericano. Un tal señor Hope.

Dentro de poco le llevaran esta joya a su país.

Pero mientras tanto

el joyero español que la custodia me ha permitido lucirla.

¿Y se puede saber quién es ese joyero tan desprendido?

Comprenderá, doña Cayetana, que no puedo desvelar su nombre.

Es una pieza preciosa

y con una historia interesante.

Pero creo que deberíamos retomar las decisiones

que se deben tomar en la reunión de hoy.

-Teresa tiene razón. Sí.

De toda maneras hemos dicho

lo más importante: que retomo mi cargo

como presidenta.

Y que gracias

a mi mediación los hijos

de dos familias importantes

de este país acudirán

a nuestro colegio.

Doña Teresa Sierra

sabrá invertir a la perfección el dinero

que nos proporcionen.

Se levanta la sesión.

Si no le importa, Úrsula, me gustaría hablar con usted

antes de marcharse.

Intercambiar opiniones.

Claro. Será todo un placer.

A solas.

-"Allí descubrí lo que era el infierno en la tierra".

De no haber sido por Javiva no hubiera sobrevivido.

-Pero ahora estás a salvo aquí. -Madre,

no se me saldrá de la cabeza.

-¿Pero qué ocurrió allí?

-En Fernando Poo,

en la línea española,

cultivan cacao y caña de azúcar.

Para los que estamos allí desde niños

la vida apenas se puede resistir.

Para una mujer blanca

y poco acostumbrada al trabajo,

como es Leonor,

es un milagro

despertar cada mañana.

-¿Trabajaste en la plantación?

-Por eso tienes las manos así, hija. -Leonor trabajó como una más.

Durmió con los trabajadores,

usó el machete

en la zafra de la caña de azúcar.

Hasta que apareció en prensa

el anuncio del indulto.

-Fue entonces

cuando logré que me creyeran y me permitieran abandonar

la plantación.

Y pude traer a Javiva conmigo.

-Te trataron como una esclava.

-Era una esclava.

Madre, ahora tengo hambre y me duele la cabeza.

-Sí, sí, claro. Ahora le digo a Casilda

que sirva la comida.

-Yo tengo unas gotas

de extracto de corteza de sauco, muy eficaces para el dolor de cabeza.

Iré a buscarte unas.

-Leonor,

necesito que me cuentes qué pasó.

Si te esclavizaron, debemos denunciarlo.

Leonor, por favor, te lo ruego.

Dime que pasó en ese infierno de Fernando Poo.

Tenemos que denunciarlo si te esclavizaron.

-¿Crees que denunciarlo me hará sentir mejor?

-¿Podemos hablar un momento?

A solas.

Templa, que no voy a apremiarte.

Ya me contarás lo que quieras cuando quieras.

-Es que no es fácil, Pablo.

-Ya lo sé, ya lo sé.

Pero a mí me urge más pedirte perdón por todo lo que has sufrido

cuando nos separamos en el cruce de caminos.

-No sigas, por favor. -Sí. Déjame hablar.

Déjame contarte lo que me arrepiento

de haberte dejado sola. Fue un error.

Un desacierto tremendo.

-No, no fue culpa tuya.

No te atormente eso.

Quizá fue culpa de los dos.

Nunca debí marchar de Acacias.

Quizá nunca debimos huir. Quizá fue todo

una estupidez.

Es

simplemente que el destino nos fue contrario.

Eso es todo.

-Quizá tengas razón.

No lo sé.

Leonor, yo lo que quiero es...

A ver.

Mira.

Yo no puedo comparar mi sufrimiento con el tuyo.

Pero los dos debemos saber qué fue del otro.

Y a la angustia de tu desaparición

y al volver aquí y no encontrarte, añadí la memoria de mi madre.

Acaban de encontrar a su asesino y sus recuerdos no paran de volver.

Nunca la había echado tanto de menos.

-Lo siento, yo

también la tengo presente muy a menudo.

-Cariño, te necesito más que nunca.

Necesito que me acaricies, que me abraces.

También necesito sentir que te puedo proteger,

que te puedo dar todo lo que te mereces.

Don Felipe, ¿tiene usted un momento? -Pablo.

Claro.

¿Qué se te ofrece?

-Ahora que mi esposa está en casa, quería agradecerle lo que ha hecho.

De verdad, estoy en deuda con Vd.

-Déjate de deudas. Olvídalo.

¿Cómo está ella?

-No ha sido una fiesta. Lo ha pasado realmente mal.

-"Algo turbulento"

hay en esto.

No hay más que ver a la chica esa oscura que se ha traído.

Parece una sarracena. ¿Cómo se llamaba?

-Javiva o algo así.

-Ni el nombre

tiene cristiano. Porque no lo es. Yo la verdad

que no tengo nada en contra de la gente con esa piel

tan extraña, pero que no vengan aquí

a intrigar en ciudades decentes. -"¿Dónde iréis"

de compras?

-¿Sales, Leonor?

-Sí. Eso es que está animada.

Ya piensa en comprarse ropa nueva.

-Pues te acompaño.

-Pablo, no te lo tomes a mal.

No hace falta. Voy a ir con Javiva.

-"¿Podría decirle a su hija"

que la invito a ir conmigo a Carnaval?

-¿Esa fiesta sin Dios y sin vergüenza?

-No diría yo tanto.

Hasta en los salones más refinados bailan hasta el amanecer.

-¿Qué respuesta es esa?

Te creía de mejor crianza. Y sobre todo católica a machamartillo.

El carnaval es pecado. Pecado y depravación.

-Tengo relaciones que no conoce ni tiene por qué.

Ni en dos vidas vividas conseguiría usted amistades que le diesen

semejante joya.

Los hechos niegan esa afirmación suya.

Aquí está.

Luciendo en mi pecho. Y por eso

es aún más sospechoso. Explíquese de una condenada vez.

Si sigue por ese camino, conseguirá exasperarme.

-Venimos a que tome medidas a Javiva para un vestido.

-Ah. Un mandil blanco,

un vestido de doncella

blanco, negro y gris.

No tomaré medidas. -No, doña Susana.

Yo no hablo de uniforme de criada.

Quiero que le haga el vestido más bonito que tenga.

Un vestido de señora.

-Ah.

¿Para esta? -"Tachán".

Máscaras de carnaval. Para pasar unas fiestas

como en mi vida.

-Madre, ¿pero es que piensas participar en las comparsas?

-¿Y por qué no iba a hacerlo?

-Con tu enfermedad necesitas descansar.

-La madre soy yo y tú eres la hija.

-No pienso callarme. No cederé.

-"Esta mañana lucía"

el famoso diamante azul.

¿De dónde lo obtuvo?

-Con todos mis respetos, doña Susana,

permítame que no responda a esa pregunta

ni a ninguna otra del mismo cariz.

  • Capítulo 476

Acacias 38 - Capítulo 476

16 mar 2017

Leonor llega a Acacias acompañada de una mujer negra, Habiba, y narra todo lo ocurrido desde que se marchó: cómo no pudo reunirse con Pablo y cómo acabó atrapada en la isla Fernando Poo. Simón no le da explicaciones a Elvira del motivo de su ruptura, pero Elvira se resiste a dar por terminada su relación. Susana sigue presionando al mayordomo para que abandone Acacias. Celia pide ayuda a Felipe para encontrar una cura para Consuelo; se agarra a la esperanza de conseguir un especialista.

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