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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 471 - ver ahora
Transcripción completa

Y tú, Teresa, ¿quieres recibir a Fernando como esposo

y amarle y respetarle todos los días de tu vida?

Sí.

Sí, quiero.

Yo os declaro... marido y mujer.

Será mejor que me marche.

No me olvidéis.

-"Te aseguro que sea como sea,"

descubriré qué le pasó a Mauro.

Me temo que es tarde para eso. No.

No lo es.

No cejaré en la búsqueda de esa tal Elena Pérez Casas.

Descubriremos si se quitó la vida

o fue víctima de la venganza de esa mujer.

Hágame un favor, siga en su empeño solo.

Pero ya no cuente conmigo.

-"Tu madre era muy importante". "Sí".

Echo de menos el calor que me daba.

Su mano afectiva, siempre dispuesta.

Todo el amor que solo puede dar una madre.

"Mi hija ha salido de viaje". -"Lo sé".

Precisamente, es de ella de quien deseo hablarle.

-¿De Elvira? -Sí.

Una mujer que viajaba sola fue asaltada por unos bandoleros

en Córdoba.

-Ya. -Todo apunta a que Leonor

perdió la vida en ese asalto.

"Pensé que estaríais mejor en mi alcoba".

He mandado prepararlo todo para vosotros.

"Consuelo padece"

diabetes en un estado muy avanzado.

-Eso no puede ser cierto.

-La pobre está a las puertas de la muerte.

Será mejor que te deje a solas.

Pero es nuestra noche de bodas.

Pero no estás preparada

para estar conmigo.

Y no deseo obligarte.

"¿Quieres saber qué ocurrió con Mauro? Yo te lo puedo contar".

"Te espero en la calle de Misericordia a las 12".

-"He cometido el mayor error de mi vida".

No diga eso, Fernando.

Usted no está solo.

Yo estoy aquí, a su lado.

Gracias, Cayetana.

Siempre que lo precise,

puede contar con mi amistad...

y con mi cariño.

Teresa.

Teresa, despierta.

Mauro.

No puede ser.

Estás muerto.

¿Muerto?

No, no estoy muerto.

¿Crees que soy tan majadero como para dejar que me mate un tren?

Encontraron tu cuerpo.

Tus documentos.

Eres un fantasma.

No, no soy un fantasma.

Soy Mauro.

Mauro.

¿No te acuerdas de mí?

Ah, claro, que ahora eres una mujer casada.

¿Por qué ibas a recordar a otro hombre?

¿Eres tú, de verdad?

Pensé que nunca más te iba a ver.

(SUSPIRA)

Déjame que te abrace.

Tú nunca más me vas a abrazar, Teresa.

¿Y sabes por qué?

Porque ahora, perteneces a otro.

Tu alma pertenece a otro.

Tu cuerpo también pertenece a otro.

Yo soy solo tuya, Mauro.

Dime una cosa.

¿Cuánto has esperado para casarte?

¿No dices nada?

Te lo digo yo.

Ni siquiera una semana desde mi muerte.

¿Y pensaste en mí durante la boda

o ya me habías olvidado?

Yo nunca podré olvidarte.

Siempre te amé a ti, Mauro, y siempre te amaré.

Ah.

¿Y a Fernando?

Fernando es solo mi marido.

Claro.

A él lo manipulas

igual que me manipulaste a mí.

Señora de Mondragón.

Me casé porque tú no estabas.

Mauro, sabes que te amo.

Lo que sé es que nunca has amado a nadie.

A mí tampoco.

Eres incapaz de amar.

Lo siento por ti, Teresa.

Nunca vas a ser feliz.

¡No!

No. Tranquila, mi amor.

Tranquila, despierta.

Estoy aquí, a tu vera.

Solo ha sido una pesadilla.

Fernando.

Sí.

Soy yo.

Perdona.

Era un sueño, era horrible.

Tranquilízate, ya ha pasado.

(SUSPIRA)

Felipe.

Teresa.

¿Qué hace usted aquí?

No son horas para que una mujer ande sola por la calle.

No se levante, no quería incomodarle.

No esperaba encontrármela de noche. Y menos, en una noche como esta.

¿Va todo bien?

Necesitaba tomar el aire.

Es su noche de bodas.

Quizá por eso.

Ha sido un día de muchas emociones.

Algunas de ellas, encontradas.

Mauro.

Supongo que hoy ha estado muy presente.

Usted sabe la relación que me unía a él.

Por mucho que mi deseo sea superarlo, me resulta imposible.

Siento haberlo mencionado.

No sé si algún día podré olvidarlo.

Por mucho que intente convencerme de que la vida sigue.

Algunas veces, le veía a usted aquí sentado con él.

Hablando en este mismo banco.

Sí.

Muchas veces, después de la comisaría, nos sentábamos aquí

y fumábamos y comentábamos los acontecimientos.

Tal vez podríamos mantener esa costumbre en su memoria.

Aunque yo no fumo.

No creo que para su esposo, sea plato de buen gusto

que se encuentre con un hombre en mitad de la noche.

No.

Ni alguien tan comprensivo como Fernando entendería algo así.

Eso me ha dicho Mauro, que no puedo pensar en otros hombres.

¿Mauro le ha hablado?

En sueños.

Acabo de tener una pesadilla, por eso...

me he levantado de la cama y he venido a pasear.

Se ha aparecido en sueños para reprocharme que me haya casado.

Me ha dicho que no sea inocente, que él no se ha muerto.

Entonces, ha sido en sueños.

Me había preocupado. No me he vuelto loca.

Pero era tan real...

Por un momento, he pensado que Mauro seguía con vida.

Que aparecería en la calle sin avisar, como solía hacer siempre.

Pero eso es imposible.

Es imposible.

Usted le quería mucho.

Le amaba.

Más de lo que nunca he amado a nadie

y más de lo que podré amar, por muchos años que viva.

(SUSPIRA)

Me avergüenza contarle esto.

No, no se preocupe.

A veces, la noche hace que perdamos la vergüenza y que seamos sinceros.

Pero por el día, la vida sigue.

A veces, la vida te da sorpresas.

Desagradables, siempre desagradables.

(Ruido)

Es muy tarde.

Debería volver a la cama.

No creo que a mi esposo le gustara despertarse y ver que no estoy.

¿Usted se queda?

A mí no me espera nadie.

Tan solo, una fría cama en una pensión.

Lo siento.

Estoy segura de que todo se va a arreglar entre usted y Celia.

Esa sería una agradable sorpresa.

De esas que usted asegura que no existen.

La acompaño al portal. No.

Ayúdeme a mantener mi desprestigiada virtud.

Mejor, voy sola. Como quiera.

Buenas noches, Teresa.

Buenas noches, Felipe.

Y no haga caso a todo lo que le he dicho.

Ya sabe, ha sido un mal día.

A más ver.

A más ver.

¿Ese es el nombre definitivo de los tintes?

-Albora, sí.

¿No te gusta?

-Me gusta, suena a asiático.

¿Qué significa?

-Está inspirado en la palabra albor,

que significa luz del amanecer.

Es el color de mi pelo después del tinte, según Felipe.

-¿Podemos dejar de pensar si es asiático o de Burgos?

Nos hemos reunido para trabajar, no para divertirnos.

-Cierto.

Tenemos que encontrar una frase para promocionar los tintes.

En América, todas las empresas hacen promoción con una frase.

Le llaman "slogan".

-¿Eh? -Eslogan.

-Es que a mi madre le gustan las palabras raras.

Es como un reclamo para la venta.

Algo pegadizo, algo que la gente recuerde.

-Ah, pues yo tengo una idea.

Con tintes Albora, cabeza sana y cabellera sin una cana.

O mejor: con tintes Albora, nunca parecerá "despeiná".

¡Toma eslogan! -No está mal.

-(RÍE)

-Yo veo algo más visual. Una mujer guapa con un cartel que diga:

Albora te da el cabello que siempre has deseado.

-No está nada mal.

-No tiene ninguna gracia. Es muchísimo mejor que rime.

-La mujer podría ser yo, pero sin teñirme, claro.

-Que te crees tú que tu padre te va a dejar salir en las revistas.

-¿Por qué no?

-A Víctor tampoco le hará gracia. -Lo que me faltaba.

Tener que pedirle permiso a Víctor.

-Eso, muy bien dicho.

La niña es de otra generación y eso de pedirles permiso se acabó.

-Claro que sí. Pienso que la mujer del retrato ha de ser famosa.

-Está muy bien. Albora te da el cabello que siempre has deseado.

-Le queda de guinda el color.

¿Y si es usted la mujer retratada?

-En blanco y negro, no se nota el color.

Está bien que sea una mujer famosa, lo que dice Trini.

Ahora solo tenemos que pensar quién.

-Eugenia de Montijo sería ideal.

-Mm.

Ideal si no tuviera 80 años, madre.

Tenemos que intentar vendérselo a los jóvenes.

-Se me ocurre otra idea.

Si quieres la cabellera de la mora, usa tintes Albora.

Ese sí que es pegadizo. -¿Quién quiere el cabello morado?

-Huy, Consuelo, de todo hay en la viña del Señor.

-Buenos días.

Estaba escuchando barullo y no estaba dando crédito.

¿Ya reunidas a esta hora? -Al albor, como los tintes.

-Perdone que le hayamos molestado.

En los negocios, a quien madruga Dios le ayuda.

-No me ha molestado en absoluto.

Me estaban contagiando su entusiasmo.

Se levanta uno con ganas de trabajar.

¿Llevan mucho rato?

-Algo más de una hora, padre.

-No es que quiera meterme en sus asuntos.

Pero sería bueno que se tomaran un receso para ordenar las ideas.

-Sí, y de paso, nos vestimos.

No es decoroso estar en camisón. -Pueden venir así cuando quieran.

Este salón parece un serrallo.

-¡Ramón, por favor, un poco de respeto!

-Levantamos la sesión una hora.

-Consuelo, ¿se encuentra usted bien? La noto un poco cansada.

-Estoy bien, Ramón.

Un poco somnolienta.

He madrugado mucho y no he dormido bien, la verdad.

Pero nada preocupante.

-¿Quiere que la acompañe?

-No, Ramón, gracias, de verdad.

Solo necesito descasar un poco, nada más.

-Madre, vamos. -Voy.

¡Lolita!

-¿Qué tripa se le ha roto ahora, Servando?

-Precisamente, para que no se me rompa.

¿Crees que me voy a beber la achicoria sin leche?

-Pues ahí la tiene usted.

-Pues acércamela.

Y me la sirves, que a mí se me derrama.

-¿No cree que se está saltando los límites?

-No lo creo, porque donde hay patrón,

no manda marinero.

-¿Es usted patrón? -Equilicuá.

-Madera del pasamanos, abrillantada. ¿Qué hay que hacer ahora?

-¡Eh! ¿Quién te ha dado a ti permiso?

-¿Desde cuándo necesito permiso?

-Desde que dicto yo las normas. Al que no le guste, que se aguante.

-Se está usted pasando y se va a estrellar.

-¿Acaso he sido yo el que ha utilizado la mentira?

¿El que ha traicionado a un compañero?

¿He sido yo el que ha dejado un edificio tan señorial

sin ese gran invento del ascensor?

-¡Usted ha estado abusando de nuestra buena voluntad!

-¡Calla, Judas!

¿Te han pagado para que me apuñales? -¡Bueno, basta ya!

Cuando le conviene, se las da de ofendido.

Pero lo que quiere es esclavizarnos y que hagamos su trabajo.

-Mira...

Hasta he llorado de noche recordando vuestra traición.

Y me he preguntado:

Pero ¿tú lo mereces, Servando?

Y la respuesta era siempre la misma: No.

¡No me lo merezco!

Tengo que demostrar a estos iscariotes

que la traición no es rentable. -Ah.

Y ha decidido enseñárnoslo abusando de nosotros para que le sirvamos.

Pues vaya lección interesada.

-¿Y si no nos avenimos a componendas de las suyas?

-Si no os avenís, si no hacéis lo que yo os digo,

le comentaré a don Ramón de vuestra celada, de la traición

ante los intereses de los vecinos.

Les diré que habéis querido falsificar el presupuesto

para conseguir vuestros turbios intereses.

-¿Va a ser usted un chivato?

¿No tiene medida en la inquina?

-Si yo lo hago por vuestro bien, que la letra

con sangre entra.

A limpiar la portería. -Ni lo sueñe.

-Anda,

vámonos, Lolita.

No tiene decencia ni la conoce.

-Ni por el forro la conoce.

-Y cuando terminéis con la portería,

quiero que os pongáis con las escaleras.

Que se pueda comer en cada escalón de lo limpias que están.

Vamos.

Quieta.

Tenemos que seguir disimulando, no nos vaya a descubrir.

Han sido los mejores días de mi vida.

Y de la mía.

Pero volvemos a lo de siempre, que incluye el disimulo.

Procuraré cada minuto para estar a tu lado.

Entra delante.

(Música)

Hola, padre.

-No os esperaba tan pronto.

Si quiere, me vuelvo a Zamora y vuelvo en dos semanas.

Hija, no seas impertinente.

¿Qué tal ha ido todo?

Perfecto.

Mi tía le manda saludos.

Después le doy un recuerdo de la ciudad de Zamora para usted.

Vengo derrengada, el tren ha tardado toda la noche.

Ahora descansarás. Antes, quiero hablar contigo.

-Buenos días, señor.

Dejo el equipaje y le sirvo el desayuno.

-Después, Gayarre. Quiero que me haga las cuentas del viaje.

-Llevo apuntado hasta el último céntimo de gasto.

-Ahora me lo detalla.

He recibido la visita de doña Susana.

¿Qué quiere esa mujer?

Su hija

tiene un talento especial.

-Lo sé.

Sacarme de mis casillas y comportarse como no debe.

-Común a los hijos, pero no me refiero a ese,

sino a otro más mundano.

Elvira

tiene una habilidad innegable para los bordados.

-¿Para los bordados?

No me extraña.

Se ha pasado tardes y tardes enteras

dejándose los ojos en esos dibujos. -No hablo de una aficionada.

Hace unas labores primorosas.

Y mire que he visto trabajos de las mejores bordadoras del país.

El color, el gusto, la técnica.

Todo eso se ve en una labor de Elvira.

-Me parece muy bien, es una ocupación muy femenina.

Seguro que le ayuda a pasar las tardes de invierno.

Pero no sé cuál es el motivo por el que viene a contarme esto.

-Por eso, le decía que me avergonzaba.

Aunque lo hago con la mejor de las voluntades.

-Por favor, explíquese.

-Me gustaría darle empleo en la sastrería.

-Ni hablar.

Mi hija no va a trabajar para fuera.

-Le ruego que no se enfade. -No, si no me enfado.

Pero tengo mejores planes para ella.

Un buen matrimonio con un hombre que esté a la altura de su clase.

-¿Y ya ha decidido quién es? Un mirlo blanco ha de ser.

-No, todavía no sé quién será.

Pero aparecerá más pronto que tarde.

-Permítame un consejo.

No deje pasar demasiado tiempo.

Se lo digo por mi desgraciada experiencia.

Esperamos y esperamos incansables. La vigilancia se pierde.

Mire mi caso.

Mi hijo, casado con una chocolatera y mi sobrino,

con una mujer que le dobla la edad.

-¿Qué quiere decir con eso? -Que los hijos escogen mal.

Casi por frustrar los planes de los padres.

Así que no baje la guardia de ninguna de las maneras.

Cuando menos se lo espera uno, aparece un escollo que inutiliza

todos los planes, hasta los más prometedores.

O es alguien de distinta edad o peor,

alguien de distinta clase social

que usted, por su clase,

ni atina a ver que es un peligro.

-Puede ser.

Tendré su consejo en cuenta.

Y espero no dilatarme con la decisión.

A mi hija hay que atarla en corto.

-Espero que sepa llevarla.

Brindemos.

Por saber ver de dónde viene el peligro.

Y por ser capaces de solucionarlo.

Buenos días, tía.

-Buenos los tengáis.

Muy temprano vais por la calle. ¿Ha ocurrido algo?

-No.

La angustia, que no me deja dormir y me levanta con el gallo.

Vamos a poner una vela por mi hija.

He venido para agradecerte la visita de ayer.

-¿A mí? Ni que hiciera falta, mujer.

-Sí que hace falta.

Las palabras de ánimo de ayer han sido un bálsamo para mis penas.

-¿Para qué estamos las amigas

si no es para consolarnos en los momentos más difíciles?

-Bien dices.

-Y en nada mentí.

Estoy segura de que el día menos pensado, aparece Leonor.

Apuesto a que la primera en verla seré yo a través del escaparate.

Ese día sí que vamos a dar saltos de alegría.

-Dios te oiga.

-Hemos rezado tanto por su aparición

que no puedo ni pensar que el Señor no nos haya escuchado.

Pedid y se os dará, dice la Biblia.

-No nos dejemos llevar por el júbilo a destiempo.

Cuando aparezca Leonor, haremos una verbena en Acacias.

-Bueno, sí.

Rogaremos para que eso suceda.

¿Vamos, Liberto?

-Id, yo también pondré una vela cuando cierre esta tarde.

-Liberto.

¿Por qué te empeñas tanto en dudar que mi hija vaya a regresar?

-No dudo, querida, solo trato de no lanzar las campanas al vuelo.

Para que no pierdas la esperanza jamás.

-No la pierdo ni la perderé.

Eso es imposible.

¿Qué clase de madre sería si hiciera eso?

¿Trabajar en la sastrería?

Espero que le haya dicho que no. -Por supuesto.

No trabajarás por un vil salario.

-No es eso.

No crea que me disgusta la idea de ganarme la vida.

Pero no bordando como una modistilla.

Bordar me gusta cuando lo hago para las personas queridas.

-Ni bordando ni de otra manera.

Mientras dependas de mí, no vas a trabajar. No eres una indigente.

-No lo tengo previsto, padre. Excúseme de discutir.

-Es mejor que lo sepas, por si te da esa ventolera.

No era de esto de lo que quería hablar. Esto era una anécdota.

-Usted dirá.

-En esa sonrisa bobalicona que últimamente dibuja tu cara,

puedo ver que no recuerdas la fecha en la que estamos.

Si no me lo dice, no caigo.

La próxima semana es el aniversario de la muerte de tu madre.

Una fecha triste.

No lo he olvidado, claro que no.

Tenía más dudas de que lo recordara usted.

No seas impertinente.

La evocaremos como debe ser.

Gayarre.

-Diga, señor.

En cuanto lo haya pensado, le comunicaré los horarios,

las comidas y el ambiente que debe haber para recordar a mi esposa.

-Las atenderé con sumo gusto. -Eso es todo.

Deshaga el equipaje.

No quiero nada por medio. Después, me hace las cuentas.

Y tú, Elvira, adecéntate.

Parece que has estado en un muladar.

¿Qué has venido, en tren o en un carro de bueyes?

Es odioso.

Ahora quiere celebrar la fecha de la muerte de mi madre.

Igual lo toma por un día feliz. No digas eso.

Es normal que esté más tenso en estas fechas.

Y lo de doña Susana...

Tal vez sea cierto que solo busque contratarte

como bordadora, pero no me da buena espina.

Veo demasiadas trabas.

Olvida a esa mujer.

Es una cotilla aburrida.

A mi padre le da igual que mi madre muriera.

Solo quiere que no haya risas en esta casa.

Espero que seas tú quien se case pronto.

Ese día no va a haber hombre más feliz.

-¿Sabe las ganas que tengo de casarme con mi prometida?

Me extraña no verle con doña Teresa en su primer día de casados.

¿Está bien?

-Se encontraba cansada tras la boda. Ayer fue un día largo.

-Ya lo creo que sí.

¿Seguro que no quiere comer nada?

Para reponer fuerzas tras una noche movida.

-No, Víctor, gracias. Tal vez, más tarde.

Tengo suficiente con el café. -Como quiera.

Lo que sí le voy a dejar es el periódico.

Viene reseña sobre la boda.

-¿Ya? Qué rápido.

Pronto aparecerán las noticias antes de producirse.

-Se lo regalo. Está en la página de sociedad.

Buenos días.

¿Ha visto?

Ya hablan del matrimonio.

"Feliz enlace entre Fernando Mondragón y su bella prometida".

Su bella prometida. Qué cursilada.

Y no es su prometida, es su esposa.

Lo era antes de producirse el acto. Son fórmulas que siempre usan.

¿Y su bella prometida?

Me temo que está en la cama todavía.

Quería haberla llevado a visitar el terreno de la casa,

pero me ha dicho que está agotada.

Que no quería salir de la cama y que prefería...

que nadie la molestara. Normal.

Ayer acabaría cansada.

Esperaba... otro entusiasmo en nuestro primer día de casados.

No imaginaba que saltara de alegría,

pero sí que tuviera interés por hacer planes en conjunto.

Vamos a sentarnos.

Víctor.

-Usted dirá.

Desayuno para dos. Un surtido con lo mejor que tengas.

Fernando acaba de pasar su noche de bodas y necesita reponerse.

Ya le decía yo que tenía que reponer fuerzas. Ahora mismo.

¿Nos lo traes a la mesa? Por supuesto, doña Cayetana.

Lo más importante: al mal tiempo, buena cara.

Que nadie note que nos preocupa algo.

Desde niña, me lo dicen a diario.

No es fácil lograrlo. Lo sé, pero la vida es así.

No podemos dejar de luchar por lo que queremos que suceda.

Teresa está desganada.

Tiene que hacer algo para que vuelva a querer comerse el mundo.

Le aseguro que no tengo ni idea de cómo hacerlo.

Con paciencia y constancia.

Propóngale ir a dar un paseo, leer un libro.

O acompañar a ese niño al que tiene tanto cariño al parque, Tirso.

Tiene razón, doña Cayetana.

Lo intentaré.

Y recuerde que yo siempre estaré a su lado.

Siempre que me necesite.

-Ahora mismo viene la camarera con los chocolates.

La bandeja la he seleccionado con lo más tierno que hay.

Es lo que me gustaría desayunar después de mi noche de bodas.

Nos encargaremos de que alguien te lo prepare cuando te toque.

¿Atacamos las viandas?

Te voy a dejar aquí, Rosina.

Voy al banco, a ver si me han ingresado mis rendimientos.

-¿No te quedas a misa?

Tenemos que rezar por Leonor.

-Ya rezas tú por los dos.

Como ya me has comentado,

no hay nada más eficaz que los rezos de una madre.

-Como quieras.

Liberto.

¿Ocurre algo?

-¿Algo, a qué te refieres?

-Desde que regresaste de la comisaría, andas raro.

¿No sabrás nada que yo no sepa? -¿Yo? No.

Nada. ¿Qué voy a saber yo?

Necesito que todo esto se resuelva ya.

Me inquieta que acabes perdiendo la esperanza.

-No, por nada del mundo, jamás de los jamases.

Siempre mantendré la esperanza.

-Y yo contigo.

No olvides que te amo. -Gracias, Liberto.

Yo a ti también.

Entro antes de que empiece la misa. Luego te veo.

-Don Liberto.

¿Se sabe algo nuevo de Leonor?

-No, nada.

-Maldita sea mi estampa.

Me da que todo lo que puede salir mal va a salir mal.

-Ni lo mientes.

Y que tu señora no se entere de que sabes nada.

Y Pablo tampoco, que está muy afectado.

-Descuide, que en boca cerrada, no entran moscas.

-Eso es.

Por ahí viene don Felipe.

Voy a hablar con él, a ver si nos saca de dudas.

-Yo voy a subir estos cubos al altillo.

-Don Felipe.

-Don Liberto, vengo de comisaría.

Puede que haya novedades.

-¿Buenas? -No lo sabemos todavía.

Nos han mandado el equipaje de la mujer muerta en Córdoba.

No hay documentos, pero sí libros y fotos.

Espero que no se trate de Leonor.

-Lo mejor es que informe a Pablo y a Rosina.

No es justo que desconozcan los avances.

-No se lo recomiendo.

Las malas noticias es mejor darlas una vez.

Si son buenas, nadie le reprochará nada.

Solo habrá que esperar unas horas.

Con Dios.

-Con Dios.

Eh.

-Ya está "fregá" la escalera.

¿Se le ofrece algo más a vuecencia?

-Ya que insistes,

tráeme un refresco de zarzaparrilla del puesto del parque.

Le dices al quiosquero que lo apunte en mi cuenta.

-Me está usted poniendo nerviosa. Es un abusón de lo que no hay.

Se está pasando.

-¿Me estoy pasando?

Yo creo que soy la mar de justo.

Si yo hubiera hecho esa barrabasada, falsificar un presupuesto,

un documento oficial,

ya quisiera yo expiar mi culpa

trayendo un refresco de zarzaparrilla.

-Yendo al parque a por un refresco,

fregando las escaleras, sacando brillo a los latones.

-Los dorados.

En mi edificio, es todo lo mejor.

-Sí, si, oro puro.

Oro del que cagó el moro. -Pero qué vulgaridad.

Llamar así a los tiradores de Acacias, 38.

Apártate, que me das sombra.

-Buenas tardes, Servando.

-Buenas tardes, don Ramón. -Y enhorabuena.

Te lo quería haber dicho.

Imagino que estarías trabajando.

Hacía años que no estaba el edificio en tan perfecto estado de revista.

-Todo sea para dejar las cosas a su gusto.

-Traigo buenas noticias.

Me han pasado un nuevo presupuesto del ascensor más razonable.

-¿Vamos a tener ascensor?

-Mañana comienzan las obras.

Tendrás que trasladarte al altillo.

-Me sacrificaré, don Ramón. Todo sea por usted

y por este edificio,

donde tengo el honor de trabajar. -Gracias. Ya te informaré.

-Sí, señor. -Lolita.

-¡Ay!

-¡No tiene ni decencia ni vergüenza!

-¿Qué viento te ha dado?

-Viene don Ramón, le habla del estado del edificio

y se infla como un pavo real, como si lo hubiera limpiado usted.

-He dirigido un ejército.

A ver si te crees tú que Napoleón se echaba la bayoneta en alto.

Los generales damos las órdenes

desde la retaguardia.

Lleva mis cosas al altillo.

-¿Y si le digo que no?

-¿Y si te acuso a don Ramón?

-¿Y si le hago la calavera añicos? Soy más fuerte que usted.

-No te vas a atrever.

-¡Le voy a arrear una...! -Quieta.

-Servando, sepa usted

que le voy a subir las cosas, pero va a ser lo último que haga.

Grábeselo a fuego.

Don Felipe, siempre es bien recibido en esta casa.

Pero mi esposo ha salido. No creo que tarde.

-No he venido a verle a él, sino a usted.

-¡Huy, qué honor!

-Pues nada, siéntese.

Cuénteme, ¿qué puedo hacer por usted?

-Usted sabe de qué forma puede ayudarme.

Intercediendo por mí ante mi esposa.

-No, don Felipe, por favor, no puede pedirme eso.

Sabe perfectamente que estoy entre dos aguas.

Y es mejor no decantarse por ninguna para no ahogarse.

-Le haría un favor a su amiga Celia. ¿Va a estar mejor sola que conmigo?

-Pues mire, don Felipe, no sé si a la larga lo estaría.

La veo más entusiasmada de lo que la había visto en la vida.

El negocio del tinte la tiene arrebatada.

-El problema no son los tintes.

Hay algo más por lo que se ha alejado de mí.

Es por ese hombre.

-¿Cómo?

¿De qué hombre habla? -No se haga la tonta.

Lo sabe perfectamente. Mi esposa me lo contó.

No hay dobleces en mi pregunta.

¿Se siguen viendo?

-No, nunca.

Mire, don Felipe.

Creo que esos asuntos debería hablarlos con Celia, no conmigo.

Pero le voy a decir una cosa.

Esa nunca fue la causa de su separación.

-¿Se habría decidido de no haber sido por él?

-Don Felipe, yo le tengo mucho aprecio.

Usted es amigo de mi esposo,

un vecino ejemplar y un abogado que ayuda a quien lo necesite.

¿Por qué no avanza?

¿Por qué...

no se acostumbra a pensar que Celia no va a volver de momento?

-¿Pretende que me olvide de mi vida?

-No, yo no soy quién para pretender o no pretender nada.

Solo creo que sería mejor para usted.

No se empecine.

Deje que las cosas avancen solas.

Celia se...

se alejará o regresará.

Pero no tendrá nada que ver lo que le diga ahora.

-¡Don Felipe!

¡Qué sorpresa!

-Don Ramón, le esperaba.

-Me he retrasado un poco.

Trini le habrá ofrecido un Jerez.

-Ahora mismo lo traigo. Traeré también unas olivitas.

-Precisamente es con usted con quien yo quería hablar.

Ahora que Trini no nos escucha.

Es por doña Consuelo.

-¿Está peor?

-No, pero me he dado cuenta

de que mantiene en secreto su enfermedad.

Celia no lo sabe. Trini tampoco.

Es posible que no se lo haya contado a nadie.

-Lo lamento.

Y lamento haberme enterado yo.

No sé si se lo debo contar a Celia.

-Por eso se lo comentaba.

-Es una decisión respetable no contarlo.

Pero también sé que Celia podría ayudarla, de estar al tanto.

-Si lo dice, hace mal. Si no lo dice, también.

Es una decisión difícil de tomar. -Así es.

-Lo mejor será obrar con cautela.

Imagino que la noticia podrá esperar unos días.

-Imagino.

-¡Huy, qué serios!

Pues nada.

Un Jerez y unas olivitas para animaros.

-Gracias, Trini.

-Porque tengo que dejaros hablando, que si no, me quedaría.

(Puerta)

Teresa, soy yo.

Estás despierta.

Teresa, ¿qué te ocurre?

Estoy cansada.

¿No te apetece que vayamos a ver nuestro terreno?

He pensado una idea que a lo mejor te parece una locura.

¿Y si mandamos hacer una pileta? Como las llaman ahora, piscinas.

¿Te imaginas tener una?

Que se puedan bañar nuestros niños.

No es necesario esperar a tenerlos.

Podemos llevar a los niños del colegio.

¿Te imaginas a Tirso tirándose al agua? Se lo pasaría en grande.

Solo tendríamos que contratar a un monitor para que le enseñara a nadar.

Los niños del colegio serían los primeros en aprender a nadar.

¿No te apetece que vayamos

y veamos dónde he pensado situarla?

Está bien.

No te molesto más.

Fernando.

Perdóname.

No te casaste para esto.

Me casé para vivir contigo.

En lugar de darte felicidad,

te estoy llevando a un pozo de tristeza.

Teresa.

Mírame.

No permitiré que te caigas en ese pozo.

Y si no puedo evitarlo,

seré yo quien te saque.

¿Me dejas que te ayude?

Por favor, déjame sola.

Teresa.

Sal fuera, por favor.

Como quieras.

Mi padre no me espera hasta dentro de 20 minutos.

Podemos charlar un rato y me cuentas lo de Leonor.

El cura ha pedido por ella. Claro.

Se me olvida que no la conociste.

Que ella se marchó cuando llegaste al barrio.

He oído que era escritora y que se casó con un mozo de la sastrería

al que acusaron de haber asesinado a su madre.

Sí, Pablo.

Pero eso no es así.

Le indultaron y por eso, volvió.

¿Mató a su madre?

No me imagino que alguien sea capaz.

No. No le habrían indultado si hubiese sido él.

También es verdad.

El aniversario de la muerte de mi madre es dentro de unos días.

¿La tuya murió hace mucho?

(SUSPIRA)

La mía murió dos veces.

La primera, en un naufragio.

La dieron por muerta y desaparecida.

Después, regresó y un accidente acabó con su vida.

Fue de lo más doloroso, te lo puedo asegurar.

Es una historia muy larga, algún día te la contaré.

Pero estoy más a gusto con Trini, la nueva esposa de mi padre.

¿De veras?

Al principio, me costó tolerarla, tan vulgar y escandalosa.

Pero tiene un corazón enorme y mi padre es mucho más feliz que nunca.

Ojalá mi padre conociera a alguien así y se olvidara de mí.

Yo, sin embargo, añoro mucho a mi madre.

Ánimo, amiga mía.

Cuéntame, ¿qué tal por Zamora con tu tía?

Muy bien, unos días maravillosos.

Lejos de mi padre, todos lo son.

¿Sabes quién me preguntó por ti? Doña Susana, la sastra.

No sé qué le contó a mi padre de que quería que bordara.

Que se cree ella que voy a ser una modistilla a sus órdenes.

Además, no me fío de esa mujer.

Yo siempre me he llevado bien con ella.

Aunque nunca ha aceptado que Víctor sea su nieto.

Fíate de la Virgen y no corras.

¿Qué se sabe sobre esa muchacha?

La hija del coronel, general o lo que sea.

Nada, ¿le interesa?

No, era simple curiosidad.

Parece una chica espabilada.

Si quiere que me entere, ya sabe. Le debo un favor.

No, me debe muchos.

Me refería a esta último.

Al haberme presentado a ese viejo que se ha hecho cargo de mis cuitas.

Todo está arreglado.

No me cuente novedades sobre ese asunto.

Es asunto suyo y de su conciencia.

¿Quiere ir a la iglesia? Sí, voy a rezar.

Debería hacer lo mismo. Proporciona mucha paz.

Orará por Teresa. Así es.

La muerte de Mauro la va a volver loca.

Aún recuerdo lo mal que lo pasé con el fallecimiento de Ponce.

Pesadillas, llantos, desgana.

Fernando tendrá que ayudarla.

Pondremos unas velas por San Judas Tadeo.

Ese es el patrón de las embarazadas.

¿Desea que Teresa se quede encinta?

¿Acaso no es lo normal en una recién casada?

Don Felipe, ¿me ha mandado llamar?

-Pablo pasa.

Siéntate, por favor. Tengo novedades.

-¿Ha aparecido Leonor?

-No. Desgraciadamente, no se trata de Leonor,

sino de tu madre.

La policía ha dado con su asesino.

-¿Quién?

-Se llama Virgilio López.

Tiene más de 70 años y antecedentes por robo.

Fue a atracar a tu madre cerca de la escuela de equitación.

Tu madre se resistió, forcejearon y ella murió.

Asegura que fue un accidente.

-Es absurdo.

Ahora que he vuelto a casa y he sido indultado.

¿No cree que es demasiada casualidad?

-A menudo, la vida es absurda.

-¿Y el mozo que me acusó? ¿Se sabe algo de él, se ha retractado?

-El asesino confeso ha declarado que le pagó para librarse.

Asegura que la conciencia no le deja dormir y por eso se entrega.

-Ya...

Un viejo que se dedica a los hurtos le paga con...

¿Con qué dinero?

Un asesino al que la conciencia no le deja dormir.

Perdone, pero no me lo creo.

-Es lo que ha confesado.

La policía cree que no merece la pena seguir indagando.

Es un pobre hombre.

Acusarlo no te va a devolver a tu madre.

Tienes demasiados frentes abiertos.

-¿Por qué todo es tan difícil?

Todos me preguntan por Leonor, yo no sé qué decir.

Ahora, aparece el asesino de mi madre y no creo que acabe con esto.

Yo ya no sé qué hacer, no sé dónde ir.

Me siento un fracasado.

-Lamento haberte escuchado decir eso.

No puedes abandonarte.

-Es como me siento.

Primero, me acusan del asesinato de mi madre.

Yo no soy capaz de hacer ver que no soy el asesino.

Después, huyo con mi esposa,

de la que me separé cuando jamás debimos separarnos.

No me subo en el barco en Málaga, cuando debí hacerlo.

Llego a Marruecos, donde nada bueno me espera.

Y ahora, regreso a Acacias solo.

¡Es que son muchas cosas!

-Pocas opciones tuviste. No debes flagelarte.

-Escucha, Pablo.

No es cierto que no se haya avanzado en la localización de Leonor.

-¿Cómo? -Es cierto.

La policía trabaja.

Todavía no hay nada definitivo.

No te hemos dicho nada porque queremos certezas.

-Tengo derecho. -Estoy de acuerdo contigo.

Yo también querría saberlo todo si la desaparecida fuera Rosina.

Creo que lo mejor es que le contemos todo

sobre la pista cordobesa.

(SUSPIRA)

"Llevo días considerando que hay algo que debería decirte".

"Tú y yo ya nos hemos dicho todo".

Te equivocas.

Aún no te he dicho que te deseo suerte en tu matrimonio.

Deseo que seas muy feliz junto a Fernando.

Te lo agradezco de corazón.

Y yo también te deseo la dicha.

Ojalá encuentres pronto una persona que te ame como te mereces.

"Mauro, sabes que te amo".

"Nunca has amado a nadie".

"A mí tampoco, porque eres incapaz de amar".

"Lo siento por ti, Teresa".

"Nunca vas a ser feliz".

El ingeniero al cargo ha decidido paralizar las obras

por razones de fuerza mayor.

-¿Y se puede saber dónde ha estudiado ese ingeniero al cargo?

-Entre ellos y tú, me estáis sacando de quicio.

La constructora no tiene ninguna responsabilidad en la suspensión.

Han encontrado posibles restos arqueológicos bajo nuestra finca.

Le propongo otra cosa: lecciones.

-¿Perdone? -(RÍE)

¿No te gustaría venir de vez en cuando y pasar la tarde bordando

y depurando tu técnica con una sastra de tu experiencia?

Pasarías un buen rato.

Serías una esposa hacendosa que bien podría agasajar a su esposo

con unos finos pañuelos bordados.

-"He pedido que suban los efectos personales".

Es suficiente, don Felipe.

¿A qué viene tanto interés por doña consuelo?

-No te entiendo, no era más que una pregunta de cumplido.

-Ramón, sabes perfectamente que no me chupo el dátil.

Te pillé haciendo un aparte misterioso con ella.

¿Qué está pasando?

"¿Hay alguna novedad en la investigación?".

La mujer a la que vieron correr esa aciaga noche ha desaparecido.

Supongo que quiso vengarse de Mauro por una antigua detención.

¿Sabe qué, Felipe?

No me hago a la idea de que jamás volveré a verle.

"Además de la muerte de mi madre,"

de su esposa,

mi padre carga en su conciencia con la muerte de este hombre.

¿Se topó con él?

¿Lo mató él?

Este comienzo de siglo no deja de sorprendernos.

El progreso es imparable. -Y cada vez más acelerado.

¿Quién nos iba a decir

que el color del pelo de las señoras iba a ser un negocio?

-Es lo apasionante de nuestra época.

La entregaste a los lobos.

¡Solo tú eres el culpable!

¡No quiero volver a verte jamás, no quiero volver a verte!

-Yo la amaba más que nada.

Pero tiene razón.

Su muerte ha sido culpa mía.

-"Supongo que recordarás"

que en dos días, tenemos...

una vista en el tribunal eclesiástico.

-Claro que lo recuerdo.

-Será un momento decisivo.

Quizá el más decisivo de mi vida.

Quiero que me contestes con el corazón en la mano,

como si estuvieras frente al tribunal.

¿Estás segura de romper

el sacramento que nos une?

-"¿Han visto a mi esposa?".

Lo siento, tampoco la hemos visto.

Quizá sea alarmista en exceso.

Temo que pueda cometer alguna insensatez.

  • Capítulo 471

Acacias 38 - Capítulo 471

09 mar 2017

Simón y Elvira llegan del viaje y Arturo le comunica a su hija que quiere que la próxima semana celebren el aniversario de la muerte de Mercedes, la madre de Elvira. Ramón le cuenta a Felipe que Celia no sabe nada de la enfermedad de su madre y duda si debe revelársela. Felipe informa a Liberto de que pronto sabrán si la mujer muerta en Córdoba era Leonor. Teresa sueña que Mauro está vivo y en el sueño le reprocha que nunca la amó de verdad. De repente, se despierta y se da cuenta de que todo ha sido una pesadilla. Fernando intenta animar a Teresa porque está hundida por la muerte de Mauro, pero no lo consigue. Teresa parece haber tocado fondo.

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