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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 470 - ver ahora
Transcripción completa

El amor es como un jardín:

hay que regarlo y esperar,

y un día,

como por arte de magia,

florece.

Me casaré con Fernando,

pero no de blanco.

No es así como se siente mi alma.

Vieron salir a una mujer

momentos antes de la desgracia.

Esa mujer tenía mucha inquina a Mauro

y le había jurado venganza.

Disculpad que os interrumpa, no pude evitar escuchar.

¿Es posible que matara a Mauro?

Solo es una posibilidad.

Se llama Elena Pérez Casas.

¿La han visto alguna vez?

-Me enamoré de otro hombre,

aunque no me marchara con él.

-Tiene que significar algo.

-Que no quise cometer el mismo error que contigo.

No quise ser la sombra de un hombre.

Solo quiero depender de mí misma, ser yo.

-"Voy a quedarme ciego,"

pero no me quedaré llorando,

quiero salir a descubrir las cosas del mundo,

las más bonitas y bellas.

Quiero verla a Ud.,

casándose con don Fernando.

-He venido a despedirme

y a darte las gracias por el trabajo.

Nadie se ido de la húmeda.

Lolita ha guardado su secreto.

Gracias.

Vieron a Elena Pérez Casas

cerca de las vías.

Debe alertarla de que van a por ella.

La policía la busca.

Y aunque la encuentren,

nada alterará sus planes.

Puede estar tranquila.

Eso espero.

-No aparece por el barrio para que no vean cómo está.

-No me recibirá, fui a hablar con ella.

-Tal vez si organizara algo,

preparara alguna sorpresa para que viera que la apoyan...

Necesita a sus amigas.

-No va a venir.

No se haga cruces, Teresa aparecerá.

Teresa.

Teresa.

Por todos los santos,

haz un poder.

Vamos.

Más parece un reo yendo al cadalso.

Teresa,

no es preciso continuar.

-¿Damos paso a la ceremonia?

Por supuesto,

no hay que seguir esperando.

Comience ya.

Estamos aquí reunidos

para celebrar el santo matrimonio

de Fernando y Teresa.

Disculpe, tiene visita.

-Te dije que no quería recibir a nadie.

Dile que estoy indispuesta. -Eso les he dicho,

pero no había manera.

-No eches la culpa a tu criada. No pensábamos marcharnos.

-¿Creías que no te íbamos a brindar consuelo y cariño?

-No debisteis molestaros, estoy bien.

-Bien fastidiada y triste. ¡Rosina!

Tienes los ojos hinchados.

-Qué bella casa tiene,

aún no la conocía.

-Sí que la habéis decorado con... gusto y delicadeza.

-Agradecida, pero no es buen momento, tengo jaqueca.

-Tienes una pena muy honda.

-No rechaces la compañía de las que tanto te queremos.

-Está bien.

-Casilda,

trae pastas para mis invitadas. -Sí, señora.

-¿Se sabe algo nuevo de Leonor? -Nada.

La incertidumbre me está matando.

-Descuida,

que seguro que...

pronto estarás sana y salva.

-Señoras, no las había escuchado.

-Tiene que estar muy sordo. Cacareamos como gallinas.

-No te había visto.

¿Cómo estás?

¡Estás más delgado!

-Nada que no solucione una semana de comida española.

¡Ven aquí!

Siéntate.

Venga, siéntate.

Hemos venido

a daros fuerzas

recordando a Leonor con cariño,

y con la seguridad de que pronto estará de vuelta.

-Veréis cómo esta pesadilla acaba pronto,

y de forma feliz.

-Sí, Leonor ha superado mil batallas y siempre nos ha dado lo mejor.

Por eso merece estar bien y volver con nosotras.

-Fernando,

¿quieres recibir a Teresa como esposa,

y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas,

en la salud y en la enfermedad,

y amarla y respetarla todos los días?

-Sí.

Sí quiero.

-Y tú, Teresa,

¿quieres recibir a Fernando como esposo,

y prometes serle fiel en las alegrías y las penas,

en la salud y en la enfermedad,

y así amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

Sí.

No la he oído.

Sí quiero.

Yo os declaro

marido y mujer.

Que lo que ha unido Dios no lo separe el hombre.

Fernando,

puede besar a la novia.

Es la boda más triste que he visto nunca.

Te deseo que seas muy dichosa.

Disculpa que no llevara tu vestido.

No me sentía con fuerzas para vestir de blanco.

No te preocupes, no tiene importancia.

Destornillador.

-¿Tardaréis mucho en arreglar la puerta?

-Pues no lo sé.

Tenga en consideración que es un trabajo de suma precisión,

mano firme y mente clara.

-No te me vayas por las ramas, ¿cuándo?

-No sé, como una hora más o menos.

-No puede guardar tanto,

tengo muchas cuitas que atender.

-Vaya y cuando vuelva ya tendrá la faena hecha.

-De acuerdo.

Cuando terminéis, cerráis, que se queda la casa sola.

-Descuide, deja su hogar en las mejores manos.

-Me gustaría a mí estar tan seguro.

-Con Dios, don Ramón.

-Servando, ¿y la faena?

-La terminas tú,

que yo voy a vigilar, y así aprendes.

-No debería andar chismorreando.

-Yo no cotilleo, simplemente

me encargo de que las cosas estén en su orden.

Arrea.

Aquí está el condenado presupuesto

que no hace más que fastidiar.

-Ah. ¿Cómo lo sabe, si apenas junta cuatro letras?

-Lo suficiente para conocer el sobre.

Huy,

aquí me huele algo a podrido.

-¡Ah!

Pues... yo me he lavado a conciencia esta mañana.

-No lo digo por ti,

lo digo por el nuevo presupuesto.

¡El sobre no es de la empresa de ascensores y lo sé

porque el cartero me ha dicho que no ha dejado ningún sobre como este.

-Tampoco va a recordar todas las misivas que entrega al día.

Esta la traería aquí.

-No, aquí hay algo raro y empiezo a rumiar...

Que este no sea el presupuesto y que todo esto sea una treta.

-No diga tontadas,

¿quién iba a cometer tal barbaridad?

-No lo sé, pero lo sospecho.

Lo tengo que confirmar.

-No remueva más el asunto.

Es Ud. quien más tiene que perder.

Gracias a que el presupuesto es alto,

Ud. puede vivir en la portería.

Ya estaba de patitas en la calle. Tenían que instalar el ascensor.

-Ya, pero lo que me molesta

es que me tomen por el pito del sereno, y creo...

que aquí está el quid del por qué vuelvo a vivir en la portería.

-No le sigo.

-Pues es más clarito que el agua.

Las muchachas del altillo

han sido capaces de falsificar el presupuesto

para que yo no esté con ellas.

Te veo muy nervioso, ¿qué te ocurre?

-No, no. Es solo que me sorprende

que las acuse tan alegremente, sin tener pruebas.

-No, no tengo pruebas,

pero...

descuida, que se me está ocurriendo una cosita

para que salgamos de dudas.

Les agradezco que me hayan acompañado.

¿Quieren tomar un tentempié?

Será mejor que la dejemos con su marido y Cayetana.

-Discúlpenos,

no tenemos muchos ánimos para celebraciones.

Lo sé.

Ni Ud. ni nadie.

Reciba nuestra más sincera enhorabuena.

-Espero que sea muy dichosa,

así lo parece.

Se lo agradezco,

pero sepan

que lo más alegre del día ha sido volverles a ver juntos.

Será mejor que me vaya.

Le deseo lo mejor, Teresa.

-Teresa,

le aseguro que sea como sea, descubriré qué le pasó a Mauro.

Es tarde para eso. No.

No lo es.

No cejaré en la búsqueda

de esa tal Elena Pérez.

Descubriremos si se quitó la vida

o fue víctima de esa mala mujer.

Asesinato o no, ya da igual. Eso no nos lo devolverá.

¿No quiere hacerle justicia?

Felipe,

admiro su determinación

pero...

hágame un favor:

no me tenga al tanto de sus pesquisas.

No quiero saber nada más ya.

Solo me importa una cosa.

¿El qué?

Que nunca más volveré a ver a Mauro.

Siga en su empeño solo.

Pero ya no cuente conmigo.

Es Ud. un gran hombre y sé que limpiará el nombre de Mauro.

No me cabe duda.

Lo intentaré, Teresa.

Espero que con el tiempo su corazón se cure.

Eso ya lo dudo más.

¡Celia!

¿Adónde vas tan seria?

-Pregunta mejor de dónde vengo,

de la boda de Teresa y Fernando.

-Por tu cara más parece que vienes de un funeral.

-Es que así lo parecía. La novia vestía de luto

y sin poder contener el llanto. -Ay, mujer, menuda estampa.

-Aún me sobrecoge recordarlo.

-Pobre Teresa.

Aunque yo tampoco vengo de un jolgorio, eh,

que vengo de casa de Rosina.

-¿Se sigue sin saber nada de Leonor? -Nada.

La familia tiene el corazón en un puño.

-Iré a visitarla en cuanto me sea posible.

Sí que abundan las buenas noticias. -Ay, y que lo digas.

Parece que nos ha mirado un tuerto.

Vamos a La Deliciosa, nos tomamos un chocolate

y me hablas de tu negocio a perder tanta pena.

¿Eh?

-Buena idea.

Vamos. -Espera,

¿qué hacen estos aquí?

Mujer, vamos.

¿Os ocurre algo?

Reunión de pastores, oveja muerta.

-Tan solo estaban despidiéndose de una servidora.

Marcho a mi nuevo empleo.

-Vamos a echarte de menos,

comadre. -Y yo a ti, Lolita.

Aunque no empezáramos con buen pie te quiero como a una hermana.

Ay, no estés triste, Casilda.

-Es que no lo puedo evitar.

Una es muy "sentía" y más con las despedidas.

-Cuida bien de esta mujer, que es oro en paño.

-Lo sé. Así lo haré.

-¿Y Servando? -Servando ha salido.

Sigue enfrascado con lo del ascensor.

-Este hombre no se rinde jamás. Me hubiese gustado despedirme de él

por mucho que me hiciera rabiar. -Lo haremos por ti.

-Te deseo lo mejor,

Huertas. -Agradecida, señora.

Se lo agradezco.

-Bueno,

a pesar de todo lo que sucedió,

que sepas que te guardamos un aprecio sincero.

-Y yo a ustedes, que son pan de Dios.

Cuiden bien del servicio.

Sus criadas algún día serán señoras como ustedes

y todo a base de su sudor y su esfuerzo.

-Hay que verte, Huertas,

genio y figura hasta la sepultura.

-Bueno,

será mejor que me marche.

Si sigo aquí me van a flojear

hasta las piernas.

No me olvidéis.

(SUSPIRA)

Felipe,

¿cómo se encuentra usted?

Le veo afectado.

-(SUSPIRA)

No tengo motivos para sonreír, amigo.

-Al final acudió a la boda entre Teresa y Fernando

y le entristeció encontrarse con su esposa allí.

-Así es.

Pero no es eso lo que me tortura.

-Y entonces ¿qué es?

-(SUSPIRA)

Ayer estuve hablando con mi esposa largo y tendido.

Le pedí que fuera sincera conmigo.

-¿Y no lo fue?

-Al contrario.

Lo que me duele es que me dio capricho.

-A veces la verdad puede resultar dolorosa.

-Esta vez ha dolido como cuchillos.

Mi esposa me confesó que...

que estuvo enamorada de otro hombre.

-¿Su esposa?

(TARTAMUDEA) Pero eso no puede ser cierto.

-Para mí desgracia sí que lo es.

Me merezco con creces esta traición.

-Pero eso no justifica su comportamiento.

Usted asumió toda la culpa en la ruptura y, al parecer,

ella tampoco ha cumplido.

-No lo sé.

Sé que la he perdido para siempre.

-Al parecer ya no queda más remedio.

-Me niego a aceptarlo.

Estoy dispuesto a empezar desde cero.

No voy a aceptar la nulidad sin presentar batalla.

-Me temo que esa guerra la tiene usted ya bastante perdida.

-Quizá no.

Si lucho hasta el final se dará cuenta de lo que me importa

y cambie de parecer.

-Yo no quiero desanimarle, pero le ha dado bastantes muestras

de arrepentimiento y no ha logrado nada.

-(SUSPIRA)

-Hay una manera de detenerlo todo:

haciendo pública su confesión.

El tribunal no seguirá con su petición

si se conoce su adulterio. -¿Sería usted capaz

de desenmascararla ante todos?

¿Sería capaz de asumir la vergüenza pública

que eso conllevaría?

-Sí.

Recuperaría mis derechos como esposo y no la perdería.

-¿Y a qué precio, querido amigo?

Además, ¿cómo podría usted demostrar

que sus acusaciones son ciertas?

Sería su palabra contra la de ella.

-Hay que dar con ese hombre del que Celia ni me dijo su nombre.

-No va a resultar tarea sencilla, y más ahora

que ya no están juntos.

-Eso es lo que dijo. Pero quizá miente.

Quizá la razón sea anular nuestro matrimonio

para seguir adelante con él sin esconderse.

-No me parece una idea descabellada, pero, de ser así,

Celia se cuidará muy mucho de que usted pueda verles juntos.

-Celia sí,

aunque mi suegra no creo que guarde tantas precauciones.

Dudo que no sepa nada. Últimamente están muy unidas.

-¿Pretende que doña Consuelo

le conduzca a usted ante el amante de su hija?

-Así es.

Esa es mi intención.

La seguiré con esa esperanza.

Últimamente está entrando y saliendo de una forma misteriosa.

No me extrañaría que Celia lo utilizara como tapadera.

-La verdad es que el comportamiento de doña Consuelo

está resultando un tanto peculiar.

No acudió a la reunión de propietarios

y luego se excusó diciendo que no se encontraba bien

cuando tiene buena salud.

-(SUSPIRA) Ay.

-En fin, querido amigo, tengo que dejarle.

Espero que pueda usted proseguir con sus pesquisas

y solventar pronto este embrollo.

García, ¿qué hace usted aquí?

¿Ha pasado algo?

Dios mío, Leonor.

(SUSPIRA) Ah.

(RÍEN)

Lamento que tan solo pueda ofrecerte para cenar algo de fruta.

Descuida.

Viniendo de tu mano ni el mejor banquete sabría mejor.

Y entre bocado y bocado...

tendrás mis besos. Entonces, sin duda,

estoy en el paraíso.

Así es.

Esta modesta habitación es nuestro jardín del edén particular.

(Puerta)

Poco han tardado en descubrirnos.

Templa, será el posadero, le he mandado llamar.

¿Por qué motivo?

Ahora mismo lo verás.

Ocúltate.

Ha cumplido con mi encargo.

Será premiado con generosidad.

No, no. Yo lo pondré en la habitación.

¿Un gramófono?

Así es, pero en lugar de asombrarte,

podrías ayudarme a cargarlo. Pesa como un demonio.

Y no es mi única sorpresa.

Huy.

Te temo cuando me miras así.

¿Qué más me aguarda

aparte de la música? No seas impaciente.

Pronto lo sabrás.

Retira las sillas.

No te vayas muy lejos.

(Puerta)

Adelante.

-¿Me ha mandado llamar, Felipe?

-Pase, por favor, y siéntese.

-¿Ha ocurrido algo?

-Es posible.

He decidido comunicárselas a usted primero antes que a Pablo o a Rosina.

He comprobado la tensión que existe.

-Solo un ciego no lo hubiera visto. ¿Entonces hay

novedades sobre Leonor?

-Usted está mucho más sereno. -No sé si ha hecho bien.

Quiero decir que si hubiera buenas nuevas

quizá ayudara a que limaran asperezas

suegra y yerno.

Veo que las noticias no son muy halagüeñas.

¿No es así? -Eso me temo.

Liberto.

Nos han llegado noticias de que una mujer

que viajaba sola fue asaltada por unos bandoleros en Córdoba.

-Ya.

Y creen que podría ser Leonor.

-Las fechas del asalto

y la descripción de la víctima coinciden.

Liberto,

todo apunta a que Leonor...

perdió la vida

en ese asalto.

De momento tenemos que ser discretos

hasta poder confirmarlo.

¿Un cigarro?

-Gracias.

Descuide, don Felipe, no diré palabra.

Pobre Leonor.

Si se confirma que es la víctima,

Rosina y Pablo no superarán jamás

esa pérdida.

¿Te encuentras bien, Elvira?

Estás tardando...

demasiado.

¡Paciencia! Roma no se construyó en un día.

¿Qué te parece?

Pues que ha valido la pena la espera.

Ni Roma resulta tan bella.

No entiendo por qué te has puesto estas ropas.

Son las apropiadas

para bailar el bolero español.

"(Música)"

¿Me concede este baile? ¿Qué? No.

No soy muy ducho en estos menesteres, Elvira.

Pierde cuidado, lo sufriré sin queja.

No. No temas, con un par de lecciones

bailarás a las mil maravillas.

Permíteme que lo dude.

No te conocía tales habilidades.

Llevo bailando desde que apenas levantaba un palmo del suelo.

Mi madre me enseñó.

Pues era una buena maestra.

La mejor.

Trabajó como bailarina antes de que mi padre la retirara.

El bolero español era su especialidad

y su debilidad.

Entonces debió costarle dejar de bailarlo.

En realidad, nunca lo abandonó.

Aprovechaba cualquier ocasión para practicarlo.

No veo a tu padre

bailándolo con ella, la verdad.

Yo tampoco.

Ella lo bailaba conmigo.

Siempre a espaldas de mi padre.

Y odiaba que lo hiciéramos.

Eso ya me parece más propio de él.

Tu madre era muy importante para ti,

¿no?

Sí.

Sigue viva en mi corazón

y en mis recuerdos.

Lo siento.

Lo siento, Elvira, no...

No creas que no amo a mi padre,

pero no es lo mismo.

Él es un hombre y es mucho más recto

y frío.

Echo de menos el calor

que me brindaba.

Su mano afectiva siempre dispuesta.

Todo el amor que solo da una madre.

Te entiendo.

¿Qué te ocurre?

Tus ojos se han llenado de lágrimas.

No es nada, que no me gusta verte triste.

Pero no creas que tus besos van a salvarte de tus clases de baile.

Por favor,

no. Sigue mis pasos.

Está bien.

Está bien.

Ojalá estuvieras aquí ayudándome a educar a nuestra hija.

¡Ya va!

Doña Susana, ¿qué ocurre?

-¿Puedo pasar?

-Sí, pase.

Sentémonos.

-Parece usted... extrañado por mi visita.

-No podría ser de otra forma.

Después de lo ocurrido con Liberto, no nos queda mucho que tratar.

-Se equivoca.

debemos hablar de un asunto de la mayor enjundia.

Dispongo del tiempo que necesite, estoy solo en casa.

Mi hija

ha salido de viaje. -Lo sé.

Es de ella de quien deseo hablarle.

-De Elvira. -Sí.

Créame

que lo que he de decirle

le resultará del mayor interés.

Me ha dado pena ver partir a Huertas.

-No te ondula... Y a una servidora también.

No sé cómo me he aguantado el llanto.

¿Quién me iba a decir a mí

que la iba a echar de menos?

-Esperemos que sea para mejor. Ojalá sea dichosa.

-Así lo espero.

Aquí la recordaremos siempre.

La zagala ha "sabío" dejar huella.

"Mu" "afanao" te veo. ¿No ha "venío" Servando?

-No.

Tiene la virtud de desaparecer

cuando hay que dar el callo.

-Y hablando de "to" un poco, ¿qué nos querías contar de él?

-Que está con la mosca detrás de la oreja

con el tema del dichoso presupuesto.

-¿Crees que sospecha algo?

-No es que sospeche,

es que sé que me habéis dado gato por liebre.

Habéis falsificado la factura. -Dios me libre.

-De mí no te va a librar ni Dios ni todos los santos.

Vengo de hablar con los de los ascensores

y ellos no han "enviao" el presupuesto.

-¿Y entonces quién?

-No me tomes por tonto.

-¿Ocurre algo?

-Ya lo creo que ocurre, don Ramón.

Se creen que nos hemos caído de un guindo.

Han falsificado el presupuesto.

-¿Qué me estás diciendo,

Servando? -Lo que oye. Si no me cree,

vaya usted y se lo pregunta.

-Esto no va a quedar así.

No me gusta que me hagan perder el tiempo.

¿Quién ha sido? Me las van a pagar.

-Bueno, pues eso

todavía no puede saberse. Es práctica habitual

entre las empresas fastidiarse. -Qué locura.

No sé dónde vamos a llegar. -De momento, usted debería ir

a hablar con ellos no sea que se nos estropee esto.

-Pocas ganas me queda. Me estoy empezando

a cansar del tema.

En fin, supongo que lleva razón, sí.

No sería justo que le saliera bien a la competencia.

Con Dios.

-Con Dios. Con Dios, don Ramón.

-Yo casi mejor

me voy a hacer la compra. -Sí, yo te acompaño,

no cargues en demasía. -¡De aquí no se va nadie

hasta que no me digáis

el nombre de vuestros compis! ¡Os caerá la del pulpo!

-Vámonos.

-¿Y esto?

Pero...

Querido, por fin apareces, te estaba esperando.

Pareces preocupado. ¿Ha ocurrido algo?

-No.

No, nada, Rosina, no ha ocurrido nada.

Tan solo estoy algo fatigado, nada más.

Sin embargo, tú estás más animada. -Así es.

Esta mañana han venido a visitarme Susana, Trini y María Luisa,

para confortarme.

-Y han conseguido su propósito. -Así es.

Al menos en parte.

La verdad es que es alentador

recibir el apoyo de mis amigas. Mis jaquecas

han remitido.

-Celebro que hayan venido tus amigas.

Desconocía sus intenciones.

-¿Seguro que es así?

Algo me dice que alguien que me quiere bien les ha dado la idea.

¿Hay alguna novedad sobre mi hija?

-¿Sobre Leonor?

-No. Ninguna. He estado en la comisaría

y en el consulado y no saben nada.

-Dios quiera que pronto tengamos noticias.

Hoy me siento optimista.

Tengo el presentimiento de que pronto darán con su paradero

y volveré a abrazarla.

Voy a darme un baño.

A ver si esta jaqueca desaparece por completo.

¿Está usted bien, señor?

Si ha "perdío" la color

y "to".

-No me ocurre nada, no te inquietes.

-Pues si da pena verlo...

No me diga más.

Usted sabe algo nuevo sobre doña Leonor

y no es "na" bueno por su cara.

"Ande", dígamelo, que me tiene en vilo.

-Ay, Casilda,...

no debería contarte nada, pero preciso compartir tanta pena.

Efectivamente,

he tenido noticias, pero don Felipe me ha pedido cautela.

Es mejor que Rosina y Pablo no sepan nada para que no sufran

antes de tener certeza.

-¿Certeza de qué?

-De que a Leonor la han matado unos criminales en Córdoba,

tal y como se sospecha.

-¡Dios nos asista! ¿Que podría estar muerta?

Pasad, os lo ruego.

Pensé que estaríais mejor en mi alcoba

y he mandado prepararlo todo para vosotros.

No deberías haberte tomado tantas molestias.

¿Cómo que no?

Es vuestra noche nupcial: debe ser inolvidable.

Se lo agradezco, Cayetana. Es todo un detalle.

Intentad aislaros del mundo y de los problemas.

No olvidaréis esta noche

mientras viváis y no debéis desperdiciarla.

Haz un esfuerzo: tu dicha depende de ello.

Bueno, os dejo solos.

Hoy más que nunca, dos son compañía, y tres son multitud.

Al menos brindemos. Que el esfuerzo de Cayetana no sea en vano.

(JADEA)

(JADEA)

(JADEA)

-¡Consuelo!

¡Por fin la encuentro! La buscaba.

Quería ponerla al día sobre lo del ascensor.

Como no acudió a la reunión

de propietarios... -Me resultó imposible.

¿Ha sucedido algo nuevo? -¡Sí! Que este asunto

se está volviendo un auténtico quebradero de cabeza.

¡Nos pasaron un nuevo presupuesto desmesurado!

-Entonces habrá que rechazarlo.

-Eso hice, bajo mi cuenta y riesgo. Estaba decidido a cancelar

la instalación, pero hay novedades.

Según Servando, una empresa de la competencia falseó el presupuesto.

Deberíamos volver a reunirnos para solventar este embrollo

y tomar una resolución.

-¡Sí! ¡Sí, claro!

En otro momento, Ramón.

-Está usted pálida. ¿Se encuentra bien?

-Sí, muy bien. Un poco fatigada, quizá...

Me he excedido esta mañana en mis ejercicios.

-En ese caso, no la molesto más. Vaya a casa y descanse.

-Buenas noches.

-Buenas noches.

¡Felipe!

Acabo de encontrarme a su suegra.

-Lo sé.

Los estaba observando.

-Me ha parecido que a Consuelo le ocurría algo.

Estaba como sin color y distraída, débil.

Y, ahora que le veo, tampoco parece tener usted mucho mejor aspecto.

-(SUSPIRA)

-¡No me diga más!

¡Le ha descubierto persiguiéndole y han discutido fuertemente!

-No.

Le aseguro que no ha sido así.

Mi pena es

por algo peor que una discusión.

Brindemos por nuestro futuro.

Por todo por lo que nos depara nuestra vida juntos.

Sé que estos días no han sido fáciles.

Pero quiero que sepas que me siento aún más unido a ti.

Me gustaría ser como ellos.

Besándonos una y otra vez.

"Para siempre".

"Pues ese deseo te lo puedo conceder".

¿Estás bien, Teresa?

Sí, no te preocupes.

Teresa...

¡Fernando...,

perdóname!

No.

No debes disculparte.

Quizá he sido poco considerado.

Al contrario.

Es culpa mía.

Me he comportado como una desagradecida.

Querría quedarme a solas

unos segundos.

¿Te importaría salir?

Enseguida estaré bien, te lo aseguro.

(Portazo)

(SUSPIRA)

(SOLLOZA)

¿¡Consuelo está enferma!?

-Y muy grave.

-Pero ¿está usted seguro?

-Ojalá me equivocara.

Pero no es así.

(SUSPIRA) Al salir de la comisaría, vi a mi suegra en la calle.

La seguí con el anhelo de que me llevara hasta el amante de Celia.

-Según parece, no fue así.

-La vi entrar en un portal.

Desde la ventana de un piso, la vi hablar con un hombre minutos después.

-¿Y qué más sucedió?

-Al rato la vi salir del edificio. Sumamente afectada.

-Sí, así me la acabo de encontrar.

-Pensaba que al fin había dado con el paradero del amante de Celia,

que ese con el que Consuelo hablaba era el hombre que me ocultaban.

-¡No me diga más! ¡Y entonces usted subió a verle!

-(SUSPIRA) Estaba decidido a desenmascararle.

Don Ramón..., no atisba a imaginar mi sorpresa cuando descubrí mi error.

Ese hombre era un médico al que Consuelo llevaba tiempo visitando.

-¿Pudo averiguar el motivo?

-Tras muchos esfuerzos...,

logré sonsacarle la razón de sus visitas.

Consuelo padece... diabetes sacarina en un estado muy avanzado.

-¡Eso no puede ser cierto!

-Ojalá me equivocara.

La pobre se encuentra a las puertas de la muerte.

(SUSPIRA)

Señora...

¿Qué hace a estas horas por la calle?

Nada que resulte de tu incumbencia.

Disculpe, pero me había extrañado un tanto.

Me preocupaba que algo malo hubiera pasado.

Aun así, no es motivo para semejantes confianzas.

Ya te dije que me trataras solo lo estrictamente necesario.

¿Lo has olvidado?

No. Nunca podré hacerlo.

Bien.

Pero, bueno, ya que te interesas...

y que me importunas, te tranquilizaré.

No ha pasado nada: he salido para dejar solos a los recién casados.

Dígame,

¿cómo está la señorita Teresa? En la ceremonia la vi muy "afectá".

Te dan la mano

y coges el brazo. ¿Vamos a La Deliciosa a charlar amigablemente?

Nunca has tenido muchas luces, pero esto es pasarse.

¿Qué parte no entiendes? ¡Entre tú y yo no hay relación ni afecto!

¡Ni "na" de "na"!

Exactamente. Saliste de mi vida para no volver. Métetelo en la cabeza ya.

¡No permitiré que me dejes al margen

de la señorita Teresa! ¡Me preocuparé por ella mientras viva!

¡Ahora soy yo quien cuida de Teresa!

Yo me preocupo de su bienestar y tú no tienes nada que ver con ella.

(Puerta)

¿Puedo pasar?

Sí.

Te lo ruego.

¿Te encuentras mejor?

¡Lo siento! ¡No tienes que disculparte!

Creo que será mejor...

que te deje a solas y vuelva cuando ya estés dormida.

Pero hoy es nuestra noche de bodas. Pero no estás preparada

para estar conmigo.

Y no deseo obligarte.

Teresa, la primera noche que nos amemos,

no quiero que sea por obligación.

Ese día tendrás que desearlo tanto como yo lo hago.

Te lo agradezco, Fernando.

Eres muy bueno conmigo.

Ahora descansa.

Mañana será otro día.

¿Y esta nota?

(LEE) "¿Quieres saber qué ocurrió con Mauro? Yo te lo puedo contar".

"Te espero en la calle de Misericordia

a las doce".

(Puerta)

Fernando, ¿qué hace ahí?

Buenas noches, Cayetana.

¿Va todo bien? ¿Ha ocurrido algo?

Descuide, no pasa nada.

Fernando, está usted entre amigos.

Puede hablar sin miedo.

Ya sabe el aprecio que les guardo a los dos,

tanto a Teresa como a usted.

Lo sé.

¿Entonces?

Comparta su pena conmigo.

No sé qué me resulta más doloroso,

el estado tan triste en el que se encuentra inmersa mi esposa,

o la confirmación de que ya es incapaz de verme

como su marido.

Su esposo es y no otra cosa...

ante los ojos de Dios y ante los de los hombres.

Solo tengo ojos para ella.

Le aseguro que he tratado

de mantenerme entero,

de no desfallecer y permanecer a su lado.

Teresa se lo agradece.

Su agradecimiento empieza a no resultarme suficiente.

Ahora, en esta noche tan especial, viéndome aquí,

solo,

no puedo evitar empezar a dudar.

Y es que he cometido el mayor error de mi vida al casarme con Teresa.

No.

No diga eso, Fernando.

Porque usted no está solo.

Yo estoy aquí, a su lado.

Sé por lo que está pasando.

Yo también viví un matrimonio sin amor.

Y sé que ninguna daga hiere más que sentir el rechazo

de la persona amada. Pero le pido paciencia,

en su caso, aún hay esperanza para la dicha.

Dele tiempo a Teresa.

Acaba de sufrir un duro revés.

Lo sé.

Pero no parece dispuesta a superarlo.

Lo hará...

con la ayuda de su marido y con la mía.

Va a dejar atrás el pasado

y se va a convertir en la esposa que usted anhela.

Gracias, Cayetana.

Las palabras me sirven de consuelo.

No hace falta que me lo agradezca.

Siempre que lo precise,

puede contar con mi amistad...

y con mi cariño.

Usted sabe de qué forma puede ayudarme:

intercediendo por mí ante mi esposa.

Le haría un favor. ¿Va a estar mejor sola que conmigo?

-Mire, don Felipe, no sé si a la larga lo estaría.

La veo más entusiasmada de lo que le había visto en la vida.

El negocio la tiene arrebatada. -Usted sabe

que no es eso.

Es por ese hombre. -¿Cómo?

¿De qué hombre habla? -No se haga la tonta.

Lo sabe, mi esposa me lo contó.

¿Se siguen viendo?

-Don Felipe,

yo le tengo mucho aprecio, usted es amigo de mi esposo,

un vecino ejemplar

y un abogado que ayuda a cualquiera que lo necesite.

¿Por qué no avanza? "Vengo derrengada".

"He viajado toda la noche".

Ahora irás a descansar, antes quiero hablar contigo.

-Buenos días, señor.

Dejo el equipaje, y le sirvo el desayuno.

Después, Gayarre, no tenga prisa. Hágame las cuentas del viaje.

-Perfecto. Llevo apuntado hasta el último céntimo de gasto.

-He recibido la visita de doña Susana.

"Estoy segura"

de que el día menos pensado aparece Leonor.

Apuesto a que la primera en verla seré yo, a través

del escaparate.

Daremos saltos de alegría. -Dios te oiga.

Hemos rezado tanto.

No puedo ni pensar que el Señor no nos haya escuchado.

"Pedid y se os dará".

Don Felipe. -Don Liberto.

Vengo de comisaría. Hay novedades.

-¿Buenas? -No lo sabemos todavía.

Nos han mandado el equipaje

de la mujer muerta en Córdoba,

no hay documentos, pero sí fotografías.

Espero que no se trate de Leonor. -Informaré a Pablo y a Rosina.

¿Vemos el terreno?

Tengo una idea, a lo mejor te parece una locura.

¿Y si mandamos hacer una pileta?

¿Cómo se les llama ahora? Piscinas.

¿Te imaginas tener una,

para que se bañen nuestros niños?

Orará por Teresa... Así es, lo necesita.

La muerte de Mauro

la va a volver loca.

Aún recuerdo lo mal que lo pasé con el fallecimiento de Ponce;

pesadillas, llantos, desgana.

Fernando debe ayudarla mucho.

Pondremos unas velas a San Judas Tadeo.

Ese es el patrón de las embarazadas.

¿Desea usted que Teresa se quede en cinta?

¿Acaso no es lo normal en una recién casada?

Primero, me acusan del asesinato de mi madre.

Yo no soy capaz de hacer ver que no soy el asesino.

Después, huyo con mi esposa,

de la cual me separé, cuando jamás debimos separarnos.

Y, ahora, regreso a Acacias solo.

¡Son muchas cosas! -Pocas opciones tuviste en todo ello.

No debes flagelarte.

No es cierto que no se haya avanzado

en la localización de Leonor.

"Teresa está desganada".

Haga que vuelva a abrirse, que vuelva a levantarse

con ganas de comerse el mundo. Le aseguro

de que no sé cómo hacerlo.

Con paciencia y constancia.

Propóngale dar un paseo, leer un libro...

Tiene razón, doña Cayetana. Lo intentaré.

Y recuerde que yo siempre estaré a su lado.

Siempre que me necesite.

  • Capítulo 470

Acacias 38 - Capítulo 470

08 mar 2017

En la noche de bodas, Teresa le pide tiempo para entregarse a él y Fernando la respeta. Fernando se siente derrumbado y Cayetana le consuela. Servando sospecha que las chicas del altillo han falsificado el presupuesto del ascensor y destapa el fraude ante Ramón. Felipe promete a Teresa que averiguará los motivos reales de la muerte de Mauro. Teresa le ruega que haga justicia, pero se mantiene al margen.

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