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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 467 - ver ahora
Transcripción completa

¿Pablo?

¡Que es Pablo, Martín!

¡Ay, Pablo, qué alegría volver a verte!

Estás por fin con nosotros.

¿Dónde está Leonor?

¿No ha vuelto? "Me gustaría"

que se quedaran a vivir en esta casa mientras construyen la suya.

Claro que acepto tu invitación, pero...

no queremos ser una incomodidad para ti.

¿Una incomodidad?

Nunca podríais serlo.

Además, tú eres mi gran apoyo.

"La policía buscaba a un matrimonio".

Y a Leonor le pareció buena idea que nos separáramos.

Habíamos quedado en encontrarnos en Málaga

en el muelle desde donde partía nuestro barco a Marruecos.

Llegué de milagro, corrí de un lado a otro.

No la encontré.

-"Toma, es para Huertas".

Dile que ahí le pueden dar trabajo.

No le digas que te la he dado yo.

"Es de la tía Bárbara". "¿Qué se le ofrece?".

Se va a vivir fuera de España y quiere que vaya a visitarla.

Le contestas con una carta educada

y le dices que no. Padre.

Es mi tía, quiero ir a verla.

¡Ya te he dicho que no!

-"¿Y la patente?".

-¿Para qué la quieres?

-Imagínate que se muere.

-Si te la da, no le necesitas para nada.

-Que la depositen en un notario y que me la den si mi socio muere.

¿Te gusta? Muy bonito.

Dime para quién es.

Ya lo sabes.

Para mi amor secreto.

Ha aparecido un cadáver en las vías del puente.

Hay que retirar el cuerpo para reanudar el servicio.

¿Para qué trae la maleta? -Para mudarme aquí.

Órdenes de don Ramón.

Van a poner el mecanismo del ascensor.

-"Han encontrado la chaqueta".

-Un momento.

Esta cartera es igual que la de...

-La cédula de Mauro San Emeterio.

-"Se trata de Mauro".

¿Qué ocurre?

Ha muerto.

No es cierto, no puede ser.

Sé que no es fácil, Teresa.

A mí me ha dolido tanto como a usted.

Pero debemos aceptar los hechos. ¿Hechos?

¿Qué hechos?

¡Ayer mismo quedé con Mauro, no puede ser, no puede estar muerto!

-Contente, Teresa, por favor.

¿Qué ocurre?

Teresa. (LLORA)

¿Qué ha pasado?

Don Felipe acaba de informarnos de que ha muerto Mauro San Emeterio.

¿Cómo ha ocurrido?

No nos lo ha dicho.

¿Cómo ha muerto el comisario?

-No creo que sea el momento de...

Las penas es mejor vivirlas de frente y no poco a poco.

¿Cómo ha ocurrido?

Han encontrado sus restos.

Al parecer, fue arrollado por el tren.

Extrañas circunstancias. ¿Y qué hacía en los arrabales?

No lo sabemos.

Ni siquiera hemos podido identifi...

(SUSPIRA)

Lo hemos identificado gracias a su cédula

y a sus ropas.

Esto no es un accidente. Tiene que haber un responsable.

Solo se han hecho las más elementales pesquisas.

Todo apunta a que estaba solo.

No hay pruebas de que hubiese nadie más.

En la comisaría, se especula que...

podría haberse quitado la vida.

Teresa.

Llévela a la alcoba. Enseguida voy.

-Teresa.

(Pasos)

¡Pero si no has catado la cena, perillán!

¿No te quedaste con lo que dijo el médico?

Tienes una flojera que solo se recompone zampando.

-¿Cómo está Rosina?

-La he dejado en la alcoba. Tiene un dolor de mollera

que no se le quita ni a tiros.

¿Qué le pasa a la cena, no te gusta?

Si quieres, te hago otra cosa.

¿Un par de huevos fritos con patatas a lo pobre?

-¿Cómo va eso, Pablo?

-Anda, Martín, hazme un favor.

Trae una botella de vino.

A ver si el tintorro le da ganas de comer.

-No, déjalo, Martín, gracias.

No hace falta el vino.

Si no tengo hambre.

-Eso se come sin hambre, camarada.

No puedes dejarte llevar así.

-Me es imposible evitarlo.

No dejo de pensar que mientras yo estoy tratado a cuerpo de rey,

vete a saber dónde anda Leonor.

-Volverá, Pablo.

¿No has vuelto tú? Leonor es doña redaños.

-Nunca debí separarme de ella.

-¿No decías que si os quedabais juntos, os iban a pillar?

-Hubiera aceptado las consecuencias, pero con ella.

No pensé en los peligros.

En los caminos del sur, abundan.

-Hay bandoleros. -Así es.

Fui un imbécil dejando que Leonor siguiera sola, un insensato.

-Que no, hombre.

No quería ponerte en riesgo.

Así lo pensasteis y así lo hicisteis.

Y no hay mala sangre que valga.

-Lo que ya no hay es vuelta atrás.

-Según como yo lo veo,

de nada sirve lamentarse.

Puedes hacerlo, pero poco conseguirás.

Más valdría que recobraras fuerzas

y si hay que salir a buscarla, sales.

Pero no débil y decaído,

sino con fuerzas y con la andorga llena.

Es mi opinión, claro.

-"Pa" chasco que sí, Martín.

Tienes toda la razón.

Venga, Pablico.

No es la primera vez que luchas por este amor.

¿Eh?

Sigue buscándola como Dios manda y la vas a encontrar.

Venga.

Come, que tienes que coger fuerzas.

Me han dicho los guardias

que ha estado usted trabajando toda la noche.

-Revisando la documentación y las pruebas del atropello.

Buscando algún indicio que nos permita pensar que...

que Mauro no era ese cadáver.

-No se obceque en imposibles.

Las pruebas son incontestables.

Hemos perdido a un compañero, a un amigo.

Dios lo tenga en su gloria.

Váyase a casa y guarde el luto debido.

Es todo lo que podemos hacer.

-No tengo casa, comisario.

Estaré mejor aquí.

Márchese a casa con su familia. Ellos le darán consuelo.

-Ellos y el Señor, sí.

Venía a despedirme.

Nos veremos en el entierro.

-¿Se marchará usted después? -Sí.

Con más determinación que nunca. Desgracias como estas

me han hecho decidirme a renunciar. Este trabajo cansa.

He visto morir a demasiados hombres buenos.

-Le acompaño en el sentimiento.

-Lo mismo digo.

Es triste despedirse

justo en el entierro del que fuera tu subordinado.

EL mejor que he tenido a mi mando. Con sus cosas, claro.

Pero el mejor.

No le olvidaré jamás.

-Todos los que le conocíamos

le tendremos siempre en la memoria.

-¿Va a estar usted en el caso?

-Por supuesto. No podía ser de otra manera,

Tengo que cerrar la documentación por el recuerdo de Mauro.

Él habría hecho lo mismo.

-Sea valiente, letrado.

La herida no se curará en un día.

Señora, dice su señora madre que hoy desayuna usted sola.

¡Huy, doña Celia!

¿Qué se ha hecho en los pelos?

-Puedes llevarte el té, ya he terminado.

-Como usted diga.

Una no es quién para averiguar lo que no se quiere averiguado.

El altillo anda revolucionado

con tanto sucedido en tan poco tiempo.

Primero, aparece Pablo sin la señora Leonor.

Y después, la desgracia del pobre don Mauro.

-¿Tú has visto a Felipe?

-Sí.

Me lo crucé ayer, cuando le daba la noticia a Teresa.

-¿Y cómo está?

-Yo no diría que bien.

Más bien, diría que mal, destrozado. Se le veía deshecho.

Me recordaba a un penitente de Cabrahígo,

que al ir... -Sí, era su mejor amigo.

Su confidente.

Y tan de "estampía" que ha sucedido el hecho.

Tan de repente, quiero decir.

Que a don Felipe se le veía como si no se lo creyera "entoavía".

-Tendré que ir a visitar a Teresa.

Aunque haya rehecho su vida, Mauro era muy importante para ella.

-Pues aplíquese el cuento.

-¿Qué quieres decir?

-Ya sé que una no es quién para meterse donde nadie la ha llamado.

Pero señora, aunque usted haya rehecho su vida,

don Felipe necesita a alguien

para pasar la pena. -No estaría bien que yo...

-Señora, que solo la tiene a usted.

-Supongo que estaréis hablando

del infortunado comisario San Emeterio.

¿Se sabe ya cómo se produjo el óbito? -No.

Lolita, cuando puedas, prepárame un vestido oscuro.

Tienes razón, iré a ver a Felipe.

Teresa tiene a Fernando y a Cayetana.

Pero Felipe está solo.

Teresa.

Imagino cómo te sientes.

Pero debes pensar en ti misma.

No debes dejarte llevar por el desánimo.

Al menos, desayuna.

Desde ayer, no has probado bocado.

Sé lo importante que ha sido Mauro para ti.

Lo unida que estuviste a él.

Y lo mucho que pasasteis juntos.

No creas que son quejas lo que profiero.

Te quiero así, Teresa.

Con tu pasado.

De hecho, tu pasado ha hecho

que te quiera como eres.

Lo que quiero decir con tanta palabra

es que des rienda suelta a tu dolor, Teresa.

Llora.

Llora por Mauro.

Yo no me sentiré postergado

ni me voy a ofender.

Llora.

Pero no hundas cuchillos en tu interior.

Cuchillos tan profundos

que quizá jamás puedas volver a sacar.

Tu conciencia se empeña en culparse por lo que haya podido hacer Mauro.

No tienes ninguna culpa.

No has hecho nada.

Si tomó una mala decisión, no es responsabilidad tuya.

¿Qué puedo hacer por ti, querida?

Haría lo que fuera para que te sintieras mejor.

Déjame ayudarte, Teresa.

Déjame quererte.

Flores.

¿Cómo?

Encarga a Fabiana las flores más hermosas.

Claro que sí.

Yo mismo te las traeré.

No son para mí.

Dile que haga una corona.

Quiero ponerlas sobre su tumba.

¿Crees que estás en condiciones de asistir al sepelio?

Tengo que hacerlo.

Iré al entierro.

Está bien.

Voy a comprar esa corona.

¿Por qué lo has hecho?

¿Por qué te has marchado?

Dios mío.

Dime que es una pesadilla.

Dime que estás vivo,

que es solo una pesadilla.

"Dios santo y Virgencita mía".

No dejo de cavilar en cómo estará la señorita Teresa.

Una cosa es que el comisario se hubiera ido a otro destino,

aunque no lo viera más en la vida, pero sería otra cosa.

-También mi señora estaba muy dolida.

Por no hablar de don Felipe, que lo vi ayer y estaba

como santo en pena.

-¿Es verdad que fue el comisario el que se tiró al tren?

-Sí, eso dicen.

Que él mismo se echó a las vías.

-Pues ya lo tenía que estar pasando mal el hombre.

Uno aguanta todo lo que le echen a la espalda hasta que deja de aguantar.

¿Y cuando deja de aguantar, qué pasa?

Que la salida es el acabose o el trance final.

-No le quito razón a Lolita y sí que es verdad que hay veces,

que una no aguanta.

Pero sigue siendo pecado.

Y bien gordo.

-Los curas dicen que si te matas, te condenas.

Que te vas al infierno con Pedro Botero.

-Con la calor que tiene que hacer ahí abajo.

-Y supongo que tendrán razón.

Pero el mayor pecado no es quitarse de en medio,

sino el egoísmo de no pensar en quienes dejamos aquí.

Ellos son los que se llevan la peor parte.

Y a los que de verdad hacemos daño.

-"Pa" chasco que sí, señora Fabiana.

Cuando pienso en lo mal que lo pasaría mi Martín,

se me engrandecen las espaldas para aguantar carros y carretas.

-No le quito razón,

pero hay gente que no deja a nadie. -Os voy a llevar a mi pueblo.

Por si le falta angustia a las plañideras.

-Bueno, yo marcho.

Me llegarán encargos de ramos y coronas para el entierro.

-Si queréis que os diga la verdad, yo me siento egoísta.

-¿Y tú por qué motivo?

No tienes razón para que te pasen malas ideas por la cabeza.

Jamás le harías eso a Martín.

-No es por quitarme la vida.

No puedo evitar pensar que con la muerte de don Mauro,

la policía se va a quedar más "pará" que un coche de caballos sin jacos.

Y precisamente ahora, que Pablo necesita que busquen a Leonor.

-Qué rebuscada eres para encontrarte defectos.

-Ya te digo yo...

Todo un hallazgo.

Tenías que haber visto a doña Celia

con la mata de pelo colorada. Bien guapa estaba.

Ya se me había ocurrido a mí hace años

teñirles el pelo a todas las doñas,

pero se me pasó el entusiasmo, que si no, a estas horas,

yo ya era rico. -Perdonad.

No deberíamos hablar de naderías cuando hay

un difunto en el barrio.

-Tampoco debemos dejarnos llevar por la pena.

La charla boba viene bien para despejar de aflicciones la cabeza.

-Y para saber cuáles son las cosas importantes y las que no.

¿Bajas, Huertas?

-Sí, ya me iba.

-Huertas.

Te voy a echar en falta cuando encuentres trabajo fuera de Acacias.

-Pues no sufras, porque no saltará esa liebre.

Anda que no hay gente llegando de los campos para trabajar.

Va para largo.

-¡"Recontre", que se me había olvidado!

Que tengo aquí bien custodiadas unas señas

donde contratan a chicas. -¿De chacha?

-Secretaría en una fábrica textil en Onteniente.

Está pasando unos días en la ciudad.

Como tú sabes leer y escribir y las cuatro reglas...

-¿Y cómo te ha llegado noticia de este empleo?

-¡Anda, la osa! Porque hay gente de Cabrahígo por todos los lados.

Y porque de vez en cuando, nos echamos una mano cuando se tercia.

-Gracias.

Lástima que a un joven tan valiente

le hayan encontrado en un lugar tan poco noble como las vías del tren.

Se portó como un jabato cuando nos secuestraron.

No me extraña que le hubieran ascendido a comisario.

En fin, descanse en paz.

Ya que no me permite viajar a Zamora para ver a mi tía Bárbara,

le escribiré una carta de adiós.

Una idea excelente. Así te ejercitas en el género epistolar.

Aunque con la edad que tiene la pobre,

no creo que podamos intercambiar muchas cartas.

Y dudo mucho que volvamos a vernos.

Ella es la que ha querido marcharse.

No puede pretender que toda la familia cambie sus costumbres.

Es usted un hombre de ideas muy firmes, padre.

Así se lo escribiré en la carta.

Que sepa por qué no acudo a verla quizá por última vez.

Fíjese en cómo ha muerto ese comisario que comentaba usted.

De repente. Ahora, está, ahora, ya no está.

¿Adónde quieres llegar?

A que sus seres queridos,

en realidad, todos los que le conocían,

estarán recordando la última vez que le vieron.

Su último abrazo, su última sonrisa.

En cambio, cuando mi tía Bárbara muera, ¿qué recordaré yo?

¿Esta carta?

Eres más persistente que una ametralladora bien engrasada.

Está bien.

Irás a ver a tu tía, quién sabe si por última vez.

Pero yo te acompañaré.

Mal que me pese. No, no puedo consentirlo.

Sé lo mal que se lleva con mi familia materna y no me perdonaría

hacerle pasar un trago así. Te lo agradezco. No habrá viaje.

¿Y si me acompañara María Luisa?

¿Te has vuelto loca?

No veo por qué le parece una idea tan extravagante.

Es una joven decente, sensata y de muy buena familia.

Sería una compañera de viaje excelente.

Ni lo sueñes.

Dos señoritas cruzando la meseta

por esos caminos de Dios. No puedo permitirlo.

Punto final.

He dicho que era un hombre de ideas firmes.

Pero es mucho más que eso, es un intransigente.

Un testarudo con el corazón de piedra.

Si se marchara usted a las colonias, pongamos por caso,

¿no querría que vinieran a despedirle sus sobrinos...?

¡Ya está bien, no sigas! Me quedé corto llamándote ametralladora.

Está bien, viajarás.

Pero solo si consientes que alguien de mi confianza

te acompañe y te guarde.

¿Como por ejemplo?

Gayarre, naturalmente. No.

Gayarre, no, es como un perro guardián.

No me deja ni respirar, sería peor que llevarle a usted.

O Gayarre o te despides de tu tía por correo.

Si no hay más remedio...

Pero que conste mi protesta más enérgica.

No se me olvidará.

Si yo le entiendo a usted, don Felipe.

Y vaya por delante mi más sentido pésame por el comisario.

Yo también le debía mucho a Mauro.

Mi libertad, sin ir más lejos.

-Pero compréndalo, Pablo no puede quedarse de brazos cruzados.

-Cada día sin tener nuevas de Leonor es como si se alejara de mí.

Las circunstancias nos separamos, creímos que era lo mejor.

Pero me siento culpable.

-Tranquilo, Pablo.

Don Felipe sabe lo que sientes.

Y lo imperativo que es que se comience la búsqueda de Leonor.

¿No es cierto, don Felipe?

-Sé muy bien lo doloroso que es un matrimonio separado.

-¿Y qué puedo hacer?

¿La policía la buscará?

-Pablo, digamos que...

en circunstancias normales, la respuesta sería obvia.

La policía tiene la obligación de encontrar a Leonor.

Pero nuestras circunstancias no son, por el momento, normales.

-¿Y podría explicarnos cuáles son las circunstancias de las que habla?

-Había sido nombrado comisario

y el comisario saliente se había ido.

Nos hallamos con la desorganización propia de las circunstancias.

-Descuide, no es su culpa.

Ya hizo bastante consiguiendo el indulto de Pablo

y perseverando en la búsqueda del asesino de Guadalupe.

-¿Ha avanzado algo en ese sentido?

-Alguien pagó al mozo que te acusó del asesinato.

Alguien quiso hacerte pagar por algo que desconocemos.

Es lo único que he podido averiguar.

-¿No se le puede presionar? -Ha desaparecido.

Se dice que ha abandonado la ciudad.

Es lo único que sé.

-¡O sea, que primero, me hacen pasar por el asesino de mi madre

y ahora, mi esposa desaparece! -Pablo, cálmate.

Encontraremos una solución. Haré lo posible por encontrar a Leonor.

¿Cómo está doña Rosina?

-Inconsolable.

Ha sido un jarro de agua fría en sus ilusiones de poder abrazarla.

Las jaquecas apenas le permiten levantarse.

No puede soportar la incertidumbre sobre el destino de su hija.

-Y me culpa a mí.

Y si la policía no me ayuda, la buscaré yo solo.

Andaré el camino que debió hacer.

En algún recodo estará.

Habrá algún indicio.

-Déjame que lo intentemos primero nosotros.

Avisaré a todas las comisarías. ¿Dónde os separasteis?

-En el cruce que llaman del Moro.

-Mandaré una descripción de Leonor. La calificaré como urgente.

Si no dan con ella o con su rastro, diré que busquen en las navieras

que hacen la ruta a Marruecos.

-Muchas gracias, don Felipe.

No se me escapa el gran esfuerzo personal que está haciendo.

Gracias, de verdad.

-De nada, es mi obligación.

Te aseguro que tarde o temprano, encontraré a quien mató a tu madre.

¿Cómo está usted, Úrsula?

Muy bien, gracias.

¿Y cómo se encuentra la maestrita?

Le pediría que no se refiriera a Teresa en esos términos.

Es la directora y merece un respeto.

Con todos mis respetos y mi máxima admiración,

¿cómo se encuentra doña Teresa

tras la desgracia del señor comisario?

Ha pasado muy mala noche. Ah.

No ha podido levantarse.

Lo lamento.

La creía más valerosa y más hecha a los contratiempos.

En tal caso, le gustará saber que insiste en acudir al entierro

del comisario San Emeterio.

Y yo la acompañaré en el sentimiento.

Pero ¿la acompañarán sus fuerzas? Lo dudo.

Hay que tener mucho cuajo para ver cómo echan tierra sobre tu amor.

Cuajo que usted sí tuvo.

A eso me refería.

Yo asistí con la espalda bien recta

al entierro de Ponce.

Iba a decir que debería usted estar contenta

por cómo ha sucedido su vida, pero mis felicitaciones deberían ir más

por cómo ha sabido manejar su vida.

Claro, que...

ha contado con ayuda fiel.

¿Ha venido aquí a darse autobombo?

No, perdone, al contrario.

Mi presencia aquí responde más a un reclamo de amistad.

¿Me necesita usted? Siempre que no sea un estorbo.

Sea clara. ¿Qué quiere?

Hay un pequeño asunto sobrevenido.

Un asunto con el que no contaba y quiero solucionar

a la mayor premura.

Le ruego que sea más explícita.

Una vez más, se trata de conjurar una amenaza.

Conjurarla definitivamente.

¿De quién se trata?

Confiamos la una en la otra.

No me pregunte extremos que no puedo responder.

Las amigas se ayudan sin pedir explicaciones.

Está bien.

En ese caso, dígame qué necesita exactamente.

Busco a alguien que esté pasando una mala racha

y que necesite algo de dinero.

¿Para hacer qué? Lo que yo le pida.

Debe ser alguien capaz de hacerlo todo.

Y digo

todo.

¿Conoce a alguien así?

Podría recomendarle a alguien.

Podría ponerles en contacto.

Pero no lo voy a hacer sin saber de antemano qué le va a solicitar.

Lo lamento, no puedo ser más explícita.

Sepa que nada tiene que ver con usted.

Ya.

Los flecos del pasado.

Usted lo ha dicho.

¿Y qué compensación recibiría yo

por hacer de intermediaria?

Ahora hablamos en términos con los que podemos entendernos.

A cambio de ese pequeño favor,

yo daría por buena la presencia de Fabiana y olvidaría

el peligro que representa.

Asunto de enjundia tiene que ser para que cambie una vida por él.

¿No le parece un buen trato?

Las amigas están para ayudarse, ¿verdad?

Eso es lo que somos nosotras.

Amigas.

¿El mundo se ha vuelto majara o qué, qué está pasando en este barrio?

-No grites tanto, que te van a escuchar.

Y vas a despertar al señorito.

-Grito porque tengo que gritar.

¡Menudo día!

Doña Rosina no puede alzarse de la jaqueca que tiene.

Es un dolor de cabeza.

-Hablando de cabezas, ¿has visto cómo se ha coloreado la suya doña Celia?

Es la comidilla de Acacias.

-Tengo la cabeza trastornada.

¿No te jeringa que Servando le haya dicho a las chicas del altillo

que le limpien los calzones? -Pues por eso.

-No sé cómo aguantáis a este mequetrefe.

No vivo en el altillo y me lleva los demonios.

-¡Eh, un respeto,

que estoy escuchando!

-¡Pues mejor, porque así no tengo que repetírselo a usted en el jeto!

¿Eh?

¿No tiene vergüenza?

¿Hasta cuándo se va a aprovechar de las chicas?

¿No tienen bastante con doblar el lomo para sus señores

para que les cargue con su ropa?

-¡De verdad, qué poquita caridad cristiana!

Casilda, ¿no te das cuenta

que tu portero ni siquiera se puede restregar la ropa

por sus maltrechos riñones?

¿No te das cuenta de la tarascada que me pegué con el ascensor?

¿No somos amigos desde hace...?

¿No somos amigos desde siempre?

-No se estire, que una cosa es la amistad

y otra, el aprovechamiento.

Se tendría que estar dando con un canto en los dientes

de que le hayamos dejado quedarse y sin malas caras.

-Se le da la mano y se agarra hasta el pie.

-Ya me han dicho que habéis estado hablando entre vosotras

y levantando calumnias y fingiendo que erais amigas mías.

¡Qué ingenuo eres!

-¡Se las da de mártir, como San Lorenzo en la parrilla!

-Deme la vuelta, por este lado, ya estoy hecho.

-Eso, eso, y ahora, burlaos del santoral.

¡Lo que faltaba!

Me había tragado que me queríais.

Qué ingenuo eres, Servando.

Nadie te quiere.

Qué más da.

Tu abandono, tu infinita soledad ya...

ya no las conmueve.

-Servando.

Una cosa es el cariño y otra, lavar palominos.

-Eso, vuelve a tu abandono, Servandín, a tu desamparo.

A tu clausura.

-¿Eh?

-Tiene que sentirse muy desamparado. -No te dejes embaucar, es un pillo.

-Ya, pero hasta los pillos tienen corazoncito.

Le hemos dado duro.

-Que no, que eso pensaba yo, pero la Huertas me hizo ver claro.

Es un frescales, un gorrón y un sinvergüenza.

Y nosotras, más tontas y con más caridad que mollera.

-No vamos a dejar de tratar con él. -Eso, no.

Pero lo que sí que podemos hacer es intentar echarlo del altillo

antes de que nos convierta en sus esclavas.

-Eso es más fácil decirlo que hacerlo.

No puede volver a su cuchitril.

¿O si podemos?

(Puerta)

(Puerta)

¿Y ahora, quién llama?

Perdón, señora, no es mi intención molestar.

¿Entonces, qué haces aquí, qué quieres?

Si lo tiene a bien, me gustaría darle el pésame a la señorita Teresa.

Mi pésame y todo lo que pueda de consuelo.

Creía haberte oído decir que no pisarías esta casa nunca más.

No es por gusto, señora.

Pero la señorita Teresa necesitará desahogarse.

Si no fuera por la muerte de don Mauro y por su pena,

no habría llamado.

¿Por qué has creído que te dejaría entrar?

Por caridad cristiana. Ah, que me supones caridad.

Menuda sorpresa.

Por favor, señora.

Dígame cómo está.

Destrozada, no te voy a engañar. No me extraña.

Don Mauro lo era todo para ella.

Y quizá todavía traía

lodos en sus barros.

Se te da bien la gramática parda.

Nunca presumí de tener muchas luces.

Pero sí que me queda misericordia.

Y ojalá el Señor

se sienta generoso y permita que la señorita Teresa

se recupere y pueda casarse.

Eso, eso, tú tienes compasión para todo el mundo, ¿verdad?

También don Fernando es una víctima.

Para él, don Mauro

es un fantasma difícil de ahuyentar.

La madrecita Fabiana, cómo te gusta dártelas de buena.

A ella puedo quererla como a una hija. Acabemos con esto.

¿Puedo verla, sí no no? No.

No está en condiciones de recibir visitas. Ni de santa Fabiana.

Fabiana.

¿Te encargó Fernando la corona de flores?

Claro que sí, señorita. Ya está todo listo.

¿Tendrías un velo para llevar en el entierro?

No me gustaría que me vieran llorar.

Claro, te prestaré el mío.

Lo siento.

Lo siento mucho, señorita. De verdad que lo siento.

No se me aflija.

Ya vendrán tiempos felices para usted, seguro.

No habrá felicidad. Yo empujé a Mauro a esas vías.

No hable así, señorita.

Él era muy hombre y sabía lo que se hacía.

No, Fabiana. Hasta Mauro, por fuerte que pareciera, tenía su límite.

Yo le obligué a traspasarlo.

Yo, con mi abandono, con mi rechazo,

le llevé a la muerte.

Sé bien de lo que se habla y la desesperación no tiene nombre.

Es algo que te viene de dentro

y nadie de fuera tiene la culpa.

Nadie.

Creí que saldría adelante.

Que me olvidaría.

Que encontraría su camino sin mí.

Pero...

(LLORA)

No me llore, señorita, no me llore. No me llore.

(LLORA)

(Puerta)

¿Qué pasa ahora?

(Puerta)

Adelante.

¿No he dicho que no se me...?

Celia.

Estás preciosa.

Tu pelo...

Es como si le hubiera robado los destellos al amanecer.

-¿Cómo estás?

-No consigo hacerme a la idea.

-Tienes que aceptarlo y guardar el duelo.

-No es fácil.

Era un buen hombre.

Y un buen policía.

El destino se ha cebado con él.

-Era tu amigo, dilo.

-Sí.

Era mi amigo.

Como lo era Germán,

a quien también perdimos.

(SUSPIRA)

Celia, gracias.

Pero no tienes por qué ser mi paño de lágrimas.

-Quizá no tenga por qué,

pero quiero serlo.

Ojalá supiera evitar tu sufrimiento.

-Saldré adelante. -Cuenta conmigo si me necesitas.

-Quien necesita ayuda es Teresa. Para ella, el golpe es más duro.

Se culpará. -También estaré a su lado.

No tienes por qué ocultar el duelo.

-Ni tú tienes que cargar con mis angustias.

-Pero quiero hacerlo.

Quiero serte útil, solo eso.

-Gracias.

-¿Puedo acompañarte al entierro?

-¿Cómo me conoces tan profundamente?

Se me hacía un mundo acudir solo al cementerio.

-No tienes por qué, estaré a tu lado.

(SUSPIRA)

(Puerta)

Ya está el carruaje esperando en la puerta.

Muchas gracias. ¿Un té? No. No podría tomar nada.

¿Esta lista Teresa?

Saldrá cuando acabe de arreglarse.

Iré a buscarle. No, un momento.

¿Podemos hablar?

Diga usted.

Todos los amigos de Teresa estamos muy preocupados por ella.

Lo agradezco en su nombre. Les necesita a todos.

Pero también sé que para usted, es uno de los momentos más terribles.

Mi sentimiento poco importa ahora. Eso no es cierto.

Me importa a mí.

La vida me ha hecho comprender bien a los hombres.

No hace falta que se preocupe por mí.

Dedique su compasión a Teresa.

Le admiro a usted, no sabe cuánto.

Pocos tendrían esa entereza

cuando su futura esposa tiene el alma rasgada

por un hombre al que ha amado más que a su propia vida.

Aunque no creo que sea asunto suyo, es verdad.

No puedo negarlo.

Sin embargo, me despreciaría a mí mismo

si me compadeciera por mis sentimientos.

Lo más importante ahora mismo es Teresa.

A ella me debo.

Una posición muy digna, propia de usted.

Otra solo denotaría egoísmo.

Teresa es muy afortunada, es usted un buen hombre.

Mejor que cualquiera de los que he conocido yo.

Quizá exagera. Yo solo hago lo que me dicta el corazón.

Un corazón enamorado, bien se nota.

Solo espero que la muerte del comisario

no trunque sus planes con Teresa.

Ese sería también mi designio, mi más ferviente deseo.

Pero no empujaré a Teresa a tomar una decisión apresurada.

¿Apresurada?

Llevan tiempo planeando esa boda. Insisto, señora.

Lo dejaré todo en manos de Teresa y...

ella guiará mis acciones.

Si necesita tiempo, se lo concederé.

Aun a costa de su felicidad.

Mi felicidad es la suya.

Si necesita aplazar el enlace, así será.

(Pasos)

Preferiría salir cuanto antes.

Claro.

Voy a coger mis cosas.

¿No vas al entierro? -No.

Me han dicho que es una ceremonia íntima

y no tenía una relación tan estrecha con el comisario.

-Le daré el pésame de tu parte.

-¿Por qué tienes que pasar ese trago? Tampoco eras tan allegada.

-Ya. Le he dicho a Felipe que le acompañaría.

Está deshecho, me necesita.

-Ya, si a mí me parece de perlas.

Conmigo, no tienes que justificarte.

¿Paseamos y me cuentas?

-Paseamos, pero hay poco que contar.

No es que haya cambiado de idea.

Simplemente, me siento más cercana a él.

-Donde hubo ceniza, siempre queda un foco.

-No hablo de eso.

Es un sentimiento más parecido a la amistad.

-Estás muy guapa, deberías terminar de acostumbrarte. Vamos.

-No sé, Trini, me siento un poco incómoda.

Muy llamativo, un poco festivo para un día como este.

-No puedes cortarte la cabeza.

-Mira que has sido siempre poco respetuosa.

-Soy realista, Celi.

No está escrito que no puedas ir guapa a un entierro.

-Escrito, no, pero dicho...

Pregúntale a Susana. -¡Uh!

No deberías hacer caso de las lenguas largas como la de Susana.

A esas mujeres solo les gustamos las demás si somos un adefesio.

Rechazan cualquier novedad como si fuera invento del maligno.

(RÍEN)

-Buenas.

-Felipe, perdona

que nos estemos riendo, tal vez te parezca una frivolidad.

Ya sabes cómo es Trini, si no te arranca una sonrisa, no es ella.

-No es pecado reír.

Ni en estas circunstancias.

La vida sigue.

Y es normal que estés alegre.

-¿Por qué lo dices? -No me has dicho nada.

Lo sé.

Pero en este barrio, no se pueden guardar secretos.

Me han dicho que tu negocio de tintes ha empezado con buen pie.

-No me quejo.

-Si por un giro inesperado necesitaras un buen abogado,

conozco uno al que no le haría falta ni un empujón.

-El mejor, lo sé.

Pero no será necesario, don Ramón me ha asesorado con buen tino.

(Campana)

-Ya doblan las campanas para el entierro.

-Es hora de ir al cementerio.

-Vamos.

-Con Dios.

-¿Adónde va mi hija con esa compañía?

-Ha decidido acompañar a Felipe al cementerio.

No sé si sabes de la relación que unía a tu yerno con el fallecido.

-¡No es mi yerno, Trini!

No en mi corazón.

-Deberías alegrarte de la compasión que muestra Celia.

-Y lo estoy. La crié para que fuera sensible y bondadosa.

-Ha asimilado tus enseñanzas y no ha hecho una guerra de su separación.

Es bueno que en estos momentos,

sepan que, pase lo que pase, se van a tener el uno al otro.

El pasado no se puede borrar. -No es bueno, Trini,

ni para él ni para ella dar tanto vaivén.

Felipe puede concebir falsas esperanzas

y mi hija podría caer en la duda. -Deja que la vida

siga su curso.

-A la vida no le viene mal ayudarla un poco de vez en cuando.

Tendré que hacer algo para que el tribunal eclesiástico

emita cuanto antes la anulación.

-Consuelo, por Dios.

Elvira, ven.

Has vuelto a engatusar a tu padre.

No sé de qué me hablas.

¿Ah, no?

¿Entonces, por qué tu padre me ordenó

acompañarte a despedir a Zamora a una tía tuya, la tía Bárbara?

Bárbara, sí, pobrecita.

Le tengo tanto cariño y la echo tanto de menos...

Y supongo que le has dicho que querías viajar sola.

Al principio.

Después, insistí en que me acompañara María Luisa.

Pero ya conoces a mi padre.

Que si no iba contigo, me quedaba en casa.

Eres una descarada y una insolente.

¿No estás de acuerdo en hacer ese viaje conmigo?

No, sí, debo hacerlo.

Eres una joven traviesa, además de atrevida.

Tienes que ser vigilada para que no cometas

ninguna insensatez.

Y ese vas a ser tú, claro.

Vigílame a todas horas. No ansío otra cosa.

No es trabajo mirarte.

Imagínatelo.

Los dos solos, lejos de Acacias,

de mi padre y de miradas indiscretas. Ese viaje será

una luna de miel.

Creo que vas pasando de traviesa a loca.

Loca por ti, no lo niego.

Locos ambos.

Solo espero que todo esto no termine en un fiasco

y no tenga que enfrentarme a él. No se enterará si no se lo dices.

¿Puedo confiar en que si te dejo aquí sola,

subirás a casa sin más ardides, ni tretas ni nada?

¿Adónde vas?

Se me olvidó comprar un disolvente que necesita tu padre para sus armas.

¿Subes solita o mando a la guardia real?

Fíate de mí.

Subiré sola, qué remedio.

Que no le fallen sus pistolas.

-¿Está el coronel en casa?

-Eso creo, sí.

¿Necesita que le anuncie? -No, no hace falta.

El mismo don Arturo me ha mandado llamar.

Por lo visto, la niña sale de viaje

y quiere que le dé un repaso a sus vestidos para que pueda lucirlos.

¿Sabes adónde va?

No, yo solo soy el mayordomo, señora.

Suba y háblelo con ellos.

No me he caído de un guindo y ya peino canas.

Puede que seas el mayordomo para don Arturo, pero para su hija,

eres algo más.

-Creo que no la entiendo.

-Sí que me entiendes.

Ya lo creo.

Lo que no sé es por qué, tan cabal como te crees,

mantienes una mentira así.

¿No sería mejor

que te abrieras y me contaras

cuál es tu relación con la hija del coronel?

-¿Y usted?

¿No se sentiría liberada si habláramos de nuestra relación?

-¡Bah!

(Disparo)

Seré breve.

Por muy sentidas que sean las palabras,

nunca logran expresar la profundidad del dolor.

Ante todo, como amigo de Mauro,

gracias a todos por acudir a despedirse de él.

(SUSPIRA)

Supongo que ustedes, como yo,

no se imaginan un mundo sin Mauro.

Será un mundo peor.

Más triste.

Menos justo.

El sueño de Mauro era...

conseguir un mundo mejor.

Eso es lo que le hizo ser tan buen policía.

El sentido de la justicia que tenía.

Todos los que estamos aquí lo considerábamos nuestro amigo.

Y será para siempre.

Descansa en paz, amigo.

Descansa en paz.

-¿Marchamos?

Ya nada podemos hacer aquí.

Necesito despedirme.

¿Quieres quedarte a solas?

No es bueno regodearse en el dolor.

Haremos lo que Teresa prefiera.

Menudas ideas se te ocurren, Lolita.

Mejor sería que dejaras de decir enormidades.

-A ver, listilla, ¿qué se te ocurre para echar a Servando del altillo?

-Lo tenéis bien sencillo.

Está aquí porque van a poner la maquinaria en la portería.

Con conseguir que no se ponga el ascensor, solucionado.

-"Les tendrías que llamar"

"Tintes Pelo Dorado".

¡No, no, no! "Tintes El Color Soñado".

Ese es bueno.

-Eso es muy cursi.

Mejor, "Tintes para mujeres que saben lo que quieren".

-Eso no cabe en las etiquetas.

-Ya sé qué nombre le pondré.

Albora.

-Tenemos que celebrar que me han dado le trabajo.

-¡Que va a pasar de criada a señorita secretaria!

-Como no tengo parné, que sea a cuenta de tus señoras.

-Huy. -Gracias a ti, gitana.

-Pues siendo así,

le vamos a pegar un viaje a la botella...

Luego lo relleno con agua.

-Por ti, por que te vaya de fábula.

-Acuérdate de nosotras.

-De vosotras no me voy a olvidar nunca.

He tenido paciencia infinita contigo.

Si vuelves a perder las formas, tomaré medidas expeditivas.

No va a suceder nada que pueda disgustarle.

Solo quiero despedirme de mi tía Bárbara.

Poco puedo hacer con Simón pegado mis talones.

Cuando tiene una orden, es más estricto que usted.

Sí, supongo que sí.

Espero que todo vaya como la seda.

Seguro que todo irá de perlas.

El médico ha hecho un reconocimiento de los ojos de Tirso.

Y ha comentado que...

las sospechas de la primera revisión

se confirman.

Al parecer, sufre una enfermedad muy grave.

Una degeneración macular.

-¿Qué tratamiento recomienda el médico?

No hay tratamiento.

Tirso va a quedarse ciego.

-Lamento esta nueva desgracia. -"Mi interés y el de todos"

es encontrar a Leonor.

¡Que sea uste o Pablo el primero en ser informado no me importa!

-¡No le debe consideración después de lo que le ha hecho a mi hija!

-¡La vida de Leonor está en juego!

¡Deberían dejar de perder el tiempo en confrontaciones absurdas!

Espléndido día para las fechas en las que estamos.

Aquí tiene lo que me pidió. Muchas gracias.

Te agradezco tu comprensión

y que aplaces la boda.

Ahora, lo más importante es que te recuperes.

Yo me encargaré de anularlo todo

y de buscar una fecha más adecuada.

Fernando.

No sé si podré.

-"Qué pinta tan terrible tienen todas estas mujeres".

¿Están buscando a alguna sospechosa?

-Así es.

-Se diría que cualquiera de estas podría cometer el peor crimen.

¿Qué es lo que están buscando?

-A la asesina de Mauro San Emeterio.

  • Capítulo 467

Acacias 38 - Capítulo 467

03 mar 2017

Elvira convence a Arturo para que le permita visitar a su tía de Zamora. Simón reprocha a Elvira el viaje que ha organizado y Susana les escucha. Úrsula recurre a Cayetana para acabar con alguien que le puede "causar problemas". Felipe se entera de los negocios que mantiene Celia y se ofrece para echarle una mano.Teresa está destrozada, se culpa de la muerte de Mauro al pensar que pudo ser un suicidio. Los vecinos asisten al entierro del expolicía.

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