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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 310 - ver ahora
Transcripción completa

Oh, se lo ruego. No me niegue el placer de acompañarme al altar.

No la conozco tanto como para hacer algo tan importante

en el enlace. Ya, pero ya le dije

que no tengo amigas, Teresa.

Ya sabes lo obcecada que está Teresa en meter

a todos esos niños del orfanato en el colegio,

pero solo puedo aceptar a un pequeño grupo de todos.

-¿Qué puedo hacer al respecto? Necesito que le hagas creer

a Teresa que encontramos una solución para esos niños.

Una salida. -Durán me pidió dinero.

Me amenazó con decirle a Clemente que hacíamos negocios

de todas maneras, cierto o no. -¡Maldito!

-Llevo todo el día dándole vueltas al magín con este tema.

-Me temo que no nos queda otra cosa que sucumbir a amenazas y ceder.

¿Crees que puedo? En una boda que me produce

tanta desgracia y tanto dolor. No, no llores, Teresa. Por favor.

No soporto verte llorar.

Aléjala de mí, Mauro. Te lo ruego.

-Si insiste en defender al asesino de mi esposo,

olvídese de gestionar las tierras llenas de oro.

-Piénselo bien. Dinero ganamos los dos.

Y usted por mis gestiones brillantes y concienzudas.

¿Olvidó los beneficios que recibe cada mes?

-Hemos hecho lo posible por admitir a todos los niños del hospicio

en el colegio del patronato, pero no hemos podido.

Serán acogidos en otros colegios en los que podrán recibir

una educación privada y de calidad. ¿Qué instituciones son esas?

El colegio del Pilar, por ejemplo.

-Celia, debo saber qué pasa. -¿Cómo piensas hacerlo?

-Preguntándoselo a Durán. Conseguí su dirección.

Iré y le obligaré a que me cuente todo de cabo a rabo.

-Promete que no harás tamaña chaladura

o voy ahora mismo a hablar con Ramón y le cuento qué piensas.

-¡Martín es inocente! -¿Me estás llamando embustera?

-No, solo que no sabe la verdad. -¡Tu novio es un asesino!

-¡Que no le llame así, por favor! -¡Eres la novia de un asesino

y deberás vivir con ello!

Si no obliga a Cayetana a aceptar a esos niños

en el colegio del patronato, diré por todos lados lo que sé

que hay con Cayetana y usted. Haga lo que deba o prepárese

para un escándalo mayúsculo.

-¿Ha perdido el oremus, señorita?

Entre doña Cayetana y yo no hay nada más que estima y admiración.

Discúlpeme. Tiene dos opciones.

O tratar de negar lo que los dos sabemos que es verdad

o tratar de contentarme para que yo mantenga la boca cerrada.

Usted elige, pero le aseguro que mi paciencia llega a su fin.

Nada puede decir sobre nosotros.

¿El adulterio le parece poco?

¿Acaso cree que dudé un segundo en cómo llegó ese alfiler

a la alcoba de doña Cayetana?

Se lo ruego. No continúe por ahí.

Le aseguro que esta conversación no es agradable para mí.

Otros la encontrarán de lo más interesante.

Un hombre casado, religioso, de su prestigio

en pecaminosas relaciones con una viuda de la alta sociedad.

Será todo un escándalo. Un escándalo que a nadie beneficia.

En eso se equivoca. Sería mi fin y el de mi familia.

Ellos no han hecho ningún mal que merezca ser castigado.

Ellos no, pero usted sí. Piense en doña Cayetana.

Sé que la tiene en alta estima.

¿Acaso no se da cuenta de que si todo saliera a la luz

se convertiría en una apestada social?

Está bien.

Si no lo hace por nosotros, hágalo, al menos, por el patronato.

Nuestra labor no soportaría las murmuraciones.

En su mano está evitarlo. ¿No le importaría que el esfuerzo

invertido en él fuese en vano?

Creí que deseaba tanto como nosotros ver levantarse el colegio.

Así es, pero por motivos diferentes a los suyos.

Solo lo ansiaba para que los desdichados niños del hospicio

tuvieran esa oportunidad que tantas veces se les negó.

Entiendo. Me alegro de que así sea.

Escúcheme.

¿Desea mi silencio?

¿Quiere que nada de esto se sepa? Con todo mi corazón.

Entonces, ya sabe lo que debe hacer.

No quiero más cuentos ni buenas palabras.

Los niños del hospicio han de ser admitidos.

-Menudo día de trabajo tuve hoy. Me pesa hasta el alma.

-Nos hemos ganado un buen descanso, Lolita.

-Pero corto, Guadalupe. En nada, ya abro los ojos

y estoy faenando de nuevo. -Así es nuestra vida.

De nada vale amostazarse.

Hay que apencar con lo que nos ha dado Dios.

-Guarde sus regañinas. Mire, las hay más mohínas que yo.

-Pero Casilda. ¿Es que ya na tan siquiera

te dignas a saludarnos al vernos entrar?

-Sí, Guadalupe.

Ya no tengo fuerzas ni para eso.

-¿Pero qué te ha pasado que te tiene tan mustia?

-No sé si podré soportarlo.

La que me ha caído en gracia con doña Rosina.

-No me digas más. ¿Sigue ignorándote con desprecio?

-Ojalá solo fuera eso. Ahora hasta añoro sus silencios.

Ahora, desde que me habla, todo es mucho peor. ¿Dónde va a parar?

Yo le juro por lo más sagrado que hice todo lo que está en mi mano

para complacerla. Me callé a todos sus desplantes.

-Y de nada ha servido. ¿No es así? -Nones.

Parece ser que cada día encuentra una nueva manera

de hacerme la vida imposible. -Mal rayo la parta.

-Guárdate tus maldiciones, Lolita.

Aunque nos duela, es de entender su actitud.

Mucho penar hay en su interior y lo paga con la pobre de Casilda.

Terminará por darse cuenta de su error.

-No lo creo, señora Guadalupe.

Ya me ha dejado bien claro que no me va a perdonar nunca.

Va a pasar todo lo que me quede de vida culpándome

de la muerte de don Maximiliano.

Yo no sé si lo podré soportar.

¡No! ¡No voy a poder! -Haz un poder.

Tendrás que apechugar, muchacha. ¿Dónde irás tú si no?

Escúchame bien.

Lo único que debes hacer es ser tan bondadosa

y tan generosa como lo has sido siempre

y ya verás cómo al final doña Rosina no tendrá otra

que recapacitar, ¿eh?

-Qué silencio. Diríase que ha pasado un ángel.

-Yo diría que se ha quedado desayunando con nosotros.

No les he oído ni siquiera respirar.

-Sí, es que en ocasiones es mejor no decir nada

y seguir en paz.

-¿Qué tal está Víctor, hija? ¿Cómo está llevando

los últimos acontecimientos?

-¿Se refiere a la declaración de amor de Leandro a su madre?

-¿A qué si no? No se habla de otra cosa en el vecindario.

Pensé que le pudiera haber afectado que Leandro terminase

a formar parte de su familia.

¿Y esa mirada?

¿Hay algo que sepáis que yo no sé?

-No, no, padre. No le ocultamos nada.

Víctor tiene en gran estima a Leandro y por eso

está muy contento de que sea él quien esté en amores con su madre.

-Me alegro enormemente de que así sea.

Ya era de que sucediera.

El amor entre Juliana y Leandro era un secreto a voces.

Lo suyo era un amor de verdad.

Como el de Trini y el mío.

-¿Podría pedirles un favor? -Claro, hija. Lo que precises.

-Esta noche es la cena con Víctor y antes nos ha invitado

a un ágape en la chocolatería.

¿Sería mucho pedirles que olvidaran sus rencillas,

aunque solo sea por esta noche? -¿De qué rencillas hablas, hija?

No estamos enojados. -Vamos, padre. No estoy ciega.

Aunque haya decidido callar, sigo notando la tensión

que hay entre ustedes durante toda la semana.

Esta reunión es muy importante

tanto para Víctor como para mí.

Me dolería mucho que el mal ambiente lo terminara por arruinar.

Así que les pido por favor

que al menos disimulen delante de Víctor.

Aunque yo tampoco termino por entender qué está pasando.

-Está bien, hija. Nos comportaremos como es debido.

¿Verdad, Trini?

-Tranquila, Luisi.

Aunque yo llegaré a La deliciosa con el tiempo justo.

Tengo cosas que hacer. -¿Sí? ¿A dónde vas?

-El que no es sincero, no puede exigir sinceridad, Ramón.

-Un marido puede y debe pedir explicaciones a su esposa

sobre a dónde va o lo que hace.

-Muy bien, Ramón. Pues haberte casado con otra.

¿Eh? A esta de Cabrahigo no la vas a mangonear, ¿estamos?

-¿Qué está pasando entre ustedes, padre?

-Nada de enjundia, hija. No te preocupes.

Qué alegría verla, Humildad.

¿Cómo van los preparativos de la boda?

-Bien, bien.

¿Le ocurre algo? Parece distante y no tiene por qué.

Ya sabe que he decidido pasar página y olvidar

nuestras antiguas diferencias, como me solicitó.

Sí. Y así se lo agradezco.

Si aún tiene alguna duda sobre mis intenciones

y como gesto de buena voluntad, le ofrezco mi ayuda en lo que sea.

¿Necesita algo de mí para su boda?

Nada precisamos de usted.

Ya veo a qué venían sus reparos. Evitaba un encuentro incómodo.

Incómodo y breve. Déjenos en paz. Mauro, haz el favor.

No se preocupe, querida. Sé muy bien que los buenos modales

no son una principal virtud de su prometido

y que yo no soy santo de su devoción.

En fin. Aunque disfruto de su compañía

tanto como usted de la mía, les dejo solos.

Cuídese, Humildad.

Me hierve la sangre solo verla. Templa, Mauro. Te lo ruego.

Mira qué agradable sorpresa. Ahí está Teresa.

Saludémosla. No. Déjala, Humildad

Debo volver a comisaría. Ay, no seas sieso.

Tardaré un suspiro. Vamos, Josefa.

A las buenas, Teresa. Qué gusto verla.

¿De paseo? No. Veníamos de la sastrería.

De dejar pagado el encargo de un vestido.

El suyo. ¿El mío?

El vestido con el que me acompañará a la boda.

Por favor, le ruego que no se niegue. Deseo hacerle tal presente.

Es mi forma de agradecerle su amabilidad y también que acepte

mi propuesta. Vamos, Humildad. Debemos marchar.

Estos hombres siempre con prisa.

En otro momento me gustaría que me acompañase a elegir

las telas para su vestido.

Mira cómo se miran ese condenado policía y Teresa.

Aquí hay algo que se me escapa.

Haz el favor de no perder de vista a Teresa.

-¿Para qué nos haría llamar don Felipe?

Templa, Casilda. Ya lo sabremos. No puedo tenerme en mí, Pablo.

Si Felipe nos ha hecho llamar, es que ocurrió algo de enjundia.

Sí, sería lo más natural.

Madre mía. ¿Qué habrá pasado?

¿No será que los anarquistas se quisieron vengar de Martín

y lo pasaron a cuchillo? No seas agorera.

No te pongas en lo peor. No lo hago, pero...

¿Y si le negaron el indulto y le dieron el garrote a no más tardar?

Menos mal que no te pondrías en lo peor.

Casilda, las nuevas de don Felipe no tienen que ser malas.

¿No te ondula?

Con la mala fortuna que tiene servidora,

si pueden ser malas, serán peores. ¿Qué le habrá pasado a mi Martín?

-Disculpad. Debía atender a un mensajero con envío urgente.

-Le han dado el garrote a Martín, ¿verdad?

Mientras le esperábamos, Casilda mató y enterró a Martín

en un par de ocasiones. -Tranquilízate, Casilda.

Quería decir que conseguí reunirme con el Ministro de Gobernación.

Bueno. Es una magnífica noticia.

¿Qué, Casilda? ¿No te alegras? -Antes tendré que saber

si tal cosa es buena, mala o todo lo contrario.

Por la cara de don Felipe, pues me quedo dudosa.

-Tan solo pretendía no crearos excesivas esperanzas.

Tal reunión es un gran avance en nuestra causa.

Será crucial para tener el indulto. -¡Oh! ¡Gracias, don Felipe!

Dios le bendiga. Le salvó la pelleja a mi Martín.

-Muchacha, no he dicho tal cosa.

-Pronto saldrá de la trena y toda esta pesadilla

llegará a su fin. Casilda, no tienes término medio.

Hace nada lo hacías muerto y ahora festejas su libertad.

-Debemos ser precavidos. No echemos campanas al vuelo.

-Lo que debemos hacer es contárselo a Martín,

que ya lo da todo por perdido. Ahora mismo voy a la comisaría

a decírselo. Ya sé que usted dijo que no convenía visitarle,

pero tampoco es de exagerar. No puedo tardar más

en contarle esto. -Así es.

En cuanto acabe unas gestiones, te podré acompañar. O ya mañana.

-No puedo esperar tanto. No es menester que me acompañe.

Por desgracia, yo ya me sé el camino.

No, no, no. Espera. Aguarda, Casilda.

Perdone.

-Cuidado con el adoquín este que está suelto.

-Ay, qué lazarillo más pintón y más atento me he agenciado.

-El que te mereces. No dejaré que te rompas la testa

por culpa de una ceguera. -Al final, esto va a resultar

que es una bendición. -Arrea. ¿Y semejante barbaridad?

A ver si se te ablandó la sesera como los ojos, con el sol.

-Mis buenas razones tengo para decirlo.

Desde que no veo tres en un burro, me tienes todo el día de paseo

de tu brazo y como nada hago, pues nada se me olvida.

-Si al final esto de la ceguera será el bálsamo de Fierabrás.

-¡A las buenas! -¡Oh!

-¿Qué? ¿Cómo se encuentra, Paciencia?

-¡Ay! -Pues mira, ya la ves.

Más ciega que un murciélago con anteojos.

-Ay, no le hagas caso a este gruñón.

Y muy agradecida por preguntar, Ferrerillo.

Estoy bien, estoy bien. Y además mi Servando

no se aparta de mi lado. -¡Vaya!

En ese caso, la ceguera no es lo único por lo que quejarse.

(RÍEN) -Temple, Servando. Estoy de chanza.

-Ya. -¿Cómo se las apaña usted

para su trabajo y el de Paciencia? -Pues muy malamente, zagal.

Me levanto antes del alba para tener bien el portal

y no haya queja alguna de señores. -Los señores se están portando.

No han puesto ningún reparo a que deje de faenar unos días.

-¡Hombre, faltaría más! ¿Cómo va a limpiar sin ver, Paciencia?

Usted preocúpese nada más que de recuperarse.

Ya saben dónde estoy. Para algo. -Ahora que lo dices,

mañana por la mañana podías bajar a portal a barrer.

-No se pase usted, Servando. No se pase.

-Anda. Mírale. -Venga.

-Mírale tú aquí. Todo de boquilla. Cuando le pides lo más mínimo,

se echa para atrás.

-¿Qué quieres? -Venga.

-Servando.

Que tú me estás llevando a los jardines del Príncipe.

-Hombre. ¿Cómo te percataste? ¡Milagro! ¡Recuperó la visión!

-¡Calla, mameluco! Es que me conozco estas calles

como la palma de mi mano. No me hace falta ver para saber

dónde estoy. ¡Ay, qué ilusión! Con el tiempo que hacía

que no me llevabas de paseo a los jardines.

Qué bonitas estarán las flores. -Pues sí. Sí han de estarlo.

Sí. Creo que te conformarás con olerlas porque verlas...

Las vas a ver bien poco. -No importa.

Las puedo imaginar. Eres un buen esposo, Servando.

-Aquí estoy para lo que haga falta. Si solo lo hago por ti.

-¿Por qué nos detenemos?

-Porque acabo de recordar ahora mismo

que tengo un sobre urgente para darle a don Ramón

y me voy a... ¿Ves? Ya me has contagiado

tu mala memoria. -Oh, sí. Bien se dice

que todo se pega, menos la hermosura.

Pues verídicamente, qué lástima. Habrá que dejar

el paseo para mañana. -No, no. Que no.

¿Qué dices? Si estabas más contenta que un niño con zapatos nuevos.

A ver, escalón arriba. Atrás.

Ahí, ahí. Ahí está. Tú quieta ahí un momentito.

Tú no te muevas. Dios, qué asco.

Tú no te muevas, ¿eh? Ahí está.

Pero no pongas esa cara de alegría. Pon un poco la cara más de pena.

-Arrea. ¿Y ese capricho por qué motivo?

-Para que venga antes. Así pienso que me estás esperando

y vuelvo más deprisa. -Muy bien.

-Ahí.

-Ay.

-Dulce tintineo.

(SUSPIRA)

-¿Cayetana y el secretario del obispo?

Ay, ¿es que a esa mujer no hay nada que la detenga?

Y en caso de haberlo, aún no lo hemos descubierto.

Comprendo que le haya sorprendido.

Más me sorprende que haya estado tan ciega respecto a su persona.

Y pensar que un día la consideré mi amiga.

Le ruego por favor que mantenga lo dicho en el mayor secreto.

Pierda cuidado. Cuenta con mi discreción.

Tan solo se lo contaré a usted y a su esposo.

Y a Mauro es de suponer.

¿Acaso no le hará partícipe de su descubrimiento?

Aún no lo sé. Me encuentro en un mar de dudas.

¿Y qué puede hacerla dudar?

Si lo descubre, será el final de Cayetana.

Pero no solo de ella.

También del colegio que tanto está costando levantar.

Los niños se quedarían sin él. Entiendo.

Pero por otra parte,

si callo, Cayetana saldrá una vez más inmune.

Perderé toda oportunidad de acabar de una vez con esta situación.

He de confesarle que no puedo más.

No me queda fuerza para enfrentarme a Cayetana.

¿Tan solo a ella? Sabe que no.

Me parte el corazón encontrarme continuamente con Mauro y Humildad

y saber que en nada de tiempo se casan.

En parte, quisiera acabar con Cayetana para alejarme de Acacias.

Como ve, no tengo nada sencillo tomar una decisión.

Si desea mi consejo, quizá lo mejor sea guardar silencio

y esperar mejor ocasión. Conociendo a Cayetana,

vería la manera de reponerse del escándalo.

Los niños se quedarían sin colegio

y sin lugar donde prosperar.

-Ay. Este marco sí te hace justicia, mi amor.

¡Ay, hija! Llegas a tiempo.

Debo darte las gracias de corazón. -¿Por qué?

-¿Cómo que por qué?

A pesar de nuestras diferencias, le compraste un marco

al retrato de tu padre. Es más bonito que el anterior

y las flores huelen a las mil maravillas.

Este retrato es de los pocos recuerdos que tengo de tu padre.

Un bello gesto, hija. -Tienes razón.

Sí que ha sido un gesto digno de alabar.

-Vaya, hija. Parece que la modestia

ya no se encuentra entre tus virtudes.

-Madre, estoy de acuerdo sobre la belleza del marco y las flores,

pero yo no soy la responsable.

-¿Cómo? ¿Qué estás diciendo? -Que es la primera vez que lo veo.

-Pero entonces, ¿quién ha puesto el marco y las flores?

-¿Acaso no lo sospecha?

Solo ha podido ser Casilda.

¿Qué hace, madre? -¿No lo ves? Me dispongo a leer.

-No me lo puedo creer.

¿Acaso es usted tan orgullosa que no puede aceptar

como se merece el gesto de Casilda?

-Disculpe. ¿Sabe por qué no me dejan ver al preso Martín Enraje?

Agradecida por nada, malaje.

Avisa de que detuvimos al de la estación.

Ahora procedo a interrogarlo.

Casilda, ¿qué haces aquí? Pues perder el tiempo

y hacerme mala sangre. He venido a ver al Martín.

Lo lamento, pero no podrá ser. Ya. Eso ya me lo dejaron claro.

Verde y con asas sus hombres. Lo que no se molestaron en decirme

es el por qué de tamaña injusticia.

Inspector, déjeme verle. Agente.

No es mi capricho el que te lo impide.

¿Y de quién? Del propio Martín.

¿Por qué? No lo entiendo. Por su propio bien, Casilda.

Está convencido de su triste destino

y es de la opinión de que cuanto antes le olvides, mejor.

Pues me pide un imposible. Trata de protegerte.

De que repongas tu vida sin él a la mayor prontitud.

Pobrecito mío. Es un bendito. Hasta en estos momentos

piensa más en mi persona que en él mismo.

Me alegra que lo entiendas. No lo haga.

Servidora lo entiende, pero no lo comparte.

Usted debe ayudarme a convencerle de que cambie de parecer.

Debo decirle que su salvación está cerca.

Que no le van a dar el garrote.

Me gustaría creerte, pero tú y yo sabemos que eso está por ver.

Don Felipe lo va a evitar. Tiene una cita con Gobernación

y hablará en su favor.

En tal caso, esperaremos al final de esa reunión

para tomar una decisión. Es usted un hueso duro de roer.

Tan solo cumplo con lo que me pidió Martín.

Mira, hasta que Felipe no me diga que ha llegado a buen puerto,

no seré yo el responsable de darle falsas esperanzas.

Y ahora, discúlpame, pero tengo mucha labor que atender.

Le diré a Martín que has venido, a ver si cambia de parecer.

Es mejor que te marches ya.

-Teresa.

Hoy nos encontramos por segunda vez. ¿Iba de paseo?

¿Le importa que la entretenga apenas un momento?

Así puedo disfrutar un poco de su compañía.

Veo que su cuidadora la trata con diligencia.

Así es. No puedo tener queja.

Y eso que si la acepté, fue por empeño de Mauro.

Yo no estoy acostumbrada a tener servicio.

Hizo bien aceptar la ayuda.

Su prometido tenía razón. Así estará más atendida.

Mauro se preocupa tanto por mí.

Es el mejor prometido que una mujer puede tener.

La verdad es que yo también me alegro de nuestro encuentro.

Hay algo que quería comentarle.

Espero que no le moleste. Querida.

Nada de lo que usted diga o haga podría hacerlo.

Es referente a su petición de que le acompañe al altar en su boda.

Yo, la verdad, es que lo veo fuera de lugar

y me sentiría como que ocupo un puesto que no me corresponde.

¿Qué ocurre, Humildad?

Discúlpeme. Tiene razón.

Intento entablar lazos de comprensión y amor con el prójimo,

pero solo se los impongo. A usted y a Mauro.

No la entiendo.

He presumido como una tonta de mi prometido,

del amor que me profesa, cuando nada de eso es verdad.

En realidad, siento en mi interior

que si sigue a mi lado es solo por lástima.

Yo nunca podré hacerle dichoso.

Le ruego que me disculpe por ponerla en semejante tesitura.

Yo no quería hacerla sentir incómoda, pero es que con usted

me siento tan cercana. Pierda cuidado.

Es tan duro llegar a pensar que el hombre al que adoras

en realidad no te quiere.

Sin él no encuentro sentido para vivir.

Aleje sus pensamientos lúgubres.

Seguro que no es así.

-¿Dónde se habrá metido este hombre? Me va a oír.

Desde luego que me va a oír.

Bueno, ¿de dónde diantres sale ese tintineo?

Verídicamente, me está poniendo ya de los nervios.

-Paciencia. -Ah. Lolita.

-¿Se puede saber qué hace, alma de Dios?

-Pues esperar a mi marido, que hace rato fue a entregar

una carta a don Ramón, pero debería pesar un quintal

por lo que tarda. -¿Su Servando la dejó así?

-Pues sí, hija. Sí. Menos mal que aseguró

que tardaría menos de un suspiro, pero a mí me ha dado tiempo ya

de suspirar más de mil veces. -Será condenado.

Buenos palos merece.

-Pero bueno, no le juzgues con tamaña crueldad, mujer.

Lo mismo se le ha olvidado. Si él mismo me ha reconocido

que le estoy pegando los olvidos. -Lo que olvidó es la decencia

y la cordura. Cuando le tenga delante, me oirá.

-Zagala, qué humos. ¿Nadie te hizo a ti esperar nunca?

-Ay.

Éramos pocos y parió la abuela. Mi señor.

Vámonos antes de que le vea. -Pero bueno.

¿Tiene algo en contra de chigos? -No, contra los sinvergüenzas.

Apresúrese. -Ay, Lolita.

Verídicamente, es que no acabo de entenderte.

-Martín, soy yo.

Martín, escúchame.

-Casilda, ¿eres tú? -La misma que viste y calza.

Por fin me has escuchado.

Y por desdicha, no has sido el único.

-No puede estar aquí. -Suélteme.

Debo hablar con el preso. -Venga conmigo.

-¡Que no! ¡Martín, Martín! ¡Quiero estar contigo!

¡No me alejes de tu lado! ¡No me alejes, amor mío!

¡Déjame aprovechar los poquillos ratos

que podamos tener, Martín!

-Casilda, yo... -¡Martín, te sacaremos de aquí!

Don Felipe se reunirá con Gobernación y te sacará de aquí.

¡Resiste, Martín!

(RÍE)

-Arrojo, Trini. Que no se diga.

-¡Ah!

-¿Qué hace por estos andurriales, señora?

-Busco a un hombre que se llama Durán.

Creo que su casa anda por estos parajes.

-Vive al fondo del camino.

-Agradecida.

¡Arrea! Mal encarado que era el condenado.

-Trini, es una imprudencia y puede ser peligroso.

Si Ramón ha decidido mantenerte al margen, él sabrá por qué.

Prométeme que no cometerás tamaña chaladura.

-Ay, Celi. ¿Cuándo aprenderé a hacerte caso?

(Gruñidos)

¡Ah!

¿Hay alguien ahí?

(Ladridos)

¡Ay, perrillo! ¡Qué susto me has dado!

Bueno.

Pues digo yo que por aquí ha de andar la casa del tal Durán.

(Quejidos)

¿No te ondula? Otro perro dispuesto a amargarme la existencia.

-Auxilio.

-¿Pero qué es esto?

-Auxilio. -¡Ay, Dios mío! ¡Durán!

¡Ay, Dios mío! ¡Dios mío, Durán!

¡Durán! ¿Pero qué ha ocurrido?

¡Durán! ¿Pero quién...? ¡Ay, Dios mío!

¿Quién le ha herido de tal gravedad, Durán?

(BALBUCEA) -¿Qué? ¡Durán!

¡Ay, Dios! ¡Ay, ay!

¡No le entiendo, Durán! ¡Por Dios! ¿Qué pasa?

¿Qué ocurre? ¡Durán! ¡Durán, no! Durán.

Durán, por Dios. No se muera. ¡Durán, por Dios! ¡Aguante!

¡Durán, aguante! Míreme. Eso es. Aguante.

Así. Aguante.

Durán.

¡Durán!

¡Ay, Dios mío! ¡Durán, Durán! ¡Durán! ¿Me oye?

¡Durán!

-¿Qué te parece? Los he preparado para el ágape con tus suegros.

Vaya. A juzgar por tu rostro, no te resultan muy apetitosos.

-Perdóneme, madre. Tengo la cabeza en otra parte.

¿Usted no cree que se retrasan mucho ya?

-Víctor, tan solo unos minutos. Además es de buena educación

llegar a casa ajena un poco más tarde de lo acordado.

-Tanta buena educación acabará con mis nervios.

-Templa, que todo va a salir bien. Ya lo verás.

(Llaman a la puerta)

Estamos cerrados. Lo siento.

-¿También para mí? -¡Leandro!

Pasa, haz el favor.

-No os entretendré mucho. Quería saber cómo estabais.

Víctor, ¿preparado para agasajar a tus suegros?

-Pues no lo sé, la verdad. Estoy hecho un flan.

-Pues no deberías. Pueden estar muy satisfechos

del pedazo de yerno que les cayó. -Bueno.

Saldré a esperarlos a la calle, si no les importa.

-Ay.

¿Y ese rostro tan mohíno? -¿Yo? Disculpa, es que...

Pensaba que me gustaría acompañarle en estos momentos.

Quedarme al menos al aperitivo con los Palacios.

-Sabes que eso no puede ser, Leandro. No tendría manera

de justificar tu presencia. Se trata de una reunión familiar.

-¿Y acaso yo no formo parte de esa familia? Víctor es mi hijo.

-Sí, claro que sí, pero eso don Ramón, como tantos otros,

lo desconocen. -Lo sé.

¿Pero hasta cuándo? ¿Cuándo le vamos a decir

a todo el mundo la verdad? De que Víctor es hijo mío

y que nada me puede hacer más feliz.

-Leandro, ¿no crees que las cosas han ido ya demasiado rápido?

Comprende que necesito tiempo.

-Disculpa. Yo tan solo quiero vivir feliz

con vosotros sin ningún engaño.

¿Cuánto más voy a esperar?

-¡Oh, María Luisa! ¡Don Ramón!

Muchas gracias por venir.

-Al contrario, Juliana. Somos nosotros los agradecidos

por la invitación.

-Bueno, yo ya marcho.

Que disfruten de la velada.

-¿Cómo, Leandro? ¿Nos deja? -Eh... Sí.

Es una reunión familiar.

-Seguro que a ninguno de nosotros nos importa burlarnos

del protocolo y que continúe acompañándonos.

Siéntese con nosotros. Según oí, tenemos muchas cosas que celebrar.

-Bueno. En todo caso, será un placer acompañarles.

-¿Y doña Trini? ¿Por qué no ha venido?

-Tenía cuitas urgentes que hacer. Aseguró que vendría directa

a la chocolatería. Estará a punto de llegar.

-Teresa. ¿De dónde viene?

Creo que ni siquiera yo lo sé.

Necesitaba andar sin rumbo. Alejarme de aquí y pensar.

Ya no puedo más.

Humildad se empeña en tratarme con cercanía, con suma estima.

Si la pobre supiera la verdad.

La comprendo. No debe ser fácil pasar por todo lo que pasa.

Como amigo de Mauro, le digo que su dolor no es menor.

Tal cosa ya ni me consuela ni me concierne.

Ya nada hay entre nosotros, si es que alguna vez hubo algo.

Teresa, ¿es por ese deseo de alejarse de él

lo que le ha impedido contarle lo descubierto entre Cayetana y Oliva?

Ya veo que habló con su esposa. No se lo reproche.

Usted misma le dijo que iba a ponerme al día.

Debo decirle que no comparto con ella su parecer

respecto a sus dudas.

¿Cree usted que no debo callar y debo poner en riesgo

el futuro de los huérfanos?

Opino que no debería olvidar lo que la trajo hasta aquí.

Por lo que ha luchado todo este tiempo.

Destruir a Cayetana.

Teresa, Mauro está desesperado.

Cree haberla perdido para siempre.

No tiene ningún indicio ni prueba contra Cayetana.

Teresa, tiene en su mano darle un último empuje a su lucha.

No abandone sus objetivos.

Creo que ya no me queda arrojo para llevarlo a cabo.

Ni tampoco para enfrentarme a Cayetana.

Entonces, deje que sea Mauro quien lo haga.

Hable con él. Cuéntele todo lo que sabe.

Quizá pueda actuar en consecuencia.

Tiene razón.

Ahora mismo iré a la comisaría para hablar con él.

No se arrepentirá.

Yo no estaría tan segura de eso.

Gracias. Con Dios.

-Fabiana.

¿Qué hace espiando a la maestra escondida como una criminala?

-Nada que sea de su incumbencia.

Nadie le dio a usted vela en este entierro.

-¿Empezamos con los canapés

o prefiere esperar a su esposa, don Ramón?

-No sé qué decirle, Juliana. No entiendo esta impuntualidad.

-Bueno. Don Ramón, no se preocupe.

Se le iría el santo al cielo. -No lo creo.

Sabía de sobra que teníamos esta reunión.

-Bueno. ¿Y su madre está ya mejor? -No.

Todavía no vino a trabajar a la sastrería.

Aunque el médico dice que no es un problema de enjundia.

Imagino que se recuperará pronto. -Me alegra escucharlo.

-Disculpen el retraso.

¡Ay, no! ¡Qué apuro! No tendrían que haberme esperado.

-¿Se encuentra bien, doña Trini? Parece agitada.

-Sí. Es solo por el sofoco de saber que llegaba tarde.

-¿Cómo te has demorado tanto? Llevábamos un rato esperándote.

-Disculpen, es que...

Fui a visitar a una amiga que vive a las afueras de la ciudad

y al regresar resulta que la calesa se perdió.

Por poco acabamos en París.

(RÍEN)

-¿Seguro que estás bien? -Sí. Que sí.

Disculpen. Debo ir al baño un momento.

-Claro.

-¿Se puede saber qué te ocurre? ¿Por qué llegaste tan tarde?

¿Por qué estás tan nerviosa? -Ramón.

Tenemos que hablar.

(LLAMA A LA PUERTA)

Teresa, no te esperaba.

No es de extrañar. Ni yo misma estaba decidida a venir.

Pasa, te lo ruego.

Lamento interrumpir tu trabajo.

Te seré sincero.

Tan solo fingía trabajar para no ser interrumpido.

Deseaba estar solo. Pues no te ha funcionado la treta.

No era tu presencia la que quería evitar,

sino la de mis compañeros. De hecho, bebía pensando en ti.

Ni merezco ni quiero tus pensamientos.

Ni tú ni yo podemos evitarlos.

Ni mi cabeza ni mi corazón me responden si se trata de ti.

Mauro, te lo ruego. No vayas por ese camino.

No he venido a hablar de nosotros. Ya nada nos queda por hablar.

¿A qué debo entonces el placer de tu visita?

He dudado mucho en si venir a contarte lo que he de decirte.

Bueno. Ya que has tomado la decisión, no lo demores más.

¿De qué deseas hablarme?

De Cayetana.

He descubierto algo sobre ella.

Algo que puede ser de la mayor enjundia para ambos.

Te estaba esperando. ¿Traes novedades?

-Seguí a la señorita Teresa. ¿Y bien?

Sus pasos la han llevado hasta comisaría.

¿Y qué la lleva ir a comisaría? Nada bueno.

La maestra acudió a encontrarse con el tal Mauro.

Y dime. ¿Pudiste escuchar lo que hablaron?

Nones. No me podía arriesgar tanto sin ser descubierta.

Pude verla preguntar por él. Al parecer, es de sobras conocida

en la comisaría. No es la primer vez que va.

Entiendo.

Las cuitas que la llevaron allí han de ser de la mayor enjundia.

Muchas urgencias llevaba la condenada. De hecho, allí la dejé

y me vine a toda prisa para informarla.

Era eso lo que me ocultabas.

¿Cómo dice? Nada. Nada, Fabiana. Nada.

Te estoy muy agradecida. Hiciste muy bien el trabajo.

Vete al altillo a descansar. No. De ninguna manera, señora.

Primero, he de hacerle la cena. No, no, no. No es menester.

Me he quedado sin apetito. Además quiero estar sola.

Calla. No me hables ahora de tales cuitas.

¿Es que no te interesa saber lo que descubrí de Cayetana?

No sin que antes me dejes aconsejarte la mayor prudencia.

Mucho has arriesgado ya y Cayetana es peligrosa.

No me perdonaría que te hiciese algo.

Tarde para aconsejar prudencia. No, nunca lo es.

Solo siendo cauta podrás hacer justicia.

Demostrar a todos que su fortuna te corresponde

por derecho de sangre.

Que ella no es Cayetana, sino Anita, hija de Fabiana.

No me importa su posición o fortuna.

Pero a mí sí. Me importa y mucho tu futuro.

Aunque ya no formaré parte de él. Ni ganas ni fuerzas tengo ya

de enfrentarme a Cayetana. Solo espero que tú sí.

Lamento defraudarte, pero ya ni siquiera puedo hablar de ella.

Como ya te he dicho, es otra la mujer

que ocupa mis pensamientos. Y te contesté

que no fueras por ese camino. No puedo evitarlo.

Es verte y olvidar los propósitos que me hice.

Mauro, te lo ruego. Por favor, déjame hablar.

Déjame hablar de nosotros. No hay ningún nosotros.

¿He de recordarte que te casarás con Humildad en unos días?

No podría olvidarlo.

Pues entonces, actúa en consecuencia.

Precisamente, eso estoy haciendo.

Teresa, seré un hombre de poca palabra,

un villano, pero me da igual.

Una sola palabra tuya y acabaré con esta boda sin sentido.

Con Humildad y con el caso si hace falta.

Pídemelo y no me casaré.

-Oiga, don Servando. Hoy se comportará como un caballero.

-Oye, oye. Lolita, muchacha. No haga falsos testimonios.

¿Cuándo no he sido un caballero? Si soy como el mismo duque de Alba

de lo ceremonioso que soy.

-¿Le parece bien poner a su señora Paciencia

a pedir limosna como una pedigüeña? -No te me envalentones.

No he hecho nada de eso. Dios bien lo sabe.

-¿Me dirá que no fue usted el que puso el cacharro?

Servando. Se coge antes a un embustero que a un cojo

y usted de esto cojea de patas. -Buenas.

-# La que iría a la verbena

# cogidita de mi brazo.

# Eres tú porque te quiero.

# Chula de mi corazón. #

-¿Has pensado lo que hablamos ayer?

-¿Cenar en el restaurante de postín?

-No. Lo de comunicar a todos que Víctor es hijo mío.

-Leandro, ¿pero qué prisa tienes?

Si se lleva sin saber más de 20 años, ¿qué más da un día,

una semana o un mes más? -Juliana, lo que no entiendo

es por qué esperar.

-Pues ya estamos en casa. -Bienvenido, señorito Tano.

Se le echó de menos por aquí. -¡Ay, ha crecido!

¿Qué le hacían? ¿Le regaban por las noches?

-Aire libre, buenos alimentos y jugar con sus primos.

-Todo lo contrario que aquí.

Libros, estudio y todo el día encerrado.

Debí quedarme. -Tano, las vacaciones

no son para siempre. Aquí tienes lo necesario

para ser un hombre de provecho. -Sí. Si yo hubiera tenido

tus posibilidades... -Hubieras sido, Servando...

-Almirante lo menos. No digo más. -Sí, claro. Servando.

Y yo su grumete. -Su hijo es más íntegro

que la mayoría de los que conozco.

-Usted siga erre que erre

y no entienda que su descaro es motivo para alterar la salud

de la gente normal y decente.

Si no lo entendió, ya no lo hará. -Creo que se excede, doña Susana.

Si no le contesto es porque es la madre de Leandro

y pronto seremos familia. -¿Familia nosotras?

No lo verán sus ojos. Ni usted ni ese bastardo que tiene

van a ser familia mía.

-Ya basta. -Tengo una cita en Gobernación

por el indulto de Martín. Me gusta estar al tanto

de las últimas novedades antes de ir al Ministerio.

No hay ninguna. No sé si eso es bueno o malo.

Todo sigue su curso. Las cosas de palacio van despacio,

pero sin descanso. Cierto.

Bueno. Manténgame al tanto de la reunión.

Sí. Ah, Mauro.

Por cierto. ¿Cómo va a manejar la información de la relación

entre Cayetana y el secretario Oliva?

¿Relación? -¿No se apea del burro doña Rosina?

-Para nada. Sigue siesa y estirada conmigo

como una vela, pero yo voy a tener más paciencia

que ella. Se acabará cansando. La antipatía no es su condición.

-O sí. Los ricos se vuelven majaretas.

Será de tener tanto tiempo libre y descanso.

-Oye, Casilda, ¿no era hoy cuando sabrías de Martín?

-Y Dios quiera que sean para bien.

Que me lo dejen libre al pobrecito y que doña Rosina

vuelva a su ser. Que no se quede así siempre.

-Pablo, si salgo, os lo agradeceré siempre a Leonor y a ti.

Pero, sobre todo, a Casilda.

Yo sé que tú me entiendes si te digo que la quiero

con toda el alma. Como se merece.

Por eso, me atrevo a pedirte que me ayudes una vez más.

Para demostrárselo. Si está en mi mano,

te ayudaré en lo que sea.

Es muy fácil. Escucha.

-¿A Durán? -Sí.

-¿Y por qué? Esto es una locura. ¿Pero cómo sabías tú

dónde vive Durán y por qué verle? -Ramón, para. Por favor.

Todo eso ya no importa. Lo que importa es lo que vi.

Ramón, Durán está muerto. Lo han asesinado.

-¿Qué? Celia, quería comentarle algo.

He estado consultando con la almohada

y no sé si abandonar Acacias. No le resultará difícil

encontrar otra tutora para Tano. -¿Pero por qué?

¿Es por Cayetana? Piénseselo dos veces.

Ya ni siquiera es por Tano

ni por esta casa. No es solo por ella.

Teresa, hay muchos motivos para no irse.

Piense que si abandona, los huérfanos no tendrán colegio.

Ni Cayetana ni el secretario Oliva los defenderán.

La necesitan a usted.

Tampoco sé si cumplo con mi deber.

No tengo la cabeza donde debería estar-

Que no ocurra más lo de Casilda. Se cuela a las bravas para verte.

-Hay que reconocer que, aunque es pequeña, se atreve.

Pequeña pero matona.

Si nos descuidamos, te organiza una fuga de la prisión.

Mejor será que dejes de negarte a que te visite.

Si no, nos corta los barrotes. Tiene razón.

Y más ahora con posibilidades de salir de aquí.

Con más motivo, halago a Casilda. No cantes victoria

antes de tiempo, Martín. Hasta que no sepamos

qué le dicen a don Felipe en el Ministerio, no es seguro

que el indulto siga. -Ramón, debemos hablar.

-Mejor será dejarlo para mañana. -¡No, Ramón! ¡Hay un muerto!

No quiero hablar ni de melindres ni de verbenas.

Necesito que me digas la verdad y ni se te ocurra mentirme.

No me digas que no te importa. -Lo siento, Trini.

No sé nada de la muerte de Durán. -No te acuso, Ramón.

No te veo como un criminal, pero necesito la verdad.

¿Qué negocios tienes entre manos? ¿Por qué horarios raros

y por qué tantas horas fuera de casa?

Hice venir a Humildad. Cuatro ojos ven más que dos.

-Qué alegría verla, Teresa. Lo mismo digo.

Empecé a rellenar los datos. Mire si son correctos.

En fin, las dejo solas. Sé que se entienden muy bien.

Seguro que saben organizarse sin mi presencia.

Si necesitan algo, háganmelo saber.

-Estoy con mi familia. No se acerque a ellos.

Vi la lista y no cumplió con su palabra.

Abandonó a los niños. ¿Usted y doña Cayetana creen

que me pueden tomar el pelo? Váyase, haga el favor.

¿Qué prefiere, que se lo cuente primero a su esposa

o hablo primero con el obispado? No, no es momento de tratar eso.

A lo mejor sí. A lo mejor es el momento

de que yo también incumpla mi parte del pacto.

  • Capítulo 310

Acacias 38 - Capítulo 310

29 jun 2016

Oliva acepta el chantaje de Teresa siempre y cuando no genere un escándalo. María Luisa pide paz entre Ramón y Trini; hoy es el día de la cena con Víctor. Trini encuentra a Durán, herido y moribundo, e intentando decirle algo, pero muere. Los Palacios llegan a la cena sin Trini. Leandro le plantea a Juliana hacer pública su paternidad. Cayetana ordena a Fabiana seguir a Teresa. Rosina es incapaz de reconocer que Casilda ha recompuesto el retrato de Maximiliano. A pesar de la negativa de Mauro a que Casilda vea a Martín, ella se cuela en las celdas.

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