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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 303 - ver ahora
Transcripción completa

Humildad ha transmitido sus deseos al personal del hospital.

No le permitirán verla.

Desahóguese, desahóguese conmigo si quiere.

Pero mejor haría rezando por la salud de Humildad.

Imagino que has pensado en las razones de su actitud.

Nos vio besarnos.

Ahora seguro.

Y también ese beso tuvo la culpa de su ataque.

Querría que defendiera a Martín.

-Yo era muy amigo de don Maximiliano.

Y no me sentiría bien defendiendo a alguien que, como mínimo,

formó parte de la trama para su asesinato.

-Por Dios, don Felipe,

ya se lo digo: Martín no tuvo nada que ver.

Bien lo sé, muchacha.

Bien lo sé.

Pero no puedo comprometer mi prestigio social...

por aceptar tu caso.

-Mi madre te está humillando. Y bien sé...

que está disfrutando con ello.

-¿No te has parado a pensar por qué ahora,

justo ahora, tu madre arrecia contra mí?

-Con sus altos y sus bajos,

mi madre siempre que ha tenido oportunidad ha intentado doblegarte.

-Tu madre sabe que Víctor es su nieto.

-¿Vendrán entonces ustedes a la fiesta, caballeros?

-Por supuesto que iremos.

Jamás le haríamos tal feo, ¿verdad, don Ramón?

-No, claro, allí estaremos. -Bien.

Me quedo muy agradecido.

-El señor Heredia ya se retira.

Acompáñale, por favor.

Creo que el mejor lugar para emplazar nuestro edificio

es esta área del viejo cementerio.

Los técnicos están de acuerdo en que es la zona

más recoleta y adecuada. Me parece muy buena idea.

¿Están de acuerdo, caballeros?

Fabiana, por favor,

no parece que estés en lo que tienes que estar.

¿Qué es lo que yo no sé?

Te atañe personalmente.

-...que la señora se ha empeñado en vaciar de tumbas.

Enterrados bajo dos lápidas falsas,

con los nombres de Álvaro Vega y Susana Hernández.

Por su ambición va a cavar su propia tumba.

Álvaro Vega y Susana Hernández.

¿Le has contado esto a alguien?

Contéstame de una vez. ¿Le has contado esto a alguien?

Ni una sola palabra ha salido de mis labios.

Que me caiga aquí ahora si miento.

Lo que no alcanzo a comprender es cómo no me has contado

todo esto antes. Me faltó valor.

Andaba dudando si contárselo a Guadalupe o no.

¿Has perdido el oremus? ¿Qué querías, acabar conmigo?

Una madre merece saber dónde descansa el cuerpo de su hija.

Eso no es de tu incumbencia. Al menos la pobre

podría tener el consuelo de darle un entierro digno a Manuela.

De llevarle algunas flores por el día de los muertos.

Puedo comprender que siendo tú madre sientas compasión por esa mujer.

Todas las que hemos tenido hijos sabemos que ellos son lo primero.

Sí.

Y si es necesario, la vida hay que darla por ellos.

Por eso,... porque eres una mujer de ley,...

nunca harías nada que me perjudicara.

Aunque se me abran las entrañas por el sufrimiento de Guadalupe.

Protegerla a usted es lo primero.

Por eso me he quedado callada como una piedra.

Es la mejor madre que una hija podría tener.

Aunque la conciencia no me vuelva a dejar dormir tranquila, yo juro...

por estas, que son cruces,

que no diré nada ni a Guadalupe ni a nadie.

Eres la única persona en la que puedo confiar.

Si no buscas mi desgracia, olvídate de esto.

No soportaría que me traicionaras. Así lo haré.

Pero no sé si podré olvidar algo. Algo tan gordo.

No olvides que tengo muchos enemigos esperando cualquier resquicio

para conseguir mi cuello.

Piense que el policía malaje ese no deja de perseguirla.

Esa pobre mujer...

no va a tener consuelo mientras viva.

Olvídate ya de Guadalupe. Yo no la veo tan triste.

Tiene su vida, su negocio, a su hijo bien casado.

¿Para qué reabrir heridas?

Ahí... sí tiene usted razón. Además,

San Emeterio está obsesionado

en implicarme en las muertes de Germán y Manuela.

Como sepa esto no va a parar hasta arruinarme la vida.

Descuide.

No le voy a dar a ese Adán todo lo que busca.

No olvides que es la vida de tu hija la que está en peligro.

No tema.

Si no tienes muchos compromisos podríamos ir por fin al teatro.

Creo que la obra de la que te hablé la quitan en unos días.

-Dicen que es una comedia la mar de graciosa.

-Y tanto. Cuentan que una señorona,

la otra noche, de tanta gracia que le hizo se orinó encima.

Vamos, que arruinó butaca y vestido. -Qué vergüenza, pobre mujer.

-¿Entonces?

¿Vamos al teatro?

-No, hoy me va a resultar imposible. Tengo mucho trabajo.

-Ya me sé la cantinela.

Pero Ramón, la función es a las 7.

¿Tanta tarea tienes que no puedes estar para esa hora?

Es que tengo que pasar por la oficina de la empresa

a despachar con los empleados.

-Padre, las oficinas siempre cierran a las 6.

Le da tiempo a regresar a casa y cambiarse para ir al teatro.

-Bueno, pero es que además he quedado con Ginés porque...

tenemos que ir juntos a una cena y una fiesta

que va a dar don Clemente. Al parecer quiere presentarme

a gente de importancia en esto de los negocios.

-¿Una fiesta? Ah, pues yo me apunto.

-Si va gente de categoría, a mí también me gustaría ir.

-Será un tostón.

Yo voy allí por obligación.

Preferiría mil veces pasar la velada con vosotras en casa, o en el teatro.

-Anda, Ramón.

Si tú sabes que a nosotras nos encantan esos saraos.

Y seguro que hay hasta baile.

-Os ibais a aburrir.

Allí nada más se va a hablar de negocios,

no podría atenderos tan bien como merecéis.

-Bueno, no se preocupe que ya nos cuidamos nosotras solas.

-No me parece oportuno.

Además, tengo que ir desde la oficina,

no tendría tiempo para venir a recogeros a casa.

-Bueno, pero podemos encontrarnos allí.

¿Dónde está esa oficina? -A las afueras de la ciudad.

Y no me parece bien que dos damas anden solas

por semejantes andurriales. Así que las dos os quedáis en casa

y punto redondo.

-Tiene razón.

Sí, es mejor que nos quedemos aquí.

Seguro que esas reuniones con los hombres de negocios

son más aburridas que un saco de almejas.

-Te aseguro que no hay nada de esparcimiento en esos eventos.

-Pues ya lamento, ya, Ramón, que no tengas ni un rato de ocio.

Que te lo mereces. Siempre estás trabajando.

-Gracias por ser tan comprensiva.

-Me parece que no ha sido usted muy creíble.

Tanta comprensión por parte de una esposa amosca a cualquier marido.

-María Luisa,

si de una forma no consigo averiguar en qué anda tu padre metido,

tendré que intentarlo de otro modo.

-Pues no sé yo si le va a funcionar el cambio de táctica.

-Eso espero.

Porque no pienso quedarme preocupada por lo que está pasando,

aunque tu padre intente dejarme al margen.

-Mejor sería que dejara de darle al magín.

Ni por las bravas, ni haciéndose la suave consigue saber qué ocurre.

-Pues entonces habrá que ir por la calle del medio.

María Luisa,...

de hoy no pasa que yo averigüe cuáles son los negocios de tu padre.

Más ingenua que un niño de teta has sido por preguntarle a Felipe

si se haría cargo del caso de Martín.

Lo mismo te habría dado preguntarle por el tiempo.

Ya sabes lo que dicen: Cuando uno no tiene corazón, se mete a verdugo.

Y cuando tampoco tiene alma, a abogado.

Cuando tratas con ellos el resultado es el mismo, solo que los abogados,

además de acabar contigo, te dejan sin dinero.

Pero es que Martín es inocente.

¿Es que eso no es bastante? Pues no.

Que además de inocente tienes que demostrarlo.

Y habiendo dinero de por medio...

no esperes la ayuda de ningún leguleyo.

-No deberías andar hablando con los vecinos.

Tú ya no trabajas en esta casa.

Y cualquiera podría decirte que no tienes razones para vivir aquí.

-Ya lo sé que estoy aquí de jiripa.

Pero no puedo dejar que le den el garrote a Martín

sin buscarle defensa.

Algo haremos. Pero tienes que ser cautelosa.

Por lo menos te hemos conseguido un techo.

Y bien agradecida que estoy por ello.

Que muy malamente me ha ido fuera de estas paredes.

-Pues toma nota.

Sé discreta y no importunes a la gente.

Si sigues pidiendo esos favores los vas a poner todos en tu contra.

Toda la calle Acacias anda escocida por el atentado y, con razón o no,

le echan la culpa a Martín. -Será así como tú dices,

pero no me puedo quedar sentada viéndole encerrado como una fiera.

Pablo, ¿es que acaso no harías tú lo mismo por doña Leonor

si estuviera entre rejas?

-Casilda.

Entendemos tu desesperación.

Pero andar importunando a la gente puede traerte problemas bien gordos.

-Yo solo he pedido un poco de caridad.

Martín está colaborando con Mauro. En cuanto trinquen a Calanda

y a su banda, todo estará solucionado.

Le dejarán en la calle y a otra cosa.

Dios te oiga.

Si yo solo pido que le dejen en libertad.

Y un trabajo para mí.

-Ya verás como pronto tendrás las dos cosas.

-Muchas gracias, doña Leonor.

Es usted más buena que el pan blanco.

Estoy muy agradecida por lo que están haciendo por mí.

Y a Dios rogando y con el mazo dando.

Voy a arreglarme, a ver si hoy encuentro una buena casa

en la que servir.

-Pobre mujer.

No le va a resultar nada fácil encontrar empleo.

Y mucho menos en este barrio.

A mí lo que más me inquieta es que vuelva a caer en malas compañías.

Porque Casilda todo lo que tiene de noble lo tiene de ingenua.

Dios.

No se me ocurre qué puede hacerte sonreír en medio de semejante drama.

Me ha venido algo al magín que nos podría venir de perlas.

Pero voy a necesitar tu ayuda.

Dele estos papeles a Peiró.

Y dígale que no le he podido esperar.

Tengo que marchar al hospital.

¿Le ha ocurrido algo a Humildad? Me ha pedido que venga a verle

y le de razón sobre su estado. ¿Cómo se encuentra?

Hemos pasado una noche horrorosa.

En algún momento he pensado que entregaba su alma al Señor,

pero tiene una naturaleza proverbial y ha salido adelante.

¿Entonces está mejor?

Podemos decir que sí, al menos está fuera de peligro.

Voy a verla a escape.

¡Espere, espere, espere!

Humildad no quiere verle.

Precisamente estoy aquí para informarle.

Y pedirle que evite la tentación de ir al hospital,

no le permitirán verla.

Está bien.

Si ese es su deseo, así será.

Me quedaré en el despacho.

¿No va a rebelarse esta vez? ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Tengo que decir que me sorprende que acepte la voluntad de Humildad.

No pienso insistir más.

Ya he comprendido que debo respetar los deseos de Humildad.

Hace usted muy bien y le felicito por su templanza.

Sería una torpeza contrariarla estando tan enferma como está.

Aunque, la verdad, preferiría verla y poder confortarla.

Comprendo que se sienta responsable por lo que le ha ocurrido

a la pobre desdichada, pero tenga en cuenta que está bien atendida

y, sobre todo, en manos de nuestro creador.

Solo le pediría una cosa. Que me mantenga informado

si ocurre alguna novedad. No le quepa duda de que así lo haré.

Me alegra... que haya comprendido tan bien los deseos de ella.

Mauro...

Espere, Padre. ¿Qué sucede?

Nada, que no le he dado las gracias

por tomarse la molestia de venir hasta aquí.

No hay de qué, hijo. Quede usted con Dios.

Meapilas.

Teresa, espere.

La he visto mucho tiempo de cháchara con el cura.

He estado hablando con él tras la confesión.

La verdad es que me siento reconfortada.

Me cuesta creer que tenga usted pecados de tanto calibre.

No hace falta ser una gran pecadora

para encontrar alivio en la confesión.

¿Qué le ocurre?

La noto muy melancólica estos días.

¿Qué he de tener? Nada.

A mí no me engaña.

Sé lo que le ocurre.

Y sé lo que está ocultando.

No la entiendo.

Lo que a usted le pasa es que tiene que ver con Humildad.

Desde que sabe que la prometida de Mauro está...

peor de salud está usted muy desasosegada.

Ya le dije el otro día que no tenía que preocuparse en demasía.

Es cierto que me preocupa la salud de esa mujer.

¿Y no hay nada más de enjundia que le quite el sueño?

No. ¿Qué habría de haber?

Lo que ocurre es que...

desde que la conozco he sentido simpatía hacia ella.

Por lo vulnerable que me parece.

Está bien. Si tiene algo que contarme

ya sabe dónde me tiene. Le quedo agradecida.

Tengo que confesarle que me duele una pizca que no confíe usted en mí

tanto como para contarme lo que le atormenta.

No se trata de falta de confianza, simplemente...

no quiero darle más vueltas a mis cuitas.

No sabe cuánto la entiendo.

Hay preocupaciones que deberían poderse enterrar para siempre.

Aunque no siempre se consigue. Así es.

¿Tiene usted un momento?

¿Me acompaña a casa y revisamos los planos del colegio?

¿Hay algún problema?

No, no, ninguno.

Solo que he estado hablando con el arquitecto y he decidido

cambiar el emplazamiento del edificio.

¿Y ese cambio? Pensé que estaba encantada con la ubicación.

Sí, lo estaba, pero si lo colocamos donde yo propongo habrá más sitio

para que los niños jueguen entre clases.

Yo siempre he defendido que cuanto más espacio y sol

para el esparcimiento más estudiosos son los alumnos.

¿Cuento entonces con su apoyo ante del patronato?

Por supuesto.

Por una causa tan buena estaré encantada de ver esos planos.

Tengo que decirle que me siento muy afortunada

de tenerla como aliada.

Y que el emplazamiento nuevo solo cuenta con ventajas.

¿Vamos a ver los planos?

Señora, la comida ya está preparada. He bajado a hacer la compra,

la casa está arreglada y limpia y enseguida me pongo con la plancha.

-Fabiana,...

no hace falta que me des el parte de todo lo que haces.

Ya veo que la casa está como los chorros del oro.

-No quiero que se piense la señora que por ayudar a doña Cayetana

yo desatiendo mis labores.

-Pierde cuidado, Fabiana.

Que una no es una cuentahoras que pretenden que las criadas

estén en casa de sol a sol.

Sé bien que faenas como la que más.

Y que eres muy buena mujer.

-Usted sí que es oro molido.

Si todas las señoras fuesen tan fetenes como usted,

otro gallo nos cantaría.

Y esto se lo digo de corazón.

-Fabiana, que no es para tanto.

No, solo que yo he estado a los dos lados

y sé lo difícil que es ganarse el pan.

(LLAMAN A LA PUERTA)

-Venía buscando a don Ramón, pero me dice la criada

que no está en la casa. -Así es.

Fabiana,...

muchas gracias, puedes continuar con tus labores.

-Si me permite...

-Es extraño, he recibido un billete que me citaba aquí a esta hora.

-Lo sé.

Yo misma fui quien envió la nota.

Le he hecho venir porque Ramón quiere que organice un ágape

para sus socios y clientes.

-Qué raro que no me haya comentado nada al respecto.

-Bueno, si Clemente organiza una fiesta pues...

él quiere organizar otra, y si puede ser, mejor.

Él también quiere potenciar sus negocios.

-Pues si esos son los deseos de don Ramón, yo no tengo nada que objetar.

¿Qué quiere que haga? -Fetén.

Pues tiene que convocar a todo el mundo, y a escape.

Porque don Ramón pretende que la reunión se celebre mañana mismo.

-Rediez, pero qué prisas. -Yo no sé de qué se extraña.

¿Acaso don Clemente no invita de un día para otro?

Póngase a la tarea, hágame el favor, que va con el tiempo justo.

-Ya lo creo que sí. Haré todo lo que pueda

y más.

La verdad es que me alegra que ahora don Ramón se muestre tan...

entusiasta con los negocios. -Espere.

¿Acaso no lo estaba antes?

-No, no, claro que sí que lo estaba.

Vamos, tan entusiasta como todo el mundo con lo suyo.

Bueno, me marcho a escape, que tengo que citar a mucha gente

y tengo muy poco tiempo. -Agradecida, don Ginés.

Necesito llenar el cubo, que tengo que darle un agua al quiosco,

que las palomas me lo ponen todo perdido.

-Yo le cedo el sitio, pero no me parece lo más adecuado

que utilice esta agua para tales menesteres.

-¿Y qué quiere que utilice, agua del Carmen?

-O vino de Cariñena, si le place. Pero esta agua es bendita,

que la ha bendecido la propia Virgen.

-Arrope, déjese de pamplinas, que una no tiene tiempo

para andarse con supercherías.

-Luego no se queje usted si tiene que fregar la escalera

de Pedro Voltero por impía.

-Si una acaba en el infierno le aseguro que no va a ser por esto.

-No la veía yo a usted tan descreída.

¡Perdónale, Señor!,

porque no sabe lo que dice.

Anda la leche, que va a ser verdad esto de las apariciones.

Virgen.

Virgen mía,

de verdad, no te enfades conmigo por vender agua.

Uno no lo hizo a mala fe. ¡Virgen Santa bendita!

En mí tienes

tu más ferviente siervo.

-Servando. -¿Eh?

Virgen... Pero si apareces, date prisa

que no tengo las rodillas para estar mucho tiempo así.

-Servando.

Mire usted.

-Arrea.

Me parece a mí, Servando,

que has hecho el canelo como todo un campeón.

Ya, ya veo yo de dónde vienen las apariciones.

-¿Ha visto usted la luz?

Si es que esta se rebota de los cristales, si ya me parecía a mí

que aquí ni se aparece la Virgen ni un angélico de tercera, vamos.

-Ya la veo, ya.

Menudo disgusto se va a llevar la Paciencia, eh.

Con lo que le gustaban a ella las apariciones.

Para mí que se ve en los altares.

-Pero esto no se lo puedo decir a la Paciencia,

como se lo diga se va a arrancar los pelos de la rabia.

-Pues va a necesitar más inventiva que la señora Leonor en sus novelas.

-Sí, señora, sí, esto que están ustedes viendo

es agua bendita de la Virgen de la calle Acacias.

Y, por ser ustedes,

se van a llevar 3 botellas al precio de 2, señoras.

-Pero no será tan aprovechado de seguir vendiendo esto.

-Cállate. Muchas gracias, señora,

que Dios la acompañe.

Chitón, que ya lo explicaré yo esto.

Y si vendo unas botellas de más es porque Dios quiere, ¿no?

Señora, no se le olvide decírselo a sus amigas.

Antes de que se seque la fuente de la Virgen de Acacias.

Caballero, agua bendita de la Virgen de Acacias,

agua fresquita, agua bendita.

A espuertas nos está llegando el dinero del yacimiento.

No sé en qué vamos a gastarlo.

Podríamos comprar más muebles, ¿qué te parece?

O más vestidos.

O mejor, algunas joyas. Bueno no,

porque sería un poco tonto, ¿no? Gastar el dinero

que sale del oro en comprar más oro.

-Pues ya que tenemos de sobras podríamos contratar a una sirvienta.

-Es tan difícil encontrar una que sea buena.

Además, tú y yo nos las apañamos de perlas sin tener servicio.

-Sobre todo usted, que yo no paro en todo el día.

Hasta tengo los dedos hinchados.

A este paso, cuando quiera escribir a máquina,

voy a darle a dos teclas en lugar de a una.

Tengo tanta hambre que he estado a punto de quitarle

el pienso a los caballos.

Si te dedicaras a algo propio de tu clase,

no vendrías reclamando comida como si fueras un peón caminero.

-Llegas justo a tiempo, cariño.

El guiso está listo. Pruébalo, a ver si es de tu gusto.

¡Dios! ¿No te gusta?

-Ay, hijo, qué exquisito.

Con la de cosas asquerosas que habrás tenido que comer

cuando eras pobre. Si esto está más salado

que un bacalao y un arenque juntos. Un poco más y en esa perola

se pueden hacer unas salineras.

Seguro que exageras. Además, la niña siempre ha tenido muy buena mano

con la cocina. -Vaya.

Es la primera noticia que tengo sobre esa habilidad.

-Yo... no lo encuentro tan malo. Un poco...

fuertecito.

Como para tumbar un carretero.

¿No?

Cómo hecho de menos los guisos de Casilda.

Sí.

Hacía unas calderetas que te caías de espaldas.

-Pues le echáis más agua al puchero y resuelto, qué pocos recursos tenéis.

-Como quiera, madre, como quiera.

-¿Vamos a comer aquí en la cocina como los criados?

-Pero es que no me ha dado tiempo a poner la mesa.

Si lo quiere hacer usted allí.

-No, no, no, está bien. Tenemos que conformarnos

y comer como si fuéramos zíngaros.

(Se rompe algo)

¡Ay, hija! Estás en las nubes.

Antes se ha roto un jarrón cuando quitabas el polvo.

Después un cenicero cuando barrías. Has de tener más tino.

-Madre, lo siento, pero una no está educada para servir.

-No te quejes tanto, eh. Que no está de más que una señora

sepa algo de las tareas del hogar.

Porque te puede pasar como a mí,

que te quedes sin criada porque, te recuerdo,

la mía resultó ser una criminal.

¿Qué haces aquí?

Le he dicho a todo el mundo que no quería verte.

Vete.

¡Enfermera, por favor!

Me da igual, Humildad. Enfermera, váyase.

Humildad, te ruego que no rechaces mi visita.

Es menester que sepa de primera mano cómo te encuentras.

No me encuentro bien.

Te pido por favor que me dejes tranquila.

Ya sé que no querías verme.

El Padre Fructuoso me lo advirtió.

Pero tenía que verte, Humildad.

Darte mi apoyo y mi consuelo.

Y, sobre todo, pedirte perdón.

¿Por qué?

¿Por qué te disculpas?

Debería ser yo la que me excuse por... por mi vanidad.

Por no permitirte visitarme.

Lo siento.

Si te he pedido tal cosa era simplemente porque...

no quería que me vieras en este estado.

No debes preocuparte por eso.

Lo sé.

Y ahora me doy cuenta de que te he hecho sufrir

al pedirte que te mantuvieras al margen.

Pero ¿qué fue lo que te ocurrió?

Apenas lo sé.

Solo recuerdo que me desvanecí y...

cuando me desperté me encontraba en esta cama.

¿No sabes lo que te produjo el desmayo?

No.

Todo se ha borrado de mi memoria, está como... en una nebulosa.

No recuerdas lo que estabas haciendo.

En absoluto.

Todo se ha borrado de mi memoria.

De lo que sí que me acuerdo es que fui a Acacias a buscarte.

Me moría de las ganas de estar contigo.

Pues aquí me tienes.

A tu lado.

Aquí estás, como siempre.

Eres una bendición, Mauro.

Gracias.

Disculpad el aspecto.

Lo mismo le he puesto algún ingrediente de más, o de menos.

-Yo, con el guiso, he tenido bastante.

No es que no me apetezca ni tenga reparos,

pero es que no me conviene tomar demasiado dulce.

-Lo mismo le apetece probarlo por la noche.

-Sí, o se lo podemos dar a un pobre.

Lo digo porque, cuando hay necesidad, lo que menos importa

es el aspecto que tengan las viandas.

Bueno, a mí se me ha hecho tarde. Tengo que ir al hipódromo a escape.

-Muy bien, yo tengo que ir a escribir.

Madre, le toca fregar los platos. E ir al lavadero,

que ya no tenemos enaguas limpias y Pablo no tiene calzones.

Sí, y no le ponga almidón que luego me raspa.

Un poquito.

-¿Me estás diciendo que lave los calzones de tu esposo?

-Alguien tendrá que hacerlo, ¿no?

Ah, y no se olvide de recoger la casa,

que como tengamos alguna visita lo va a ver todo manga por hombro.

-No, no creo que venga nadie.

Ya haremos todo cuando tengamos más tiempo.

Diga usted que sí, si cogemos chinches en la ropa

o una rata ya se solucionará.

Hay cosas peores que ir cargados de mugre.

Pues ahora que lo decís,

le estoy dando al magín y creo que es conveniente

que contratemos servicio cuanto antes.

No es porque no nos apañemos. Es que una casa de esta reputación,

mina de oro incluido, no puede estar sin criada.

-Por nosotros no te preocupes, madre.

Nosotros no nos quejamos.

Si quiere nos hacemos con unas gallinas

y así no tenemos que ir a comprar.

-Bueno, será mejor que vaya a buscar criada ahora mismo.

-Sí.

Parece que tu plan ha funcionado. Sí, pero lo del guiso

ha sido un triunfo, que yo te he dicho que le echaras sal de más,

no medio Mediterráneo.

Cariño, cuando las cosas se hacen mal,

se hacen mal a conciencia.

¿Has visto como mi madre ha reaccionado?

Quiera Dios que termine bien.

(SUSPIRA)

Está comprobado que los niños son más atentos y aprenden más rápido

si disponen del espacio suficiente para su esparcimiento.

Pero ¿no será muy costoso el cambiar de sitio

toda la construcción del colegio? No, Padre, la nueva propuesta

de doña Cayetana por la que estamos reunidos de nuevo

no exige ningún gasto extra al no haberse iniciado las obras.

Y la ganancia de espacio para los niños

es muy importante.

-Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que hay que felicitar

a doña Cayetana por el gran interés que se toma

por engrandecer nuestro proyecto.

Mi único interés es el bienestar de esos niños.

-Es muy loable pero ¿exactamente dónde se emplazará ahora

la construcción del colegio?

Solo nos alejaríamos unos 10 metros del límite de la parcela.

No, no es eso lo que pregunto. Lo que me inquieta

es si queda alguna tumba por desplazar.

No, precisamente esa zona fue la que primero se trasladó.

Solo quedan las tumbas de dos desconocidos.

Dos pobres desgraciados que no han sido... reclamados.

Un tal Álvaro Vega y una mujer llamada Susana Hernández.

¿Dónde, dónde?

En el mismo cementerio...

que la señora se ha empeñado en vaciar de tumbas.

Enterrados bajo dos lápidas falsas,

con los nombres de Álvaro Vega y Susana Hernández.

Por su ambición va a cavar su propia tumba.

-Perdón, señor.

Enseguida le traigo otra.

Va a construir el colegio sobre los cuerpos de don Germán y Manuela.

Dios te salve, María...

-O le dice la verdad

o le busca un lazarillo, pero su mujer se va a quedar ciega

de tanto mirar al sol. -No seas ceniza.

Cada cosa a su tiempo.

-Es usted más canalla que el que le robaba al mudo

porque no podría pedir auxilio.

-Chiquilla, un respeto, que peino canas.

Si no le digo nada a mi santa es para no desilusionarla.

Mírala cómo disfruta. -Y un cuerno jeringado.

Que usted no dice ni chus ni mus

porque no quiere que se le jeringue el comercio del agua bendita.

-Oye, que yo no vendo agua.

Que yo vendo ilusiones y fe en los milagros.

Y eso... no tiene precio.

-Qué malo es don dinero,

que al más cabal le hace perder la cordura.

Arrope, ¿te has hecho filósofa de repente?

-Se acabó el arroz, le voy a contar a la Paciencia toda la verdad.

-Gracias por tus palabras.

A nosotros, pobres pecadores y siervos tuyos.

La Virgen me ha hablado

y me ha pedido que hagamos penitencia.

No debemos comer en un día

más de lo que cabe en nuestra palma de la mano.

-Para eso no hay problema ninguno porque

Dios me ha dado a mí unas manitas

que puedo coger un cochinillo entero.

-Y todo lo que no comamos

hemos de dárselo a los pobres.

A los más pobres que nosotros, se entiende.

Porque esa es la voluntad de Nuestra Señora.

Yo misma vaciaré nuestra despensa

y le daré todo a los más pobres.

Solo me quedaré con un mendrugo de pan duro

para mi esposo y para mí.

-Esto ya no me está empezando a gustar,

que con el condumio no se juega.

Tengo que terminar con este desatino.

-A ver si lo consigue.

Que la Paciencia está más fervorosa que el Papa de Roma en Semana Santa.

-Ahora vamos a rezar una novena a Nuestra Señora.

Me voy muy contenta,

como se nota que cuando hay dinero nos esmeramos en firme.

-Yo siempre remato mis trajes con la misma calidad.

-Pues conmigo pon un poco más de cariño, eh.

Quiero ribetes de seda, encajes de hilo, y botones de nácar y plata.

-Ten cuidado a ver si vas a parecer un muestrario.

-No pases pena que una, además de mucho dinero, tiene mucho gusto.

Te iba a convidar a un chocolate, pero...

Como no sé cómo van tus rifirrafes con los Ferrero...

-Van. Ni más ni menos.

-¿Se disculpó el muchacho por su enfrentamiento contigo

el otro día?

-Hay que tener cierta educación

y cierto mundo para admitir los errores.

Se ve a la legua que ese chico es un chabacano cualquiera.

Un engreído.

-Ya de pequeño se veía que no le ponía límites.

Eso es muy malo para un muchacho.

-Claro, ya huérfano de chico.

Bueno, he de irme.

Les dejo a la paz de Dios.

-Con Dios, doña Rosina.

Madre, ¿cómo puede hablar así de Víctor?

Y más sabiendo que es su nieto.

-Vaya.

No sabía que estabas al tanto de la calle.

Mejor, porque ahora que hemos descubierto todos nuestras cartas

me vas a escuchar. Ya te digo yo que me vas a escuchar.

Me están entrando todos los calambres.

¿No será que ha pasado algo malo? Templa, Casilda, y estate quieta

con las piernas que con los nervios no paras de darme patadas.

¿Y si preguntamos a ese hombre? ¡No, no!

¿Dónde vas? Cuanto menos hables con un guardia mejor.

Porque si tiene malas pulgas te lleva al calabozo en un tris.

¿Quién dijo miedo? Que no.

Martín. Buenas.

Señor inspector, ¿qué ha ocurrido?

Díganoslo, que tengo el corazón que se me sale por la boca.

Tranquila. Que no hay por qué alarmarse.

Entonces cuente, que estamos en ascuas.

Los guardias acaban de detener a Calanda y al resto de anarquistas.

Y todo gracias a las informaciones de Martín.

Gracias a Dios por haber escuchado mis plegarias.

Y gracias a usted, don Mauro.

Que es usted...

oro molido, canelita en rama.

Venga, Martín, vámonos a casa que una ya ha tenido celda para toda la vida.

No tan deprisa.

Me temo que Martín se tiene que quedar algún tiempo con nosotros.

Arrea.

Pero si ya han cogido a los malnacidos.

Sí, pero no depende de mí que Martín salga libre.

Eso lo tiene que decidir un juez.

-Es cuestión de días, ¿verdad, inspector?

Eso espero.

Que pronto tengamos buenas noticias.

Por lo pronto, con Calanda preso, vais a poder dormir tranquilos.

-Bueno.

Entonces tendremos que esperar otra miaja más de tiempo.

Perdón, es que no me he podido contener las ganas.

Natural. Ha sido mucho tiempo

sin una pizca de esperanza.

Casilda, ya sé que te gustaría quedarte un rato con tu novio.

Pero tengo asuntos que tratar con él,

y mi jefe está a punto de llegar.

Venga, vámonos.

Tranquila.

Ya verás como todo va de guinda. Él pronto saldrá de aquí

y tú vas a encontrar trabajo en menos que canta un gallo.

Eso espero, que Dios no me está ahogando

pero sí está apretando firme. Vamos.

No, madre, no pienso escuchar más sus reproches.

-¿Ah, no?

¿Y te parece de recibo que me haya enterado de que eres padre

con más de 20 años de retraso?

-Madre, la forma en que nos hemos enterado de esto

no es buen plato para nadie. -Por supuesto que no.

Me he tenido que enterar de que tenía un nieto

escuchando detrás de las paredes.

¿Acaso no tenía yo derecho de conocer semejante deshonra?

-Madre, eso no es ninguna deshonra.

-Mal hijo, mal cristiano, pecador.

Te revolcaste con esa pelandusca

sin pasar por la vicaría.

¿Cómo pudiste dejarte engatusar por Juliana,

una mujer que no tiene ningún respeto por Dios?

-Madre, no le consiento... -Pero bien

que habéis tenido vuestro castigo engendrando ese bastardo.

-¡Ni una palabra más! ¿Me oye, madre?

¡Ni una palabra más!

O le perderé el único respeto que le debo,

y es usted la única culpable de que hayamos descubierto

que Víctor es hijo mío con 20 años de retraso.

-¡A mí no me culpes de tus errores!

-¡La culpo de todo!

¿Qué le parecen los bordados que llevan estas sábanas?

¿A que son bonitos?

-Pero bueno, ¿tan cerca ves la fecha de la boda

que ya estás pensando en el ajuar?

-No, eso no tiene nada que ver.

Solo que me han llamado la atención. -Ay, María Luisa, hija,

que no tienes por qué avergonzarte.

Que es muy bonito que sientas tanta ilusión por ese paso tan importante

que vas a dar.

¿Cómo tú tan pronto en casa?

Pensé que ibas a pasarte por la oficina

después de la fiesta de Clemente.

-Acabé pronto, decidí pasarme por una tienda

y hacer un regalo a mis mujeres.

-Fetén.

Que a ningún niño le amarga un dulce,

ni a una mujer un regalo.

Rediez, Ramón.

Te has pasado un poquito, ¿no?

Que aquí hay más oro y piedras que en el yacimiento de Rosina.

-Tendré que buscar una excusa para estrenarlo.

-Pues no hace falta, porque ya la tienes.

Sí, porque mañana vamos a organizar un ágape aquí,

para los socios y clientes de tu padre.

¿Qué te parece? -¿Cómo?

-Claro. He pensado que nosotros también podemos organizar una fiesta.

Y así percibirías todas las miradas.

Y podrías compensar todas esas invitaciones que te están haciendo.

¿No te parece buena idea?

-No me parece una buena idea, será mejor que lo anules.

-¿Cómo? -Que no me gusta mezclar

los asuntos de la familia con negocios.

Es como el aceite y el agua, que no mezclan bien.

-¿Y eso por qué, Ramón?

¿O acaso es que estás ocultando algo?

-¿Yo? Qué va, qué tontería.

-Fetén.

Pues haremos la fiesta.

Además, ya le he encargado a Ginés que convoque a los invitados.

Así que...

María Luisa, que te ayudo.

Vamos a ver qué tal te queda este conjunto tan bonito.

¿Qué, cómo va? Bien.

Gracias.

-Imposible encontrar criada.

La que no parece más de pueblo que una yunta de bueyes

tiene más pretensiones que una marquesa.

Hija.

Qué gusto verte sentada en la máquina de escribir.

Hacía tiempo que no la veía de esta guisa.

¿Qué escribes?

-Mi columna para el periódico.

Una crítica sobre el sistema judicial.

-Muy bien, tú dales palos a ver si aceleran el caso de tu padre.

Y vemos pagar a alguno por el atentado.

-Eso mismo estaba escribiendo.

Que muchas veces, para contentar a todos,

se busca un culpable rápido

y poco importa si es inocente o no.

-No me gusta nada lo que estoy escuchando, eh.

-Pues no hago otra cosa que pedir justicia para mi padre.

Y también pido que el peso de la ley

caiga sobre los verdaderos culpables.

Y no sobre Casilda o Martín,

que al parecer nada tenían que ver con el atentado.

-Parece mentira que defiendas a esos malnacidos.

-Madre, la comprendo,

porque yo he estado en la misma situación que usted.

Y la rabia y el dolor me impedían ver con claridad.

Pero a la postre he comprendido que Casilda nunca

podría haber dañado a nadie, y mucho menos a mi padre.

-No, ella fue la culpable de que tu padre muriera.

Y debería haber pagado por ello.

No siento por ella más que odio, y desprecio.

-Madre, se está equivocando. Casilda es...

-Una andriaga.

Y os prohíbo que pronunciéis su nombre en esta casa.

No.

Leonor queremos hablar de Casilda y usted nos va a escuchar.

Supongo que tengo que felicitarte por la detención de los anarquistas.

Agradecido. No ha sido fácil,

pero por fin van a pagar por su terrible crimen.

Siéntate. ¿Quieres una copa?

No.

Sé que estás ocupado, no quiero molestarte.

Sí. Tengo muchos informes que rellenar.

Y quiero dejarlo todo listo para poder pasar la noche

en el hospital con Humildad.

¿Finalmente la has visto?

Así es. Y puedes estar tranquila.

No vio nada.

¿Entonces su crisis no fue provocada por el impacto...

al vernos besándonos? Pierde cuidado.

Su ataque nada tiene que ver con nosotros.

Y ella, ¿cómo se encuentra ahora?

Mal. Muy mal.

Hoy cuando la visité no podía dejar de pensar

que podría ser la última vez que la veía con vida.

No logro comprender mis sentimientos.

Por un lado siento...

un apego que no puedo superar.

Una responsabilidad que me lleva a desear que esté bien.

Pero a veces siento un deseo de dejarla atrás

que me hace sentir muy culpable.

Te comprendo, yo también me siento así.

Culpable por las ideas que me vienen a la mente.

Es inevitable que pensemos que si Humildad desapareciera,

nuestros problemas se irían con ella.

Así es. Anteponemos nuestra felicidad

a la vida de una persona.

Es horrible desear la muerte de una inocente.

No, Teresa, es este amor frustrado que lucha por imponerse.

Es demasiado fuerte lo que sentimos el uno por el otro.

Lo es.

Pero no podemos permitir que saque lo peor de nosotros.

Debemos imponernos a nuestras mezquindades.

Aunque eso acabe con nosotros.

Haces bien en pasar la noche con ella y tratar de reconfortarla.

Yo, lo mejor que puedo hacer ahora es marcharme

para no tentarte con mi presencia.

Supongo que no podemos hacer otra cosa.

Siéntese, madre, por favor.

Casilda es una víctima del sistema y aquí queda muy bien explicado.

Léaselo. Lo mismo la hace entrar en razón.

-Nada de lo que escribas me va a hacer cambiar de opinión.

-¡Eh!

¿Pero qué hace?

Es el trabajo de Leonor. Déjalo.

-Madre, debería recapacitar.

Intentar ver que nada es totalmente blanco o totalmente negro.

Sí, y no le vendría nada mal darle al magín de vez en cuando.

-¡Un respeto, niño! Yo no tengo nada que pensar,

tengo mis ideas muy claras. -Madre, escúcheme.

-A ver, si fuerais buenos hijos ¿sabes qué pasa?

Que comprenderíais mi dolor.

Doña Rosina, comprendemos perfectamente que su corazón

esté roto por la muerte de don Maximiliano.

Entonces, ¿por qué me torturáis hablándome de esa desgraciada?

Porque nos está obligando a ser injustos con una persona

a la que apreciamos de firme.

A la que le debemos mucho. ¿Qué la apreciáis de firme?

Sí. ¿Es que has perdido el oremus?

¿Por qué me atacáis de esta forma?

-Le aseguro que no estamos intentado contrariarla.

Y ahora... queremos pedirle que...

se plantee la posibilidad...

de que Casilda pueda volver a casa.

No va a encontrar persona más cariñosa,

buena y dispuesta que ella.

Todo lo que ha pasado ha sido una burla del destino.

Le aseguro que si no estuviéramos absolutamente seguros

de que es inocente...

jamás le pediríamos esto.

Usted puede perdonarla si nosotros lo hemos hecho.

-Me siento incapaz de hacer tal cosa.

Parece que estés a kilómetros de aquí.

¿Qué es lo que tienes? Nada.

¿Qué había de tener?

No soy yo el que está en una cama en el hospital.

Hay algo que te preocupa.

No, está todo bien.

Incluso el trabajo marcha de perlas.

Te conozco muy bien.

Siempre he sabido cuándo me mientes.

No me ocurre nada, Humildad.

Haces bien en pasar la noche con ella

y tratar de reconfortarla.

Yo, lo mejor que puedo hacer ahora es marcharme

para no tentarte con mi presencia.

Supongo que no podemos hacer otra cosa.

No he logrado ver a ningún médico.

¿Te han visitado?

¿Sí? Sí.

¿Qué te han dicho?

Humildad.

La crisis que he sufrido ha tenido funestas consecuencias.

Por eso no quería que me vieras así.

Ya te he dicho que no debes preocuparte por eso.

Mauro, sé que me prometiste que estarías a mi lado pero...

después de lo que han dicho los médicos...

creo que es mejor que abandones esa promesa.

Humildad,

estoy preparado para lo que sea.

No voy a dejarte.

Nunca.

Alabado sea Dios.

-¡Gloria a Dios, viva!

-La Virgen me está hablando.

Silencio.

Silencio, lo noto aquí. Aquí.

-Mujer, ¿y eso no serán gases?

-La Virge nos pide voto de pobreza.

-Pero si ya somos pobres.

A ver si lo que está diciendo es para los señores

y no lo has cogido bien.

-¿Vas a poner en entredicho a la Virgen y ponerla en duda?

-No, no, ni se me ocurriría.

-Pues chitón.

¿Me queda bien?

-Estás preciosa, hija. -Será perfecto para el ágape.

-Temo que eso no va a poder ser.

-¿Cree que no es buena opción?

-Creo que no vas a acudir al ágape. Y tú tampoco, Trini.

-¿Cómo? Vamos a ver, Ramón,

¿has perdido la chaveta?

-Mis invitados vienen a hablar aquí de negocios, no a pelar la pava.

Además, ninguno de ellos va a traer a sus esposas,

así que vosotras podéis aprovechar para hacer vuestras cosas.

-Pero, padre, nosotros... -Está bien, María Luisa.

Déjalo.

Que tu padre sabe perfectamente lo que es mejor para todos.

-¿Tú has visto cómo me ha mirado doña Cayetana?

Esa mujer mira mal a todo el mundo.

Esa mujer manda en esta calle más que el Santo Padre.

Y si ella me niega el saludo, todo el mundo hará lo mismo.

No, todos no. Que hay gente buena por ahí.

Y además muchos de los que antes te culpaban

me consta que ya no lo hacen.

¿Ah, sí? ¿Quién?

No estarás hablando de doña Rosina. Por ejemplo.

¿De verdad, Pablo?

Claro, claro que sí, sí. Sí.

-Casilda no tuvo la culpa, madre.

Siento no pensar como tú.

-Ha de perdonarla.

-¡No puedo, no puedo! Es superior a mis fuerzas, no puedo.

-En ese caso lo mejor será que se busque otro lugar.

Que se marche de la casa. -¿Yo?

¿Qué?

-Pablo y yo vamos a volver a contratar a Casilda.

Juntos.

Alguien ha encendido una luz.

-Pues no sabría yo bien qué decirle. ¿Por?

-Porque ha sido entrar usted

y se ha iluminado la sala.

-Calle, zalamero.

Que ha ido a piropear a la menos indicada.

-¿Y eso por qué?

-Porque yo soy la esposa de don Ramón Palacios.

-Pero eso no la hace a usted menos bonita, señora mía.

-No quiero que tu madre me pueda echar en cara

que yo he sido responsable de ello.

Ni lo quiero ni me lo perdonaría jamás, Leandro.

Es tu madre.

-Y bastante le he consentido durante todo este tiempo.

Pero no, Juliana.

No le voy a permitir que os desprecie más.

Nunca más.

Bueno.

Marcho pues.

Leandro.

¿Sí?

Hoy será un día muy importante.

Quiero que todo salga perfecto.

Estará allí la prensa.

Sí. Y no es para menos, será el evento del año.

Pero no he querido que fuera un acto multitudinario.

Vendrá solo lo mejor de la ciudad.

Gente de la nobleza, grandes empresarios

y el Ministro de Educación.

Le deseo lo mejor para este día.

Ha hecho usted mucho por este colegio.

¿Pero no piensa venir?

La necesito ahí, a mi lado.

Esto lo hemos hecho juntas.

Era solo un sueño y juntas tenemos que ver cómo se hace realidad.

Tiene que estar ahí cuando pongan la primera piedra.

Si usted no se opusiese a mi relación con mi hijo...

mejor nos iría, madre.

¿Tu hijo?

-Sí. Eso he dicho.

Ese chico es mi familia.

-Tu familia soy yo, no ese bastardo. -¡Madre!

Ni es un bastardo ni le consiento que hable así de él.

Porque si no, no responderé de mis actos, y ya se lo he dicho 2 veces.

Y no habrá una tercera, madre.

(GIME)

-Madre. -Madre mía, ay, no sé qué me pasa.

Me mareo. Ay, Dios mío, Virgen Santa,

pierdo el sentido.

Leandro, ayúdame.

Dios mío.

Hoy es un día muy significativo para mí.

Hoy ponemos la primera piedra de la construcción del colegio

que llevará el nombre de mi hija fallecida Carlota de la Serna.

Este colegio no es solo importante para la ciudad,

ni para los niños que van a disfrutar

de un aprendizaje de calidad.

Este colegio es importante porque es en honor

a mi querido esposo Germán de la Serna y nuestra hija Carlota.

Don Mauro, ¿qué sucede?

Ha habido otro atentado.

En un café, en el centro de la ciudad.

¿Anarquistas? Eso parece.

Una respuesta a la detención del grupo de Calanda.

Has de venir conmigo a un interrogatorio, Martín.

-¿Un interrogatorio?

¿Y eso por qué? Si él no ha hecho nada.

-No te preocupes, esto no tiene nada que ver conmigo.

-Vamos.

Soy tu hija.

La misma sangre corre por nuestras venas

y eso es indestructible.

Juntas seremos fuertes. Invencibles.

Estamos aquí...

y a partir de ahora todo va a ser distinto.

El futuro empieza aquí ahora.

Solo necesito saber algo.

Tú puedes confiar en mí.

Nunca te voy a fallar.

Jamás.

Pero ¿puedo yo confiar en ti?

  • Capítulo 303

Acacias 38 - Capítulo 303

20 jun 2016

Fabiana le jura a Cayetana que callará todo lo que sabe. Cayetana le pide a Teresa apoyo ante el Patronato y propone construir, sin que nadie lo sepa, sobre la tumba de Germán y Manuela. Trini engaña a Ginés encargándole, de parte de Ramón, que convoque un ágape para los clientes. Servando se da cuenta que la Virgen que ve Paciencia no es más que un reflejo. La tensión entre Leandro y Susana explota y ambos se enfrentan por Víctor.

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  1. Sosó

    Hola!! Hay algún motivo por lo que no estén disponibles los capítulos 303 y 304 en rtve a la carta para smart tv? Tengo muchísimas ganas de verlos pero no están colgados... Snif snif!

    21 jun 2016