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No recomendado para menores de 7 años Acacias 38 - Capítulo 299 - ver ahora
Transcripción completa

Aquí le traigo los pagos de varios clientes.

-Gracias a Dios que los deudores han entrado en razones.

-Después de medirle las costillas a don Norberto con una vara.

La mano dura surtió efecto y por eso ahora

nos va de guinda.

"Es el dinero que me pidió".

Espero que guarde silencio.

Que esta sea la última vez que la vea.

-"Los anarquistas tienen pisos junto al mercado de San Justo".

Supongo que me habrás dicho lo que sabes.

Tenemos un lugar para empezar a buscar.

¿Me sacarán pronto de presidio?

Si los detenemos, le diré a Peiró que fue gracias a ti.

"Martín es bueno" y se ha preocupado por ti.

Es sincero y te quiere de verdad.

Por mucha pena que me dé, no puedo volver a verle.

Se merece tu consuelo.

-"Sé que dio su palabra a la señora,"

pero dudo que guarde silencio.

-Puede que sí o puede que no,

pero a doña Cayetana no le queda otra que confiar.

"Me da miedo Úrsula".

Si cuenta lo que sabe, estoy perdida.

¿Y qué es eso tan terrible que puede contar?

"Tiene que contarme todo".

-No voy a hacer tal cosa.

He de irme,...

no puedo seguir en esta casa.

Camino del Peral. Ocho de la tare.

Allí la esperaré.

Me basta con saber dónde están los cadáveres de Germán y Manuela.

Puede acusarme de la muerte de Germán y de Manuela.

Esos infelices se quitaron la vida.

¿Qué tuvo que ver con sus muertes?

Es muy largo lo que tengo que contar, madre.

Hoy es el eclipse.

Ya ha amanecido.

Y no hemos pegado ojo en toda la noche.

Y cómo ahuecar el ojo después de lo que me ha contado.

Había de hacerlo,...

no podía tener este peso en mis espaldas durante más tiempo.

Peso que ahora llevo sobre las mías.

Lo único que quiero es acostarme

y meter la cabeza bajo los almohadones.

Lo siento.

Siento haberte mentido tanto tiempo.

Me dijiste que Germán y Manuela habían huido para partir de cero.

En otro lugar, lejos de aquí. Y yo te creí.

Me enojé contra Guadalupe, contra Casilda,

grité a todos para defender tu palabra.

Luego me entero que se han suicidado y han dejado pruebas

para culparte a ti. Estoy arrebolada perdida, hija mía.

Lo lamento. De veras que lo lamento,...

pero no podía contártelo antes. Estaba asustada.

¿Asustada de qué? No me venga ahora con esas.

Ante la adversidad, usted se crece, y saca fuerzas de donde no las hay.

Lo he visto un porrón de veces desde que la traje al mundo.

¿Me vas a dejar aquí sola después de lo que te he contado?

Si Úrsula abre la boca, estoy perdida.

La policía me detendrá.

Para evitar la cárcel,

pedí mover los cuerpos a otro lugar.

Y a la postre, acabaré allí, en la cárcel.

Por mal de todos aquellos que me odian.

Yo no te odio, hija mía. Yo te quiero.

Y si me quieres,...

¿por qué no te importa lo que me puede pasar?

Tienes que creerme, Fabiana.

Estabas allí cuando me enteré de que Germán había muerto.

Estaba destrozada. Tenía el corazón roto.

Tú sabes cuánto le quería.

Cuando la policía me detuvo,...

tuve miedo. ¿Miedo?

Miedo...

a que nadie creyera que yo no había tenido nada que ver.

Miedo a que pensaran que yo provoqué la muerte de Germán

y sobre todo la de Manuela.

Estaba dolida, sí, es verdad,

pero nunca haría algo así y tú lo sabes.

Úrsula reaccionó rápidamente,

se hizo cargo de los cuerpos y los enterró en otro lado,

no sé cuál.

Me dijo que...

mejor que no lo supiera, que era para protegerme.

Que cuanto menos supiera, menos podría contarle a la policía.

No fue por eso.

Fue porque así se hacía con un arma con la que atacarme.

Arma que podía utilizar en cualquier momento.

Como ahora.

Y eso es lo que va a hacer.

Eso usted no lo sabe. Le he dado 50 000 pesetas.

¡Válgame Dios! ¡Una fortuna!

Tiene el dinero suficiente para comprarse una vida nueva.

Úrsula irá a la policía

y confesará dónde están los cadáveres.

Eso es lo que quiere, quiere acabar conmigo.

¿Y por qué haría tal cosa?

Porque sabe que te prefiero a ti.

Está dolida porque sabe que ya...

no la necesito.

Que tú eres... mi apoyo, mi báculo.

Que lo harías todo por mí.

Que haga lo que quiera,...

usted no ha hecho nada malo.

No se ponga usted así, señora.

Está viendo las cosas más negras de lo que son.

No entiendes.

Antes de morir, Germán dejó pruebas para inculparme.

Esa fue su venganza. Él no me quería, Fabiana.

Me odiaba con todas sus fuerzas.

Me odiaba tanto, que fue capaz de darse muerte

para que me pudriera en la cárcel.

¿Cómo...?

¿Cómo podía quererme tan poco?

¿Cómo podía desearme tanto mal?

Usted no va a ir a la cárcel. Eso no va a pasar.

Sí, sí voy a ir y no voy a salir.

Y no lo voy a soportar. No, yo no voy a poder...

Antes me quito la vida. Eso ni lo miente.

Usted no merece esa condena. No es justo.

Mi vida está en manos de Úrsula.

Esa mujer es quien dirige mi destino ahora.

Y yo no puedo hacer nada.

Sí que haremos algo.

No se va a salir con la suya. "Pa" chasco que no lo hará.

Se lo aseguro.

Se lo aseguro como que yo me llamo Fabiana.

"Así que... te gusta esa chica". -Es zarrapastrosa como todas,

pero tiene más brío que la otra y faena bien, no me ha roto nada.

-De momento, querrás decir. -Sí, de momento.

(RÍE)

¿A ti no te da no sé qué lo del eclipse de esta tarde?

-Todos andan como loco con ese tema.

-¿Y usted qué opina, Juliana? -¿Qué opino de qué?

-De lo del eclipse. Anda todo el mundo como volado.

La gente se va a echar a la calle para ver el prodigio.

-Normal, ¿no? Es un acontecimiento histórico.

Un fenómeno de la naturaleza que pocas ocasiones hay de observar.

Habrá que celebrarlo por todo lo alto.

-Usted siempre aprovechado cualquier cosa para contentar al cuerpo.

-¿Perdone?

-No todo en la vida es algarabía, fiesta y celebración.

También está el deber, el respeto, la contención...

y el silencio. -Hay tiempo para todo en esta vida.

-Para nosotras, no, somos viudas,

y hemos de acatar las normas que nos impone nuestra viudedad.

Pero usted y la moral... nunca se llevaron bien.

-Un poco exagerado eso que dice. Hace muchos años que me conoce.

-Por eso lo digo,

pero que cada uno haga lo que le plazca con su vida.

No seré yo la que le juzgue, sino el Santísimo.

¿Marchamos?

-¿Me permite un segundito, doña Susana?

-¿Qué ocurre, Víctor?

-Acabo de escuchar lo que ha dicho usted a mi madre...

y no pienso volver a consentir tales desplantes.

-Víctor, ¿qué haces?

-¿Que no me vas a permitir tú el qué?

-Las insolencias y las faltas de respeto.

¿Está tan sorda que no me ha oído?

Deje vivir a la gente y deje en paz a mi madre.

-Ruego disculpe a mi hijo, no ha querido decir eso.

-¡Ah! ¡Ah!

-Sí había querido decir eso.

No sé por qué me regaña ni por qué permite que le hable así.

-Por el amor de Dios... -¡Haga usted algo!

¡No se quede de brazos cruzados mientras le destroza la vida!

-Basta, basta ya he dicho. Esa mujer es tu abuela

y no quiero que eso se sepa.

Te dije que no te metieras y que no preguntaras más.

-En tal caso, siento haber sacado la cara por usted.

¡Leonor, ay, Leonor!

¡No te vas a creer lo que acaba de pasar en La Deliciosa!

¡Susana y Juliana casi se tiran de los pelos!

¡Qué tensión! ¡Qué nervios!

Y qué gusto para mis ojos verlo. ¡Qué cosa tan entretenida!

¿Qué haces, hija?

-Intentando escribir más de dos palabras con sentido.

-¿Qué hace el cajón de los cubiertos abierto?

-Pues no sabría decirle,

la criada se lo habrá dejado abierto.

Un despiste lo tiene cualquiera.

-¿Cogiste algo de la cubertería que me regaló tu padre?

-¿Yo?

¿Para qué iba a coger unos cubiertos de la cubertería?

-Madre, no se adelante, que ya la estoy viendo.

Asegúrese de que la chica... -¡Chica, ven al salón!

-Madre, aguarde, no se sofoque. Espere.

-¿Dónde los has metido? ¡Ladrona!

¿Eh? ¿Dónde los tienes?

¿Dónde los tienes? -¡Madre, por favor!

No te está... tomando por ladrona. -Ah, ¿no?

¡Largo de mi casa, cuatrera!

Tienes otro aquí, ¿no?

Timadora. ¡Vete, largo de mi casa, ladrona!

¡Indecente! ¡Esto no es tuyo!

¡Vete que te saco los ojos! -Madre, por favor.

-¡Ladrona!

-Temple, temple.

Temple, madre, por favor. -¿Es que ya...?

¿Es que ya no queda nadie decente en esta ciudad?

Ladronas manilargas. ¡Vagas torpes!

Anarquistas.

¿En qué se está convirtiendo el mundo en el que vivimos?

¿En qué?

Lo peor que podía hacer la robacabras esa,

intentar robarme la cubertería que me regaló tu padre.

-Temple, madre, no se sofoque usted.

Temple, por favor. -Todas son iguales.

-Todas no. Alguna encontraremos que nos cuadre.

¿Eh? Venga.

Luego vamos a la iglesia a ver si encontramos alguna

que sea de su agrado. Ya está.

(Puerta)

¿Úrsula?

(Puerta)

¿"Ande" está la Úrsula? ¿La has visto?

-¿Qué voy a saber yo?

Si no salgo de mi alcoba ni para coger el aire.

Aquí escondida. -¿Han oído gritos?

Doña Rosina ha puesto a la nueva criada de patitas en la calle.

La chica iba escaleras abajo mientras Rosina la ponía de vuelta

y media llamándole ladrona. Eh. Hay que hacer algo.

Y a escape. -¿Ha visto usted a la Úrsula?

He mirado en su habitación y no están ahí sus cachivaches.

-Lejos de aquí ha de estar. -¿Cómo dice?

-Ayer me dijo que era la última noche que pasaba en el altillo.

Habrá marchado al alba. -¿Adónde ha ido?

¿Insinuó hacia dónde puso camino? -No sabría qué decirle.

-Haga un poder por recordar.

-Algo me habló del hotel París,

pero ya le digo que era embuste.

¿Qué criada se puede pagar una noche en un sitio así?

-¿Y por qué lo pregunta? ¿Qué tripa se le ha roto con ella?

¿Dónde vas?

¿No piensas contarme qué ocurrió en tu encuentro con Úrsula?

Es mejor que no sepas nada, al menos de momento.

Mauro, haz el favor.

Cuéntamelo, ¿qué te dijo? Nada,...

pero creo que no fue mal. ¿Y eso qué significa?

Significa que la vi dudar,

y creo que va a aceptar mi ofrecimiento.

¿Qué le ofreciste?

Mauro, no me dejes al margen. Te lo contaré en su momento.

Por ahora es mejor que las cosas se queden entre ella y yo.

Es injusto. ¿Qué le dijiste?

¿Te has citado con ella en algún lugar?

¿Te ha dicho dónde están los cuerpos de Manuela y Germán?

No,... pero lo hará,

y entonces iré a la calle Acacias y me llevaré presa a Cayetana

con mis propias manos.

Estoy seguro de que Úrsula sopesará los pros y los contras de mi oferta.

Acabará contándome todo lo que sabe.

Entonces, ¿has quedado con ella? ¿No es eso?

Mauro, déjame que te acompañe.

Quiero estar presente cuando ella confiese todo.

No. Quiero oírlo de su boca.

No, no nos puede ver juntos.

No quiero que se dé cuenta de que estamos los dos en esto.

¿Y qué más da?

Si ya pronto va a terminar. Seamos cautos.

No podemos precipitarnos. No es momento de arriesgar.

Regresa a Acacias. Cuando todo termine,

iré a por ti y te lo contaré todo.

Con pelos y señales.

Ahora debo irme o llegaré tarde.

Ay... ¿No te parece impresionante?

El día se convierte en noche y luego vuelve otra vez amanecer.

Es como magia. -Ajá.

-¿Cómo puede la Luna cubrir el Sol por completo y todo se oscurezca?

-No sé qué decirte.

-Tengo un nudo en el estómago por los nervios del acontecimiento.

Me da pena no poder vivirlo con Tano.

Espero que pueda disfrutarlo en casa de su prima.

-Seguro que sí.

-Trini. ¿Qué te ocurre?

-¿A mí? Nada.

-Trini, te conozco, algo barruntas.

¿Es Ramón?

Sigue raro, ¿no?

-Más que unas alpargatas azules.

Está todo el día malhumorado y con el ceño fruncido.

No me hace caso de mis tontadas, no se ríe ni me hace carantoñas.

Es como si fuera otra persona.

Como si hubiera venido alguien y me lo hubiera cambiado.

-Trini, me temo que...

quizá Ramón esté pasando una fase de esas.

-¿Una fase de esas? ¿Qué quieres decir?

-A veces, algunos hombres necesitan distraerse,

airear el magín.

Volver a sentirse jóvenes, ya sabes.

-No. No sé.

-Salir por ahí, y... desahogarse. Vamos.

-Celia, ¿estás diciendo que Ramón tiene un amorío?

Otra, ¿mi Ramón?

-No debes preocuparte, será algo pasajero.

Sé que Ramón te quiere por encima de todo.

-Celia, ¿has perdido el oremus? -No te enojes,

he llegado a pensar que va en la sangre de todo varón

y que luego vuelven a los brazos de una.

-Celia, no sé cómo decirte esto sin hacerte daño, pero...

mi matrimonio no es como el tuyo. Ramón no es Felipe.

-Pues para no querer hacerme daño, no te has mordido mucho la lengua.

-Solo digo que cada una conoce a su esposo

y a mi Ramón no le pasa eso, le pasa algo grave,

algo de enjundia.

-Perdone, doña Trini, venía a pedirle un "favorcico".

-¿Qué haces aquí? ¿Ha ocurrido algo?

-Quería pedirle permiso para ausentarme una "miajilla".

-Ah. -Sí, sí, claro que sí.

¿Estás bien? ¿Te noto algo inquieta, Fabiana?

-No es "na", señora, no se apure. Es por, por el eclipse.

-Ah, sí, sí. Ve, no te voy a necesitar.

-Agradecida.

-Celi.

Perdóname. -No, Trini, quizá tengas razón.

Pero por más vueltas que le des, no vas a solucionarlo ahora mismo.

¿Vamos a ver el eclipse?

Anda.

¿Estás segura? -Ajá.

Eso ha dicho la Guadalupe, que lo ha oído con sus orejas.

Doña Rosina ha puesto a esa muchacha de patitas en la calle.

Era de las que sisaban y lo llevaba escondido debajo del faldón.

(RÍEN) -¿Y la Casilda dónde está?

Que nos ayude. -¿Es que no se acuerda usted?

La echaron por lo del atentado.

-Pues claro que me acuerdo.

Era por ver si seguías la conversación.

-Ya, claro, eso seguro.

-¿Me crees tonta del bote?

-No, olvidadiza, pero vamos a quererla igual.

-Pues es verdad, un poco olvidadiza sí que soy.

-Un poquito. La Guadalupe ha dicho

que doña Rosina y doña Leonor van a ir a la puerta de la iglesia

a buscar otra criada. -Ay...

Pues eso es malo. -Pues requetemalo,

pero nosotras no podemos impedírselo

ni agarrarnos a su pata.

(Puerta)

¡¿Quién anda?! -¡El Servando!

-¡Oh!

-¡Alto, alto, aguarda!

¡Aguarda, que...!

Que no quiero que os de un pasmo al verme.

-¿Y por qué nos iba a dar un pasmo?

Ya sabemos que eres feo como un pie. Te hemos visto el jeto muchas veces.

-No es por eso, listilla.

Lo que llevo puesto es un casco para los rayos del eclipse.

Y no quería que al verme, os cayerais de culo.

-Parece usted un monstruo venido de las estrella y la luna.

-Un poco de otro planeta siempre fue, la verdad.

-¡Esto es hermético, y solo entra la luz,...

por esta ventanita!

-Es un trasto y solo a ti se te podía ocurrir.

-A mí me parece una idea muy buena.

He utilizado cristal ahumado,

de cuando tuvimos el negocio de los retratos.

Para evitar que me entren los rayos eclipsales.

-¿Lo "cualo"?

-¡Lo del eclipse, se entiende!

¡Y así protege el cristal a la cornea,

para que no se meta el rayo y pueda provocar herida graves

y permanentes. -Y dicho así,

¿no sería mejor meterse en la casa debajo la manta?

-¡Esto del eclipse es una vez en la vida, mujer!

¡No pienso perdérmelo!

-Y la muerte también y no le damos tanto bombo.

Voy a seguir con la faena. -¡Eh!

Anda ya y deja a esa loca en paz.

Paciencia, ¿estoy guapo?

-Verídicamente, diría que no, pero si achino así un poco los ojos,

no te queda del todo mal.

-Estaba pensando en comentarle a don Leandro para comercializar esto.

Es como un sombrero, ¿verdad?

Igual él conoce a algún comerciante y se anima a fabricarlo.

-¿Y por qué no te callas y no le dices ni mu?

¿Has hecho uno para mí?

-Hombre, claro, y dos tallas menos

para que te quepa en la cabecilla de ratón que tienes.

Espera.

Aquí lo tienes, déjame que te lo ponga para ajustarlo.

-Espera, espera, que me está dando mal fario ese cachivache.

-¿Por qué, mujer? Lo he hecho con cariño.

-Bueno, pues después, porque ahora tengo faena.

-No, póntelo ahora que luego se te olvida,

no me fío de ti.

-Oh, naranjas de la China, por la cuenta que me trae.

Lárgate que tengo que terminar de planchar.

-Bueno.

Ay...

-¡Oh!

Verídicamente...

no sé cómo se puede ir con esto.

¡Ay! ¡Ay!

¡Ay, recórcholis!

¡Qué trompazo me he dado!

¡Ay!

Maldita sea mi estampa, la que me va a caer.

Guadalupe, a usted la quería yo ver.

¿Qué va a hacer con el asunto de la criada de doña Rosina?

-Qué he hecho ya. -¿Tan rápido ha ido usted?

-Más que una saeta. -¿Y qué ha hecho?

-Pues ir a la puerta de la iglesia

y correr un rumor entre las criadas que allí se encuentran.

-¿Y qué rumor ha soltado? -Le dije a todo el mundo,

que doña Rosina es la peor de las señoras.

Que paga tarde, mal, y cuando te pagan.

Que es exigente y gruñona.

Que te hacen trabajar de sol a sol, y de luna a luna,

y que va diciendo que tiene un yacimiento de oro,

pero que está en la ruina.

-Ahí va... Callada no se ha quedado usted.

-Mucho me extrañaría que nadie quisiera trabajar allí.

-Madre del amor hermoso, la que estamos liando.

Primero manda usted a las criadas a servirle en la casa.

-Vagas y ladronas y porque no encontré nada peor.

-Y ahora difunde este rumor.

-Y Leonor también se ha llevado lo suyo y es mi nuera.

Todo sea porque vuelvan a contratar a Casilda.

-Lo que no sé yo es cuánto vamos a aguantar el engaño.

-Pues el tiempo que sea menester. Hasta que Casilda recupere empleo.

¿Cómo se encuentra Casilda? -Pues aburrida, triste y "desganá".

Echa una compasión, Pablo. Parece un alma en pena.

Yo creo que por verse "encerrá". O será porque piensa en Martín.

¿Tú crees? No entra en razón la muy cabezona.

Por mucho que le diga que Martín es inocente.

-Un asesino no parece.

Habla con ella a ver si te hace más caso.

-Yo creo que es más tozuda que la mula de mi tío Cosme,

pero que no sea por no hacerlo. Si no lo consigues tú, nadie.

¿Has dado con esa endriaga?

Señora, creo que Úrsula ha marchado de Acacias.

Debería ir a comisaría.

¿Por qué esperar a que esa mujer cumpla con sus amenazas

y les cuente esa sarta de mentiras?

No diga usted eso. Algo hemos de poder hacer.

Rezar a Dios para que se apiade de mí y de mi alma.

¿O dar con ella y hacerla entrar en razón?

No. Debe estar muy lejos de aquí.

Vete a saber dónde. En el hotel París.

¿Quién te lo ha dicho?

Guadalupe dice que ella se lo contó ayer.

Nadie la creyó.

Ni siquiera yo la creería si no fuera que usted le dio ese dineral.

Úrsula tiene el dinero suficiente para ir al hotel que quiera.

¿Sabes usted dónde cae ese lugar?

Pasado el puente de los lamentos.

Tal vez debería ir y hablar con ella.

No. Yo iré.

¿Y qué le dirás?

Quizá haya una manera de encontrar una solución para deshacer esto.

Ojalá tengas razón.

Señora, en peores plazas hemos "toreao".

Y "aireás" hemos salido siempre. ¿O no?

Gracias.

No sé qué haría sin ti en estos momentos,

yo no tengo fuerzas.

¿Por qué no vas con ella?

-Debería, ¿verdad?

-Ve y sácala de ahí, que se va a perder el eclipse

y se va a arrepentir el resto de su vida.

-¿Te importa si...? -¿Si vas solo?

Claro que no.

-¿No sale usted a ver el eclipse?

-No me apetece demasiado. Pero ve tú, Víctor, y disfrútalo.

-A mí tampoco me apetece mucho, la verdad.

-¿Y eso?

-¿Cómo quiere que me apetezca viéndola así?

Está usted que no está.

-No me hagas mucho caso, Víctor.

-Pero ¿cómo no se lo voy a hacer?

¿Cómo pretende usted que disfrute y me lo pase bien

sabiendo que pasa un infierno por doña Susana?

Madre, cuénteme la verdad.

¿Es por lo que yo creo?

-Ay, ¿no vas a dejar de preguntar?

Te dije que lo dejaras, que no insistieras más.

-Sin embargo, no puedo.

No me pienso quedar de brazos cruzados

mientras pasa calamidades por esto. Quiero que busquemos soluciones.

-Este asunto ya no tiene solución.

-Si no las busca, no las habrá.

Cuéntemelo, por favor.

-¡Que lo dejes ya! ¡Deja de preguntar!

-¡No quiero!

¡Madre, no quiero que haya más mentiras!

Ni una más. Demasiado daño nos han hecho ya.

Vi cómo perdió usted los nervios. -¿Y qué?

-¿Qué ocurre con doña Susana? -¡No ocurre nada!

-Miente. -Víctor, suéltame.

-Madre, cuéntemelo. Dígame algo.

-¡¿El qué?! -¡La verdad!

-¡Doña Susana sabe quién eres! Y quién es tu padre.

-Y por eso la trata a usted así.

-Cree que soy una pelandusca.

Una fresca que,...

que trata de hundirle la vida a su hijo.

Me insultó, me abofeteó...

Para ella no soy más que una furcia...

que se encamó con su hijo

y le endosó el bastardo a otro infeliz.

No, Víctor. No, hijo.

No hagas nada, mi amor. ¿Eh? -Madre.

Usted es la persona que más quiero.

No voy a permitir que nadie la trate así.

-Víctor.

Oh, Dios.

Ah, eres tú. -Parece decepcionado.

¿Esperaba a otra persona? -Así es, hija.

-Pues parece que le ha dado plantón.

¿Por qué no se viene a ver el eclipse?

Dicen que es un espectáculo único e irrepetible.

-La verdad es que me gustaría, pero estoy esperando una visita.

-Buenas tardes.

Señorita... Debe de ser la hija de don Ramón.

Yo soy... -Sí, ya sé quién es usted.

Entonces no se vienen conmigo.

-Veo que aún no ha asimilado lo que hemos hecho.

-Dicen que se bebe para olvidar,...

pero le aseguro a usted que eso no funciona.

-Ha de pasar página y no darle más vueltas al magín.

Lo hecho, hecho está.

¿Por qué no hace caso a su hija y baja a ver el eclipse?

-Porque no tengo ninguna gana.

-Olvide a don Norberto y las calamidades de días atrás.

Y piense en el futuro y en las cosas buenas

que le esperan. -¿De qué futuro me habla?

-Está de chanza.

No sabe que ha sido invitado a una cena muy importante.

Todo el mundo quiere conocerle.

-¿A mí? ¿Y eso por qué?

-Su nombre y su reputación corren por la ciudad

como un reguero de pólvora. ¿Sabe quién es Clemente Heredia?

¿No ha oído hablar de él? -No.

-Es un hombre muy importante.

De los que... si uno lo tiene de su lado en los negocios,

todo lo demás fluye favorablemente. Sabe a qué me refiero.

-¿Y qué puede hacer por mí?

-Ayudarle a ganar muchísimo dinero

más rápido de lo que habíamos pensado.

Estar al lado de Clemente en el negocio es un lujo.

Y una oportunidad que no podemos rechazar.

Paciencia. -Dime, niña.

-¿De verdad se va a poner esa zarandraja?

-Anda, pues claro.

Me da miedo que me dé un rayo del eclipse y me deje averiada.

-¿Y no le da miedo que le señalen y le tachen de loca?

-Ay.

Calla ya, que esto está a punto de empezar.

-Ay, qué pena que no esté aquí la Casildilla.

-Sí, en eso tienes razón.

Que mi pobre pajarito estará que trina en el altillo.

Allí encerradita sin poder salir. -Como un león enjaulado.

Y no es "pa" menos, ¿eh?

Estar ahí todo el día metida y sin poder salir,

debe ser sofocante. -Pues sí.

Huy... -¿Y la Fabiana?

¿La ha visto usted? -Si la he visto, no me recuerdo.

-Huy, qué raro. ¿Adónde se habrá metido?

-Importante asunto debe tener para perderse ella algo así.

Con lo que gusta el jolgorio y la algarabía...

Y hoy la calle es una fiesta, ¿eh? -"Pa" chasco que sí.

-No lo veo muy claro, Servando, la verdad.

¿Cree que es buena idea comercializar esos cascos?

-Bien bonitos que son.

-Sí, más bien diría yo... No sé, horrorosos.

Sin ánimo de ofender.

-Para no querer ofender, no se ha mordido la lengua.

-Es que no le veo la salida. Ni al negocio ni al invento, no sé.

No... No lo entiendo, la verdad.

Si me disculpan...

-Pobrecillo. Qué poca idea de negocio tiene.

Así le va. -Si le va fetén.

-Bah. Tampoco es "pa" tanto.

-Unas 100 000 veces mejor que a ti.

Él tiene sastrería, tú... -¿Yo qué?

-Tú no tienes ni dónde caerte muerto.

Ni yo.

-Buenas tardes, don Leandro.

O noches. -Chicos...

-Dicen que va a ser un espectáculo fascinante.

-Sí, eso dicen, aunque nadie haya visto ninguno antes.

-Huy, Servando. ¿Qué tienes? ¿Una garrapata?

-¿Una garrapata? ¡Sujeta esto!

¡Bicho!

-No, deja, deja, que es una pelusa.

Templa, templa, que es una pelusa. -Pelusas, pelusas...

Ya está.

O me ha crecido la cabeza... o ha menguado esto.

-Deja, calamidad, te he endilgado mi casco.

Que... Que se rompió sin querer y...

Que me da miedo que me alcance un rayo maligno, Servando.

Por eso te he dado el cambiazo. -Vaya.

Toma, ángel mío.

¿Qué iba a ser de ti sin tu Servando?

-Nada, verídicamente.

-Deprisa, deprisa, que es la hora.

(HABLAN A LA VEZ)

"Camino del Peral".

"Ocho de la tarde. Allí la esperaré".

"Piénselo bien".

"Mientras Cayetana esté libre, usted corre peligro".

"La conoce mejor que yo".

Espero que esto no me traiga problemas.

-No se apure. Nadie lo sabrá.

¿Quién iba a buscar dos cuerpos bajo unas lápidas que no son las suyas?

"No tendrá que testificar".

"Me basta con saber dónde están los cueros de Germán y Manuela".

(Ruido)

Ah, eres tú.

-¿Has visto cómo se ha puesto la Luna delante del Sol?

Ay... Se me ha encogido la tripa de la emoción.

Me ha entrado un hormigueo.

-Me hubiera gustado verlo con vosotras.

Estáis siendo tan requetebuenas conmigo...

-¿No querrías verlo con el Martín? -Lola, ni me lo mientes.

-No veo por qué no. Era tu novio y te ibas a casar.

-Tú lo has dicho "era" e "iba".

Pero ya ni es ni voy. Hablemos de otra cosa.

¿Eh? Del tiempo.

Parece que refresca. -No digas "tontás",

nadie mejor que tú sabe que no es un asesino.

No hace daño a una mosca. Es una víctima.

-¿De verdad lo crees? -Sí.

Y que no estás siendo justa con el zagal.

No se merece que no le hables, que está en la cárcel, mujer.

Lo único que le queda eres tú.

-La verdad es que desde que hablé con el Pablico,

como que veo las cosas distintas y cambiadas.

Lo mismo me estoy pasando.

¿Es verdad que intentó quitarse la vida?

-Eso dice el Pablo. -Pero...

lo mismo fue por su mala conciencia.

-O no.

-¿Y tú crees que yo le estoy condenando

sin darle la oportunidad de explicarse?

-Eso es lo que hizo contigo doña Rosina.

Y mira cómo te sentó de malamente.

-Si Leonor pudo perdonarme,

lo mismo yo también puedo perdonar a Martín.

-No es que puedas, sino que debes.

En la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo también.

Ve a verle y habla con él.

Tenerle de frente y mirarle a los ojos...

Solo tú sabes si te miente. -No sé yo.

-Mira, Casilda, yo no soy muy romanticona como tú,

pero lo que teníais era de verdad. Poca gente se quiere tanto.

-Pero es que no tengo fuerzas, Lola.

No me siento capaz de hablar con él...

Ni siquiera sé si podría mirarle a los ojos.

Fíjate que creo que si no lo haces, no se te quitará esa pena.

-Cállate. Que vas a hacerme llorar.

-Quiero hacerte reaccionar, Casilda.

-Déjame sola, Lolita. Vete, por favor.

Necesito darle al magín.

-Como quieras.

-¿Casilda?

-Martín.

(MURMURAN)

-Qué maravilla. -Impresionante.

-Pero ¿qué demonios es eso?

-¡Ahora, allí! -Por los clavos de Cristo.

¡Es la virgen de los Milagros!

Ave María Purísima.

Una aparición. Un milagro.

Una visión del cielo. Servando.

Servando.

-Calla, que disfruto del espectáculo de la naturaleza.

-Atiende, por tu madre. Servando, un segundo.

Mírame, por el amor de Dios. -(RIENDO) A ti te voy a mirar.

Pero que te veo todos los días.

Habré de mirar el eclipse que se ve una vez en la vida.

-Pero... Pero...

-Pero, pero, nada. Chitón.

-Qué maravilla.

¡Úrsula! -¿Qué hace aquí?

-Anduve buscándola por el hotel y me dijeron que había salido.

-¿A qué me buscaba? -He de hablar con usted.

¿Dónde iba tan presurosa?

-Tengo una cita a la que no puedo faltar.

-¿Una cita? ¿Con quién?

-¿A usted qué le importa? Cosas mías y de mi incumbencia.

-No tengo tan claro que solo sea de su incumbencia.

-¿Qué quiere decir? -Bien lo sabe.

-Fabiana, no hace falta perder la compostura.

-Eso es cierto.

-Hice un trato.

Cogí el dinero y salí de la vida de su señora y de la suya.

¿A qué ha ido a buscarme? ¿Qué quiere de mí?

-Úrsula, téngame un respeto, que somos perras viejas.

Nosotras sabemos muy bien qué ocurre.

-Ah, ¿sí? ¿Y qué es lo que aquí ocurre?

-Usted se llevó el dinero, sí, e hizo un trato, también,

pero sabemos que ni va a cerrar el pico

ni va a guardar el secreto. Todo lo contrario.

-No sé a qué se refiere.

-Me refiero a que iba usted a delatar a Cayetana.

-No sé de dónde saca eso.

-Que la conozco divinamente.

-Solo deseo alejarme de aquí. Ya tengo lo que quería.

-No. Le falta algo.

-Ah, ¿sí? ¿Y qué es lo que me falta?

-Saciar sus ansias de venganza

y hacerle pagar a Cayetana el haberle alejado de su vida.

-No sabe lo que dice. -Sí.

¡Lo sé, he dado en el clavo! -¡Déjeme en paz!

-¡Nones! -Suélteme.

¡No me toque, endriaga! Ah...

-Hija de satanás. ¡Úrsula, aguarde!

-Ya le he dicho que no tenemos más que hablar.

-¿Cómo que no, mengue mentiroso?

-Fabiana, tenga cuidado.

Mi paciencia tiene un límite y usted ya lo ha sobrepasado.

-Así que la cita no es de mi incumbencia.

-Ya lo ha oído, no me haga repetírselo.

-No te ondula... ¿Y esto qué es?

-Si supiera de letras, no preguntaría.

-Sé lo suficiente para barruntar el nombre de Mauro y una hora.

Así que no iba a acudir a la policía. ¿No, mala pécora?

Se coge antes a un mentiroso que a un cojo.

-Fabiana. El susodicho...

está obsesionado con la señora.

Sí,... me dio su tarjeta,

pero no tenía ninguna intención de ir a esa cita.

Nada tienen que temer de mi persona.

Siga su camino, que yo seguiré el mío.

-De eso nada. No va a ningún lado.

Este mastuerzo está preocupado porque ayer, durante el eclipse,

vi a nuestra Madre Señora. -Tú fíjate lo que dice.

-Sé lo que vi, Servando.

Estaba allí, en lo alto del árbol.

-Aguarde una miaja.

¿Me está diciendo que vio a la madre de usted

subida a un árbol? -A mi señora suegra no la vio,

vamos, entonces ahí me entra a mí el pavor.

No, se refiere a la madre de nuestro Señor.

-Virgen santa. -Esa misma.

-Así es, Lolita,

tuve una aparición mariana durante el eclipse.

-"Ojalá supiera cómo ayudarle, madre".

Ojalá pudiera ayudarle a volver a ser la de antes.

A recuperar la alegría,

las ganas de vivir que siempre ha tenido usted.

Es que no sé cómo hacerlo. -¿De verdad que no lo sabes?

-He estado dando vueltas al magín y tenéis razón.

Estoy siendo muy injusta con Martín. -Ya era hora de que te percataras.

Eres terca como una mula. -Voy a ir a verle.

Tenemos una conversación pendiente.

-"Ha debido de perder el oremus",

porque nadie rechaza la mano de Clemente Heredia.

-Yo sí.

-Entienda la fortuna que podría ganar a su lado.

Es el mayor prestamista de la ciudad.

Le ruego que lo reconsidere.

-Lo lamento, pero mi decisión es firme.

Voy a apartarme de los negocios para atender a mi mujer.

-Ah, ya veo.

En tal caso, entiendo que...

no puedo hacerle cambiar de parecer. -Agradezco su comprensión.

-Otros no lo serán tanto. Le advierto que Clemente Heredia

es conocido por no aceptar un "no" como respuesta.

-Qué extraño.

Tu chaqueta huele a un perfume que me es familiar.

Olerá como siempre. No.

Alguien que conozco lleva este perfume, pero no caigo en quién.

No soy yo quien ha venido a verte.

-Casilda. ¿Eres tú?

Mejor os dejo solos.

-"Solo desea la ruina de mi hija.

Más pronto que tarde, lo pagará". Lo juro.

-Tendrán que vivir... acostumbrándose a ese miedo.

¡Sabiendo que cuando le dé la gana, acabaré con ella!

¡Su hija se merece todo lo que pase y mucho más!

-¡No! ¡Usted tuvo la culpa de todo!

¡Usted! -No.

¡Doña Cayetana se basta y se sobra para hacerlo ella solita!

¡Para quitarse de en medio a quien le estorba!

¡Empezando por su propia hija! -¡Miente!

-¡Ah! ¡Ah!

¡Vieja estúpida!

No es Cayetana quien nos aleja.

Aunque mires a otro lado, es otra mujer.

Aunque nada de culpa tenga. No la nombres.

¿Por qué? ¿No te atreves a afrontar la verdad?

Tienes razón, no puedo. ¿Por qué?

¿No lo sabes?

Porque te amo demasiado como para aceptarlo.

  • Capítulo 299

Acacias 38 - Capítulo 299

14 jun 2016

Cayetana manipula emocionalmente a Fabiana para llevarla a su terreno: acusa a Úrsula de esconder los cuerpos de Germán y Manuela. Fabiana sale en búsqueda de Úrsula. Víctor se enfrenta a Susana. Juliana lo reprende por hacerlo y le confiesa que Susana lo sabe todo. Rosina no encuentra ninguna criada decente, y es que las criadas están conchabadas para evitar que Rosina contrate a nadie. Lolita intenta convencer a Casilda para que perdone a Martín. Paciencia tiene una visión durante el eclipse.

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